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3290. La Memoria en las manos





Hoy son las manos la memoria. 
El alma no se acuerda, está dolida 
de tanto recordar. Pero en las manos 
queda el recuerdo de lo que han tenido. 

Recuerdo de una piedra
que hubo junto a un arroyo
y que cogimos distraídamente
sin darnos cuenta de nuestra ventura.
Pero su peso áspero,
sentir nos hace que por fin cogimos
el fruto más hermoso de los tiempos.
A tiempo sabe
el peso de una piedra entre las manos. 
En una piedra está
la paciencia del mundo, madurada despacio.
Incalculable suma
de días y de noches, sol y agua
la que costó esta forma torpe y dura
que acariciar no sabe y acompaña
tan sólo con su peso, oscuramente.
Se estuvo siempre quieta,
sin buscar, encerrada,
en una voluntad densa y constante
de no volar como la mariposa,
de no ser bella, como el lirio,
para salvar de envidias su pureza.
¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles
libélulas se han muerto, allí, a su lado
por correr tanto hacia la primavera!
Ella supo esperar sin pedir nada
más que la eternidad de su ser puro.
Por renunciar al pétalo, y al vuelo,
está viva y me enseña
que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto,
soltar las falsas alas de la prisa,
y derrotar así su propia muerte.


También recuerdan ellas, mis manos,
haber tenido una cabeza amada entre sus palmas.
Nada más misterioso en este mundo.
Los dedos reconocen los cabellos
lentamente, uno a uno, como hojas
de calendario: son recuerdos
de otros tantos, también innumerables
días felices
dóciles al amor que los revive.
Pero al palpar la forma inexorable
que detrás de la carne nos resiste
las palmas ya se quedan ciegas.
No son caricias, no, lo que repiten
pasando y repasando sobre el hueso:
son preguntas sin fin, son infinitas
angustias hechas tactos ardorosos.
Y nada les contesta: una sospecha
de que todo se escapa y se nos huye
cuando entre nuestras manos lo oprimimos
nos sube del calor de aquella frente.
La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta?
El peso en nuestras manos lo insinúa,
los dedos se lo creen,
y quieren convencerse: palpan, palpan.


Pero una voz oscura tras la frente,
—¿nuestra frente o la suya?—
nos dice que el misterio más lejano,
porque está allí tan cerca, no se toca
con la carne mortal con que buscamos
allí, en la punta de los dedos,
la presencia invisible.
Teniendo una cabeza así cogida
nada se sabe, nada,
sino que está el futuro decidiendo
o nuestra vida o nuestra muerte
tras esas pobres manos engañadas
por la hermosura de lo que sostienen.
Entre unas manos ciegas
que no pueden saber. Cuya fe única
está en ser buenas, en hacer caricias
sin casarse, por ver si así se ganan
cuando ya la cabeza amada vuelva
a vivir otra vez sobre sus hombros,
 y parezca que nada les queda entre las palmas,
el triunfo de no estar nunca vacías.


Pedro Salinas







1897. Carta de Quiroga Pla a Pedro Salinas

José María Quiroga Plá
(Madrid, 21 de abril de 1902 - Ginebra, 28 de marzo de 1955)


José María Quiroga Plá, poeta y escritor, un intelectual cuya voz fue desterrada, celebró la proclamación de la Segunda República. Militante de Izquierda Republicana desde su fundación, al estallar la contienda se afilió al Partido Comunista, que abandonaría tres años más tarde. Fue nombrado jefe del Departamento de Censura de Prensa Extranjera en la Subsecretaría de Propaganda durante la contienda.

Se casó con Salomé, hija mayor de Unamuno y se convirtió en secretario de éste.

Desde su exilio en 1939 hasta su muerte en Ginebra en 1955, con tan solo 53 años, trabajó como jefe de traducción en la Unesco. Se murió anhelando regresar a España.


