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1689. Una conferencia de Pío Baroja




Si la sociedad puede sostenerse tensa con una idea racionalista y relativista, nadie lo sabe. Ya los rusos, como desconfiando de toda teoría relativista, convierten el comunismo en religión, a Lenin en profeta y hacen que la Dialéctica de Hegel, que no parece más que un juego de seminario laico, se considere algo de un rigor científico absoluto.

Por ahora, el monoideísmo y el espíritu sectario es lo que produce la acción; las gentes agnósticas, saturadas de relativismo y de libre examen, con pluralidad de ideas, viven entre dudas y vacilaciones.

No hay hombre de espíritu relativista y comprensivo capaz de ordenar las matanzas que ordenaron los Lenin, los Trotsky y los Zinovief en Rusia, ayudados por unos judíos descendientes, sin duda, del mal ladrón, a juzgar por sus intenciones. Tampoco manda una persona de buen sentido las estúpidas matanzas que se hicieron en España en Casas Viejas. Para eso hay que ser un fanático y un pedante, fruta que abunda entre los políticos rusos y entre los españoles. 

Yo supongo que en España debe haber gente harta de tanta palabrería, de tanto aspaviento, de tanto gesto histriónico y de tanta vulgaridad como ha destilado siempre la política.

Dicen que nos debemos dividir en izquierdas, derechas y centro. Todo eso de izquierda, derecha y centro yo lo veo muy claro en los descansillos de las escaleras, pero en la vida no lo noto absolutamente en nada.

Supongo que tiene que haber personas que quieran trabajar en lo suyo con un poco de silencio y con cierto pudor. Si no las hay, peor para nosotros. Esto querrá decir que no servimos más que para charlatanes de plazuela.

Que el político hable de los aranceles y de los presupuestos está bien; ¿pero de su alma?, ¿para qué? Para eso ya están los poetas; los Byron, los Bécquer, los Verlaine, los Baudelaire. 

El público español corriente parece que quiere dar como trozo lírico de algún valor el alegato chabacano del político que exhibe sus sentimientos, probablemente falsos, con una literatura de último orden. 

La retórica, que ni siquiera es la buena, nos envenena. La frase histriónica, la metáfora usada y efectista quieren hacerla pasar por un producto intelectual y hasta práctico. 

Esta retórica de tono mayor, de grandes brochazos, de lugares comunes solemnes, esconde todos los gérmenes de porvenir, si es que los hay en España.


Pío Baroja
Conferencia en el Ateneo de San Sebastián
15 de noviembre de 1933








1307. Los Republicanos

Litografía de Tomás Padró  en La Flaca, en conmemoración de la proclamación de la I República española


Un domingo de abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero, huyendo de la lluvia, 
unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa.

—¿Y Maldonado? —preguntó Manuel al llegar y notar su falta.

—Ya no viene —dijo Prats.

—¡Hombre, me alegro!

—Todos dicen lo mismo —exclamó el Madrileño—. Maldonado es el tipo del republicano español. ¡Son admirables esos tíos!

—¿Por qué? —dijo el Bolo.

—Sí, hombre; odian a los aristócratas, porque no pueden ser aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo; se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan de Catones, y el uno tiene casa de juego; el otro taberna... ¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas..., y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer en Salmerón o en cualquier fabricante de frases por el estilo... A nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos.

—¡Qué mala intención tienes! —dijo el Bolo, que era anarquista con simpatías republicanas—. Hay que verles a esos en el Congreso.

—Yo no he estado nunca en el Congreso —replicó el Madrileño.

—Ni yo —añadió Prats.

—Yo sí —replicó el Libertario.

—¿Y qué? —le preguntaron.

—¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?..., pues una cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro grita...

—¿Y el Senado?

—¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.

—¡Qué guasón! —dijo el Bolo.


