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2873. García Lorca

Federico García Lorca y Luis Buñuel, en la verbena de San Antonio de la Florida de Madrid en 1923


Poco antes de Un chien andalou, una disensión superficial nos separó durante algún tiempo. Luego, como andaluz, susceptible, creyó, o fingió creer, que la película era contra él. Decía:

—Buñuel ha hecho una peliculita así (gesto de los dedos), se llama Un chien andalou, y el perro (chien) soy yo. 

En 1934, nos habíamos reconciliado totalmente. Aunque yo encontraba a veces que se dejaba sumergir por un número demasiado grande de admiradores, pasábamos juntos largos ratos. Frecuentemente, acompañados por Ugarte, subíamos a mi «Ford» para relajarnos durante unas horas en la soledad gótica de El Paular. El lugar se hallaba en ruinas, pero seis o siete habitaciones, muy escasamente amuebladas, estaban reservadas a las Bellas Artes. Se podía incluso pasar la noche en ellas, a condición de llevar un saco de dormir. El pintor Peinado —con el que, cuarenta años más tarde, volvería a encontrarme por causalidad en este mismo lugar— acudía con frecuencia al viejo monasterio desierto.

Era difícil hablar de pintura y poesía cuando sentíamos aproximarse la tempestad. Cuatro días antes del desembarco de Franco, García Lorca —que no podía apasionarse por la política— decidió de pronto marcharse a Granada, su ciudad. Yo intenté disuadirle, le dije: 

—Se están fraguando auténticos horrores, Federico. Quédate aquí. Estarás mucho más seguro en Madrid. 

Otros amigos ejercieron presión sobre él, pero en vano. Partió muy nervioso, muy asustado. 

El anuncio de su muerte fue una impresión terrible para todos nosotros. 

De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece, incluso, difícil encontrar alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama.

Cuando lo conocí, en la Residencia de Estudiantes, yo era un atleta provinciano bastante rudo. Por la fuerza de nuestra amistad, él me transformó, me hizo conocer otro mundo. Le debo más de cuanto podría expresar. 

Jamás se han encontrado sus restos. Han circulado numerosas leyendas sobre su muerte, y Dalí —innoblemente— ha hablado incluso de un crimen homosexual, lo que es totalmente absurdo. En realidad, Federico murió porque era poeta. En aquella época, se oía gritar en el otro bando: «¡Muera la inteligencia!» 

En Granada, se refugió en casa de un miembro de la Falange, el poeta Rosales, cuya familia era amiga de la suya. Allí se creía seguro. Unos hombres (¿de qué tendencia? Poco importa) dirigidos por un tal Alfonso fueron a detenerlo una noche y le hicieron subir a un camión con varios obreros.

Federico sentía un gran miedo al sufrimiento y a la muerte. Puedo imaginar lo que sintió, en plena noche, en el camión que le conducía hacia el olivar en que iban a matarlo.

Pienso con frecuencia en ese momento. 

A finales del mes de setiembre, me fue concertada una cita en Ginebra con el ministro de Asuntos Exteriores de la República, Álvarez del Vayo, que quería verme. En Ginebra se me diría por qué. 

Salí en un tren absolutamente abarrotado, un verdadero tren de guerra. Me encontré sentado delante de un comandante del P.O.U.M., obrero ascendido a comandante, personaje del lenguaje feroz que no cesaba de repetir que el Gobierno republicano era una porquería y que, ante todo, era preciso destruirlo. Hablo de él solamente porque, más tarde, en París, habría de utilizarlo como espía. 

En Barcelona, hice trasbordo y me encontré con José Bergamín y Muñoz Suay, que se dirigían a Ginebra con una decena de estudiantes para participar en una reunión política. Me preguntaron qué clase de documentos llevaba, se lo dije, y Muñoz Suay, exclamó: 

—¡No podrás cruzar la frontera! ¡Para pasar, hace falta el visado de los anarquistas! 

Llegamos a Port Bou, bajo el primero del tren y, en la estación repleta de hombres armados, veo una mesa a la que se hallan sentados con aire majestuoso tres personajes, como los miembros de un pequeño tribunal. Son anarquistas. Su jefe es un italiano barbudo. 

A su petición, les muestro mis documentos, y me dicen: 

—No puedes pasar con eso. 

El idioma español es, ciertamente, el más blasfematorio del mundo. A diferencia de otros idiomas, en los que juramentos y blasfemias son, por regla general, breves y separados, la blasfemia española asume fácilmente la forma de un largo discurso en el que tremendas obscenidades, relacionadas principalmente con Dios, Cristo, el Espíritu Santo, la Virgen y los Santos Apóstoles, sin olvidar al Papa, pueden encadenarse y formar frases escatológicas e impresionantes. La blasfemia es un arte español. En México, por ejemplo, donde sin embargo, la cultura española se halla presente desde hace cuatro siglos, nunca he oído blasfemar convenientemente. En España, una buena blasfemia puede ocupar dos o tres líneas. Cuando las circunstancias lo exigen, puede, incluso, convertirse en una letanía al revés. 

