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3431. La dimisión de Victoria Kent y la quiebra de la bondad en España

Victoria Kent, en la cárcel de Córdoba, 1932 - Foto: A. de Torres


Verán ustedes... Yo tengo un amigo de hace treinta años. Nos conocimos en una de aquellas redacciones madrileñas de principios del siglo, cuando los periódicos se hacían sin dinero, en la sala de un pisito de quince duros y en tomo a una mesa familiar, con la experiencia de un viejo director y el entusiasmo de media docena de muchachos de buena voluntad. Eran los tiempos felices en que el periodismo, libre, pobre y heroico, estaba al servicio de la opinión y del ideal, porque aun no se había convertido en instrumento usado por los financieros para abrir paso a los negocios.

Mi amigo y yo, que todavía no habíamos cumplido los veinte años, «hinchábamos» los primeros telegramas, novelábamos los primeros sucesos y escribíamos las primeras crónicas de nuestra carrera periodística: una carrera que se nos antojaba camino de fortuna y de gloria, porque ninguno de los dos teníamos entonces sentido práctico alguno. Yo seguí, como ahora sigo, careciendo de él. Mi amigo, en cambio, le adquirió al correr del tiempo, y abandonó el periodismo. Hizo oposiciones a unas plazas de Penales, ganó puesto de vigilante, marchó a ocupar su destino, en tanto que yo iba, año tras año, por todas las rutas del mundo, y durante mucho tiempo no volvimos a vemos ni a saber cada cual de la suerte del otro.

El azar nos reunió últimamente. 

—¿Qué es de ti? —preguntó mi amigo. Y yo sólo pude sonreír y responder: 

—Lo mismo que antes. Sigo haciendo periódicos y sigo siendo pobre. 

Mi amigo me contempló con mal disimulada piedad. A mi vez, preguntó: 

—¿Y tú? 

Mi amigo contestó, satisfecho: 

—Yo ascendí rápidamente. Hace ocho años que soy director de cárcel. ¡Buen puesto! Casa, luz, carbón, un sueldo suficiente, poco trabajo. Ya ves, acabo de pasar un mes de vacaciones en la Costa Azul. 

—¿Entonces vas camino de hacerte rico? 

—No diré tanto; pero no tengo queja del oficio.

—¿Escribes todavía? 

—A veces, por distraer los ocios, emborrono cuartillas. Pero no publico nada. 

Llegando a este punto de la charla, recordé que, cuando éramos compañeros, mi amigo escribía bien, y le propuse: 

—Hazme alguna crónica acerca de los presos que tienes en tu cárcel. Habrá, entre ellos, casos interesantes, y en tus conversaciones con esos infelices recogerás, seguramente, impresiones y datos muy curiosos. 

Mi amigo volvió a contemplarme con piedad, y al cabo de un momento, y un poco frío y distante ya, declaró: 

—Yo a los presos no los veo, ni hablo con ellos nunca. 

No insistí. A pesar del cariño que profeso a mi amigo, y a pesar de nuestros treinta años de amistad, no me atreví a decirle mi extrañeza ante su falta de interés por los reclusos. Tuve la intuición de que nos separaban, en lo concerniente a este asunto, los abismos de la rutina, de los prejuicios y de ese «espíritu de cuerpo» que moldea a los hombres de la misma profesión, creando en ellos una segunda naturaleza e imponiéndoles un carácter standard.


*


He recordado muchas veces esta conversación sostenida con mi amigo, el director de cárcel, al leer los comunicados que dieron a la publicidad ciertos empleados de Prisiones, alzados contra la gestión directiva, humana, inteligente y renovadora de Victoria Kent. Esos señores no pueden comprender que se hayan suprimido las cadenas y grilletes que aun se usaban en las cárceles españolas para vergüenza de España. Esos señores no están dispuestos a tolerar que los presos puedan remitir a la Dirección General, por medio del buzón de reclamaciones, las quejas que tengan del trato que se les da. Esos señores se escandalizan ante el hecho de que Victoria Kent, directora de Prisiones, haya visitado a los presos y haya conversado con ellos y les haya permitido estrechar su mano. ¡Claro está! ¿Cómo van a estar conformes esos señores de la rutina, de los prejuicios y del «espíritu de cuerpo», con disposiciones que, obligándoles a mayor trabajo y exigiendo de ellos un alto concepto de la misión y del deber que les incumben, turban la placidez de su vida, desconciertan sus cálculos y sus previsiones, y a las veces ponen de manifiesto su hasta ahora disimulada incapacidad? Era, pues, la lucha entablada entre la ilustre directora de Prisiones y sus rebeldes subordinados una contienda entre la inteligente y comprensiva bondad de un lado y de otro la obtusa y rutinaria indiferencia. Esta ganó la partida, ya que Victoria Kent ha dejado de ser directora de Prisiones. 


