Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta General Miaja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta General Miaja. Mostrar todas las entradas

3272. El general Miaja

A fines del siglo XIX, antes del año 98, el ejército español no era precisamente un ejército popular, pero conservaba todavía, y la sacaba a relucir en las grandes solemnidades, cierta aureola liberal. 

Era el ejército de la guerra de la Independencia y de las guerras civiles. Había luchado en ambos casos por la libertad. Primero, frente al extranjero, es decir, en la política exterior; y después, en la política interior, frente al absolutismo, por la libertad política sin la cual la otra, la libertad nacional, resultaba un engaño. 

Es verdad que ese doble sentido de la libertad se presta a un equivoco en el que han caído y siguen cayendo las naciones y que entonces no supo evitar España. Toda nación, cuando defiende su independencia, se cree muy liberal y lo es, en efecto, mientras lucha por la libertad. Pero, una vez conseguida ésta, hay que mostrar si se es digno de ella. ¿Para qué se ha querido? ¿Para la liberación o para la opresión? ¿Como una finalidad a la que es preciso llegar o solamente como un medio?

La España del siglo XIX, que dio un sentido político que hasta entonces no tenia y desde entonces tuvo en todo el mundo a la palabra liberal, alzó, como otras naciones de aquel siglo y del nuestro, a muchos jefes liberales que no supieron o no quisieron hacer nada con la libertad, mejor dicho, que no supieron hacerla, liberales en Su juventud, reaccionarios en su madurez (tal ha sido y sigue siendo el lugar común de las biografías políticas). 

La libertad no estaba madura, no llegó a madurar porque las condiciones económicas del país no variaron todo lo que debían con la única verdadera revolución liberal que se hizo en España durante el siglo XIX: la desamortización de los bienes de la Iglesia; revolución precursora, en la que España se adelantaba a las demás naciones, pero que no se llevó a fondo.

La restauración monárquica en España, a fines del siglo XIX, fué el triunfo reaccionario de los jefes alzados en su juventud como liberales. Se cumplían las biografías políticas claudicantes. El ejército español de la restauración, traicionado por sus jefes, era, pues, en realidad, un instrumento de la reacción. 

Sin embargo, sus banderas, en algunas conmemoraciones, por ejemplo en la del 2 de mayo, todavía ondeaban con aires de libertad. El 2 de mayo, Bailen, los sitios de Zaragoza y de Gerona, de la guerra de la Independencia, se enlazaban con Luchana, la liberación de Bilbao y hasta con el abrazo de Vergara, que aún podía parecerle ingenuamente al pueblo la derrota del absolutismo carlista. 

El ejército de Martínez Campos, de este tipo perfecto de general traidor, que se sublevó en Sagunto para restaurar el trono de los Borbones, era todavía para el pueblo el ejército de Riego, el héroe muerto por liberal, y el ejército de Espartero, que decía: cúmplase la voluntad nacional, y de Prim, aquel impetuoso que se había presentado a la reina con un soviet de soldados. 

A esta historia militar superviviente en la imaginación del pueblo, se unía la historia clásica de los conquistadores españoles: Hernán Cortés, Pizarro, soldados y campesinos que conquistaban imperios. Mucho antes de que existiera un ejército popular sacado de la revolución —el ejército francés de Napoleón— los españoles que se iban de soldados a América llevaban en su hatillo el bastón de mariscal. 

Así se explica que en el año de 1897 saliera de la Academia de Infantería un segundo teniente, lleno de ilusiones militares e hijo de obreros. Este joven oficial se llamaba José Miaja. 

Era un mozo de pecho ancho y cabeza redonda, nacido en Oviedo. Su padre trabajaba en la Fábrica de Armas; y como el trabajo del padre, sobre todo si es obrero, trasciende al hogar, José Miaja debió en cierto modo familiarizarse, desde chico, con el secreto de esos instrumentos rígidos —los fusiles— que los hombres manejan en todas las direcciones. El oficio del padre tuvo, indudablemente, su parte en la inclinación del hijo. Si no se hubiera destinado al mando, a la dirección de las armas, José Miaja se hubiese dedicado, como su padre, a fabricarlas. 

Entonces los obreros fabricaban los fusiles, pero no los dirigían. Frecuentemente estaban dirigidos contra ellos. El paso de una a otra función con respecto a los fusiles era el ascenso de una a otra clase social, y no bastaba merecerlo, había, además, que agradecerlo. Todavía el soldado que por azares de la guerra ascendía a teniente, podía pasar, si sabía adaptarse a su nueva clase y volverse contra su clase de origen, cuando fuera necesario. Mas, a pesar de la pálida aureola que aun pudiera tener el ejército liberal, no podía admitirse fácilmente que un mozo de la clase humilde entrara a formar parte de la oficialidad por la misma puerta de la Academia que los señoritos de las clases acomodadas.

Los conquistadores de América, capitanes del pueblo; los guerrilleros de la Independencia; los héroes militares de la libertad, toda la vena popular del ejército español, henchida de la sangre más roja del pueblo, no había destruido el prejuicio de la sangre azul en el ejército. Sabido es que antiguamente, en las casas nobles, el hijo mayor heredaba los títulos, era el duque, el conde, el marqués, mientras los otros hijos varones se dedicaban a la carrera de las armas o a la Iglesia como las hembras se casaban o entraban en un convento. Las armas eran de la nobleza y para la nobleza. Los ejércitos estaban así compuestos de jefes de la clase social superior y soldados reclutados en el pueblo hambriento y aventurero. Cuando la clase superior, en los tiempos modernos, no fué ya la nobleza sino la clase media enriquecida, los jefes del ejército salieron no sólo de la aristocracia, sino también de la burguesía, pero de la burguesía que más deseaba heredar los modos de la nobleza, la que más la imitaba. 

José Miaja que, sacrificándose sus padres, había conseguido entrar en la Academia de Infantería, no podía ser bien visto por los señoritos cadetes de la antigua o de la moderna nobleza. Si le tiraba la milicia debía sentar plaza. Era un hijo del pueblo que no estaba hecho para mandar, sino para obedecer. Los que le creaban este ambiente hostil no hubieran podido figurarse que llegaría una ocasión memorable —el 6 de noviembre de 1936— en que el nombre de José Miaja pasaría a la Historia por la virtud de sus dotes de mando. 

La hostilidad de la Academia se recrudeció en los Cuartos de Bandera. Miaja no era más que teniente cuando se perdieron las colonias, en la guerra de 1898, y el ejército recluido en España perdió además su aureola liberal, se hizo completamente reaccionario y no tuvo otra misión que salvar a la monarquía del naufragio. A los militares no les bastaba con ser monárquicos; todos querían ser palaciegos porque ya no fué sólo el inocente prejuicio de la sangre azul, sino intereses más calculados los que dividieron en castas al ejército. Los militares que no eran palaciegos, eran considerados como de una casta inferior, constituían el proletariado de la oficialidad, iban con sus familias numerosas y sus pagas exiguas dé guarnición en guarnición, tenientes, capitanes, comandantes, no pasaban de coroneles. El generalato se reservaba para los que lograban su carrera en Madrid, es decir, para los favoritos. Palacio hacía y deshacía a su conveniencia las carreras militares. 

Naturalmente, el hijo del obrero de la Fábrica Asturiana de Armas, fué un oficial proletario. José Miaja era de los de abajo y tenía un carácter entero. No se dobló, pero tampoco se abatió. Casado muy joven, de teniente, empezó a criar una familia que, como hombre honrado del pueblo, había de ser y ha sido numerosa: siete hijos. Una perspectiva de trabajo militar y de mejora económica se abría en Marruecos. Miaja fué allá y tomó parte en cuatro campañas: la de 1909, la de 1911, la del 13 al 14 y la del 21 al 23. Cuando empezó la primera campaña, era ya capitán por antigüedad, desde 1907. En la campaña de 1911 fué ascendido a comandante por méritos de guerra. En 1918 ascendió a teniente coronel, y en 1925 a coronel. 

Su vida militar había sido la de un oficial disciplinado, fiel cumplidor de las órdenes del Gobierno. 


*


Al advenimiento de la República, no era más que coronel, el grado máximo a que en realidad podía aspirar un oficial proletario. La República le hizo general y fué destinado a Badajoz primero y en seguida a Madrid, en donde tomó el mando de la primera Brigada de Infantería. La República le había reconocido y él a ella. 

Si José Miaja no había sido hasta entonces más que un militar disciplinado, íntimamente desligado del medio ambiente monárquico, al llegar la República se sintió ciudadano, comprendió que había sonado la hora del pueblo español. En vez de la biografía claudicante, tan repetida en los jefes del ejército y de los partidos políticos, José Miaja, al llegar a general, no claudicaba sino que se encontraba. 

Conviene decir en este punto que su padre, un obrero de la Fábrica de Armas de Oviedo, era republicano. Gil Robles distinguió en seguida la marca indeleble de republicano que, al calor de los acontecimientos se hacía más señalada en la figura del general y le destituyó del mando de la primera Brigada de Madrid y le mandó a Lérida, para castigarle. Volvían las guarniciones de provincia a ser un castigo para los militares. Miaja volvía a ser un proletario del ejército. Era un general proletario. 

Por poco tiempo. Al formarse el primer gobierno del Frente Popular, fué nombrado ministro interino de la Guerra; después volvió a mandar la primera Brigada de Infantería y, encargado de la División y como Comandante Militar de la Plaza de Madrid, hizo frente al intento de sublevación de la Caballería de Alcalá de Henares, donde él solo con su ayudante, impuso su mando y detuvo a los oficiales sublevados. Con la misma autoridad actuó en Toledo, en un conflicto entre los cadetes del Alcázar y las fuerzas obreras.

Y al estallar la rebelión militar de Sanjurjo, Goded, Franco y Mola, el general faccioso encargado de sublevar a las tropas de Madrid no se atreve a ir a la Comandancia a tomar el mando de la División, porque allí está el republicano Miaja. En aquellos momentos, durante ocho horas. Miaja tuvo también que hacer de ministro de la Guerra. El día 25 de julio, salió de Madrid con su Estado Mayor para Albacete y se hizo dueño de la plaza. Luego dirigió, desde Montoro, las primeras operaciones militares en la provincia de Córdoba e impidió que los rebeldes se apoderaran de Jaén. De agosto a octubre fué Comandante Militar de Valencia. ¿Qué? ¿Iba Miaja a ser ignorado también por la República?

Sus dotes de mando no habían pasado desapercibidas. Era el momento de un general con tesón, el general del ejército popular del «No pasarán». El 25 de octubre, José Miaja es nombrado general de la primera División, y el 6 de noviembre el Gobierno le deja encargado de la defensa de Madrid. 

José Miaja es el Presidente de la Junta de Defensa que pasará a la Historia. Es el militar que en la defensa de Madrid se ha compenetrado con el pueblo, como el teniente Ruiz, como Daoiz y Velarde, el 2 de mayo. Más feliz que ellos, porque ellos fueron héroes que no vieron su triunfo. Miaja ha visto el suyo. El triunfo del pueblo. 


Corpus Barga
Nuestro Ejército, Abril de 1938






3032. La caída

Arturo Barea Ogazón
(Badajoz, 20 de septiembre de 1897 - Faringdon, Inglaterra, 24 de diciembre de 1957)


Volvíamos a Madrid. El dolor sordo que se había apoderado de mí no me abandonaba. Delante de nosotros, como una especie de burla de la guerra y de los que luchaban, se desarrollaba el conjunto del paisaje español: la llanura de las salinas, deslumbrantes en su blancura, al borde del Mediterráneo azul; el bosque de palmeras de Elche sumergido en la calima de mediodía; las casas morunas, ciegas de ventanas y cegadoras en sus blancos de cal, tendidas en las dunas desnudas y amarillas, con ondulaciones de olas petrificadas; pinos y encinas nudosas agarrados desesperadamente entre rocas, increíblemente solitarios bajo la cúpula infinita del cielo; la alfombra espléndida de los campos y huertas, bien regados, teñidos de verdes, extendiéndose alrededor de las casas viejas, escuálidas y destartaladas, salpicadas de torres chatas, de Orihuela; un río lento, con mujeres alineadas a lo largo de sus orillas, golpeando enérgicas las ropas sobre piedras planas; más cerros desnudos y blanqueados, con sombras azules en sus barrancos como heridas; la profundidad inmensa del cielo encendido convirtiéndose lentamente en una incandescencia de azul suave. La huerta, verde esmeralda, de la llanura murciana, con la roca de basalto de Monteagudo penetrando fantástica en el aire ámbar de la tarde y manteniendo en lo alto un castillo de cuento de hadas, lleno de troneras, erizado de torres; y al fin, la ciudad de Murcia en sí, palacios barrocos y agitaciones de zoco moruno, envuelta en el crepúsculo íntimo y cálido.

Las únicas camas que pudimos lograr en el hotel, rebosante de gentes, fueron dos catres en un cuartucho sin ventilación. Las tres galerías abiertas que rodeaban la enorme escalera estaban llenas de las voces estridentes de hombres y mujeres borrachos. El restaurante estaba invadido por una multitud apiñada de soldados, granjeros ricos y negociantes de víveres; la comida y el vino eran excelentes, pero los precios terriblemente caros. Era fácil distinguir a los verdaderos murcianos, que miraban con odio a estos pájaros de paso. Estaban en pequeños grupos; los huertanos de la vieja casta de propietarios rurales, inquietos, malhumorados y silenciosos; los grupos más numerosos de los huertanos nuevos, hombres que habían sido explotados miserablemente toda su vida y habían llegado, a fuerza de sacrificios crueles, a convertirse a su vez en explotadores implacables y que ahora realizaban ganancias fabulosas en la escasez; y por último los grupos de los trabajadores, torpes, ruidosos, alardeando descaradamente de la libertad que habían ganado, exhibiéndose con sus pañuelos negros y rojos de anarquistas como para asustar con ellos a los amos odiados. Era una atmósfera de alegría forzada y falsa, con una subcorriente de desconfianza mutua, de tensión eléctrica, de disfrute desesperado. Pero la guerra no existía más que en los uniformes, y la revolución consistía únicamente en la exhibición deliberada del dinero y el poder, recientemente adquiridos, por los que hasta entonces no habían sido más que el proletariado de Murcia.

Odiaba el sitio y creo que Ilsa llegó a asustarse del ambiente. No dormimos más de un par de horas en la atmósfera asfixiante de nuestra alcoba improvisada y nos marchamos de madrugada. Nuestro chófer, Hilario, movió la cabeza cuando salimos de la ciudad:

Esto es muchísimo peor que Valencia. ¡Y la comida que están desperdiciando! Pero ¿qué se puede esperar de estos murcianos traicioneros?

Porque para el resto de España, el murciano tiene fama de ser traicionero e hipócrita.

A través de cerros y laderas cubiertas de hierbas secas donde pastaban ovejas, llegamos a las tierras altas ya en Castilla. Grandes nubes en vedijas blancas, marchando lentamente hacia el oeste, vertían sombras errantes sobre los cerros cónicos pelados que surgían del llano. No había árboles, sólo unos pocos pájaros: maricas paseándose en la carretera, cornejas planeando perezosas sobre la tierra. Ningún ser humano. La llanura se teñía a trozos de amarillos y ocres, de grises de pies de elefante, de rojos de ladrillo viejo, de blancos polvorientos, muy raramente de verde. En estos campos inmensos de soledad yo no quería gritar ni llorar: se sentía uno demasiado pequeño.

