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3122. Discurso de Félix Gordón Ordás en el segundo aniversario de la lucha del pueblo español por su libertad

¡Qué grandioso resultó el acto ofrecido por el pueblo de Cuba a la República española en el segundo aniversario del crimen que contra ella están llevando a cabo! Ha sido el acto más grandioso que se celebró en Cuba. El representará, en el recuerdo y en la emoción una huella imborrable. Los caínes y traidores que han vendido a su patria a la invasión asesina, si tuviesen un átomo de sentimiento, percibirían en esa gran demostración el desprecio que les espera a través de toda la odisea, iQué pueden importar los accidentes materiales de la lucha, cuando así responden los pueblos todos a la conjura de rescatar la dignidad para el mundo entero, gracias al heroísmo, la bravura y el coraje del pueblo español? Coincidió ese acto, con la llegada a Cuba de Félix Gordón Ordás, Embajador en México y en Cuba. Su discurso en ese acto, refleja bien cuanto en torno a él se pudiera decir. No pudo tener mejor aliciente. Por eso, no hemos de reseñarlo. Baste solo decir que en el Stadium Polar, aguantando primero el sol y el calor; después lluvia, cien mil personas de todas las clases sociales, representando a todos los sectores del pueblo de Cuba, escucharon ese discurso, igual que lo habrán escuchado en el extranjero y fuera de La Habana millones de personas. Este acto, junto al que en igual lugar se ofreció cuando la presencia de Marcelino Domingo, son las dos afirmaciones contundentes que los verdaderos españoles de Cuba podemos exponer contra los vergonzantes "ex-españoles" que quieren pasar a ser súbditos de los países invasores de España, de los que están asesinando, a niños y mujeres españolas, arrasando sus ciudades; aniquilando su suelo. Para ellos el Mundo entero guarda ya el desprecio más absoluto, por su condición de traidores.



*


Ciudadanos: Sean mis primeras palabras de honda y emocionada gratitud para el Comité organizador de este acto magnífico de homenaje a España y para las entidades y personas que con tanto entusiasmo y fervor se han adherido a él, de igual manera que en este día otras personas y colectividades se encontrarán fervorosamente reunidas, llenas de cariño para la causa legítima que encarna el Gobierno de la República Española. Y es que se ha despertado, con nuestro drama la emoción de todos los pueblos que aspiran a su libertad, que aspiran a la justicia en todos los continentes, en todas las islas, en todas las naciones y en todos los hombres de todas las razas y de todos los idiomas, que vibran en este momento como en España, porque se dan cuenta de que nuestro dolor es la representación genuina del dolor universal, porque comprenden que en España se está debatiendo en estos instantes el porvenir de la Humanidad; todos los hombres videntes vienen anunciando la transformación económica del mundo, y el primer acto culminante de ese gran drama universal, se está desarrollando en España, no es por eso extraño que en todos los pueblos se sienta con la misma emoción que en el nuestro esta hora trascendental y crítica de la Humanidad. ¿Cómo no ha de sentirlo el pueblo cubano, que vivió su historia casi completa al unísono de la nuestra; que sufrió las mismas tiranías que sufrimos los españoles; que tuvo los mismos hombres que lo expoliaron y lo destrozaron y lo hicieron sufrir todas las humillaciones? ¡Que cuando aquí se gemía bajo el yugo de la tiranía española, no éramos los españoles los que poníamos el yugo, sino los que sufríamos también el mismo yugo de vosotros los cubanos que sois por eso como todos nosotros!

Nació una nueva era de la vida internacional aquel día triste en que como expresión de su cobardía, la Sociedad de las Naciones levantó las sanciones económicas impuestas a Italia por la invasión bárbara de Abisinia. (Aplausos). Ese día en que más de cuarenta naciones reunidas acordaron, no obstante estar convencidas de la justicia de aquellas débiles sanciones, dejar a Italia continuar con manos libres la invasión de un pueblo que no podía defenderse más que con las uñas o con instrumentos primitivos de lucha, dejando al mismo tiempo en libertad a todos los pueblos del universo capaces de realizar sus aspiraciones por la violencia, ya que dentro del derecho y de la ley, no podían realizarlas. Por eso, tras de la supresión de las sanciones, vino la invasión de España; la impunidad de esta invasión forzó a otro pueblo imperialista a invadir China, más tarde se produjo la agresión de Austria y únicamente, cuando estaba en vísperas de realizarse un nuevo crimen con una democracia ejemplar, Checoslovaquia... (Aplausos). El despertar, siquiera fuera momentáneo, del sentido democrático de los grandes países liberales de Europa, hizo contener la marcha insolentemente progresiva del despojo de los pueblos libres. Los españoles llevamos dos años sufriendo una lucha que no hemos provocado. La Constitución de España determina en el Artículo Sexto que no se apelará a la guerra como instrumento de política internacional. Después de estos dos años de sufrimientos, no tenemos que rectificar nada. España quiere la paz. España no quiere la guerra, y España, cuando se dirigió a la Sociedad de Naciones, no lo hizo, ni lo hará nunca, sino en defensa de sus derechos, del Derecho Universal. (Aplausos).

Al estallar la rebelión en España —hoy hace dos años— el Gobierno de la República, apeló a preceptos hasta entonces invulnerados del Derecho Internacional, pidió que se le permitiera adquirir armas que tenía el derecho de reunir para luchar contra aquella rebelión, en la cual unos militares no sólo fueron traidores a su palabra de honor, sino que fueron ladrones también, apoderándose de las armas que eran del Estado Español. (Aplausos).

Y cuando el Gobierno de la República, desprovisto de sus fuerzas coactivas de Ejército y de policía, sin armas con que poder improvisar un ejército, se dirigió a los países con los cuales tenía firmados convenios y pactos de amistad cuando acudió a la Sociedad de las Naciones en la misma demanda, en todas partes se le contestó: "La razón está contigo y te seguimos reconociendo el derecho como Gobierno legítimo de España, pero no te damos elementos para sofocar esa rebelión". (Aplausos). Con Francia nuestro dolor fué doble. Yo puedo hablar de ello con excepcional competencia, porque siendo Ministro de Industria y Comercio se inició con Francia la negociación de un nuevo tratado de comercio y como hasta entonces la balanza nos era favorable, para ver el modo de equiparar su déficit en esa balanza comercial, Francia nos exigió una serie de compras de distintos elementos a los que nosotros, después de mucho discutir, accedimos en gran parte y una de las cláusulas que en el tratado comercial firmado por el señor Samper, mi sucesor, figuran, es la de la compra de un número de aviones de guerra. Estaba en el poder un socialista: León Blum, cuando la guerra estalló y el Gobierno español, con su tratado en la mano, acudió a Francia a pedirle que le vendiera los aviones y Francia no se los vendió y no solamente no se los vendió sino que por motivo de esa reclamación del Gobierno español, ideó el instrumento antijurídico más inmoral que ha existido jamás en la relación entre pueblos: el Comité de No-Intervención. Aún hace poco tiempo en el Congreso Socialista de Rayón quería explicar León Blum este hecho sin explicación posible y decía ante sus correligionarios que le pedían responsabilidad, que no había podido cumplir aquel tratado comercial no sólo por dificultades de orden exterior sino por evitar complicaciones de orden interior, y yo me pregunto: ¿Pero es tan poca la potencia y la fuerza del Gobierno de un pueblo, que por temores a problemáticas complicaciones, sin denuncia previa falta a un pacto firmado que debía ser sagrado para todos los que intervinieron en él? (Aplausos). 

