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3360. ¿Cuál debe ser la labor de las mujeres en la República? III

Fotografía de Alfonso


María Martínez Sierra

María Martínez Sierra, todos lo sabéis, acaba de dar en el Ateneo un cursillo de conferencias bajo el tema La mujer española ante la República. Ha sido un cursillo de vulgarización de deberes y derechos ciudadanos y de aclaración de algunos conceptos que se prestaban a lamentables confusiones. María Martínez Sierra ha hecho con esto una gran obra. Todavía están en el aire sus palabras transparentes. Y asímismo, claros, diáfanos, son los conceptos con que responde a nuestra encuesta: 

—Nuestra primera y más eficaz labor ha de ser la propaganda. Las mujeres somos por naturaleza habladoras. ¡Gran ocasión se nos presenta para aprovechar esta condición de nuestro carácter! Hablar, hablar incansablemente, hablar constantemente en bien de la República, aclarar ideas, esclarecer conceptos, hasta que entren y se afiancen en la conciencia de todos... 

—¿Y después?

—Después, cuando nos encontremos en posesión de nuestros derechos de ciudadanía, estos que se nos reconocen ampliamente, buscar con nuestro voto no la coalición de partidos, sino la reunión de hombres sinceros. El voto de las mujeres en América dio como resultado la dispersión de los partidos políticos. Y es porque ellas votaban buenamente al que le parecía más apto, más honrado, de conducta más intachable, sin importarles que vinieran de este o del otro lado. Aclaro. Ya sabe usted que las mujeres somos un poco comprometidas, un poco curiosas; de este modo ellas enteraron de la vida y milagros de sus candidatos y votaron aquellos que las ofrecieron más garantía y verdadera moralidad. 

Luego aún —hay más— la labor de la mujer al frente los poderes públicos abarca un vasto campo con un programa aparentemente sencillo: la escuela. Hay que ir a la escuela única, hay que embellecer la enseñanza, haciendo de las Universidades lugares acogedores, bellos, atractivos.. Yo pondría en la Universidad tapices, cuadros, estatuas, jardines, para que nuestra juventud no encontrara en ella sino motivos de honda satisfacción espiritual..., y vería con inmensa alegría la fundación de la Universidad del Trabajo, en que se dieran grados y doctorados de la la labor manual. ¿No es maravilloso imaginar que los albañiles —los «doctores en albañilería» del porvenir— pudieran ponerse el smoking después de su labor, con el mismo derecho que se lo pone el médico terminadas sus tareas en el quirófano? 

Como soy maestra, toda la labor de las mujeres en la República la veo a través de ese prisma: la escuela. 


María Luisa Navarro de Luzuriaga 

Entre las nuevas asociaciones y corporaciones formadas al calor de la República hay que conceder importancia excepcional a esta Asociación Republicana Femenina, a la que pertenece la ilustre María Luisa Navarro de Luzuriaga, cuyas opiniones están revestidas de máxima autoridad.

—La mujer —nos dice— debe incorporarse completamente a la vida pública y contribuir a la consolidación de esta forma de Gobierno, por su propio interés y por el de la Nación. No debe por ello abandonar la vida privada, sino organizarla en forma tal que sean compatibles. 

Tienen ya señalado su rumbo las mujeres que pertenecen actualmente a las llamadas «juventudes», en las cuales los muchachos y las muchachas viven los mismos valores como iguales: ellas prestarán valiosos servicios a la República, organización más propicia que la monarquía, para recoger y aprovechar sus esfuerzos. A ellas se sumarán la minoría de mujeres que las precedieron y rompieron la marcha en tiempos difíciles, por la incomprensión del medio y que aún disfrutan de una madurez capaz. Las otras mujeres, las que han adoptado hasta ahora el doloroso gesto de oprimidas, deben sacudirse de su inercia y participar, en la medida de sus fuerzas, en los problemas planteados a los seres libres de un Estado democrático. «Los oprimidos», cuando no escudan tras una cómoda posición egoísta un espíritu parasitario, tienen derechos. «Pero tienen ante todo el deber de no ser oprimidos.» 


Matilde Muñoz
Crónica, 7 de junio de 1931 








3331. María Martínez Sierra funda en España una Asociación feminista

María Martínez Sierra funda en España una Asociación feminista de acentuado perfil europeo y de amplias orientaciones modernas. 

El fruto de una labor tenaz y entusiástica. 