*


Carta de José María Quiroga Plá a Pedro Salinas en 1939

Mi querido y buen Salinas: ¿ya es tiempo de que le escriba, no? El mes que viene hará tres años que nos separamos. Desde entonces no he sabido de usted más que por una o dos cartas de Margarita, y por una de usted, que hará un año, con ocasión de una coladura de Guillermo de Torre. No es mucho, pero menos noticias aún ha tenido usted de mí. Las causas de ello son varias. Por una parte, un poco el pensamiento: «Que Salinas se tome la pena de escribirme, –¡ya que yo no me tomo la pena de escribir!–»; de otra, el no saber exactamente cuál era su posición de usted con relación a nuestra guerra (en la que, por mi parte, y cada vez más a fondo, después de plantearme no pocos problemas morales y políticos, estaba –estoy– metido hasta la coronilla). Perdone usted esta última confesión. No es falta de amistad, como pudiera usted creer. Por el contrario, era miedo a sufrir un choque más: usted sabe lo que era para  mí Caravia, «Pedro I». Ha sido terrible. Mientras él estaba en Asturias, y luego en Barcelona (a donde se trasladó en el otoño del 36, para reunirse con su prometida y casarse, más tarde, con ella), mis cartas rebotaban en él de una manera que empezó desconcertándome, y bien pronto no me dejó lugar a dudas. Después, ya en Valencia yo, en el hospital, fue a verme. Y luego hemos vivido cerca, muy cerca, en Barcelona, y nuestros diálogos, a pesar de nuestros esfuerzos, eran choques dolorosos. Allá se quedó, esperando la entrada de los fascistas, con su mujer, hablando de salir de España «más adelante», sin adherirse por entero (¡eso faltaba!) a «los otros», pero, desde luego, más a su lado que al nuestro. En los últimos días de mi estancia en España, me dejó unas notas, una especie de diario que había ido llevando… y que, para seguridad suya, no le devolví hasta horas antes de mi marcha. ¡Si le cogen aquello encima, se lo cargan! Ahora, que me temo que sean los fascistas quienes le hagan pasarlo mal, no obstante ser su cuñado jefecillo de horda en Zaragoza. ¡Pobre Pedro! En fin, comprenderá usted mi temor. Yo tenía noticia de la salvajada que habían hecho con su casa de usted, con sus muebles y papeles, en Madrid. Confiaba en la lealtad, en el republicanismo de usted pero, ¡qué diablo!, todo tiene un límite, y hay reacciones que puede uno explicarse. Cuando, hace un año, recibí la carta en que usted me remitía otra de Torre, me llevé un alegrón de los gordos. No le contesté, sin embargo, por pudor. Yo era jefe del Gabinete de Censura de Prensa Extranjera, del Ministerio de Estado. Porque la defensa de nuestra causa me tocaba muy de cerca al corazón, no me era posible, por una parte, sustraerme a ella, olvidarla, al escribir a un amigo, y más a un amigo querido, como usted. Pero había un freno de delicadeza, justamente, que me impedía escribir con el calor que hubiera querido hacerlo. ¿No podía parecer el señor que hace apologías oficiales, para justificar la forma en que se está ganando el pan? Claro que yo no me ganaba el pan, sino que cumplía con mi deber. De una manera o de otra, es lo que he hecho durante toda la guerra. Al principio, cuando me faltaba no más un ejercicio para acabar los cursillos (debía actuar la última vez el 20 de julio por la mañana. Me despertó, a las 6 de la mañana, el tiroteo del Cuartel de la Montaña. A las 10 fui, de todas maneras, a la Universidad. Los mozos de la C.N.T me pusieron no pocas veces, en los escasos centenares de metros del recorrido, la pistola al pecho), entré a trabajar en «Cultura Popular», en la organización de bibliotecas para los hospitales, y luego para los frentes. Trabajaba todo el día. A la noche, al volver a casa, no pocas veces bajo los bombardeos de la aviación, me ganaba el pan traduciendo las últimas cosas que me aceptaron en Calpe. En noviembre, volviendo a casa por la calle de la Montera (el 17, la noche en que una bomba hundió el metro y empezó a arder Madrid por los cuatro costados) me cayó una bomba incendiaria a menos de diez metros. Suerte que solo era incendiaria. Seguí trabajando todo aquel mes. A fines del mismo, mi