Aquel Comité de No-Intervención, por ser falso en todo lo es hasta en su nombre. El Gobierno de España no pidió nunca a nadie que interviniera en su favor. Somos los españoles excesivamente orgullosos para solicitar en ningún momento ayudas ajenas en nuestros pleitos y para resolver nuestros problemas. iNo! El Gobierno de España ni entonces, ni ahora, ni nunca, ha pedido la intervención de ningún país en nuestro pleito; (Aplausos) al contrario, conscientes de nuestra responsabilidad histórica, hemos procurado en todo momento circunscribir la tragedia a nuestra patria, porque siendo hombres que amamos a la Humanidad, no queremos que nadie sufra los dolores, las angustias, los tormentos qué nuestro pueblo está sufriendo; no queremos que haya guerra en ninguna parte.  Lo que España pidió, pide y pedirá es que le vendan las armas a que tiene derecho. (Aplausos)

León Blum dice: ''como nosotros no podíamos cumplir el tratado comercial hecho con España, hicimos el pacto de no intervención, al qué se apresuraron a adherirse los principales países de Europa; lo hicimos con el propósito de evitar que otros países intervinieran en la guerra española ayudando a los rebeldes". ¡Santo propósito!, pero ya dice nuestro refrán, "que el infierno está sembrado de buenas intenciones". (Risas) Porque la realidad sangrante de esa enorme farsa internacional, es ésta: Mientras en el Comité de No Intervención repetían constantemente que estaban de acuerdo que en España no se podía intervenir, en el Marruecos Francés, por disposición de la Divina Providencia, que se declaraba republicana caían aviones italianos y en aeródromos leales caían aviones alemanes, y hay que suponer que por muchos milagros que el fascismo haga, no estará entre ellos el fabricar aviones en la atmósfera para que vayan... (murmullos).

Inútiles todas las reclamaciones ante el Comité de No Intervención. Su seráfico presidente es el modelo de lo que en España llamamos los sordos que no quieren oír, y no se entera de nada. Pasaban sesiones y sesiones, meses y meses; se presentaban reclamaciones por nuestros amigos en el Comité y se contestaba invariablemente: "Eso no está probado" y cuando ocurrió aquel vergonzoso hecho de que Mussolini, viajando por el mapa con aparato imperial, mandó un mensaje a sus tropas de Guadalajara ordenándolas vencer, y sin duda por eso fueron derrotadas. (Aplausos), lo cual hizo caer en poder de las tropas de España miles de prisioneros italianos a los cuales se les encontró toda clase de documentación con la que el Gobierno de España publicó un voluminoso libro blanco en el que se demostraba, con los documentos de los propios jefes de las unidades italianas, la intervención de Italia, descarada y cínica, en el problema de España, mientras sus representantes en el Comité de No Intervención, seguían diciendo que no había que intervenir (Aplausos); cuando este libro blanco se llevó al seno de la Sociedad de las Naciones, primero se realizó entre bastidores una conspiración para que nuestro representante no presentara aquel libro, como si estuviéramos jugando a un juego de escondite, y después nadie contestó a los discursos contundentes, sobrios, llenos de documentación, impregnados de amargura, que los delegados de España pronunciaron. Cuando se repasen las actas de todas esas sesiones de la Sociedad de Naciones en que los delegados españoles han formulado sus conclusiones terminantes, el mundo se sentirá enrojecer de pudor, porque jamás hubo hechos tan claros de aislamiento de un pueblo, que es padre de pueblos, que se libertó hace muchos siglos del imperialismo, que lo único que quiere propagar es un sentido humano de fraternidad entre los hombres; que no tiene odios, que no tiene rencores... (Aplausos). Y a pesar de todo y de todos, no pierde nuestro Gobierno jamás su sentido y sigue manteniendo la misma política internacional. Cuando tiene el corazón sangrando por el abandono sistemático de la Sociedad de Naciones, continúa diciendo: "Hay que hacer la política de la Sociedad de las Naciones, porque eso responde a lo más agudo, a lo más profundo, a lo más intenso del pensamiento y del sentimiento español", expresado por aquellos maravillosos teólogos y tratadistas de Derecho del siglo dieciséis, que fueron los que hicieron la grandeza de España, y no los militarotes de entonces, que eran iguales a los que ahora se han levantado contra la República. (Aplausos).

Y ¿por qué esa insubordinación en España? ¿Qué agravio podían tener los militares y las gentes a quienes ellos representaban en el momento de alzarse contra el Poder Público de España? Ninguno. En España había, en efecto, un estado perfectamente comprensible de convulsión social. Había ocurrido la huelga revolucionaria de octubre de mil novecientos treinta y cuatro, en la cual un gobierno vesánico, el primero que trajo a España los moros para matar españoles, realizó la represión más bárbara que es posible imaginarse. Yo, que no soy ni socialista ni comunista, sino que soy republicano y demócrata simplemente, pero que tengo el corazón lleno de sentimiento contra la injusticia social, acudí a Asturias, recorrí todas aquellas zonas, quise ver por mí mismo el horror de la tragedia, y al descubrirla y proclamarla ante el mundo entero, dije esto: "Si no se hace rápidamente justicia contra los criminales autores de estos atropellos, en España surgirá la revolución social". Y era natural, porque lo único que podía calmar a los hombres en su desesperación, era el restablecimiento del equilibrio, para tener fe en la justicia de los hombres. Cuando esta se pierde, ¡qué lejos pueden ir las masas! Pero cuando se tiene un sentido de responsabilidad, es necesario acudir a realizar aquella justicia que está reclamando castigo para los delitos cometidos. No se hizo por los gobiernos de derechas y de centro, ni se hizo por el propio gobierno del frente popular, tan calumniado, que quiso realizar una investigación judicial minuciosa antes de proceder; pero las masas, que sentían en su carne y en su espíritu el dolor del atropello, no estaban para disquisiciones de esta clase, y es lógico que revelaran una efervescencia considerable. La misma efervescencia que se ha dado en todos los países en situaciones análogas. Por eso un hombre, que no puede ser sospechoso para las derechas, el doctor Gregorio Marañón (silbidos), publicó en el mes de mayo de mil novecientos treinta y seis, cuando Calvo Sotelo, Gil Robles y sus satélites realizaban su campaña de infamias contra la República, un artículo en el diario "El Sol de Madrid", en el cual se enfrentaba con los demagogos blancos, diciéndoles: "En España no ha pasado nada que no haya pasado en otro país en situación análoga". Si el doctor Gregorio Marañón, que no es revolucionario, que no lo fué nunca, que es republicano de salón a lo sumo, amigo de cortesanas y de reyes, dijo en el momento más agudo de la crisis, que en España no ocurría nada verdaderamente anómalo, y esta era la verdad, ¿no era lo procedente que las clases conservadoras de mi patria, en caso de que hubieran sido realmente conservadoras, se hubieran apresurado a ayudar al gobierno del Frente Popular para calmar las pasiones por la persuasión y no por el asesinato? (Aplausos). No había razón para el levantamiento, y como no la había, fué necesario crear mitos, sobre todo dos: el comunismo y la persecución religiosa. Para todo el que conozca a España, a la España anterior al 17 de julio de 1936, no es un secreto que el Partido Comunista de España era una expresión mínima de la voluntad popular. En las dos primeras Cortes de la República, solamente pudo tener un Diputado, en el Frente Popular, yendo unido con los demás partidos obreros y republicanos, obtuvo en un Parlamento de quinientos diputados, dieciséis representantes. ¿Puede haber nadie que se imagine que esta es una fuerza de comunismo, que pretende la implantación rápida de ese régimen al que todos los tontos le tienen miedo y le tienen miedo todos los ricos? (Ovación).