Asistimos a la inauguración del local de la Asociación Femenina de Educación Cívica. Alegría desbordante, inusitada animación, mujeres llenas de entusiasmo, entre las que muchas ostentan nombres ilustres, privilegiados talentos. Arte, buen gusto, distinción, elegancia. Todo esto no es más que el fruto de una labor tenaz y de un esfuerzo inaudito. María Martínez Sierra, alma mater y genio tutelar de la Asociación, aparece entre las damas que pueblan los salones del espléndido local, sofocada, sonriente, incansable, feliz. Contempla su obra realizada, su gran obra feminista, romántica y práctica a un tiempo, con el amoroso deleite, con la intima satisfacción, con la sana, lógica y justificada alegría del creador de una cosa bella, útil, amable, simpática y necesaria. Saludamos a María. La felicitamos. Inquirimos: 

—¿Completamente satisfecha? 

—Satisfecha y contentísima. ¿No lo ve usted? ¿No hay sobrados motivos para estarlo? 

—¿Muchas asociadas? 

—Seiscientas. Pero dentro de poco seremos el doble, y llegaremos, con el tiempo, a sumar unos cuantos miles. Hay un entusiasmo indescriptible. 

—¿Finalidad primordial de la Asociación? 

—Primordiales, esencialísimas, dos. La primera, hacer una especie de hogar espiritual y material para las mujeres que trabajan. Un hogar que deben considerar todas las asociadas como el suyo propio. Esto, para la mujer de la clase media, resuelve muchos problemas. La segunda finalidad, crear una Escuela de Estudios Sociales para la mujer española. 

—¿Sometidas a un lema e ideario comunes? 

—El de reivindicación de sus derechos. El de preparar y capacitar a las mujeres para la vida fuera de sus casas —dentro de ellas pocas somos las que ignoramos y no cumplimos nuestros deberes puramente domésticos—, ya que el hogar tiende a salirse —y que se me perdone la paradoja— del hogar, para extenderse a ciertos radios y sectores de la vida pública. 

—¿Matiz político? 

—Ninguno determinado, ni impuesto. Cada una puede sustentar el credo político que le parezca mejor o más conveniente. Nuestra tendencia es, precisamente, preparar a la mujer para que adopte una posición política, si esto le interesa, con absoluto conocimiento de causa. Ya ve usted: en la Directiva de la Asociación hay señoras desde la extrema izquierda a la extrema derecha. Esto le demostrará que rechazamos la intransigencia y los exclusivismos de partido. 

—¿Tienen entusiasmo las asociadas por las disciplinas y actividades que les marca el reglamento? 

—Mucho. Y con gran satisfacción he sacado la consecuencia de que les gustan y preocupan, sobre todo, los problemas biológicos y sociales. Y mucho también los de carácter exclusivamente político. 

—¿Requisitos económicos para pertenecer a la Sociedad? 

—Se paga para ingresar una cuota de cinco pesetas y una mensual de dos pesetas. 

—¿Principales colaboradoras de usted en esta empresa? 

—Las maestras Julia Peguero y Mercedes Sardá, y la gran artista Pura Ucelay. 


La labor realizada por la Sección de Cultural de la Asociación Femenina de Educación Cívica. 

Durante el primer semestre de su actuación, la Asociación Femenina de Educación Cívica ha organizado varias clases, cursillos y conferencias. 

Los cursillos, en los cuales se explicaron amenas e interesantísimas lecciones sobre «Ejercicios intelectuales», «Biología», «Sugerencias sobre Platón», «Vulgarización del Derecho civil» y «Problemas pedagógicos», estuvieron a cargo de doña María Martínez Sierra, don José María de Otaola, doña Julia Peguero, don José María Requena y doña Mercedes Sardá, respectivamente. Así como las lecciones sobre «Concepto moderno del amor», por el doctor Juarros. 

Las conferencias fueron las siguientes; «Evolución de la ciencia», por don Rafael Campalans; «El sufragio en España», por doña Benita Asas de Manterola; «Concepción Arenal», por el doctor Goyanes; «Características fisiográficas de la Península hispánica», por el señor Hernández Pacheco; «La marcha de las ideas», por doña María de Maeztu; «Seguro de maternidad», por doña Isabel Oyarzábal de Palencia; «La belleza en la educación del sentimiento», por doña Julia Peguero; «Una vida ilustre de mujer: Madame Curie», por don Tomás Batuecas; «La ciencia del hogar», por doña Dolores Nogués; «La mujer en el trabajo profesional», por el doctor Torre Blanco; «Historia del vals», por la señorita Matilde Muñoz; «La mujer ante la nueva Constitución», por don Luis Jiménez de Asúa; «Electricidad y Medicina», por el doctor Fernán Pérez; «Gradación y matiz de los afectos», por el señor Peinador Porrúa; «El Romanticismo y los tiempos presentes», por don Pablo Turull; «Federación», por doña María Martínez Sierra; «La Constitución y los derechos del niño», por el doctor Miguel Hernández Cerra; «El amor y la poesía en la historia del Islam», por don Gonzalo de Reparaz; «Reflexiones sobre política», por doña Josefa Pons de Zamora, «El socialismo y la mujer», por don José Sanchís Banús, etc., etc. 

