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2691. Los últimos días de Víctor Jara

Víctor Jara
(Lonquén, 28 de septiembre de 1932 - Santiago de Chile, 16 de septiembre de 1973)



Cecilia Coll

“Victor alcanzó a llegar a la Universidad cuando los militares golpistas ocupaban las posiciones claves en la capital. Pero la situación todavía era confusa. Víctor pasó por mi oficina y preguntó: 

-¿Qué hacemos? 

-Vamos a esperar 

-¿Qué debo hacer? 

-Quedarte aquí. Animar con tus canciones a los estudiantes, académicos y trabajadores.

En espera del posible ataque fue decidido: trasladar a los estudiantes y otros trabajadores de la Universidad a la Escuela de Artes y Oficios. Era un edificio con paredes mas resistentes.

Como si fuera ahora veo el rostro de Víctor: llama por teléfono de mi oficina a su esposa Joan. 

-Debo quedarme aquí un tiempo. No te preocupes. Espera. Volveré sin falta.

Víctor siempre fue un hombre del deber. Y los siguió siendo en esta peligrosa situación.

Después sufrí mucho por su muerte. Me senté de algún modo culpable ante él. No podía perdonarme el no haberlo mandado entonces a su casa. Debí hacerlo. Aunque más tarde los soldados ya emplazaban ametralladoras pesadas en los techos de los edificios cerca de la Universidad, pero hasta el toque de queda todavía era posible salir. Sin embargo, yo pensaba: en la calle lo pueden identificar y matar...” 


Los soldados irrumpieron en el edificio

Por la noche la Universidad fue rodeada por soldados en carros blindados. Toda la noche estuvieron preparándose para el ataque como si tuvieran delante una fortaleza militar. Después del intenso cañoneo, los soldados irrumpieron en el edificio y emprendieron a culatazos con los estudiantes. El camarógrafo Hugo Araya, que había venido a filmar la inauguración de la exposición, se situó con su cámara frente a los “vencedores” triunfantes. Y casi al instante un balazo lo mató.

A Víctor junto con otros estudiantes lo obligaron a tenderse en el suelo boca abajo.

-Al que se mueva le vuelo la cabeza - gritaban los oficiales. 

Durante varias horas los soldados pisoteaban con sus botas a la gente tendida, sin dejar que se levantasen hasta que llego la orden de trasladar a los “prisioneros” de la Universidad Técnica al Estadio Chile que, al igual que el Nacional, recibía a los prisioneros cautivos. 

  
Salvador Allende murió en su puesto, con las armas en la mano

...Poco después del golpe contrarrevolucionario fascista en Chile la prensa del mundo entero publicó la última foto de Salvador Allende. En esta secuencia histórica el “compañero presidente” en el palacio cercado por los putchistas parece un soldado ante el combate, la cabeza tocada con un casco y empuñando la metralleta en la diestra. El rostro del presidente, igual que el de los valientes defensores de La Moneda que lo acompañan, tiene una grave expresión. Salvador Allende murió en su puesto, con las armas en la mano.

Me interesé por el hombre que aparecía en la foto al lado de Allende. Conversando con los chilenos me enteré que se trataba del médico particular de Salvador Allende, un tal Danilo Bartulín (nieto de emigrados yugoslavos). El 11 de septiembre de 1973 Bartulín fue testigo de las últimas horas de vida del presidente en el edificio de La Moneda, presa de las llamas.

Por inverosímil que parezca, Danilo se salvó por milagro y emigró de Chile. Me entrevisté con el en México, donde estuve en 1976 por artes del periodismo. Danilo Bartulín me habló del último combate del “compañero presidente”. La conversación ya concluía cuando supe una noticia inesperada. Danilo Bartulín pasó junto con Víctor Jara los últimos días de vida del cantante en el Estadio de Chile. 

La entrevista terminó ya entrada la noche. Danilo hablaba pausadamente, con esfuerzo. Lo escuchaba sintiendo que un dolor inextinguible me oprimía el corazón.

Reproduzco el relato de Danilo Bartulín. 