En España no hubo tampoco jamás persecución religiosa por el Gobierno de la República. Jamás. Cuantos son capaces de sostener lo contrario, o dicen lo que no saben, o si saben lo que dicen, mienten. (Aplausos). Yo lo digo desde esta tribuna, a sabiendas de que oídos de frailes me escuchan desde lejos, y yo les reto desde aquí, a que prueben un solo hecho de persecución religiosa oficial en la España anterior al diecisiete de julio de mil novecientos treinta y seis. Estoy tranquilo, ninguno recogerá el reto; es posible qué todos hayan colgado el auricular. España realizó con su revolución la política más tolerante que jamás ha hecho en el mundo ninguna revolución. Tan tolerante que si hubiéramos querido provocar una verdadera revolución clerical y no religiosa, en España no teníamos que haber hecho más que una cosa: cumplir al pie de la letra el Concordato establecido con Roma en el año cincuenta y uno, porque aquel Concordato determinaba la existencia legal en España de sólo tres Órdenes religiosas: dos cuyos nombres figuraban en él, y otra indenominada. Cuando advino la República había sesenta y cuatro Órdenes religiosas de hombres y más de trescientas de mujeres. La República no solamente no las persiguió, sino que las legalizó. El artículo veintiséis de la Constitución Española, sometiéndose a determinadas reglas de Derecho Civil común, permitió que todas las órdenes religiosas pudieran seguir viviendo en España normalmente con la República, mientras que con la Monarquía estaban viviendo de un modo clandestino. (Aplausos).

Sólo se disolvió una Orden, la de Jesús, que no tiene nada que ver con las doctrinas de Cristo. (Risas). La disolución de esta Orden Religiosa y la incautación de sus bienes no solamente era un hecho legal, sino que era una reivindicación histórica de derecho español, porque esta Orden había sido disuelta y confiscados sus bienes, primero por Carlos III y después por Isabel II y no existe una sola disposición española que la autorizase a volver a España otra vez. (Aplausos)

No se cerró por el Gobierno Español ni una sola de las Iglesias abiertas al culto; no se impidió ni una sola procesión, con la única diferencia de que los curas, para celebrar sus actos en la calle tenían que solicitar la autorización del poder público como cada hijo de vecino; más aún, en las famosas procesiones de Sevilla, (que de todo tienen menos de manifestaciones religiosas), que son la expresión más clara y terminante del paganismo, hubo incluso gestiones privadas para que se celebraran y el pueblo sevillano no perdiera su negocio, gestiones a las que no atendieron los cofrades por hacer política. Este es el secreto: hacer política. La iglesia en España constantemente no ha sido iglesia, ha sido política. Se olvidaron los sacerdotes en nuestro país de que eran representantes de Dios en la tierra y en vez de ganar almas para el culto religioso, para su Dios, lo que hacían era apoderarse impíamente de Dios, para convertirlo en agente electoral. (Aplausos).

Por eso, al estallar la guerra, con los pretextos completamente ficticios que acabo de enunciar y con la realidad de hacer imposible la reforma agraria que diera pan al campesino hambriento; por eso repito, al estallar la rebelión militar, una enorme cantidad de sacerdotes y de frailes españoles no ejercieron lo que su sagrado ministerio les ordenaba hacer; dirigirse a los contendientes de uno y otro bando y decirles: "Sois hermanos, predico entre vosotros la paz, debéis uniros". No, no hicieron eso, sino que se armaron de los fusiles que en los conventos y en las iglesias había escondidos y en vez de bendecir con el crucifijo en la mano, asesinaban hombres, casi todos católicos. (Aplausos).

Para vergüenza y deshonor de la iglesia española, el Cardenal Primado de las Españas, el Dr. Goma, la figura más representativa de la iglesia española, salió a la palestra pública como un beligerante más, pidiendo sangre, exterminio, destrucción de los "rojos", de los "rojos", que si es verdad que son, o somos tan malos como dicen es la mayor condenación para la iglesia católica española, porque todos nacimos, nos criamos y nos educamos en el seno de dicha iglesia. (Aplausos).

He leído con vergüenza de español, el discurso pronunciado por el Dr. Gomá en el Congreso Eucarístico de Budapest hace unos meses. En este discurso no se habló de la Eucaristía para nada, no se habló más que de ametralladoras y de cañones, y de la imposibilidad de la reconciliación, (son palabras textuales). El sacerdote de mayor jerarquía en España dice ante el mundo católico, desde la tribuna de un Congreso Eucarístico que no puede haber reconciliación, y por si alguien dudara de su expresión anticristiana, aun añade: "En España no puede haber más paz que la que traigan las armas". Y por si fuera poco remacha: "Los rojos, si no se entregan, deben ser vencidos con la punta de las espadas". ¡Bravo hombre! ¡Maravilloso representante de Cristo en la tierra! Cómo quieren que en España haya hoy respeto para los sacerdotes de una religión que son ellos, los sacerdotes, los primeros en mancillar, pisoteando sus preceptos. Contra aquellos verdaderos sacerdotes que en todo momento se negaron a tomar parte en la contienda, que rezan con el corazón lleno de fe a su Dios, que sufren con los hijos de su comunión que están en la guerra de uno o de otro lado que imploran la paz y desean la reconciliación, los "rojos", los terribles "rojos" no han hecho nada. Son miles, en contra de lo que la leyenda ha hecho circular, los sacerdotes que en nuestra zona se encuentran.

Jamás el Gobierno prohibió el culto. Por eso, cuando el Ministro Irujo pidió que se restableciera en uso de su sentimiento católico, hubieron de contestarle: "Pero, si son los católicos los que han dejado de celebrarlo. El Gobierno no lo ha impedido nunca".

Por esa serie de antinomias y contradicciones se está dando la realidad dramática en España de que los rebeldes dijeran: "Nos hemos levantado para defender la patria", y la patria la han deshecho ellos; "nos hemos levantado para defender la religión" y la religión se ha convertido en la más baja bandera de partido; "nos hemos levantado para defender el orden", y no existe más orden que el de las bayonetas y de los fusiles, cañones, tanques y aviones; "nos hemos levantado para defender la familia", y los padres luchan contra los hijos y los hermanos entre sí; "nos hemos levantado para defender la propiedad", y la única verdad es que la riqueza privada se ha acabado en España. (Aplausos).

Este es el triunfo el enorme triunfo de esta rebelión de insensatos que pusieron las armas y la autoridad que el Gobierno de la República les dio, en contra de los principios del orden y de la justicia que la República representaba. Después de aquellos primeros meses, la gesta heroica y magnífica en que el pueblo en pintoresca confusión, salía de los talleres, de las barberías, de los almacenes, de los despachos, de las bibliotecas, para ir juntos en una hermandad de espíritu no provocada por nadie, sino nacida con espontaneidad maravillosa, a defender como podían el territorio atacado por los rebeldes; cuando esta conjunción heterogénea, sin armas, puede vencer, como vencida estuvo la rebelión, estos hombres que se consideran representantes sistemáticos del honor no tuvieron inconveniente en acudir a ejércitos extranjeros, para ver si les ganaban la partida que no pudieron ganar ellos. No puede haber, desde el punto de vista profesional, mayor cinismo que la incompetencia de estos hombres, que en sus guerras coloniales, lo mismo por tierras de América que por tierras de África, fracasaron siempre, y en la guerra que tenían que hacer contra estas gentes no profesionales en España, fracasaron también, y en vez de humillar su cerviz y declararse vencidos y respetar la voluntad nacional que había establecido el Gobierno con sus votos y lo sostenían con sus armas rudimentarias; en vez de hacer eso, acudieron mendigando ayuda a los países cuyos tiranos están dispuestos siempre a reírse del derecho de los demás y a apelar a la fuerza como razón suprema de todos los derechos. (Aplausos).

Desde aquel día la guerra civil terminó en España y comenzó la guerra por nuestra independencia nacional. Franco y sus marionetas vestidas de generales, nada pintan ya en el país. A veces han querido rebelarse contra la ignominia de su situación, pero de nada les vale. Todos los hombres que habiendo estado al servicio de la rebelión pudieron salir de aquel infierno y ya pueden confesar libremente la verdad, dicen lo mismo. Allí mandan las fuerzas extranjeras. Desde lo más alto a lo más bajo de la vida oficial está dirigido en la España rebelde por técnicos de otros países; unos con ruido de espectáculo muy propio de su temperamento —los italianos— viven la vida puramente militar; los otros, con su sentido cauto y aprovechado de la vida —los alemanes— procuran incluso disimular su existencia no vistiendo casi de militares, pero unos y otros viven la misma realidad; unos y otros son los verdaderos dueños de España, y aún se atreven las gentes que siguen a Franco, y Franco mismo, a hablar de nacionalismo y de imperio y no sé cuántas cosas más. (Aplausos).