Pío Baroja
Aurora Roja, 1904









1267. Casas Viejas y Pío Baroja

El sentir admiración y simpatía por lo exaltado, lo generoso y lo heroico, sea de un extremo social o de otro -más si mira el porvenir-, es con seguirdad lo que mi comunicante anónimo de la tarjeta postal considera consecuencia perniciosa y patológica de la odiosa literatura.

¡Qué se va a hacer! El Evangelio, el Romancero, las novelas de caballería, la literatura de cordel, Cervantes y Tolstoy influyen, aunque sea indirectamente, en la masa popular española más que los manifiestos del Comité del partido radical o del partido socialista.

Los políticos quieren creer que la vida y las ideas están ya todas encerradas en sus redomas; que ellos les han puesto la etiqueta definitiva y que no hay otras. "Este específico debe estar en la farmacia en el ojo del boticario, y este otro, en el cajón de las hierbas"

El pueblo no hace mucho caso de tales clasificaciones y marbetes; obra por intuición y siente su afecto u odio por lo que le impresiona, teniendo en cuenta más los motivos de obrar que los resultados.

Los españoles y España sienten todavía así: más humana que políticamente, más en hombre que en leguleyo; y aunque nuestros políticos palabreros y un poco mediocres crean que hechos como el de Casas Viejas de Medinasidonia, de violencia, desacreditan a los españoles ante el mundo, muchos creemos que les acreditan como esforzados y como idealistas.

Si para algunos esto es culpa de la literatura, para otros -entre los cuales me cuente- es parte de su gloria.

Ahora, yo, si fuera andaluz y anarquista, pugnaría porque en los Sindicatos de la CNT quitaran de las paredes los retratos de algunos viejos barbudos vulgares, dogmáticos y pedestres, y pusieran, en cambio, la efigie de la muchacha anarquista, desconocida hasta hoy, en Casas Viejas.

Como los países militaristas tienen el culto al soldado desconocido, los libertarios podrían tener el culto de la anarquista desconocida. Esta andaluza, admirable por lo brava, tiene el derecho de entrar en el patrón revolucionario clásico.


Pio Baroja 
"Ahora", 22 de enero de 1933







1249. El parlamentarismo

Apertura de las Cortes Constituyentes, 1931 (Foto Alfonso)



El principal instrumento de la República es el parlamentarismo. Cada cincuenta mil personas, exceptuando las mujeres y los chicos, los militares y los curas, envían un representante al Parlamento, y la suma de esos representantes es la opinión íntegra del país.

Esto, como sistema mágico, puede tener algún valor; como sistema racional, muy poco o ninguno.

Se podría argumentar diciendo que el procedimiento es arbitrario, pero el resultado es valioso; pero no hay tal.

El Congreso, en este momento, no representa la masa social española. Si la representara sería un conglomerado desgarrado de opiniones contrarias, de rencores y de furias.

El Congreso actual es más bien apacible y mediocre, es una creación artificiosa y falsa. No puede ser otra cosa. Parece que está hecho pensando no en el país., sino en la cubicación del palacio del Congreso de la Carrera de San Jerónimo.

Está hecho también con la idea preconcebida de dar una impresión de que España es un país en su mayor parte socialista, lo que es falso.

El Parlamento español, como quizá la mayoría de los Parlamentos, no sólo no representa la masa social, sino que, además de esto, no interesa.

Las Cortes tendrían su objeto si no existiera la Prensa desarrollada de nuestro tiempo; pero hoy que un sólo periódico puede reproducir la opinión de una persona en cientos de miles de ejemplares, ¿Qué valor de expansión puede tener un discurso pronunciado ante trescientas o cuatrocientas personas?

El Parlamento no queda más que como una de tantas ceremonias de la democracia.

Sin el altavoz de la prensa, el Parlamento tendría la misma resonancia que un Congreso de turistas, de veterinarios o de dentistas.