Relato de Danilo Bartulín


“Cuando me detuvieron, me llevaron al Estadio de Chile. Fue por la tarde del 12 de septiembre. Allí ya había muchos prisioneros. Junto con otros presos nos ordenaron ponernos en fila con las manos en la nuca. De repente un oficial me reconoció: 

-Es el médico de Salvador Allende.

El comandante Manrique, un fascista empedernido, se acercó a mi, desabrochó la funda, sacó la pistola y apuntándome a la cabeza dijo: 

-Ha llegado tu hora.

Y dirigiéndose a los soldados ordeno:

-Sepárenlo de los demás y dejénmelo a mi. 

Me apartaron del grupo y me dieron un empujón que me tiró por la tierra. Vi a un grupo de jóvenes que los soldados iban arreando, apuntándolos con metralletas. 

Al comandante le dijeron: 

-Son los de la Universidad Técnica. 

Los pusieron en fila también. Manrique recorrió la fila y señaló con el dedo a un preso:

-A ese me lo dejan a mi también. 

No quería dar crédito a mis ojos. Se trataba de Víctor Jara. Varios soldados se animaron: “Aquí esta el cantante Jara...”. Pero el oficial les cortó:

-Este señor quiere pasar por otro. Es un líder extremista. 

Esa calificación era suficiente para justificar el asesinato. 

Poco después a Víctor y a mi nos separaron de otros prisioneros y nos metieron en un pasillo frío. Estuvieron pegándonos desde las siete de la tarde hasta las tres de la madrugada. Nos encontrábamos tumbados en el suelo sin poder movernos. Estábamos aislados de otros presos políticos. A eso de las tres de la madrugada vino un teniente que me invitó a sentarme. Empezó a preguntarme sobre Allende y me tendió un cigarrillo. Fumé. Mientras tanto, Víctor seguía tendido en el suelo. Le entregué la mitad del cigarrillo, puesto que el teniente no quiso dar otro a Víctor.

Casi tres días estuvimos juntos Víctor y yo en el Estadio de Chile. A nosotros casi no nos daban de comer. Engañábamos el hambre con agua. Víctor tenia la cara llena de moretones y un ojo cerrado por la hinchazón.

Conversamos mucho en ese tiempo, Víctor me habló de su familia, de su mujer y sus hijas a quienes quería mucho, de sus espectáculos en el teatro y de las nuevas canciones que soñaba hacer... En el mismo estadio donde nos tenían presos, a Víctor le habían aplaudido cuando ganó el concurso de la Nueva Canción Chilena en el festival.
    
Víctor se mostraba pesimista respecto a su destino. Pensaba que no saldría de allí. Traté de animarlo. Aunque presentía su próxima muerte, seguía siendo el de siempre. Se portaba con valor, con dignidad, no pedía gracia a sus torturadores...” 
    
Aquí interrumpo la grabación de mi conversación con Danilo Bartulín para completarla con los testimonios de otros ex-prisioneros del Estadio de Chile, a quienes también entrevisté. 

Rolando Carrasco, ex-director de la radio sindical Luis Emilio Recabarren: 


Relato de Rolando Carrasco

“Dos veces vi a Víctor en el Estadio de Chile. Fueron unos encuentros breves. El 13 o 14 de septiembre, por lo visto, por la mañana, pasé cerca del pasillo donde tenían a los prisioneros aislados. Allí estaba Víctor Jara, sentado en una silla de madera, extenuado, con rastros de azotes en la frente y las mejillas. Se sonrió al verme. Nos saludamos. Al día siguiente pasé de nuevo por allí y otra vez nuestras miradas se cruzaron. Nos saludamos. Al igual que el día anterior, su rostro se iluminó con una sonrisa que me reconfortó el alma. ¡Llevaba ya tanto tiempo en este maldito pasillo! De vez en cuando los guardias venían por él y se lo llevaban a no se donde.

Ahora era difícil imaginar que todavía el 10 de septiembre estuviéramos bromeando alegremente en la emisora. En los estudios Víctor y yo escuchábamos la grabación de su nueva canción: Marcha de los constructores. El disco tenía que salir pronto. Jara quería que la emisora de la Central Única de Trabajadores fuera la primera en transmitir esta marcha, compuesta a petición de los obreros de la construcción. El 11 de septiembre nuestra emisora fue saqueada por los golpistas al negarse a obedecer a la junta fascista. Al ver a Jara en el estadio, pensé con amargura que seguramente aquella última grabación de Víctor habría sido destruida y el disco no saldría... Víctor estaba reservado y callado, mientras que en mi memoria sonaba la voz del cantante...”

