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3190. El Quinto Regimiento



Con el Quinto, Quinto, Quinto
con el Quinto Regimiento.Madre, yo me voy p'al frente
para las líneas de fuego.Madre, yo me voy p'al frente
para las líneas de fuego.
Anda jaleo, jaleo
suena una ametralladora
y ya empieza el tiroteo
y ya empieza el tiroteo.
Anda jaleo, jaleo
suena una ametralladora
y ya empieza el tiroteo
y ya empieza el tiroteo.



Esta canción adapta el tema popular El Vito y el estribillo de Los Contrabandistas de Ronda






2908. Cómo se educa a los hijos de los combatientes en el Hogar Infantil del 5° Regimiento




La visión más directa, dramática y espectacular de la guerra es la de los campos de batalla: las ametralladoras, las trincheras, las casas trágicamente mutiladas, la muerte entre un coro de cañonazos y de gritos. Pero hay también, callada y dolorosa, otra estampa de la Sierra: el dolor en la retaguardia, las hileras de viudas y de huérfanos, las familias deshechas porque el padre, o el hermano, o el hijo quedaron allá, sobre una tierra encharcada de sangre. 

Muchas instituciones acogen ahora en Madrid a los chiquillos cuyos padres combaten en los frentes o a los chiquillos que pudieron escapar de los lugares de lucha, en un éxodo sombrío. Esa es la guerra, vista desde la retaguardia, en sus estampas trágicas y silenciosas. 

Muchos de aquellos chiquillos son ya, sin saberlo ellos mismos, huérfanos. El padre marchó un día alegremente, fusil al hombro. Primero, unas cartas largas, con detalles menudos de la vida de campaña. Las cartas se fueron espaciando, y un día dejaron de llegar. Nada más. Aquel silencio largo del ausente era la muerte, era la orfandad. 

Uno de esos grandes hogares colectivos para chiquillos de los combatientes es este que el Socorro Rojo Internacional tiene establecido en lo que era hasta hace unos meses Asilo de Convalecientes, en la calle de Abascal. Es un edificio grande y claro, de enormes salas, de sobria decoración. Están recogidos en él unos doscientos setenta chiquillos, entre niños y niñas. Su edad varía entre los seis y los catorce años. De esos niños, la mayor parte tienen a sus padres combatiendo en los frentes; el resto son evadidos de los lugares de lucha.

—Mi padre hace ya cerca de tres meses que se marchó a la Sierra. 

—El mío está en Avila 

—Y yo vine con mi familia desde Talavera

Todos estos peques aquí recogidos —¿cuántos son ya huérfanos sin saberlo?— reciben al mismo tiempo asistencia y educación. Su jornada empieza pronto: a las siete y media de la mañana. Gimnasia, clases, recreo. Pronto habrá también talleres: zapatería, mecánica, carpintería... En ellos empezarán a forjarse para la vida futura los chiquillos mayores aquí recogidos. Los de ahora son, en su mayor parte, párvulos, peques entre los seis y los ocho años, más cerca de la escuela que del taller. 

Encargados de la enseñanza de los chiquillos están cuatro maestros y cuatro maestras. Hay, además, un equipo de cuidadoras, para vigilarlos en todo momento, para atender a los más chiquitines, a los que exclusivamente por sí solos no pueden valerse. Además, y con sujeción a un orden establecido, los maestros y maestras se turnan para, después de acabadas las horas de lección, seguir conviviendo con los chiquillos. Es decir: se busca que no exista una separación entre hogar y escuela, que ambos conceptos y ambos ambientes se fundan para esos niños en una misma vida, en un mismo fondo para sus horas.

El juego, el recreo. El juego en que, insensiblemente, van los muchachos mostrando y forjando su inclinación espiritual. Se les da, por ejemplo, plastilina para modelar cuantas figuras les sugiere su imaginación. Con ese barro de colores alegres hacen muñecos, carros, casas, muebles, bichos... Hay figuras que son verdaderas y pequeñas obras de arte, signo de una gran habilidad manual, promesa y temblor ingenuo de lo que quizá puede ser un día maestría escultórica. 

