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3390. Clara Campoamor, de modistilla a directora general de Beneficiencia




Clara Campoamor, que se halla hoy al frente de la Dirección General de Beneficencia, nos cuenta sus recuerdos de cuando fué, sucesivamente, modistilla, dependienta y telefonista...


De modistilla madrileña a directora general

Un día tuve que ir yo a casa de Clara Campoamor, a hacerla una de esas preguntitas que solemos hacer los periodistas a la gente célebre tres o cuatro veces por semana, y recuerdo que vi en el domicilio de la ilustre abogada una cosa que me dejó estupefacta Clara Campoamor no estaba, como era su costumbre, detrás de su mesa del despacho evacuando consultas o dictando cartas a la mecanógrafa. Clara Campoamor estaba aquel día sentada en una sillita baja y en una mano tenia las tijeras y en otra mi un traje a cuadros. 

—Pero, ¿cómo? ¿Usted cose? —pregunté asombrada. 

—¿Y por qué no? 

—Qué sé yo... Porque... en fin, no sé —agregué víctima del azoramiento que se apodera de toda persona cuando se da cuenta de que ha dicho una tontería. 

—La verdad es que ahora coso poco, porque no tengo tiempo. Pero antes... antes he hecho muchos vestidos, y no para mí precisamente. 

—¿Si? 

—Sí. Antes de ser abogada, yo he sido muchas cosas: entre otras, modista. Bueno, tanto como modista..., pongamos modistilla. 

Quizá los lectores se queden tan sorprendidoe como me quedé yo aquel día; pero esto es exacto. Clara Campoamor ha sido modistilla madrileña, y precisamente en los tiempos en que las modistillas eran en Madrid una institución de las que daban más carácter a la capital de España. 

Verán ustedes cómo fué... 

Clarita nació en un hogar de clase media. Su padre era un periodista republicano que ganaba, aunque poco, lo suficiente para que sus hijos pudieran recibir buena educación. 

Pero cuando Clarita cumplió los diez años, su padre murió y... se llevó a la tumba la cesta del pan. 

—No perecimos de hambre gracias a que mi madre, mujer valerosa y fuerte como pocas, se puso a trabajar. Cosía pera fuera; pero esto no era bastante, y yo, entonces, tuve que dejar de ir al colegio para ayudarla a sostener la casa. 

—¿Trabajaba usted con ella? 

—No. En casa no sobraba la labor. Con mis once años tuve que echarme a la calle a buscar trabajo. Entré en un taller de mi mismo barrio, que era el de Maravillas, como aprendiza. 

—Entonces, ¿usted ha andado por ahí con la cajita al brazo, «probando» y «entregando»? 

—Naturalmente. Pero tuve la suerte de que me «sentaran» pronto. La verdad es que a mi el oficio no me gustaba mucho: pero en casa hacían falta los tres reales diarios que yo ganaba en el taller. 

Cuando ascendí a oficial y me subieron el sueldo a una peseta, a la maestra se la ocurrió mudarse a vivir a la calle de los Estudios. Yo tenía que ir todas las mañanas y todas las tardes desde mi casa, situada en la calle del Marqués de Santa Ana, hasta el nuevo domicilio del taller. 

—Sí que era un paseíto. 

—¡Y a pie! Porque el jornal no era como para echar coche, ni siquiera tranvía. 

Aunque Clarita no era muy aficionada a la costura, llegó a ser una buena oficiala, basta el punto de que un día la maestra se sintió magnánima y la subió el jornal a siete realazos. 

Las cosas iban así de bien, cuando de pronto la maestra abandonó el taller, arrebatada por el «palmito» de un guardia civil, que la hizo su esposa. Clara y sus compañeras se quedaron en mitad de la calle, lamentando, como era natural, que el Gobierno de entonces no hubiera tomado el acuerdo de disolver el benemérito Instituto. 


El trabajo en la tienda 

La madre de Clarita quiso que ésta buscara otro taller; pero a la muchacha la gustaban demasiado los libros, y soñaba con una profesión un poco más intelectual que la de modista. Sin embargo, no era posible, al menos de momento, prepararse para nada, y volvió a emprender su peregrinación en busca de trabajo. Al poco tiempo pudo colocarse de dependienta en una lujosa tienda de la calle de Alcalá. 

—Yo creía que el nuevo oficio me dejaría más tiempo para leer y estudiar; pero, sí, sí. Trabajábamos cerca de doce horas, siempre de pie, y como yo lo que hacia era ayudar a las que despachaban, me pasaba el día llevando cajas, piezas de tela y vestidos de la tienda a la trastienda, y del almacén a los talleres. Llegaba a casa por las noches verdaderamente hecha polvo. 

