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3497. Exequias de Federico García Lorca

Federico García Lorca en Radio Stentor de Buenos Aires. Marzo de 1934


No importa que hayan sido éstos
quienes de plomo llenaron tu boca,
quienes sellaron para siempre tus labios
con latigazo de blasfemia y pólvora:
Tus labios por los que la patria
nos amanecía en frescor y aurora
en todas tus mañanas estrenadas de versos,
Federico García Lorca.

No importa si han sido éstos
quienes condecoraron tu gloria
con laureadas de injuria y muerte
Federico García Lorca.

Que tú ya estabas asesinado
desde que Ignacio militó en Loyola.
Ya tu grito se alzó con los niños de Flandes
en las mismas hogueras y en idénticas horcas
(el Duque se atusaba rosarios y perillas
mientras el Santo Oficio quemaba tus estrofas).
Ya te han matado los encomenderos,
los golilas y corchetes, las caspas y las costras,
los memoriales y letras procesales,
los autos de fe y las sopas bobas.
Ya has muerto cuando otros miserables
firmaban otra muerte de España en Bayona;
y otra vez cuando la carlistada
soltó sus lobos, como ahora;
y otra con los fusilados de Torrijos,
y con las milicias decimononas;
y cuando te pusiste en el camino de las balas
que de Martí y Rizal buscaban la vena generosa;
y otra vez con los tísicos repatriados
que vomitaba Cuba. Y aún otra
en los barrancos de Marruecos,
donde un rey putrefacto y muy mala persona
jugaba un ajedrez de áulicas estrategias
con lo mejor de nuestra sangre moza.

¡Ya ves si has tenido muertes
Federico García Lorca!

Que a ti no te mataron un balazo aparente
sino con silogismos y jaculatorias,
con “ordeno y mando”, pragmáticas y mitras,
con inciensos y hieles, espuelas y coronas,
con olor a colillas de los cuartos banderas,
con caderas renunciantes de madres superioras,
con los entorchados de los rijosos coroneles,
con los furores de las reinas chulonas
con las hemofilias y los cánceres de oído
de la purulencia borbónica,
con los resecos tufos de conventos,
con novenas, trisagios y 40 horas,
con las majaderías enlevitadas
de las academias marañonas,
con mariconadas de los señoritos,
con hipocondrías provincianas y beatonas,
con las dispepsias de las clases pasivas,
con las letras de “El Debate” y de “Patria Española”...
Ya habían asfixiado tu aliento de malvas
todas las solfataras de las antiguas roñas
y ya te habían lapidado otras cien veces
con todos los vetustos cascotes de la Historia

¡Ya ves si estabas muerto antes de haber nacido
Federico García Lorca!

¡Qué piquetes de fusilamiento
qué ¡apunten! ni qué hostias!

¿Desde cuándo acá los fusiles
matan el aroma de las rosas?

¿Desde cuándo los generales verdugos
ametrallan el color de las amapolas?

¿Cómo podrían frailes, beatas y señoritos
sacarle al rubio Dauro tu nombre de la boca?

¿Y con qué flotilla de aviones nazis
van a matar en nuestra carne tu eucaristía portentosa?

Porque es ahí donde siempre has vivido
Federico García Lorca
y donde siempre seguirás viviendo,
hasta que empiecen y se acaben todas las horas
de esta España que arranca y se inaugura de tu sangre
por ti, para ti, de ti, hacia ti,
nuestro Federico García Lorca.


Eduardo Blanco Amor, 1937
(Fragmento)

(Poesía de Blanco-Amor, para el Recital poético de Mony Hermelo, en el Homenaje de Escritores y Artistas a García Lorca, Buenos Aires-Montevideo, 1937).

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2843. Los poemas gallegos de Federico García Lorca




Muchas veces en estos veintitantos años, se me ha pedido que publicase la historia de estos poemas, tan insólitos en el conjunto de la obra lorquiana, en vista de que fui yo quien los ha ordenado para su edición. La verdad es que no tenía ningunas ganas de añadirme al moqueo necrofílico -casi necrofágico- de tanto repentino plañidero exitista, de esos que les entra, apenas, la letra y no la sangre, para ponerme a hacer de mi amigo pendón de reclamos personales. En la primera edición de las Obras Completas, (Editorial Losada, S.A., Buenos Aires, 1938), aparecieron con el prólogo explicativo que les puse cuando los publiqué; lo suprimieron en las sucesivas, no sé la razón; y como éstas fueron las más divulgadas y los poemas aparecían allí mondos de origen, el asunto volvió a su misterio. Hasta 1948 no hallé ánimos para ponerme a hablar de Federico con la indispensable objetividad, para no seguir siempre siendo víctimas de su muerte. En todo este tiempo, me mantuve al margen no sólo de los fregados lacriminatorios de los snobs sino también tejemanejes utilitarios de quienes hicieron mercancía o ideología del trance amarguísimo. Incluso las fotografías que le hice en Granada y en Madrid, quedaron en su mayor parte inéditas hasta 1952, resistiendo muchos mercadeos y ofertas, y las que aparecieron, por cierto sin mención de autor, fueron suministradas por otras personas a las que yo había regalado colecciones. Desde 1948, he dictado veinte conferencias sobre diversos aspectos lorquianos, en la Argentina, Uruguay, Chile y Venezuela. En un cursillo de la Universidad de Chile (1950) sobre Poesía Española Contemporánea le dediqué tres de las doce lecciones, y otras en la Universidad de Concepción. Publiqué luego diversos trabajos. Los últimos son: «Evocación de Federico», en La Nación, de Buenos Aires (octubre, 1956) y «Federico García Lorca, después de veinte años», en la Revista de la Universidad Nacional de La Plata, R.A., (junio, 1958). Este es el primer escrito que publico en España desde 1936.

