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2677. ¿Hubo actividad guerrillera de importancia en la provincia de Teruel?




El PCE participó en la Resistencia francesa con un cierto grado de autonomía como "XIV Cuerpo de Guerrilleros del Ejército Republicano". En mayo de 1944 el XIV Cuerpo de Guerrilleros se convirtió en la AGE (Agrupación de Guerrilleros Españoles) con el objetivo de continuar la lucha en España.

La Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA) se constituyó en torno a un grupo de hombres al mando del guerrillero "Delicado" procedentes del maquis francés, que a finales de 1944 llegaron hasta tierras del Maestrazgo turolense. La actividad de la AGLA se desarrolló en una amplia zona del Levante español que comprendía las provincias de Castellón, Teruel, Guadalajara, Cuenca y Valencia, llegando incluso su influencia a las provincias de Zaragoza y Huesca. La provincia de Teruel y, principalmente, el Maestrazgo serán los lugares más conflictivos.

En la zona existían ya otros grupos, con los que "Delicado" entró en contacto en 1945 y a partir de los cuales se formo un importante núcleo guerrillero en los términos de Mosqueruela, Aguaviva y sus alrededores. Aunque también en el termino de Aguaviva, actuaba desde 1940 una partida independiente al mando de José Ramiá, "el Petrol", de tendencia cenetista y evadido de la cárcel de Mas de las Matas, que no permitirá ser absorbida por la organización comunista a pesar de algunos intentos dirigidos en este sentido.

En este territorio se establecerá posteriormente un campamento escuela de la AGLA, que comenzó a funcionar el 1 de enero de 1947 y dejo de hacerlo unos cuantos meses después, ante el hostigamiento continuo de las fuerzas represivas, siendo trasladado a los Montes Universales.

Ya en noviembre de 1944 numerosos informes daban cuenta del paso de uno o varios grupos de hombres armados por tierras bajoaragonesas. El día 21, en Cretas; el 25, en Castelnou (donde entregan propaganda a un labrador). El mismo día apareció en Beceite un individuo con acento andaluz que se presentó, asimismo, como maquis y conversó con los mineros de la mina de S. Roque. El día 29, doce hombres armados llegaron a la masía "Las Arandas", de Alcorisa, diciendo que eran maquis venidos de Francia y partiendo después hacia el desierto de Calanda. En diciembre, las autoridades estaban alarmadas ante la reiterada presencia de hombres armados (se habían visto en Villarluengo, Pitarque, Fortanete, Lécera, Tronchón, Las Parras y Las Planas de Castellote).

En Samper de Calanda tuvieron lugar el día 6 las primeras detenciones por "ocultación de maquis". El mismo día el Gobierno Civil pidió al Gobierno Militar cien fusiles para armar a personal civil, ante la indudable existencia de un "complot comunista" en la provincia, y se produjeron nuevas detenciones. A comienzos de 1945, las autoridades tenían ya en su poder un mapa de la infiltración comunista, así como las instrucciones del PCE y el Movimiento Libertario a sus afiliados (pues, contrastando con la división de sus direcciones en el exilio, anarquistas y comunistas colaboraron en el interior del marco de la AGLA, aunque siempre bajo órdenes comunistas).

Las fuerzas del orden comenzaron a tomar medidas y se desató, ya en fecha tan temprana, la primera oleada represiva. Falange, directamente afectada por estos acontecimientos como objetivo prioritario de los guerrilleros, y con gran arraigo en el Bajo Aragón (aunque no tanto en la zona del Maestrazgo) tomó también medidas tempranamente. Esta colaboración falangista se repetirá a lo largo de toda la lucha contra la guerrilla.

En 1945 se realizaron numerosos atracos en la zona de Castellón, efectuados, según las fuerzas de orden público, por partidas que se refugiaban en los Puertos de Beceite. El dato relevante respecto a estos atracos es que parecían cometidos por personas naturales de esta zona, con conexiones con ciertos elementos izquierdistas de la población que les apoyaban para la comisión de estos actos. Por lo tanto, la llegada de guerrilleros procedentes de Francia se articuló con el comienzo de una incipiente actividad clandestina desarrollada por gentes de la zona, posiblemente alentados por el inicio de un movimiento amplio de resistencia propiciado por el PCE. Se trataba, pues, de dos fenómenos a la vez diferentes y vinculados entre sí, que se articulan y entrecruzan dando lugar a lo que conocemos como "el maquis" y que, como vemos, no podemos explicar simplemente con la referencia a las invasiones desde Francia. Ello supone que desde su origen el maquis del Maestrazgo presentara una dimensión local, propiciada además por el hecho de que los guerrilleros eran enviados por el PCE a sus regiones de origen, lo que facilitaba su toma de contacto con los elementos locales.

En abril de 1946, los jefes de partida más importantes se reunieron en Cuevas del Regajo, término de Camarena de la Sierra (Teruel). Es en esta reunión cuando se decide la fundación de la Agrupación, son designados los jefes de grupo y se redactan los Estatutos. En un principio la Agrupación fue denominada simplemente "de Levante", añadiéndose posteriormente "y Aragón" ante la progresiva importancia de la provincia de Teruel en las acciones de los guerrilleros.

Otro dato de interés es la alusión a las incorporaciones de jóvenes en edad de hacer el servicio militar, lo cual demuestra que la sociedad española estaba muy lejos de alcanzar el consenso que intentaban transmitir los medios de comunicación oficiales, ya no sólo en el seno de las generaciones que habían combatido en la guerra civil, sino también entre aquellos que eran casi unos niños durante la contienda.

Las acciones llevadas a cabo por la guerrilla durante el período de actividad de la AGLA se pueden agrupar en cuatro categorías: los llamados "golpes económicos" (destinados a recaudar fondos y que podían consistir en atracos, secuestros o envío de anónimos a particulares exigiendo una determinada cantidad de dinero), los sabotajes, las acciones de tipo propagandístico y los asesinatos (generalmente de "chivatos" o delatores, pero también de personas identi ficadas con el régimen) . Los enfrentamientos directos con las fuerzas represivas, según todos los indicios, no son buscados conscientemente y suelen producirse cuando los guerrilleros se ven acorralados.

