Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Unamuno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Unamuno. Mostrar todas las entradas

3261. Don Miguel de Unamuno en su intimidad de Salamanca

En Bordadores, 4... 

En Salamanca, llamada por don Migue! "florón de literatura, tierra que se declina por luz sobrenatural", vive Unamuno en un edificio de viejas piedras. La casa tiene algo de recogimiento, como huidiza de homenajes y entregada al silencio de la labor callada y constante de su morador.

Estamos aguardando al maestro en una sala clara, con un balcón que recoge los verdes cándidos de un huertecillo. Son las dos de la tarde; apenas apeados del coche, nos hemos dirigido a visitar al ilustre rector de la Universidad salmantina, a quien la República, con motivo de su jubilación, acaba de organizar un homenaje en que se le dará la rectoral perpetua de Salamanca. 

Son las dos y don Miguel almuerza —vimos la escena íntima al entrar, desde el pasillo— en un comedor pequeño y obscuro, de tonalidad de tabla clásica. 

Entra amasando esa miga de pan que es su entretenimiento de sobremesa. 

—Estoy —nos dice— aguardando al pintor gallego Marquina, que está pintando mi retrato para el día del homenaje. 

Está allí, en la sala, el lienzo, ya muy avanzado. Don Miguel —piel siempre juvenil, encendida por su sangre, que parece enriquecida por las ideas, por su corazón macerado en hondos sentires, cuyo color resalta en la plata suave de los cabellos y la barba— aparece con un traje azul, la diestra en la mejilla, con un fondo del paisaje de "La Flecha" que enluce el fluvial encanto del Tormes.

—"La Flecha" es la finca de fray Luis de León, donde están inspiradas muchas de sus poesías. Aparece en los primeros capítulos de Los Nombren de Cristo. Yo voy con frecuencia a deambular frente a ese paisaje consagrado por el gran poeta. 

Hay en la sala en que hablamos otro retrato al óleo de don Miguel, joven. El autor es Losada.   

—Retratos —dice don Miguel— me han hecho Zubiaurre, Sorolla, Vázquez Díaz, Bustos, Victorio Macho y Moisés Huertas... 

He aquí una nota intima, y creo que inédita, del genial escritor, del poeta civil de España. Me dice sonriendo. 

—Losada, el autor de este retrato, fué compañero mío de arte, cuando yo dibujaba y pintaba. Si; yo he pintado retratos y escenas al óleo.

Y como advierte en mí un gesto de extrañeza, me dice que él suele contar aquello que no se le pregunta, y que, en cambio, suele no contestar a las interrogaciones. Sin embargo, yo interrogo. 

—¿En qué consistirá el homenaje ? 

—No sé nada; es más; no quiero saber nada..

—Pero algo del programa se le habrá anticipado... 

—Sí, desde luego; sé que he de leer el discurso de apertura, qué titulo... no sé...¡ en el fondo es una Historia de mi labor como profesor. 

Miguel de Unamuno nació en Bilbao en 1864. Allí estudia el Bachillerato. Viene a Madrid en el año 1880 a estudiar Filosofía. 

—Mi cátedra, en Salamanca, la comencé a explicar el año 1891: Lengua y Literatura griegas. 

—¿Ha vivido usted siempre en esta casa? 

—No, desde luego. En muchas. Y un gran tiempo en la rectoral. Una casa de gran carácter, frente a la estatua de Fray Luis de León, que tuvo su cátedra en esta Universidad. 

—Rector fui nombrado en 1900... Desde entonces Salamanca es mi patria espiritual. Vasconia  —Bilbao— me dió con su sangre espiritual el hueso del alma que Castilla —Salamanca—, con su habla, sobre todo, me soldó y arreció el meollo tuétano español. 

Notamos que está vigoroso y fuerte Unamuno. No le endolece su jubilación; pero le preocupa el tiempo y la muerte, sin embargo. Recuerda con frecuencia en su conversación con aliento dolorido, amigos muertos, familiares difuntos... Hablando de los grandes personajes europeos que han pasado por Salamanca —acaso a conocerle a él— en el tiempo en que es rector de ella, don Miguel recuerda a Guerra Junqueiro, el poeta civil portugués. 

—¡Pobrecito! ¡Murió ya! Era casi constante visitante de Salamanca, por la línea de Oporto, que tiene límite con esta provincia. También vinieron Ramao Ortigao y Eça de Queiroz. Blasco Ibáñez, que, por cierto, no quiso estarse mucho, pues quería conservar nada más que una visión instantánea de las cosas, decía: "Si las veo mucho tiempo me confundo; sólo necesito primeras sensaciones." 

Vuelvo a preguntarle sobre el homenaje y él vuelve a sonreír. 

—¿Qué va usted a hacer después del homenaje? —le digo. 

—Declararme... —contesta rápido y tajando el aire con su mano fina— declararme en huelga como monumento nacional. Ni turistas ni nada...

