Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Juan Marinello. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Marinello. Mostrar todas las entradas

3218. Cultura en la España republicana


Frente de la Casa de Campo de Madrid, diciembre de 1936


Discurso pronunciado por el escritor cubano Dr. Juan Marinello en la recepción ofrecida en su honor por la "League of American Writers, en los Delphic Studios, New York, la noche del 18 de noviembre de 1937.

Parece que ante un público intelectual como éste lo que más importa al expresar una experiencia  sobre la trágica España actual, es informar sobre el modo en que entiende el gobierno del Frente Popular el problema de la cultura. Y claro está que al hablar aquí de cultura nos referimos al esfuerzo por el mejoramiento colectivo, es decir, al cultivo do las potencias y capacidades del hombre en su sentido lato. Entendido así ese comprometido término, estamos en realidad preguntándonos el modo con que enfrentan los dos bandos contendientes en España el problema de la vida misma.

Más que fas palabras de los líderes, siempre sospechosas de apasionamiento, y parcialidad, dicen los hechos de los bandos que representan. Los hechos de la España fascista, es decir de la porción de la península gobernada a contrapelo por Franco y sus aliados, dicen bien a las claras cómo no les importa ni poco ni mucho el cultivo del espíritu, la superación por la cultura. Yo he advertido en gente nada extremista un grande asombro por los decretos en que Franco, estimando un lujo demasiado costoso la enseñanza pública, suprimía cincuenta institutos de segunda enseñanza. Yo creo que en verdad no hay razón para tal asombro. ¿Qué intentan los del bando franquista? Simplemente mantener una realidad económica que, vuelta contra el pueblo, se desentiende lógicamente del interés por su mejoramiento,  La España de Franco no pretende sino la continuación de la España pre-republicana, es decir, de una realidad nacional de raíces feudales interesada en mantener a la masa popular en la ignorancia. La España leal, perfectamente representada en el gobierno del Frente Popular, no intenta otra cosa que romper esa feudalidad, obra muy modesta por cierto y que es la que impone esta etapa del progreso histórico español. Y esa feudalidad no se quiebra en definitiva sin el cultivo, sin el mejoramiento de la masa que la sufre.

Consecuentemente con este propósito central, la España republicana ha realizado la tarea, que yo creo uno de los más altos ejemplos de nuestra época, de destruir construyendo, de atacar con inigualado coraje a los ejecutores del designio feudal sin olvidar un instante la transformación mental del pueblo que dominan sus armas. Hay que meditar un poco en la reponsabilidad gravísima a que hizo frente la República Española el día del golpe faccioso. El gobierno surgido de la entraña popular significaba el impulso céntrico de la nación hacia una vida de mejor justicia, hacia la superación universal de lo español. Y ahora, por obra de los enemigos del pueblo, se ponía en peligro no sólo el intento superador sino lo que de admirable e inigualado había ido dejando el espíritu de España a través de los siglos. Los generales facciosos no sólo significaban en su intención el reniego del empuje cultural de la patria sino que destruían con sus bombas y cañones los mejores ejemplos históricos de la cultura de España.

La República, atacada en la entraña, tenía que realizar en medio de la guerra más feroz, esta obra en verdad gigantesca: defender a toda costa los monumentos de la cultura pasada, es decir mantener, a precio de su mejor esfuerzo, la continuidad de la cultura española y, al propio tiempo, haciendo bueno su carácter, su misma razón de existencia, tenía que transformar la orientación de esa cultura. Las dificultades para realizar la tarea magna requerían muy altas, capacidades de respeto y de técnica: una masa popular de tan fina percepción que entendiera, en medio de las rudezas bélicas, la importancia de la defensa cultural y un grupo de hombres de alta calidad científica que supiera, sin vacilaciones ni precipitaciones, adecuar el torrente superador de la cultura hispánica a las exigencias de un presente que es casi futuro. Ambas cosas, poseyó la República.

Veamos la obra de la República en la primera de estas dos grandes responsabilidades: en lo que toca a la conservación del tesoro cultural español. En esto campo ha tenido el gobierno de la España leal una doble tarea a su cargo: proteger los monumentos escultóricos y arquitectónicos así como las bibliotecas y los archivos de la acción de la metralla fascista y obtener el respeto por los libros y objetos de arte puestos a la mano del pueblo. En ambas direcciones la comprensión del fenómeno de la cultura ha ido del brazo del buen ímpetu de renovación social.

