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2916. Justicia poética





María Torres / 24 de octubre de  2019

Hoy he recordado a mi abuelo, víctima del franquismo, víctima de la represión institucionalizada, víctima del mecanismo de humillación y aniquilación física y psíquica impuesto por los vencedores de la Guerra de España.

El hombre que guardó silencio toda la vida pero mantuvo intacta su dignidad ante una dictadura que fue la portadora del terrorismo de Estado. Un Estado que cuando abrazó a la democracia, y hasta el día de hoy, ha garantizado, a través de sucesivos gobiernos constitucionales, la impunidad de los represores.

Ningún Estado puede imponer el olvido sobre lo irreparable o lo imperdonable.

Hoy he recordado a mi abuelo y a todas las víctimas, aquellas que todo lo perdieron en defensa de los valores democráticos: los asesinados, los 114 mil desaparecidos, los hombres y las mujeres que fueron encarcelados, torturados; los esclavos del franquismo; los hombres y las mujeres que se vieron avocados al exilio; los que fueron hacinados en los campos de concentración franceses; los deportados a los campos nazis con la complicidad del franquismo; los miles de niños arrebatados a sus madres; los hombres y mujeres que actuaron en la resistencia antifranquista y que fueron aniquilados por el aparato represor del régimen; las madres que quedaron viudas; las niñas y niños que quedaron huérfanos por el encarcelamiento o la muerte de sus padres y  muchos miles y miles de ciudadanos a los que, bajo el manto del nacional catolicismo, se les privó de vivir una vida en libertad.

He brindado por ellos, consciente de que queda mucho por hacer, pero quiero creer que hemos iniciado el camino de la ansiada Verdad, Justicia y Reparación, porque el paso del tiempo no debilita esta petición, al contrario, la hace más legítima.

Hoy, después de 44 años, y tras la exhumación del dictador de su Valle de los Caídos, se ha llevado a cabo Justicia poética, aquella que no sólo exige que el agravio sea castigado y el daño recompensado, sino que triunfe el bien sobre el mal, que triunfe también la lógica y se ponga fin a la impunidad.








2305. La guerra de España un 1 de abril de 2017




Llegó el 1 de abril de 1939 en España. Terminaban así los 988 días más violentos de nuestra historia contemporánea donde las retaguardias sangraron casi más que los frentes de batalla. Y lo hicieron por el clima de violencia que surgió de la inercia de la sublevación militar del 17 de julio de 1936. No debemos olvidar la radicalización política del período precedente tras las elecciones que encumbraron al Frente Popular a retomar el poder por parte de las fuerzas de izquierda. La II República había sido una lucha de fuerzas entre dos posturas antagónicas y contrapuestas. Era la ideología progresista contra el inmovilismo político. La ausencia en España de una gran revolución al estilo de la francesa, comportó la culminación de la lucha de clases en España de forma paralela a la existencia de tres grandes poderes totalitarios en Europa, Hitler, Stalin y Mussolini. El Eje Berlín-Roma se alineaba para frenar la preeminencia del comunismo soviético y las democracias occidentales completaban la diversidad política de la Europa de entreguerras.

En España las derechas habían vivido ya un antecedente serio como fue la revolución de octubre de 1934 en Asturias y Cataluña. El ejército de África veía con mala cara la reforma militar del bienio azañista y los frentepopulistas decidieron “aislar” a los grandes generales africanistas. Tras la victoria del frente popular en febrero la conspiración tomaba cuerpo toda vez que el desterrado general Sanjurjo buscaba una segunda oportunidad para redimirse del fallido golpe de estado del 10 de agosto de 1932.

Por otro lado el anarquismo había crecido de forma exponencial sobre todo en Cataluña y Valencia. La CNT era el sindicato mayoritario en la antesala de la guerra de España. Y el banquero mallorquín Juan March se mostraba proclive a derrocar la II República, convirtiéndose en  vehículo de financiación de la sublevación militar de aquel verano de 1936.

Pero antes de aquel primero de Abril a las 22:30 horas Fernando Fernández de Córdoba leyese aquel último parte de guerra el fracaso del golpe militar supuso la extensión del conflicto durante más tiempo de lo esperado. Si el primer y claro objetivo de la insurgencia golpista era Madrid para dar el jaque mate al gobierno republicano, los sucesivos fracasos (Guadarrama, Batalla de Madrid, Jarama y Guadalajara) hicieron ver al mando único del gobierno de Burgos ver la posibilidad de una guerra larga. Por entonces la internacionalización del conflicto era ya una realidad. Tanto las potencias del Eje Berlín-Roma, como la dictadura portuguesa salazarista o la Irlanda católica mandaron tropas y material bélico para ayudar a la España sublevada. En contraposición a esto, el comunismo soviético se posicionaba con el gobierno republicano y Valencia fue el principal puerto de entrada de material bélico stockaje de la Gran Guerra en gran parte que poco podía hacer contra la industria de guerra alemana.

A esto debemos sumar la multiplicidad de fuerzas ideológicas contrapuestas que imperaban en la zona republicana y la carencia en los primeros meses de la contienda de un verdadero ejército disciplinado como era el de África. La revolución social en Cataluña y los sucesos de mayo dejaban patente el clima de inestabilidad que sufría la España republicana. El periodismo internacional visitaba la nación española para tomar crónicas de los acontecimientos. Mario Neves contaba al mundo las atrocidades en la capital pacense en agosto de 1936, los reporteros anglosajones hacían lo propio en el País Vasco tras el bombardeo de Guernica y en el sur de España tenía lugar el primer gran éxodo masivo de población civil con destino a Almería. La población civil había pasado a ser objetivo de guerra para minar la moral del adversario y crear en caos en las filas enemigas.