Un ansia de reposo; que se me deje tranquilo trabajar en mis cosas... Mi vida ahora es sencilla: voy por las mañanas a firmar a la Universidad. Luego aquí, al hogar... Un poco anda esto revuelto y en desorden desde la muerte de mi mujer y de mi hija... Luego salgo al campo, a un paisaje bellísimo de aquí, Campo de San Francisco; un pequeño jardín provinciano, silencioso... 

Llega el señor Gallego Marquina y don Miguel se prepara para posar. Y habla entre tanto de sus recuerdos de Bilbao. Cuenta una anécdota de Eusebio Blasco, a propósito de la frase "la cuestión es pasar el rato... sin compromisos serios." 

—Murió mi padre en el balneario, al lado de Marquina... Tiene Bilbao pueblos muy bellos: Oñate..., Lequeitio, Bermeo... 

Y los va pintando con un adjetivo exacto para cada uno de ellos... Se alza, inquieto

—Va usted a ver el jardincillo en que paso muchos ratos... Pero antes veremos la casa... 


La obsesión de la muerte

Y antes de salir de la sala, entristecida su voz, indicando con su índice al suelo, dice Unamuno: 

—Aquí estuvo mi hija, muerta... Aquí mismo. Y yo suelo leer y escribir en el lecho donde ella murió. Venga usted... 

Y pasamos por el comedor, de tono de tabla clásica, y a la izquierda, entramos en una pequeña alcoba con una ventanita de celda, al fondo, iluminada de árboles. El lecho amplio, con un crucifijo en la cabecera; sobre el damasco, volúmenes de poetas ingleses; Keats, Tennyson, Shakespeare. Unamuno se echa en la cama, abre un libro... Y allí no hay más que un veladorcillo con volúmenes y cuartillas, la ventana, el lecho y el Cristo de marfil. 

—Aquí leo y escribo...; así, tal como usted me ve ahora, tendido en el lecho mortuorio de mi hija.,. Y parecen resonar en la celda los versos suyos, de este don Miguel genial: "Nada deseo, mi voluntad descansa, mi voluntad reclina, de Dios en el regazo su cabeza, y duerme y sueña..." 

Aquí murió también su hermana María. 

También murió su otra hermana, que era monja... 

—¡Sólo quedo yo!... 

Pasamos a su jardincillo, descuidado desde que murió la hermana: jardín con un albérchigo, una higuera, peonías y rosas que hubo... y no hay ya. Me cuenta que en esta casa vivió la mujer de Besteiro, Dolores Cebrián, y le parece que nació en ella... 

Salimos. Es la hora en que un crepúsculo acaricia de oro pálido y triste la belleza plateresca de la fachada de la Universidad. Florón de encaje que llega a emocionar como ninguna obra de arte; sobre los muros, letras rojas, españolas. La estatua de fray Luis, que de perfil tiene un parecido espiritual con Unamuno, con el de hoy. 

¡Salamanca, Salamanca, 
renaciente maravilla!

Arde de sol dorado la portalada de la catedral, el patio de la Universidad, con el eco de mil sueños de juventudes románticas y desvanecidas. Entre los ramajes y medallones de la portalada, flor delicada de arquitectura española, tres cráneos miniados decoran una columna. La muerte se agranda y se embellece en Salamanca, y la obsesión de Unamuno es como la llama misma de ese fuego precioso de las arquitecturas opulentas... "Florón de literatura"... Su llamarada genial. 


Emilio Fornet
Estampa, 29 de septiembre de 1934







3123. Cinco años de destierro de Unamuno




En el año 1924, las críticas de Miguel de Unamuno a Primo de Rivera en distintas publicaciones y artículos de prensa, provocarían la reacción del Directorio Militar. El Consejo de Ministros celebrado el 20 de febrero de 1924 adoptaría, entre otras medidas, el acuerdo de destierro de Unamuno a la isla de Fuerteventura así como la pérdida de su cátedra. 

A los pocos meses de su confinamiento en la isla llegaría el indulto, que decidió no aceptar al saber que no se le reintegraba en su cargo de Catedrático.  Se destierra voluntariamente a Francia; primero a París y después a  Hendaya hasta 1930.


Cinco años de destierro de Unamuno

Yo no acabaré nunca de entender porqué se desterró a don Miguel de España. No hay nada menos motín sindicalista que este hombre incapaz hasta del grupo mínimo. Nunca se descubrirá ni siquiera al primo de Unamuno, no digamos el cófrade. Su hermoso semblante vuelto religioso por el cotidiano pensamiento superior, pondrá siempre gesto de repulsa a la barricada.

Y si no puede ni siquiera hacer motín, ¿por qué se le creyó, y se sigue creyendo, su presencia dañina en España?

Lo que él allá hacía: decir cada tarde a sus amigos de Salamanca o escribirlo en cartas a los de América, que la dictadura era torpe y medioeval, lo dice en Madrid (yo lo he oído), entre vaso de café y vaso de café, cualquier madrileño, en chacota o en trágico, y el Gobierno se guarda bien de ponerse en ridículo con destierro en masa, a lo Mussolini. Esta dictadura de Primo de Rivera, que se defiende con el dato verdaderamente singular de que no ha decretado ni una pena de muerte ¿por qué es cruel, de una larga y subrayada crueldad con el noble viejo?