Las clases, encomendadas a competentísimos profesores de ambos sexos, son de Francés, Inglés, Lengua española. Música, Taquigrafía y Corte. 

La Asociación ha realizado también excursiones al Museo Arqueológico, con una conferencia de doña María Martínez Sierra sobre «La mujer en la civilización egipcia». Al Museo de Reproducciones Artísticas, con conferencia de la misma señora sobre «Historias y mitologías». A Toledo, con charla sobre «Toledo y el Greco», por don José María Torres. Y algunas más


Colofón y envío 

La Asociación Femenina de Educación Cívica tiene su domicilio social en Madrid, plaza de las Cortes número 6, piso primero izquierda. Para ingresar en la Asociación es necesario haber cumplido diez y seis años y ser presentada por dos de las señoras ya asociadas. Las horas de Secretaría son de doce a dos y de diez y nueve a veintiuna, todos los días no feriados. 

Señoras y señoritas de la Asociación Femenina de Educación Cívica: mi felicitación más cordial. Y gracias por su amable invitación. A ustedes sobre todo, María Martínez Sierra y Pura Ucelay, las hadas captadoras de la reprisse de la inauguración. Vuestro nido es tan delicioso, tan confortable, y está tan bien dispuesto para la meditación y el trabajo, que al abandonarle, algo le retiene a uno ya para siempre, con los hilos invisibles, pero fuertes como cadenas, de vuestra simpatía y de vuestro talento. 


Juan del Sarto
Crónica, 19 de junio de 1932








2215. Cartas a las mujeres de España. Para las que nunca se divierten



Pienso que después de leer mi carta anterior no pocas mujeres habrán dejado caer el papel con un gesto de amargura rebelde, diciendo: “¡Esta carta no es para nosotras! Diversión constante…; casinos, salones; conversación frívola a la orilla del mar; visitas, teatros… Pero ¿todo eso existe fuera de las novelas? Porque, para nosotras, toda la vida es trabajo constante e inacabable preocupación, angustia unas veces, resignación las más, o indiferencia… Hay tedio en nuestros días, ciertamente; tanto tedio y tan hondo y desolador como en la dorada existencia de la más divertida mundana; pero este tedio nuestro ¡va tejido con hebras de lana tan áspera, tan burda, tan feamente gris!...”.

-Yo –dice una-  tengo apenas treinta años y tengo cinco hijos, y a fuerza de tenerlos y criarlos casi he perdido la forma de mujer, y mi marido no hace caso de mí, y además gana poco dinero…, y la vida es tan cara…, y un hombre no puede prescindir del café y el cigarro y el abono a los toros… y, naturalmente, con el poco dinero que queda no es posible tener un hogar agradable; ¡estos chiquillos rompen tantas botas!; y hace frío de noche, porque el carbón para una estufa es artículo mucho más de lujo, aún, que no más caro, que una cajetilla diaria; y como hace frío, este hombre se va y yo me quedo sola…, y me divierto en quemarme los ojos sobre la costura, o me voy a la cama, a dormir, si el chiquillo más pequeño me deja… Mañana, al despertar, ¡un día más!, volveré a devanar este ovillo… ¡Yo sí que sé de sobra lo que es tedio!

Yo –dice otra- tengo veintitrés años, y soy bonita, y he ido al colegio, y hasta cuando era chica me dio por estudiar más que otras. Así es que ahora me gano la vida, o parte de la vida, dando lecciones de francés y labores. Paso el día corriendo calles, con frío, y con calor, y con agua, y con viento, y subiendo escaleras, y tratando con chiquillas mimadas y con madres ricas e impertinentes…, y vuelvo a casa a la hora de cenar. Vivo con mi padre, y mi madre y tres hermanos, que están estudiando cada uno su carrera, y no la acaban nunca, y le dan a mi padre muchísimos disgustos… y no ganan un real. Pero cuando acabamos de cenar, ellos se levantan y se van… no sé dónde, con los amigos, dicen, o al café o al teatro. Muchas veces hablan, mientras cenamos, de comedias que se han estrenado, y del teatro Real, y de bailarinas y de cupletistas. Mi padre también sale algunas noches; otras hace pitillos o solitarios, y mi madre repasa la ropa…, y yo…, yo bien quisiera tener la fuerza de voluntad suficiente para coger también el llavín y marcharme con unas cuantas amigas a hablar… del tiempo que hace, o a ver una comedia, o a oír un poco de música alegre; pero ¿qué cara pondría mi madre si me oyera indicar tal desvarío? ¡El llavín una chica soltera! ¡Salir de noche, lo mismo que un hombre! Sin duda, piensa que, como me he pasado el día trabajando, debo estar muy cansada, y mi único deseo debe ser acostarme cuanto antes. Otra cosa sería si, como mis hermanos, hubiese pasado la mañana en buscar pretextos para no entrar en clase, y la tarde comentando en la mesa del café las delicias de no haber entrado… En fin, durmamos, que mañana, si no he dormido bien, tendré un poco de dolor de cabeza, y me parecerán insoportables mis discípulas, y aborrecibles sus elegantísimas mamás. ¡Diversión!  Ya saldré el domingo a dar vueltas de noria por el paseo, lleno de polvo…; pero ¡me da tanto asco llevar todo el año el mismo sombrero! –Buenas noches, padre. Buenas noches, mamá-. ¿Es posible que esta madre, que tanto me quiere, haya visto marcharse a sus tres hijos, y no piense que yo, su hija, después de todo tan carne y sangre suya como ellos, tengo, por lo menos, tanta necesidad como ellos de un poco de alegría para poder vivir? –Buenas noches, mamá. –Buenas noches, hija. ¿Ya te vas a la cama? Que no te estés leyendo hasta las mil y tantas, que mañana tienes que madrugar… -Es verdad, tengo que madrugar… Mis hermanos, como no pensarán entrar en clase, puede que no madruguen, y puede que mi madre, que habrá madrugado tanto como yo, aunque las mañanas estén frías y ella tiene reúma, les entre el desayuno a la cama… ¡Apaguemos la luz, que cuesta cara!

