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2480. Luna Roja / Red Moon

Henry Norman Bethune
(Gravenhurst, Canadá, 4 de marzo de 1890 - República Popular China, 12 de noviembre de 1939)



Luna Roja

Y esta misma luna descolorida que esta noche
Cabalga tan sigilosamente, alta y diáfana,
Espejo de nuestra mirada pálida y conturbada
Alzada al fresco cielo canadiense.

Por encima de las cumbres españolas resquebrajadas
Alzóse anoche rasante y enardecida y roja,
Reflejando de vuelta desde su rodela iluminada
Los rostros salpicados de sangre de los muertos.

A ese disco descolorido nuestros puños cerrados alzamos
Y a esos muertos sin nombre nuestro voto renovamos:
“Camaradas que luchasteis por la libertad y el mundo futuro,
Que por nosotros moristeis: Os recordaremos"


Norman Bethune, 1937


Este poema fué escrito por Norman Bethune antes de partir de España en 1937. Fué publicado nueve meses después en Canadian Forum


Red Moon

And this same pallid moon tonight
Which rides so quietly, clear and high,
The mirror of our pale and troubled gaze
Raised to the cool Canadian sky.

Above the shattered Spanish mountain tops
Last night, rose low and wild and red,
Reflecting back from her illumined shield
The blood-bespattered faces of the dead.

To that pale disc we raise our clenched fists
And to those nameless dead our vows renew,
“Comrades who fought for freedom and the future world,
Who died for us: we will remember you"









750. Las transfusiones con sangre de cadáver pudieron prolongarse de forma “clandestina”

Norman Bethune realiza una transfusión / Imperial War Museum


Nuño Domínguez - 14/09/2012 - esmateria.com

El médico de las Brigadas Internacionales Reginald Saxton podría haber practicado el nuevo tratamiento sin el conocimiento del Gobierno.

La Guerra Civil española es un pozo sin fondo.  El descubrimiento de documentos que desvelan hechos desconocidos parece no acabar nunca. El último ha salido de unas notas manuscritas que se atesoran en una biblioteca de la Universidad de Indiana, a más de 6.000 kilómetros de Madrid, donde sucedieron los hechos que en ellas se relatan. Los apuntes, escritos por el Nobel de Medicina Herman Muller, desvelan que varios médicos extranjeros del bando republicano investigaron el uso de sangre de cadáveres en transfusiones para salvar a los heridos y que este método poco conocido podría haberse practicado en el frente. Los nuevos datos, recopilados en un estudio recién publicado, contradicen la versión más aceptada sobre este asunto.

Las transfusiones con sangre de cadáveres fueron fruto de una cadena de acontecimientos únicos. Primero el médico ruso Serguei Yudin descubrió en Moscú que eran viables, como dejó plasmado en un estudio de marzo de 1936. Los ecos de sus investigaciones llegaron pronto a España, especialmente a los oídos de Frederic Durán-Jordá, pionero de las transfusiones sanguíneas en España durante la Guerra.

“Hay pruebas de que la práctica se llevaba a cabo experimentalmente”, explica la escritora Linda Palfreeman, profesora de la Universidad Cardenal Herrera y experta en los voluntarios británicos que participaron en la asistencia médica de la República. “Durán-Jordá  lo descartó porque sabía que habría problemas con la coagulación de la sangre”, señala. “Él fue quien ideó los primeros métodos de extracción, almacenamiento y clasificación de la sangre durante el conflicto y el primero en transportar la sangre al frente en una furgoneta refrigerada, diseñada originalmente para la distribución de pescado”, resalta Palfreeman.

El nuevo estudio, publicado por el profesor del Okanagan College de Canadá David Lethbridge, desvela ahora que otro médico extranjero, el británico Reginald Saxton, pudo perseverar en la práctica y realizar transfusiones con sangre de cadáveres, en contra de lo que se pensaba hasta ahora.


Hospital-cueva

En 1937, Saxton era un treintañero con poca experiencia en cirugía ni mucho menos transfusiones de sangre. “Guiado por [el médico canadiense Norman] Bethune y por Frederic Durán-Jordà, Saxton empezó a aprender y a desarrollar las técnicas de transfusión”, recuerda Palfreeman. “Él sí pensaba que las transfusiones con sangre de cadáver serían plausibles como práctica rutinaria, pero al final lo dejó por ‘problemas técnicos y éticos’”, señala. Esa es la versión aceptada hasta ahora, pero la experta admite como válidos los nuevos datos aportados por Lethbridge desde Canadá. “No dudo ni un momento de las declaraciones que hace en el artículo”, admite.

Lo mismo opina el hispanista Paul Preston. “Lethbridge es muy serio”, explica. El trabajo del profesor canadiense indica que Saxton aprendió las transfusiones con sangre de muertos de Bethune, que está también considerado como pionero de la transfusión de sangre en el frente durante la Guerra. “Si dice que Bethune hizo eso, yo lo podría creer”, explica Preston.


Según los nuevos datos, Saxton pudo realizar aquellas transfusiones en invierno de 1938, mientras servía cerca de Teruel. Un conductor de ambulancias le vio extraer con prisa la sangre a un oficial de caballería que acababa de morir asfixiado. Su testimonio da a entender que Saxton pretendía usarla para transfusiones en caso de que estuviese en buenas condiciones y fuese del tipo adecuado. Meses antes, el médico había publicado un estudio en The Lancet en el que pedía al Gobierno que estableciese cuanto antes un servicio de extracción y distribución de sangre de cadáveres como “única forma” de salvar vidas.