El me decía a mí que anda en su asunto odio ácido de mujer (odio que es pequeño y vigilante como el diente del cotoncillo). Y, en verdad, no contiene raciocinio viril ni ademán militar esta persecución insistente de un varón cuya honra es cosa inrayable y con el que cualquier abuso de fuerza se vuelve especialmente odioso.

Dos o tres años quedó vacante su cátedra de griego en Salamanca. Yo separo, para guardado entre los pocos hechos limpios de nuestro tiempo, el ejemplo de esos profesores españoles que dos o cuatro veces leyeron la convocatoria a concurso para reemplazar a su sabio y no se presentaban, haciendo fracasar el concurso. Ha habido profesores pobres (y pobre de España es pobre cabal) necesitados de una plaza; ha habido también maestros con preparación si no igual, próxima a la suya en cultura clásica, que desean ejercer en universidad prestigiosa, y unos y otros huyeron la baja tentación de reemplazar al colega doblemente ilustre por el genio y la civilidad consciente. Era esto muy gesto español, muy golilla alta. A mí me emocionaba más que las arengas del Cid. Pero al fin se halló un candidato y, por desgracia, fue un cura. La plaza se llenó: ¡pobre profesor con semejante sombra a su espalda, en el pupitre! El atolondrado, sea quien sea, ha echado a perder uno de los actos colectivos de honestidad más perfecta.

Pero si se ve como muy problemático el que Unamuno pudiera dañar seriamente a la dictadura viviendo en España, con la creación de un nuevo partido oposicionista, por ejemplo, o con el aguijoneo de los actuales, se advierte a la simple vista que, en Francia, le ha dado golpes mortales por el solo caso suyo, llevado y traído en periódicos, revistas y cuentos literarios.

Fuera de los hispanófilos franceses, que no llegan a la treintena, el público francés se daba el gusto de ignorar al escritor por completo, como ignoró a Eça de Queiroz que vivió en París no sé cuantos años y al que todavía desconoce. Don Miguel no buscó traductor ni editor. Se sabe su probidad literaria, y su áspero desdén de los que talonean tras de la fama, por hedionda comadre que ella sea. Y sin que él buscara nada, ni aún por excusable tentación de poner un éxito en el otro brazo de la balanza que contiene su desgracia, él ha tenido en París a manos llenas editores, crítica efusiva y redondeado triunfo. Se le traducen una novela y otra novela, una colección de ensayos seguida de otra colección. A Dios no se le ha secado la mano para lavar con el aprecio de los mejores, las torpezas de los otros. Con Valle lnclán y Gómez de la Serna, hace el grupo español domiciliado ya definitivamente en esta lengua, que nunca ha tenido hacia la del otro lado despilfarro de generosidades. A los sesenta años, como Chesterton, sólo hace poco traducido, él entra al francés en gran señor del habla menospreciada en todas partes. De este modo el Don Miguel "enemigo de la raza", como dice por ahí cualquier energúmeno fácil, la sirve y la alimenta de honra, la lleva en sí, hecha don Miguel de Unamuno, artista mayor y hombre sin ajadura.

Su condición de desterrado, en país de civilidad tan ejemplar como Francia (Dios se la guarde y el diablo fascista no se la muerda) ha añadido algunos gramos al entusiasmo netamente artístico; pero cuidado con repetir la majadería de un adulón según el cual su éxito literario en Francia viene de izquierdismo malicioso. ¡Qué necesidad tiene un escritor de su tamaño de contar una campaña política para ser aupado por masonerías y leninismos! Cuidado con la envidia, goyescamente bizca, que también querría mellarle esta espada limpia de su éxito.

Sin ningún servilismo hacia la capital literaria en que ha sido festejado, se lo siente, al contrario en la conversación de cinco horas, español hasta la planta de los pies, español aquí en la tierra y en el cielo, más acérrimamente hispano que el Cervantes que comentó.

El podrá estimar otras razas y sentarse a conocerlas como catar un vino algunas semanas. Lo que no logra es amar manos que rice un gesto de pasión castellana y cuyas virtudes tengan otros nombres que él no aprendió y que ya no puede aprender: ponderación, ritmo sin salto, y sentido común a lo La Fontaine.

Me han contado que de su casa de París (de su apartamento sobrio y casi pobre) se iba por el Metro a un café en que tenía españoles e hispanófilos franceses, a conversar, y que de ahí volvía a su casa por el mismo camino sin ver París, sin pedir noticia de music-halls, con una indiferencia fabulosa de la "Ciudad de las Complacencias". Un día no pudo más con los bulevares y la Plaza de Carrousel, y se fue a su Hendaya casi española. Hendaya le ha dado, entre otros, un poema que yo no he podido leer sin llorar, desgarrón de ese corazón setentañero tan robusto como el algarrobo chileno.

