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3417. Asturias es la tumba del fascismo gallego

Milicianos Gallegos de A Coruña a su llegada a Gijón


VALENCIA, 15.— Han llegado a esta ciudad, después de vicisitudes sin cuento, dos jóvenes músicos madrileños que han vivido en La Coruña, donde les sorprendió la sublevación militar fascista, durante los ocho meses transcurridos desde entonces. 

Nos hablan rodeados de sus compañeros de la Banda Municipal de Madrid, entre los que les hemos encontrado, de lo que han visto y han sufrido. 

—No quedan hombres en Galicia —afirman—, porque han muerto en Asturias. Como Madrid es la tumba del fascismo internacional, Asturias lo es de la del gallego. Allí han caído la inmensa mayoría de los hombres jóvenes de Galicia. 

—¿Iban voluntariamente? —preguntamos. 

—No ha ido nadie, o casi nadie, voluntario. El fascismo no contaba con adeptos entre el elemento civil gallego, y después de su dominación y vista su actuación, no cuenta ni con las simpatías de sus antiguos adeptos. Se le soporta por miedo, pero se le combate, veladamente, de la manera que se puede. Y la manera más generalizada es la resistencia pasiva. 

Las poblaciones, al mismo tiempo que una desolación, son una vergüenza. Los jóvenes que pueden huyen antes de verse enviados a Asturias; los labradores no trabajan y los pescadores no salen al mar. 

Ni en La Coruña ni en el resto de Galicia hay pescado. Los pescadores no se hacen a la mar. Se dice que para evitar el peligro de los "bous" armados en corso que vigilan aquellas aguas. Pero la verdad es que a la mayoría de los hombres jóvenes los incorporaron a filas y quedaron en Asturias, y que a los otros que pudieron hacerse a la mar no se les permitió salir porque apenas se alejan de la costa hacen rumbo hacia los puertos leales. 

Esto ocurrió al principio tan continuamente, que se les hizo salir a pescar con vigilancia; pero como en el frente asturiano hacía falta gente, optaron por enviar a él a los vigilantes y a los marinos jóvenes y prohibieron la salida al mar de los viejos, porque hasta éstos, en su odio al fascismo, ponían la proa de sus embarcaciones rumbo a puertos leales. Y por esta razón no hay pescado en Galicia.

Ni comida. Falta todo. Como los pescadores, los campesinos, se resisten a trabajar. De manera que los productos del campo son tan pocos que no bastan ni siquiera para el elemento armado. Y se resisten también los obreros y los comerciantes. Toda la población.

—¿Y la Burguesía? —insinuamos. 

—A las clases burguesas y también a las capitalistas pueden servirles de ejemplo lo que ha ocurrido en Galicia. El fascismo no respeta nada ni a nadie. Se apoderan de todo, se lo llevan todo. 

Se llevan dinero, géneros y efectos de las casas que roban, que saquean, y al día siguiente se leen en los periódicos notas diciendo que la familia tal o el comerciante cual ha hecho entrega de tantas pesetas o tales géneros para la causa fascista. Parecen donaciones y son robos. 

Así se da el caso —agregan— de que el ambiente antifascista ocultamente subsiste, aumenta y actúa, a pesar del terror y del crimen. 

Los dos músicos evadidos relatan escenas de crueldad, crímenes, actos de terror cometidos por el fascismo en Galicia. 

—La persecución —dicen— ha sido y es sañuda, violenta. La menor sospecha es bastante para la detención y, en muchos casos, para la muerte. Nosotros también corrimos un serio peligro, aunque no se nos detuvo por sospechosos. Nos sorprendió el movimiento cumpliendo un contrato. No se nos molestó, quizá por nuestra condición de músicos y sobre todo, por que allí se ignoraba nuestra significación sindical y política. Pero al poco tiempo de hallarse la ciudad bajo la planta de los sublevados, los fascistas organizaron una Banda de música. Y se nos llamó para que nos incorporáramos a ella. Acudimos, acompañados de algunos fascista y oímos tocar a la banda.

—Y éste —sonríe uno de los músicos, señalando a su compañero— sintió un ramalazo de indignación ante aquel grupo de fascistas, y exclamó, airado: 

—Si se nos ha de fusilar por negarnos a tocar, que forme el piquete, porque nosotros no tocamos con esos... 