España sangraba pero las retaguardias expresaban la violencia en estado puro, los comités revolucionarios como poderes paralelos armados con escopetas de caza y todo tipo de armas coercitivas incautaban todo lo que podían y reprimían con brutalidad a los partidarios de la sublevación toda vez que la propaganda de guerra puesta en marcha por los golpistas funcionaba más y mejor que la orquestada por el gobierno republicano.

En la retaguardia franquista la represión era tan atroz que en Badajoz por una calle en pendiente corría la sangre de la infinidad de cadáveres que se amontonaban en la Plaza mientras la columna de mineros de Huelva y del sur de la provincia meridional extremeña buscaban el paso hacia la zona gobernada por la república. Queipo mandaba aviones de reconocimiento para realizar la gran matanza de Cañada Real del Pencón en el Cerro de la Alcornocosa. La proximidad de los regulares indígenas que ya estaban en Carabanchel provocó las sacas de las checas republicanas y la posterior matanza de Paracuellos.

La guerra de España fue atroz, virulenta, llena de deshumanización del contrario en una y otra zona, que no bandos. No puede llamarse a un gobierno leal bando cuando repele un ataque por medio de la violencia. No podemos justificar la guerra incivil española, ninguna guerra tiene justificación alguna posible. La violencia ganó a la convivencia, la sinrazón se impuso a la política y las armas y sus devastadoras consecuencias fueron la justicia para dirimir esos conflictos. Pero, ¿cúantos voluntarios se alistaron para combatir en la guerra? Algunos miles, los movilizados forzosamente contra su voluntad fueron cientos de miles, los exiliados fueron el mayor éxodo de población de la historia contemporánea.

La guerra en estado puro terminó el 1 de abril, un triste 1 de abril, triste por la España que quedaba en pie, por sus gentes, por sus muertos, por sus heridos, represaliados y triste por el dolor, el vacío y las venganzas. Más triste con el tiempo, sería el olvido. Ochenta años después ese olvido debe aún ser combatido con la memoria de los sin nombre, los de abajo. A los de arriba se les conoce, para bien o para mal. En la guerra pocos parabienes puede haber si la violencia domina toda la vida y el día a día. Más allá de aquel día siguió la represión, el exilio, el hambre y el aislamiento internacional con la retirada de embajadores de la mayor parte de países que no reconocían la España de Franco. El país emprendía una larga y agónica autarquía de veinte años donde perdimos la oportunidad del Plan Marshall norteamericano de reconstruir lo devastado, de ello se encargaron en los primeros años de posguerra cientos de miles de presos represaliados por tener alguna relación con la república. ¿De verdad era necesario tanto dolor? ¿Tanta pena? ¿Tanto llanto? 


Francisco Jesús Martín Milán
1 de abril de 2017








1929. En el 85º aniversario de la proclamación de la II República española

María Torres / 14 Abril 2016

La República española sigue siendo el pueblo. El mismo pueblo que defendió con su vida un ideal de libertad y el mismo pueblo que sigue luchando por la Memoria y la Justicia.

La República española es Azaña, Negrín, Rojo, Federica Montseny, Durruti, Clara Campoamor, Victoria Kent, García y Galán, Pasionaria, Miguel Hernández, León Felipe, Antonio Machado, Cernuda y Celaya, Rosario "dinamitera", las maestras y los maestros, los miles de represaliados, los miles de presos y presas que pasaron por los campos de concentración y cárceles franquistas, los miles de asesinados por las balas del odio, los que aún yacen en las cunetas, la guerrilla antifranquista, los transterrados, el Winnipeg y el Stanbrook, las mujeres de Ravensbruck, los hombres de Mauthausen y la Nueve.

Porque como decía Camus: "La República española no ha dejado de existir jamás en derecho. Fue desposeída por la fuerza, pero para todo espíritu democrático su existencia legal sigue en pie."

Para el maestro Machado, el viejo republicano para quien la voluntad del pueblo era sagrada: «La República es la forma racional de gobierno, y por ende, la específicamente humana. Contra ella pueden militar razones históricas, místicas, sentimentales, nunca razones propiamente dichas, que emanen del pensamiento genérico, la facultad humana de elevarse a las ideas. Por eso la República cuenta siempre con el asentimiento teórico de las masas, con sólo que éstas alcancen un mediano grado de educación ciudadana. Se requiere una abogacía muy sutil para convencer al pueblo de los motivos pragmáticos, nada racionales, que le aconsejen inclinarse a otras formas de gobierno. En España, esta abogacía ha fracasado. Porque a la monarquía española no la abona ya, a los ojos del pueblo, ni el éxito a través de la historia, ni el sentimiento religioso, ni siquiera el estético. No tiene defensa posible, y en verdad, nadie la defiende».

Y añade: «Los españoles somos naturalmente reaccionarios, no porque estemos siempre enamorados de lo viejo –muchas veces nos apasiona lo nuevo– sino porque nuestra posición firme es siempre contra algo. Tuvimos una República sin republicanos. Apenas había una docena en España –entre ellos me contaba yo– cuando, casi unánimemente, decidimos abolir el régimen monárquico. ¿Para siempre? ¡Bah! A los dos meses de proclamada la República, apenas había un español sin cartera, dirección general o sinecura del estado que no dijera: «No era ésta la República que yo había votado»»

Aprendamos de los errores. Es posible que la III República no sea una cuestión de tiempo o espacio. La República primero debe calar, impregnarse en el pueblo antes que en la clase política. El pueblo apenas ha comenzado a recuperar la Memoria de los que dieron su vida por defender el ideal republicano. Maduremos, avancemos... hasta que consigamos entender que la única forma racional de gobierno es la República, porque queremos una sociedad más democrática, más justa, más libre y más solidaria. 


