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3243. Mirada final (muerte y reconocimiento)

Vicente Aleixandre Merlo 
(Sevilla, 26 de abril de 1898 - Madrid, 13 de diciembre de 1984)


La soledad, en que hemos abierto los ojos.
La soledad en que una mañana nos hemos despertado, caídos,
derribados de alguna parte, casi no pudiendo reconocernos.
Como un cuerpo que ha rodado por un terraplén
y, revuelto con la tierra súbita, se levanta y casi no puede reconocerse.
Y se mira y se sacude y ve alzarse la nube de polvo que él no es, y ve aparecer sus miembros,
y se palpa: «Aquí yo, aquí mi brazo, y este mi cuerpo, y esta mi pierna, e intacta está mi cabeza»;
y todavía mareado mira arriba y ve por dónde ha rodado,
y ahora el montón de tierra que le cubriera está a sus pies y él emerge,
no sé si dolorido, no sé si brillando, y alza los ojos y el cielo destella
con un pesaroso resplandor, y en el borde se sienta
y casi siente deseos de llorar. Y nada le duele,
pero le duele todo. Y arriba mira el camino,
y aquí la hondonada, aquí donde sentado se absorbe
y pone la cabeza en las manos; donde nadie le ve, pero un cielo azul apagado parece lejanamente contemplarle.
Aquí, en el borde del vivir, después de haber rodado toda la vida como un instante, me miro.
Esta tierra fuiste tú, amor de mi vida? ¿Me preguntaré así cuando en el fin me conozca, cuando me reconozca y despierte,
recién levantado de la tierra, y me tiente, y sentado en la hondonada, en el fin, mire un cielo piadosamente brillar?

No puedo concebirte a ti, amada de mi existir, como solo una tierra que se sacude al levantarse, para acabar cuando el largo rodar de la vida ha cesado.
No, polvo mío, tierra súbita que me ha acompañado todo el vivir.
No, materia adherida y tristísima que una postrer mano, la mía misma, hubiera al fin de expulsar.
No: alma más bien en que todo yo he vivido, alma por la que me fue la vida posible
y desde la que también alzaré mis ojos finales
cuando con estos mismos ojos que son los tuyos, con los que mi alma contigo todo lo mira,
contemple con tus pupilas, con las solas pupilas que siento bajo los párpados,
en el fin el cielo piadosamente brillar.


Vicente Aleixandre








3097. Verdad siempre

De izquierda a derecha: Manuel Altolaguirre, Vicente Aleixandre,  José Luis Cano y Carlos Bousoño, en los años cincuenta


A Manuel Altolaguirre


Sí, sí, es verdad, es la única verdad;
ojos entreabiertos, luz nacida,
pensamiento o sollozo, clave o alma,
este velar, este aprender la dicha,
este saber que el día no es espina,
sino verdad, oh suavidad. Te quiero.
Escúchame. Cuando el silencio no existía,
cuando tú eras ya cuerpo y yo la muerte,
entonces, cuando el día.

Noche, bondad, oh lucha, noche, noche.
Bajo clamor o senos, bajo azúcar,
entre dolor o sólo la saliva,
allí entre la mentira sí esperada,
noche, noche, lo ardiente o el desierto.


Vicente Aleixandre








2946. Para quien escribo ( Recordando a Vicente Aleixandre)

Vicente Aleixandre
(Sevilla, 26 de abril de 1898 - Madrid, 13 de diciembre de 1984)


¿Para quién escribo?, me preguntaba el cronista, el periodista
o simplemente el curioso.

No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni para su bigote
enfadado, ni siquiera para su alzado índice
admonitorio entre las tristes ondas de música.

Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora
(entre vidrios, como un rayo frío, el brillo de los
impertinentes).

Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que
corre por la calle como si fuera a abrir las puertas
a la aurora.

O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza
chiquita, mientras el sol poniente con amor le toma,
le rodea y le deslíe suavemente en sus luces.

Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de
mí, pero de mí se cuidan (aunque me ignoren).

Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi
ventura, viviendo en el mundo.

Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida,
paridora de muchas vidas, y manos cansadas.

