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3511. Antonio García Hevía, deportado nacido en Hontoria de Cerrato. Negativa y silencio de un alcalde del PP para evitar la colocación de una stolpersteine en su recuerdo

 


 

Nacidos o vecinos de la provincia de Palencia hubo 30 deportados (29 hombres y una mujer) a campos de concentración nazis. De ellos, 19 fueron asesinados allí (16 de ellos en Gusen/Mauthausen, 2 en Sachsenhausen y el restante en Dachau), 10 fueron liberados con vida y de otro no se tienen datos.

 

A pesar de que han pasado ya más de ochenta años de estas muertes, nunca se ha hecho ningún homenaje ni acto de reconocimiento a ninguno de ellos, ni individuales ni colectivos, en la provincia palentina. En agosto de 2019 el grupo de IU en la Diputación de Palencia y en mayo de 2021 el grupo municipal de Ganemos en el ayuntamiento de la capital propusieron sendos homenajes a estas víctimas; ninguna de ambas propuestas se llevó a cabo por el voto en contra o el no apoyo del resto de los grupos políticos en cada caso.

 

A finales de 2024 la ARMH de Palencia en unión del grupo de familiares de ANTONIO GARCÍA HEVIA (apoyados por el grupo municipal de IU) solicitó al ayuntamiento de Hontoria de Cerrato (Palencia), de donde era natural Antonio, la cesión de un local para un acto de reconocimiento y la autorización para la colocación en el citado municipio de un “adoquín de la memoria” en recuerdo del deportado local asesinado en Gusen (Austria).

 

Desde el primer momento el alcalde de Hontoria de Cerrato, el popular Juan Antonio Abarquero se mostró en desacuerdo con la celebración de estos actos (y, al menos en dos ocasiones, manifestó en privado, una frente al representante de la ARMH y otra frente a los familiares, que mientras él fuese el alcalde, en su pueblo no se iba a celebrar ningún acto de este tipo) y desde entonces no ha hecho más que recurrir a tácticas dilatorias para dificultar y retrasar en lo posible la posible celebración del homenaje. Tácticas tales como no aceptar la recepción del escrito de solicitud por un defecto de forma (que se podría haber subsanado al momento) o exigir a los familiares que demostrasen su parentesco con el deportado cuando todas las partidas de nacimiento necesarias están en poder del propio ayuntamiento y se pueden comprobar en unos minutos; entre otras.

 

ANTONIO GARCÍA HEVIA nació en la calle El Palacio de Hontoria de Cerrato el 13 de junio de 1898, hijo y nieto de pastores originarios de Baltanás (que en esos años y con esa ocupación sabían todos leer y escribir). A partir de ese momento se pierde todo rastro documental (sus padres volvieron años más tarde a residir a Baltanás -la frecuente itinerancia entre pueblos próximos era algo muy habitual entre los pastores castellanos debido a su trabajo- y sólo una hermana suya, Catalina, continuó en Hontoria de Cerrato al casarse con Ciriaco Gutiérrez, pastor local. De este matrimonio descienden los familiares de Antonio que están reclamando el homenaje, ya que Antonio no tuvo descendencia) y no volvemos a saber nada de él hasta principios de los años 30 cuando aparece residiendo en la Colonia de Tormos, en Alcalá de Gurrea (Huesca), donde vivían (muchos de ellos con sus familias) los numerosos trabajadores que construían la presa de La Sotonera. En esta colonia y en este trabajo sorprende a Antonio el golpe de estado y la posterior Guerra Civil.

 

Todos los indicios apuntan a que Antonio no combatió en la citada guerra, primero por su edad (38 años) y segundo porque su nombre no aparece en ninguno de los archivos españoles como combatiente en el conflicto.

 

La llegada de la guerra trajo consigo una enorme y brutal represión sobre los trabajadores de la presa (mayoritariamente anarquistas) que fueron asesinados o encarcelados, aunque alguno, entre ellos Antonio, consiguió llegar a la zona republicana. Tampoco sabemos su papel en los siguientes tres años, aunque todo apunta a que apoyó al gobierno legal, lo que trajo consigo que se viese obligado a exiliarse en Francia (probablemente a través de la frontera catalana) para salvarse de la represión fascista, ya fuese en forma de prisión o de fusilamiento.

