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2092. Sobre España como nación

Con motivo de la presentación a la Cámara del proyecto de Estatuto de Cataluña y de los votos particulares formulados por algunos diputados catalanes al proyecto de Constitución, y sobre todo al título de la misma, un redactor de EL SOL se ha acercado al insigne don Ramón Menéndez Pidal para conocer su pensamiento sobre el arduo problema y desde la elevada cima de su autoridad nos contesta el señor Menéndez Pidal de la siguiente manera: 

El voto particular Xiráu-Alomar suprime en el comienzo de la Constitución la frase «nación española»; supresión lastimosa. Todo lo que el voto particular reconoce a España es mirándola como un estado, no como una nación. 

Puede muy bien Cataluña afirmarse como una nación; pero sería abjurar de todo un pasado si renegase de estar incluida como tal nación, por tradición perenne, en otra más grande, la nación española, antes de venir a considerarse incluida en otra más amplia aún, la europea, de que ahora se habla con insistencia. 

Leemos en los alegatos pro Estatuto comparaciones de Cataluña con Polonia, con Finlandia, con no sé qué otros países. Dentro de esta España la gran nación más homogénea en tipos raciales y lingüísticos, la más democrática, se quieren fabricar extremosos nacionalismos de imitación a los irreducibles nacionalismo incluidos en los imperios más heterogéneos y autocráticos. No es sino que esta España más homogénea es también más torpe para la asociación que ningún país. ¡La tragedia de nuestra homogeneidad! Una de las características que más unifican nuestro carácter es precisamente la que nos arrastra a nuestra desunión. Que no haya «nación española»; se quiere que España retroceda y se abandone al fenómeno racial de disgregación que se consumó en nuestra América. 

Verdad que esa imitación de nacionalismo irreductible sigue una corriente muy general. La ruina de los imperios heterogéneos dio necesaria libertad a multitud de naciones antes cohibidas y ejemplo a una nación de pequeños grupos nacionales, en que Europa parece disolverse ahora que empieza a perder la dirección del mundo. Y se da el caso de que cuando la vida moderna se universaliza más los pequeños pueblos afirman o exageran más su personalidad. ¿Es que se quiere intentar la universalidad a través del máximo particularismo? Torcido camino me parece. ¿Es que la sentimentalidad local predomina, a la vez que la razón directriz se debilita y herido el pastor se descarrían los sentimientos? Lo único cierto es que cuando la fragmentación no se impone sino bastante artificialmente, nada favorece. Para cualquier contingencia del presente, para cualquier federación mundial que surgirá mañana, los pueblos que opten con una gran masa de voluntad unificada y densa serán los que harán oír la voz de sus intereses. 

Y las afirmaciones de personalidad regional en esta homogénea y democrática España brotan y engruesan ahora por todas partes, como hongos, tras la lluvia republicana. Cada ciudad podría alegar sus características individuales; cada aldea, el hecho diferencial que engríe a Coterujo de Abajo contra Coterujo de Arriba. 


Personalidad de España.

Junto al entusiasmo en su afirmación personal, tan legítimo, las regiones o naciones periféricas jamás afirman la España que las abarca. 

¿Cuántas veces ahora en Madrid se habló con leal comprensión, execrando los propios desaciertos para las regiones, estimando con efusiva simpatía todas las excelencias de las mismas? En cambio, no he leído ahora en ningún escritor de la España periférica un solo reconocimiento de cualquier título histórico de la España nuclear, por ejemplo, de cómo tuvo ésta visión más clara para los grandes hechos colectivos, gracias a la cual fue hegemónica por justicia histórica y no por arbitrario acaso, o bien de cómo las mayores elevaciones en la curva cultural de España se produjeron sobre esta meseta central desde la Edad Media, sin que en esa curva haya habido depresiones prolongadas, esas vacaciones seculares que se han tomado todas las culturas periféricas hermanas. 