Una blasfemia de este tipo, proferida con la más intensa violencia, es lo que escucharon sin inmutarse los tres anarquistas de Port Bou. 

Después de lo cual, me dijeron que podía pasar. 

Y, ya que hablo de blasfemia, añadiré que en las ciudades antiguas de España, en Toledo por ejemplo, se veía escrito en la puerta principal de acceso: Prohibido mendigar y blasfemar, y ello bajo pena de multa o de un breve período de arresto. Prueba de la fuerza y la omnipresencia de las exclamaciones blasfemas. Cuando regresé a España, en 1960, me pareció que la blasfemia se oía mucho más raramente en las calles. Pero quizá me equivocaba... y oía con menos claridad que antes. 

En Ginebra, sólo estuve unos veinte minutos con el ministro. Me pidió que fuese a París para ponerme a disposición del nuevo embajador que iba a nombrar la República. Este embajador sería Araquistain, un socialista de izquierda que yo conocía, antiguo periodista y escritor. Necesitaba hombres de confianza. 

Salí inmediatamente para París.


Luis Buñuel
Mi último suspiro, 2008








1997. Testimonio de Luis Buñuel sobre Federico García Lorca



Federico García Lorca no llegó a la Residencia hasta dos años después que yo. Venía de Granada, recomendado por su profesor de Sociología, don Fernando de los Ríos, y ya había publicado un libro en prosa, Impresiones y paisajes, en el que contaba sus viajes con don Fernando y otros estudiantes andaluces.

Brillante, simpático, con evidente propensión a la elegancia, la corbata impecable, la mirada oscura y brillante, Federico tenía un atractivo, un magnetismo al que nadie podía resistirse. Era dos años mayor que yo e hijo de un rico propietario rural. En principio, fue a Madrid para estudiar Filosofía, pero pronto dejó las clases para lanzarse a la vida literaria. No tardó en conocer a todo el mundo y hacer que todo el mundo le conociera. Su habitación de la Residencia se convirtió en uno de los puntos de reunión más solicitados en Madrid.

Nuestra amistad, que fue profunda, data de nuestro primer encuentro. A pesar de que el contraste no podía ser mayor, entre el aragonés tosco y el andaluz refinado -o quizás a causa de este mismo contraste-, casi siempre andábamos juntos. Por la noche nos íbamos a un descampado que había detrás de la Residencia (los campos se extendían entonces hasta el horizonte), nos sentábamos en la hierba y él me leía sus poesías. Leía divinamente. Con su trato, fui transformándome poco a poco ante un mundo nuevo que él iba revelándome día tras día. 

Alguien vino a decirme que un tal Martín Domínguez, un muchachote vasco, afirmaba que Lorca era homosexual. No podía creerlo. Por aquel entonces en Madrid no se conocía más que a dos o tres pederastas, y nada permitía suponer que Federico lo fuera.

Estábamos sentados en el refectorio, uno al lado del otro, frente a la mesa presidencial en la que aquel día comían Unamuno, Eugenio d’Ors y don Alberto, nuestro director. Después de la sopa, dije a Federico en voz baja: 

—Vamos fuera. Tengo que hablarte de algo muy grave. 

Un poco sorprendido, accede. Nos levantamos. 

Nos dan permiso para salir antes de terminar. Nos vamos a una taberna cercana. Una vez allí, digo a Federico que voy a batirme con Martín Domínguez, el vasco. 

—¿Por qué? —me pregunta Lorca. 

Yo vacilo un momento, no sé cómo expresarme y a quemarropa le pregunto: 

—¿Es verdad que eres maricón? 

Él se levanta, herido en lo más vivo, y me dice: 

—Tú y yo hemos terminado. 

Y se va. 

Desde luego, nos reconciliamos aquella misma noche. Federico no tenía nada de afeminado ni había en él la menor afectación. Tampoco le gustaban las parodias ni las bromas al respecto, como la de Aragon, por ejemplo, que cuando, años más tarde, vino a Madrid a dar una conferencia en la Residencia, preguntó al director, con ánimo de escandalizarle —propósito plenamente logrado—: «¿No conoce usted algún meadero interesante?» 

Juntos, los dos solos o en compañía de otros, pasamos horas inolvidables. Lorca me hizo descubrir la poesía, en especial la poesía española, que conocía admirablemente, y también otros libros. Por ejemplo, me hizo leer la “Leyenda áurea”, el primer libro en el que encontré algo acerca de san Simeón el Estilita, que más adelante devino Simón del desierto. Federico no creía en Dios, pero conservaba y cultivaba un gran sentido artístico de la religión.