 

Ya en Francia es encuadrado (junto con algunos compañeros suyos de la Colonia de Tormos que corrieron su misma suerte hasta el final) en una Compañía de Trabajadores Extranjeros en Los Vosgos, la 88ª u 89ª CTE. El 20 de junio de 1940 todos ellos fueron capturados por el ejército nazi y trasladados a stalags (campos de prisioneros) ya en territorio alemán. Concretamente Antonio García Hevia fue internado en el stalag XI-B Fallingbostel hasta que el gobierno golpista español manifestó a sus aliados nazis (a consulta de estos últimos) que estos prisioneros republicanos “no eran españoles”.

 

Tras esta respuesta del gobierno de Franco todos estos prisioneros fueron deportados a campos de concentración nazis. La mayoría de ellos, Antonio incluido, al de Mauthausen (Austria). El cinco de septiembre de 1940 Antonio García Hevia, con el número de prisionero 41717, partió en un convoy hacia Mauthausen junto con otros 201 compatriotas republicanos (151 de ellos fueron finalmente asesinados, 126 en Gusen).

 

El 8 de septiembre de 1940 llegaron todos ellos a Mauthausen. A Antonio le tomaron sus datos (y gracias a estos datos conocemos su final y su vinculación con Ciriaco Gutiérrez, casado con su hermana Catalina) y le asignaron el número de prisionero 4361.

 

La terrible dureza del trabajo y de las condiciones de vida en este campo, sumado a su edad, trajo consigo que el 24 de enero de 1941 fuese trasladado al campo auxiliar de Gusen (donde iban a parar, para morir, los prisioneros que por su estado ya no eran útiles para el durísimo trabajo del campo), con su nuevo número de prisionero, 9259, permaneció allí hasta el 9 de julio de ese mismo año, cuando falleció.

 

Desde 1992 se han colocado más de 100.000 adoquines de la memoria (stolpersteine en alemán) en 29 países. En España, con alrededor de 7.500 deportados asesinados, ya hay colocados más de 500. Concretamente en Castilla y León, con 381 muertos, hay ya más de 60 stolpersteine instalados.

 

Este sencillo acto de reconocimiento y homenaje es lo que los familiares de Antonio, junto a la ARMH Palencia e IU de Hontoria de Cerrato, pretenden hacer en su pueblo natal si el PP y su alcalde no consiguen impedirlo.

 

El último pleno ordinario en el citado ayuntamiento se celebró el pasado mes de diciembre. En dicha sesión el alcalde de Hontoria de Cerrato se negó a incluir este tema en el orden del día, como tampoco respondió al concejal de IU en el turno de Ruegos y Preguntas ni atendió a las demandas de los familiares de Antonio allí presentes.

 

El próximo pleno ordinario deberá de celebrarse durante este mes de marzo. Aún no sabemos ni la fecha ni los puntos del orden del día. Si nuestra solicitud no está incluida en ese orden, los concejales de IU volverán a recabar información en su turno de Ruegos y Preguntas. Si transcurrido este pleno no tenemos una respuesta a nuestra solicitud recurriremos a los medios que la administración pública nos ofrece, concretamente el Defensor del Pueblo y la Secretaría de Memoria Histórica, a nivel estatal, y el Procurador del Común, a nivel autonómico.


 

ARMH PALENCIA

Ángel Redondo





3435. Juanita Rivera Mateos, maestra y alcaldesa de Villodre (Palencia)

Villodre. También ocupa la Alcaldía una profesora. La señorita Juanita Rivera Mateos. De Extremadura. Nacida en Montánchez (Cáceres). Siete hermanas y todas maestras. Una de ellas, alcaldesa de Ontanilia (Guadalajara). Cuatro años en Villodre. Y desde el primer día, unida a todos los vecinos sin distinción de clases, por una amistad franca y sincera. Muy contenta en este pueblecito de Castilla... 

—Desde que he sido nombrada presidente de la Comisión gestora —nos dice la señorita Rivera— mi ideal es procurar el más exacto cumplimiento de todas las disposiciones que se reciban de la superioridad, y procurar por todos los medios la armonía de los vecinos en pro de la paz del pueblo y bien de la República. 

Mi preocupación constante —continúa— es el poder llegar a la construcción de un grupo escolar. Donde actualmente doy las clases se echan de menos las condiciones higiénicas y pedagógicas, y eso que con la ayuda de los niños lo vamos adecentando... Este friso lo hice yo con mis alumnos. Y con ellos planté, en la parcelita de terreno de entrada a la escuela, esos arbolitos y esos rosales. En primavera da gusto verlos... 