Muchos días, acabado el ritmo normal de la jornada, se dan conferencias a los muchachos. Se les habla, en un tono sencillo y fácil, asequible para ellos, de temas de cultura popular o de temas políticos. Ellos escuchan con una atención absorta las palabras que van abriéndoles mundos nuevos, que van haciendo surco en sus frentes para las ideas que serán más tarde su pasión de hombres.

Los chiquillos tienen su periódico. Es un periódico mural, pegado sobre la pared de un pasillo inmediato a uno de los amplísimos comedores. Los peques hacen para su periódico dibujos y textos. Dibujos, casi siempre, sobre figuras y temas de esta apasionada hora española de hoy. El texto es, igualmente, sobre motivos de actualidad. Así, por ejemplo, uno de esos breves artículos infantiles comienza de este modo: «Prepárame el desayuno, que me voy a marchar a una reunión que tenemos hoy los compañeros. Asistí a la junta con gran entusiasmo; hablamos de algunas cosas que teníamos que hacer. Al salir de la reunión, dije a un compañero; «Oye, Carlos, ¿qué representan las Milicias populares en España hoy para ti?» Y el compañero Carlos me contestó: «Hombre, pues los que han sustituido a los guardias de Asalto.» Yo me eché a reír, diciéndole: «Compañero, estás muy equivocado...» 

Seguramente el rasgo más nuevo y más interesante en este régimen de vida que siguen los acogidos en este Hogar del Hijo del Combatiente es lo que hay de autodeterminación y autoadministración en estos muchachos. Los distintos grupos tienen sus responsables, elegidos por los mismos chiquillos cuando éstos son ya mayores, o, si son pequeños todavía, designados por aquellos otros de mayor edad. Los muchachos celebran sus reuniones y hablan y discuten sobre problemas que afectan a su vida en la residencia. Observaciones, quejas, sugestiones... El responsable es el encargado de recoger todo esto y darle la tramitación correspondiente. Se educa de este modo a los chiquillos en el concepto de la propia responsabilidad y de la iniciativa propia. 

Esta es la vida que llevan esos centenares de niños y niñas acogidos en el Hogar del Hijo del Combatiente. Ese es el espíritu en que se va modelando su personalidad naciente, surgida a la vida en la hora más tensa de España. Ellos, aquí, juegan, corren y ríen. Estudian o se disponen a entrar en el taller. Sus padres, en tanto, luchan allá, en un duelo dramático con la Muerte. O quizá cayeron ya sobre la tierra enrojecida por la sangre. 


Mundo Gráfico, 21 de octubre de 1936









2872. Al habla con los soldados del Regimiento de Valencia




Una serie de obreros y campesinos uniformados acaban de llegar al pueblo de Guadarrama. Son los soldados de los regimientos traídos de Valencia.

Uno de ellos nos cuenta lo sucedido en Valencia:

−Llevábamos un mes acuartelados dice,− sin saber nada de lo que ocurría, cuando nos mandaron salir a la calle; al principio el público nos recibió con desconfianza, pues no sabía si íbamos sublevados, pero al darse cuenta de que no era así estalló una ovación como no se ha conocido jamás. Venían a abrazarnos, y algunos lloraban de alegría. La ovación duró desde la plaza de Castelar hasta la estación.

Y por el camino la cosa ha sido más emocionante. En todas las estaciones éramos recibidos con grandes ovaciones. En la estación de Río Záncara fuimos obsequiados con vino. Y al llegar a Aranjuez nos recibió una inmensa muchedumbre con banderas y transparentes. De Madrid no te hablo, nos produjo una enorme emoción.

Y ya estamos aquí, deseando entrar en lucha con esa partida de criminales.

−Hemos jurado dice otro−, no afeitarnos hasta volver a Valencia, y no volver a Valencia hasta no haber dejado a España limpia de fascistas.


Milicia Popular
Diario del 5º Regimiento de Milicias Populares
Madrid, 4 de agosto de 1936







1718. Cuatro Batallones

Hombres de Madrid: oídme
los hombres de pelo en pecho,
albañiles, tranviarios,
metalúrgicos, canteros,
comerciantes y empleados...
¡Habla el Quinto Regimiento!