*


Al abandonar su cargo, la señorita Kent ha dirigido a la opinión, por medio de la Prensa, una nota en la que hace breve resumen de su labor. Entresaquemos de esa nota algunos párrafos edificantes. Dice la ex directora de Prisiones:

«En relación con el régimen penitenciario, aumenté la consignación establecida para la alimentación del recluso de 1,15 a 1,50 pesetas, sin pedir para ello suplemento de crédito; es decir, que la cantidad presupuestada para este objeto permitió el aumento cómodamente; establecí buzones para las reclamaciones que la población reclusa tuviera que hacer a la Dirección; implanté la libertad de cultos, haciendo voluntaria la asistencia a la misa; ordené y llevé a efecto la recogida de cadenas y grilletes que existían en las celdas de castigo; permití conferencias y conciertos a solicitud del director de cada prisión; suprimí aquellas cárceles de partido cuyos locales eran más que inmundos, locales compartidos en muchos lugares con escuelas, con casas particulares y con albergues de caballerías, y aquellas que daban un promedio menor a seis detenidos mensuales; permití la entrada a la Prensa, autorizada por el director y controlada por la Dirección, evitando así lo que venía sucediendo y todos conocíamos, la entrada clandestina de toda clase de periódicos; he dotado a las prisiones provinciales y a algunas de partido de camas y mantas, de las que carecían, debiendo hacer notar que las compras efectuadas por mí se diferencian de las últimas realizadas en tiempos de la Monarquía en esta proporción: mantas, se pagaron anteriormente a 28 pesetas; he pagado por las mismas 21 pesetas; sábanas, se pagó el metro anteriormente a 5,50 pesetas: he pagado el metro de la misma clase de tela que usa el Ejército a 2,90 pesetas; jergones, se pagó anteriormente la tela para cada uno a 20 pesetas: he pagado por la misma 12,60 pesetas; camas, confeccionadas en los talleres de las prisiones, costaron anteriormente a 108 pesetas; el modelo que he adoptado en la actualidad vale 47 pesetas.»

«En aquellas cárceles nuevas de regiones excesivamente frías hice instalar calefacción en las enfermerías y en las escuelas. Como debía tenerse en cuenta el presupuesto y el estado de las obras, tan sólo se ha llevado a efecto esta reforma en Salamanca y Burgos. (Este penal está aún sin terminar.) Queda en marcha la nueva cárcel de mujeres de Madrid, en la que se introducen modificaciones como departamentos de políticas, de madres y de jóvenes; duchas, baños y talleres suficientes para la población que ha de albergar.»

«No tengo ni una línea que rectificar en mi actuación. Fui a la Dirección de Prisiones con una misión que cumplir: con la de modificar el régimen penitenciario según las humanas corrientes científicas; fui con un criterio definido, con una línea recta de conducta. Medito acerca de mi gestión, y nada tengo que rectificar.» 


*


Esté usted tranquila, señorita Kent. Nada tiene usted, en efecto, que rectificar. Ha hecho usted, desde su alto cargo, una obra de bien. Ha tratado usted, por todos los medios a su alcance, de humanizar y dignificar la dolorosa existencia de la población penal. Pero eso no lo pueden comprender ni tolerar los funcionarios que —siendo quizá buenas personas en el fondo, como lo es mi amigo, el director de cárcel— no se interesan por los presos ni quieren saber de ellos cosa alguna. 

Que los presos se alimentan mal; que sufren en las celdas de castigo, el tormento del grillete: que carecen de mantas y se hielan durante las terribles noches del invierno castellano; que no escuchan, durante años y años, una palabra amiga ni un consejo cordial; que maltratados, en lugar de buscar camino de luz y de redención, se hunden aún más en las tinieblas de los rencores y de los odios. ¿Qué importa eso al funcionario de Prisiones que tiene buen sueldo, buena casa, buena despensa, leña y carbón abundantes y otros gajes del oficio? 