El mayor cariño lo pongo en la clase de adultos. A ella consagro los mayores entusiasmos, y los alumnos están encantados... 

Afortunadamente, aquí no tenemos problema de paro obrero, y como todo marcha muy bien, no encuentro complicaciones en la Alcaldía. Los acuerdos se adoptan todos por unanimidad y esto me satisface de una manera muy extraordinaria. 

Tiene razón la señorita Rivera. Hará una buena alcaldesa, por su clara inteligencia y por su programa municipal, con el que se propone mejorar en todo lo posible el campesino pueblo de Villodre. 


Eusterio B. Alario

Estampa, 4 de marzo de 1933






3429. Tomasa Canduela Calvo, maestra y alcaldesa de Osorno (Palencia)

Tomasa Canduela Calvo, alcaldesa de Osorio, 1933


Estamos en uno de los salones de actos del Ayuntamiento de Osorno. Ocupa la Mesa presidencial la alcaldesa, dona Tomasa Canduela Calvo, maestra nacional. Sentados con ella están don Teódulo Cuesta y don Gregorio Barrio, contribuyente y obrero. El joven secretario, don José García, somete a estudio de la Comisión gestora numerosos expedientes... 

No vemos cercano el momento de comenzar nuestra información. Pero estamos en Castilla, donde las mujeres son tesoro de simpatía y cordialidad... Y la joven alcaldesa suspende unos instantes el trabajo para contestar a nuestras preguntas. 

—¿Cuánto tiempo lleva ejerciendo el Magisterio en esta villa? 

—Año y medio, aproximadamente. 

—¿Contenta en el nuevo cargo? 

—¿Por qué no? La labor es abrumadera; pero todo se va haciendo, gracias a la eficaz colaboración de mis compañeros de Comisión y a la competencia de nuestro secretario. 

—¿Muchos proyectos? 

—Bastantes. Construcción de grupos escolares para tres secciones de niños y otras tantas de niñas. Arreglo de calles y aceras. Reparación del hospital. Establecimiento de un nuevo refugio para los indigentes transeúntes. Y algunos más... 

—¿Problema obrero? 

—No existe realmente en esta villa. Hay un ambiente de comprensión y de cordialidad entre patronos y obreros, y al Ayuntamiento sólo le alanza la obligación de prestar una pequeñísima ayuda, que nunca se ha negado. De suerte que en este importantísimo aspecto Osorno es una población envidiable. 

No podemos seguir preguntando. El señor secretario ha terminado en este momento de preparar as candidaturas de una votación en cierto asunto de Policía rural. 

En el salón central, contiguo al que nosotros ocupamos, el pueblo espera impaciente... 

Nos despedimos. Y desde nuestro observatorio vemos cómo la joven alcaldesa ocupa el sillón destinado a la presidencia y da principio el acto con las frases de ritual: 

"Se abre la sesión..."


Eusterio B. Alario

Estampa, 4 de marzo de 1933









3423. Valentina García San Martín, maestra y alcaldesa de Soto de Cerrato (Palencia)

—Pocas iniciativas de trascendencia son posibles en un pueblecito de tan escaso vecindario —contesta a nuestras preguntas doña Valentina García San Martín, maestra nacional y alcaldesa de Soto de Cerrato. 

Sin embargo, le diré que los proyectos que tengo para el ejercicio del cargo con que me han honrado mis compañeros en la Comisión gestora de este Municipio, aparte, como es lógico y natural, de procurar por los intereses materiales del mismo, mediante la honrada administración de ellos, consisten en velar por la salubridad y moralidad públicas; el ornato y embellecimiento de la población, en la medida de nuestras disponibilidades económicas; fomentar la cultura del vecindario, haciendo observar rigurosamente los preceptos de la higiene y las reglas de educación popular; hacer cumplir disposiciones legales sobre asistencia social y protección de animales y plantas, y, ante todo, pondré todo mi empeño en mantener la paz y la confraternidad entre mis convecinos... 