Pio Baroja
Comunistas, judíos y demás ralea, 1938
Capitulo XV








1236. Democracia y mala educación

Pío Baroja y Nessi
(San Sebastián, 28 de diciembre de 1872 - Madrid, 30 de octubre de 1956)


De chico recuerdo haber visto en mi pueblo un cómico muy malo, bizco por añadidura, que cuando no sabía el papel se quedaba mirando furibundamente al apuntador para dar a entender al público que el de la concha era el culpable de todo, y luego, cuando le parecía larga la pantomima, hacía una graciosa pirueta y sonreía amablemente. Se ganaba una respetable silba, pero al día siguiente, el hombre, impertérrito, repetía la suerte.

Como aquel pobre hombre, nuestros políticos tienen una pirueta para salir del paso y disimular el vacío de sus cerebros, y, sin embargo, se les aplaude. Los reaccionarios, la fe, la patria, las veneradas costumbres; los revolucionarios, la libertad y la democracia.

¡Oh! la democracia. Es la palabra más insulsa que se ha inventado. Es como la pirueta del cómico de mi pueblo; la mayoría, ni sabemos lo que es democracia, ni lo que significa y, sin embargo, nos sugestiona y nos hace efecto.

Como la música cancanesca de Offembach, los aires democráticos nos dan ganas de echar los pies por alto y de amenazar con la punta de la bota la nariz del vecino.

Hay algo que se llama democracia, una especie de benevolencia de unos por otros que es como la expresión del estado actual de la Humanidad, y esa no se puede denigrar; esa democracia es un resultado del progreso.

La otra democracia de la que tengo el honor de hablar mal, es la política, la que tiende al dominio de la masa y que es un absolutismo del número, como el socialismo es un absolutismo del estómago.

He leído, como todo el mundo, algo acerca de la democracia, pero no tengo una idea clara de lo que es; etimológicamente significa gobierno del pueblo, pero yo creo —quizás me engañe que el pueblo no ha mandado nunca ni en los tiempos más revolucionarios y que tampoco mandará en el porvenir.

¿Que tienen representantes o delegados que mandan por él? Riámonos de eso. Es la farsa más estupenda que se ha inventado.

Una de las tendencias que parece envolver la idea democrática y con ella la idea socialista, es la de la equidad y la de la justicia. A cada uno según su capacidad, a cada capacidad según sus obras, ha dicho un socialista, y esta fórmula sería lógica como ninguna, si la naturaleza fuera también equitativa y justa. Pero la naturaleza ha hecho sanos y enfermos, fuertes y débiles, talentudos y bobos; como la sociedad ha hecho ricos y pobres, nobles y plebeyos. Tan respetable y tan execrable es una injusticia como otra. Nacer león o nacer cordero, nacer hombre o perro, son cosas que no se deben a ningún mérito anterior. Un poquillo de substancia gris de más en el cerebro y es uno un genio; un poquillo más de substancia blanca y es uno un idiota. ¿A Qué viene el dar premios a la mayor capacidad si ésta es un hecho casual de la naturaleza, como el ser rico es un hecho casual de la sociedad?

A pesar de esto, para el progreso de la especie, sería mejor abrir el campo a las energías de los fuertes, pero actualmente, al menos, no se ve que la democracia sea como una comadrona de genios; dada la manera de ser comunista de la enseñanza, un hombre de talento no tiene más medios de sobresalir que hace doscientos años; quizás tenga menos, porque el afán del lucro arrastra a las universidades ya las escuelas, un turbión de gente que obstruyen todos los caminos y ahogan con su masa las personalidades, aun las más enérgicas.

Otra de las consecuencias, a mi modo de ver, fatales de la democracia y del socialismo es la de supeditar y subyugar el individuo en beneficio de la sociedad y del Estado.

Además, ha inculcado en todos el ansia del perfeccionamiento social, el anhelo de escalar posiciones y ha hecho que el hombre busque su progreso de fuera, su progreso que se podría decir objetivo, más que el subjetivo o de su ser moral.