Escribo para el enamorado; para el que pasó con su
angustia en los ojos; para el que le oyó; para el que
al pasar no miró; para el que finalmente cayó cuando
preguntó y no le oyeron.

Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo
escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los
pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin
oírme, está mi palabra.


II

Pero escribo también para el asesino. Para el que con
los ojos cerrados se arrojó sobre un pecho y comió
muerte y se alimentó, y se levantó enloquecido.

Para el que se irguió como torre de indignación, y se
desplomó sobre el mundo.

Y para las mujeres muertas y para los niños muertos,
y para los hombres agonizantes.

Y para el que sigilosamente abrió las llaves del gas y la
ciudad entera pereció, y amaneció un montón de cadáveres.

Y para la muchacha inocente, con su sonrisa, su corazón,
su tierna medalla, y por allí pasó un ejército de
depredadores.

Y para el ejército de depredadores, que en una galopada final fue a hundirse en las aguas.

Y para esas aguas, para el mar infinito.

Oh, no para el infinito. Para el finito mar, con su limitación
casi humana, como un pecho vivido.

(Un niño ahora entra, un niño se baña, y el mar, el
corazón del mar, está en ese pulso).

Y para la mirada final, para la limitadísima Mirada Final,
en cuyo seno alguien duerme.

Todos duermen. El asesino y el injusticiado, el regulador
y el naciente, el finado y el húmedo, el seco
de voluntad y el híspido como torre.

Para el amenazador y el amenazado, para el bueno y el
triste, para la voz sin materia
y para toda la materia del mundo.

Para ti, hombre sin deificación que, sin quererlas mirar,
estás leyendo estas letras.

Para ti y todo lo que en ti vive,
yo estoy escribiendo.


Vicente Aleixandre
En un vasto dominio, 1962







2469. Llamo a los poetas

Miguel Hernández en el homenaje a Vicente Aleixandre, Madrid, 4 de mayo de 1935 


Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,
y además menos solo. Ya vosotros sabéis
lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.

Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:
por lo que enloquecemos lentamente.

Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
donde la telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros
de la buena semilla de la tierra.

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.

Quitémonos el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.

Así: sin esa barba postiza, ni esa cita
que la insolencia pone bajo nuestra nariz,
hablaremos unidos, comprendidos, sentados,
de las cosas del mundo frente al hombre.
Así descenderemos de nuestro pedestal,
de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos
a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
sin el brillo del lente polvoriento.

Ahí está Federico: sentémonos al pie
de su herida, debajo del chorro asesinado,
que quiero contener como si fuera mío,
y salta, y no se acalla entre las fuentes.

Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Por eso nos sentimos semejantes del trigo.
No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,
y la familia del enamorado.

Siendo de esa familia, somos la sal del aire.
Tan sensibles al clima como la misma sal,
una racha de otoño nos deja moribundos
sobre la huella de los sepultados.

Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos
en todo arraigan, piden posesión y locura.
Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,
con el terrestre sueño que alentamos.

Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.
Hablemos sobre el vino y la cosecha.

Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.
Veré si hablamos luego con la verdad del agua,
que aclara el labio de los que han mentido.


Miguel Hernández
El hombre acecha, 1939









2465. En el fondo del pozo (El enterrado)



A Federico García Lorca


Allá en el fondo del pozo donde las florecillas
donde las lindas margaritas no vacilan
donde no hay viento o perfume de hombre
donde jamás el mar impone su amenaza
allí allí está quedo ese silencio
hecho como un rumor ahogado con un puño

Si una abeja si un ave voladora
si ese error que no se espera nunca
se produce
el frío permanece
El sueño en vertical hundió la tierra
y ya el aire está libre

Acaso una voz una mano ya suelta
un impulso hacia arriba aspira a luna
a calma a tibieza a ese veneno
de una almohada en la boca que se ahoga

¡Pero dormir es tan sereno siempre!
Sobre el frío sobre el hielo sobre una sombra de mejilla
sobre una palabra yerta y más ya ida
sobre la misma tierra siempre virgen

Una tabla en el fondo oh pozo innúmero
esa lisura ilustre que comprueba
que una espalda es contacto es frío seco
es sueño siempre aunque la frente esté borrada

