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2661. Isabel Oyarzábal Smith. Recuerdos de la tía Ella

Isabel Oyarzábal en su exilio mejicano (Arxiu Nacional de Catalunya. Fondo Isabel Oyarzábal Smith)



Rodrigo de Oyarzábal, sobrino de Isabel Oyarzábal Smith,  (Málaga, 12 de junio de 1878 - Ciudad de México, 28 de mayo de 1974), ha querido compartir con nosotros algunos recuerdos de su tía, que transcribimos a continuación:

Por la madre escocesa, los cuatro hijos mayores de Juan Oyarzabal Bucelli y Ann Margarita Smith Guthrie, eran llamados por sus nombres en inglés: Molly por María Asunción, Jack, mi abuelo, por Juan, Ella por Isabel y Dick por Ricardo. Para los tres pequeños Pepe, Anita e Inés prevaleció el español.
Mi padre, Juan de Oyarzabal Orueta, hijo de Jack, es el “sobrino Juan” que Isabel cita en “Hambre de Libertad”: “Antes de partir, sin embargo, tenía que arreglar ciertos asuntos de mi sobrino Juan… Me había escrito una valerosa carta en la que decía que estaba dispuesto a trabajar en cualquier cosa como un ‘hombre libre’[1][2].
El piso que rentaron en México se ubica en la glorieta conocida como Plaza Washington, en el cruce de las calles Londres y Versalles en la Colonia Juárez de la Ciudad de México. En la tercera planta (en la segunda estaba el laboratorio de Germán, el yerno de Isabel).
Era yo muy joven cuando, por iniciativa propia, cruzaba media ciudad para ir a visitar a la Tía Ella, en una época en la que todavía no existía el metro en la Ciudad de México. Le llevaba unas “lenguas de gato” amargas, que eran unos de sus chocolates preferidos.
El piso era muy grande y se comunicaba con el del laboratorio del tío Germán. En una pequeña habitación tenía puesta, al lado de la ventana, una mesa de madera pequeña, cubierta por un mantelillo blanco y dos sillas. La vista daba a la estatua de George Washington que, en aquellos tiempos, engalanaba la glorieta.
Tía Ella me sentaba en una de las sillas, me convidaba una lengua de gato e iba hacia un armario del cual regresaba con un paquete de cartas. Se sentaba, veía al General y comenzaba a leerme su correspondencia. Recuerdo a Unamuno, Valle-Inclán y Pío Baroja, entre los españoles, así como Diego Rivera y Frida Khalo, entre los mexicanos.
Su lectura iba siempre de la mano de la actuación. Cómo interpretaba cada intención, con su gracia andaluza y sus brazos tan expresivos, me llevaba a imaginar a los personajes en el momento de escribir sus cartas, además de que siempre acompañaba la lectura con una anécdota personal con cada uno de ellos.
Escucharla leer las cartas a sus cerca de 90 años, me resultaba fascinante y me entusiasmaba mucho. En esos tiempos, además de conocerla como la tía que salvó a papá del campo de concentración, y de considerarla, prácticamente, como una abuela paterna, era para mí una escritora, así como el tío Cefe un pintor. Con el tiempo fui entendiendo todo su papel durante la guerra y, mucho más recientemente, su aportación al movimiento feminista en el mundo.
En casa Málaga siempre estaba presente y, por consiguiente, Andalucía también. La última vez que vi a mi Tía Ella, menos de un año antes de su muerte, fue en nuestra casa. Mis padres la habían invitado a comer. Estábamos a la mesa la tía, mis padres, mis hermanos y yo. Mi hermano Shanti iniciaba su formación como mimo y decidieron, a media comida, organizar una orquesta entre él y tía Ella, de tal forma que uno imitaba a un músico tocando un instrumento y la otra lo seguía con otro. El punto climático fue cuando Isabel Oyarzábal tomó las castañuelas y con todo el salero andaluz echó los brazos pa’tras y dio un ¡recital de flamenco en pantomima!
Conocimos también a la tía Anita, por supuesto, nacionalizada estadounidense, y a la tía Inés, que vino de visita desde las Filipinas con todo y su hábito. Siempre me pareció muy extraño que la mayor y la menor de las hermanas fueran monjas y Ella, roja.

Rodrigo de Oyarzábal
Julio 2018

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[1] Isabel Oyarzábal Smith. Hambre de Libertad. Pag. 468
[2] Carta de Juan de Oyarzabal a su tía Isabel desde el Campo de Concentración de Bizerta







2351. El centenario de Mariana Pineda




Muchos españoles se habrán dado cuenta —por lo menos cabe esperarlo— de que en el día de hoy se cumple el primer centenario de uno de los hechos más crueles, por su refinada crueldad, de cuanto registra la Historia monárquicoabsolutista de nuestra patria.

La muerte de Mariana Pineda en el cadalso es y será, siempre prueba irrefutable;  primero, de los extremos a que puede llegar todo poder que se ejerce personalmente sin trabas ni freno, pudiéndose encubar en su seno la semilla de las más torpes pasiones, y segundo, del alto valor, de la fuerza espiritual que pueden alcanzar algunas almas —aun siendo de suyo tímidas— cuando un ideal las enardece.

En Mariana Pineda, en su persecucción indigna, concurren ambos hechos.

De un lado, la presión autoritaria  de un rey malvado y desaprensivo, sombra amparadora de esbirros que dan rienda suelta a su concupiscencia, y del otro, la figura tiernísima de una mujer acostumbrada a una vida de regalo, que se expone a toldo género de riesgos en defensa de sus ideales y rechaza con bella altivez las dos alternativas mediante las cuales puede salvar su vida: la de prostituirse, cediendo a los requerimientos amorosos del más vil de sus perseguidores, y la de vender a sus compañeros de infortunio.

«Ningún hombre puede hacer más que dar la vida por sus hermanos», dijo el Nazareno. Mariana Pineda no sólo cumplió plenamente sus deberes fraternales, sino que, además, conservó intacta su dignidad de mujer, y de mujer enamorada.