Lejos de ningún reconocimiento así, se quiere borrar la idea de nación española, dejar sólo el Estado español, y no producen negaciones hasta de las cosas que tienen evidencia de peso y medida. La gran difusión del castellano como título en que se sustenta el bilingüismo regional la desestiman diciendo: La difusión del inglés es mayor, y a ella debiéramos entonces acogernos. Esta respuesta, varias veces escrita al Occidente y al Oriente, indica bien el rencor viejo que perturba los ánimos. 

Y a esto llegamos porque España abandonó del todo sus afirmaciones (tan vacuas patrioterías habían llegado a ser). Pero es preciso ya, sin no hemos de aniquilarnos en la disgregación, que sin perder nuestro buen espíritu de autocrítica, sin olvidar jamás la simpatía por lo mucho admirable de las regiones, se formulen categóricamente las afirmaciones más conscientes y sólidas de la España una, y mejor que formularlas, realizarlas y vivirlas en actos eficaces que consoliden la amortiguada fraternidad. 

Veo en la «Deutsche Allgemeine Zeitung», en la descripción de un mitin, pro Estatuto, consignado un hecho de cuyo semejante todos tenemos noticia: «El lenguaje español, al revés de lo que antes sucedía, no se oye; aun a los alemanes que no conocen sino el español, no se les quiere hablar más que en catalán». Hermanos catalanes: no sois nada justos con la España de que formáis parte favorecida, si no sentís que, así como en otros países cuyo idioma es de corto alcance usan por necesidad, como supletorio, el inglés o el alemán, vosotros debéis conservar con plena simpatía el español que tenéis en la entraña por convivencia eterna. Las afirmaciones españolas, el sentimiento de la España una, han de venir a hacer que no pueda escamotearse el multisecular fenómeno de la compenetración de todas las culturas peninsulares, de la fusión de esas lenguas periféricas desde sus primeros balbuceos con la lengua central: los rasgos lingüísticos del catalán y los del aragonéscastellano se interpenetran, entrelazan y escalonan sobre el suelo de las provincias de Lérida y Huesca exactamente igual que las del gallego con el leonés en las provincias de Lugo y León; y así, no se puede marcar el límite del catalán con el español en una línea tajante como la que separa dos lenguas heterogéneas, el galés o el irlandés con el inglés, por ejemplo, sino en una ancha zona de bordes imprecisos, como la que separa el asturiano del leonés, es decir, que el catalán y el español tienen escrita sobre el suelo de España la historia de su infancia fraternal. Además, el catalán limita en Francia con el languedociano por una línea casi tajante, como entre dos lenguas heterogéneas, ¡y, sin embargo, muchos catalanes gustan dar por resuelto que su catalán es una lengua de «oc», no una lengua hispánica, sin reparar siquiera que su partícula afirmativa no es «oc» ni «oui», como en Francia, sino «sí», como en España! Invidencia para con el idioma de su nación, 

Del bel paese l` dove il si suona. 

Que no se escamotee más el carácter apolítico de la penetración del idioma central en las regiones: los poetas catalanes empiezan a escribir en español bastante antes de la unión política con Castilla, por la cual suspiraban ya cuando ofrecían a Enrique IV el trono de Aragón. Que no pueda dejarse a un lado el hecho de que Galicia nunca fue sino una parte del reino de León; que Vizcaya nunca fue sino parte del reino de Asturias o de Castilla, salvo poco tiempo intermedio que fue Navarra: que Cataluña, ni bajo este nombre existía siquiera antes del siglo en que se unió a Aragón. ¡No ha vivido un momento sola en la Historia! Que no pueda hablarse más en serio en Irlanda y de Polonia, las regiones o subnaciones hispánicas no hallarán semejanza aproximada sino en las de Francia (aunque aquí más complejas: bretones, vascos, provenzales, catalanes, picardos...), y ya sabemos cómo en Francia han resuelto este problema. 


La enseñanza.

El voto particular Xiráu-Alomar, después de borrada la «nación española», pide para las regiones la enseñanza y hasta la concesión de títulos en catalán valederos para toda España. ¿Qué espíritu reina bajo esta petición? 