Eusterio B. Alario
Estampa, 4 de marzo de 1933







3391. Ascensión Aparicio, maestra y alcaldesa de Hérmedes de Cerrato (Palencia)

Podíamos hacer la presentación de la señorita Ascensión Aparicio como aspirante a Miss Palencia 1933. La belleza de sus veinticuatro años lo merece sobradamente. Sin embargo, para orgullo de los ciento setenta vecinos de Hérmedes de Cerrato, esta palentina, que puede triunfar con toda justicia en un concurso de belleza, emplea las horas que su cargo de maestra nacional le dejan libre en ordenar sus proyectos de alcaldesa... Y tenemos la evidencia de que al término de su gestión municipal un aplauso unánime ha de premiar la labor de esta mujer que en la edad de los amoríos tiene que dedicarse a firmar comunicaciones y resolver expedientes. 

—No hay conflictos en Hérmedes —nos dice—. Hace días tuve necesidad de reunir a los vecinos porque el salario del médico se paga en igual proporción por los ricos y por los pobres, y esto no parecía justo. Las discusiones menudeaban y no se lograba llegar a un acuerdo,.. Tuve que imponer orden poniéndome muy seria... Y la sesión terminó dentro de la mayor armonía. 

—¿Tiene usted proyectos? 

—Mi misión —nos contesta la bella alcaldesa— se limita a cumplir con los deberes del cargo. Como nuestra gestión ha de terminar pronto, no puedo aspirar a realizar grandes cosas; pero yo quedaré satisfecha si en el desempeño de mi cargo logro algún beneficio para los buenos vecinos de Hérmedes de Cerrato, que sólo piden que se administren bien los caudales municipales. 


Eusterio B. Alario
Estampa, 4 de marzo de 1933









3286. Pilar Pérez Leñero, maestra y alcaldesa de Herrera de Pisuerga (Palencia)

Herrera de Pisuerga es una población importante, linda y acogedora... Y florece en ella la exuberancia de sus huertas admirables... 

Preside la Comisión gestora del excelentísimo Ayuntamiento doña Pilar Pérez Leñero, y a su amabilidad debemos las líneas que siguen: 

—Como maestra nacional, antepongo a todos mis ideales y proyectos el mejoramiento de las escuelas. Si en mi mano estuviera, crearía graduadas, con edificios amplios, donde la luz y el aire fueran el mejor tónico para los niños; con nutrida biblioteca, cuartos de baño, gimnasio, cine, radio... escuelas del tipo de las que existen en Alemania y Suiza... Pero como no hay fondos para tanto, tengo que conformarme con mejorar las condiciones de los edificios que hoy tenemos, dotándolos de agua en todas sus dependencias y reformándolos en consonancia con las exigencias modernas. 

Mi alegría sería que se llevara a efecto el reparto equitativo de la propiedad, recayendo las ventajas en los honrados campesinos, que con un recio espíritu de trabajo y sacrificio depositaron en la madre tierra todas sus energías para lograr un máximo rendimiento... Y como consecuencia de todo esto, podrían llevar el pan a sus hogares, y así criar hijos capaces de asimilar prontamente nuestras enseñanzas...

Soy católica, muy católica... Por eso, sin duda, estoy cada día más enamorada de la República, pues creo firmemente que el régimen actual va alumbrando las rutas de los pueblos, con los ideales expuestos, que no son sino aplicación de las doctrinas católicas donde ocupa lugar preferente un postulado: perfección. 

Estas son las manifestaciones que nos hace la mujer que rige los destinos de la noble ciudad herrerense... 

¡Muchas gracias, señora alcaldes


Eusterio B. Alario

Estampa, 4 de marzo de 1933







3102. María Sanz Soria, alcaldesa de Espinosa de Villagonzalo (Palencia)

—En Espinosa de Villagonzalo— nos habla modestamente doña María Sanz Soria— tenemos  la Casa-Ayuntamiento peor de España... Y como usted comprenderá, desde un edificio vetusto y destartalado, no es fácil concebir grandes proyectos. Por otra parte, las Comisiones gestoras no pueden resolver más que asuntos de trámite, y como han de ajustar su actuación a un presupuesto ya aprobado por la anterior Corporación municipal, apenas si caben iniciativas. 

De todos modos —prosigue— he de poner en el sincero empeño de hacer por este pueblo algo interesante, toda mi buena voluntad, y ojalá pueda conseguirlo, porque ello constituiría la mayor satisfacción de mi vida... 

¡Señora alcaldesa!... Lleváis la humildad y la modestia retratadas en el semblante, y así, con modestia y humildad, habéis contestado a nuestras preguntas. 

No disponéis de grandes medios —es verdad—, pero os sirve de estímulo y de aliento vuestra juventud, y ella hará que el pueblo de Espinosa de Villagonzalo se rejuvenezca a impulsos de vuestro generoso esfuerzo... 