Pasamos la ciudad de Albacete convertida en cuartel feo, centro de suministros de guerra y de las Brigadas Internacionales: cuarteles, casas estucadas, avenidas de árboles blanquecinos de polvo, tráfico militar, montones de chatarra, basura de guerra. Entramos en las tierras de don Quijote, en La Mancha. La carretera blanca, bordeada por los postes del telégrafo, se extendía en una línea recta sin fin a través de viñedos ondulantes, con sus negras uvas cubiertas de polvo espeso. Un horno de cal mostraba en el corte de la cantera la capa delgada de tierra fértil color ceniza oscuro, no más gruesa de un palmo, sobre la cal blanca y sin vida. El sol quemaba fieramente y la boca se llenaba y sabía a polvo y ceniza. Pero por largas horas no encontramos ni un pueblo, ni un mal ventorro al borde del camino, hasta llegar a La Roda.

Era día de mercado. Mujeres tiesas y rígidas, vestidas en trajes negros polvorientos, estaban sentadas inmóviles tras cajones y tenderetes conteniendo cintas y botones baratos, o detrás de cestas de fruta. Todas parecían viejas antes de tiempo y, sin embargo, sin edad definida, quemadas por el sol despiadado, los hielos y los vientos, en una semejanza desconcertante, menos las más roídas por su trabajo desesperado, con la tierra seca. Contra el fondo de sus casas de adobes descoloridos formaban como un friso de negros, castaños y amarillos de pergamino. Ninguna de ellas parecía interesada en vender sus mercancías. No se dignaban ni hablar. Sus ojos oscuros, semicerrados contra la luz, perseguían a Ilsa con un interés lleno de rabia. Cuando conseguimos comprar un kilo de las uvas moradas que una de ellas vendía, nos pareció haber ganado una victoria sobre su silencio hostil.

Decidí tomar una carretera secundaria y transversal que nos llevara de La Roda a la carretera de Valencia, donde podíamos encontrar un sitio en el cual nos dieran de comer. En La Mancha no había esperanza de encontrar comida. Pero después de haber recorrido un kilómetro, el coche comenzó a hundirse en el polvo blanco y profundo donde las ruedas no agarraban; tuvimos que seguir a no más de diez kilómetros por hora. Al menos había algo de concreto a qué culpar por nuestras desventuras: mi testarudez insistiendo en seguir un camino transversal contra el consejo del chófer. Nuestra reacción fue estallar en bromas infantiles que mostraban qué honda había sido nuestra depresión. Nos parecía cómico ir más lentos que un ciclista que corría haciendo equilibrios sobre el polvo.

Llegamos a un sitio donde había árboles, bosquecillos de pinos y, entre ellos, escondido, un aeródromo con «moscas», los pequeños aeroplanos de caza que nos habían suministrado los rusos. Después, un molino diminuto en el centro de un río y tierras labradas. Allí había vida, y poco importaba que lo primero que Hilario tuvo que hacer al llegar a Motilla del Palancar fuera ir a casa del herrero y remendar una ballesta del coche. Me llevé a Ilsa a las eras, donde el viento dibujaba remolinos con la paja que allí quedara, y después a una posada donde nos dieron huevos fritos y jamón en una cocina enlosada, con una chimenea de campana abierta al cielo. El sol caía a través de su embudo sobre el hogar de ladrillos escrupulosamente barridos y el vasar de la chimenea tenía la alegría de los botijos de barro rojo y las jarras de loza con flores azules. En la cuadra picoteaban grano las gallinas. Nos quedamos mirándolas: Madrid, hambriento, estaba muy cerca de allí.

Después nos alcanzó un convoy de tanques que iba al frente y otro que venía de allí en una mezcolanza de tropas, cañones y bagajes. La carretera de Valencia quedó bloqueada con las dos corrientes y tuvimos que parar largo rato. Aquella noche dormimos en Saelces en viejas camas, con montones de colchones de lana y sábanas sucias de meses. Cenamos un guiso de carnero que apestaba a sebo. Pero en compensación, el ventero regaló a Ilsa un tomate enorme que pesaba más de un kilo, el orgullo de su huerta y, según su frase, «mejor que jamón». Llevando en la mano, como un trofeo, aquella bola roja y deslumbrante, entramos en el ministerio a la mañana siguiente.

Rosario, la muchacha pálida e inhibida que había sido nombrada jefe de la censura y del Departamento de Prensa en mi lugar, se quedó completamente desconcertada al vernos, pero nos recibió con cortesía y procuró ayudarnos lo mejor posible. Una vez más, las gentes nos espiaban detrás de las puertas entreabiertas. El viejo Llizo vino bravamente a decirme cuánto sentía que nuestro trabajo común, que había comenzado en aquel inolvidable 7 de noviembre, se hubiera terminado; él no cambiaría su opinión sobre mí o sobre Ilsa, «que ha hecho de la censura una oficina de importancia diplomática». Mi viejo sargento me estrujó la mano y masculló algo sobre lo que él haría con estos hijos de mala madre. Pero él se quedaba a mis órdenes. A pesar de esto, no me hacía ilusiones ni disminuía las dificultades con que nos íbamos a enfrentar.

Agustín abrió nuestro cuarto:

He tenido que tenerlo cerrado con llave estos últimos días, Rubio quería simplemente tirar todas vuestras cosas Se había corrido una historia, que la policía os había detenido porque os habíais apoderado del coche; y desde luego, ninguno de ellos creía que ibais a volver a Madrid. Ahora Rosario está llamando a Valencia para contarles que estáis de vuelta y ya veréis: no van a dejar a los periodistas que te hablen, y mucho menos a Ilsa. Me presenté a Miaja. Reanudaríamos nuestro trabajo con la radio, pero ya habíamos dejado de ser empleados del Ministerio de Estado. Le conté la historia del coche, del que habían querido hacer una trampa para cazarnos. Miaja gruñó enérgicamente; le asqueaba todo aquel lío. Tenía que tener mucho cuidado, porque esos fulanos de Valencia son capaces de todo:

Nosotros, los de Madrid, no somos para ellos más que mierda, muchacho.

Había hecho bien con el coche y el coche se quedaba con nosotros mientras trabajáramos en la radio; con la radio no habría dificultades, al menos por ahora. El hablaría a Carreño España. Pero debía ganarme al nuevo gobernador de Madrid:

Sí, muchacho, ya me han destituido de ser gobernador y me han dejado tan a gusto. La gente se estaba volviendo demasiado formal: esa chiquilla, Rosario, no vale gran cosa como mujer, ¿eh?, ha sido acreditada oficialmente ante mí, ante el gobernador civil, ante Carreño España, y ante yo no sé quién más, con toda la pompa y todos los honores. Va a tener todas las facilidades que tú no has tenido, pero para eso posee una colección preciosa de nombramientos oficiales, todos en orden. Los periodistas encontrarán que pueden recurrir a ella para todo.

Tendría que mirar las cosas despacio y obrar cautelosamente; si podía. Lo malo era que no iba a poder.

Después de su sermón, Miaja me invitó a beber con él. Lo dejé con el mismo peso, frío y nauseabundo, en la boca del estómago. Sí, nuestra posición era extremadamente precaria. Aún era el censor de la radio de Madrid y responsable de la estación EAQ por orden del general Miaja, pero ni el mismo Miaja creía que sus órdenes se iban a mantener mucho tiempo más. El hecho de que no tenía sueldo, ni gastos, posiblemente me daría algún tiempo más en que pudiera trabajar, pero era indudable que nadie iba a respaldarme. Ilsa no era más que mi ayudante voluntario en lenguajes que yo no comprendía, con conocimiento y aprobación de Miaja, pero sin nombramiento alguno. Seguiría haciendo el trabajo que había comenzado, es decir, la reorganización de las emisiones en idiomas extranjeros, hasta el momento en que uno de los ministerios decidiera convertirlo en un trabajo pagado. Podía ir a ver al nuevo gobernador civil de Madrid. Pero me faltaba el estómago para ir mendigando un favor, cuando yo había creado algo en lo que creía y que estaba dando frutos espléndidos. Cientos de cartas de ultramar llegaban para La Voz Incógnita de Madrid, algunas abusivas, otras simples, la mayoría de ellas emocionantes; y todas mostraban que aquellas gentes escuchaban ávidamente algo personal y humano, que se salía de la rutina. Estaba convencido de haber escogido la manera adecuada de hablarles. Pero estaba determinado a no mover un solo dedo por mí. Si «ellos» -toda esa gente que estaba recreando una burocracia rígida- tenían tan poco interés en la esencia del trabajo, lo mejor que podían hacer era echarme abiertamente, como nos habían echado a Ilsa y a mí de la censura.

No hablaba a nadie sin que me fuera absolutamente necesario y, naturalmente, no hice las cosas más fáciles para quienes querían ayudarme. El día después de nuestra llegada, nos fuimos al hotel Victoria en la plaza del Ángel, donde el Ministerio de Propaganda tenía unas cuantas habitaciones reservadas; mientras trabajáramos para ellos (y el trabajo se amontonó inmediatamente después de nuestra llegada), nos tendrían que pagar la comida y el alojamiento. Como no existía oficina para la censura de la radio, me quedé en un cuarto vacío del Ministerio de Estado, esperando que me desalojaran de allí de un día a otro, aunque nunca lo hicieron. De mala gana, Rosario nos confirmó que tendríamos que seguir haciendo la censura de la radio. Lo hizo de mala gana, porque nuestra presencia en el ministerio creaba una gran dificultad para ella. Los corresponsales veteranos, muchos de los cuales estaban ausentes al tiempo de nuestro despido, tenían bastante experiencia en su trabajo para mantenerse en los mejores términos con las nuevas autoridades, pero seguían buscando a Ilsa como una colega, para discutir con ella las noticias; los censores venían a escondidas a pedirnos consejo; y nos hacíamos cargo de los huéspedes extranjeros para arreglar el que hablaran por radio. Era una división entre la autoridad oficial y la intelectual, dificilísima de sostener por ambas partes.

Rosario hizo cuanto pudo para asegurarme en la plaza: me llevó a un banquete dado por el gobernador civil de Madrid, esperando que yo arreglara con él la cuestión de la radio y pudiera tener una oficina propia, lejos de la censura de prensa. El día antes había estado yo en el frente de Carabanchel, y aquel día había estado luchando contra el sentimiento de náuseas cada vez que una granada había sacudido el ministerio. Me ardía la mente y me ahogaba la rabia contra aquella multitud llena de reverencias que se movía con remilgos de aristócrata, del buffet a las mesitas puestas a lo largo de la pared: todos muy afanosos en desprenderse del último olor de la «canalla» ruda, piojosa y desesperada que había cometido tantas atrocidades y que, incidentalmente, había defendido Madrid, cuando los otros lo abandonaron.

El gobernador civil era un socialista, bien alimentado y bien dispuesto, que estaba preparado a facilitarme el camino cuando Rosario me presentó a él. Pero yo no quería facilidades. Me bebí unas copas de vino, que ni me calentaron ni me enfriaron mi mente excitada, y en lugar de explicar el caso sobre la radio, me desaté en una arenga desesperada e incoherente, en la cual mezclé las ratas que había visto en la trinchera de Carabanchel, las gentes sencillas y estúpidas que creían que la guerra se estaba haciendo para asegurarles su felicidad y su paz futura, y me lancé en acusaciones contra los burócratas insensibles y reaccionarios. Quería ser «imposible», y fui imposible. Yo pertenecía a las gentes imposibles e intratables, no a los administradores untuosos. Cada vez que me encontraba con los ojos angustiados de Ilsa, gritaba más. Sentía que si cesaba de gritar, me echaría a llorar como un niño azotado. Era un consuelo saber que era yo quien me estaba rompiendo el cuello y no dejar que otros me lo rompieran. Después, a las dos y cuarto de la madrugada me enfrenté con el micrófono en la cueva forrada de mantas y describí la trinchera de Carabanchel en la que nuestros hombres se habían instalado desalojando a la Guardia Civil de ella. Describí los refugios apestados a través de los cuales me había llevado Ángel, la carroña podrida del burro encajada por fuerza entre los sacos terreros destripados, las ratas, los piojos, y las gentes que allí vivían y luchaban. El secretario del Comité de Obreros, aquel hombre agrio de La Mancha que hacía pensar en las mujeres enlutadas y trágicas de la plaza del mercado de La Roda, se sonrió levemente y me dijo:

Hoy, casi has hecho nueva literatura.

Mi viejo sargento carraspeaba y parpadeaba sin cesar, y el ingeniero de Vallecas, a cargo del control, llamó al teléfono para decirme que por una vez había hablado como si tuviera reaños.

Me sentía triunfante y alegre. Cuando salimos en la noche llena de estrellas, con su quietud puntuada por las explosiones de las granadas, nuestro coche no quería arrancar y los cuatro de nosotros, el sargento, Hilario, Ilsa y yo, le empujamos cuesta abajo en la desierta calle de Alcalá, cantando a voz en cuello el refrán de La cucaracha: La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar porque le faltan, porque no tiene, las dos patitas de atrás...

Hubo noches en las cuales el éxito rotundo de una emisión ambiciosa, o de una nueva serie de charlas en inglés o italiano, me hicieron creer por un corto tiempo que se nos dejaría seguir con un trabajo que era claramente útil. Carreño España se había avenido a cubrir nuestros gastos básicos y a dejar al portugués Armando que comiera en el hotel Victoria, ya que no tenía casa ni quien pudiera guisar para él. El pan era muy escaso en Madrid entonces y lo mejor que el hotel podía proporcionar era sopa y lonchas delgadas de corned-beef. En las raras ocasiones en que había carne, no podía evitar el recuerdo de la procesión de mulas y burros enfermos a lo largo de la carretera de Valencia: «Carne para Madrid».

Pero en el ministerio, en las escasas horas en que trabajábamos allí para hacer la censura de la radio, el aire estaba cargado de tensión.

Torres, fiel y preocupado, me reprochaba que hubiera perdido la ocasión de convertirnos en empleados del Estado regulares, con todos los derechos de nuestro sindicato. Al mismo tiempo comenzó a hacer alusiones a los peligros que nos amenazaban. El sargento, como un perro grande y torpe, no sabía cómo demostrar su fidelidad; un día nos trajo solemnemente una invitación del cuartel de los guardias de asalto, nos llevó religiosamente a través de cada habitación y taller, y llenó los brazos de Ilsa de las flores llamadas «dragones», amarillos, salmón y escarlata. Nos avisó también de conspiraciones vagas y siniestras contra nosotros. Llizo trató de enseñar a Ilsa la manera andaluza de tocar la guitarra y se excusaba a cada momento de no estar más con nosotros, por no enfrentarse con la oposición de su jefe.

Un día, George Gordon vino, muy dulzón, y me dijo -su español era muy bueno- que se me podía permitir mantener la radio si estaba dispuesto a acercarme al Partido en la forma debida, aunque él pensaba que ya era un poco tarde. Por mucho tiempo habíamos estado haciendo lo que nos daba la gana y esto era una cosa peligrosa que se prestaba a muchas interpretaciones, o, ¡tal vez, a ser interpretado correctamente! La joven canadiense por la cual Ilsa había peleado con uñas y dientes, cuando la muchacha estaba sin trabajo y en situación difícil, recurría a toda clase de expedientes para no tener que saludarnos. La mujer australiana de nuestro locutor inglés, una joven comunista que Constancia había mandado de Valencia a petición nuestra, fue al menos decente: nos hizo ver perfectamente claro que para ella nosotros éramos herejes, peligrosos, como si tuviéramos lepra. Los de más experiencia entre los corresponsales estaban perturbados con lo que pudiera pasar, pero no extrañados de vernos en desgracia, porque cosas semejantes estaban pasando todos los días. Algunos de ellos pidieron a Ilsa que les ayudara en su trabajo, lo cual nos ayudaba financieramente y muchos de ellos se hicieron personalmente más amigos que nunca lo habían sido. Ernest Hemingway, a su regreso de Valencia, dijo con un ceño de preocupación:

No entiendo una palabra de lo que pasa, es un lío indecente.