A veces los verdugos dejaban en paz a Víctor Jara y Danilo Bartulín, porque tenían demasiado “trabajo” en el estadio. Después de torturarlo, parecía que se habían olvidado del artista. Fue el propio Víctor que pasó o casualmente lo enviaron con otros prisioneros. 


He aquí lo que me contó Carlos Orellana, ex-colaborador del Departamento de cultura e información de la Universidad Técnica (Dirección de Extensión y Comunicaciones), que fue detenido junto con Jara: 

  
Relato de Carlos Orellana

“Por dentro el Estadio cubierto de Chile estaba iluminado constantemente por los reflectores y no tardamos en perder la noción del día y la noche. Víctor estuvo algún tiempo con nosotros, pero no recuerdo cuándo lo sacaron de nuestro grupo. No se si fue al día siguiente o al tercero de nuestra estancia allí.

“Normalmente en el estadio anunciaban por los altavoces el apellido del prisionero ordenándole presentarse en tal o cual lugar. Pero a Jara lo vino a buscar un soldado. En este momento Víctor estaba sentado entre Boris Navia, jurista de la Universidad, y yo. El soldado se acercó silenciosamente y sin pronunciar una palabra tocó el hombro de Víctor haciéndole señas para que lo siguiera. Tanto yo, como otros prisioneros teníamos la impresión de que los militares no querían decir en voz alta que a Jara se lo llevaban a alguna parte... Cuando el cantante se levantó -seguramente, no pensaba volver sano y salvo- tuvo tiempo de sacar del bolsillo una hoja arrugada de papel y se la dio furtivamente a Boris Navia. Era el poema Estadio de Chile, compuesto por Víctor. 

“Mas tarde, ya en el Estadio Nacional durante los primeros interrogatorios, entre las cosas de Boris Navia, encontraron el papel con el poema, lo escondía en un calcetín. El poema denunciaba el fascismo y la dictadura. Los militares creyeron que su autor era Boris y lo apalearon sin piedad. Le quitaron el poema. Pero con la ayuda de los compañeros Boris pudo hacer varias copias a mano del poema. Una de las copias fue a parar a manos de Ernesto Araneda, destacado comunista y ex-senador, que también estaba preso. No sé como logró salvar el poema y enviarlo fuera. Después de la muerte del cantante el partido editó en la clandestinidad este poema, que fue rápidamente divulgado y se hizo famoso...

  
En aquellas terribles condiciones Víctor pensaba en sus compañeros

“Por última vez vi a Víctor en el Estadio de Chile, unas horas después de que se lo llevara el soldado. Hubo un momento cuando se podía moverse mas o menos libre por las graderías. Se me acercó un estudiante de la Universidad. Había visto a Víctor en un pasillo y en algún momento Víctor le insinuó que quería hablar conmigo. Cuando me acerqué al pasillo, Jara pidió al guardia que lo acompañara al baño. Me dirigí allá también. Allí pudimos intercambiar varias frases. Por el rostro ensangrentado de Víctor comprendí que lo torturaban cruelmente. Pero no me llamó para quejarse o pedir algo para él personalmente. A Víctor le parecía sospechoso un “prisionero”, también de la Universidad Técnica que deambulaba por el estadio sin temor, charlaba y hasta bromeaba con los militares. Todo eso parecía muy extraño. Víctor pensó -y tenía razón- que se trataba de un soplón, infiltrado expresamente. Jara creía su deber advertirnos a nosotros, profesores, colaboradores y estudiantes de la Universidad Técnica. En aquellas terribles condiciones Víctor pensaba en sus compañeros. Después de este encuentro no lo volví a ver...”


Más volvamos a la grabación de la entrevista con Danilo Bartulín 

“El estadio, que daba cabida a cinco mil personas, estaba repleto. Para dominar a los prisioneros, por la noche cegaban con potentes reflectores. Ametralladoras pesadas sobre trípodes apuntaban a las graderías llenas de gente para amedrentar a los prisioneros.