  
Eusterio B. Alario
Estampa, 4 de marzo de 1933






3089. Fructuosa Tarrero Polo, maestra y alcaldesa de Villalaco (Palencia)

Esta alcaldesa —doña Fructuosa Tarrero Polo— hace honor a su inconfundible raigambre castellana... Porque en Castilla nació y ocho años lleva ya regentando la escuela de este modesto pueblecito que se llama Villalaco. 

Todo es en ella austeridad, entereza de carácter, nobleza... 

Por eso nos habla de la honradez en que descansa la administración municipal, de la armonía con que se resuelven los pequeños problema que a veces se plantean en estas aldeas, del optimismo con que mira hacia el futuro... 

Ella ha concebido para su pueblo —el alegre rinconcito donde sus hijos vieron la luz primera— un poema de paz y de trabajo, donde todos y cada uno aprendan exactamente sus deberá, para que puedan hacer valer sus derechos. 

Al terminar nuestra charla, la señora Tarrero Polo nos recuerda la advertencia que hizo a sus compañeros de Comisión don Estelan Calvo y don Julián Sierra: 

"Vosotros podéis, a veces, enfocar algunos asuntos pensando que ostentáis la representación patronal y obrera; pero yo no tengo otra representación qué la de la ley y a la ley he de ajustar todos mis actos." 

En verdad que no ha podido enarbolar bandera de más valía esta simpática alcaldesa palentina. 


Eusterio B. Alario
Estampa, 4 de marzo de 1933






3064. Los mulos enamorados




I

Las locas ilusiones de un guardia civil se convertían en trapos para sus hijas. Residía en un pueblo de la provincia de Palencia, que lleva el extraño nombre de Frómista.


Este guardia civil de dientes y cuchillo, solía acariciar sus bigotes y sus ilusiones, por las mañanas, en una esquina soleada de la plaza del pueblo, al lado del cristal de un escaparate de libros, entre los que sobresalía una novela de Don Juan Valera, titulada El Comendador Mendoza.

Hacía un frío extraordinario, transparente, la escarcha blanqueaba la arena fina y los charcos, a pesar de un sol blanco brillante como la plata no se deshelaban.

¡Oh qué locas ilusiones pasaban por el cerebro del guardia civil! ¡Qué brillo oscuro relucía en sus ojos! ¡Qué orgullo resabiado en su cara, en sus manos, en la manera de colocarse el tricornio!

El era sargento y por lo tanto el amo del pueblo. Él había estado en lo cierto durante años y años: ya Franco dominaba esta parte de España y pronto la dominaría toda, como la “realidad” siempre vence a las “ideas locas”.

Se había educado en la Benemérita Academia de Valdemoro. Allí había visto crecer su barba y sus atributos varoniles —hecho que consideraba como el más trascendente de su vida— y estaba orgulloso de su virilidad seca, de su virilidad de mulo.

Estaba casado con una horrenda mujer blasfematoria, sucia, lacrimosa, de párpados enrojecidos, paridora de innumerables hijos e hijas y que, según decían en Cabezón, pueblo donde la había conocido, tenia “mucho gancho” para los hombres. De “especie de perra”, la calificaban las envidiosas mientras lavaban, y se hacían cruces sobre la suerte del hombre que se la llevara.

A él lo enganchó para toda la vida en una tarde de verano. Lo llevó a la iglesia, lo casó, lo metió en la cama, y empezaron a nacerle hijos e hijas, sin que él casi se diese cuenta.

Le rodeaba con la pierna y casi lo ahogaba todas las noches con su brazo, porque el pobre guardia civil con sus bigotes, apenas podía respirar. Berreaban los niños, clamaban las niñas pálidas éticas, perláticas, prometedoras de ser tan perrunas y enganchadoras como su madre, salía el sol, el guardia civil se levantaba en camiseta, no se lavaba, no se peinaba, pero sí se rizaba los bigotes, porque a los cuarenta y cinco años de su edad, todavía conservaba sus locas ilusiones, en aquel pueblo de la provincia de Palencia, que lleva el extraño nombre de Frómista.

Había allí, como hemos dicho, una plaza, con una esquina soleada a esas tempranas horas de la mañana, y enfrente otra sombría donde estaba la antiquísima iglesia, pobre y gótico edificio comido por las ratas y los sacristanes, no menos que por los siglos.