Y nunca cambió su actitud para con nosotros, en contraste con gentes muchísimo menos importantes, españoles y no españoles. Se estaba cerrando una tupida red sobre nosotros, lo sabíamos y nos teníamos que estar quietos.

Al final, después de semanas de una lucha sorda e intangible, un corresponsal inglés se sintió en la obligación de avisar a Ilsa, quien en los primeros tiempos había arriesgado su posición por defenderle a él de acusaciones políticas que hubieran tenido serias consecuencias. Le explicó lo que se estaba planeando: George Gordon estaba pidiendo a los periodistas que no tuvieran tratos con nosotros, porque éramos sospechosos y estábamos bajo vigilancia de la policía. La historia que había contado a los visitantes extranjeros, ignorantes de la situación, para mantenerlos efectivamente aparte de nuestro contacto, contenía detalles fantásticos: Ilsa era, o bien una trotskista y por lo tanto una espía, o había cometido actos imprudentes, pero de todas maneras se la arrestaría de un momento a otro, y lo menos que le podría pasar era que la expulsaran de España mientras que yo estaba de tal manera complicado con ella que durante mis charlas por la radio se cortaba la transmisión y yo seguía hablando delante de un micrófono desconectado sin darme cuenta de ello.

Lo absurdo e imaginario de estos detalles no podía disminuir la realidad de nuestro peligro. Yo sabía de sobra que si algunas gentes pertenecientes a los grupos comunistas extranjeros querían deshacerse de Ilsa por razones políticas o personales, se unirían con los españoles que, con razón o sin ella, me odiaban, y a través de ellos encontrarían los medios de utilizar la policía política.

Durante aquellos días, el bombardeo de Madrid aumentó en intensidad después de un período flojo. Hubo una noche en la que los servicios de bomberos y socorro dieron el parte de haber caído más de ochocientos obuses en diez minutos. El jugo de la náusea no abandonaba mi boca, pero no sabía si estaba producido por una recaída de mi choque nervioso o por la rabia desesperada e impotente de lo que nos estaba pasando. Me sentía otra vez enfermo, temeroso de estar solo y temeroso de estar entre la multitud, obligando a Ilsa a bajar al refugio de los sótanos del hotel y odiándolo a la vez, porque allí no podía oír las explosiones y sí sólo sentir la vibración de la tierra.

Y no sabía cómo protegerla. Estaba muy quieta, con una cara finamente dibujada y unos ojos grandes, serenos, que me herían más que un reproche. Con su realismo y con todo su poder de frío análisis, ella misma se veía perdida, pero no lo decía; y esto era lo peor. Todos sus amigos trataban de demostrarle que no estaba sola. Torres trajo unos amigos suyos, una pareja, para que le hicieran compañía por las tardes; él, un capitán en un regimiento de Madrid, y su mujer, Luisa, la organizadora de un grupo de las mujeres antifascistas. La muchacha, llena de vitalidad y deseosa de aprender, se sentía feliz de poder hablar con otra mujer sin las subcorrientes de envidia y celos que envenenaban su amistad con las mujeres españolas de su misma edad, e Ilsa estaba contenta de ayudarla, escuchándola y dándole su opinión. Luisa había organizado un taller de costura y de arreglos de ropa para los soldados en el mismo edificio que las oficinas del regimiento, y se torturaba cuando veía que su marido gastaba bromas a una de sus oficialas que era muy guapa. Se encontraba cogida entre las viejas leyes de conducta y las nuevas, mitad pensando que, como un macho, su hombre tenía que seguir el juego con las otras mujeres, y mitad esperando que él y ella pudieran ser amigos completos y amantes. Las mujeres viejas de la casa de vecindad donde vivían le decían que no la quería él mucho cuando la dejaba ir sola por las tardes a sus mítines de Partido; y Luisa nunca estaba cierta de si no tenían un fondo de razón.

A ti te lo puedo contar -decía-, porque eres una extranjera. Si fueras española, tratarías de quitármelo. Estoy segura de que me quiere y que quiere que trabaje con él. Tú sabes que a veces pasa así. Arturo te quiere mucho, ¿no? -Y miraba a Ilsa llena de esperanza de aprender el secreto.

En las tardes vacías, Ilsa se sentaba al enorme piano del hotel y cantaba canciones para los camareros y para mí. Tenía una voz grave, sin educar, amplia y suave cuando no la forzaba, y a mí me gustaba oírla cantar Schubert. Pero los anarquistas entre los camareros se sintieron felices de que sabía cantar su himno, después de no oír más que la Intenacional y el Himno de Riego, y era obligado que accediera a sus peticiones. Después, cuando nos sentábamos en el comedor, los camareros nos contaban historias de todos los recién llegados. Recuerdo una delegación americana que produjo un revuelo porque una de las mujeres, la humorista Dorothy Parker, se sentó a la mesa con un sombrero color ciclamen que tenía la forma de un pilón de azúcar, seguramente el único sombrero existente aquel día en Madrid. El camarero se inclinó hacia mí y me dijo bajito:

¿Qué crees tú que le pasa que no se puede quitar el sombrero? A lo mejor tiene la cabeza como un pepino puesto de punta.

Pero los días eran largos. El trabajo que Ilsa tenía que hacer para la radio no bastaba a llenarlos, ni a agotar sus energías. Comenzó a traducir al alemán y al inglés algunas de mis charlas y a coleccionar material de propaganda, y todavía proporcionaba a muchos periodistas, que venían a verla, comentarios sobre los acontecimientos o su visión de la situación política. Parecía ser imposible para ella el no ejercer su influencia intelectual en una forma u otra, pero todo aquello tenía que volverse en su contra. Cortada de la censura, rechazada por todos los que temían contagiarse de la infecciosa enfermedad de caer en desgracia, aún tenía una gran influencia sobre la propaganda extranjera de Madrid, lo que no era ningún secreto.

Torres me trajo recado de un amigo suyo que era capitán de guardias de asalto en la sección política de la policía. Me ofrecía uno de sus jóvenes agentes como protección para que vigilara a Ilsa, que corría el riesgo de ser detenida bajo un pretexto u otro y «que le dieran el paseo». El capitán, a quien conocí entonces por primera vez, era un comunista; el muchacho policía, que desde entonces acompañó a Ilsa cada vez que salía a la calle y que hacía guardia a la puerta del hotel cuando estaba dentro, había ingresado también en el Partido Comunista; y ¡era de los comunistas de donde amenazaba a Ilsa el peligro! Los dos policías estaban furiosos por la idea de que con intrigas complicadas de «unos cuantos extranjeros y unos cuantos burócratas semifascistas» -como ellos decían-, se tratara de hacer daño a alguien que había pasado por la gran prueba de noviembre en 1936, fuera miembro del Partido o no. Era curioso el ver cómo la creciente antipatía contra los «extranjeros metijones» desaparecía en el caso de Ilsa, a quien consideraban como uno de ellos y atada a ellos a través de la terrible experiencia de la primera defensa de Madrid.  Era tan amargo tener que aceptar esta protección, que no podía discutirse sobre ello; y era aún peor el pensar en la posibilidad que tratábamos de evitar. Luchaba por no pensar en ello y no podía hablar de ello abiertamente con Ilsa, para no descubrirle mis miedos. Ella seguía quieta, más quieta que nunca, y a mí me ahogaban la rabia y la desesperación. Cuando se marchaba con Pablo -el policía- hablando del libro que John Strachey había publicado sobre el fascismo y el cual ella le había prestado en la reciente traducción española, me sentía de alguna manera más aliviado. El muchacho estaba dispuesto a luchar por ella. Cuando regresaban, regresaba con ellos todo lo absurdo y falto de sentido de la situación.

¿Qué podía hacer? Traté de hacer algo. Fui a ver a Miaja y le expliqué la situación. Y Miaja me contestó que nadie tenía nada personalmente en contra mía, pero que había gente que estaba dispuesta a inutilizar a Ilsa y que yo era un estorbo para lograrlo; si no me mezclaba más con ella no había duda de que se me protegería y ascendería. No se atrevió a ir más lejos con su consejo. Me fui a ver a Antonio, mi viejo amigo, que por entonces había llegado a un puesto importante en la secretaría provincial del Partido Comunista. Se azoró profundamente al verme y comenzó a murmurar recuerdos sobre los tiempos de Asturias en que yo le había protegido escondiéndole en mi propia casa. Él seguía siendo mi amigo y lo sería siempre... y, hablando como tal, francamente, ¿por qué se me había ocurrido divorciarme? ¿Era necesario? Yo siempre había tenido mis líos antes, sin dar escándalo. Lo que había hecho con el divorcio no era una buena cosa en alguien recomendado por el Partido para un puesto tan importante como la censura. Y en cuanto a aquella mujer extranjera -él no sabía nada oficialmente, pero había oído que algunos camaradas alemanes o austríacos, de todas maneras gentes que la conocían-, la consideraban una especie de trotskista, aunque esto no se había podido probar porque ella era demasiado inteligente para dar ningún paso en falso dentro de España. Era la dificultad: era demasiado inteligente para poder tener confianza en ella. Y yo me había dejado coger por ella. Debía dejarla; al fin y al cabo no era más que mi querida.

Le pregunté si ésta era la opinión y el consejo oficial del Partido. Lo negó ansiosamente: no, no era más que su opinión y un consejo de buen amigo. Le contesté de mala manera y después me alegré de no haberme dejado llevar del impulso de abofetearle; me di cuenta de que, en su manera estúpida, en realidad estaba asustado e infeliz y trataba honestamente de ayudarme. Pero en aquel momento no lo creía así.

Hasta entonces había encontrado mi consuelo en las charlas que radiaba noche tras noche. En ellas olvidaba el lado personal de las cosas que bullían en mi cabeza y hablaba del pueblo que encontraba en casa de Serafín, en las calles, en las tiendas, en el frente o en el jardincito de la plaza de Santa Ana, donde los obuses no conseguían echar a las parejas de enamorados, ni a las viejas haciendo calceta, ni a los gorriones. Pero cuando las noches se volvieron frías, en uno de los primeros días del mes de octubre, se presentó en la oficina, preguntando por mí, un hombre que traía instrucciones escritas de Valencia: era el nuevo censor y responsable de la radio.

Era un comunista alemán llamado Albin, a mis ojos muy prusiano, algo como un puritano inquisidor a juzgar por su cara huesuda. Con Ilsa escasamente se dignó ser cortés: escuchó su información sobre las emisiones extranjeras que estaban anunciadas, hizo sus notas y se marchó. Hablaba un español bueno, pero recortado y seco. «Haría el favor de someterle mi próxima charla, ¿no?» Lo hice y la aprobó. Di dos charlas más antes de preguntarle si iba a seguir dándolas o no, para aclarar la situación. Si hubiera dicho que sí, seguramente hubiera seguido, porque estaba enamorado de mi trabajo. Pero me replicó fríamente que se había acordado suprimir las charlas de La Voz Incógnita de Madrid.

Algunos días más tarde se presentaron dos agentes de policía a registrar nuestra habitación, mientras Ilsa aún estaba en el lecho. Pablo, su guardián, subió inmediatamente y les dijo claramente que estaba allí porque su sección estaba dispuesta a que se nos tratara con toda legalidad, ya que ellos nos garantizaban. Los agentes habían llevado con ellos a un muchacho alemán flacucho y azorado que debía traducir cada papel que encontraran escrito en alemán o francés. Mientras lo hacía, nos dirigía a Ilsa y a mí miradas agonizantes, contorsionando brazos y piernas en gestos lastimosos. Los documentos, que ilustraban la clase de trabajo que Ilsa y yo habíamos hecho durante el sitio, impresionaron y desconcertaron a los agentes. Se llevaron algunos de mis manuscritos, la mayoría de nuestra correspondencia, todas las fotografías y mi copia de una fábula mexicana Rin-rin, renacuajo, un poema que me había entusiasmado oyéndolo recitar durante la visita de los mexicanos intelectuales a Madrid, pocas semanas antes. Pero el presidente Azaña había hecho famosa la frase de «los sapos que croaban en sus charcas» y ¡seguramente la fábula contenía un doble sentido político! Se llevaron también un ejemplar de Paralelo 42 de John Dos Passos, porque estaba dedicado a nosotros por el autor y Dos Passos se había declarado en favor de los anarquistas y del POUM catalanes. Y esto era sospechoso. Me confiscaron la pistola y el permiso de uso de armas. Pero después ya no sabían qué hacer. No se atrevían a arrestarnos. La denuncia que estaban investigando apuntaba a graves conspiraciones organizadas por Ilsa, pero encontraban nuestros antecedentes impecables, todos los documentos hablando en nuestro favor, y a mí, un viejo y ejemplar republicano. Además, no querían tener disgustos con otro grupo de policía. Miraron a Pablo, nos miraron a nosotros, y decidieron que lo mejor era que bajáramos a comer juntos y después ya verían lo que hacían. Al final de la comida nos estrecharon las manos y se marcharon.

Se había aclarado la nube amenazadora y el anticlímax nos hacía reír. No era fácil que en adelante usaran ya la policía para deshacerse de Ilsa. Yo presenté una queja airada contra los denunciantes y no escatimé mis opiniones sobre las personas que sospechaba estaban detrás de todo. En aquella comida, mientras charlábamos amistosamente con los agentes, había visto a George Gordon enrojecer y rehuir el mirarnos de frente. Un par de días más tarde hizo un movimiento como si fuera a saludarnos y le volvimos la espalda. Quería alegrarme un poco. Me llevé a Ilsa a la vuelta de la esquina del hotel, al colmado Villa Rosa, donde el viejo camarero Manolo me recibió como un hijo perdido que vuelve, examinó escrupulosamente a Ilsa, le dijo que yo era un calavera, pero no de los genuinos, y que ella era la mujer exacta para meterme en cintura. Se bebió con nosotros un chato de manzanilla, temblándole el pulso, porque la guerra le había hecho viejo de golpe. No tenía comida bastante, tenía hambre. Cuando le di unas cuantas latas de conservas que nos había dado un amigo de las Brigadas, se mostró tan humildemente agradecido que me daban ganas de llorar. Por la tarde fuimos a casa de Serafín y nos sumergimos en la atmósfera cálida de los viejos amigos. Vinieron con nosotros, «para celebrarlo», Torres, Luisa y su marido. Pensaban todos que nuestras dificultades se habían terminado y en breve tendríamos otra vez trabajo en Madrid.

Pero Agustín, que cada día venía a visitarnos, le gustara a Rosario o no, me dijo brutalmente que tenía que marcharme de Madrid. En tanto que nos quedáramos allí, habría gente que lo resentiría. Las intrigas no siempre iban por caminos oficiales y a lo mejor se encontraba uno un tiro detrás de una esquina; por otra parte, no íbamos a tener un guardia de vigilancia para siempre. Además, en su opinión, yo me estaba volviendo loco allí.

