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2816. Despachos de la guerra civil española XXII




Tortosa, 15 de abril

Ante nosotros, quince bombarderos ligeros Heinkel, protegidos por cazas Messerschmidt, describían lentos círculos, como buitres esperando la muerte de un animal. Cada vez que pasaban sobre un punto determinado, se oía el impacto de las bombas. Mientras sobrevolaban la desnuda ladera, manteniendo la formación, uno de cada tres aparatos descendía en picado, disparando sus ametralladoras. Continuaron así durante 45 minutos sin ser molestados, y el blanco de sus bombas era una compañía de infantería que realizaba su último intento de resistir en la ladera de la loma desnuda al mediodía de este cálido día de primavera para defender la carretera entre Barcelona y Valencia.

Encima de nuestras cabezas, en el cielo alto y sin nubes, flota tras flota de bombarderos volaban con estruendo sobre Tortosa. Cuando dejaron caer el repentino fragor de sus cargas, la pequeña ciudad a orillas del Ebro desapareció en una creciente nube de polvo amarillo. El polvo no llegó a posarse, ya que acudieron más bombarderos y al final flotó como una niebla amarillenta sobre todo el valle del Ebro. Los grandes bombarderos Savoia-Marchetti brillaban al sol, blancos y plateados, y cuando un grupo se alejaba, otro lo sustituía.

Durante todo este tiempo, los Heinkel describían círculos frente a nosotros y bajaban en picado con la monotonía mecánica del movimiento de una tarde tranquila en una carrera de motos de seis días. Y debajo de ellos una compañía de hombres yacía detrás de las rocas en trincheras cavadas a toda prisa y en simples desniveles del terreno, intentando detener el avance de un ejército.

A medianoche el comunicado del gobierno admitió que se luchaba alrededor de San Mateo y La Jana, lo cual significaba que la última gran posición defensiva, La Tancada, una colina abrupta y rocosa que defendía la carretera que conducía al mar, desde Morella a Vinaroz, había sido interceptada o tomada. A las cuatro de la madrugada, circulando bajo una luna llena que iluminaba las rocosas colinas catalanas, los altos cipreses y los troncos grotescamente cortados de los plátanos, nos dirigimos al frente. Con luz de día pasamos por delante de las murallas romanas de Tarragona y cuando el sol ya calentaba tropezamos con los primeros grupos de refugiados. Más tarde encontramos tropas que nos hablaron de la penetración y de que dos columnas avanzaban hacia Vinaroz, una tercera hacia Ulldecona desde La Cenia y una cuarta hacia La Galera, en dirección a Santa Bárbara, que está solo a trece kilómetros de Tortosa.

Era un avance hacia el mar de cuatro frentes por las columnas navarras y moras del general Aranda, y unos oficiales informaron de que ya habían tomado Cálig y San Jorge, las dos últimas ciudades en las dos carreteras de San Mateo al mar. A la una de esta tarde la carretera aún estaba abierta, pero todo indicaba que sería cortada o estaría bajo el fuego de la artillería esta noche o en cuanto las tropas de Aranda pudieran montar sus ametralladoras.

Entretanto, desde donde este corresponsal hablaba en Ulldecona con un oficial del estado mayor, ante sus mapas extendidos contra una pared de piedra, se podían oír las ráfagas de las ametralladoras. El oficial de estado mayor hablaba con frialdad, cautela y gran cortesía, mientras las tropas de Aranda avanzaban, dejando atrás San Rafael, con solo una loma entre ellos y nosotros. Era un soldado muy valeroso y competente y estaba dando ordenes a sus carros blindados, pero como nuestro coche no estaba blindado, decidimos volver a Santa Bárbara. En realidad no había razón alguna para esperar en Santa Bárbara Era un pueblo bonito, pero he visto mejores excepto que Tortosa seguía vomitando nubes de humo a medida que los bombarderos soltaban su carga. Había muchas razones para dejar Tortosa y dirigirse a Barcelona, incluyendo la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Así pues, cuando nuestro coche llegó a Tortosa y el guardia dijo que los bombarderos habían volado el puente y que no podíamos pasar, era algo que nos había preocupado tantas veces y durante tanto tiempo que casi no nos produjo ninguna impresión, salvo la sensación de que «ahora ha ocurrido de verdad».

—Pueden intentarlo por el pequeño puente que están construyendo con tablas —dijo el guardia. El chofer puso el coche en marcha con una sacudida y pasó por entre una hilera de camiones y boquetes de bombas donde dos camiones podían desaparecer por completo y, con el olor de tierra recién quemada y el acre hedor de los explosivos detonantes, nos dirigimos hacia el pequeño puente.

