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3064. Los mulos enamorados




I

Las locas ilusiones de un guardia civil se convertían en trapos para sus hijas. Residía en un pueblo de la provincia de Palencia, que lleva el extraño nombre de Frómista.


Este guardia civil de dientes y cuchillo, solía acariciar sus bigotes y sus ilusiones, por las mañanas, en una esquina soleada de la plaza del pueblo, al lado del cristal de un escaparate de libros, entre los que sobresalía una novela de Don Juan Valera, titulada El Comendador Mendoza.

Hacía un frío extraordinario, transparente, la escarcha blanqueaba la arena fina y los charcos, a pesar de un sol blanco brillante como la plata no se deshelaban.

¡Oh qué locas ilusiones pasaban por el cerebro del guardia civil! ¡Qué brillo oscuro relucía en sus ojos! ¡Qué orgullo resabiado en su cara, en sus manos, en la manera de colocarse el tricornio!

El era sargento y por lo tanto el amo del pueblo. Él había estado en lo cierto durante años y años: ya Franco dominaba esta parte de España y pronto la dominaría toda, como la “realidad” siempre vence a las “ideas locas”.

Se había educado en la Benemérita Academia de Valdemoro. Allí había visto crecer su barba y sus atributos varoniles —hecho que consideraba como el más trascendente de su vida— y estaba orgulloso de su virilidad seca, de su virilidad de mulo.

Estaba casado con una horrenda mujer blasfematoria, sucia, lacrimosa, de párpados enrojecidos, paridora de innumerables hijos e hijas y que, según decían en Cabezón, pueblo donde la había conocido, tenia “mucho gancho” para los hombres. De “especie de perra”, la calificaban las envidiosas mientras lavaban, y se hacían cruces sobre la suerte del hombre que se la llevara.

A él lo enganchó para toda la vida en una tarde de verano. Lo llevó a la iglesia, lo casó, lo metió en la cama, y empezaron a nacerle hijos e hijas, sin que él casi se diese cuenta.

Le rodeaba con la pierna y casi lo ahogaba todas las noches con su brazo, porque el pobre guardia civil con sus bigotes, apenas podía respirar. Berreaban los niños, clamaban las niñas pálidas éticas, perláticas, prometedoras de ser tan perrunas y enganchadoras como su madre, salía el sol, el guardia civil se levantaba en camiseta, no se lavaba, no se peinaba, pero sí se rizaba los bigotes, porque a los cuarenta y cinco años de su edad, todavía conservaba sus locas ilusiones, en aquel pueblo de la provincia de Palencia, que lleva el extraño nombre de Frómista.

Había allí, como hemos dicho, una plaza, con una esquina soleada a esas tempranas horas de la mañana, y enfrente otra sombría donde estaba la antiquísima iglesia, pobre y gótico edificio comido por las ratas y los sacristanes, no menos que por los siglos.

Ascendía el sol derramando crudeza, quebrábanse los hielos y el guardia civil se retorcía los bigotes, esperando. De la iglesia tenía que salir una dama: Doña Isabel, la mujer del comandante de ingenieros Ángel Rubio, que se encontraba a estas horas haciendo fortificaciones en el frente de Belchite.

¡Qué solemne salía Doña Isabel después de cumplir con ¡os preceptos religiosos! ¡Qué airosa! ¡Qué espiritualmente grave y dura de carnes!

Doña Isabel era una mujer de unos treinta y cinco años, cuyo rostro tenía tal pureza de líneas, que disimulaba muy bien lo mínimamente ajado. La nariz era de perfectas proporciones: graciosa, y un poco corta. Sus labios correctamente dibujados, se entreabrían descoloridos y pálidos, pues no se los pintaba nunca. Sus ojos eran pardos, grandes y aparentemente soñadores, Con respecto a las líneas de su cuerpo, que se adivinaban bajo su traje negro y sedoso. Baste decir que eran tan perfectas y puras como las de su cara, fugaces e hirientes al mismo tiempo, frescas y llenas como las aguas del río Urbel que baja directamente de la montaña.

Procedía doña Isabel de una familia desgraciada y aristocrática, y esto le daba cierta melancólica y encantadora negligencia moral. Sólo ella entre las damas de Frómista se atrevía a hablar gravemente y con valentía, de los más atrevidos temas. La melancolía, la negligencia y el incisivo encanto de la conversación de la dama aumentaban cuando se refería a su esposo, el comandante de ingenieros Ángel Rubio, en su concepto muy inferior a ella en facultades intelectuales, origen social y delicadeza de formas, pues tenía un enorme vientre, aún bajo el uniforme del ejército franquista confeccionado a propósito para disimular las deformaciones físicas y morales de sus miembros.

No, no era el comandante de ingenieros Ángel Rubio, ni esbelto, ni religioso, ni sublime. Se trataba de un militar profesional por los cuatro costados, con esa alegre y sana plebeyez, propia de casi todos los militares profesionales. Su esposa no podía soportarlo.



II



—Buenos días, doña Isabel —saludó el guardia civil acercándose, cuando, con libro y rosario, la vio salir de la sombra y avanzar por mitad de la plaza.

—¡Oh! Buenos días —contestó ella haciéndose la sorprendida.

—¿Permite usted que la acompañe? —preguntó el guardia civil.

—¡Oh, Damián! —contestó Doña Isabel—. Tengo mucho que hacer, además tengo que comprar un libro, aquí en la tienda...

El guardia civil se hizo galantemente a un lado y entraron en la librería.

Allí Doña Isabel señaló un tomo en rústica, escrito por un coronel de artillería, titulado La Verdad sobre el Universo.

—Es un libro de gran importancia —dijo Doña Isabel con su más exquisito y elegante dejo—, aplasta completamente el ateísmo y el marxismo. Es la última publicación hecha en Burgos... Debe usted leerlo también, Damián.

—Sí —contestó Damián conteniendo los feroces deseos que sentía de besarla—, a mí me interesan mucho todas estas cosas, he leído... ¡Ah, sí!, la última pastoral del obispo de Pamplona.

