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2003. España bajo las bombas IV

Trincheras en Madrid (Gerda Taro)


Madrid, 1937

Descubrimiento de una ciudad
Rondan por tu cielo halcones,
que precipitarse quieren
sobre tus rojos tejados,
tus calles, tu brava gente.
Rafael Alberti
(Romancero de la guerra de España)


Nuestra primera noche en Madrid fue relativamente tranquila. No salimos del hotel, ya que Corpus Barga nos advirtió que estábamos en «ciudad en estado de guerra» y que no era oportuno hacerlo después de las nueve, mientras no tuviésemos nuestros salvoconductos debidamente extendidos y legalizados... A las seis de la mañana fuimos despertados por un cañoneo intenso aunque lejano y por algunas salvas de ametralladora. Pero ya las tinieblas de una noche más —¡cuántos dirán en Madrid: «ha pasado una noche más»!— se habían disipado ante el sol espléndido que tiñe de oro los celajes de la meseta castellana. Ya podíamos emprender el segundo descubrimiento de una ciudad transfigurada por la lucha.

En su aspecto meramente humano, el despertar de Madrid se asemeja al despertar de cualquier urbe en tiempos de paz. Los trabajadores de obras públicas realizan su faena habitual, haciendo rodar latas filarmónicas a lo largo de las aceras. Los tranvías organizan el ritmo de su periodicidad. Los últimos barrenderos desaparecen misteriosamente, llevando su escoba en el hombro, como brujos sorprendidos por el canto de un gallo. Los gatos nocturnos, con las retinas contraídas, organizan su retirada ante la aparición de los primeros perros.

Las ventanas se abren, y en el aire fresco de la mañana nacen y crecen risas de niños...

Sin embargo, estamos en una ciudad martirizada, en una ciudad cuyas calles, cuyas casas, cuyo suelo, han sido arados por la muerte. Aunque los obreros madrileños renuevan cada día su labor de Danaides, consistente en retirar escombros, apuntalar murallas inestables o rellenar huecos tan profundos que llegan hasta los túneles del Metro, no les ha sido posible borrar totalmente las huellas de los bombardeos, reconstituyendo el paisaje urbano en su integridad. La Puerta del Sol, la Gran Vía, la calle de Alcalá, parecen haber pasado por un terremoto. Los edificios presentan resquebrajaduras de treinta metros de alto. Estatuas decapitadas y caballos de bronce suspendidos en el vacío. La torre de la Telefónica, milagrosamente sostenida en equilibrio, está atravesada de parte a parte por innumerables obuses. En la Puerta del Sol, dos casas de varios pisos han quedado reducidas a cuatro paredes negras plantadas en un yermo. Una fachada de la casa de Correos está totalmente estropeada por una explosión. El Museo del Prado ha sido herido por bombas incendiarias. Sólo quedan ruinas del Café Cristina, en la calle Mayor. Una bomba caída en los alrededores de Atocha ha suprimido —¡la palabra es exacta!— la mitad de un building de siete pisos, cuyas habitaciones quedan abiertas sobre la calle como los cuartos de una casa de juguete. La Carrera de San Jerónimo presenta idénticos cuadros de devastación... ¡Hasta la histórica Cibeles ha sido rota por los obuses!

—¡Esto no es nada! —me dice Herrera Petere—. ¡Cuando vean ustedes el barrio de Argüelles!...

Estábamos en aquel instante junto a la estación del Metro de Correos. Diez días después un obús caería en aquel mismo sitio, matando a quince personas.


Los tres cochinitos

Por una razón íntima y sentimental quise ver la plaza del Mercado del Carmen donde, en otras épocas, había venido varias veces al alba, con una amiga, para comprar frutas recién traídas del campo...

Las naves del mercado han desaparecido, transformándose en unos cuantos montones de escombros reunidos entre sí por cañerías atirabuzonadas. Las casas que las rodeaban han perdido hasta su aspecto de casas, asemejándose más bien a terrones de azúcar que comenzaran a derretirse en una taza de té hirviente. ¡Pobre Mercado del Carmen!...

Unos niños juegan entre los escombros. Cantan. Me acerco para oír lo que cantan... Y en medio del paisaje de guerra surgen, conmovedores, increíbles, los tres cochinitos de Walt Disney, primos del ratón Miquito y del gato Félix. La música que popularizaron los tres héroes del dibujo animado hace girar ahora una rueda de chiquillos asidos de la mano. Es el tema que conocen todos los chiquillos del mundo, pero con palabras nuevas. Palabras que hablan del «lobo malvado» transformado en artefactos de muerte:

Cuando pasa la aviación,
la aviación,
la aviación,
tira balas de cartón,
de cartón,
de cartón,
ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.

¿Creéis que a un pueblo de este temple se le puede dominar por la violencia?


Alberto Aguilera

A cien metros de la Plaza del Callao se inicia una zona militar cuya visita resulta más emocionante que la de los propios campos de batalla —Guadalajara, Brunete— en terreno descubierto. Más emocionante, porque constituye uno de los puntos neurálgicos de la defensa de Madrid, y porque la violencia de la lucha se hace más evidente aún sobre una decoración casi irreal de casas y de calles arruinadas, que conservan, a pesar de todo, algo de su aspecto pasado.

Después de trazar innumerables zigzags entre los enormes parapetos de concreto, superpuestos y escalonados, que transforman las calles en un laberinto de barricadas inexpugnables; después de dejar a nuestra izquierda el Cuartel de la Montaña, roído y ennegrecido como restos de ciudadela asiria, penetramos en la calle Alberto Aguilera, cuyos edificios horadados, acribillados, rotos, yerguen un último biombo de piedra entre nosotros y las ametralladoras falangistas.