Entre las operaciones más significativas llevadas a cabo por la guerrilla en la provincia de Teruel destacan las siguientes: El 16 de mayo de 1946, varios guerrilleros asaltan al recaudador de la contribución y sus acompañantes, en el término de Nogueruelas, llevándose 174.000 pesetas. Además, les entregan un papel escrito a máquina en el que se lee: "Todo delator, consciente o inconsciente, de los guerrilleros será ajusticiado por los mismos inmediatamente. Agrupación guerrillera", y los testigos indican que hablaban entre ellos en francés.

Respecto a los sabotajes uno de los más espectaculares será la voladura de la central eléctrica de Puertomingalvo el 7 de junio de 1946. Dos meses después, el 26 de agosto, se produce una acción no menos espectacular. Dos grupos de seis y diez hombres armados se presentan casi simultáneamente en dos centrales eléctricas del término de Ladruñán, "La Fonseca" y "El Maestrazgo", en las que colocan varias cargas explosivas. De nuevo, el acto reviste un carácter propagandístico. Estos hombres entregan al encargado de "La Fonseca" dos escritos; en uno de ellos leemos de nuevo que "todo delator, consciente o inconsciente, de los guerrilleros será ajusticiado por los mismos inmediatamente"; el otro es una exhortación a la lucha: "No hay honor más grande para un hijo de España que formar en las filas guerrilleras. Obreros, campesinos, soldados, antifranquistas todos, incorporaos a las guerrillas". Como vemos, las acciones de sabotaje y de propaganda se solapan frecuentemente.

Otro tipo de sabotaje muy frecuente es el llevado a cabo en las vías férreas, como el que provocó el descarrilamiento del tren mensajero que circulaba entre las estaciones de Barracas y Rubielos de Mora el 10 de mayo de 1947.

El 5 de diciembre de 1947, un numeroso grupo de maquis ocupan Foz Calanda durante varias horas. Esta ocupación es relevante por su espectacularidad pero también porque el alcalde de Foz Calanda, Julián Borraz, será detenido por no dar parte de los hechos hasta la mañana siguiente, convirtiéndose en una paradójica víctima de la represión, la cual ya había sufrido, durante la dominación republicana, momento en que tuvo que huir, pues era buscado como destacado elemento derechista.

El tema más controvertido es el de los "ajusticiamientos", en el cual opera un componente de ambigüedad al proporcionar a la guerrilla la posibilidad de llevar a cabo venganzas o ajustes de cuentas de tipo personal. Sobre todo en el caso de los incorporados a la guerrilla desde sus lugares de origen ("guerrilleros autóctonos"), la conflictividad local y las rencillas personales interfieren en el carácter político de algunos de estos asesinatos. Aunque, sin duda, la afiliación política fue decisiva en la selección de las víctimas por parte de los guerrilleros.

La ejecución de delatores, con intención disuasoria y ejemplificadora hacia la población, era otra de las acciones que los guerrilleros realizaban con cierta frecuencia, un componente importante de la conflictividad vivida directamente por la población. Los vecinos se veían a menudo atrapados en un dilema; si daban parte a la Guardia Civil de la presencia de los guerrilleros, podían sufrir represalias por parte de éstos, y si no lo hacían, sería la Guardia Civil a quien tendrían que enfrentarse.

El Maestrazgo turolense fue escenario de muchas acciones guerrilleras, refugio o lugar de paso hacia las provincias de Castellón o Tarragona y cantera de la que extraer apoyos y nuevos efectivos.

Un ejemplo curioso fue la creación en Alcañiz de una compañía de seguros, denominada "La Monegal", que actuaba como tapadera de las actividades clandestinas de la CNT alcañizana y había enlazado con los grupos guerrilleros de la zona, a los que proporcionaba suministros en forma de medicinas y ropas.

Julio de 1947 supuso un punto de inflexión en la historia de la AGLA, en el momento en que la Agrupación desplegaba una actividad más intensa en toda su zona de actuación, el general Pizarro ocupó el puesto de gobernador civil de Teruel y jefe de la V Región de la Benemérita e inició su guerra personal contra el maquis.

Pizarro será la "bestia negra" de los guerrilleros, y utilizará para su eliminación todos los medios a su alcance. En cuanto Pizarro tomó posesión de su cargo, comenzó la ocupación militar de la zona del Maestrazgo; el 1 de agosto, un batallón de Transmisiones instaló equipos de radio en varias localidades (Allepuz, Cantavieja, Alcalá de la Selva, Utrillas, Teruel...), al tiempo que se procedía al desalojo de las masías, instalando en varias de ellas unidades de la Guardia Civil o del Ejército. Se establecieron destacamentos en estaciones de ferrocarril, casetas forestales, etc., y se incrementó el uso de las "Contrapartidas" (grupos de guardias Civiles que, con apariencia de maquis, se presentaban en las masías pidiendo alimentos o refugio, y cuya función era descubrir los puntos de apoyo de la guerrilla).

Poco a poco, la infraestructura de la AGLA fue quedando gravemente dañada, y cayeron algunos de sus mejores guerrilleros.

En 1948, Francisco Bas Aguado, "Pedro", máximo representante de la AGLA en ese momento, promovió el incremento de las acciones de la guerrilla mediante la llamada "ofensiva de primavera". En cierto modo se puede considerar como el "canto del cisne" de la organización. A pesar de los éxitos conseguidos, las medidas represivas habían minado gravemente la organización, la ayuda exterior era ya de todo punto impensable y las redes de apoyo y suministro habían sufrido un serio descalabro. A pesar de ello la moral de los guerrilleros todavía se mantenía y aún encontramos guerrilleros en los primeros años de la década de los 50.


12 preguntas sobre el maquis
La Biblioteca, 2003


Esta edición no venal, con fines pedagógicos y hecha para su distribución entre el alumnado del Instituto de Enseñanza Secundaria Pablo Serrano y el público asistente a las jornadas sobre el Maquis, rescatada, a celebrar en Andorra del 29 de abril al 9 de mayo de 2003, se acabó de imprimir visperas del 23 de abril, Dia de Aragón.









2208. Despachos de la guerra civil española XVI

Cuartel General del Ejército, frente de Teruel, por correo a Madrid, 21 de diciembre.

