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3187. Retrato de poeta




A Ramón Gaya

¿También tú aquí, hermano, amigo,
Maestro, en este limbo? ¿Quién te trajo,
Locura de los nuestros, que es la nuestra,
Como a mí? ¿O codicia, vendiendo el patrimonio
No ganado, sino heredado, de aquellos que no saben
Quererlo? Tú no puedes hablarme, y yo apenas
Si puedo hablar. Mas tus ojos me miran
Como si a ver un pensamiento me llamaran.

Y pienso. Estás mirando allá. Asistes
Al tiempo aquel parado, a lo que era
En el momento aquel, cuando el pintor termina
Y te deja mirando quietamente tu mundo
A la ventana: aquel paisaje bronco
De rocas y de encinas, verde todo y moreno,
En azul contrastado a la distancia,
De un contorno tan neto que parece triste.

Aquella tierra estás mirando, la ciudad aquella,
La gente aquella. El brillante revuelo
Miras de terciopelo y seda, de metales
Y esmaltes, de plumajes y blondas,
Con su estremecimiento, su palpitar humano
Que agita el aire como ala enloquecida
De mediodía. Por eso tu mirada
Está mirando así, nostálgica, indulgente.

El instinto te dice que ese vivir soberbio
Levanta la palabra. La palabra es más plena
Ahí, más rica, y fulge igual que otros joyeles,
Otras espadas, al cruzar sus destellos y sus filos
En el campo teñido de poniente y de sangre,
En la noche encendida, al compás del sarao
O del rezo en la nave. Esa palabra, de la cual tú conoces,
Por el verso y la plática, su poder y su hechizo.

Esa palabra de ti amada, sometiendo
A la encumbrada muchedumbre, le recuerda
Cómo va nuestra fe hacia las cosas
Ya no vistas afuera con los ojos,
Aunque dentro las ven tan claras nuestras almas;
Las cosas mismas que sostienen tu vida,
Como la tierra aquella, sus encinas, sus rocas,
Que estás ahí mirando quietamente.

Yo no las veo ya, y apenas si ahora escucho,
Gracias a ti, su dejo adormecido
Queriendo resurgir, buscando el aire
Otra vez. En los nidos de antaño
No hay pájaros, amigo. Ahí perdona y comprende;
Tan caídos estamos que ni la fe nos queda.
Me miras, y tus labios, con pausa reflexiva,
Devoran silenciosos las palabras amargas.

Dime. Dime. No esas cosas amargas, las sutiles,
Hondas, afectuosas, que mi oído
Jamás escucha. Como concha vacía,
Mi oído guarda largamente la nostalgia
De su mundo extinguido. Yo aquí solo,
Aun más que lo estás tú, mi hermano y mi maestro,
Mi ausencia en esa tuya busca acorde,
Como ola en ola. Dime, amigo.

¿Recuerdas? ¿En qué miedos el acento
Armonioso habéis dejado? ¿Lo recuerdas?
Aquel pájaro tuyo adolecía
De esta misma pasión que aquí me trae
Frente a ti. Y aunque yo estoy atado
A prisión menos pía que la suya,
Aún me solicita el viento, el viento
Nuestro, que animó nuestras palabras.

Amigo, amigo, no me hablas. Quietamente
Sentado ahí, en dejadez airosa,
La mano delicada marcando con un dedo
El pasaje en el libro, erguido como a escucha
Del coloquio un momento interrumpido,
Miras tu mundo y en tu mundo vives.
Tú no sufres ausencia, no la sientes;
Pero por ti y por mi sintiendo, la deploro.

El norte nos devora, presos en esta tierra,
La fortaleza del fastidio atareado,
Por donde sólo van sombras de hombres,
Y entre ellas mi sombra, aunque ésta en ocio,
Y en su ocio conoce más la burla amarga
De nuestra suerte. Tú viviste tu día,
Y en él, con otra vida que el pintor te infunde,
Existes hoy. Yo ¿estoy viviendo el mío?

¿Yo? El instrumento dulce y animado,
Un eco aquí de las tristezas nuestras.


Luis Ceruda, 1950
Las horas contadas







3185. Carta a Ramón Gaya en el verano de su vida y de 1980

Tomás Segovia y Ramón Gaya


Ramón         
Estoy sentado delante del verano
Pensando qué palabra o qué tibieza darte
Hoy que se nos otorga una fecha y un sitio
No para que pasemos para que allí acudamos
Para estar allí juntos en un día de signos
Donde el nombre y el pan serán ceremoniales
Pensando qué don darte humilde y verdadero
Que no pague por nada que declare la deuda