Quiso el destino que la semilla de la rebeldía ante la injusticia, que tan rico fruto diera en la mártir granadina, fuese depositada en su vibrante corazón por quien la inspiró al propio tiempo un apasionado cariño.

Los seres humanos llegan a la comprensión y al cumplimiento de sus deberes por caminos distintos, y el amor no es el menos eficaz y elevado de ellos. En Mariana Pineda ambos sentimientos, el de la rebeldía noble frente a todos los abusos y el del amor incondicional, lograron convertir a la mujer timorata y dulce en una criatura arrogante, valerosa, dispuesta a todos los sacrificios en bien de sus semejantes.

Aquellas palabras: Libertad, Fraternidad, Igualdad, que con hebras de oro y seda estaba grabando en una bandera la excelsa patriota cuando la detuvieron, y que fueron el único motivo hallado por la Justicia para el cuniplimiento de una pena ignominiosa, quedaron escritas, por modo imborrable, en las crónicas acusadoras de un régimen de perfidia y de un período bochornoso de nuestra Historia. Historia que, por desgracia, se repite. ¡Ahí está el ejemplo recientísimo de Galán y de García Hernández!

Lástima que en lugar de repetirse nos hubiera servido de escarmiento, y... ¡Si al menos esta vez...! ¡Si los dos insignes patriotas inmolados hace unos meses hubieran sellado para siempre la relación de estos hechos!... ¡Es preciso que así sea! Es preciso que, en nombre de las tres palabras que Mariana Pineda llevaba grabadas en el corazón y quiso grabar en la tela de una bandera para que impregnaran de su perfume de fervor todo el ambiente, nosotros, los españoles redimidos, procuremos imposibilitar la repetición de estos actos vergonzosos, y que en nombre de la Libertad, que al fin disfrutamos; de la Fraternidad, que todos anhelamos; de la Igualdad, que tenemos la sagrada obligación de imponer, nunca más vuelva a ser necesario que una ola de tardío remordimiento colectivo, consecuencia siempre de una cobardía colectiva en el momento del peligro, nos lleve a protestar de hechos que la unión y la lealtad pudieron evitar. Hay que evitar, sí, y a todo trance, el que algún día nosotros mismos o los que tras nosotros vengan pasen de nuevo por la enorme vergüenza de reconocer que en ei momento oportuno fuimos cobardes y dejamos que nuestros mártires afrontaran el suplicio completamente solos, totalmente abandonados!

No es de creer que estos hechos vandálicos puedan repetirse; pero por si acaso, bien está que aprendamos en el ejemplo de los que padecieron con valor a desarrollar las propias fuerzas.

Bien está el que las figuras ¡lustres de los mártires de la Libertad sean conocidas por todos, y ninguna ocasión mejor que el momento actual.

Se ha formado en Madrid una Comisión que prepara diversos actos para celebrar el centenario de Mariana Pineda y ensalzar su ejemplo. Es de esperar que todos coadyuven a tan bella obra, y que el día 26 de mayo de este año, tan rico ya en hechos y promesas halagadoras, todos los es pañoles rindan un tributo de admiración a quien tan heroicamente luchó por sus ideas y tan gallardamente defendió su honestidad y su virtad, y que al mismo tiempo formen el propósito de impedir que en el futuro sean posibles semejantes infamias.


Isabel de Palencia
Heraldo de Madrid, 26 de mayo de 1931










2245. Éxodo




Las noticias que me llegaron en Suecia -donde aún ejercía como embajadora de la República Española- del éxodo de los republicanos españoles desde la zona de Cataluña me afectaron más profundamente quizá que casi ningún otro trágico suceso de la guerra. 

Ni siquiera los bombardeos, con sus miles de víctimas inocentes, ni la evacuación de ciudades como la de mi propia ciudad, Málaga, cuando la gente, huyendo por la carretera, había sido ametrallada desde el aire por los bombarderos y bombardeados desde el mar por los buques italianos; ni siquiera las historias del hambre y frío devastadores de Madrid, ni las listas de las jóvenes y valientes vidas segadas por las fuerzas traidoras, ni las fotografías de ciudades y pueblos destruidos, ni los grandes campos de tumbas de los heroicos miembros de las Brigadas Internacionales cuyas cenizas, confundidas con las de las de nuestros patriotas, descansarán para siempre bajo el cielo español, me calaron e hirieron más terriblemente que las noticias de la huida de mi pueblo derrotado de la tierra que le vio nacer. 

El éxodo desde Barcelona había empezado el 23 de enero de 1939, después de que las defensas de la periferia hubieran caído y el enemigo asaltara las partes altas que rodeaban la ciudad. La gente se ha preguntado por qué la capital catalana no opuso resistencia como lo había hecho Madrid, pero es una cuestión de fácil respuesta. 

Cuando Madrid fue sitiada, los republicanos apenas estaban comenzando la lucha. No habían sufrido las terribles pérdidas de una lucha prolongada. Dos años y medio de un hambre implacable no les había debilitado todavía, y sobre todo no habían perdido la fe en los países hermanos, en los gobiernos que se llamaban a sí mismos democráticos. Día tras día se esperaba que el mundo demostrara por fin que era antifascista. 

Cuando Barcelona fue asediada por tierra y mar, el pueblo español sabía que no había esperanza. La Liga de Naciones había fallado miserablemente y esas naciones que debían haber ayudado lo habían evitado gracias al ilícito pacto del Comité de No-Intervención. 

Al principio, los evacuados de Barcelona no pensaron realmente que el final había llegado. Creyeron que estaban simplemente retrocediendo y que la lucha continuaría después de que la segunda línea de defensa fuera establecida al norte. 