Sentía en los huesos que tenía razón. Pero aún no quería dejar Madrid. Me sentía atado a él con todas mis fibras, aunque dolorosamente. Estaba escribiendo una historia sobre Ángel. Si no me dejaban hablar más por la radio, hablaría a través de la letra impresa. Creía que podía hacerlo. Mi primer cuento -la historia del miliciano y su mosca- había sido publicado en el Daily Express de Londres y lo que habían pagado por ello me había desconcertado, conociendo cómo se pagaba a los escritores españoles. Me daba cuenta de que la historia se había publicado sobre todo porque Delmer se había entusiasmado con ella y le había dado la ocasión de hacer una crónica suya, presentándola: «Esta Historia Se Escribió Bajo Los Obuses Por El Censor De Madrid», en grandes tipos y con un irónico comentario sobre el censor que había perdido sus inhibiciones de escritor censurando sus despachos. Pero de todas maneras, mi cuento había llegado a gentes que tal vez, a través de él, tendrían una visión de la mente de «tal pobre bruto», el miliciano. Quería seguir, pero lo que quería decir tenía sus raíces en Madrid. No iba a dejarlos que me echaran, y no podía marcharme antes de que se disipara de mi cabeza la niebla roja de ira que me invadía cada vez que miraba a Ilsa, aunque tuviera el consuelo de que estaba viva, libre y conmigo. Toda mi violencia interna surgía a la superficie cuando la veía aún amarrada a su galera y aún azotada por la actitud repugnante de gentes de su mismo credo. Y aún tan serena.

El hombre que me ayudó más entonces, como me había ayudado a través de todas las semanas infernales que habían pasado antes, fue un sacerdote católico, y de todos a quienes he encontrado a través de nuestra guerra, es el hombre para quien guardo mi mayor amor y respeto: don Leocadio Lobo.

No recuerdo cómo fue que llegáramos a hablar por primera vez. El padre Lobo vivía también en el hotel Victoria, y poco después de instalarnos nosotros allí, se convirtió en un concurrente habitual a nuestra mesa, juntamente con Armando. La confianza mutua entre él e Ilsa fue instantánea y profunda; yo sentí inmediatamente la gran atracción de un hombre que había sufrido y aún seguía creyendo en los seres humanos con una fe simple y grande. Sabía, porque yo mismo se lo había contado, que yo no era un católico practicante, sabía que me había divorciado y que vivía con Ilsa «en pecado mortal» y que intentaba casarme con ella en cuanto el divorcio fuera firme. No le ahorré mis discursos violentos sobre la clerecía política en complicidad con los poderes ocultos, ni mis discursos sobre la ortodoxia estúpida que me habían inculcado en mi edad escolar y me habían obligado a rechazar violentamente. Nada de esto pareció afectarle, ni impresionarle, ni menos aún cambiar su actitud hacia nosotros, que era la de un amigo cariñoso y cálido.

No llevaba sotana, sino un traje de alpaca negra que acentuaba su aspecto sacerdotal. Sus facciones regulares y bien modeladas habían sido surcadas por sus pensamientos y luchas; su cara tenía un sello de profundidad íntima que le colocaba aparte, aun en sus momentos de mayor expansión. Era una de esas gentes que os dan la impresión de que sólo dicen lo que es su verdad interior y no están dispuestos a hacerse cómplices de lo que creen una mentira. Me parecía una reencarnación del padre Joaquín, el sacerdote vasco que había sido mi mejor amigo durante mi niñez. Curiosamente, el origen de ambos era similar: el padre Lobo, al igual que el padre Joaquín, era el hijo de simples campesinos, de una madre que había parido muchos hijos y que había trabajado sin descanso toda su vida. A él también le habían mandado al seminario, niño aún, bajo la protección de los señores, porque en la escuela era un chiquillo que descollaba y porque sus padres se alegraban de verle escapar de la miseria de ellos. Él también había dejado el seminario con la ambición, no de vestir la púrpura, sino de ser un sacerdote cristiano al lado de los que tienen hambre y sed de pan y de justicia.

Su historia era bien conocida en Madrid. En lugar de quedarse en una parroquia elegante, eligió una parroquia de obreros pobres, rica en rebelión y blasfemias. No dejaron de blasfemar por él, pero le querían porque pertenecía a su pueblo. Al principio de la rebelión había tomado su lado, el lado del Gobierno republicano y había continuado su ministerio. Durante los más salvajes días de agosto y septiembre había ido, de día o de noche, a oír la confesión o a dar la comunión a quien se lo pidiera. La única concesión que hizo fue suprimir la sotana para no provocar incidentes. Había una historia famosa de que una noche dos anarquistas llamaron a la casa donde estaba viviendo, con sus fusiles montados y un coche a la puerta. Preguntaron por el cura que vivía allí. El amo de la casa negó que allí hubiera cura alguno. Insistieron amenazadores y el padre Lobo salió de su habitación.

Sí, aquí hay un cura y soy yo. ¿Qué pasa?

Pues, hala, echa a andar con nosotros. Pero antes métete en el bolsillo una de tus hostias.

Sus amigos le imploraron que no saliera. Dijeron a los anarquistas que Lobo estaba garantizado por el Gobierno, que no permitirían que saliera, que iban a llamar a la policía. Al final, uno de los anarquistas dio dos patadas en el suelo, blasfemó furiosamente y dijo:

¡Re... tales! ¡No le va a pasar nada! Lo que pasa es que la vieja, mi madre, se está muriendo y no quiere marcharse al otro barrio sin confesarse con uno de éstos. Es una desgracia para mí, pero ¿qué puedo hacer más que llevarme a éste?

Y el padre Lobo se marchó en el coche con los anarquistas, en una de aquellas madrugadas grises en las que se fusilaba a la gente contra la pared.

Mucho más tarde se fue durante un mes a vivir en las trincheras, entre los milicianos. Volvió agotado y profundamente conmovido. Muy pocas veces le oí hablar de sus experiencias en las trincheras. Una noche exclamó: «¡Qué brutos, Dios mío, pero qué hombres!».

Tenía su propia batalla mental. Lo que le hería más hondo no era la furia desatada contra las iglesias y los curas por gentes brutales, enloquecidas y llenas de rencores, sino el conocimiento de la culpabilidad de su propia casta, la clerecía, en la existencia de esta brutalidad y en la ignorancia y la miseria abyectas que existían en el fondo de ellos. Debía ser infinitamente duro para él el saber que los príncipes de su Iglesia estaban haciendo lo mejor para mantener a su pueblo oprimido, que estaban bendiciendo las armas de los generales y los señores, y los cañones que bombardeaban Madrid.

El Gobierno le había dado una tarea que no era precisamente una canonjía: la de investigar los casos de miseria entre clérigos escondidos. Pronto se vio confrontado con que algunos sacerdotes, cuyo «asesinato» por los rojos se había voceado en todas las propagandas, venían a ampararse en él, sanos y salvos, pidiendo ayuda.

A mí me hacía falta un hombre a quien pudiera hablar de lo más profundo de mi mente. Don Leocadio era el más humano y el más comprensivo. Sabía que no iba a contestar mis quejas con admoniciones o consuelos ñoños. Y así, volqué sobre él todos los pensamientos túrgidos que atascaban mi mente. Le hablé de la ley terrible que nos hacía herir a otros cuando no queríamos hacer daño. Aquí estaba el caso de mi matrimonio y su terminación: yo había herido a la mujer con quien no podía compartir mi vida, y había herido a los chicos porque odiaba el tener que vivir con aquella mujer que era su madre. Al encontrar a mi verdadera mujer, Ilsa, no había podido evitar hacer el daño final. Le conté que yo e Ilsa nos pertenecíamos uno al otro, nos complementábamos, sin superioridad de uno sobre otro, sin saber el porqué, sin quererlo saber tampoco, simplemente porque para los dos aquello era la única verdad de nuestra vida. Pero esta nueva vida que no podíamos rechazar, ni escapar a ella, significaba dolor, porque no podíamos ser felices sin causar daño a otros.

Le hablé de la guerra, repugnante porque enfrentaba a hombres de la misma sangre unos contra otros, en una guerra de dos Caínes. Una guerra en la cual sacerdotes eran fusilados en las afueras de Madrid y sacerdotes daban su bendición al fusilamiento de pobres labradores, hermanos del propio padre de don Leocadio. Millones como yo, que amaban sus gentes y su pueblo, estaban destruyendo, o ayudando a destruir, aquel pueblo y aquellas gentes tan suyas. Y lo peor era que ninguno de nosotros tenía el derecho de permanecer neutral.

Yo había creído, y aún creía, en una España libre con un pueblo libre. Había querido que esto llegara sin derramamientos de sangre, a fuerza de trabajo y de buena voluntad.

¿Qué podía hacer si esta esperanza, este futuro se estaba destruyendo? Tenía que luchar por ello. Y así, ¿tenía que matar a otros? Sabía que la mayoría de los que estaban luchando con las armas en la mano, matando o muriendo, no pensaban en ello, sino estaban animados por las fuerzas desatadas de su propia fe. Pero yo estaba obligado a pensar, para mí esta matanza era un dolor agudo que no podía olvidar ni calmar. Cuando oía el ruido de la batalla, no veía más que españoles muertos en ambos lados. ¿A quién tenía que odiar? ¡Ah, sí!, a Franco, a Juan March, a sus generales y monigotes partidarios y a los que cimentaban negocios sobre la sangre, a las gentes privilegiadas del otro lado. Pero entonces tenía que odiar también a ese Dios que les había dado a ellos callos en el corazón que les permitía organizar la matanza, y que me torturaba a mí con la tortura de odiar el matar, y que dejaba mujeres y niños sufrir su raquitismo y sus jornales de hambre, para acabar despedazándolos con obuses y bombas. Estábamos cogidos todos en un mecanismo monstruoso que nos trituraba entre sus ruedas dentadas; y si nos rebelábamos, toda la violencia y todo el odio se volvía en contra nuestra, arrastrándonos a la violencia.

Me sonaba en los oídos como si hubiera pensado y dicho las mismas cosas cuando era niño. Me excitaba yo mismo hasta llegar a una fiebre, hablando sin parar, con rabia, dolor y protesta. El padre Lobo me escuchaba pacientemente, diciendo sólo de vez en cuando:

¡Despacio, despacio!

Es posible que en mi memoria estén mezcladas respuestas que yo me daba a mí mismo en las horas quietas en que me sentaba al balcón y me quedaba mirando las ruinas de la iglesia de San Sebastián, partida en dos por una bomba, con palabras que el padre Lobo me dijo. Puede ser que insensiblemente le haya convertido en el otro «yo» de mis diálogos internos sin fin. Pero así es como yo recuerdo lo que él me dijo:

Y tú, ¿quién eres? ¿Quién te da a ti el derecho de erigirte en juez universal? Lo único que tú quieres es justificar tu miedo y tu cobardía. Tú eres bueno, pero quieres que todos sean buenos también, para que el ser bueno no te cueste ningún trabajo y sea un placer. Tú no tienes el coraje de predicar en lo que crees en medio de la calle, porque te fusilarían. Y como una justificación de este miedo, echas la culpa a los otros. Tú crees que eres decente y que piensas limpiamente, e intentas contármelo a mí y a ti mismo, afirmando que lo que pasa a los otros es culpa tuya y los dolores que tú sufres también. Todo eso es una mentira. La falta es tuya. Te has unido a esta mujer, a Ilsa, contra todo y contra todos. Vas con ella del brazo por las calles y la llamas «mi mujer». Y todos pueden ver que es verdad, que estáis enamorados uno de otro y que juntos sois completos. Ninguno de nosotros nos atrevemos a llamar a Ilsa tu querida, porque vemos que es tu mujer. Es verdad que habéis hecho daño a otros, a tus gentes, y es justo que sufras por ello. Pero ¿te das cuenta de que también has sembrado una buena semilla? ¿Te das cuenta de que cientos de gentes que desesperan de encontrar jamás lo que se llama amor os miran y aprenden a creer que existe y es verdad, y que pueden tener esperanza? Y esta guerra. Tú dices que es repugnante y sin sentido. Yo no. Es una guerra bárbara y terrible con infinitas víctimas inocentes. Pero tú no has vivido en las trincheras como yo. Esta guerra es una lección. Ha arrancado a España de su parálisis, ha sacado a las gentes de sus casas donde se estaban convirtiendo en momias. En nuestras trincheras, los analfabetos están aprendiendo a leer y hasta a hablar y están aprendiendo lo que significa hermandad entre hombres. Están viendo que existe un mundo y una vida mejores que deben conquistar y están aprendiendo también que no es con el fusil con lo que lo tienen que conquistar, sino con la voluntad. Matan fascistas, pero aprenden la lección de que no se ganan guerras matando, sino convenciendo. Podemos perder esta guerra, pero la habremos ganado. Ellos aprenderán también que pueden someternos, pero no convencernos. Aunque nos derroten, seremos los más fuertes, mucho más fuertes que nunca, porque se nos habrá despertado la voluntad. Todos tenemos nuestro trabajo que hacer, así que haz el tuyo en lugar de hablar de un mundo que no te sigue. Sufre y aguántate, pero no te encierres en ti mismo y comiences a dar vueltas dentro. Habla y escribe lo que tú creas que sabes, lo que has visto y pensado, cuéntalo honradamente con toda tu verdad. No hagas programas en los que no crees, y no mientas. Di lo que has pensado y lo que has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados a decir su verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor de que te quejas.

En las noches claras y frías de octubre me parecía a veces como si estuviera conquistando mi cobardía y mis miedos, pero encontraba muy difícil escribir lo que pensaba. Me es difícil aún. Encontré, sin embargo, que podía escribir la verdad de lo que había visto y que había visto mucho. Cuando el padre Lobo vio una de mis historias exclamó:

¡Qué bárbaro eres! Pero sigue, es bueno para ti y para nosotros.

Una tarde llamó a nuestra puerta y nos invitó a que fuéramos a su cuarto para mostrarnos una sorpresa. En el cuarto estaba uno de sus hermanos, un obrero quieto, y un labrador de su pueblo. Yo sabía que cada vez que alguno de su pueblo venía a Madrid le traían vino para consagrar y vino para beber, y pensé que iba a invitarnos a un vaso de vino añejo. Pero nos condujo a su cuarto de baño. Un pavo enorme estaba allí, sosteniéndose torpemente sobre los baldosines, hipnotizado por la luz eléctrica. Cuando se marchó el campesino, hablamos de estas gentes sencillas que venían a ofrecerle lo mejor que tenían, sin pensar si era absurdo o no sepultar un pavo vivo en el cuarto de baño de un hotel de lujo.

No es fácil para nosotros el entenderlos -dijo el padre Lobo-. Cuando se logra, se tiene la base de arte como el de Bruegel o Lorca. Sí, como Lorca. Escuchad. -Cogió un ejemplar de la edición de guerra del Romancero gitano y comenzó a recitar:

Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido...

Leía con una voz llena de macho, sin titubear sobre las frases del amor físico crudo, sólo comentando:

Esto es bárbaro, pero es tremendo.

A mí me pareció entonces mucho más un hombre, y mucho más un sacerdote de hombres y de Dios que nunca.