Se habló poco y se murmuró demasiado acerca de estos poemas que para nosotros, los gallegos, revisten importancia cardinal. Incluso alguna vez, tuve que salir al paso, epistolarmente, del malévolo infundio que me atribuía traducción, colaboración, o algo por el estilo. Afortunadamente, guardo los originales. Se ve que han sido escritos en una serie de impromtus -algunos a lápiz- trazados en esos papeles que se sacan del bolsillo en un café o que se atrapan por ahí sobresaliendo de un montón en la mesa de trabajo. El Noiturnio do adoescente morto, en una invitación de L’Ambassadeur de Portugal (r.s.v.p.), a comer, que pone en la parte alta de la cartulina y escrito a tinta roja: Pour rencontrer Mr. Julio Dantas. La Cantiga do neno da tenda, cruzando la mecanografía y los guarismos de una liquidación de la Sociedad de Autores Dramáticos de España, correspondiente a la Romería de los cornudos, derechos que Federico comparte con G. Pittaluga y C. Rivas Cherif. El Romaxe de nosa Señora da Barca, en un sobre ajado con una tarjeta dentro, de alguien que hoy resultaría innombrable en relación con García Lorca... Y así los otros dos.

Me los dio un día de los finales de julio, 1935, en su casa de Madrid, después de leerme Doña Rosita la soltera, recién acabada. Mi artículo en La Nación -de la que fui corresponsal viajero en España desde 1933 hasta diciembre de 1935- fue el primero, creo, dio noticia circunstanciada de esta obra. En septiembre de ese año me había dado, «para pasar en limpio», (con bastantes variantes en algunos versos), buena parte de los orginales de Diván del Tamarit. Tenía yo proyectado, por aquel entonces, un rápido viaje a Granada y Federico quería llevarle los originales del libro a su amigo don Antonio Gallego Burín, a quien él me había presentado en un viaje anterior. Iba a editárselo aquella Universidad y recuerdo cuánta ilusión esto le hacía, pues Federico era granadino de nación y de vocación, y si volviese a nacer volvería a serlo, a pesar de todo y quizá por todo. Luego, no hice el viaje y le devolví los textos mecanografiados, menos cuatro poemas que destinaba a un Almanaque Literario que iban a editar G. de Torre, M. Pérez Ferrero y E. Salazar y Chapela. Si no recuerdo mal, yo mismo se los entregué a Pérez Ferrero.

En cuanto a los Seis poemas galegos, mi tarea se redujo a formalizar la ortografía, a enmendar alguna impropiedad o castellanismo y también a escoger entre las variantes y a proponerle algunos títulos. Romaxe de nosa Señora da Barca no figura en el original, de modo que debe de ser mío. Para Vella cantiga, le propuse Canción de cuna pra Rosalía Castro, morta. Lo veo luego utilizado en un soneto póstumo (Nueva York, 1941): Canción de cuna para Mercedes, muerta.

Todos estaban inéditos menos el Madrigal â cibdá de Santiago. Me lo dio impreso -los tipos de El Pueblo Gallego, de Vigocon una corrección a pluma en el segundo verso de la tercera estrofa: laio (queja) por ceio (cielo). He aquí algún ejemplo de mis enmiendas: En Danza da lua en Santiago, «¿Quen fire caval de pedra -no mesmo umbral do sono?». Yo puse: «¿Quén fire potro de pedra -na mesma porta do sono?», porque caval no es gallego y cabalo resulta largo; y porta porque expresa poéticamente lo mismo que umbral, que tampoco es gallego, y evita el corte elocutivo artificioso en me-um. El verso: «Filla, con el ar do ceio», quedó: «Ai, filla, co ar do ceio», para corregir el castellanismo y ganar la sílaba... Y así otras menudencias sin importancia. Todo le pareció bien.

¿Por qué los escribió? Federico había estado en Galicia durante un viaje escolar (1917), que le dio temas para su primer libro: Impresiones y paisajes (1918). Entre todo aquel tierno y confiado desparramarse juvenil, aún rezumando modernismo, (Canéfora de pesadilla, Romanza de Mendelssohn, Jardín muerto, Jardín romántico...) hay una nota aceda, dolorosa: Un hospicio en Galicia, con este divertido reventón mitinero: «Quizá algún día (la puerta) teniendo lástima de los niños hambrientos y de las graves injusticias sociales, se derrumbe con fuerza sobre alguna comisión de beneficiencia municipal, donde abundan tantos ladrones de levita y, aplastándolos, haga una tortilla de las que tanta falta hacen en España».