“Pronto empezaron a trasladar urgentemente a los prisioneros al Estadio Nacional donde a los militares les era más fácil controlar la situación. En el último grupo formado para ir al Nacional estábamos Víctor y yo. En total eramos unas cincuenta personas. De pronto apareció el comandante Manrique, recorrió la fila y ordenó salir a Víctor Jara, Litre Quiroga, conocido jurista y comunista, y a mi.

-Llévenlos abajo -dijo. 


Abajo nos esperaba la muerte

“Yo sabía que ‘abajo’ nos esperaba la muerte. Allí tenían habilitada una cámara, en lo que había sido guardarropía y varios baños. Muchos de nuestros compañeros fueron llevados allí, pero nadie volvió. Una vez que me condujeron al interrogatorio y, al pasar, vi un montón de cadáveres, de cuerpos masacrados y desmembrados. Luego sacaban los cadáveres en camiones y los dejaban tirados en la calle.

“Abajo’ nos metieron a Víctor y a mi en un mismo baño. En el baño vecino estaba Litre Quiroga. Víctor y yo comprendimos que no teníamos salvación: éramos los últimos prisioneros del Estadio de Chile. Pero inesperadamente se dio la orden de que yo saliera. Víctor y yo nos despedimos en silencio, con una sola mirada. Me llevaron a un camión blindado con el motor en marcha, me metieron dentro y cerraron la puerta. El camión estaba lleno de prisioneros. Así fui a parar al Estadio Nacional. Solo estando allí comprendí porque no me habían dejado con Víctor en la cámara de condenados a muerte. Al verme entre los recién llegados, un coronel de carabineros dijo: 

“-Es él. Tiene que decirnos todo lo que sepa de Allende. 
   
“Empezaron constantes interrogatorios y torturas. Querían que hiciera ciertas “confesiones” para desacreditar la vida y la personalidad del presidente popular. Tres veces me hicieron pasar por simulacros de fusilamiento...

“Luego supe que el cuerpo de Víctor había sido descubierto cerca del cementerio Metropolitano y el cadáver de Litre Quiroga, en una calle de Santiago. Naturalmente, los militares mataron aquella misma noche a los dos prisioneros que quedaban en el Estadio de Chile y luego arrojaron sus cuerpos en la ciudad para que pareciera que habían muerto en un tiroteo callejero...”

Danilo Bartulín concluyó su relato y recordó que estando todavía yo en Santiago los secuaces de la junta divulgaron la versión de que el cantante había atacado con metralleta a una patrulla militar y ésta, defendiéndose, lo mató. 

Pero la única arma de Víctor era la guitarra. A Danilo Bartulin lo torturaron para sonsacarle los datos secretos que podía saber el médico particular del presidente. Pero ¿que “secretos” podía saber el cantante?... A Víctor lo torturaron y asesinaron porque odiaban sus canciones. 


Leonardo Kosichev
La guitarra y el poncho de Víctor Jara










2116. Las manos de Víctor Jara



Me acuerdo perfectamente de la primera vez que las manos de Víctor tocaron las mías. Fue un momento decisivo para ambos, que determinó un cambio en nuestra relación y el comienzo de largos años de felicidad -una felicidad que no todo el mundo tiene la suerte de conocer- una felicidad de la cual se tiene plena conciencia, en que lo único que se teme es que sea demasiado perfecta como para que dure eternamente. Ella terminó para siempre el 11 de septiembre de 1973.