Hombres de Madrid: escuchadme,
que vuestro oído esté atento,
que ni una mosca se mueva,
tened los ojos abiertos,
aquel y el otro, acercaros;
para irse no hay pretexto,
no hay prisa, novia, ni cine...
¡Habla el Quinto Regimiento!
El de la Victoria y Thaelmann,
el Regimiento de Acero,
el de Líster y Galán,
el de García y Modesto.


Por vosotros vengo, amigos;
por vuestro bien, compañeros.
Póngase falda el cobarde,
que el neutral se chupe el dedo
¡Adelante, a la batalla!:
Habla el Quinto Regimiento.
Que los moros mercenarios,
los chulos de tal del Tercio,
los señoritos parásitos
y los curas y banqueros,
no se metan en Madrid
a tiranizar al pueblo.



Para esto os llamo, españoles.
¡Habla el Quinto Regimiento!


Cuatro batallones rojos
organizados tenemos.
El de «Leningrado» es uno,
en memoria de aquel pueblo
que exterminó a los cosacos
de Yudenicht como a perros
y hoy vive feliz y libre
sin burgueses ni usureros.


El de «La Comuna» es otro,
de París, heroico pueblo
de manos encallecidas
que se sublevó el primero.
Viene luego el de «Cronstadt»,
los muy bravos marineros
que a Petrogrado salvaron
hace diecinueve inviernos.
Y el de «Madrid», finalmente.
Madrid, el Madrid que es nuestro,
cuna del antifascismo
de España y del mundo entero.


Para esto os llamo, españoles,
a combatir cuerpo a cuerpo
para aplastar al fascismo.
¡No venga ningún enfermo,
débiles, viejos o niños;
hombres sanos sólo quiero,
seguros por sus ideas
y para las armas diestros!


Alistaos, trabajadores,
sangre de sangre de hierro
en los rojos batallones
del Regimiento de Acero,
por vuestro pan y salario,
por el pueblo madrileño,
por vuestras mujeres e hijos.
¡Viva el Quinto Regimiento!


José Herrera Petere
Romancero General de la Guerra Española


Fotografía: Banderín de la 2ª Compañía de Acero, en el patio de los Salesianos, sede del cuartel general del 5º Regimiento. Foto: Almazán









2395. Alberto Sánchez Méndez, el comandante cubano

Alberto Sánchez Méndez, comandante del Batallón Cubano, perteneciente a la 1ª Brigada de la 11 División, perdió la vida el 25 de julio de 1937 en Brunete. Cayó gravemente herido de bala y se negó a abandonar el combate, su trinchera y a sus hombres. Unas horas después una bomba enemiga le destrozó la cabeza. Tenía tan solo 22 años.

Había llegado a España en marzo de 1936, integrándose en el Comité Antimperialista de Revolucionarios Cubanos junto a otros muchos compatriotas. A pesar de su juventud en Cuba ya había luchado contra la dictadura de Machado. Con dieciséis años combatió en la batalla de Ceja del Negro, en Pinar del Río.

Tras el golpe de estado de julio de 1936,  participó en la toma del Cuartel de la Montaña y se alistó en el 5º Regimiento. Después vendría la lucha heróica en Buitrago de Lozoya, Somosierra, Gascones, Ciempozuelos, Valdemorillo, Guadalajara, Alfambra, Pozoblanco, Quijorna y Brunete.

En plena guerra conoció a la que sería su compañera Encarnación Hernández Luna, valenciana, voluntaria del 5º Regimiento y capitana de una sección de ametralladoras de la 11 División. Encarnación sería ascendida a comandante en la batalla del Ebro.

El cadáver de Alberto Sánchez fué velado en la sede del 5º Regimiento, cubierto por una bandera roja. 

Pablo Neruda le dedicó estos versos:

Allí yace para siempre un hombre que entre todos destacó, como una flor sangrienta, como una flor de violentos pétalos abrazadores. 

Éste es Alberto Sánchez, cubano, taciturno, fornido y pequeño de estatura, capitán de 20 años. 