—¿Y cuánto ganaba usted en la tienda?

—Menos que en el taller. Entré con seis reales. Claro que al poco tiempo logré alcanzar mis buenas dos pesetas, cifra que durante mucho tiempo me había parecido desmesurada e inasequible. 

La actual directora general de Beneficencia recuerda algunas curiosas anécdotas de sus tiempos de «hortera» femenina. Una de ollas es la siguiente:

Había en la tienda una dependienta muy guapa, muy fina y que se arreglaba muy bien. Sus compañeras la llamaban la Postal por su gran parecido con los cromos que entonces se usaban para las felicitaciones de Pascuas y cumpleaños. La Postal era, naturalmente, presumida, y se la iban los ojos tras de los vestidos y los abrigos de piel que había en la tienda. Un día desapareció del almacén un modelo de París. Los dueños sospecharon de la dependencia y, más concretamente, de la Postal; y como medida de prevención, ya que no se podía probar plenamente el robo, la pusieron en la calle. 

Al cabo de poco tiempo, uno de los dueños se encontró a la Postal luciendo el modelo de París. Ignoro lo que pasaría entre los dos; pero el caso es que, momentos después, la Postal fué conducida a la tienda. El revuelo que se armó cuando la vimos entrar con el modelo de París puesto y un guardia a cada lado no es para descrito. Allí la quitaron el elegante vestido. La pusieron en su lugar una bata prestada por otra dependienta, que se compadeció, y la volvieron a echar a la calle. Por lo demás, la Empresa no sufrió ningún perjuicio a causa del incidente, puesto que el traje que la Postal había lucido por todo Madrid fué vuelto a colocar en el escaparate, y a los pocos días una señora lo compró. Recuerdo que el traje era de hechura sastre. ¡Parece que lo estoy viendo! 

—Claro que estos casos de dependientas... vamos a llamarlas cleptómanas —continúa diciéndome la señorita Campoamor— eran rarísimos. En general, eran todas muy buenas chicas y muy trabajadoras. Entre todas mis compañeras de mostrador, recuerdo a una que se llamaba Pepita. Era maravilloso cómo aquella mujer manejaba a la clientela. No era posible escapar del espacio de mostrador sobre el que tenía jurisdicción Pepita sin comprar algo. Muchas señoras, que entraban solamente a curiosear, salían cargadas de paquetes, gracias a las dotes de persuasión de aquella muier, verdadero qenio del mostrador. Declaro que la Pepita aquella es una de las personas a quienes yo he admirado mis sinceramente. No me acuerdo ya de cuál era su apellido; pero me agradaría volverla a ver.


El suplicio dantesco de las telefonistas

A pesar de haber llegado a conquistar las dos pesetas diarias, Clarita seguía teniendo aspiraciones. Por las noches, cuando llegaba rendida a su casa, tomaba una taza de café para ahuyentar el sueño, que la cerraba los ojos, y se ponía a estudiar Gramática, Aritmética, Geografía, Historia de España... Los domingos se los pasaba leyendo novelas. También devoraba sin descanso los folletines de El Imparcial

Así las cosas, salieron a oposición unas plazas de telefonistas, remuneradas con doce duros mensuales,

—Me preparé muy de prisa, y las gané. La cosa, en realidad, no era ninguna ganga. Primero entrábamos de supernumerarias; es decir, que sólo nos llamaban a trabajar cuando alguna de las telefonistas se ponía mala o cuando era preciso más servicio. Naturalmente, no cobrábamos sueldo sino solamente las horas de trabajo que nos tocaba hacer. Por fin me dieron la plaza a que tenía derecho. Pero enseguida me di cuenta de que aquel oficio era el más duro de cuantos había yo tenido. Los teléfonos de entonces funcionaban de un modo absurdo. El mecanismo con el que nosotras operábamos era mural. Teníamos que trabajar de pie, y además, realizar unos ejercicios acrobáticos verdaderamente espantosos. 

—¿Acrobáticos? 

—Verá usted. Al sentir la llamada, habla que descolgar el auricular, ponérsele al oído con una mano, y mientras, con la otra, apuntar dos números: el del abonado que llamaba y el del otro con quien quería comunicar. Inmediatamente había que volverse para atrás y meter dos clavijas en sus agujeros. Estos agujeros estaban colocados con tanto talento, que uno quedaba sobre nuestras cabezas y el otro muy cerca de los pies. Ahora, eso sí, con eso de estar todo el día de pie y haciendo flexiones, llegamos a adquirir una esbeltez y una agilidad de titiriteras. Después de haber sido telefonista con aquel sistema se llega a la conclusión de que el Preste era un infeliz sin pizca de imaginación. 