En julio de 1938 comenzó la batalla del Ebro y Saxton, ya curtido como médico de guerra, improvisó un hospital de campaña en una cueva cerca de La Bisbal de Falset  (Tarragona). ¿Pudo usar Saxton allí la sangre de los muertos para salvar a los vivos? Lethbridge cree que sí, pero no hay forma de confirmarlo. “No hay fuentes oficiales sobre el tema”, recuerda Palfreeman. “Parece que Saxton cambió de idea de repente y abandonó las transfusiones con sangre de cadáver”, señala. Pero a la luz de los nuevos datos de Lethbridge, la escritora admite que “quizá Saxton continuó la práctica de forma clandestina”.


Los médicos republicanos asesoraron a los aliados

“No me consta que la Sanidad Militar permitiese esas prácticas”, explica Josep Bernabéu, médico y catedrático de historia de la ciencia de la Universidad de Alicante. Bernabeu señala que la organización del sistema de transfusiones “era impecable y funcionó garantizando toda la cadena de transporte con postas y hospitales del primera línea”, explica. Tan bueno era aquel sistema ideado por gente como Durán-Jordá o Bethune que “los aliados lo copiaron al comenzar la Segunda Guerra Mundial”, explica Bernabeu.

Tanto Saxton como Durán-Jordá se llevaron sus conocimientos al Reino Unido, donde contribuyeron a montar el sistema de asistencia médica durante la guerra. “Al final de la Guerra Civil,  Durán-Jordá se trasladó a Inglaterra a  invitación de los británicos y jugó un papel importantísimo, ayudando a la doctora Janet Vaughan a crear un servicio de sangre”, explica Palfreeman.

Saxton tardó bastante tiempo en reponerse de la derrota republicana y de la muerte de su compañera durante el conflicto, según contó Preston en 2004, el año en que murió el médico. En 1941, en plena II Guerra Mundial, Saxton se llevó sus conocimientos sobre transfusiones de emergencia a Birmania, donde sirvió como oficial médico del Ejército.


La técnica resucitó en los 80


La sangre de cadáveres ya no se usa en transfusiones. La práctica sólo estuvo en auge experimental durante los años 30 del siglo pasado para después caer en el olvido. “A los problemas de contaminación bacteriana por la descomposición del cadáver y problemas de hemólisis [destrucción de los glóbulos rojos] hay que añadir que muchos de estos “donantes de cadáver” no podrían ser aceptados según las normas actuales”, explica Javier López, jefe de Hematología del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. La técnica fue inventada por el ruso Serguei Yudin en los años 30. El médico soviético publicó un estudio con más de 900 pacientes en el que señalaba que “el efecto terapéutico de la sangre de los muertos es igual que el de la de los vivos”, según David Lethbridge. Yudin resaltaba que la mejor sangre de cadáver era aquella de gente que había muerto de forma repentina. Ese tipo de sangre, la de oficiales asfixiados en una trinchera, fue la que supuestamente usó Saxton en enero de 1938. Más de medio siglo después, un equipo de médicos de México volvió a demostrar que las transfusiones con sangre de cadáveres son “inofensivas siempre y cuando se seleccione a los donantes y se confirme la esterilización del material”. En aquel caso se practicaron 23 transfusiones y 12 de ellas no funcionaron. Fue el último estudio publicado sobre el tema, señala López.











659. Sangre de muertos para salvar vivos



Norman Bethune realiza una transfusión a un herido durante la Guerra Civil / Library and Archives Canada 


“Ahora entiendo por qué debemos ganar. Los hombres mueren pero la sangre sigue luchando en otras venas”. (James Neugass)


Nuño Domínguez - 11/09/2012 - esmateria.com

El bando republicano usó sangre de muertos para salvar a los vivos en la Guerra Civil.

Un nuevo estudio desvela que varios médicos extranjeros ensayaron las transfusiones con sangre de cadáver para tratar de salvar a los heridos en el conflicto.

El 14 de enero de 1938, un fuerte bombardeo barrió el pueblo de Cuevas, cerca de Teruel. Un poeta de Nueva Orleans metido a conductor de ambulancia llamado James Neugass condujo entre los escombros hasta el pequeño hospital de la localidad. En el patio encontró a cuatro oficiales de caballería muertos que yacían en camillas mientras un hombre alto y delgado se acuclillaba junto a uno ellos.

“¿Qué demonios estás haciendo, Saxton?”, preguntó Neugass, que conocía a aquel doctor británico afiliado al partido comunista del Reino Unido  llamado Reginald Saxton. El año anterior, la Sanidad Militar de la República había encargado a Saxton la creación de un hospital a medio camino entre Madrid y Valencia para atender a los heridos del frente. Desde entonces, toda su obsesión fue reunir sangre de donantes para abastacer al enorme número de pacientes que recibía su centro.

Aquella mañana de invierno, Saxton tardó en responder a la pregunta de Neugass. Este se acercó y, mirando por encima del hombro de Saxton, vio una gran jeringa llenándose de sangre. “Luces púrpura oscurecían la barra de rubí”, escribió el poeta en su diario. Después Saxton se levantó y contestó: “Es una nueva técnica soviética”.

