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3200. Miguel Hernández, "era el don de sí mismo"




Era el don de sí mismo
Con arranque inocente,
La generosidad
Por exigencia y pulso
De aquel ser, criatura
De fuego -si no barro,
O ya vidrio con luz que lo traspasa.

Así, de claridades fervoroso,
Encuentra fatalmente su aliado
Más íntimo, más fiel
En ciertos cuerpos leves.
¡Palabras! Signos muy reveladores
Van alumbrando un más allá, descubren
Un mundo fresco, gracia.

Este aprendiz perpetuo de las formas,
Pretéritas, actuales, ya futuras,
Es al fin absorbido
Por un grave tumulto
Que lo arroja al extremo de su dádiva.
Mujer, el hijo, lucha.
Lucha atroz, Límite esperanzado.

Genial: amor, poema.
Español: cárcel, muerte.


Jorge Guillén
El Urogallo, IV, 24, Madrid, noviembre de 1973

















3003. Blas de Otero, por Jorge Guillén

Blas de Otero Muñoz
(Bilbao, 15 de marzo de 1916 - Majadahonda, Madrid, 29 de junio de 1979)


Ama la nación de sus padres,
Ama y defiende al desvalido.
Rehúsa el desorden que encubre
Todo el abuso establecido.
A su dios clamando tutea
Por entre ademanes de artista.
Pide la paz y la palabra.
Guerra aún. En ella se alista.
Viene a oír su frase puntual
La minoría en crecimiento.
Hombre y poeta juntos dicen
Con una sola voz: no miento.


Jorge Guillén







2970. Guirnalda civil


Jorge Guillén Álvarez
(Valladolid, 18 de enero de 1893 - Málaga, 6 de febrero de 1984)


1

Va extendiéndose un magma.
Huelgas, disturbios, choques.
Turbas, heridos, muertos.

¿A dónde va este caos?

Dirigido atropello.
La providencia al quite.
Dios y una tiranía.

2

Un hacha antigua. ¿Criminal? Sagrada,
Al servicio de Dios y de los jefes
Que en su nombre, deidad inexorable,
Van salvando a los vivos y a los muertos.
Hacha de Fundación, Cenit de Régimen,
Nuestra Señora de la Patria unida
Por santo fratricidio victorioso.
La consigna es el corte
El corte,
El corte.

3

En movimiento horizontal
Se propaga el crimen. Son turbas.
Tanta sangre forma caudal.

Verticalmente se propaga
La destrucción que el mando orienta.
Del Orden va todo a a la zaga.

Jarro-cáliz, sangre de rito,
Da tal vértigo al fratricida
Que convierte en gloria el delito.

4

¿Crímenes en cada bando?
De diferente sentido:
Hacia un pasado bramando,
Al porvenir dirigido.

¿Dos Españas? En efecto
Una asesinó a la otra
Y el país quedó perfecto.

¿Un poeta asesinado?
Mucha gente asesinada.
Sobre el crimen un Estado.
Aquí no ha ocurrido nada.

5

No se llamaba Caín
Quien fue el sumo fratricida:
Dejó sólo con su voz
A medio país sin vida.

6

Su lucha inauguró con maña y crimen
Estableció bajo terror gobierno.
“Que los más opresores se me arrimen.”
Y proyectó que el mando fuese eterno.

7

Los terroristas logran imponerse.
El gran poder arraiga en muchos miedos.
Todos, por fin, bendicen –resignados-
A Jehová. Su Sinaí ya es Gredos.

8

Guerra cruel. Gran fracaso
Del país, gran confusión.
Dos señores dialogaban
Sufriendo común dolor.

-Hace ucho tiempo, mucho
Que se nubló nuestro sol.
Todo va mal. -¿Desde cuándo?

Oíd lo que respondió:
-Desde que Fernando VII
Juró la Constitución.