Los fascistas, que habían oído a su banda, dieron un sentido irónico a la frase, se miraron entre sí, soltaron a reír y dejaron en libertad a los dos músicos. Creyeron que se negaban a actuar con los otros porque lo hacían mal. 

Y así, una verdad les salvó la vida. 

—¿Cómo pudieron salir del campo faccioso? 

—Ya hemos dicho que el ambiente antifascista, que es cada vez más fuerte, protege y ampara. Gracias a él conseguimos un contrato para actuar en Portugal, y, también gracias a él, nos llegó un contrato para actuar en París, Y de Lisboa pasamos a Francia. Y de Francia a España. Aquí respiramos; estamos entre los nuestros. 


Ahora, 24 de marzo de 1937






3249. Alicia Salcedo, la primera abogada de Asturias

El "Francesito"

Un mozo cuya imaginación se había desplazado muy lejos rompió el encanto de un escenario consagrado en las bellas páginas de La aldea perdida. En aquella carretera, pintada de claro gris por el polvo de la piedra marmórea de las rocas asturianas, cayó un rojo manchón de sangre, en tanto el cañón do aristas, por el que corre el río erizado de blancos mechones, repelía cien veces el estampido seco de un pistoletazo homicida. Cayó el hombre, y los rebecos vieron, desde las ingencias, la escena solitaria: el mozo avanzó, resuelto, hacia su víctima; tomó presuroso un objeto de entre las ropas del caído y huyó montaña arriba. 

Días después, la sociedad reclamaba la presencia de aquel ser que había invadido los dominios de las bestias de alma simple. 

Juzgaban al hombre, y entre los severos personajes destacaba uno. En él descansaba el público sus miradas. Vestía, como todos los demás personajes de aquel escenario, negro peplo; tocaba su cabeza con birrete, pero no eran un adorno éste y la muceta aterciopelada, porque el resto era bello, joven, femenino. 


La abogado 

El Francesito cantaba para su defensa con una mujer. Habíamos creído que en Oviedo iba a hacer su aparición el tipo influenciado por los snobismos ingleses, y aquella cabeclla graciosa era una burla a nuestras suposiciones. El Francesito disponía de las suaves miradas de la bella defensora. En él, en aquel personaje absurdo que era capaz de matar y robar por instinto de fiera, reconcentró una bolla joven todas sus atenciones de debutante en el sagrado sacerdocio de la defensa judicial. 

—Era un vagabundo desgraciado. Acepte su defensa para mi debut, convencida de que pudiera serme saludable un bautismo tan difícil, en el que además de la lucha con el código, hubiese de reñir batalla de corazones. Era un joven desgraciado, que recorrió el mundo por los regueros y las barrancadas, en lugar de andar por los caminos abiertos. El Francesito había llegado de Francia hacía dos meses; no quería trabajar..., porque nadie le enseñó jamás el consuelo de la honradez. Conseguí atenuar las consideraciones de perversidad que se le atribuían y logré ganarle nueve años en los muchos que el fiscal consideraba que había que tenerle alejado de la sociedad. 


Acusadora, jamás 

Alicia Salcedo nos habla, puesta la toca. 

—Estoy profundamente abatida; mis nervios apenas me prestaban auxilio para terminar la dura prueba a la que me sometí. Estaba viendo que la causa de este infortunado no tenía un punto de defensa... No crea usted que la acepté convencida de su integra culpabilidad.

Yo sabia que era un delincuente, que había matado y había robado; pero tengo la convicción de que su alma está desprovista de toda enseñanza noble. Es un espíritu decidido, con una gran inconsciencia, y comprendí que tan fácil hubiese sido hacerle criminal como cartujo. Cuestión de orientaciones; las suyas fueron deplorables. 

—¿Y el día que sea usted acusadora? 

