 |
| Edificio de Telefónica en la Gran Vía de Madrid, junio de 1937 |
Al estallar la guerra civil, las estaciones
españolas de radio, las semioficiales así como las numerosas particulares que
existían, cayeron en las manos de grupos políticos y fueron usadas para su propaganda
exclusiva, es decir, no para una propaganda general de la República, sino para
la política de cada grupo y a veces de cada sección. El resultado fue una
confusión tremenda, afortunadamente poco difundida, porque muy pocas de las
transmisiones se oían en el extranjero y ninguna de ellas, sin excepción, en
toda España. Cuando el Gobierno consiguió al fin imponer su autoridad al menos
en parte, comenzó aceptando este estado de cosas como un mal menor, para
después, poco a poco, ir imponiendo su autoridad y terminar por decretar el
cierre de todas las estaciones de partido y el funcionamiento único de
transmisiones bajo el control oficial. Una mañana, el interventor del Estado en
la Transradio, el mismo burócrata tímido y vergonzante que me había hecho resolverle
sus problemas sobre los radiotelegramas en los primeros días del sitio, se
presentó en el ministerio para confrontarme con un nuevo rompecabezas.
El
Estado español tenía adquirido un derecho contractual para usar, durante
ciertas horas del día, el transmisor de la compañía Transradio, la estación de
onda corta EAQ. Este servicio estaba bajo la administración y autoridad de un
delegado del Gobierno, pero el interventor no sabía a qué ministerio
pertenecía. Hasta ahora, un reducido grupo de locutores había estado radiando
los comunicados oficiales en español, portugués, francés, inglés y alemán y
coleccionando recortes de la prensa diaria para rellenar sus boletines. Pero
desde el decreto de organización de la radio, el delegado del Gobierno había dejado
de pagar sus salarios a los locutores y ahora sólo existían el locutor español
y el portugués que seguían actuando.
El interventor no tenía nada que hacer
con las emisoras de radio; pero le preocupaba este abandono de una de las
mejores armas de que la República disponía, y había discutido el asunto con los
miembros del Comité Obrero que coincidían con su punto de vista. Había que
hacer algo. Si no, la única estación de onda corta que había en Madrid, capaz
de llegar a todos los rincones del mundo, tendría que cesar, al menos en lo que
se refería a la propaganda. Los locutores no podían sostenerse. El portugués
estaba medio muerto de hambre y con enormes agujeros en las suelas de sus zapatos.
Él, el interventor, había intentado discutir el caso con uno de los secretarios
de la junta de Madrid en el Ministerio de la Gobernación y con sus propios
superiores, las autoridades del servicio de correos, pero en el momento en que
se habían enterado que las emisiones de la EAQ estaban destinadas a países
extranjeros, habían dejado de interesarse. En el fondo, decían, la propaganda
extranjera era un lujo inútil. No sabían nada de ello ni les interesaba, y de
todas formas, con cuestiones extranjeras quien se entendía era el Ministerio de
Estado. A ellos, que los dejaran en paz. El Ministerio de Estado estaba en
Valencia, y «yo sé -decía el interventor- lo imposible que es ir a Valencia y
conseguir nada para Madrid». Pero ahora que yo estaba establecido oficialmente
en el Ministerio de Estado, ¿no podía intentar algo?
No conocía yo la situación mucho mejor
que el interventor. Miaja, como gobernador general de Madrid, era el llamado a
intervenir, pero me parecía completamente inútil el acercarse al general con
este intrincado problema, aunque compartía la opinión del interventor de que
había que hacer algo. Lo único que se me ocurrió en el apuro del momento fue
que el locutor portugués viniera a comer a nuestra cantina y si no tenía dónde
ir, que durmiera en un diván en uno de los despachos vacíos del ministerio,
bien cubiertos de fundas polvorientas. Le dije al interventor que me mandara al
portugués y le prometí tratar de encontrar solución al problema.
Estaba contento de tener algo concreto
de que ocuparme. La censura funcionaba ahora con leyes fijas. Tenía la ayuda de
un nuevo censor, una muchacha canadiense rubia platino, que no me merecía ninguna
confianza. En la oficina de Valencia, Rubio Hidalgo iba dejando cada día más
las riendas en manos de un nuevo asistente, la comunista Constancia de la Mora,
que trataba todas nuestras peticiones a favor de los periodistas con un desdén
consistente y aburrido. Había más «turistas» cada día, y cada día llegaban más
«enviados especiales» que hacían visitas relámpagos al frente de Madrid. Al
general Goliev le habían enviado al frente de Vizcaya. El cañoneo seguía día y
noche; y mis pesadillas también.
Vino a verme el portugués Armando,
altivo, sin afeitar, un armazón esquelético cubierto de nervios vibrantes, el
traje arrugado lastimosamente. Su nariz huesuda y ganchuda y los dientes solitarios
en su boca abierta no contaban. Tenía unos ojos vivos e inteligentes bajo una
frente abombada, y sus manos, largas y flacas, subrayaban la palabra con gestos
enérgicos y rotundos. Me habló sin interrupción de los crímenes políticos que
se estaban cometiendo por indiferencia y corrupción mental y se apoderó de mi
imaginación con su descripción de lo que podía hacerse si la estación de radio
se usaba para una propaganda intensiva sobre América. Cuando le enfrenté con su
situación personal, rechazó todas mis proposiciones con un orgullo salvaje; él
no pedía limosna, se le debía el sueldo de tres meses y no tenía por qué
aceptar mi caridad ni la de nadie. Si se moría de hambre, mejor, sería una
prueba clara de sabotaje oficial. Al final Ilsa le cogió por su cuenta, y acabó
sentándose a mi lado en nuestro comedor improvisado, donde los periodistas y
los visitantes ocasionales comían juntamente con los censores, los ciclistas y
los ordenanzas.
Puede ser que la coincidencia de
indignación encendida, incansable y voceada a gritos, de las cosas tal como
eran, con mis propios pensamientos, nos convirtiera en amigos. Aprendí de
Armando no sólo todas las posibilidades, sin explotar aún, de la estación EAQ,
sino también la necesidad de una dirección y de una censura de las emisiones.
Había ya ocurrido -y ahora me daba cuenta de cómo- que periodistas a quienes se
había impedido enviar una noticia, porque estaba prohibido por las autoridades
militares, habían protestado violentamente y habían probado que la misma información
se había radiado al mundo entero.
Entre los visitantes regulares a la
oficina había un periodista español, a quien llamaré Ramón; estaba agregado al
cuartel general de Miaja, que le utilizaba como una especie de secretario
privado y agente de publicidad. Expliqué a Ramón todo este desbarajuste de la radio
y él comprendió inmediatamente que yo entendía debía intervenir el general,
pero que no sabía cómo enfrentarme con él. Dos días más tarde me llamó Miaja:
—Bueno, tú, ¿qué historia es ésa de la
radio que me cuenta éste? Vosotros estáis siempre tratando de que os saque de
vuestros líos y un día os voy a meter a todos en un calabozo.
Ramón me guiñó un ojo. Después de mi
explicación simple y directa, el general limpió sus gafas cuidadosamente y
llamó a su ayudante:
—Tú, hazle a Barea uno de esos
papeluchos. Desde hoy se hace cargo de la censura de la radio. Y sabes, muchacho,
¡te la has cargado por tonto!
Comencé a hablarle de la propaganda extranjera,
de la estación EAQ y de las posibilidades que había en ello. Miaja me cortó en
seco y Ramón sacó dos botellas de cerveza de la alcoba. La cuestión se había
terminado. Sin embargo, unos pocos días más tarde me llamó de nuevo. Miaja me
alargó un «papel» con su firma, nombrándome su delegado en la estación EAQ con
plenos poderes.