Aquí no queda una casa sana, un ladrillo sin herida, un árbol con las ramas enteras. Las fachadas se han abierto, como tapa de armario, dejando ver el interior de los departamentos, la intimidad de las habitaciones. Intimidad que violamos con un asomo de vergüenza, como quien leyera cartas que no le fueran destinadas. Intimidad que nos conmueve, sin embargo, porque conoció actos de vida y llantos de muerte, y porque en ella nacieron sueños de hombre. Cámara rosa, que debe haber sabido de júbilos nupciales; cámara gris, que ha oído el último suspiro de ancianos cuyos retratos adornan las paredes. Objetos humildes, sin más valor que el conferido por un recuerdo o una ternura humana: un cofrecillo de cobre repujado, un óleo de poca alcurnia, una muñeca sonriente, una cortina bordada por la niña amada, un caballito de madera, sublime a pesar de su fealdad... Todos estos objetos están ahí, donde los sorprendió el último bombardeo, sin que nadie alzara la mano hacia lo que no fuera suyo... Pablo Neruda, que se ha empeñado en visitar su departamento de otros tiempos, hoy acribillado por los cascos de obús y la metralla, encuentra intactos, en casa habitada por los milicianos, sus ediciones raras, sus máscaras javanesas, sus souvenirs de poeta viajero. Su Góngora monumental sólo ha sufrido un percance; está atravesado de parte a parte por una bala. Un miliciano filósofo que nos acompaña recoge el trozo de plomo al pie de la biblioteca:

—Es increíble que esto pueda matar a un hombre. ¿Qué daño quieren ustedes que le cause al organismo un pedacito de metal de esta clase?

—¿...?

—¡Lo terrible es la velocidad que trae! ¡Lo que mata es la velocidad!...


El Frente de Madrid

Yo los vi sobre las lomas
de Carabanchel un día;
luego, en la Casa de Campo,
entre arboledas tranquilas.
Estaban lejos y eran
como pequeñas hormigas.
J. Moreno Villa
(Romancero de la guerra de España)


Al llegar a cierta encrucijada se detiene nuestro guía, un miliciano amigo:

—Debo advertirles que si quieren salir al Paseo de Rosales será por su cuenta y riesgo. Estaremos, en pleno, a la vista de las avanzadas enemigas. Tengo, pues, que declinar toda responsabilidad...

—¿Es interesante?

—¡Hombre!... ¡Interesante sí es, claro está!

Pita, Neruda, Vallejo, Octavio Paz y yo nos concertamos con una mirada.

—¡Vamos!

—¡Adelante, pues!

Centenares de milicianos montan la guardia a lo largo de la calle Alberto Aguilera. Están sentados —con el fusil atravesado en las rodillas— en el borde de las aceras o en muebles cojos que han caído de las casas: bancos de cocina y butacas Luis XV, taburetes de piano y sillones de mimbre. El centro de la vía está constelado de cristales rotos, tejas quebradas, cazuelas agujereadas, botellas truncas, maderos con clavos enmohecidos, asas de ollas y tibores. En la esquina, un fogón de campaña calienta un rancho apetitoso. El cocinero reparte panes de libreta a los soldados. Como hace calor, los jarros desfilan por el garfio de un barril de cerveza recién traído de la ciudad.

—¡Salud!

—¡Salud!

Se escucha la voz de nuestro guía:

—¡Doblar a la izquierda!

Veinte metros de calle fortificada. Paredones de concreto, detrás de cuyas almenas aguardan las ametralladoras, mudas por el momento.

Y, de pronto, la inmensidad de la meseta castellana. Estamos en el Paseo de Rosales, al borde de la cuesta histórica —uno de los ejes de la defensa de Madrid— donde se rompieron siete ofensivas moras desde el principio de la guerra.

—¡No formar grupo! ¡Y si pasa algo, tirarse al suelo!...

Debe creerse, en efecto, que el lugar es poco recomendable, a juzgar por el aspecto de la trinchera que bordea al paseo a tres metros de nosotros. Trinchera recubierta casi íntegramente de bóvedas de tierra y piedra, o de sacos de arena, donde los hombres sólo se hacen visibles cuando asoman la cabeza por diminutos tragaluces y huecos de aireación.

Nuestro guía nos señala un bosquecillo cuyos árboles desgarrados se alzan a menos de un kilómetro.

—¡Ahí están los otros!

Nuestros ojos comienzan a habituarse a la contemplación de un terreno que parece haber sufrido una monstruosa convulsión geológica. Terreno deshecho en agujeros y purulencias, embudos y cráteres, con montones de tierra removida, árboles con las raíces vueltas hacia el cielo, baldosas hendidas que señalan que ahí se alzó una vivienda. Nuestras miradas aprenden a discernir lo que aún vive en medio de estos diagramas de muerte, lo que aún es voluntad y premeditación en ese mapa de cataclismos. ¡Efectivamente! Ahí están los otros, en sus trincheras desdibujadas por las obras de defensa y camuflaje. Se les divisa a simple vista, fugazmente, cuando algún centinela insurgente se escurre entre las ruinas, lanza una ojeada sobre el no man’s land del Manzanares, o se insinúa entre los árboles reducidos a esqueleto. Parecen «pequeñas hormigas», como dijo Moreno Villa, pero «pequeñas hormigas» que llevaran turbante y embozo blanco de moro.
Seguimos andando hacia la Moncloa.


El quiosco de música

A lo largo de este «paseo» de Rosales reina hoy el silencio más absoluto que hayan percibido nuestros sentidos: verdadero silencio de muerte. Ha comenzado esta mañana la ofensiva republicana sobre Brunete, lo cual significa tregua momentánea en este frente. Los milicianos permanecen en sus trincheras, que más bien parecen galerías de topos. No se les oye. No se les ve. Cada diez o veinte metros un centinela atisba el paisaje hostil por el hueco de una atalaya, con la mano apoyada en el cañón de su ametralladora. Expresión de voluntad, de concentración de todos los sentidos en su tarea de vigilancia. No se vuelve siquiera al sentir nuestros pasos. Silencio... Silencio... Silencio...

La calzada está cubierta de enormes cascos de obús, de formidables virutas de hierro, de casquillos y balas. Tremendos hongos de metal han ido a encajarse en el asfalto, creando una horrorosa vegetación lunar. Las casas que existían —hay que hablar en tiempo pretérito— a nuestra derecha, no son ya sino cavernas informes, producto de alguna caries monstruosa. ¿Y el quiosco de la Moncloa, donde tantas veces oí ejecutar prestigiosamente el Andantino de la Séptima Sinfonía? Está ahí, hecho una maraña de alambres y de barrotes, en su media plataforma donde las granadas hicieron carambolas de fuego. A su alrededor yacen los postes del alumbrado, como plantas derribadas por un ciclón.

—¡Y dirán que la guerra es algo bonito! —comenta irónicamente nuestro guía.

Suenan a nuestros pies algunos golpes secos que levantan diminutas polvaredas.

—No se inquieten... Son balas perdidas... Vienen sin fuerza...

Vuelve a reinar el silencio.


