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2764. Instrucciones del Presidente Cárdenas

Condecoración del Gobierno Republicano Español en el exilio al Presidente de México, Lázaro Cárdenas


Instrucciones del Presidente Cárdenas a Isidro Fabela - Enero de 1937


I) México es y deberá seguir siendo un Estado fiel a la Sociedad de Naciones.

II) México cumplirá estricta y puntualmente el pacto de la Liga.

III) México ha reconocido y reconoce como inalienable el principio de no intervención.

IV) Como consecuencia de lo anterior, México se constituirá, en todo momento que sea necesario, en defender de cualquier país que sufra una agresión exterior de cualquier importancia.

V) Especialmente en el conflicto español, el Gobierno mexicano reconoce que España, Estado miembro de la Sociedad de Naciones, agredido por las potencias totalitarias, Alemania e Italia, tiene derecho a la protección moral, política y diplomática, y a la ayuda material de los demás Estados miembros, de acuerdo con las disposiciones expresas y terminantes del pacto.

VI) El Gobierno mexicano no reconoce ni puede reconocer otro representante legal del Estado español que el Gobierno republicano.

VII) En el caso de Abisinia, México reconoce que ese Estado ha sido víctima de una agresión a su autonomía interna y a su independencia de Estado soberano por parte de una potencia interventora. En consecuencia, la delegación de México defenderá los derechos etíopes en cualesquiera circunstancias en que se pretendan ser conculcados.

VIII) En términos generales, México ha sido y debe seguir siendo un país de principios cuya fuerza consiste en su derecho y en el respeto a los derechos ajenos. Consecuentemente, la representación de México en Ginebra deberá ser intransigente en el cumplimiento de los pactos suscritos, en el respeto a la moral y al derecho internacional y específicamente en el estricto cumplimiento del Pacto de la Sociedad de Naciones.









2266. Carta del presidente Cárdenas sobre la posición de México respecto a la guerra de España

Lázaro Cárdenas y la guerra de España. Grabado del Taller Gráfica Popular. Autor Alberto Beltrán


Carta del presidente Cárdenas a Isidro Fabela, delegado ante la Sociedad de Naciones, sobre la posición de México respecto a la guerra de España.

México, 17 de febrero de 1937.
Sr. Lic. Isidro Fabela
Delegado de México
Ginebra, Suiza


Muy estimado señor licenciado y fino amigo:

Como complemento de la conversación que tuve el gusto de celebrar con usted antes de su partida y como orientación para las pláticas que pueda usted tener en Francia, así como para sus gestiones en Ginebra en virtud de la comisión que le ha sido confiada, creo conveniente atraer su atención sobre el espíritu de absoluto desinterés y de irreprochable lealtad internacional con que el gobierno de México ha procedido y procede en lo que respecta al actual conflicto de España. Es posible que -dada nuestra ausencia del Consejo de la Sociedad de las Naciones- la forma en que dicho conflicto sea tratado en la Liga, no haga indispensable una exposición detallada de usted sobre la materia; pero, si el caso llegara a presentarse, sería necesario explicar con precisión el alcance real de nuestra conducta, la cual, a nuestro juicio, es la que deberían haber observado todos los países.

Conviene, ante todo, hacer ver hasta qué punto la actitud de México en relación con España no se encuentra en contradicción con el principio de "no intervención". Esta frase, muy utilizada en la actualidad por la diplomacia europea y por la política interamericana, ha venido a recibir, como consecuencia de las complicaciones internacionales suscitadas por la rebelión española, un contenido ideológico muy diferente del que orientó, por ejemplo, a la delegación mexicana que concurrió a la reciente Conferencia de Paz de Buenos Aires, al proponer a la aprobación unánime de las Repúblicas de nuestro continente el protocolo Adicional a la Convención sobre Deberes y Derechos de los Estados firmada en Montevideo en 1933.

Bajo los términos "no intervención" se escudan ahora determinadas naciones de Europa, para no ayudar al gobierno español legítimamente constituido. México no puede hacer suyo semejante criterio, ya que la falta de colaboración con las autoridades constitucionales de un país amigo, es en la práctica, una ayuda indirecta --pero no por eso menos efectiva- para los rebeldes que están poniendo en peligro el régimen que tales autoridades representan. Ello, por lo tanto, es en sí mismo uno de los modos más cautelosos de intervenir.

Otro de los conceptos que ha cobrado particular connotación con motivo de la situación española, es el de la neutralidad internacional. México, al adherirse en 1931 al Pacto constitutivo de la Sociedad de las Naciones tuvo muy en cuenta el carácter generoso de su estatuto, del que puede decirse que una de las conquistas jurídicas más importantes ha sido la de establecer una clara separación -en caso de posibles conflictos- entre los Estados agredidos, a los que se proporcionan todo el apoyo moral y material que las circunstancias hacen indispensable, y los Estados agresores, para los cuales se fija, al contrario, un régimen de sanciones económicas, financieras, etc. La justificación de esta deferencia, plausible en lo que concierne a los conflictos que puedan surgir entre dos Estados libres y soberanos, se pone aun más de manifiesto en lo relativo a la lucha entre el poder constitucional de un Estado y los rebeldes de una fracción apoyada visiblemente como en el caso de España por elementos extraños a la vida y a las tradiciones políticas del país.

La ayuda concedida por nuestro gobierno al legítimo de la República española es el resultado lógico de una correcta interpretación de la doctrina de "no intervención" y de una observancia escrupulosa de los principios de moral internacional que son la base más sólida de la Liga. A este respecto procede recordar que la ayuda material a que aludo, ha consistido en poner a disposición del gobierno que preside el señor Azaña, armas y parque de fabricación nacional y solo ha aceptado servir de conducto para la adquisición, con destino a España, de material de guerra de procedencia extranjera en aquellos casos en que las autoridades del país de origen -conociendo la finalidad de la compra- manifiesten en forma clara su aquiescencia y den, de acuerdo con los procedimientos normales, los permisos reglamentarios.

Al participar a usted que de la presente carta he enviado una copia a la Secretaría de Relaciones, ya que, cuando sea necesario, habrá usted de solicitar de dicha dependencia las instrucciones relacionadas con la participación de nuestro país en los trabajos de la Sociedad de las Naciones, aprovecho la oportunidad para desear a usted el mejor éxito en el desempeño de su cargo y quedo suyo, afectísimo amigo y atento seguro servidor,


Lázaro Cárdenas
Cartas al Presidente Cárdenas
Offset Altamira, México 1947










1977. Carta de Isidro Fabela a Lázaro Cárdenas con motivo de la guerra española

Finalizada la Guerra española Hitler recibió en la Cancillería alemana a la comisión de generales y oficiales españoles que
acompañaron a la Legión Cóndor  (las tropas que el III Reich envió para apoyar a Franco) en su regreso a Alemania. En la
izquierda de la imagen Hitler, el general Queipo de Llano y enfrente Juan Yagüe. (Foto Campúa)


La Guerra civil e Internacional en España. Ginebra, 17 de mayo de 1937.