Allá se ha ido a vivir, dicen los aduladores, para aprovechar el primer desorden y pasar la frontera.

Allá se ha ido por recibir más pronto la carta de la mujer y de los hijos y, sobre todo, por tener a su alrededor, un pueblo pirenaico, algo siquiera de la costumbre, del traje, del mueble, de la casa, del rostro españoles. Nunca entenderán los patriotas del tipo de "Marcha de Cádiz" la tragedia de este hombre que vivió refunfuñando contra pequeñas fealdades de su raza, por hambre de la patria perfecta, queriéndola como a una mujer intachable, porque era suya, nunca acabarán de entender, digo, esta manera secreta de nostalgia que casi es agonía. Si fuese un plañidero, escribiría día por día su pena en páginas lloronas que conmoverían a sus adversarios. Pero es ultravarón y sólo de tarde en tarde, como en el discurso conmovedor de Montalvo -ese otro azotador- la amargura le atraviesa el espesor de la dignidad arisca y le destapa la garganta.

Con los tres cuartos de España vivía de acuerdo, allá en su Salamanca que de suya, pudiera llamarse como él; con el otro cuarto se peleaba y se sigue peleando. Este hombre no ha escrito en España sino como quien dice, con España, con ella de la mano, de tinta y de papel. El absurdo mayor con que pueda toparse en este mundo es el de Unamuno, español al rojo-blanco; español cuyos tuétanos pueden con su Cervantes, sus místicos y sus capitanes, desposeído de tierra española bajo sus pies.

En 1923, muchos tomamos su destierro en broma. Eso sería una temporada cerca del mar, con viento salino grato a tan rojos pulmones. Y no era eso, sino una verdad que va tomando aspecto de tajadura definitiva. Cinco años, cuando se ha llegado a los sesenta, son cifra importante; los cuenta, día por día, un viejo que tiene muchos -seis u ocho- hijos: los ve pasar, sin parpadeo de olvido, su noble mujer, y muchas veces habrá pensado si se le va a morir lejos de sus ojos el compañero. ¡Y qué campañero de los viejos tiempos en que elegir mujer era solemnidad como de tomar órdenes en religión!

Los que le queremos con cariño aupado en reverencia, hemos callado con no sé qué pueril certidumbre de que un hombre unamunesco no se muere fácilmente, porque contiene metales y cauchos en que la muerte tiene para rato. Pues bien, puede morírsenos en estúpido trance de destierro nuestro viejo amado, y entonces vendrán los desagravios y los reproches de velación de difuntos.

España ha empezado de lleno a ocuparse de la América. Desde allá se sigue con aprecio la obra gubernativa de la Ciudad Universitaria. Sin engreimiento podemos decirle que nos merecemos cuanto comienza a hacer por nosotros, pues también empieza a crecer en América un nuevo orgullo español, un sentido claro, como nunca lo hubo, de la honra que representa llevar nombre, rostro y modo españoles. Se desarrolla una verdadera segunda españolización de Chile, de Colombia, hasta de la Argentina. Pero es necesario decir que durante cincuenta años nuestra única relación con la España olvidada de nosotros, fue conservada y defendida por sus escritores. Para el hispanoamericano que no viaja y no llegará nunca al Escorial y para el que no lee historia, su España viva se la daban Galdós, Pereda y Núñez de Arce primero, después los otros, los Unamuno, los Ors, Los Gasset, los Marquina, los Baroja y la admirable generación última, que ha creado, en parte, nuestra nueva sensibilidad y ha cernido, para nosotros, la cultura de Europa. La política española de acercamiento apremiante que desarrolla el Rey en este momento, tiene, pues, una deuda profunda con cada uno de esos que, a su manera desarrollaron diplomacia vital durante el torpe receso y que evitaron la desvinculación hacia la que se iba derechamente. En jerga oficial esto lo llaman "merecer bien de la Patria".

Unamuno viene a constituir uno de los máximos deudores en este sentido, del Gobierno español.

Que se vea, pues, una cosa naturalísima en el que cualquier hombre o cualquier mujer que escribe en Chile o la Argentina, recuerde con tono angustiado a los dirigentes de España lo que significa el Unamuno suyo y de ella, completando cinco años de destierro. Otra cosa fuera zafarse de los intereses de la raza y probar, en la indiferencia, el descastamiento. Es negocio que nos compete la vida y la dicha de Unamuno.

El hombre que recibe en el viento de Hendaya el olor de su tierra querida de modo casi sobrenatural, tiene derecho a contar con todo el suelo de España, no digamos con los cien metros cuadrados de su casa.

-No conoce usted a Unamuno, si cree que él va a aceptar gracia o cosa parecida, de la dictadura, me dice, mientras escribo, un amigo. El no entrará a España en Unamuno agraciado benévolamente; esperará llegar en Don Miguel de Unamuno, con Don pleno y sin deuda contraída hacia gentes inferiores a él.