En mi última visita a Barcelona pude lamentar el hecho de que a los niños catalanes se diese toda la enseñanza en castellano, con daño para su formación y con ofensa para el espíritu regional, e hice en Madrid gestiones a fin de que la escuela fuese para esos niños catalana en párvulos y bilingüe en primaria, según había convenido con mi querido y admirado acompañante allá el Sr. Nicoláu d4Olwer. Se publicó después por el Gobierno de la República el decreto disponiendo que en las escuelas de Cataluña «la enseñanza se dará en la lengua materna catalana o castellana». Pero ahora recibo quejas de que en Barcelona, de donde hay tantísimos niños no catalanes, pensó la Comisión de la Cultura, con buen acuerdo, consultar a los padres de los niños mayores de seis años, en los centros donde ya se empieza a aplicar el nuevo decreto, si quieren enseñanza castellana; pero se cumple tan mal este propósito, que mi comunicante refiere que de cinco familias no catalanas que él conoce, sólo una fue consultada... ¡pero no atendida! Otro me dice que un grupo de niñas pidió en una escuela no se les enseñase en catalán, que no entendían, y tampoco se les hizo caso. Y en cuanto a los niños menores de seis años, esos «son considerados todos de la lengua catalana», aunque pertenezcan a familias aragonesas, murcianas, alicantinas, y no comprendan una palabra de catalán. 

Así resulta que la injusticia para con los niños catalanes que lamenté, al visitar hace poco más de un año las escuelas de Barcelona, ahora, al recibir estas quejas, la he de lamentar por los niños castellanos, que experimentan daño más grave. Ya el niño catalán enseñado en castellano vivía libremente dentro de su medio catalán mientras al niño castellano se le aprisiona en un medio que no es el suyo. El asimilismo castellano, tan censurado antes por los catalanes y por los que no lo éramos se convierte rápidamente en asimilismo catalán antes que Cataluña tenga su autonomía. Averigüen estos hechos los que tienen el deber, averigüen con el más firme deseo de acierto, y no para cumplir formulariamente. 

Digo esto sin la menor acritud, no más que repetir que la psicología vieja del desamor y de la incomprensión perdura y que el idioma se sigue empleando como un arma y no como un instrumento. Era para mí un deber dar al público las quejas recibidas; quizá hagan reflexionar a la Comisión de Cultura barcelonesa (en ella veo la garantía de amigos ilustres, llenos de doctrina y de rectitud), y a esa Comisión las someto en primer lugar. Publico además esas quejas como ocasión para apoyar la doctrina constitucional de que la enseñanza no puede ser triturada en regiones autónomas, dada nuestra inveterada torpeza de asociación. 

El robustecer la conciencia hispana mediante la enseñanza es un deber del Estado absolutamente indeclinable entre nosotros, dada esa cortedad de visión para la anchura del horizonte nacional propia de las regiones. Misión intransferible; que no va menos en ello que la consolidación o el desmoronamiento de la «nación española», que se tambalea para convertirse en simple «Estado». 

Mientras no se resuelva equitativamente el problema de la personalidad de las regiones no habrá paz espiritual en España. Pero es que tampoco habrá otra paz que la del sepulcro, la de la disgregación cadavérica, mientras que no se resuelva en justicia el mayor problema de la personalidad de España, esta magna realidad que debemos afirmar cada día. 


Cultura.

La República tiene que tratar la enseñanza infinitamente mejor que lo hizo la Monarquía. Tiene que poner todos sus entusiasmos y esfuerzos en el Ministerio de Instrucción Pública, sustrayendo la parte técnica del mismo al genio inventivo de cada ministro y entregándola a un organismo eficiente, donde disfrutasen amplia intervención las regiones para garantía de sus aspiraciones culturales en aquella actividad que el Estado tiene el deber de realizar dentro de ellas.

El lema de la República no debiera de ser sino «Cultura», ilustración de las grandes posibilidades vitales. Todos los demás grandes problemas que nos apremian se encarrilarían mejor una vez enfocado el de la reconstrucción de nuestra cultura integral, necesidad primaria de la España nueva.