Teruel, Garabitas, Sur del Tajo, Guadalajara, vieron pasar su claro corazón silencioso. 

Herido en Brunete, desangrándose, corre otra vez al frente de su brigada. 

El humo y la sangre lo han cegado. 

Y allí cae, y allí su mujer, la comandante Luna defiende al atardecer con su ametralladora el sitio donde reposa, defiende el nombre y la sangre del héroe desaparecido (su amado)










2164. El Quinto Regimiento

Es frecuente pensar que los hechos ingentes de la Historia, para aparecérsenos como tales, han necesitado el transcurso de muchos años y que, sin la perspectiva del tiempo, nos sería difícil verlos. Esto es cierto -en parte- porque toda visión requiere distancia. Pero no podemos aceptarlo como verdad absoluta, sin exponernos al peligro de dejar pasar estos hechos sin reparar en ellos, incapacitándonos para verlos más tarde con lejanía. Muchos pretenden cegar para no ver el incendio, y piensan que podrán más tarde describirnos sus vivas llamas merced al análisis de las cenizas. No. Nuestro deber de hoy es ver lo actual como podamos, y pintarlo como lo vemos, sin que nos apesadumbre el pensar que otros pudieran verlo mañana mejor que nosotros. No olvidemos tampoco que los ojos futuros cegarían para estos hechos, si nuestros ojos se hubieran empeñado hoy en no verlos. Otrosí: En la boca del león muerto hacen panales las abejas; mas de la fuerza del león no hemos de juzgar por esos panales.

«El Quinto Regimiento». Mucho mejor todavía que me sonaban, siendo niño y estudiante, las palabras «tercio viejo de Flandes», o las evocadoras de hechos de la antigüedad clásica, como «falange macedónica», suenan hoy a mis oídos de viejo estas dos voces: «quinto regimiento», de suyo tan inocuas, pero, por obra de la historia que estamos viviendo, tan cargadas de significación que, sin ellas, no podríamos señalar nada profundo y verdadero en la guerra de España, la guerra actual que a todos apasiona.

Huelga decir que el Quinto Regimiento, en su acepción estrictamente militar, no existe ya: él mismo fue, voluntaria y abnegadamente, a fundirse y a disolverse dentro del gran Ejército Popular de la República. Pero, con mucha más razón que los viejos monárquicos gritaban al fallecimiento de sus soberanos: el rey ha muerto, ¡viva el rey!, muchos de nosotros, al saber que ese grupo de héroes, dando una prueba sublime de disciplina y de modestia, se integraban a una más vasta organización militar, que él mismo había contribuido a formar, gritamos conmovidos: ¡viva el Quinto Regimiento!

El Quinto Regimiento es el nombre con que el Partido Comunista español popularizó el instrumento de lucha, consagrado a combatir al fascio, desde el mismo día (19 de julio) en que fue fundado, en una reunión inolvidable, a que asistieron los comandantes Carlos, Castro, Barbado, Heredia; algunos miembros del Partido Comunista, «Pasionaria», José Díaz y Francisco Antón. Tal es la célula fecunda, destinada a convertirse muy pronto en perfecto organismo.

El Quinto Regimiento fue, en verdad, popular desde sus comienzos. El pueblo con certero instinto lo hizo suyo, lo acogió con amor y entusiasmo. ¿Por qué? La respuesta es fácil: el pueblo -en el pueblo entramos todos, sin distinción de clases, cuantos sentimos el destino común a los hombres de nuestra raza- sabe muy bien lo que nace para la vida y lo que nada destinado a la muerte. En esto no suele engañarse. Ello explica muchos aparentes milagros de la Historia. El 2 de mayo un motín callejero llevaba dentro toda nuestra guerra de la independencia del movimiento arrollador que hizo palidecer, primero, y que abatió más tarde el poder del primer capitán de su siglo. La salida de Juan Martín de su oscuro pueblo, seguido de dos hombres, es un comienzo tan humilde como fecundo de la gesta inmortal de nuestros guerrilleros. El Quinto Regimiento -no lo olvidemos- que nace con 500 hombres en los primeros días de la guerra, se disuelve en enero de 1937 con 139.000 hombres, repartidos y encuadrados en los frentes de Madrid, Extremadura, Andalucía y Aragón... ¡Todo un ejército fiel al modesto nombre de su origen! ¡Todo un ejército que nace en el pueblo, el pueblo lo nutre y acrecienta, y al pueblo se reintegra, una vez creado como perfecto organismo de combate, sin que ni en un solo momento de su historia gloriosa se prestase a ser un instrumento en manos de la ambición! 

