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2603. Proclamación de la República en Segovia

Plaza mayor. de Segovia. Archivo Wunderlich. Otto Wunderlich. Años 1920-1930. IPCE. Tomada de Arqueología de Imágenes


Segovianos:

Un hermano vuestro, que ostenta con orgullo haber sido republicano siempre, más por las bondades de los correligionarios, que por méritos propios, se ve honrado hoy al ocupar, provisionalmente, esta elevada magistratura popular, colmándose más que cumplidamente con tal designación las mayores ambiciones que jamás pudiera soñar.

La alegría que nos embarga a todos ante el triunfo clamoroso y justísimo de la elevada causa republicana, hace que en estos momentos históricos, que por la cordura, conciencia y civilidad de este noble pueblo español se esculpan en las páginas de la Historia una de las efemérides más gloriosas que la humanidad registra, llevando a cabo rápidamente, una transición del régimen anterior al republicano sin verter apenas sangre, aunque por desgracia y suerte fue tan generosa la derramada por los mártires Galán y García Hernández, entre otros, que el triunfo actual en una gran parte, de ellos proviene.

No hemos de ensañarnos con el caído, pero tampoco hemos de olvidar las vejaciones y atropellos de que fuimos víctimas todos los españoles durante un larguísimo lapso de tiempo.

Por lo que a la vida de la Ciudad concierne, después de reiteradas pruebas de capacitación y cordura, ya legendarias en este hidalgo pueblo, donde las Comunidades surgieron con tanta pujanza, no creo, ni aún preciso, encareceros el orden y sensatez en todos, proverbial. Odiamos la violencia y si las circunstancias -que ni queremos ni esperamos- nos forzasen a ello, con tal de restablecer el derecho no desdeñaríamos la fuerza.

A todos se nos demanda abnegación y sacrificio. El pueblo supo cumplir con su sacrosanto deber; nosotros solemnemente, os prometemos seguir constantemente a vuestro lado, aprestándonos a cumplir vuestro mandato.

Ciudadanos de Segovia: ¡Viva la República!

Segovia, 14 de abril de 1931

El Alcalde- Presidente interino,


Lope Tablada








2063. Francisca Solano, "la heroína de El Espinar"

Francisca Solano, Julio 1936


María Torres / 26 Julio 2016

Francisca Solano era una mujer alta, guapa y bien plantada. Había llegado a Madrid  desde un pueblo de Toledo cuando aún era una niña para vivir en casa de unos tíos que regentaban una porteria en la Calle Benito Gutiérrez.

Trabajó como enfermera en La Fuenfría y como encargada de una pensión. 

El viernes 24 de julio de 1936, Francisca manifestó a su tío que debían coger el fusil y combatir a los facciosos. Éste respondió que él no podía abandonar a cuatro chicos pequeños, pero que ella podría ir al frente como enfermera, a lo que Francisca respondió: "No. Nada de enfermera. ¡Yo quiero ir a batirme con los facciosos!" 

Esa misma tarde se alistó en el Círculo del Oeste y cuando regresó a casa al anochecer ya se había convertido en miliciana ataviada con el mono, el fusil, el gorro y las alpargatas cuarteleras. Se despidió de ellos levantando el puño y les dijo:  "Me voy a luchar!" y  se perdió a lo largo de la calle con el fusil al hombro y una sonrisa en la cara.

Un día después salió con una pequeña columna hacia El Espinar al mando del capitán Fernando Sabio Dutoit. Fueron al Ayuntamiento a colocar la bandera de la columna y en busca del Alcalde que se encontraba trabajando la tierra. Francisca y Carmen Robles, las dos únicas mujeres, caminaron hacia la plaza... De pronto, hubo un aviso de que por la carretera se acercaban los rebeldes. Se dispusieron a defender el pueblo, y la columna hubo de replegarse. Fue entonces cuando echaron en falta a Francisca y a otro miliciano. Alguién dijo que Francisca había llevado al miciliano herido al hospital. No volvieron a verla.

Cuentan que Francisca fue apresada en el hospital y ejecutada posteriormente. Según Santiago Vega Sombría, en De la esperanza a la persecución, Francisca Solano y sus compañeros fueron enviados a Segovia, para ser juzgados.

Nunca se supo más de ella. Nunca se encontró su cuerpo.

Así que la historia cuenta que Francisca, capitana miliciana, desapareció el 26 de julio de 1936 en El Espinar en defensa de la República española, cuando luchaba por una España más justa.


Romance de Francisca Solano

¡Alta Francisca Solano
por los pinos de la sierra!
En Peguerinos sonaran
sus risas blancas y nuevas
cuando buscó al enemigo
por la callada arboleda.