9

Fracasó la Monarquía,
Ay, fracasó la República,
Fracasó toda la Historia
De España en aquella furia
Final ¡Oh guerra civil
En demoníaca yunta!
Quedó, cola de catástrofe,
Un rastro de dictadura
Cada español, uno a uno,
Comenzó a buscar fortuna.

10

(Y mientras tanto,
Qué profundo fue el eco en la conciencia,
Atónita conciencia universal.)

Quien se dice tranquilo y puro miente,
Bien sumergido en bruma
Para no contemplarse en el espejo,
Y ver su faz de víctima, de cómplice,
De verdugo a su modo.

¿Quién no sabe y no siente
Que hubo también derrota de un gran ímpetu,
Que ese difícil sueño de una mejor España
Murió en la violencia de un vasto asesinato?

Todo quedo a nivel de historia infame:
Anatema a los yerros y delitos,
Anatema a las obras más felices,
Anatema a los óptimos,
Obstrucción sin cuartel
A una latente España más humana.

He ahí, vergonzoso anacronismo,      
Esa Iberia retráctil.

11

Innúmeras son ya las vidas truncas.
Cadáveres sepultos no se sabe
Dónde: no hay cementerios de vencidos.
Gente medio enterrada en sus prisiones.
Algunos huyen, otros se destierran
Para no perecer de su propia cólera.

Pero entre tantas muertes y catástrofes
Algo subsiste sin cesar feroz,
El más feroz de todos los poderes:
Vida, vida sin fin.

Y poco a poco,
Y sin cesar, inexorablemente
Se reanudan las formas cotidianas,
Se inventan soluciones.
La vida es implacable.


Jorge Guillén
Guirnalda civil, Cambridge, Halty Eferguson, 1970






2835. Candón, ejemplo americano


De nuevo, sangre americana moja la tierra española. Esta vez ha sido sangre de Cuba, porque era la que corría por las venas del Comandante Policarpo Candón, jefe de una de las brigadas de choque del Ejército Popudar.

Hace apenas unos meses, en Noviembre, le vimos a Candón en Madrid, con las fuerzas del Campesino, a cuyo lado se hallaba desde los primeros momentos de la rebelión militar, cuando los combates frente al Cuartel de la Montaña o en las crestas de la Sierra de Guadarrama. Era un hombre animoso y valeroso, con una gran disposición para las artes de la guerra, a las cuales entregó todas las energías de su juventud. Tenía, además, una noción muy clara del ámbito político en que se está desarrollando el drama español, y sobre todo, del papel que les toca representar en el mismo a las fuerzas progresistas de Hispanoamérica, de las que él fué siempre una destacadísima figura. Candón sabía por qué luchaba, contra quién luchaba; en la realización de qué empresa le tocaría, quizás, morir. Procedía de las capas populares, con las que nunca perdió contacto, y por la liberación de ellas es que ha caído.

El sacrificio de Candón —como el de Pablo de la Torriente Brau, el de Riaigorwivslty, como el de Meruelos y muchos más— entraña una enseñanza de profundidad humana insondable. Hace unos años, y sobre todo, antes de que Franco se levantara contra la República, la actitud de estos héroes hubiera sido incomprendida en nuestro Continente. ¿Qué tienen los americanos que hacer en el conflicto español?, se hubiera preguntado. ¿Por qué vamos a atravesar el océano para intervenir en una guerra que en nada puede afectarnos. Hasta Julio de 1936, la América no discriminaba, en España, pueblo y casta, explorados y explotadores, nobles en posesión de todas las prebendas, de todas las sinecuras de todos los bienes materiales, y plebeyos perseguidos y humillados. Eran simplemente "españoles", es decir, encomenderos y esclavistas, conquistadores y capitanes generales, gente, en suma, de muy cruel condición...