Meses antes, las vidas de un puñado de médicos y científicos extranjeros se habían cruzado en España de forma decisiva. Entre ellos estaba el canadiense Norman Bethune, a quien el dictador Mao Tse Tung dedicaría un libro que fue lectura obligada en China. También estaba Herman Muller, un desengañado del comunismo de Stalin que ganaría el Nobel de Medicina por dilucidar los efectos nocivos de la radiación. Ambos habían llegado a España para colaborar con el Gobierno de la República aplicando sus conocimientos al tratamiento de los heridos, especialmente a través del uso pionero de la transfusión de sangre. Más de 70 años después, cuando todos los protagonistas de esta historia han  muerto, nuevos documentos apuntan a que aquellos hombres investigaron una técnica tan novedosa como desesperada para salvar vidas: el uso de sangre de cadáveres en transfusiones a vivos.


Investigación de guerra

Mucho se ha hablado de que España fue un campo de pruebas durante la Guerra Civil. En este país se ensayó armamento fabricado en Alemania y en la Unión Soviética y también se comprobaron los efectos de los primeros bombardeos indiscriminados sobre la población civil.

La medicina fue otro campo de pruebas menos explorado, aunque sus resultados salvaran miles de vidas en lugar de aniquilarlas. Si hubo un médico extranjero que encarne esta realidad es Norman Bethune, un convencido comunista nacido en Ontario que se había especializado en cirugía torácica con la voluntad de aliviar al mundo de la carga de la tuberculosis. En contra de sus planes, Bethune acabó en España, donde salvó “cientos o miles de vidas” gracias a sus nuevas técnicas de transfusión de sangre. Así lo explica David Lethbridge, profesor del Departamento de Psicología del Okanagan College (Canadá), en un reciente artículo publicado en el Boletín Canadiense de Historia Médica.

Basado en el testimonio de Neugass, cuyos diarios han sido publicados recientemente, y las notas del cuaderno de Muller, el premio Nobel, Lethbridge asegura que Bethune y su equipo estudiaron durante meses el uso de sangre de cadáveres para trasfundir a heridos y que este se puso después en práctica gracias a Saxton, el hombre que extraía sangre de los oficiales muertos aquel 14 de enero de 1938.

“Rara vez tenemos una ocasión así”, dijo Saxton aquella mañana, según el testimonio de Neugass. El médico explicó que los militares habían muerto asfixiados en una trinchera al caerles encima un montón de escombros. Sus “camaradas” les habían desenterrado y llevado al hospital ya muertos, pero “aún calientes”. “Su mala suerte”, dijo Saxton, “ha sido nuestra buena suerte. Se nos acaban las donaciones y el camión de transfusiones está ocupado”, explicó el militar.

El camión de transfusiones era la joya de la corona de la Sanidad Militar Republicana. Era una unidad móvil,  equipada con neveras, que transportaba litros de sangre hasta el frente. Su creador, Norman Bethune, la había ideado para llevar, por primera vez en la historia, la sangre a los heridos, y no al revés.

El corazón del sistema creado por Bethune era el Instituto de Transfusión Hispano-Canadiense. El edificio, en el número 36 de la calle de Príncipe de Vergara de Madrid, fue uno de los primeros bancos de sangre creados en España y también en el mundo. Las técnicas de transfusión que hoy se dan por hechas estaban aún en pañales en 1937. Bethune ideó y estableció el sistema de donaciones civiles para abastecer el frente. También perfeccionó las técnicas para mantener la sangre en buenas condiciones durante semanas y creó las unidades móviles con las que hizo historia. Bethune y su unidad fueron responsables de casi el 80% de todas las extracciones hechas durante la guerra, señala el estudio de Lethbridge.

El Instituto de Bethune no solo era una unidad de intervención directa en tiempos de guerra sino también un centro de investigación en el que se intentaban “resolver los muchos misterios de la sangre, su naturaleza celular, las causas de su deterioro y las técnicas para preservarla”, explica Lethbridge. “Tenemos una idea que permitirá mantener la sangre durante mucho más tiempo del que se creía”, le explicó Bethune a un periodista en febrero de 1937. “Puede que averigüemos cosas muy interesantes”, añadió.

Poco después llegó al Instituto Herman Muller, un genetista estadounidense que había pasado años investigando los daños genéticos de la radiación en la Unión Soviética. Había abandonado el país asqueado por la represión estalinista y su ciencia oficial contraria a la teoría de la evolución. La URSS era entonces pionera de los bancos de sangre (creó  el primero del mundo en 1926). En menos de una década el sistema se perfeccionó con dos grandes centros en Moscú y Leningrado cuya organización a base de donaciones civiles sorprendieron al mundo durante el Primer Congreso Internacional de Transfusión Sanguínea, que se celebró en Roma en 1935, cuenta Lethbridge. Ningún otro país asistente tenía algo parecido.


Sangre de cadáver

Un año después, el médico ruso Serguei Yudin publicó un estudio rompedor en el que demostró en más de 900 casos que la sangre de los muertos podía ser transfundida con éxito a los vivos. La sangre podía conservarse durante semanas en una nevera y había permitido a Yudin pasar de una situación de escasez de sangre en su clínica a abastecer a otros centros sanitarios. La “nueva técnica soviética”, como la llamó después Saxton, fue publicada en detalle en The Lancet en 1936.