Pues bien: yo admiro en la moderna España catalana su amor a la cultura, más vivo que en Castilla. Ese amor se ha hecho allá algo difuso y popular al calor de la lucha pasada; en Castilla, no; y ya sabemos que en España, hasta que una cosa no se hace popular no se realiza. Reconozco en cambio para esta España nuclear un mayor poder de atracción asimiladora de los talentos más privilegiados de las regiones, por apartadas que sean, lo cual la hacen indisputable sede del moderno movimiento intelectual y artístico, por el que nuestra nación quiere tomar puesto en el mundo. ¿No podrían sumarse estas dos fuerzas? ¿No podrían los catalanes dirigentes preocuparse de algo más que de su cultura íntima y aplicar el entusiasmo de que están rodeados a impulsar la de España toda? ¿No encerrarse en sus centros culturales y no echar por dentro el cerrojo idiomático para que allí no entre nadie? ¿No podrían sentirse fuertes para no ser egoístas? La tarea es espléndida. La masa tiene ya su magnífica levadura, y está esperando quien la hiña y caldee el horno para sacar el alimento de que todos los pueblos españoles están hambrientos.


Ramón Menéndez Pidal

1688. Superar las dos Españas

Ramón Menéndez Pidal
(La Coruña, 13 de marzo de 1869 - Madrid, 14 de noviembre de 1968)


En el primer tercio del presente siglo, el exclusivismo español de las izquierdas y de las derechas encontraba formidable apoyo en la compleja reacción iniciada en Europa frente a la crisis que atravesaba el liberalismo. La reacción traía el dominio de “la colectividad”, la prepotencia del Estado, sea comunista, sea nacionalista, y el nuevo estado dictatorial europeo no admite disidentes, consintiendo sólo el llamado “partido único”, expresiva contradicción verbal: una parte que quiere ser el todo, prescindiendo de las otras partes. Tal exclusivismo engranaba perfectamente bien con la habitual intransigencia española, robusteciéndola; era insuficiente el no transigir con la media España adversaria, había que suprimirla totalmente para ser todo sin ella.

La monarquía, en su última fase, formuló con la mayor solemnidad la negación de la otra España. Fue con ocasión de la visita de Alfonso XIII a Roma en noviembre de 1923. El rey, en su discurso en el Vaticano, anuncia al papa que la España de hoy continúa la España de Felipe II, guerrera a nombre de la Iglesia: “Si en defensa de la fe perseguida, nuevo Urbano II, levantarais una nueva cruzada contra los enemigos de nuestra sacrosanta religión, España y su rey jamás desertarían del puesto de honor”; sobre lo cual afirma el rey la unanimidad del país, “los anhelos de mi pueblo todo”, recordando en especial “la consagración que en el Cerro de los Ángeles, con aplauso de todos mis súbditos y la presencia de mi Gobierno, hice de España al Corazón Sacratísimo de Jesús”. Pero en su respuesta Pío XI, precisamente el papa que consagrara el mundo al Sagrado Corazón, no cree oportuno ni leal negar así el problema de las dos Españas, y hace al rey una paternal amonestación, recordando que en el grande y nobilísimo pueblo español “hay también hijos nuestros infelices, aun cuando siempre amadísimos, que se niegan a acercarse al Corazón Divino; decidles que no les excluimos por eso de nuestras oraciones ni bendiciones, sino que, por el contrario, van hacia ellos nuestros pensamientos y nuestro amor”. Así el papa, aun en esta ocasión de protocolaria cortesía, no puede menos de denunciar y corregir como un error político la afirmación de una España única, dispuesta a montar a caballo como “pueblo predilecto de la Providencia” según decía el discurso regio; no contesta palabra ninguna de agradecimiento por aquella oferta de cruzada, y en cambio encarga que se tenga presente a la España disconforme. ¡Cuánto trastorno catastrófico, y qué inundación de sangre se hubiera evitado si los unos y los otros, en vez de negar existencia a la España contraria, la hubiesen reconocido mutuamente con amoroso deseo de atracción, según la reconoce conmovido Pío XI, cual un hecho inevitable que exige una comprensiva y benévola convivencia ciudadana!