Y me deja su reparo en perplejidad. Que vuelva, que vuelva, en todo caso a su tierra que sin él parece como desabrida, porque su sabor más absoluto en él está como en nadie, así hable, o escriba, o dispute, o solamente mire con su ojo severo y limpio de santo ciudadano.


Gabriel Mistral
Montpellier, agosto de 1927
Prosa de Gabriela Mistral. Alfonso Calderón, comp. Santiago: Editorial Universitaria, 1989







3115. Carta de Antonio Machado a Miguel de Unamuno, 1913




Tengo motivos que usted conoce para un gran amor a la tierra de Soria; pero tampoco me faltan para amar a esta Andalucía donde he nacido. Sin embargo, reconozco la superioridad espiritual de las tierras pobres del alto Duero. En lo bueno y en lo malo supera aquella gente. Esta Baeza, que llaman Salamanca andaluza, tiene un Instituto, un Seminario, una Escuela de Artes, varios colegios de segunda enseñanza, y apenas sabe leer un 30 por 100 de la población. No hay más que una librería donde se venden tarjetas postales, devocionarios y periódicos clericales y pornográficos. Es la comarca más rica de Jaén y la ciudad está poblada de mendigos y de señoritos arruinados en la ruleta. La profesión de jugador de monte se considera muy honrosa. Es infinitamente más levítica que el Burgo de Osma y no hay átomo de religiosidad. Hasta los mendigos son hermanos de alguna cofradía. Se habla de política -todo el mundo es conservador- y se discute con pasión cuando la Audiencia de Jaén viene a celebrar algún juicio por jurados. Una población rural, encanallada por la Iglesia y completamente huera. Por lo demás, el hombre del campo trabaja y sufre resignado o emigra en condiciones tan lamentables que equivalen al suicidio.

A primera vista parece esta ciudad mucho más culta que Soria, porque la gente acomodada es infinitamente discreta, amante del orden, de la moralidad administrativa y no faltan gentes leídas y coleccionistas de monedas antiguas. En el fondo no hay nada. Cuando se vive en estos páramos espirituales, no se puede escribir nada suave, porque necesita uno la indignación para no helarse también. Además, esto es España más que el Ateneo de Madrid. Yo desde aquí comprendo cuán a tono está con la realidad esa desgarrada y soberbia composición de usted y comprendo también su repulsión por esas mandangas y gariboleos de los modernistas cortesanos. A esos jóvenes los llevaría yo a la Alpujarra y los dejaría un par de años allí. Creo que esto sería más útil que pensionarlos para estudiar en la Sorbona. Muchos, seguramente, desaparecerían del mundo de las letras, pero acaso alguno encontraría acentos más hondos y verdaderos.

Yo no me atrevo a decir en público ciertas cosas, por miedo a que se me crea defensor de la barbarie nacional, pero temo también que se forme en España cierta superstición de la cultura que puede ser funesta. Me parece muy bien que se mande a los grandes centros de cultura a la juventud estudiosa, pero me parece muchísimo mejor la labor de usted cuando nos aconseja sacar con nuestras propias uñas algo de nuestras mismas entrañas. Esto, que no excluye lo otro, me parece lo esencial. Yo he vivido cuatro años en París y algo, aunque poco, he aprendido allí. En seis años rodando por poblachones de quinto orden, he aprendido infinitamente más. No sé si esto es para todos, pero cada cual es hijo de su experiencia.


Además estoy convencido de que los hombres van dejando huella en el alma nacional como usted y Costa en nuestra época, son aquellos que más desafinan en el concierto cortesano y los que no han buscado la cultura hecha, como el escobero del cuento de las escobas. Su voz parece ruda y extemporánea, pero, al fin, comprenderemos que estaban a tono con realidades más hondas y verdaderas. Si a Cervantes lo hubieran protegido los magnates de su tiempo, es posible que no hubiera pasado de autor de La Galatea.

Leí también su artículo sobre la cuestión del catecismo. Es verdad que este asunto ha revelado también cuánta tierra hay en el alma de nuestra tierra. Mucha hipocresía hay y una falta absoluta de virilidad espiritual. Las señoras declaran que aquí todos somos católicos, es decir que aquí todos somos señoras. Yo creo que, en efecto, la mentalidad española es femenina, puesto que nadie protesta de la afirmación de las señoras. Después de todo, un cambio de sexo en la mentalidad española dominante a partir de nuestra expansión conquistadora en América, podría explicarnos este eterno batallar, no por la cuestión religiosa, sino contra ella, porque no haya cuestión. La Inquisición pudo muy bien ser cosa de señoras y las guerras civiles un levantamiento del campo azuzado por las señoras.