El primer comandante en el Quinto Regimiento fue Enrique Castro; siguióle -en el orden del tiempo- Enrique Líster; el comandante Carlos J. Contreras fue desde su fundación comisario político. Entre sus jefes figuran también Modesto Guilloto, «El Campesino» (Valentín González), los hermanos Galán, los coroneles Moriones, Heredia y Brillo; los tenientes coroneles Nino Nanetti y López Tienda, muertos heroicamente; Gustavo Durán, Toral... Cito no más estos nombres gloriosos, porque así cumple a esta breve noticia, prefacio de un trabajo más extenso que me propongo hacer; pero deploro al citarlos no haber aprendido a escribir en bronce.

En la barriada norte de Madrid y en la calle de Francos Rodríguez, amplia vía moderna de la ciudad, en cuyas últimas casas se otea el austero paisaje del Guadarrama, tenía el Quinto Regimiento su casona de rojo ladrillo. Allí residía su Comandancia. Algún día, cuando Madrid se reconstruya, no sabemos qué nombre tomará esta calle; pero seguramente allí comenzará un nuevo Madrid, con parques de pinos y encinares, que no termine hasta llegar a un gran balcón frente a la sierra, la sierra donde el viejo Madrid escribió con sangre dos palabras imperiosas: ¡No pasarán! Dice José Herrera Petere, en su reciente y admirable epopeya de la guerra Acero de Madrid (muy otro acero, en verdad, que el medicinal que se administraban las damas opiladas en tiempos de nuestro Lope de Vega) que hubo de ensancharse la puerta del cuartel rojo de la calle de Francos Rodríguez. Salían de allí, dice, expediciones para todas partes, mas no por eso quedaba silencioso el cuartel. Había colas en él para alistarse, para recoger armas, para hacer la instrucción. Colas para dar, para darlo todo, y para no pedir nada: las cosas más generosas del mundo.

Sí, tiene razón Petere. Y con él hemos de estar acordes muchos de cuantos escribimos hoy sobre la guerra. Por fortuna, pasaron los tiempos en que los hombres de pluma preferían cohonestar con el ingenio lo estrambótico -disfrazar la tontería humana para que los tontos no la reconozcan por suya- a aceptar con sincero aplauso una verdad bien señalada, que habla a la conciencia de todos. Fue aquello, en efecto, un río generoso, una humana corriente altruista. Y fue corriente y cauce (el Quinto Regimiento), ímpetu popular, frenado por un concepto de la disciplina y de la eficacia no menos popular.

Convendría no olvidar nunca, cuando se habla de la obra del pueblo, toda la parte que en ella pone la inteligencia y la cautela. Cuando se evoca al río popular, apenas si se piensa más que en sus posibles desbordamientos. Se olvida el amplio y flexible lecho por donde corre, sus esclusas y compuertas y las acequias, regatos y atanores que conducen y distribuyen sus aguas. Se piensa que lo popular en España es la anarquía, en el sentido peyorativo de esta palabra. Yo he pensado siempre precisamente todo lo contrario. Siempre creí que, sin la más directa intervención del pueblo, nada completo, nada fuerte, nada orgánico y vital podríamos realizar. Lo anárquico en España es siempre señoritismo, en el mal sentido -si alguno hay bueno- del vocablo. En el Poema del Mío Cid, esa gesta que escribió un hombre de la altiplanicie de Castilla fronteriza con los reinos moros de Aragón, no hay más señoritos propiamente dichos que los Infantes de Carrión, yernos de Rodrigo, los «héroes» del Robledo de Corpes. Contra ellos luchamos, como creo haber demostrado en otra ocasión. Todo lo demás, empezando por el Campeador, es pueblo, hondamente pueblo y, por ende, el elemento constructor y fecundo de la raza.