Clave de Sol

Muchos vecinos del barrio de Argüelles se han negado a abandonar sus casas, a pesar del llamado de las autoridades. Conviven con los milicianos, comparten sus momentos de alegría o de necesaria despreocupación. Como sus viviendas han perdido, en muchos casos, un piso o una pared, se han habituado a entregarse a sus quehaceres domésticos al aire libre. Cocinan en la calle. Comen debajo de los árboles. Tienden su ropa de acera a acera. Todavía quedan, en esa zona, algunos almacenes abiertos.

Durante un paseo por el barrio de Argüelles he contemplado este espectáculo increíble: en el medio salón de una media casa, bajo un medio techo, junto a una media ventana, una muchacha sonriente y linda hace sus ejercicios en un medio piano.

La parte del teclado correspondiente a la clave de fa ha desaparecido.

Sólo quedan las notas de la clave de sol.

Estamos a 7 de julio. Esta tarde caerá Brunete en manos de los republicanos. Esta noche viviremos el bombardeo más terrible que ha conocido Madrid en un año de guerra.

Pero el estrépito infernal de cuatrocientos obuses cayendo sobre la ciudad no borrará de mi memoria el sonido conmovedor del pobre piano herido —piano del barrio de Argüelles—, cuya canción en clave sol ha sido para mí una expresión simbólica de la resistencia de Madrid.


Alejo Carpentier
Carteles, 31 de octubre de 1937








2001. España bajo las bombas III

Puente de Arganda (antigua carretera de Valencia) en 1937


En la ciudad mártir. - La ruta de Valencia

   Carretera de Valencia,
la más valiente de España,
la que sales de Madrid
cruzando el puente de Arganda,
en Tarancón pisas Cuenca
y entre pinares cabalgas
a entrar por Puerto Contreras,
sobre sus colinas blancas,
a las tierras de Levante,
donde el arroz, de sus charcas,
levanta mojado al sol
y encendido de naranjas.
Emilio Prados
(Romancero de la guerra de España)

«No formen caravana. Cada automóvil, a novecientos metros del otro. ¡Si se detienen, resguarden el auto debajo de un árbol!»

Tales son las órdenes formuladas por nuestro «responsable», Rafael Alberti, ante el edificio de la Alianza de Intelectuales, punto de reunión de los delegados al congreso... Hace un día maravilloso. Valencia parece haber olvidado el bombardeo de anoche. El mercado de Trinquete de Caballeros está lleno de caseras afanosas. Los hombres hacen cola en la puerta de un estanco de tabacos. Una muchacha descorre las cortinas de su ventana cantando el Vito con palabras nuevas que aluden a la gesta del Quinto Regimiento. En las paredes, los carteles que ostentan el ya clásico «¡Defended Madrid!» avecindan con otros que anuncian representaciones de la Mariana Pineda de García Lorca, así como un concierto sinfónico dirigido por Bacarisse, Halffter y el Maestro Sanjuán. Después de la tormenta todo respira alegría y voluntad de vivir... Ya hemos aprendido a olvidar el «buenos días» y el «adiós» en beneficio del viril «¡salud!», acompañado de un gesto seco, que constituye la fórmula de saludo adoptada por todos en territorios de la España republicana.

Ya los autos han salido del centro de la ciudad. Antes de tomar la carretera de Madrid, pasaremos delante de las formidables torres de Serrano —baluarte macizo, construido en piedra de talla—, en cuyos sótanos inexpugnables se encuentran guardadas las pinturas más importantes del Museo del Prado... Ahí duermenLas Meninas de Velázquez y el Carlos V a caballo del Ticiano, sustraídos por los milicianos a la acción de las bombas incendiarias lanzadas por los aviones.


Hacia la Guerra

Hasta ahora hemos encontrado el orden y la paz en todas partes. Nunca hemos visto escenas parecidas a las que llenaban aún, en otros países, innumerables rotograbados sensacionalistas. Ni ruinas de iglesias quemadas, ni obras de arte destruidas, ni huellas de disturbios. (Las únicas ruinas que hemos visto se deben a la obra de los cañones y aviones.) En todas las ciudades y pueblos las tiendas están abiertas. Los servicios públicos funcionan con una regularidad perfecta. Las catedrales, los monumentos, los edificios del pasado que habíamos admirado en otros viajes o que conocíamos por fotografías, están en el lugar en que siempre se hallaron... Y me parece importante insistir sobre este particular, porque es increíble hasta qué punto ciertos relatos pueden llegar a extraviar el inicio de hombres que no son perfectamente tontos. En un artículo reciente, Paul Claudel, nada menos, afirmaba intrépidamente —sin haber estado en España— que todas las iglesias, sin excepción, habían sido incendiadas en el territorio republicano... Si yo fuese miembro del Gobierno de Valencia, invitaría al señor Claudel a darse un paseo por estas regiones. Se convencería de que el único crimen cometido con ciertas iglesias —¡bien pocas!— ha consistido en transformarlas en hospitales de sangre o en museos públicos... Se convencería de que el más ardiente defensor y conservador del tesoro religioso español es el padre Lobo, sacerdote republicano.

A derecha e izquierda de esta magnífica carretera de Valencia, que realiza ascensiones vertiginosas en los flancos de las sierras, los campos labrados se extienden hasta el infinito. Las exigencias de la guerra han intensificado más aún, si cabe, el trabajo de las tierras. Como nos dirá más tarde André Chamson:

Si el hombre pudiera tener el don a la vez despreciable y magnífico de no percibir sino un aspecto de la realidad, sólo vería en España un inmenso jardín, lleno de las promesas de una cosecha fecunda. Desde las viñas de Cataluña, desde los naranjos de Valencia, hasta los trigales de la Mancha y de Castilla, sólo se ven hojas, frutas y flores. Nunca, desde hace siglos, ha sido cultivado con tanto amor el suelo de España...

¿Y por quiénes está cultivado el suelo de España? ¿Únicamente por campesinos oriundos de las regiones que atravesamos? ¡No! ¡Hay aquí, compartiendo el trabajo de campesinos castellanos, manchegos, conquenses, valencianos, innumerables labradores venidos de otras partes. Evacuados de Badajoz, prófugos de Andalucía, hombres de Extremadura o de la provincia de Toledo... Hombres sencillos, para quienes este viaje significa un acontecimiento considerable, un verdadero cambio de latitudes, y que vuelven a hallar, en su comunión con la tierra, una nueva razón esencial y profunda de vivir, de oponerse, con su labor humilde y heroica, a las fuerzas de la guerra... En Alcalá de Henares, a pocas leguas de Madrid, estos campesinos se han visto obligados a tallar cavernas artificiales en los montes —verdaderas guaridas de topos— para resguardarse de continuos bombardeos. Terminada su labor, llevan una vida troglodítica, mil veces preferible a la del pueblo, ya que sus casas han dejado de ser techo y amparo cuando aparecen, en el cielo constelado de estrellas, negros aviones portadores de muerte...