De estos deseos, de estas ansias, unidas a la afirmación de la igualdad legal, se ha pasado inconscientemente a la afirmación de la igualdad social. Todos nos creemos socialmente iguales a los superiores y superiores a los inferiores; si hacemos la corte a una duquesa se nos ocurre pensar: en el amor no hay clases; pero si el hijo de la portera quiere flirtear con nuestra hermana, o nuestra hija, ¡oh! entonces hay clases, ya la creo.

Escuchad a esos socialistas y demócratas cuando razonan en el seno de la confianza; todos sus argumentos giran alrededor de su yo como un satélite alrededor de un planeta. ¿Por Qué yo he de estar aquí fastidiado mientras qué?... ¿Por Qué yo que soy?..

Desconfío de los demócratas y socialistas pobres; creo que si fueran ricos no serían demócratas.

Quisiera ver a muchos amigos socialistas en posiciones elevadas, para demostrarles que serían más tiranos, más insoportables, pero mucho más, que los de ahora, si ocupasen sus puestos.

¡El advenedizo! ¡Y, en España, en donde todos nos sentimos dictadores! Hay que ver la soberbia de un tabernero convertido en agente de policía, para comprenderlo. Aquí el guarda de un jardín es tan déspota como un zar; un portero se da más tono que el propietario; un cocinero de casa grande le mira a uno por encima del hombro y, si a mano viene, su señor saluda con finura; al director de un periódico de importancia no se le puede comparar más que con Dios...

¡Un gobierno popular! ¡Sería encantador! sé por experiencia cómo la gastan los demócratas.

Fui una vez a una alcaldía a pedir una cosa justa, y el teniente alcalde, un republicano y furibundo demócrata, después de someterme a un interrogatorio humillante, me mandó a paseo sin oírme. Se va a pagar la contribución o a tomar la cédula; le hacen a uno estar en la escalera; se pierde todo el día, y si se atreve alguien a hacer la más mínima observación al escribiente, le hace esperar hasta el último, si es que no la echan a la calle. Se quiere encontrar un expediente en una oficina: —¿Se puede ver a?.. — se le pregunta al portero, saludándole con finura; y cuando no contesta un bufido, vuelve tranquilamente la espalda sin hacer caso. Está lloviendo y se va ensuciando la escalera... la portera gruñe.

¡Es un encanto!

Será útil para los demócratas y socialistas el dominio del pueblo; pero para los demás, si debemos desear algo, es que manden los aristócratas, porque en el poder tendrán menos impaciencias, menos apetitos y formas más corteses.

La Democracia lleva envuelta en sí misma una ansia de exclusivismo por el cuarto estado, que será con el tiempo para los errantes, los pobres y los que no tienen trabajo, una burguesía tan odiosa como la actual.

La Libertad es muy hermosa y muy grande; en el alma del hombre libre y emancipado hay una Religión, una Patria, un Estado, una Justicia, todo; y esto le basta al hombre libre, que no necesita para nada una protección social, basada en intereses parecidos a los suyos. Por la Libertad están las conciencias; por la Democracia y por el Socialismo los estómagos.


Pío Baroja
(De "El Tablado de Arlequín”, 1903)
Publicado en Comunistas, judíos y demás ralea, 1938
Capítulo IV











416. Pio Baroja, in memoriam



Pío Baroja y Nessi
28 de diciembre de 1872 – 30 de octubre de 1956



Recordando a Don Pío Baroja en el aniversario de su muerte.



"No existe verdad política y social. La misma verdad científica, matemática, está en entredicho, y si la Geometría puede tambalearse sobre las bases sólidas de Euclides, ¿qué no les podrá pasar a los dogmas éticos de la sociedad?".