Vuelve a visitarla, con ganas más personales y más adecuadas letras, en 1932, en gira de conferencias por el Instituto de Cooperación Intelectual, o algo así. Naturalmente, en esta visita, más sopesada y mejor acompañada, tuvo que apechugar con el tenaz dominio -aunque sea por pocas horas- de aquel manso y tan incisivo, deslumbramiento que mi tierra mete por las canales del sensorio, antes que por la noticia letrada, en las almas capaces de recepción y que es su desquite de tanto dejarla ahí o del pasarla de largo, conformándose con los tópicos dulzarrones -«los mil verdes del paisaje», «la melancolía», «los iños, iñas»- del comento turístico, repetidor al dictado, o de la vacuidad, sin más, de muchos naturales. Federico, «fulminado» -es palabra suya- por Compostela (¡válgame Dios, él granadino!), en vez de los ¡ah!, ¡oh! de la bobería transeúnte o congénita, se alivió con unos versos; porque muchas veces los versos, aun siendo poeta más trabajoso y premioso de lo que se cree, eran su modo interjeccional y exclamativo.

De esta visita es el primer poema, el Madrigal â cibdá de Compostela. Apareció originalmente en Yunque, de Lugo, una de aquellas revistas -parpadeos de entonces, que duraban tanto como el engaño lírico de sus empresarios- la dirigía Angel Fole -tardaba en hacerse desengaño económico, ¡y tan útiles en su apenas nacer! Volvió en 1934 con «La Barraca». La montó en la Plaza de la Quintana -la antigua Quintana dos mortos-, con su loggia renacentista, su barroco desbocado y aquel altísimo paredón de monjas encerradas, con tantas ventanas, todas mirando hacia dentro, en cuya negrura garbea una lápida recordando al Batallón de Literarios, aquellos estudiantes que en 1808 se fueron a la guerra, con guitarras y manteos, como a una tuna. Y esta plaza vino luego a ser escenario del más intenso de los poemas, la Danza da lúa en Santiago.

Otras relaciones con Galicia: En su conferencia del Duende, signa al Maestro del Pórtico entre los tocados por el misterio y ventolera. También se refiere a la romería metepsicósica de San Andrés de Teijido, o San Andrés de Lonxe, de lejos. Yo se la conté, pero ya se la había contado antes Carlos Martínez Barbeito, que la sabe mejor, aunque no haya estado en ella, porque es de La Coruña. Yo estuve, pero soy de Orense.

Federico había leído los cancioneros galaico-portugueses y la poesía tradicional castellana, en la que nuestra juglaría desemboca. Conocía, asimismo, las obras de Gil Vicente, de Saa de Miranda, la lírica de Camoens y muchos románticos gallegos y portugueses. De Rosalía recitaba algunos fragmentos, Curros Enríquez le parecía «poco gallego» (Juan Ramón Jiménez, ya viejo, habló también de la influencia de estos poetas en su formación primeriza, frente a otras más tercamente asignadas). En Madrid, una tarde de 1934, le leí -y traté de aclararle- algunos poemas de Pondal, nuestro más ancho y hondo bardo costero. Recuerdo uno de sus prontos: «¿Dónde estaba este poetazo?». De los nuevos, había leído a Amado Carballo, a Manuel Antonio –le gustaba más el primero–, a Eugenio Montes –Versos a tres cás o neto–, a Álvaro Cunqueiro y a los más significativos de aquella generación. Yo le había mandado mis Romances galegos (Buenos Aires, 1928), coetáneos, en elaboración y en publicación, del Romancero gitano y sin otra semejanza que el título. Sus amigos gallegos fueron, entre otros que no habré conocido, A. Yunque, Cunqueiro, Feliciano Roldán, Luís Seoane, los Dieste, C.M. Barbeito, Castelao, R. Suárez Picallo, A. Cuadrado... Pero yo creo que el incitador decisivo para que escribiese los poemas gallegos -al menos, los cinco que me dio manuscritos- fue Ernesto Pérez Güerra, igualmente gallego, su amigo más íntimo y personal en aquellos días, junto con Rafael Rapún -¡pobre Rafael!- y su camarada muy querido de lances teatrales, Eduardo Ugarte. Lo digo del modo más válido, y tengo buenas razones para ello: sin la presencia e insistencia de Ernesto (el único poema con dedicatoria, a él está dirigido: Cantiga do neno da tenda) éstos no hubieran nacido. (Ernesto era, en aquellos tiempos, estudiantón indiscriminado y tañedor angélico de aires gallegos en la armónica por noches y cafés, ¡ay!, madrileños. Se fue a Nueva York donde, naturalmente, lavó platos, que éste parece ser allí el indispensable comienzo de las grandes cosas. Hoy es, en su Universidad, catedrático-jefe de la sección Lenguas Romances, además de consumado ensayista y fino poeta en portugués y en gallego).