Doña Isabel iba de un lado a otro de la librería, contoneándose e inspeccionando todos los libros con aire inteligente. ES guardia civil la seguía en lodos sus pasos, y fingiendo un gran interés, observaba los mismos libros que Doña Isabel, por lo cual siempre estaba muy cerca de ella.

De pronto Doña Isabel lo cogió por un brazo.

—¡Oh, Damián! —exclamó—. ¡Mire usted qué monada!

Y le señaló un devocionario pequeñito, color de rosa, especial para muchachas jóvenes.

¡Hojitas de oro! —continuó—. ¡Voy a comprar uno, para que se lo lleve usted a sus hijitas!

El guardia civil volvió la cara hacia ella y rozó con sus bigotes una de sus mejillas.

Doña Isabel se retiró un poco, soltándole el brazo.

—Sí, Damián —dijo—, este libro se lo regalo yo a Baldomerita.

—¡Por Dios, Doña Isabel! —exclamó el guardia civil con los ojos enrojecidos—. ¡Es usted muy amable!

—¿No desea usted más? —preguntó el librero que era un hombre pálido con boina y gafas.

—No por ahora —contestó Doña Isabel.

Salieron a la calle, si calle puede llamarse en Frómista a unas pocilgas alargadas, en cuesta, con empedrado difícil, helado y resbaladizo.

Marchaba el guardia civil al lado de Doña Isabel. A las gentes con que se cruzaba les lanzaba miradas cobardes, recelosas, coléricas, como las de una rata acorralada, como las de un mulo en estéril celo. Le apetecía relinchar pero se contenía. Para disimular, aumentaba la gravedad de su andar y la seriedad de su rostro, iban bastante separados el uno del otro, mirando al suelo como dos jóvenes tortolitos.

—Este libro —decía Doña Isabel— lo empezaré después de comer y lo leeré hasta la hora del Rosario.

—En la paz de la tarde —dijo gravemente el guardia civil sin levantar la vista al tiempo que pasaban delante de la casa de Doña Isabel una vieja terriblemente chismosa.

—Me encanta leer libros —continuaba doña Isabel—. Es mi mejor entretenimiento, ahora que Ángel está en el frente.

—En efecto —contestó el guardia civil en la misma forma al tiempo que pasaban por delante de los balcones de Doña Tula, otra vieja chismosa—, es hermoso e instructivo.

—¡Quiera Dios que esta guerra termine pronto! —dijo Doña Isabel.

—Sí —suspiró el guardia civil—, no dejando un rojo vivo.

En este momento pasaban por delante de casa de Don Joaquín, quien se asomó a la puerta y los saludó respetuosamente con la cabeza.

—¡Así sea! —contestó a Damián Doña Isabel.

—Por cierto. Doña Isabel —preguntó el guardia civil al tiempo que pasaban por delante de casa de Don Prudencio—, ¿cómo sigue su hijo José Luis?

—Está bien —contestó Doña Isabel— aunque un poco pálido y muy díscolo, quiere irse al frente como su padre.

—Usted no debe permitirlo —dijo el guardia civil, midiendo con sus botas y sus miradas el empedrado de la calle, al cruzar por delante de la casa de las señoras de Arrieta.

—¡Oh, no! —contestó doña Isabel— ¡Es un niño muy tierno! ¡Pobre hijo mío!

—¿Qué edad tiene ya? —preguntó el Guardia civil al final de la calle.

—¡Sólo diez y ocho años! —contestó doña Isabel— ¡Y es falangista de primera línea!

Marchaban ya entre tapias cerradas, camino de la casa del comandante que estaba fuera del pueblo. El guardia civil se acercaba más y más a ella.

—Sí —continuaba Doña Isabel—, mi hijo es un buen muchacho, incapaz de desobedecer a sus padres, falangista desde hace mucho tiempo. Yo con respecto a mis hijos tengo una teoría: quiero que conozcan ante lodo la religión, que estén bien maduros antes de lanzarse por el mundo. Que no les pase lo que a mí que me casé tan joven...

Damián estaba ya completamente junto a Doña Isabel. Sus bigotes se retorcían en el aire, Al doblar una de las últimas esquinas le tomó la mano.

—¡Por Dios, Damián! —exclamó Doña Isabel soltándose—. ¡Que pueden vemos!

—Es que yo —contestó Damián que no podía contenerse— siento por usted un afecto difícil de explicar...

Sus ojos relucían como dos carbunclos. Escupió sonoramente al aire y pisó la tierra.

—Es usted una mujer superior, tan inteligente, tan espiritual, tan religiosa, tan católica...

Dijo y le pasaba la mano por las nalgas.

—¡Por Dios, Damián! ¡Qué hace usted!

—¡Isabel, Isabel! ¡Te adoro! —exclamó el guardia civil lanzándose sobre ella y tratando de abrazarla.

—¡Damián! ¡Pero Damián! —gritó ella furiosa apartándose vivamente—. ¡Qué se ha creído usted! ¡Es usted un bárbaro! ¡Salvaje! ¡Me ha hecho usted daño!

A esto siguió un momento de silencio en que el guardia civil miraba a Doña Isabel con ojos enrojecidos. Después contempló la lejanía, una serie de lomas amarillentas entreveradas de nieve, de fango y de suciedad.

Se separaron rápidamente. Por el camino venía Don Bernardo, otro señor muy chismoso que volvía con sus hijitas de dar el paseo matinal.

—¡Arriba España! —saludó Don Bernardo al pasar.

—¡Arriba! —contestó el guardia civil con voz sorda.

Continuaron andando en silencio hasta llegar a casa de Doña Isabel, que estaba en un alto.

—Doña Isabel —dijo el guardia civil—, yo le ruego me dispense...

—Está bien, está bien —contestó doña Isabel—, no hablemos más de ello.

El guardia civil tenía tanto calor que tuvo que quitarse el tricornio y comenzó a darle vueltas entre sus manos.

—Doña Isabel —dijo—, esta tarde vendré a visitarla con Baldomerita para que le dé las gracias por el libro.

A lo lejos apareció una vista nueva. Se veía la inmensa llanura de Castilla, blanca, reluciente, cubierta de nieve. Soplaba un viento fresco del noroeste.