Ginebra, 17 de mayo de 1937

Sr. General de División don Lázaro Cárdenas, Presidente de la República.

Estimado Sr. Presidente y distinguido amigo. 

Al llegar a París, el mes de marzo, me entregaron su carta de febrero 17, que contesté inmediatamente por cable en estos términos:

"RECIBÍ SU CARTA. ACORDARÉ MIS ACTOS CON SUS JUSTAS RESOLUCIONES. ESCRIBIRÉ GINEBRA. RESPETUOSAMENTE."

Después de esta respuesta quise, intencionalmente esperar que pasara el tiempo necesario para enterarme de los múltiples asuntos de la Delegación Permanente a mi cargo, estudiar los problemas internacionales que más interesan al Gobierno que usted preside, y conocer el medio en que habré de desarrollar mis actividades, para después tener el honor de escribirle. Por esas causas hasta ahora me permito dar a usted mis primeras impresiones de Ginebra.

Ante todo, señor Presidente, le agradezco que me haya escrito para darme sus puntos de vista personales respecto a la cuestión de España. Siendo usted, como Primer Magistrado de la República, el directamente responsable de la política exterior de nuestro país, es indispensable para los agentes diplomáticos mexicanos, y singularmente para el Delegado en Ginebra donde se concentra la atención mundial internacional, conocer sus ideas para mejor interpretarlas y poder armonizar nuestras actividades con los propósitos del Ejecutivo.

Con la autorización que tengo de usted y por creer que así cumplo un deber oficial y de amistad hacia su persona, le escribiré, señor General, cada vez que yo considere útil o necesario que usted tenga mis informaciones directas. Al escribirle lo haré expresándole mi pensamiento con toda franqueza, pues considero que el diplomático, que con su Gobierno y con su Presidente no procede con libertad de criterio, ni es un eficaz funcionario ni dará prueba de leal adhesión a su Primer Mandatario.

La política de usted en el caso de España, me parece en todos sus puntos, apegada a la justicia y ética internacionales, al Derecho de Gentes y a la fe de los tratados.

Esos puntos se refieren a la llamada "no intervención", a la "neutralidad" y a la ayuda material al Gobierno legítimo que preside el señor Azaña.

NO INTERVENCIÓN.- Tiene usted razón cuando me dice en su carta: "Bajo los términos "no intervención" se escudan ahora determinadas naciones de Europa para no ayudar al Gobierno español legítimamente constituído"; y cuando agrega: "México no puede hacer suyo semejante criterio ya que la falta de colaboración con las autoridades constitucionales de un país amigo es, en la práctica, una ayuda indirecta -pero no por eso menos efectiva- para los rebeldes que están poniendo en peligro el régimen que tales autoridades representan. Ello, por tanto, es en sí mismo uno de los modos más cautelosos de intervenir".

En efecto, el Comité de Londres es lo contrario de lo que dice ser, pues en realidad es un Comité de Intervención, que al decretar el embargo de armas para los dos bandos en lucha, interviene en los asuntos interiores y exteriores de España, arrebatándole al Gobierno constitucional su derecho legítimo de armarse en el extranjero, con grave perjuicio de su situación interna.

Tal intervención es absolutamente arbitraria porque coloca en pie de igualdad al Gobierno y a los rebeldes, otorgando a éstos una beligerancia ilegal; beligerancia que de jure y de facto priva al Gobierno de un derecho que le correspondía; mientras que, a los facciosos, les suprime aquéllo a lo que tenían derecho; y ésto aparentemente porque sería ingenuo creer que Alemania e Italia cumplan a la letra y en su espíritu las obligaciones que han contraído con el Comité de Londres, mientras que sí podrá creerse en el cumplimiento de la vigilancia militar que ejercen en el Cantábrico y las fronteras lusitanas, Inglaterra y Francia.

Por desgracia, señor Presidente, este absurdo estado de cosas ha sido legitimado por las propias autoridades de Valencia. En la 17a. Sesión Ordinaria de la Asamblea de la Sociedad de las Naciones, el señor Alvarez del Vayo, después de manifestar con justeza que la fórmula de no intervención era una monstruosidad jurídica, hizo en seguida esta no apropiada declaración contradictoria: "Nosotros aceptaríamos una política rigurosa de no intervención"; advertencia que se realizó en la sesión extraordinaria del Consejo de la Liga (12 de diciembre de 1936) al aceptar el proyecto de resolución que vino a reconocer oficialmente, por parte de dicho Consejo, al Comité de Londres.

El error sube de punto si se examina cuidadosamente los considerandos del acuerdo, cuya traducción tengo el honor de acompañarle adjunta.

Primero invoca el Consejo el artículo once que se refiere a que "toda guerra o amenaza de guerra que afecte directamente o no a uno de los miembros de la Sociedad, interesa a la Sociedad toda entera; por supuesto refiriéndose a las guerras internacionales y con el obligatorio fin de ayudar al Estado respectivo; y después agrega, que "esta buena inteligencia debe mantenerse sin referirse al régimen interior de los Estados". Después, invocando asimismo el deber que incumbe a todo país de respetar la integridad territorial y la independencia política de otro, afirma "que todo Estado está en la obligación de abstenerse de intervenir en los negocios interiores de otro". Y concluye, que como el Comité de No Intervención se inspira en esos principios, recomienda a los miembros de la Liga, representados en dicho Comité, "tomar las medidas apropiadas para asegurar sin dilación un control eficaz en la ejecución de tales compromisos".

Lo que quiere decir, que España, al suscribir tal convenio, renunció voluntariamente a los derechos que le conceden los artículos 10, 11 y demás relativos del Pacto, aceptando como cierta la inexactitud palmaria de que las potencias asociadas no deben intervenir en el caso de España porque allí se desenvuelve una guerra civil, cuando todo el mundo sabe que en España existe una guerra internacional, y así lo declaró Alvarez del Vayo publicamente cuando dijo: "La guerra está allí: la guerra internacional sobre el suelo español" (95a. sesión extraordinaria del Consejo).