¿Nacionalismo? ¿De qué nación? Si ellos, los promotores de la rebelión tienen que confesar humildemente, por boca del Duque de Alba ante el Gobierno de Inglaterra: "Es verdad que hunden buques ingleses, pero como Franco no manda en la aviación, sino que mandan los italianos y los alemanes, nosotros no podemos intervenir ''.

¿Imperialismo? ¿De qué Imperio? No hay palabras más grotescas que las palabras imperialistas de estos hombres que del único país de Europa que vivía sin deuda exterior de ninguna clase, han hecho un país financieramente arruinado; de estos hombres que del tesoro artístico más fuerte y poderoso que en Europa existía, han hecho un conjunto de pavesas, de estos hombres que han destrozado para muchos años nuestro comercio exterior, conquistado a pulso durante decenios; de estos hombres que han deshecho la economía, entregado las minas, los puertos y los ferrocarriles a la explotación extranjera... Pues de estos hombres sale todavía la voz de que están haciendo el Imperio de España. ¿El Imperio de qué? El Imperio del hambre, de la muerte, de los piojos. (Aplausos y risas).

Contra esta locura de cerebros débiles emborrachados de literatura fuerte, nosotros no oponemos más que nuestra serenidad inalterable. Estuvimos seguros primero, de que teníamos la obligación de defender con las armas en la mano el régimen que el pueblo soberano quiso darse contra unos rebeldes militares estilo siglo XIX; y estamos ahora seguros de que pretendieron repetir un pronunciamiento más que al convertirse la guerra civil en guerra por invasión, seríamos indignos de ser hijos de España, sino siguiéramos la tradición gloriosa de nuestro pueblo, que jamás aguantó bota dominadora extranjera sobre su suelo. (Aplausos).

Los espíritus débiles se asustan ante la ocupación creciente de nuestro territorio por las hordas invasoras; nosotros, no. Sabemos que cada vez contamos con mayor número de almas en el interior de España y a nosotros nos interesa la patria como expresión geográfica cuando sobre ella se- puede asentar la expresión espiritual de la patria; pero sino no. Un suelo español poblado de españoles esclavos, no, jamás. (Aplausos).

Veinticuatro meses lleva de invasión y de martirio la tierra bellísima de Galicia; veinticuatro meses de crueldad inaudita, familias enteras se han hecho desaparecer por el asesinato; el terror invade desde la mayor de las ciudades, Coruña hasta la última de las aldeas; no hay un pueblo una villa, una ciudad de Galicia, donde el crimen y la expoliación no hayan Llegado a límites inconcebibles. Más de sesenta mil asesinatos se han cometido en la tierra sagrada de Galicia. No han dejado con dinero a nadie; no permiten salir al mar a los pobres pescadores sin llevar a bordo falangistas que los vigilen, porque las barcas, por pequeñas e insignificantes que sean, desafían las iras del oleaje y se van a las costas de Inglaterra. A este país humillado, destrozado, asesinado, deshecho, no lo han podido vencer. Por los montes de Galicia hay unas partidas de guerrilleros gloriosos que salen cuando menos se lo imaginan los rebeldes y destrozan a los asesinos en cuanto pueden y que tienen sembrada la intranquilidad por toda aquella tierra en la que los traidores dominan el terreno que pisan, pero en la cual no hay con ellos ni una sola alma, porque hasta aquellos que, por un sentido conservador de la vida, apoyaron en un principio la rebelión, están hoy contra ella y clama Galicia entera por la libertad de su tierra española. (Aplausos). 

Y como Galicia, Huelva. Los mineros de Río Tinto no han podido ser vencidos jamás. En lucha desigual, con escopetas de caza, pistolas y revólveres, se pusieron contra un ejército motorizado. Fueron expulsados de sus minas y perseguidos; pero se refugiaron en aquellas abruptas montañas y de ellas descienden y se defienden constantemente y si algún día, por el abandono criminal del mundo para nuestra causa sagrada, el exceso de mecanización hiciera que los pueblos que invaden a España se apoderaran de su tierra, aquel día empezaba la guerra sorda, constante, callada del español contra el invasor. (Aplausos). Porque como Huelva y Galicia está toda la España mártir.

No conocen a España los países que pretenden sojuzgarla por la fuerza. El español se entrega a efusiones de amor y de cordialidad, pero el español frente al hombre que lo quiere dominar por la fuerza, hasta cuando es una malva se vuelve una fiera. Son muchos siglos de lucha por la independencia.  Cuando la orgullosa Alemania de hoy no era más que un conjunto de pueblos selváticos, en España se escribían códigos en verso, nuestros poetas llenaban con su fama el mundo y nuestros filósofos y juristas dictaban las bases del derecho internacional. España es un pueblo muy viejo, muy viejo, que no quiere decir anciano; es un pueblo viejo con el alma joven, no siente ninguna decrepitud en su espíritu. En el transcurso de muchos siglos ha formado una civilización tan honda y substancial que gracias a ella existe esa maravilla que es el campesino castellano, a veces analfabeto, que parece un filósofo, porque la cultura se puede alcanzar en grado superlativo y seguir por debajo de la cultura; lo prodigioso es que hasta cuando se es inculto se tenga un pozo de civilización. (Aplausos).

España es el país de la libertad en todos los momentos hasta cuando la expansión imperialista de los Austrias, que eran austrias y por lo tanto no españoles, realizaban la obra de conquista de América. La conquista pueden haberla hecho ellos pero con ellos iban desde los soldados hasta los misioneros, toda una serie de gentes  de espíritu civilizador español, que es lo que ha quedado en América. Se cometieron por ejemplo en México muchos crímenes por los conquistadores, pero los civilizadores dejaron muchos monumentos arquitectónicos, filosóficos y lingüísticos de valor imperecedero. Así es España, la que pide la libertad para los demás antes que para ella misma.

Hay en la Historia de la Colonización de España en México un pasaje muy curioso que pone de manifiesto lo que acabo de decir. Un soldado con la audacia característica en los hombres de nuestra raza, se metió, saliendo de México, por aquellos bosques intrincados en busca de aventuras. Se perdió y llegó hasta un terreno de la que es hoy la Alta California. Anduvo por unas partes y por otras durante años de aventura, en cuyo tiempo tuvo de todo: esclavitud, malos tratos, reverencias y consideraciones como un dios, ser considerado médico, vivir de todas las maneras. Un día, en ese peregrinaje, llegó de nuevo a tierras que le eran conocidas, eran las tierras de México, y vio a dos soldados que caminaban con un indio. Al acercarse a ellos notó que el indio iba atado y les preguntó a los soldados: ¿Por qué habéis atado a este hombre? ¿Qué crimen ha cometido? Uno de los soldados le contestó: "Crimen ninguno, nos lo llevamos para venderlo como esclavo". Al oír aquello, el soldado, que había pasado nueve años de lucha y privaciones, de hambre, se soltó el cinturón que llevaba puesto y la emprendió a golpes con los soldados que llevaban al indio preso y dijo esto: "Nadie tiene derecho a hacerlo esclavo, porque Dios lo hizo libre". (Aplausos).

Así es España, así será España, esta es nuestra gloria y este es el tradicionalismo español, del cual somos nosotros los verdaderos representantes; el otro tradicionalismo el que llevan en sus labios y no en sus corazones los hombres que en España han desencadenado nuestra tragedia, no es el tradicionalismo español es el tradicionalismo extranjero. Nosotros pedimos la restauración de las libertades perfectamente marcadas en nuestra gloriosa Edad Media, naturalmente, con el aire de hoy; ellos piden la fuerza bruta, el imperio establecido por los Austrias, y esto no es que lo diga yo, lo dicen ellos mismos. Han perdido el sentido de la dignidad patriótica hasta tal extremo que uno de los espíritus más finos que entre ellos tienen, Eugenio D'Ors, para comentar la derrota de los españoles en Santander por los italianos, publicó un artículo de los que deshonran un nombre para toda la vida. "¡No les pudieron vencer las legiones del Imperio Romano, habéis tenido que venir vosotros, ¡oh, legiones del fascio inmortal!, para lograr la gloria de vencer a estos hombres!" Y es un español, inteligente y culto, el que pronunció esta inmensa blasfemia contra la patria, y se llama nacionalista. (Aplausos).