—Hasta luego, Doña Isabel —repitió Damián ya en la puerta de la casa.

—¡Oh, Damián! —dijo Doña Isabel, dándole un amistoso golpe en el hombro— ¡tiene usted los ojos muy encendidos...!


III


Por la tarde se presentó Damián en casa de Doña Isabel con Baldomerita, Asuncioncita y Crisantemita, horrorosamente vestidas de verde, mocosas, marisabidillas, trenzado el pelo, arremangadas las medias, ladeada y mal puesta la falda y desceñida la cintura.

Allí se encontraba también José Luis, el hijo de doña Isabel, con su uniforme de falangista de primera línea. Estaba muy bien peinado, con cosmético y pegamín, pero era tremendamente desgarbado y soso.

Baldomerita y él marcharon a pasear al jardín mientras las otras dos niñas jugaban en la terraza con la nieve. El guardia civil y Doña Isabel entraron en una sala.

—¡De lo de esta mañana ni hablar! —le dijo al entrar Doña Isabel a Damián amenazándole con el dedo.

—¿Qué tal está Baldomera? —preguntó Doña Isabel sentándose.

—Muy ocupada la pobre con las otras niñas —contestó el guardia.

Anochecía. Por la ventana cerrada se filtraba una melancólica luz invernal. No había sol en el ciclo, sino nubes plomizas. Un fuerte viento arrastraba los cardos secos y las basuras.

Doña Isabel bordaba sentada en un sofá y el guardia civil adolecía en una butaca a su lado.

—Es muy interesante —comenzó doña Isabel— el libro que compré esta mañana, muy claro, muy contundente y muy elevado. Pero voy a enseñarle a usted dijo, tomando un libro que había sobre una mesa— estos magníficos poemas de un padre jesuita...

De tu divino rostro
la belleza al dejar
permíteme que vuelva
tus plantas a besar

Leyó Doña Isabel.

El guardia civil seguía la lectura sin entender nada, estaba ciego. Tomando la mano de Doña Isabel, bramó:

—Isabel, yo la amo a usted; déjeme que la bese en la boca.
Doña Isabel estaba muy sofocada.

—Mira Damián —dijo—, de una vez por todas le digo que eso no se lo permitiré nunca. Yo estoy casada y me debo a otro hombre; usted a otra mujer. El matrimonio es un lazo sagrado que dura toda la vida y lo que me propone es un pecado mortal. ¡Sólo Dios sabe lo desgraciada que soy! Es inútil que trate de sobrepasarse. Únicamente le permitiré que me tome la mano, como ahora...

El guardia civil le besó la mano con pasión. Trató de besarle la boca y no lo consiguió. En su interior se desató en palabrotas. Estaba furioso, gruñía como un mulo viejo en celo.

Doña Isabel, muy espiritual, continuó hablando de cosas eternas.

En cambio Baldomerita, se dio tal prisa que enganchó a José Luis aquella misma tarde, hasta el punto de que al mes tuvieron que casarse. Vino el comandante Ángel Rubio del frente. Repicaron las campanas. Tocaron el himno falangista y la marcha real, y un coadjutor navarro que tenía muy buena mano les echó la bendición a los jóvenes, para toda la vida.

Desde entonces, Damián, el guardia civil, acariciaba sus bigotes en la esquina soleada de la plaza, pensando que la realidad siempre vence a las ideas locas que van contra la moral cristiana.

¡Pero el día en que pudiese agarrar sola a Doña Isabel...! ¡Qué lío de faldas y de confesionarios se armaría!

Figurándoselo le daban ganas de relinchar como los mulos, en aquel pueblo de la provincia de Palencia que lleva el extraño nombre de Frómista.

México, junio de 1946


José Herrera Petere
Revista Las Españas, nº 2 (México, noviembre 1946)








2771. Corresponsal en Budapest

Judíos detenidos en Budapest, 1944


Constantes disposiciones oficiales iban cerrando a los judíos, cerrándose en su torno toda esperanza de salvación. Aquellos que no eran inmediatamente muertos o deportados veían disminuir gradualmente sus posibilidades de vida. Ninguna profesión se vio libre del expurgo; primero de todos los cargos públicos y, más tarde de las empresas privadas, la expulsión llegó a ser total.

Para evitar un colapso en las industrias de guerra, los directores militares de éstas tuvieron que secuestrar a aquellos técnicos de origen hebreo que los alemanes deseaban llevarse. En realidad quienes sufrieron la última pena fueron los campesinos y los dedicados a profesiones liberales.

Los técnicos eran detenidos para ir a Alemania y emplearse, obligatoriamente, en el trabajo forzado de las fábricas de guerra. Los industriales húngaros advirtieron que por este procedimiento iban a quedarse en cuadro y recurrieron al expediente extremado de colocar centinelas a la puerta y obligar a los judíos necesarios a no abandonar el recinto, cosa que ellos acataron con el regocijo imaginable.

En cambio, como decimos, el campesino, el abogado, el artista o el empleado, fácilmente sustituibles, corrieron peor suerte. En los primeros tres meses que siguieron a la ocupación alemana, habían sido muertos o deportados más de medio millón de hebreos residentes en provincias. 

En un viaje mío posterior pude advertir que ni siquiera existían las casas-gueto, por haber desaparecido el motivo que las creó: por haber desaparecido el elemento semita.

Casi todos los días era posible ver la caravana de hebreos que eran conducidos hasta la estación del norte. Allí les obligaban a penetrar en vagones de mercancías -cincuenta personas por vagón, sin distinción de edad o sexo-, que eran cerrados y sellados a plomo. Partían en dirección desconocida, pero rumbo a un destino perfectamente presumible.

Al llegar a determinado lugar, los vagones eran desviados hasta una línea muerta. En ese momento solían llevar varios días de viaje, sin comer, sin más vestido que el prescrito para este trágico trayecto: los hombres una camisa, un short, unos calcetines y unos zapatos.

Absolutamente nada más, excepto un paquete de tres kilos donde podían elegir su contenido: bien comida o vestidos que no les estaba permitido ponerse. Las mujeres: una blusa, una falda y unos zapatos. Excusado es decir que eran "intervenidos" los relojes, las plumas estilográficas y cualquier objeto de algún valor intrínseco.