¡Nada! No le importa nada, señorita Kent. Y está mucho más tranquilo disponiendo de cadenas y grilletes para los presos levantiscos, y no ocupándose de lecturas, ni de conciertos, ni de conferencias, y dejando que el rancho sea lo que el diablo quiera, ya que no ha de ser Dios quien permita ciertas cosas. En España, señorita Kent, la bondad está en quiebra desde hace siglos. Usted quiso heroicamente, restablecer el crédito de la bondad y perdió la batalla. Y es que, a pesar de todo, aun no hemos logrado, por acá, borrar de nuestra tierra y de nuestro cielo la sombra abominable de Felipe Segundo... 


Antonio G. de Linares
Crónica, 12 de junio de 1932








3373. León Felipe en un café de Madrid, después de diez años de peripecias y ausencia

León Felipe (a la derecha) junto a César González Ruano - Madrid 1932


Riesgo y retorno del poeta! Voces agrías me rompen en los oídos su pregunta: 

—¿Pero aun hay poetas? ¿Pero aun hay poetas? 

Cemento. Máquinas. Anuncios luminosos. Río de asfalto. Ni el cielo mantiene vivo de misterio su secreto. Las novias escriben a máquina. 

—¿Pero aun hay poetas? 

Y poesía es el cemento. Y las máquinas. Y los anuncios luminosos. Y el cielo, que pierde su secreto. Y las novias, que escriben a máquina, poesía son también. 

Poesía. «Tristeza honda y ambición del alma» —ha dicho precisamente el poeta. (Un poeta —dijo también alguien— es un hombre que sirve para todo lo que sirven los hombres, y además, para hacer poesía.) 

Poesía, tristeza honda. Esto lo leí hace mucho en un libro admirable. En Versos y oraciones de caminante, revelación de León Felipe. 


*


León Felipe era su nombre en la bella aventura de las letras. El se llama Felipe Camino. Felipe Camino es montañés. En Santander le recuerdan todos de boticario. 

Tenía Felipe Camino una farmacia. En la rebotica se hablaba de literatura. Pero nadie —acaso ni él mismo— supuso nunca que Felipe Camino podía encontrarse con León Felipe, que Felipe Camino podía ser poeta. El tenía, sí, una fina sensibilidad, un amor por los libros, un regusto de conversaciones literarias. 

El tenía, sí, una melancólica actitud meditativa, una especie de «cansancio de antemano». 

El cansancio, la «pura pena de no saber porqué», es el camino de la poesía. Tristes, vagabundos, amarillos y herméticos, los grandes poetas pasan en un coro mágico por nuestra memoria. 

«Y aquel que añada sabiduría, añade dolor.» Sí. Y aquel que añade esa tristeza honda de lo poético y lo patético, añade melancolía, añade ese mirar las cosas en dulce desmayo, ese contemplar la vida de costado, inhibiéndose del brutal argumento de vivirla, jugando, en suma, a perder. 

¡Jugar a perder! Buen juego noble. Buen juego que ha sido el lema de nuestro poeta León Felipe. Hasta que lo perdió todo, su bienestar burgués, su botica, en la que era capitán de draga y no navegante solitario, hasta que lo perdió todo no le concedió Dios el don de la poesía. 

Salió Felipe camino de las montañas cántabras. Dejó lejos aquellas calles de San Francisco y de la Blanca; aquel mundo de Puerto Chico y del Alta, y empezó su peregrinaje por los pueblos muertos, bajo los cielos intactos de litografía, por los pueblos de Castilla y de la Mancha. Entonces una luz vivísima le sorprendió el corazón, y la noche de su angustia tuvo un mediodía iluminado y melancólico. Oíd su voz: 

...en esta tierra de España, 
y en un pueblo 
de la Alcarria, 
hay 
una casa, 
en la que estoy 
de posada, 
y donde tengo 
prestadas 
una mesa de pino 
y una silla de paja. 

El poeta acaba de entrar en España. Acaba de entrar en Madrid. Está conmigo en este café del Paseo de Recoletos, cerca de la ventana. Su cabeza sin pelo, el rostro joven, la mirada serena, dan a este perfil condición estatuaria. 