Más tarde se nos dulcificó un poco el trabajo, cuando sustituyeron aquello por los cuadros que se usaban antes del automático. Entonces podíamos trabajar sentadas y con los auriculares fijos en los oídos. 

—¿Y cómo se emancipó usted de aquello? 

—Pues haciendo oposiciones a Telégrafos. Gané plaza, y me destinaron a provincias, donde fui haciendo el Bachillerato. Más tarde conseguí venir a Madrid, y ayudándome con otros trabajos particulares, estudié mi carrera. 

Durante esta conversación que he tenido con la señorita Campoamor en su despacho de directora general, el teléfono ha sonado cincuenta veces. El ministro, el presidente del Consejo, los «altos cargos» de la República y un gran número de personas desconocidas tienen que resolver asuntos importantes con esta mujer, la misma que no hace muchos años andaba por las calles de Madrid con su caja al brazo, probando y entregando vestidos de señora. 


Josefina Carabias
Crónica, 25 de febrero de 1934








3306. La infancia de Clara Campoamor

Clara Campoamor Rodríguez
(Madrid, 12 de febrero de 1888 - Lausana, 30 de abril de 1972)


Fue un domingo de Carnaval por la tarde, cuando vino a este mundo Clara Campoamor. A poco de nacer, se presentó en la casa, disfrazado, no sé si de "Pierrot" o simplemente de "destrozona", un tío de "la criatura", el cual estaba dispuesto de antemano a ser el padrino. 

—Mi padre —que con motivo del nacimiento de su primogénita estaba de muy buen humor— increpó burlonamente al tío. 

"—¿Te parece a ti bien que la primera visita de mi niña sea una máscara?" 

—Muchas veces recuerdo habérselo oído referir, siendo yo muy pequeña. De esto hace ya bastantes años... Claro que no tantos como asegura algún diputado ateneísta —comenta la señorita Campoamor, en un tono un poco burlón. 

Los primeros recuerdos que conservo —continúa— son, naturalmente, caseros; vivíamos en la calle del Marqués de Santa Ana, muy cerca de La Correspondencia de España, periódico en el que escribía mi padre. Recuerdo también que muchas veces me llevaba con él a la redacción y me explicaba, con gran paciencia, para qué servían todas las cosas. Yo notaba en mi padre cierta predilección por mí, y, no obstante castigarme muchas veces por ser excesivas mis travesuras, estaba contento, y solía decir a mi madre: "Hay que educar bien a esta chica y hacer que estudie. Se puede sacar de ella algo de provecho." 


Los juguetes de la República 

No se equivocaba don Manuel Campoamor, y si la muerte no hubiera realizado su labor destructora tan pronto, a estas, horas sería, sin duda, uno de los hombres más felices de España. La labor fecunda de su hija Clarita, en la que él adivinaba nada más "que algo de provecho", le proporcionaría continuas satisfacciones. Y no sólo esto, con ser mucho, estaría haciendo ahora las delicias de aquel padre, con tanta ternura recordado. Don Manuel era republicano. Uno de aquellos federales en cuyo hogar se rendía a "La Niña" un culto fervoroso y sincero. Clarita y sus hermanos no esperaban nunca los juguetes de "los Reyes", como todos sus amiguitos. A ellos los juguetes se los siempre "la República", que era mucho más bonita y más buena que "los Reyes", según les explicaba su papá. Naturalmente, los chiquillos ardían en deseos de conocer a aquella señora a quien su papá quería tanto, y que les traía juguetes y caramelos. ¿Por qué no venía? Los amigos les contaban que algunas veces vieron a los Reyes Magos en las cabalgatas. ¿Por qué la República, si era tan buena no quería que te, conociesen? Don Manuel, lleno de una emoción que ellos no podían comprender, les contestaba siempre: "Ya vendrá, quizá cuando vosotros seáis mayores, quízá cuando yo no pueda vería, pero vendrá. Estuvo una vez aquí antes de le vosotros nacierais, pero fué demasiado bondadosa, se confió y la echaron... ¡A traición! Pero la echaron..." 

De esta manera empezaron los niños de don Manuel, Clarita y Eduardo, a ser republicanos. 


El colegio y la calle de Atocha 

Al morir este gran republicano y padre ejemplar, el cuadro que ofrecía su casa no podía ser más triste. La madre, muy joven, se encontraba sola, sin más fortuna que sus tres hijos, la mayor, Clarita, de nueve años. Había que sacarlos adelante a todos y a una sobrina que vivía con ellos. Menos mal que la viuda era modista, y aunque durante su matrimonio había abandonado el oficio, montó a toda prisa un taller, y trabajando de día y de noche, conseguía dar de comer a aquella prole. 