—iNunca! Puede usted tener la seguridad de que yo no vestiré la toga jamás para acusar a nadie. Yo soy una mujer. Tengo un concepto muy mío sobre las actividades que la mujer ha de desarrollar en la sociedad; el papel que nos debe estar reservado es el de mujer. No concibo una silueta femenina señalando con el dedo hacia el presidio o la horca


La extraña psicología de Alicia Salcedo

Ya estamos en la calle. Alicia se interna en los jardines de palmeras que hay frente al antiguo Palacio de Justicia, se detiene y respira profundamente. En aquellos momentos, no hay en ella el menor atisbo de fatiga, y sonríe:

—¿Qué más? —nos dice, al tiempo que cierra el bolsillo coquetón del que ha extraído un espejito al que asoma sus ya serenos ojos. 

—¿Por qué se hizo usted abogado?

—Nació en mí la idea precipitadamente. A raíz de los sucesos que modificaron el régimen político en España. No nací para vivir anulada, sometida a la voluntad de los hombres en lo espiritual y en pugna con mis ideas... El voto de la mujer ha de ser conquistado por la mujer misma, sin influencias pasionales. No me era difícil la elección de las actividades a que había de consagrarme: mi padre ha sido magistrado en Oviedo, mis tíos también fueron abogados, y la magistratura es tradicional en nuestra familia. 

Proclamada la República, solicité exámenes de bachillerato elemental, y en junio de 1931 me matriculé y aprobé todas las asignaturas. Tardé un año en conseguir el titulo de bachiller completo. Para ello, hube de elevar una instancia al ministro de Justicia. Lo era entonces don Fernando de los Ríos, y quiero consignar, porque nobleza obliga, que el señor De los Ríos, por atención especial, me autorizó para examinarme. Dos años después, era abogado. 


La primera abogada de Oviedo interviene en mítines políticos

—Su decisión de adquirir una carrera y de entrar de lleno en la lucha social, estará orientada en un principio político. 

—Precisamente es un principio, y nada más. La causa común de las derechas. Me dedico a la propaganda: intervine en mítines electorales en la pasada lucha e intervendré en la que se avecina. Propiciaré por todo Asturias mis ideas, que las considero salvadoras para el principio de patria y libertad. 


"Profesionalmente seré criminalista"

—¿Por qué debutó como abogado en la defensa de un hecho criminal? 

—Porque seré criminalista.

Las teorías del padre Montes, que son mi evangelio, no me cierran el camino de la comprensión. Admiro a Jiménez Asúa y le estudio con cariño; es un penalista maravilloso, aunque cada día esté más compenetrada con el padre Montes. Quizá esté algo influida por mi profesor, el doctor Tejerina, que es otro valor positivo en España. Seré criminalista, por mi condición de mujer. La esperanza de lograr que un caído se levante, de aminorar una pena, es un sentimiento naturalísimo y femenino. 


Palacio Valdés y Beethoven

Nos asalta la duda de que Alicia padezca de snobismo sufragista, y que acaso le gustase más ataviarse con un abrigo hechura sastre, una camisa de cuello vuelto y una corbata masculina. Su figura es grácil, elegante, femenina; su porte distinguido en conjunto; pero llevamos un rato charlando sin observar el más leve gesto de feminidad y tenemos en los labios la pregunta más indiscreta. No la aventuramos aún, porque Alicia acaba de pasarse la tupida borla de colorete por sus mejillas. La verdad, que lo hizo con toda discreción.

—¿Qué de sus distracciones? 

—La música, y de la música, Beethoven. Toco el piano para mi uso particular; no tan mal que me avergüence de ser escuchada por mis amistades; pero cuando descanso en él de mis quehaceres, prefiero una página de Beethoven. 

—¿Y de literatura? 

—Poca cosa. Para literatura filosófica, prefiero a los filósofos mismos; para distraerme, prefiero a Palacio Valdés, ese literato español, costumbrista sin localidad, que es capaz de escribir Los majos de Cádiz y La hermana de San Sulpício, o La aldea perdida y La alegría del capitán Ribot, sin que nadie le pueda descubrir secretos de Andalucía o del Norte.

En despedida ya, mientras Alicia distraía su mirada en lo impreciso de la calle, aventuramos la pregunta: 

—¿Y de amores? 

Alicia no vuelve la vista ni cambia la actitud. Con toda serenidad nos contesta: 

—Por ahora, nada. 

—¿Y alguna vez?... 