El fin del viaje era previsto. Dentro de los vagones, algunos niños habían muerto de inanición y de asfixia; las mujeres enloquecían, los hombres se desesperaban. Al fin se abría la puerta y una ráfaga de ametralladora les saludaba. Uno de los viajeros, herido y dado por muerto, me contó la horrenda escena, que se resiste a toda transcripción.

En otras ocasiones eran trasladados hasta el campo de concentración de Auswitzch o a cualquier otro, preferentemente en Polonia. Las cámaras de gases eliminaban el problema del gasto de munición y los cuerpos servían para experimentos científicos. Recuerdo que en una de mis informaciones -tachada, por supuesto, por la censura en España- denunciaba yo tales atrocidades.

Justo es decir que estas crónicas las escribí en Suiza, ya que los alemanes no hubieran tolerado la menor especulación al caso. Decía, con una anticipación de varios meses, la existencia de esas cámaras de gas y un curioso procedimiento de autarquía que, hasta la fecha, no ha sido aún hecho público, por lo que siempre quedará la duda de su existencia.

Cierta persona, perfectamente enterada y solvente, me comunicó, en Budapest, que los alemanes llegaron a extraer la grasa de los cadáveres asfixiados, grasas que utilizaban, entre otras cosas, para la fabricación de jabón. Yo no sé si esto es científicamente posible y ni siquiera si ha sido cierto, supuesto que no lo vi, pero dejo constancia de ello como información de segunda mano.

Otro testigo presencial me relató escenas de horror a las que negué el crédito, porque tales actos de sadismo, sobre inimaginables, me parecían perfectamente ociosos e innecesarios. Sin embargo, poco más de un año más tarde, llegada la paz y comenzados los procesos contra los que se denominaron "criminales de guerra" han salido a relucir, corregidas y aumentadas, todas las atroces versiones que circulaban al borde de la verosimilitud. (…)


Eugenio Suárez
Corresponsal en Budapest, Ediciones Aspas 1946









2037. Recordando a Juan Larrea

Sucede, pues, que la palabra democracia se asemeja extraordinariamente a un frasco rotulado, vacio y de enormes tragaderas, capaz de contener los productos más heterogéneos. No hay sustancia por tóxica o explosiva que sea, desde la leche de cabra hasta el ácido prúsico o el fulminato eclesiástico, que no encuentre en él cabida. Y lo que ocurre con esta palabra tipo, ocurre con las otras. El lenguaje es algo inanimado, muerto, un nuevo envase cuando no un ataúd. Lo funesto de la situación salta a los ojos. Porque ¿qué es lo que puede esperarse del hombre si el elemento que le distingue del animal carece de vida?

Un botón de muestra en el campo político. Hace más de un año que ha triunfado en todo el mundo la democracia. Los regímenes de Alemania, Italia y Japón, han demostrado a la vista del mundo lo mortales que eran. Más he aquí que tal vez la única verdadera democracia en formación dentro del área europea, la española, el régimen que albergaba en su seno a la democracia más antigua de Europa, la vasca, siga asesinada, clamando al cielo. Tales afirmaciones no son gratuitas, ni tendenciosas, ni interesadas como las que divulgan las grandes agencias de corrupción verbal del mundo. Se fundan en la Constitución de la República Española y en hechos muy precisos. Su democracia era expresamente pacífica hacia adentro y hacia afuera. En su repudio expreso de la guerra había llegado a licenciar a la mayor parte de su Ejército. por ello, heroicamente, fue su víctima. Oponía a la secular inercia de las clases poseedoras, no una clase social, sino una categoría esencialmente humana y popular, el trabajo, el dinamismo. Para ese dinamismo creador en todos los órdenes, buscaba el bien de todos. Había venido al poder en 1931 de manera incruenta. En 1936 la voluntad popular se manifestó democráticamente en las urnas a favor del régimen popular republicano en el momento escogido por sus enemigos de siempre, estando estos virtualmente en el poder y cuando disponían del máximo de elementos de organización y económicos para la adquisición de votos. Nadie hasta los albores de la guerra peninsular que, al verse irremisiblemente perdida, desataron con ayuda de Hitler y Mussolini las clases invertebradas de la nación, puso en entredicho la victoria del pueblo (1). Según confesión de parte y documentación fehaciente, esa sublevación se había planteado con dos años de anticipación por los representantes de la monarquía y del ejército y el Duce italiano. Nadie ignora que en cuanto el pueblo expresó su veredicto, empezó de una manera visible la labor de zapa y provocación por parte de la reacción española, más con un virtuosismo patentado en otros países. A pesar de que las cosas están cambiando mucho en estos últimos tiempos por lo que a Franco se refiere, parece ser interés decidido de varias grandes potencias "olvidar" cuanto atañe al régimen popular español y las malaventuras que padeció entonces en el campo internacional dominado por las apellidadas democracias. Más es interés de la conciencia humana no dejar sin atar ninguno de estos cabos. Ni ocultar los sagrados estigmas.

Inglaterra y Francia influyeron en la Sociedad de Naciones a la que pertenecía con ingenuo entusiasmo la República española para implantar una política de no intervención. He aquí otra linda palabra que puede utilizarse, como una manguera, en todas las direcciones de la rosa a fin de regar la maceta que más deleite. Maniatado, el pueblo español empezó su calvario de iniquidades, vejaciones e insultos. Fue tramposamente conculcado su derecho por las llamados a rendir justicia. A todos los demócratas, fuesen del partido que fuesen, se les tachó de criminales y de comunistas, y a los comunistas la democracia cristiana y la plutocracia internacional los declararon, por el hecho de serlo, reos de exterminio.