Delante iba un carro de mulos. «No puede ir por allí», gritó el guardia al campesino que conducía el carro, cargado hasta los topes de grano, utensilios domésticos, cacharros de cocina, una jarra de vino y todo lo que el mulo podía llevar con dificultad. Pero el mulo no tenía marcha atrás y el puente estaba bloqueado, así que este corresponsal empujó las ruedas y el campesino tiró de la cabeza del mulo y el carro avanzó lentamente, seguido por el coche; las estrechas llantas de hierro del carro rompieron los travesaños nuevos y demasiado ligeros que los chicos clavaban a toda prisa para que el tráfico pudiera circular por el frágil puente.

Los chicos trabajaban, golpeando con el martillo, clavando clavos y aserrando tan de prisa y con tanta energía como una buena tripulación en un navío a punto de naufragar. Y a nuestra derecha, una parte del gran puente de hierro tendido sobre el Ebro se desplomó en el río, mientras otra ya faltaba. El bombardeo masivo de 48 bombarderos, que empleaban bombas que, a juzgar por los agujeros que practicaban y cómo reducían a escombros las casas del borde de la carretera, debían de pesar cada una de trescientas a cuatrocientas cincuenta libras, había acabado con el puente. En la ciudad ardía un camión de gasolina. Circular por las calles era como escalar los cráteres de la luna. El puente ferrocarril todavía está en pie y no cabe duda de que se construirá un puente de pontones pero esta es una mala noche para la orilla oeste del Ebro.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2810. Despachos de la guerra civil española XX




Tortosa, 10 de abril

En los últimos cinco días este corresponsal ha observado el frente desde las resplandecientes laderas nevadas de los Pirineos hasta donde el azul brillante e intenso del Mediterráneo se vuelve lechoso por el caudal amarillo del Ebro, y una alta y única palmera de dátiles marca la entrada en la destrozada Tortosa.

En el lejano norte, bajo la sombra de los Pirineos, las tropas franquistas han avanzado continuamente hacia el norte y el este en una región donde las posiciones podrían ser defendidas por las graduadas más resueltas de cualquier buen colegio de señoritas. Uno de los primeros pasos del nuevo gobierno será sin duda reforzar y consolidar la resistencia en este sector del norte que, cuando este corresponsal lo visitó hace tres días, daba una impresión excesivamente bucólica. Podía ser por la cantidad de conejos que los soldados llevaban colgados del hombro o tal vez por el sentimiento general de que con tanto terreno montañoso donde luchar, ¿qué importa un valle más o menos entre los ejércitos? Sin embargo, sigue siendo un hecho que el sector del norte es la puerta trasera de toda Cataluña. Después de contemplar la heroica resistencia ofrecida para bloquear a Franco el camino del mar, desalentaba a cualquier observador ver tomar la pérdida de un terreno potencialmente vital, que controla vastos recursos hidroeléctricos, como una cuestión sin importancia que podría cambiarse solo endureciendo la resistencia.

Hoy, la orilla izquierda del Ebro sobre Tortosa era tan diferente del norte como las luces fuertes e intensas del cuadrilátero difieren de la soñolienta hora de la siesta en una polvorienta plaza de pueblo. Desde que este corresponsal se marchó de allí el 5 de abril, en las posiciones no se ha producido absolutamente ningún cambio. Ataque tras ataque de dos divisiones italianas, identificadas por hombres hechos prisioneros como La Littoria y Flechas Negras, apoyadas por barreras a nivel, de guerra mundial, de cañones de seis y tres pulgadas y los nuevos cañones más ligeros y rápidos, no habían logrado atravesar las líneas del gobierno en ningún punto. Esta tarde se han usado tantos aviones que no se han perdido de vista ni un momento y a veces el cielo estaba lleno de su ruido atronador. Este corresponsal ha observado el brillo metálico de bombarderos Savoia-Marchetti en el cielo español sin nubes, describiendo círculos con la precisión de insectos en el bombardeo de gran altitud, y el vuelo increíblemente rápido sobre las montañas, que casi parecía aplaudido, tan raudo era, por las bocanadas de humo antiaéreo que surgían a su alrededor, de los nuevos y negros bombarderos Rohrbach que iban a bombardear los puentes de Tortosa desde menos de trescientos metros de altura. El puente fue acertado en ambos extremos en el tiempo que este corresponsal tardó en pasarlo y regresar, pero los bombarderos ligeros de bombas ligeras causan poco efecto en las delgadas estructuras de acero. Es como tratar de descolgar una botella de un cordel en una feria francesa. Se puede acertar el cordel si el disparo es lo bastante bueno, pero solo se deshilacha o corta en dos y la botella no se cae.

Después de contemplar el progreso de la defensa del Ebro desde un puesto de observación, este corresponsal bajó por una escarpada senda entre viñedos y comió un plato de tres costillas de carnero, cubiertas por salsa de tomate y cebollas, con los oficiales de la división. El comandante, uno de los jóvenes generales más famosos del ejército español, rebosaba de júbilo por la interrupción del avance.