Un puñado de hojas manuscritas por Muller durante su estancia en la unidad de Bethune demuestran ahora que el investigador intentó llevar la técnica de Yudin al mismo frente para salvar vidas. En aquellas notas, conservadas en la Biblioteca Lilly de la Universidad de Indiana, Muller habla de sus investigaciones extrayendo sangre de cadáveres y estudiando sus propiedades. También hay notas sobre el instrumental necesario para extraer la sangre de los caídos. En una ocasión, confiesa que comentó con Bethune y con su compañero, el doctor Grande Covián, su idea de inyectarse la sangre de un muerto, relata Lethbridge. La idea nunca se puso en práctica porque el fluido se coaguló antes de tiempo.

En abril de 1937 Muller se marcha de España y sus investigaciones quedan aparentemente suspendidas. Nunca fueron publicadas, lo que impide detallar si llegaron a transfundir esa sangre a vivos. “Nuestro material es incompleto en el mejor de los casos y mucho de lo sucedido es aún oscuro”, reconoce Lethbridge.


Llamamiento al Gobierno

Muller acabó aceptando un puesto en la Universidad de Indiana en 1945. Un año después ganó el Nobel trabajando en un campo totalmente diferente al de las transfusiones, en concreto, los daños de la radiación en la salud humana muy poco después de que EEUU lanzase las bomba atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Pero tal vez sus cortas investigaciones en Madrid llegaran más allá, especula ahora Lethbridge.

Casi al mismo tiempo que Muller llegó al Instituto de Bethune, el británico Reginald Saxton también llamó a la puerta del número 36 de Príncipe de Vergara. El Gobierno le había encargado crear un nuevo hospital de campaña para atender al creciente número de heridos en los combates del río Jarama. En los primeros cinco días recibieron más de 700 heridos, lo que hacía esencial tener un buen banco de sangre, relata el estudio de Lethbridge. Saxton encontró en Bethune una especie de “hada madrina” que le enseñó cómo organizar la extracción de sangre a civiles y dirigir su propio banco de sangre. Saxton visitó el Instituto varias veces y Bethune le llevó material necesario a su hospital de campaña.

De Saxton es una de las pocas descripciones médicas de primera mano que existen del Instituto Hispano-Canadiense de Tranfusión. Se publicó en The Lancet y en ella Saxton exigía al Gobierno de la República que permitiese las transfusiones de muertos a vivos. “La única forma de salvar estas vidas depende del uso de la sangre de cadáveres almacenada descrita por S. S. Yudin. En mi opinión, es obligación de Sanidad Militar de la República Española organizar un abastecimiento de sangre de cadáver a gran escala”, escribió Saxton en 1937. El Gobierno de la República nunca le hizo caso.

Lo último que se sabe del asunto es lo sucedido aquel 14 de enero de 1938. Lo escribió Neugass, el poeta sanitario de la Brigada Abraham Lincoln, en su diario. Aquella mañana, al ver el sombrío panorama en el patio del hospital, le insinuó a Saxton si iba a usar la sangre de los oficiales muertos para una transfusión. “Bueno, primero tengo que determinar de qué tipo es y probarla… pero ¿por qué no? Tengo que darme prisa”, contestó el médico.

Neugass continúa la entrada de ese día con unas frases teñidas de fervor político que, 70 años después, sólo provocan tristeza: “Ahora entiendo por qué debemos ganar. Los hombres mueren pero la sangre sigue luchando en otras venas”.










562. Malaga, la roja

"Una mujer de pelo liso me miraba con ojos que no ven. De vez en cuando movía ligeramente los labios. No me atreví a preguntarle qué es lo que hacía allí junto al hatillo haraposo. De la casita del guardagujas salió una niña de unos tres años. Venía por el camino con los pies desnudos. La mujer se agitó. Miró alrededor y empezó a bracear. El guarda salió, cogió a la niña, y me dijo en voz baja: "Esa mujer es de Málaga; a sus hijos los han matado. Málaga..."

Esta palabra también designa un vino oscuro, de un dulzor empalagoso. En la playa de un mar azul maduran uvas menudas, dulcísimas. En las calles de la ciudad había palmeras. En hoteles blancos, en casas con fachadas marroquíes, entre palmeras y viñas, vivían los ingleses ricos. Estaban en esta ciudad precisamente por su dulzura y por su tranquilidad. En ninguna parte del mundo había un vino tan dulce y un sol tan cariñoso. Había un barrio entero únicamente poblado por negociantes reumáticos, de Londres, Liverpool o Glasgow.

Algunas veces llegaban hasta las oscuras y estrechas de la extrema barriada del norte. Las hijas de los negociantes tenían Kodaks; retrataban la miseria pintoresca. En estas calles estrechas vivían los trabajadores, los cargadores, los pescadores. Pero allí no había ni palmeras, ni fachadas marroquíes. Allí la vida era oscura y desnuda: chozas, harapos, "gazpachos". A veces los pescadores o los cargadores se declaraban en huelga. Se metía a los incitadores en calabozos oscuros y malolientes. Los obreros no podían resistir más, y, a veces, sacaban por ,los ventanucos trapos encarnados; entonces los guardias civiles disparaban. En las chozas lloraban los chicos, hambrientos y desnudos. La vida en este dulce y empalagoso Málaga era bastante amarga.