—Créame usted —me dice la señorita Campoamor con verdadero y legítimo orgullo—: mi madre, que afortunadamente vive todavía, merece un monumento. Por eso, cuando alguien trata de ensalzar mi labor, yo me río. Comparado con el esfuerzo de mi madre, todo lo mío resulta una pequeñez... Parece que la estoy viendo coser sin descanso, de día y de noche. Yo quise ayudarla, pero ella, recordando la frase de mi padre —"hay que hacer estudiar a esta chica"— e imponiéndose un sacrificio económico muy grande para ella, me colocó interna en un colegio de monjas, donde estuve dos años. 

—¿Recuerda usted cosas del colegio? 

—Recuerdo que tenía muchas ganas de salir, y que era bastante revoltosa. Allí fundé una especie de sociedad secreta, compuesta por varias chicas de confianza, sociedad cuyo único fin era coger todos los objetos comestibles que encontráramos a mano y armar por las noches un pequeño banquete en el dormitorio. Si alguna asociada perdía la ocasión de guardar comida sobrante o de cogerla aprovechando descuidos de las monjas, quedaba expulsada de la sociedad. Algunos domingos me sacaba mi madre para que pasara el día con ella, y recuerdo la impresión que me causaba pisar la calle de Atocha; me parecía entonces un paraíso de libertad.


Las lecturas de "El Imparcial"

A los doce años salió la niña del colegio, y, sin descuidar los estudios, ya que había de continuarlos cuando la fortuna les fuera poco menos adversa, empezó a aprender el oficio de su madre. Como doña Pilar, cosía Clarita de día y de noche; pero no eran éstas sus aficiones. A ella lo que le gustaba de verdad era leer. Cuentos, novelas, folletines; todo lo que caía en manos de la pequeña Ciara era devorado con avidez. A su madre le disgustaba un poco esta afición por la lectura, y un día, que la sorprendió en su cuarto, ensimismada con un novelón de "'El Imparcial", hizo pedazos el periódico, ante la consternación de la chiquilla, que se lamentaba: 

—¡Qué trastorno! Ahora tendré que estarme toda la vida. sin saber lo que ha sido de ese "pobre hombre". 

El "pobre hombre", a quien Clarita ye refería, era ua "gentlemen", llamado "Mister Smoking", el cual estaba a punto de ser quemado vivo en el preciso instante en que su madre entró en el cuarto destruyendo lo que a esa le parecía un monumento literario.

—A pesar de aquel contratiempo, mi afición a la lectura se acrecentaba cada día. Igual le pasaba a mi hermano Eduardo, y si la acción de nuestros novelones tenia lugar en Madrid, los domingos nos marchábamos los dos a pasear por los sitios que habían recorrido nuestros protagonistas. Con motivo de "El cocinero de Su Majestad" conocimos todo el Madrid pintoresco. ¡Con qué emoción pasábamos los dos el Viaducto, para internamos en el barrio de nuestra novela!... 


Accidentes

No obstante estas aficiones literarias, Clarita era lo que se llama un diablillo. Todavía conserva las señales de sus travesuras. 

—¿Ve usted esta señal? Me la hice corriendo con una trompeta robada a mi hermano; me caí y me la clavé en la cara. Esta otra es una quemadura producida con un quinqué. Otro día me encontré, sin saber cómo, en el tercer piso de una casa que había empezado a hundirse; total: que me sacaron viva de milagro. Pero lo más serio me ocurrió en Santoña, donde pasábamos los veranos. Cuando jugaba caí dentro de un pozo, del cual me extrajeron casi en estado agónico. En fin ... que mi familia vivía conmigo en continuo sobresalto.


El primer fracaso amoroso y literario 

Clarita jugaba y paseaba siempre con su hermano Eduardo y otros amigos. Uno de éstos era el destinado, por ambas madres, para que andando el tiempo, fuese su novio. 

—Era un chico muy bueno y muy simpático sigue contándome la señorita Campoamor—; pero ninguno de los dos nos sentíamos atraídos por algo más que la amistad. A mi, el que de verdad me gustaba era un amigo suyo. Resultó que también le gustaba yo a él, y, por tanto, una vez que llegamos a esta conclusión, nos hicimos novios. Todo marchaba bien; pero un día tuvimos un disgusto por una tontería, y yo quise aprovechar esto para demostrarle mis aptitudes literarias. Decidí, pues, escribirle una carta. Una carta que, por fin, me salió bien y que parecía muy espontánea, no obstante el tiempo que me costó hacer el borrador. Quedé muy satisfecha de mi obra, y le envié aquel manuscrito perfecto, según mi autorizada opinión. Pero, cual no sería mi sorpresa, al ver que al día siguiente mi novio me devolvía el borrador, que sin darme cuenta, había yo metida dentro del sobre. Como Usted comprenderá no tuve más remedio que terminar las relaciones. Creo que ha sido ésta la mayor vergüenza que he pasado en mi vida. 