Es decir, señor Presidente, que en el mismo momento en que España era víctima de una agresión exterior por parte de Italia y Alemania, agresión que daba a España plenos derechos para pedir y obtener la ayuda de todos los miembros de la Liga en contra de sus agresores, acepta el absurdo de que la guerra es exclusivamente civil, y que de consiguiente la Sociedad de las Naciones no puede intervenir en el caso. Porque así es: el Pacto no hace referencia a las guerras civiles como una prueba de que la Sociedad reconoce el derecho a todos los Estados de regir libremente sus destinos interiores.

Todavía más, el señor Presidente Azaña, en su discurso de 21 de enero último, pronunciado en Valencia, ratificó la actitud del Gobierno sobre el asunto de tan largo alcance diciendo: "Para limitar la guerra, el Gobierno de la República ha aceptado sacrificios respecto a sus derechos... Se ha plegado a la inspección o control de la importación de armas en España. Nosotros hemos sostenido siempre el principio de la intangibilidad del derecho de un Gobierno legítimo, a comerciar con otros países. Nosotros mantenemos este principio. Pero se nos dice: "Conviene para la paz internacional, no mostrarse demasiado intransigentes" y nosotros hemos transigido.

Es seguro que la presión de Inglaterra y Francia sobre el Gobierno de Azaña ha de haber sido tremenda, para obligarlo a aceptar semejantes resultados; es posible aun que las maniobras ejercidas contra el Gobierno legítimo, hayan llegado hasta las amenazas para conseguir su objeto. De todas maneras, señor General, yo abrigo la convicción de que las supremas autoridades españolas cometieron un grave error sacrificando sus principios; porque esos principios constituían su principal fuerza ante la Sociedad de las Naciones; y porque esos principios no son de los gobernantes, sino del pueblo y cuando se trata de defender los derechos de la nación, antes se debe ir al sacrificio que transigir sobre ellos.

Es claro que los señores Azaña y Alvarez del Vayo obraron así obligados por las circunstancias y con el más acendrado y angustioso de los patriotísmos, lo cual quiere decir que procedieron con la mejor buena fe... pero equivocadamente.

Con tales antecedentes, la actitud de México, marcada por usted, resulta más noble y gallarda. México, contra el mundo entero, y aun contra la misma España, defiende la integridad y el cumplimiento del Pacto y enarbola los principios en él contenidos al no aceptar, urbi et orbi, al Comité de No Intervención.

Es interesante que usted conozca el muy inteligente juicio que sobre este tema emitió el considerable periódico de París "La Tribune des Nations". Dijo lo siguiente a propósito de mis declaraciones del 22 de abril:

"Se recordará que después de haber criticado con mucha vehemencia la política de no intervención, el Gobierno Republicano Español acabó por admitir la conveniencia de la iniciativa francesa... Se puede consiguientemente estimar que el Gobierno Mexicano defiende la causa del Gobierno Republicano con más obstinación e intransigencia como no lo han hecho los portavoces autorizados del Gobierno de Valencia. Los dirigentes españoles no pueden colocarse sobre el terreno del derecho puro. A ellos les importa mantener y consolidar sus relaciones diplomáticas con las grandes democracias europeas, Francia y la Gran Bretaña. Ellas deben mostrarse más conciliantes y más comprensivas; ellas deben tener en cuenta los intereses vitales de las grandes potencias".

México es mucho más libre. Por su situación geográfica está al margen de las amenazas que la crisis española hace pesar sobre Europa. Ya otras potencias habían señalado, desde que se inició la política de no intervención, los peligros que podía significar para la S.D.N. un precedente tan peligroso. La gran voz de Titulesco el día en que Rumanía aportó su adhesión a la iniciativa francesa, recordó que el caso de España debía constituir "un caso particular que no puede crear un precedente y que no implica la obligación de reconocer el principio de que un gobierno legal no puede obtener, cuando lo pida, la ayuda de otro gobierno contra una rebelión". La misma reserva fué también formulada por otros gobiernos de la Pequeña Entente y de la Entente balcánica.

Y concluía con este categórico juicio que enmarca en una síntesis la política de Europa y la nuestra:

"Los gobiernos europeos, cualquiera que sea su deseo de mantener intacta la autoridad del Pacto de la S.D.N., han debido adherirse a la política de no intervención. Era preciso detener un peligro inmediato. México puede mantener, a pesar de todo y contra todos, el principio absoluto de la legalidad internacional. Tarea ingrata, pero cuan noble la de recordar el espíritu y la letra del Pacto a aquéllos que deben plegarse a las necesidades cotidianas de una política de contemporización y de prudencia. Más de un hombre de Estado, obligado a sostener la no intervención simpatizará secretamente con la fiera intransigencia de México".

Este sereno juicio que trata de justificar la política europea y rinde homenaje a la recta actitud de México, es el mejor elogio para usted.

NEUTRALIDAD.- En cuanto al concepto de "neutralidad" aplicado al caso español, me expresa usted un juicio que tuve muy en cuenta al hacer mis declaraciones citadas. "El Pacto, dice usted, establece una clara separación entre los Estados agredidos, a los que se proporciona todo el apoyo moral y material que las circunstancias hacen indispensable, y los Estados agresores, para los cuales se fija, al contrario, un régimen de sanciones económicas, financieras, etc.". Por eso decía yo al respecto, "... la llamada no intervención que se ha tratado de aplicar en el caso de España sería admisible, eventualmente, si la neutralidad pudiera ser previamente decretada y como una consecuencia de esta neutralidad; pero los miembros de la Sociedad de las Naciones no deben sea neutrales ante la agresión de que es víctima España, no sólo porque ellas tienen el deber de respetar y mantener la integridad territorial y la independencia de los demás miembros, sino también porque se trata "de una guerra que interesa a la Sociedad toda entera" (conforme al artículo 11).

En consecuencia -agregaba yo- las reglas de la neutralidad y sus derivados, como la no intervención, podrían, de acuerdo con el Derecho Internacional, ser invocados quizá por los Estados no pertenecientes a la Sociedad de las Naciones, pero no por los coasociados, pues España tiene todos los títulos jurídicos para recibir -en la persona de su Gobierno legal- todo el apoyo de los Estados miembros de la Liga".

En realidad los compromisos contraídos en el Pacto son de tal naturaleza que, técnicamente, han disminuído su importancia a la noción de la neutralidad. En efecto, conforme a ese tratado multilateral, al surgir un conflicto bélico entre algunos de sus miembros, los demás no pueden, no deben permanecer neutrales.