 —Anoche atacaron con artillería pesada y tanques —dijo— y de nuevo esta mañana. Como ve, las líneas están exactamente donde estaban cuando vino usted aquí hace cuatro días. Emplean hasta cien aviones para ametrallar la carretera y bombardear estas ciudades, pero nosotros los detenemos igual que hicimos en Madrid. Podrán ver el mar, pero nunca llegarán a él. En cambio yo, en cuanto mejoren las cosas, bajaré a tomar un baño.

Dejando aparte el espíritu combativo y el optimismo de estos viejos defensores de Madrid, viejos por haber luchado casi dos años, pero jóvenes de edad, la situación sigue siendo que las fuerzas franquistas se ven absolutamente incapaces de bajar por el Ebro. Mientras comíamos, oímos el fuego de la artillería y el agudo silbido de una granada. Explotó a ciento cincuenta metros de distancia, en unas casas de la curva de la carretera, formando una nube de humo amarillo. Otras seis vinieron en la misma dirección, cayendo todas a veinte metros una de otra.

—Disparan consultando el mapa — dijo el joven general—. Esa clase de disparos no son peligrosos.

Por el momento Franco intenta dos ofensivas hacia el mar. Una fue totalmente frenada hace ya cinco días sobre Tortosa. La otra ha bajado de Morella a San Mateo y Vinaroz, progresando a sacudidas durante varios días, pero las fuerzas del gobierno aún no han retrocedido a sus mejores posiciones. Sin embargo, mientras las mejores tropas españolas, veteranas de toda la guerra, detienen el avance a la costa, la región de la frontera francesa constituye el peligro. En esta última gran ofensiva de Franco ha quedado demostrado una y otra vez que las tropas buenas pueden mantener las posiciones más difíciles, y las tropas sin experiencia pueden ser catapultadas de posiciones que las tropas buenas consideran facilísimas de mantener, bajo ataques aéreos que no conseguirían nada contra tropas bien atrincheradas. Para conservar el frente catalán, el gobierno tiene que reforzar el norte inmediatamente. El centro y el sur están resistiendo como lo hicieron en Madrid.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2808. Despachos de la guerra civil española XIX




Tortosa, 5 de abril

Conduciendo con cuidado entre las cajas de dinamita colocadas para minar los pequeños puentes de piedra de la angosta carretera, hemos subido esta tarde por el valle del Ebro. Un informe anónimo enviado anoche desde Francia decía que Tortosa había sido tomada, pero nosotros encontramos la ciudad destrozada como siempre pero sus tres grandes puentes todavía intactos y el tráfico se movía libremente entre Barcelona y Valencia. Ahora habíamos dejado atrás Tortosa y nos dirigíamos al norte por la orilla oeste del Ebro.

Es una carretera fácil de defender, protegida a la izquierda por peñascos y lomas y a la derecha por la corriente sombría y arremolinada del Ebro, que tiene el color del café. Un soldado nos dijo que parte de ella estaba en llamas, pero no estaba seguro de qué parte.

—Un poco más arriba —dijo—, pero no les pasará nada si permanecen bajo los árboles y al amparo de la orilla izquierda.

Así pues, envolvimos con un trapo el tapón niquelado del radiador y volvimos la luz de estribo hacia atrás para evitar los reflejos y seguimos adelante. Nos detuvimos para preguntar a otro soldado que caminaba despacio en dirección al frente dónde se hallaba el cuartel general, y entonces oímos fuego de artillería delante de nosotros y la explosión de granadas. Luego, sobre estos sonidos tranquilizadores que significaban que el frente estaba localizado, sonó el zumbido de los aviones y el estallido de las bombas. Tras dejar el vehículo en la sombra proyectada por la empinada orilla izquierda, trepamos a la cima de una loma escarpada desde donde podíamos ver los aviones. Debajo de nosotros estaba el río y la pequeña localidad de Cherta en un recodo entre el río y la carretera, y al fondo los aviones dejaban caer bombas sobre una carretera practicada entre montañas que parecían moldeadas con cartón gris para algún decorado fantástico. Humaredas negras de ráfagas antiaéreas brotaban a su alrededor, demostrando que eran aviones del gobierno. Las ráfagas antiaéreas del gobierno son blancas. Después, con el ruido de un martillo que hiciera añicos el cielo, llegaron más bombarderos. Acurrucados contra una pared de piedra en la cima de una loma y aprovechando su sombra, pudimos ver también por las puntas rojas de las alas que eran del gobierno. Cuando el zumbido remitió, se intensificó el fuego de artillería y cuando el bombardeo aumentó, supimos que había un ataque un poco más arriba de la carretera. Bajamos de la loma, pero antes de hacerlo tuvimos ocasión de estudiar la excelente posición defensiva que hay al oeste de Cherta. Si sen pueden ocupar sus cumbres, se puede conservar Tortosa.