-Yo –dice otra- tengo treinta y cinco años, y ni me he casado ni ya me casaré; porque el hombre a quien quise y pensé que me quería, se casó con otra más rica, o más bonita, o con más gancho para convencerle, y yo soy tan tonta, que no sé si te sigo queriendo, o si me quedado tan harta de querer, que no he tenido arranque para querer a otro. No soy pobre de solemnidad, no tengo que ganarme la vida; pero no soy rica y no puedo hacer vida de sociedad; mi madre está cansada; mi padre es viejo, ya no trabaja, ya no le gusta salir de casa… Aquí vivimos como en un convento… Algunas veces pienso: ¡Qué largos son los días! A veces, mirándome al espejo y viendo algunas canas en las sienes: ¡Qué corta es la vida! Me aburro mortalmente; y no es que no tengo nada que hacer: tengo que cuidar a mis pobres viejos, que ya van estando un poco achacosos, y que me quieren tanto, que nada les parece bien si no lo he hecho yo misma; tengo que llevar el manejo de la casa, procurando estirar este poco dinero para que parezca un poquitillo más; tengo que coser, además de la ropa de casa, mis propios trajes, porque desde chica he tenido maña para arreglar trapos. No me sobra una hora, y, sin embargo, ¡yo sí que sé también lo que es aburrimiento!

Y así tantas: madres de familia con poco dinero, maestras, empleadas, telegrafistas, mecanógrafas, mujeres, en una palabra, de la clase media, sacrificadas eternamente, eternamente amarradas a un yunque de preocupación y ansiedad. Viviendo en casas tristes y feas, destempladas las más, con balcones a calles más tristes y más feas que la casa misma, rendidas por la escasez, entristecidas por la continuación implacable de la misma visión, de la ocupación monótona, fácil y poco interesante, en la que no es posible, por buena voluntad que se tenga, poner la menor chispa de ideal… Vidas trágicas, de cuyo heroísmo silencioso nadie se entera… y cuyos sacrificios, por acostumbrados, nadie agradece…

Mujeres, las que así os consumís en la monotonía de una vida más indiferente que resignada, sabed que no tenéis derecho a hacerlo así, y que estáis obligadas, absoluta y estrictamente obligadas, a procurar para vuestra existencia la centella de buena ventura que ha de iluminarla. ¿Cómo?, preguntaréis. Eso iremos viendo.

¿Habéis oído hablar de una curiosa y verdaderamente trágica costumbre china? Ahora empieza para las mujeres del Celeste Imperio, con el triunfo de la recién nacida República, una esperanza de libertad y felicidad. Son –se dice- las mujeres chinas extraordinariamente inteligentes, y los hombres de ideales nuevos parecen decididos a concederles todos sus derechos, incluso el del voto, que por Europa aún discutimos tanto. Pero, hasta hace muy poco, han sido las mujeres más desdichadas de la tierra. Vendidas desde niñas a un hombre, para esposas o para concubinas, entraban, antes de ser mujeres, en la casa del futuro marido… y algunas no volvían a salir de ella más que para el sepulcro. Deformados los pies, apenas podían andar; la falta de ejercicio ejercía funesta influencia en su salud, y para ellas, más que para ninguna otra mujer del mundo, eran terribles los sufrimientos de la maternidad. Sujetas, prisioneras, sin esperanza de mejorar de suerte y con inteligencia suficiente para comprender la injusticia… ¿qué pensáis del tormento de esas vidas? Pero existía, como he dicho ya, una costumbre curiosa: a estas mujeres así atormentadas se las permitía, cuando llegaba la angustia de vivir a punto en que ya la vida les parecía intolerable, retirarse a un lugar apartado, y allí gritar cuanto quisieran, desahogando su dolor a voces, clamando contra lo inevitable, lamentándose de la injusticia del destino y de la iniquidad de la suerte. Generalmente, elegían para este desesperado consuelo el terrado de su casa o la orilla de un río, y –dice una mujer europea que ha sido testigo presencial del hecho más de una vez- siempre había muchos hombres parados escuchándolas, y nunca ni uno solo se burló de los desesperados clamores de aquellas infelices. Este derecho al clamor dolido, a la rebeldía siquiera verbal, a la protesta apasionada, aunque, al parecer, inútil, acaso ha conservado la razón y la vida a muchas infelices que, de otro modo, se hubieran vuelto locas o hubiesen llegado al suicidio seguramente.