Fué necesario que después del triunfo de la democracia se alzaran los generales contra ella, para que la ola de indignación que bañó al mundo en presencia de aquel crimen inaudito llegara también a las playas americanas. España no era —se comprendía al fin, como en un gran golpe de luz— lo que habíamos estado odiando hasta entonces. La verdadera España era esa otra que había triunfado en las urnas de Febrero y que ahora tendría que defender su triunfo contra la voracidad de los españoles tradicionalistas. Entre Queipo de Llano y Weyler, entre Balmaseda y Millán Astray, no había diferencias substanciales: unos, asesinaban fríamente a los cubanos —a los americanos— que amaban su libertad, en el siglo pasado; otros, hacían lo mismo con los españoles que quieren hoy lo que los cubanos querían entonces. Y eso iba a ocurrir en todo sitio en que hubiera militarotes privilegiados y existiera una fuerza democrática dirigida a la conquista del poder. El caso de España sería ejemplar. De lo que aconteciera allí, dependería en grado sumo el porvenir de las capas populares americanas. O con Franco —es decir, con el predominio político de las clases reaccionarias— o contra Franco, esto es, por la conquista de los valores permanentes de la humanidad. La suerte quedó echada..

Desde México hasta la tierra del fuego, las masas comprendieron que su tragedia indo-negra sería iluminada también por el gran incendio español: frente a los prejuicios nacionalistas triunfó la calidad universal del ser humano sometido a ínfimas condiciones de vida, que en nada se han diferenciado nunca de las condiciones en que vivía el campesino andaluz o el minero asturiano; y de toda la América desplazáronse contingentes de hombres entusiasmados que atravesaron el mar —que lo siguen atravesando— para combatir en los campos de España contra un enemigo que es el mismo en todas partes.

Uno de esos hombres ha caído en el frente de Teruel. No le lloremos, sin embargo. Cubrámosle con la misma tierra que pisó, que defendió. Su cadáver será nuevo abono para que viva sin agostarse el árbol de la fraternidad hispanoamericana, ese que nunca pudo crecer al helado influjo de diplomáticos y oradores, y que ahora tapa el sol con su follaje, como que sus raíces se alimentan con la sangre y los huesos de los verdaderos servidores de la democracia.


Nicolás Guillén
Facetas de la actualidad española, núm. 12, La Habana, Abril 1938









2768. Tarde mayor

Jorge Guillén Álvarez
(Valladolid, 18 de enero de 1893 - Málaga, 6 de febrero de 1984)


Libre nací y en libertad me fundo
Cervantes


Tostada cima de una madurez,
Esplendiendo la tarde con su espíritu
Visible nos envuelve en mocedad.

Así te yergues tú, para mis ojos
Forma en sosiego de ese resplandor,
Trasluz seguro de la luz versátil.

Si aquellas nubes tiemblan a merced,
Un día, de un estrépito enemigo,
Mescolanza de súbito voraz,

Oscurecidos y desordenados
Penaremos también. Y no habrá alud
Que nos alcance en la ternura nuestra.

Esos árboles próceres se ahíncan
Dedicando sus troncos al cénit,
A un cielo sin crepúsculos de crimen.

Si tal fronda perece fulminada,
Rumoroso otra vez igual verdor
Se alzará en el olvido del tirano.

Y pasará el camión de los feroces.
Castaños sin Historia arrojarán
Su florecilla al suelo —blanquecino.

Un ámbito de tarde en perfección
Tan desarmada humildemente opone,
Por fin venciendo, su fragilidad

A ese desbarajuste sólo humano
Que a golpes lucha contra el mismo azul
Impasible, feroz también, profundo.

Fugaz la Historia, vano el destructor.
Resplandece la tarde. Yo contigo.
Eterna al sol la brisa juvenil.


Jorge Guillén
Cántico, 1942-1943







1262. La sangre al río. (Recordando a Jorge Guillén)

Jorge Guillén Álvarez
(Valladolid, 18 de enero de 1893 - Málaga, 6 de febrero de 1984)

«El agresor general
Va rodeándolo todo. 
- Pues aquí estoy. Yo no cedo. 
Nada cederé al demonio».
Jorge Guillén, Cántico


María Torres / 6 Febrero 2015

Jorge Guillén, miembro de la Generación del 27 nació en Valladolid el 18 de enero de 1893. Catedrático de Literatura Española en la Universidades de Murcia y de Sevilla, es en esta última donde un 12 de octubre de 1936,  el día de la Raza de la España franquista, se vio en la complicada situación de dar lectura a un discurso ensalzando los valores del fascismo. Fue en el Paraninfo de la Universidad ante Queipo de Llano y el Gran Visir de Marruecos, aliado de los sublevados,  que se encontraba en Sevilla de visita.