Los derechistas continuaron mirando a los disidentes no como un sector integrante de la nación, sino como enemigos de ella. Los denominaron la “anti-España”, la “anti-patria”, imitando la “anti-France”, que dijo la Action française con Charles Maurras, la “anti-Italia”, la “antinazione”, que dijo el fascismo con Marinetti; pero en España se aplicaba ese “anti” con máxima extensión a toda persona, por mucho sentido nacional que tuviese, si no era incondicional de esas ultraderechas. El mismo intento de suprimir el adversario dominó naturalmente entre los izquierdistas. Ellos, por boca de Azaña, anunciaron que la España católica había dejado de existir el preciso día 12 de abril de 1931, en que triunfaron en las elecciones los republicanos. Ellos solos eran la patria única; los contrarios eran unos “cavernícolas” despreciables, y si éstos pensaban que era preciso suprimir los siglos XVIII y XIX, los triunfantes republicanos declararon que la historia de España venía errada desde la conversión de Recaredo.


La España única

Larra lamentó por muerta media España, y sin embargo el difunto se puso en pie para continuar el combate mortal; un siglo después, anunciada por Azaña la muerte de la España católica, ésta se yergue y la que fenece es la España republicana... Fatal sino de los dos hijos de Edipo, que no consintiendo reinar juntos, se hieren de muerte a la vez.  ¿Cesará este siniestro empeño de suprimir al adversario? Malos tiempos corren cuando un extremismo que deja muy atrás al de España, aparece por todas partes, cuando una feroz división, como antes no existía, hace imposible la convivencia nacional en muchos pueblos, imbuyendo un furibundo exclusivismo en la colectividad prepotente. Mussolini llamaba al siglo XX el siglo colectivo, el siglo del Estado; mas para Italia y Alemania ese siglo duró sólo un par de decenios. No sabemos aún, verdad es, cómo las democracias saldrán de su victoria, compartida ésta con el comunismo, pero sin duda frente a la colectividad, todopoderosa en su unanimidad lograda mediante cruel exclusivismo, la individualidad volverá a recobrar todos sus derechos que le permitan franco paso a la acción discrepante, rectificadora e inventiva, la individualidad a quien se deben siempre los grandes hechos de la Historia.

Suprimir al disidente, sofocar propósitos de vida creída mejor por otros hermanos, es un atentado contra el acierto. Y aún en aquellas cuestiones en que una de las partes se vea en posesión de la verdad absoluta, frente al error de la otra parte, no es un bien el sofocar toda manifestación de la parte errada (que suprimir la parte misma es imposible) para llegar a la enervante y desmoralizadora situación de vivir sin un contrario, pues no hay peor enemigo que el no tenerlos. Un gran fondo de prudencia encierra el humorístico deseo de Ganivet, que los católicos españoles renunciasen a su falta de contradictores, trayendo acá algunos protestantes o herejes de alquiler para que tonificasen el catolicismo peninsular.

La dura realidad de los hechos afianzará la tolerancia, valioso don histórico que la experiencia de los más nobles pueblos ha obtenido y que no puede ser cancelado por el extremismo colectivista tan extendido hoy por el mundo. No es una de las semiespañas enfrentadas las que habrá de prevalecer en partido único poniendo epitafio a la otra. No será una España de la derecha o de la izquierda; será la España total, anhelada por tantos, la que no amputa atrozmente uno de sus brazos, la que aprovecha íntegramente todas sus capacidades para afanarse laboriosa por ocupar un puesto entre los pueblos impulsores de la vida moderna. Se trata de dos órganos funcionales necesarios para la vida: Una España tradicional inquebrantable en su catolicismo, pero que por evitar el mayor mal de las reacciones convulsas y abominando la violencia, no solo se abstendrá, en el ejercicio del poder, de toda presión exclusivista contra los disidentes, sino que compartirá con ellos en convivencia fraterna y leal todo el cuidado de los intereses terrenos, tanto ideales como materiales, que el Estado tiene como fin propio para el bien común, ofreciendo comprensivamente a los innovadores, como dijo Balmes, cauces de evolución y de reformas.  A la vez, una España nueva, llena de espíritu de modernidad, muy antiaislacionista, muy atenta a los patrones del extranjero, pero no con indolente sumisión a ellos, sino con originalidad arraigada en lo “castizo eterno”, como Unamuno decía, ni en lo “castizo histórico”, mirando sin embargo la obra pretérita hispana no bajo el símil del fúnebre sudario castelarino, ni tan solo con un frío respeto hacia el pasado, sino con afectuoso interés hacia la vieja España, cuyo brillo ilustra importantes períodos de la historia universal.