Junto al coche había un soldado andaluz de una división que defendía la línea del río. Era alto, flaco, y estaba muy tranquilo y muy cansado.

—Pueden seguir hasta la ciudad pero hoy tenía que haber una pequeña retirada, así que yo no iría lejos —dijo. Su brigada había sido rodeada tres veces desde que se iniciara la ofensiva hacia el mar, se había escabullido y había desaparecido en la noche y ahora se unía a la división—. Hace ya tres días que los tenemos detenidos aquí — añadió—, la infantería italiana no sirve de nada y los hacemos retroceder cada vez que contraatacamos, pero tienen mucha artillería y muchos aviones, y nosotros hemos luchado sin descanso durante tres semanas. Todos los hombres están muy cansados.

Atravesamos Cherta, que había sido bombardeada aquella mañana, por una carretera recién castigada por fuego de artillería y seguimos hasta que encontramos a un motociclista que llevaba despachos y que se apeó al amparo de un árbol. Nos dijo que un poco más lejos la carretera estaba bajo fuego, así que dimos media vuelta y bajamos por el Ebro hasta Tortosa. A las tres de esta tarde yo sabía lo siguiente: que la carretera de Tortosa era sumamente defendible y se defendía con terquedad y firmeza; que las fuerzas de Franco que intentaban seguir el Ebro hasta el mar solo habían avanzado cinco kilómetros en los tres últimos días; que la moral de las tropas del gobierno que defendían Tortosa y la carretera de Valencia a Barcelona era excelente; que no había pruebas de ninguna clase de pánico o desánimo, pero que las tropas estaban muy cansadas.

Durante todo el camino de regreso a Tarragona nos cruzamos con tropas de refuerzo, cañones y camiones cargados de municiones que se dirigían al frente. No cabe duda de que ha habido penetraciones explotadas al máximo por una fuerza motorizada. Tropas frescas del gobierno han sido rodeadas por tropas enemigas que han atacado los puntos débiles de la línea. Han sido tomadas ciudades importantes y ciudades estratégicas. Sin embargo, al saber esta tarde por un oficial recién llegado de allí que Lérida es ahora una especie de tierra de nadie, con las tropas del gobierno resistiendo obstinadamente al otro extremo del puente volado, y ver hoy la lucha por Tortosa, se comprende el grado y la seriedad de la resistencia gubernamental. Esto no se ha terminado, ni mucho menos, y algo que hemos aprendido en esta guerra española es que puede suceder cualquier cosa y que los expertos siempre se equivocan.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2599. Despachos de la guerra civil española XXIII




Delta del Ebro, 18 de abril

La zanja de riego estaba llena de la generación de ranas de este año y a medida que uno chapoteaba por ella se dispersaban, saltando como locas. Una hilera de muchachos yacía detrás de una vía férrea, después de cavarse cada uno de ellos una pequeña trinchera en la grava junto a 1as vías, y sus bayonetas asomaban sobre los brillantes rieles que pronto estarían oxidados En todos sus rostros se veían las variadas expresiones de los hombres —chicos convertidos en hombres en una sola tarde— que esperan el combate.

En la otra orilla del río el enemigo acababa de tomar la cabeza de puente y las últimas tropas lo habían cruzado a nado después de que fuera volado el puente de pontones. Ahora llovían granadas desde la pequeña ciudad de Amposta, al otro lado del río, cayendo al azar en el campo abierto y a lo largo de la carretera. Se podía oír el doble ruido de las ametralladoras y el veloz sonido de una tela al ser rasgada y surtidores de tierra parda se elevaban entre las vides. La guerra tenía la cualidad absurda e inofensiva que posee cuando se disparan las armas antes de una observación adecuada y un control estricto del tiroteo y este corresponsal caminó por la vía férrea en busca de un lugar desde donde observar qué hacían los hombres de Franco en la otra margen del río. A veces, hay en la guerra un peligro mortal que convierte el caminar erguido a una cierta distancia en una insensatez o una bravata. Pero hay otras veces, antes de que todo empiece de verdad, en que es como los viejos tiempos, cuando uno daba la vuelta al ruedo justo antes de la corrida. Sobre la carretera de Tortosa los aviones descendían en picado y ametrallaban. Los aviones alemanes, sin embargo, son absolutamente metódicos. Hacen su trabajo y si uno forma parte de su trabajo, no tiene suerte. Si no está incluido en su trabajo, uno puede acercarse mucho a ellos y observarlos como se observa comer a los leones. Si sus órdenes son ametrallar la carretera al volver a la base, uno está perdido. Pero si han terminado el trabajo contra un determinado objetivo, vuelan de regreso a casa como empleados de banca.