Mi tarea más inmediata era encontrar
qué departamento oficial debía pagar a los locutores. Llamé al delegado del
Gobierno -sobre quien me encontraba ahora más elevado-, y le pedí que me rindiera
cuentas de su administración. Nunca volvió a aparecer por mi despacho. El
Comité Obrero me había llevado un paquete de cartas de simpatizantes de
ultramar en las que se incluían pequeñas donaciones y cuyo dinero había desaparecido.
Esto era una cuestión policíaca, y puse en sus manos los documentos y las
noticias que tenía del delegado. Pero la policía no estaba ya en manos de mis
amigos anarquistas: Pedro Orobón había sido matado por un casco de shrapnel, y la jefatura tolerante,
humana y justa de su amigo Manuel había sido reemplazada por un nuevo sistema,
mucho más impersonal y mucho más político, bajo un joven comunista.
Seguía sin saber qué ministerio tenía
que pagar a los locutores y el reemplazo de algunas lámparas especiales que la
estación necesitaba urgentemente. Rubio Hidalgo, a quien planteé la cuestión en
una de nuestras esporádicas conferencias telefónicas, me hizo ver perfectamente
claro que no le parecía bien que me hubiera mezclado en algo fuera de la órbita
de la oficina. Las emisiones de radio eran una cuestión del Ministerio de Propaganda
que tenía un delegado en Madrid, don José Carreño España. Le mandé una comunicación
a don José y no recibí contestación alguna.
En vista de esto, convoqué una especie
de consejo de guerra entre el interventor del Estado, el Comité Obrero y los
dos locutores. Les dije que no había resuelto aún la cuestión financiera. Yo
creía en la importancia de su trabajo. Si ellos no querían seguir radiando, en
vista de las dificultades y del desamparo oficial, nada tenía que decir. Pero
si estaban dispuestos a seguir hasta que yo encontrara una fórmula -y estaba
seguro de encontrarla-, yo haría todo lo que pudiera. Los locutores podían comer
en nuestra cantina -ya que el problema de la comida, sin ello, les sería
insoluble-, y les ayudaría en los programas. Ilsa encontraría amigos en las
Brigadas Internacionales para hablar en idiomas extranjeros.
Aunque absolutamente escépticos,
acordaron seguir trabajando. Estaban demasiado enamorados de su estación para
abandonarla.
Y entonces, por pura casualidad, resolví
el problema del pago de los locutores: Carreño España y yo nos encontramos un
día, inesperadamente, en el despacho del general Miaja, y el general nos
presentó el uno al otro. Cogí la ocasión por los pelos:
—Me alegro mucho de saber que al fin y
al cabo es usted una persona real.
—¿Qué quieres decir con eso? -gruñó
Miaja. Don José preguntó lo mismo en muy repulidas palabras.
—Porque cuando se le escriben a usted comunicaciones
oficiales, no se digna ni contestar.
Salió a relucir toda la historia y los
tres acordamos que todo había sido un error de la oficina. El delegado en
Madrid del Ministerio de Propaganda declaró pomposamente que serían honrados
todos los compromisos contraídos, y yo me encontré satisfecho y con un nuevo
«amigo» en los círculos oficiales.
Durante aquellas semanas el frente de
Madrid carecía de interés militar. Hemingway tenía que encontrar material para
sus artículos recurriendo a investigar las reacciones de sus amigos en el mundo
de los toreros y manteniéndose en contacto con la colonia rusa del hotel
Gaylord. Cuando charlábamos en el patio del ministerio rodeados de las académicas
esculturas, que le proporcionaban material inagotable para sus chistes, podía
apreciar qué cerca estaba de entender las bromas de doble sentido en el idioma
castellano, y qué lejos -a pesar de su innegable deseo de lograrlo- de
conseguir hablar con nosotros de hombre a hombre. Delmer (que estaba profundamente
disgustado con nosotros porque no habíamos conseguido, ni de Valencia ni de
Carreño España, que se le autorizara a usar su cámara fotográfica) y Herbert
Matthews se marcharon de visita al frente de Aragón y volvieron asqueados del
sector que cubrían las unidades del POUM. Muchos de los corresponsales continuaban
en Madrid, porque en su opinión más tarde o más temprano iba a pasar algo. Pero
lo que pasó fue que se hundió el frente del norte. Nos habíamos vuelto egocéntricos
en Madrid: pensábamos que la retaguardia -«la retaguardia podrida»- de Valencia
y Barcelona pertenecía a otro mundo que ni aun nos molestábamos en tratar de entender.
Pero Bilbao estaba luchando, Asturias estaba luchando, y éstos sí nos parecía
que eran como iguales a nosotros. Y Bilbao cayó.
La primera noticia la tuve a través de
los periodistas, cuyos editores en París y Londres les pedían información sobre
las reacciones de Madrid a las noticias que se acababan de radiar por el otro lado.
No sabíamos nada oficialmente. Había rumores, sí, pero teníamos orden estricta
de no publicar nada con excepción de los comunicados oficiales; hasta ahora
ninguno de ellos hablaba de la caída de Bilbao, sino al contrario, de su
victoriosa defensa. Éste era el último comunicado que teníamos aquel mismo día,
aunque esto fuera humillante y estúpido. Me fui a ver a Miaja y le expuse mi opinión
de que aquel comunicado no podía darse y que en la emisión de la noche a
América teníamos que enfrentarnos con el hecho de la caída de Bilbao y no
contar una victoria que nos ponía en ridículo; y si no decíamos nada, el silencio
sería aún peor, y dañaría muchísimo más la categoría moral en que se nos tenía
que la caída de Bilbao en sí misma. Miaja estaba de acuerdo conmigo, pero se
negaba a tomar una decisión. Las órdenes tenían que venir de Valencia, él no
podía asumir la responsabilidad; y además él no sabía cómo dar la noticia
porque él no podía dar un parte oficial. Le propuse que me dejara escribir una
charla sobre el tema y someterla a su aprobación antes de radiarla.
—No sé cómo diablos te las vas a
arreglar para que no nos perjudique -dijo Miaja-, pero escribe lo que quieras.
Siempre tengo tiempo de romperlo y dejar a Valencia que se las arregle como
pueda.
Escribí una charla. Como vehículo de la
noticia, la hice como dirigida a un famoso capitán de barco inglés que había
roto el bloqueo de Bilbao para llevar socorros a la ciudad y que todo el mundo
conocía como Potato Jones. Le contaba que Bilbao había caído, le explicaba lo
que esto significaba para España, nuestra España, y lo que significaría cuando
la reconquistáramos; le contaba que nosotros estábamos luchando y que no nos
quedaba tiempo para llorar por Bilbao. Miaja leyó aquello, dio un puñetazo en
la mesa y me ordenó que radiara la charla. Llamó al editor del único periódico
que se publicaba en Madrid al día siguiente, por ser lunes, y le ordenó que imprimiera
el texto. Y así, de esta forma, fue como Madrid se enteró de la caída de
Bilbao.
Fue la primera vez que hablé por un
micrófono. En el cuartito estrecho que se había convertido en estudio se
apiñaba el personal de la estación y la guardia del edificio, y pude ver que
los había emocionado. Yo mismo tenía un nudo en mi garganta y el sentimiento de
que se había confiado en mis manos una fuerza inmensa. Dije al Comité Obrero
que cada día daría una charla después de las noticias para América Latina a las
dos y cuarto de la noche. El locutor me había anunciado como introducción a la
charla como Una Voz Incógnita de Madrid y esto es lo que quería seguir siendo;
aquél sería mi nombre en la radio.
Tenía
ahora el día lleno con doble trabajo, ya que tenía que consultar todo lo que se
daba en Madrid por la radio. Hacía el trabajo mecánicamente, escuchando siempre
las explosiones de las granadas. Cuando arreciaba y se aproximaba el bombardeo,
bajaba a las bóvedas de la biblioteca y escribía allí. Los nuevos periodistas
que iban y venían constantemente, apenas se convertían para mí en personas
reales. Sin embargo, recuerdo al joven danés Vindin.