En todas partes nos espera el gesto augusto del segador, el perfil fecundante y viril del arado, la silueta de la aguadora llevando su cántaro en la cabeza con el mismo garbo que conocieron las aldeanas de Sagunto y de Numancia. Pero ya la guerra se precisa. Los hospitales de sangre se multiplican. Las consignas se hacen más severas. Nuestros salvoconductos son examinados por milicianos apostados en las bifurcaciones de la carretera. Hacia Madrid suben interminables caravanas de camiones cargados de cajas y barriles. Algunos llevan hombres que cantan alegremente. Soldados que van. Heridos que vienen.

A tres kilómetros de Minglanilla encontramos un primer tanque.


Minglanilla. pueblo inolvidable

Si preguntáis a los ciento cincuenta escritores que asistieron a este congreso dónde sintieron, en España, su más intensa emoción, todos os responderán sin vacilar: «¡En Minglanilla!»

Os dije ya, en artículo anterior, que «en España hacía falta mucho más valor para soportar momentos de enternecimiento que para vivir momentos de peligro». Al decirlo pensaba en ese pueblo blanco y ardiente, lleno de cal y de sol, donde nuestros nervios fueron vencidos, rotos, en guerra de emoción, por mujeres y niños... Ahí, los hombres más endurecidos, los filósofos más habituados a considerar elementos humanos como factores de especulación, los escritores más decididos a no dejarse conmover, sintieron correr por sus mejillas las lágrimas reprimidas durante años.

Estábamos reunidos en un vasto comedor aldeano, con muros y pilares de madera enjalbegados con cal. Tres ventanas daban a una perfecta plazuela de pueblo castellano: plazuela polvorienta y resplandeciente de luz, guarnecida de unos pocos árboles sedientos, envidiosos del relativo frescor de los soportales... Sobre los techos, llanuras hasta el infinito. Trigales maduros y perfumados bajo un cielo sin nubes. Calma. Bochorno. Silencio roto tan sólo por el rasgueo metálico de esa mandolina que cada cigarra lleva prendida en la cintura. De pronto, sentimos que aquella paz de siesta se iba poblando de voces. Voces frescas, de niños, cuyo timbre cristalino se armonizaba con el manso correr de una fuente. Veinte niños. Cincuenta niños que, esperando la hora de regresar a la escuela, venían a jugar sobre la plaza. Inmediatamente, su atención fue atraída por los automóviles que nos aguardaban a la sombra de los árboles. Preguntaron. Inquirieron. Y vinieron a cantar debajo de nuestras ventanas. Por un milagro de espontaneidad, un coro infantil quedó constituido en unos pocos minutos...

Nunca [escribe André Chamson] el júbilo de España había venido a nuestro encuentro con tanta fuerza y cándida lozanía. Bajamos a la plaza para acariciar esos rostros jóvenes. En la quietud de España, en su austera soledad, los niños cantaban como si estuvieran participando en la más bella fiesta del mundo. Nunca la alegría de vivir se hizo tan evidente para nuestros sentidos.

¿Y sabéis quiénes eran esos niños?

Huérfanos, evacuados de Badajoz. Unos habían perdido padre y madre. Otros, la madre. El padre estaba peleando en las trincheras.

En aquel instante parecían llenos de gozo. Pero en sus rostros sonrientes se percibían los signos de una madurez prematura, de una precocidad del dolor, cuya evidencia nos acongojaba. Adivinábamos que después de la puesta del sol, cuando la noche inmensa de Castilla se hubiese tendido como un palio de constelaciones, muchos de estos niños llorarían, con la cara hundida en la almohada... Y pensamos que también ellos, ellos que encarnaban ante nuestros ojos la infancia, toda la infancia de España y del mundo, estaban amenazados por las bombas enemigas, por el fuego de los aviones, como sus hermanitos caídos en las calles de Madrid...

Yo también he llorado [confiesa André Chamson] sin pensar siquiera en taparme los ojos con las manos...


Un gesto simbólico

Toda la plaza estaba llena de gente. Campesinas renegridas, llevando negros pañuelos en la cabeza, aldeanas con los rorros en brazos, que habían venido a sumarse a nuestro grupo. Y seguíamos oyendo, con el corazón desgarrado, los cantos de los niños... Uno de ellos, inolvidable, se había escrito sobre la piel del brazo, con tinta azul, las palabras: «¡No pasarán!» ¡Toda su familia había muerto en Badajoz!

Una anciana, arrugada en grado increíble, con un pañuelo oscuro plegado sobre canas bien peinadas, se me acercó, y me dijo estas palabras que no olvidaré jamás:

—¡Defiéndannos, ustedes que saben escribir!...

¡Nunca me sentí tan humillado como en aquel instante, dándome cuenta de lo poco que significa el «saber escribir» ante ciertos desamparos profundos, ante ciertas miradas de fe, ante el oscuro anhelo de mundos mejores que palpita en el alma de estos campesinos castellanos, para quienes —debo afirmarlo categóricamente— su adversario cobra figura de Anticristo...!

Antes de abandonar este prodigioso pueblo de Minglanilla asistiríamos todavía a una escena destinada a grabarse en nuestra memoria. Corpus Barga la ha narrado con frases admirables:

Una mujer castellana, toda de negro, desde el pañuelo de la cabeza hasta los zapatos (porque se había puesto zapatos como los días de fiesta), estaba abrazada a una escritora inglesa y le contaba al oído, dulcemente, su pena. El marido fusilado, los hermanos muertos en la guerra. Detrás de la mujer enlutada, un niño se escondía en sus faldas. La escritora inglesa, sin conocer el castellano, la comprendía y la consolaba, la estrechaba cada vez más en su abrazo. Acabaron las dos mujeres paseándose abrazadas, en silencio, llorando sin lágrimas bajo el sol implacable como el destino.

El niño seguía detrás, no soltaba las faldas de su madre mientras otras vecinas que contemplaban la escena hacían comentarios.

—No es propiamente de aquí, es una refugiada —decían de la mujer vestida de luto, y añadían por la escritora inglesa:

—Sin duda ha encontrado a una de su pueblo, que la está consolando.