Guardo una fotografía en la que estamos los dos en la moto de cartón de un fotógrafo, en 1924, en las fiestas de la verbena de san Antonio en Madrid. En el dorso de la foto, a las tres de la madrugada (borrachos los dos), Federico escribió una poesía improvisada en menos de tres minutos, y me la dio. El tiempo va borrando poco a poco el lápiz y yo la copié para no perderla. Dice así:  

La primera verbena que Dios envía 
Es la de San Antonio de la Florida, 
Luis: en el encanto de la madrugada 
Canta mi amistad siempre florecida, 
la luna grande luce y rueda 
por las altas nubes tranquilas, 
mi corazón luce y rueda 
en la noche verde y amarilla, 
Luis, mi amistad apasionada 
hace una trenza con la brisa. 
El niño toca el pianillo 
triste, sin una sonrisa, 
bajo los arcos de papel 
estrecho tu mano amiga. 

Después, en 1929, en un libro que me regaló, escribió unos versos, inéditos también, que me gustan mucho:
Cielo azul
Campo amarillo

Monte azul
Campo amarillo

Por la llanura desierta
Va caminando un olivo

Un solo
Olivo.


(...)

Poco antes de Un chien andalou, una disensión superficial nos separó durante algún tiempo. Luego, como andaluz, susceptible, creyó, o fingió creer, que la película era contra él. Decía: 

—Buñuel ha hecho una peliculita así (gesto de los dedos), se llama Un chien andalou, y el perro (chien) soy yo. 

En 1934, nos habíamos reconciliado totalmente. Aunque yo encontraba a veces que se dejaba sumergir por un número demasiado grande de admiradores, pasábamos juntos largos ratos. Frecuentemente, acompañados por Ugarte, subíamos a mi «Ford» para relajarnos durante unas horas en la soledad gótica de El Paular. El lugar se hallaba en ruinas, pero seis o siete habitaciones, muy escasamente amuebladas, estaban reservadas a las Bellas Artes. Se podía incluso pasar la noche en ellas, a condición de llevar un saco de dormir. El pintor Peinado —con el que, cuarenta años más tarde, volvería a encontrarme por causalidad en este mismo lugar— acudía con frecuencia al viejo monasterio desierto. 

Era difícil hablar de pintura y poesía cuando sentíamos aproximarse la tempestad. Cuatro días antes del desembarco de Franco, García Lorca —que no podía apasionarse por la política— decidió de pronto marcharse a Granada, su ciudad. Yo intenté disuadirle, le dije: 

—Se están fraguando auténticos horrores, Federico. Quédate aquí. Estarás mucho más seguro en Madrid. 

Otros amigos ejercieron presión sobre él, pero en vano. Partió muy nervioso, muy asustado. 

El anuncio de su muerte fue una impresión terrible para todos nosotros. 

De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece, incluso, difícil encontrar alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama. 

Cuando lo conocí, en la Residencia de Estudiantes, yo era un atleta provinciano bastante rudo. Por la fuerza de nuestra amistad, él me transformó, me hizo conocer otro mundo. Le debo más de cuanto podría expresar. 

Jamás se han encontrado sus restos. Han circulado numerosas leyendas sobre su muerte, y Dalí —innoblemente— ha hablado incluso de un crimen homosexual, lo que es totalmente absurdo. En realidad, Federico murió porque era poeta. En aquella época, se oía gritar en el otro bando: «¡Muera la inteligencia!» 

En Granada, se refugió en casa de un miembro de la Falange, el poeta Rosales, cuya familia era amiga de la suya. Allí se creía seguro. Unos hombres (¿de qué tendencia? Poco importa) dirigidos por un tal Alfonso fueron a detenerlo una noche y le hicieron subir a un camión con varios obreros. 

Federico sentía un gran miedo al sufrimiento y a la muerte. Puedo imaginar lo que sintió, en plena noche, en el camión que le conducía hacia el olivar en que iban a matarlo.  

Pienso con frecuencia en ese momento.


Luis BuñuelMi último suspiro 







1561. La guerra de España

Luis Buñuel Portolés
(Calanda, Teruel, 22 de febrero de 1900 - Ciudad de México, 29 de julio de 1983)


En el mes de julio de 1936, Franco desembarcaba al frente de un contingente de tropas marroquíes con la decidida intención de acabar con la Repú- blica y restablecer «el orden» en España.

Mi mujer y mi hijo acababan de regresar a París un mes antes. Yo estaba solo en Madrid. Una mañana temprano, me despertó una explosión, a la que siguieron varias otras. Un avión republicano bombardeaba el cuartel de la Montaña, y oí también varios cañonazos.