Llegó a Madrid lleno de proyectos, haciendo
chistes sobre su propio padre, un periodista también, que había huido de Madrid
durante los bombardeos aéreos de noviembre; él no tenía miedo a las bombas. Se
me presentó una mañana temprano, tembloroso y mentalmente destruido, después de
haber visto a un muchachito ser destrozado por un obús en la Gran Vía. Quería
un refugio seguro, quería volver a Valencia inmediatamente... Le conté mi experiencia,
para darle ánimo con un sentido de camaradería en nuestra desgracia y conseguí
calmarle. Pero el hombre no estaba de suerte. Aquella tarde se lo llevaron algunos
periodistas a recorrer Madrid, con el único resultado de verse metido en el
centro de una disputa a tiros, en un famoso bar de Madrid; y al huir de ello, poner
los pies en la calle en el preciso momento en que uno de los coches fantasmas
de la quinta columna pasaba con un tableteo de ametralladoras. Tuve que
devolverle a toda prisa a Valencia.
Recuerdo también al comunista alemán
George Gordon, martirizado e inutilizado en cuerpo y espíritu por los nazis;
trabajaba en la agencia España y pronto comenzó a exigir gente con una disciplina
política más estricta que nos sustituyeran a Ilsa y a mí; la razón era que nos
negábamos a concederle privilegios de prioridad en las noticias y no
escuchábamos sus consejos de cómo debíamos tratar a los periodistas de «la
prensa burguesa». Yo le encontraba un tipo pegajoso, con una lengua viperina,
una mirada huidiza, movimientos amanerados y carencia de interés o calor
humano. No le concedí mucha importancia, pero en esto me equivoqué. De todas
formas, cada día me apartaba más de él y del círculo de obreros extranjeros
pertenecientes al Partido que se agrupaban a su alrededor, y me inclinaba más y
más a la compañía de gentes que sabía eran genuinas.
Torres, el muchacho impresor que había
fundado conmigo el Comité del Frente Popular en el ministerio, recurrió a
nosotros con sus dificultades. Le habían hecho secretario de la célula
comunista, pero él sabía su ignorancia y su incapacidad y por ello venía a Ilsa
a que le resolviera sus problemas. Ilsa, después de recordarle que ella no pertenecía
al Partido y que además no era persona grata para él, comenzaba a explicarle lo
que en su opinión debería hacer y cuál debía ser la línea del Partido. A Torres
nunca le pareció extraño ser guiado por ella, en tanto que esta ayuda
facilitaba su trabajo, y nunca admitió que estaba obrando en contra de la
disciplina del Partido. Pero a mí me vino con otros problemas:
Estaba casado. Él no tenía el coraje de
romper su matrimonio como yo lo había hecho, aunque era infeliz y estaba
enamorado de otra mujer. Yo le daba envidia. Quería hablar conmigo de estos
grandes problemas de la relación entre hombres y mujeres. Venía a contarme también
sus miedos de los miembros de la quinta columna que él creía existían entre los
empleados del ministerio. Tuve que llevarle la contraria. En el edificio no había
quedado nada que fuera de interés para el enemigo, y las gentes de quien él
sospechaba eran un puñado de viejos empleados llenos de miedo, sirvientes
fieles de la vieja casta, tales como el portero mayor Faustino, que me honraba
con su reverencia mejor y con una mirada llena de bilis pero era incapaz de
tomar parte activa, y menos tan peligrosa, en la contienda. Un día Torres llegó
muy excitado y estalló:
—Eh, para que te fíes y hables tanto de
los viejos chupatintas llenos de miedo... En San Francisco el Grande, los
guardias de asalto han cogido a uno que estaba mandando mensajes por heliógrafo
a los rebeldes en la Casa de Campo, dando tironcitos a la cuerda de una
persiana y diciéndoles los movimientos de nuestras fuerzas. ¡Y si vieras al
tipo! Un murciélago asustado lleno de verrugas. Y, ¿sabes?, lo peor de todo es
que el tesoro de arte de San Francisco está bajo nuestra custodia -yo soy uno
de los del Comité de Control-, y habíamos creído que podíamos confiar, como tú
dices, en estos viejos beatos que toda su vida se la han pasado mirando y cuidando
de ello. No, no podemos confiarnos en nadie que no sea de los nuestros.
Me dio la lata para que fuera con él y
viera los tesoros de artesanía del viejo monasterio que desde hacía medio siglo
era un monumento nacional. Era su responsabilidad ante el pueblo, y esta responsabilidad
y el sentimiento de que era algo suyo pesaba sobre él. Pero su problema
inmediato era saber qué pensaba yo de ello. ¿Era verdad que aquello era arte?
Había comenzado a salir de nuevo a la
calle, amaestrándome en el arte de comportarme como los demás. Por la noche
tenía que hablar al mundo exterior como La Voz de Madrid, y para ello tenía que
ser uno de tantos en Madrid. Con Ilsa, me quedaba grandes ratos en la taberna
de Serafín escuchando sus historias del barrio. Me llevó a la cueva del prestamista,
donde él y sus amigos y familia dormían en los anaqueles enormes y vacíos donde
en tiempos se acumulaban los colchones empeñados, para dormir sin miedo a las
granadas. Había hecho un agujero a la cueva de la tienda vecina que estaba vacía
y aquello era el dormitorio de las mujeres, que dormían en catres de tijera. Serafín
tenía un chichón en la frente que nunca disminuía de tamaño ni de color y que
era la fuente de bromas inagotables: cada vez que en sueños brincaba por una
explosión en la calle, se golpeaba con la cabeza contra el anaquel, y cada vez
que saltaba de su cama para ir a la calle a ayudar en las ruinas dejadas por
una bomba, se daba un segundo trastazo. Su miedo y su valentía, juntos, le
mantenían el chichón floreciente.
Conté esta historia en la radio, igual
que conté la historia de los barrenderos que al salir el sol lavaban las
manchas de sangre; la de los conductores de tranvías que hacían sonar sus campanas
nerviosamente pero seguían entre las bombas; la de la muchacha del cuadro de la
Telefónica llorando de miedo hasta que sus narices y sus ojos eran morcillas,
pero manteniéndose en su sitio mientras los cristales de las ventanas saltaban
a su alrededor en pedazos por las explosiones; la de las viejas mujerucas,
sentadas, cosiendo a la puerta de sus casas en un pueblo del frente donde me había
llevado Pietro Nenni en su coche; la de los chiquillos peleándose por recoger las
espoletas aún ardiendo en la calleja detrás del ministerio y jugándoselas
después con una baraja diminuta. Creía y creo que todas aquellas historias que
yo conté al final de cada día, eran historias de un pueblo viviendo en aquella
mezcla de miedo y valor que llenaba las calles y las trincheras de Madrid.
Compartía todos sus miedos, y su valor me servía de alivio. Tenía que vocearlo.