En las semanas peores, cuando hacía falta algún coraje para mostrarse con nosotros en público, prolongaba su estancia durante horas en nuestra mesa, consciente del soporte moral que nos proporcionaba. Sabía mucho más de lo que pasaba entre bastidores con referencia a nosotros que nosotros mismos, pero nunca descubrió lo que había oído a otros. Sin embargo, yo no dudé de sus palabras cuando, después de haber llegado a la crisis máxima la campaña contra nosotros, nos dijo un día:

Ahora escucha la verdad, Ilsa. A ti no te quieren aquí. Sabes demasiado, conoces mucha gente y haces sombra a los otros. Eres demasiado inteligente y aquí no estamos aún acostumbrados a mujeres inteligentes. Tú no puedes evitar el ser como eres, así que te tienes que marchar; y te tienes que llevar contigo a Arturo, porque te necesita y porque os pertenecéis uno al otro. En Madrid ya no podéis hacer nada bueno, como no sea el estaros quietos sin hacer nada como ahora, y ¡aun así! Pero esto no es bueno para ti, porque tú quieres trabajar. Así que marcharos.

Lo sé -replicó ella-. La única cosa que ahora puedo hacer por España es no dejar a la gente de fuera convertir mi caso en un arma contra el Partido Comunista, no porque yo quiera a los comunistas, que no los quiero aunque haya trabajado con ellos, sino porque esto sería un arma contra España y contra Madrid. Es por lo que me estoy quieta y no muevo ni un dedo por mí y por lo que digo a mis amigos que no hagan escándalo.

¡Tiene gracia! La única cosa que puedo hacer es no hacer nada.

Lo dijo secamente. El padre Lobo la miró lentamente y respondió:

Perdónanos, Ilsa. Somos tus deudores.

Así, el padre Lobo fue quien nos convenció de que debíamos abandonar Madrid. Cuando lo acepté, quise que lo hiciéramos en seguida, para sentirlo menos. Otra vez era un día de noviembre, gris y lleno de niebla. Agustín y Torres fueron a despedirnos. El camión de guardias de asalto, con tablas desnudas por asientos, rebrincaba en el empedrado de las afueras. Aquella mañana los obuses eran escasos.


El padre Lobo nos había mandado a casa de su madre, en un pueblecito cerca de Alicante. En su carta le pedía ayudarme a mí, su amigo, y a «mi mujer, Ilsa». No quería chocar a su madre y había puesto -dijo- la verdad esencial. Cuando me enfrenté con su madre, la vieja mujer pesada ya, con los cabellos grises, que no podía leer -su marido descifró la carta del hijo-, y miré su cara sencilla y curtida, comprobé con gratitud la fe que don Leocadio había puesto en nosotros. Su madre era una mujer muy buena.


Arturo Barea
La Forja de un rebelde III La Llama - Segunda parte (1951)
Capítulo VIII - La caída








3021. La voz de Madrid

Edificio de Telefónica en la Gran Vía de Madrid, junio de 1937



Al estallar la guerra civil, las estaciones españolas de radio, las semioficiales así como las numerosas particulares que existían, cayeron en las manos de grupos políticos y fueron usadas para su propaganda exclusiva, es decir, no para una propaganda general de la República, sino para la política de cada grupo y a veces de cada sección. El resultado fue una confusión tremenda, afortunadamente poco difundida, porque muy pocas de las transmisiones se oían en el extranjero y ninguna de ellas, sin excepción, en toda España. Cuando el Gobierno consiguió al fin imponer su autoridad al menos en parte, comenzó aceptando este estado de cosas como un mal menor, para después, poco a poco, ir imponiendo su autoridad y terminar por decretar el cierre de todas las estaciones de partido y el funcionamiento único de transmisiones bajo el control oficial. Una mañana, el interventor del Estado en la Transradio, el mismo burócrata tímido y vergonzante que me había hecho resolverle sus problemas sobre los radiotelegramas en los primeros días del sitio, se presentó en el ministerio para confrontarme con un nuevo rompecabezas.

El Estado español tenía adquirido un derecho contractual para usar, durante ciertas horas del día, el transmisor de la compañía Transradio, la estación de onda corta EAQ. Este servicio estaba bajo la administración y autoridad de un delegado del Gobierno, pero el interventor no sabía a qué ministerio pertenecía. Hasta ahora, un reducido grupo de locutores había estado radiando los comunicados oficiales en español, portugués, francés, inglés y alemán y coleccionando recortes de la prensa diaria para rellenar sus boletines. Pero desde el decreto de organización de la radio, el delegado del Gobierno había dejado de pagar sus salarios a los locutores y ahora sólo existían el locutor español y el portugués que seguían actuando.


El interventor no tenía nada que hacer con las emisoras de radio; pero le preocupaba este abandono de una de las mejores armas de que la República disponía, y había discutido el asunto con los miembros del Comité Obrero que coincidían con su punto de vista. Había que hacer algo. Si no, la única estación de onda corta que había en Madrid, capaz de llegar a todos los rincones del mundo, tendría que cesar, al menos en lo que se refería a la propaganda. Los locutores no podían sostenerse. El portugués estaba medio muerto de hambre y con enormes agujeros en las suelas de sus zapatos. Él, el interventor, había intentado discutir el caso con uno de los secretarios de la junta de Madrid en el Ministerio de la Gobernación y con sus propios superiores, las autoridades del servicio de correos, pero en el momento en que se habían enterado que las emisiones de la EAQ estaban destinadas a países extranjeros, habían dejado de interesarse. En el fondo, decían, la propaganda extranjera era un lujo inútil. No sabían nada de ello ni les interesaba, y de todas formas, con cuestiones extranjeras quien se entendía era el Ministerio de Estado. A ellos, que los dejaran en paz. El Ministerio de Estado estaba en Valencia, y «yo sé -decía el interventor- lo imposible que es ir a Valencia y conseguir nada para Madrid». Pero ahora que yo estaba establecido oficialmente en el Ministerio de Estado, ¿no podía intentar algo?


No conocía yo la situación mucho mejor que el interventor. Miaja, como gobernador general de Madrid, era el llamado a intervenir, pero me parecía completamente inútil el acercarse al general con este intrincado problema, aunque compartía la opinión del interventor de que había que hacer algo. Lo único que se me ocurrió en el apuro del momento fue que el locutor portugués viniera a comer a nuestra cantina y si no tenía dónde ir, que durmiera en un diván en uno de los despachos vacíos del ministerio, bien cubiertos de fundas polvorientas. Le dije al interventor que me mandara al portugués y le prometí tratar de encontrar solución al problema.


Estaba contento de tener algo concreto de que ocuparme. La censura funcionaba ahora con leyes fijas. Tenía la ayuda de un nuevo censor, una muchacha canadiense rubia platino, que no me merecía ninguna confianza. En la oficina de Valencia, Rubio Hidalgo iba dejando cada día más las riendas en manos de un nuevo asistente, la comunista Constancia de la Mora, que trataba todas nuestras peticiones a favor de los periodistas con un desdén consistente y aburrido. Había más «turistas» cada día, y cada día llegaban más «enviados especiales» que hacían visitas relámpagos al frente de Madrid. Al general Goliev le habían enviado al frente de Vizcaya. El cañoneo seguía día y noche; y mis pesadillas también.


Vino a verme el portugués Armando, altivo, sin afeitar, un armazón esquelético cubierto de nervios vibrantes, el traje arrugado lastimosamente. Su nariz huesuda y ganchuda y los dientes solitarios en su boca abierta no contaban. Tenía unos ojos vivos e inteligentes bajo una frente abombada, y sus manos, largas y flacas, subrayaban la palabra con gestos enérgicos y rotundos. Me habló sin interrupción de los crímenes políticos que se estaban cometiendo por indiferencia y corrupción mental y se apoderó de mi imaginación con su descripción de lo que podía hacerse si la estación de radio se usaba para una propaganda intensiva sobre América. Cuando le enfrenté con su situación personal, rechazó todas mis proposiciones con un orgullo salvaje; él no pedía limosna, se le debía el sueldo de tres meses y no tenía por qué aceptar mi caridad ni la de nadie. Si se moría de hambre, mejor, sería una prueba clara de sabotaje oficial. Al final Ilsa le cogió por su cuenta, y acabó sentándose a mi lado en nuestro comedor improvisado, donde los periodistas y los visitantes ocasionales comían juntamente con los censores, los ciclistas y los ordenanzas.


Puede ser que la coincidencia de indignación encendida, incansable y voceada a gritos, de las cosas tal como eran, con mis propios pensamientos, nos convirtiera en amigos. Aprendí de Armando no sólo todas las posibilidades, sin explotar aún, de la estación EAQ, sino también la necesidad de una dirección y de una censura de las emisiones. Había ya ocurrido -y ahora me daba cuenta de cómo- que periodistas a quienes se había impedido enviar una noticia, porque estaba prohibido por las autoridades militares, habían protestado violentamente y habían probado que la misma información se había radiado al mundo entero.

Entre los visitantes regulares a la oficina había un periodista español, a quien llamaré Ramón; estaba agregado al cuartel general de Miaja, que le utilizaba como una especie de secretario privado y agente de publicidad. Expliqué a Ramón todo este desbarajuste de la radio y él comprendió inmediatamente que yo entendía debía intervenir el general, pero que no sabía cómo enfrentarme con él. Dos días más tarde me llamó Miaja:


Bueno, tú, ¿qué historia es ésa de la radio que me cuenta éste? Vosotros estáis siempre tratando de que os saque de vuestros líos y un día os voy a meter a todos en un calabozo.


Ramón me guiñó un ojo. Después de mi explicación simple y directa, el general limpió sus gafas cuidadosamente y llamó a su ayudante:

Tú, hazle a Barea uno de esos papeluchos. Desde hoy se hace cargo de la censura de la radio. Y sabes, muchacho, ¡te la has cargado por tonto!

Comencé a hablarle de la propaganda extranjera, de la estación EAQ y de las posibilidades que había en ello. Miaja me cortó en seco y Ramón sacó dos botellas de cerveza de la alcoba. La cuestión se había terminado. Sin embargo, unos pocos días más tarde me llamó de nuevo. Miaja me alargó un «papel» con su firma, nombrándome su delegado en la estación EAQ con plenos poderes.

Mi tarea más inmediata era encontrar qué departamento oficial debía pagar a los locutores. Llamé al delegado del Gobierno -sobre quien me encontraba ahora más elevado-, y le pedí que me rindiera cuentas de su administración. Nunca volvió a aparecer por mi despacho. El Comité Obrero me había llevado un paquete de cartas de simpatizantes de ultramar en las que se incluían pequeñas donaciones y cuyo dinero había desaparecido. Esto era una cuestión policíaca, y puse en sus manos los documentos y las noticias que tenía del delegado. Pero la policía no estaba ya en manos de mis amigos anarquistas: Pedro Orobón había sido matado por un casco de shrapnel, y la jefatura tolerante, humana y justa de su amigo Manuel había sido reemplazada por un nuevo sistema, mucho más impersonal y mucho más político, bajo un joven comunista.

Seguía sin saber qué ministerio tenía que pagar a los locutores y el reemplazo de algunas lámparas especiales que la estación necesitaba urgentemente. Rubio Hidalgo, a quien planteé la cuestión en una de nuestras esporádicas conferencias telefónicas, me hizo ver perfectamente claro que no le parecía bien que me hubiera mezclado en algo fuera de la órbita de la oficina. Las emisiones de radio eran una cuestión del Ministerio de Propaganda que tenía un delegado en Madrid, don José Carreño España. Le mandé una comunicación a don José y no recibí contestación alguna.

En vista de esto, convoqué una especie de consejo de guerra entre el interventor del Estado, el Comité Obrero y los dos locutores. Les dije que no había resuelto aún la cuestión financiera. Yo creía en la importancia de su trabajo. Si ellos no querían seguir radiando, en vista de las dificultades y del desamparo oficial, nada tenía que decir. Pero si estaban dispuestos a seguir hasta que yo encontrara una fórmula -y estaba seguro de encontrarla-, yo haría todo lo que pudiera. Los locutores podían comer en nuestra cantina -ya que el problema de la comida, sin ello, les sería insoluble-, y les ayudaría en los programas. Ilsa encontraría amigos en las Brigadas Internacionales para hablar en idiomas extranjeros.

Aunque absolutamente escépticos, acordaron seguir trabajando. Estaban demasiado enamorados de su estación para abandonarla.

Y entonces, por pura casualidad, resolví el problema del pago de los locutores: Carreño España y yo nos encontramos un día, inesperadamente, en el despacho del general Miaja, y el general nos presentó el uno al otro. Cogí la ocasión por los pelos:

Me alegro mucho de saber que al fin y al cabo es usted una persona real.

¿Qué quieres decir con eso? -gruñó Miaja. Don José preguntó lo mismo en muy repulidas palabras.

Porque cuando se le escriben a usted comunicaciones oficiales, no se digna ni contestar.

Salió a relucir toda la historia y los tres acordamos que todo había sido un error de la oficina. El delegado en Madrid del Ministerio de Propaganda declaró pomposamente que serían honrados todos los compromisos contraídos, y yo me encontré satisfecho y con un nuevo «amigo» en los círculos oficiales.

Durante aquellas semanas el frente de Madrid carecía de interés militar. Hemingway tenía que encontrar material para sus artículos recurriendo a investigar las reacciones de sus amigos en el mundo de los toreros y manteniéndose en contacto con la colonia rusa del hotel Gaylord. Cuando charlábamos en el patio del ministerio rodeados de las académicas esculturas, que le proporcionaban material inagotable para sus chistes, podía apreciar qué cerca estaba de entender las bromas de doble sentido en el idioma castellano, y qué lejos -a pesar de su innegable deseo de lograrlo- de conseguir hablar con nosotros de hombre a hombre. Delmer (que estaba profundamente disgustado con nosotros porque no habíamos conseguido, ni de Valencia ni de Carreño España, que se le autorizara a usar su cámara fotográfica) y Herbert Matthews se marcharon de visita al frente de Aragón y volvieron asqueados del sector que cubrían las unidades del POUM. Muchos de los corresponsales continuaban en Madrid, porque en su opinión más tarde o más temprano iba a pasar algo. Pero lo que pasó fue que se hundió el frente del norte. Nos habíamos vuelto egocéntricos en Madrid: pensábamos que la retaguardia -«la retaguardia podrida»- de Valencia y Barcelona pertenecía a otro mundo que ni aun nos molestábamos en tratar de entender. Pero Bilbao estaba luchando, Asturias estaba luchando, y éstos sí nos parecía que eran como iguales a nosotros. Y Bilbao cayó.

La primera noticia la tuve a través de los periodistas, cuyos editores en París y Londres les pedían información sobre las reacciones de Madrid a las noticias que se acababan de radiar por el otro lado. No sabíamos nada oficialmente. Había rumores, sí, pero teníamos orden estricta de no publicar nada con excepción de los comunicados oficiales; hasta ahora ninguno de ellos hablaba de la caída de Bilbao, sino al contrario, de su victoriosa defensa. Éste era el último comunicado que teníamos aquel mismo día, aunque esto fuera humillante y estúpido. Me fui a ver a Miaja y le expuse mi opinión de que aquel comunicado no podía darse y que en la emisión de la noche a América teníamos que enfrentarnos con el hecho de la caída de Bilbao y no contar una victoria que nos ponía en ridículo; y si no decíamos nada, el silencio sería aún peor, y dañaría muchísimo más la categoría moral en que se nos tenía que la caída de Bilbao en sí misma. Miaja estaba de acuerdo conmigo, pero se negaba a tomar una decisión. Las órdenes tenían que venir de Valencia, él no podía asumir la responsabilidad; y además él no sabía cómo dar la noticia porque él no podía dar un parte oficial. Le propuse que me dejara escribir una charla sobre el tema y someterla a su aprobación antes de radiarla.