Comprendo que esto es una interpretación caprichosa de la historia; pero en verdad extraña que en este país de los pantalones apenas haya negocio de alguna trascendencia que no resuelvan las mujeres a escobazos. Empiezo a creer que la cuestión religiosa sólo preocupa en España a usted y a los pocos que sentimos con usted. Ya oiría usted al doctor Simarro, hombre de gran talento y de gran cultura, felicitarse de que el sentimiento religioso estuviera muerto en España. Si esto es verdad, medrados estamos, porque ¿cómo vamos a sacudir el lazo de hierro de la Iglesia católica que nos asfixia? Esta iglesia espiritualmente huera, pero de organización formidable, sólo puede ceder al embate de un impulso realmente religioso. El clericalismo español sólo puede indignar seriamente al que tenga un fondo cristiano. Todo lo demás es política y sectarismo, juego de izquierdas y derechas. La cuestión central es la religiosa y ésa es la que tenemos que plantear de una vez. Usted lo ha dicho hace mucho tiempo y los hechos de día en día vienen a darle a usted plena razón. Por eso me entusiasma su “Cristo de Palencia” que dice más del estado actual religioso del alma española que todos los discursos de tradicionalistas y futuristas. Hablar de una España católica es decir algo bastante vago. A las señoras puede parecerles de buen tono no disgustar al Santo Padre y esto se puede llamar vaticanismo; y la religión del pueblo es un estado de superstición milagrera que no conocerán nunca esos pedantones incapaces de estudiar nada vivo. Es evidente que el Evangelio no vive hoy en el alma española, al menos no se le ve en ninguna parte. Pero los santones de la tradición española dirán que somos unos bárbaros los que proclamamos nuestro derecho a ignorar prácticamente unos cuantos libracos de historia para uso de predicadores y profesionales de la oratoria.  Pronto tendremos otro pozo de ciencia donde acudan a llenar sus cubos los defensores de la España católica. Con la muerte de Menéndez Pelayo se quedaron en seco. Ahora acudirán al padre Calpena. Lo mismo da Julio César que Julián Cerezas; para estas gentes lo esencial es que haya un señor con autoridad suficiente para defender el tesoro de la tradición. Cultura, sabiduría, ciencia, palabras son éstas que empiezan a molestarme. Si nuestra alma es incapaz de luz propia, si no queremos iluminarla por dentro, la barbarie y la iniquidad perdurarán. Ni Atenas, ni Koenisberg, ni París nos salvarán, si no nos proponemos salvarnos. Cada día estoy más seguro de esta verdad.

Envío a usted lo que tengo publicado. Planeo varios poemitas y tengo muchas cosas empezadas. Nada definitivo. Mi obra esbozada en Campos de Castilla continuará si Dios quiere. La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor está la piedad. Yo hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada extraordinario en este sentimiento mío. Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere. Tal vez por esto viniera Dios al mundo. Pensando en esto, me consuelo algo. Tengo a veces esperanza. Una fe negativa es también absurda. Sin embargo, el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto. Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa. En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo firmemente que la he de recobrar. Paciencia, y humildad.

En fin, querido don Miguel, quería usted carta mía y acaso le he complacido. Aquí apenas llegan periódicos y muchas veces no me entero siquiera de lo que se publica. Su Cristo de Velázquez saldrá, supongo, en El Imparcial.

Algún día le visitaré en esa Baeza castellana. Tuve intención de ir con mi mujer a verlo el año después de mi matrimonio.

Le desea toda la felicidad que usted merece su siempre admirador y amigo.


Antonio Machado

No todo lo que le envío está publicado y de lo publicado faltan algunas composiciones que no he podido encontrar y que busco para remitírselas. El amigo Palacio me envía La Nación, de Buenos Aires, cuando trae cosas de usted, y la revista Hispania.


En torno a Unamuno, de Manuel García Blanco, 1965






3000. Yo a tí, ladrón





Yo, a tí, ladrón

Yo, Miguel de Unamuno, a ti, Primo de Rivera, ladrón de ribera. Y no pongo tu nombre de pila porque no puede ser. Tu fe de bautismo debe estar falsificada, ladrón de mala fe. Yo, desterrado pobre, a ti, salteador de Estado.

Por fin saltaste. Pero voy a marcarte mejor, con hierro candente, en esa tu testuz de cabestro de masculinidad agonizante.

Sólo tomas en cuenta lo del homenaje pecuniario. Es el menor de tus robos. Creo hasta que no lo es. Creo que eso no es más que un «camouflage» para tapar el origen de tu botín. Como creo que no iba a ser más que otro «camouflage» parecido aquella boda con la pobre Nini, cuya fortuna se encarecía, y a la que trataste, ladrón, como un chulo no trataría a una manceba.

¿Que te lo denuncien los que fueron extorsionados? También en el grosero manifiesto de 13 de septiembre invitabas a que se te denunciase a ti mismo, pues «hay —decías— acusaciones que honran». Y cuando Don Ángel Ossorio y Gallardo te denunció, y en carta reservada a Maura, le metiste, ladrón, en la cárcel.

¿Que vas a imponerte una multa? Ahórcate, como Judas el de los treinta dineros, tú que estás venciendo a España.