—Diez años. 

—Sí, sí, diez años. 

—Su primer libro, aquellos versos y oraciones de caminante, tienen esta fecha: mil novecientos veinte. 

—Mil novecientos veinte. 

Deletrea la fecha, El año es largo en su boca. Hablamos casi en cifra. 

—Santander. 

—Sí, sí, Santander. Yo pasé allí mi juventud, mis mejores años. Nacía de una familia montañesa. 

Le digo sus propios versos: 

Debí nacer 
en la entraña 
de la estepa 
castellana, 
y fui a nacer en un pueblo 
del que no recuerdo nada; 
pasé los días azules 
de mi infancia 
en Salamanca, 
y mi juventud, 
una juventud amarga, 
en 
la Montaña; 
después... 
ya no he vuelto a echar el ancla. 

—¿Después de aquellos pueblos, después de aquel libro? 

—Después yo me quise ir a América. No conseguí un lectorado; nada. Juan José Ruano de la Sota, que era entonces subsecretario de Hacienda, me recomendó, me ayudó. Fui a Fernando Poo. De allí volví a España. Luego, México. Después, Nueva York. 

—Nueva York. 

Recordamos —inevitablemente, voluptuosamente— el horror al maquinismo de aquel indio nicaragüense con manos de marqués. Recordamos —inevitablemente, voluptuosamente— el amor al maquinismo de aquel cantor del hierro y la fuerza de aquel que templó, tal vez el primero, la lira del acero con afán de oído proletario. 

—Nueva York. Nueva York. No precisamente el Nueva York que linda con África, el de Waldo Franck. El Nueva York que me hacía un gran bien. Me daba disciplina, angustia y método. Poner el corazón en orden. Me casé en Nueva York. A mi mujer la había conocido en México, de donde era. Nos casaron en inglés. Aun no entendía bien las palabras. Entendí que sí quería. ¡Con toda el alma! Entendí dos, tres, cinco dólares. No recuerdo. Nuestro viaje de novios costó unos céntimos. Lo hicimos en un autocard alrededor de Nueva York. 

—Luego, el segundo libro. 

—Sí, sí, el segundo libro. 

—¿Y después? 

—Después, el fin de León Felipe. Haré mi tercer libro. Ya no haré nada más que eso. 

—¿Verso también? Perdón; ¿poesía también? 

—Sí; no sé hacer otra cosa. Nunca supe hacer otra cosa.

—¿Ahora? 

—Ahora, España. Sí; otra vez los pueblos de España. ¿Guardarán la misma emoción, el mismo silencio? 

¡Los mismos pueblos! ¡Claro que si! Allí, en su sitio, la higuera vieja. Allí, la piedra pequeña. 

Canto que ruedas 
por las calzadas 
y por las veredas. 

Si; allí la misma piedra humilde, la que no ha servido.

para ser ni 
de una lonja, 
ni piedra de una Audiencia, 
ni piedra de un Palacio, 
ni piedra de una iglesia. 

Allí, la estrella fija que guía al caminante. Allí, la luz en agonía, la luz como un solo ojo vacío y colgante en el portalón de la posada de camino. Allí, la misma serenidad, la misma tristeza. Es la eternidad. Es el dulce pasquín de la muerte segura que Dios ha mandado poner en los caminos para alivio de caminantes. 

Todo esmerilado, gris, humano. Todo humano, gris esmerilado, quieto. Esto no es una interviú, sino la introducción a la calma. Esto no es una interviú, sino la invitación a un sueño. 

No nos conocíamos. Nos hemos conocido hoy. No hemos hablado más. Nos hemos descubierto hoy. Quizá no nos volvamos a ver. 


César González-Ruano
Crónica, 21 de febrero de 1932









3367. El 14 de abril de 1931 en Jaca




¡Han ganado los republicanos!

A medida que avanzaba la larde del domingo, día 12, la cárcel de Jaca se iba animando. De toda Hispana se recibían noticias del resultado de las elecciones, que no podían ser más halagüeñas, y los presos, aquellos animosos muchachos que llegaron de Madrid una mañana helada de diciembre, hacía ya cuatro meses, iban de un lado para otro poseídos de un nerviosismo atroz. 