No sé cómo diablos te las vas a arreglar para que no nos perjudique -dijo Miaja-, pero escribe lo que quieras. Siempre tengo tiempo de romperlo y dejar a Valencia que se las arregle como pueda.

Escribí una charla. Como vehículo de la noticia, la hice como dirigida a un famoso capitán de barco inglés que había roto el bloqueo de Bilbao para llevar socorros a la ciudad y que todo el mundo conocía como Potato Jones. Le contaba que Bilbao había caído, le explicaba lo que esto significaba para España, nuestra España, y lo que significaría cuando la reconquistáramos; le contaba que nosotros estábamos luchando y que no nos quedaba tiempo para llorar por Bilbao. Miaja leyó aquello, dio un puñetazo en la mesa y me ordenó que radiara la charla. Llamó al editor del único periódico que se publicaba en Madrid al día siguiente, por ser lunes, y le ordenó que imprimiera el texto. Y así, de esta forma, fue como Madrid se enteró de la caída de Bilbao.

Fue la primera vez que hablé por un micrófono. En el cuartito estrecho que se había convertido en estudio se apiñaba el personal de la estación y la guardia del edificio, y pude ver que los había emocionado. Yo mismo tenía un nudo en mi garganta y el sentimiento de que se había confiado en mis manos una fuerza inmensa. Dije al Comité Obrero que cada día daría una charla después de las noticias para América Latina a las dos y cuarto de la noche. El locutor me había anunciado como introducción a la charla como Una Voz Incógnita de Madrid y esto es lo que quería seguir siendo; aquél sería mi nombre en la radio.

Tenía ahora el día lleno con doble trabajo, ya que tenía que consultar todo lo que se daba en Madrid por la radio. Hacía el trabajo mecánicamente, escuchando siempre las explosiones de las granadas. Cuando arreciaba y se aproximaba el bombardeo, bajaba a las bóvedas de la biblioteca y escribía allí. Los nuevos periodistas que iban y venían constantemente, apenas se convertían para mí en personas reales. Sin embargo, recuerdo al joven danés Vindin.

Llegó a Madrid lleno de proyectos, haciendo chistes sobre su propio padre, un periodista también, que había huido de Madrid durante los bombardeos aéreos de noviembre; él no tenía miedo a las bombas. Se me presentó una mañana temprano, tembloroso y mentalmente destruido, después de haber visto a un muchachito ser destrozado por un obús en la Gran Vía. Quería un refugio seguro, quería volver a Valencia inmediatamente... Le conté mi experiencia, para darle ánimo con un sentido de camaradería en nuestra desgracia y conseguí calmarle. Pero el hombre no estaba de suerte. Aquella tarde se lo llevaron algunos periodistas a recorrer Madrid, con el único resultado de verse metido en el centro de una disputa a tiros, en un famoso bar de Madrid; y al huir de ello, poner los pies en la calle en el preciso momento en que uno de los coches fantasmas de la quinta columna pasaba con un tableteo de ametralladoras. Tuve que devolverle a toda prisa a Valencia.

Recuerdo también al comunista alemán George Gordon, martirizado e inutilizado en cuerpo y espíritu por los nazis; trabajaba en la agencia España y pronto comenzó a exigir gente con una disciplina política más estricta que nos sustituyeran a Ilsa y a mí; la razón era que nos negábamos a concederle privilegios de prioridad en las noticias y no escuchábamos sus consejos de cómo debíamos tratar a los periodistas de «la prensa burguesa». Yo le encontraba un tipo pegajoso, con una lengua viperina, una mirada huidiza, movimientos amanerados y carencia de interés o calor humano. No le concedí mucha importancia, pero en esto me equivoqué. De todas formas, cada día me apartaba más de él y del círculo de obreros extranjeros pertenecientes al Partido que se agrupaban a su alrededor, y me inclinaba más y más a la compañía de gentes que sabía eran genuinas.

Torres, el muchacho impresor que había fundado conmigo el Comité del Frente Popular en el ministerio, recurrió a nosotros con sus dificultades. Le habían hecho secretario de la célula comunista, pero él sabía su ignorancia y su incapacidad y por ello venía a Ilsa a que le resolviera sus problemas. Ilsa, después de recordarle que ella no pertenecía al Partido y que además no era persona grata para él, comenzaba a explicarle lo que en su opinión debería hacer y cuál debía ser la línea del Partido. A Torres nunca le pareció extraño ser guiado por ella, en tanto que esta ayuda facilitaba su trabajo, y nunca admitió que estaba obrando en contra de la disciplina del Partido. Pero a mí me vino con otros problemas:

Estaba casado. Él no tenía el coraje de romper su matrimonio como yo lo había hecho, aunque era infeliz y estaba enamorado de otra mujer. Yo le daba envidia. Quería hablar conmigo de estos grandes problemas de la relación entre hombres y mujeres. Venía a contarme también sus miedos de los miembros de la quinta columna que él creía existían entre los empleados del ministerio. Tuve que llevarle la contraria. En el edificio no había quedado nada que fuera de interés para el enemigo, y las gentes de quien él sospechaba eran un puñado de viejos empleados llenos de miedo, sirvientes fieles de la vieja casta, tales como el portero mayor Faustino, que me honraba con su reverencia mejor y con una mirada llena de bilis pero era incapaz de tomar parte activa, y menos tan peligrosa, en la contienda. Un día Torres llegó muy excitado y estalló:

Eh, para que te fíes y hables tanto de los viejos chupatintas llenos de miedo... En San Francisco el Grande, los guardias de asalto han cogido a uno que estaba mandando mensajes por heliógrafo a los rebeldes en la Casa de Campo, dando tironcitos a la cuerda de una persiana y diciéndoles los movimientos de nuestras fuerzas. ¡Y si vieras al tipo! Un murciélago asustado lleno de verrugas. Y, ¿sabes?, lo peor de todo es que el tesoro de arte de San Francisco está bajo nuestra custodia -yo soy uno de los del Comité de Control-, y habíamos creído que podíamos confiar, como tú dices, en estos viejos beatos que toda su vida se la han pasado mirando y cuidando de ello. No, no podemos confiarnos en nadie que no sea de los nuestros.

Me dio la lata para que fuera con él y viera los tesoros de artesanía del viejo monasterio que desde hacía medio siglo era un monumento nacional. Era su responsabilidad ante el pueblo, y esta responsabilidad y el sentimiento de que era algo suyo pesaba sobre él. Pero su problema inmediato era saber qué pensaba yo de ello. ¿Era verdad que aquello era arte?

Había comenzado a salir de nuevo a la calle, amaestrándome en el arte de comportarme como los demás. Por la noche tenía que hablar al mundo exterior como La Voz de Madrid, y para ello tenía que ser uno de tantos en Madrid. Con Ilsa, me quedaba grandes ratos en la taberna de Serafín escuchando sus historias del barrio. Me llevó a la cueva del prestamista, donde él y sus amigos y familia dormían en los anaqueles enormes y vacíos donde en tiempos se acumulaban los colchones empeñados, para dormir sin miedo a las granadas. Había hecho un agujero a la cueva de la tienda vecina que estaba vacía y aquello era el dormitorio de las mujeres, que dormían en catres de tijera. Serafín tenía un chichón en la frente que nunca disminuía de tamaño ni de color y que era la fuente de bromas inagotables: cada vez que en sueños brincaba por una explosión en la calle, se golpeaba con la cabeza contra el anaquel, y cada vez que saltaba de su cama para ir a la calle a ayudar en las ruinas dejadas por una bomba, se daba un segundo trastazo. Su miedo y su valentía, juntos, le mantenían el chichón floreciente.

Conté esta historia en la radio, igual que conté la historia de los barrenderos que al salir el sol lavaban las manchas de sangre; la de los conductores de tranvías que hacían sonar sus campanas nerviosamente pero seguían entre las bombas; la de la muchacha del cuadro de la Telefónica llorando de miedo hasta que sus narices y sus ojos eran morcillas, pero manteniéndose en su sitio mientras los cristales de las ventanas saltaban a su alrededor en pedazos por las explosiones; la de las viejas mujerucas, sentadas, cosiendo a la puerta de sus casas en un pueblo del frente donde me había llevado Pietro Nenni en su coche; la de los chiquillos peleándose por recoger las espoletas aún ardiendo en la calleja detrás del ministerio y jugándoselas después con una baraja diminuta. Creía y creo que todas aquellas historias que yo conté al final de cada día, eran historias de un pueblo viviendo en aquella mezcla de miedo y valor que llenaba las calles y las trincheras de Madrid. Compartía todos sus miedos, y su valor me servía de alivio. Tenía que vocearlo.

Para que pudiera ir cada noche a la estación de radio, Miaja había puesto a la disposición mía y de Ilsa un coche -uno de los pequeños Balillas incautados en Guadalajara- y un chófer. Después de la una, cuando la censura estaba ya cerrada, nos recogía y nos llevaba a través de calles estrechas donde los centinelas nos pedían santo y seña. La estación estaba en la calle de Alcalá, en el edificio del Fénix, en el que los pisos más altos tenían estudios modernos y bien equipados. Pero los bombardeos habían hecho estas habitaciones inhabitables, y las oficinas y el estudio se habían instalado en los sótanos como Dios había dado a entender:

Se bajaba una escalera estrecha de cemento y se encontraba uno en un pasillo sucio y estrecho, húmedo y empapado de olor de un retrete sin puerta que allí había, con sus cañerías goteando y su cisterna siempre estropeada, los baldosines blancos rotos, y los sanos, llenos de dibujos obscenos. A lo largo del corredor se abrían celdas que en tiempos eran cuartos trasteros de los pisos o depósitos de carbón; cada uno de ellos tenía una reja que se abría al nivel de la acera en la calle de Alcalá. Uno de estos cuartos trasteros se había limpiado y convertido en oficina y el siguiente en estudio, por el simple medio de colgar en las paredes mantas del ejército para aislarlo de los ruidos. Contenía una mesa doble para discos de gramófono, un cuadro de interruptores y un micrófono colgado de cuerdas.

El cuarto convertido en oficina tenía media docena de sillas y dos grandes pupitres de escritorio, viejos y llenos de manchones de tinta e inscripciones a punta de raspador. En medio de la habitación, una estufa redonda de hierro ardía constantemente, aun en pleno verano, porque los sótanos chorreaban humedad. En el resto de los sótanos dormían el portero y su familia, los electricistas, unos cuantos empleados de la compañía Transradio, los milicianos, dos guardias de asalto que constituían la guardia del edificio y una caterva de chiquillos que nadie sabía de dónde habían salido. Los sótanos estaban llenos de vapor de agua, coloreado y espeso con el humo de los cigarrillos. El pasillo, los cuartuchos vacíos y los llenos, todo estaba atiborrado de jergones rellenos de paja de esparto. A veces todo se llenaba de huéspedes desconocidos. Y todos hablaban, chillaban, ahogando los lloros de los chicos y los gritos de sus juegos. Las paredes de cemento estaban en una vibración constante. A veces era necesario cortar la transmisión un momento y mandar a alguien dando gritos a través del corredor, para que, a fuerza de gritar, impusiera silencio.

En el fondo del pasillo se abría un agujero semejante a la boca de un pozo, con una escalera de caracol que llevaba a una caverna más honda, de diez pies cuadrados, construida en cemento macizo; allí era donde mi amigo, el interventor, tenía su oficina. Bajo la pantalla de cristal verde que cubría su lámpara, aparecía como un fantasma cadavérico, con su armazón esquelética y sus ropas grandes y colgantes; y el silencio repentino y que existía detrás de las gruesas paredes y de la tierra honda en la que estaban embebidas, le hacían a uno sentirse como si hubiera penetrado en una tumba. Allí me sentaba con el secretario del Comité Obrero, un hombre flaco de La Mancha con los huesos de los pómulos puntiagudos y ojillos diminutos, y planeábamos nuestros programas. Primero leíamos las cartas dirigidas a La Voz de Madrid. Llegó una de un viejo minero español, emigrante en los Estados Unidos. Decía -y creo que recuerdo exactamente las palabras de esta carta tan simple y tan cruda-: «Cuando tenía trece años bajé a la mina a picar carbón en Peñarroya. Ahora soy sesenta y tres años viejo, y aquí estoy, picando carbón en Pensilvania. Lo siento que no puedo escribir como los señores, pero en mi pueblo, al marqués y al cura no les gustaba mucho que fuéramos a la escuela. Decía: ¡A trabajar, vagos! Dios os bendiga a vosotros que estáis luchando por una vida mejor y Él maldiga a todos los que no quieren dejar vivir al pueblo».

Mientras leía mi charla nocturna, la población entera del sótano se amontonaba en el estudio de las mantas. Los hombres parecían sentir que ellos tenían una parte en lo que yo decía, porque hablaba su mismo lenguaje, y cuando acababa se volvían críticos rigurosos de mi charla. El ingeniero que estaba en la estación emisora, controlando el volumen, se sentía obligado a llamar al teléfono y decirme en crudas palabras si le había revuelto las tripas de emoción o de rabia, porque no me había atrevido a decir la verdad. Los más simples entre todos tenían una predilección por denuncias bíblicas de los poderes satánicos del enemigo; muchos sufrían la fascinación de los trozos más crudos de realismo que me atrevía a lanzar por el micrófono, y que ellos nunca creían se podían decir en alta voz. Los escribientes encontraban mi estilo crudo y desprovisto de florilegios del lenguaje, asombrándoles que pudiera hilvanar cada oración, fácilmente, sin titubeos intelectuales. Y la verdad es que yo no tenía método ni teoría: trataba simplemente de expresar lo que sentía y lo que otros sentían, en el lenguaje que a mí me parecía más claro, y, a través de ello, obligar a las gentes de nuestros países hermanos a ver bajo la superficie de nuestra lucha.

El hombre cuyas reacciones eran la mejor guía para mí era el sargento al mando de la guardia del ministerio. Se había entregado a mí completamente, con la lealtad ciega de un viejo mayordomo, siguiendo las órdenes de su antecesor, el sargento que se había solidarizado conmigo el 7 de noviembre. Convencido de que yo era un hombre condenado por la quinta columna, se negaba a perderme de vista en cuanto oscurecía y me acompañaba cada noche a la estación de radio, con su pistola montada, lleno de orgullo silencioso e infantil. En el estudio se sentaba en el rincón más próximo al micrófono, mirando amenazador a los demás y muy sensible a las miradas de ellos. Tenía una cara plana y llena de arrugas, como esculpida en una losa carcomida de vientos, y sus ojos eran color de agua. Después de unas semanas de escucharme, un día entró en mi cuarto, se atragantó, se le llenaron los ojos de agua y me alargó un puñado de papeles: allí había escrito él todas las cosas malas que había hecho en su larga vida de guardia civil. Quería que yo lo leyera y que lo convirtiera en una charla y que se lo contara al mundo, como una penitencia para que él pudiera quedarse en paz. Su carácter de letra era idéntico al del viejo minero que me había escrito desde Pensilvania.