Un poeta lleno de ripios y de ambición —me refiero al yerno de Domecq, el señor Pemán— dijo algo peor. Este hombre ha escrito en los periódicos fascistas de España una soflama en la cual habla de que por dos veces España tuvo el imperio, traído una vez por Roma y otra por los germanos, y que las dos veces se dejó escapar. No repitamos —añade— la insensatez de Viriato y de los comuneros, y ahora que tenemos la ocasión de tener el imperio, traído por esos dos países unidos, aprovechémonos de ello. ¡Miserable! ¡Hombre sin conciencia ni honor el que difama a los hombres más representativos en la Historia de la libertad española y se atreve a pedir a los ciudadanos españoles que con tal de llamar imperio a nuestra tierra, se sometan al dominio de los países ajenos! (Aplausos).

Si los intelectuales rebeldes han perdido el decoro nacional hasta ese extremo, calculad cómo estarán los que de inteligencia, no tienen más que la indispensable para poder manejar la espada y adquirir la cultura rudimentaria de las academias militares. Pues contra ese concepto mezquino de la patria luchamos nosotros, que somos los verdaderos nacionalistas. Pretendemos que España, que era una democracia libre al empezar la guerra, lo siga siendo al terminarla. El presidente Negrín lo manifestó diáfanamente al exponer los trece objetivos de nuestra guerra para la paz. Luchamos y lucharemos por nuestra independencia, por nuestra libertad y por nuestro derecho a disponer soberanamente de nuestros destinos. (Gran ovación).


Félix Gordón Ordás
Julio 1938



*


Eran las siete y media de la tarde. Las cien mil personas allí reunidas acogieron las últimas palabras del doctor Gordon Ordás, con una ovación estruendosa, delirante, demostrativa de la honda emoción que sus palabras produjeron y de solidaridad al heroico pueblo español que hoy lucha por mejores formas de vida y el derecho a la felicidad que proclamara Thomas Jefferson en momentos memorables y hoy es el lema de combate del Presidente de la Democracia americana Franklin D. Roosevelt.






2835. Candón, ejemplo americano


De nuevo, sangre americana moja la tierra española. Esta vez ha sido sangre de Cuba, porque era la que corría por las venas del Comandante Policarpo Candón, jefe de una de las brigadas de choque del Ejército Popudar.

Hace apenas unos meses, en Noviembre, le vimos a Candón en Madrid, con las fuerzas del Campesino, a cuyo lado se hallaba desde los primeros momentos de la rebelión militar, cuando los combates frente al Cuartel de la Montaña o en las crestas de la Sierra de Guadarrama. Era un hombre animoso y valeroso, con una gran disposición para las artes de la guerra, a las cuales entregó todas las energías de su juventud. Tenía, además, una noción muy clara del ámbito político en que se está desarrollando el drama español, y sobre todo, del papel que les toca representar en el mismo a las fuerzas progresistas de Hispanoamérica, de las que él fué siempre una destacadísima figura. Candón sabía por qué luchaba, contra quién luchaba; en la realización de qué empresa le tocaría, quizás, morir. Procedía de las capas populares, con las que nunca perdió contacto, y por la liberación de ellas es que ha caído.

El sacrificio de Candón —como el de Pablo de la Torriente Brau, el de Riaigorwivslty, como el de Meruelos y muchos más— entraña una enseñanza de profundidad humana insondable. Hace unos años, y sobre todo, antes de que Franco se levantara contra la República, la actitud de estos héroes hubiera sido incomprendida en nuestro Continente. ¿Qué tienen los americanos que hacer en el conflicto español?, se hubiera preguntado. ¿Por qué vamos a atravesar el océano para intervenir en una guerra que en nada puede afectarnos. Hasta Julio de 1936, la América no discriminaba, en España, pueblo y casta, explorados y explotadores, nobles en posesión de todas las prebendas, de todas las sinecuras de todos los bienes materiales, y plebeyos perseguidos y humillados. Eran simplemente "españoles", es decir, encomenderos y esclavistas, conquistadores y capitanes generales, gente, en suma, de muy cruel condición...

Fué necesario que después del triunfo de la democracia se alzaran los generales contra ella, para que la ola de indignación que bañó al mundo en presencia de aquel crimen inaudito llegara también a las playas americanas. España no era —se comprendía al fin, como en un gran golpe de luz— lo que habíamos estado odiando hasta entonces. La verdadera España era esa otra que había triunfado en las urnas de Febrero y que ahora tendría que defender su triunfo contra la voracidad de los españoles tradicionalistas. Entre Queipo de Llano y Weyler, entre Balmaseda y Millán Astray, no había diferencias substanciales: unos, asesinaban fríamente a los cubanos —a los americanos— que amaban su libertad, en el siglo pasado; otros, hacían lo mismo con los españoles que quieren hoy lo que los cubanos querían entonces. Y eso iba a ocurrir en todo sitio en que hubiera militarotes privilegiados y existiera una fuerza democrática dirigida a la conquista del poder. El caso de España sería ejemplar. De lo que aconteciera allí, dependería en grado sumo el porvenir de las capas populares americanas. O con Franco —es decir, con el predominio político de las clases reaccionarias— o contra Franco, esto es, por la conquista de los valores permanentes de la humanidad. La suerte quedó echada..

Desde México hasta la tierra del fuego, las masas comprendieron que su tragedia indo-negra sería iluminada también por el gran incendio español: frente a los prejuicios nacionalistas triunfó la calidad universal del ser humano sometido a ínfimas condiciones de vida, que en nada se han diferenciado nunca de las condiciones en que vivía el campesino andaluz o el minero asturiano; y de toda la América desplazáronse contingentes de hombres entusiasmados que atravesaron el mar —que lo siguen atravesando— para combatir en los campos de España contra un enemigo que es el mismo en todas partes.

Uno de esos hombres ha caído en el frente de Teruel. No le lloremos, sin embargo. Cubrámosle con la misma tierra que pisó, que defendió. Su cadáver será nuevo abono para que viva sin agostarse el árbol de la fraternidad hispanoamericana, ese que nunca pudo crecer al helado influjo de diplomáticos y oradores, y que ahora tapa el sol con su follaje, como que sus raíces se alimentan con la sangre y los huesos de los verdaderos servidores de la democracia.


Nicolás Guillén
Facetas de la actualidad española, núm. 12, La Habana, Abril 1938









2581. Isidro Díaz Gener, "Fandanguillo"

Isidro Díaz Gener, "Fandanguillo", nació el 8 de enero de 1914 en Sagua la Grande, Cuba, en el seno de una humilde familia a la que la necesidad obliga a trasladarse a La Habana en busca de una vida mejor. Isidro tiene 14 años y abandona los estudios para ponerse a trabajar y aportar unos pesos a la maltrecha economía familiar. Limpia zapatos, vende periódicos y se hace boxeador.

Debuta en La Habana en mayo de 1931 bajo el seudónimo de "Isidro Delgado", al que más tarde apodan "El Mulo". Combate en los cuadriláteros de Argentina, Portugal, Francia y España, país al que llega en 1935. En Barcelona se enamora de una española, se casa y allí se queda, ganándose la vida sobre el ring.

Cuando se produce el golpe de estado en julio de 1936, Isidro Díaz Gener acude en defensa de la República Española. Recauda fondos para el frente por la geografía española que no controlan los golpistas. Realiza exhibiciones de boxeo, actúa como torero y bailaor de fandangos. De ahí el cariñoso apodo de "Fandanguillo".