Pero pensando más en ti que en la tarea
Como el niño que deja sin trenzar la guirnalda
Por soñar la emoción que la motiva
Pensando por ejemplo ante el potente estío
En un brillo horneado que recuerdo en tu frente
Me acuerdo de ti en Roma en México en París
En la nieve en el frío en la temosa lluvia
Tu frente estaba siempre en el verano
Tienes ahí la piedra más clara aún que fuerte
Que topa sin cesar muy altas cristaleras
No mármol ni granito sino canto de río
Que tiene más de pan que no de monumento
Sé qué entera has tenido siempre esa piedra tuya
Que nunca la has molido para arena de diques
Ni la has tirado al suelo para muro de greyes
Piedra en pie piedra en puño piedra inmóvil de honda
Fuerte no por el peso ni la celeridad
Fuerte por el momentum poderosa por dentro
Piedra que nada tiene del hiriente diamante
Excepto lo diáfano de su sombra central
Con sus graves destellos pero sin sus aristas
Sino lisa y pulida y alta como tu frente
Con esa curva fina pero que nada quiebra
Poderosa con calma que has dibujado siempre
Bañada en claridad lo mismo que tus cuadros
Que la luz aureola mucho más que ilumina
Y ahora que te veo llegar hasta tus años
Llevando por delante como tu fuerza viva
La piedra fogueada de tu frente
Pienso que tu mirada que es siempre tan visible
Que se hace para algunos a veces inmirable
Es certera también
Como solo es certera una piedra certera
Segura como el pulso con que tu mano unánime
Persuade el material aun más que lo domina
No lucha con el cuadro como el forzudo púgil
Sino acierta con él como el hondero
Sé que has visto no sé si con mayor justicia
O más utilidad o mejor que los otros
Pero certeramente
Verdades en la vida
Pero sólo lecciones en la historia
Y sé que lo que sueñas y lo que tal vez eres
Es esa unión del pulso seguro y de la piedra
Esa plomada en carne certera y palpitante
Esa especie de piedra animal que es el alma.


Tomás Segovia
Carta a Ramón Gaya en el verano de su vida y de 1980, escrito en Sorede en junio de 1980 y publicado el mismo año en el Homenaje a Ramón Gaya por la Editora Regional de Murcia, al cumplir Ramón Gaya 70 años.








2780. He pintado ese momento

María Zambrabo Alarcón
(Vélez-Málaga, 22 de abril de 1904 - Madrid, 6 de febrero de 1991)


Es muy difícil hablar de una persona amiga; hay algo –un no sé qué- que nos impide formular aquello que con más ahínco quisiéramos decir, acertar a decir de esa persona: lo que más hondamente valoramos de ella, lo que más intensamente... queremos de ella.

A María Zambrano todos hemos tenido alguna vez la tentación de suponerle un algo, y hasta un mucho, de... Sibila o de Pitonisa. Hoy no lo creo propiamente así, ya que sería, hablando mal y pronto, como decir una verdad que al mismo tiempo... no es verdad; sería como negarle a nuestra gran amiga  el don mismo del pensamiento; sería como suponerlo todo en manos de la simple inspiración, de la simple adivinanza. Y lo cierto es que María Zambrano... piensa –y existe- como cualquier otro ser mortal. Lo que sucede es que María, nuestra amiga, no se ha... puesto nunca a pensar, como tantos –incluso algunas veces el propio Ortega-, sino que ha pensado siempre como sin proponérselo, como sin quererlo, como sin... saberlo. Es también la manera de ser, de ser naturaleza, que habíamos visto en Nietzsche. Estas buenas y extrañas personas –creadoras naturales de pensamiento, de poesía, de pintura, de música- más que hacer tal o cual cosa, parecen serla, sin más. ¿Quién puede pensar que un “andante” de Mozart ha sido... compuesto? Van Gogh, en realidad, no pinta, deja que la pintura, ella sola, ingenuamente en cueros, se manifieste, eso es todo. Velázquez no es ya que no pinte, sino –como todos sabemos- que no quiere, en absoluto, pintar; se diría que Velázquez sólo viene a trasmitirnos la pintura –lo más silencioso y verdadero de ella, de esa... embustera- y entonces poder marcharse, irse. María Zambrano es, pues, una de esas criaturas... creadoras.

En Roma, durante años, nos hemos visto casi todos los días. Yo tenía entonces un estudio en Mario di Fiori, casi esquina a vía Condotti, y María, con su hermana Araceli, vivía en Piazza del Pòpolo. Nos movíamos muy bien por estos lugares: el Café Greco, Piazza de Spagna, vía del Babuino, la frutería, la “trattoría”; el lujosísimo escaparate de ropa o de joyas al lado mismo del verdulero, los gatos... Pero quizá en donde he visto a María, no más feliz, ni más triste, sino más... plena, más completa, ha sido en la via Apia. A María le gustaba, sobre todo, llegar hasta un relieve muy perdido, muy gastado, de una tumba romana.

Junto a esa tumba hay un pino –un pino romano- que también parece una escultura. Casi podría pintar ese momento.


Ramón Gaya
ABC, Madrid, 1989













2723. Picasso, trébol de cuatro hojas

Pablo Ruiz Picasso
(Málaga, 25 de octubre de 1881 . Mougins, 8 de abril de 1973)



¿Recuerdan ustedes a Picasso? Sí, sí, naturalmente.  Está fijo ya, nada puede moverlo, no ha caído, sino que su “entonces” se ha quedado inmóvil, roca para siempre, muerto. Muerto es como tenía que pasar a la historia definitiva. Hoy todo el mundo conoce su muerte (menos esos que son, ¡ay!, tan numerosos);  pero decir aquí muerto no es decir derrumbado y sin trono; digo muerto para juntar acabado, final, límite y llegada en las menos letras posibles.