Pronto entenderían que la evacuación realmente significaba una definitiva huida, huida de todo lo más preciado que tenían, de la tierra que les vio nacer -la preciosa tierra española-, de las casas donde muchos habían vivido toda su vida, de los familiares y los queridos compañeros que estaban siendo dejados atrás dentro del círculo vicioso trazado por las fuerzas fascistas alrededor de la zona centro sur y de la cual no había salida posible. 

Los testigos de ese espantoso éxodo nunca han superado ese horror. No menos de medio millón de hombres, mujeres y niños atestaban las carreteras dirigiéndose a las fronteras francesas. 

Pocos iban en coches, muchos en viejos coches de caballo o carros de mulas, la mayoría a pie y todos cargados con bolsas, colchones y paquetes. Tenían que abandonar por pura fatiga la mayoría de sus posesiones cuando marchaban. 

Como si esto no fuera suficiente, los planes del enemigo pronto hicieron su aparición. Lanzaron las bombas sobre los pocos trenes que pudieron dejar Barcelona, cargados al máximo con las familias de los empleados del Gobierno y los soldados heridos. Estos últimos, sabiendo que la entrada de las fuerzas de Franco -especialmente los marroquíes- en las ciudades republicanas, estaría marcada por la masacre total de los enfermos del hospital, habían rogado lastimosamente que no les dejaran allí. 

Los trenes, en cualquier caso, no pudieron llegar más allá de Gerona, pues los caminos desde esa ciudad estaban incluso más atestados que en otra parte. El avance fue lento y la fuerza aérea enemiga se aprovechó de ello, ametrallando implacablemente a la gente desde el aire. 

La información que recibí esos días era confusa. Se iba a organizar una resistencia en una línea intermedia cerca de los Pirineos; las naciones democráticas iban a permitir al fin algunas de las armas que tan trágicamente necesitaban las tropas republicanas, que aún luchaban tras los evacuados. El Gobierno había asentado sus cuarteles generales en Figueras y se iba a llevar a cabo allí una sesión de las Cortes. 

Por ese tiempo, la gente que huía dejaba terribles señales de su paso por las últimas millas de su tierra natal. Las carreteras no estaban sólo repletas de coches averiados y bultos, sino de cadáveres humanos. 

Algunas personas habían muerto a causa de los aviones enemigos, otros habían sucumbido al frío, el hambre o el agotamiento. Pero nadie se quejaba. En su camino, se preguntaban dónde les dirían que pararan o si estarían caminando directamente hasta Francia, dejando sólo al ejército detrás de ellos. 

Los primeros contingentes que atravesaron los pueblos de camino a la frontera pudieron reunir algunas provisiones. Pero pronto ni siquiera hubo un mendrugo de pan que buscar y un hambre voraz se sumó a otros padecimientos. Día y noche, la gente luchaba por seguir.  

Mientras tanto, el Gobierno había hecho un llamamiento a los funcionarios de distintos ministerios para que se detuvieran en Figueras, donde habían sido dispuestos los cuarteles generales en un enorme y antiguo castillo con vistas a los Pirineos. Mi marido, del que oí la historia más tarde, estaba allí con el ministro de Asuntos Exteriores. No había comida y la mayoría de los hombres dormían en el suelo. Mientras esperaban instrucciones en Figueras, los refugiados se aglomeraban alrededor de los Pirineos y hacia el interior de Francia. 

Un amigo nuestro, que estaba cerca de la frontera con un conocido líder socialista intentando ayudar a aquellos que tenían una necesidad más urgente, me contó una conmovedora escena que él mismo había presenciado. En medio de la gran muchedumbre vio un espacio abierto donde un grupo de personas había rodeado el cuerpo de una mujer que había caído al suelo. Como ocurría cada vez que la muerte aparecía, ellos se apresuraban a ver si podían ser de alguna ayuda. Vieron a la mujer tendida en el suelo. Parecía joven, pero su rostro era delgado y terriblemente pálido; la tierra alrededor de ella estaba empapada en sangre. De repente, reconoció al viejo líder inclinado sobre ella. Sus hundidos ojos se avivaron, los demacrados labios sonrieron y, con un deje triunfante en su voz, dijo apuntando a un diminuto fardo al lado de ella: «Mire, tengo un niño».

Mi amigo y el hombre mayor se apartaron y, después de que hubieron andado algunos pasos, el último murmuró con una voz ahogada: «Cómo la envidio. Ella tiene algo por lo que vivir». 

Desde entonces he sentido a menudo que la gran mayoría de los republicanos españoles, incluso aquellos que se han encontrado en grandes apuros, eran como esa mujer. Durante todos los largos meses y años de sufrimiento, han demostrado que tienen algo por lo que vivir: una España libre. 

Pero el enemigo pisaba ya los talones de la gente, y muchos dejaron la carretera y ascendieron los nevados Pirineos hasta que, por fin, toda la enorme y desordenada masa alcanzó la entrada de Francia. Francia, la tierra de la libertad, donde años antes el triunfo de la gran revolución había difundido los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad. 

¡Francia!, pensaron los infelices refugiados, sus ojos fijos en los postes que mostraban el camino. Francia abría sus brazos, a pesar del Comité de No-Intervención, para recibir al pueblo derrotado de España. 

Para su decepción y sorpresa, la Francia que les estaba esperando no era aquella en la que habían creído. Las tácticas fascistas, imitadas de los alemanes e italianos por el traidor Gobierno de Laval, habían empezado a infiltrarse en cada departamento oficial. En vez de las fraternales y acogedoras ofertas de ayuda que los refugiados esperaban, línea a línea de las tropas senegalesas y de la Garde Mobile les hostigaban con las culatas de sus rifles y robaban todo lo que llevaban: relojes y otras joyas, incluso estilográficas, con la excusa de que sus propietarios no habían pagado impuestos por ellos. Luego, separando a los hombres de las mujeres y los niños, les apartaban violentamente en diferentes direcciones. 

Por primera vez desde que España había sido dejada atrás, llantos de desesperación desgarraron el frío e intenso aire invernal. Las mujeres se negaron a gritos a dejar que sus familiares -muchos de ellos viejos y enfermos, otros simples niños- les fueran arrebatados. 