La República española, abandonada por todos (salvo por México y la Unión Soviética) sucumbió. Diz que aras de la paz universal, para evitar la guerra. Cuantos no comulgan con ruedas de molino sabían que era una mentira de las que deshacen época. Quien más quien menos, todos han sabido después a qué atenerse. Pero ello no quita para que Franco siga todavía en el poder sostenido todo por el artilugio católico-plutócrata del mundo, por el Vaticano, por Churchill. Cierto es que, aunque a regañadientes y a costa de forcejeos, poco a poco se van tomando los medidas para que desaparezca del tablado internacional ese baldón demasiado flagrante y delator para todos y demasiado estorboso para una bien ordenada política de "olvido". Sí, es ya inminente el derrumbe de Franco pero ¿y la democracia española?

He aquí algo de lo que no se oye hablar nunca. La democracia española tenía y tiene un gobierno legítimo que, con las precisas asistencias debiera estar hace tiempo gobernando. Ni lo está ni ninguna de las grandes potencias, inclusas las que no tienen relaciones con la España actual, se ha dignado reconocerlo. Prefieren seguir empeñadas en su política de sobrepujanza, peleándose por arrimar cada cual al ascua española a su sardina. Como si no fuera temerario jugar con tan peligrosas espoletas. Todo se vuelve trampas, obstrucciones, palabras cruzadas, pasatiempos, ardides para dar lugar a que transcurran los días con la esperanza de poder derivar los acontecimientos por ciertos declives de manera que el régimen sustituto del actual sea el que cada jugador estima adecuado a sus particulares conveniencias o siquiera el menos conveniente para los intereses ajenos. Y ello aunque ese régimen no tenga mucho que ver con el que responde a la voluntad democrática de España. Esa voluntad es lo único que, a lo que estamos viendo, no cuenta para el sentido de justicia de los administradores de la victoria. La intervención de no intervención sigue tan flamante como en sus mejores días. A Chamberlain sucedió Churchill y a Churchill Bevin. ¿Delenda est Britania?

Se considerarán desorbitadas estas afirmaciones. Quien esto escribe no lo piensa así. Política. Política de tira y afloja. De toma y daca. De compra y venta. (A lo mejor por treinta pozos de petróleo...) A veces sin finalidad práctica, por la voluptuosidad de entregarse poderosamente al deporte político. El hecho es que ninguna de las grandes potencias, ligadas a lo que cabe conjeturar, por secretos compromisos, ni siquiera Rusia, ha reconocido al gobierno republicano en el destierro, único representante legítimo de la voluntad española victimada atrozmente por el fascismo, a la deriva de su propia irrestañada sangre. Puntualizando: este hecho catalizador, revelador, viene a significar claramente, al confrontarlo con los demás hechos, que el círculo de potencias llamadas democráticas, no tiene de democracia sino un tanto por ciento de su nombre. A lo mejor hasta seis de las letras que lo forman. Las últimas (que son las primeras): cracia, el poder. Falta enteramente lo que se había ya vislumbrado más arriba: el pueblo. No hay pueblo. No lo hay ni puede haberlo sin lenguaje. No hay lenguaje universal, sino su babélica negación. No hay, por tanto justicia.

Sólo una excepción total, siempre la misma, con cuanto ello significa: México. No lo pensamos nosotros. Lo ha pensado la Historia.

Quede todo ello bien sentado para que no se olvide.


Juan Larrea
Visión de paz” Apogeo del Mito
Cuadernos Americanos, vol. XXVIII, núm. 4, julio-agosto 1946


(1) He aquí tres testimonios irrecusables: "Nadie puede desde nuestro campo negar este hecho evidente: la jornada del 16 de febrero ha constituido una hecatombe para la derecha española", José Calvo Sotelo (El Diario Vasco, 11 de marzo de 1936); "La gravedad de la situación creada por unos comicios que han resultado adversos a la política conservadora me obliga a comunicarme otra vez con Vuestra Eminencia", Isidro Gomá (en carta al Secretario de Estado, Cardenal Pacelli, hoy Sumo Pontífice, fechada en Toledo el 26 de febrero de 1936); "La inesperada y formidable victoria del Frente Popular (16 de febrero de 1936) entregó una vez más las riendas del poder a Azaña", Francisco Franco (Revue Universelle, 15 de marzo de 1937)










1926. Allá por el año 1931 ... República

Madrid, 14 de abril de 1931. Grupos de personas festejan en las calles la proclamación de la II República Española. Foto: EFE


Recordar no es gozar o sufrir nuevamente, pues si las reacciones intelectuales y morales se limitaran al dolor o al goce, poco camino habríamos recorrido. Recordar impone analizar la conducta y los hechos pasados, sometiéndolos a la criba más severa. Quien no encuentra en sus propios actos motivos de meditación y rectificación, ya puede solicitar el retiro. Ciertamente no le restará ningún quehacer en las graves horas del futuro. 

Allá por el año de 1931, las campanas de España tocaron a gloria. Se había instaurado la república y el pueblo español, todos los pueblos españoles, desbordados de alegría, se entregaban al placer de sentirse libres, comunicarse el hecho de la libertad general y testimoniarse con el júbilo la realidad del milagro. Terminaba un ciclo histórico, en el que las torpezas y las vilezas aparecían entremezcladas, y se abría otro lleno de esperanzas. Los hombres del nuevo gobierno, salvo excepciones, gozaban de reputación y crédito en el país y algunos de ellos de merecida fama internacional. Cada grupo había destacado las personalidades más brillantes de sus cuadros [...]. Consciente o incoscientemente los republicanos repitieron en 1931 la experiencia de 1873 dando asilo en el Ministerio a los políticos conversos de la víspera. Según Marcelino Domingo las horas de abril eran propicias al ensayo de un Thiers nacional, capaz de enfrentarse simultáneamente con la extrema derecha y la extrema izquierda. Queríase que el alumbramiento de la república y su infancia estuvieran revestidos de las galas más bellas, sin un disturbio ni una mancha de sangre.