Los artículos 10, 11, 12, 13, 15 y 16, establecen las disposiciones aplicables para los casos en que un coasociado recurra a la guerra. Si tal hace, se considerará, ipso facto, como si hubiese cometido un acto bélico contra todos los demás. Y entonces, dice el artículo 16, los demás Estados "se comprometen a romper inmediatamente todo tratado comercial o financiero con él, a prohibir toda relación de sus respectivos nacionales con los del Estado que haya quebrantado el Pacto, y a hacer que cesen todas las comunicaciones financieras y comerciales o personales entre los nacionales de dicho Estado y los de cualquier otro Estado, sea o no miembro de la Sociedad".

En una palabra, cuando un país de la Liga recurre a la guerra, los demás que la integran no deberán ser neutrales, sino parciales en la contienda, ya que, por lo menos, deberán romper sus relaciones mercantiles con el beligerante.

Todas estas obligaciones y sanciones son precisamente las que Inglaterra y Francia han evitado que se cumplan, y con ellas veinte naciones más que se adhirieron al Convenio de no intervención, bajo la falsa base de partida de que en España sólo existe una guerra civil y no hay ninguna agresión exterior.

Claro está que en el fondo todos esos países al proceder así, sabían que no decían la verdad y que faltaban a sus deberes hacia España; pero lo que deseaban era evitar una nueva conflagración europea. Por eso sacrificaron al Gobierno español no dándole oportunamente la ayuda que pudo muy bien haberlo salvado, porque para eso hubiera sido necesario ser exactos y decir que Italia y Alemania tienen sobre el suelo español cien mil soldados que violan la independencia y la integridad territorial de España, con flagrante violación del Pacto, y entonces, decretar las sanciones correspondientes y aprestarse a la lucha; lo que habría acarreado la tan temida guerra europea, según los iniciadores de la política no intervencionista. Idea que no comparto, pues al contrario, yo estimo que si en el momento oportuno y preciso, cuando Italia comenzó a invadir la Península, España pide al Consejo o a la Asamblea su intervención y la aplicación drástica del Pacto, y la Liga acepta y en seguida obra con energía y rapidez, Mussolini muy probablemente hubiera abandonado la partida y Hitler habría permanecido en prudente expectación.

Pero Francia y la Gran Bretaña tuvieron temor, un temor grave y explicable, no sólo por el pavoroso recuerdo de su última tragedia apocalíptica, sino porque parece ser que ninguna de las dos estaban militarmente preparadas para aceptar el riesgo eventual de una nueva lucha de proporciones ignoradas. Y prefirieron tomar el camino más fácil de pasar sobre el Pacto y sacrificar al Gobierno español.

Este caso nos confirma cuán distantes se encuentran a veces el Derecho y la Política, y qué lejos está la Liga de las Naciones de cumplir todavía sus eminentes deberes constitucionales.

AYUDA AL GOBIERNO ESPAÑOL.- Respecto a la ayuda moral y material que el Gobierno de usted ha concedido al legítimo del señor Azaña, le informaré que nadie se ha atrevido a censurar públicamente la actitud de México, a mi juicio, porque desde el punto de vista jurídico es inatacable.
Estudiando este capítulo de nuestra política hacia España recordé la "Convención sobre derechos y deberes de los Estados en caso de luchas civiles" suscrita en La Habana en 1928, por las veintiún Repúblicas de América, y decidí aprovechar su vigencia y su aplicabilidad para reforzar ante el mundo nuestra posición estrictamente legalista.

Por eso pedí la venia de la Superioridad para hacer mis declaraciones, que usted de fijo aprobó, y que en lo conducente expresan:

"La ayuda material que México imparte a España tiene fundamento perfectamente legal que podrían invocar los Estados americanos."

"En la Sexta Conferencia Inter-americana celebrada en La Habana en febrero de 1928, veintiún Estados del continente suscribieron una Convención en la cual dejaron claramente fijado su criterio y obligaciones hacia los contendientes en guerras intestinas. El artículo primero establece que "los Estados contratantes se obligan a observar las reglas siguientes respecto a una lucha civil en otro de ellos: Prohibir el tráfico de armas y material de guerra, salvo cuando fueren destinados al Gobierno, mientras no esté reconocida la beligerancia de los rebeldes; caso en el cual se aplicarán las reglas de la neutralidad". Y como la beligerancia de los rebeldes no ha sido reconocida por México, no es el caso de aplicar las reglas de la neutralidad consistentes esencialmente en no prestar ayuda directa ni indirecta a las partes contendientes, sino al contrario, sostener y prestar ayuda, por todos los medios posibles, al gobierno legítimamente constituído y constitucional que no es otro que el del señor Azaña.

Es cierto que España no suscribió dicha Convención, y que no podría por lo mismo reclamar sus beneficios; pero en cuanto a México, una vez que ese tratado vigente establece con claridad cuál ha de ser su política exterior en los casos de guerras civiles, no podría, sin ser inconsecuente consigo mismo, variar su criterio y aplicar, al Gobierno legítimo de España, otra norma jurídica que la que se comprometió a seguir eventualmente, en unión de las demás naciones americanas; con tanta mayor razón, cuanto que, para conseguir el propósito universal de establecer una jurisprudencia internacional precisa que cada Estado uniforme su conducta exterior. El Gobierno del señor Presidente Cárdenas, interpretando así la Convención de 1928, estima que su conducta hacia España es correcta; siendo de desearse que los demás firmantes de aquel instrumento encuentren justo tal criterio".

El "Journal des Nations", el importante y siempre erguido diario internacionalista de Ginebra, comentando nuestra singular actitud dijo, entre otras cosas (20 de abril):

"... todo lo que era preciso decir como miembro fiel de la Sociedad en lo que se refiere al aspecto internacional y de los problemas de derecho que ha planteado la guerra de España, ha sido desde luego enunciado por México." "... El desorden, en medio del cual se desarrolla esta verdadera crisis del Derecho internacional que vivimos después de algunos años es tal, que nos consideraríamos tentados de establecer este axioma: México es el único Estado miembro fiel al Pacto y respetuoso de su firma."

Refiriéndose a la mal llevada y traída "neutralidad", expresa el mismo cotidiano:

"Los artículos 10 y 11 del Pacto son interpretados y subrayados (en mis declaraciones). Los deberes que estos dos artículos prescriben son claros y perentorios. Tanto uno como el otro de estos artículos excluyen, frente a la agresión, la neutralidad, que el Pacto por lo demás ignora en su espíritu mismo, en lo que concierne a los Estados miembros de la Sociedad de las Naciones."