Decían verdad las vecinas de Minglanilla y mienten los gobiernos de Europa. La castellana analfabeta había encontrado a una de su pueblo en la escritora inglesa, la cual había tenido que subir ya al automóvil y sacando su busto seguía abrazada, no queriendo separarse de su «paisana». Pero el automóvil arrancó; entonces, la mujer analfabeta de Castilla tuvo uno de esos gestos naturales que son la inspiración de un pueblo secularmente culto, con la cultura transmitida de viva voz en gesto vivo. Cogió al niño que se escondía en sus faldas y lo alzó en ademán de saludo. El sol, blanco de fuego, esculpía aquella estatua dinámica.

El niño tendía las manos como un Jesús de Montañés. Hijo de cien generaciones de uno de los pueblos más fértiles en humanidad: la castellana alzaba cara al sol una encarnación del futuro que —al igual de este niño poco después en el regazo de su madre— duerme en el seno de la victoria.


Primer encuentro con Ludwig Renn

Después de escuchar un admirable discurso de Nicolás Guillén —el único que tuvo el valor suficiente para dirigir la palabra al público augusto y conmovedor de Minglanilla— volvimos a rodar hacia Madrid. Poco antes de llegar al Jarama, la aparición de un aeroplano sospechoso nos hizo formular la pregunta, veinte veces repetida en días sucesivos:

—¿De quién será?

Dos horas antes de llegar a Madrid, hicimos alto ante un diminuto cuartel de milicianos, guarnecido de botijos llenos de agua ligera y fresca. Lugar que se acompaña para mí de un gratísimo recuerdo, ya que en él hablé por primera vez con Ludwig Renn, el gran novelista alemán, jefe de un regimiento de las Brigadas Internacionales.

Dotado de una extraordinaria distinción física, Renn es uno de los hombres más afables y sencillos que pueda imaginarse. Habla el castellano con toda perfección y siempre tiene una palabra cordial a flor de labios. Aquella tarde andaba con el torso desnudo, musculoso y quemado por el sol. Una extraordinaria juventud brillaba en sus ojos azules, a pesar de que sus cabellos grises, cortados casi a rape, revelaban una plena madurez.

—Ludwig Renn —le dije—, no sabe usted cuánto lo admiro. Lo admiro porque es usted uno de los pocos escritores de nuestros tiempos que hayan sabido realizar paralelamente su vida y su obra, haciendo de la vida obra, y de la obra vida.

Una sonrisa de niño iluminó el rostro curtido del novelista:

—Vida y obra tienen que estar íntimamente unidas. Realizar la una sin realizar la otra es cosa estéril... Es aquí, en el suelo de España, donde mejor he sentido que mi vida y mi obra podían constituir un todo indivisible...

—¿El novelista lucha y el combatiente escribe?...

—¡La vida no tiene sentido si no se hace una con la obra!...

En aquel momento veinticuatro aviones republicanos, en forma perfecta, hicieron su aparición en el cielo de Castilla. Ocho grupos de tres, en triángulo, abriendo sus alas ebrias de sol, como grandes aves migratorias. La exquisita cortesía de Ludwig Renn se manifestó una vez más, aprovechando el azar de este encuentro:

—¡Vienen a darles la bienvenida!...


Entrada en Madrid

Madrid, corazón de España,
late con pulsos de fiebre,
si ayer la sangre le hervía,
hoy con más calor le hierve.
Ya nunca podrá dormirse,
porque si Madrid se duerme,
querrá despertarse un día
y el alba no vendrá a verle.

Rafael Alberti
(Romancero de la guerra de España)

¡Por fin en Madrid!... ¡Ciudad querida, ciudad acogedora como brazos de mujer amada! ¡Ciudad que aún brindabas al viajero una incomparable dulzura de vivir, al amparo de tus cimborrios de Herrera, cerca de la silueta —tan goyesca— de san Francisco el Grande! ¡Ciudad de contrastes; ciudad de Plaza Mayor y género chico, de rascacielos y tabernas arrabaleras, en que aún vaga —¡tan evidentemente!— la vasta sombra de Federico García Lorca!... ¿Cómo penetrar en tus entrañas martirizadas sin sentir el gran nudo de la congoja atravesándose en nuestra garganta?...

Son las nueve. La ciudad entera está sumida en la oscuridad, a pesar de que las aceras están llenas de gente. Los tranvías circulan lentamente, para evitar accidentes. Los automóviles y motocicletas militares, conducidos por milicianos, corren a una velocidad determinada por la mayor o menor urgencia de la misión por cumplir; los quepis de los oficiales, los uniformes azules del Servicio del Aire, los kakis de las milicias, han hecho su aparición definitiva. A lo lejos retumba el cañón. De cuando en cuando, un seco tableteo de ametralladoras desgarra la noche. Los reflectores exploran las tinieblas... ¡Ya estamos en plena guerra!

Y sin embargo, algo que ya no me sorprenderá mañana me llena de estupor por el momento: la animación de las conversaciones, el sonido cabal de las risas, el rumor viviente y alegre que se desprende de esta multitud que regresa a sus casas amenazadas.

Comparadas con las de Madrid, las noches de Valencia resultan mucho más dramáticas. En Valencia se esperan sorpresas apenas se pone el sol. En Madrid no hay sorpresas que esperar. El cañoneo es constante. Se vive perennemente en el filo de la muerte. En cualquier instante los obuses enemigos pueden penetrar en vuestra casa, llevarse vuestro balcón, abrirle un nuevo hueco a la torre de la Telefónica —llamada por los madrileños «el colador»—, matar al pobre empleado que sale de una estación del metro, echar abajo una iglesia, llenar vuestra sopera de cristales rotos... En tales circunstancias, los madrileños han optado por la más heroica solución: viven como si nada ocurriera. Han abolido el luto.

Concurren a sus oficinas. Conservan su elegancia tradicional de otros tiempos. Van al cine para aplaudir a Marlene Dietrich y Greta Garbo. A la «hora de la cerveza» —pues la cerveza es la única bebida que escasea algunas veces y su expendio se verifica a horas fijas— se reúnen en sus cafés habituales...

¿Inconciencia?

¡No! Tal actitud se explica por la preexistencia en el carácter español de esa forma superior de la conciencia y de la serenidad que es el valor. Sin tener vocación de héroes, todos los habitantes de Madrid han sido capaces de heroísmo cuando las circunstancias lo han exigido.