En las cercanías de Tortosa la situación parecía mortal solo por el modo de actuar de aviones. En cambio aquí abajo, en el Delta, la artillería aún se estaba calentando como lanzadores de béisbol en el descansadero. Uno cruzaba un tramo de carretera que otro día debería cruzar de un salto para salvar la vida, y se dirigía a una casa blanca situada sobre un canal paralelo al Ebro, que dominaba toda la ciudad amarillenta del otro lado del río, donde los fascistas preparaban su ataque. Todas las puertas estaban cerradas y uno no podía subir al tejado, pero desde el sendero de tierra dura que bordeaba el canal podía observar a hombres deslizarse entre los árboles hacia la alta y verde orilla del otro lado. La artillería del gobierno disparaba contra la ciudad, enviando repentinos surtidores de polvo de piedra desde las casas y el campanario de la iglesia donde había sin duda un puesto de observación. Pero aún no existía sensación de peligro.

Uno había estado durante tres días en la otra margen del río mientras avanzaban las tropas del general Aranda, y la sensación de peligro, de tropezar de repente con la caballería o tanques o coches blindados, era algo tan válido como el polvo que se respiraba o la lluvia que posaba por fin el polvo y azotaba el rostro en el coche descubierto. Ahora había finalmente contacto entre los dos ejércitos y se libraría una batalla para conquistar el Ebro, pero después de la incertidumbre, el contacto era un alivio.

Ahora, mientras observaba, vi a otro hombre deslizarse entre los verdes árboles de la otra margen y después a tres más. Entonces, de repente, en cuanto se perdieron de vista retumbó el súbito, agudo y cercano tableteo de las ametralladoras. Con este sonido se acababan todos los paseos, toda la sensación de ensayo general de antes de la batalla. Los chicos que habían cavado refugios para sus cabezas detrás del terraplén de la vía férrea tenían razón, y a partir de ahora el espectáculo era asunto suyo. Desde donde yo estaba podía verlos bien protegidos, esperando con paciencia. Mañana les tocaría el turno a ellos. Observé la aguda inclinación de las bayonetas sobre las vías.

La artillería estaba cobrando cierto ánimo ahora. Dos acertaron un lugar bastante útil y cuando el humo se desvaneció y posó entre los árboles, agarré un puñado de cebollas de primavera de un campo contiguo a la senda que conducía a la carretera principal de Tortosa. Eran las primeras cebollas de esta primavera y al pelar una encontré que eran blancas y no demasiado fuertes. El Delta del Ebro tiene una tierra buena y rica, y donde crecen las cebollas, mañana habrá una batalla.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2593. Despachos de la guerra civil española XXI




Tarragona, 13 de abril

Lo más difícil de ver en esta guerra motorizada que se prueba aquí por primera vez en Europa es la infantería enemiga. Ayer, desde las abruptas colinas grises sobre San Mateo, vi una ladera vomitando geyseres de polvo de roca desde una barrera de artillería que expulsaba cuatro granadas casi por segundo. Los aviones habían bombardeado la cumbre durante casi una hora hasta que desapareció bajo el humo y las nubes de polvo. No obstante, cuando la artillería fue controlada y las ametralladoras aún contestaban resueltamente desde la cumbre no se produjo ningún ataque. En esta ofensiva la infantería no avanza para ocupar terreno hasta que las bombas han eliminado de sus posiciones a los defensores o los han obligado a huir, y en las montañas las tropas decididas pueden frenar el avance indefinidamente.

La táctica de Franco en toda esta ofensiva ha sido buscar los puntos débiles y, al encontrarlos, concentrar a la artillería y a la aviación para el ataque, luego hacer intervenir a los tanques y vehículos blindados y finalmente traer a la infantería en camiones, protegidos por una pantalla de caballería en ambos flancos.

A la infantería italiana le cabe el honor de avanzar hacia el mar. Hace ocho días avistaron el mar desde los puntos altos de la carretera que conduce a Tortosa por la orilla oeste del Ebro. Desde entonces no han avanzado ni cien metros y hoy ya se había terminado su ataque contra Tortosa. Quizá lo intenten de nuevo la semana próxima, ya que el prestigio de Mussolini está seriamente amenazado por este nuevo percance italiano, pero tendrán que doblar las tres divisiones que han usado contra Tortosa y necesitarán muchos más aviones y artillería. Parece difícil que puedan usar más aviones, pues a veces el cielo rebosa de ellos, pero hasta el momento ningún medio mecánico ha podido abrir una brecha en las defensas del Ebro.

La ofensiva de Morella a San Mateo y el litoral de la provincia de Castellón es mucho más grave para los republicanos. Ayer las tropas de Franco estaban a solo 37 kilómetros de la costa. El gobierno tenía excelentes posiciones defensivas y las mantenía con buenas tropas, pero Franco, conociendo la gravedad de la interrupción del avance en Tortosa, había retirado a todos los italianos, según informes de prisioneros hechos en un ataque a las cumbres del monte Turmell, y usaba tropas de Navarra y moros. Las tropas navarras atacan de verdad y sufrieron casi quinientos muertos en un ataque al amanecer contra la altura llamada «La Tancada», que guarda la carretera de San Mateo. Este corresponsal se perdió este ataque, uno de los pocos ataques verdaderos que ha habido, porque requiere seis difíciles horas conducir de Barcelona a San Mateo.