¡Salud y República!








1727. Todos los pueblos deben enterrar a sus muertos

Berlangas de Roa (Burgos) 2004. Exhumación de los restos de cinco vecinos de Haza detenidos y asesinados en agosto de 1936,
entre los que se encontraba el alcalde de la localidad. En la fotografía, la hija del alcalde asesinado junto a los restos de su padre.
(Foto: Clemente Bernal)


F. Miquel de Toro / eldiario.es / 7-12-2015 

El pacto de silencio de la Transición ha evitado la profundización de la democracia en nuestra sociedad, evitando que el discurso de la memoria democrática sustituyese a la memoria impuesta.

Solo podremos llegar a la dignificación y reparación integral de las víctimas mediante la superación del marco artificioso creado por la Transición.

¿Veremos el día en que se sienta una vergüenza generalizada por la complicidad de nuestras instituciones con los crímenes de la dictadura? Espero que sí, aunque últimamente no soy demasiado optimista. Sobre todo cuando veo en televisión al presidente de un gobierno que se dice de todos los españoles alardear estúpidamente, con tono chulesco, de haber anulado la Ley de Memoria con el sencillo mecanismo de dejarla sin fondos en los presupuestos. Cuando veo cómo el relator de la ONU nos saca los colores públicamente y nuestros partidos políticos ni se inmutan, ni se sienten aludidos, ni se sonrojan. Cuando veo a los descendientes de los desaparecidos, fusilados, enterrados en fosas sin nombre y vilipendiados por unos políticos sinvergüenzas que los acusan de buscar subvenciones o querer “romper España”, solo porque quieren saber qué fue de sus padres, madres, hermanos o hermanas.

Esos mismos políticos sin escrúpulos son los que miran hacia Alemania cuando se trata de recortar servicios sociales, de pedir que mejoremos nuestra productividad, que nos apretemos el cinturón… ¿Por qué no miran cómo han funcionado las políticas de memoria en Alemania que, a pesar de los debates y las controversias, ha conseguido recordar sus crímenes y víctimas? ¿Han pensado lo que pasaría si la actual Canciller dijese públicamente que ha dejado sin validez el proceso de memorialización porque le parece bien? ¿Se han dado cuenta de que la Constitución alemana sí habla de responsabilidad histórica y de dignidad humana, mientras la nuestra ha servido como coartada para la impunidad del franquismo?

En Alemania, los juicios al nazismo adquirieron una dimensión que trasciende a las víctimas, y se convirtieron en un revulsivo para la sociedad, una catarsis para la población. En España no ha habido juicios, no ha habido revulsivo, porque ha faltado que los responsables se sentasen en el banco de los acusados y que su condena acabase con la cultura de la impunidad y del negacionismo, algo que los alemanes comenzaron a quitarse de encima en los años sesenta, y que nosotros aún estamos esperando. Los defensores del régimen surgido de la Transición que tanto se oponen a que se juzguen los crímenes del franquismo no temen tanto las posibles condenas, sino el efecto transformador que tendrían en la forma de entender la sociedad española.

Los diferentes gobiernos españoles se han escudado en que no se pueden “reabrir” las heridas del pasado, debido al riesgo de… ¿qué? ¿Se trata de una amenaza? ¿Tan frágil es nuestra democracia que no podemos asumir con garantías el intento de cerrar esas heridas? Además, las heridas de las víctimas no se han cerrado nunca: la Transición no ha conseguido nunca sanar esas heridas. Las heridas permanecen y, tristemente, lo único que conseguirá cerrarlas será el inexorable paso del tiempo y la desaparición de la generación de los testigos; un testimonio que debemos mantener vivo con los medios a nuestro alcance.

Mientras tanto, las instituciones españolas se comportan como si tuvieran muchas lecciones que impartir y ninguna que recibir, señalando que nuestra Transición fue una “transición modélica”, pero en materia de verdad, justicia y reparación, ningún gobierno español, ninguna institución, puede dar lecciones de nada, como no sea de desvergüenza. Países muy diferentes han asumido la herencia sangrienta de sus dictaduras, sin que se hayan reabierto las “heridas”, sino al contrario. Alemania e Italia juzgaron a sus verdugos y dignificaron a las víctimas, sin que ocurriera nada; en América Latina también se ha juzgado a los criminales, se han anulado “leyes de punto final” y, que se sepa, no ha habido estallidos ni violencia en las calles. ¿Por qué aquí ha de ser diferente? Todos los pueblos deben enterrar a sus muertos, de una forma o de otra.

El pacto de silencio de la Transición ha evitado la profundización de la democracia en nuestra sociedad, evitando que el discurso de la memoria democrática sustituyese a la memoria impuesta. El Estado nunca ha asumido sus responsabilidades de investigar los delitos, de reparar a las víctimas, y cuando se ha visto presionado ha puesto un pobre presupuesto para que las víctimas se hagan cargo de las funciones que ellos han dejado de ejercer, como coartada persistente a la dejación de sus obligaciones, para luego anunciar que ese presupuesto se queda en cero para poder ayudar a la “reconciliación” de las dos Españas, esas dos Españas que ellos mismos han creado. Mientras tanto, las instituciones públicas no pierden ocasión para dejar clara su adhesión a las cláusulas de silencio, olvido e impunidad propias del falso consenso de la Transición. Como ejemplo, basta un botón: el gobierno francés homenajea a los republicanos españoles que lucharon en Francia, mientras aquí se homenajea a los miembros de la División Azul.

Los partidos mayoritarios tienen difícil reconocer lo que pasó, porque quedarían humillados por pactar el olvido de los crímenes. Pero esa actitud no va a hacer que los muertos desaparezcan. Solo podremos llegar a la dignificación y reparación integral de las víctimas mediante la superación del marco artificioso creado por la Transición.