Y en cuanto a nuestra referencia relativa a la Convención de La Habana, decía:

"El señor Isidro Fabela recuerda hoy una Convención caída tal vez en el olvido, en Europa, pero que más de la mitad de los Estados americanos, comprendiendo entre ellos a los Estados Unidos, han firmado y ratificado; la fracción III del artículo 1° de esa Convención es un modelo en su género, por lo que sería de desearse que -el día en que la ficción diplomática de un control de fronteras de España comience- los diplomáticos que actúan en Londres, fuera del cuadro de la Sociedad de las Naciones, se inspiraran en ella..."

Y después de transcribir y apoyar nuestros conceptos, termina:

"México, en consecuencia, defiende y aplica no solamente el Pacto, sino también en la letra y el espíritu, las convenciones suscritas en las Conferencias Panamericanas y ratificadas por la mayoría de los dignatarios. Recordando esto, México presta un servicio considerable a la claridad dentro de la cual debe desarrollarse la organización de la paz. La reafirmación de los valores morales internacionales proporciona armas preciosas a la Sociedad de las Naciones que no conoce, ni se apoya por el momento, más que en esos valores."

Termino, señor Presidente, manifestándole que puede usted estar seguro de que sigo con el más ahincado interés el desarrollo del problema español, y de que con toda la pasión de que soy capaz defenderé la noble causa del Derecho y la Moral internacional de que usted se ha constituído en gallardo paladín, contra todo y contra todos, hasta ver la victoria de nuestra causa. Y puede usted también creer, señor General Cárdenas, que si el destino fuere transitoriamente adverso a la causa del verdadero pueblo español, que con tanto denuedo y fe defendemos, todavía entonces, y siempre, estaría convencido de que defendimos con el más puro desinterés un ideal que forzosamente triunfará en España.


Isidro Fabela, "Cartas al Presidente Cárdenas"
Offset Altamira. México, 1947. pp.12-27








1655. Cartas al Presidente Cárdenas

A fines del año de 1936 -y después de conversaciones que sobre el particular habíamos tenido- el señor General don Manuel Ávila Camacho, a la sazón Secretario de la Defensa Nacional, me manifestó que estando vacante nuestra representación diplomática ante la Sociedad de las Naciones, tenía el encargo del señor Presidente, don Lázaro Cárdenas, de ofrecerme en su nombre el puesto de Delegado Permanente de México en Ginebra.

No existiendo en el servicio exterior mexicano ninguna plenipotencia que me interesara tanto como aquélla, acepté desde luego el honroso ofrecimiento, aprovechando la ocasión para explicar a mi expresado buen amigo, que esa oportunidad me permitiría demostrar al señor Gral. Cárdenas mis buenos deseos de servir a su Gobierno, ya que circunstancias graves no me habían permitido asistir poco antes a la Conferencia de Buenos Aires para la que fuí designado como uno de los embajadores que integrarían la Delegación mexicana (1).

Al tercer día de mi entrevista con el General Ávila Camacho fuí llamado al Palacio Nacional. El señor Presidente de la República me esperaba en su despacho.

Yo no tenía el honor de conocer personalmente a don Lázaro Cárdenas. Su presencia me impresionó vivamente: tenía la severa dignidad del cargo, en su gesto y en sus palabras aparecía lo que era, el Presidente de la nación mexicana; sus maneras no revestían afectación ni sus frases rebuscamiento. Su naturalidad tenía la sencillez de un vigoroso carácter. Su palabra era lenta y parca: expresaba su pensamiento con frases precisas y desnudas de toda retórica. Por sus preguntas oportunas comprendí que deseaba conocer, como era lógico, mi criterio político internacional, el que le expuse con toda franqueza. Me escuchó con atención; su mirada clara y penetrante y su serenidad impasible denotaban que tenía esta considerable cualidad del buen estadista: sabía escuchar y sabía también auscultar el espíritu de su interlocutor.

Yo, a mi vez, queriendo penetrar en su pensamiento, le consulté su parecer sobre ciertas cuestiones de las más importantes y actuales que habrían de servirme para normar mi conducta diplomática. Sus respuestas inmediatas y concretas, así como los fondos de nuestra larga conversación, cuyo interés se acentuó para mí de momento a momento, me dieron a conocer cuáles eran sintéticamente las ideas del señor Presidente Cárdenas, concretadas en los siguientes postulados:

I.- México es y deberá seguir siendo un Estado fiel a la Sociedad de las Naciones.

II.- México cumplirá estricta y puntualmente el Pacto de la Liga.

III.- México ha reconocido y reconoce como inalienable el principio de no intervención.

IV.- Como consecuencia de lo anterior, México se constituirá, en todo momento que sea necesario, en defensor de cualquier país que sufra una agresión exterior de cualquiera potencia.

V.- Específicamente en el conflicto español, el Gobierno mexicano reconoce que España, Estado miembro de la Sociedad de las Naciones, agredido por las potencias totalitarias, Alemania e Italia, tiene derecho a la protección moral, política y diplomática, y a la ayuda material de los demás Estados miembros, de acuerdo con las disposiciones expresas y terminantes del Pacto.

VI.- El Gobierno mexicano no reconoce ni puede reconocer otro representante legal del Estado español que el Gobierno republicano que preside don Manuel Azaña.

VII.- En el caso de Etiopía, México reconoce que ese Estado ha sido víctima de una agresión a su autonomía interna y a su independencia de Estado soberano por parte de una potencia imperialista. En consecuencia, la Delegación de México defenderá los derechos abisinios en cualesquiera circunstancias en que sean o pretendan ser conculcados.

VIII.- En términos generales, México ha sido y debe seguir siendo un país de principios cuya fuerza consiste en su derecho y en el respeto a los derechos ajenos. Consecuentemente, la representación de México en Ginebra deberá ser intransigente en el cumplimiento de los pactos suscritos, en el respeto a la moral y al derecho internacional y específicamente en el puntual cumplimiento del Pacto de la Sociedad de las Naciones.

El señor Presidente Cárdenas, en sus instrucciones verbales me recomendó especialmente el caso de España, en el que su Gobierno, apegándose estrictamente a los derechos y deberes de aquel Estado miembro de la Liga, no sólo se había constituído en defensor moral del Gobierno republicano, sino que, interpretando lealmente el Pacto en su letra y en su espíritu, había prestado su modesta ayuda material, consistente en armas y pertrechos de guerra, al régimen constitucional del Presidente Azaña.

Antes de despedirme del señor Gral. Cárdenas le pregunté si me autorizaba para escribirle directamente, a fin de darle a conocer el desarrollo de los acontecimientos internacionales cada día más graves en Europa, así como mis puntos de vista respecto a los problemas que se presentaran en la Sociedad de las Naciones.