En la primavera del año pasado Málaga se estremeció y despertó. Los hombres creyeron en una vida sin chozas, sin harapos, sin el llanto de niños hambrientos. Málaga envió comunistas a las Cortes. Los jornaleros, que habían cobrado siempre dos pesetas, empezaron a cobrar cinco.

Empezó a darse trabajo a los parados; la ciudad empezó a edificar escuelas, hogares de obreros. Los terratenientes y los guardias dejaron de beber Málaga: ese nombre les parecía irresistible. Le añadieron la palabra "la roja". Con esto quisieron desprestigiar la ciudad. Pero los habitantes de Málaga, como todos los españoles, gustan del color rojo. Querían, además, la libertad y la vida.

Y empezaron a también a llamar a su ciudad "Málaga, la roja".

Los reumáticos de Liverpool se marcharon: quizá temiesen al caluroso verano andaluz, o quizá a la "nueva vida" soñada por os habitantes de la extrema barriada del norte. En el mes de julio, el general Queipo de Llano ordenó a los oficiales del 12º regimiento, acuartelado en Málaga, que metieran en cintura a la desobediente ciudad.

Los soldados engañaron a los oficiales, los oficiales engañaron al general: Málaga quedó roja. Seis meses ha luchado la ciudad independiente de los altos centros del mando del país, contra los ejércitos fascistas. En Málaga no había ni mando único ni Ejército disciplinado. En el séptimo mes desembarcaron los italianos en Cádiz.

Trajeron artillería y tanques. Los bandidos romanos soñaban con otra Abisinia. Los héroes de Kaporetto, a los que habían batido todos los ejércitos regulares del mundo y los que presumían por su victoria sobre los etíopes, descalzos y sin armas, se decidieron a dar la gran batalla a los descargadores y pescadores de Málaga.

Pero además tuvieron un apoyo: los barcos alemanes navegaban cerca de la costa; aviones alemanes volaban sobre la ciudad. Los italianos enviaron por delante a los soldados marroquíes. Para tranquilizar al Comité de Londres, estaba en un tren de campaña el gobernador militar de Málaga, conde de Sevilla. Y dos secos falangistas sostenían la bandera de España monárquica. Cuando los italianos entraron en la ciudad, colgaron al lado de la Virgen Santa, su bandera cruzada por la esvástica de los aliados.

No se ha dejado entrar a los periodistas extranjeros. "Todavía se está haciendo allí una gran limpieza". Les prepararon un magnífico palacio en las afueras de la ciudad. En el barco "Cánovas", los falangistas encontraron a sus amigos presos fascistas. Los republicanos no mataron en su retirada a los presos. Seguramente por eso el general Queipo de Llano "ha ordenado castigar severamente a los asesinos rojos". Pero ni los legionarios ni los italianos necesitan este consejo. Cantando la "Giovinezza", los italianos pasaron por la avenida del Marqués del Río (sic).

Los legionarios prefirieron las barriadas obreras. No cantaban un himno pomposo, sino que quemaban y rompían los muebles y utensilios, sacaban a los hombres a la calle para fusilarlos: los italianos habían traído balas de sobra. Apostaban para ver quién apuntaba mejor.

El que ganaba cogía a la mujer o a la hija del fusilado. El río Guadalmedina rebosaba cadáveres. En Larios había que ir separando los cadáveres con el pie para poder andar por las calles. Después, el conde de Sevilla, ordenó barrer las calles principales: había entrado un crucero inglés en el puerto.

En la plaza de San Pedro los fascistas encendieron una inmensa hoguera, en donde quemaban apresuradamente los cadáveres. Inmediatamente se hicieron defensores de la justa condena: nada de fusilamientos sin juicio. En tres días apresaron a ocho mil personas.

Los luchadores se habían marchado de Málaga, con ellos 40.000 mujeres y niños. Los facciosos cogían al abuelo del secretario del sindicato de panaderos o a la sobrina de un miliciano muerto. Juzgaban hasta 300 personas por día. No había tiempo para que los escribientes anotasen los nombres de los fusilados. En la primera sesión del Tribunal, una mujer bañada en lágrimas dijo: "Yo no tengo culpa de nada; yo estaba lavando ropa."

Un viejo gritó: "¡Animales!" Los oficiales no discutieron; tenían prisa de fusilar. El presidente del tribunal decía, bostezando: "El siguiente..."

El corresponsal del "Popolo d'Italia", señor Barzini, mandó el siguiente radiograma: "El Tribunal actúa de acuerdo con todos los principios humanos. No se aniquilará más que a los incitadores y criminales."

Quizá se encontrase cuando iba a la oficina de Telégrafos a la lavandera Encarnación Jiménez que llevaban a fusilar los falangistas por "incitadora y criminal!".

Entre las rocas se acumulan los fugitivos. Iban mujeres, enfermos, viejos. Llevaban niños al brazo. Sobre los niños, muertos de terror, muertos de terror, volaban los aeroplanos alemanes. Estaban limpiando a España del pueblo español. De los hijos pueden salir marxistas y esto es molesto y peligroso.

El loco general Queipo de Llano decía por radio: "Toda la población de Málaga nos recibió con entusiasmo. Las mujeres besaban las manos a sus bravos muchachos."

¿Quién ha besado las manos a los legionarios, su excelencia? ¿Acaso los que huían bajo el fuego de los aviones alemanes? ¿O los fusilados y sus cadáveres, que han llegado a intranquilizar incluso al conde de Sevilla? ¿Quizá alguno de los 8.000 presos? ¿O la lavandera Encarnación Jiménez, que fue fusilada por vuestros bravos legionarios por haber lavado sábanas en un hospital?