1718. El hombre que marcó mi vida


Gregorio Morán  / La Vanguardia / 14-11-2015 

Cuarenta años de la muerte de Franco. Ya soy mayor y carezco de rubor y de mala conciencia. Lo que hice, en lo que me equivoqué, lo he ido escribiendo desde el día que murió. Sólo sé que si me da por escribir unas memorias, a las que soy poco propenso, tengo muy claras sólo dos cosas; que debería empezarlas por el final y que llevarían un título sarcástico: “Esperando al ictus”.

La edad y la trayectoria me consienten decir que hay tres personas a las que yo hubiera matado de buen grado, sin la más mínima duda, ni el menor remordimiento. El primero, Franco, por supuesto. El tiempo que perdimos intentando que este pueblo nuestro se levantara contra el dictador más sangriento y longevo de nuestra historia, se hubiera podido paliar con un atentado. Necesité ser mayor para descubrir que nadie en la cúpula del partido en el que milité once años hubiera osado tal cosa. En un viejo libro, hoy fuera de la circulación Miseria y grandeza del PCE (1986)­ cuento alguna historia sobre esto. Ahora lo entiendo: jamás la Unión Soviética hubiera permitido que un partido subsidiario cambiara un mapa geoestratégico que les venía muy bien.

He dicho tres y lo mantengo. Los otros dos eran dos torturadores asesinos que respondían a los nombres de Melitón Manzanas y Roberto Conesa. Al primero lo liquidó ETA, y de haberme tocado hacerlo a mí, no hubiera dudado. El segundo fue conmemorado y enmedallado por todos los gobiernos del franquismo e incluso de la Transición bajo la mano cómplice del más sucio y cínico de los políticos de la época, Rodolfo Martín Villa. No sé por qué tópico histórico se considera heroica la liquidación del nazi Reinhard Heydrich en Praga y nosotros hemos de pechar con esa estupidez de que matar a Melitón Manzanas, en San Sebastián, un inolvidable verano de 1968, se considera un acto de terrorismo. Era un asesino impune y de haber sobrevivido incluso se le habría cargado de medallas sobre la sangre de sus innumerables víctimas. ¿Alguien imagina lo que hubiera significado denunciarle ante los tribunales de la época? Una escena cómica. Murió como merecía un criminal de guerra. Los Tribunales de Nuremberg no afectaron a nuestra miserable historia.

Yo nací en 1947, apenas un año después de que mi madre saliera de un tratamiento psiquiátrico donde había sido sometida a corrientes eléctricas y demás adminículos que debía sufrir una persona fuera de control. El camino hacia la locura. Volvemos a Franco, es inevitable. El comienzo de la Guerra Civil en Oviedo, y en Asturias, tuvo características muy peculiares. Había un general Aranda, al que la ciudadanía republicana le tenía confianza. Excuso decir que el ambiente en Asturias estaba muy caldeado desde la revolución de 1934, la operación más alucinante de la clase obrera europea, porque carecía de cualquier salida y recordaba las rebeliones de siglos anteriores donde se destruía el poder del enemigo, ya fueran teatros, iglesias, curas, universidades, bibliotecas… para luego esperar órdenes de aquellos estrategas de la nada: Largo Caballero e Indalecio Prieto, al alimón con otros muchos.

Lo cierto y probado es que el comandante Caballero, otro criminal de guerra que no sé si aún conserva calle en Oviedo, organizaron una trampa para ingenuos: los que quisieran defender la República amenazada por el fascismo debían ir a recoger las armas al cuartel de Santa Clara. Allí los pillaron a todos los que querían defender la legalidad republicana. Entre ellos estaba Guillermo Suárez, 19 años. Cumpliría los 20 en las vísperas de su fusilamiento, el lunes 7 de diciembre de aquel infausto año de 1936. Los liquidaron junto a los muros del cementerio de San Pedro de los Arcos, vecino a la cárcel. Eran 28, incluido un ciego por esquirla de bala, un joven de 18, nunca citado, González Granda, de Oviedo, y otro de Mieres, González Peláez, de 19, la edad de Guillermo, mi desconocido tío.

La parodia de consejo de guerra a los 28 reos se hizo en lugar tan apropiado como la sala de subastas del Palacio de la Diputación ­hoy sede del Parlamento autonómico asturiano­. Fusilaron a 27, porque uno de ellos se ahorcó en la cárcel. No todos eran de allí porque ese asunto de las patrias de cartón piedra estaba fuera de lugar. Había uno de Cádiz, dos gallegos, uno de León, otro de Logroño, y dos de Valladolid. Hube de ir al Ferrol, donde se guardan por razones burocráticas los archivos asturianos de entonces, y me llamó la atención la descripción que hacen de Guillermo. Como no alcancé a conocerle y sólo dispongo de una foto desvaída, me parece un retrato magistral: “Nacido el 28 de octubre de 1916, hijo de Eladio y Enriqueta, 1,60, pelo castaño, ojos azules, nariz aguileña, boca pequeña y barba poca”.

El detalle que parecería más novelesco, si no fuera brutal, es que entre los guardias que protegían la entrada de los reos en el Tribunal estaba su hermano mayor, Gregorio, llamado a filas en el Oviedo franquista. Lo presenció todo y decidió que a la primera oportunidad se pasaría al enemigo, es decir, a la República. Lo hizo sobre las 24 horas del 31 de enero de 1937, obsesionado porque se quedaría enganchado entre los pinchos de las alambradas. Llegó a Gijón y corrió la suerte de los derrotados. En un barco maltrecho llegó a Francia y le llevaron primero en un campo de concentración y luego de penado en las minas francesas de Boghari, en Argelia, donde moriría de tifus. “Ya oíamos los cañones norteamericanos que se acercan aquí”, decía en una carta que mi madre quemó, como todos los recuerdos desagradables.