enfermedad se agravó. Salió en la Gaceta mi admisión como profesor de Lengua y Literatura. Pero las cosas no estaban como para encargarme de un curso. El gobierno había salido de Madrid, ¡y cómo! La artillería enemiga nos cañoneaba a diario. Empezaron a llenárseme de llagas los pies y las manos. Cada mañana salía de casa trabajosamente, llegaba en metro hasta la Puerta del Sol, y desde allí tenía que recorrer toda la calle Mayor, hasta llegar a la del Sacramento, donde tenía mi trabajo. Cada paso era un dolor del diablo. Además, cuando iba haciendo flinflanes de canguro, me ocurría tener que tirarme al suelo: pasaba bufando un obús, y había que hacer la rana sobre el suelo lleno de cristales y de escombros. Después de comer tenía que hacer el mismo viaje. Y a la noche era peor, porque era la vuelta a pie y a oscuras, y con el agravárseme la diabetes iba yo perdiendo vista por días. Luego, al volver a casa y querer hacer mis curas, me encontraba con que no había agua caliente, ni carbón, ni madera con que ponerme a calentar. Tenía que arrancarme las vendas, ensangrentadas, con aguantoformo y agua fría. Insulina no se encontraba apenas. Y con todo esto, apenas había qué llevarse a la boca. En diciembre caí en cama. Eusebio Oliver se hacía el renuente, desde que supo mi posición política. Yo me pasaba los días tiritando, en mi cuarto. Por la noches, me costó un triunfo aprender a dormir oyendo el cañoneo y las rachas de ametralladora, cuando no el estruendo de los aviones que volcaban como con cestos sus bombas sobre nuestro pobre Madrid. A fines de año me llamaron de Valencia: recién creado el Ministerio de Propaganda, Arturo Soria, secretario general del mismo, me ofrecía una plaza. Yo esperaba encontrarla en el cementerio dentro de poco tiempo. Así como así, estimaba preferible morir solo, completamente solo, ahorrando a mis padres y a mi hermana el tártago final de asistir al último ejercicio de mis «oposiciones a fiambre». Una mañanita de fines de enero salí de Madrid. Un buen amigo me llevó en su coche –un coche de aviación–. Mal viaje, y peores días los primeros que pasé en Valencia (cenetizada de mala manera. En Madrid habíamos superado ya eso hacía meses). Gente bestial, dura. Por fin entré en un hospital. Allí pasé cuatro meses, entre la muerte y la vida lo más del tiempo. Me decían que no me moviera. Podía presentarse una embolia… Organicé una biblioteca, una escuela, lecturas. Iba de sala en sala con mi máquina de escribir, haciendo de mecanógrafo a los muchachos que tenían lejos su familia. Hice de enfermero de mi cuñado Ramón, que había perdido un ojo, medio paladar y no sé cuántas cosas más en el Jarama… En abril dejé el hospital, y entré en la Subsecretaría de Propaganda. Me reclamaron en Prensa Extranjera. A los ocho días le jugaban una gatada a la cabra loca de Soria. Escribí una carta al ministro (Carlos Esplá), renunciando a mi puesto y echándole en cara su frivolidad y la de su cotarro. La gente de Prensa Extranjera, y el partido en que me había apuntado desde septiembre del año antes, intervinieron. Conmigo habían dimitido otros funcionarios. A esos se les dejaba alistarse o hacer lo que quisieran. Yo tenía que volver a mi puesto. Cerré el pico, por disciplina, pero me negué a ir a presentar mis excusas al ministro. Este, por su parte, botó cuando se le habló de que yo volviese. «Había de hundirse el ministerio en faltando él, y ese mozo no volvería a su puesto». Todo un carácter, el hombre. Y empecé a trabajar «clandestinamente». Quiero decir que trabajaba en casa, y no aparecía como funcionario. Así traduje los documentos todos del «Libro Blanco» que Vayo presentó en Ginebra. Tuve que empollarme un montón de libracos de guerra (se trataba de documentos militares). Al caer Largo Caballero, se me nombró para la Censura de Prensa Extranjera. Luego fue el traslado a Barcelona, donde nos quitaron la Censura. Seguí en Propaganda. Dos meses, al frente de los traductores de la Subsecretaría. Luego, de diciembre a marzo, sustituyendo al jefe de Prensa Extranjera. Más tarde, me disponía a pasar a los servicios del estado Mayor, cuando