El Quinto Regimiento surge de una iniciativa del Partido Comunista español, pero el Partido Comunista español (os habla un hombre que no está afiliado a él y que dista mucho en teoría del puro marxismo) es una creación españolísima, un crisol de las virtudes populares, entre las cuales figura nuestro don de universalidad y nuestra capacidad de amor más allá de nuestra fronteras. Nada tan español, nada tan popular -reparadlo bien-, nada tan sinceramente nuestro como esa honda simpatía, como ese amor fraterno que siente hoy España, la España auténtica, por el pueblo ruso y por los hombres de otros pueblos, que han venido a verter su sangre por una causa humana, generosa y desinteresadamente, al lado nuestro. Los que se dicen defensores de la cultura, y bombardean el Museo del Prado, la pila bautismal de Cervantes y el sepulcro de Cisneros, los hoy llamados fascistas -yo creo que el mote les viene todavía ancho-, los que han abierto las puertas de su patria a las codicias totalitarias, son, en cambio, los mismos que trabajaron siempre por aislarnos del mundo. Ellos son los descendientes de aquellos mayorazgos en corte, que gastaban sus fortunas en adular a la realeza, mientras los pobres segundones descubrían y conquistaban América; ellos -todo hay que decirlo- son los que más de una vez hicieron fecunda a la pobreza española. Merced a ellos, hombres como Cervantes tuvieron que buscar el pan fuera de su patria. Y conste que por ellos ni se hablaría el español más allá del Atlántico, ni se habría escrito el Quijote.

El Quinto Regimiento tuvo desde un principio un contexto integral de la guerra: Hay que luchar y hay que saber por qué se lucha. De aquí la enorme importancia que dio siempre a cuanto se relaciona con la cultura, en su aspecto moral, técnico y artístico. Un episodio no más de la actuación pro cultura del Quinto Regimiento es el tránsito de Madrid a Valencia de los intelectuales y la instauración, en la ciudad del Turia, de la llamada, con ingeniosidad popular, Casa de los Sabios. Se pretende poner a salvo a los más altos productores de la cultura actual, al par que se libertaban del fuego las joyas de nuestros museos, de nuestros archivos, de nuestras bibliotecas. El Quinto Regimiento, que trabajaba por la creación de un ejército regular al servicio de la República, tenía sus raíces no sólo en el Ministerio de Defensa Nacional, sino también en el de Instrucción Pública. La labor de Wenceslao Roces y Jesús Hernández, dos egregios comunistas a quienes debe en dos años -digámoslo de pasada- la instrucción en España más que a un siglo entero de sus predecesores, es actuación del Quinto Regimiento. Digámoslo para gloria suya y satisfacción de cuantos creemos debemos a la verdad antes que a la delicadeza que omite el elogio a boca de jarro.

El Quinto Regimiento fue, en su actuación concreta y limitada, algo admirable y, en cuanto es asequible a la obra humana, perfecto. En su actuación difusa y mediata fue algo más admirable y perfecto todavía. Supo crear, animar, impulsar, supo organizar, asimilar, atraer, hacer cordialmente suyas las esencias de una guerra que es el principio -no lo olvidemos- de una nueva Cruzada. Cuando llegue el día de las grandes simplificaciones, cuando los tópicos actuales hayan adquirido su más profunda significación, se dirá: Fue el Quinto Regimiento el alma de la guerra de España, el firme sostén de la más gloriosa República española, fue España misma, frente a los traidores de casa, desnaturalizados por su propia traición, y las negras y abominables codicias de fuera. Honda y sustancialmente, cuanto en España no fue Quinto Regimiento, cuanto no estuvo de corazón con el Quinto Regimiento, fue -admitamos otra expresión de valor simbólico- quinta columna.