Estábamos en el Parque Forestal de Santiago. Era en noviembre, una tibia noche de primavera; comenzaba la Primera Feria de Artes Plásticas, a orillas del Mapocho: la primera exposición de arte al aire libre que se hacía en Santiago. Había pinturas por todas partes, esculturas, grabados, artesanía, cerámicas. Buenas, malas y regulares. Había stands con mariposas, ángeles y flores de Rari, hechos con crin de vivos colores; chanchitos y guitarreros de Quinchamalí, de greda negra brillante, decorados con un fino trazo de flores blancas; ponchos y frazadas venidos del norte y del sur. El aire estaba saturado de olores a carbón quemado y humeante, del aroma de las cebollas que venía de los stands donde vendían vino y empanadas; del humo de las chimeneas de los buquecitos de latón blanco, puestos bamboleantes de maní tostado y confitado. Había una muchedumbre, e innumerables niños a pesar de la hora avanzada. El suelo era áspero y polvoriento, y con el alumbrado tan irregular era fácil caer en hoyos que uno no se esperaba. Allí vi por primera vez a Violeta Parra, sentada en un transatlántico, rodeada de sus tapicerías, de sus hijos y de sus instrumentos musicales. Alguien tocaba la guitarra muy cerca. A la luz de las ampolletas desnudas colgadas de los árboles, los tapices de Violeta brillaban con vida propia.

Víctor la saludó, bromeó con ella mientras pasábamos, y fue cuando nos alejábamos del ruido, de las luces y de la gente de la exposición, bajo los grandes árboles del parque, que Víctor tomó mi mano, y comprendimos que allí terminaba nuestra soledad.

Una de las primeras conversaciones que tuvimos fue en mi departamento de la calle Seminario, sobre el antiguo convento. Las ramas del viejo cedro que crecía abajo, en el patio, sombreaban las ventanas, y a través de ellas veíamos aparecer las luces en la cumbre del Cerro San Cristóbal y el cielo límpido de la tarde de Santiago. Víctor era alumno de la escuela de Teatro.  Yo era bailarina y profesora. Hablamos de eukinética, del tacto como medio de comunicación y como expresión del carácter humano, de lo que hay de específico en la forma como la gente toca a los demás, a los objetos que la rodean, en la forma como palpa el aire mismo; del paso de un hombre o de un mujer, que es también un aspecto del tacto (¿Por qué algunos pies maltratan los zapatos, arruinándolos, dejándolos deformes, mientras que otros tienen una pisada liviana y dejan su envoltura intacta?). Hablamos de cuán esenciales son para todo artista que se sirve del cuerpo humano como instrumento expresivo, la sensibilidad y la conciencia de todos estos factores; pero también para los demás seres humanos, porque les da un sentimiento más rico de la comunicación con sus semejantes y con el mundo que los rodea.

La palma de las manos de Víctor es ancha, casi cuadrada. Sus dedos son largos y ágiles, y él sabe juntarlos curvándolos, como las bailarinas hindúes.  Sus manos son callosas, pero flexibles y expresivas; las uñas cortas y redondeadas, muy frágiles; el tacto leve y delicado, pero cálido y firme; con él Víctor puede expresar el amor y la ternura. Su tacto me enseñó a derribar mis alambradas, a relajarme, a ser feliz siendo yo misma, porque él me ama y me necesita con todos mis defectos.

En muchas de sus canciones Víctor utilizó el símbolo de la mano humana para expresar sus sentimientos y sus ideas. En una de las más antiguas, escrita en el curso de nuestros primeros años juntos, él dice:

Yo no creo en nada
sino en el calor de tu mano con mi mano,
por eso quiero gritar
no creo en nada
sino en el amor de los seres humanos ...

Es una canción con recuerdos de su propia infancia, visión de la pobreza sórdida, entre un padre borracho y una madre que se mató trabajando. No había dinero para comida, pero sus padres adquirían sin cesar cirios para comprar la suerte ante las imágenes de los santos.

Las manos de Víctor eran hábiles no sólo para tocar su guitarra. Era elpapi a quien las niñas esperaban cuando había una astilla que desenterrar o una herida que curar, porque sus manos eran seguras y suaves y el dolor era menor bajo su contacto.

En su infancia, Víctor aprendió lo que es el trabajo con las manos, supo cuánto tiempo entraba, de labor y de la vida, en un campo labrado, la rueda o el yugo de un arado, en una marmita de greda. Sus únicos bienes preciosos, fuera de su guitarra, eran objetos fabricados por las manos del pueblo que él amaba y cuyos sufrimientos y luchas eran los suyos: una copa de madera rústica, que los araucanos habían usado durante años para sus alimentos; frazadas y ponchos tejidos por los campesinos durante los meses de invierno, al término de la cosecha; un lazo de cuero trenzado gastado por el uso.