Ascendía el sol derramando crudeza, quebrábanse los hielos y el guardia civil se retorcía los bigotes, esperando. De la iglesia tenía que salir una dama: Doña Isabel, la mujer del comandante de ingenieros Ángel Rubio, que se encontraba a estas horas haciendo fortificaciones en el frente de Belchite.

¡Qué solemne salía Doña Isabel después de cumplir con ¡os preceptos religiosos! ¡Qué airosa! ¡Qué espiritualmente grave y dura de carnes!

Doña Isabel era una mujer de unos treinta y cinco años, cuyo rostro tenía tal pureza de líneas, que disimulaba muy bien lo mínimamente ajado. La nariz era de perfectas proporciones: graciosa, y un poco corta. Sus labios correctamente dibujados, se entreabrían descoloridos y pálidos, pues no se los pintaba nunca. Sus ojos eran pardos, grandes y aparentemente soñadores, Con respecto a las líneas de su cuerpo, que se adivinaban bajo su traje negro y sedoso. Baste decir que eran tan perfectas y puras como las de su cara, fugaces e hirientes al mismo tiempo, frescas y llenas como las aguas del río Urbel que baja directamente de la montaña.

Procedía doña Isabel de una familia desgraciada y aristocrática, y esto le daba cierta melancólica y encantadora negligencia moral. Sólo ella entre las damas de Frómista se atrevía a hablar gravemente y con valentía, de los más atrevidos temas. La melancolía, la negligencia y el incisivo encanto de la conversación de la dama aumentaban cuando se refería a su esposo, el comandante de ingenieros Ángel Rubio, en su concepto muy inferior a ella en facultades intelectuales, origen social y delicadeza de formas, pues tenía un enorme vientre, aún bajo el uniforme del ejército franquista confeccionado a propósito para disimular las deformaciones físicas y morales de sus miembros.

No, no era el comandante de ingenieros Ángel Rubio, ni esbelto, ni religioso, ni sublime. Se trataba de un militar profesional por los cuatro costados, con esa alegre y sana plebeyez, propia de casi todos los militares profesionales. Su esposa no podía soportarlo.



II



—Buenos días, doña Isabel —saludó el guardia civil acercándose, cuando, con libro y rosario, la vio salir de la sombra y avanzar por mitad de la plaza.

—¡Oh! Buenos días —contestó ella haciéndose la sorprendida.

—¿Permite usted que la acompañe? —preguntó el guardia civil.

—¡Oh, Damián! —contestó Doña Isabel—. Tengo mucho que hacer, además tengo que comprar un libro, aquí en la tienda...

El guardia civil se hizo galantemente a un lado y entraron en la librería.

Allí Doña Isabel señaló un tomo en rústica, escrito por un coronel de artillería, titulado La Verdad sobre el Universo.

—Es un libro de gran importancia —dijo Doña Isabel con su más exquisito y elegante dejo—, aplasta completamente el ateísmo y el marxismo. Es la última publicación hecha en Burgos... Debe usted leerlo también, Damián.

—Sí —contestó Damián conteniendo los feroces deseos que sentía de besarla—, a mí me interesan mucho todas estas cosas, he leído... ¡Ah, sí!, la última pastoral del obispo de Pamplona.

Doña Isabel iba de un lado a otro de la librería, contoneándose e inspeccionando todos los libros con aire inteligente. ES guardia civil la seguía en lodos sus pasos, y fingiendo un gran interés, observaba los mismos libros que Doña Isabel, por lo cual siempre estaba muy cerca de ella.

De pronto Doña Isabel lo cogió por un brazo.

—¡Oh, Damián! —exclamó—. ¡Mire usted qué monada!

Y le señaló un devocionario pequeñito, color de rosa, especial para muchachas jóvenes.

¡Hojitas de oro! —continuó—. ¡Voy a comprar uno, para que se lo lleve usted a sus hijitas!

El guardia civil volvió la cara hacia ella y rozó con sus bigotes una de sus mejillas.

Doña Isabel se retiró un poco, soltándole el brazo.

—Sí, Damián —dijo—, este libro se lo regalo yo a Baldomerita.

—¡Por Dios, Doña Isabel! —exclamó el guardia civil con los ojos enrojecidos—. ¡Es usted muy amable!

—¿No desea usted más? —preguntó el librero que era un hombre pálido con boina y gafas.

—No por ahora —contestó Doña Isabel.