Y os digo a vosotras, legiones de mujeres sacrificadas a un deber austero, a un trabajo gris, a una mediocridad, acaso más abrumadora que la misma pobreza descarnada; a vosotras, mujeres de la clase media española atormentadas con tantas inquietudes, tantas preocupaciones, tantos prejuicios y tantas injusticias: ¡Tenéis obligación de buscar modo de desahogar el corazón y libertarle de la pesadumbre de la rebeldía callada, que os está poco a poco envenenando la vida! No es preciso, porque vuestro destino no es inexorable como el suyo, que empleéis el desesperado remedio de las mujeres chinas; pero es indispensable que procuréis, a toda costa, ese mínimum de distracción necesaria, que no debéis considerar sólo como derecho, sino como deber ineludible.

¡Y cómo no!, diréis. El divertirse, siquiera sea un poco, cuesta dinero… También cuesta dinero una medicina, y se compra cuando es menester, bajo pena de perder la salud. La salud del espíritu, el equilibrio de la inteligencia, la alegría del corazón son tan importantes como la salud del cuerpo, y conducen a ella por añadidura; una mujer que está siempre preocupada, o siempre triste, o siempre trabajando, no puede estar sana. El cuerpo es tan entrañable amigo del alma, que en todos sus duelos toma parte activa: primero la ayuda a soportar la pesadumbre, pero luego se rinde a la pesadumbre. Y sin salud, el trabajo es imposible; sin salud, es imposible el cumplimiento de los deberes a los cuales la hemos sacrificado. Es buena economía gastar en distracción lo que seguramente más tarde habremos de gastar en la botica o habremos de perder al disminuirse el valor de nuestro trabajo.

Muchachas mecanógrafas: sabed que si estáis escribiendo con cansancio, preocupación y rebeldía, equivocaréis tantísimas letras, que acaso el que os emplea os pondrá de patitas en la calle… o, por lo menos, os rebajará el sueldo, con lo cual mal cálculo habréis hecho en la privación resignada de aquello que os pudo conservar el equilibrio mental necesario para la perfección del trabajo. Maestras: sabed que si no enseñáis con alegría de corazón, no aprenderán nada vuestras discípulas. Enfermeras pacientes del padre achacoso, consoladoras de la madre cansada: sabed que la alegría de la enfermera es el mejor tónico para el enfermo. Y mal podréis tenerla si no hacéis provisión de ella de cuando en cuando…

Además, hay diversiones que no cuestan gran cosa. De una primordial, esencial, mejor dicho, primera y fundamental entre las humanas, quiero hablaros hoy. Recordad las palabras del filósofo francés: “Nunca el hombre ve al hombre sin placer”. Somos seres sociales, organizados para vivir en sociedad. La diversión primaria y más sencilla de todo ser humano es el trato con sus semejantes; es más: casi todas las diversiones artificiales que el hombre inventa, no son más que pretextos para este intercambio. Sólo la presencia física de un semejante, aunque sea un inferior, aunque sea un niño,  consuela y alivia en el dolor, en el temor, en los momentos de esperanza angustiosa o de insondable desesperación. Buscad, pues, mujeres fatigadas, trato y comunicación con otras mujeres, y descansad en el amigable intercambio de ideas y palabras.