En este cuartel de Madrid, como en todos los cuarteles de España, las tropas se encontraban en estado de alerta. Sin embargo, un grupo de falangistas se habían refugiado en él, y desde hacía unos días salían del cuartel disparos que herían a los transeúntes. Secciones obreras ya armadas, apoyadas por los guardias de asalto republicanos —fuerza de intervención moderna creada por Azaña— atacaron el cuartel en la mañana del 18 de julio. A las diez, todo había terminado. Los oficiales rebeldes y los miembros de la Falange fueron pasados por las armas. Acababa de empezar la guerra.

A mí me costaba hacerme realmente a la idea. Desde mi balcón, escuchando a lo lejos el rumor del cañoneo, veía pasar por la calle, a mis pies, una pieza de artillería «Schneider» tirada por dos o tres obreros y —lo que me pareció horrible— dos gitanos y una gitana. La violenta revolución que íbamos sintiendo ascender desde hacía unos años, y que yo personalmente tanto había deseado, pasaba bajo mis ventanas, ante mis ojos. Y me encontraba desorientado, incrédulo.

Quince días después, el historiador de arte Elie Faure, que defendía ardientemente la causa republicana, vino a pasar unos días a Madrid. Fui a visitarlo una mañana en su hotel, y todavía me parece verlo, con sus calzoncillos largos atados a los tobillos, contemplando las manifestaciones callejeras, convertidas en cotidianas. Lloraba de emoción al ver al pueblo en armas. Un día, vimos desfilar un centenar de campesinos, armados a la buena de Dios, unos con escopetas de caza y revólveres, otros con hoces y bieldos. En un visible esfuerzo de disciplina, intentaban marchar al paso, de cuatro en fondo. Creo que lloramos los dos.

Nada parecía poder vencer a esta fuerza profundamente popular. Pero muy pronto la alegría increíble, el entusiasmo revolucionario de los primeros días dieron paso a un desagradable sentimiento de división, de desorganización y de total inseguridad, sentimiento que duró hasta, aproximadamente, el mes de noviembre de 1936, en que comenzaron a implantarse en el bando republicano una verdadera disciplina y una justicia eficaz.

No pretendo escribir yo también la historia de la gran escisión que desgarró a España. No soy historiador y no estoy seguro de ser imparcial. Sólo quiero intentar decir lo que vi, lo que recuerdo.

Por ejemplo, he conservado recuerdos concretos de los primeros meses en Madrid. Teóricamente en poder de los republicanos, la ciudad albergaba aún al Gobierno, pero las tropas franquistas avanzaban rápidamente en Extremadura, llegaban a Toledo y veían cómo otras ciudades, en toda España, caían en manos de sus partidarios, Salamanca y Burgos, por ejemplo.

En el interior mismo de Madrid, simpatizantes fascistas desencadenaban tiroteos cada dos por tres. A cambio, los curas, los propietarios ricos, todos aquellos que eran conocidos por sus sentimientos conservadores y de los que cabía suponer que prestaban apoyo a los rebeldes franquistas, se hallaban en constante peligro de ser ejecutados. Al estallar las hostilidades, los anarquistas habían liberado a los presos comunes y los habían incorporado inmediatamente a las filas de la C.N.T. (Confederación Nacional del Trabajo), situada bajo la influencia directa de la Federación Anarquista.

Algunos miembros de esta Federación hacían gala de un extremismo tal que la mera presencia de una imagen piadosa en una habitación podía conducir a la Casa de Campo. Allí, en este parque público situado a las puertas de Madrid, tenían lugar las ejecuciones. Cuando se detenía a alguien, se le decía que lo llevaban «a dar un paseo». Esto ocurría siempre de noche.

Se recomendaba tutear a todo el mundo y acompañar todas las frases con un enérgico «Compañeros» si se hablaba con anarquistas o con un «Camarada» si se trataba de interlocutores comunistas. La mayor parte de los automó- viles llevaban sobre el techo uno o dos colchones como protección contra los francotiradores. Era sumamente peligroso sacar la mano para indicar que el coche iba a virar a uno u otro lado, pues este gesto podía ser interpretado como un saludo fascista y atraer una ráfaga de disparos al paso. Los señoritos fingían vestir mal para disimular sus orígenes. Se ponían viejas gorras y se manchaban la ropa, a fin de parecerse a los obreros, mientras que, del otro lado, las consignas del partido comunista recomendaban a los obreros ponerse corbata y camisa blanca.