No llegó a ver a los libertadores. Había dejado en España a una mujer y a una hija a la que nunca conoció, Guillermina, como su hermano fusilado.

Para una madre jovencísima con dos hijos, como era la mía, la ayuda de la suya, Enriqueta, era fundamental. A su marido, nuestro abuelo, maestro armero, veterano socialista “que había dado la mano a Pablo Iglesias”, viejo y alcohólico, le habían desterrado a A Coruña, y allí le acompañaron sus dos hijas solteras, feas y voluntariosas, la gorda América y la delgada Oliva. Allí morirían los tres; él, conservado en alcohol, dentro de una casa del antiguo barrio de Hércules y ellas limpiando los suelos de una tienda que devendría histórica, la primera que montó en A Coruña Amancio Ortega, el futuro magnate, entonces propietario de una sola tienda de ropa.

Cuando la abuela Enriqueta se enteró de la muerte de su último hijo varón, mi tío Gregorio decidió morir y cumplió su promesa en pocos meses. Mi madre se quedó al pairo, con un marido que había hecho la guerra entre los vencedores. Yo no supe nada de esto hasta muchos años más tarde. Había pasado más de una década de militancia y las preguntas, por más insistentes que fueran, rebotaban. Esa había sido la victoria y la herencia de Franco, el hombre que había condicionado mi vida y la de los míos, y las de millones de personas que con el tiempo fueron atenuando los recuerdos, las memorias, las vergüenzas, y convirtiéndose en eso que los hijos del silencio y el arribismo alcanzaron a denominar “oposición silenciosa”.

El silencio fue forzado y el miedo, explícito. Salvo una cosa. Algo que no se me puede quitar de la cabeza después de tantos años y que era una pregunta, que, como tantas, no se podía hacer. Yo nunca escuché durante mi larga y gozosa infancia un solo informativo en aquellas radios que estaban permanentemente conectadas. En el momento en que empezaba el “tararí, tararí… gloriosos caídos por Dios y por España…”. En ese preciso instante una voz, de padre o de madre, pero de obligado cumplimiento, decía: “Apaga la radio”. La realidad estaba prohibida.








1492. Lo que pasa en Kazajistán, se queda...perpetuo




Ana Cepeda  / 4 Junio 2015

Es difícil. Es prácticamente imposible llegar a transmitir con precisión las cientos de sensaciones que aún tengo rebotando por mi cabeza y haciendo carambolas en el resto de mi cuerpo.

Es complicado poder contar al detalle los cuatro días que hemos vivido, pero sé que escribiendo esta entrada mis ideas acabarán por ordenarse, pese al cansancio y al jet-lag que supone el hecho de volar 14.000 kilómetros en 96 horas y añadir 500 más en autobús, aderezándolo con constantes baches y vaivenes. Pero exprimiré mi adormilada mente para que mi memoria me permita ahora, antes de que se difumine todo, dejar plasmado este gran cúmulo de emociones.

Lo que yo he vivido no ha sido un viaje más. Al igual que mi último viaje por Rusia en el año 87 me cambió la vida y nunca he sido capaz de olvidar, este, que ha sido minúsculo, va a perpetuarse por siempre como algo especial.

No solo se ha tratado de ir al lugar donde mi padre estuvo recluido durante casi 4 años, rendirle homenaje, reconocer las injusticias y hacerle un tributo a sus 7.700 compañeros que no tuvieron la suerte de sobrevivir. También me ha llevado a hacer una gran reflexión en la que los prejuicios, la generosidad y la camaradería nos han dado a todos una buena lección.

Tenía miedo. Sabiendo a qué tendencia política se arrimaban algunos de mis acompañantes, no era muy difícil adivinar que podría haber conflictos entre ellos provocando que el propósito del viaje se convierta en un fracaso. Pero no fue así, es más, creo que todos nos sorprendimos al ver cómo nuestro “divisionario” atendía, mimaba y cargaba con la maleta del único “niño de la guerra”, un republicano de 84 años.

Si algo dejó claro mi padre en su manuscrito, y tal cual lo he plasmado yo en “Harina de otro costal”, fue el hecho de que encontrarse con otros españoles de diferente ideología política era algo que carecía de importancia. Él, lo único que quería era hablar en español, charlar sobre su país, sus costumbres y tradiciones. La amistad se fortalecía tanto que acababan por ayudarse los unos a los otros, y si tenían que recibir palizas por "culpa" de sus compatriotas no era motivo suficiente para enturbiar la amistad entre ellos.

Sin embargo, yo andaba preocupada por haber interpretado que nuestro último “niño de la guerra”, era un comunista acérrimo que alababa al antiguo PCE, y en concreto a mi detestada Pasionaria. La sorpresa me la llevé el día en que, sin saber cómo, me vi charlando con él, y le escuché decir que Dolores Ibárruri respondió a la pregunta de qué pensaba hacer con los españoles que estaban delinquiendo (pues ya sufrían penurias durante la Segunda Guerra Mundial), y ella respondió con un tajante, que los metan en la cárcel, como a los rusos. El resto de calificativos que contaba sobre ella, me lo quedo para mí, porque las cosas que pasan en Kazajistán se quedan en Kazajistán.

Y mientras borrábamos de nuestra mente la imagen de militar falangista que nos había transmitido el representante de la División Azul y, viéndole actuar como si fuera el nieto de este abuelo republicano, la sangre nos fluía cada vez menos roja, cada vez menos facha, transformándose en un simple líquido que solo generaba alegría y paz.