Al saber que los italianos se habían concentrado junto al Ebro, al norte de Tortosa, este corresponsal ha perdido hoy otro día buscando un lugar en la orilla este desde donde poder observar su ataque por el Ebro. Las escarpadas montañas de la orilla este del Ebro parecen un decorado por el que un héroe de película del Oeste debería venir galopando, seguido de cerca por un grupo de civiles armados. Su aspecto es casi demasiado romántico para convertirlo en escenario de una guerra. Sin embargo, dominan espléndidamente las posiciones de la orilla oeste y serían ideales para observar el esfuerzo italiano. Pero no se produjo ningún ataque. Detrás de las montañas de la lejanía, los navarros y los moros bajaban por la carretera de Catí a Albocácer, pero los italianos estaban definitivamente frenados.

Cuando bajamos hasta el Ebro, vimos alguna infantería enemiga. Subían por la carretera de la orilla opuesta, conduciendo unos mulos nada motorizados. En la otra margen del río había un viejo castillo con dos ametralladoras en las torres y un bote de hojalata en una ventana. El bote brillaba al sol y en un umbral oscuro apareció otro soldado enemigo, nos miró y volvió a entrar. En la orilla de un trecho poco hondo del Ebro había un largo transbordador escorado, y un cañón antitanque del gobierno le envió una granada que silbó sobre el río, atravesó el fuerte eco del estampido y explotó justo encima de la embarcación. La siguiente granada le abrió un boquete en la popa. Dos granadas más explotaron cerca del barco y una arrancó un trozo de regala. Dando ahora por totalmente innavegable al transbordador, el cañón antitanque apuntó al umbral del castillo y una vez calculó mal la altura, levantando polvo amarillo. Después acertó la puerta dos veces. Yo quería que diesen al bote de hojalata de la ventana, pero dijeron que cada granada costaba setecientas pesetas. El castillo nos disparó un poco y así lo llamamos un día tranquilo.

Sin embargo, algún día de la semana próxima, cuando Franco haya tenido tiempo de organizar otro ataque, el Ebro no estará tranquilo. Pero hoy parecía un río bonito y ancho, y un poco más arriba, las tropas del gobierno contraatacaban para despejar la confluencia del Segre y el Ebro y establecer una línea que pudiera estabilizarse desde las montañas al mar. El norte es todavía un problema, un grave problema que solo puede solucionarse con una resuelta defensa de las magníficas posiciones que tiene allí el gobierno, además de muchas tropas para defenderlas.

Más abajo de San Mateo, las tropas del gobierno luchan tal como lo hicieron para defender Tortosa, pero con posiciones un poco más difíciles de defender. Esta tarde, sin embargo, el avance italiano hacia el mar, vía Tortosa, ha sido por el momento definitivamente interrumpido.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2585. Despachos de la guerra civil española XVIII



Barcelona, 4 de abril

Durante dos días hemos hecho lo más peligroso que se puede hacer en esta guerra: mantenerse cerca de una línea no estabilizada donde el enemigo ataca con fuerzas motorizadas. Es muy peligroso porque lo primero que uno ve son los tanques y los tanques no pueden hacer prisioneros, no dan órdenes de alto y dirigen balas incendiarias contra el coche de uno. Y el único modo de ver que están ahí es cuando se ven.

Habíamos estado examinando el frente e intentando localizar al batallón Lincoln-Washington, del que no teníamos noticias desde que Gandesa fue conquistada hace dos días. La última vez que habían sido vistos resistían en la cumbre de una colina en las afueras de Gandesa. A su derecha, el batallón británico de la misma brigada frenó con ellos durante todo el día el avance fascista y, desde que había anochecido y ambos batallones habían sido rodeados, nadie había sabido nada del batallón Lincoln-Washington.

Eran cuatrocientos cincuenta cuando resistían en aquella colina. Hoy encontramos a ocho de ellos y supimos que probablemente ciento cincuenta más habían podido cruzar las líneas. Estos hombres habían cruzado las líneas fascistas por el este y el sur y otros podían haber pasado por el nordeste. Tres de los ocho —John Gates, Joseph Hecht y George Watt— habían cruzado a nado el Ebro frente a Miravet. Cuando los vimos a mediodía iban descalzos y les acababan de dar ropa. Estuvieron desnudos desde que cruzaron el río en pleno día. Dijeron que el Ebro era un río muy frío y de corriente rápida y que otros seis que habían intentado cruzarlo a nado, cuatro de ellos heridos, se habían ahogado.