Para que pudiera ir cada noche a la estación
de radio, Miaja había puesto a la disposición mía y de Ilsa un coche -uno de
los pequeños Balillas incautados en Guadalajara- y un chófer. Después de la
una, cuando la censura estaba ya cerrada, nos recogía y nos llevaba a través de
calles estrechas donde los centinelas nos pedían santo y seña. La estación
estaba en la calle de Alcalá, en el edificio del Fénix, en el que los pisos más
altos tenían estudios modernos y bien equipados. Pero los bombardeos habían
hecho estas habitaciones inhabitables, y las oficinas y el estudio se habían
instalado en los sótanos como Dios había dado a entender:
Se bajaba una escalera estrecha de
cemento y se encontraba uno en un pasillo sucio y estrecho, húmedo y empapado
de olor de un retrete sin puerta que allí había, con sus cañerías goteando y su
cisterna siempre estropeada, los baldosines blancos rotos, y los sanos, llenos
de dibujos obscenos. A lo largo del corredor se abrían celdas que en tiempos
eran cuartos trasteros de los pisos o depósitos de carbón; cada uno de ellos
tenía una reja que se abría al nivel de la acera en la calle de Alcalá. Uno de
estos cuartos trasteros se había limpiado y convertido en oficina y el
siguiente en estudio, por el simple medio de colgar en las paredes mantas del
ejército para aislarlo de los ruidos. Contenía una mesa doble para discos de
gramófono, un cuadro de interruptores y un micrófono colgado de cuerdas.
El cuarto convertido en oficina tenía
media docena de sillas y dos grandes pupitres de escritorio, viejos y llenos de
manchones de tinta e inscripciones a punta de raspador. En medio de la
habitación, una estufa redonda de hierro ardía constantemente, aun en pleno
verano, porque los sótanos chorreaban humedad. En el resto de los sótanos
dormían el portero y su familia, los electricistas, unos cuantos empleados de la
compañía Transradio, los milicianos, dos guardias de asalto que constituían la
guardia del edificio y una caterva de chiquillos que nadie sabía de dónde habían
salido. Los sótanos estaban llenos de vapor de agua, coloreado y espeso con el
humo de los cigarrillos. El pasillo, los cuartuchos vacíos y los llenos, todo
estaba atiborrado de jergones rellenos de paja de esparto. A veces todo se
llenaba de huéspedes desconocidos. Y todos hablaban, chillaban, ahogando los
lloros de los chicos y los gritos de sus juegos. Las paredes de cemento estaban
en una vibración constante. A veces era necesario cortar la transmisión un
momento y mandar a alguien dando gritos a través del corredor, para que, a
fuerza de gritar, impusiera silencio.
En el fondo del pasillo se abría un
agujero semejante a la boca de un pozo, con una escalera de caracol que llevaba
a una caverna más honda, de diez pies cuadrados, construida en cemento macizo;
allí era donde mi amigo, el interventor, tenía su oficina. Bajo la pantalla de
cristal verde que cubría su lámpara, aparecía como un fantasma cadavérico, con
su armazón esquelética y sus ropas grandes y colgantes; y el silencio repentino
y que existía detrás de las gruesas paredes y de la tierra honda en la que
estaban embebidas, le hacían a uno sentirse como si hubiera penetrado en una
tumba. Allí me sentaba con el secretario del Comité Obrero, un hombre flaco de
La Mancha con los huesos de los pómulos puntiagudos y ojillos diminutos, y planeábamos
nuestros programas. Primero leíamos las cartas dirigidas a La Voz de Madrid.
Llegó una de un viejo minero español, emigrante en los Estados Unidos. Decía -y
creo que recuerdo exactamente las palabras de esta carta tan simple y tan
cruda-: «Cuando tenía trece años bajé a la mina a picar carbón en Peñarroya.
Ahora soy sesenta y tres años viejo, y aquí estoy, picando carbón en Pensilvania.
Lo siento que no puedo escribir como los señores, pero en mi pueblo, al marqués
y al cura no les gustaba mucho que fuéramos a la escuela. Decía: ¡A trabajar, vagos!
Dios os bendiga a vosotros que estáis luchando por una vida mejor y Él maldiga
a todos los que no quieren dejar vivir al pueblo».
Mientras leía mi charla nocturna, la
población entera del sótano se amontonaba en el estudio de las mantas. Los
hombres parecían sentir que ellos tenían una parte en lo que yo decía, porque
hablaba su mismo lenguaje, y cuando acababa se volvían críticos rigurosos de mi
charla. El ingeniero que estaba en la estación emisora, controlando el volumen,
se sentía obligado a llamar al teléfono y decirme en crudas palabras si le
había revuelto las tripas de emoción o de rabia, porque no me había atrevido a
decir la verdad. Los más simples entre todos tenían una predilección por
denuncias bíblicas de los poderes satánicos del enemigo; muchos sufrían la
fascinación de los trozos más crudos de realismo que me atrevía a lanzar por el
micrófono, y que ellos nunca creían se podían decir en alta voz. Los
escribientes encontraban mi estilo crudo y desprovisto de florilegios del lenguaje,
asombrándoles que pudiera hilvanar cada oración, fácilmente, sin titubeos
intelectuales. Y la verdad es que yo no tenía método ni teoría: trataba simplemente
de expresar lo que sentía y lo que otros sentían, en el lenguaje que a mí me parecía
más claro, y, a través de ello, obligar a las gentes de nuestros países
hermanos a ver bajo la superficie de nuestra lucha.
El hombre cuyas reacciones eran la
mejor guía para mí era el sargento al mando de la guardia del ministerio. Se
había entregado a mí completamente, con la lealtad ciega de un viejo mayordomo,
siguiendo las órdenes de su antecesor, el sargento que se había solidarizado conmigo
el 7 de noviembre. Convencido de que yo era un hombre condenado por la quinta columna,
se negaba a perderme de vista en cuanto oscurecía y me acompañaba cada noche a
la estación de radio, con su pistola montada, lleno de orgullo silencioso e
infantil. En el estudio se sentaba en el rincón más próximo al micrófono,
mirando amenazador a los demás y muy sensible a las miradas de ellos. Tenía una
cara plana y llena de arrugas, como esculpida en una losa carcomida de vientos,
y sus ojos eran color de agua. Después de unas semanas de escucharme, un día
entró en mi cuarto, se atragantó, se le llenaron los ojos de agua y me alargó
un puñado de papeles: allí había escrito él todas las cosas malas que había
hecho en su larga vida de guardia civil. Quería que yo lo leyera y que lo
convirtiera en una charla y que se lo contara al mundo, como una penitencia
para que él pudiera quedarse en paz. Su carácter de letra era idéntico al del
viejo minero que me había escrito desde Pensilvania.
El nuevo Gobierno de la República, bajo
la presidencia del doctor Negrín, llevaba ya algún tiempo en el poder. El
propio Negrín había hecho un discurso por radio, sobrio y serio, como todos los
que había de pronunciar después. Se corrían rumores de que Indalecio Prieto había
hecho una limpieza a fondo y había reorganizado el Estado Mayor. Se había
estrechado la disciplina en el ejército, se había reducido el carácter político
de sus unidades y se había restringido el papel de los comisarios políticos. Había
movimientos de tropas en los sectores al oeste de Madrid, por las carreteras de
la costa llegaba un chorro constante de material de guerra, se veían muchos más
aviones volando sobre la ciudad y los corresponsales de guerra comenzaban a llegar
de Valencia. Me llamaron del cuartel general y me dieron órdenes estrictas:
Prieto estaba en Madrid, pero había que
mantenerlo en secreto. Tan pronto como comenzaran las operaciones, la censura
no dejaría pasar más informaciones sobre la guerra que el comunicado oficial. Todos
los telegramas o radios privados o diplomáticos se retendrían varios días sin cursar.
A los corresponsales no se les permitiría ir al frente.
Las operaciones comenzaron en el calor
tórrido de julio. Entraron en acción las brigadas de Líster, el Campesino e
Internacionales. Se había entablado la batalla por Brunete. El ataque republicano,
soportado, por primera vez, por fuerzas aéreas, avanzó en el oeste de Madrid en
un intento de cortar las líneas enemigas, flanquearlas y forzar la evacuación de
sus posiciones en la Ciudad Universitaria. Todo parecía iniciarse bien, pero de
pronto la ofensiva se paralizó. A pesar del notable mejoramiento técnico,
nuestras fuerzas eran demasiado débiles para poder seguir aumentando su presión
sobre el enemigo antes de que éste recibiera refuerzos. Después de un avance
victorioso, vino una derrota: Brunete y Quijorna, tomados con grandes sacrificios,
se perdieron de nuevo, y en el proceso quedaron completamente arrasados.