Y para darse cuenta de ello, basta echar una mirada sobre el espectáculo que nos rodea. La Cibeles con sus leones rotos. La Gran Vía y la Calle de Alcalá roídas por las explosiones. La Puerta del Sol, con sus edificios de cuatro pisos vaciados por las bombas aéreas. La habitación que yo solía ocupar en el hotel Gredos —Plaza del Callao— abierta sobre la calle por un obús que le llevó dos metros de pared...

Frente a nuestro hotel, situado en un costado de la Plaza de Santa Ana, una iglesia deshecha por los bombardeos exhibe sus heridas.

El botones que me ayuda a subir mis maletas al quinto piso va cantando distraídamente, a media voz:

Madrid, qué bien te guardan,
Madrid, qué bien te guardan,
Madrid, qué bien te guardan,
mamita mía,
tus milicianos,
tus milicianos…


Alejo Carpentier
Carteles, 10 de octubre de 1937








2000. España bajo las bombas II

Alejo Carpentier con Juan Marinello, Nicolás Guillén y Félix Pita Rodríguez durante el Congreso en Defensa de la Cultura 
(Valencia, Julio de 1937)


Aviones sobre Valencia
Hacia Valencia

Un arte de nueva índole distraerá nuestra atención cada vez que atravesemos uno de los múltiples pueblos que jalonan la carretera de Barcelona a Valencia. Arte abstracto o anecdótico, según los casos, y que se manifiesta en los escaparates y vitrinas de las tiendas. Su técnica es bien sencilla: consiste en pegar tiras de papel claro sobre cualquier superficie de vidrio para que pueda resistir a la conmoción de aire producida por la explosión de una bomba u obús. Pero lo interesante del caso está en que los comerciantes españoles han querido que esas tiras de papel estén dispuestas de manera armoniosa y decorativa. Han realizado con ellas composiciones de auténtica inspiración popular, que se escalonan, por géneros, entre el simple grafismo geométrico y la alegoría republicana... Estas exposiciones imprevistas florecen, con mayor o menor prodigalidad, si la población en que se hallan está más o menos amenazada...

Hay pocas vitrinas artísticas de este género en Tortosa. Hay muchísimas en Tarragona. La razón es elocuente: ayer un crucero fantasma lanzó cuarenta obuses sobre la ciudad...


Signos anunciadores

Después de atravesar Tortosa, con su sorprendente jardín tropical, llegamos a una población donde la atmósfera de guerra nos empuña brutalmente. Ciudad de hospitales militares y residencias de convalecientes... Hasta ahora no habíamos visto más uniformes que los de milicianos encargados de visar nuestros salvoconductos o de soldados pertenecientes a cuarteles locales. Porque —bien lo dijo Chamson— «el país está en orden y la decoración heroica y desordenada de los primeros meses de guerra civil, con sus hombres armados, ha desaparecido totalmente». Pero aquí en este pueblo, cuyo nombre no quiero mencionar, estamos en la antesala de los frentes. Hombres con la cabeza vendada, con los brazos entablillados, con la pierna encogida entre dos muletas, llevan todavía en el uniforme huellas de un duro bregar en los frentes del Jarama o de Aragón.

—La trayectoria de las balas de ametralladora es algo curiosísimo —nos cuenta un herido mostrándonos sus piernas resguardadas por un andamio de yeso—. Fíjese que me ha entrado por la rodilla y me ha salido más abajo del tobillo...

Hay aquí hombres de las Brigadas de Choque y de las Brigadas Mixtas, castellanos, catalanes, gallegos, hay hombres de las Brigadas Internacionales que poseen, en su Villa Dombrowsky, en su Teatro Henri Barbusse, estupendos periódicos murales redactados en varios idiomas. Para burlar el tedio de una larga convalecencia, escriben, dibujan, representan comedias o, sencillamente, se entregan a la lectura o la ociosidad reconfortante que les brinda la cercanía de una linda playa. Nada, esta comunidad de heridos recuerda la melancolía dolorosa que reina en los hospitales civiles. Una serenidad viril y esperanzada anima a estos combatientes que han pagado su heroico tributo de sangre a un ideal. En la casa ocupada por convalecientes franceses, se respira la atmósfera ruidosa y nicotinizada de cualquier Café du Commerce provinciano. Muchos milicianos, casi curados, nos hablan con satisfacción de su próximo regreso al frente. Están quemados por el sol del Mediterráneo, tienen voces duras y decididas; producen una singular sensación de solidez moral y física. Nos enteramos de que hay un cubano en uno de los pabellones. Herido en una pierna por la metralla.

—Ya estoy casi bueno —nos dice—. Aunque todavía puedo descansar un mes, dentro de dos semanas volveré al frente. ¡Cuando uno se acostumbra a la vida de campaña, esta vagancia resulta una lata!...

Nos habla de la guerra, del combate en que, herido, la cabeza hundida en la tierra, sentía el ruido leve, de abanico, de los trigos segados por las ametralladoras.

«¡Arma horrenda! ¡La única salvación está en que no puede tirar muy bajo!»... Por su charla pasan evocaciones de Pablo de la Torriente Brau y de los comisarios políticos del frente que han sabido captarse no ya la admiración, sino el amor de sus soldados.

¡Nunca podrá alabarse bastante a los comisarios políticos, esos ingenieros de las conciencias, esos apóstoles laicos, que han sabido crear en hombres de veinte nacionalidades, en hombres procedentes de todas las capas sociales, un espíritu de heroísmo sereno, de tranquila abnegación, capaz de mantener su salud moral en medio de los horrores de la guerra moderna!

Pronto os hablaré del papel desempeñado por los comisarios políticos en los distintos frentes de la España republicana.


Valencia. Un instante de emoción

Después de atravesar las huertas pletóricas de fragancias, nuestros autos se detienen en una calle añeja, frente al edificio ocupado por la Alianza de Intelectuales.

Arturo Serrano Plaja, que hace dos años formó parte de la Delegación española invitada al Congreso de París, no nos concede un minuto de tregua. La sesión inaugural del Congreso tendrá lugar dentro de dos horas en el paraninfo del Ayuntamiento. Antes, tenemos que reunirnos con los miembros de las otras delegaciones, que almuerzan en el restaurante de una playa cercana.