¿Recordáis que en la segunda de estas cartas os hablaba de Clubs de mujeres? Fundad vosotras, mujeres de la clase media, Clubs, o si la palabra os asusta, “reuniones”, no ya de sufragio, no ya siquiera de cultura, sino sencillamente de distracción. (Lo demás vendrá por añadidura). Lo esencial es que tengáis un lugar “vuestro” que no sea la casa, que no sea el taller, o la oficina, o la escuela, o la tienda; un salón limpio donde podáis olvidaros una hora al día de la obligación, hablando unas con otras, leyendo periódicos o libros, según vuestra afición; haciendo algo de música, seria o ligera, según vuestra cultura y vuestro estado de ánimo; bailando si os parece (las muchachas de Norteamérica se hacen para estas fiestas entre amigas trajes de última moda con papel de seda, para darse la broma o la ilusión de una mundana reunión elegante), donde podáis, como los hombres, permitiros el lujo de una taza de café… y muchísima conversación, de un asiento cómodo, de recibir las visitas de amigas, que tal vez en casa molestan al marido un poco egoísta, a la madre cansada y ansiosa de silencio, al padre achacoso y malhumorado. Clubs de veinte, de doce asociadas; el caso es empezar; una cuota mensual para alquilar un piso modesto, pero nuevo; para pagar a la mujer que haga la limpieza, para tener lumbre en el invierno, para una alfombra, unas cortinas de batista blanca o de cretona alegre, unas cuantas macetas; para pagar el abono a una librería circulante, a unas cuantas revistas y periódicos, de modas, si queréis, o de feminismo, o de economía doméstica, o, sencillamente, de literatura; para poder tomar dos palcos altos en un teatro, siquiera una o dos veces al mes; para una buena comedia, para un concierto; para organizar también, una o dos veces al mes, una excursión al campo en día de fiesta… En resumen: un rincón vuestro, vuestro, lo repito, donde las muy preocupadas puedan hablar en paz de los problemas comunes, donde las muy jóvenes podáis reír sin molestar a las personas demasiado cansadas de la vida para comprender la risa, ya para ellas sin sentido, de los veinte años; un hogar del espíritu desde donde poder salir en grupo para escuchar una conferencia o asistir a una clase nocturna, que hablen de cosas muy distintas de vuestra obligación diaria, o para pasear simplemente a la luz de la luna. Todo esto lo tienen en  las Casas del Pueblo las mujeres del pueblo. ¿Por qué no habéis de tenerlo vosotras también, mujeres de la clase media, eterna y neciamente sacrificadas? A todo esto, que os daría con toda inocencia descanso y alegría, tenéis perfectísimo derecho; es más, ya os lo he dicho: tenéis obligación de procurároslo. No ofendéis a nadie con ello, y nadie os puede impedir que lo hagáis. Decidíos a hacerlo con firmeza. Obligad con firmeza y cariño al marido, a la madre, al padre, a reconoceros este derecho. Defendedle y logradle, porque con él defendéis vuestra salud, que debe ser, para los que os quieren, tan preciosa como para vosotras su bienestar. Una vez más, mujeres españolas,  no hagáis sacrificios inútiles, que nadie os agradece y a nadie aprovechan.


María Lejárraga
Blanco y Negro, 10 de octubre de 1915
Cartas a las mujeres de España

Firmadas por Gregorio Martínez Sierra, fue su esposa, María Lejárraga quien las escribió.









2192. Feminismo vivo

María Telo (en la escalera, y Goya y Pilar Aonso. Cantalpino, 1 de mayo de 1936


Concepto que las mujeres del porvenir tienen de sí mismas, de los hombres y de la vida en general.

Hace unos cuantos años una maestra de las escuelas de Madrid, curiosa del corazón humano, tuvo el que pudiéramos llamar capricho psicológico de preguntar á sus discípulas: "¿Estáis contentas de ser mujeres ó preferiríais ser hombres? ¿Por qué?» Sabía la maestra que en otros países de Europa, en Inglaterra y Alemania por ejemplo, se habían hecho preguntas análogas: sabía que casi todas las niñas, con precoz descontento de la vida y de su condición de mujeres, habían respondido con el ansia de trocar su condición femenina por la suerte del hombre libre y feliz: harto feminista, esperaba y temía en la menuda humanidad femenina una respuesta análoga: pero su sorpresa fué grande y grata: de ciento veinte criaturas, más de ciento respondieron orgullosamente: ¡Prefiero ser mujer! Repetido el experimento en otras varias escuelas, el resultado general fué el mismo; es de advertir que la orgullosa afirmación de feminidad adquiría carácter de convencimiento apasionado en las hijas del pueblo, y que todas las mujeres futuras que anhelaban ser hombres, pertenecían a la angustiada clase media consumida de tedio y de mal disimulada miseria.

Los motivos de la preferencia son curiosos y dejan harto mal parada la soberbia masculina: tengo á la vista multitud de “planas” en las cuales con letra vacilante y ortografía caprichosa, las muñecas de siete a catorce años hacen su profesión de fé. Copiaré a continuación unas cuantas, no precisamente de las más pintorescas, sino de las que reflejan con más fidelidad el sentir general. Dicen así.

 «A mí me gusta ser mujer, porque es la que manda en una casa, y el oficio que más me gusta es el de sombrerera. A mí no me gusta ser hombre, porque se va por la mañana y no vuelve hasta por la noche, y muchos se van á la taberna. Me llamo Ángela y tengo nueve años».