—¿No le quedarían ganas de volver a hacer un borrador?... 

—Jamás. 


El veraneo en Santoña

—¿Qué es lo que recuerda con más gusto de su infancia? 

—Los veranos que pasábamos en Santoña, donde había nacido mi padre. Ahí no había que ir al colegio, y podíamos correr y saltar por el monte. Una de mis mayores diversiones era cuidar las gallinas que había en casa de mi abuela. Cuando alguna estaba incubando vivía yo horas de ansiedad enorme hasta que salían los pollitos. ¡Era un día de fiesta! Cómo será el recuerdo conservado por mí de Santoña, que nunca he querido volver, para que no se rompa el encanto de aquellos veraneos infantiles. 


J.C.
Estampa, 31 de octubre de 1931









3226. En un teatro de varietés de Huelva





La prensa nos ha transmitido en estos días la noticia de un hecho dolorosamente brutal:

“En un teatro de varietés de Huelva, y durante uno de los descansos de la función, una de las artistas se negó a aceptar un vaso de vino que le ofrecía un señorito de la ciudad; este le dio un golpe tan brutal que le causó una hemotisis gravísima producida por traumatismo”.

¡Triste sino el de la mujer, a quien desde la cuna pone su mala estrella en poder de esas tres fuerzas explotadoras que, como ojeadoras de la fiera humana, la acechan a su paso por la vida: la familia, el empresario y el señorito sultanesco…

Jóvenes, niñas aún, cuando su fortaleza necesitaría sanos estímulos y leales consejos, prende en su ambición el señuelo de ajenas glorias y ansiados triunfos que encuentran en sus familiares el acicate odioso de una conveniencia material, sorda a todo sentimiento de protección por la juventud indefensa y amenazada.

En el caso de la jovencita que en el ambiente casero halla el decisivo espolazo que la lanza a la lucha azarosa donde todo puede perderse, y lo que más peligra es precisamente lo que intentó salvar, contra todo, el monarca francés, ha nutrido gran parte de nuestro teatro de género chico.

Su caso de “estrella”, comparado con el del varón aspirante también a astro coletudo, es mucho más desesperado y cruel. En el jovencillo, la afición taurina supone voluntariedad, emancipación vidente y huraña de la personalidad, que de tumbo en escapada se aleja del hogar en busca de soñadas glorias. 

La muchacha, lejos de rebelarse contra el yugo paterno, es secundada, alentada, escoltada por esas mamás que la acompañan en sus azarosas peregrinaciones y que, en vez de ángeles tutelares, ofrecen a la malicia el aspecto pintoresco de vestales en la vocación de la niña, cuyos desmayos “artísticos” prenden y combaten con arrullos de sirena.

Una vez lanzada por el artificioso camino de un arte donde pocas logran un puesto relevante, la “estrella” incipiente sufre el acoso del otro ojeador: el empresario sagaz que, en tanto llegan las mieles del arte, se conforma con obligar a la principiante a “alternar”, contribuyendo así a redondear un negocio basado en amargas explotaciones.

Las lectoras que desconozcan el argot de bambalinas desconocerán el valor positivo de la palabra “alternar”. Alternar es servir de blanco a la codiciosa lujuria de los frecuentadores de escenarios y cabarets; actuar de señuelo carnal que atraiga hacia la caja del empresario el pasto de sensualidad varonil, convertido en lluvia de dinero. Es cultivar la indolencia voluptuosa de los señoritos inactivos, nutriéndoles de excitaciones a cambio de sus monedas.

La artista que logra un contrato de ínfima categoría se compromete a alternar, es decir, a bajar al buffet, o café, y aceptar las consumiciones a que se le invite. Si es despierta, y sabe contentar al tirano, su malicia y manejos inducirán a los parroquianos abundantes y caras libaciones. El buffet, a cargo del propio empresario, sabrá estimar este esfuerzo de la “estrella”. Claro que, al cabo de esta operación financiera en beneficio del ojeador humano, son las sonrisas, las miradas, la gracia y la buena voluntad de la muchachita, en torno a la cual la grosería y la liviandad, desatadas ásperamente, danzan la loca fantasía de muchas repugnancias…

Y a veces, como en el cruel suceso que comentamos, surge el tercer ojeador que acecha la pieza humana que aún salió con bien de las instigaciones, codicias y afanes de sus dos perseguidores anteriores.

No se habla de virtud ni vicio… ¿Qué pueden importar estas palabras en la vida truncada de unas mujeres que no pudieron, por su edad, elegir libremente el camino futuro? Hablemos tan solo de su derecho a la vida; de ese destino trágico que a veces pone en su camino al señorito adulador, al sultán de aldea que, confinado en sus actos de cariño, siente despertarse su breve sensualidad a la llegada de lo que en su concepto es un “harén portátil”. 