Se abre una puerta... Y, de pronto, caemos en brazos de amigos, de entrañables amigos que no veíamos desde hacía meses, desde hacía años: María Teresa León, esa bellísima mujer, de una energía extraordinaria, que ha puesto todas las fuerzas de su inteligencia al servicio de la causa republicana; Corpus Barga, que fue nuestro compañero de andanzas por La Habana, hace nueve años; Rafael Alberti, vestido de «mono azul», y que me califica, como siempre, de «viejo relajo»; Julio Álvarez del Vayo, tan sencillo, tan cordial, como cuando cenábamos en Montparnasse en el restaurante de La Poule au Pot; José Herrera Petere, hoy combatiente y poeta, que tan bien me hizo sentir el viejo Madrid en mi primer viaje a la Villa del Oso; León Felipe, visitante reciente del trópico, y Gabriel García Maroto, que tantos recuerdos dejó en pueblos de nuestra Isla; José Bergamín y Luis Araquistain, mi editor; Manolo Altolaguirre, que está dirigiendo las representaciones de Mariana Pineda, de Federico García Lorca; Rodolfo Halffter, el gran compositor. Ahí están Acario Cotapos y Vicente Huidobro, César Vallejo y Córdova Iturburu.

Ahí están los franceses Tristán Tzara y Georges Pillment, que se nos anticiparon en el viaje... También Ilya Ehremburg.

Y todos los que aún no conocíamos personalmente: Anderson Nexo, el decano de las letras dinamarquesas que, como el filósofo francés Julien Benda, ha venido a este congreso desafiando los achaques de la edad; Ludwig Renn, el admirable novelista alemán, que mañana volverá a tomar el mando de su batallón, en el frente de Madrid; la dulce Anna Seghers, el belga Denis Marión, el francés René Blech, el poeta y combatiente holandés Jef Last; los rusos Alexis Tolstoi, Koltzov, el enérgico, Fadeev y Teodoro Kelyin, mi traductor al ruso; los norteamericanos Malcolm Cowley y Anna Louise Strong (Langston Hughes debe llegar de un momento a otro). El valiente escritor costarricense Vicente Sáenz. El prosista chino Seu, que siempre se asombrará de lo ruidosos que son los hispanoamericanos... Y otros muchos que sería largo enumerar, ya que este congreso reúne más de ciento cincuenta escritores de veintiséis naciones distintas... (Desde ahora podrá comenzar el trabajo de las delegaciones de países hispanoamericanos, ya que éstas se hallan completas con la presencia de Raúl González Tuñón, Córdova Iturburu, Pablo Rojas Paz, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Alberto Romero, Vicente Sáenz, Juan Marinello, Nicolás Guillen, Alejo Carpentier, Félix Pita Rodríguez, José Mancisidor, Octavio Paz, Carlos Pellicer y César Vallejo. Marinello es nombrado, por unanimidad, presidente de todas las delegaciones nuestras.)

Pero antes de abandonar esta enumeración que por sí sola explica el «momento de emoción» que acompañó esta entrada en Valencia, quiero recordar que ahí se encontraban también dos de los más jóvenes poetas españoles de la época presente, cuyos nombres pueden citarse como símbolos de una voluntad creadora en acción: Miguel Hernández y Antonio Aparicio. Ambos son milicianos.


Apertura del Congreso

Sobre esta sesión de apertura tengo poco que decir por ahora.

Hoy sólo quiero enumerar los temas de discusión propuestos a los congresistas: 1) la actividad de la Asociación de Escritores por la Defensa de la Cultura; 2) el papel del escritor en la sociedad; 3) dignidad del pensamiento; 4) el individuo; 5) humanismo; 6) nación y cultura; 7) los problemas de la cultura española; 8) herencia cultural; 9) la creación literaria; 10) refuerzo de lazos culturales.

Para llegar al anfiteatro en que se celebraba esta sesión habíamos ascendido por la escalera principal del Ayuntamiento, situado bajo una ancha cúpula cuya sombra domina el célebre Mercado de las Flores... Pulverizada por una bomba aérea, esa cúpula acaba de ser reconstruida. Todavía se evidencian, en las murallas, en las columnas, en los mármoles de los barandales, las huellas de la formidable explosión que dejó medio edificio al aire libre...


Ciudad en estado de guerra

A las ocho de la noche no queda una luz visible en Valencia. Las tinieblas más densas se apoderan de las calles, de las plazas. En Barcelona quedaban todavía algunos mecheros velados, algunos tranvías fantasmagóricos.

Aquí nada... Cenamos en el comedor del Hotel España, con una temperatura africana, detrás de ventanas herméticamente cerradas.

Algunos teatros y cines permanecen abiertos, pero hay que saber dónde se encuentran para concurrir a ellos, pues ninguna luz, ninguna claridad, revela su existencia. Todos los cafés han corrido sus cortinas metálicas desde la puesta del sol. En la oficina de Correos, abierta hasta las doce, los empleados se agitan detrás de sus ventanillas envueltos en luces de velorio. Los pocos transeúntes que se encuentran en las calles se guían por medio de linternas de bolsillo, esporádicamente encendidas en lugares donde el pie puede encontrar un obstáculo... A partir de la medianoche reina en Valencia un silencio profundo, silencio de ciudad sin habitantes, aunque millares y millares de evacuados de Madrid han venido a agregarse a su ya numerosa población.
Pienso que es éste el aspecto que debe haber presentado París durante los meses en que era bombardeado por las Bertas y los Gothas...


Primer bombardeo

Pasan negros aviones.
Están hechos de lamentos,
de luto llevan las alas.
de luto se queda el suelo.
(Romancero de la Guerra de España)

Serían las cuatro de la madrugada. En el medio sueño precursor del despertar percibo un ruido anormal, ruido que hiere mis oídos por primera vez. Zumbido de motores de aeroplanos, acompañado de un extraño silbido intermitente, como notas picadas de un flautín agudísimo. Quejas del aire desgarrado por las balas de los cañones antiaéreos... No he comprendido aún de lo que se trata. De pronto, una explosión sorda, subterránea, formidable golpe de ariete en la corteza del suelo, hace temblar las paredes del hotel... Sacudo a Pita Rodríguez, mi compañero de habitación, que duerme como un bendito:

—¡Vamos!... ¡Los aviones!...

Una explosión... Dos explosiones... Nos reunimos con los otros inquilinos del hotel bajando apresuradamente al hall. Precaución inútil, dicho sea de paso, ya que el hecho de refugiarse en una planta baja, en caso de bombardeos aéreos, es resguardo ilusorio. Es eficaz, a veces, en bombardeos de artillería, ya que los obuses caen principalmente en los pisos altos de las casas... Pero bien veremos en Madrid, en la Puerta del Sol, que una bomba de avión, cayendo sobre un edificio, lo reduce a cuatro paredes vacías de todo contenido...