tuvimos nueva crisis, y Vayo me encomendó la jefatura de la Censura de Prensa Extranjera. Al frente de ella he estado hasta el 4 de febrero, en que pasé la frontera por orden de mis jefes. Pedí ir al centro. No me dejaron. Me presenté a la gente de la Association Internationale des Ecrivains (la única que ha hecho algo serio por los españoles, al menos por lo que se refiere a los intelectuales). Ahí he estado y estoy trabajando cuanto puedo, sin poder hacer otra cosa, como no sea proyectos que se me mueren en flor los pobrecillos. Al llegar aquí, como tenía pasaporte diplomático (Vayo me había agregado a su gabinete político y diplomático), nadie me molestó. Cuando empezaron las persecuciones contra los españoles republicanos, hice visar mi pasaporte en la embajada de los Estados Unidos, sin dificultad alguna. Conseguí más tarde el «visa» de Cuba. Hoy no me sirven ni el uno ni el otro, después de reconocido Franco por los Estados Unidos (¿qué otra cosa podían hacer, si el cuco cursi de don Fernando «se dio el bote», dejándolo todo abandonado?), y cuando ya no existe un gobierno republicano. Un periodista y escritor yanqui, amigo mío, Bob Allen, me alentaba a ir ahí, asegurándome que durante el verano él me conseguiría clases particulares suficientes para vivir el resto del año. Vacilé un momento. Después me afirmé en mi voluntad de seguir aquí mientras pudiera hacer algo por mis compañeros españoles. Por otra parte, creo que lo nuestro «no ha hecho más que empezar», y que, como todo buen revolucionario tiene que empezar por ser tradicionalista (¡de la tradición revolucionaria, claro!), y la tradición revolucionaria española tiene solera de París, aquí estaba mi sitio. Desgraciadamente, la policía francesa tiene sobre este particular ideas propias, que discrepan bastante de las mías. En consecuencia, cuando yo llevaba cincuenta y tantos días en París, me expulsaron, señalándome Melun, a 45 kms de aquí. Hice constar mis profundas dudas respecto a la posibilidad de que se me perdiese nada en Melun, conseguí que se aplazara por tres días mi «santoninación»… y el bueno de Cassou logró parar el golpe. Y aquí me tiene usted esperando ¡desde hace un mes!, la carte d’identité que me han prometido. Por los mismos días de la expulsión se me propuso para ir a Méjico, en la lista que llaman aquí los españoles de «los quince mariscales», capitaneada por Bergamín. Las condiciones económicas no eran malas. Pero, por una parte, creo lelamente que, parodiando la frase de Pasionaria, «vale más vivir en París, que morir de rodillas». Además, todavía quedaba mucho por hacer aquí en bien de los intelectuales españoles, y, finalmente, yo debía consultar con mis compañeros de partido. Días más tarde, se me habló de ir a la U.R.S.S, para ponerme al frente de unas ediciones. Ya estaba señalada la fecha de mi partida, cuando hubo contraorden. Y aquí estoy, en disponibilidad. Por desgracia, el dinero reunido por el Comité d’Accueil pour les Réfugiés Intellectuels Espagnols está en los amenes. Con 700.000 francos reunidos (unos 300.000 en Francia; el resto en Norteamérica, Inglaterra, y algo en Suramérica) se han hecho milagros, sosteniendo durante tres meses a cerca de doscientos intelectuales con sus familias, y ayudando a unos novecientos más. A mí, desde hace mes y medio, me dan mil quinientos francos. Estuve resistiéndome mientras pude, gracias a los envíos de algunos amigos ingleses y americanos. (Por cierto: Llorens me habla de que le dio a usted mi nombre para una lista de profesores de español a los que pensaban ayudar desde ahí los spanishteachers norteamericanos. Llorens ha recibido ya 25 dólares. ¿Puede usted hacerme beneficiar de esa ayuda?). Con 1.500 francos no se pueden hacer milagros en París; sobre todo, cuando ayudan a reducir las posibilidades de esa taumaturgia cierta propensión natural a vivir bien y a remediar lástimas ajenas, así como la propensión, adquirida, a comprar de cuando en cuando algún libro… De aquí a un mes, cuando esté liquidada la actividad del Comité d’Accueil, estableceré en firme mis planes (¡rediós con el galicismo, maestro! Usted