—Nada, tampoco.

—Se referirá al pasado; nosotros preguntamos por el futuro. 

—Cuando lleguen. 

—Los aceptaría, ¿verdad? 

—¿Por qué no? 

He dicho que era mujer. 


Miguel de Lillo
Estempa, 18 de enero de 1936








3222. Las milicianas del frente de Oviedo. Pilar Lafuente

En este levantamiento unánime de toda la masa productora española contra la opresión fascista ha desempeñado la mujer uno de los papeles más destacados. Aquí en Asturias son escasas las hembras que tienen en los frentes una actuación puramente bélica. Hay algunas, sin embargo, cuyas proezas bien merecen destacarse. En la columna Otero, de la que hablaré otro día, hay varias muchachas que componen un grupo mandado por una joven llamada Maruja, a la que se han concedido los galones de sargento. Es una mujer joven, de aspecto agradable y enérgico, socialista militante, que ya en el glorioso movimiento de Octubre tuvo una actuación destacada. Sufrió después prisión, y con la prisión torturas que templaron su espíritu para la lucha, porque las persecuciones sólo hacen retroceder a los cobardes. Hoy lucha con un brío tal que ningún hombre podrá superarla. Une a estas dotes otra peculiar en la mujer: la astucia. Como forma en una columna de choque, que cada día opera en sitio distinto, ella sabe como nadie preparar las emboscadas. El grupo femenino de la columna Otero ha prestado ya excelentes servicios. 

En todos los frentes hay también mujeres que si viven un tanto alejadas de las tareas bélicas, comparten con los milicianos la vida azarosa de la campaña, los cuidan y atienden y, situadas en la línea de fuego, exponen también su vida sin regateos. 

En el frente de San Esteban lucha, fusil en mano, hombro con hombro con sus compañeros, Pili Lafuente, hermana de la heroica Aída, que murió al pie del Naranco en los últimos días de la revolución de octubre. Es casi una niña, pues acaba de cumplir los diecisiete años, y su temple ya de acero. La he preguntado si quería vengar la muerte de su hermana y ha respondido sin titubeos: 

—No; no quiero vengar nada. Quiero luchar como luchó ella. Seguir su camino. Lo interesante son las ideas, no las venganzas personales. Yo defiendo hoy lo mismo que ella defendió hace dos años. 

Ha hecho una pausa concienzuda, propia de una mujer madura, y sin la menor alteración de la voz ha dicho: 

—Yo escapé de Oviedo el lunes, 20 de julio. Sentí la necesidad imperiosa de salir al campo y unirme a mis camaradas antifascistas para luchar contra la reacción. Dos días más tarde recibí un recado de mi madre, que había quedado en Oviedo, en que me decía: "A tu hermano Daniel le han fusilado; pero no te preocupes y sigue luchando." Y aquí estoy. 

Hay que descubrirse ante esta familia de temple inigualable. Aída, asesinada. Daniel, fusilado por los traidores secuaces de Aranda; Pili, luchando en el frente y una madre que desde la prisión aún tiene "reaños" para decir a su hija de diecisiete años: 

—¡Sigue luchando! 

Otro rasgo revelador de la moral que anima a las mujeres antifascistas de Asturias es el que realizaron en Gijón en los días funestos en que se manifestó la deslealtad. 

A las cinco de la mañana de aquel lunes de tan triste recuerdo salieron a la calle la primera y segunda compañías del regimiento de Zapadores. La noticia cundió por la ciudad como un relámpago y de todas las bocacalles salieron hombres animosos para combatir a los rebeldes. Cercados ya los sediciosos en el paseo de Begoña, entraron en acción las mujeres. Resueltamente avanzaron hacia los soldados, gritándoles: 

—Os engañan. Os hacen sublevaros contra el Gobierno legítimo del país al que servís. Quieren traer a España el fascismo, que esclavizará a vuestros padres, obreros, y labradores, y os esclavizará a vosotros también. No hagáis caso y venid con nosotros.