 «A mí me gusta ser mujer, porque la mujer es más útil que el hombre. La mujer  es la que cuida la casa y  avía á los niños, y porque la mujer siempre es más instruida que el hombre y porque una mujer vale más que un hombre, y además porque me gusta más ser mujer. No me gusta ser hombre, porque los hombres son muy malos. A mí me gustaría ser profesora de piano. — Josefina. —Tengo diez años».

 «A mí me gusta ser mejor mujer que hombre, y si fuera hombre aprendería la carrera de médico, y la carrera que me gusta mejor es la de maestra de niñas.  Me gusta ser mujer porque es la que cuida toda la familia. No me gusta ser hombre porque no me gusta la cara que tienen, y si yo fuera hombre tenía que ser  marido ¡y eso no! — Dolores. — Tengo trece años».

«Me gusta más ser mujer que hombre, porque me gustan más los oficios de las mujeres, y hombre no me gusta, porque no me gustan los oficios de hombre como carpintero y pintor, que van todos sucios de la pintura. Me gusta ser modista. — María.— Nueve años».

«Yo prefiero ser mujer porque así juego con la muñeca, y haré de mayor las cosas de la casa; yo, para ser mayor, escogería ser maestra ó modista de sombreros. Yo no quiero ser hombre, porque no son tan buenos como las  mujeres y tienen mucho que trabajar. — Natividad. — Tengo doce años».

«Estoy muy contenta de ser mujer para ser mujer de mi casa. Cuando sea mujer quisiera tener el oficio de sombrerera. No me gusta ser hombre, porque no me gustan los pantalones ni los oficios de los hombres, como el ser empleado. — Emilia. —Trece años».  «A mí me gusta más ser mujer, porque las mujeres hacen las cosas de su casa, pero me gustan más las mujeres que se dedican al estudio: aunque los hombres también estudian, me gustan más las mujeres y estoy muy contenta de ser mujer. Siendo mujer, la profesión que más me gusta es la de maestra, para cuando tenga mi título, tener una clase en la Normal ó un colegio; estas son todas mis  aspiraciones siendo mujer. Si fuera hombre seguiría la carrera de médico porque es la mejor: me gustaría ir á San Carlos, practicar, y cuando fuera doctor, tener una cátedra en la Universidad de Madrid; pero á pesar de todo, me gusta doble ser mujer. — Pilar. — Catorce años».

«Me gustan más las mujeres porque trabajan. — Amelia. —Doce años».

«A mí me gusta ser mujer por los quehaceres de la casa y por ser modista. A mí no me gusta ser hombre, porque siempre andan por la calle. — Manuela. —Trece años. »

«A mí me gusta ser mujer por ser la que cuida á la familia y hace la ropa, y porque me gustan más las faldas que los pantalones, y el oficio que más me gusta es la carrera de comercio. ¿Que por qué no me gusta ser hombre? Porque llevan pantalones, y son muy feos, y porque no tienen pelo largo y porque el hombre es el amo en una casa, y siempre está riñendo y eso á mí no me gusta, La carrera que tendría yo siendo hombre es la de  médico.  — Margarita. —Doce años. »

«Yo prefiero ser mujer, porque la mujer siempre está cosiendo o haciendo algo. La carrera que me gustará seguir es la de tenedora de libros, por saber el francés y otros idiomas. ¿Por qué no me gusta ser hombre? Porque los hombres no pueden ser buenos aunque quieran. — Antonia. — Ocho años.»

¿Qué les parece á ustedes? Estas muñecas que empiezan á vivir, desdeñan á los hombres desde lo alto de su feminidad, y les consideran moralmente inferiores, vagos, callejeros,  inútiles, de mal carácter... y feos por añadidura. Huelgan comentarios. Y no es capricho de imaginación: estas chiquillas hablan aleccionadas por lo que ven en su casa, por lo que oyen decir á la madre. Terribles han de ser las feministas que han de darnos batalla dentro de media docena de años; terribles, porque son muy mujeres, porque están orgullosas de serlo, porque no quieren dejarlo de ser, porque nos desdeñan compasivamente, considerándonos como artículo de lujo ó ser decorativo, aunque perjudicial: «Tendría que ser marido, ¡y eso no!» es un grito del alma; y porque muy resueltas á seguirnos cosiendo los calcetines y arreglando la casa, parecen decididas también á ganarse la vida con un oficio. Maestras por esencia y constructoras de nacimiento, sueñan con la escuela o con el taller: si piensan en carrera de hombre, se fijan en la Medicina, porque es de utilidad evidente, caritativa y  práctica; enamoradas de lo eficaz y lo posible, se burlan por adelantado de los que nos burlamos de sus sueños locos. Las mujeres de hoy, como Argos, si cierran cincuenta ojos para dormir, abren otros cincuenta para vigilar. Mucho tenemos que apretar, amigos, si no queremos llegar á ser en breve para ellas un «mero objeto de placer». A defenderse, pues, con buenas obras, que ellas ya no se fían de palabras bonitas.