Antonio Machado
La Guerra. Escritos: 1936-39
Emiliano Escolar Editor, 1983, pp. 227-232








2042. Miguel Gila y el 5º Regimiento

Miguel Gila Cuesta
(Madrid, 12 de marzo de 1919 - Barcelona, 13 de julio de 2001)


"Con la mano izquierda se sujeta el fusil a la altura de la cintura, se tira del cerrojo hacia arriba, después se corre hacia atrás, se coloca el cargador, se empuja el cerrojo hacia adelante, se gira hacia abajo y ya tenemos una bala en la recámara. Después se apoya la culata contra el hombro, aseguraos de que la culata esté bien apoyada en el hombro, porque si no lo hacéis así, el retroceso del fusil puede romperos la clavícula. Se apunta con un solo ojo, observando que esta ranura de arriba coincida con el punto de mira, se aprieta el gatillo y de esta forma se dispara. El gatillo tiene dos tiempos, uno que prepara el percutor y otro que golpea en el casquillo de la bala. Cada vez que se termina el cargador, se vuelve a hacer la misma operación. Es muy conveniente durante el combate tener la bayoneta calada por si tenéis que entrar en el cuerpo a cuerpo. ¿Enterados? Bien. ¡Rodilla en tierra! ¡Carguen! ¡Apunten! ¡Fuego!" 

 "Para lanzar las granadas de mano se aprieta esta palanca, se saca el seguro tirando de la anilla y una vez quitado el seguro, siempre con la palanca apretada, se espera el momento de lanzarla; cuando llega ese momento, antes de arrojarla se suelta la palanca abriendo la mano, contáis diez segundos y la lanzáis. No lo hagáis antes de contar diez segundos porque os la pueden devolver". 

Estas fueron todas las instrucciones que recibimos durante cinco días; después, con tres cartucheras llenas de balas, un fusil Mauser con su machete y dos granadas de mano, nos subieron a los camiones. Yo buscaba a Pedro Tabares. No lo veía por ninguna parte.  

Adelante milicianos   
a luchar con el valor   
que nos da nuestro coraje   
empujando el corazón.   
A aplastar a los fascistas,  
la canalla sin igual,   
que por no ceder sus fueros   
quiere ahogar la libertad.   
Camaradas, camaradas,   
todos juntos a luchar   
en la vanguardia.   
Venceremos, venceremos,   
que es de acero el Regimiento Pasionaria.   
venceremos, venceremos,   
nuestra consigna es aplastar,   
a traidores y a fascistas,   
que jamás han de pasar.  

Y me preguntaba yo: si me he alistado en el 5º Regimiento de Líster, ¿qué hago en el Regimiento Pasionaria? ¡Qué más da! Lo importante es luchar contra los fascistas. Hacía mucho calor por aquella carretera en la que apenas había árboles, pero en el camión, con el aire, ni se notaba. Y seguí cantando como todos los demás: 

¡Ay, ay, ay tirano burgués!   
¡Ay, ay, ay, qué mal te vas a ver!   
¡Ay, ay, ay, que viva nuestra unión   
que somos comunistas   
hasta el corazón!  

O sea, que por lo que cantábamos, yo no era socialista, era comunista. Pero, pensaba yo, si pertenezco a las Juventudes Socialistas, ¿quién me ha hecho comunista? En fin, tampoco era momento de cuestionarme si era comunista o era socialista. Ni siquiera sabía cuál era la diferencia entre una cosa y otra.

Y así, subidos a los camiones, íbamos hacia el frente. Ese frente que iba a ser nuestro bautismo de fuego.   

Yo seguía tratando de encontrarme con Pedro Tabares, pero alguien me dijo que lo habían destinado al Batallón Alpino. Lo mismo que me pasaba con lo del comunismo y el socialismo, no tenía ni idea de qué quería decir lo de "batallón alpino", si le habían destinado a un pinar o a los Alpes. 