Se incorpora a las Milicias Antifascistas de Barcelona y más tarde en la columna "LLuis Companys" del Ejército Popular de la República. Combate en casi todos los frentes de Aragón: Alcañiz, Montalbán, Martín del Río, Belchite y Teruel. como teniente de una sección de ametralladoras. Decía: “cambié los combates del ring de boxeo por los del campo de batalla. Indudablemente, estos eran más espectaculares". 

Perdió a su mujer en un bombardeo fascista en Barcelona.

Tomó parte en la batalla del Ebro, donde resultó herido en una pierna: “Me salvaron la vida, aunque como resultado de la lesión en la pierna, mi carrera deportiva terminó”.

Cuando se vio obligado a retirarse de la contienda por su condición de brigadista internacional, cruzó la frontera francesa y acabó internado en los campos de concentración de Argelès sur Mer y Gurs. Gracias a las gestiones de los gobiernos cubano y francés, él y muchos de sus compañeros pudieron regresar a Cuba en mayo de 1939.

El regreso no fue fácil. Consigue trabajo en el Departamento de Giro Postal de la Intendencia General de la República, pero tras el golpe de 10 de mayo de 1952 renuncia a su empleo.

Nunca pudo volver a boxear, y más tarde se ganó la vida como entrenador y masajista.

Miembro de las Milicias Nacionales Revolucionarias, participa en las operaciones de Playa Girón“Ahora sí que no pasarán, me dije. Y no pasaron”.

Cuando se jubiló regresó a Sagua a Grande y allí falleció.

Más de mil voluntarios cubanos lucharon en España para cerrarle el paso al fascismo.








2375. Entrevista con Ernest Hemingway en Key West, Cuba

Ernest Hemingway
(Oak Park, Illinois, 21 de julio de 1899 - Ketchum, Idaho, 2 de julio de 1961)


Key West. El histórico cayo, para cuantos conocemos su historia tan ligada a la lucha del pueblo cubano por su libertad, es algo que siempre visitamos con emoción. El recuerdo de los episodios que el mismo representó en la revolución de Guba, se entremezcla hoy con los que está experimentando el pueblo español. En Key West, hay un Vicecónsul de España, F. Castro, hombre de los que se sienten identificados con el pueblo del que saliera hace años uno de los que no lo ha traicionado. También, como ya dijimos en una de nuestras primeras Facetas hay otros valiosos elementos identificados con la causa del pueblo español. Entre ellos, Benjamín Fernández, quien por distintas ocasiones nos ha enviado cantidades para la causa. Este buen compañero hace poco sufrió un grave accidente al quemarse su establecimiento, pero ya se halla restablecido y levantando de nuevo su negocio.

Ambos, el Vicecónsul y Benjamín, nos esperaban a nuestro paso por Key West. Queríamos aprovechar las dos horas que allí demora el buque que nos traía a Cuba, con el fin de entrevistar a Ernest Hemmgway. El gran escritor y novelista vive en Key West, en una magnífica casa, rodeada de jardín con árboles tropicales. Allí se refugia cuando quiere escribir los magníficos trabajos que le han dado renombre universal.

Mi anhelo de entrevistarle era algo explicable: ¿Puede haber quien siguiendo el curso de los acontecimientos españoles no conozca la labor que en relación con ellos ha realizado Ernest Hemmgway? Cuando la ofensiva extranjera comenzó con su cruzada de atropello al pueblo español, llevando a los invasores hasta el Mediterráneo; cuando Inglaterra, vergonzosamente aceptaba en su pacto la intervención en España como aceptó el crimen de Etiopía; cuando se daba todo por perdido para la libertad de España, Heiningway, una tarde, se metió en un buque y se fuá a ver por sus propios ojos lo que pasaba. Hace apenas quince días que regresó. Por lo tanto, sus palabras y opiniones tienen el sello de lo visto, de lo real, de lo vivido.

Eran poco más de las siete y media de la mañana, cuando llegamos a la magnífica casa del novelista. Cuando le rogamos que nos atendiese, apareció en pijama, tendiéndonos la mano, fuerte y recia. Hemingway es un hombre con tipo de atleta,¡ de luchador de Greco-Romana, o de domador de fieras. Sus cuarenta años o algo más le dan expresión de madurez, tanto en la fisonomía como en las palabras. Empieza saludándonos afectuosamente en un magnífico español, a pesar de que nosotros le habíamos hablado en inglés, y al rogarle que nos concediese unos minutos para hablar de España y de la lucha de la misma por la libertad, nos dice:

—Con sumo gusto. Para España, para su pueblo, para cuanto se relacione con la lucha del pueblo español, estoy siempre dispuesto a hacer lo que esté a mi alcance.

—Muy bien, entonces, ¿querrá usted decirnos algo para los oyentes y lectores de las publicaciones de Editorial Facetas, en Cuba, relacionado con su último viaje a España?

—Ya lo creo. Puede decir, que yo salí para España a mediados de Marzo, cuando comenzó a quebrarse la línea de Aragón. Eran tan fantásticas las noticias que nos suministraban los diarios al servido de la invasión extranjera de España que, a pesar de que nosotros los del oficio conocemos bien su significado, me impresionaron. Y quise ir personalmente  a ver que había de cierto. Llegué a España casi cuando los invasores criminales llegaban al mar. Y pude constatar, una vez más, su fracaso.

Y digo fracaso, pese a algunas ventajas materiales obtenidas, porque el pueblo español supo rehacerse, supo mantenerse firme, y sabrá seguirlo haciendo. Esto es lo suficiente para llegar a obtener la victoria.

—¿Qué impresión causó en la España leal la llegada de los invasores al Mediterráneo y las victorias que pregonaban como en camino de obtener la rendición total?

—La impresión que ya sabemos: la de decidirse más que nunca a luchar por la libertad y la dignidad. Y visité todos los frentes de combate en Lérida, en Castellón, en Tortosa, en Teruel. No importa lo que suceda; puede usfed afirmar, porque así es la realidad, que los invasores podrán seguir tomando todo lo que puedan. Todo ello no los llevará nunca a la victoria. Al paso que van, para tomar el territorio español que les falta la guerra duraría diez años. Y puede que no dure ni diez meses más; el mundo civilizado, se ha dado cuenta ya de quienes son los que luchan en España y por lo que luchan. Por eso las cosas han variado tanto que yo he venido tranquilamente a colaborar aquí, convencido de que en España, pase lo que pase, se lo repito, la guerra no la perderá el pueblo español.

—¿Cuáles son los resultados de las enseñanzas de los hechos internacionales acaecidos últimamente en relación con la contienda española, examinados desde el punto de vista del pueblo leal de España?

—El problema es demasiado complejo. Hay una realidad: la España leal ha encontrado a un hombre que es su legítimo fruto. El doctor Negrín se agiganta por momentos, mientras que las sombras trágicas, negras, criminales de los invasores, se van mostrando cada vez más crudamente. El pueblo español sabe que está luchando, no sólo por su libertad sino por la libertad del mundo. Esta es una guerra de ideas en que las armas se están empleando monstruosámente contra un pueblo que ama la paz y la legalidad.

—¿Ha habido muchas dificultades en los Estados Unidos para su labor en favor del pueblo español?

—Pues... compañero, no tantas como las habidas o experirmentadas por otros compañeros en otros lugares. Pero también las he tenido; mis correspondencias, o despachos cablegráficos, se publican mutilados o no se publican; mis obras asustan a los editores, etc. Ahora mismo tengo escrita una obra teatral —"La Quinta Columna"— y anda en manos de editores. No sé aun quién la editará o si se representará en los Estados Unidos. Pero estoy escribiendo una serie de pequeñas novelas, con episodios de la contienda española que espero publicar próximamente.

—Realmente Mr. Hemingway, el pueblo español, el Gobierno de la República española, nunca podrán pagarle bastante la labor que usted ha realizado en favor de la causa por la cual ellos luchan.