Entre los matorrales polvorientos que bordeaban una carretera cuyo trazado ponía muy nervioso, ya muy lejos del avance fascista por el Ebro, escuchamos la historia de su huida después de que el batallón fuese rodeado; de la parada ante Gandesa, ya muy pasados los tanques y columnas motorizadas; de la terrible noche en que el batallón se dividió en dos partes, una que se dirigió al sur y otra al este, y del oficial explorador Iván, que dirigía un grupo que incluía al jefe de estado mayor Robert H. Merriman, al comisario de brigada Dave Doran, al jefe de batallón Fred Keller, ligeramente herido en Gandesa, y a otros 35; de la posible captura de este grupo en Corbera, justo al norte de Gandesa; de sus aventuras al atravesar las líneas fascistas y cuando, mientras vagaban por las líneas enemigas de noche, les gritaron: «¿Quién vive? ¿A qué grupo pertenecéis?» y una voz soñolienta contestó en alemán: «Somos de la Octava División»; de cruzar a rastras otro campo y pisar la mano de un hombre dormido y oírle decir en alemán: «Sal de mi mano»; de tener que atravesar un campo abierto hacia la orilla del Ebro y ser blanco de una artillería controlada por un avión de observación; y finalmente del desesperado cruce a nado del Ebro y la marcha por la carretera, no para desertar ni intentar llegar a la frontera, sino buscando al resto del batallón para volver a formarse y reunirse con la brigada.

El oficial explorador dijo, al hablar de la posible pérdida del jefe de estado mayor:

—Yo iba delante por un huerto, justo al norte de Corbera, cuando alguien me gritó «quién vive» en la oscuridad. Le cubrí con mi pistola y él llamó al cabo de la guardia. Mientras este llegaba, grité a los que iban detrás «¡Por aquí! ¡Por aquí!» y crucé corriendo el huerto en dirección al norte de la ciudad. Pero nadie me siguió. Les oí correr hacia la ciudad y después órdenes de «¡Arriba las manos! ¡Arriba las manos!» y tuve la impresión de que los habían rodeado. Quizá pudieron escapar, pero me pareció que capturaban a algunos.

El batallón británico, al mando de Côpie encontró barcos más al norte del Ebro y lo cruzó con éxito. Unos trescientos hombres, dirigidos por Copie, marchaban por la carretera hacia nosotros, pero no pudimos esperar; los porque debíamos ir a Tortosa para estimar la situación de allí. A las dos de esta tarde, Tortosa era una ciudad casi demolida, evacuada por la población civil y sin ningún soldado. Veinticuatro kilómetros más arriba se luchaba encarnizadamente para proteger a Tortosa, el objetivo fascista en su avance hacia el mar. Las mejores tropas del ejército republicano luchaban allí y no había señales de que Tortosa fuese abandonada sin la más firme defensa desde la orilla izquierda del Ebro. No era, sin embargo, lugar para aparcar un coche ni para planear una larga estancia y subimos por la costa hacía Tarragona, pasando junto a un camión volcado, lleno de naranjas, que pertenecía a un francés. Las naranjas estaban dispersas por la zanja, pero las tropas que pasaban por allí, muchos con la lengua seca, no las tocaron porque el francés les explicó, y también a nosotros, que igualmente teníamos sed de naranjas, que eran suyas y que debía protegerlas porque si faltaba peso cuando llegase a la frontera, se encontraría en un gran apuro. El francés no explicó cómo iba a sacar el camión de la zanja. No obstante, nadie tocó sus naranjas, que dejamos desparramadas como un tributo a algo, amarillo y brillante. Espero que el francés las lleve hasta la frontera.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





1658. Un día inolvidable




El 25 de octubre de 1938 en Les Masíes,  un caserío situado entre el monasterio de Poblet y L’Espluga de Francolí, el Ejército del Ebro, organizó un gran homenaje a los brigadistas internacionales en su cuartel general bajo el lema de "Caballeros de la Libertad del Mundo, ¡buen camino!". Asistieron Negrín, Rojo, Modesto, Marty, Líster, Gallo... y una delegación de voluntarios representando a todas las unidades y países. 

Juan Modesto en sus memorias, lo recoge así:

La actividad enemiga decreció extraordinariamente después del 14 de octubre. La causa estaba, sin duda, en las bajas que le habíamos hecho en los combates anteriores. Aprovechando la pausa abierta en los combates, celebramos los del Ebro una jornada inolvidable. El gobierno nos había confiado organizar, en nombre del Ejército Popular, la despedida de los voluntarios internacionales. Eran unos 6.000 los que en ese periodo se encontraban en España, hasta esos días encuadrados en las brigadas 11, 12, 13, 14, 15 y 139 de las divisiones 35 y 45 del Ejército Popular. Otra brigada, la 129, estaba en la otra zona. Al acto de despedida vinieron el Presidente del Gobierno, Juan Negrín, y el jefe del Estado Mayor Central, general Vicente Rojo.