Guillén simpatizó con la República, pero nunca se implicó políticamente. Los franquistas le acusaban de "comunista" y "masón" por su matrimonio con una mujer que contaba con antecedentes judíos. Para los republicanos era un "tibio" y un "traidor". Él se definía como “demócrata liberal que deriva hacia un cierto socialismo”.  

Lo cierto es que su amistad con los intelectuales que se encontraban en zona republicana, le situó en una posición incómoda de cara a los franquistas y ese discurso en Sevilla, junto con un pliego de descargos ante un expediente que le habían incoado las autoridades franquistas tras su detención al inicio de la Guerra, donde se declaraba partidario del Movimiento, rompieron cualquier lazo con los republicanos. Tras la investigación del historiador Guillermo Carnero, quedó documentado que el pliego de descargos fue manipulado, pues en el mismo Jorge Guillén se declaraba apolítico.

Investigado por franquistas y republicanos, generó la desconfianza de ambos. En 1938 fue expulsado de su cátedra universitaria en Sevilla y en julio de ese mismo año abandonó España clandestinamente con la ayuda del ministro franquista Pedro Saenz. Cruzó a pie el Bidasoa para dar inicio a un exilio voluntario que habría de prolongarse durante décadas.

El 15 de abril de 1939, desde el exilio estadounidense, Jorge Guillén envió un escrito al ministro de Educación Nacional solicitando una excedencia “voluntaria sin sueldo”. Después el silencio.

En 1976 le fue concedido el Premio Cervantes. En el acto de entrega, el 23 de abril de 1977, había muchas ausencias. Faltaron los Reyes y de los ministros convocados tres no asistieron.

El año del Cervantes decidió regresar definitivamente a España, donde falleció el 6 de febrero de 1984.


La sangre al río

Llegó la sangre al río.
Todos los ríos eran una sangre,
Y por las carreteras
De soleado polvo
—O de luna olivácea—
Corría en río sangre ya fangosa
Y en las alcantarillas invisibles
El sangriento caudal era humillado
Por las heces de todos.

Entre las sangres todos siempre juntos,
Juntos formaban una red de miedo.
También demacra el miedo al que asesina,
Y el aterrado rostro palidece,
Frente a la cal de la pared postrera,
Como el semblante de quien es tan puro
Que mata.

Encrespándose en viento el crimen sopla.
Lo sienten las espigas de los trigos,
Lo barruntan los pájaros,
No deja respirar al transeúnte
Ni al todavía oculto,
No hay pecho que no ahogue:
Blanco posible de posible bala.

Innúmeros, los muertos,
Crujen triunfantes odios
De los aún, aún supervivientes.
A través de las llamas
Se ven fulgir quimeras,
Y hacia un mortal vacío
Clamando van dolores tras dolores.
Convencidos, solemnes si son jueces
Según terror con cara de justicia,
En baraúnda de misión y crimen
Se arrojan muchos a la gran hoguera
Que aviva con tal saña el mismo viento,
Y arde por fin el viento bajo un humo
Sin sentido quizá para las nubes.
¿Sin sentido? Jamás.

No es absurdo jamás horror tan grave.
Por entre los vaivenes de sucesos
—Abnegados, sublimes, tenebrosos,
Feroces—
La crisis vocifera su palabra
De mentira o verdad,
Y su ruta va abriéndose la Historia,
Allí mayor, hacia el futuro ignoto,
Que aguardan la esperanza, la conciencia
De tantas, tantas vidas.


Jorge Guillén