Salieron a la calle, si calle puede llamarse en Frómista a unas pocilgas alargadas, en cuesta, con empedrado difícil, helado y resbaladizo.

Marchaba el guardia civil al lado de Doña Isabel. A las gentes con que se cruzaba les lanzaba miradas cobardes, recelosas, coléricas, como las de una rata acorralada, como las de un mulo en estéril celo. Le apetecía relinchar pero se contenía. Para disimular, aumentaba la gravedad de su andar y la seriedad de su rostro, iban bastante separados el uno del otro, mirando al suelo como dos jóvenes tortolitos.

—Este libro —decía Doña Isabel— lo empezaré después de comer y lo leeré hasta la hora del Rosario.

—En la paz de la tarde —dijo gravemente el guardia civil sin levantar la vista al tiempo que pasaban delante de la casa de Doña Isabel una vieja terriblemente chismosa.

—Me encanta leer libros —continuaba doña Isabel—. Es mi mejor entretenimiento, ahora que Ángel está en el frente.

—En efecto —contestó el guardia civil en la misma forma al tiempo que pasaban por delante de los balcones de Doña Tula, otra vieja chismosa—, es hermoso e instructivo.

—¡Quiera Dios que esta guerra termine pronto! —dijo Doña Isabel.

—Sí —suspiró el guardia civil—, no dejando un rojo vivo.

En este momento pasaban por delante de casa de Don Joaquín, quien se asomó a la puerta y los saludó respetuosamente con la cabeza.

—¡Así sea! —contestó a Damián Doña Isabel.

—Por cierto. Doña Isabel —preguntó el guardia civil al tiempo que pasaban por delante de casa de Don Prudencio—, ¿cómo sigue su hijo José Luis?

—Está bien —contestó Doña Isabel— aunque un poco pálido y muy díscolo, quiere irse al frente como su padre.

—Usted no debe permitirlo —dijo el guardia civil, midiendo con sus botas y sus miradas el empedrado de la calle, al cruzar por delante de la casa de las señoras de Arrieta.

—¡Oh, no! —contestó doña Isabel— ¡Es un niño muy tierno! ¡Pobre hijo mío!

—¿Qué edad tiene ya? —preguntó el Guardia civil al final de la calle.

—¡Sólo diez y ocho años! —contestó doña Isabel— ¡Y es falangista de primera línea!

Marchaban ya entre tapias cerradas, camino de la casa del comandante que estaba fuera del pueblo. El guardia civil se acercaba más y más a ella.

—Sí —continuaba Doña Isabel—, mi hijo es un buen muchacho, incapaz de desobedecer a sus padres, falangista desde hace mucho tiempo. Yo con respecto a mis hijos tengo una teoría: quiero que conozcan ante lodo la religión, que estén bien maduros antes de lanzarse por el mundo. Que no les pase lo que a mí que me casé tan joven...

Damián estaba ya completamente junto a Doña Isabel. Sus bigotes se retorcían en el aire, Al doblar una de las últimas esquinas le tomó la mano.

—¡Por Dios, Damián! —exclamó Doña Isabel soltándose—. ¡Que pueden vemos!

—Es que yo —contestó Damián que no podía contenerse— siento por usted un afecto difícil de explicar...

Sus ojos relucían como dos carbunclos. Escupió sonoramente al aire y pisó la tierra.

—Es usted una mujer superior, tan inteligente, tan espiritual, tan religiosa, tan católica...

Dijo y le pasaba la mano por las nalgas.

—¡Por Dios, Damián! ¡Qué hace usted!

—¡Isabel, Isabel! ¡Te adoro! —exclamó el guardia civil lanzándose sobre ella y tratando de abrazarla.

—¡Damián! ¡Pero Damián! —gritó ella furiosa apartándose vivamente—. ¡Qué se ha creído usted! ¡Es usted un bárbaro! ¡Salvaje! ¡Me ha hecho usted daño!

A esto siguió un momento de silencio en que el guardia civil miraba a Doña Isabel con ojos enrojecidos. Después contempló la lejanía, una serie de lomas amarillentas entreveradas de nieve, de fango y de suciedad.

Se separaron rápidamente. Por el camino venía Don Bernardo, otro señor muy chismoso que volvía con sus hijitas de dar el paseo matinal.

—¡Arriba España! —saludó Don Bernardo al pasar.

—¡Arriba! —contestó el guardia civil con voz sorda.

Continuaron andando en silencio hasta llegar a casa de Doña Isabel, que estaba en un alto.