El nuevo Gobierno de la República, bajo la presidencia del doctor Negrín, llevaba ya algún tiempo en el poder. El propio Negrín había hecho un discurso por radio, sobrio y serio, como todos los que había de pronunciar después. Se corrían rumores de que Indalecio Prieto había hecho una limpieza a fondo y había reorganizado el Estado Mayor. Se había estrechado la disciplina en el ejército, se había reducido el carácter político de sus unidades y se había restringido el papel de los comisarios políticos. Había movimientos de tropas en los sectores al oeste de Madrid, por las carreteras de la costa llegaba un chorro constante de material de guerra, se veían muchos más aviones volando sobre la ciudad y los corresponsales de guerra comenzaban a llegar de Valencia. Me llamaron del cuartel general y me dieron órdenes estrictas:

Prieto estaba en Madrid, pero había que mantenerlo en secreto. Tan pronto como comenzaran las operaciones, la censura no dejaría pasar más informaciones sobre la guerra que el comunicado oficial. Todos los telegramas o radios privados o diplomáticos se retendrían varios días sin cursar. A los corresponsales no se les permitiría ir al frente.

Las operaciones comenzaron en el calor tórrido de julio. Entraron en acción las brigadas de Líster, el Campesino e Internacionales. Se había entablado la batalla por Brunete. El ataque republicano, soportado, por primera vez, por fuerzas aéreas, avanzó en el oeste de Madrid en un intento de cortar las líneas enemigas, flanquearlas y forzar la evacuación de sus posiciones en la Ciudad Universitaria. Todo parecía iniciarse bien, pero de pronto la ofensiva se paralizó. A pesar del notable mejoramiento técnico, nuestras fuerzas eran demasiado débiles para poder seguir aumentando su presión sobre el enemigo antes de que éste recibiera refuerzos. Después de un avance victorioso, vino una derrota: Brunete y Quijorna, tomados con grandes sacrificios, se perdieron de nuevo, y en el proceso quedaron completamente arrasados.

Torres y yo gateamos la escalera retorcida y llena de telarañas que llevaba a la cima de la torre oeste del ministerio. Desde los tragaluces nos asomamos al panorama de tejados y al campo de batalla. Allá, a lo lejos en la llanura, muy lejos para ver con nuestros ojos detalle alguno, todo era una masa de humo y polvo, desgarrada por relámpagos; y de esa base oscura se elevaba al cielo una enorme columna de humo. La nube de guerra se bamboleaba y estremecía, y mis pulmones vibraban a compás de la vibración ininterrumpida del cielo y de la tierra. Un polvillo fino se desprendía de las viejas vigas de la torre y se quedaba bailoteando en el rayo de sol que entraba por el tragaluz. A nuestros pies, en la plaza de Santa Cruz, las gentes pasaban marchando a sus asuntos, y en el tejado de enfrente un gato blanco y negro surgió de detrás de una chimenea, se quedó mirándonos, se sentó y comenzó a lamerse sus patas y lavarse sus orejas.

Estaba tratando de contener el ansia de vómito que me subía del estómago a la boca. Allí, bajo aquella nube apocalíptica, estaba Brunete. En mi imaginación reveía el pueblo pardo, con sus casas de adobe enjalbegadas, su laguna sucia y fangosa, sus campos desolados de terrones secos, blanqueados de sol, duros como piedras, el sol implacable cayendo sobre las eras, el polvillo de la paja triturada agarrándose a mi garganta con sus finas agujas. Me reveía como un muchacho andando a lo largo de su calle única, la calle de Madrid, entre el tío José y sus hermanos, él en su traje de alpaca y ellos en sus pantalones de pana crujientes, todos ellos llevando consigo su olor de tierra seca y de sudor secado por el sol y el polvo. A pesar de sus muchos años en la ciudad, el tío José tenía la piel y el olor de un campesino de Castilla la seca.

Allí, detrás de aquella nube negra, llena de relámpagos, Brunete estaba siendo asesinado por los tanques llenos de ruidos de hierros, por las bombas llenas de gritos delirantes. Sus casitas de adobe se convertían en polvo, el cieno de su laguna salpicaba todo, sus tierras secas sufrían el arado de las bombas y la simiente de la sangre. Todo esto me parecía un símbolo de nuestra guerra: el pueblo perdido haciendo historia con su destrucción, bajo el choque de los que mantienen todos los Brunetes de mi patria áridos, secos, polvorientos y miserables como siempre han sido, y de los otros que sueñan con transformar los pueblos grises de Castilla, de España toda, en hogares de hombres libres, limpios y alegres. Para mí era también un punto personal: la tierra de Brunete contiene algunas de las raíces de mi sangre y de mi rebelión. Su herencia seca y dura ha batallado siempre dentro de mí contra el calor alegre que he recibido como herencia en la otra rama de mi sangre, del otro pueblo de mi niñez, Méntrida, con sus viñas, sus cerros verdes, sus arroyos lentos y cristalinos en la sombra de las alamedas; Méntrida, una mota más allá de la llanura, lejos de la nube siniestra, pero prisionera ya de los hombres que estaban convirtiendo los campos de España en ruinas yermas.

En las noches, un día tras otro, gritaba en el micrófono lo que sentía en aquella torre que daba al frente.

Los periodistas, tan cercanos al foco de la guerra e imposibilitados sin embargo de informar sobre la batalla, estaban furiosos y persistentes. Mandaban los comunicados del ejército y la aviación, pero se enfadaban conmigo y yo me enfadaba con ellos, porque cumplía las órdenes que me daban y no les dejaba decir más. Al principio de la ofensiva, las preocupaciones eran claramente necesarias. Los radiotelegramas que el interventor puso sobre mi mesa, y los cuales se retrasaron cuatro días, contenían muchos mensajes que eran altamente sospechosos. El agente alemán Félix Schleyer, administrador aún de la embajada noruega, había enviado una oleada de telegramas privados: una cantidad increíble de gentes con dirección diplomática impecable sufrían desgracias de familia. Pero una vez que las operaciones estaban en pleno desarrollo, yo veía que era en nuestro propio interés el dejar a los periodistas en libertad de mandar sus propias informaciones y visitar el frente. Fui a ver a Indalecio Prieto al Ministerio de la Guerra y después de una acalorada discusión obtuve una mayor amplitud de las reglas. Sin embargo, mis relaciones con los periodistas habían sufrido por nuestra irritación mutua y seguían sufriendo. Notaban que los permisos, que antes se despachaban rápidamente, ahora se concedían con una lentitud exasperante, sin que ellos tuvieran idea, ni yo pudiera contarles, de la batalla constante entre nuestra oficina y la vieja burocracia que renacía. Para ellos, la causa de sus dificultades radicaba en mí y yo no trataba ni de explicarles la situación ni de calmarlos, aunque sabía que se habían quejado directamente a Prieto y a la oficina de Valencia, y que las gentes de Valencia estaban muy contentas de ello, George Gordon regresó de su viaje a Valencia hinchado de importancia política, y me obligó a pararle los pies de una manera más que ruda. Rubio Hidalgo apareció por medio día; insistió en que el contrato temporal con la muchacha canadiense no debía prolongarse, porque había dejado cursar un despacho donde se le llamaba a Prieto, el ministro, roly-poly, «gordin-flón», lo cual en su opinión era contrario a la dignidad nacional; expuso un plan para establecer a un periodista español -conocido sobre todo por su feudo con el corresponsal del Times- como director de la propaganda en Madrid por prensa y radio. Me encontró más refractario que nunca a estas combinaciones y acabó nuestra conferencia peor aún, cuando se permitió hacer observaciones sobre la mala impresión que causaban mi divorcio y mis relaciones con Ilsa.

Era evidente que más de una campaña, de tipo político y personal, se había puesto en marcha. Estaba demasiado agotado para preocuparme de ello, o, tal vez, secretamente me alegraba.

Cuando se terminó la ofensiva, mi divorcio llegó a su fase final y, terminado el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, con sus intelectuales exhibiéndose presuntuosos en el escenario de Madrid en lucha y dedicándose a discutir allí el comportamiento político de André Gide, me sumergí en una especie de estupor.

María venía aún una vez por semana con súplicas y con amenazas, hasta lograr llevarme a un estado de rabia y disgusto en que rompía brutalmente con ella. No volvió, pero durante un tiempo escribió cartas anónimas a Ilsa y a mí. La madre de Aurelia, que reconocía la parte que había tenido su hija en la destrucción de nuestro matrimonio, tomó la costumbre de visitarnos a los dos regularmente. Cuando vino la primera vez, los empleados del ministerio observaban tras las puertas entreabiertas para no perder el escándalo que sin duda iba a armar, y cuando se encontraron con que la buena mujer formaba una amistad con su ex hijo político y su futura esposa, tuvieron un choque más intenso, porque aquello era aún más revolucionario y emocionante. El censor de la cara caballuna no cesaba de repetirme: «Esto sigue siendo más que nunca como una novela extranjera. Nunca hubiera pensado que gentes españolas podían obrar así». Los escuchaba a todos y, con excepción de preparar mis charlas de radio, ni les contestaba ni hacía nada.

Por aquel tiempo, gentes que no tenían conmigo más que un contacto superficial comenzaron a darme consejos sobre mi error en tratar de casarme con una extranjera en lugar de seguirla teniendo como mi querida. En tanto que habían creído que un español había «conquistado» a una mujer extranjera, sus sentimientos masculinos se habían sentido halagados, pero ahora se alarmaban porque se escapaba de su código y creían que iba a cometer una inmoralidad. Coincidían con las insinuaciones de Rubio y me llenaban de repugnancia, una excusa adicional para desdeñar los rumores que llegaban a mí sobre mi debilidad creciente, mis ataques de furia y mi salud insegura. Aquellos rumores casi me halagaban, y los favorecía. Sólo cuando veía el disgusto de Ilsa y su preocupación, y cuando Torres, o el viejo sargento, o Agustín, o Ángel, o los viejos amigos de la taberna de Serafín me mostraban su fe en mí, conseguía el impulso necesario para obrar en contra espasmódicamente.

Mientras estaba aún en las angustias de esta crisis, Constancia de la Mora vino en su primera visita a Madrid. Yo sabía que, virtualmente, se había apoderado del control del Departamento de Censura de Valencia y que Rubio no era de su agrado; que era una organizadora eficiente, muy la aristócrata que se había unido a la izquierda por su propia voluntad y que había mejorado muchísimo las relaciones entre la oficina de Valencia y la prensa. Sabía que estaba respaldada por el Partido Comunista y que tenía que haber encontrado irritante que nosotros, en Madrid, obráramos invariablemente como si fuéramos independientes de la autoridad de ellos, o de ella. Buena moza, llena de carnes, con grandes ojos negros; con los modales imperiosos de una matriarca, con la simplicidad de pensamientos de una pensionista de convento y la arrogancia de una nieta de Antonio Maura, inevitablemente tenía que chocar conmigo, como yo con ella. Sin embargo, cuando nos aconsejó, a Ilsa y a mí, que nos tomáramos unas largas vacaciones que bien nos habíamos merecido, estaba dispuesto a creer en sus buenas intenciones. Verdaderamente tenía que descansar y dormir; y por otra parte quería saber qué era lo que las gentes de Valencia querían hacer con nosotros.

Ilsa era pesimista. Había desarrollado la teoría de que nosotros nos habíamos convertido en meros supervivientes de los días iniciales de la revolución, ya que habíamos fracasado en adaptarnos nosotros mismos a los cambios sufridos por la administración. No estaba dispuesta -menos que yo aún- a entregar su independencia de juicio y sus maneras antiburocráticas, pero había comenzado a creer que para nosotros ya no había sitio y que habíamos ido más allá de nuestra posición. Ella sabía que yo había hecho llegar a conocimiento de los poderes que fueran mi insubordinación, mi impaciencia y mi desesperación, mientras ella había sobrepasado la acogida y el uso que de ella habían hecho como una extranjera, sin partido que la respaldara. Rechacé sus aprensiones, no porque las creyera infundadas, sino porque me tenía sin cuidado que fueran ciertas.

El general Miaja me pidió que nombrara un censor de la radio que se hiciera responsable durante nuestra ausencia; me dio una autorización para usar el coche y el chófer durante nuestras vacaciones como «la única ventaja que vas a sacar por meterte en líos» y nos dio salvoconductos de libre circulación.

El camino a Valencia no era ya más la carretera directa a través del puente de Arganda que habíamos recorrido en enero. Teníamos que ir dando un amplio rodeo a través de Alcalá de Henares, escalar rojos cerros pelados y alcanzar la carretera blanca y abrasadora después de horas sin fin. La mayor parte del tiempo fui dormido sobre un hombro de Ilsa. Una vez, nuestro coche se paró para dejar pasar una larga reata de mulas, burros y caballos, miserables, sarnosos, llenos de esparavanes. El polvo y las moscas se amontonaban en sus rozaduras abiertas y en sus úlceras; las agotadas bestias parecían llevar sobre sus lomos toda la maldad y todas las desgracias del mundo. Le pregunté al gitano que se arrimó a nuestro guardabarros, para apalearlas y no dejar que chocaran con el coche en su ceguera de fatiga:

¿A dónde lleváis esta colección?

¿Esto? Esto es carne para Madrid. Danos un pitillo, camarada.

En los cerros, el espliego estaba en flor -una neblina azul- y, cuando descendimos al valle, el arroyo estaba bordeado por macizos de adelfas rosa y rojo. La hondonada de Valencia nos envolvió en un calor húmedo y pegajoso, en ruido y en olor de multitud. Nos presentamos en la oficina de Rubio. Estuvo extremadamente cortés:

Si nos hubieran dicho que llegaban esta tarde, hubiéramos preparado unas flores para recibirla, Ilsa... No, no vamos a discutir nada sobre el trabajo. Ustedes se marchan y se toman sus vacaciones... ¿Cuáles son sus señas? ¿Altea? Un sitio precioso, y no se preocupen de la oficina de Madrid. Ya nos cuidaremos de todo, ustedes ya han hecho lo suyo.

Después de dormir malamente en el cuarto asfixiante e infestado de mosquitos del hotel, nos escapamos a la calle en la mañana luminosa y caliente. La ciudad estaba alegre y abarrotada de gente. Dejé a Ilsa, mientras iba a ver a mis chicos y a acelerar los últimos trámites de mi divorcio con el juez local, lo cual significaba gastar un puñado de pesetas en engrasar las ruedas de la justicia y, también, que tenía que endurecerme ante el sentido de injusticia que sentía hacia los niños. Yo mismo me asombraba de encontrarme tan indiferente. Aurelia se había ido a la peluquería y me quedé a solas con ellos durante horas. Hubiera querido llevarme a la niña pequeña, pero sabía que no podíamos llegar a un acuerdo su madre y yo.

Cuando regresé a Valencia me encontré a Ilsa en el café donde habíamos quedado citados, hablando muy seria con el mismo agente de policía que la había detenido en enero. Era un hombre fuertote con una cara vivaz de arrugas profundas, que se encaró conmigo antes de que yo pudiera decir nada:

Lo siento que te liaras con Ilsa, me hubiera gustado llegar el primero y probar mi suerte. Pero no importa; es precisamente porque me gusta que quiero contaros algo como un amigo.