A las cinco de la tarde empezaron a llegar las primeras visitas. Siempre eran muchas, pero aquel domingo el pueblo en masa no quería otra cosa sino ver a los presos y charlar con ellos. 

—Por lo quí'hace en il pueblo, copo republicano, maño... Voy a tirar el bar por la ventana. 

El que así hablaba era Saín, que también había estado preso, y a la sazón seguía procesado. Su bar, situado en la misma calle de la cárcel, había sido el punto de reunión de los oficiales que prepararon el movimiento de diciembre. Por eso, a despecho de las autoridades de Jaca, las letras colocadas en la puerta de este entusiasta republicano, y que componían el pomposo rótulo "American Bar Saín", eran rojas, amarillas y moradas, como la bandera que un día ondeó en el Ayuntamiento, empuñada por el capitán Galán. 

—¿Qué dices Saín? —preguntó don Pío Díaz, a quien los nervios tenían inquieto y saltarín como chico de doce años. 

Lo que oye usted, don Pió. En el pueblo, copo republicano. En Huesca, otro tanto. Hemos ganado también en Zaragoza y en Barcelona, hasta creo que en Madrid. España es republicana, muchachos. ¡Viva la República! 

—¡Viva! —contestaron todos.  

Esto ocurría en el rellano de la escalera, lugar donde los presos recibían sus visitas. Los soldados de la guardia se alarmaron un poco. 

—¿Qué pasa? preguntó uno desde abajo. 

Pastoriza, un muchacho madrileño, que conservaba su buen humor a través de los cuatro meses de encierro, contestó, asomándose a la barandilla: 

—¿Cómo que qué pasa? Pues casi nada. Que le vamos a perder de vista, centinela; ¿le parece poco?


Calma, calma ...

Los muchachos cada vez estaban más agitados, y en la puerta se agolpaba una gran masa de gente.

— ¡Que salga don Pío!

— ¡Que salgan todos! 

—¡Que nos saluden, aunque sea desde la ventana! 

Así gritaban los de la calle, entre el asombro de los centinelas, que no sabían qué hacer. 

El jefe de la cárcel, un buen señor, que había tratado a los presos como si fueran hijos suyos, estaba un poco alarmado, sin atreverse a salir de su despacho. El teléfono le comunicaba sin cesar que los republicanos triunfaban en toda España. 

—A que va a resultar que tienen razón estos muchachos, tan vehementes y tan simpáticos —decía para si el pobre viejo. 

Pero aquello se ponía serio. El rumor de la calle aumentaba por momentos, la gente pugnaba por entrar. 

Por fin, don Francisco, así se llamaba el jefe, llamó a su despacho a Pepe Rico, joven abogado, hijo de un notario de Madrid, el cual, desde el primer día, le pareció de los más formalitos. 

—Por las noticias que me llegan de todas parles, veo que, por fin, se salen ustedes con la suya. Yo me alegro mucho, pero les suplico un poco de calma. Háganlo por mi, que ya soy viejo. Retírense a su celda, no sea que vayamos a tener alguna tontería. Un poco más de paciencia hoy. Ya veremos lo que pasa mañana. 

Rico prometió al jefe que se cumplirían sus instrucciones. 


La noche en la celda

Los presos se retiraron a descansar. ¿Pero quién dormía aquella noche? La coincidencia de que debido a las malas condiciones de la cárcel de Jaca, era preciso que durmiesen cinco en la misma habitación, hacía aún más difícil todo intento de conciliar el sueño. Afortunadamente, y gracias a la benevolencia del jefe de la cárcel, disponían de un magnífico altavoz que les llevó un amigo del pueblo. 

Hasta la madrugada estuvieron oyendo, por radio, los resultados de las elecciones, pero nada más. Desgraciadamente para ellos, la tranquilidad era absoluta en toda España. 

Por fin, amaneció el lunes, 13 de abril. ¿Qué pasaría? Como estaban rendidos por la emoción, decidieron no salir de la celda. Así podrían "cazar" cualquier noticia que llegase por radio. A las seis de la tarde, Radio Toulouse comenzó a dar noticias y todos se agruparon alrededor del aparato, con objeto de no perder una sola palabra. 