Frente a Picasso había tres preguntas siempre: ¿es pintor?, ¿es artista?, ¿es sincero? Hoy frente a Picasso hay una sola respuesta: es el más grande caso de Poderío. Cada hombre viene con unas dotes y unos valores especiales para todo o aquello (Juan Ramón, para decir con palabras apasionadas y carnosas lo que escapa a los nombres; Falla, para revelarnos lo que tiene la música popular oculto dentro); pero Picasso viene con unos valores sin qué ni dónde.

Picasso es un valor, pero su valor es una isla inhabitable; por eso han muerto él y su obra juntos, quedando en pie tan sólo sus virtudes, su valor genial, su gran poder, su Poderío. Lo que diferencia a Picasso de las demás figuras altas es que todos “son  esto o aquello genialmente”, mientras que él es sólo genio en principio y fin.  ¿Está bien clara nuestra comprensión  del más traído  y llevado  de los españoles?

Y ahora ya, una nueva pregunta: ¿se puede ejercer el “genio”  como oficio único?  ¿Ser “genio” puede considerarse finalidad?  Preferimos no contestarla nosotros mismos. Lo cierto es que a Picasso ya no se le puede discutir el derecho al trono, al lugar que ocupa; si acaso, el lugar o trono es lo que puede oscilar entre admitirlo o no. Siempre tendrá partidarios y enemigos (me refiero a enemigos enterados, no a esos vientres del Círculo de Bellas Artes); enemigos como los tiene también Napoleón, aunque todos coincidan en reconocerle un gran genio a caballo.

En 1928, un día de primavera y sol en la rue de la Boëtie tres pintores españoles fuimos recibidos por Picasso en su casa (nos llevaba de la mano el pintor catalán Francisco Domingo), y nos llamábamos Esteban Vicente, Pedro Flores y R.G. Yo iba con diecisiete años deslumbrados. Subimos. Hundir el botón del timbre era en ese momento mío adolescente como apretar la carne de la dicha misma;  mis días de encierro en Murcia me parecían premiados con una generosidad lujosa. No hablé (nunca he hablado dichoso); miraba y escuchaba solamente; miraba lento a ese personaje de la mitología que había alimentado toda mi niñez grande. Con amabilidad sencilla, nos enseñó dos cuadros del Aduanero, que quizás son lo más graciosos que he visto de este pintor, demasiado decorativo y demasiado aplaudido por los “snobs”. Después subimos al piso de arriba que utiliza íntegro como estudio: en las paredes, blancas,  ni un solo cuadro; en las habitaciones, ni un solo mueble; solamente las telas que está pintando, vueltas de espaldas y como de rodillas en espera de bajar a la galería Rosemberg, a su cuartito de siempre, frente al de Braque. Fue volviendo los cuadros, sacó dibujos del olvido, revolvió allí donde no había que revolver; esto, sin terminar; aquello, fracasado. Y entonces, en este hombre bajito, andaluz, con ojos encendidos como dos cerezas, con todo ese rostro ágil y fácil al guiño de la mejor gracia y traspasado por un fino puñal irónico, pude ver su deseo limpio de no decepcionar (no por él, sino por nosotros), y cuando se acercaba  con un nuevo hallazgo entre las manos parecía ofrecer unas pastas o servirnos azúcar en el té. Yo no había supuesto el estudio de Picasso así,  pero tampoco lo supuse de otro modo, y viéndolo se comprende  que es como únicamente podía ser: algo clínica, limpia, frío y claro, sin “pátina”, sin ambiente, sin bohemia y, sobre todo, sin lujo. ¿Dónde tiene sus colores y sus pinceles? ¿Y el caballete? ¿Y el trapo de limpiar el color?  No hay, no existen; porque Picasso hemos dicho que no es pintor (¡qué escándalo!), y lo que él hace en su gran piso vacío es “manipular”.

Todos salimos a la calle llenos de admiración por un talento tan vivo, pero lo que no supe decir entonces (las desgracias nos duelen siempre un poco después de recibirlas) es que dentro de mi pozo más ignorado se había quebrado un agua dolorosamente. Porque mi inteligencia y mi alma acababan de divorciarse, y mientras la primera aplaudía con estruendo, la segunda  decía en voz muy baja: “el más grande pintor de hoy resulta que no es pintor”.  Y esto quizá  no le importe a un músico, pero a un pintor sí le importa, y no perdonará nunca esta infidelidad, este desertar por juego o por defecto. ¿Y cómo vamos a pedirle fidelidad a quien necesita ser infiel a sí mismo si quiere existir? Picasso se va comiendo la cola para alimentarse. Su cambiar continuado no es corregirse, sino destrucción total de lo que ha sido.

El éxito entre los poetas y los escritores se debe a que pudo resistir los más bellos, los más ingeniosos, los más absurdos piropos. Partiendo de su obra se podía inventar una moral y hasta una filosofía. ¡Y qué gran comilona para psiquiatras!