Pueden pasar ya nubes Nadie sabe
Ese clamor ¿Existen las campanas?
Recuerdo que el color blanco o las formas
recuerdo que los labios, sí, hasta hablaban

Era el tiempo caliente. Luz inmólame
Era entonces cuando el relámpago de pronto
quedaba suspendido hecho de hierro
Tiempo de los suspiros o de adórame
cuando nunca las aves perdían plumas

Tiempo de suavidad y permanencia
Los galopes no daban sobre el pecho
no quedaban los cascos, no eran cera
Las lágrimas rodaban como besos
Y en el oído el eco era ya sólido

Así la eternidad era el minuto
El tiempo sólo una tremenda mano
sobre el cabello largo detenida
Oh sí. En este hondo silencio o humedades
bajo las siete capas de cielo azul yo ignoro
la música cuajada en hielo súbito
la garganta que se derrumba sobre los ojos
la íntima onda que se anega sobre los labios
Dormido como una tela
siento crecer la hierba verde suave
que inútilmente aguarda ser curvado
Una mano de acero sobre el césped
un corazón un juguete olvidado
un resorte una lima un beso un vidrio

Una flor de metal que así impasible
chupa de tierra un silencio o memoria.


Vicente Aleixandre
Espadas como labios, 1932








1875. Retrato de Miguel Hernández en la guerra



Amigos y compañeros todos en el recuerdo de nuestro Miguel. Entre los esbozos que hoy podríamos hacer de su persona los que le conocimos, a mí siempre me parece estarle viendo en el retrato físico de sus tiempos de la guerra española.

Unas botas recias. Un viejo pantalón pasado por tierra y por agua, una camisa caqui y, si hacía frío, un cuero. Nada sobre la cabeza. Venía hacia Madrid o se encaminaba a su destino, y parado en medio de la carretera, esperaba a que alguien le condujese. A veces pasaba un camión lleno de hombres de varias condición: todos combatientes. Miguel levantaba la mano. El vehículo se detenía: “Sube, amigo”. Un salto y Miguel quedaba mezclado entre todos.

Como lo que parecía y era: uno de ellos. 

Cuando él en la intimidad decía sus versos, se le notaba la voz clara. Lo primero en que pensaba era en el sonido del arroyo. Los arroyos de su Levante. Tenía una voz nunca oscura, porque hasta en los acentos dramáticos podrá sonar claramente herida, pero no sepultada. Recitaba con sobriedad, vivaz más que lento, brioso, sí, como exigía tantas veces su obra. Y empezaba quieto, altos los ojos, mirando allá al fondo, la mano aún caída, y cuando la temperatura había calentado no sólo su garganta, sino todo su cuerpo, entonces miraba a su interlocutor (nunca como en Miguel se sentía que poesía es diálogo), individualizando la comunicación, pronunciándola a cada uno de los que le escuchaban: Juan, Juan, Roque, Manuel, con sus nombres distintos.

Cuando los oyentes eran muchos, el proceso era el mismo. “!Amigos!” o “¡Hermanos!”. El vocativo era para cada cual, y cada cual se sentía mirado y hablado, yo diría caminado y vivido, unido en un largo intercambio que había empezado mucho antes y que no podría terminar al cerrarse la boca.

Había que ver a Miguel con su tez propagada, el ocre de sus pómulos, subido un punto de su color, nunca rojo, porque la tierra no arde pero guarda el fuego, exhalar sus palabras, tenso el brazo, la voz más clara que nunca, y ya no con el son del arroyo, sino con la voz del hombre cuando sale del pecho

Henchido pecho y voz en él. 

He oído a muchos poetas decir sus versos. Pocos me han dado esa sensación tan completa del hombre expresado, en acto, desde la desnuda garganta.


Vicente Aleixandre
Homenaje de los pueblos de España a Miguel Hernández, 1976









1731. Vicente Aleixandre en el recuerdo

Vicente Aleixandre y Merlo
(Sevilla, 26 de abril de 1898 - Madrid, 13 de diciembre de 1984)


Vicente Aleixandre falleció el 14 de diciembre de 1984 en Madrid. Fue enterrado el día 15 en el panteón familiar del cementerio madrileño de La Almudena. 