Torres y yo gateamos la escalera
retorcida y llena de telarañas que llevaba a la cima de la torre oeste del
ministerio. Desde los tragaluces nos asomamos al panorama de tejados y al campo
de batalla. Allá, a lo lejos en la llanura, muy lejos para ver con nuestros
ojos detalle alguno, todo era una masa de humo y polvo, desgarrada por relámpagos;
y de esa base oscura se elevaba al cielo una enorme columna de humo. La nube de
guerra se bamboleaba y estremecía, y mis pulmones vibraban a compás de la
vibración ininterrumpida del cielo y de la tierra. Un polvillo fino se
desprendía de las viejas vigas de la torre y se quedaba bailoteando en el rayo
de sol que entraba por el tragaluz. A nuestros pies, en la plaza de Santa Cruz,
las gentes pasaban marchando a sus asuntos, y en el tejado de enfrente un gato blanco
y negro surgió de detrás de una chimenea, se quedó mirándonos, se sentó y comenzó
a lamerse sus patas y lavarse sus orejas.
Estaba tratando de contener el ansia de
vómito que me subía del estómago a la boca. Allí, bajo aquella nube
apocalíptica, estaba Brunete. En mi imaginación reveía el pueblo pardo, con sus
casas de adobe enjalbegadas, su laguna sucia y fangosa, sus campos desolados de
terrones secos, blanqueados de sol, duros como piedras, el sol implacable
cayendo sobre las eras, el polvillo de la paja triturada agarrándose a mi
garganta con sus finas agujas. Me reveía como un muchacho andando a lo largo de
su calle única, la calle de Madrid, entre el tío José y sus hermanos, él en su
traje de alpaca y ellos en sus pantalones de pana crujientes, todos ellos
llevando consigo su olor de tierra seca y de sudor secado por el sol y el
polvo. A pesar de sus muchos años en la ciudad, el tío José tenía la piel y el
olor de un campesino de Castilla la seca.
Allí, detrás de aquella nube negra,
llena de relámpagos, Brunete estaba siendo asesinado por los tanques llenos de
ruidos de hierros, por las bombas llenas de gritos delirantes. Sus casitas de
adobe se convertían en polvo, el cieno de su laguna salpicaba todo, sus tierras
secas sufrían el arado de las bombas y la simiente de la sangre. Todo esto me
parecía un símbolo de nuestra guerra: el pueblo perdido haciendo historia con
su destrucción, bajo el choque de los que mantienen todos los Brunetes de mi
patria áridos, secos, polvorientos y miserables como siempre han sido, y de los
otros que sueñan con transformar los pueblos grises de Castilla, de España
toda, en hogares de hombres libres, limpios y alegres. Para mí era también un
punto personal: la tierra de Brunete contiene algunas de las raíces de mi sangre
y de mi rebelión. Su herencia seca y dura ha batallado siempre dentro de mí contra
el calor alegre que he recibido como herencia en la otra rama de mi sangre, del
otro pueblo de mi niñez, Méntrida, con sus viñas, sus cerros verdes, sus arroyos
lentos y cristalinos en la sombra de las alamedas; Méntrida, una mota más allá
de la llanura, lejos de la nube siniestra, pero prisionera ya de los hombres
que estaban convirtiendo los campos de España en ruinas yermas.
En las noches, un día tras otro,
gritaba en el micrófono lo que sentía en aquella torre que daba al frente.
Los periodistas, tan cercanos al foco
de la guerra e imposibilitados sin embargo de informar sobre la batalla,
estaban furiosos y persistentes. Mandaban los comunicados del ejército y la
aviación, pero se enfadaban conmigo y yo me enfadaba con ellos, porque cumplía
las órdenes que me daban y no les dejaba decir más. Al principio de la ofensiva,
las preocupaciones eran claramente necesarias. Los radiotelegramas que el interventor
puso sobre mi mesa, y los cuales se retrasaron cuatro días, contenían muchos
mensajes que eran altamente sospechosos. El agente alemán Félix Schleyer,
administrador aún de la embajada noruega, había enviado una oleada de
telegramas privados: una cantidad increíble de gentes con dirección diplomática
impecable sufrían desgracias de familia. Pero una vez que las operaciones estaban
en pleno desarrollo, yo veía que era en nuestro propio interés el dejar a los
periodistas en libertad de mandar sus propias informaciones y visitar el
frente. Fui a ver a Indalecio Prieto al Ministerio de la Guerra y después de
una acalorada discusión obtuve una mayor amplitud de las reglas. Sin embargo,
mis relaciones con los periodistas habían sufrido por nuestra irritación mutua
y seguían sufriendo. Notaban que los permisos, que antes se despachaban
rápidamente, ahora se concedían con una lentitud exasperante, sin que ellos
tuvieran idea, ni yo pudiera contarles, de la batalla constante entre nuestra
oficina y la vieja burocracia que renacía. Para ellos, la causa de sus dificultades
radicaba en mí y yo no trataba ni de explicarles la situación ni de calmarlos, aunque
sabía que se habían quejado directamente a Prieto y a la oficina de Valencia, y
que las gentes de Valencia estaban muy contentas de ello, George Gordon regresó
de su viaje a Valencia hinchado de importancia política, y me obligó a pararle
los pies de una manera más que ruda. Rubio Hidalgo apareció por medio día;
insistió en que el contrato temporal con la muchacha canadiense no debía prolongarse,
porque había dejado cursar un despacho donde se le llamaba a Prieto, el
ministro, roly-poly, «gordin-flón»,
lo cual en su opinión era contrario a la dignidad nacional; expuso un plan para
establecer a un periodista español -conocido sobre todo por su feudo con el
corresponsal del Times- como director de la propaganda en Madrid por prensa y
radio. Me encontró más refractario que nunca a estas combinaciones y acabó nuestra
conferencia peor aún, cuando se permitió hacer observaciones sobre la mala impresión
que causaban mi divorcio y mis relaciones con Ilsa.
Era evidente que más de una campaña, de
tipo político y personal, se había puesto en marcha. Estaba demasiado agotado
para preocuparme de ello, o, tal vez, secretamente me alegraba.
Cuando se terminó la ofensiva, mi divorcio
llegó a su fase final y, terminado el Congreso Internacional de Escritores
Antifascistas, con sus intelectuales exhibiéndose presuntuosos en el escenario
de Madrid en lucha y dedicándose a discutir allí el comportamiento político de
André Gide, me sumergí en una especie de estupor.
María venía aún una vez por semana con
súplicas y con amenazas, hasta lograr llevarme a un estado de rabia y disgusto
en que rompía brutalmente con ella. No volvió, pero durante un tiempo escribió
cartas anónimas a Ilsa y a mí. La madre de Aurelia, que reconocía la parte que
había tenido su hija en la destrucción de nuestro matrimonio, tomó la costumbre
de visitarnos a los dos regularmente. Cuando vino la primera vez, los empleados
del ministerio observaban tras las puertas entreabiertas para no perder el
escándalo que sin duda iba a armar, y cuando se encontraron con que la buena
mujer formaba una amistad con su ex hijo político y su futura esposa, tuvieron
un choque más intenso, porque aquello era aún más revolucionario y emocionante.
El censor de la cara caballuna no cesaba de repetirme: «Esto sigue siendo más
que nunca como una novela extranjera. Nunca hubiera pensado que gentes españolas
podían obrar así». Los escuchaba a todos y, con excepción de preparar mis
charlas de radio, ni les contestaba ni hacía nada.