—A mí no tiene que agradecerme nada el Gobierno de la República Española ni nada aspiro a que me pague; yo soy un ser humano que siente y lucha por la libertad. Sintiendo como tal ser humano y habiendo tenido la suerte de haber podido conocer al pueblo español, ¿qué mejor recompensa que hacerme eco de sus grandes merecimientos, de su heroísmo, de su derecho a una España libre como libre debe ser el mundo para que en él podamos vivir los seres como tales y no como rebaños de carrneros sometidos a los amos totalitarios?

Así terminaron nuestras palabras con el magnífico escritor. Ellas reflejan la opinión de un hombre de gran reputación en el mundo. Con sincero agradeciento para él mismo, las trasmitimos a nuestros oyentes y lectores.


Facetas de la actualidad española
La Habana, Cuba, Julio 1938










2146. ¿Qué es un "guerrillero"?

Ernesto Guevara de la Serna
(Rosario, Argentina, 14 de junio de 1928 - La Higuera, Bolivia, 9 de octubre de 1967)


Quizá no haya país en el mundo en que la palabra «guerrillero» no sea simbólica de una aspiración libertaria para el pueblo. Solamente en Cuba esta palabra tiene un significado repulsivo. Esta Revolución, libertadora, en todos sus extremos, sale también a dignificar esa palabra. Todos saben que fueron guerrilleros aquellos simpatizantes del régimen de esclavización española que tomaron las armas para defender en forma irregular la corona del rey de España; a partir de ese momento, el nombre queda como símbolo, en Cuba, de todo lo malo, lo retrógrado, lo podrido del país. Sin embargo, el guerrillero es, no eso, sino todo lo contrario; es el combatiente de la libertad por excelencia; es el elegido del pueblo, la vanguardia combatiente del mismo en su lucha por la liberación. Porque la guerra de guerrillas no es como se piensa, una guerra minúscula, una guerra de un grupo minoritario contra un ejército poderoso, no; la guerra de guerrillas es la guerra del pueblo entero contra la opresión dominante. El guerrillero es su vanguardia armada; el ejército lo constituyen todos los habitantes de una región o de un país. Esa es la razón de su fuerza, de su triunfo, a la larga o a la corta, sobre cualquier poder que trate de oprimirlo; es decir, la base y el substratum de la guerrilla está en el pueblo.

No se puede concebir que pequeños grupos armados, por más movilidad y conocimiento del terreno que tengan, puedan sobrevivir a la persecución organizada de un ejército bien pertrechado sin ese auxiliar poderoso. La prueba está en que todos los bandidos, todas las gavillas de bandoleros, acaban por ser derrotados por el poder central, y recuérdese que muchas veces estos bandoleros representan, para los habitantes de la región, algo más que eso, representan también aunque sea la caricatura de una lucha por la libertad.

El ejército guerrillero, ejército popular por excelencia, debe tener en cuanto a su composición individual las mejores virtudes del mejor soldado del mundo. Debe basarse en una disciplina estricta. El hecho de que las formalidades de la vida militar no se adapten a la guerrillera, que no haya taconeo ni saludo rígido, ni explicación sumisa ante el superior, no demuestran de manera alguna que no haya disciplina. La disciplina guerrillera es interior, nace del convencimiento profundo del individuo, de esa necesidad de obedecer al superior, no solamente para mantener la efectividad del organismo armado que está integrado, sino también para defender la propia vida. Cualquier pequeño descuido en un soldado de un ejército regular es controlado por el compañero más cercano. En la guerra de guerrillas, donde cada soldado es unidad y es un grupo, un error es fatal. Nadie puede descuidarse. Nadie puede cometer el más mínimo desliz, pues su vida y la de los compañeros le va en ello.

Esta disciplina informal, muchas veces no se ve. Para la gente poco informada, parece mucho más disciplinado el soldado regular con todo su andamiaje de reconocimientos de las jerarquías que el respeto simple y emocionado con que cualquier guerrillero sigue las instrucciones de su jefe. Sin embargo, el ejército de liberación fue un ejército puro donde ni las más comunes tentaciones del hombre tuvieron cabida; y no había aparato represivo, no había servicio de inteligencia que controlara al individuo frente a la tentación. Era su autocontrol el que actuaba. Era su rígida conciencia del deber y de la disciplina.

El guerrillero es, además de un soldado disciplinado, un soldado muy ágil, física y mentalmente. No puede concebirse una guerra de guerrillas estática. Todo es nocturnidad. Amparados en el conocimiento del terreno, los guerrilleros caminan de noche, se sitúan en la posición, atacan al enemigo y se retiran. No quiere decir esto que la retirada sea muy lejana al teatro de operaciones; simplemente tiene que ser muy rápida del teatro de operaciones.

El enemigo concentrará inmediatamente sobre el punto atacado todas sus unidades represivas. Irá la aviación a bombardear, irán las unidades tácticas a cercarlos, irán los soldados decididos a tornar una posición ilusoria.

El guerrillero necesita sólo presentar un frente al enemigo. Con retirarse algo, esperarlo, dar un nuevo combate, volver a retirarse, ha cumplido su misión específica. Así el ejército puede estar desangrándose durante horas o durante días. El guerrero popular, desde sus lugares de acecho, atacará en momento oportuno.

Hay otros profundos axiomas en la táctica de guerrillas. El conocimiento del terreno debe ser absoluto. El guerrillero no puede desconocer el lugar donde va a atacar, pero además debe conocer todos los trillos de retirada así como todos los caminos de acceso o los que están cerrados. Las casas amigas, y enemigas, los lugares más protegidos, aquellos donde se puede dejar un herido, aquellos otros donde se puede establecer un campamento provisional, en fin, conocer como la palma de la mano el teatro de operaciones. Y eso se hace y se logra porque el pueblo, el gran núcleo del ejército guerrillero, está detrás de cada acción. Los habitantes de un lugar son acémilas, informantes, enfermeros, proveedores de combatientes, en fin, constituyen los accesorios importantísimos de su vanguardia armada.

Pero frente a todas estas cosas; frente a este cúmulo de necesidades tácticas del guerrillero, habría que preguntarse: «¿por qué lucha?», y, entonces surge la gran afirmación: «El guerrillero es un reformador social. El guerrillero empuña las armas como protesta airada del pueblo contra sus opresores, y lucha por cambiar el régimen social que mantiene a todos sus hermanos desarmados en el oprobio y la miseria. Se ejercita contra las condiciones especiales de la institucionalidad de un momento dado y se dedica a romper con todo el vigor que las circunstancias permitan, los moldes de esa institucionalidad.»

Veamos algo importante: ¿qué es lo que el guerrillero necesita tácticamente? Habíamos dicho, conocimiento del terreno con sus trillos de acceso y escape, velocidad de maniobra, apoyo del pueblo, lugares donde esconderse, naturalmente. Todo eso indica que el guerrillero ejercerá su acción en lugares agrestes y poco poblados. Y, en los lugares agrestes y poco poblados, la lucha del pueblo por sus reivindicaciones se sitúa preferentemente y hasta casi exclusivamente en el plano del cambio de la composición social de la tenencia de la tierra, es decir, el guerrillero es, fundamentalmente y antes que nada, un revolucionario agrario.

Interpreta los deseos de la gran masa campesina de ser dueña, de la tierra, dueña de los medios de producción, de sus animales, de todo aquello por lo que ha luchado durante años, de lo que constituye su vida y constituirá también su cementerio.

Por eso, en este momento especial de Cuba, los miembros del nuevo ejército que nace al triunfo desde las montañas de Oriente y del Escambray, de los llanos de Oriente y de los llanos de Camagüey, de toda Cuba, traen, como bandera de combate, la Reforma Agraria.

Es una lucha quizás tan larga como el establecimiento de la propiedad individual. Lucha que los campesinos han llevado con mejor o peor éxito a través de las épocas, pero que siempre ha tenido calor popular. Esta lucha no es patrimonio de la Revolución. La Revolución ha recogido esa bandera entre las masas populares y la ha hecho suya ahora. Pero antes, desde mucho tiempo; desde que se alzaran los vegueros de La Habana; desde que los negros trataran de conseguir su derecho a la tierra en la gran guerra de liberación de los 30 años; desde que los campesinos tomaran revolucionariamente el Realengo 18, la tierra ha sido centro de la batalla por la adquisición de un mejor modo de vida.