Mis prejuicios, al igual que los de mis compañeros, fueron desapareciendo tanto por un lado como por el otro, y me di cuenta de que, como dijo mi hermano el último día y abriendo un brindis, al final, lo único que importa es que somos personas.

Kazajistán, un gran país (el octavo más grande del mundo), con tan solo 16 millones de habitantes, parecía querer recibirnos exhibiendo a su adolescente capital, Astaná. La planicie de la gran ciudad se funde con la inmensa estepa protegiendo la carretera por inmensas vallas de hormigón, que se utilizan para frenar la avalancha de frío, llegando a los 50º bajo cero.

No pudimos ver gran cosa más lo que percibimos a través del cristal del autobús, pues nos agasajaron a homenajes, comidas y regalos. Apenas quedó tiempo para dar un paseo por nuestra cuenta. Ni siquiera pude cambiar euros a tenges… con eso lo digo todo. 

Tanto el embajador español, que nos invitó a un almuerzo en su casa -un piso de lo más modesto para su posición- como el precursor de este dulce lío, el archivero que encontró las 152 fichas de los españoles internados en el GULAG,  nos trataron como si fuéramos la corte real. Al igual que Air Astaná, que tuvo el detallazo de dejarnos volar en business. Se agradece ir tumbados en un viaje tan largo e intenso y que te pregunten que si te pica algo, avises a la azafata, que ella viene a rascarte :-)

Fuimos casssssta, pero de la mala, de la asquerosa, de la vomitiva. No solo nos alojaron en un hotel de cinco estrellas y viajamos en “clase superior”, sino que en  el trayecto de Astaná – Spassk (enorme cementerio en el que se instaló el monolito en honor a los represaliados políticos), fuimos escoltados por la policía a golpe de sirena y claxon, apartándonos al resto de vehículos que "estorbaban a nuestro infernal ritmo" por la carretera. Los pobres kazajos que transitaban debieron pensar que en el autobús viajaban los del G20, porque si no, de qué tanto poderío.

(Para los susceptibles he de aclarar que este viaje lo han patrocinado varias empresas privadas. Lo aclaro por lo que uno pueda pensar sobre presupuestos internacionales, etc...)

Mientras tanto, charlábamos unos con otros, aplastando nuestras articulaciones contra los asientos del autobús. Más quisiera el Parque de Atracciones de Madrid...

Los funcionarios de la Embajada Española, todos híper jóvenes, se curraron nuestro viaje al milímetro desde hacía seis meses, para que nos sintiésemos como reyes. Cabe destacar al marido de una secretaria, el fotógrafo del evento, que no hizo más que arrancarnos carcajadas con su acento vasco “de Bilbao capital.” ¡Txema, eres un crack!

Y por fin llegó el tributo. Los estonios y los españoles (por aquello de la ES) inauguraban sendos monumentos para honrar a sus víctimas. La prensa pululaba por la pradera, Informe Semanal trabajaba por un lado, Agencia EFE por otro, y El País Internacional por un tercero. Eso, y dos periodistas kazajas encantadoras que llevaban ahondando en el tema desde hacía ya tiempo y que conocí no hace mucho, en Madrid.

Llegó nuestro momento: el protocolo se sitúa, tocan el himno de España (sin silbidos, por supuesto, con un abrumador silencio) y el portador del micrófono inicia la ceremonia en ruso:“Y ahora vamos a conmemorar a las víctimas españolas que estuvieron en estos campos. Pedro Cepeda, Julián Fuster…y otros”. Y yo miré a mi hermano, y mi hermano me miró a mí, abriendo mucho los ojos, tanto como yo la boca, al darnos cuenta de que no había sido un preso más, sino alguien destacado que había dejado su hueco en la Historia, con un mensaje para todos. Entonces fue cuando el nudo que tenía en la garganta, fue imposible de controlar y subió hacia mis ojos, lentamente, derritiéndose a través de mis lagrimales. Pensé que serían tres lagrimillas, pero aquello era un no parar. Supuse que nadie se daba cuenta, que cada cual contenía como podía sus propios nudos y sus propias lágrimas, pero entonces sentí una mano acariciándome el brazo, y vi que era una de las chicas de la embajada que tenía también los ojos llorosos…y no pude más.

Salí de la primera fila y me abracé a Natasha Ramos, cuyo padre también encerraron por ser amigo del mío, inculpándole de complicidad. Me acordé de Rafael Fuster y lo mucho que le hubiese gustado estar allí honrando a su padre, el Doctor Fuster. Y pensé en mi padre, en todo lo que había pasado allí, en si estaría viéndonos o no, en lo injusta que fue su vida desde que abandonó Málaga y en el coraje y la valentía que tuvo siempre. Supe que si estuviera vivo estaría encantado de que toda aquella gente, y poco a poco el mundo entero, se entere de una vez de lo que tanto tiempo llevaba intentando transmitir. Que nunca se había inventado nada, que no era cierto que eran fantasmadas y que todo lo que vivió debió de hacerlo por algo. Quizás fue por eso, por lo que estaba pasando allí en aquel momento.

Tardé bastante en recuperarme. Me hubiese gustado salir a pasear por la pradera, sola, llegar hasta la cruz de los españoles, pero no pude. Entre las fotos del protocolo,la entrevista, los abrazos, y tratar de recomponerme me comí el resto de las lágrimas que supongo no dejarán nunca de salir.

Mi objetivo al reescribir su libro no era otro más que tratar de no dejar su historia muerta en un cajón, pero nunca pensé que la cosa podría llegar tan lejos. En cierto modo, muchas veces pienso que todo esto es la recompensa al sentarme cada día por la noche a cortar, pegar, reescribir, buscar y machacar a mis círculos con todas y cada una de las novedades que el tema supone. En lo tenaz y cabezota he salido a él, sí.