*


"Sería una aurora sangrienta en donde a la luz de los incendios crujirá el viejo edificio social, sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta de nuestros miserables días. Sería el barro negro de las Injurias y de las Cambroneras, que ahogaría a los ricos, la venganza justa contra las clases directoras, que hacían del Estado una policía para salvar sus intereses, obtenidos por el robo y la explotación, que hacían del Estado un medio de calmar a tiros el hambre de los desesperados. "

Fragmento de "Aurora roja"


 *


«Hemos pagado el error de haber descubierto América, de haberla colonizado generosamente. Hemos perdido las colonias. España ha sido durante siglo un árbol frondoso, de ramas tan fuertes, tan lozanas, que quitaban toda la savia al tronco. El sol no se ponía en nuestros dominios; pero mientras en América iluminaba ciudades y puertos construidos por los españoles, en España no alumbraba más que campos abandonados, pueblos sin vida, ruina y desolación por todas partes.

Se han perdido las colonias; se han podado las últimas ramas, y España queda como el tronco negruzco de un árbol desmochado. Hay quien asegura que este tronco tiene vida; hay quien dice que está muerto. A mí, actualmente, España se me representa como algunas de las iglesias de nuestras viejas ciudades: un párroco mandó cerrar una puerta; otro cubrió de yeso unos angelotes porque eran inmorales; el que le siguió cerró una capilla con un altar; otro tapió las ventanas y abrió otras nuevas, y, al ver ahora la iglesia, no se puede uno figurar su forma primitiva.

Los que queremos la renovación de España no la queremos ver como un país próspero sin vinculación con su pasado; la queremos ver próspera, pero siendo sustancialmente la España de siempre. Se nos dice que a esa vieja iglesia estropeada, en vez de restaurarla, se la va a derribar, y que en su sitio se levantará otra iglesia nueva, o una fábrica de gas, o un almacén, no nos entusiasma la idea. Tememos que después del derribo no venga la construcción; en todo viejo edificio hay muchas cosas aprovechables.»

Fragmento de  "Vieja España, Patria Nueva"


*


“La verdad es que en España hay siete clases de españoles… sí, como los siete pecados capitales. A saber:

1) los que no saben;
2) los que no quieren saber;
3) los que odian el saber;
4) los que sufren por no saber;
5) los que aparentan que saben;
6) los que triunfan sin saber, y
7) los que viven gracias a que los demás no saben"

(Lo dijo Pío Baroja en la tertulia del café Levante el 13 de mayo de 1.904)








229. Pío Baroja trata de la actualidad política

«Si se hace la experiencia de la dictadura socialista, que se haga bien. Ya que nos arruinemos, que sea con brillo.»


¡Tan famoso! ... Igual que siempre: el boinón sobre la robusta cabeza alegre; la barba, crecida a su gusto; un traje raído a medio abrochar; los pies, materialmente "liados" en unas botas de paño, y con frío, con mucho frío... igual que siempre.

Ahora le molesta un dedo que se ha estropeado en el tren; antes hablaba de la mordedura de un dogo... Igual que siempre... Don Pío, a la española, inicia estas conversaciones para los diarios con esos dos asuntos: el frío y un minúsculo alifafe que lo contraría... En verano no sé lo que dirá. Porque hay un tiempo de sazón para ver y oír a D. Pío: afines de otoño, a su vuelta de Guipúzcoa. Entonces Baroja trae a la charla sus meditaciones, la burlonería de lo que ha visto y el deseo zumbón de sintonizarse con los chismes y anécdotas que "andan" por Madrid. Es preciso cogerle recién llegado, en su casa,... En esta casa tan de solterón, grande, lóbrega, ilusoriamente fría; en esta casa tan de solitario; casa de zócalos negros, de escalera infinita, donde uno recibe la impresión siempre de que "ya han sacado el cadáver"...

Aquí está D. Pío! Buen aire de oso de ciudad; jocundo, fino.