¿Por qué no se realizaron los bellos sueños? ¿Por qué al siguiente día de la elección de las Cortes Constituyentes se arrinconó a Thiers y se menospreció al Gambetta nacional que año tras año había predicado el evangelio de la república?... Los desvaríos populares obtienen siempre la absolución de la historia, a causa de la grandeza íntima que los motiva, pero a los errores del personal directivo la historia otorga trato distinto, seguramente porque no se debe eludir la ley de que gobernar es prevenir y encauzar, incluso remando contra la corriente de las pasiones y aunque el empeño comprometa la popularidad y la vida. ¿Estuvieron a esa altura los hombres de 1931? No. Ocho meses después de instaurado el régimen republicano, se rompieron las treguas políticas, y cada partido quiso hacer una república a su hechura y semejanza. Se desvanecieron las sombras de Jovellanos y de Argüelles; se olvidó la tremenda lección de las desaveniencias entre Pí, Castelar, Salmerón y Figueras; dudose o negose que pudiera atener émulos el general Pavía y sobre la cumbre del estado se desató la lucha iracunda de quienes querían galopar hacia lo desconocido y quienes procuraban sestear en las frondas del pasado. Extendida la enfermedad por el cuerpo social la izquierda organizó una sedición popular y la derecha una rebelión militar. Así, entre Scila y Caribdis, navegó el bajel republicano hasta 1936.


Diego Martínez Barrios
14 de abril de 1946









1853. Para Antonio Machado

Para Antonio Machado

Velada de los mares en la frente de las fuentes
En la palma de tu presencia Collioure
He acariciado la eternidad he creído en ella
Y en el vivo silencio de tu viña
He enterrado el recuerdo y la amargura
Humo de otoño negra grava
Minuto tras minuto ha dejado su ladrillo
Alrededor de la casa del solitario
El viento afila el cuchillo en la montaña
El invierno le ofrece ya su pecho
Qué le importa al corazón la melancolía
Se inscribe una vida rápida de lagarto
Qué importa bajo la sal de la luz
Que una sonrisa como un látigo venga a iluminar los dientes
En las comisuras mismas de la vida serena
Toda la tierra entre las tierras de Castilla
Descansa en tu tierra de pesados secretos de amistades
Y desde el olivo tardío hasta el mar siempre joven
Se mezcla la voz de la tierra con el orgullo jamás vencido de Castilla
Incluso por la muerte incluso por la sangre pujante de la brizna de hierba en primavera.



Pour Antonio Machado

Veillée des mers au front des sources
Dans la paume de ta présence Collioure
J’ai caressé l’éternité j’ai cru en elle
Et dans le vif silence de ta vigne
J’ai enterré le souvenir et l’amertume
Fumée d’automne noire pierraille
Minute après minute a déposé sa brique
Autour de la maison du solitaire
Le vent aiguise le couteau sur la montagne
Déjà l’hiver lui offre sa poitrine
Qu’importe au coeur de la mélancolie
S’inscrit une vie rapide de lézard
Qu’importe sous le sel de la lumière
Qu’un sourire tel un fouet vienne éclairer les dents
Aux commisures mêmes de la vie sereine
Toute la terre parmi les terres de Castille
Repose dans ta terre aux lourds secrets d’amitiés
Et de l’olivier tardif jusqu’à la mer toujours jeune
Se mêle la voix de la terre à la fierté jamais vaincue de la Castille
Même par la mort même par le sang puissant du brin d’herbe au printemps.


Tristan Tzara
Le signe de vie (1946)


Tristan Tzara, (Samuel Rosenstock) ensayista y poeta, uno de los autores más importantes del movimiento dadísta, autor del Manifiesto Dadá, sentía gran admiración por Antonio Machado, a quien conoció en el II Congreso Internacional de Escritores de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, celebrado en Valencia en julio de 1937.










1004. Asalto al tren del dinero




Tras desarmar a una pareja de la Guardia Civil, los maquis atracaron en 1946 en Caudé (Teruel) un convoy y se apoderaron de un botín de 750.000 pesetas.


MIKEL ITURRALDE | 15 junio 2014 - elcorreo.com

Seguramente en su casi centenaria existencia Casimiro Oquendo habría podido contar cientos de veces el suceso que pudo cambiar su vida. Y, sin embargo, apenas media docena de personas sabían que había protagonizado uno de los episodios más truculentos de la posguerra. Su familia se enteró cuando ya peinaba canas. Con 91 años relataba en 2010 al ‘Diario de Teruel’ lo que sintió con aquel grito a bocajarro: “¡Pase dentro que lo aso!”.

El 7 de julio de 1946 el tren de mercancías número 8.052, con seis unidades y su coche pagador en cola, entraba como siempre con retraso en la estación de Caudé, última parada antes de llegar a Teruel, a unos 17 kilómetros de la capital. La Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA) había elegido ese punto para ejecutar una de las acciones más audaces del maquis. Una decena de guerrilleros de la zona asaltó el convoy, desarmó a la pareja de guardias civiles que custodiaba el dinero y se apoderó de un suculento botín: 750.000 pesetas (806.250 euros de hoy en día) destinadas a pagar a los ferroviarios de la zona. Fue una de las acciones más audaces de los excombatientes republicanos.

Los asaltantes eran miembros del AGLA, la agrupación guerrilla antifranquista más importante que tuvo el Partido Comunista de España (PCE) dentro del país durante los años 40. En un principio estaba estructurada en tres sectores, aunque más adelante pasarían a ser cuatro debido a la intensa actividad. Cada sector estaba formado por brigadas, batallones y compañías, formando una verdadera jerarquía militar. El primer comandante, designado por el PCE, fue Vicente Galarza, ‘Andrés’, que sería fusilado en julio de 1947. Su objetivo: prolongar la lucha democrática y republicana contra el franquismo tras la Guerra Civil. Popularmente fueron bautizados como maquis, término de origen francés con que se designó al movimiento guerrillero de oposición a los ocupantes alemanes.

La mayoría de los hombres que integrarían el maquis estaban en 1940 en Francia, recién empezada la II Guerra Mundial. Exiliados españoles se incorporaron con todo su empeño (y con la experiencia llevada de España) a la lucha antinazi, que para ellos representaba una continuación de la misma guerra por la libertad librada en su patria, y desempeñaron un papel fundamental en la creación de ‘la Résistence’. Comenzada la misma con medios precarios, en 1944 las agrupaciones guerrilleras españolas formaban ya batallones nutridos y eran capaces de infligir al alemán derrotas tan espectaculares como la famosa de La Madeleine.