Por aquel tiempo, gentes que no tenían
conmigo más que un contacto superficial comenzaron a darme consejos sobre mi
error en tratar de casarme con una extranjera en lugar de seguirla teniendo
como mi querida. En tanto que habían creído que un español había «conquistado»
a una mujer extranjera, sus sentimientos masculinos se habían sentido
halagados, pero ahora se alarmaban porque se escapaba de su código y creían que
iba a cometer una inmoralidad. Coincidían con las insinuaciones de Rubio y me
llenaban de repugnancia, una excusa adicional para desdeñar los rumores que
llegaban a mí sobre mi debilidad creciente, mis ataques de furia y mi salud
insegura. Aquellos rumores casi me halagaban, y los favorecía. Sólo cuando veía
el disgusto de Ilsa y su preocupación, y cuando Torres, o el viejo sargento, o
Agustín, o Ángel, o los viejos amigos de la taberna de Serafín me mostraban su
fe en mí, conseguía el impulso necesario para obrar en contra espasmódicamente.
Mientras
estaba aún en las angustias de esta crisis, Constancia de la Mora vino en su
primera visita a Madrid. Yo sabía que, virtualmente, se había apoderado del
control del Departamento de Censura de Valencia y que Rubio no era de su agrado;
que era una organizadora eficiente, muy la aristócrata que se había unido a la
izquierda por su propia voluntad y que había mejorado muchísimo las relaciones
entre la oficina de Valencia y la prensa. Sabía que estaba respaldada por el Partido
Comunista y que tenía que haber encontrado irritante que nosotros, en Madrid,
obráramos invariablemente como si fuéramos independientes de la autoridad de
ellos, o de ella. Buena moza, llena de carnes, con grandes ojos negros; con los
modales imperiosos de una matriarca, con la simplicidad de pensamientos de una
pensionista de convento y la arrogancia de una nieta de Antonio Maura, inevitablemente
tenía que chocar conmigo, como yo con ella. Sin embargo, cuando nos aconsejó, a
Ilsa y a mí, que nos tomáramos unas largas vacaciones que bien nos habíamos
merecido, estaba dispuesto a creer en sus buenas intenciones. Verdaderamente
tenía que descansar y dormir; y por otra parte quería saber qué era lo que las
gentes de Valencia querían hacer con nosotros.
Ilsa era pesimista. Había desarrollado
la teoría de que nosotros nos habíamos convertido en meros supervivientes de los
días iniciales de la revolución, ya que habíamos fracasado en adaptarnos
nosotros mismos a los cambios sufridos por la administración. No estaba
dispuesta -menos que yo aún- a entregar su independencia de juicio y sus
maneras antiburocráticas, pero había comenzado a creer que para nosotros ya no
había sitio y que habíamos ido más allá de nuestra posición. Ella sabía que yo
había hecho llegar a conocimiento de los poderes que fueran mi insubordinación,
mi impaciencia y mi desesperación, mientras ella había sobrepasado la acogida y
el uso que de ella habían hecho como una extranjera, sin partido que la respaldara.
Rechacé sus aprensiones, no porque las creyera infundadas, sino porque me tenía
sin cuidado que fueran ciertas.
El general Miaja me pidió que nombrara un
censor de la radio que se hiciera responsable durante nuestra ausencia; me dio
una autorización para usar el coche y el chófer durante nuestras vacaciones
como «la única ventaja que vas a sacar por meterte en líos» y nos dio
salvoconductos de libre circulación.
El camino a Valencia no era ya más la
carretera directa a través del puente de Arganda que habíamos recorrido en
enero. Teníamos que ir dando un amplio rodeo a través de Alcalá de Henares,
escalar rojos cerros pelados y alcanzar la carretera blanca y abrasadora
después de horas sin fin. La mayor parte del tiempo fui dormido sobre un hombro
de Ilsa. Una vez, nuestro coche se paró para dejar pasar una larga reata de mulas,
burros y caballos, miserables, sarnosos, llenos de esparavanes. El polvo y las
moscas se amontonaban en sus rozaduras abiertas y en sus úlceras; las agotadas
bestias parecían llevar sobre sus lomos toda la maldad y todas las desgracias
del mundo. Le pregunté al gitano que se arrimó a nuestro guardabarros, para
apalearlas y no dejar que chocaran con el coche en su ceguera de fatiga:
—¿A dónde lleváis esta colección?
—¿Esto? Esto es carne para Madrid.
Danos un pitillo, camarada.
En los cerros, el espliego estaba en
flor -una neblina azul- y, cuando descendimos al valle, el arroyo estaba
bordeado por macizos de adelfas rosa y rojo. La hondonada de Valencia nos envolvió
en un calor húmedo y pegajoso, en ruido y en olor de multitud. Nos presentamos
en la oficina de Rubio. Estuvo extremadamente cortés:
—Si nos hubieran dicho que llegaban
esta tarde, hubiéramos preparado unas flores para recibirla, Ilsa... No, no
vamos a discutir nada sobre el trabajo. Ustedes se marchan y se toman sus vacaciones...
¿Cuáles son sus señas? ¿Altea? Un sitio precioso, y no se preocupen de la
oficina de Madrid. Ya nos cuidaremos de todo, ustedes ya han hecho lo suyo.
Después de dormir malamente en el
cuarto asfixiante e infestado de mosquitos del hotel, nos escapamos a la calle
en la mañana luminosa y caliente. La ciudad estaba alegre y abarrotada de
gente. Dejé a Ilsa, mientras iba a ver a mis chicos y a acelerar los últimos
trámites de mi divorcio con el juez local, lo cual significaba gastar un puñado
de pesetas en engrasar las ruedas de la justicia y, también, que tenía que endurecerme
ante el sentido de injusticia que sentía hacia los niños. Yo mismo me asombraba
de encontrarme tan indiferente. Aurelia se había ido a la peluquería y me quedé
a solas con ellos durante horas. Hubiera querido llevarme a la niña pequeña,
pero sabía que no podíamos llegar a un acuerdo su madre y yo.
Cuando regresé a Valencia me encontré a
Ilsa en el café donde habíamos quedado citados, hablando muy seria con el mismo
agente de policía que la había detenido en enero. Era un hombre fuertote con
una cara vivaz de arrugas profundas, que se encaró conmigo antes de que yo
pudiera decir nada:
—Lo siento que te liaras con Ilsa, me
hubiera gustado llegar el primero y probar mi suerte. Pero no importa; es
precisamente porque me gusta que quiero contaros algo como un amigo.
Y nos contó con todo lujo de detalles,
y de acuerdo con sus informaciones más o menos oficiales, que Rubio y
Constancia no tenían intenciones de dejarnos volver a nuestro puesto en Madrid.
Constancia había ya nombrado a nuestro sucesor, una secretaria de la Liga de
Intelectuales Antifascistas que había recomendado María Teresa León. «Sabéis,
estas mujeres españolas detestan que una mujer extranjera adquiera influencia.
Y por otra parte, las dos son miembros nuevos del Partido y llenas de
entusiasmo.» Había contra nosotros muchas quejas y muchas denuncias. Ilsa, por
ejemplo, había dejado pasar un artículo para un periódico socialista de
Estocolmo en el cual se criticaba la eliminación del Gobierno de los miembros
de los sindicatos socialistas y anarquistas, y esto se presentaba como una
prueba de sus simpatías políticas contra el comunismo. Algunos de los
comunistas alemanes que estaban trabajando en Madrid (y en seguida yo pensé en
George Gordon) mantenían que era una trotskista, pero esta campaña había sido
desmentida por los mismos rusos. El viejo enemigo de Ilsa, Leipen, estaba
bombardeando a las autoridades con denuncias de ella, en las cuales aconsejaba
que no se la dejara salir de España, porque conocía demasiada gente entre el
socialismo internacional. Aurelia aprovechaba el ir cada mes a la oficina a
cobrar mi paga, que yo había dejado íntegra para ella, para desatarse en
incriminaciones y abusos. En total, lo mejor que podíamos hacer era poner en
movimiento a todos nuestros amigos y marcharnos de Valencia cuanto antes,
porque el estar en Valencia no era sano para nosotros.