Estaban presentes Luigi Longo (italiano), Franz Dhalem (alemán) y André Marty (francés), que tanto contribuyeron a la organización de las brigadas, así como Pietro Nenni, Julius Deutsch y George Branting. Ellos representaban a un sector determinante de los organizadores de los comités de solidaridad con la democracia española, que se crearon en 17 países y fueron el alma de la solidaridad de sus pueblos, de la solidaridad internacional con el pueblo español.

Los demás eran nuestros camaradas de tantos combates, con los que habíamos convivido y luchado durante dos años de guerra, desde Madrid hasta el Ebro, pasando por la calcinada llanura zaragozana, donde la sed mata, y las montañas nevadas de Teruel, donde el frío mutila. Al recordarlos hoy, los cito a todos en conjunto -como juntos y en el mismo rango de heroísmo se batieron- para rendirles, igual que en aquel día, el homenaje del Ejército Popular. Como excepción, quiero citar a la voluntaria, y madre de voluntario, Ana Maria (húngara), a las americanas Evelina, chófer, y Salaria Kee de Harlem (enfermera), así como a las doctoras, en primera línea casi toda la guerra, Jeannette Opfmen (francesa) y Josefa Jmelova (checoslovaca). Muchos de ellos, alrededor de 5.000, cayeron codo con codo junto a los mejores hijos del pueblo español, combatiendo por la paz de todos los pueblos y por la libertad del género humano.

No es posible en este relato mencionarlos a todos. Pero como bandera y símbolo de los demás recordaré a Hans Beimler (alemán), General Lukacs (húngaro), Joe Dallet (americano), Peter Borilov (búlgaro) , Pierre Akkerman y Jean Wanden Plas (belgas), George Brown (inglés), Toni Konomi (albanés) , Van Galen (holandés), Georg Eisner (alemán), Eugenio Winckler (checoslovaco), Emeric Tarr (húngaro), Franz Reisenauer (austriaco) , Kirijakidis (griego), Burca Costache (rumano) , Bernard Larsen (escandinavo), Parovich Smidt (yugoslavo) , Guido Picelli (italiano), Oliver Law (americano), Alfred Brugères (francés), Antel Kochanek (polaco) y los doctores: Sollenberger (inglés), Heilbrunn (alemán), Dubois-Domanski (polaco), Grossev (búlgaro) y Frantichek Krigel (checoslovaco).

En los 6.000 que estaban allí con nosotros y en los 5.000 que yacían en tierras de España, rendimos homenaje a los 35.000 voluntarios -soldados, mandos, comisarios y organizadores- que dieron al mundo el ejemplo más grande de fraternidad, humanismo y solidaridad internacional hasta entonces conocido. Ellos hicieron escuela, la escuela de la resistencia al fascismo en el mundo, que se inspiró en los mismos postulados.

Hablamos el Presidente Negrín y yo, abriendo aquella jornada memorable. Ahora, cuando escribo estas líneas, recuerdo con emoción aquel impresionante acto de fraternización, presidido, en su grandiosa sencillez, por el “Hasta la vista" con que nos despedimos unos de otros en los múltiples encuentros que tuvimos aquel día. Y en verdad nos hemos encontrado después en el mismo campo, en la misma trinchera, contra el mismo enemigo.

Eran los voluntarios internacionales, hijos de todos los confines de la Tierra, miembros de todos los partidos y asociaciones progresivas del mundo, de diferentes tendencias ideológicas, concepciones políticas y confesiones religiosas. Vinieron a España como expresión viva de "la protesta indignada de los hombres libres del mundo entero frente a la intervención directa del hitlerismo alemán y del fascismo italiano", como decía el Llamamiento que sus organizadores hicieron a todos los pueblos.

Si alguien quiere conocer historias maravillosas de hombres sencillos, que vaya a cualquier país del mundo y pregunte por "los internacionales". Cada uno de ellos es ejemplo de abnegación, de espíritu de sacrificio, de grandeza moral y humana.  En España se batieron bajo el signo y la consigna: POR VUESTRA Y NUESTRA LIBERTAD. Por eso se les conoce en todas partes bajo el nombre genérico de VOLUNTARIOS DE LA LIBERTAD.

Siempre en lo más duro de los combates, animados por un espíritu de sacrificio incontestable, los voluntarios extranjeros no fueron todos unos caballeros sin miedo y sin mancha, y su historia es una historia de hombres; pero en favor de la causa por la que habían decidido asumir los riesgos, no dudaron en exponer su vida y sus sufrimientos, sin esperar otra recompensa que la conciencia de servir, y por eso las Brigadas Internacionales fueron una epopeya.


Juan Modesto
Soy del Quinto Regimiento - Capítulo XIV
París: Éditions de la Librairie du Globe