El señor Presidente me contestó que me autorizaba para ello, y que le sería grato recibir mis cartas; agregándome que él también, por su parte, me escribiría personalmente cuando así lo estimara oportuno para darme instrucciones específicas, independientemente de las que recibiría de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

No tardó mucho en escribirme el señor General Cárdenas, pues al llegar a París, rumbo a Ginebra, a principios del año de 1937, recibí del señor Presidente la carta que transcribo en este prólogo por considerarla de sumo interés, ya que en ella, de una manera precisa y concluyente, me puntualizaba su criterio político, moral y jurídico respecto al entonces palpitante problema internacional de España.

Aquella carta decía textualmente:

México, 17 de febrero de 1937.

Sr. Lic. Isidro Fabela,
Delegado de México.
Ginebra, Suiza.

Muy estimado señor Licenciado y fino amigo:

Como complemento de la conversación que tuve el gusto de celebrar con usted antes de su partida y como orientación para las pláticas que pueda usted tener en Francia, así como para sus gestiones en Ginebra en virtud de la comisión que le ha sido confiada, creo conveniente atraer su atención sobre el espíritu de absoluto desinterés y de irreprochable lealtad internacional con que el Gobierno de México ha procedido y procede en lo que respecta al actual conflicto de España. Es posible que -dada nuestra ausencia del Consejo de la Sociedad de las Naciones- la forma en que dicho conflicto sea tratado en la Liga, no haga indispensable una exposición detallada de usted sobre la materia; pero, si el caso llegara a presentarse, sería necesario explicar con precisión el alcance real de nuestra conducta, la cual, a nuestro juicio, es la que deberían haber observado todos los países.

Conviene, ante todo, hacer ver hasta qué punto la actitud de México en relación con España no se encuentra en contradicción con el principio de "no intervención". Esta frase, muy utilizada en la actualidad por la diplomacia europea y por la política interamericana, ha venido a recibir, como consecuencia de las complicaciones internacionales suscitadas por la rebelión española, un contenido ideológico muy diferente del que orientó, por ejemplo, a la Delegación mexicana que concurrió a la reciente Conferencia de Paz de Buenos Aires, al proponer a la aprobación unánime de las Repúblicas de nuestro Continente el Protocolo Adicional a la Convención sobre Deberes y Derechos de los Estados firmada en Montevideo en 1933.

Bajo los términos "no intervención" se escudan ahora determinadas naciones de Europa, para no ayudar al Gobierno español legítimamente constituído. México no puede hacer suyo semejante criterio, ya que la falta de colaboración con las autoridades constitucionales de un país amigo es, en la práctica, una ayuda indirecta -pero no por eso menos efectiva- para los rebeldes que están poniendo en peligro el régimen que tales autoridades representan. Ello, por lo tanto, es en sí mismo uno de los modos más cautelosos de intervenir.

Otro de los conceptos que ha cobrado particular connotación con motivo de la situación española, es el de la neutralidad internacional. México, al adherirse en 1931 al Pacto constitutivo de la Sociedad de las Naciones, tuvo muy en cuenta el carácter generoso de su Estatuto, del que puede decirse que una de las conquistas jurídicas más importantes ha sido la de establecer una clara separación -en caso de posibles conflictos- entre los Estados agredidos, a los que se proporciona todo el apoyo moral y material que las circunstancias hacen indispensable, y los Estados agresores, para los cuales se fija, al contrario, un régimen de sanciones económicas, financieras, etc. La justificación de esta diferencia, plausible en lo que concierne a los conflictos que puedan surgir entre dos Estados libres y soberanos, se pone aun más de manifiesto en lo relativo a la lucha entre el Poder constitucional de un Estado y los rebeldes de una facción apoyada visiblemente -como en el caso de España- por elementos extraños a la vida y a las tradiciones políticas del país.

La ayuda concedida por nuestro Gobierno al legítimo de la República española es el resultado lógico de una correcta interpretación de la doctrina de "no intervención" y de una observancia escrupulosa de los principios de moral internacional que son la base más sólida de la Liga. A este respecto procede recordar que la ayuda material a que aludo, ha consistido en poner a disposición del Gobierno que preside el señor Azaña, armas y parque de fabricación nacional y sólo ha aceptado servir de conducto para la adquisición, con destino a España, de material de guerra de procedencia extranjera en aquellos casos en que las autoridades del país de origen -conociendo la finalidad de la compra- manifiesten en forma clara su aquiescencia y den, de acuerdo con los procedimientos normales, los permisos reglamentarios.

Al participar a usted que de la presente carta he enviado una copia a la Secretaría de Relaciones, ya que, cuando sea necesario, habrá usted de solicitar de dicha dependencia las instrucciones relacionadas con la participación de nuestro país en los trabajos de la Sociedad de las Naciones, aprovecho la oportunidad para desear a usted el mejor éxito en el desempeño de su cargo y quedo suyo, afectísimo amigo y atento seguro servidor,

Lázaro Cárdenas


Mi respuesta  al histórico y valioso documento anterior fué la primera de las veintidos cartas que escribí al señor Presidente Cárdenas durante el tiempo que representé a nuestra patria ante la Sociedad de las Naciones.

Como epílogo de este libro inserto otra carta del señor Gral. Cárdenas, carta-abierta publicada por los diarios de la ciudad de México en septiembre de 1937, y que el Ejecutivo me dirigiera con motivo de mi intervención en la Asamblea de la Liga al discutirse el caso español.

Las dos misivas se complementan y por eso las publico, pues ellas definen la política internacional del señor Presidente Lázaro Cárdenas.


(1) Nombrado Embajador Extraordinario para la "Conferencia de la Consolidación de la Paz" de Buenos Aires, en unión de los señores doctor don Francisco Castillo Nájera y licenciados don Alfonso Reyes, don Manuel Sierra y don J. M. Alvarez del Castillo. renuncie al cargo de referencia por causas de fuerza mayor, no sin antes entregar amplios memoránda que me habían sido encargados para consulta de nuestra Delegación y que constituyeron la base de mis siguientes obras: 1) "Neutralidad" (Estudio Histórico, jurídico y Político. La Sociedad de las Naciones y el Continente Americano ante la Guerra de 1939-1940), publicado por la Biblioteca de Estudios Internacionales. México, 1940. 2) "La Doctrina Drago", editado por la Secretaría de Educación Pública en la "Biblioteca Enciclopédica Popular' (Núm. 131, Nov. 1946). 3) "La Doctrina Carranzá ', obra inédita.