disimule, como decíamos en nuestros tiempos del Centro). Hace poco escribí a mis padres fingiendo que regresaba de Norteamérica. Mi madre llevaba en cama desde fines de año. Me han contestado a los pocos días. Para colmo de suerte, con la carta venían no solo noticias, sino unos renglones de mi hijo y media plana de Felisa. Esta se había presentado en casa de mis padres tan pronto como pudo, llevándoles víveres (en su carta me lo dice mi madre) y dinero «porque el otro ha sido declarado nulo». Donde mi madre escribe «el otro», una mano piadosa ha metido la pluma y ha escrito «rojo». El caso es que Felisa ha estado con mi gente quince días, que allí ha podido saber ya que he hecho durante la guerra, cuál es mi actitud política, el camino que he tomado, en suma. Su reacción ha sido, al escribirme, consultarme sobre la conveniencia de que este verano vayan ella y el crío «al pueblo de Ramón». El pueblo de Ramón es, sencillamente, Hendaya, donde piensa establecer sus reales este verano el menor de mis cuñados. Los otros están en España. Todas las trazas son de que se encuentran bien, e incluso «relacionados»: Fernando escribe a Ramón «ordenándole» que vaya a ver a Lequerica, diciéndole que el señor Embajador «ha sido gran amigo de nuestro padre». A continuación, sin hablar para nada de Felisa ni de Miguel, hay una delicada indicación destinada a mí: «A José María, que devuelva los originales de nuestro padre que se llevó. No creo que le extrañe nuestro legítimo deseo de publicar las obras de nuestro padre en nuestra patria antes que en ninguna otra parte». Esos originales «que me llevé» son las poesías del Cancionero de don Miguel, escrito en el destierro, como usted sabe. En Hora de España publiqué yo algunas. Pensar que el manuscrito podrá ser editado en España es pensar la locura. Así, estoy haciendo sacar copia de las poesías, de acuerdo con Ramón. Una copia a máquina será enviada a Palencia, y allá ellos. Pero los manuscritos los guardaremos muy bien Ramón y yo. Aparte de eso, y volviendo a mis planes: si de aquí a julio no se ha declarado la guerra (los optimistas la esperan para mediados de julio; los pesimistas, más cautos, para de aquí a un año), en cuyo caso ofreceré mis servicios al gobierno francés, es la misma lucha que continúa, ¿qué quiere usted?), buscaré un rincón en el campo, o a orillas del mar, en que establecerme, y allí me dedicaré a traducir (para la Argentina y Chile, acaso para una editorial importante que se va a fundar en Méjico), y a escribir. En todo este tiempo no he hecho más que dos o tres poemas… y una docena de sonetos amorosos. Me urge descargarme de mis novelas cortas en fárfora, las viejas y las que andan dándome vueltas por dentro desde hace cosa de un año, y que solo en ciertos respectos caerían dentro de lo que se llama literatura de guerra. Trabajando esperaré a Felisa y al cachorro. Únicamente si pierdo la esperanza de recobrarlos pronto, saldría de Francia. ¿Para ir adónde? A donde sea. Acaso a la U.R.S.S, por ser el único sitio donde me dejará entrar sin dificultad. A España no vuelvo hasta que se les acabe el destierro a aquellos infelices. Quiero decir, a los que se han quedado allá. Porque son ellos los desterrados, y no nosotros. Creo que fue en Polibio en quien leí, hace años, la historia de unos soldados griegos que se pasaron al persa. Alguien les echó en cara que abandonasen así su patria, y ellos, llevándose las manos a la verija, respondieron que allí estaba su patria, donde se llevasen lo que les colgaba. De hecho, allí está la patria de uno, donde pueda hacer hijos libres… y hacer tiempo para volver a recobrar la patria vieja. Todo lo que he pasado en estos tres años, desde la enfermedad hasta los sufrimientos morales, me ha enseñado a confiar en mis propias fuerzas y en las de mi pueblo. Sé que a España he de volver, y conmigo mis compañeros, y no como amnistiados, sino como amnistiadores. Tardará más, tardará menos en llegar ese momento. Pero llegará. Mientras tanto, no hay sino seguir viviendo y haciendo. Es la manera de seguir trabajando por España y por cumplir el propósito.