A las 11.20 de esta mañana yacíamos en la cumbre de una loma con una línea de artillería española bajo un intenso fuego de ametralladoras y rifles. Era tan intenso que si uno alzaba la cabeza de la grava donde había hundido la barbilla, una de las pequeñas cosas invisibles que susurraban la serie de sonidos de besos que se esparcían en torno a uno después del «pop, pop, pop» de las ametralladoras de la loma siguiente, le levantaba la tapa de los sesos. Uno lo sabía porque lo había presenciado. A nuestra izquierda se iniciaba un ataque. Los hombres agachados, con las bayonetas caladas, avanzaban con el torpe primer galope que precede al pesado ascenso de un atar que colina arriba. Dos hombres cayeron heridos, dejando la línea. Uno tenía la expresión sorprendida del hombre herido por primera vez que no comprende que esto pueda causar tanto daño y ningún dolor. El otro sabía que estaba grave. Y todo lo que yo quería era una azada para formar un pequeño montículo y esconder la cabeza debajo de él. Pero no había ninguna azada que pudiera alcanzar a rastras.

A la derecha se elevaba la gran masa amarilla del Mansueto, la fortaleza natural que defiende a Teruel. A nuestras espaldas disparaba la artillería del gobierno español y, tras el estallido, se producía el ruido como de rasgar seda y, a continuación, los repentinos geyseres negros de las granadas detonantes machacaban las fortificaciones de tierra del Mansueto. Esta mañana habíamos bajado por el paso de la carretera de Sagunto hasta nueve kilómetros de Teruel. Después caminamos por la carretera hasta el kilómetro seis y allí estaba la línea del frente. Permanecimos un rato allí, pero era una hondonada y no podía verse bien. Trepamos a una loma para ver y nos dispararon las ametralladoras. Más abajo de nosotros cayó muerto un oficial y le trajeron con la cara gris, lenta y pesadamente, en una camilla. Cuando recogen a los muertos en camillas, el ataque aún no se ha iniciado.

Como la cantidad de disparos que atraíamos no guardaba proporción con la vista, corrimos hacia la loma donde se hallaban las posiciones avanzadas del centro. Al cabo de un rato este lugar tampoco era agradable, aunque tenía una vista magnífica; el soldado echado junto a mí tenía problemas con su rifle. Se atascaba después de cada disparo y le enseñé a abrir el cerrojo con una piedra. Entonces, de repente, oímos gritos de júbilo a lo largo de la línea y vimos que en la loma siguiente los fascistas abandonaban su primera línea.

Corrían a saltos largos, que no es pánico sino retirada, y para cubrir esa retirada barrieron nuestra loma con el fuego de sus otros puestos de artillería. Deseé con fuerza la azada y entonces vimos avanzar desde la loma a tropas del gobierno. Así seguimos durante todo el día y por la noche estábamos a seis kilómetros del lugar del primer ataque.

Durante el día observamos a las tropas del gobierno escalar las cumbres del Mansueto. Vimos coches blindados ir con las tropas a atacar una granja fortificada que estaba a cien metros de nosotros; los coches se detuvieron en los lados de la casa y dispararon contra las ventanas, mientras la infantería se introducía en ella con granadas de mano. Nosotros yacíamos al dudoso amparo de un montículo de hierba y a nuestras espaldas los fascistas disparaban morteros de ochenta milímetros hacia la carretera y el campo, y los proyectiles caían con un silbido repentino una fuerte explosión. Uno cayó en la ola de un ataque y un hombre salió corriendo en semicírculo del aparente centro del humo, primero en un retroceso alocado y natural, pero luego miró y avanzó para alcanzar a la línea. Otro quedó tendido donde se posaba el humo.

Aquel día no sopló el humo. Después del frío ártico de la ventisca y el ventarrón que soplaron durante cinco días, hoy reinaba un veranillo de San Martín y las granadas explotaban y se posaban lentamente. Y durante todo el día las tropas que esperaban en la zanja, tomándonos por el estado mayor porque no hay nada más distinguido que trajes de paisano en el frente, gritaban: «Mirad a esos de la cumbre de la colina. ¿Cuándo atacamos? Decidnos cuándo podemos empezar». Estábamos sentados detrás de los árboles, árboles cómodos y gruesos, y veíamos partirse ramitas de sus colgantes ramas bajas. Observábamos a los aviones fascistas dirigirse hacia nosotros y corríamos a buscar refugio en un barranco lleno de surcos, pero solo para verlos dar media vuelta y describir círculos para bombardear las líneas del gobierno cerca de Concud. Sin embargo, avanzamos durante todo el día con la marcha continua e implacable de las tropas del gobierno. Por las laderas de las colinas, cruzando la vía férrea, capturando el túnel, subiendo y bajando por todo el Mansueto hasta el recodo de la carretera en el kilómetro dos, y subiendo, por fin, las últimas laderas hasta la ciudad cuyos siete campanarios y casas limpiamente geométricas destacaban contra el sol poniente.

El cielo del crepúsculo estaba lleno de aviones del gobierno, los cazas parecían dar vueltas y salir disparados como golondrinas, y mientras Matthews y yo observábamos su delicada precisión con los gemelos, esperando ver un combate aéreo, dos camiones llegaron ruidosamente, se detuvieron y dejaron caer las compuertas de cola para descargar una compañía de chicos que se comportaban como si fueran a un partido de fútbol. Hasta que vimos sus cinturones con dieciséis bolsas para bombas y los dos sacos que llevaba cada uno no nos dimos cuenta de que eran «dinamiteros». El capitán dijo: «Son muy buenos Obsérvenlos cuando ataquen la ciudad». Y bajo el breve resplandor del sol poniente y el de las bombas en torno a toda la ciudad, más amarillo que las chispas del tranvía pero igual de repentino, vimos desplegarse a esos chicos a ochocientos metros de nosotros y, cubiertos por una cortina de fuego de ametralladora y rifle automático, deslizarse sin ruido por la última pendiente hasta el borde de la ciudad. Vacilaron un momento detrás de una pared y entonces llegó el destello rojo y negro y el estruendo de las bombas y, después de escalar la pared, entraron en la ciudad.

—¿Y si entráramos con ellos? — pregunté al coronel.

—Excelente —dijo—. Un proyecto maravilloso.

Empezamos a bajar por la carretera pero ahora ya oscurecía. Vinieron dos oficiales que buscaban unidades dispersas y les dijimos que nos uniríamos a ellos porque en la oscuridad los hombres podían disparar con precipitación y aún no había llegado la contraseña. En el agradable atardecer otoñal bajamos la colina y entramos en Teruel. Era una noche pacífica y todos los ruidos parecían incongruentes. Entonces vimos en la carretera a un oficial muerto que había mandado una compañía en el asalto final. La compañía había seguido adelante y esta era la fase en que los muertos no merecían camillas, así que lo trasladamos, aún flexible y caliente hasta la cuneta y lo dejamos con su grave y céreo rostro donde los tanques ni nada más pudiera molestarle y seguimos hasta la ciudad.