Y nos contó con todo lujo de detalles, y de acuerdo con sus informaciones más o menos oficiales, que Rubio y Constancia no tenían intenciones de dejarnos volver a nuestro puesto en Madrid. Constancia había ya nombrado a nuestro sucesor, una secretaria de la Liga de Intelectuales Antifascistas que había recomendado María Teresa León. «Sabéis, estas mujeres españolas detestan que una mujer extranjera adquiera influencia. Y por otra parte, las dos son miembros nuevos del Partido y llenas de entusiasmo.» Había contra nosotros muchas quejas y muchas denuncias. Ilsa, por ejemplo, había dejado pasar un artículo para un periódico socialista de Estocolmo en el cual se criticaba la eliminación del Gobierno de los miembros de los sindicatos socialistas y anarquistas, y esto se presentaba como una prueba de sus simpatías políticas contra el comunismo. Algunos de los comunistas alemanes que estaban trabajando en Madrid (y en seguida yo pensé en George Gordon) mantenían que era una trotskista, pero esta campaña había sido desmentida por los mismos rusos. El viejo enemigo de Ilsa, Leipen, estaba bombardeando a las autoridades con denuncias de ella, en las cuales aconsejaba que no se la dejara salir de España, porque conocía demasiada gente entre el socialismo internacional. Aurelia aprovechaba el ir cada mes a la oficina a cobrar mi paga, que yo había dejado íntegra para ella, para desatarse en incriminaciones y abusos. En total, lo mejor que podíamos hacer era poner en movimiento a todos nuestros amigos y marcharnos de Valencia cuanto antes, porque el estar en Valencia no era sano para nosotros.

Poco podíamos hacer en contra de esta información confidencial. ¿Qué podíamos probar en contra? ¿Cómo podíamos luchar contra esta acumulación de antipatías y odios personales, intrigas políticas, y las leyes inflexibles de la maquinaria del Estado durante una guerra civil? Nuestro amigo, Del Vayo, había dejado de ser ministro de Estado; su sucesor, un político de la izquierda republicana, poseído de su «importante papel», no sabía nada de nosotros; pedirle explicaciones a Rubio era infantil, y yo no estaba muy seguro de no explotar de mala manera. Sólo informamos a unos amigos que estaban en una posición suficientemente alta para obrar en el caso de que desapareciéramos de la noche a la mañana. Lo único que podíamos hacer era tener calma por el momento y volver a Madrid a nuestro puesto, tan pronto como nos hubiéramos recuperado un poco. Nos fuimos a Altea.

La carretera a lo largo de la costa roqueña de Levante -la Costa Brava- nos condujo a través de cerros llenos de terrazas labradas al pie de montañas yermas y azules; a través de pueblos con nombres sonoros -Gandía y Oliva, Denia y Calpe-; a través de gargantas y barrancos tapizados de hierbas aromáticas, en una sucesión de casas de labor blanqueadas con cal y rematadas por el rojo de sus tejas rizadas. En la primera viña paré el coche. El viejo guarda del campo vino a nosotros, miró la matrícula del coche y carraspeó:

¿De Madrid, eh? ¿Cómo van las cosas por allí?

Le dio a Ilsa un racimo enorme de uvas verde-oro, unos tomates y unos pepinos. Pasamos a través de pueblecitos, rebotando sobre sus cantos de río, mirando las mujerucas en su luto eterno sentadas en sillas bajas de paja delante de las cortinas ondulantes que cerraban las puertas de las casas; figuras inmóviles, a su lado una caja de madera llena de barras de jabón verdoso que las gentes de allá fabricaban con los posos del prensado de la aceituna y sosa cáustica. En Madrid no había jabón.

A la caída de la tarde llegamos a la pequeña posada de Altea, puesta al lado de la carretera, con un portal amplio oliendo a limpio, grandes aparadores y armarios lustrosos de cera, sillas de paja trenzada y brisa fresca del mar libre a su espalda. Nuestra alcoba, chiquitita, estaba abierta a él y llena de su olor, mezclado con el olor del jardín y el de la tierra recién regada; pero fuera no se veía más que una neblina oscura, agua y aire juntos, un cielo negro espolvoreado de estrellas puesto encima, y una hilera de luces balanceándose suavemente en la oscuridad azul. Los hombres de Altea estaban pescando. Aquella noche dormí.

Altea es casi tan viejo como el cerro en que se asienta; ha sido fenicio, griego, romano, árabe y español. Sus casas con azoteas blancas, y paredes lisas traspasadas de agujeros que son ventanas, trepan cerro arriba en una espiral que sigue las huellas de las mulas y caballos con sus escalones de piedra ya roída y pulida por los siglos. La iglesia tiene una torre esbelta, que fue minarete de mezquita, y una media naranja de tejas azules. Las mujeres marchan desde sus casas silenciosas y oscuras, cuesta abajo, a la orilla del mar donde los hombres están remendando sus redes, y llevan en equilibrio sobre sus cabezas los cántaros de agua, unos cántaros de vientre pomposo, base estrecha y cuello grácil, viejas ánforas en forma, que los alfareros siguen reproduciendo sólo para Altea con la misma línea creada hace dos milenios. El viejo puerto mediterráneo no tiene hoy comercio, pero las velas latinas de los pescadores de Altea llegan aún a las costas de África en viajes de pesca y de contrabando. Alrededor del cerro crecen los olivos y los granados y en sus laderas de roca sobresalen las terrazas de tierra, subida allí a lomo de burro, en las que crecen vegetales. La carretera de la costa es nueva y a sus dos lados ha nacido un nuevo pueblo, más rico y menos apegado a la tierra que el viejo pueblo del cerro, orgulloso de su comisaría, sus tabernas y sus hoteles y los chalets de gente rica de otras ciudades. El pueblo en el cerro se ha quedado aislado y más solo, más solo que nunca. Después de todos los cambios sufridos a través de las edades, hoy se ha convertido en inmutable.

Sentía el choque de esta paz y esta inmutabilidad en la médula de mis huesos. Me hacía dormir por las noches y pensar reposadamente durante el día. Allí se ignoraba la guerra. Para lo único que la guerra servía allí era para aumentar el valor de las redadas de peces.

¿Política? Unos pocos jóvenes, completamente locos, se habían marchado voluntarios al principio, y si un día hubiera una movilización, sería una injusticia. Política y políticos eran siempre lo mismo, unos cuantos caciques y unos cuantos generales peleándose por ser los amos y cada uno de ellos a chupar lo que pueda. Había en Altea partidarios de la derecha y de la izquierda, y al principio había habido unas cuantas peleas, pero ahora todos estaban en paz. Si los otros, los fascistas, venían, Altea seguiría viviendo exactamente como ahora que estaban los republicanos. Algunas veces, el viento llevaba al pueblo el ruido de los cañones navales o la sorda explosión de las bombas. Así, era mejor no salirse de las aguas del puerto cuando se iba de pesca o dejar el pescar para la noche de mañana. De todas maneras, el precio del pescado subía cada día.

A pocos kilómetros de Altea la guerra golpeaba la costa. En la cima del Peñón de Ifach - el «Pequeño Gibraltar»- había un puesto de observación naval en las mismas ruinas del viejo faro fenicio. Los hombres de las Brigadas Internacionales, mandados al hospital de Benisa para recuperarse de sus heridas y de su agotamiento, venían allí cada día en autobuses, para bañarse en una de las tres pequeñas ensenadas que había al pie de la roca, donde el agua no llegaba al cuello. Cuando no íbamos a la playa africana de Benidorm, con su fondo de montañas azules, sus palmeras y sus escarabajos peloteros que dejaban la huella de sus patitas en la arena, nos íbamos al Peñón de Ifach, a casa de Miguel, a quien yo llamaba el Pirata, porque era como uno de aquellos piratas libres y cínicos, héroes de cuentos.

Vendía vino y guisaba comidas en una choza, abierta a los cuatro vientos, que no consistía más que en grandes mesas de maderas de pino, bancos de lo mismo a lo largo de ellas y esteras de esparto colgadas de una armazón de palos, para proteger las mesas contra el sol. Decía que la idea de aquello la tenía de los bohíos de Cuba. Tenía los ojos azulgris, la mirada lejana y la piel dorada. Ya había dejado de ser joven, pero era fuerte, lleno de movimientos de gato. La primera vez que entramos en la sombra fresca del merendero, nos miró de arriba abajo. Después, como confiriéndonos un honor, sacó una jarra llena de vino, sudosa de frescor, y bebió con nosotros. Miró a Ilsa y de pronto le ofreció un paquete de cigarrillos noruegos. Entonces los cigarrillos eran muy escasos.

Tú eres extranjera -dijo-. Bueno. Ya veo que eres de los nuestros.

Lo afirmó así, simplemente. Después nos llevó a la cocina humosa y nos presentó a su mujer, joven, con ojos oscuros, y nos mostró al hijo en la cuna. Una chiquilla de cinco años, fuertota, nos seguía en silencio. La mujer continuó sentada al lado de la chimenea de campana, sin decir nada, mientras él explicaba:

Mira, esta camarada ha venido de muy lejos para luchar con nosotros. Sabe muchas cosas. Más que yo. Ya te he dicho que las mujeres pueden saber también cosas y que nos hacen falta mujeres. Aquí tienes la prueba.

No le gustaba; miraba a Ilsa con una hostilidad quieta, y con asombro a la vez, como si fuera un monstruo extraño.

Salimos de la cocina, trajo otra jarra de vino y se sentó:

Mira -dijo a Ilsa-, yo sé por qué has venido aquí. No lo puedo explicar. Tal vez tú puedes. Pero hay muchos como nosotros en el mundo. Cuando nos encontramos por primera vez, nos entendemos. Camaradas o hermanos. Creemos las mismas cosas. Yo hubiera sabido en qué crees tú aunque no hubieras hablado una palabra de español. - Bebió su vino con ceremonia-: ¡Salud!

Miguel, ¿qué eres?

Un socialista. Pero ¿importa eso algo?

¿Crees que vamos a ganar esta guerra?

Sí. Pero no ahora, seguramente. ¿Qué es la guerra? Habrá otras guerras, y al final ganaremos. Habrá un tiempo en que todos serán socialistas, pero muchos tendrán que morir antes.

Íbamos a verle cada vez que me sentía ahogado por la paz dormilona de Altea. Nunca me contó mucho de él mismo. Con su padre había sido pescador nocturno a lo largo de aquellas costas, en una lancha con una linterna en la proa. Después se había ido a Nueva York. Había estado veinte años en el mar. Ahora se había casado, porque el hombre debe clavar sus raíces en la tierra alguna vez. Tenía lo que quería y sabía lo que estaba mal en el mundo. Yo era muy nervioso, debía sentarme al sol y pescar con una caña. Me prestó una él mismo. Aquel día cogí un pez, uno solo, de escamas plata y azul, y sin reírse le echó en un cubo lleno de peces vivos aún del mar, resplandecientes con todos los colores del arco iris. Él mismo nos iba a hacer la comida. Coció los peces hasta que el agua «les sacó su jugo». Y con aquel agua nos hizo un arroz, sin nada más que esto, el jugo del mar. Nada más. Nos lo comimos llenos de alegría, bebiendo juntos vino rojo.

¿Aprendiste a guisarlo cuando eras pirata, Miguel?

Ya no hay piratas -replicó.

Llegó el autobús cargado de hombres de las Brigadas Internacionales. Algunos tenían sus brazos o sus piernas en escayola, otros tenían cicatrices aún a medio cerrar que exponían al sol y al aire del mar, sentándose en la arena húmeda, bordeada de flores con blancura y sal y olor dulzón. A mediodía, cuando el aire temblaba bajo el sol, entraban en tropel bajo el entoldado y gritaban pidiendo vino y comida. Miguel los servía silencioso. Si tenía que poner orden, tenía siempre a mano un juramento en su propio idioma. A última hora de la tarde muchos estaban medio borrachos y discutían. Había un francés más ruidoso y provocativo que los demás, y Miguel le dijo que se marchara fuera, él y sus amigos. Los otros se marcharon, pero el francés se revolvió y echó mano al bolsillo de atrás del pantalón. Miguel se agachó, le cogió por la cintura y le tiró a través de una abertura de la cortina de esparto, como si hubiera sido un muñeco. Volvió a entrar una hora más tarde. Miguel le miró de través y le dijo en voz bajita:

Márchate...

El hombre no volvió a aparecer. Pero sentados a una mesa había unos cuantos viajeros de paso que habían sido testigos de la escena. Uno de ellos, una mujer con la cara de un loro, dijo tan pronto como se marchó el autobús:

Ahora decidme a mí, ¿qué pintan estos extranjeros aquí

Se podían haber quedado en su casa y no venir aquí a chupar a cuenta nuestra.

Otra mujer que estaba sentada con ella replicó:

¡Pero mujer! Nos ayudaron a salvar Madrid. Yo lo sé muy bien, porque estaba allí.

Bueno, ¿y qué? -replicó la mujer hostil. Miguel se volvió:

-Esos hombres han luchado. Están con nosotros. Usted no.

El marido de la mujer-loro preguntó precipitadamente:

¿Cuánto le debo?

Nada.

Pero hemos tenido...

Nada. ¡Fuera de aquí!

Se marcharon acoquinados. Comenzaron a llegar unos cuantos viejos de las casitas blancas de la playa de Calpe, como hacían todas las tardes. Se sentaron en taburetes a lo largo de las esteras colgadas, frente al mar, ahora que se había ido el sol. La punta encendida de sus cigarrillos trazaba signos cabalísticos en el aire oscuro.

Esta guerra... y van a venir aquí también -murmuró uno.

Miguel, con la cara encendida por el resplandor de su cerilla y convertida en bronce pulido, preguntó:

¿Y qué harías, abuelo?

¿Qué puede hacer un hombre viejo como yo? Nada. Me haría tan pequeño que no me verían.

Si realmente vienen, ¿qué puede uno hacer? -dijo otro-. Ellos vienen y se van, nosotros tenemos que quedarnos aquí... ¿Sabes? Miguel, hay gentes en Calpe que están esperando que lleguen los fascistas y tú estás en la lista negra.

Ya lo sé.

¿Qué vas a hacer si vienen? -pregunté yo.

Me cogió del brazo y me arrastró a un barracón detrás del entoldado. Había dos grandes barriles de petróleo:

Si vienen -dijo Miguel-, nadie más será libre aquí. Yo meteré a la mujer y a los chicos en mi lancha y quemaré todo esto. Subiré a la roca y encenderé fuego donde dicen que hace siglos ardía, para decirles que huyan a todos mis hermanos de la costa. Pero un día volveré.

Enfrente de la cortina, ahora negra y llena de crujidos, la brasa de los cigarrillos era una cadena de chispas rojas. Fuera, en el mar, las linternas de los pescadores eran otra cadena de chispas blancas, ondulante. Estaba todo quieto. Saltó un pez al pie de la playa y la llenó de plata.

La próxima vez que fui a visitar a Rafael, recibí una carta certificada: Rubio Hidalgo me informaba oficialmente de que su departamento nos había concedido, a Ilsa y a mí, permiso ilimitado «para que nos recobráramos física y mentalmente», después de lo cual se nos confiaría trabajo útil en Valencia. Al mismo tiempo, como yo había cogido sin permiso del departamento de Madrid un coche para mis vacaciones, me serviría devolverlo inmediatamente a Valencia.

Le contesté mandando nuestra dimisión de todo trabajo con el Ministerio de Estado y participándole que volvíamos a Madrid al puesto que el general Miaja nos había confiado y del cual nos había dado el permiso de vacación. En cuanto al coche, era propiedad del Ministerio de la Guerra y nos había sido ofrecido, con su chófer, por el propio general Miaja, a quien se lo devolveríamos, porque el Departamento de Prensa no tenía ningún derecho sobre él. Y en cuanto a su ofrecimiento de permiso ilimitado con sueldo, no podíamos aceptarlo, porque no podíamos aceptar limosna de la República por un trabajo que no hacíamos.


Sentía un dolor hondo en el fondo de las entrañas.


Arturo Barea
La Forja de un rebelde III La Llama - Segunda parte (1951)
Capítulo VII - La voz de Madrid