En cuanto a mi salud, desde hace dos años no he tenido tiempo de hacerme ver por un médico. Cuando se ha trabajado en esos dos años, malcomiendo, sin descansar, con jornadas medias de doce a catorce horas, y sigue uno tan tieso, es cosa de empezar a creer que no hay rayo que le parta a uno. Y, en fin, si uno revienta antes de tiempo, otros harán lo que uno no pudo.

Nada sé de León. El pobre Dámaso quedó en Valencia. No creo que le pase nada. Me temo que a última hora estuviese un poco amargado. Mientras yo le vi y traté en Valencia –donde me visitaba a menudo en el hospital, primero, y más tarde en mi casa–, fue el de siempre, noble, leal, y más de izquierdas, sinceramente, en el seno de nuestras charlas, que cuanto hubiera podido creerse de él. ¿Qué puede usted decirme de los demás amigos? De Guillén me dicen que anda por ahí. Le he defendido muchas veces, cuando me han hablado de un discurso suyo de inauguración de un curso en Sevilla. No sé qué puede haber de cierto. En todo caso, o me dejo cegar por la amistad, o no puede tratarse más que de haberse visto Guillén puesto a parir por aquellos cafres. ¡No hay que pedirle a todo el mundo que haga el héroe, diablo! En cambio, del canallita de Gerardo sé cómo estuvo aquí al pairo, hasta que pudo volverse a Santander, para escribir allí una oda a las «alas negras», a los aviadores italianos que nos achicharraron en Barcelona (Parece que el bombardeo que «le dio marcha» poéticamente fue justamente uno en que estuve a punto de «parmar» yo, en Barcelona: cayeron dos bombas en la misma manzana de casas en que yo vivía, a fines de enero del 38. Yo estaba en la cama, y en ella seguí –no he pisado un refugio en toda la guerra–. Saltaron todos los cristales de las ventanas, y a poco nos ahogamos con el polvo y con el olor a chamusquina. Afortunadamente, todos mis peligros de muerte se quedaron en «casis». La última bomba que pasó cerca de mí, llevándose los alamares, como aquel que dice, fue en el bombardeo gordo de Figueras, el 3 de febrero de este año: cayó una bomba en el piso de al lado. Hubo seis muertos y diez y seis heridos graves. Las paredes de mi despacho se cuartearon, y yo salí de allí pensando seriamente en enviar un parte de nacimiento a mis amistades, porque la verdad es que una vez más acababa de nacer).

Si sabe usted alguna posibilidad de trabajo para mí, dígamela. Y, sobre todo, escríbame. Imagino que Solana debe estar ya hecha toda una mujer, y  Jaime un barbarote de una pieza. ¿Y Margarita? La he recordado muchas veces, y no sabe bien ella con qué afecto. Lo mismo que a usted, por lo demás, mala persona. ¿Qué hace usted? ¿Escribe? ¿Publica? Ea, cuénteme todas esas cosas y muchas más. Escríbame aquí, a las señas que le doy en mi carta, o bien a la Association Internationale des Ecrivains. –29, Rue d’Anjou (Paris, VIII). Pero escríbame, si es que no se le pone la carne de gallina de escribir a un rojo recalcitrante, condenado al fuego eterno y a qué se yo cuántas cosas más. Salude a Navarro Tomás de mi parte. Mándeme, si las conoce, las señas de Casalduero. Y usted, con abrazos afectuosos para su gente, reciba uno muy fuerte y muy emocionado –aunque usted no lo crea– de su viejo y leal amigo