Poco podíamos hacer en contra de esta
información confidencial. ¿Qué podíamos probar en contra? ¿Cómo podíamos luchar
contra esta acumulación de antipatías y odios personales, intrigas políticas, y
las leyes inflexibles de la maquinaria del Estado durante una guerra civil?
Nuestro amigo, Del Vayo, había dejado de ser ministro de Estado; su sucesor, un
político de la izquierda republicana, poseído de su «importante papel», no
sabía nada de nosotros; pedirle explicaciones a Rubio era infantil, y yo no
estaba muy seguro de no explotar de mala manera. Sólo informamos a unos amigos
que estaban en una posición suficientemente alta para obrar en el caso de que
desapareciéramos de la noche a la mañana. Lo único que podíamos hacer era tener
calma por el momento y volver a Madrid a nuestro puesto, tan pronto como nos
hubiéramos recuperado un poco. Nos fuimos a Altea.
La carretera a lo largo de la costa
roqueña de Levante -la Costa Brava- nos condujo a través de cerros llenos de
terrazas labradas al pie de montañas yermas y azules; a través de pueblos con
nombres sonoros -Gandía y Oliva, Denia y Calpe-; a través de gargantas y barrancos
tapizados de hierbas aromáticas, en una sucesión de casas de labor blanqueadas
con cal y rematadas por el rojo de sus tejas rizadas. En la primera viña paré
el coche. El viejo guarda del campo vino a nosotros, miró la matrícula del
coche y carraspeó:
—¿De Madrid, eh? ¿Cómo van las cosas
por allí?
Le dio a Ilsa un racimo enorme de uvas
verde-oro, unos tomates y unos pepinos. Pasamos a través de pueblecitos,
rebotando sobre sus cantos de río, mirando las mujerucas en su luto eterno
sentadas en sillas bajas de paja delante de las cortinas ondulantes que
cerraban las puertas de las casas; figuras inmóviles, a su lado una caja de
madera llena de barras de jabón verdoso que las gentes de allá fabricaban con
los posos del prensado de la aceituna y sosa cáustica. En Madrid no había
jabón.
A la caída de la tarde llegamos a la
pequeña posada de Altea, puesta al lado de la carretera, con un portal amplio oliendo
a limpio, grandes aparadores y armarios lustrosos de cera, sillas de paja
trenzada y brisa fresca del mar libre a su espalda. Nuestra alcoba, chiquitita,
estaba abierta a él y llena de su olor, mezclado con el olor del jardín y el de
la tierra recién regada; pero fuera no se veía más que una neblina oscura, agua
y aire juntos, un cielo negro espolvoreado de estrellas puesto encima, y una
hilera de luces balanceándose suavemente en la oscuridad azul. Los hombres de
Altea estaban pescando. Aquella noche dormí.
Altea es casi tan viejo como el cerro
en que se asienta; ha sido fenicio, griego, romano, árabe y español. Sus casas
con azoteas blancas, y paredes lisas traspasadas de agujeros que son ventanas,
trepan cerro arriba en una espiral que sigue las huellas de las mulas y
caballos con sus escalones de piedra ya roída y pulida por los siglos. La iglesia
tiene una torre esbelta, que fue minarete de mezquita, y una media naranja de
tejas azules. Las mujeres marchan desde sus casas silenciosas y oscuras, cuesta
abajo, a la orilla del mar donde los hombres están remendando sus redes, y
llevan en equilibrio sobre sus cabezas los cántaros de agua, unos cántaros de
vientre pomposo, base estrecha y cuello grácil, viejas ánforas en forma, que
los alfareros siguen reproduciendo sólo para Altea con la misma línea creada
hace dos milenios. El viejo puerto mediterráneo no tiene hoy comercio, pero las
velas latinas de los pescadores de Altea llegan aún a las costas de África en
viajes de pesca y de contrabando. Alrededor del cerro crecen los olivos y los
granados y en sus laderas de roca sobresalen las terrazas de tierra, subida
allí a lomo de burro, en las que crecen vegetales. La carretera de la costa es
nueva y a sus dos lados ha nacido un nuevo pueblo, más rico y menos apegado a
la tierra que el viejo pueblo del cerro, orgulloso de su comisaría, sus tabernas
y sus hoteles y los chalets de gente rica de otras ciudades. El pueblo en el cerro
se ha quedado aislado y más solo, más solo que nunca. Después de todos los
cambios sufridos a través de las edades, hoy se ha convertido en inmutable.
Sentía el choque de esta paz y esta
inmutabilidad en la médula de mis huesos. Me hacía dormir por las noches y
pensar reposadamente durante el día. Allí se ignoraba la guerra. Para lo único
que la guerra servía allí era para aumentar el valor de las redadas de peces.
¿Política? Unos pocos jóvenes,
completamente locos, se habían marchado voluntarios al principio, y si un día
hubiera una movilización, sería una injusticia. Política y políticos eran
siempre lo mismo, unos cuantos caciques y unos cuantos generales peleándose por
ser los amos y cada uno de ellos a chupar lo que pueda. Había en Altea
partidarios de la derecha y de la izquierda, y al principio había habido unas
cuantas peleas, pero ahora todos estaban en paz. Si los otros, los fascistas, venían,
Altea seguiría viviendo exactamente como ahora que estaban los republicanos. Algunas
veces, el viento llevaba al pueblo el ruido de los cañones navales o la sorda
explosión de las bombas. Así, era mejor no salirse de las aguas del puerto
cuando se iba de pesca o dejar el pescar para la noche de mañana. De todas maneras,
el precio del pescado subía cada día.
A pocos kilómetros de Altea la guerra
golpeaba la costa. En la cima del Peñón de Ifach - el «Pequeño Gibraltar»-
había un puesto de observación naval en las mismas ruinas del viejo faro
fenicio. Los hombres de las Brigadas Internacionales, mandados al hospital de
Benisa para recuperarse de sus heridas y de su agotamiento, venían allí cada
día en autobuses, para bañarse en una de las tres pequeñas ensenadas que había
al pie de la roca, donde el agua no llegaba al cuello. Cuando no íbamos a la
playa africana de Benidorm, con su fondo de montañas azules, sus palmeras y sus
escarabajos peloteros que dejaban la huella de sus patitas en la arena, nos
íbamos al Peñón de Ifach, a casa de Miguel, a quien yo llamaba el Pirata,
porque era como uno de aquellos piratas libres y cínicos, héroes de cuentos.
Vendía vino y guisaba comidas en una
choza, abierta a los cuatro vientos, que no consistía más que en grandes mesas
de maderas de pino, bancos de lo mismo a lo largo de ellas y esteras de esparto
colgadas de una armazón de palos, para proteger las mesas contra el sol. Decía
que la idea de aquello la tenía de los bohíos de Cuba. Tenía los ojos azulgris,
la mirada lejana y la piel dorada. Ya había dejado de ser joven, pero era
fuerte, lleno de movimientos de gato. La primera vez que entramos en la sombra
fresca del merendero, nos miró de arriba abajo. Después, como confiriéndonos un
honor, sacó una jarra llena de vino, sudosa de frescor, y bebió con nosotros.
Miró a Ilsa y de pronto le ofreció un paquete de cigarrillos noruegos. Entonces
los cigarrillos eran muy escasos.
—Tú eres extranjera -dijo-. Bueno. Ya
veo que eres de los nuestros.