Toda la población de la ciudad nos abrazó, nos dio vino, nos preguntó si conocíamos a su hermano, tío o primo de Barcelona. Fue muy agradable. Nunca habíamos estado en la rendición de una ciudad y éramos los únicos civiles del lugar. Me pregunto quiénes creerían que éramos. Tom Delmer parece un obispo; Matthews, un Savonarola, y yo, bueno, el Wallace Beery de hace tres años, de modo que tal vez pensaron que el nuevo régimen sería, como mínimo, complicado. Sin embargo, dijeron que éramos lo que habían estado esperando. Dijeron que se quedaron en sótanos y cuevas cuando llegó la oferta de evacuación del gobierno porque los fascistas no les permitieron marcharse. También dijeron que el gobierno no había bombardeado la ciudad, solo objetivos militares. Lo dijeron ellos, no yo, porque después de leer hoy en los periódicos recién llegados a Madrid desde Nueva York (que aún estaban en el coche) que Franco daba al gobierno cinco días para rendirse antes de iniciar la ofensiva triunfal definitiva, se antojaba un poco incongruente entrar esta noche en Teruel, esa gran plaza fuerte de Franco de la que iban a salir hacia el mar al cabo de treinta días.


Ernest Hemingaway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)


Fotografía: Hemingay en el frente de Teruel (Robert Capa)









2207. Despachos de la guerra civil española XV

Entrada en Teruel del Ejército republicano, diciembre de 1937


Cuartel general del ejército, frente de Teruel en coche a Madrid, 19 de diciembre

El mayor trastorno sufrido por la opinión de los expertos desde que Max Schmelling noqueó a Joe Louis se ha producido cuando las fuerzas del gobierno, mientras todo el mundo esperaba un ataque franquista, lanzaron por sorpresa una ofensiva a gran escala contra Teruel el miércoles por la mañana. Después de luchar tres días en una cegadora tempestad de nieve, anoche forzaron la línea defensiva de la colina del cementerio en las afueras de Teruel, rompiendo la última línea rebelde que defendía la ciudad. Durante tres días han permanecido cortadas todas las comunicaciones con Teruel y el gobierno ha tomado sucesivamente Concud, Campillo y Villastar, importantes ciudades defensivas que guardan la ciudad por el norte, sudoeste y sur.

El viernes, mientras mirábamos la ciudad desde la cumbre de una colina, agazapados detrás de unas piedras y apenas capaces de sostener los gemelos de campaña bajo un viento de ochenta kilómetros que recogía nieve de la ladera y la lanzaba contra nuestros rostros, tropas del gobierno tomaron la Muela de Teruel, una de las extrañas eminencias con forma de dedal, parecidas a conos de geyseres extintos, que protegen la ciudad por el este. Fortificada con emplazamientos artilleros de cemento y rodeada de trampas para tanques hechas con escarpias forjadas de rieles de acero, se consideraba inexpugnable, pero cuatro compañías la asaltaron como si expertos militares no les hubieran explicado nunca el significado de inexpugnable. Sus defensores retrocedieron hasta Teruel y un poco más tarde vimos a otro batallón penetrar en los emplazamientos
de cemento del cementerio y las últimas defensas del propio Teruel fueron arrasadas o inutilizadas.

Mientras tanto, en la carretera de Soria, al norte de Concud, fuerzas del gobierno habían repelido cuatro contraataques masivos de tropas fascistas traídas de Calatayud para ayudar a la ciudad sitiada. Era imposible discernir dónde se producían estos ataques debido a lo tardío de la hora, pero el viento traía el fragor de los cañones y ráfagas de fuego graneado que se mezclaban en un sólido telón de explosiones que de pronto acalló el mismo viento y un oficial que escuchaba el teléfono del puesto de mando habló al micrófono. «¿Repelido? Bien. Que sigan atacando. Hemos tomado la Muela y el cementerio. ¿Comprende?». He estado en muchas trincheras y visto trabajar a muchos oficiales durante una batalla, pero ayer los vi más alegres que nunca y cuando bajábamos a calentarnos las manos y secarnos los ojos, daban muestras de una gran jovialidad y agradecían el calor del refugio iluminado por velas.

Durante tres días habían luchado tanto contra el viento como contra el enemigo. Después del primer día la nieve amenazó con bloquear las líneas de comunicación del gobierno, pero fue barrida por tractores quitanieves. Cinco columnas realizaron el ataque por sorpresa, que cogió a los rebeldes haciendo la siesta, con una guarnición estimada de solo tres mil hombres para Teruel y sus defensas. Una columna avanzó por la carretera de Cuenca para tomar Campillo y más tarde otra tomó Villastar. Otra atacó desde las colinas el paso dominado por los rebeldes de la carretera de Sagunto y tomó Castralva. Otras dos atacaron a la ciudad desde el nordeste, tomaron Concud y cortaron la vía férrea Calatayud-Zaragoza.

A una temperatura de cero grados, con un viento y ventiscas intermitentes que convertían la vida en una tortura, el ejército de Levante y parte del nuevo ejército de maniobras, sin ayuda y sin la presencia de ninguna Brigada Internacional, iniciaron una ofensiva que obligaba al enemigo a luchar en Teruel, cuando era del dominio público que Franco planeaba ofensivas contra Guadalajara y en Aragón. Cuando dejamos anoche el frente de Teruel para viajar a Madrid durante la noche a fin de enviar este despacho, nos avisaron de la presencia de diez mil tropas italianas, traídas del frente de Guadalajara, en el norte de Teruel, donde sus trenes de tropas y transportes habían sido bombardeados y ametrallados por aviones leales al gobierno. Las autoridades estimaban que treinta mil tropas fascistas se estaban concentrando en la carretera de Calatayud a Teruel para detener la ofensiva. Así pues, al margen de si se toma o no Teruel, las ofensivas han logrado su propósito de obligar a Franco a suspender su plan de atacar simultáneamente en Guadalajara y Aragón.