El lazo dio origen a una canción dedicada al anciano que lo hizo, un viejo que vivió toda su vida en el pueblecito donde Víctor pasó una parte de su infancia: Lonquén. Está enclavado en las colinas al suroeste de Santiago, cerca de la gran ciudad, pero completamente alejado de ella. En la canción de Víctor las manos del anciano se transforman en un símbolo de vida y de trabajo duro:

Sus manos siendo tan viejas
eran fuertes para trenzar,
eran rudas y eran tiernas
como el cuero del animal.
El lazo como serpiente
se enroscaba en el nogal
y en cada lazo la huella
de su vida y de su pan.
Cuánto tiempo hay en sus manos
y en su apagado mirar
y nadie ha dicho -está bueno,
ya no debes trabajar.

Víctor hizo también una canción sobre las manos de Angelita Huenumán, una india mapuche que, en una minúscula pieza sombría, con suelo de tierra, hacía en su telar frazadas de colores con dibujos extraordinarios. Utilizaba lana hilada y teñida por ella misma, de los corderos que ella también criaba y cuidaba. Angelita vivía con unniñito, lejos de todo, entre los lagos, los bosques y las montañas de Arauco:

Sus manos bailan en la hebra
como alitas de chincol,
es un milagro cómo teje
hasta el aroma de la flor.
En sus telares Angelita
hay tiempo, lágrima y sudor,
están las manos ignoradas
de mi pueblo creador.

Los años sesenta dieron un nuevo impulso a la lucha por una sociedad más justa y suscitaron exigencias más perentorias de cambios fundamentales. En estas condiciones, el compromiso de Víctor también maduró, y en 1969 escribió La plegaria a un labrador, en donde la mano del hombre ya no es sólo un símbolo de amor que une a los individuos. Ahora pasa a ser un símbolo de orgullo y de reconocimiento de la propia identidad, un símbolo de fuerza y de lucha colectiva por una causa común:

Levántate
y mira la montaña
de donde viene
el viento, el sol y el agua.
Tú que manejas el curso de los ríos,
tú que sembraste el vuelo de tu alma,
levántate
y mírate las manos,
para creer estréchala a tu hermano;
juntos iremos
unidos en la sangre,
hoy es el tiempo que puede ser mañana.

La Plegaria a un labrador fue escrita un año antes que Allende llegara a ser presidente de Chile. Los cuatro años de vida que le quedaban, Víctor los consagró a aquello en lo cual él más creía: el gobierno de la Unidad Popular, la posibilidad de construir un Chile socialista e independiente por medios pacíficos.

Víctor, director de teatro de éxito, cantor y compositor popular, seguía, sin embargo, al lado de la gente con que había nacido: los obreros y los campesinos de Chile. El decía: La mejor escuela de arte es la vida misma. Decía también: A veces quisiera ser diez personas para ayudar en todo lo que hay que hacer. Pasó sus últimos cuatro años componiendo, cantando, recorriendo todo Chile y América Latina, listo en todo momento a cumplir la tarea que fuera necesaria. Yo lo veo en el campo, bajo el sol enceguecedor, ayudando en la cosecha de maíz, desmembrando la planta de arriba abajo con gran habilidad; y durante la pausa consagrada al reposo, sentado en la tierra seca y polvorienta, bajo los eucaliptos, listo para tocar la guitarra y cantar, escuchar o discutir. Lo veo en una bodega haciendo equilibrios arriba de una enorme pila de sacos de azúcar. Está desnudo hasta la cintura y transpira. Es una dura faena levantar los pesados sacos y ordenarlos a la velocidad con que los grupos de trabajadores voluntarios los traen desde los vagones del Ferrocarril. Todos ellos luchan contra las consecuencias de la huelga de los dueños de camiones que la CIA financia para paralizar Chile.  Víctor ríe y bromea. Su entusiasmo es contagioso, y a su alrededor todos trabajan mejor en equipo.

Once de septiembre de 1973: Día de la monstruosa y criminal agresión militar contra el pueblo chileno; día en que se desencadena el fascismo.