¿Ah, gran D. Pío! ¡Y pensar que tiene usted talento, tanto talento!, ¡y que sabe latín!, ¡y que no se lo dice a nadie! Así da gusto D. Pío.

Ayer, D. Pío, estaba su casona muy revuelta: líos de alfombras por aquí, muebles por allá; eso sí, las mismas "neskas", guapotas y enlutadas, de servidumbre, y usted tenía frío, mucho frío, un dedo herido y un excelente buen humor...

- Pues sí, hombre; llegué esta mañana de Barcelona.

-¿Y qué tal D. Pío?

- Por allá anduve... Por cierto que no vi ese separatismo que dicen. La gente habla menos catalán que nunca; el pueblo, poco, los señorones, sí. Esos lo hablan bastante; pero se les nota que por un prurito de ostentación... Allí la gente vive muy preocupada por las cuestiones económicas; por el Estatuto, poco, muy poco. Yo creo que el Estatuto quedará en nada.

Madrid seguirá mandando... Siempre ha ocurrido eso.

Algunos catalanes me decían: "¿Por qué no viene a pasar los inviernos a Barcelona? Madrid, con los estatutos, se va a convertir en un poblacho"... Yo les decía que Barcelona, con sus palmeras, sus flores, su luz y sus pájaros, me parece más española que Madrid, que sabe mucho a Mediodía y que precisamente en Madrid, que tiene esa cosa fría de las ciudades que son o fueron Cortes, me hallo muy a gusto.

- Y a Maciá, ¿lo vió?

-¡Hombre!... No... ¿Para qué? ¡Ya me dijeron de ir!... A mí, Maciá no me interesa... Es posible que sea un buen hombre, claro... Lo vi en fotografía y me produjo la impresión de una figura en madera... Por la fotografía me parece un delirante.

Dice los Estatutos... El de mi tierra lo ha hecho un abogadito de Bilbao, lo discutían en el Ateneo de San Sebastián, y en el tablón de avisos leí: "Semana del Estatuto: día 5, discusión; día 6, proposiciones; día 7, se suspende la discusión para celebrar un concierto de piano" ¡Y no crea que el concertista era Beethoven! Se trataba -dice D. Pío, riéndose- de un austriaco cualquiera... Pues algo así ocurre en Cataluña. Al pueblo ya no le conmueven las banderitas y las sardanas.

-Y lo de los Jesuitas, ¿Cómo lo vio usted D. Pío?

- Pues, la verdad... Yo debería ser un antijesuita terrible y no lo soy... Claro; uno no sabe si esta gente hacía o no política; pero a pesar de todo, si la hacían, no tengo ninguna fe en los decretos. Era preferible que su influencia se extinguiera por sí sola, y no hincharla al socaire de persecuciones. Yo he conocido hasta tres jesuitas: Cejador, que era una magnífico adoquín, aunque otros dicen que fue un genio; el P. Lecina, historiador que visitaba las librerías de viejo, y a otro de mi pueblo, el P. Errandonea, con quien discutía mucho sobre el estilo... ¡Nada!...

En el País los jesuitas tienen gran arraigo en Bilbao, en San Sebastián, y en su cuna, en Aspeitia,... En cambio en Vitoria y en Pamplona, que son ciudades de poco dinero, no abundan...

En el País hay muchos curas; pero la gente los ve bien, los quiere, ¡qué se le va a hacer!

-¿Fue usted a Ezquioga, D. Pío?

- No,... Quería ir; pero no pude a última hora. Yo ya les he dicho que lo que aparece en Ezquioga es un diablillo vasco o varios diablillos... Podría ser aquella Mari que se aparecía en la Peña de Amboto... El obispo de Vitoria piensa como yo, y ha quitado a las apariciones importancia.