Su dinero puede permitírselo todo, y así, sin respeto alguno hacia la ajena voluntad, dueño en todo caso de sus preferencias, ofendido en su criterio de pachá, dueño de la esclava, venga la ofensa inferida a su orgullo, destrozando con su puño de atleta los vasos pulmonares, lavando con aquella sangre su vanidad de macho embravecido…

Y así acaba esta víctima del acoso de los tres ojeadores humanos: egoísmo, interés y vicio. Otras acabarán de otra manera… Pero todas ellas tienen el mismo principio: abandono, coacción, explotación vil, abominable.

En nuestro siglo, parlanchín incansable de capacitaciones y orientaciones juveniles, cursan el panorama nacional pálidas, lamentables, figuras de malograda juventud. A la hora en que una adolescencia sana y noblemente educada comenzaría a gozar el elevado ideal de la vida, estas falsas figuras se nos muestran ahítas de morfina o cocaína; maestras intuitivas de todos los vicios

Son las pobres niñas-mujeres, brotes abrileños fracasados, capullos de mujer caídos al acecho de los ojeadores humanos…


Clara Campoamor
Tiempo, 5 de marzo de 1921

Recogido en el libro Clara Campoamor. La forja de una feminista. Artículos periodísticos. 1920-1921. Editorial Renacimiento, 2019.







2743. ¡Queremos votar! ¡Queremos votar!




Las sufragistas españolas no están dispuestas a que se les retrase el ejercicio de su derecho al voto ¿A quién vas a votar las mujeres y por qué? Lo que opinan las tres diputadas de las Constituyentes.


Algunas tienen prisa

No bien se había apaciguado un tanto el revuelo producido a raíz de la concesión del voto femenino, cuando ya tenemos otra vez el asunto sobre el tapete. 

Se trata, según parece, de una cosa gravísima. 

La Cámara lo aprobó demasiado deprisa y quiere volver sobre ello mediante una disposición transitoria. Están en su perfecto derecho los legisladores, ¿pero se van a conformar las mujeres? Probablemente algunas no solo se mostrarán de acuerdo con esta enmienda, sino que les parecerá de perlas. Pero hay un sector de mujeres que no están dispuestas a transigir en ningún caso. Estas señoras están en pie de guerra, según parece, hasta el punto de que el miércoles por la tarde y no bien se había presentado a la Cámara la enmienda firmada por los señores Castro, Abeytúa, Peñalba, etc., etc., por medio de la cual se restringe por ahora el sufragio femenino, irrumpió violentamente en los pasillos del Congreso gran cantidad de señoras. Iban muchas. Algún periódico ha dicho que más de cien. Lo cierto es que en un momento se hicieron dueñas del Congreso.

—¡Queremos votar… y en seguida.

Es preciso impedir que las Cortes vuelvan sobre lo que ya tienen acordado! ¡Queremos ver al señor Besteiro!…

Los ujieres corrían de un lado para otro sin saber qué hacer ante aquella invasión. Los diputados no se mostraban tan alarmados, y, en general, oponían galantes sonrisas a la actitud bélica de las señoras mientras comentaban en voz baja: 

—¡Pues las hay muy guapas! ¡Verdaderamente no sabe uno para qué quieren el voto!

Mientras esperaban al señor Besteiro un diputado se acercó a interpelarlas.

—¿Pero, de verdad tienen ustedes tanta prisa por votar?

—¡Ya lo creo! La mujer no puede perder semejante conquista. 

—Si no la pierden. Se trata sencillamente de que empiecen por ejercer su derecho en las elecciones municipales. Hay que empezar despacio… otra cosa sería quizá un peligro… 

Todas se volvieron airadas contra él, ¡pobre hombre!, y claro, lo achicaron. 

—Todo eso son habilidades, ¿sabe usted? Lo que quieren ustedes es que no votemos en tres o cuatro años y, ¡eso no! 

—¡La enmienda es un pastel! 

—¡No lo consentiremos!


Lo que opinan las tres diputadas

No se sabe qué decisión tomarán los señores diputados ante esta campaña sufragista que parece han iniciado las mujeres españolas. Probablemente prosperará la enmienda calificada por ellas de pastel. 

¿Pero de verdad la mayoría de las mujeres tienen esta prisa por votar? 

Con objeto de orientar un poco a los lectores sobre este asunto, he querido conocer la opinión de algunas mujeres representativas. Para empezar nadie mejor que las tres diputadas.

No están unidas; cada una pertenece a un partido distinto y cada una piensa de distinta manera. 