El 6 de octubre de 1977 la Academia Sueca le concede el Premio Nobel de Literatura «por una obra de creación poética innovadora que ilustra la condición del hombre en el cosmos y en nuestra sociedad actual, a la par que representa la gran renovación, en la época de entreguerras, de las tradiciones de la poesía española». Al no poder asistir a la ceremonia de entrega en Estocolmo por motivos de salud, recogió el galardón en su nombre el poeta canario Justo Jorge Padrón, quien leyó en su nombre el siguiente discurso:


En una hora como esta, tan importante en la vida de un cultivador de las letras, quisiera expresar, con las palabras más bellas, la emoción que un hombre siente y la gratitud que experimenta en unos actos como los que ahora se desarrollan. Yo nací de una familia burguesa, pero tuve la suerte de su vocación, ampliamente abierta y liberal. Mi espíritu inquieto me llevó a ejercer contradictorias profesiones. Fuí profesor de Derecho Mercantil, empleado en una empresa ferroviaria, periodista financiero. Desde joven esta inquietud de que hablo me exaltaba a un placer: la lectura, y, en seguida, la escritura. A los 18 años empezó el aprendiz de poeta a escribir sus primeros versos, que furtivamente yo trazaba, en medio del fragor de una vida, que por no haberse aún centrado en su verdadero eje, yo podría llamar aventurera. El destino de mi vida, el enderezamiento de ésta lo trajo un fallo de mi cuerpo. Caí enfermo de gravedad, de una enfermedad crónica. Hube de abandonar todos mis otros quehaceres que denominaría corporales y escapar al campo, lejos de mis actividades anteriores. El vacío que esto rne dejó lo llenó rápidamente otro quehacer que no necesitaba la colaboración corporal y era compatible con el reposo que los médicos me habían recomendado. Esta invasión inolvidable, desalojadora, fue el ejercicio de las letras; la poesía ocupó plenamente la actividad vacante. Empecé a escribir con dedicación completa, y entonces, realmente, entonces, se adueñó de mí la pasión que no me había de abandonar nunca.

Horas de soledad, horas de creación, horas de meditación. La soledad y la meditación me trajeron un sentimiento nuevo, una perspectiva que no he perdido jamás: la de la solidaridad con los hombres. Desde entonces he proclamado siempre que la poesía es comunicación, empleando la palabra en ese preciso sentido.

La poesía es una sucesión de preguntas que el poeta va haciendo. Cada poema, cada libro es una demanda, una solicitación, una interrogación, y la respuesta es tácita, pero también sucesiva, y se la da el lector con su lectura, a través del tiempo. Hermoso diálogo en que el poeta interroga y el lector calladamente da su plena respuesta.

Con bellas palabras quisiera decir ahora lo que es el Premio Nobel para el poeta. No puede ser; solo me cabe expresar que estoy entre vosotros en cuerpo y alma, y que el Premio Nobel es como la respuesta, no sucesiva, no callada, sino agrupada y coincidente, súbita, de una voz general que generosamente y milagrosamente se hace única y responde a la interrogación sin tregua que ha venido dirigiendo a los hombres. Así, mi gratitud al símbolo de la voz agrupada y simultánea que la Academia Sueca me ha hecho escuchar con los sentidos del alma, y por la cual aquí públicamente le doy mis rendidas gracias.

Por otra parte, estimo que un premio como el que hoy recibo es, en toda circunstancia, y creo que sin excepciones, un premio a la tradición literaria en la que el autor de que se trate, en este caso, mi persona, se ha formado. Pues, sin duda, poesía, arte, es siempre y ante todo, tradición, de la que cada autor no representa otra cosa que la de ser, como máximo, un modesto eslabón de tránsito hacia una expresión estética diferente; alguien cuya fundamental misión es, usando otro símil, transmitir una antorcha viva a la generación más joven, que ha de continuar en la ardua tarea. Puede darse un poeta que haya nacido con las más altas prendas para llevar a término un destino. Nada o muy poco podrá hacer si no tiene la suerte de hallarse situado en una corriente artística de suficiente fuerza o entidad. Creo que, en cambio, acaso un poeta menos dotado haría mejor papel si tuviere la suerte de producirse en medio de un movimiento literario verdaderamente creador y vivo. Yo vine al mundo, en ese sentido, con buena estrella, pues desde un tiempo suficientemente extenso, anterior a mi nacimiento, la cultura española había venido sufriendo un importantísimo proceso de acelerada reviviscencia que hoy, creo, no es un secreto para nadie. Novelistas como Galdós; poetas como Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, y, antes, Becquer; filósofos como Ortega y Gasset; prosistas como Azorín y Baroja; hombres de teatro como Valle-Inclán; pintores como Picasso o Miró; músicos como Falla no se improvisan ni son frutos del azar. Mi generación se vio así asistida y enriquecida por ese cálido entorno, por ese manantial, por ese fecundísimo caldo de cultivo, sin el cual acaso nada seríamos ninguno de nosotros.