"Comunican de España —decía el "speaker" francés— que, en vista del triunfo alcanzado por los republicanos, el rey Alfonso ha decidido abandonar el país. Parece que en algunas ciudades ya se ha proclamado la República"... 

Una oleada de optimismo invadió la celda. ¿Sería posible aquello? ¿Pero por qué no decían nada las estaciones de Madrid? Decidieron vestirse y bajar al despacho del jefe. Garrido, un médico levantino, realista y zumbón, comenzó a preparar la maleta. 

—¿Pero tu, qué haces? —le preguntaron. 

—Ya lo veis. Me dispongo para el viaje. Menudo lío se va a armar después. 


¡Se va ...!

Cuando penetraron en el despacho del jefe, éste se hallaba comunicando con Madrid. 

—Sí. Aquí, la cárcel de Jaca... No... No, señorita...; le repito que los presos no pueden ponerse al aparato... ¿Urgentísimo? Ya comprendo, pero no es posible... 

La voz insistía, a través del hilo telefónico, y los presos parecían querer comerse el aparato con la mirada. Por fin, don Francisco tuvo compasión de aquellos corazones republicanos. 

—Es a usted Rico; le permito ponerse un momento. 

—¿Quién?... ¿Cómo?... ¿Que se va?... ¿Mañana? Aquí estamos impacientísimos... ¿No es seguro? ¿Cómo?... ¡Ah, sí! Hasta luego. 

Rico explicó su conferencia a los tres compañeros, que le escuchaban con los ojos fuera de las órbitas. 

—Parece que no son del todo falsas las noticias de Toulouse. En Madrid no pasa nada grave, pero corren insistentes rumores de que el rey se marcha esta noche. También se habla de una dictadura militar. En la calle no hay nada todavía, pero, según parece, el público de los cafés ha llegado a un grado de tensión como no se recuerda. Lo que sea ha de resolverse de esta noche a mañana. 


"La Marsellesa" desde Zaragoza

Los rumores de esta conversación telefónica se extendieron en seguida por la cárcel, y el despacho del jefe se vio invadido por presos y simpatizantes, que venían de la calle plenos de emoción liberal. A las diez y media llamaron de Zaragoza. Era un camarero, amigo de los presos, y que llamaba para decir que en la ciudad había sido proclamada la República. 

—No puede ser; si en Madrid no pasa nada —contestó uno de ellos con voz angustiosa. 

La voz del camarero insistía. 

—Es verdad lo que les digo. En este momento, todo el café, puesto en pie, escucha "La Marsellesa". Oigan ustedes... 

El que tenía cogido el aparato creyó desmayarse. Uno a uno fueron oyendo el himno simbólico que tocaban en el café zaragozano. En la cárcel se produjo un revuelo espantoso. Todos se abrazaban llorando y riendo a la vez. Don Pio Díaz, confundido entre los muchachos, parecía uno más. 

—¡No puede ser! —decía el primer alcalde republicano—, Esto es demasiado. En la calle y con la "Niña". Yo no merezco tanto. 

Pasado el primer arrebato, alguien insinuó que no bastaban las noticias de Zaragoza. Era preciso telefonear a Madrid. 

Llamaron al Ateneo. Les contestó un "botones", quien les dijo que los pocos señores socios que habían ido aquella noche a la docta casa acababan de salir corriendo detrás de una manifestación que iba por la calle al grito de "¡Ya se fué! ¡Ya se fué!", pero que él, a punto fijo, no sabía nada. 

Esta referencia del "botones" del Ateneo produjo cierto regocijo, pero no era bastante. Hacía falta más información. Por fin. Pastoriza logró comunicar con su madre, que por vivir próxima a la Puerta del Sol debía estar enterada de todo. Aquella conferencia amargó un poco ta alegría de los presos. 

—No sé —decía Pastoriza—; mi madre me ha dado unas noticias por demás absurdas y contradictorias; dice que a las doce, la Puerta del Sol estaba llena de gente que gritaba, mientras los guardias de a pie y a caballo permanecían quietos. Después ha salido una manifestación que iba hacia la casa de Alcalá Zamora, y parece ser que ha habido disparos y muertos. Pero dice mi madre que los que disparaban no eran los guardias. En fin, un lío horroroso. 

—Eso es la revolución, "la gloriosa" —decía don Pio recordando a su padre, viejo republicano del 68. 