Nuevo estampido.

—¡Ésta ha caído cerca! —comenta un habituado.

Instintivamente, cada cual se acerca a una muralla, como si la comunión de la carne con piedra pudiese hacer más sólida nuestra pobre arquitectura de nervios y venas. Algunos se miran silenciosamente. Otros hablan de cosas sin importancia, con animación excesiva, para olvidar el reloj intangible que cuenta los minutos en el centro de cada pecho... El suelo retumba y se estremece. Terremoto fugaz, seguido de bofetadas de aire en todos los cristales... ¡Ésta ha caído más cerca todavía!...

Vuelve a oírse el gorjeo incisivo de los cañones antiaéreos. Un zumbido de motores más rápidos, más regulares que los anteriores, irrumpe en la noche.

—¡Son los nuestros!

Nos asomamos a la calle. En el cielo claro del Levante, los haces luminosos de los reflectores se cruzan, se entretejen, barriendo la noche. Una escuadrilla de aviones de caza, republicanos, se dirige hacia el mar con una velocidad increíble. Suena otra explosión, más lejana (sabremos mañana que esta bomba ha caído en el patio de un hospital, hiriendo de nuevo a cincuenta heridos).

—Parece que ya se marchan...

Suenan sirenas anunciadoras de paz. Los inquilinos del hotel se dirigen a la escalera para regresar a sus habitaciones. El bombardeo ha durado hora y media. Ya apunta el alba.

Una linda muchacha, envuelta en un kimono claro, se dirige a una amiga.

—Ya es muy tarde para dormir. ¿Si nos fuéramos a la playa?

La voluntad de vivir recobra sus derechos después de esta incursión de Capronis venidos de las islas Baleares.


Reflexiones

Acostado nuevamente, reconstruyo en mi memoria los instantes nada placenteros que acabamos de vivir... Y simultáneamente se define en mí una convicción que el próximo viaje a Madrid no podrá sino reafirmar con pruebas indiscutibles: estos bombardeos de poblaciones civiles son, además de crueles y sangrientos,absolutamente inútiles para aquellos que los promueven. Diré más: son contraproducentes.

Se me objetará que en una guerra cualquiera la retaguardia tiene tanta importancia como la vanguardia, y que si el ánimo de la retaguardia está en condiciones excelentes, ello influye favorablemente en el espíritu de combatividad de las tropas... Por lo tanto, debe tratarse, por todos los medios, de desmoralizar y amedrentar la retaguardia.

Admisible a priori, este argumento se desmorona ante los hechos. Los habitantes de una ciudad como Madrid o Valencia se agrupan en dos categorías: 1) los que no han querido marcharse; 2) los que no han podido marcharse. Los que no han querido marcharse porque sus opiniones, sus ideales, sus intereses, su carácter, los impelían a permanecer en una zona de peligro, no son individuos aptos para dejarse desmoralizar ni amedrentar. Saben lo que les espera y no temen el riesgo. Están decididos a ser testigos de la guerra, en su integridad, sin abandonar sus puestos, sus casas, sus posesiones morales o materiales. (¡Cuántas veces nos hemos sentido conmovidos ante el heroísmo tranquilo de ciertos vecinos del barrio de Argüelles, en Madrid, que no han querido ser evacuados de sus domicilios, a pesar de que la muerte ronda por sobre sus techos!)

Hablemos ahora de los habitantes que hubieran querido marcharse y no han podido hacerlo. Éstos se sitúan, inmediatamente, en la categoría de víctimas del adversario. Para ellos, los aviones enemigos cobran forzosamente un carácter de fatalidad. No hay más remedio que contraer los músculos y soportar el cataclismo bélico, como se soporta un terremoto o una operación quirúrgica. Son los que más interés tienen en no dejarse desmoralizar, porque de su ánimo, de su facultad de convivencia con las fuerzas de aniquilamiento, depende su mayor o menor posibilidad de resistencia física. Cada avión republicano, cada cañón antiaéreo es, para ellos, un genio bueno, destinado a defenderlos y a velar sobre su descanso. Por su ausencia de heroísmo, esta categoría de habitantes apacibles es precisamente la que más se indigna, la que más se enfurece, cuando los aeroplanos alemanes o italianos hacen su trágica aparición en el cielo de España...

Llevemos este razonamiento más lejos. Supongamos que en el hall del hotel en que me hallaba la noche del bombardeo de Valencia, un falangista disfrazado, un vago simpatizador de los insurgentes... ¿No estaba también jugándose un número, con nosotros, en la misma lotería de vida y muerte? ¿No estaba expuesto, como nosotros, a no ver más la luz del alba, o a ser herido o víctima de un shock traumático?... ¿Cuál sería, entonces, su reacción íntima, fisiológica, muscular, al ver aparecer los aviones republicanos? ¡Hubiera aplaudido, como aplaudían los demás!

Podéis estar convencidos de esto: muchos apolíticos, muchos hombres tibios, irresolutos, sin convicciones definidas, han sido conquistados por la ideología republicana..., gracias a los aviones de Franco. En Madrid he visto gentes (antiguos vecinos de mi amigo Francisco Pita Rodríguez) que antes de la guerra tenían ideas levemente conservadoras, y que hoy son las primeras en alzar los puños y en proferir palabras de odio cuando comienzan los bombardeos cotidianos y sistemáticos de Madrid... ¡La carne grita!

¡No! ¡Mi convencimiento es absoluto! Creer que puede vencerse la retaguardia en España por medio de bombardeos de poblaciones civiles, es desconocer el pueblo español... Esta acción destructora de los artefactos de guerra es, además de inútil desde el punto de vista estratégico, absolutamente, totalmente contraproducente en lo que se refiere a su posible acción moral...

Las muertes de millares de mujeres y niños, de ancianos, de adolescentes, no han quebrantado el sereno heroísmo de los habitantes de Madrid. Una canción ha surgido —canción escrita con sangre
. Y esta canción la saben cantar hoy todos los hombres que viven en el territorio de la España republicana:

Madrid, qué bien resistes,
Madrid, qué bien resistes,
Madrid, qué bien resistes,
mamita mía,
los bombardeos,
los bombardeos.


Alejo Carpentier
Carteles, 26 de septiembre de 1937