La confusión aumentó por la llegada del Ejército republicano de la zona evacuada. El 6 de febrero, después de una dura lucha en la retaguardia protegiendo la evacuación, cruzaron la frontera de Francia. Marcharon ordenadamente, dejando sus armas a cargo de los oficiales y soldados franceses. No parecían un ejército derrotado, ciertamente no parecía vencido. La superioridad moral de su causa, su propio valor y resistencia y la heroica fe parecían cubrir a los soldados de grandeza. Pero, para los fascistas -predispuestos por la Garde Mobile- estaban vencidos, y pronto se lo hicieron sentir así.

Las mujeres, reunidas a un lado de la carretera francesa, corrieron a encontrarse con sus familiares. Las madres, que no habían esperado ver a sus hijos con vida, se aferraron a los jóvenes cuerpos que vestían el uniforme republicano. Matrimonios, a quienes la guerra había separado durante meses, se aferraban desesperadamente entre sí, pero los soldados senegaleses les separaban sacudiéndoles o golpeándoles. Los heridos que podían estar en pie no recibían ninguna ayuda ni clemencia, sino que eran tratados como el resto de los hombres. De vez en cuando se les concedía el derecho de paso hacia el hospital a nuestras ambulancias llenas de mutilados, de soldados destrozados. 

Entretanto, lejos, en Suecia, mi hija Marissa y yo tratábamos vanamente de tener noticias de nuestra familia. Mi yerno Germán y mi hijo Cefe habían estado sirviendo como médicos durante toda la guerra, a veces en los campos de aviación, y otras en el frente. Ceferino, mi marido, había dejado Letonia en octubre. La evacuación le había pillado en Barcelona mientras aguardaba instrucciones del Departamento de Asuntos Exteriores para una misión especial. 

Los días pasaban sin traemos noticias de ellos. Por fin, el 5 de febrero, recibimos un cable de Germán. Él y su joven hermano Alejandro, que era un oficial de artillería, habían sido llevados al campo de concentración de Prats de Molió. Alejandro tenía malherido el brazo izquierdo, pero a ninguno se le permitió moverse del espacio electrificado asignado a este grupo de refugiados. 

Poco después recibimos un cable de mi marido, a quien, siendo del servicio diplomático, se le había permitido la entrada a Francia y estaba a salvo en Perpiñán. Le telegrafiamos para que buscara a nuestro yerno, y dos días más tarde supimos que estaban los tres juntos. Cómo se las arregló Ceferino, aún lo desconozco. Absoluta perseverancia, supongo, y el pasaporte diplomático. 

Pero no había absolutamente ninguna noticia de Cefe. Mi incertidumbre crecía por momentos. Estaba segura de que el chico había sido atrapado en la trampa fascista. Mi marido, igualmente nervioso, se esforzaba por conseguir algún indicio de dónde estaba. Finalmente, después de once días, telefoneó diciendo que por fin había encontrado a nuestro hijo. Cefe estaba cerca de la frontera pasando a Francia bajo su cuidado a los últimos soldados heridos. Más tarde él también fue confinado en un campo de concentración en Argelès-sur-Mer y liberado por algunos amigos de mi marido y el prefecto del lugar, que resultaron ser amables.

Respiré con dificultad durante irnos minutos. Mis pensamientos volaron de regreso a las escenas que un amigo sueco, Georg Branting, había descrito. Volvía de la frontera donde el Comité de Ayuda Sueco estaba haciendo lo que podía para ayudar a los refugiados. 

-Ni siquiera Dante podría haber imaginado cosas tan terribles como las que yo he presenciado-, decía una y otra vez. 

¿Qué podía hacer?, ¿cómo podía ayudar? Podía enviar algunos cheques a aquellos con los que podía contactar, pero nada más. 

¿Por qué estaba Francia haciendo esto? Yo sabía, y también nuestro pueblo, que no era toda Francia. Muchos, muchos refugiados fueron ocultados, escondidos y cuidados por humildes campesinos y trabajadores. Ellos también eran Francia. Otros, en París, fueron ayudados por gente de familias acomodadas, que también eran Francia. 

¿Y el Gobierno? ¿Para qué preguntar? Dentro del Gabinete, como fuera de los círculos oficiales, había también gente con diferentes opiniones. Había simples gendarmes que demostraron su humanidad. Por todo el país, como en España y en otras naciones, existían verdaderos y honestos demócratas, muchos. Pero también había fascistas, y estos iban a ser los fuertes durante un tiempo. Más de uno de los refugiados españoles me ha contado cómo los miembros de la Garde Mobile y de la policía se burlaban de los documentos y salvoconductos firmados por el mismo primer ministro francés. 

Los desaires y castigos cometidos en el nombre de Francia a los refugiados sin hogar hirieron profundamente los corazones de los republicanos españoles. Nadie se hubiera sorprendido o lamentado si se hubieran tomado ciertas medidas justificadas, como un internamiento decente. Pero los golpes, las humillaciones y los insultos, incluso por parte de algunos oficiales del Ejército francés, eran difíciles de soportar. Los partidarios de Franco cruzaban la frontera constantemente para recrearse contemplando a sus propios compatriotas derrotados. 

En esos duros momentos, las acciones de la propia guardia de oficiales eran difíciles de asumir y se oía murmurar a muchos de sus compatriotas ante la visión de semejantes actos: «Me avergüenzo de ser francés». 

Pero ahora, por fin, Francia ha recuperado gloriosamente su buen nombre y estamos preparados para perdonar y olvidar, perdonar lo que estuvo mal, y recordar la generosidad de nuestros amigos y la gloria de nuestra causa común.