Pero lo maravilloso en el sentido práctico que tienen mis paisanos. ¡Eso está muy bien! Se va allí, se reza el rosario, se dejan los cuartos... y ¡adelante! A eso de Ezquioga le digo yo el aprovechamiento de las fuerzas vivas... La Diputación recauda miles de pesetas diarias, los «taxis» se enriquecen... Da gusto el sentido comercial de los vascos; les quitan el juego, pues a sustituirlo. Un verano es Asuero, otro Ezquioga...

-A D. Pío le baila el gozo en la boca... ¿Y qué cree usted, Baroja, que pasará con el sufragio femenino y con el divorcio?

- ¡Pues no sé!... Las mujeres votarán a los curas... ¡Ni hablar! Y si hay diputados, serán clericales y comunistas; los socialistas perderán puestos y los republicanos... ¡se pueden despedir!

Lo del divorcio tendrá muy escaso interés. El divorcio es para países ricos. Los españoles tienen del matrimonio un sentido pesimista, se casan con la idea de que es para siempre... ¡Y cualquiera coge de nuevo al que se descase! No abundarán las demandas. ¡Ya lo verá!

En cuanto a las mujeres -y aquí parace la ironía del célebre tozudo- poco promete. Las condiciones de vida de la española, hacen que a los treinta años esté fondona, aquí una mujer, luego de una etapa de matrimonio, se convierte en un ballenato... Eso del divorcio es para Norteamérica. Aquellas mujeres son egoístas, no tienen hijos o tienen pocos; hacen gimnasia, practican una higiene "ad hoc"... Aquí reincidirán los divorciados con dinero; ¡pero eso ya pasaba con las viudas!...

-¿No le tienta la aventura política?

- No tengo condiciones de orador; y en España el político que no lo es se muere de aburrimiento. Hace treinta años estuve con Lerroux; conspiramos juntos... El había ideado un plan de partidas armadas en el Moncayo. A mí aquello me divertía románticamente; fuimos a Zaragoza, y en el tren me desilusionó. "Usted, Baroja, me dijo Lerroux, si quiere vivir la política, debe tomar lecciones de canto". Me pareció tan ridículo lo que me aconsejaba, que decidí no volver a sonar. Además la política me repugna por su fondo de histrionismo. Claro que si me dicen: "O Presidente"... ¡Pero no lo concibo!... Ser Presidente de la República equivale en grande a ser conserje de un casino: saludos, galones, un protocolo para vestir... Reverencias hoy a los salchicheros, mañana a un pequeño diplomático... ¡Horrible!

Yo comprendo que se aspira a ser joven, a conquistar mujeres, a lucir en un gran baile, a tener dinero...

-Y de sus amigos los anarquistas, ¿qué sabe usted?

- Hombre... nada. Los persiguen mucho. A mí no me choca que los anarquistas no estén satisfechos con la República. Lo que me choca es que digan que todos están vendidos. ¿Vendidos¿ ¡Pues si son unos pobres que viven mal, trabajan todos los días y aún les queda tiempo para ir a la cárcel...!

En Barcelona cené con unos diputados y les decía: "¡Están ustedes con esa política de enchufes haciendo buenos a los monárquicos!" "¡Hombre, no, me replicaban; es que les han ofrecido esto y lo otro y lo otro!..." Y yo les respondía: "Pues que no lo hubiesen tomado!".

-Y de los actuales de gobierno, ¿qué opina, Don Pío?

- Hace años creí en Lerroux... Era un buen mozo que al andar partía los ladrillos. Se ponía par recibir a los Comités de barrio una blusa de obrero... Le conocí y hablé con él algunas veces en el café Inglés, donde me llevaba Ricardo Fuente... Pero me desilusionó. Vi que tenía la cabeza atiborrada de artículos de "La Vanguardia". No leía más que periódicos.