Quiroga








1207. Imagen primera y definitiva de Pedro Salinas

Pedro Salinas Serrano
(Madrid, 27 de noviembre de 1891 - Boston, 4 de diciembre de 1951)


He tardado más de diez días en comprobarlo, en adquirir la absoluta, irremediable certeza. Primero fue el último editor de su poesía, nuestro noble y seguro Losada: «Me dicen que ha muerto, que alguien de su familia lo ha escrito a no sé quién en una carta...» Pero ¿dónde? ¿Y de dónde la súbita noticia? ¿Y cómo ni siquiera ese mínimo cable que nos salta de pronto en la mañana al abrir el diario? «Ha muerto, sí, me lo aseguran...» ¿Que ha muerto? ¡Tan grande y fuerte como era, es decir, como es, porque...! Unos nos afirmaban no hace mucho que lo habían visto en Cuba; otros, que en Puerto Rico; otros... Pero ¿será posible que un poeta como él no despierte en su último trance ni esas pocas palabras periodísticas que se añaden de primer momento a la urgencia de un telegrama? Parecería mentira. Mas su editor, Losada, ya me lo había afirmado. Pero yo, dudándolo, contento, hasta no verlo escrito, quise vivir en la esperanza de que alguien desmintiese la noticia. Y no se desmintió. Mis propios ojos, al fin, no sólo la leyeron, sino que sobre el comentario alabando su obra y llorando su muerte pudieron ver al poeta en uno de aquellos juveniles retratos, imagen rubia y alta que me trajo al recuerdo los días inaugurales de nuestra amistad en los jardines de la Residencia de Estudiantes.

Era entonces Pedro Salinas profesor de literatura castellana en los cursos para extranjeros que allí, en la Residencia madrileña de los Altos del Hipódromo, comenzaban en los primeros días de verano. Todavía, aquel año (1924), Federico García Lorca no se había marchado de vacaciones a su Granada. El fue quien me lo presentó, llamándolo, entre serio y gracioso, don Pedro. ¡Don Pedro! (Luego, comprendí que este don, que tan impropio y casi risible me sonara al pronto aplicado a un joven poeta, le iba bien a Salinas, pues a pesar de su franca alegría y abierta bondad, siempre hubo en él —y tal vez su desmañada corpulencia fuera la causante— algo que parecía justificarlo.) Ya Salinas, cuando lo conocí, era el autor de Presagios, su primer libro de poemas, aparecido con un retrato lírico de Juan Ramón Jiménez. Muy pronto don Pedro se hizo amigo mío, amistad que aumentó al aparecer mi Marinero en tierra y que subió, generosa, de grados cuando a raíz de Sobre los ángeles diera una magnífica conferencia sobre este libro. Siempre quise a Salinas y oí con gran respeto sus juicios literarios, viéndonos con bastante asiduidad hasta poco después de la caída de la monarquía. Pero desde La voz a ti debida (1933), el canto de amor que puso más luz y transparentada sombra a su obra poética, ya lo frecuenté poco, sin que por esto nuestra amistad no se hiciera a distancia señales luminosas. La República española se hallaba ya mordida en lo oscuro por sus peores dientes enemigos. Estallada la revolución de Asturias y reprimida con ferocidad anunciadora de los procedimientos que iba luego a establecer el franquismo, algunos de los poetas de mi generación comprendimos que nuestra voz era velada, difícil de escucharse en medio del clamor subido de la sangre y la nueva garganta de nuestro pueblo. Y quisimos alzarla, poniéndola a la altura de su grito, que alcanzó su más erguido grado de agudeza el día 18 de julio de 1936. Pero entonces, cuando este brusco cambio de temperatura, no fueron sólo algunos, sino todos los mejores poetas de España, precisamente aquellos motejados de puros, los que supieron con dignidad servirla: unos, con las armas y sus poemas, y otros, los que así no pudieron, con el ejemplo leal de su conducta. Pedro Salinas, aunque distante de la guerra, en suelo americano, perteneció a estos últimos.