Una descarga cerrada de la oficialidad y los fascistas respondió a la arenga. Cayeron varias de estas heroicas hembras. Pero las que quedaron siguieron repitiéndola hasta desgañitarse, y el resultado fué magnifico. Primero fueron unos pocos soldaditos, que abandonaron las filas de los traidores con el pañuelo blanco en la punta del fusil. Algunos cayeron perforados por las balas facciosas. Luego siguieron otros, y a las doce del día la segunda compañía se pasaba entera a las fuerzas leales entre clamorosos vivas a la República. 

Así son las hembras de estos bravos asturianos con los que tengo la suerte de compartlr las amarguras de la odiosa lucha en que nos hallamos empeñadas. 


Cuartel general de Sama 
Antonio Soto
Estampa, 13 de septiembre de 1936


Fotografía: Pilar Lafuente (hermana de Aída Lafuente)








3214. María Martínez, alcaldesa de Peñamellera Alta (Asturias)

María Martínez, alcaldesa de Peñamellera Alta (Asturias) - Foto: Mena


iQué lejos está Peñamellera Alta!... Carretera de Santander... Se va bien por esta hermosa carretera... ¡Arriendas!... ¡Vaya viraje!... Se abandona la amplia carretera y se entra en otra de tercer orden... No está mal el cambio. Grandes montañas que se escalonan, penumbra en pleno día. Las gibas de las montañas se suceden en hilera interminable. La grandiosidad del paisaje suspende el ánimo. Allá arriba, alto, alto, cumbres blancas de nieve... Un pueblecito a la vera de la carretera: Trescares. 

—¿Está lejos Alles, me hace el favor? 

El paisano se ladea la boina, da dos premiosas chupadas a una colilla amarillenta, que parece pegada a sus labios, y dice: 

—A media hora 

Y agrega, rascándose la cabeza por debajo de la gorra: 

—Poco tendrán que ver allí. 

—Vamos al Ayuntamiento. 

—¡Ah! —exclama—, y su mirada se hace recelosa. 

—Deseamos ver a la alcaldesa —aclaramos. 

El hombre se hace amable, obsequioso. 

—Para eso no necesitan ir a Alles. La señorita María vive allí, en aquella casa que ustedes ven. 

—¿Cómo dice usted que se llama? 

—Doña María, doña María Martínez. 

—Bien. Gracias. 

La alcaldesa de Peñamellera Alta es joven, muy joven, poco más de veinte años. Y bonita, bonita de verdad. Rubia, de ojos azules, que miran dulces e ingenuos. Y modesta, modesta hasta la exageración. 

—Me hicieron de la Comisión gestora del Ayuntamiento —dice— por ser la más joven de los funcionarios del Estado en este concejo. Después me eligieron presidenta, porque los otros dos miembros de la comisión se dedican a las labores del campo y estas labores no les dejan tiempo disponible. Eso es todo. Nos reunimos una vez por semana, más para cambiar impresiones que para otra cosa. 

—¿Le gusta el cargo? 

Se encoge de hombros y me dirige una mirada llena de ingenuidad que parece decir: "¿Pero es que cree usted que yo nací para alcaide?" Sin embargo, insisto:

—¿Tiene usted proyectos? 

—¿Qué proyectos quiere usted que tenga si se trata de una interinidad muy corta y en las cajas del Ayuntamiento escasea el dinero de tal modo que apenas alcanza para abonar los sueldos del secretario, del médico y algunos otros gastillos? 

—¿Le preocupa la política? 

—Nunca me preocupó. Me gusta enterarme de lo que en ella pasa, por medio de los periódicos, pero sin tomar parte activa en la misma. Lo único que me preocupa es la enseñanza, y mi ideal seria poder llegar a ser una gran educadora. 

Noble y hermoso ideal, señorita. Para conseguirlo tiene usted mucho ganado, porque es usted modesta y estudiosa, y porque su dulzura ha de ser poderoso imán para los niños que se le acerquen en busca de enseñanza. 


Eduardo A. Quiñones
Estampa, 25 de marzo de 1933








3197. El evadido





Se pasó a nuestras filas una noche de invierno. Soplaba el norte, grande y frío. De vez en cuando, la luna llena asomaba su cara boba —de botón de calzoncillo— por algún desgarrón del cielo. Luego otra vez las nubes; lívidas, densas, coitosas... Y el viento limpio que olía a mar. Y la lluvia helada.