Yo he visto a una persona de allí; la mujer del camino. No pudo hablar. No podía entender que a sus dos niñas las habían matado en el camino de Motril. Yo he visto sus ojos y sé lo que han hecho los facciosos en Málaga (...).


Norman Bethune

El cirujano canadiense Norman Bethune (1890 -1939), hombre con un hondo compromiso social, tuvo una breve pero intensísima trayectoria vital. Después de participar en la Primera Guerra Mundial, ejerce la medicina en los Estados Unidos. Tras contraer tuberculosis en 1926 y verse desahuciado, logra no sólo curarse, sino protagonizar un desarrollo innovador de la cirugía torácica, llegando a inventar numerosos instrumentos quirúrgicos empleados en su cruzada contra la tuberculosis.

Pero la condición de médico de éxito no le satisface, y; tras cultivar la medicina social en Montreal y viajar a la Unión Soviética, Bethune llega al Madrid en guerra el día 3 de noviembre de 1936, a fin de poner sus conocimientos al servicio de la causa republicana. Funda el Servicio Canadiense de Transfusión de Sangre, la primera unidad móvil que se crea en el mundo, y salva numerosas vidas mientras se empapa de todo el complejo dramatismo de la contienda española. En 1937 regresará a Canadá, trabajando para recaudar fondos en apoyo de la II República.

Serán estas mismas inquietudes las que le harán dejar otra vez Canadá en 1938, esta vez con dirección a la China en guerra. Para él, España y China forman parte de la misma batalla, y así se une al 89 Ejército Popular ejerciendo una labor incansable como cirujano de campaña. Las duras condiciones del trabajo, y en especial la necesidad de operar con una gran precariedad de medios, ocasionarán su muerte prematura, derivada de una septicemia incontrolable. El propio Mao-Tse-Tung compondrá un famoso ensayo en su memoria, convirtiéndole en figura legendaria de la Revolución China.

“Todos huyeron por la carretera del Sol, camino de Almería por Motril, un pasillo estrecho entre la roca de la montaña y el mar […] Cien mil personas de todas las clases sociales, una masa desesperada, que se atropellaba y no podía caminar sino por la ruta de la costa, a la vista de los barcos enemigos y bajo el vuelo rasante de la aviación italo-alemana que descendía para ametrallarla […] El Canarias y el Baleares, con sus torres gemelas de 20,32 cm., y el Cervera, con sus baterías de 15,24 hacían fuego por andanadas […] La metralla rebotaba en la pared rocosa y las piedras y el hierro arrancaban brazos y cabezas…” (M. Benavides)

El 7 de febrero de 1937 la población de Málaga, temerosa de las represalias del ejército del general Franco, huye despavorida y en masa en dirección hacia Almería, única salida posible. Sesenta mil, tal vez cien mil personas, la gran mayoría civiles inermes, son perseguidos por las columnas italianas y atacados despiadadamente por la aviación alemana y por la metralla de la artillería de los modernos cruceros de la marina nacionalista Canarias, Baleares y Almirante Cervera, entre otros.

Es una inmensa hilera humana, que se estira de Málaga a Almería. La componen los más débiles: sobre todo ancianos, niños y mujeres. Aunque menos conocido que otros, fue el hecho más vergonzante de la Guerra Civil: más que las matanzas de Badajoz, más que el bombardeo de Guernica.

Norman Bethune se había dirigido desde Valencia a Almería con el fin de alcanzar el frente de Málaga y socorrer a los heridos. Pero no puede llegar. Se topa en la carretera con la multitud de fugitivos. Cuando comprueba la dimensión de la tragedia, decide desmontar los utensilios médicos de la ambulancia y utilizar el vehículo para llevar hasta Almería a los más necesitados, especialmente niños.

Durante tres días sin descanso él y sus ayudantes Hazen Sise y Thomas Worsley hacen repetidas incursiones en la carretera para transportar a niños y ancianos. Los horrores de estos hechos (la muerte, el hambre, el cansancio, el miedo, la angustia y la desesperación de los malagueños) quedaron reflejados en el inquietante relato (El crimen de la carretera Málaga-Almería) que escribió el Dr. Bethune y en las tremendas veintiséis fotografías de su colaborador Hazen Sise.

Goebbels, en 1941 dijo en un informe dirigido a Hitler antes del encuentro de Hendaya...

"Franco y Súñer están totalmente entregados al clericalismo, carecen de apoyo popular, ni siquiera han comenzado a ocuparse de cuestiones sociales. Hay un caos tremendo. La Falange no tiene ninguna influencia. Mucha grandeza, pero nada detrás".


Illia Ehrenburg, Malaga, la roja
Publicado en ABC, Madrid, marzo de 1937











146. La masacre de la carretera de Málaga a Almería




María Torres / Febrero 2012

Tras la toma de Málaga por las tropas del pequeño dictador, la población vivía en un permanente estado de terror perfectamente justificable si recordamos los partes de guerra, así como las intervenciones radiofónicas que Queipo de Llano emitía desde Radio Sevilla. Estas eran algunas de sus palabras:

"¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré".