Ontañón, dibujante muy conocido, me comunicó un día la detención de Sáenz de Heredia, director que había trabajado para mí en el rodaje de La hija de Juan Simón y ¿Quién me quiere a mí? Sáenz dormía en un banco público, por miedo a entrar en su casa. En efecto, era primo carnal de Primo de Rivera, el fundador de la Falange. Detenido, pese a sus precauciones, por un grupo de socialistas de izquierda, se hallaba en constante peligro de ser ejecutado por causa de su fatal parentesco.

 Me dirigí inmediatamente al estudio Rotpence, que conocía bien. Los obreros y los empleados del estudio habían formado, al igual que en muchas empresas, un consejo del estudio, y se encontraban celebrando una reunión. Pregunté a los representantes de las diversas categorías de obreros cómo se había comportado Sáenz de Heredia, bien conocido por todos. «¡Muy bien! —me respondieron—. No hay nada que reprocharle.»

Pedí entonces que una delegación me acompañara hasta la calle del Marqués de Riscal, donde se hallaba custodiado el director de cine, y repitieran ante los socialistas lo que acababan de decir. Seis o siete hombres me siguen con fusiles; llegamos, encontramos un hombre que monta guardia con el arma negligentemente apoyada en la jamba. Adoptando una voz lo más ronca posible, le pregunto dónde está el responsable. Aparece éste. Resulta que he cenado con él la noche anterior. Es un teniente tuerto, chusquero. Me reconoce.

 —Hombre, Buñuel, ¿qué quieres?

Se lo digo. Añadí que no podíamos matar a todo el mundo, que, desde luego, conocíamos el parentesco de Sáenz con Primo de Rivera, pero que eso no me impedía decir que el director se había comportado siempre perfectamente. Los delegados del estudio dieron igualmente testimonio en favor de Sáenz, que fue liberado.

Poco después, pasaría a Francia para incorporarse al bando de Franco. Terminada la guerra, reemprendió su profesión de cineasta e, incluso, realizó una película en honor del Caudillo, Franco, ese hombre. Una vez, en el festival de Cannes, en los años cincuenta, almorzamos juntos y hablamos largamente del pasado.

Por la misma época, conocí a Santiago Carrillo, secretario a la sazón, creo, de las Juventudes Socialistas Unificadas. Muy poco antes de que estallara la guerra, yo había dado dos o tres revólveres que poseía a unos obreros impresores que trabajaban debajo de mi casa. Desarmado ahora en una ciudad en la que se disparaba desde todas partes, fui a ver a Carrillo y le pedí un arma. Él abrió el cajón, vacío, y me dijo: «No tengo ni una.»

Finalmente, me dieron, de todos modos, un fusil. Un día, en la plaza de la Independencia, donde me encontraba con unos amigos, comenzaron los tiroteos. Se disparaba desde los tejados, desde las ventanas, desde la calle, en medio de la más absoluta confusión, y allí estaba yo, detrás de un árbol, con mi fusil inútil, sin saber contra quién disparar. ¿Para qué, entonces, conservar un fusil? Lo devolví.

Los tres primeros meses fueron los peores. Como a muchos de mis amigos, me obsesionaba la terrible ausencia de control. Yo, que había deseado ardientemente la subversión, el derrocamiento del orden establecido, colocado de pronto en el centro del volcán, sentía miedo. Si algunos gestos me parecían insensatos y magníficos —como aquellos obreros que, un buen día, subieron a un camión, fueron hasta el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, levanta- do a unos veinte kilómetros al sur de Madrid, formaron un pelotón de ejecución y fusilaron con todas las de la ley a la gran estatua de Cristo—, detestaba, en cambio, las ejecuciones sumarias, el pillaje, todos los actos de bandidismo. El pueblo se rebelaba, tomaba el poder e inmediatamente se dividía y se desgarraba. Injustificados arreglos de cuentas hacían olvidar la guerra esencial, la única que hubiera debido contar.

Todas las tardes, acudía a la reunión de la Liga de Escritores Revolucionarios, donde encontraba a la mayoría de mis amigos: Alberti, Bergamín, el gran periodista Corpus Varga, el poeta Altolaguirre, que creía en Dios. Este último produciría años después una de mis películas en México, Subida al cielo, y moriría en España en un accidente de automóvil.

Discusiones interminables y a menudo apasionadas nos enfrentaban unos a otros: ¿espontaneidad u organización? En mí, luchaban, como siempre, la atracción teórica y sentimental hacia el desorden y la necesidad fundamental de orden y de paz. Cené dos o tres veces con Malraux. Vivíamos una lucha mortal elaborando teorías.