Victoria Kent (radical-socialista), cree que el voto debe retrasarse. A este fin presenta también al Parlamento una proposición igual en el fondo que la de los señores mencionados al principio, pero expresada con más claridad. Esto no quiere decir que yo sea contraria a la concesión del voto. En este momento lo estimo un poco peligroso. La prueba la tiene usted en que las derechas están encantadas de que voten las mujeres. Esas mismas derechas se oponían al sufragio universal en tiempos, alegando que la masa no estaba preparada. ¿Por qué no se oponen ahora, sabiendo como saben que la inmensa mayoría de las mujeres tampoco lo están?… Ese es el peligro.

Así opina Victoria Kent, pero Clara Campoamor (radical) opina de modo distinto. 

—Las mujeres pueden, quieren y deben votar. No le quepa a usted duda, y la prueba está en que contra el voto no se han esgrimido aún argumentos serios. Todos dicen lo mismo: «que no le interesa la política»…, «que no está preparada»…, «que votará al cura»…, «que es un peligro»… Nada de esto es cierto, y si lo fuera, nadie más que los hombres serían los culpables. ¿Por qué las han tenido sin enterarlas de nada? ¿Por qué no las han apartado de la influencia religiosa? 

Aquí —continúa la señorita Campoamor— hay un dilema. O la mujer es capaz de ejercitar este derecho como los hombres, o no es capaz. En el primer caso, hay que respetárselo, igual si se inclina a la derecha que si se inclina a la izquierda. Me parece que democraticamente no hay otra solución. En el segundo caso, o sea en el de los que creen que la mujer no es capaz para el voto y que se aprovecharán de él los enemigos de la República, todavía la tesis es más absurda. Sería tanto como conceder a los reaccionarios más habilidad para captarse el voto de la mujer que la que pueden tener los republicanos de veras.

—¿Pero usted cree que las mujeres tienen mucho interés en votar?

—Yo solo sé que, desde hace dos meses, no dejo de recibir cartas y telegramas de mujeres de todas partes felicitándome por esta campaña. 

—¿Pero usted no cree, como muchos diputados, que el voto femenino puede constituir un peligro para la República?

—Yo no creo que la mujer española se muestre ingrata con esta República, que le concede todo cuanto se le negó antes. 

Todavía falta una diputada a quien preguntar. ¿Como cuál de estas dos pensará? Véanlo ustedes. La señorita Nelken es también sufragista «templada», como la señorita Kent. 

—En principio, la concesión del voto a la mujer, acompañada del disfrute de todos los derechos civiles, me parece un avance muy estimable. Pero… hay que buscar el momento oportuno, porque si no puede resultar todo lo contrario.


Lo que opina una joven católico-monárquica

No importa el nombre. Se trata sencillamente de una joven como hay muchas. Respetuosa con la religión, admiradora del ex rey personalmente, entusiasta de la Corte y de las fiestas aristocráticas… 

—¿Usted cree que debemos votar las mujeres? 

—No faltaba más. Debemos votar y votaremos. ¡Y qué triunfo va a ser el nuestro! Pero aún llegaremos a tiempo para evitar que se cometan estos atropellos contra la religión. Ya verá usted cómo nosotras tendremos más valor que los hombres y nos impondremos acabando con todo esto. 

Cuánto me alegro ahora de no haber dado el nombre. Y más con este Casares Quiroga, que manda a la gente a esos sitios tan raros…


Lo que opina una joven marxista

Tampoco doy el nombre, por si acaso. Bromitas con esa Ley de Defensa de la República… ¡en ningún caso! 

—Yo no creo que sea ningún disparate la concesión del voto a la mujer. Es más, creo que todas las mujeres conscientes están deseando votar. ¿Que muchas son reaccionarias? Es verdad. Pero ¿no van a poder más los cientos de miles de obreras y mujeres de obreros que hay en España? Pero todo esto es secundario; lo interesante, no le quepa a usted duda, es que, con voto o sin él, en España hay ya una nueva generación de mujeres dispuestas a trabajar por la revolución social, que es lo interesante.

—Pero usted, concretamente usted, ¿a quién votaría? 

—No lo sé. A todos los políticos, nuevos y viejos, los encuentro demasiado burgueses.


Lo que opina una cacharrera

Sí, no cabe duda, las mujeres quieren votar. Lo que no se sabe, lo que no se puede adelantar, es el resultado, no obstante haber tratado de tomarles el pulso político.

Al terminar de recoger esta información he pasado por una cacharrería de barrio. La dueña y su hija están dentro. ¿Por qué no preguntarles? También ellas van a volar.