Fueron publicados en un cuaderno de 34 páginas, por la Editorial Nós -volumen LXXIII-, con prólogo de E.B.A. La fecha del colofón es: 27 de diciembre de 1935, pero estaba hecho en noviembre. Los compuso a mano su director Ánxel Casal. Yo compuse los ocho primeros versos de la Cantiga do neno da tenda, poema emigratorio, como homenaje al poeta y a un oficio pueril aprendido en escuela de frailes. Entonces, aun creíamos en esas trazas y símbolos del sentimiento, ¡o mores! Salvo unos pocos ejemplares que se repartieron, el resto de la edición desapareció, junto con el fondo editorial de Nós en el que figuraban los mayores testimonios del renacimiento cultural gallego desde 1920.

¿Qué más? Algo habría que decir de los poemas en sí, por lo pronto esto: No se trata de divertimientos o ejercicios en lenguaje de préstamo, y si fue eso lo que el poeta se propuso, otra cosa muy diferente fue lo que le salió. Porque tampoco se trata del manejo aproximativo de unos sentimientos tanteados con argucias y oficios del pastiche; en primer lugar, porque no es posible hacer tal cosa con lo gallego como lo es con lo andaluz, pongamos por caso, aunque lo sustancial andaluz quede también siempre lejos de esas aproximaciones. No es posible, sin caer en manifiesta inoperancia o en caricatura, por faltarle a lo gallego el adecuado repertorio de convencionalismos mostrencos. Lo gallego se expresa o se caricaturiza, no hay términos medios ni zonas francas donde pueda denunciarse de otro modo. Su reconditez -aun para los gallegos, que andamos ahora en la tarea de autoaclararnos deja poco margen para lo presunto. Pues bien, estos poemas, que en su momento quedaron sin crítica apta, forman parte de lo más esencial que nuestra lírica haya expresado. Con toda exactitud, su esencialidad es su patente misterio circunstancial, además del misterio radical de toda poesía. De un brinco -dejemos aparte todo el cascarón y falacia de las fuentes- se plantan en el entresijo, en el cogollo, en el cerne de nuestra expresión lírica más penetrante y acabada, con una propiedad milagrosa. En cada uno de ellos, en su lineamiento anecdótico y en la bruma que los difumina y aclara -en el sentido especial de la claridad gallega- resultan obra de la más asombrosa naturalidad, sin rastros de esfuerzo ni huellas de ejercicio retórico; son maravilla sobrecogedora. Adrede amontonó los adjetivos de lo increíble, no por aspaviento sino para resalte, para dar con algún modo explicativo de lo que es en sí irracional; quiere decir, de lo que está siendo, sin que sea posible reconstruir racionalmente su itinerario, sin poder decir cómo ha sido. Nunca había ocurrido nada semejante en ninguno de los poetas foráneos de largo avecinamiento y de manejo, in situ, del habla, y a tantos siglos de su uso como medio comunal, instrumental, operístico, por parte de los líricos primitivos españoles.

Esto en el orden discursivo puede girarse a dotes de penetración en los enseres del saber y a cierta destreza y resolución para abarcar dialécticamente sus relaciones. Mas otra cosa es cuando el producto intuido no es mera intelección, sino que sobreviene ligado y connatural a lo que es más indócil al requirimiento, o sea, al espíritu del habla, a lo que ésta porta y trasluce como reflejo del alma de un pueblo; y en el caso presente, del alma de un pueblo que tiene, precisamente, en la poesía su modo mayor, casi único, de declaración. En los poemas gallegos de Federico, eso que con palabras gastadas y maltratadas, pero sabiendo bien qué queremos decir, llamamos lo racial, lo telúrico, resulta evidente, con la evidencia sui géneris de la poesía de un ahí perceptible por quienes llevamos dentro la oquedad adecuada para su resonancia, aunque no podamos decir en qué consiste. La imaginería concreta, figurativa, y a la par empapada en la jugosidad de los tonos e intertonos del habla, en el Romance de nosa Señora da Barca; el tema de la Danza da lúa en Santiago, diluyéndose, atmosferizándose -¡perdón!, en tiempo y espacio conculcados, presencia entre el ser y el no ser, que se repite e integra en la cinética del ritmo; la percepción y expresión de un matiz del tedio emigratorio, en un ámbito concreto -Buenos Aires- confiado a un toque alusivo con el que toda la configuración se resuelve: aquel paseiaban del Romance do neno da tenda.

 «Ao longo das ruas infindas
 os galegos paseiaban
 soñando un val imposible
 na verde riba da Pampa...»

