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3480. A Antonio Machado





¡Amistad verdadera, claro espejo
en donde la ilusión se mira!
...Parecen esas nubes
más bellas, más tranquilas.
Siento esta tarde, Antonio,
tu corazón entre la brisa.

La tarde huele a gloria.
Apolo inflama fraternales liras,
en un ocaso musical de oro,
como de mariposas encendidas;
liras plenas y puras,
de cuerdas de ascuas liquidas,
que guirnaldas de rosas inmortales
decoraran, un día.

Antonio, ¿sientes esta tarde ardiente,
mi corazón entre la brisa?


Juan Ramón Jiménez






3065. A Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez Mantecón
(Moguer, 23 de diciembre de 1881 - San Juan de Puerto Rico, 29 de mayo de 1958


Unos vienen y otros van. Aquí clavan. Allí cantan.
Nadie cuenta. Todos salvan a su modo la esperanza.

Pablo temblé-dependiente, Pedro a puños jornalero,
Juan que pese a su neurosis logra fijar unos versos.

Hay que crear, hay que dar lo que se puede, avanzando,
sin prisa, como Juan Goethe, y como tú, sin descanso,

día a día, pena a pena, mortalmente trabajando
una obra en la que al cabo quedaremos enterrados.

Todos estamos en ello. Todos juntos conjugando,
Juan si jota, gota a gota tercamente edificando.

Porque a mil vidas perdidas, cien amigos fracasados,
diez poetas y una amante, diste forma y diste estado,

porqué tú, contra tí mismo, fuiste un poco más que un tú
encogido y miserable, ardo en tu cáncer de luz.

Me hablarán de tus defectos... ¿Qué me importa?
Considero tu trabajo, y el que fuiste desaparece en tus versos.


Gabriel Celaya, 1959








2469. Llamo a los poetas

Miguel Hernández en el homenaje a Vicente Aleixandre, Madrid, 4 de mayo de 1935 


Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,
y además menos solo. Ya vosotros sabéis
lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.

Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:
por lo que enloquecemos lentamente.

Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
donde la telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros
de la buena semilla de la tierra.

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.

Quitémonos el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.

Así: sin esa barba postiza, ni esa cita
que la insolencia pone bajo nuestra nariz,
hablaremos unidos, comprendidos, sentados,
de las cosas del mundo frente al hombre.
Así descenderemos de nuestro pedestal,
de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos
a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
sin el brillo del lente polvoriento.

Ahí está Federico: sentémonos al pie
de su herida, debajo del chorro asesinado,
que quiero contener como si fuera mío,
y salta, y no se acalla entre las fuentes.

Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Por eso nos sentimos semejantes del trigo.
No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,
y la familia del enamorado.

Siendo de esa familia, somos la sal del aire.
Tan sensibles al clima como la misma sal,
una racha de otoño nos deja moribundos
sobre la huella de los sepultados.

Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos
en todo arraigan, piden posesión y locura.
Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,
con el terrestre sueño que alentamos.

Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.
Hablemos sobre el vino y la cosecha.

Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.
Veré si hablamos luego con la verdad del agua,
que aclara el labio de los que han mentido.


Miguel Hernández
El hombre acecha, 1939