María Lejárraga
Publicado en Nuevo Mundo con la firma de Gregorio Martínez Sierra









2024. María Lejárraga, in memoriam

«Las mujeres socialistas debemos enseñar, enseñar sobre todo una asignatura única: La solidaridad humana»
María Lejárraga


Recordamos a María Lejárraga en el aniversario de su muerte el 28 de junio de 1974 en el exilio.

Es necesario hablar a todas las mujeres, sean o no de nuestra clase. la mujer obrera necesita menos que nadie de estos actos de propaganda, porque sabrá cumplir con su deber, como lo ha cumplido siempre, ayudando a su compañero en lucha porque con él comparte las alegrías y las fatigas. Voy a habalr, por tanto, más que en solicialista, en mujer, para todas las que me escuchan, sean de la clase que sean, sean de la clase media (a veces más triste que la clase pobre), sean de la clase elevada, que alguna puede haber en este local. Voy a hablar de este modo para destacar unas cuantas verdades que exigirán a la mujer votar la candidatura.

La situación de España, como la situación de todo el mundo, es realmente temerosa. El sistema capitalista, la economía del siglo, se derrumba… Hay en el mundo millones de seres humanos que no pueden satisfacer las necesidades más importantes de su vida. Y esto ¿tal vez es porque la humanidad se ha multiplicado más que los medios de la vida? De ningún modo. La humanidad tiene medios de producir tan eficientes que existe una superabundancia de productos. Hay demasiado de todo, pero lo producido se halla acumulado, cerrado en un solo almacén, del que se ha perdido la llave. La llave que abre este almacén es el dinero. El dinero se gana trabajando. Pero como hay más productos que necesidades no hace falta que todos trabajen. Hay parados. Y el que está parado, al no trabajar, no compra y no consume. El que tiene el dinero, el poderoso, el privilegiado, puede usar todos los bienes necesanes.  El resto de la Humanidad, la Mayoría, carece casi absolutamente, o absolutamente, de lo necesario para peder vivir.

En esta situación, llegamos las mujeres a intervenir en la vida pública del mismo que una ama de casa que al llegar a su habitación por vez primera se encontrase con que estaba cási destruída por un temblor de tierra. Lo mismo que haría esta mujer ante tal espectáculo, procurar remediarlo, es lo que vemos a hacer las mujeres en la vida política, a la que llegamos por vez primera: remediar el desarreglo en lo posible, para poder vivir un poco mejor.

Hay que peeecindir de personalismos, de achacar la culpa de esto a las personas. El sistema economico, desarreglado, sufre esté desarreglo porque la Humanidad toda se equivocó. Y, con buena fé, debemos correr todos a remediarlo. Ahora, con nuestro voto, que e slo necesario, para llegar prestas a un porvenir mejor.

Hemos de unirnos todas las mujeres, principalmente las trabajadoras, con las de la clase media. La mujer de esta clase sufre una obcecación no dándose cuenta de que su lugar está entre los trabajadores. De nada servirá que pretenda acercarse a los de arriba, porque los de arriba siempte la mirarán mal. Si se acerca a los de abájo, a nosotros, encontrará una organización que la proteja y la defienda. Porque el partido político de los de abajo, el Partido Socialista, tiene en su programa la transformación del sistema económico capaz de resolver su actual estado de cosas.

Es necesario transformar la economía. La Humanidad, hoy, exige una economía dirigida. Como se produce más de lo necesario para el consume, hay que dirigir el empleo de este producto de forma que la libre contratacion, el trabajo libre, no haga que los hombres se dividan en dos clases como están dividisos hoy: los que no trabajan y consumen, y los que no trabajan pero no consumen. El desarrollo de la Himanidad exije esta dirección para su normal funcionamiento.

Por ello, es preciso que la mujer acuda al partido que tiene en su programa esta solución económica: al partido Socialista, en beneficio del cual todas las mujeres que sufran las angustias de esta mala distribucción deben deporsitar su voto en las próximas elecciones.

Quizá las esposos de la mujer de la clase media se vean obligados a votar por el capitalista. Ye digo a está mujer lo mismo que en la iglesia le dicen: «Salvad su alma, a pesar suyo», ahora puede decírsele: «Salvadle, a pesar suyo.»

Votad por el Partido Socialista sin temor a nada, tque el voto ee secreto  y puede votarse callando, son disimulo, nosotras que somos maestras en el arte de disimular. 


María Lejárraga
Mitin Feminista organizado por la Agrupación Socialista Madrileña en la Casa del Pueblo, el 27 de octubre de 1933
Recogido en El Socialista, de 28 de octubre de 1933, Pág. 3