Apareció de pronto ante nuestras líneas sin que le precediera, como a otros fugitivos, el seco trallazo de los fusiles o el tartamudeo de las ametralladoras enemigas. Parvo, canelo, peludo, bucero y sucio, pingando agua de lluvia y barro, despreocupado y alegre, apenas si era un trémulo y tibio puñadito de pelos retortijados cuando llegó a nuestras líneas. Nadie presenció su arribada. Se coló silenciosamente por entre los rosales de las alambradas y saltó a la trinchera. No pareció concedernos una excesiva importancia.

—¡Echadlo de aquí! Nos llenará de pulgas. ¡Tírale!

El perrillo nos miraba receloso, presto a escapar al menor ademán hostil, cauto y expectante. Pero burlón también; había un no sé qué jocoso en su desmedrada facha. En el remanso de sus pupilas pacíficas brincaba, como en los niveles, una azorada burbujita de risa, de una alegre risa inconsciente; risa sana, inmediata, de niño.

El animal tenía unos hermosos ojos. Sin duda fue eso lo que le salvó. Eso y los razonamientos de Corsino. Porque fue Corsino el que dijo:

—¿Y por qué vais a matar a ese pobre perro?... Estaba con los facciosos y escapó. Es un evadido. Además...

El perro, buscando calor, ramoneaba olores entre las pierna de Corsino. Parecían habérsele entristecido los ojillos burlones. Farfullaba Corsino:

—Yo no soy miedoso, ya lo sabéis, ni tengo el corazón de manteca; pero el dolor de los animales me resulta insoportable. Más aun que el dolor de los hombres. Yo he visto morir a muchos compañeros, ¡buenos compañeros! Algunos lloraban. Eran mozos como pinos... Llamaban a su madre... Esto es terrible; el corazón se te vuelve de azogue. Pues bien, ya veis, el otro día una granada hirió a una vaca; un enorme boquete en la barriga. Cayó al suelo como un árbol. Ni mugía ni nada. Estaba allí derrumbada, pesada, silenciosa... Movía las pestañas tan sólo. Ese sufrimiento de la vaca, ese dolor sin ruido de los animales... ¡No la olvidaré mientras viva! Murió con los ojos abiertos y mojados de lágrimas. Sin meter ruido

Calló Corsino anegado por oscuros sentimientos imprecisos. Pensaba. Con la mirada perdida en la noche buscaba en su cerebro un argumento concluyente a favor del evadido. No encontraba las palabras exactas. Nos miró airado. Grito casi:

—Pero... ¿es que todavía no hay bastante dolor suelto por los campos de Asturias?... Decidme, ¿qué cono os hizo este perro?

Era raro que Corsino hablara tanto. Esto nos afectó. No, no había bebido. El perro se quedó con nosotros.


 *


Huraño, hosco, feo y viejo, Corsino apenas si se relacionaba con sus compañeros. Jamás compartió sus sentimientos con nosotros. Nunca nos pidió una confidencia. Vivía solitario, al borde de su propia vida, viendo correr ésta, y ajeno e indiferente a las prisas e inquietudes de los demás.

Hablaba poco y era tímido. Era un hombre de sentimientos más que de razones: intuía las cosas, nunca acababa de comprenderlas del todo. En general acostumbraba a mostrarse seco, descortés y malhumorado. Era su defensa. Se agazapaba detrás de su acritud para ocultar su timidez; una candorosa timidez inexplicable. Por dentro era tierno, mollar, confiado, irreverente y espontáneo como un niño.

Poco sabíamos de él: Minero, de Sotrondio; cuarenta y cinco, cincuenta años; feo, picoteado por la viruela; la boca era una arruga más de su rostro; bigote profuso y enmarañado, tan profuso que más parecía una prenda de abrigo que un adminículo de adorno; estevado de piernas; fuerte, magro, pequeño y velludo.

Buen compañero. Con una escopeta de dos cañones fue de los primeros en marchar sobre Oviedo cuando la traición de Aranda. Era disciplinado a su modo: Sabía desobedecer y tenía iniciativas. Era el primero en saltar de las trincheras. De nosotros, el que más lejos tiraba las bombas de mano.