"Ya conocerán mi sistema: Por cada uno de orden que caiga, yo mataré a diez extremistas por lo menos, y a los dirigentes que huyan, no crean que se librarán con ello: les sacaré de debajo de la tierra si hace falta, y si están muertos los volveré a matar"

“A los tres cuartos de hora, un parte de nuestra aviación me comunicaba que grandes masas huían a todo correr hacia Motril. Para acompañarles en su huida y hacerles correr más aprisa, enviamos a nuestra aviación, que los bombardeó".

El  7 de febrero de 1937 una inmensa columna humana de ciento cincuenta mil personas compuesta en su gran mayoría por ancianos, heridos, mujeres y niños, iniciaron una huida hacía la única dirección posible: Almería. Perseguidos por las tropas fascistas, fueron bombardeados, sin piedad desde el mar y desde el aire por la aviación alemana que jugaba a hacer blanco con sus cuerpos.

Gracias a un hombre excepcional, tenemos imágenes de aquellos terribles días. Norman Bethune, médico canadiense, llegó a España como brigadista internacional integrado en el Batallón Mackenzie-Papineau. En febrero de 1937 se trasladó desde Valencia hasta Málaga para ayudar a la población civil que huía de la represión fascista. Fue testigo excepcional de uno de los episodios más dramáticos y crueles de la guerra civil española: la masacre y asesinato de miles de personas en la carretera que une Málaga con Almería. Durante tres días el doctor Bethune y sus ayudantes (Hazen Sise y Thomas Worsley) estuvieron auxiliando y trasladando heridos hasta la capital almeriense, sobre todo niños. Llegó a transportar en su ambulancia a más de treinta personas por viaje.

Fué el único que captó con su cámara las impactantes imágenes de esos días.

Norman Bethune fue mucho más que un brigadista. Fue un héroe.



 Norman Bethune
"EL CRIMEN DEL CAMINO MÁLAGA - ALMERÍA"


La evacuación masiva de la población civil de Málaga comenzó el domingo día 7 de febrero. Un contingente de 25.000 tropas alemanas, italianas y moras entraron en la ciudad el lunes día 8 por la mañana; tanques, submarinos, barcos de guerra, aviones, todos a la vez, para aplastar a las defensas de la ciudad mantenidas por un pequeño y heroico grupo de tropas españolas sin experiencia militar, tanques, ni aviones que los defendieran.

Los así llamados "nacionalistas" entraron en lo que prácticamente era una ciudad desierta, del mismo modo que habían hecho en cada pueblo y ciudad asediada en España.

Así que imagínense a 150.000 hombres, mujeres y niños disponiéndose a marcharse en búsqueda de seguridad hacia una ciudad situada o más de 100 millas a pie. Hay una única carretera que pueden tomar. No hay ninguna otra manera de escapar.

Esta carretera, limítrofe por un lado, con las altas montañas de Sierra Nevada, y por el otro, con el mar está construida sobre la ladera de unos acantilados y sube y baja a más de 500 pies por encima del nivel del mar. La ciudad que deben alcanzar es Almería, y está a más de doscientos kilómetros más allá. Un joven fuerte y sano puede caminar a pie unos 40 o 50 kilómetros diarios. El viaje a que estas mujeres, ancianos y niños debían enfrentarse les llevará a 5 días y 5 noches de camino, al menos.

No encontrarán alimentos en los pueblos, ni trenes, ni autobuses para transportarlos. Ellos debían caminar y a medida que iban andando se tambaleaban y tropezaban con los pies llenos de rajas y de heridas de ir por el pedernal y el ardiente asfalto de la carretera, los fascistas los bombardeaban desde el aire y les disparaban desde los barcos de guerra.

Ahora lo que quiero contarles es lo que yo mismo vi de esta penosa marcha, la más grande y terrible evacuación de una ciudad en los tiempos actuales. Llegamos a Almería a las cinco del día 10 con un camión refrigerado, cargado de sangre almacenada desde Barcelona. Nuestra intención era continuar hacia Málaga para poner transfusiones de sangre a los heridos. En Almería, oímos por vez primera que Málaga había caído y fuimos advertidos de no ir más lejos ya que nadie sabía ahora donde estaba la línea del frente enemigo, pero todos estaban seguros de que la ciudad de Motril había caído también.

Pensamos que era importante continuar y descubrir como se desarrollaba la evacuación de los heridos. Salimos por la tarde a las seis por la carretera de Málaga y a unas cuantas millas más allá nos encontramos con la cabeza de la lamentable procesión. Aquí estaban los más fuertes con todas sus pertenencias sobre los burros, las mulas y los caballos. Los pasamos, y cuanto más lejos íbamos, aún más penosa a la vista, se hacían los espectáculos.

Miles de niños, contamos unos cinco mil de menos de diez años, y al menos, mil de ellos iban descalzos y, muchos de ellos cubiertos con una sola prenda. Estos iban recolgados de los hombros de sus madres o agarradas a sus manos. Aquí habla un padre que iba tambaleándose con dos niños, uno de un año y otro de dos años, sobre sus espaldas, además de estar cargando cazos y sartenes, junto con alguna valorada pertenencia.

El incesante torrente de gente llegó a ser tan denso, que apenas podíamos forzar el coche entre medio. A ochenta y ocho kilómetros de Almería nos suplicaron que no fuésemos más lejos, ya que los fascistas estaban justo detrás.