Desde la tribuna en la que ahora me dirijo a vosotros quiero, pues, asociar mi palabra a la de todo ese plantel generoso de compatriotas míos que desde otra edad y en las más diversas vías nos formaron y nos permitieron, a mi y a mis compañeros de generación, alcanzar un sitio desde el que pudiésemos hablar con una voz tal vez genuina o propia.

Y no me refiero solo a esas figuras que constituyen la tradición inmediata, siempre la más visible y decisiva. Aludo también a la otra tradición, la mediata, si más remota en el tiempo, capaz de enlazar cálidamente con nosotros, la tradición formada por nuestros clásicos del Siglo de Oro, Garcilaso, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, con la que también nos hemos sentido vinculados, y de la que hemos recibido no pocas esencias. España pudo renacer y renovarse gracias a que, a través de la generación de Galdós y luego a través de la generación del 98, se desobturó, digámoslo así, y se hizo accesible y fluyó abundantemente hacia nosotros toda la savia nutricia que nos llegaba del más remoto pasado. La generación del 27 no quiso desdeñar nada de lo mucho que seguía vivo en ese largo pretérito, abierto de pronto ante nuestra mirada como un largo relámpago de ininterrumpida belleza. No fuimos negadores, sino de la mediocridad; nuestra generación tendía a la afirmación y al entusiasmo, no al escepticismo ni a la taciturna reticencia. Nos interesó vivamente todo cuanto tenía valor, sin importarnos donde éste se hallase. Y si fuimos revolucionarios, si lo pudimos ser, fue porque antes habíamos amado y absorbido incluso aquellos valores contra los que ahora íbamos a reaccionar. Nos apoyábamos fuertemente en ellos para poder así tomar impulso y lanzarnos hacia adelante en brinco temeroso al asalto de nuestro destino. No os asombre, pues, que un poeta que empezó siendo superrealista haga hoy la apología de la tradición. Tradición y revolución. He ahí dos palabras idénticas.

Y luego la tradición, no vertical sino horizontal, la que nos acorría como aliciente y fraternal emulación desde nuestros costados, al lado mismo de nuestro camino. Me refiero a aquel otro grupo de jóvenes (cuando yo lo era también) que corría con nosotros en la misma carrera. Qué suerte la mía poder vivir y tener que hacerme junto a poetas tan admirables como los que yo hube de conocer y asumir en calidad de coetáneos míos! A todos los amé, uno a uno. Y los amé, justamente porque yo buscaba otra cosa; otra cosa que solo era posible hallar por diferenciación y contraste respecto de aquellos poetas, mis compañeros. Nuestro ser solo alcanza, su verdadera individualidad junto a los demás, frente al prójimo. Cuanta mayor calidad tenga ese contorno humano en el que nuestra personalidad se hace, tanto mejor para nosotros. Puedo decir que también aquí yo he tenido la fortuna de haber realizado mi destino desde una de las mejores compañías posibles. Hora es de nombrarla en toda su multiplicidad: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillen, Pedro Salinas, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda.

Hablo, pues, de solidaridad, de comunión, y también de contraste. Tal ha sido, por otra parte, el sentimiento que se halla más profundamente inserto en mi alma, y el que late, de un modo u otro, con más fuerza, detrás de la mayoría de mis versos. Es natural entonces que tenga mucho que ver con esto el modo mismo con que entreveo al hombre y a la poesía. El poeta, el decisivo poeta, es siempre un revelador; es, esencialmente, vate, profeta. Pero su "vaticinio" no es, claro está, vaticinio de futuro: porque puede serlo de pretérito: es profecía sin tiempo. Iluminador, asestador de luz, golpeador de los hombres, poseedor de un sésamo que es, en cierto modo, misteriosamente, palabra de su destino.