Víctor deja la casa para presentarse en su lugar de trabajo: la Universidad Técnica del Estado. Víctor es hecho prisionero junto a muchos más y llevado al Estadio Chile, lugar donde antes se han celebrado tantos festivales de la canción. Víctor es allí humillado, golpeado, torturado, como tantos otros. Le quiebran las manos. Luego lo acribillan hasta matarlo, y su cuerpo es arrojado a la calle y recogido después por una patrulla, que lo lleva hasta la morgue de la ciudad. Allí lo encuentro yo, entre montones de cuerpos de estudiantes, de trabajadores, de profesores. Allí entiendo de verdad lo que significa el fascismo. Querría morirme, pero es necesario que yo siga viviendo, aún con el suplicio de Víctor incrustrado dentro de mí. Saco fuerzas de su vida y de su coraje.

En alguno de esos cinco días Víctor escribió:

Sólo aquí
diez mil manos que siembran
y hacen andar las fábricas

Somos diez mil manos
manos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del compañero presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.

Los fascistas chilenos convirtieron las manos de Víctor en un símbolo de los monstruosos crímenes que han cometido contra el pueblo de Chile, en un símbolo del horror y de la represión. Pero yo me acuerdo de ellas como de un símbolo de amor, de vida, de felicidad; y yo he sentido, cada vez más, el calor de miles y miles de manos solidarias tendidas por hombres del mundo entero.

Veo a Víctor de pie en un estrado al aire libre, en Santiago, frente a una multitud; en el océano de rostros humanos hay obreros, mineros, campesi­nos, familias venidas de las poblaciones, estudiantes, hombres, mujeres y niños de Chile. Esta masa enorme bulle con una vida propia, y encontrarse en medio de ella, con su aire de fiesta, su euforia, su resolución, con las banderas llameando sobre las cabezas, es una experiencia que no olvidaremos jamás. Y ese pueblo canta junto a Víctor:

Aprendí el vocabulario
del amo dueño y patrón.
Me mataron tantas veces
por levantarles la voz.
Pero del suelo me paro
porque me prestan las manos,
porque ahora no estoy solo,
porque ahora somos tantos.


Joan Turner
Araucaria de Chile n°2 - Francia, 1978









1624. Carta de Ángel Parra a Victor Jara

Victor Jara Martínez
(Lonquén, Chile, 28 de septiembre de 1932 - Santiago de Chile, 16 de septiembre de 1973)


Querido Víctor:

Me despierto con ganas tremendas de escribirte para contarte lo que me sucedió anoche 24 de diciembre. Serían como las 12:10 cuando sonó el teléfono, nosotros dormíamos profundo, lo de siempre cuando te despiertas antes de haber terminado su noche, ¿quién será? ¿Porqué tan tarde? etc. La llamada era de Chile, para decirme que formaba parte de los perdonados, que era parte del paquete de regalo de pascua que la dictadura ofrecía este año.

La voz querida de mi hermana sonaba radiante, ¿te acuerdas Víctor de su voz? ¡Se te acabó el exilio hermano, se te acabó el exilio! Por un segundo compartí de corazón su alegría, la alegría de tantos otros que pelean todos los días a brazo partido por el fin del exilio y que en mi caso consiguieron mi perdón. Perdón, ¿pero de qué, Dios mío me pregunto?

¿Me están perdonando tus 40 balas por la espalda?

¿Mi padre a quien no volveré a ver?

Ellos me están perdonando nuestros 30 mil muertos y ¿el río Mapocho ensangrentado?

¿Me perdonarán acaso los cadáveres que traía el Renaico en Mulchén? ¿Los fusilados de Calama (al quinteo, es decir 1-2-3-4-5-tú), el director de la Sinfónica Infantil de La Serena? ¿El padre Jarlan símbolo de los pobladores torturados violados relegados expulsados encarcelados desaparecidos? ¿Carmen Gloria, Rodrigo? Parece que debo hacer una reverencia y agradecer el perdón. Aquí no ha pasado nada y tan amigos como antes.

¿Qué te parece Víctor? A veces pienso que es mucha la generosidad, y que soy un mal agradecido.

Me perdonan Marta Ugarte, Tucapel, el Chino Díaz, Weibell, los degollados, Pepe Carrasco, Corpu Cristi y yo no se agradecer.