En 1945, las organizaciones republicanas, tanto en el exilio como en el interior, todavía confiaban en que los aliados no iban a tolerar el régimen de Franco, que sufriría la misma suerte que los de Hitler y Mussolini. Por eso, la finalidad de la AGLA no era derrotar a un enemigo demasiado poderoso, sino presionar y mantener viva una revuelta que impidiera al franquismo hacerse más fuerte. La historia de la AGLA abarca siete años: de 1945 a 1952, que es cuando el PCE ordena la disolución del maquis y su retirada a Francia. En ese período, los maquis de las montañas protagonizaron una lucha irregular que, al final, se limitaba prácticamente a resistir y ocultarse de los guardias.

Aragón, además de Asturias y León, fue uno de sus principales campos de acción. En su libro ‘Guerrillas españolas’ (Editorial Planeta, 1977), Eduardo Pons Prades no duda en destacar que la provincia de Teruel “fue, sin lugar a dudas, una de las más guerrilleras de España. Tanto por la existencia de bases principales en todas sus zonas montañosas sin excepción como por la importancia de sus partidas y también por la duración del enfrentamiento guerrillas-fuerzas del orden”. La importancia del maquis en la zona la ofrecen los mismos datos oficiales. Según éstos, durante esos años se produjeron en tierras turolenses las siguientes acciones: refriegas con las fuerzas del orden (73), muertos en la población civil (43), secuestros (27), sabotajes (57), golpes económicos (302), guerrilleros muertos (105), guerrilleros heridos (32), guerrilleros presos (67), guerrilleros entregados (10), enlaces de la guerrilla detenidos (812), muertos de las fuerzas del orden (12) y heridos de las fuerzas del orden (32).

José Ramón Villanueva Herrero, del Instituto Cultural del Bajo Aragón especialista en los maquis, relata los ataques más importantes: voladura y descarrilamiento del Ferrocarril Central de Aragón entre Barracas y Rubielos (7 mayo de 1947), asalto al tren pagador en Caudé (julio de 1946), ataque a dos camiones de la Guardia Civil que se dirigían desde Tragacete a Teruel (3 diciembre de 1947), el cual ocasionó 12 muertos y varios heridos y una brutal represalia posterior, y la ocupación de pueblos como Sarrión, Foz Calanda y La Cerollera. En este último caso, ocurrido en una fecha tan simbólica para la dictadura como era el 18 de julio de 1947, el pueblo fue ocupado por un grupo de guerrilleros que se presentaron como miembros del Ejército de la República. Acto seguido, se ordenó que, en diez minutos, se personase un vecino de cada casa en la plaza donde, ante una pancarta en la que podía leerse ‘Campesinos: los guerrilleros de Levante te protegen’, se procedió a la quema de los retratos de Franco y José Antonio y a izar la bandera tricolor en el Ayuntamiento. Posteriormente, se homenajeó en el cementerio a varios maquis muertos. Tras cantar el ‘Himno del Guerrillero’ y disparar salvas de honor, los combatientes volvieron al monte no sin  antes dar la mano al alcalde y al juez de paz.


No busques Caudé en los mapas

Caudé es un pequeño pueblo situado a unos 10 kilometros al norte de la ciudad de Teruel. Actualmente forma parte de la capital turolense, aunque hasta 1970 era un municipio independiente. A comienzos del siglo XX. Cuando fue construida la línea de ferrocarril Calatayud-Valencia, contaba con 670 habitantes. En 2011 sólo había 225 personas censadas. No es de extrañar, por tanto, que sean escasas las referencias bibliográficas de esta localidad aragonesa y que sea incluso difícil localizarla en el mapa.

La relación con el ferrocarril ha sido siempre tormentosa. En 1900 el Consistorio había solicitado a la Compañía del Central de Aragón la ubicación en su término municipal de un apeadero para dar servicio al pueblo y a otras poblaciones de los alrededores. La idea fue rechazada por la dirección de la compañía belga, partidaria de rentabilizar al máximo sus inversiones en el extranjero.

Los vecinos de Caudé vieron en 1906 construirse una segunda línea férrea, la Ojos Negros Sagunto, para dar servicio a la compañía minera de Sierra Menera. El trazado de esta nueva línea, junto con el de la Central, cercaba el villorrio por el Este, Norte y Oeste. Dos ferrocarriles y ninguno prestaba sus servicios al pueblo. La pelea por conseguir que el tren atendiera sus demandas se prolongó hasta los años 30. Consiguen un apeadero tras recurrir a las más altas instancias del Gobierno. Dos de los ministros, turolenses y titulares de las carteras de Agricultura y Marina, ‘recomiendan’ por carta la recalificación. En noviembre de 1933 se abre al público el servicio ferroviario.

Hoy día Caudé ha vuelto a quedarse sin trenes. La pequeña estación fue demolida hace muchos años y no queda casi ni huella de las instalaciones ferroviarias. Pero en los años 50 el apeadero turolense registraba el paso de varios trenes. Y algunos incluso paraban. Como el tren pagador, donde ‘la RENFE’ enviaba las nóminas de sus trabajadores.

No todos los pueblos de aquella España de postguerra disponían de sucursal bancaria, más bien un lujo solo al alcance de la gente que vivía en las ciudades. Lo normal, además, era que el sueldo se recibiera en metálico. De ahí la existencia de furgones especiales, dotados con algunas medidas de seguridad y vigilados por la Guardia Civil, que en recorridos itinerantes cumplían todos los meses con la rutina del pago.

Antes de la creación de ‘la RENFE’ (enero de 1941), las antiguas compañías ferroviarias disponían de vagones adaptados a esta tarea. Andaluces disponía de siete coches pagadores; MZA tenía 16 vehículos; Norte llegó a disponer de 12 furgones; Oeste habilitó 7; y el Santander Mediterráneo, 1. Con la unificación, se prepararon 34 vehículos para este cometido. Uno de ellos se convirtió en objetivo militar del maquis de Teruel.