En definitiva, el poeta es así un hombre que fuese más que un hombre: porque es además poeta. El poeta está lleno de "sabiduría", pero no puede envanecerse, porque quizá no es suya: una fuerza incognoscible, un espíritu habla por su boca: el de su raza, el de su peculiar tradición. Con los dos pies hincados en la tierra, una corriente prodigiosa se condensa, se agolpa bajo sus plantas para correr por su cuerpo y alzarse por su lengua. Es entonces la tierra misma, la tierra profunda, la que llamea por ese cuerpo arrebatado. Pero otras veces el poeta ha crecido, ahora hacia lo alto, y con su frente incrustada en un cielo habla con voz estelar, con cósmica resonancia, mientras está sintiendo en su pecho el soplo mismo de los astros. Todo se hace fraterno y comunicante. La diminuta hormiga, la brizna de hierba dulce sobre la que su mejilla otras veces descansa, no son distintas de él mismo. Y él puede entenderlas y espiar su secreto sonido, que delicadamente es perceptible entre el rumor del trueno.

No creo que el poeta sea definido primordialmente por su labor de orfebre. La perfección de su obra es gradual aspiración de su factura, y nada valdrá su mensaje si ofrece una tosca o inadecuada superficie a los hombres. Pero la vaciedad no quedará salvada por el tenaz empeño del abrillantador del metal triste.

Unos poetas -otro problema es éste, y no de expresión sino de punto de arranque- son poetas de "minorías". Son artistas (no importa el tamaño) que se dirigen al hombre atendiendo, cuando se caracterizan, a exquisitos temas estrictos, a refinadas parcialidades (¡qué delicados y profundos poemas hizo Mallarmé a los abanicos!); a decantadas esencias, del individuo expresivo de nuestra minuciosa civilización.

Otros poetas (tampoco importa el tamaño) se dirigen a lo permanente del hombre. No a lo que refinadamente diferencia, sino a lo que esencialmente une. Y si le ven en medio de su coetánea civilización, sienten su puro desnudo irradiar inmutable bajo sus vestidos cansados. El amor, la tristeza, el odio o la muerte son invariables. Estos poetas son poetas radicales y hablan a lo primario, a lo elemental humano. No pueden sentirse poetas de "minorías". Entre ellos me cuento.

Por eso, el poeta que yo soy tiene, como digo vocación comunicativa. Quisiera hacerse oir desde cada pecho humano, puesto que, de alguna manera, su voz es la voz de la colectividad, a la que el poeta presta, por un instante, su boca arrebatada. De ahí la necesidad de ser entendido en otras lenguas, distintas a la suya de origen. La poesía sólo en parte puede ser traducida. Pero desde esa zona de auténtico traslado, el poeta hace la experiencia, realmente extraordinaria, de hablar de otro modo a otros hombres y de ser comprendido por ellos. Y entonces ocurre un hecho inesperado. El lector se instala, como por milagro, en una cultura que en buena parte no es la suya, pero desde la que siente palpitar con naturalidad su propio corazón, que de este modo se comunica y vive en dos dimensiones de la realidad: la suya propia y la que le concede el nuevo asilo que le acoge. Lo cual sigue siendo cierto, me parece, vuelto del revés, y referido, no al lector, sino al poeta vertido a otro idioma. También el poeta se siente como esos personajes de los sueños que tienen, perfectamente identificadas, dos personalidades distintas: Así el autor traducido que siente en sí dos personas: la que le confiere la nueva vestidura verbal que ahora le cubre y la suya genuina, que, por debajo de la otra, aún insiste y es.

Termino así recabando para el poeta una representación simbólica: la de cifrar en su persona el anhelo de solidaridad con los hombres, para cuyo logro fue instituido, precisamente, el Premio Nobel.


Vicente Aleixandre
12 de diciembre de 1977