¿Me siguen perdonando los cinco jóvenes desaparecidos en septiembre del '87, mi pueblo hambriento, la cesantía, la prostitución infantil y este nudo en la garganta permanente desde hace 14 años también me lo perdonan? Me pregunto si en este gesto están incluidos mis amigos muertos en el exilio, Lira Massi, Ramírez Necochea, Guillermo Atias,Vega Queratt.

Estas en la lista. ¿Cuál lista?, la de los que pueden reír, pensar, circular, amar, morir, vivir.

En fin Víctor amigo, mucho tiempo que quería escribirte pero ya me conoces soy un poco flojo. Te contaré que estoy componiendo mucho, entre merengues, tonadas, cumbias y cuecas, oratorios y pasiones, el tiempo pasa y se queda inscrito en el alma.

Quiero hablarte un poco de mi mujer a quien no conociste, pero conocerás algún día o no, mejor lo verás en ella cuando llegue el momento. Ella me ha dado algo que yo no sé como se llama, pero que se traduce en una cierta seguridad equilibrio y alegría de vivir, la misma que tú tenías junto a tu mujer. Me acuerdo perfectamente de tu claridad y seguridad en tus pasos, aventuras y destinos. Y eso se reflejaba en tu trabajo, el teatro, la peña, el partido, los sindicatos y los amigos. Siempre tenías tiempo para todo (yo me cansaba de mirarte). Me acuerdo que la Viola me decía, aprende, aprende. Espero haber aprendido algo.

Por ejemplo :

La humildad, el heroísmo no se venden ni se compran que la amistad es el amor en desarrollo que los hombres son libres solamente cuando cantan, flojean o trabajan chutean el domingo la pelota o se toman sus vinitos en las tardes le cambien los pañales a su guaguas distinguen las ortigas del cilantro cuando rezan en silencio porque creen y son fieles a su pueblo eternamente como tú y como miles de anónimos maestros somnolientos de domésticas, mineros, profesores, bailarinas, guitarreras de la Patria. También quiero decirte al despedirme que París está bello en este invierno que no acepto los perdones ofrecidos que mi patria la contengo en una lágrima que vendré a visitarte en primavera que saludes a mis padres cuando puedas que tengo la memoria de la historia y que todo crimen que se haya cometido deberá ser juzgado sin demora que la dignidad es esencial al ser humano que el año que comienza será ancho de emociones esperanzas y trabajos sobre todo para Uds. Víctor Jara que siembran trigo y paz en nuestros campos.


Ángel Parra
París, diciembre 1987









1087. Estadio Chile

Llegada de detenidos al Estadio Nacional de Chile
11 de septiembre de 1973


Unas horas antes de su muerte, Victor Jara quiso dejar su testimonio de lucha y resistencia contra el fascismo, los derechos de los seres humanos y la paz. Lo hizo con un poema compuesto cuando estaba preso en el Estadio de Chile, hoy Estadio Víctor Jara. El texto escrito inicialmente en una libreta que tomó prestada Victor, fué copiado por un compañero por duplicado en dos cajetillas de cigarros Hilton y entregadas a un estudiante y un médico que serían liberados en el transcurso de las horas siguientes. Uno de ellos no salió con vida.


Estadio Chile

Somos cinco mil 
en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?
Solo aquí
diez mil manos siembran
y hacen andar las fabricas.¡Cuánta humanidad
con hambre, frio, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura!
Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.

Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores uno saltó al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte. ¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera
Sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo
¿Es este el mundo que creaste, dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?
en estas cuatro murallas solo existe un numero
que no progresa,
que lentamente querrá más muerte.

Pero de pronto me golpea la conciencia y veo esta marea sin latido,
pero con el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
llena de dulzura.
¿Y México, Cuba y el mundo?
¡Que griten esta ignominia!
Somos diez mil manos menos
que no producen.

¿Cuántos somos en toda la Patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas
Así golpeará nuestro puño nuevamente

¡Canto que mal me sales
Cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
De verme entre tanto y tantos
momentos del infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi,
lo que he sentido y que siento
hará brotar el momento.


Víctor Jara
Estadio Chile, Septiembre 1973