El dolor de la España única y eterna, entrañado en todos los espíritus que se elevan a una consideración histórica por cima de tantas convulsiones pasadas, traerá la necesaria reintegración, a pesar de la tremenda borrasca de antagonismo inconciliables que azota al mundo. La normalización de la vida exigirá, mañana mismo, ideas de convivencia por las que cada español, movido de fecunda simpatía hacia su hermano, deje agitarse dentro de sí las dos tendencias, tradición y renovación, las dos fuerzas que siempre han de contender y compenetrarse, impulsando los más beneficiosos aciertos, las dos almas contradictorias que siente dentro de sí todo el que pugna en los altos problemas y aspiraciones de la vida (zweiSeelen vohnen, ach! in meiner Brust), las dos almas que decía Unamuno llevar en su pecho, de un tradicionalista y de un liberal en inacabable y siempre fructífera discusión, los dos impulsos que hacían a Menéndez Pelayo exaltar la intolerancia de espada y hoguera, y rectificar después, teniendo por verdaderamente cristiano el “no matar a nadie”; que le hacían menospreciar la reputación literaria de Galdós, y luego buscar la más solemne ocasión para hacer de Galdós un caluroso elogio, lamentando haberle antes atacado “con violenta saña”. La comprensiva ecuanimidad hará posible y fructífero a los españoles el convivir sobre suelo patrio, no unánimes, que esto ni es posible en un mundo entregado por Dios a las disputaciones de los hombres, ni es deseable, pero sí, aunados en un anhelo común hispánico, que irremediablemente no puede ser el mismo que los aunó en la época áurea. Confraternados en los grandes e inmediatos designios colectivos, concordes en instaurar la selección más justiciera, sin acepción de partido, acortarán las depresiones e interrupciones en la curva histórica de nuestro pueblo, y acabarán al fin con tantos bandazos de la nave estatal, para tomar un rumbo seguro hacia los altos designios nacionales.


Ramón Menéndez Pidal



Este texto es la parte final del capítulo V “Las dos Españas”, del libro Los españoles en la historia,  escrito por Ramón Menéndez Pidal en los primeros años del franquismo, que sirvió de prólogo al tomo I de la Historia de España publicada en 1947. Con algunas revisiones, apareció como libro exento en Buenos Aires en el año 1951.










1365. Ramón Menéndez Pidal

«España es tierra de precursores, que se anticipan para luego quedar olvidados cuando su innovación surge después en otro país más robustamente preparada, mejor recibida y continuada.»


María Torres / 13 Marzo 2015

Ramón Menéndez Pidal, uno de los más grandes filólogos y medievalistas españoles, miembro de la Generación del 98 y catedrático de Filología Románica de la Universidad Central de Madrid desde 1899 hasta el final de la Guerra, dirigió desde su creación en 1910 el Centro de Estudios Históricos (CEH) y colaboró activamente en la creación y desarrollo del Instituto Escuela. Fue miembro de la RAE (sillón b) en 1902, desempeñando el cargo de director de la entidad en una primera etapa desde 1925 a 1938 y en una segunda desde 1947 hasta su fallecimiento.

Participó en diversas protestas contra la dictadura de Primo de Rivera y se enfrentó a éste en 1929 con la "Carta al Dictador", publicada en El Sol, en defensa de la Universidad. Celebró el fín de la monarquía borbónica y recibió con alegría y esperanza la llegada de la República en 1931, asumiendo el cargo de rector de la Universidad Internacional de verano de Santander y la vicepresidencia de la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE). En 1935 impulsó el proyecto de redactar colectivamente una gran Historia de España, que no alcanzó a ver publicada, pues no fue hasta después de su muerte cuando se culminó su proyecto.