Con un fusil en la mano,
como una rosa morena,
allá va con sus hermanos,
canto y luz, por la vereda.
Era un sábado de julio
cuando cruzaron la sierra...

Francisco Giner


Romance a la Capitana Solano

Pastores de Guadarrama
cabrerillos del collado,
palomas de los rosales
cigüeñas del campanario
Decidno: ¿qué fué de aquella
rosa encendida de mayo,
capitana de la tropa
leal, Francisca Solano?
Que un día ardientes sus ojos,
el corazón inflamado,
cruzó la sierra vestida
con traje de miliciano.
Desde el alto del León
dijo una alondra llorando:
"la ví por San Rafael,
fusil al hombro y cantando.
Iba soñando en el triunfo
pueblo resucitado,
amapolas de Castilla
colgadas de su peinado.
Como una bandera roja
lcía en los picachos"
¡Ay, que en sus ojos de ensueño
miraban alto, tan alto...,
que sus pobres pies cayeron
en la traición sin notarlo!
Traidores a nuestra patria,
con trajes de legionarios,
la cogieron en sus redes,
la llevaron a su campo
y al verla tan española, 
fuera de ley la mataron.
¡Ay, que la sierra está muerta,
sin el fervor de su canto!,
y una cigüeña piadosa
vino a decir sollozando:
"al pie de un pino sin ramas
cuatro monstruos la enterraron
y al ver tan sola su tumba,
me fui volando, volando
en busca de clavellinas
para su lecho sagrado.
Cuando volví con las flores
ardía el bosque arrasado
por el furor de los viles,
que huían amedrentados"
Cenizas llevan los aires
qe huelen a rosas y nardos.
Cenizas llevan los aires
que ciegan en su tornado
la risa de los abriles
y el florecer en los campos.
¡Ay, que la vieja Castilla
no es más que un gran camposanto,
y un cabrerillo del monte 
llegó con el puño en alto!
Adelante camaradas
que he visto a Paca Solano;
no es cierto que la matasen
los criminales de Franco.
Está en la cumbre más alta
vestida de miliciano;
lleva en sus manos trunfales
claveles ensangrentados,
bandera roja invencible
la de su sangre en lo alto.
Arriba, no. "Arriba España",
que este es un grito manchado,
arriba el pueblo,
el de todos los talleres,
los campos del universo.
Adelante sin miedo,
arriba el trabajo
hasta la cumbre que sueña
la capitana Solano,
hasta besar los claveles
sangrientos de su peinado,
hasta que todo el pueblo
hoy, que e sun gran camposanto, 
se vuelva en huerto florido
y del pueblo libertario.

Justo Melero


Francisca Solano
Francisca Solano, joven
miliciana que a luchar
saliste bella y bravía,
por el Frente Popular;
Francisca Solano, fuiste
de las que, con torrental
embate, a los mercenarios
quitaron El Espinar;
Francisca Solano, pero
mujer hasta al guerrear,
dejas el arma y te pones
un camarada a curar;
Francisca Solano, y lo haces
con tan femenino afán
que las enemigas tropas
no oyes de nuevo tornar;
Francisca Solano, ahora,
joven y bella, estarás
prisionera de los brutos,
de su lujuria quizás...

Francisca Solano, joven
miliciana morirás
gritando a los brutos: "!Brutos,
viva el Frente Popular!"

Álvaro Yunque








964. Soledades de España

Cernuda junto a María Zambrano y Leopoldo Panero en las Misiones Pedagógicas en Pedraza


Soledades de España 

Con el Museo del Pueblo


Pedraza está a poca distancia de Segovia. El tiempo la ha ido alejándola dela vida, abandonándola sobre un cerro, a cierta distancia de la carretera, Al borde de ésta, en la llanura, ha ido surgiendo un nuevo pueblo, Velilla de Pedraza, que recoge para sí la actividad local. Cuando llegaba a La Velilla era ya de noche, y de Pedraza solo pude distinguir, allá lejos, en la cima, bajo el límpido y frío fulgor estelar, una muralla dentada a manera de pétreo fantasma. Eso es hoy Pedraza: un sueño de piedra, de piedra que se derrumba a solas, cara al cielo segoviano.