Isabel Oyarzabal Smith
Rescoldos de libertad. Guerra civil y exilio en México - Capítulo I










2004. El sufragio femenino. Lo que significa el derecho a votar

Isabel Oyarzábal Smith
(Málaga, 12 de junio de 1878 - México  D.F., 1974)


Entre los muchos cambios que la guerra europea provoca en la política  interior de los pueblos, uno de los más justos y merecidos es el que se refiere a la concesión del derecho de sufragio a la mujer.

Durante años y años y por todos los medios, incluso aquellos que más en contradicción están  con el carácter femenino, tales como la violencia y la excesiva publicidad, las mujeres de los países civilizados han intentado lograr esa  arma poderosísima que para los hombres significó nada menos que la realización de muchos de sus ideales. Tal arma no es otra cosa que el derecho a votar, a elegir, como representantes de la voluntad popular, a las personas cuya competencia, honradez y seriedad es una garantía de éxito para él país. 

Los Estados norteños de Europa y los pueblos que de ellos se derivan y dependen, fueron los primeros centros de la lucha gigantesca sostenida por la mujer a través de los tiempos, para lograr el ideal apetecido. En Inglaterra, Noruega, Dinamarca, los Estados Unidos, Islandia, Australia, Nueva Zelanda, el Canadá  y Finlandia, se luchó largo tiempo sin conseguir fruto alguno.  

Las mujeres abnegadas, que fueron las precursoras de un movimiento que por doquiera despertaba antipatías y protestas generales,  hubieron de sufrir un verdadero calvario de humillaciones  y penalidades. 

No hubo sátira sangrienta que no las alcanzara, mofa  y escarnio que no afrontaran con valor insuperable. Los hombres todos, salvo raras y honrosas excepciones, y lo que es más extraño aún, algunas mujeres, opusieron un veto terminante a la labor iniciada, y cuando  llegó el momento de ceder, no fueron los primeros los grandes Estados, obligados por su categoría a mostrarse generosos, sino el pequeño de Islandia, el que dio al mundo el ejemplo de su estricto espíritu de justicia, concediendo en el año 1863, a las mujeres del país, el derecho al sufragio comunal. Alentadas entonces las directoras del movimiento en las demás naciones,  arreció la contienda, hasta que primero unos, luego otros, con gran resistencia o sin ninguna, los países mencionados fueron concediendo al sexo débil el derecho a luchar—léase opinar y votar—en colaboración con los hombres, por el bienestar interior de las respectivas patrias.  

El gran conflicto europeo, acarreador de males temibles, pero sabio demoledor a la par de arcaicos y malsanos prejuicios, contribuyó a precipitar los acontecimientos. Inglaterra, olvidando la implacable oposición que hiciera antaño a las pretensiones de las famosas sufragistas, acaba de votar en el Congreso una ley favorable al sufragio femenino.   

En Rusia tal privilegio fué uno de los primeros frutos de la revolución, mientras que Suiza, Francia, Italia, Alemania y los Estados Balkánicos,  como todos aquellos Estados cuya conciencia popular reconoce la justicia del movimiento feminista, no tardarán en seguir su ejemplo; sólo España, indiferente  al avance  y a la transformación mundial, en este terreno, permanece muda ante una cuestión que tan vitales intereses entraña. Sin embargo, en diversas ocasiones se trató de aunar el esfuerzo de las mujeres españolas al ansia de  mejora universal,  y este deseo no fructificó por la falta de ambiente con que se tropezó en nuestra tierra.   

La lucha no puede sostenerse allí donde no se aspira  a lograr un ideal, ni es necesaria una solución cuando no preocupa el problema. 

Tal ocurría y ocurre aún, por desgracia, en este pueblo.   

La mujer, española,  la más dócil y abnegada del mundo, capaz por sus grandes cualidades y por sus dotes de inteligencia, de colaborar, con verdadero éxito, en lo que al bienestar interior de su Patria afecta, se abstiene de toda participación en el movimiento  feminista,  sencillamente porque no sabe de lo que se trata. 

Las burlas que en Inglaterra giraron  en torno a la figura de la sufragista es lo único que del esfuerzo que en pro del sufragio realizaban las mujeres extranjeras, repercutió en España. La aspirante al voto, solterona e histérica, destructora de obras de arte e insolente frente a la autoridad y la tradición, es para la mayoría de nuestras compatriotas la personificación de algo absurdo que no se comprende. 

Aquí no se sabe que casi todas las mujeres de Inglaterra, ricas y pobres, casadas y solteras, feas y bonitas, damas de la alta sociedad y obreras, artistas y literatas, profesoras y comerciantes, han deseado activa o pasivamente la implantación de la reforma, que todas ellas, distribuidas en secciones y agrupaciones, contaban con la simpatía y el apoyo de las distintas creencias; la Iglesia Católica, como las otras denominaciones, formó en seno la “Liga de Libertad de la Mujer”, cuyo único objeto era lograr del Gobierno el derecho al sufragio

Sólo en España perdura hoy una idea equivocada de la “sufragista”, y, en consecuencia, se ignora lo que ésta verdaderamente ambicionaba. El voto para nosotras, no significa nada ni representa nade aún. Sabemos que es un derecho que, al parecer, aprecian los hombres, de donde deducimos que debe proporcionar a éstos ciertas ventajas, pero no han comprendido todavía la mayoría de mujeres de este país, que  en sus manos pudiera también el voto tener un valor positivo y práctico.

En un reciente número del ABC se lamenta un escritor do que ni un solo político socialista se haya ocupado en España de los derechos de la mujer. Aparte el que, lo que primero se necesita, es que la mujer misma aspire a tener esos derechos, hay que reconocer que el partido socialista fué el primero que se preocupó de asociar a las mujeres trabajadoras y aleccionarlas acerca de las ventajas que tal unión podía proporcionarlas.   

Un escritor socialista, D. Luis Araquistain, ha publicado también hace pocos días, en «El Liberal», un extenso e interesante artículo sobre el derecho que al sufragio tiene la mujer.  

También se han ocupado de ello algunas veces, y es fuerza reconocerlo, los escritores y propagandistas de la extrema derecha.   