El resto del viaje, fue la visita al Museo Dolinka, donde pudimos ver una recreación de lo que sería un Karlag (campo). Allí exhibían un extenso documento sobre Pedro Cepeda, que fotografié para poder traducirlo en condiciones con mi madre, fotos del Doctor Julián Fuster y demás reclusos. Fue como meterme dentro del libro, especialmente cuando mi padre relataba cómo estaban decoradas las oficinas, detalle a detalle.

La comida con los estonios, que acabó, cómo no, con una botella de vodka y en la que, una vez más, nuestro octogenario “niño de la guerra” nos volvió a dar sopas con (h)ondas, metiéndose entre pecho y espalda medio vaso de vodka (tamaño vaso de agua) sin respirar, al compás de nuestro vocerío de “eres el puto amo”.

El plan del último día se vio interferido por nuestro amigo el archivero, que nos volvió a agasajar con una típica comida kazaja, músicos incluidos y obviamente, más vodka. Mi hermano se levantó espontáneamente para hacer un brindis, llenándosele la boca de orgullo al hablar de nuestro padre y destacó la camaradería del grupo, sorprendiéndose de la relación que se había forjado entre el divisionario y el "niño" republicano. La gente aplaudiendo, lágrimas en los ojos y gritos de viva España y viva Kazajistán.

Hoy es el segundo día de la vuelta y aún ando descolocada, pero no podía dejar de escribir todo lo que he llegado a sentir, casi muriéndome de sueño, casi descoordinando las palabras, sin embargo, debía sacarlo y plasmarlo todo cuanto antes por miedo a que mañana, pasado o la semana que viene, mis percepciones se hayan diluido casi por completo, aunque me temo que lo que ha pasado en Kazajistán, se queda...perpetuo.









1286. Por qué la Ley de Amnistía solo beneficio a los criminales franquistas

Prueba documental

Fuente: Sumario 8156 (Causa general contra los miembros del SIM) Archivo Naval de Cartagena. Fondo bajo la jurisdicción del Juzgado Militar Togado Territorial nº 14 de Cartagena.

Hay mucho ya hablado y escrito sobre el tema, pero como dicen que una imagen vale más que mil palabras, aquí se muestra un documento probatorio de que las Leyes de Amnistía de 1976 y 1977, aunque no tuvieron NINGUNA APLICACIÓN entre los represaliados por razones derivadas de la Guerra Civil y/o por su condición de republicanos (tan solo 47 sindicalistas condenados en 1972 en el “proceso 1001” , la mayoría de CC.OO, fueron puestos en libertad), por el bando franquista los beneficios de dicha ley significó la impunidad de decenas de miles de responsables, de los crímenes cometidos durante los cuarenta años de dictadura, además de los perpetrados por los fascistas durante la Guerra Civil (ministros, gobernadores civiles, dirigentes y milicia falangista y requeté,  mandos y números de la policía y guardia civil, funcionarios de prisiones, altos mandos militares, jueces, fiscales, etc., etc).

En instancia al Consejo Supremo de Juticia Militar de fecha 06-09-76, el que había sido Oficial 1º del CASE (asimilado a Oficial) del Ejército Popular Republicano D. JOSÉ AGUILAR MÉNDEZ, solicita en instancia , acogerse a los beneficios de la recientemente promulgada Ley de Amnistía, incluyendo entre su petición se le reintegre su condición de militar profesional, a efectos de cómputo de los derechos pasivos que le pudieran corresponder, por el tiempo servido durante su permanencia como militar, a pesar de que dicho reconocimiento estaba excluido expresamente en la redacción de la propia ley.

La respuesta del Capitán General de de la III Región Militar (Valencia) pone las cosas en su sitio:

Se le anulan los antecedentes penales, ya que la pena la tiene cumplida. Y punto

Es decir: a todos los demás efectos (derechos pasivos, reconocimiento de su condición de militar profesional, uso de uniforme, indemnización por tiempo cumplido en prisión, etc, etc.) el ex Oficial 1º del CASE Aguilar, la Ley de Amnistía no le concede NADA.

Y lo que es más grave: MANTIENE la validez jurídica de la sentencia y de los hechos por los que fue juzgado en 1941. Pena de muerte (conmutada a treinta años), separación definitiva del servicio, pérdida de derechos pasivos y demás accesorias.

Es decir, que con la Ley de Amnistía de 1976 - 1977, y la de la Memoria Histórica, el Oficial 1º del CASE republicano D. JOSÉ AGUILAR MÉNDEZ, sigue siendo jurídicamente CULPABLE, del crimen de haber sido dirigente del Servicio de Información Militar de la República (SIM). Entre los cargos principales de la acusación, consta, haber sido uno de los más eficaces agentes que contribuyeron a desmontar varias veces la red de la Quinta Columna en la provincia de Murcia, especialmente en la Fábrica de la Pólvora y en los Talleres de Artillería y Municiones de Cartagena, en donde los franquistas emboscados realizaban continuas labores de sabotaje y espionaje, a favor de los sublevados.

Estas leyes, especialmente la de la Memoria Histórica, subsidiaria de la de Amnistía, son aquellas de las que tan orgulloso se muestra el ex presidente del gobierno del PSOE, José Luís Rodríguez Zapatero, en sus recientes declaraciones. 


Por cierto, las razones por las que fue fusilado por los fascistas en 1936 su abuelo, el capitán de Infantería Juan Rodríguez Lozano, siguen siendo jurídicamente válidas. Es decir, fue fusilado por traidor. El capitán Lozano es un traidor, legalmente hablando; fue y sigue siendo un traidor, como el teniente José Aguilar, otro militar republicano traidor. Traidor… para a los auténticamente traidores, naturalmente.