Ahora, Pedro Salinas, don Pedro, acaba de morir en el destierro, signo de su fidelidad a España que él había comprendido como un despertar lleno de gallos prometedores de una nueva aurora. Ha muerto en Nueva York, lejos de su Madrid —¡aquella azotea suya en el barrio de Salamanca!—, entreviendo tal vez en la última luz de sus ojos perdidos los chopos verdes de la Residencia contra el azul fundido de los montes guadarrameños.

¡Muerte de los desterrados!
Hay noches que por la mar
van y no vuelven los barcos.

Descanse en paz el cuerpo de Pedro Salinas, en espera de que algún día lo reciba la tierra aquella a quien debió la voz que lo hiciera cantar, llenándolo del viento de la más noble, eterna poesía.


Rafael Alberti

Pertenecen estas imágenes al libro titulado «Imagen primera de...», incluido en otro tomo de estas obras. La «Imagen sucesiva de Antonio Machado» es continuación de la aparecida en aquel libro. La de Pedro Salinas se publica por primera vez en 1968.





802. Recordando a Pedro Salinas

Pedro Salinas, el poeta del amor y el compromiso murió en el exilio. Desde que abandonó España en 1936 enfermó de nostalgia. Jamás pudo regresar.

Queremos recordarle hoy, con una de las cartas que dirigió en diciembre de 1936 a su mujer, Margarita Bonmatí, desde el Wellesley College, la universidad americana en la que trabajaba como profesor.



Wellesley, 11 de diciembre 1936

Leyendo estos días los periódicos, viendo las fotos de las casas hundidas en Madrid por el bombardeo se me rompe algo dentro. Me dices que abandone la idea de volver a España, y eso tan natural, tan lógico, me suena a sorpresa. En mis clases hablo de España, de su tierra de Castilla, de Andalucía, y no puedo darme cuenta de si existe todo eso, aún, o no. Además, Marg, tú no sabes lo que es enseñar el español, así tan lejos de España, en estos momentos. El idioma es al fin y al cabo, la esencia de un país, en mi memoria ¿No crees tú que en el idioma se conservan y guardan, como en una memoria, las esencias de un país? A veces explicando en clase un autor, salta a mi vista una palabra de esas cargadas de enorme significación espiritual española, y me estremezco. Hoy, para mí, el idioma es la mejor memoria de mi país, y como lo estudio y lo explico resulta que sin querer, sin desear acordarme, lo estoy recordando a todas horas. Se me ha ocurrido últimamente (ya te explicaré otro día lo que es) escribir un librito para ganar algún dinero, un objeto práctico: pero luego al pensar en ello, he visto que yo mismo me engañaba, y que el fin del libro era recordar España. Tú quizá no comprendas lo horrible que es para mí hacerme la idea de no oír estas palabras españolas dichas por cualquiera, en la calle, en el campo, ya más. Siempre, después de vivir en el extranjero me ha emocionado al volver a España, el oír mi lengua, el encontrarla otra vez, hablada por el que sea, por el vendedor de periódicos, por el ser más humilde. (Recuerdo, ahora, de pronto, la maravillosa charla de Isabel, la criada de Sevilla).¿Es posible, Marg, que no vuelva a España nunca? Mira, te diré en confianza, casi en secreto, que ahora que se me presenta ocasión de pasar otro año aquí, siento como una gana íntima de irme a Europa, mejor dicho a España. Sé que es un disparate, sí, pero cuando pienso en ciertas cosas de allí, en ciertos lugares y luces, en los jardines del Alcázar de nuestro octubre del 35, en el Escorial, me dan ganas de rendirme. ¡Y es tan tremenda la perspectiva del lanzamiento de una nueva vida profesional, aquí! Aún no nos damos cuenta de lo que hemos perdido. Cuando se haga la paz (?) veré que no tengo ni carrera, ni puesto, ni dinero, ni nombre, que me falta todo eso que he ganado en 40 años de vida y se ha vuelto humo. Pero que me falta, y eso es lo peor, ese algo impalpable, del aire, de la luz, del modo de hablar, de los paisajes y los cielos, que se llama España. Y nuestra casa...¡Pero más vale no hablar de eso! Tendré ánimo, no temas Marg por nosotros.


Pedro

Cartas de Viaje (1912-1951)
Pedro Salinas