Como que para cualquiera que esté medianamente enterado de las características que distinguen a la mujer española, no cabe duda que estos dos partidos opuestos son los que se beneficiarían con el sufragio femenino en nuestra Patria; profundamente reaccionarias o francamente radicales, el voto de nuestras mujeres aumentaría principalmente las fuerzas de los dos polos políticos opuestos.  

Pero, a pesar de los amistosos requerimientos de unos y de otros, el problema feminista no está del todo planteado aún entre nosotros. La mujer no se ha dado del todo cuenta de lo que es el voto, ignora lo que puede valerle, y por 1o mismo, no lo desea. En el momento en que se percate de que el sufragio no es ni más ni menos que el reconocimiento por el Estado de la personalidad femenina, en cuanto afecta a sus derechos, acudirá al llamamiento universal en este terreno.

Merced a las atávicas costumbres que aún rigen en España, las mujeres de nuestra raza han llevado hasta hace poco una existencia tan limitada, han vivido tan apartadas de la lucha, seguras y tranquilas, dentro de su hogar, que no han podido afectarlas directamente las conmociones que han sacudido al mundo para que hombres y mujeres pudieran lograr una santa y fuerte independencia. Hoy la mujer española se ve lanzada, a su vez, por las circunstancias de la época, a decidir por sí y ante sí, de su porvenir, a buscar la solución de su problema económico, a defender sus intereses, y al hacerlo, aparece ante el Estado como un nuevo responsable, capaz de soportar las mismas obligaciones  que para con éste tienen los hombres; y a cambio de ello, exigirá, antes de que pase mucho tiempo, que le sean concedidos idénticos derechos. 

El voto es, como vemos, la garantía con que el Estado asegura y defiende los intereses de aquellos que con su inteligencia, su trabajo o sus medios económicos colaboran a la prosperidad y desarrollo y nacional, y si la mujer española , como la de todos los países acepta plenamente dicha colaboración, cumple con los deberes que ésta la impone, y se hace responsable de cuanto en su nombre se la exige; es indudable que se hace acreedora de la misma consideración que los hombres, y que el demorar la concesión de tan legítima aspiración es una grave e incomprensible injusticia. 

Queda, pues, asentado en principio que juzgando lógicamente, la mujer tiene hoy derecho a votar; en artículos sucesos iremos viendo las ventajas que pueden reportarla el sufragio y 1a obligación que entonces  tendrá a aplicar el privilegio de elección, a conciencia, sosteniendo y apoyando sólo a aquellas personas cuya capacidad mental y moral, como antes decíamos, las haga dignas de representar a la voluntad nacional en el Parlamento. 


Beatriz Galindo (Seudónimo de Isabel Oyarzabal)
El Sol, 10 de diciembre de 1917, página 2







1499. Comentarios al Congreso de Ginebra

Isabel Oyarzábal Smith (Málaga, 12 de junio de 1878 - Ciudad de México, 1974)


Isabel Oyarzábal asistió en 1920 al VIII Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer celebrado en Ginebra desde el 6 al 12 de junio, como delegada  de ANME (Asociación Nacional de Mujeres Españolas), organización en la que ingresó en 1918 y de la que llegó a ser presidenta.

ANME era una organización feminista fundada en 1918 por María Espinosa de los Monteros. Se autodefinía como asociación feminista de centro y entre sus afiliadas se encontraban María de Maeztu, Clara Campoamor y Victoria Kent. 

Transcribimos a continuación “Comentarios al Congreso de Ginebra”, un artículo de Isabel Oyarzáal publicado en El Sol, el 16 de junio de 1920.


Comentarios al Congreso de Ginebra

De las reuniones del Congreso de Ginebra se desprende una impresión determinante y fundamental que, a su vez, da origen a innumerables derivaciones.

Tal impresión es la de que el feminismo se ha convertido, de ideal más o menos arraigado y preponderante, en incontrovertible y potentísima realidad. Durante largos años el movimiento feminista se limitó a ser un apostolado que alimentaba una esperanza abstracta y puramente utópica; hoy es una fuerza cuya trascendencia no puede quedar por más tiempo ignorada. Jamás pudimos soñar nosotras mismas, feministas españolas, el alcance enorme que en el mundo ha adquirido el movimiento. En todos los países de Europa, menos ocho, entre estos España, se ha logrado el derecho al sufragio femenino.

En muchos de aquellos toma parte la mujer en la vida política de la nación como miembro del Parlamento, y se ocupa de la administración local. Solo Alemania cuenta con 4000 mujeres en sus Consejos municipales. En algunos de dichos países fue la guerra o la revolución la que coronó en grado tan extraordinario las esperanzas feministas: así, Alemania, Austria, las nuevas Repúblicas limítrofes de Rusia, Turquía, Bélgica, Checoslovaquia y Polonia; en otras fue la fuerza de la mujer, puesta a prueba en distintas ocasiones, la que triunfó. La mujer ha aceptado esta reivindicación de sus derechos con plena conciencia de su significado, poniendo, sin pérdida de tiempo, su clara perspicacia y abnegada voluntad al servicio de la patria. Los graves problemas que hoy amenazan convertir a la humanidad en enorme y macabra asamblea de esqueletos, la han obligado a atacar, apenas investida de sus nuevas responsabilidades, problemas de aterradora dificultad, tales como el hambre y sus terribles consecuencias, la falta de viviendas y la carencia de trabajo de las mujeres que fueron empleadas en las fábricas durante la guerra, y que han sido sustituidas por los soldados al ser estos desmovilizados.