Pero no seamos rigurosos; hay muchos nombres en el más vivo pasado que necesitaríamos preguntarnos si pertenecen a pintores: Fray Angélico, Rafael, Leonardo, Botticelli. Porque Constable, Velázquez,  Murillo y Rembrandt (pintores en redondo) no bastan quizá a un apetito variado.

Frente a Picasso hay una respuesta: es el más grande caso de Poderío. Y es que Poderío es la suma de esas virtudes que él tiene, es decir, el nervio, la invención, la valentía, la sorpresa, la agilidad, el talento.


Ramón Gaya
Madrid, 1934












2716. A Ramón Gaya

Ramón Gaya
(Murcia, 10 de octubre de 1910 - Valencia, 15 de octubre de 2005)


El que hayan querido los hados, y estos amigos nuestros, que sea yo aquí, esta tarde, quien te ofrezca una copa de parabién, de amistoso saludo de bienvenida, te diré que me enorgullece; siendo para mí, al mismo tiempo, una íntima alegría, una alegría de corazón.

Porque, al hacerlo, doy testimonio de ti... Por haber sido, en parte, y en algún tiempo, testigo de tu vida: peregrina como la mía, muchos años, en destierro involuntario de España. Y sucesivamente, durante esos años que pasamos fuera de España, por haber coincidido tantas veces contigo –no solamente en el motivo y los motivos que ocasionaron nuestro destierro español peregrinante- sino en coincidencias de pensamiento y sentimiento del arte; de la poesía, de la pintura... que hoy vienen, en este encuentro nuestro, a verificarse mejor: gracias al regalo que nos traes contigo, al llegar, con tus cuadros y con tu libro. Orgullo y alegría siento al encontrarnos aquí ahora; porque tu amistad se acompaña de una obra –en tu pintura y en tu libro- de lo que suele llamarse (y no siempre con razón como en este caso tuyo) de madurez: de plena madurez.

Alguien dijo que lo más difícil de la vida es poder llegar a madurar sin pudrirse. Hoy, como siempre, en arte: en poesía, en pintura... vemos frutos jóvenes, o juveniles por su tiempo, que por empeñarse en serlo solamente, “de su tiempo”, en hacer o llevar el arte de su tiempo, se apican, se apicaran, se pudren por dentro, cuando muestran, llevándolo por fuera, como un traje, como un disfraz, su cáscara de fruto verde. Suele anidar un corazón agusanado el arte que nos tienta con sola apariencia de novedad.

Decía Antonio Machado que una cosa es lo “novedoso” y otra lo “original”. Dos cosas opuestas y contrarias. He aquí un arte –el tuyo- que es original y no es novedoso. Como es original y no es novedoso tu pensamiento cuando hablas, cuando escribes sobre pintura. Esta pintura tuya, este libro tuyo: “El sentimiento de la pintura”, se corresponden por un mismo sentido de la vida y del arte: que es el de un mismo sentimiento de la realidad. En las páginas de tu libro encontrará quien las leyere la misma inteligencia, el mismo sentimiento del arte y de la vida que en tus pinturas y dibujos se manifiesta.

Y digo sentimiento y entendimiento, como tú lo entiendes y lo sientes. Por lo que conviene advertir ahora que para nosotros –tú dirás si es así- sentimiento es exactamente lo contrario de sentimentalismo y entendimiento, inteligencia, también es exactamente lo contrario de intelectualismo. Estos términos –nunca extremos, casi siempre identificables o intercambiables- de intelectualismo y sentimentalismo, son caricaturescos; porque expresan, falseándola, mintiéndola con una exageración postiza, la verdad de los otros dos; llenan de enmascarada voz, de ahuecada voz, su hueco, su vacío.

Entendimiento de la pintura. Sentimiento de la pintura. Aquí están los dos: en estos cuadros, ante nuestros ojos; en este libro cerrado para cuando lo queráis abrir. Pero advirtiendo –sobre todo a los jóvenes capaces de madurar todavía- que “para entender  es necesario amar”, como dice el Santo. Lo que expresó un escritor francés –robando-, según ellos, entonces (hace muchísimos años) su pensamiento a Picasso y Strawinski, diciendo: “sentir avant de comprendre”, sentir antes de comprender; que es lo mismo que para comprender. Fórmula exactísima si se le añade esta otra: que en arte, antes que todo, lo primero de todo es “no juzgar”. Los juicios estéticos –dijo, creo, Burkhard- son siempre temerarios. Digo esto, porque suele ser habitual en espectadores y lectores, no el pre-juicio sobre lo que leen o contemplan, sino una especie de pos-juicio anticipado (que es un juicio muerto y condenatorio) como previa medida de valoración, que es condenación. Es el querer saber lo que es una obra de arte antes de sentirla y comprenderla: un intelectualístico querer saber, para juzgar, para juzgarla (antes de sentirla y comprenderla)  si es buena o mala. Es la tentación moral, satánica, del juicio, que impide la madurez viva y precipita la putrefacción mortal.