Esta Reforma Agraria que hoy se está haciendo, que empezó tímida en la Sierra Maestra, que se trasladó al Segundo Frente Oriental y al macizo del Escambray, que fue olvidada algún tiempo en las gavetas ministeriales y resurgió pujante con la decisión definitiva de Fidel Castro es, conviene repetirlo una vez más, quien dará la definición histórica del «26 de julio».

Este Movimiento no inventó la Reforma Agraria. La llevará a cabo. La llevará a cabo íntegramente hasta que no quede campesino sin tierra, ni tierra sin trabajar. En ese momento, quizás, el mismo Movimiento haya dejado de tener el por qué de existir, pero habrá cumplido su misión histórica. Nuestra tarea es llegar a ese punto, el futuro dirá si hay más trabajo a realizar. Guerra y población campesina.

El vivir continuado en estado de guerra crea en la conciencia del pueblo una actitud mental para adaptarse a ese fenómeno nuevo. Es un largo y doloroso proceso de adaptación del individuo para poder resistir la amarga experiencia que amenaza su tranquilidad. La Sierra Maestra y otras nuevas zonas liberadas han debido pasar también por esta amarga experiencia.

La situación campesina en las zonas agrestes de la serranía era sencillamente espantosa. El colono, venido de lejanas regiones con afanes de liberación, había doblado las espaldas sobre las tumbas nuevas que arrancaba su sustento, con mil sacrificios, había hecho nacer las matas de café de las lomas empinadas donde es un sacrificio el tránsito a lo nuevo; todo con su sudor individual respondiendo al afán secular del hombre por ser dueño de su pedazo de tierra; trabajando con amor infinito ese risco hostil al que trataba como una parte de sí mismo. De pronto, cuando las matas de café empezaban a florearse con el grano que era su esperanza, aparecía un nuevo dueño de esas tierras. Era una compañía extranjera; un geófago local o algún aprovechado especulador inventaba la deuda necesaria. Los caciques políticos, los jefes de puesto trabajaban como empleados de la compañía o el geófago apresando o asesinando cualquier campesino demasiado rebelde a las arbitrariedades. Ese panorama de derrota y desolación fue el que encontramos para unirlo a la derrota, producto de nuestra inexperiencia, en la Alegría de Pío (nuestro único revés en esta larga campaña, nuestra cruenta lección de lucha guerrillera). El campesinado vio en aquellos hombres macilentos cuya barba, ahora legendaria, empezaba a aflorar, un compañero de infortunio, un nuevo golpeado por las fuerzas represivas, y nos dio su ayuda espontánea y desinteresada, sin esperar nada de los vencidos.

Pasaron los días y nuestra pequeña tropa de ya aguerridos soldados mantuvo los triunfos de La Plata y Palma Mocha. El régimen reaccionó con toda su brutalidad y el asesinato campesino se hizo en masa. El terror se desató sobre los valles agrestes de la Sierra Maestra y los campesinos retrajeron su ayuda; una barrera de mutua desconfianza asomaba entre ellos y los guerrilleros; aquéllos por el miedo a la represalia, éstos por temor al chivatazo de los timoratos. Nuestra política, no obstante, fue justa y comprensiva y la población guajira inició su viraje de retorno a nuestra causa.

La dictadura, en su desesperación y en su crimen, ordenó la reconcentración de las miles de familias guajiras de la Sierra Maestra a las ciudades. Los hombres más fuertes y decididos, casi todos los jóvenes, prefirieron la libertad y la guerra a la esclavitud y la ciudad. Largas caravanas de mujeres, niños y ancianos peregrinaron por los caminos serpenteantes donde habían nacido, bajaron al llano y fueron arrinconados en las afueras de las ciudades. Por segunda vez Cuba vivía la página más criminal de su historia: la reconcentración. Primero lo ordenó Weyler, el sanguinario espadón de la España colonial; ahora lo mandaba Fulgencio Batista, el peor de los traidores y de los asesinos que ha conocido América. El hambre, la miseria, las enfermedades, las epidemias y la muerte, diezmaron a los campesinos reconcentrados por la tiranía; allí murieron niños por falta de atención médica y de alimentación, cuando a unos pasos de ellos estaban los recursos que pudieron salvar sus vidas. La protesta indignada del pueblo cubano, el escándalo internacional y la impotencia de la dictadura en derrotar a los rebeldes, obligaron al tirano a suspender la reconcentración de las familias campesinas de la Sierra Maestra. Y otra vez volvieron a las tierras donde habían nacido, miserables, enfermos y diezmados, los campesinos de la Sierra. Si antes habían sufrido los bombardeos de la dictadura, la quema de su bohío y el asesinato en masa, ahora habían conocido la inhumanidad y barbarie de un régimen que los trató peor que la España colonial a los cubanos de la guerra independentista. Batista había superado a Weyler.

Los campesinos volvieron con una decisión inquebrantable de luchar hasta vencer o morir, rebeldes hasta la muerte o la libertad.

Nuestra pequeña guerrilla de extracción ciudadana empezó a colorearse de sombreros de yarey; el pueblo perdía el miedo, se decidía a la lucha, tomaba decididamente el camino de su redención. En este cambio coincidía nuestra política hacia el campesinado y nuestros triunfos militares que nos mostraba ya como una fuerza imbatible en la Sierra Maestra.

Puestos en la disyuntiva, todos los campesinos eligieron el camino de la Revolución. El cambio de carácter de que hablábamos antes se mostraba ahora en toda su plenitud: la guerra era un hecho, doloroso sí, pero transitorio; la guerra era un estado definitivo dentro del cual el individuo debía adaptarse para subsistir. Cuando la población campesina lo comprendió, inició las tareas para afrontar las circunstancias adversas que se presentarían.

Los campesinos volvieron a sus conucos abandonados, suspendieron el sacrificio de sus animales guardándolos para épocas peores y se adaptaron también a los ametrallamientos salvajes, creando cada familia su propio refugio individual. Se habituaron también a las periódicas fugas de las zonas de guerra, con familias, ganado y enseres, dejando al enemigo sólo el bohío para que cebaran su odio convirtiéndolo en cenizas. Se habituaron a la reconstrucción sobre las ruinas humeantes de su antigua vivienda, sin quejas, sólo con odio concentrado y voluntad de vencer.

Cuando se inició el reparto de reses para luchar contra el cerco alimenticio de la dictadura, cuidaron sus animales con amorosa solicitud y trabajaron en grupos, estableciendo de hecho cooperativas para trasladar el ganado a lugar seguro, donando también sus potreros, y sus animales de carga al esfuerzo común. En un nuevo milagro de la Revolución, el individualista acérrimo que cuidaba celosamente los límites de su propiedad y de su derecho propio, se unía, por imposición de la guerra, al gran esfuerzo común de la lucha. Pero hay un milagro más grande. Es el reencuentro del campesino cubano con su alegría habitual, dentro de las zonas liberadas. Quien ha sido testigo de los apocados cuchicheos con que nuestras fuerzas eran recibidas en cada casa campesina, nota con orgullo el clamor despreocupado, la carcajada alegre del nuevo habitante de la Sierra. Ese es el reflejo de la seguridad en sí mismo que la conciencia de su propia fuerza ha dado a los habitantes de nuestra porción liberada. Esa es nuestra tarea futura: hacer retornar al pueblo de Cuba el concepto de su propia fuerza, de la seguridad absoluta en que sus derechos individuales, respaldados por la Constitución, son su mayor tesoro. Más aún que el vuelo de las campanas, anunciará la liberación el retorno de la antigua carcajada alegre, de despreocupada seguridad que hoy ha perdido el pueblo cubano.


Ernesto Che Guevara, 1959