Y amaneció el 14 de abril

A las ocho de la mañana comenzó a funcionar el altavoz transmitiendo el diario hablado de Unión Radio. Las noticias oficiales acusaban tranquilidad. El Gobierno dimisionario seguía en su puesto, hasta que se constituyera otro, empresa harto difícil. ¿Qué era aquello? ¿Se había esfumado el entusiasmo republicano de la noche anterior? ¿Les quedarían aún muchos meses de cárcel? 

A las doce empezó a oírse la radio de Barcelona. ¿Un discurso?... Prestaron atención. Efectivamente; era Maciá quien hablaba, ante millares de espectadores, comunicando que estaba proclamada la República en Cataluña. 

Los presos ya no sabían qué hacer, y corrían de un lado a otro por aquella cárcel que nunca les había parecido tan pequeña. 

En seguida empezaron a llegar telegramas de todas partes, menos de Madrid. La situación se hacía cada vez más angustiosa. 

Por fín, a las cuatro, llegó un telefonema que decía así: "Izada bandera republicana Palacio Comunicaciones. iViva la Repúblicaí" Ya no cabía duda; sin embargo, y para cerciorarse por completo, llamaron de nuevo al Ateneo. 

Les contestó un amigo con voz entrecortada por la emoción: 

"Si... es verdad. Todo Madrid está en la calle. Hay un entusiasmo delirante. De un momento a otro tomará posesión el Gobierno provisional." 


¡En la calle!

Mientras ocurría todo esto en la cárcel, el buen pueblo de Jaca hervía de entusiasmo. Los cinco mil habitantes de la población se congregaron en la calle Mayor, y en manifestación republicana se dirigían hacia la cárcel. Hasta el despacho del jefe llegaban los gritos: 

—¡Que salgan los presos! 

—¡Ahora mismo! 

—¡Viva la República! 

Las autoridades de la prisión no sabían que hacer. Don Francisco suplicaba: 

—¡Calma, un poco de calma! Esperen a que yo hable con Madrid...

No hubo manera de esperar. Un minuto más y la manifestación habría echado abajo las puertas de la cárcel. 

Una vez en la calle, todos se dirigieron a la Ciudadela, donde había más presos de Madrid y algunos militares. La puerta estaba llena de soldados que impedían el paso de la manifestación. 

De pronto, en el otro lado del puente que da acceso al recinto de la Ciudadela, se dibujó la figura del coronel gobernador. El pueblo tuvo un primer impulso, pero reaccionó de una manera noble, generosa. Abrió calle y dejó pasar al jefe monárquico. 

—¿Qué es esto? ¿Qué quieren ustedes? 

Rico y Pastoriza se destacaron. 

—Somos los presos de la cárcel que acabamos de ser libertados por la República, y queremos que salgan también a la calle nuestros compañeros encerrados en la Ciudadela.

—No tengo orden ninguna, pero para que vean que deseo complacerles, suban dos de ustedes conmigo y comunicaré con el capitán general de Zaragoza para obrar en consecuencia. 

Siguieron al coronel. Cuando atravesaban el patio de la Ciudadela vieron a los otros presos agarrados a los barrotes de las rejas y corrieron a abrazarlos. 

—Ahora mismo salís. Todo el pueblo viene por vosotros. 

Al jefe no le hicieron ninguna gracia estas expansiones, pero, sin decir una palabra, continuó su camino. 

Llegaron al despacho. La conversación telefónica fué breve. El coronel, al aparato, repetía simplemente. 

—Si, mi general... Bueno, mi general... No, mi general... Claro, mi general... A sus órdenes, mi general... 

Al terminar, extendió un recibo de entrega de los presos y una comunicación, diciendo que abandonaba la plaza por encontrarse indispuesto. 

Las celdas se abrieron, y militares y paisanos, confundidos con la muchedumbre delirante, emprendieron la marcha hacia el pueblo. 

En el Ayuntamiento ondeaba la bandera tricolor con los retratos de los capitanes fusilados en Huesca. La alegría republicana y el entusiasmo popular no pudo impedir que los ojos de aquellos valientes muchachos, recién libertados, se nublaran por las lágrimas ante el recuerdo de los mártires de diciembre. 


M. Clio
Estampa, 16 de abril de 1932