Has vuelto, amigo Ramón Gaya, a esta España nuestra, poco tiempo después que yo. Y aquí estamos. No sé si se nos nota un aire ausente; si hay algo en nosotros que extraña. Hay mucho que nos extraña a nosotros en ella. En sus pareceres y apariencias. No en su profunda y alta realidad. Esa realidad que para nosotros es, ante todo, un sentimiento. “La realidad, separada del misterio del sentimiento –escribe el sabio Eddington- es una trampa”. La realidad en la que nosotros creemos traspasa, sobrepasa, el arte. Porque el arte es su aparición y no su apariencia o parecido. Nada se parece menos a lo real que la realidad misma. Esto es lo que nos dice Velázquez, lo que nos dice Cervantes. Y es lo que nos dice tu libro, lo que nos dice tu pintura. Con originalidad de creación viva, de participación creadora. De vida y de verdad admirables.

La admiración, decía Galdós, es la atmósfera natural del arte, que, fuera de ella, no puede respirar, se ahoga. Y nos ahoga. ¡Cuántos cadáveres de náufragos del arte se pudren en sus playas por no haber sabido admirar! El arte es admirable por definición: no se puede mirar sin admirar; no se puede ver sin admirarlo; no se puede creer sin admirarse. Tu pintura, tu libro, aquí presentes –querido Ramón Gaya- creo que son admirables. Yo te lo digo sin hipérbole, sin ditirambo, con sencillez de reconocimiento, de agradecimiento. Con amistad.  


José Bergamín    
Leído el 20 de abril de 1960 en la inauguración de la exposición de Ramón Gaya en la Galería Mayer de Madrid












2165. Divagaciones en torno a un poeta: Miguel Hernández

Miguel Hernández Gilabert
(Orihuela, 30 de octubre de 1910 - Alicante, 29 de marzo de 1942)


Este joven poeta, llamado por Juan Ramón «el sorprendente muchacho de Oríhuela» en unas elogiosas palabras que le dedicara un día, ha reunido ahora, en un volumen que titula Viento del Pueblo y subtitula Poesía en la guerra, todos, o casi todos aquellos poemas suyos escritos en la atmósfera de nuestra lucha.

Poesía en la guerra. Quizá fuese más exacto subtitular este libro Versos en la guerra. Versos, porque es el verso lo que en Miguel Hernández vive, es el verso, es tal o cual verso lo que aquí se alza y luce, lo que aquí sorprende. Pero si siempre sus versos son verso —cosa que no consiguen totalmente otros poetas actuales—, en cambio, no todos estos versos que son verso siempre, son siempre poesía. Hasta puede decirse que cuando se da en su obra lo auténticamente poético, se  da un poco por añadidura y con posterioridad al verso mismo, o sea, que es el verso quien le proporciona, quien termina por traerle a Miguel Hernández la poesía, y no la poesía quien dicta su verso. Esa gran facilidad suya, esa gran facilidad técnica —que es, naturalmente, algo muy distinto a técnica maestra— tiene tal vigor que muchas veces, técnica y facilidad consiguen, no ya tan sólo ser méritos brillantes, sino producir y provocar la belleza, una belleza que no había sido requerida o citada expresamente aquí, que llegó de improviso, inesperadamente, un poco alocada, un poco insensata, un poco brusca, pero viva.  Esa desmedida facilidad —que es la misma facilidad que tuvieron SoroUa y Blasco Ibáñez, cada uno en lo suyo, pero los tres sin duda por ser levantinos—, esa pasmosa facilidad para lo que es propiamente hacer resulta casi siempre perdición y salvación a un tiempo. En Blasco Ibáñez, ese escribir incontenido, ese escapársele la mano que viene a ser quizá su mejor virtud, o por lo menos allí donde residen, donde viven incluidas sus mejores virtudes ya que es en ese torrente facilón de su prosa donde no podemos negarle cierta fuerza de escritor porque sí, de nacimiento, de puro y bruto impulso natural; en ese vuela pluma es donde también reside su flaqueza porque una facilidad que le resulta tan fácil de ejercer, de poner en marcha le conduce, le arrastra sin remedio, le lleva ciegamente por donde ni él mismo sabe y teniíina siendo esclavo de su propia facilidad, es decir, termina por ser facilidad sola, por ser vacío, por ser nada. Y en cuanto a Sorolla dudamos de que pueda repetirse un pintor con tanta ligereza, con tantas dotes manuales, con tanta soltura de oficio, con tanta disposición para lo que se puede llamar la albañilería de la pintura; incluso recuerdo que una tarde, en casa del viejo Cossío (aquél claro y limpio santón que dedicara tantas de sus fuerzas a saber del Greco y que si no llegó a decir todo lo que puede y debe decirse sobre tan lujosa personalidad encendida, sí dijo en cambio las primeras palabras que sobre Theotocopuli sonaron a inteligencia y a empeño en nuestro país), contemplaba yo un retrato tamaño natural de Don Francisco Giner debido a Sorolla y me asombraba de su asombroso facilismo, cuando Don Manuel, que había presenciado años atrás el nacimiento de esa figura de completa y terminada apariencia, me aseguró que fué pintada en veinticinco minutos exactamente. 