Franco no cesaba de ganar terreno. Si bien cierto número de ciudades y pueblos permanecían fieles a la República, otras se entregaban en manos de Franco sin combatir. Por todas partes, la represión fascista se mostraba clara e implacable. Todo sospechoso de liberalismo era ejecutado en el acto. Y nosotros, en vez de organizamos a toda costa y lo más rápidamente posible para una lucha que, con toda evidencia, iba a ser una lucha a muerte, perdíamos el tiempo, y los anarquistas perseguían a los sacerdotes. Un día, mi asistenta me dijo: «Baje a ver, hay un cura fusilado en la calle, a la derecha.» Aunque era anticlerical, y ello desde mi infancia, yo no aprobaba en manera alguna semejante matanza.

No se crea, sin embargo, que los sacerdotes no participaron en los combates. Tomaron las armas, como todo el mundo. Algunos disparaban desde lo alto de sus campanarios, y se vio, incluso, a varios dominicos manejar una ametralladora. Si bien algunos miembros del clero se alineaban en el bando republicano, la mayoría se afirmaba claramente fascista. La guerra era total. Imposible permanecer neutral en medio de la lucha, pertenecer a esa «tercera España» en que algunos soñaban oscuramente.

Yo mismo sentía miedo algunas veces. Inquilino de un piso burgués, me preguntaba a veces qué pasaría si, de pronto, en medio de la noche, una brigada incontrolada derribase mi puerta para llevarme a «dar un paseo». ¿Cómo resistir? ¿Qué decirles?

Por supuesto que del otro lado, del lado fascista, no faltaban las atrocidades. Si los republicanos se conformaban con fusilar, los rebeldes mostraban a veces un gran refinamiento en la tortura. En Badajoz, por ejemplo, los rojos fueron lanzados al ruedo de una plaza de toros y muertos según el ritual de la corrida.

 Se contaban millares de historias. Recuerdo ésta: las religiosas de un convento de Madrid o de su región se dirigieron en procesión a su capilla y se detuvieron ante la estatuía de la Virgen, que tenía en sus brazos al niño Jesús. Con ayuda de un martillo y un cincel, la superiora separó al niño de los brazos de su madre y se lo llevó, diciendo a la Virgen:

—Te lo devolveremos cuando hayamos ganado la guerra.

Sin duda, se lo devolvieron.

En el interior del bando republicano comenzaban a manifestarse graves divisiones. Los comunistas y los socialistas querían, ante todo, ganar la guerra, aplicar todos sus esfuerzos a la obtención de la victoria. Por el contrario, los anarquistas, considerándose como en terreno conquistado, organizaban ya su sociedad ideal.

Gil Bel, director del diario sindicalista El Sindicalista, me citó un día en el «Café Castilla» y me dijo:

—Hemos fundado una colonia anarquista en Torrelodones. Están ocupadas ya unas veinte casas. Deberías tomar una.

Quedé sorprendido. En primer lugar, aquellas casas pertenecían a personas expulsadas, a veces fusiladas o huidas. En segundo, Torrelodones se halla situado al pie de la sierra del Guadarrama, apenas a unos kilómetros de las lí- neas fascistas, y ¡allí, a tiro de cañón, los anarquistas organizaban tranquilamente su utopía!

Otro día, estamos almorzando en un restaurante, en compañía del músico Remacha, uno de los directores de «Filmosono», donde yo había trabajado. El hijo del dueño ha sido gravemente herido combatiendo contra los franquistas en la sierra del Guadarrama. Entran varios anarquistas armados que saludan con un «¡Salud, compañeros!» y que, inmediatamente, piden al patrón unas botellas de vino. Yo no puedo contener mi cólera. Les digo que deberían estar en la sierra, combatiendo, en lugar de vaciar las bodegas de un buen hombre cuyo hijo luchaba contra la muerte.

Me escuchan sin reaccionar y se van, pero llevándose, de todos modos, las botellas. Es cierto que, a cambio, han dado unos «bonos», trozos de papel que no significaban gran cosa.

Todas las noches, brigadas enteras de anarquistas descendían de la sierra del Guadarrama, en que se desarrollaba la batalla, para entrar a saco en las bodegas de los hoteles. Su ejemplo nos impulsaba a volvernos hacia los comunistas.

 Muy poco numerosos al principio, pero robusteciéndose de semana en semana, organizados y disciplinados, los comunistas me parecían —y me siguen pareciendo— irreprochables. Aplicaban todas sus energías a la conducción de la guerra. Es triste decirlo, pero necesario: los sindicalistas anarquistas los odiaban quizá más que a los fascistas. Este odio había comenzado años antes de la guerra. En 1935, la F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica) desencadenó una huelga general, muy dura, entre los obreros de la construcción. Una delegación comunista se dirigió a la F.A.I. —debo este episodio al anarquista Ramón Acín, que había financiado Las Hurdes— y dijo a los responsables de la huelga:

—Hay entre vosotros tres confidentes de la Policía.