El coche subió jadeando el camino en pendiente. Aquella tarde habían celebrado mercado enla plaza del pueblo, y aprovechando la aglomeración de campesinos, compradores y vendedores, acudidos de lugares cercanos, nuestro museo ambulante celebró su inauguración. Con rara excepción, siempre hemos encontrado, por parte de autoridades y particulares, fácil acogida; los locales ofrecidos para sala de exposición se cuentan de ordinario entre los mejores del lugar. Las deficiencias no son, pues, culpa de nadie en tal aspecto. El local elegido en Pedraza era tan bajo de techo que algunos lienzos fue imposible apoyarlos contra la pared. Por ello no hubo otra manera de mostrarlos al público que desde el balcón.

[...]

Los trabajos de instalación, las visitas oficiales, las charlas ante los lienzos, habían rendido a mi compañero de trabajo, José Val del Omar, ese extraordinario artista de cámara que, en unión del pintor Ramón Gaya y del poeta Rafael Dieste, acompaña de ordinario el museo.

Era ya tarde; la campana aguda de un reloj de pesas, los casetones blancos y negros del techo, paralelos a las losas negras y blancas del suelo, no se mostraban, decididamente, muy acogedores. Por un postigo vi en la plaza una torre y unos soportales absortos entre la soledad  nocturna.

No obstante el reducido número de habitantes que tiene Pedraza, un grupo de niños daba la sensación del número, gracias a su movimiento personal. Se les veía en todas partes: en la plaza, en las calles, en el castillo. Éste es, quizá, el mayor encanto de Pedraza. Porque no sólo cuenta su situación única, sobre el monte, con una puerta de acceso que, al cerrarse, incomunica el pueblo totalmente; ni sus tornitruantes escudos sobre tantas y tantas casas ruinosas, sino que hay también el cstillo. Domina un dilatado valle poblado de pinos. Desde la puerta, que aún conserva como antigua amenaza unas erizadas púas de hierro, el pueblo se dibujaba menudo y terroso sobre los montes nevados

[...]

Nuestra presencia, como de ordinario, suscitaba la curiosidad del vecindario; los chicos nos daban escolta a un lado y a otro. Siempre nos sorprendía, al recorrer estos pueblos segovianos, la limpieza de los ojos infantiles. Tenían tal brillo y vivacidad que me apenaba pensar cómo al transcurrir el tiempo, la inercia, falta de estímulo y sordidez de ambiente, ahogarían las posibilidades humanas que en aquellas miradas amanecían. Como el arpa olvidada de la rima de Bécquer, tal vez por estos rincones de la Tierra habrá alguien que sólo aguarda el brazo amoroso que levante su espíritu de la sombra donde yace inerte. ¿No es posible aligerar, dilatar la rígida y mezquina vida española? Tal vez en nuestras manos haya un medio para trabajar en ello. Es tarea larga; nosotros no gozaremos y del fruto, si lo hay. Pero pasados bastantes años otros podrán aprovecharlo. No recordarán quizá, quiénes abrieron el camino. Pero no importa. Nuestro esfuerzo debe ser el único premio.


Luis Cernuda
Prosa II











618. El 14 de abril de 1931 en Segovia




Fue un día profundamente alegre —muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro más alegre—, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños.

Mi amigo Antonio Ballesteros y yo izamos en el Ayuntamiento la bandera tricolor. Se cantó La Marsellesa; sonaron los compases del Himno de Riego. La  Internacional no había sonado todavía. Era muy legítimo nuestro regocijo. La República había venido por sus cabales, de un modo perfecto, como resultado de unas elecciones. Todo un régimen caía sin sangre, para asombro del mundo. Ni siquiera el crimen profético de un loco, que hubiera eliminado a un traidor [se refiere a Lerroux], turbó la paz de aquellas horas. La República salía de las urnas acabada y perfecta, como Minerva de la cabeza de Júpiter.

Así recuerdo yo el 14 de abril de 1931. Desde aquel día —no sé si vivido o soñado— hasta el día de hoy, en que vivimos demasiado despiertos y nada soñadores, han transcurrido seis años repletos de realidades que pudieran estar en la memoria de todos. Sobre esos seis años escribirán los historiadores del porvenir muchos miles de páginas, algunas de las cuales, acaso, merecerán leerse. Entre tanto, yo los resumiría con unas pocas palabras. Unos cuantos hombres honrados, que llegaban al poder sin haberlo deseado, acaso sin haberlo esperado siquiera, pero obedientes a la voluntad progresiva de la nación, tuvieron la insólita y genial ocurrencia de legislar atenidos a normas estrictamente morales, de gobernar en el sentido esencial de la historia, que es el del porvenir. Para estos hombres eran sagradas las más justas y legítimas aspiraciones del pueblo; contra ellas no se podía gobernar, porque el satisfacerlas era precisamente la más honda razón de ser de todo gobierno. Y estos hombres, nada revolucionarios, llenos de respeto, mesura y tolerancia, ni atropellaron ningún derecho ni desertaron de ninguno de sus deberes. Tal fue, a grandes rasgos, la segunda gloriosa República española, que terminó, a mi juicio, con la disolución de las Cortes Constituyentes. Destaquemos este claro nombre representativo: Manuel Azaña.