La repentización y hallazgo de aquel ser -clave- de Galicia, en estos versos de Canzón de cuna pra Rosalía, morta:

 «Galicia calada e queda,
 transida de tristes herbas...»

son mucho más que simples aproximaciones emprendidas al socaire de la facilidad. Para los de la infamia menuda -que los escribió en castellano y que yo los traduje- sólo digo que se pongan a intentar la reversión; ahí está, a pesar de su fervor, la traducción del argentino Alberto Muzzio.

Sin duda, persiste en estos «Poemas» la briosa imaginería lorquiana, su gracia, su sorpresa, sus fulgurantes enlaces, pero de tal modo introyectada en el carácter del idioma poético que más que en una artesanía traslaticia, que en unos automatismos de aplicación, nos hace pensar en un nuevo e inexplicable poder. Ante el nuevo objeto, el poeta deviene un nuevo sujeto. «Olla a choiva pola rúa -laio de pedra e cristal», «Santiago lonxe do sol», «Pola testa de Galicia -xa ven salaiando a ialba», «Pombas de vidro traguía -a choiva pola montana», «Non viu o inmenso gaiteiro -coa boca frolida de alas»... son expresiones esenciales a la poesía gallega que antes no estuvieron en nadie y que suponen un poder de penetración y andadura, desentendido de lo temporal y de lo espacial, por lo quieto y feraz del objeto poético, sólo concedidos al genio.

...

He aquí algo de lo que se puede decir sobre el puñado de papeles que Federico me dio una tarde en que nuestras vidas estaban aún tensas frente a su incumplimiento, casi angustiosas al pensar en lo que faltaba...


Eduardo Blanco Amor
Insula, XIV, núms. 152-53, julio-agosto 1959
















2794. Sobre los poemas gallegos de García Lorca

García Lorca junto a su madre en la Huerta de San Vicente, verano de 1935 (Autor: Eduardo Blanco Amor)



Acudo al requerimiento que me formula en «Las Últimas Noticias» del 5 del mes pasado, mi talentoso y cordial amigo Antonio Romera, transparentemente oculto bajo el ciclópeo pseudónimo de Federico Disraeli, para disipar de una vez las insistentes brumas que aún flotan sobre el origen de los Seis poemas gallegos de Federico. Estaba yo todavía en Buenos Aires, cuando asomó a los anaqueles el libro de Díaz Plaja, donde este enfadoso pleito literario vuelve a plantearse. También allí fui requerido por unos y por otros para su esclarecimiento. No tuve ganas de hacerlo. En Buenos Aires, el tema lorquiano -salvo algunos fervores en verdad auténticos- se halla de tal modo envilecido por el snobismo y la sofisticación que resulta triste y ligeramente repugnante sumarse al mundo de los presuntos esclarecedores y escolistas. En vista de que Federico estuvo allí unos meses -viaje en cuya decisión me cupo buena parte- cualquier zascandil o zascandila de los suburbios literarios, a quien alguna vez la universal cordialidad de Federico tendió la mano al pasar en el vestíbulo de un teatro, se encuentra con derecho a describirnos el color de sus pijamas y sus más íntimos pensamientos.

Cuando nos lo mataron, cuando, como dijo Alfonso Reyes, «el jabalí hozó en su sangre» y sus amigos quedaron aplastados de dolor y de estupor, sin resuello siquiera para el grito o para la blasfemia, sin fuerzas en las entrañas para exprimir el llanto, surgió otro pelotón de fusilamiento no menos protervo y los periódicos y tribunas se llenaron con urgentes testimonios de esa sucia necrofagia que se disputaba a dentelladas su cuerpo aún caliente, sin más dolor que el laríngeo y el pedestre, que echaba a volar el aullido o que enjuanetaba la pluma con la misma ardorosa falsía. Fue en aquel entonces cuando hice voto de silencio sobre el que había sido mi amigo ejemplar y, en tantas cosas de la vida y del arte, mi generoso maestro durante los tres años de mi permanencia en España. Mientras los snobs veían en lo calvo de la ocasión un motivo de los más pintados para declamar sus exitismos y fariseísmos, yo oía dentro de mi la voz de doña Vicenta, su madre, cuando fui a pedirle que consintiese un nuevo viaje del poeta a América, a fin de estrenar la reciente Doña Rosita.

«Es de todos menos mío. No me lo dejáis disfrutar». ¡No me lo dejáis disfrutar! Y ponía en la palabra un regusto tibio, dulce, frutal, de madre golosa, de madre española; porque doña Vicenta era una de esas madres andaluzas, a quienes el hijo nunca acaba de nacérseles del todo, como si lo llevasen en las entrañas de por vida. ¡No me lo dejáis disfrutar! Yo no había visto nunca una amistad tan honda, tan tierna, conmovedora e infantil entre una madre y un hijo. Quien no los haya visto juntos, quien no haya asistido a sus diálogos y a la recíproca e insaciable sutileza de sus cuidados, jamás sabrá hasta qué punto Federico era también un niño que no se resolvía a nacer del todo:

«Madre: bórdame en tu almohada
Sí, niño: ahora mismo».