Lo afirmó así, simplemente. Después nos
llevó a la cocina humosa y nos presentó a su mujer, joven, con ojos oscuros, y
nos mostró al hijo en la cuna. Una chiquilla de cinco años, fuertota, nos
seguía en silencio. La mujer continuó sentada al lado de la chimenea de
campana, sin decir nada, mientras él explicaba:
—Mira, esta camarada ha venido de muy
lejos para luchar con nosotros. Sabe muchas cosas. Más que yo. Ya te he dicho
que las mujeres pueden saber también cosas y que nos hacen falta mujeres. Aquí
tienes la prueba.
No le gustaba; miraba a Ilsa con una
hostilidad quieta, y con asombro a la vez, como si fuera un monstruo extraño.
Salimos de la cocina, trajo otra jarra
de vino y se sentó:
—Mira -dijo a Ilsa-, yo sé por qué has
venido aquí. No lo puedo explicar. Tal vez tú puedes. Pero hay muchos como
nosotros en el mundo. Cuando nos encontramos por primera vez, nos entendemos.
Camaradas o hermanos. Creemos las mismas cosas. Yo hubiera sabido en qué crees
tú aunque no hubieras hablado una palabra de español. - Bebió su vino con
ceremonia-: ¡Salud!
—Miguel, ¿qué eres?
—Un socialista. Pero ¿importa eso algo?
—¿Crees que vamos a ganar esta guerra?
—Sí. Pero no ahora, seguramente. ¿Qué
es la guerra? Habrá otras guerras, y al final ganaremos. Habrá un tiempo en que
todos serán socialistas, pero muchos tendrán que morir antes.
Íbamos a verle cada vez que me sentía
ahogado por la paz dormilona de Altea. Nunca me contó mucho de él mismo. Con su
padre había sido pescador nocturno a lo largo de aquellas costas, en una lancha
con una linterna en la proa. Después se había ido a Nueva York. Había estado
veinte años en el mar. Ahora se había casado, porque el hombre debe clavar sus
raíces en la tierra alguna vez. Tenía lo que quería y sabía lo que estaba mal
en el mundo. Yo era muy nervioso, debía sentarme al sol y pescar con una caña.
Me prestó una él mismo. Aquel día cogí un pez, uno solo, de escamas plata y
azul, y sin reírse le echó en un cubo lleno de peces vivos aún del mar,
resplandecientes con todos los colores del arco iris. Él mismo nos iba a hacer
la comida. Coció los peces hasta que el agua «les sacó su jugo». Y con aquel
agua nos hizo un arroz, sin nada más que esto, el jugo del mar. Nada más. Nos
lo comimos llenos de alegría, bebiendo juntos vino rojo.
—¿Aprendiste a guisarlo cuando eras
pirata, Miguel?
—Ya no hay piratas -replicó.
Llegó el autobús cargado de hombres de
las Brigadas Internacionales. Algunos tenían sus brazos o sus piernas en
escayola, otros tenían cicatrices aún a medio cerrar que exponían al sol y al
aire del mar, sentándose en la arena húmeda, bordeada de flores con blancura y
sal y olor dulzón. A mediodía, cuando el aire temblaba bajo el sol, entraban en
tropel bajo el entoldado y gritaban pidiendo vino y comida. Miguel los servía
silencioso. Si tenía que poner orden, tenía siempre a mano un juramento en su
propio idioma. A última hora de la tarde muchos estaban medio borrachos y
discutían. Había un francés más ruidoso y provocativo que los demás, y Miguel
le dijo que se marchara fuera, él y sus amigos. Los otros se marcharon, pero el
francés se revolvió y echó mano al bolsillo de atrás del pantalón. Miguel se
agachó, le cogió por la cintura y le tiró a través de una abertura de la
cortina de esparto, como si hubiera sido un muñeco. Volvió a entrar una hora
más tarde. Miguel le miró de través y le dijo en voz bajita:
—Márchate...
El hombre no volvió a aparecer. Pero
sentados a una mesa había unos cuantos viajeros de paso que habían sido
testigos de la escena. Uno de ellos, una mujer con la cara de un loro, dijo tan
pronto como se marchó el autobús:
—Ahora decidme a mí, ¿qué pintan estos
extranjeros aquí
Se podían haber quedado en su casa y no venir aquí a chupar a
cuenta nuestra.
Otra mujer que estaba sentada con ella
replicó:
—¡Pero mujer! Nos ayudaron a salvar
Madrid. Yo lo sé muy bien, porque estaba allí.
—Bueno, ¿y qué? -replicó la mujer
hostil. Miguel se volvió:
-Esos hombres han luchado. Están con
nosotros. Usted no.
El marido de la mujer-loro preguntó precipitadamente:
—¿Cuánto le debo?
—Nada.
—Pero hemos tenido...
—Nada. ¡Fuera de aquí!
Se marcharon acoquinados. Comenzaron a
llegar unos cuantos viejos de las casitas blancas de la playa de Calpe, como
hacían todas las tardes. Se sentaron en taburetes a lo largo de las esteras
colgadas, frente al mar, ahora que se había ido el sol. La punta encendida de
sus cigarrillos trazaba signos cabalísticos en el aire oscuro.
—Esta guerra... y van a venir aquí
también -murmuró uno.
Miguel, con la cara encendida por el
resplandor de su cerilla y convertida en bronce pulido, preguntó:
—¿Y qué harías, abuelo?
—¿Qué puede hacer un hombre viejo como
yo? Nada. Me haría tan pequeño que no me verían.
—Si realmente vienen, ¿qué puede uno
hacer? -dijo otro-. Ellos vienen y se van, nosotros tenemos que quedarnos aquí...
¿Sabes? Miguel, hay gentes en Calpe que están esperando que lleguen los
fascistas y tú estás en la lista negra.
—Ya lo sé.
—¿Qué vas a hacer si vienen? -pregunté
yo.
Me cogió del brazo y me arrastró a un
barracón detrás del entoldado. Había dos grandes barriles de petróleo:
—Si vienen -dijo Miguel-, nadie más
será libre aquí. Yo meteré a la mujer y a los chicos en mi lancha y quemaré
todo esto. Subiré a la roca y encenderé fuego donde dicen que hace siglos
ardía, para decirles que huyan a todos mis hermanos de la costa. Pero un día
volveré.
Enfrente de la cortina, ahora negra y
llena de crujidos, la brasa de los cigarrillos era una cadena de chispas rojas.
Fuera, en el mar, las linternas de los pescadores eran otra cadena de chispas
blancas, ondulante. Estaba todo quieto. Saltó un pez al pie de la playa y la
llenó de plata.
La próxima vez que fui a visitar a
Rafael, recibí una carta certificada: Rubio Hidalgo me informaba oficialmente
de que su departamento nos había concedido, a Ilsa y a mí, permiso ilimitado
«para que nos recobráramos física y mentalmente», después de lo cual se nos
confiaría trabajo útil en Valencia. Al mismo tiempo, como yo había cogido sin
permiso del departamento de Madrid un coche para mis vacaciones, me serviría
devolverlo inmediatamente a Valencia.
Le contesté mandando nuestra dimisión
de todo trabajo con el Ministerio de Estado y participándole que volvíamos a Madrid
al puesto que el general Miaja nos había confiado y del cual nos había dado el
permiso de vacación. En cuanto al coche, era propiedad del Ministerio de la
Guerra y nos había sido ofrecido, con su chófer, por el propio general Miaja, a
quien se lo devolveríamos, porque el Departamento de Prensa no tenía ningún
derecho sobre él. Y en cuanto a su ofrecimiento de permiso ilimitado con sueldo,
no podíamos aceptarlo, porque no podíamos aceptar limosna de la República por
un trabajo que no hacíamos.
Sentía un dolor hondo en el fondo de
las entrañas.
Arturo Barea