Isidro Fabela, "Cartas al Presidente Cárdenas"
Offset Altamira. México, 1947







1653. Lázaro Cárdenas y el exilio republicano español

Lázaro Cárdenas del Río
(Michoacan, México, 21 de mayo de 1895 - México DF, 19 de octubre de 1970)


«Cuando España se recobre se alzará en Madrid un monumento en cuya base de granito del Guadarrama se leerá la inscripción siguiente: “Extranjero, detente y descúbrete: este es el Presidente de México, Lázaro Cárdenas, el padre de los españoles sin patria y sin derechos, perseguidos por la tiranía y desheredados por el odio»  (Álvaro de Albornoz, diciembre 1940)


María Torres / 19 Octubre 2015

Cuando el 15 de septiembre de 1936 en el discurso de la conmemoración de la Independencia mexicana del Imperio Español el presidente Lázaro Cárdenas gritó un «Viva la República Española», manifestó con una claridad absoluta el apoyo incondicional del gobierno mexicano a la II República española. De hecho, ningún otro gabinete mexicano reconocería ya nunca al gobierno del general Franco.

Las simpatías entre el gobierno mexicano y el español eran patentes. Tras la proclamación del 14 de abril de 1931, recibida con gran júbilo en México, ambos gobiernos decidieron establecer las correspondientes embajadas. Después del golpe de estado del 18 de julio de 1936, México no dudó en remitir al gobiero republicano español un mensaje de adhesión y cuando estalló la Guerra se estrecharon aún más los vínculos entre ambos gobiernos.

El 26 de julio de 1936 la Confederación de Trabajadores de México celebró en el teatro Principal un mitín de apoyo a la República española, sabedores de lo que para Europa y el mundo significaría la caída del Gobierno Republicano español y su reemplazo por un gobierno fascista. En el acto se denunció la existencia de un grupo que trataba de organizar la Falange Española en México. Entre otras, se adoptaron las conclusions de enviar al Gobierno español y a todos los Partidos que integraban el Frente Popular, la adhesión del proletariado mexicano y felicitar a las tropas leales al pueblo, a la clase obrera y campesina que estaba luchando contra el fascismo. Se encontraba presente el Embajador de España, Gordón Ordaz, que agradeció a los proletarios mexicanos su apoyo en nombre del gobierno de la República española.

En agosto de 1936, el presidente Cárdenas escribía en su diario: 

«El gobierno de México está obligado moral y políticamente a dar un apoyo al gobierno republicano de España, constituido legalmente y presidido por el señor don Manuel Azaña. La responsabilidad interior y exterior está a salvo. México proporciona elementos de guerra a un gobierno institucional con el que mantiene relaciones. Además, el gobierno republicano de España tiene la simpatía del gobierno y de sectores revolucionarios de México. Representa el presidente Azaña las tendencias de emancipación moral y económica del pueblo español. Hoy se debate en una lucha encarnizada, fuerte y sangrienta, oprimido por las castas privilegiadas».

El 7 de septiembre de 1936 el Senado Mexicano votó en sesión secreta respaldar al Presidente Cárdenas en su política hacia España, siguiendo su dogma de el antiimperialismo como principio fundamental. Gran parte del material bélico con el que se combatía en los frentes españoles provenía de México, único país junto con la URSS dispuesto a vender armas a la República. Entre agosto de 1936 y febrero de 1937 México hizo llegar a España armamento por valor de tres millones de pesos oro. Concretamente 20.000 rifles y 20 millones de cartuchos fueron embarcados en el vapor Magallanes en agosto de 1936. A su paso por el estrecho de Gibraltar fue bombardeado por aviones alemanes. A pesar de ello la nave consiguió desembarcar en Cartagena sin daño alguno en la carga.

También se enviaron miles de kilos de azucar y toneladas de garbanzos para paliar el hambre de un pueblo en guerra y el 7 de julio de 1937 desembarcaron en Veracruz, huyendo de la contienda, 480 niños españoles, muchos de ellos huérfanos, que fueron alojados en la ciudad de Morelia donde se les intentó dar lo que la guerra les había quitado en España.

Además de la ayuda militar, material, y moral, México colaboró en el ámbito diplomático y consiguió que las representaciones diplomáticas mexicanas, especialmente en Amércia Latina, se pusieran a disposición de los diplomáticos republicanos españoles. Este apoyo también se materializó en la Sociedad de Naciones a través de Isidro Fabela, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México en dicho organismo desde 1937, que se convirtió en portavoz de la causa republicana en los debates del citado organismo.

Las directrices de Lárazo Cárdenas en este sentido eran claras:

«Específicamente en el conflicto español, el gobierno mexicano reconoce que España, Estado miembro de la Sociedad de Naciones, agredido por las potencias totalitarias, Alemania e Italia, tiene derecho a la protección moral, política y diplomática, y a la ayuda material de los demás estados miembros, de acuerdo a las disposiciones expresas y terminantes del pacto».

«El gobierno mexicano no reconoce ni puede reconocer otro representante legal del Estado español que el gobierno republicano que preside don Manuel Azaña».

Cuando se creó la Sociedad de las Naciones en 1920 se excluyó a México de la organización debido a las presiones de los Estados Unidos. En septiembre de 1931 la España republicana sometió una resolución a la Asamblea en la que manifestaba que México no había sido incluido entre sus miembros originales y proponía que «se reparara esa injusta omisión». La Asamblea de la Sociedad de naciones aprobó la justa moción por unanimidad.

México sostenía que el gobierno de la República Española representa la voluntad del pueblo de España, expresada en una elección libre. Por principio, la República tenía el derecho legal de adquirir armas en el extranjero mientras que los rebeldes no. Este era el derecho que el Comité de No Intervención se negaba a conferirle, por lo que México rechazó la política de no intervención al negar la legítima defensa de un gobierno legalmente constituido confrontado por una insurrección militar y se mantuvo fiel a los deberes que sus relaciones diplomáticas imponían. La venta de pertrechos y el apoyo moral y material a un gobierno amigo, legítimamente constituido, estaba en perfecta conformidad con las funciones éticas que presiden la existencia de las relaciones internacionales. Actuar de manera distinta equivaldría a conceder beligerancia a una insurrección militar.

El presidente Cárdenas defendía que la ayuda mexicana a la República no contradecía el principio de no intervención, porque el no ayudar era una manera de prestar una ayuda indirecta a los rebeldes. Consideraba que las potencias europeas utilizaron ese principio como una mera excusa para no ayudar al gobierno español. Defendía que España, estado miembro de la Sociedad de las Naciones, agredida por Alemania e Italia, tenía derecho a la protección moral, política y diplomática de los demás estados, de acuerdo con las disposiciones del Pacto Constitutivo de la Sociedad de las Naciones.