Cuando llegamos a Sigüenza, nos dividieron en pelotones y cada pelotón en escuadras de cinco individuos. Vimos gente corriendo de un lado a otro alocadamente. Algunos hombres llevaban escopetas de caza y otros esgrimían armas rudimentarias, sables, hoces, horquillas de hierro de las usadas para recoger las parvas, hachas, azadones, piquetas. Nos dijeron que estaban buscando fascistas. Aquello parecía la escenificación de algún cuadro de El Bosco. Mi escuadra la componíamos Fernando, Fraguas, Medrano, Cabral y yo. Llegamos hasta una casa en la que había un gran revuelo, se oían gritos de mujeres. Entramos, cruzamos el comedor y fuimos hasta la cocina. En la cocina había una puerta trasera que daba a un pequeño campo mezcla de huerta y corral. En el suelo, en un gran charco de sangre, dos cuerpos tendidos, uno de ellos llevaba puesto el uniforme de la Guardia Civil, el otro una camisa y un pantalón, habían sido abatidos a tiros de escopeta; la cara del guardia civil era un amasijo irreconocible, la del otro, la del que vestía camisa y pantalón, tenía el espanto en sus ojos desmesuradamente abiertos, había recibido los disparos en el vientre y sobre la camisa se podían ver sus intestinos. Los hombres que los habían matado estaban con sus escopetas bajo el brazo y una sonrisa en el rostro. Nos recibieron en actitud de héroes, con su cara, su boina o su gorra quemadas de sol. Nos miraban a nosotros y a los dos hombres que yacían en aquel charco de sangre, y sujetaban sus escopetas bajo el brazo sin dejar de sonreír, solamente les faltaba poner un pie sobre cada uno de los muertos para hacerse una fotografía, como si hubieran ido a un safari y hubiesen capturado dos leones. Unas mujeres, con los ojos cegados por el llanto, contemplaban a aquellos dos hombres caídos, mientras daban gritos desgarradores. Unos niños se abrazaban a las piernas de las mujeres, en sus caras se reflejaban el terror y la incomprensión. 

Uno, nos dijeron los de las escopetas, era el boticario y se llamaba Betegón, el otro era un teniente de la Guardia Civil, los habían cazado, ésa fue la palabra que utilizaron, cuando trataban de huir por la parte trasera de la casa. Eran, nos dijeron, dos fascistas.

La visión de los intestinos del hombre con camisa y pantalón y la cara del guardia civil completamente destrozada me provocaron un vómito que no pude evitar. Comencé a sospechar que la guerra iba a ser dura y sangrienta. Cuando tomé la determinación de alistarme como voluntario no supuse que esa guerra civil iba a ser aprovechada por muchos para realizar una serie de venganzas llevadas a cabo con la disculpa de estar del lado de la derecha o del lado de la izquierda.   

Si dijera que al enrolarme lo hice apoyado en un profundo conocimiento de la política o de la ideología, estaría faltando a la verdad. A pesar de mi escuchar, de mi leer y de mi preguntar, tanto mis conocimientos ideológicos como políticos eran muy limitados, tan limitados que no sabía distinguir entre el comunismo y el socialismo, lo único que tenía claro, porque así me lo habían explicado en mi casa, era que los trabajadores corrían el riesgo de perder los derechos conseguidos gracias a la República, y que por eso había que defender la República, aunque para ello fuese necesario jugarse la vida.

Mi ideología se iría formando más adelante, durante los primeros meses de vivir la guerra con todos sus horrores, después de que me llegara la noticia de los fusilamientos de Badajoz, después del bombardeo de Guernica por la aviación alemana, después de los continuos bombardeos de Madrid, donde las mujeres aterrorizadas corrían con sus hijos en los brazos a buscar refugio en las estaciones del metro, y se afirmaría algunos meses antes de terminar la guerra, después de ser testigo directo del cruel comportamiento de los mercenarios traídos por Franco de África, después de las humillaciones que padecí y vi padecer a otros hombres jóvenes como yo en los campos de prisioneros y en las improvisadas cárceles de la dictadura. Porque aunque algunos traten de negarlo, la posguerra fue muchísimo más cruel que la guerra misma. Si durante la guerra hubo muchas venganzas personales, la posguerra la superó con creces en ese tipo de ajuste de cuentas. 

Yo, a mis diecisiete años, pensaba que la guerra, aun tratándose de una guerra civil, iba a ser una lucha limpia entre dos bandos con distinta ideología o con distinta forma de pensar. Y de lo que estaba plenamente convencido era de que el levantamiento de Franco contra la República iba a ser cuestión de días. 


Miguel Gila
Entonces nací yo. Memorias para desmemoriados