Antonio Machado
«El 14 de abril de 1931 en Segovia»
La Voz de España, abril de 1937










597. Jerónimo García Gallego, sacerdote republicano


El sacerdote republicano Jerónimo García gallego: canónigo, diputado y propagandista (1893-1961)
Dr. Antonio César Moreno Cantano


En septiembre de 1936, el papa Pío XI, ante seiscientos refugiados españoles, habló del «odio a Dios verdaderamente satánico» de los republicanos. El pontífice cometía el craso error de englobar en el mismo grupo a todos los políticos o personalidades públicas que entre 1931 y el inicio de la Guerra Civil habían participado en el régimen del 14 de abril. En los últimos años, diferentes investigadores (Tezanos Gandarillas, González Gullón…) han puesto sus miras en toda una serie de sacerdotes católicos que no sólo participaron en el juego político de la República, ya sea para contener algunas de sus medidas o para aplaudirlas, sino que incluso –ya fuese por decisión propia o por circunstancias externas a su voluntad- se enfrentaron a la jerarquía eclesiástica católica. Muchos de ellos fueron privados de su labor pastoral, como Leocadio Lobo, Gallegos Rocafull, López-Doriga o Basilio Álvarez, aduciendo en muchas ocasiones a la violación o incumplimiento de algún principio del derecho canónico, sujeto el mismo a una interpretación muy subjetiva según los condicionantes que rodeaban a cada uno de estos nombres. Un caso que destaca por encima del resto en estas circunstancias es del personaje biografiado en esta obra: Jerónimo García Gallego. Su figura pone en evidencia, como en el de muchos de sus compañeros religiosos republicanos, la existencia de una «Iglesia paralela» a la Iglesia oficial, que no tuvo reparos en defenestrar a algunos de sus miembros obedeciendo a motivaciones políticas lejos de principios doctrinales, influida por un contexto, el de la República, donde toda opción que lidiase o conviviese con ella era vista como una provocación para la ortodoxia que emanó desde diferentes obispados, ya fuese el de Segovia, Granada, Madrid.

Jerónimo García Gallego nació en 1893 en el pueblo segoviano de Turégano, en el seno de una humilde familia campesina. Su paso por el Seminario de Segovia fue brillante, obteniendo en la mayoría de asignaturas la mayor de las calificaciones. Este curriculum no paso desapercibido para sus superiores, que de la mano del obispo de Segovia, Remigio Gandásegui, lo becaron para que pudiese continuar sus estudios en el Colegio Español de Roma y la Universidad Gregoriana. García Gallego mostró en su etapa en Roma que podía alcanzar un puesto destacado en la Iglesia española, no recatando elogios a su figura por parte de eminentes profesores como el neotomista Louis Billot (una de sus grandes influencias ideológicas). En esta línea se reafirmó cuando, al poco de ser nombrado doctor en Teología, logró que Gandásegui confiase en él para dirigir el importante órgano de la Acción Diocesana Segoviana, El Avance Social. No muy interesado en la labor pastoral, consiguió con éxito la canonjía de archivero en la catedral del Burgo de Osma y, a su vez, ser elegido director del medio católico Hogar y Pueblo. En este medio escribió más de doscientos artículos (muchos de los cuales se recopilaron dando lugar a la edición de casi una docena de obras) en los que rechazó los principios de los partidos políticos conservadores y de sus medios de comunicación, como El Debate.

Se presentó como independiente por la provincia de Segovia, pero muy cerca de los partidos agrarios, a las elecciones a Cortes Constituyentes de 1931. Enfrentado a las derechas segovianas, encarnadas en las figuras de Rufino Cano y el Marqués de Lozoya –que contaban con el apoyo del episcopado-, logró pese a todos los contratiempos ser el candidato más votado. Atacado constantemente desde medios como El Siglo Futuro o diarios provinciales como El Adelantado de Segovia, por sus pasadas y renovadas críticas a la actuación de El Debate o políticos como Gil Robles, despertó mayores resquemores entre la jerarquía eclesiástica de Segovia por la aceptación y acatamiento que había realizado del régimen republicano. No obstante, aceptar no significaba obedecer sin más y García Gallego se mostró como un muy activo parlamentario en temas que atentaban contra los derechos de la Iglesia. Especialmente significativa fue su campaña e intervenciones en el hemiciclo contra los artículos 3 y 24 de la Constitución republicana, es decir, aquellos que negaban la existencia de una religión de Estado y que abogaban por la disolución de las órdenes religiosas. También se expresó en contra de la ley del divorcio y de la supresión del presupuesto de Culto y del Clero.