Tenía un defecto: bebía. Justificaba su vicio con un antiguo proverbio:

—Beber, morir. No beber, también morir.

O menos filosóficamente:

—Lo hago porque tengo que ahogar todo esto.

Y en un gesto francamente ambiguo señalaba primero a su tórax, aporreándoselo con los puños, y luego, más vagamente en un gesto circular de su mano, incluía a todos el paisaje circunvecino: los manzanos enanos, sin hojas; los esqueletos de las casas quemadas, las nubes que volaban altas...

—¡Para ahogar todo esto! —iteraba en un rugido.

Y luego en voz baja, humildemente casi, decía:

—Bueno, yo me entiendo. Vosotros... ¡qué sabéis, mocosos!
No sabía expresarse. Sus sentimientos carecían de sintaxis como sus oraciones; por eso hasta cuando nos hacía un favor parecía estar enojado. En el fondo nos despreciaba un poquito. Humanamente nos achacaba sus propios defectos. Era severo para consigo mismo. No concedía importancia a sus virtudes y le gustaba escarbar cristianamente en sus faltas.

Nos gustaba dialogar con él para ponerle en situaciones comprometidas. Un día le preguntamos que cómo a su edad había venido a luchar a las trincheras. Le molestaban las preguntas. Se rascó nerviosamente la barba y nos miró escamado. Reaccionaba siempre a la defensiva. Temía que nos burlásemos de él.

—¡Qué sé yo! —dijo tropezando en las palabras, pensándolo—. Vine a defender la razón y la libertad...; ¡eso! Es justo lo que defendemos. Hay niños que andan descalzos. Las mujeres de la Puerta Nueva se venden por un duro. Los hombres no son felices y sufren. ¿Por qué todo esto? No se pueden tolerar ciertas cosas; protestas, chillas..., ¡nada! Por ejemplo, ¿Por qué se matan tantos chinos?... Son amarillos, son pequeñinos y flacos, llevan coleta... ¡Sí, todo esto es verdad! Acaso huelan mal; no lo niego. Pero... ¿es que no son hombres? Los japoneses los matan por centenares para segar las escandas que ellos sembraron y para quitarles sus mujeres. ¡Por eso lucho! Los de enfrente quieren eso; el rebaño brutal, los niños descalzos, las prostitutas, las matanzas de chinos...

Le inquietaba sobremanera esto de los chinos; no era la primera vez que lo decía. Para la generalidad de los mortales, los sentimientos vibran en razón inversa de la distancia a que suceden las cosas. Así un hombre muerto a dos pasos de nosotros nos afecta más que un terremoto en Japón con veinte mil víctimas. Para Corsino era todo lo contrario.


 *


Desde que el perro amaneció en nuestras líneas y se incorporó a los afectos de Corsino, aquél fue el único confidente de sus monólogos. Ante el silencio indiferente del perro, Corsino, borracho, desenrollaba pacíficamente la gris teoría de su pasado. Cosas menudas, pequeñitas; cosas de esas que se nos pierden por los rincones del recuerdo y que aparecen de pronto, inesperadamente, al buscar otra cosa cualquiera: antiguas humillaciones que nunca maduraron en palabras, deseos frustrados, ilusiones venidas a menos y realidades bien vivas y sangrantes, aparecían, como cerezas trabadas por los rabos, unas tras otras; unidas entre sí por finísimas conexiones silenciosas.

—¿Qué harías tú en mi lugar? Obdulia tenía ojos de canario y una dulce vocecita de raitán[1]. ¡Bah, bah..., viejo chocho!

En tanto que los hombres se mueren de hambre los conejos se mueren de viejos. Así es la vida.

Y luego, agachando la voz y acariciando el perro con infinita ternura:

—Esos de ahí enfrente —le decía—, ¿los ves, guapo?, los de las casas..., esos canallas harán que el río Nalón no vuelva a bajar negro. Bajará rojo, rojo de sangre asturiana. Pero... ¡bueno!, ¿qué sabéis los perros de esto? Levantáis la patica allí donde tenéis ganas... Eso es hacer la realísima voluntad. Yo nunca pude hacer lo que me dio la gana.