Hace treinta años Lerroux era un temor, una gran esperanza de político; pero ahora lo he visto, y se me figura una pavesa de aquel Lerroux que partía los ladrillos del suelo a su paso... Entonces estuvimos "Azorín" y yo con él en Barcelona. Fuimos a "La Fraternidad" y a los círculos radicales del paseo de Gracia. Allí se adoraba a Lerroux. Pero era una gente mitad republicanos y mitad ácratas. Se hacían veladas de teatro; los anarquistas Rull y "Picoret", entre otros, representaban "Tierra Baja" entre un humazo de mal tabaco y mucho calor. Lerroux se hacía preceder por nosotros, y luego entraba con el sombrero terciado y las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Después de la semana Trágica, la estrella popular de Lerroux declinó. A mí, Lerroux me es agradable. Yo desearía que él tuviese éxito. ¡Me temo que no lo consiga! En España es doloroso, pero es así. Se deja que se inutilicen los hombres, y cuando ya no pueden ni con el gabán se les pide su obra...

A Azaña no le conozco. Lo he visto una vez en una librería de viejo...

A Albornoz sí lo he tratado; poco, pero lo he tratado.

¡Debe ser un lírico! Recuerdo que en un viaje a Barcelona, al salir de Zaragoza, me dijo: "Oiga usted, Baroja, cuando aparezca el Mediterráneo, avíseme."

Yo leía "La Vanguardia", y al llegar a un pueblecillo de la costa, le dije: «Albornoz, ahí está el Mediterráneo». "Voy a hacerle una salutación", me dijo todo conmovido. Y eso es todo.

España, sobre poco más o menos, seguirá igual que ahora con la nueva Constitución. En España ha habido ya sus 13 Constituciones. ¡Pues no se experimentaron 13 adelantos ni tampoco 13 retrocesos! La escasez de hombres que tiene la República la achaco yo a la sorpresa de su llegada. Nadie la creía tan inminente porque nadie pensó que el Rey y sus monárquicos se irían sin lucha. ¡Aquello fue de una florera!...

- ¿Cómo ve usted al político español, Baroja?

- Debe ser realista, con un conocimiento claro del país... y si es retórico, el pueblo lo agradecerá. Parece que en España la retórica es una virtud del gobernante. Lo que no he comprendido nunca es la falta de curiosidad de un Rey como Alfonso XIII. Yo lo creía mediocre, tímido, lleno de malos humores, pero con alguna curiosidad.

Y no. No la tuvo. Siempre que iba a un pueblo lo hacía con trompeteo, le adornaban las calles e indefectiblemente se sentaba en la misma silla y oía y preguntaba iguales cosas...

- ¿Triunfará aquí el socialismo?

- No lo creo. Los españoles son como son... El socialismo se preocupa demasiado de las formas y en España es preciso la dictadura para gobernar. Pero en fin... ¡Ya ha hecho algo! Ha traído más de un centenar de diputados, que viajan gratis, van a cafés teatros... El socialismo ha creado un nuevo señorito. Y está bien, porque los antiguos llevan trazas de dedicarse a betuneros, ¡si hay dónde!

A mí si lo hiciesen bien, no me aterra una dictadura socialista. Peor que vivimos la clase media, no viviríamos. Ya en Cataluña la moratoria está implantada de hecho en los negocios. En Andalucía no se sabe lo que puede ocurrir: si comunismo, si anarquía.

Allí estuve, Aparentemente, no se ve nada. Aparte de unos señoritos muy brutos que hablan de vender fincas e irse al extranjero. ¡Pero no sé qué harían allí si apenas saben hablar el castellano! Ahora que... Si se hace la experiencia de dictadura socialista, que se haga bien. Ya que nos arruinemos, que sea con brillo. Que no ocurra lo de la actualidad: que se arruina la gente oyendo esas voces de padres de familia que hablan en el Congreso...

Aún D. Pío dice muchas otras "boutades". Habla de sus planes de novelista pero son las doce de la noche...

Seguramente en esta casa de solterón, grande, lóbrega, fría, de escalera infinita, de zócalos negros, hay brujas...

Yo me voy.


El Sol, 11 de noviembre de 1931