En una región fría como un grabado en acero y desolada como una ventisca de Wyoming en la Mesa de los Huracanes, observamos la batalla que puede ser decisiva en esta guerra. Teruel fue tomado por los franceses en diciembre durante las guerras napoleónicas y existía un buen precedente para atacarlo ahora. A la derecha estaban las montañas nevadas con laderas llenas de árboles y abajo un paso sinuoso dominado por los rebeldes en la carretera de Sagunto sobre Teruel, del que muchas autoridades militares habían esperado un ataque franquista hacía el mar. Más abajo estaba la gran fortificación natural, amarilla, en forma de buque de guerra, del Mansueto, la principal protección de la ciudad que las fuerzas del gobierno habían pasado de largo en su marcha hacia el norte, dejándola tan indefensa como un acorazado en la playa. Debajo mismo estaba el campanario y las casas ocres de Castralva, en las que vimos entrar a las tropas del gobierno mientras observábamos. A la derecha, junto al cementerio, se luchaba y explotaban granadas, y fuera de la ciudad, sirviéndole de marco, su telón de fondo de piedra arenisca roja, con fantásticas erosiones, quieta como una oveja apersogada, demasiado temerosa para temblar al paso de los lobos.

Un soldado español con los labios azules por el frío y la capa cruzada en torno a la barbilla, echaba leños verdes a una hoguera y entonaba una canción que decía así: «Tengo una herencia de mí padre. Es la luna y el sol y puedo moverme por todo el mundo sin gastarla nunca».

—¿Dónde está ahora tu padre? —le pregunté.

—Ha muerto —dijo—, pero mire eso. Tendrán que abrir nuevos cementerios para los fascistas.

Desde el amanecer no habíamos temido a los aviones enemigos por el ventarrón que soplaba y la aparente imposibilidad de que volaran aviones, y ahora, con un estruendo creciente, llegaban bombarderos del gobierno, 36 aviones en la formación de una bandada de gansos silvestres, en grupos de doce, nueve y tres zumbando al viento, y sobre ellos tres docenas de cazas en formación de combate. Sobrevolaban las líneas enemigas para bombardear concentraciones de tropas y los puntos estratégicos de Teruel y no tardaron en volver, todavía en formación, pero a menor altitud, con los cazas volando apenas a doscientos metros sobre nuestras cabezas. Habían volado todos los días, pese al mal tiempo, desde que comenzara la ofensiva, mientras que los rebeldes solo habían hecho despegar sus aviones dos días, incluyendo los cuatro primeros bombarderos de los nuevos motores gemelos Dorneir, dos de los cuales fueron derribados, uno envuelto en llamas y el otro, cuyo piloto fue hecho prisionero, averiado pero intacto. Ayer, mientras estábamos en el puesto de observación, treinta aviones rebeldes empezaron a volar hacia las líneas pero fueron obligados a retroceder. Como lo expresó un oficial, los rebeldes han comido los entremeses en el norte con Bilbao, Santander y Gijón, pero ahora tienen que intentar comer el plato fuerte y lo encontrarán muy indigesto.

Aun teniendo en cuenta el optimismo del gobierno, cualquier observador militar debe admitir que en esta gran ofensiva han vuelto a exhibir su poder de ataque demostrado en las primeras fases de la ofensiva de Belchite y Aragón. Han volado cuando los aviones rebeldes no podían volar y al despejar las carreteras bloqueadas por la nieve han dado muestras de un material y una organización militar admirables. Y, sobre todo, han atacado cuando los observadores suponían que esperarían pasivamente la tan anunciada ofensiva final de Franco.

Está por ver qué harán los italianos y moros de Franco bajo las condiciones de tiempo siberiano en Teruel. Los caballos no habrían resistido las condiciones de esta ofensiva. Los radiadores de los coches se helaron y los bloques de cilindros se partieron. Los hombres, sin embargo, podían resistir y han resistido. Aún queda una cosa. Para ganar batallas sigue necesitándose la infantería y las posiciones inexpugnables solo son tan inexpugnables como la voluntad de quienes las ocupan Anoche, a través de mensajes transmitidos por prisioneros devueltos y por radio, funcionarios del gobierno instaron a la población civil a evacuar Teruel, prometiendo a todos, sea cual fuere su edad, sexo o creencia política, e incluyendo a los militares de todas las graduaciones, un salvoconducto si dejan la ciudad antes de las nueve de esta mañana por la carretera de Sagunto. A partir de las nueve el gobierno considerará Teruel un objetivo militar y como tal tendrá libertad para bombardearlo. Después de enviar esto sin que se conozca el resultado, este corresponsal vuelve a Teruel conduciendo toda la noche con dos dedos congelados y ocho horas de sueño intermitente en las setenta y dos últimas.


Ernest Hemingway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)









1324. En tierras aragonesas

Evacuación de Teruel. Fotografía de Luis Ramón Marín


La conmoción española nos había despedido a todos de nuestros hogares, había sacudido con su repentina voz de alarma, la inercia de una vida medio llevada con abandonos y protestas, con súbitos entusiasmos y desalentadas postraciones, pero organizada aun en torno a unas premisas que daban el tono y la forma a cualquier manifestación de nuestra convivencia.

Estuvimos todos en la calle despertados por ese llamamiento tremendamente angustioso que precede a toda hora decisiva para los hombres. En la calle estamos aún, y seguramente hemos de estarlo por mucho tiempo. El que confía en una vuelta a la inercia pasada desconoce la magnitud de nuestro momento, y lo que es peor, deja de vivir el drama en todas sus proporciones incoherentes de profética alegría e intensa nostalgia. Hasta el corazón más tosco puede haber oído derrumbarse detrás de sí ese familiar edificio abandonado por nuestra incorporación a la lucha.

Y desde entonces la vida en España adquiere caracteres insospechados. Una febril ansiedad, una diaria mutación de actividades, las situaciones más aparentemente irreales, los encuentros y las conversaciones con gentes que hasta hace poco nos eran desconocidas y vivían por entero desligadas y hasta ignorantes de nuestra voz, de nuestra existencia misma, hacen de la actualidad española un confuso rumor atravesado por llamaradas. No creo, desde luego, que el momento pueda ser expresado por un arte realista, ya que la informe modalidad de vida animada por él, no se siente, no se vive a la manera razonada minuciosa o detallista que tal arte propugna, sino como tensión total que convierte la realidad en epopeya, o sea, en el poema que quizá algún día surja, desmesurado como un sueño.