Y citaron nombres. Pero los anarquistas respondieron con violencia a los delegados comunistas:

—¿Y qué? ¡Ya lo sabemos! ¡Pero preferimos los confidentes a los comunistas!

 Pese a mis simpatías teóricas por la anarquía, yo no podía soportar su comportamiento arbitrario, imprevisible, y su fanatismo. En algunos casos, bastaba casi con tener el título de ingeniero o un diploma universitario para que le llevasen a uno a la Casa de Campo. Cuando, ante la proximidad de los fascistas, el Gobierno republicano decidió salir de Madrid para instalarse en Valencia, los anarquistas montaron una barrera en la única carretera que quedaba libre, cerca de Cuenca. En Barcelona mismo —un ejemplo entre otros—, liquidaron al director y a los ingenieros de una fábrica metalúrgica, para demostrar que la fábrica podía funcionar perfectamente en manos sólo de los obreros. Fabricaron un camión blindado y lo mostraron, no sin orgullo, a un delegado soviético.

Éste pidió una «parabellum» y disparó, perforando sin dificultad el blindaje.

 Se cree, incluso —pero hay otras versiones—, que un pequeño grupo de anarquistas fue responsable de la muerte del gran Durruti a consecuencia de un balazo cuando bajaba de un coche en la calle de la Princesa para acudir en auxilio de la asediada Ciudad Universitaria. Estos anarquistas incondicionales —que llamaban a sus hijas Acracia (no poder) o Catorce de Septiembre— no le perdonaban a Durruti la disciplina que había logrado imponer a sus tropas.

Debíamos temer también las arbitrarias acciones del P.O.U.M., grupo teó- ricamente trotskista. En el mes de mayo de 1937, se vio incluso a miembros de este movimiento, a los que se habían unido anarquistas de la F.A.I., levantar barricadas en las calles de Barcelona contra los ejércitos republicanos, que tuvieron que combatirlos y reducirlos.

Mi amigo el escritor Claudio de la Torre, a quien yo acababa de regalar un Max Ernst con motivo de su boda, vivía en una casa aislada, a poca distancia de Madrid. Su abuelo había sido francmasón, lo cual era para los fascistas la cosa más abominable de la Tierra. Los masones eran detestados como los comunistas.

Claudio tenía a su servicio a una cocinera muy respetada porque su novio combatía con los anarquistas. Un día, voy a almorzar a su casa, cuando, de pronto, veo venir hacia mí, en pleno campo, un automóvil del P.O.U.M., perfectamente reconocible gracias a las grandes siglas que lleva pintadas. Me asalta la inquietud, pues sólo llevo encima documentos socialistas y comunis- tas, que, a ojos del P.O.U.M., carecen de todo valor. El coche se detiene junto a mí, el conductor me pregunta algo —el camino a seguir, creo— y se marchan. Respiro.

Repito que no doy aquí más que una impresión personal, una entre millones, pero creo que corresponde a la de cierto número de hombres que en aquellos momentos se hallaban situados a la izquierda. Predominaban, ante todo, la inseguridad y la confusión, agravadas por nuestras luchas internas y la fricción de las tendencias, pese a la amenaza fascista que teníamos delante. Veía un viejo sueño realizado ante mis ojos, y no encontraba en él más que una cierta tristeza.

Un día, por un republicano que había cruzado las líneas, nos enteramos de la muerte de García Lorca.


Luis Buñuel
La Guerra de España 1936-1939
"Mi último suspiro"










1033. Luis Buñuel, in memoriam

Luis Buñuel
22 de febrero de 1900 - 29 de julio de 1983



"Desde hace algún tiempo, apunto en un cuaderno los nombres de mis amigos desaparecidos. Llamo a ese cuaderno El libro de los muertos. Lo hojeo con bastante frecuencia. Contiene centenares de nombres, unos al lado de los otros, por órden alfabético. Solamente anoto los nombres de aquellos con los que he tenido, aunque sólo fuera una vez, un verdadero contacto humano, y los miembros del grupo surrealista están marcados con una cruz roja. 1977-1978 fue para el grupo un año fatal: Man Ray, Calder, Max Ernst y Prévert desaparecieron en pocos meses.

Algunos de mis amigos detestan este librito, temiendo, sin duda, figurar en él algún día. No pienso como ellos. Esta lista familiar me permite recordar a tal o cual personaje que, sin ello, habría caído en el olvido.

Una vez, me equivoqué. Mi hermana Conchita me comunicó la muerte de un escritor español mucho más joven que yo. Poco tiempo después, sentado en un café de Madrid, le veo cruzar la puerta y venir hacia mí. Por unos instantes, creí que iba a estrechar la mano de un fantasma.