¡Pobre doña Vicenta Lorca, pobres sus ojos tristes cuando nos veía salir cada noche, pobre su corazón, cuando lo vio salir sabiendo, con la sabiduría del corazón materno, que ya no habría de volver nunca más!

Sí, me había callado más de cinco años, de pluma y de palabra, con una tozudez justificadamente cerril. Y cuando al final me resolví a hablar de él -desde adentro de él- a los estudiantes argentinos; cuando creí que tanta vida ya empezaba a gozar de la indispensable muerte en mi memoria, reencontré que mi boca se llenaba de sombra y de amargura y que su nombre dicho en arte, me acuchillaba la garganta y me rompía la voz.

Me alegra mucho de que sea aquí, en Chile (ayer lo he evocado extensamente en la intimidad de una conferencia para andaluces) donde he sentido por primera vez la necesidad de hablar de él, es decir, de hablar con él. ¡Cómo hubiera amado Federico a este país! ¡Cuánto hubiese gozado con estas resonancias tan andaluzas y, empero, tan curiosamente, tan finamente complementadas por elementos para mí todavía de imposible objetivización, del carácter chileno! ¡Cómo le hubiera atraído este hondo instinto, amalgamado a formas tan implícitamente líricas; este transcendentalismo vital, sistemáticamente negado y revertido -descargado- en formas de la ironía o de elegante recato, todo ello tan andaluz; casi podría decirse tan mozárabe...!

Pero embridemos la divagación. Tiempo habrá de hablar de todo ello. En mi próximo curso de la Escuela de Temporada de la Universidad sobre «Lírica española contemporánea», Federico contará con cinco lecciones, con cinco intentos de apresamiento y fijación. Volvamos ahora al tema de los poemas gallegos, a las contingencias de su publicación. Empecemos por fijar un dato: Los poemas gallegos no aparecieron por primera vez, como creen muchos, en la edición de sus Obras Completas de la Editorial Losada. Se los facilité yo, publicados ya en libro, junto con el Libro de Poemas del que no había otro ejemplar visible en Buenos Aires; lo que demuestra que sus íntimos y minuciosos enterradores no tenían las obras del poeta. Recuerdo que, a fin de que el preciado ejemplar no saliese de mis manos y quedase a salvo de menoscabo y extravíos, lo copié a máquina y se lo entregué a G. de Torre, junto con los poemas gallegos.

De las seis composiciones en esta lengua, sólo en uno no tuve arte ni parte. Lo escribió Federico en 1932 -Madrigal â cibdá de Santiago- durante una gira de estudiantes patroneada por Arturo Soria, actualmente exiliado en Chile. El Madrigal fue publicado en El Pueblo Gallego de Vigo. De los cinco restantes, después de oírselos recitar innumerables veces, uno me lo dio en cuartilla autógrafa –Noiturnio do adoescente morto– sin pasar en limpio, escrito en gallego fonético un poco aportuguesado, lleno de tachaduras de letra, enmiendas, vacilaciones y finales de verso para los que proponía hasta dos y tres variantes en la misma asonancia; lo cual demuestra hasta qué punto conocía auditivamente el idioma. Para su fijación definitiva no tuve más que acudir a mi memoria -que es muy buena, gracias a Dios- y reproducirlo tal como él solía recitarlo, que tampoco es siempre igual. Esto era muy frecuente en Federico. Dudaba angustiosamente de la forma definitiva. Cuando me entregó para una revista que yo codirigía en Madrid -Ciudad- el primer poema que vio la luz, del que luego había de ser su libro El diván del Tamarit –¿qué habrá hecho la Universidad franquista de Granada con la totalidad de estos poemas, que quedaron en manos de Gallego Burín, para ser publicado el libro por aquella casa de estudios?–; cuando me entregó, digo, este poema hube de volverme tarumba para reflotar de aquellas restingas del manuscrito, la nitidez del texto. Tengo varios autógrafos del poeta y todos ellos demuestran esta misma persecución torturante de la forma. El de la maravillosa Gacela del Mercado Matutino, que escribió a mi lado, en un café del Zacatín -y cuya fugaz fuente de inspiración sólo yo conozco- en una verdadera criptografía. Se lo quité casi violentamente y aquella misma noche se lo devolví, escrito a máquina, convenciéndolo de que no tornase a poner en él las manos porque era insuperable. Y así salió. Sólo de ese modo se conseguía que dejase en paz los textos. Lo común era que, a fuerza de recitarlos una y otra vez, adquiriesen su forma definitiva. Estoy casi seguro que Federico jamás ha dado espontáneamente una versión de algo hecho la víspera. Muchas veces le he oído cambiar versos enteros en el instante y calor de su recitado. La fluidez de sus logros era siempre el resultado de una depuración y castigo infatigables. Esto explica que fuese tan reacio a publicar sus libros y que casi todos ellos -salvo el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías- hayan aparecido años después de su elaboración primitiva. Las otras cuatro canciones se las dictó -algunas de ellas a mi vista- a su gran amigo Ernesto Pérez Guerra. Estos originales, que también conservo, están trazados sobre papeles que Federico iba cogiendo al azar, de su mesa de trabajo; uno al dorso de una invitación de la Embajada de Portugal; otro cruzando las líneas de una liquidación de derechos de autor de la Romería de los Cornudos, extendida a nombre de Federico, de Pittaluga y, si no recuerdo mal, de Esplá; otro en la parte no utilizada de una carta fechada en Fuente Vaqueros... Un día de mayo de 1935 el poeta me entregó todo este material y me pidió que lo estudiase a fondo y que «si valía la pena», lo publicase en Galicia y que no volviese a hablarle del asunto, a enseñarle pruebas ni nada por el estilo... Y así fue. Rehice la ortografía -la de Pérez Guerra era por aquel entonces muy vacilante- encuadré esta o aquella palabra; les puse un prólogo que él me había pedido, haciendo de ello cuestión primordial, y me los llevé a Santiago. Allí se los entregué a Ánxel Casal, alcalde de la apostólica ciudad, republicano moderado y, desde veinte años atrás, benemérito fundador director de la Editorial «Nós», que cayó también asesinado por los falangistas, casi el mismo día que Federico.