A pesar de todo, en las nuevas elecciones de 1933 su posicionamiento ante estas medidas no le valieron para renovar su acta como parlamentario. La unión de las derechas y el valioso apoyo que recibieron del episcopado lograron su objetivo y García Gallego se vio más marginado que nunca. De paso, su dispensa de residencia coral para residir en Madrid quedó invalidada, y tras diversas gestiones (precedidas de un rechazo por parte del Obispado de Madrid y de la propia Santa Sede) logró renovarlas, aduciendo enfermedad, en 1935. No perdió el ánimo y se presentó a la campaña electoral de 1936. A diferencia de los años 1931 y 1933, el obispo Luciano Pérez Platero le negó el derecho a incurrir a ellas, sin alegar justificación de ninguna índole. No era necesario, la razón estaba clara, tanto para el propio afectado como para los medios periódicos de izquierdas (recuérdese la acertada valoración que realizó sobre esta decisión El Heraldo de Madrid). Ante el creciente poder del Frente Popular, la Iglesia no se quería arriesgar a que desde sectores de centro o de derechas, votasen al sacerdote segoviano e hiciesen peligrar la candidatura encabezada por la CEDA y el Partido Agrario. De ahí su suspensión a poco días de la celebración de las elecciones en febrero de 1936. A partir de este momento, apartado de la vida sacerdotal por motivaciones políticas, García Gallego habló abiertamente contra sus superiores, iniciando una etapa muy próxima al anticlericalismo.

Marginado por sus superiores tampoco encontró una ubicación cómoda en el Madrid de la Guerra Civil. Sin medios con los que sobrevivir y no lejos del peligro de algunos milicianos extremistas, a los que poco podía importar su compromiso con el Gobierno republicano y si causar resquemor su condición de religioso, a principios de 1937 se trasladó a Francia. Cerca de la frontera española, convivió con los católicos del PNV, forjando una estrecha alianza con el canónigo vasco, Alberto de Onaindia, muy próximo al lehendakari José Antonio Aguirre, al cual García Gallego aconsejó en su respuesta a la Carta abierta del cardenal Gomá. Igualmente participó activamente en las campañas de propaganda extranjera emprendidas por la República. De esta manera, su nombre apareció en el llamamiento a los católicos del mundo entero junto a otros sacerdotes republicanos de gran relevancia como Leocadio Lobo o José Manuel Gallegos Rocafull. Colaboró hasta el final de la contienda bélica española en La Vanguardia, donde escribió diferentes artículos reprochando la ayuda que el bando franquista recibía de las potencias fascistas y de la Iglesia española. Próximo a las tesis de Juan Negrín y a sus famosos Trece Puntos, se posicionó en la política de resistencia hasta el final.


Durante el tiempo de la Segunda Guerra Mundial, su posición en Francia se deterioró enormemente con la nueva legislación hacia los extranjeros emanada por el régimen de Vichy. Como otros religiosos españoles en su misma posición (por ejemplo Juan García Morales, refugiado en Lyon pero internado en 1941 en el campo de Gurs), fue retenido y traslado a un campo de concentración francés, en este caso cerca de Casablanca. Gracias a la mediación del Gobierno mexicano pudo salir de Europa y tras un periplo de varios meses instalarse en Cuba junto con un gran número de republicanos españoles exiliados. En la isla caribeña no tardó en ser conocido, para bien o para mal (suspicacias del Arzobispado por sus enfrentamientos con la jerarquía eclesiástica), merced a sus constantes intervenciones en instituciones y organizaciones de apoyo a la Segunda República. Pocos años antes de morir, contempló con satisfacción como el Obispado de Segovia, de la mano de su antiguo compañero del Colegio Español de Roma, el ahora obispo Daniel Llorente, le levantaba la suspensión canónica que pesaba sobre sus espaldas. Esta decisión no varió su parecer hacia cúpula católica española, pero hacia justicia a un personaje que dedicó toda su vida a defender el mensaje de Cristo, especialmente desde la tribuna política y periodística. A diferencia de otros religiosos republicanos, su campo de acción estuvo alejado del catolicismo social, interesándose más por la estructuración y organización del Estado siguiendo la teoría cristiana escolástica. Consideraba que sólo así España tendría un gobierno más justo e igualitario para todos.