Pero de esa instantaneidad no debe esperarse nada verdaderamente profundo. De una facilidad como la que tuvieron Sorolla, Blasco Ibáñez o Villaespesa, no debe nunca esperarse una obra medida, sino ese sólo arranque cegato y en desorden de un impulso nativo, irremediable, cierto, pero demasiado elemental. Porque en ese aluvión va siempre, claro es, mucha broza, mucho mal gusto innecesario, mucha inutilidad, mucha gordura, mucha nada con cuerpo, mucho vacío con presencia, mucho... estropajo, aunque todo esto aparezca tantas veces revestido de coloristas, de luministas, de impresionistas apariencias. Lo feo y lo bello, lo malo y lo bueno salen, ruedan por esa corriente turbia y confusa perdidos uno en otro, debilitados entre sí.

Es Miguel Hernández un poeta, un caso de poeta que me importa muy particularmente, aunque no por maniático regionalismo, sino porque encontrándome paisano suyo puedo sospecharme también conocedor de sus resortes, de sus virtudes, de sus defectos naturales.

Nació en Orihuela y es por lo tanto huertano y no campesino, es decir, de una tierra propicia, de un suelo blando y dócil, de un lugar entre polvoriento y amable, de allí donde los huertos son morunos recintos de verdor. Huertano y no campesino, hombre de vega, de exuberancia, de facilidad. No importa que actualmente guste más del campo de Castilla que de la huerta murciana —Orihuela no es Alicante, sino Murcia—, no importa que su obra haya tomado del Romancero cierta «dignidad del tono», de Quevedo atrevimiento y dureza, de Calderón aire sentencioso y metálico, no importa, en fin, que tome aún por muchos días la forma, la cara del Siglo de Oro al mismo tiempo que dice sentirse más compenetrado que con su propio pueblo con el espíritu de Castilla toda; en lo profundo es un levantino muy levantino y lleva en sí lo que de peligroso esto representa, aunque también lo que de riqueza, de gustosidad, de vida carnosa significa.

Pero, ¿qué razones le mueven hacia una tierra y una atmósfera que no es la suya? ¿Se teme a sí mismo? ¿Teme anegarse en esas características regionales de tan desdichados ejemplos? ¿Busca y se acoge a unos hombres y a unos surcos que cree más penosos, más esenciales, más serios? Si es así no debe olvidar que pueden nacerle entonces otros peligros. Porque su torrencial facilidad levantina, aunque produjera raros sonetos admirables al chocar con el seco rigor capturado en ciertas lecturas castellanas, aunque esas dos condiciones opuestas lograsen entonces fundirse en unos frutos sorprendentes, quizá es un camino imposible y artificioso. Por eso cuando comprenda que los defectos innatos, que nuestros defectos naturales no deben ser contradecidos, violentados por nosotros, sino elevados y dignificados; cuando comprenda que no se trata de rehuirlos o falsearlos, sino de superarlos, de darles salvación y buen cauce; cuando comprenda, en fin, que su excesiva sensualidad no debe nunca considerarla como condición maldita y vergonzante, sino como fuerza silvestre, animal, insegura, peligrosa tan sólo, es entonces cuando para no caer en un levantinismo superficial y barato no pensará en volver la espalda a su verdadero suelo, sino que precisamente engolfándose mucho en él, o sea, relizándose de una manera total, es como mejor y más ha de sentirse alejado del sorollismo, del blascoibañismo, del villaespesismo —el coloreo y el facileo de Levante alcanza y llega hasta Almería—, ya que todas estas deslumbrantes personas fueron víctimas de sí mismas por no haber ahondado en sí mismas (una de las cosas que salvaron a Gabriel Miró fué sin duda alguna el valeroso empeño que puso en zambullirse muy de veras dentro de unos elementos desprestigiados pero queridos por él y por él sentidos). Nuestras innatas condiciones —defectos y virtudes— nunca se desprenderían de nosotros por mucho que lo intentásemos; debemos, pues, emplearlas todas, aunque eso sí, cuidando mucho el dónde y el cómo. Que todas nuestras condiciones —virtudes y defectos— vayan a parar a la esencia misma de nuestra obra; que no se sientan nunca traicionadas, desdeñadas, porque podrían vengarse surgiendo inopinadamente, inoportunamente allí donde menos convenía. Cuando a Miguel Hernández le parece haber huido de la exuberancia y de la facilidad hablándonos en sus poemas de un paisaje y unos hombres más bruscos, más duros, más escuetos que los que él conoce, su facilidad y su exuberancia levantinas no quedan sepultas o lejanas como él quizá supone, sino que cambian de papel, y en vez de ser esencialidad —como era en los poetas arábigoandaluces—, en vez de ser motivo, carne, pulpa de su poesía, se manifiestan en el oficio tan sólo, en el trabajo, en el hacer.

Por Viento del Pueblo circula un vigor que no siempre encuentra empleo apropiado y se extravía, se pierde entonces como una fuerza inútil. Es un libro desigual y sin medida. Todo fué a él, todo lo que escribiera Miguel Hernández en arranque de poeta verdadero, pero también lo que trazara su sola mano, su mano de versificador tan tremendamente fácil que logra formar a veces infinidad de versos, no ya sin contenido alguno, sino sin nada, sin palabras siquiera, tan sólo con silabas y acentos. Versos que no pueden considerarse tampoco pura música, ya que la música sólo es música cuando además de sonar, dice, o si se quiere mayor pureza, cuando su sonido, su sonar mismo es ya decir. Sólo sílabas y acentos:

callado, y más callado, y más callado

lutos tras otros lutos y otros lutos, 
llantos tras otros llantos y otros llantos. 