Una de las sesiones más interesantes de este Congreso ha sido aquella en que las mujeres concejales de Inglaterra, Checoslovaquia, el Transvaal, Alemania, Austria, Dinamarca, Suecia, Noruega y Norteamérica hablaron de las medidas adoptadas desde su advenimiento a los consejos municipales para contrarrestar los efectos de tan terribles males; entre otros, la vigilancia ejercida en el reparto de los alimentos en los países en donde estos escasean, limpieza de las ciudades, y la inspección sanitaria ejercida en los establecimientos y en las viviendas. La concejala de Liverpool declaró que, en vista de la falta de casas en dicha capital, había trabajado sin descanso hasta lograr la edificación de viviendas por el Ayuntamiento, habiendo conseguido ya la construcción de 6.000 casas, a las que seguirán otras 14.000 en breve plazo.

También revistieron excepcional interés las conferencias a favor de la igualdad de remuneración del trabajo de la mujer y del hombre. La absoluta igualdad de derechos entre ambos sexos es una de las cuestiones fundamentales que se defienden en este Congreso, hasta el punto de que varias delegadas han protestado, en nombre de sus asociaciones, contra las restricciones impuestas al trabajo de la mujer por la Conferencia Internacional del Trabajo de Washington, tales como la prohibición del trabajo nocturno.

Esta aspiración a la absoluta igualdad fue causa de que se provocaran discusiones en las reuniones en que se organizaban los trabajos para la obtención de pensiones a la maternidad y a la viudez. Los hombres apoyan su derecho a un mayor salario en su calidad de mantenedores de la familia. Con tanta o más razón pueden defenderlo las madres.

El Congreso, preocupándose del futuro objeto de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer, cuyo principal objeto (el del voto femenino) ha sido conseguido casi totalmente ya, ha decidido ampliar la acción de la Alianza y emprender la defensa de todos los derechos de la mujer. Para ello se procurará afirmar la posición de la mujer dentro de la Liga de las Naciones y elaborar una Carta de la Mujer que abarque asuntos de tan vital importancia como: la represión de la esclavitud en Asia, África y ciertos puntos de la Europa oriental; el reconocimiento de la capacidad civil de la mujer en el matrimonio; la conservación de su nacionalidad; el derecho sobre los hijos; la igualdad de educación y de trabajo; la supresión de la trata de blancas, a la que, de hoy en adelante, y en atención a las mujeres de distinta raza que se unen a la Alianza, se llamará Trata de la Mujer, etc.

Una de las características del Congreso es la sobriedad de los discursos, la seriedad con que se delibera, la entusiasta cohesión que en las conclusiones se advierte. Las discusiones son a veces tenaces, jamás ruidosas, comentándose con júbilo fraternal cada nueva victoria lograda en los países distintos.

La presencia de la delegada de Crimea, esposa del presidente de dicho estado tártaro, ha interesado profundamente por ser dicha señora la primera mujer mahometana que asiste a un congreso. Dicha delegada habló de las condiciones de igualdad que ha logrado la mujer en su país y de la escasa influencia que, en realidad, ejerce la ley, favorable a la poligamia en los hogares.

España forma parte de varias comisiones nombradas para estudiar los distintos problemas. El Consejo Supremo Feminista de España, por ejemplo, trabaja en las que han sido constituidas para mejorar las condiciones de las madres, mediante la obtención de pensiones a la maternidad y para estudiar el porvenir de la mujer en la prensa.









116. Isabel Oyarzábal Smith (Isabel de Palencia)



“Yo no puedo olvidar que al salir de Noruega, en el barco, siguiendo una costumbre tradicional nos entregaron unas cintas de diversos colores, serpentinas, que los pasajeros arrojábamos a los que nos despedían desde el muelle. Cuando yo lancé todas las cintas, vi que se me quedaban en las manos los extremos de tres solamente, que me unían a la tierra que dejaba: rojas, amarillas y moradas y siempre he considerado que aquello fue como una revelación profética, de que los españoles al abandonar Europa seguíamos ligado a nuestro país por la bandera republicana.”


María Torres / Enero 2011

El 23 de octubre de 1936 un decreto del Ministerio de Estado nombraba a la escritora malagueña Isabel de Oyarzabal, Ministro Plenipotenciario de la legación de Estocolmo. Por primera vez recaía sobre una mujer española este nombramiento. El anterior embajador, Alfonso Fiscowich, se resistió a ser sustituido por una mujer y además “roja”. De su estancia en Estocolmo, Isabel recordará siempre aquella recepción del personal diplomático en las navidades de 1938, en la que el rey Gustavo V levantó su copa para brindar por la “representante de la heroica República Española”. Allí conoció también a la escritora americana Pearl Sydenstricker Buck que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1938 y que dedicó palabras de afecto a la España republicana.

Periodista, novelista, dramaturga, traductora, actriz de teatro, folclorista, política y diplomática, Isabel Oyarzabal Smith, también conocida como Isabel de Palencia, nació en Málaga el 12 de junio de 1878, en una familia de clase acomodada y donde la madre, escocesa, influyó en la trayectoria cosmopolita de Isabel. Su padre era malagueño de ascendencia vasca, conservador aunque tolerante. A Isabel la conciencia de clase se le despertó a una edad muy temprana. Alumna de las monjas de la Asunción, daba clases en la «escuela de las niñas pobres», hijas de las familias que vivían en las barracas del monte Gibralfaro. A cambio, los padres debían asistir a misa para corresponder a este servicio y a las ayudas de víveres y ropas que la burguesía les proporcionaba. Este chantaje no es admitido por Isabel y así se lo hace saber a su padre.

En 1905 conoce a Ceferino Palencia Álvarez, crítico de arte e hijo de la actriz María Tubau, con quien se casa en 1909. Tuvieron dos hijos. Debuta como actriz en Madrid en la obra Pepita Tudó, escrita por su marido. En esa etapa también trabaja para la agencia de noticias londinense Laffan News Bureau y para el periódico inglés The Estándar.