Con no sé qué pretexto les he hecho la pregunta y, enseguida, contesta la madre: 

—Pues, verá usted, no sé lo que decirla. Yo siempre he sido republicana, lo cual que a mi hombre le «mandé» que votara a la República en el mes de abril. Pero es que ahora me han dicho que no sé qué me van a hacer con la tienda.

—Oye, tú —dice dirigiéndose a la chica—, ¿qué es eso que ha dicho padre que harán con la tienda? 

—Nacionalizarla, madre; pero eso no es malo —contesta la muchacha en tono de bachillera. 

—Pues eso, francamente, no me gusta, aunque no sé lo que es. Pero mientras no me lo pongan en claro, ni mi hombre ni yo volvemos a votar la República.

—Diga usted que no —interviene la chica rápidamente—. Es que mi madre está muy anticuada, pero ya la convenceré yo para que vote a Largo Caballero.


Josefina Carabias
Ahora, 29 de noviembre de 1931












2041. ¿Quién asesinó a Calvo Sotelo?

Asesinato de Calvo Sotelo. Foto: Alfonso Sánchez Portela


(...) el 12 de julio, se produjo un hecho preocupante. Habiendo sido asesinado en la calle un teniente de las guardias de asalto, los hombres de su compañía atribuyeron el crimen a elementos fascistas y, para vengarse, se presentaron aquella misma noche, oficialmente, uniformados, en el coche de su unidad y acompañados por un teniente de la Guardia Civil, única fuerza pública en la que confiara la derecha, en casa del Sr. Calvo Sotelo, diputado a Cortes, antiguo ministro de la dictadura de Primo de Rivera y uno de los prohombres de la derecha.

Los guardias de asalto traían con ellos una orden de arresto contra el diputado, dada por la Dirección de Seguridad, de la que nunca se podrá comprobar la autenticidad. El diputado derechista, que era un jurista, se negó primero a entregarse invocando la inmunidad parlamentaria y, luego, en un gesto que le costaría caro, aceptó seguir aquellos guardias «poniendo su confianza en el honor de un oficial de la Guardia Civil» que les acompañaba. Poco después el cadáver de Calvo Sotelo, con una bala en la cabeza, fue abandonado en el depósito del cementerio municipal por los mismos guardias de asalto que presentaban aquella acción como si de un acto de servicio se tratara.

La opinión pública quedó aterrada. El golpe no sólo había alcanzado al diputado de la derecha, también había matado la confianza y el respeto que todo ciudadano tiene o debe tener por la fuerza pública colocada bajo el control del gobierno.

Éste no daba pie con bola. Cierto es que aquel acontecimiento lo estremeció.

A pesar de los rumores que corrieron, no se trataba de un crimen de Estado. Sólo al odio y a la imprudencia se deben atribuir las frases pronunciadas tras el discurso del Sr. Calvo Sotelo por los Sres. Casares Quiroga y Galarza cuando declararon, el uno que «Calvo Sotelo sería responsable de todo lo que ocurriría» y el otro que «un atentado contra él estaría perfectamente justificado». Pero el gobierno, desbordado ya por sus colaboradores de extrema izquierda acababa de serlo también por la fuerza pública a sus órdenes. Los guardias de asalto, ganados en gran parte por la propaganda de los partidos obreros en los cuarteles (el teniente de la Guardia Civil, Condés, que los acompañaba y a quien ingenuamente se había entregado Calvo Sotelo era también un miembro militante del Partido Socialista, como se supo más tarde), habían actuado por iniciativa propia.

El gobierno no tenía más que una salida si quería lavarse de la imputación de crimen de Estado que se le hacía además de restablecer la disciplina entre los guardias de asalto: tenía que aplicar rápidamente las sanciones que el crimen exigía.

Ni siquiera lo intentó. Temiendo un motín de los guardias de asalto, el gobierno permaneció indeciso e inactivo. Pasaron los días. Madrid se escandalizaba de ver a Moreno, el teniente de los guardias de asalto que asesinaron a Calvo Sotelo, así como a Condés, paseándose libremente por las calles.

Una parte de los oficiales de asalto hicieron saber al ministro del Interior y presidente del Consejo, Sr. Casares Quiroga, que el Cuerpo no toleraría que se castigara a los autores del asesinato. Otros oficiales, al contrario, pidieron el retiro al estimar que su Cuerpo quedaba deshonrado.

Las sesiones de las Cortes, suspendidas para evitar el escándalo que el asunto levantaría, no impidieron la reunión de la Diputación Permanente, que debe convocarse durante la suspensión de las sesiones. El Sr. Gil Robles, jefe de la derecha, se hizo escuchar. Pronunció allí un discurso que ha sido considerado como la señal de la sublevación contra el gobierno.


Clara Campoamor
La revolución española vista por una republicana - Capítulo III