Tras el golpe de estado de 18 de julio de 1936, se refugió junto a su familia en San Rafael (Segovia) y más tarde en la Embajada de México. Desde Burgos, donde los franquistas habían establecido la Junta de Defensa Nacional, se solicita a las autoridades segovianas con fecha 2 de julio de 1937 un informe amplio de las actividades así como la ideología política antes del "glorioso movimiento nacional" de los miembros de la familia Menéndez Pidal-Catalán: «Interesa también sean vigilados de un modo discreto, así como las amistades que operan alrededor de esta familia. En caso de que convenga le sea intervenida la correspondencia».

En el informe que se remite a Burgos se indicaba: «Presidente de la Academia de la Lengua. Persona de gran cultura, esencialmente bueno, débil de carácter, totalmente dominado por su mujer. Al servicio del Gobierno de Valencia como propagandista en Cuba». De su mujer, María Goyri, manifiestan: «Persona de gran talento, de gran cultura, de una energía extraordinaria, que ha pervertido a su marido y a sus hijos. Muy persuasiva y de las personas más peligrosas de España. Es sin duda una de las raíces más robustas de la revolución».

Antes de que los franquistas se interesaran por él y su familia, Ramón Menéndez Pidal había abandonado España, aceptando las sugerencia del gobierno republicano y gracias a las gestiones del Quinto Regimiento. Llegó a Burdeos el 23 de diciembre de 1936, donde impartió distintos cursos. Después viajaría hasta La Habana y Nueva York. En esta última ciudad se encontraba en 1937, impartiendo cursos sobre la historia de la lengua española y los problemas de la épica y el romancero en la Universidad de Columbia, cuando recibe la orden de reincorporarse a la dirección del CEH, pero opta por no regresar a España mientras se mantenga la situación bélica, hecho que provoca que el gobierno republicano le cese en 1938 «por abandono del servicio».

En 1939 el franquismo le autoriza a pisar suelo español. Fué Raimundo Fernández-Cuesta, antiguo profesor del Instituto Escuela y Secretario General de Falange, quien consiguió un salvoconducto para que Ramón Menéndez Pidal pudiera regresar, pero éste, nada más atravesar la frontera choca con la realidad de la España franquista y escribe: «1939. El 16 julio llego a Madrid después de dos años y medio de ausencia. / Franco por radio había dicho y repetido cuando la rendición de Madrid que el que no tuviera las manos manchadas de sangre podía volver tranquilo a España (Lequerica en París decía lo mismo a los emigrados todos), pero enseguida empezó con las persecuciones y responsabilidades. Exac­tamente como Fernando VII al regreso a España, declaraciones liberales y constitucionalísticas, e inmediatamente prohibición del uso de las palabras liberal y servil».

Seis meses después, en febrero de 1940, manifiesta: «Cuando volví a España, tenía alguna esperanza, aunque no mucha, de hallar en ella una atmósfera próxima a descargarse de los rencores que toda guerra civil deja tras de sí. Desva­necida esa esperanza, creo lo mejor permanecer aparte, confiando en que, aunque por mi edad ya no lo vea, vendrán tiempos sin odios en que nuestra España pueda ser una en los espíritus y grande en el esfuerzo».

El franquismo, que le abre las puertas para entrar en España le cierra todas demás. Apartado de la docencia al igual que toda su familia, en agosto de 1939 es cesado como presidente de la Academia Española. Desde el ministerio se le propone que en beneficio de la misma debe apartarse de ella, y Menéndez Pidal, sin resistencia, devuelve su medalla: «Yo no puedo contrariar, ni aun lo más levemente, la opinión de los académicos que ven en mí un obstáculo para las mejores relaciones oficiales de la Corporación, cuyo bien siem­pre deseo y seguiré deseando después de devolver mi medalla». No volvió a pisar la Academia hasta 1947.