—Doña Isabel —dijo el guardia civil—, yo le ruego me dispense...

—Está bien, está bien —contestó doña Isabel—, no hablemos más de ello.

El guardia civil tenía tanto calor que tuvo que quitarse el tricornio y comenzó a darle vueltas entre sus manos.

—Doña Isabel —dijo—, esta tarde vendré a visitarla con Baldomerita para que le dé las gracias por el libro.

A lo lejos apareció una vista nueva. Se veía la inmensa llanura de Castilla, blanca, reluciente, cubierta de nieve. Soplaba un viento fresco del noroeste.

—Hasta luego, Doña Isabel —repitió Damián ya en la puerta de la casa.

—¡Oh, Damián! —dijo Doña Isabel, dándole un amistoso golpe en el hombro— ¡tiene usted los ojos muy encendidos...!


III


Por la tarde se presentó Damián en casa de Doña Isabel con Baldomerita, Asuncioncita y Crisantemita, horrorosamente vestidas de verde, mocosas, marisabidillas, trenzado el pelo, arremangadas las medias, ladeada y mal puesta la falda y desceñida la cintura.

Allí se encontraba también José Luis, el hijo de doña Isabel, con su uniforme de falangista de primera línea. Estaba muy bien peinado, con cosmético y pegamín, pero era tremendamente desgarbado y soso.

Baldomerita y él marcharon a pasear al jardín mientras las otras dos niñas jugaban en la terraza con la nieve. El guardia civil y Doña Isabel entraron en una sala.

—¡De lo de esta mañana ni hablar! —le dijo al entrar Doña Isabel a Damián amenazándole con el dedo.

—¿Qué tal está Baldomera? —preguntó Doña Isabel sentándose.

—Muy ocupada la pobre con las otras niñas —contestó el guardia.

Anochecía. Por la ventana cerrada se filtraba una melancólica luz invernal. No había sol en el ciclo, sino nubes plomizas. Un fuerte viento arrastraba los cardos secos y las basuras.

Doña Isabel bordaba sentada en un sofá y el guardia civil adolecía en una butaca a su lado.

—Es muy interesante —comenzó doña Isabel— el libro que compré esta mañana, muy claro, muy contundente y muy elevado. Pero voy a enseñarle a usted dijo, tomando un libro que había sobre una mesa— estos magníficos poemas de un padre jesuita...

De tu divino rostro
la belleza al dejar
permíteme que vuelva
tus plantas a besar

Leyó Doña Isabel.

El guardia civil seguía la lectura sin entender nada, estaba ciego. Tomando la mano de Doña Isabel, bramó:

—Isabel, yo la amo a usted; déjeme que la bese en la boca.
Doña Isabel estaba muy sofocada.

—Mira Damián —dijo—, de una vez por todas le digo que eso no se lo permitiré nunca. Yo estoy casada y me debo a otro hombre; usted a otra mujer. El matrimonio es un lazo sagrado que dura toda la vida y lo que me propone es un pecado mortal. ¡Sólo Dios sabe lo desgraciada que soy! Es inútil que trate de sobrepasarse. Únicamente le permitiré que me tome la mano, como ahora...

El guardia civil le besó la mano con pasión. Trató de besarle la boca y no lo consiguió. En su interior se desató en palabrotas. Estaba furioso, gruñía como un mulo viejo en celo.

Doña Isabel, muy espiritual, continuó hablando de cosas eternas.

En cambio Baldomerita, se dio tal prisa que enganchó a José Luis aquella misma tarde, hasta el punto de que al mes tuvieron que casarse. Vino el comandante Ángel Rubio del frente. Repicaron las campanas. Tocaron el himno falangista y la marcha real, y un coadjutor navarro que tenía muy buena mano les echó la bendición a los jóvenes, para toda la vida.

Desde entonces, Damián, el guardia civil, acariciaba sus bigotes en la esquina soleada de la plaza, pensando que la realidad siempre vence a las ideas locas que van contra la moral cristiana.

¡Pero el día en que pudiese agarrar sola a Doña Isabel...! ¡Qué lío de faldas y de confesionarios se armaría!

Figurándoselo le daban ganas de relinchar como los mulos, en aquel pueblo de la provincia de Palencia que lleva el extraño nombre de Frómista.

México, junio de 1946


José Herrera Petere
Revista Las Españas, nº 2 (México, noviembre 1946)