Así lo pensé por primera vez, cuando en expedición de propaganda salimos al frente norte de Teruel. Los días pasados allí entre nuestros combatientes, tenían toda la evidencia del trastorno español, la cruda realidad de una guerra inesperada en país primitivo y pobre, pero sin embargo, su misma especie de novedad insólita, de rompimiento feroz con las normas de nuestra vida pasada, los hacía inaprehensibles a la inteligencia, oscuros para los sentidos, a fuerza de chocar de manera tan inmediata con la tierra y sus hombres en armas. La tierra en Aragón adquiría una preeminencia de símbolo. Eran largas etapas de tierra sola, apenas sin árboles ni poblados. Una tierra increíble : era España. O alguien dijo: la sierra de Gudar. Y el nombre del sistema montañoso me tornó colegial sobre un mapa de palabras desconocidas, pero sin guerra. Sólo de cuando en cuando, de pie sobre el repecho del monte, con bajo matorral y rodeado de su rebaño pardusco, el pastor nos miraba pasar, liado con su manta también terrosa, parado en no sé qué mítico arraigo de culto a la tierra. ¿Y desde cuánto tiempo? Mucho antes de que los árabes vinieran, antes incluso de los romanos, este hombre estaba ya, ahí, mirando. Recuerdo que en Alcoy un joven tejedor me había dicho: «Lo que sucede es que el mundo adelanta, pero nosotros no adelantamos». Tan cierto, que el elemental pastor aragonés, está separado por siglos de ese complicado mecanismo de los aviones que vuelan sobre su lejana cabeza, y que instantáneamente pueden aniquilar a sus merinos, la única vida que comprende.

Luego, en ciertos sectores y entre la llovizna, el paisaje cobraba de pronto, desde las altas carreteras, una delicadeza de tonos fríos y opacos, de sienas, violetas y verdes palidísimos, donde los toros pacen cercanos a las hortalizas congeladas en valles que corona una nieve deslumbradora. iQué interrogante quedaba suspendido sobre estos campos de casas solitarias con techumbres rosas! Un pelotón de jinetes del ejército se adentraba trotando sobre charcos, por los caminales que conducen a los puntos de concentraciones de fuerzas. Sin embargo, el silencio en la serranía era desconcertante.

Y, además, la miseria. También la miseria se nos ofrecía a nosotros los que veníamos de las ciudades bonancibles, y ésta sí, con la seguridad de su perpetuado cotidianismo, nos descubría una verdad desoladora. Aquellos pueblos enfangados a los que llegábamos anocheciendo y lanzando nuestros altavoces con himnos revolucionarios, en las plazas sin empedrar, donde el aletazo de la nieve próxima hiela los huesos, eran las tristes guaridas contra las cuales se habían lanzado en armas los privilegiados de España. Allí no se disponía de otro local de asamblea para los milicianos. Los convocábamos en las rudas iglesias, a la luz de agonizantes perillas instaladas por nuestro equipo, y los muchachos, con sus casquetes de abrigo, escuchaban las arengas y los romances que desde un camión de transporte, les decíamos en medio de aquellos muros de altares arrancados. Luego, sobre un lienzo proyectábamos películas soviéticas relativas a la guerra. Voceaban los muchachos invadida la nave y trepados a los basamentos de las pilastras. Eran los que pronto, según se adivinaba, tomarían las armas para la ofensiva.

Entumecidos por el frío, moviéndonos en un medio hostil de barro y lluvia, subiendo por desmontes bajo la escarcha, hasta una aislada vivienda donde en cuchitriles dormíamos hacinados mientras del resquebrajado techo nos caía el helor, un sentimiento profundo de solidaridad mantenía el tesón que el cuerpo envilecido no era capaz de soportar. Pero también de la fusión momentánea se destacaba a veces ese lazo individual, perenne, que engalana la vida con el mejor de sus frutos. Y estando apoyado de brazos sobre un paredón frente a los montes desnudos, vino un miliciano y charlamos juntos. Me sorprendió su pulcritud. Recuerdo exactamente que me dijo al separarnos: «Estaré aquí hasta que tomemos Teruel. Quisiera sobrevivir a la lucha porque tengo mucho que aprender. Si es así, iré a buscarte para que hablemos de poesía». Y se anotó mis señas.

Pero uno no podía detenerse demasiado en ello. Aquel día, en Corbalán, a poca distancia de las avanzadillas, llegaron siete jovenzuelos evadidos del campo enemigo. Apenas hablaban y buscaron el fuego en la cocina sórdida donde comíamos unas patatas con humo. Pero dos mujeres de Teruel, venidas un mes antes atravesando los campos, nos describieron la pesadilla aragonesa en la alta ciudad: la amiga fusilada por guardias civiles en la misma puerta de su casa, y aquella otra, parida después de muerta. «No queda ni raza de los nuestros», dijeron.

La mujer es otro enigma del momento. Veo a aquellas que en Perales nos dieron cobijo, la anciana, la hija y las nietas, desposeídas del hombre, pastor de los vistos por las serranías y arrastrado por los fascistas para la defensa de su miserable jornal. Veo la que nos dijo en el camino, sola también, ofreciéndonos con conmovedora sinceridad sus cuidados y su vivienda: «Los hombres se han ido a defender la patria». Veo las que ya de regreso vinieron aterradas por el rumor de un bombardeo aéreo a pedirnos noticias de los suyos. Eran las mujeres del éxodo; unas de las miles y miles de mujeres que hoy sobre el suelo de la Patria sienten la extrañeza del techo y del pan, arrancadas súbitamente de su vida.

Y cuando se vuelve, el asombro persiste de otro vivir ciudadano, aun sacudido como está por la nerviosidad de la lucha. Por allá, por la tierra hostil, hemos visto y hemos oído. Nadie olvida hoy lo que oye y lo que ve, cuando el mundo ha recobrado progresivamente su existencia tangible y el hombre encuentra los nuevos brotes de la alegría en remediar las desdichas del hombre.


Juan Gil-Albert
Hora de España, II
Valencia,  Febrero 1937









1289. Más que a vanguardia

Dinamiteros especialistas en tiro con honda (Foto: Alberto y Segovia)


Se combatía intensamente en torno a Castralvo y sobre la carretera. Las fuerzas del interior de Teruel sostenían su defensa sin que el fuego hecho sobre la plaza por la artillería enemiga, ni las constantes pasadas de la aviación quebrantasen su brío. Perdido el Mansueto y ocupado Valdecebro, su situación se hacía ya insostenible.