Por entonces habíamos pasado al lado de tantas mujeres y niños afligidos que pensamos que lo mejor era volver y comenzar a poner a salvo los peores casos. Era difícil elegir cuales llevarse, nuestro coche era asediado por una multitud de madres frenéticas y padres que con los brazos extendidos sujetaban hacia nosotros sus hijos, tenían los ojos y la cara hinchada y congestionada tras cuatro días bajo el sol y el polvo.

"Llévense a este"'; "miren este niño'; "este está herido". Los niños envueltos de brazos y piernas con harapos ensangrentados, sin zapatos, con los pies hinchados aumentados de dos veces su tamaño, lloraban desconsoladamente de dolor, hambre y agotamiento. Doscientos kilómetros de miseria. Imagínense, cuatro días y cuatro noches, escondiéndose de día entre las colinas ya que los bárbaros fascistas los perseguían con aviones, caminaban de noche agrupadas en un sólido torrente, hombres, mujeres, niños, mulos, burros, cabras gritando los nombres de sus familiares desaparecidos, perdidos entre la multitud.

¿Cómo podíamos elegir entre llevarnos a un niño muriéndose de disentería o entre una madre que nos contemplaba silenciosamente con los ojos hundidos llevando contra su pecho a un niño nacido en la carretera hacía dos días? Ella había parado de caminar durante diez horas solamente. Aquí había una mujer de sesenta años incapaz de seguir arrastrándose para dar un paso más, sus gigantescas piernas hinchadas con úlceras y varices sangrando dentro de sus rotas sandalias de trapo. Muchas ancianas abandonaban simplemente esta lucha, se tendían a los lados de la carretera y esperaban la muerte.

Decidimos vaciar la ambulancia de todo su valioso contenido para crear espacio libre, y llevarnos primero a los niños y a las madres, pero luego la separación entre padre e hijo, marido y mujer se hizo demasiado cruel para poder soportarla. Acabamos por llevarnos a las familias con mayor número de hijos pequeños, y a los niños solitarios de los que había centenares, sin padres.

Llevábamos a treinta o cuarenta personas en cada viaje durante tres días sucesivos a Almería, al Hospital del Socorro Rojo Internacional, donde recibían cuidados médicos, comida y ropa.

La inagotable devoción de Hazen Sise y de Thomas Worsley, conductor del camión, salvó muchas vidas. Se alternaban para conducir día y noche, ida y vuelta, durmiendo en medio de la carretera entre viaje y viaje, sin comida, excepto pan seco y naranjas.

Y ahora viene la barbarie final. No contentos con bombardear y ametrallar a esta procesión de campesinos indefensos, a lo largo de esta larga carretera, en la tarde del día 12 cuando el pequeño puerto de Almería estaba repleto de refugiados, habiendo aumentado en población el doble, cuando unas cuarenta mil personas exhaustas alcanzaron un puerto de lo que ellos pensaban que era seguridad, fuimos masivamente bombardeados por aviones fascistas alemanes e italianos.

La sirena dio la alarma 30 segundos antes de que cayera la primera bomba. Estos aviones no hacían esfuerzo alguno por alcanzar los barcos de guerra del Gobierno que estaban en el puerto, ni por bombardear las barricadas. Estos lanzaron deliberadamente diez grandes bombas en el centro mismo de la ciudad, donde en la calle principal, dormían apiñados sobre la calzada, de tal forma que apenas si podía pasar algún coche, los exhaustos refugiados.

Después de que hubiesen pasado los aviones recogí en mis brazos a tres niños muertos de la calzada, justo enfrente del Comité Provincial para la Evacuación de refugiados donde habían estado esperando en una larga cola a que les dieran una taza de leche y un puñado de pan seco, era el único alimento que algunos tomaban durante días.

La calle parecía una verdadera carnicería, llena de muertos y de moribundos, alumbrada solamente por el resplandor anaranjado de los edificios en llamas. En la oscuridad, los lamentos de los niños heridos, los chillidos de las madres agonizantes, las maldiciones de los hombres, iban elevándose en un solo grito masivo, alcanzando un tono de intolerable intensidad.

Uno mismo sentía su cuerpo tan pesado como el de los muertos, pero vacío y hueco, y uno sentía su cerebro arder con una intensa luz de odio. Aquella noche fueron asesinadas cincuenta personas de entre la población civil y unas 50 personas mas fueron heridas. Hubo dos soldados muertos.

Ahora bien, ¿cuál era el crimen que esta indefensa población civil había cometido para ser asesinados de este modo tan sangriento? Su único crimen era que habían votado para elegir un Gobierno de personas encargadas de la más moderada mitigación de la abrumadora carga de siglos de codicia capitalista. La cuestión había sido ya abordada, ¿por qué no se habían quedado en Málaga esperando la entrada de los fascistas? Sabían lo que les pasaría.

Sabían lo que iba a ocurrirles a sus hombres y mujeres, lo mismo que les había pasado a tantos otros en las demás ciudades apresadas. Todo varón entre 15 y 60 años que no pudiera demostrar que no había sido forzado a ayudar al Gobierno, sería inmediatamente fusilado. Y es el conocimiento de todos estos hechos lo que concentró a dos tercios de toda la población española en una cuarta del país y lo que aún sostuvo la República".


La Caravana de la Muerte
Dr. Norman Bethune




“España es una herida en mi corazón. Una herida que nunca cicatrizará. El dolor permanecerá siempre conmigo, recordándome siempre las cosas que he visto”.