Endecasílabos que parecen estar hechos sin querer, y nacidos, no de un poeta sonámbulo, sino de una pluma que se mueve por costumbre, de memoria, mecánica.

Pero no todo el libro es así. Hay también en sus páginas un poema que nos impresiona y que puede calificarse de muy hermoso: El sudor. La facilidad está en él como quisiéramos que estuviera siempre, empleada y no utilizada, es decir, que no resulta retórica y mitin, sino pasión y entrega. Incluso sus últimas estrofas se salvan bien. Pero de su poema El sudor, es esto lo que preferimos:

En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje, 
El sudor es un árbol desbordante y salado, 
un voraz oleaje. 

Cuando los campesinos van por la madrugada 
a favor de la esteva removiendo el reposo, 
se visten una blusa silenciosa y dorada 
de sudor silencioso.

En este ahinco, en este regusto por un elemento aparentemente prosaico como es el sudor, hay mucho más levantinismo y arabismo de lo que él mismo piensa y quiere. Nótese que Miguel Hernández, no sólo habla aquí del sudor por lo que el sudor del trabajo significa en el hombre de nobleza y dignidad —más bien ésta es la parte del poema que a él le fracasa—, sino que se enamora del sudor como sudor puro, como cosa, como sola existencia, y consigue llenarlo entonces de una hermosura que en la realidad vulgar no puede, naturalmente, tener. Y esto se llama con el mejor y en el mejor de los sentidos, preciosismo, como preciosismo se llama ese lujoso manejo que de la lepra hace Gabriel Miró en sus más vivas páginas. Un poeta castellano de cualquier fecha — Jorge Manrique, Unamuno, y entre los de generación más próxima a la de Miguel Hernández, Serrano Plaja— no se preocuparían de dar al sudor fisonomía, presencia, carne; hablarían de lo que el sudor quiere decir, pero nunca de lo que el sudor parece o es en sí mismo. La mentira hermosa, la belleza delirante, el adorno esencial, la embriaguez, el embuste poético son cualidades morunas que los andaluces y los levantinos están obligados a no falsear ni perder nunca, porque son su fuerza, su profundidad, su metafísica.

De otro de sus poemas truncados, Fuerza del Manzanares, queremos arrancar un verso, y de ese verso tal palabra que resulta demostrativa de cuanto venimos diciendo:

y en el sabor del tiempo queda escrito

La palabra sabor aplicada en este caso al tiempo, denuncia eso que en todo lo bueno levantino es verdaderamente fuerte: la gustosidad, la sensualidad, el lujuriante apetito por las cosas, por todas las cosas. En este verso, el tiempo no tiene, no se dice que tenga como sería tan lógico, fugacidad o eternidad, maldad o encanto, alegría o poder, y ni siquiera se le señala un color como pudo hacerlo tal o cual poeta a la moda de hace unos años, sino que se habla únicamente de su sabor, es decir, de algo que sólo percibiríamos con los labios, con el paladar, con el deseo.

Claro que esta excesividad en los apetitos, esta exuberancia amatoria, este embriago que al tropezar con el mundo y con los sentimientos necesita convertirlos en carne y pulpa; este fantaseo terrenal, este delirio materializador que, como convinimos, es la más honda virtud levantina, puede también ser para un poeta, pintor o músico poco conscientes —demasiados ejemplos hacen que no se olvide— la más total de las perdiciones. Sepamos, pues, vigilar bien nuestra entrega, nuestra pasión, nuestro albedrío, porque de pronto, sin creerlo, sin saberlo, sin darnos cuenta podría suceder con nuestras condiciones naturales, que de tanto ejercitarlas ciegamente, se mecanizaran, se automatizaran y terminásemos por dar a las gentes y a nosotros mismos nuestra sola apariencia, la sola apariencia de nuestra inspiración y nuestro fuego en vez de nuestro fuego o inspiración reales.