Esta edición que debió haber salido el Día del Apóstol -25 de julio- de 1935, no apareció hasta octubre. La dejé totalmente corregida y encargué a Suárez Picallo, entonces estudiante en Compostela, que le echase un vistazo final a las segundas de páginas, que eran las terceras del texto. A Madrid me llegaron una veintena de ejemplares, que entregué a Federico. Yo me traje a América unos diez o doce; se vendieron unos pocos y el resto de la edición fue abrasada en la plaza pública, junto con 20.000 volúmenes de las colecciones de «Nós», donde se configuraba en letra de molde todo el renacimiento cultural de la Galicia nueva, que no era, por cierto, nada separatista.

En el prólogo de la edición de «Nós» figuraban los pormenores que aquí se repiten. En la primera edición de las Obras Completas continuaba estando dicho prefacio, y no hubo crítico que no hiciese mención honrosísima de él, y aun alguno, como Pablo Suero, le dedicó un artículo admirable, bastante mejor que el prólogo mismo. ¿Por qué los graves escribas de la Editorial Losada lo han suprimido después? Es cosa que no acabo de explicarme. Soy viejo amigo personal y tenaz admirador de Guillermo de Torre y no menos amigo de Gonzalo Losada, extraordinario y casi increíble espécimen de editor inteligente y sensible. Nunca se lo he preguntado; siempre he creído de la más elemental cortesía que ellos me diesen una explicación. Jamás me la dieron. Llevé esta espina dentro de mi extrañeza -que no de mi resentimiento- durante diez o doce años y ahora me la quito aquí, ya que andamos hurgando en ello, escarificando viejas heridas. Con haber dejado el prólogo en el lugar donde tanto le contentó al poeta, se hubiese respetado su memoria y no hubiéramos tenido que andar ahora aclarando lo que allí estaba dicho.

Federico García Lorca conocía del gallego lo necesario para pensar y decir estos poemas. Era un buen lector de nuestra poesía del Cancionero; conocía muy bien a Gil Vicente y a Camoens y recitaba fluidamente versos de Rosalía de Castro. El envío de mi libro Romances galegos, que guardaba con el Romancero gitano algunas afinidades estéticas -¡nada más que estéticas, válgame el Señor!- y aparecidos casi al mismo tiempo, fue lo que estableció nuestra amistad a distancia, la que luego, durante mi permanencia en España -1933-36- había de ahondarse hasta la intensa fraternidad que, para suerte mía, logró alcanzar. Por estar publicado aquel libro en Buenos Aires y escrito en el gallego renovado de nuestra generación, le puse un glosario de voces que contiene unos centenares de palabras. Federico me confesó que solía acudir a él cuando las canciones gallegas empezaron a bullirle en la cabeza. Efectivamente, nuestros idiomas se parecen, lo que dio lugar a supercherías y confusiones. Pero también se parece el mío al de Manuel Antonio y al de Álvaro Cunqueiro, sin que ello demuestre nada.

Su grafía gallega era fonética, pero el sentido interior de la modulación del verso y del espíritu de mi lengua materna eran, verdaderamente, un milagro. No hay manera -y alguna vez lo he intentado como ejercicio- de acomodar o «reacomodar» esos poemas a formas castellanas. La traducción de Alberto Muzzio, un «verdadero tapiz visto del revés», como dijo Cervantes, es la exacta prueba de esta afirmación; aunque metió en ella sus honorables calcañares el propio don Álvaro de las Casas... ¡Pues ni con esas!

Esta poesía gallega de Lorca nació esencialmente gallega y todo lo demás es anecdotario gramatical y amanuense, sin valor alguno: esta es toda la verdad y no debe volverse sobre el asunto. Los poemas gallegos de Federico son tan suyos como los romances del Romancero. Nadie puede saberlo mejor que yo, como no sea Ernesto Pérez Guerra, que firmaría conmigo estas líneas.