En su obra autobiográfica I Must Have Liberty (1940), Isabel declara que empezó a escribir «para pasar el tiempo». Sin embargo, sus inquietudes, sobre todo en lo concerniente a la escasa educación lectora en las mujeres, le impulsó a crear junto a su hermana Anita la revista La Dama, cuyo primer número salió en diciembre de 1908. Comienza a escribir en diversas revistas españolas El Heraldo, Nuevo Mundo, Blanco y Negro y La Esfera. Isabel firmaba esos días sus colaboraciones con el apellido de su esposo —Ceferino Palencia— y fue requerida, en 1915, para formar parte del grupo de mujeres intelectuales que lucharon por el derecho al sufragio en España. En ese momento se sentía presionada por sus problemas familiares y no aceptó, aunque más tarde, en 1926, se asoció en el Lyceum Club y fue nombrada miembro de la Junta Directiva de esta asociación junto a Victoria Kent.

Se afilia a la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME) y 1920 participa como delegada al Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer celebrado en Ginebra. Su sección del diario El Sol -Crónicas Femeninas-, la firma como Beatriz Galindo, seudónimo que también utilizaría en algunas de sus obras y colaboraciones, como en el diario La Voz.

Isabel fue abriéndose poco a poco a las inquietudes sociales y políticas promovidas desde la izquierda republicana española y a finales de 1920 su participación en la vida política es plena. En 1929 preside la Liga Femenina Española por la Paz y la Libertad y se especializa en Derecho Internacional. Fue la única mujer que formó parte de la Comisión Permanente de la Esclavitud en las Naciones Unidas. En 1930, consiguió entrar en la cárcel y fotografiar al Comité Revolucionario Republicano. Sus fotografías se publicaron en el Daily Herald de Londres. En 1931 su candidatura aparece en las listas del Partido Socialista y es nombrada Consejera Gubernamental de la XV Conferencia Internacional del Trabajo (Ginebra, 1931), vocal del Consejo del Patronato del Instituto de Reeducación Profesional y delegada en la Sociedad de Naciones. Se dedica al estudio del derecho internacional y laboral y en 1933 se convierte en la primera mujer inspectora de fábricas en España. Actuó como ministra plenipotenciaria (hecho insólito para una mujer) en nombre de la República, en el seno de las Naciones Unidas y, asimismo, se implicó en el Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo. En 1935 asistió, en Ginebra, como representante de los trabajadores a la Conferencia Internacional del Trabajo.

Declarada la guerra en 1936, pasó a formar parte de la Comisión de Auxilio Femenino. Sin duda alguna, el hecho de hablar perfectamente inglés le abrió las puertas de la política internacional a Isabel y así uno de los días más amargos y complicados de su trabajo es el 18 de julio de 1936, cuando los acontecimientos la convierten en corresponsal de guerra en Europa, pero también en portavoz de la España republicana en diferentes foros internacionales —entre octubre y diciembre de 1936 recorrió Estados Unidos, donde dio más de cuarenta conferencias y mítines para recabar fondos en nombre de la República—. El colofón a su carrera política culmina en octubre de 1936, cuando el Gobierno la nombra embajadora con destino en la legación de España en Estocolmo, donde permaneció hasta el inicio de 1939, fecha en que salió rumbo a América con su familia para instalarse en México.

Durante su largo exilio mexicano, Isabel Oyarzabal vivió de sus colaboraciones periodísticas en periódicos mexicanos y en los fundados por los republicanos españoles, entre ellos: España peregrina, Romance y Las Españas. Realizó numerosas traducciones del inglés de autores como Jane Austen, George Elliot y Sir Arthur Conan Doyle, entre otros. Además, se refugió en la escritura de la memoria, como tantos peregrinos de la España imposible. La autobiografía de Isabel Oyarzabal, I Must have Liberty aparece en 1940, en lengua inglesa. Le sigue otro libro: The Life of Alexandra Kollontay, la embajadora de la Unión Soviética, con la que coincidió en Suecia y una tercera obra también en lengua inglesa: Smouldering Freedom (The Story of the Spanish Republicans in Exile), publicada en 1945, la cual relata la tragedia de los perdedores republicanos, tanto de los que se exiliaron en Europa y América como de los que se quedaron en España.

Su autobiografía I Must Have Liberty (1940), tiene una característica única, la sinceridad, como señala uno de sus comentaristas: “Nada se nos oculta de esa vida; ni las penurias materiales salvadas a fuerza de sacrificios y de trabajo, ni los fracasos sentimentales de la vida familiar. Ante el lector van desfilando vivamente descritos diferentes medios de la vida española: el de la burguesía provinciana de Málaga, y ya en Madrid, el teatral, donde se inició en la profesión de actriz, el periodístico, el literario, el político, el de la Sociedad de Naciones y finalmente el diplomático que ella inició como embajadora en la Corte de Suecia”.

Con 81 años aparece su novela En mi hambre mando yo (1959), en la que se relatan trágicos episodios acontecidos en Madrid y en Málaga durante la Guerra Civil y cuyo título corresponde a la frase pronunciada por un jornalero andaluz, al pretender un cacique comprarle el voto.

La vida de Isabel, casi un siglo de existencia marcado por terribles acontecimientos, de los cuales supo sobreponerse con dignidad por medio del trabajo, hasta el punto de ser considerada, hoy día, como un ejemplo admirable de entereza, entrega, solidaridad y compañerismo. Su vida y su obra estuvieron dedicadas al compromiso político, a la defensa de los oprimidos y marginados, a la lucha por las libertades, sabiendo combinar, con gran inteligencia, su mentalidad liberal y su fe católica.

Murió en México en 1974, a los 96 años. A pesar de su inmenso deseo, nunca regresó a España, con la que siempre soñó en su largo exilio. “Hasta el modo de hablar de los mexicanos me hacía recordar mi pueblo, porque no usan la más pura, pero más áspera, pronunciación de los castellanos. Cecean suavemente como los andaluces”.

Durante todos los años que permaneció en su exilio conservó como un talismán las tres cintas con los colores de la bandera republicana,  que quedaron prendidas de sus manos cuando embarcó en el puerto noruego que la llevaba a su destino de exiliada, junto a tantos españoles.