Hay, además, en el libro que ocasiona estas divagaciones y aseveraciones, otro punto importante para una crítica sincera: esa maniática preocupación por conseguir poesía masculina y fuerte, poesía sin contemplaciones, sin miramientos. Pero lo que importa señalar aquí no es, como pudiera pensarse, el terrible mal gusto, la fealdad que esto acarrea a la poesía, sino la confusión y la equivocación que significa suponer que el arte admite otra fortaleza que no sea, como ya señala Juan Ramón, la del pensamiento más alto; la del pensamiento y la del sentimiento. Mozart, que es más fino que Wagner, es también más fuerte que él, ya que lo delicado y sutil tiene en su obra una salud, una potencialidad, una intensidad que nunca pudo el autor de Los Nibelungos poner en aquello que tanto cultivara como grandioso y poderoso; Juan Ramón Jiménez, tan exquisito, si, es dueño de un vigor quizá único en la poesía moderna; y las estampas de Hokusai, tan delgadas, tan leves, tienen sin duda alguna más fuerza expresiva que los cuadros mismos de Ribera. No se me oculta tampoco, claro está, que no todo lo delicado es sano, y sé muy bien que de los poemas de Verlaine o de los lienzos de Watteau, con todas sus maravillosas cualidades, no podría decirse lo que estábamos diciendo, ya que uno y otro son, en efecto, artistas enfermizos, pero véase que lo son por enfermedad y no por finura, más aún, quizá son débiles por no ser suficientemente, verdaderamente, fuertemente finos. Cuidemos, pues, de no confundir unas cosas por otras y sepamos comprender también que la debilidad como la fortaleza pueden estar en todo y que nuestra obra no podrá ser fuerte o débil más que en la medida que nosotros lo seamos, porque ningún elemento exterior significa nada en sí mismo, y las palabras, los colores, los mármoles, aunque allí en su diccionario, en su paleta o su cantera pareciesen cosas ya dotadas de tal o cual condición, en arte ninguna materia en bruto es nada, y por lo tanto, nada propio podrán infundir o prestar a esa obra para la cual han sido requeridas. No, no pensemos que tal atrevimiento exterior, que tal palabrota, que tal expresión fuerte o violenta ha de poner más vigorosidad, más virilidad y energía en nuestros escritos, porque seria una creencia infantil.

Pero en Miguel Hernández también encontramos de pronto versos sutiles y como dichos en voz baja, como teñidos de ensoñación. En el poema que titula Canción del esposo soldado, después de evocar a la esposa, le dice:

Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,

En un tono tan tierno, tan interior, y con un dejo tan misteriosamente sencillo, es decir, con una pasión tan sin vanidad, tan sin descaro, que por un momento casi podria pensarse en un Baudelaire más elemental. Y este esposo, allá en la guerra, desde sus horas pensativas, termina con dos fuertes versos, aunque ahora sí, con fortaleza no pegada, no colgada, sino nacida espontáneamente de lo más profundo de esos versos mismos:

tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos. 

Poesía en la guerra. Sí, dentro del tan difícil y cerrado recinto del arte, fué la poesía realmente lo que mejor supo cumplirse mientras sonaba en todo el espacio español la dura voz de la guerra. Claro que esto no quiere decir que la guerra sea más poética que plástica, que musical o novelable, sino quizá tan sólo que esa brevedad de lo que en poesía es puramente oficio, permite al poeta ejercer su trabajo dentro incluso de las mayores y más terribles agitaciones.

Es Miguel Hernández uno de los poetas que más plenamente ha vivido el peligro y la intemperie de esta guerra. Conoce, pues, todo su alcance trágico, aunque también sin duda esa gozosidad de sufrir por una causa muy noble. Sus poemas de ahora tienen, han de tener fatalmente, rasgos, signos, gritos muy verdaderos.

¿Es esto bastante? No sé si la primera verdad, si la emoción primera puede ser en arte definitiva verdad. Creo que no. Lo que Velázquez consigue y descubre en Las Meninas y lo que Cervantes consigue y descubre en su gran libro no es la verdad, puesto que la verdad había sido ya vista y comprendida por Velázquez cuando pintara aquellos insulsos lienzos de su primera época, y por Cervantes cuando escribiera tantas páginas sin relieve; lo que uno y otro consiguieron y descubrieron en esas dos obras fué la mentira, la perfección de la mentira. Para eso, para ejercitarse en el mentir, para llegar a mentirnos totalmente, para darnos la verdad mentida en un cuadro y en un libro únicos, es para lo que tuvieron que trabajar con perseguido empeño durante años y años. Saber, conocer, haber visto la verdad, la verdad de la realidad, la verdad de las cosas no es, en arte, apenas nada, aunque sea, eso sí, la primera condición para hacer algo en él.

Miguel Hernández poseía ya, desde mucho, una forma de esa buena mentira a que aludimos, es decir, de perfección poética. En nuestra lucha, metido de cuerpo entero en nuestra lucha terrible contra el invasor y los traidores, ha visto quizá muchas y muy hondas verdades, muy hondas realidades. Su poesía de hoy, su poesía de Viento del Pueblo está llena, por un lado, de esas realidades que ahora vio y sufrió, y por otro, llena también de su antigua habilidad de oficio. Pero aquella forma de mentira, aquella forma más o menos suya de perfección poética no aparece aquí fundida a las verdades o empleada para mostrarnos las verdades, sino como un contenido independiente, suelto, algo inútil. Y esta desunión entre poesía y verdad es lo único que explica que en sus poemas encontremos junto a un verso de tono y ademán casi a lo Garcilaso, un renglón como desprendido de una crónica periodística.

Ni la más pura verdad, la mejor verdad, la verdad más verdadera puede ser ella sola nada en arte, ni la más sabia forma es nada por sí misma. Unir, fundir en un solo cuerpo tal sentimiento, tal emoción, tal o cual episodio —que son la verdad—, con una forma, una trampa, un artifício —que son la mentira—, es, como se sabe, el único, él solo arte terminado.


Ramón Gaya
Hora de España XVII
Barcelona, Mayo de 1938