Desde Valdecebro a Villaespesa; sobre la Muela, Santa Bárbara y el Mansueto; hacia la Galiana se extendía una línea ininterrumpida de fuego que envolvía el casco de Teruel. Iban tres días de luchar sin descanso en la batalla más grande que jamás se ha librado en esta guerra.

Las escuadrillas de bombardeo, en número extraordinario, incendiaban a un tiempo con sus bombas, el campo de los alrededores de la ciudad, donde más fuerte era el combate, Cerro Gordo, la Muela de Teruel y la de Villastar, la carretera de Sagunto, el Escanden y los pueblos de nuestra retaguardia. A veces se trababan en pelea los aparatos de caza de tina y otra parte; pero la aviación fascista era más numerosa y, a pesar de todo, aunque se le atacaba, podía mantener sin tregua sus bombardeos.

A lo largo de todo el frente, en una extensión de unos veinte kilómetros, se levantaba una humareda densa, como una barrera cerrada que hacía invisibles desde el observatorio a los que combatían. La tierra vibraba sacudida por las explosiones.

Aquella noche llegaron a primera línea los soldados de nuestras dos Brigadas. El 31 de diciembre, la 47 División había cortado en un brioso ataque el intento de ocupación de Teruel realizado por los fascistas en el sector sur de este frente. Con la reconquista de la Muela, hecha a punta de bayoneta, se les cerró el paso y en los combates que siguieron fracasó de una manera rotunda el total de su ofensiva por el sur. Poco más de un mes había transcurrido desde entonces y nuestros soldados volvían a enfrentarse con el enemigo para desbaratar los planes de su nueva ofensiva.

Desde la carretera de Sagunto, por donde llegaron hasta el frente, las fuerzas de la 47 División emprendieron la marcha hacia la derecha para situarse en las posiciones del sector norte.

Cerro Gordo está frente al Mansueto y a escasos kilómetros de él su cima es pelada, apenas si crece en ella algún que otro matojo, como ocurre en todos estos montes que rodean a Teruel; pero nada más que se inicia la pendiente hacia el llano, sus laderas se cubren de pinos. La abundancia y el verdor de estos, el suelo pedregoso, lo afilado del aire, todo recuerda a Navacerrada y a Balsain, parece el mismo paisaje; para los hombres de la 47 División, como si volviesen al escenario de las jornadas de Cabeza Grande, cuando avanzaron hasta los muros de La Granja.

Todo esto es muy hermoso y, si por un instante cediera el tiroteo y el resonar seguido de las explosiones, ¡qué gusto tenderse entre estos pinos bajo este sol tan suave! 

Pero ahora es muy otro su oficio. Bajo sus ramas se montan los fusiles, los tanques se disponen a iniciar la marcha, los soldados van presurosos de una parte a otra. La aviación fascista ronda en lo alto y con frecuencia las ráfagas perdidas vienen a estrellarse contra el suelo o a herir los troncos de los árboles.

Los momentos son graves. Hay que atajar, cualquiera que sea la cuantía del material que en ello emplee y el número de sus hombres, la ofensiva del enemigo, contenerla a las puertas de Teruel sin dejar que progrese desde allí ni un solo paso. Los fascistas han realizado extraordinarias concentraciones. La más importante en Valdecebro. Sin duda van a intentar una vez más, y con mayor cantidad de elementos, abrirse paso hacia el interior de la plaza rompiendo por el norte sus defensas. Las ametralladoras del Mansueto tiran sin descanso.

Nuestros soldados van a atacar Valdecebro para distraer las fuerzas del enemigo e impedir que las concentre contra los encerrados en la ciudad. El Segundo Batallón de la 69 Brigada es uno de los que tomarán parte en este ataque. El primero, que también estaba dispuesto, de momento queda de reserva y sus soldados al saberlo lloran de rabia.

La batalla se ha encendido de pronto, como una explosión inmensa, desde el sector norte a toda la línea. Se combate en todas partes con violencia espantosa. El enemigo pretende, al tiempo que caer al asalto sobre Teruel, que tiene cercado, romper nuestro frente por la parte de la carretera. Para provocar su derrumbamiento realiza un esfuerzo inimaginable. La artillería y la aviación materialmente deshacen los montes y el campo en una extensión de varias decenas de kilómetros.

Desde el Puesto de Mando, entre el borbollar constante de la fusilería y las ametralladoras, entre el humo de las explosiones, allí donde los pinos se pierden en el llano, se ve avanzar a nuestros hombres hacia el pueblo, o aguantar inmóviles, pegados al terreno, las nubes de metralla que caen sobre ellos.

La lucha tíene violentas alternativas, pero siempre el empuje de nuestros soldados, su tesón, les saca triunfantes de las duras pruebas. Desde esta altura se distingue todo el escenario de la batalla como sobre un tablero, y esa línea oscura, ondulante, que avanza, que retrocede y vuelve a avanzar son los hombres de la 47.

Hay un momento angustioso. Nos miramos unos a otros con desesperación. El jefe de Estado Mayor observa por el binocular, inmóvil, rígido. El teléfono se agita como nuestra sangre; circulan rápidas, tajantes, las órdenes. 

Sobre el campo, lentos, se despliegan los tanques, Pero el enemigo abre una barrera compacta de artillería frente a su avance, y un momento se advierte que titubean. Un instante nada más, en que todo vacila como si el mundo fuera a desplomarse.

Nuestra congoja se hace densa; parece agolparse dentro de nosotros la de todos los que allá abajo esperan de un golpe ser arrasados por la muerte.

Fué entonces cuando delante de los tanques se lanzó un soldado, un hombre que apenas se le veía como un punto sobre el campo, una parte de nada entre las explosiones, y cambió de raíz el sesgo del combate. En avalancha, como una sola, cerrada masa que nada puede detener su paso, que vence los hombres, los árboles, las piedras, que todo lo arrolla, nuestros tanques se volcaron sobre el enemigo, y tras ellos la infantería rebasó sus atrincheramientos. Fué un empuje brutal. Los fascistas huían alocados, en desbandada. Valdecebro comenzaba a ser evacuado, a pesar de que, teniendo la fortaleza que es el Mansueto a su espalda, podían prolongar larga y favorablemente su defensa. Una oleada de pánico sacudía las filas del contrario, como a las nuestras de coraje.