Lázaro Cárdenas siempre mantuvo una firme posición de defensa de los derechos de los débiles ante los fuertes. El Gobierno mexicano se encontró solo en esta defensa, pero con la convicción de que estaba asistido por la razón.

Así lo defendía Isidro Fabela en la Sociedad de Naciones:

«La universalidad del Pacto de la Sociedad de las Naciones –al que México se adhirió en 1931, con la sincera esperanza de colaborar para preservar la paz mundial– no sólo le pide a nuestro gobierno que se interese por los acontecimientos que puedan poner en riesgo la seguridad colectiva, sino que también lo obliga a considerar las circunstancias difíciles que imperan en España, desde la más elevada perspectiva de humanidad y justicia. Mi gobierno considera que es su deber ofrecer todos los medios a su disposición en beneficio de la paz mundial, especialmente para poner fin a la lucha armada que ha trastornado a la República Española desde hace ocho meses. Tomando esto en cuenta, mi país se compromete a apelar a los sentimientos de humanidad de todos los países miembros, ya que la manera y el momento en que se ha intentado poner en práctica la política de la así llamada No Intervención no ha tenido otra consecuencia que la de negarle a España la ayuda que, de acuerdo con el Derecho Internacional, el gobierno legítimo de ese país podría legalmente esperar, especialmente de aquellos países con los que mantiene lazos diplomáticos».

Fabela, quien solía decir que «la frontera de su patria era la frontera de su raza», trabajó personalmente para apoyar a los españoles exiliados y encontrarles en México una segunda patria. Este trabajo contó con el respaldo del presidente Cárdenas, en coordinación con  Gilberto Bosques y Luis Ignacio Rodríguez.

Isidro Fabela que llegó a adoptar a dos huérfanos españoles: Daniel y Germán, se desplazó en febrero de 1939 a los Prineos Orientales para comprobar in situ la situación de los refugiados españoles internados en los distintos campos de concentración franceses. En una carta al presidente Cárdenas fechada el 24 de febrero de 1939, en relación con el campo de Argelés manifestaba:

«En Argelés se concentraron aproximadamente unos 100.000 hombres. Esta enorme avalancha humana quedó instalada frente al mar, sin otro límite que la playa y una cerca de alambre con púas fijadas en una extensión de dos y medio kilómetros de largo por uno y medio de ancho. (...) El campo de concentración propiamente dicho, no tenía, al crearse, ni una tienda de campaña, ni una barraca, ni un cobertizo, ni un muro, ni una hondonada, ni una colina; ni tampoco árboles, arbustos ni piedras. Es en la playa abierta y arenosa frente al mar, y, tierra adentro en terrenos eriazos y viñedos escuetos, donde han vivido y viven los refugiados de España». 

En relación con todos los campos afirmaba:

«La alimentación en los campos ha sido insuficiente. Los primeros días sólo pan se repartió a los recién llegados; después, y no siempre, se les ha dado carne y cereales. Pero son los sanos, los fuertes, los jóvenes, los que tienen facilidad para obtener su ración. Los débiles, los enfermos, los viejos, no siempre tuvieron manera de acercarse a tomar su alimento y por eso tantos perecieron de inanición».

«El aislamiento de los refugiados ha sido casi total: viven como presos sin serlo, con la circunstancia de que los reclusos, en cualquier parte del mundo, tienen casa en que vivir, lecho en que dormir y comida segura, y los refugiados españoles no».

Fabela entabló contacto con los recluídos en los campos. Universitarios, catedráticos, maestros, médicos, ingenieros, abogados, mecánicos, militares, que le manifiestaron su deseo de exiliarse en México como única esperanza de salvación. Consciente de la urgencia de buscar un destino mejor para estas personas, antes de que los Gobiernos británico y francés reconocieran sin condiciones al general Franco, distribuyó formularios donde los refugiados volcaron sus deseos de marcharse a México, a la vez que les proveía de alimentos, ropa, dulces, cigarros y algo de dinero.

El presidente Cárdenas manifestó al Gobierno francés con carácter de urgencia, a través de su ministro plenipotenciario en Francia, Luis Ignacio Rodríguez, que México estaba dispuesto a acoger a todos los refugiados españoles residentes en Francia. Asímismo, facilitó instrucciones para comunicar a los gobiernos alemán e italiano, la voluntad de acoger a todos los refugiados españoles residentes en Bélgica y Francia, proponiendo que desde el momento de la aceptación todos los refugiados españoles quedaran bajo la protección del pabellón mexicano.

Cárdenas no dudó en solicitar ayuda al Presidente Roosevelt para transportar desde Europa a los refugiados, así como el auxilio pecuniario para su manutención hasta llegar a México. Se trataba de que los Estados Unidos, a través de su Gobierno, informara a los gobiernos de Alemania e Italia su intención de colaborar en el transporte de los republicanos españoles.

Así fue como México acogió a un número significativo de españoles que gracias a la generosidad del gobierno de Lázaro Cárdenas pudieron comenzar una nueva vida. Cerca de veinte mil españoles llegaron durante los primeros años de exilio procedentes de los campos de internamiento franceses y de la convulsa Europa. Eran los descendientes de aquellos que muchos años antes arribaron en carabelas conquistadoras, pero a diferencia de éstos, los refugiados no portaban el propósito de dominio que sus antecesores.

El pueblo mexicano, gracias al tesón de Lázaro Cárdenas, Isidro Fabela, Gilberto Bosques, Luis Ignacio Rodríguez y muchos otros, les abrió horizontes de trabjo y esperanza. La fraternidad estaba servida en bandeja por la antigua Colonia española que había luchado contra el gobierno español por su independencia.

Los transterrados entregaron a México su vida, el pensamiento de los intelectuales, la sabiduría de los maestros y la sensibilidad de los artistas. 

Uno de los más bellos episodios del exilio español y México se produjo en la muerte del presidente Manuel Azaña, que se encontraba en territorio francés pero bajo la protección de México para salvaguardar su vida. 

Cuando falleció y ante la prohibición de depositar sobre su ataud la bandera tricolor, fue cubierto con la bandera de México por Luís Ignacio Rodríguez, embajador de Mexico en Francia, quien dijo: «para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza, y para ustedes una dolorosa lección». El general Pétain, colaborador nazi, prohibió el cortejo fúnebre, así como que se le enterrara con honores de Jefe de Estado y que la bandera republicana cubriera el féretro, instando a que le colocaran en su lugar la “rojigualda”.

Cuatro años después falleció en México Luis Ignacio Rodríguez. Sobre su féretro fue depositada la bandera republicana española, cumpliendo uno de sus últimos deseos.

Gracias México.