Estas son las consecuencias de aquellas leyes de impunidad, y estas son las consecuencias de que, durante las dos décadas de gobierno socialista, no se hayan ANULADO las leyes y tribunales represivos, ni sus sentencias.


Floren Dimas
Calabardina, 22 de enero 2015









18 de Julio de 1936: una fecha para la Historia




A las 10:15 horas del 18 de julio de 1936, la emisora Unión Radio Madrid (EAJ-7), difundía un comunicado informando sobre un hecho que conmocionó a toda España: el Ejército de África se había sublevado. El contenido de la noticia, con ser grave, no reflejaba la auténtica trascendencia que el hecho representaba, pretendiendo más que nada, disuadir a los mandos militares golpistas de la península y de las islas, para que no se unieran a la intentona, y por otro lado, tranquilizar a la población e intentar frenar cualquier movimiento de matiz revolucionario (1)

Aquel golpe de estado de naturaleza fascista, arrastraría a España a una cruenta guerra civil, cuyas consecuencias y alcance, en términos cuantitativos, son aún motivo de estudio y en muchos casos, todavía permanecen. A las muertes y destrucciones de la contienda, seguirían cuarenta años de dictadura, con el final de la esperanza de los valores republicanos de justicia y libertad.

Recuperada la democracia tras la extinción de Franco, desde los diferentes gobiernos que se han sucedido en España, se ha intentado borrar de la memoria colectiva la evocación de este aniversario, del que ahora se cumplen 78 años, como si con este silencio, y otros silencios, pactados por los partidos y organizaciones postfranquistas y neodemocráticas, pudieran conjurarse no solo las “razones” de aquellos militares traidores, para romper su promesa de fidelidad a la República, si no la heroica lucha de un pueblo contra la ultraderecha española, el nazismo alemán y el fascismo italiano, sucumbiendo únicamente ante la abrumadora superioridad militar de Franco y sus aliados, y la acción infame -por acción y omisión- de las denominadas “potencias democráticas occidentales”, y de manera especial, Francia, Inglaterra y los EEUU.

Hace unas semanas, se celebra con todo boato el 70 Aniversario del desembarco de Normandía, Hace solo unos días, Paris se vestía de gala para celebrar la liberación de la ciudad, entre otras fuerzas, por los republicanos españoles de la 9ª Compañía de la 2º División Blindada francesa, ondeando la bandera tricolor española entre las que presidían aquellos actos.

Ambas efemérides, han sido promovidas con la participación de las naciones implicadas en aquella contienda, en la que el enemigo a derrotar era el mismo, contra el que la República Española había combatido denodadamente durante tres años. Como afirma mi buen amigo Pedro A. García Bilbao “cada piloto y cada avión alemán, derribados por los republicanos en la guerra civil, fue un piloto y un aparato menos luchando en la Batalla de Inglaterra”.

Cada país europeo, ha tomado del siglo XX sus referentes históricos en la lucha por la libertad. Para todos –menos para España y el Vaticano- ha sido la derrota del nazifascismo, mientras que para otros, ha sido el final del stalinismo y la caída de Muro de Berlín.

¿Y para España?

Los gobiernos de la transición, así como los del PSOE y los del PP, decidieron mantener la orfandad de nuestro país de estos referentes, negándonos a los españoles el derecho al conocimiento de páginas de nuestra historia, marcadas por su ejemplaridad, como lo es haber sido España el único país occidental que se defendió con las armas en la mano, contra un golpe de estado interior, destinado a subvertir el orden democrático implantando una dictadura.

El 18 de julio debe quedar impreso en la cultura democrática de los españoles, como la fecha en que el pueblo se defendió contra quién decidió arrebatarle sus derechos, y su protagonismo como parte esencial de un proyecto colectivo y democrático. Si ahora los gobiernos del PPSOE lo impiden, dentro de poco lo hará el gobierno de la III República Española.

Calabardina, 17 de julio de 1936

¡Viva la República!

Floren Dimas
Delegado de AGE para la Región de Murcia.




(1)   TEXTO DEL COMUNICADO DEL GOBIERNO DE LA II REPÚBLICA DEL 18 DE JULIO DE 1936.

“Se ha frustrado un nuevo intento criminal contra la República. El Gobierno no ha querido dirigirse al país hasta conseguir conocimiento exacto de lo sucedido y poner en ejecución las medidas urgentes e inexorables para combatirlo.

Una parte del Ejército que representa a España en Marruecos se ha levantado en armas contra la República, sublevándose contra la patria propia y realizando un acto vergonzoso y criminal de rebelión contra el Poder legítimamente constituido.

El Gobierno declara que el movimiento está exclusivamente circunscripto a determinadas ciudades de la Zona del Protectorado y que nadie, absolutamente nadie, se ha sumado en la Península a este empeño absurdo. Por el contrario, los españoles han reaccionado de un modo unánime y con la más profunda indignación la tentativa reprobable, y frustrada ya en su nacimiento.

El Gobierno se complace en manifestar que heroicos núcleos de elementos leales resisten a los sediciosos en las plazas del Protectorado, defendiendo con el honor del uniforme el prestigio del Ejército y la autoridad de la República.

En estos momentos las fuerzas de tierra, mar y aire de la República que, salvo la triste excepción señalada, permanecen fieles al cumplimiento del deber, se dirigen contra los sediciosos para rechazar con inflexible energía un movimiento insensato y vergonzoso.

El Gobierno de la república domina la situación y afirma que no ha de tardar en anunciar a la opinión pública que se ha restablecido la normalidad”.        

¡Sin vacilaciones: hasta el fin!