Así hablaba Corsino con su perro. Juntos comían, juntos disfrutaban los días de permiso y juntos montaban la guardia en los parapetos. Como buenos amigos repartían el pan y el afecto; las penas, las alegrías y las tajadas de carne.


*


Pero un día el perro se fue. Se fue como había venido: inesperadamente. Echó a correr hacia Oviedo y desapareció de pronto entre el laberinto de casas de la Tenderina. No pudimos evitar que le dieran bromas a Corsino.

—¡Babayu, el perro era fascista!

—Fuiste bobo, Corsino; venga a darle parola al perro y ahora resulta que era un espía.

—¡La de cosas que irá contando a los facciosos!

¡Cómo sufría Corsino! Albeaban sus dientes por debajo del profuso bigote y añadía nuevas arrugas a su rostro sin conseguir estrenar una sonrisa. Quería echarlo a broma, pero se le humedecían los ojos de lágrimas que se le escapaban silenciosamente y sin prisas por la nariz. Por aquellos días tuvimos un combate y lo hirieron. Yo sé que Corsino, en aquella ocasión, buscó algo más que aquella simple herida; un balazo en un brazo. Se lo dije. Rió, amapolándose.

—¿Por un perro?... ¡Bah, tonto!

Pero yo sé que era verdad. No solamente por aquello sino por todo. El tenía un corazón en carne viva: amaba a todas las cosas que veían sus ojos, que tocaban sus manos...

Sanó pronto. Tenía encarnadura de lagartija.

Y pasó el tiempo. Todo se olvidó. Corsino volvió a ser el de antes. Frente a nosotros el paisaje de siempre: árboles tronchados, casas quemadas, postes de teléfono desmelenados... Tiros y tedio. A nuestras espaldas los campos verdes y silenciosos. La Catedral mostraba su piquito tronchado y el alón roto, entablillado desde octubre. De vez en cuando ladraban las baterías del Naranco o sentíamos el pesado volar de los morteros de «La Casa negra». Llovía despacio, tercamente. Rubias vacas pequeñitas caminaban despacio, abstraídas en su enorme pena.

Y pasaron seis meses, y un día cualquiera —verano, los castaños habían encendido sus flores— el perro volvió. Inesperada, silenciosamente se coló por entre los rosales de las alambradas y saltó a las trincheras. Venía flaco, desastrado, sucio. Cojeaba. Se acercó a nosotros como si acabara de separarse de nuestro lado. Estordecido, hopeaba gozoso restregándose contra nuestros pantalones.

—¡Vaya, volvió el traidor! A ver qué dice Corsino ahora.

Se lo avisaron pronto. No quería creerlo. Una sonrisa de duda —no, aquello no podía ser— temblaba en sus labios.

El perro, al reconocerlo, corrió hacia él. Todos habíamos callado y mirábamos a Corsino. Nos dolía a todos el dolor de aquel hombre. Se acerco despacio al perro que se había echado en el suelo, como queriendo jugar con él. Corsino no le hizo caso.

—¡Déjame el fusil! —dijo a un compañero.

Estaba desencajado, lívido, tembloroso.

—¿Qué vas a hacer? ¡Déjalo! ¡Pobre!

—¡Dame el fusil!

En su voz había una inquebrantable decisión. Le temblaban aún las manos, pero sus ojos miraban de frente y sin piedad. Se acercó al perro que, a sus pies, le miraba moviendo receloso la cola.

—¡Échate! —le ordenó.

Obedeció el perrillo. Se tumbó en el suelo y, como jugando, movió gozoso en el aire sus patitas peludas. Lentamente Corsino apoyó el cañón del fusil en la oreja del animal. Nada pudimos hacer por él. Y disparó. Apenas si echó sangre. Parecía un montoncito de lana.

—¡Por fascista!... ¡Por traidor!...

Le dio una patada. Nos devolvió el fusil.

Arrancándose las lágrimas a puñados nos dijo, mientras pretendía sonreír:

—¡Me cago en la puta madre, hay que ser hombres!


Antonio Ortega
Publicado en la revista Nueva España, La Habana, diciembre de 1939
Yemas de coco y otros cuentos, 1959


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[1] “Petirrojo” en bable