Hace tiempo que el pensamiento de la muerte me es familiar. Desde los esqueletos paseados por las calles de Calanda en las procesiones de Semana Santa, la muerte forma parte de mi vida. Nunca he querido ignorarla, negarla. Pero no hay gran cosa que decir de la muerte cuando se es ateo como yo. Habrá que morir con el misterio. A veces me digo que quisiera saber, pero saber, ¿qué? No se sabe ni durante, ni después. Después del todo, la nada. Nada nos espera, sino la podredumbre, el olor dulzón de la eternidad. Tal vez me haga incinerar para evitar eso.

Sin embargo, me interrogo sobre la forma de esta muerte. A veces, por simple afán de distracción, pienso en nuestro viejo infierno. Se sabe que las llamas y los tridentes han desaparecido y que, para los teólogos modernos, no es más que la simple privación de la luz divina. Me veo flotando en una oscuridad eterna, con mi cuerpo, con todas mis fibras, que me serán necesarias para la resurrección final. De pronto, otro cuerpo choca conmigo en los espacios infernales. Se trata de un siamés muerto hace dos mil años al caer de un cocotero. Se, aleja en las tinieblas. Transcurren millones de años, y, luego, siento otro golpe en la espalda. Es una cantinera de Napoleón. Y así sucesivamente. Me dejo llevar durante unos momentos por las angustiosas tinieblas de este nuevo infierno y, luego, vuelvo a la Tierra, donde estoy todavía.

Sin ilusión sobre la muerte, a veces me interrogo, no obstante, por las formas que puede adoptar. Me digo a veces que una muerte repentina es admirable, como la de mi amigo Max Aub, que murió de pronto mientras jugaba a las cartas. Pero de ordinario, mis preferencias se dirigen a una muerte más lenta, más esperada, permitiendo saludar por última vez a toda la vida que hemos conocido. Desde hace varios años, cada vez que abandono un lugar que conozco bien, donde he vivido y trabajado, que ha formado parte de mí mismo, como París, Madrid, Toledo, El Paular, San José de Purúa, me detengo un instante para decir adiós a ese lugar. Me dirijo a él, digo, por ejemplo: "Adiós, San José. Aquí conocí momentos muy felices. Sin tí mi vida hubiera sido diferente. Ahora me voy, no te volveré a ver, tú continuarás sin mí, te digo adiós". Digo adiós a todo, a las montañas, a la fuente, a los árboles y a las ranas. Claro está que a veces regreso a un lugar del que ya me he despedido. Pero no importa. Al marcharme, lo saludo por segunda vez. Así es como quisiera morir, sabiendo que, esta vez, no volveré. 

Cuando desde hace algunos años me preguntan porque viajo cada vez menos, por qué no voy a Europa sino muy raramente, respondo. "Por miedo a la muerte". Me responden que hay tantas probabilidades de morir aquí como allí, y yo digo: "No es el miedo a la muerte en general. Usted no me comprende. En realidad, me da igual morir. Pero que no sea durante un traslado". Para mí, la muerte atroz es la que sobreviene en una habitación de hotel, en medio de maletas abiertas y de papeles desordenados.

Igualmente atroz, y quizá peor, me parece la muerte largo tiempo diferida por las técnicas médicas, esa muerte que no acaba. En nombre del juramento de Hipócrates, que coloca por encima de todo el respeto de la vida humana, los médicos han creado la más refinada de las torturas modernas: la supervivencia.  Eso me parece criminal. Yo he llegado a compadecer a Franco, a quien se mantuvo artificialmente vivo durante meses, a costa de sufrimientos increíbles. ¿Para qué? Si bien es cierto que los médicos nos ayudan en ocasiones, la mayor parte de las veces son money-makers, hacedores de dinero sometidos a la ciencia y el horror de la tecnología. Que nos dejen morir, llegado el momento, e, incluso, que se nos dé un empujoncito para partir más aprisa.

Dentro de muy poco, estoy convencido de ello, lo espero, una ley autorizará la eutanasia bajo ciertas condiciones. El respeto a la vida humana no tiene sentido cuando conduce a un largo suplicio para el que se va y para los que se quedan.

Al aproximarse mi último suspiro, imagino con frecuencia una última broma. Hago llamar a aquellos de mis viejos amigos que son ateos convencidos como yo. Entristecidos, se colocan alrededor de mi lecho. Llega entonces un sacerdote al que yo he mandado llamar. Con gran escándalo de mis amigos, me confieso, pido la absolución de todos mis pecados y recibo la Extremaunción. Después de lo cual, me vuelvo de lado y muero.

Pero, ¿se tendrá fuerzas para bromear en ese momento?

Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después de la muerte no existía antaño, o existía menos en un mundo que no cambiaba apenas.

Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba."


Luis Buñuel
Mi último suspiro