El Centro de Estudios Históricos, institución vinculada a la Institución Libre de Enseñanzay la Junta para la Ampliación de Estudios son desmantelados y todos sus fondos de consulta embargados y entregados como botín al Opus Dei. Sus miembros terminan exiliados, presos o depurados. El gobierno franquista crea el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el que no hay lugar para Menéndez Pidal.

Desencantado, entiende que su futuro en España es la «jubilación integral», y en una carta a Julio Casares, secretario perpetuo de la RAE en septiembre de 1939 manifiesta el malestar que siente: «No hay familia que no esté dolida y resentida, con tanta gente fusilada, en­carcelada, desterrada ¡tanta gente valiosa eliminada! no es el camino de una España grande y una, sino pequeña y más dividida que antes».

Sólo le quedaba la Aca­demia de la Historia, donde parece ser que le eximieron de prestar el obligado juramento que había que pronunciar en todas las Acaademias franquistas: «¿Juraís en Dios y en vuestro Ángel Cus­todio servir perpetua y lealmente al de España bajo Imperio y norma de su Tradición viva; en su catolicidad que encarna en el Pontífice de Roma; en su continuidad hoy representada por el Cau­dillo, Salvador de nuestro pueblo»

En abril de 1940 es citado por el Tribunal de Responsabilidades Políticas para la lectura de cargos, pues sobre él pesaba una denuncia anónima. Se niega a acudir en principio, pero lo hace en un segundo requerimiento.  Se procedió a embargar la totalidad de sus bienes, que no recobró hasta 1944. El expediente incoado por el Tribunal no fué cerrado hasta 1952.

Menéndez Pidal siguió trabajando en solitario, recluido en  su casa de la Cuesta del Zarzal 23. Se volcó en la Historia de la LenguaHistoria de la Épica y en la Historia del Romancero con los fondos de su archivo-biblioteca que habían quedado custodiados en la Embajada de México en Madrid y fueron salvados gracias al Gobierno Republicano, que con objeto de protegerlos los había enviado a Ginebra junto a los cuadros del Prado. 

Siguió trabajando y no olvidó a los compañeros que se encontraban en el exilio. En diciembre de 1947, su gran prestigio y el amplio reconocimiento internacional pesaron más que su actitud de intelectual disidente y fue reelegido presidente de la RAE, cargo que ostentaría hasta su muerte en 1969. Fue después de este nombramiento cuando el gobierno franquista ordenó que las plazas de los académicos exiliados como Tomás Navarro, Niceto Alcalá-Zamora y Salvador de Madariaga, fueran sacadas a concurso, pero Ramón Menéndez Pidal desobece el deseo del régimen y consigue que los sillones de los académicos exiliados permanezcan sin cubrir hasta el fallecimiento o retorno de sus titulares.

Existe otra anécdota relacionada con la Academia, y que fué difundida por Pío Baroja. Los académicos solicitaron la retirada del retrato de Cervantes que presidía el salón de actos de la RAE, ya que existían serias dudas de que el cuadro firmado por Juan de Jáuregui correspondiense al autor de Don Quijote de la ManchaMenéndez Pidal se negó a retirarlo, justificando su decisión con las palabras siguientes: «Déjenlo ustedes ahí, que si quitamos a Cervantes, seguramente tengo que poner a Franco».

En mayo de 1962 su firma encabezó una carta crítica dirigida a Manuel Fraga reclamando libertad de información y soluciones negociadas para los conflictos laborales, condenando la brutalidad de los métodos represivos del régimen, en relación con la oleada de huelgas que se estaban produciendo en Asturias y el País Vasco.

Ramón Menéndez Pidal, intelectual, filólogo, historiador, medievalista, folclorista, maestro de maestros, un erudito que mantuvo el compromiso con el conocimeinto hasta su muerte.

Franquista, nunca. Dejó muy claras sus diferencias con los vencedores.


La fotografía que ilustra este texto es de Nicolas Muller (Ramón Menéndez Pidal, 1950)