Que contribuimos al desastre del cambio. Son los capitales españoles que huyen del robo, y los vuestros, el tuyo, el de Anido, hoy más ladrón que asesino, el de los demás de la banda de salteadores que huyen de la justicia de mañana.

¿Que dividimos el Ejército? Tú le has dividido, tú le has deshonrado, tú has predicado la insubordinación y la indisciplina, tú has querido convertir a los defensores de la patria en verdugos y polizontes al servicio de la tiranía. Y hasta haces que la más vil de las policías vigile a la Guardia Civil.

Ladrón, ladrón, ladrón. Y lo que acaso es peor, majadero. A tí, Primo de Rivera, Marqués de Estella, yo,


Miguel de Unamuno
En Hendaya 10 de marzo de 1929 
Publicado en Hojas Libres núm. 22, el 15 de marzo de 1929







2963. Carta de Gabriela Mistral a Miguel de Unamuno




A Unamuno, 1935

Don Miguel, maestro de maestros,

Me gangrena esa cerrazón suya ante nuestro indianazgo. Yo no puedo dejar de insistirle que usted está, más que ignorando, eliminando, un tercio de la población de ciertos países nuestros, y dos tercios de la de otros. Y eso, don Miguel, es como borrar de España a los vascos y a los catalanes...

Usted arguye, a lo sajón, que hay que eliminar los lastres al progreso, e ir así, en aras del bienestar, favoreciendo al blanco, siempre al blanco. Acepto esa política, reteniéndole su buena intención de holgura general, pero no puedo aceptar el que se obliteren lonjas enteras de un país. Soy partidaria de la inmigración europea, como factor de impulso que vaya provocando un mestizaje. Pero entre los derechos del hombre está el de escoger pareja... y ninguna ley podrá forzar la mezcla de sangres.

Ustedes, vomitaron a los moros; al cabo, invasores eran ellos, y patrias tenían a dónde repatriarse. Pero, ¿hacia qué playas echaríamos a nuestros indios? Y ¿podrían los andinos sobrevivir un exilio costeño? Los cóndores no comen algas...

Asumir la sangre como se asume la geografía, no hay otra solución -y honra- sino ésta.

Acepténos el sino. Habremos de extraerles virtudes y con ellas labrar un futuro indo-español. Y si nos vedan la sangre blanca, labraremos un porvenir indo-asiático.

Tristemente.

Su Gabriela









2957. La religión de Miguel de Unamuno

«Me escribe un amigo desde Chile diciéndome que se ha encontrado allí con algunos que, refiriéndose a mis escritos, le han dicho: “Y bien, en resumidas cuentas, ¿cuál es la religión de este señor Unamuno?”. Pregunta análoga se me ha dirigido aquí varias veces. Y voy a ver si consigo no contestarla, cosa que no pretendo, sino plantear algo mejor el sentido de la tal pregunta.

Tanto los individuos como los pueblos de espíritu perezoso -y cabe pereza espiritual con muy fecundas actividades de orden económico y de otros órdenes análogos- propenden al dogmatismo, sépanlo o no lo sepan, quiéranlo o no, proponiéndose o sin proponérselo. La pereza espiritual huye de la posición crítica o escéptica. Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo en su sentido etimológico y filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como solución de él.

En el orden de la pura especulación filosófica, es una precipitación el pedirle a uno soluciones dadas, siempre que haya hecho adelantar el planteamiento de un problema. Cuando se lleva mal un largo cálculo, el borrar lo hecho y empezar de nuevo significa un no pequeño progreso. Cuando una casa amenaza ruina o se hace completamente inhabitable, lo que procede es derribarla, y no hay que pedir se edifique otra sobre ella. Cabe, sí, edificar la nueva con materiales de la vieja, pero es derribando antes ésta. Entretanto, puede la gente albergarse en una barraca, si no tiene otra casa, o dormir a campo raso.

Y es preciso no perder de vista que para la práctica de nuestra vida, rara vez tenemos que esperar a las soluciones científicas definitivas. Los hombres han vivido y viven sobre hipótesis y explicaciones muy deleznables, y aun sin ellas. Para castigar al delincuente no se pusieron de acuerdo sobre si éste tenía o no libre albedrío, como para estornudar no reflexiona uno sobre el daño que puede hacerle el pequeño obstáculo en la garganta que le obliga al estornudo.

Los hombres que sostienen que de no creer en el castigo eterno del infierno serían malos, creo, en honor de ellos, que se equivocan. Si dejaran de creer en una sanción de ultratumbas no por eso se harían peores, sino que entonces buscarían otra justificación ideal a su conducta. El que siendo bueno cree en un orden trascendente, no tanto es bueno por creer en él cuanto que cree en él por ser bueno. Proposición esta que habrá de parecer oscura o enrevesada, estoy de ello cierto, a los preguntones de espíritu perezoso.

Y bien, se me dirá, “¿Cuál es tu religión?”. Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible o Incognoscible, como escriben los pedantes ni con aquello otro de “de aquí no pasarás”. Rechazo el eternoignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.

“Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aun pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues esta es mi religión.

Esos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. “No hay enfermedades, sino enfermos”, suelen decir algunos médicos, y yo digo que no hay opiniones, sino opinantes.

En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana. Considero cristiano a todo el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y me repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes éstos suelen ser tan intransigentes como aquéllos que niegan cristianismo a quienes no interpretan el Evangelio como ellos. Cristiano protestante conozco que niega el que los unitarios sean cristianos.

Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales la ontológica, la cosmológica, la ética, etcétera de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. En esto estoy con Kant. Y siento, al tratar de esto, no poder hablar a los zapateros en términos de zapatería.

Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón. Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos hacen cuatro.

Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber nunca, pero “quiero” saber. Lo quiero, y basta. Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma. Y no griten ¡Paradoja! los mentecatos y los superficiales.

No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura y cultura no es lo mismo que civilización de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por cientificismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: “¡No se debe pensar en eso!”; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman con la gravedad del necio: “Todo eso no son sino fábulas y mitos; al que se muere lo entierran, y se acabó”. Sólo espero de los que ignoran, pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria.

Y lo más de mi labor ha sido siempre inquietar a mis prójimos, removerles el poso del corazón, angustiarlos, si puedo. Lo dije ya en mi Vida de Don Quijote y Sancho, que es mi más extensa confesión a este respecto. Que busquen ellos, como yo busco; que luchen, como lucho yo, y entre todos algún pelo de secreto arrancaremos a Dios, y, por lo menos, esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu.

Para esta obra obra religiosa me ha sido menester, en pueblos como estos pueblos de lengua castellana, carcomidos de pereza y de superficialidad de espíritu, adormecidos en la rutina del dogmatismo católico o del dogmatismo librepensador o cientificista, me ha sido preciso aparecer unas veces impúdico e indecoroso, otras duro y agresivo, no pocas enrevesado y paradójico. En nuestra menguada literatura apenas se le oía a nadie gritar desde el fondo del corazón, descomponerse, clamar. El grito era casi desconocido. Los escritores temían ponerse en ridículo. Les pasaba y les pasa lo que a muchos que soportan en medio de la calle una afrenta por temor al ridículo de verse con el sombrero por el suelo y presos por un polizonte. Yo, no; cuando he sentido ganas de gritar, he gritado. Jamás me ha detenido el decoro. Y ésta es una de las cosas que menos me perdonan estos mis compañeros de pluma, tan comedidos, tan correctos, tan disciplinados hasta cuando predican la incorrección y la indisciplina. Los anarquistas literarios se cuidan, más que de otra cosa, de la estilística y de la sintaxis. Y cuando desentonan lo hacen entonadamente; sus desacordes tiran a ser armónicos.

Cuando he sentido un dolor, he gritado, y he gritado en público. Los salmos que figuran en mi volumen de Poesías no son más que gritos del corazón, con los cuales he buscado hacer vibrar las cuerdas dolorosas de los corazones de los demás. Si no tienen esas cuerdas, o si las tienen tan rígidas que no vibran, mi grito no resonará en ellas, y declararán que eso no es poesía, poniéndose a examinarlo acústicamente. También se puede estudiar acústicamente el grito que lanza un hombre cuando ve caer muerto de repente a su hijo, y el que no tenga ni corazón ni hijos, se queda en eso.

Esos salmos de mis Poesías, con otras varias composiciones que allí hay, son mi religión, y mi religión cantada, y no expuesta lógica y razonadamente. Y la canto, mejor o peor, con la voz y el oído que Dios me ha dado, porque no la puedo razonar. Y el que vea raciocinios y lógica, y método y exégesis, más que vida, en esos mis versos porque no hay en ellos faunos, dríades, silvanos, nenúfares, “absintios” (o sea ajenjos), ojos glaucos y otras garambainas más o menos modernistas, allá se quede con lo suyo, que no voy a tocarle el corazón con arcos de violín ni con martillo.

De lo que huyo, repito, como de la peste, es de que me clasifiquen, y quiero morirme oyendo preguntar de mí a los holgazanes de espíritu que se paren alguna vez a oírme: “Y este señor, ¿qué es?”. Los liberales o progresistas tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros, por un pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es una olla de grillos. Pero nadie debe cuidarse de lo que piensen de él los tontos, sean progresistas o conservadores, liberales o reaccionarios.

Y como el hombre es terco y no suele querer enterarse y acostumbra después que se le ha sermoneado cuatro horas a volver a las andadas, los preguntones, si leen esto, volverán a preguntarme: “Bueno; pero ¿qué soluciones traes?” Y yo, para concluir, les diré que si quieren soluciones, acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos. Yo he buscado siempre agitar, y, a lo sumo, sugerir, más que instruir. Si yo vendo pan, no es pan, sino levadura o fermento».


Miguel de Unamuno
Mi religión y otros ensayos, 1910