Más o menos, el tren llegaba a hora fija, según el propio relato de José Manuel Montorio, uno de los guerrilleros que participó en el asalto. El convoy lo formaban seis vagones de mercancías cerrados, uno de los cuales había sido habilitado como pagaduría. Este vagón estaba dividido en dos partes separadas por un tabique de madera en el que se había practicado una ventanilla y montado una puerta. Detrás se encontraba el pagador de la compañía. En la otra mitad se habían instalado dos bancos corridos adosados a los laterales desde los que una pareja de la Guardia Civil, armada con fusiles y pistolas, vigiliaba. Cuando se abría la puerta del vagón, los obreros y empleados del apeadero, que estaban esperando formando cola, subían y percibían el importe de sus salarios. Siempre la misma rutina, como comprobaron los hombres del AGLA.

El maquis acampaba a bastante distancia de la población turolense, en el barranco del Regajo, cerca de Camarena de la Sierra, en plena sierra de Javalambre, en un paraje dominado por peñascos de rodeno y frondosos bosques de pino. Los sublevados prepararon el golpe durante meses y ataron los cabos precisos para el asalto. La orden del ataque había entusiasmado a la partida rebelde, pero mantenían la guardia alta para evitar que el acoso de la Guardia Civil acabara con sus expectativas. Los asaltantes estaban ya elegidos. Además de José Manuel Montorio (‘Chaval’), participarían Florián García Velasco (‘Grande’), Germán Amorrortu (‘Manso’), Francisco Corredor Serrano (‘Pepito’), De San Blas (‘Juan’), Doroteo Ibáñez Alconchel (‘Ibáñez’), Francisco Jurado (‘Nelson’ o ‘Cojonudo’), Ángel Fuertes Vidosa (‘Antonio’), León Quílez Quílez (‘Perico’) y Antonio Vargas (‘Cubano’).


Soledad y despoblamiento

Cada guerrillero tenía su tarea preasignada, como lo cuenta ‘Chaval’. “Teníamos que robar un taxi. ‘Manso’, de chófer, simularía una avería en el auto y se quedaría esperando sobre la carretera; al vernos llegar pondría el motor en marcha. ‘Grande’ y ‘Juan’, en las oficinas donde concentraríamos a todos los empleados; ‘Ibáñez’ y ‘Perico’, de guardia sobre el andén; y ‘Pepito’, ‘Nelson’ y yo subiríamos al vagón mezclados con los obreros y, una vez desarmados los guardias, daríamos la voz de ‘más madera’, para advertir que todo iba bien y que ‘Antonio’ podía venirse para hacerse cargo del dinero. Se tenía pensado que el ‘Cubano’ participase también, pero tuvo que quedarse en el campamento porque le habían salido unos forúnculos que no le dejaban andar. Por si era preciso se señaló como punto de concentración el cerro de la Mora, próximo al rodeno de los Montes Universales”.

Con algo de retraso, cosa nada inhabitual en esa época, el tren anuncia con un negro penacho de humo su llegada al apeadero de Caudé. Es un viejo mercancías con un vagón habilitado para pagaduría, al final de la composición. Una pareja de la Guardia Civil viajaba en su interior. Como ya habían comprobado anteriormente, el convoy debía detenerse en esa semidesértica estación, entregar la nómina a los ferroviarios de la compañía y continuar su marcha. Ningún testigo más. “Soledad y despoblamiento eran los aliados naturales de la guerrilla”. “Pusimos contra la pared a los ferroviarios que trabajaban en el apeadero, a los que amenazamos con nuestras pistolas. Mientras, dos hombres habían subido al furgón del tren. Pronto vimos salir a los guardias desarmados, manos arriba. Les quitamos los uniformes. Había unos monos azules que les colocamos, y unas alpargatas. No hablaban. Era una escena tensa. Mientras, cogíamos los billetes destinados a la paga de los obreros. Dos macutos llenamos con ellos”. (Andrés Sorel en ‘La guerrilla antifranquista: la historia del Maquis contada por sus protagonistas’. Editorial Txalaparta, 2002.)

Encerrados en la oficina del jefe de estación, los guerrilleros hablan al pagador y a ferroviarios. Una conversación precipitada, atropellada, que intenta explicar los motivos de la lucha. Los guardias contemplan la escena en silencio, temerosos aún ante las armas que portan los asaltantes. “Les encerramos a todos juntos, amenazándoles con que, si abandonaban la habitación antes de dos horas, estallaría una bomba colocada en el exterior y sujeta a la puerta. No había tal bomba; solamente una piedra, como pudieron descubrir pronto. Pero muy tarde para alcanzarnos. Un auto, aparcado en la carretera nos esperaba. Con él buscamos los caminos del bosque. Después andaríamos horas hasta encontrar el campamento. Y allí un recibimiento apoteósico. 750.000 pesetas eran las arrebatas al tren del Central de Aragón”. La noticia no sale en la Prensa.

Pocos días después, se toman medidas. El régimen designa gobernador civil al general Manuel Pizarro Cenjor el 28 de julio de 1947. Pizarro llegó a Teruel con el mandato expreso de Franco de sofocar el movimiento guerrillero, al igual que ya había hecho en León y Granada. Asumió plenos poderes civiles y militares, ya que, además de gobernador y jefe provincial del Movimiento, cargo que ocupó hasta 1954, era también jefe de la V Región de la Guardia Civil.

Un año después, la Guardia Civil y el Ejército asaltaron y desmantelaron definitivamente el reducto maquis tras un aparatoso despliegue de tropas. Frente a los 15 guerrilleros que ocupaban el campamento, las fuerzas gubernamentales disponían de 3.000 efectivos. Las fisuras en el roquedo permitieron escapar a todo el contingente guerrillero. Sólo un maquis murió a manos del Ejército.

Casimiro Oquendo era el fogonero de aquel tren que conducía su inseparable compañero el maquinista Agustín Esteban. A ninguno se le había pasado por la cabeza el encuentro con el maquis. Pero a sus 26 años, la vida ya le había deparado alguna que otra sorpresa. El asalto acabó por reafirmarle su impresión. “Había elegido un oficio peligroso; un oficio de riesgo”, contaba poco antes de morir y después de permanecer 43 años de servicio en la misma empresa. “Me acuerdo porque un asalto así no es normal que te ocurra”.