El enemigo desplazó gran parte de las fuerzas concentradas en los otros sectores hacia este, y en él se peleó durante todo el día. A la noche, nuestra línea quedaba firmemente establecida frente a Teruel y sus defensores rompieron el cerco que los aprisionaba logrando evacuar todo el material.

No sólo los fascistas habían visto fracasar su proyecto de asalto a la ciudad, sino el de abrirse paso entre nuestras filas y avanzar hacia el Escandón por la carretera. Las bajas sufridas en aquellos días de combate eran enormes, y, fracasado el último y más fuerte de sus intentos para prolongarla, su ofensiva quedaba paralizada de nuevo.

Del soldado de aquella hazaña no logró saberse el nombre. Tras de ella volvió a fundirse con sus demás compañeros. Se sabía, sí, que era uno de los muchachos del Segundo Batallón de la 69. Pero esto era lo de menos; igual pudo haber sido del Primero, de la 49, de cualquiera de los de la División. Su grandeza precisamente estribaba en esto, en haber encarnado en si a la División toda en las jomadas de fines de febrero en el frente de Teruel.


Vicente Salas Viu, "Tres historias ejemplares"
Cerro Gordo, Teruel, abril de 1938 
Hora de España
Valencia, Junio 1938









1274. La vocación y el deber




Al estallar la guerra le faltaban un par de asignaturas para acabar su carrera de médico. Pensaba sacarlas en septiembre y al invierno instalar una clínica con otro amigo en un barrio obrero. Llevaba ya algún tiempo ejerciendo y hasta contaba con clientela y todo para empezar.

Con la sublevación fascista todo había cambiado. Enrique Padrón se presentó voluntario y fué encargado con otros camaradas de organizar los primeros hospitales de guerra con que contaron las milicias. Después, ya constituido el Ejército regular, fué agregado a una de sus Brigadas.

La dureza de la guerra le había hecho más silencioso, más reconcentrado que lo fuera antes. Tenía fama de sombrío entre sus compañeros y, aunque jamás se le oyó una voz más alta que otra, las enfermeras sentían verdadero pánico a su supuesto malhumor y por nada del mundo se atreverían a cambiar con él la menor broma. Pero todo esto en realidad le rodeaba de un prestigio extraño que más que aislarle del resto de sus camaradas, hacía que se sintieran atraídos hacia él por no sé qué misteriosa fuerza. 

Habían corrido sobre Padrón mil historias disparatadas. De todas ellas lo único que quedaba de cierto, era que a la hora de las verdades, cuando en la destreza o en la rapidez de una intervención va la vida de un hombre, era un cirujano estupendo, de una habilidad increíble.

Fué en los días del ataque a Teruel, en uno de los más movidos de aquella batalla.

El puesto de socorro había sido trasladado dos veces desde la madrugada. Parecía como si alguien avisase a la artillería enemiga la situación exacta que ocupaba cada vez.

Ahora estaba en buen sitio. La cueva tenía encima un monte entero. Estaba abierta en la falda de la Muela y la mole de arena de ésta la resguardaba del luego contrario. En cuanto a la aviación, ya podía tirar lo que quisiera.

Había desaparecido la visión obsesionante entre los sacos terreros de aquel árbol solitario sobre la tierra roja, descamado por la metralla. Padrón podía ahora concentrar toda su atención en el trabajo. De fuera no llegaba más que el sonido apagado de las explosiones cercanas y algún que otro ramalazo de ametralladora. Parecía como si el silencio denso de dentro de la cueva se apretara también en su cerco para aislarla de todo. Por primera vez en aquellos días, Padrón se sentía un médico entre sus enfermos y nada más. No existía para él otra realidad que esta, y hasta la terrible presencia de la guerra se desvanecía de sus sentidos conforme su trabajo le absorbía.

Sobre la mesa tenía un herido en el vientre. Reconoció despacio la herida, que era grave. El muchacho apenas ya si se quejaba. Su respiración era lenta, fatigosa. Había que operarle allí mismo. Le quedaba muy poca vida, era estrechísimo el margen de tiempo en que intentar salvársela.

Cosió, ligó minuciosamente. El soldado resistía la operación, respondía bien a los estímulos con que se reanimaba su caída naturaleza.

La aviación bombardeaba recio y muy cerca. Caían las bombas todas a un tiempo y los muros de la cueva trepidaban sordamente con lo continuo de las explosiones.

—Ya están de vuelta esos... — dijo el ayudante entre dientes, arrastrando las palabras, cada vez más oscuras, como si poco a poco, por su peso se le hundieran en la garganta.

Hubo necesidad de volver a avanzar en aquella jornada el primer puesto de socorro. Quedaba demasiado lejos de las líneas; el número de los heridos era considerable. El propio Padrón ordenó el traslado a una chabola pegada a la carretera.

Seguía la pelea con el mismo brío de los primeros días, si es que no iba en aumento. Los fascistas contraatacaban con furia.

La humedad de la tierra, el aire que se metía por todas partes hacían el frío insoportable. Se quedaban los dedos rígidos, tiesos como de palo.

Fué dándose cuenta de ello poco a poco y tan blandamente como si se sumergiera en una pesadilla. Igual la realidad se fué apoderando de él, atrayéndole hacia sí. Estallaban los obuses cerca —a veces la metralla desgarraba los sacos terreros de la entrada—, y el aire estaba lleno de voces ahogadas, de jadeos.

Padrón fué comprendiendo todo esto que se le ofrecía entre la tensión de su trabajo en sensaciones desperdigadas, verdadero desbarajuste de trozos sueltos de una realidad incongruente. Algo grave había ocurrido allí en la línea inmediata. El ruido de la fusilería por momentos era más cercano. Sin embargo no era ocasión de atender a otra cosa que a quien sobre la mesa de cura, con la llamada viva de la sangre, reclamaba su ayuda. Pasara lo que pasase había que continuar. Y continuó.

El fuego se hizo intensísimo, un explosión continua llenaba el aire. Las paredes, el suelo de la cueva vibraban furiosamente. Padrón siguió allí frío, tranquilo, ocupándose de sus heridos. Lo hizo así hasta que la tierra, derrumbándose, les unió en una misma tumba.


Vicente Salas Viu, "Tres historias ejemplares"
Cerro Gordo, Teruel, abril de 1938 
Publicado en Hora de España, Valencia, Junio 1938