Eduardo Blanco Amor
La Hora, Chile, 5 de febrero de 1948








2521. La esperanza de Galicia: los gallegos de América

Ramón Suárez Picallo y Eduardo Blanco Amor


Muchos son, en España y fuera de ella, los gallegos amantes de la libertad que se preocupan hondamente por lo que Galicia pudo hacer y no hizo en la contienda española. Ven como han pasado los meses sin que pudiese exhibir más que los inútiles sacrificios de sangre que le cobran sus opresores. Y ya, la mayoría de los gallegos que andan por el mundo, piensan que a Galicia no le queda más esperanza que los gallegos de América. A través de nuestras labores en esta cruzada del republicanismo español, nos hemos encontrado con muchos gallegos que nos han expuesto su congoja y su penar. Ojeando hoy la prensa últimamente llegada de España, encontramos una carta que recogió esa prensa, de la prensa argentina, que ratifica esa orientación de los gallegos.

La carta la dirigió Ramón Suárez Picallo a su íntimo amigo Eduardo Blanco Amor, en la Argentina. Después de referirse a la confirmación del asesinato de su hermano Antón Suárez Picallo, añade que ahora, los opresores echaron mano de su otro hermano, para obligarlo a combatir a los asesinos del hermano mayor. Y añade: "En Galicia sigue la racha de asesinatos brutales. No se ven hartos de sangre. En mi pequeña Sada ya van 27, en la Coruña 1.600 y en Ferrol 6 mil. Igualmente y en diferente proporción en todas las provincias. El 20 de Diciembre fusilaron cerca de 500 a raíz de un intento de sublevación que abarcaba Coruña, Ferrol y Betanzos. Nuestra tierra mártir queda barrida de republicanos de todo matiz y de obreros militantes. Galicia no tiene ya más hombres liberales que los emigrados de América y los de la zona leal. A ellos toca pensar en el futuro de nuestra tierra. Cuando ganemos la guerra ¡que la ganaremos, irremisiblemente! hay que construir de nuevo a Galicia. Y en esta tarea, los emigrados debéis ser los primeros.

¿Habéis pensado en eso? Nosotros sí vivimos, aportaremos cuanto estamos viendo en Cataluña, Vasconia y Valencia. Pero nosotros tenemos sobre nuestras almas tanta amargura, tanta tristeza, tanto dolor que quedaremos inútiles para todos los días de nuestras vidas con relación a todo lo que sea acción creadora. Apenas que si nos quedarán energías, y esas hemos de emplearlas todas en la venganza.

Pensad en esto. Por encima de todo se impone la unión más estrecha entre todos los sectores antifascistas de nuestros emigrados, prescindiendo de todo cuanto sea motivo de discordia. Solo sobre esa base Galicia se salvará. La salvarán sus hijos emigrados. Esa enorme reserva física y espiritual de que Galicia dispone como ningún otro país, fuera de sus fronteras, es hoy la única gran esperanza nuestra"

Después, Suárez Picallo termina su carta diciendo: "en este período, fue también asesinado el diputado Miñones, tu gran amigo. Todos murieron valerosamente dando vivas a la República y al Frente Popular. Tanto que los verdugos estaban asombrados del coraje de sus víctimas. El Jefe de los fascistas ferrolanos, Suances, y el de La Coruña, Valles, recurrieron a las más confesables torturas "para hacer llorar a los rojos". No lo lograron ni lo logran con los infelices que tienen en su poder y que no han tenido la suerte de morir. ¡Ya llorarán ellos, los miserables!"


Facetas de la actualidad española, La Habana, abril 1937






2078. Sonetos a Federico

Federico García Lorca fotografiado por Eduardo Blanco Amor en Junio de 1935


No haya mención para tu falso sino,
lo cierto es vivir en cada cosa;
el río en ti, el pájaro y la rosa,
la espiga exacta y el celado vino;
las presencias de innúmero destino,
el querube, el delfín, la nebulosa
y la, sin eco, injuria de esa fosa
que el misterio blasfema, granadino.
Transitado de sangre y de alegría,
dócil de eternidad y de regreso
te siento, ancángel mudo, a mi costado.
Me ampara tu celeste cetrería,
de cada ardiente azar tórnasme ileso,
guardián arquero, dulce hermano alado.

No por jazmines, pájaros, testuces,
arroyos, trigos, lágrimas, canciones,
ni en recodos de adioses que propones,
ni en duros ceños de abatidas cruces.
Triunfador de la muerte que conduces,
se te ha visto pasar, ya sin crespones,
alanceado de costelaciones,
bebiendo cielo y tripulando luces
Tras el tiempo de sangres postrimeras,
de Dios negado y hombre receloso,
de hálito amargo y de mortal saliva,
arcángel de tu nube nos esperas
en el portal del tiempo victorioso,
vivo en tu vida más que nunca vivo.


Eduardo Blanco-Amor
En soledad amena (Emecé Editores, Buenos Aires, 1942, p. 63)