Son incontables los casos en que la aviación o la artillería facciosas han escogido deliberaamente para destruir los centros de cultura o monumentos notables. Ahí están el bombardeo de la Biblioteca Nacional, del Museo del Prado, del Instituto Cajal, del Museo de Arte Moderno, del Instituto Escuela, de la Escuela de Bellas Artes, del Jardín Botánico, del Instituto de San lsidro, del palacio del Infantado, del Palacio de Liria, de la pila bautismal de Cervantes y del sepulcro de Cisneros. Las escuelas atacadas por el plomo cavernario son incontables. Sólo en Madrid han sufrido sus efectos catorce grupos escolares. Es interesante advertir como los resultados de la continuada agresión son de poca cuantía. Ello se ha debido no sólo a la rapidez y eficacia en la contestación del ataque sino principalmente al cuidado puesto por salvar monumentos, edificios, libros y documentos de la furia enemiga. El día 23 de Julio de 1936, en seguida de estallar la insurrección facciosa, atendió el Gobierno a la organización de una Junta encargada de la defensa de los elementos de cultura atacados o puestos en peligro. La obra de esa Junta que en Febrero del 37 se transformó en el Consejo Central de Anchivos, Bibliotecas y Museos, ha sido en verdad meritísima. Quien haya visto Madrid lo sabe bien. Cuanto de valor notable o eminente contenían las bibliotecas y los museos matritenses está a buen recaudo. Será inútil todo esfuerzo por su destrucción. Y aquellos monumentos que por su tamaño, no han podido llevarse a subterráneos seguros han sido encerrados en verdaderas fortalezas donde dormirán defendidos hasta el día de la victoria.

No hay que decir que en una situación de renovación social que significa por su esencia el mando de los que hacen la renovación con sus manos y con su sangre, nada significaría el interés gubernamental sin la colaboración de los soldados del pueblo. Puede afirmarse que no se hubiera salvado la cultura española en sus más logradas representaciones si el hombre del pueblo no se hubiera movilizado en su servicio. No es cosa de repetir aquí las ocasiones numerosas en que los defensores de la República han puesto en peligro sus vidas por impedir la destrucción o el deterioro de libros, esculturas, cuadros o documentos. ¡Y esto lo realiza una masa humilde a la que el enemigo tiene por primaria y salvaje...!

El que visita la España trágica de hoy queda admirado del respeto casi religioso con que el verdadero pueblo trata cuanto tenga valor de cultura. Puedo decir de mi experiencia que en Valencia y Madrid viví en casas de la vieja nobleza convertidas hoy en lugares de refugio y descanso de los soldados del Ejército Popular y de responsables de organizaciones sindicales y políticas. En esos palacios abundaban los objetos valiosos por su mérito artístico o por el precio de su materia. Todos estaban a la mano de hombres rudos y sencillos venidos de la fábrica o de la campiña. Por meses vi como aquellos objetos, mirados y examinados por todos, quedaban en sus puestos sin excepción. Hasta los retratos familiares de condes y marqueses permanecían, como el día que huyeron sus dueños, sobre las cómodas y las mesas de noche. Ni aún las ropas, que bien necesitan a veces los habitantes actuales de esos palacios, han sido movidas de los armarios.

Yo quiero deciros una ocurrencia de mi estancia española, que me parece, por el contraste que significa, del mejor relieve sintomático. Visitaba yo en compañía de algunos jóvenes cubanos cubanos, ahora oficiales en el Ejército Popular Español, la ilustre Alcalá de Henares. Entramos en el Convento de las Carmelitas Descalzas, convertido en cuartel por necesidades de la guerra.  Las camas de los soldados poblaban todos los locales. Junto a ellas, objetos de oro, plata y piedras preciosas, con libros de muy alto valor. Pregunté a un grupo de soldados por qué razones cuidaban con tanto respeto objetos y libros. Me contestó uno por todos: "Muchas de estas cosas no sabemos justamente lo que representan o valen. Los libros, escritos en latín o en el castellano de otras épocas, no los entendemos, pero nuestros jefes nos han dicho que es necesario conservar todo esto para que cuando llegue la victoria haya sufrido lo menos posible la cultura de España"... Salimos del convento y nos dirigimos a la Universidad famosa. Imaginad la ilusión de un hombre de libros al saberse a dos pasos del patio en que discurrieron como estudiantes Tirso de Molina, Nebrija y Antonio Pérez, Quevedo y Moreto, Pérez de Montalván y Arias Montano, Figueroa el Divino, San Ignacio de Loyola y Lope de Vega... Y suponed  el efecto que causaría en mi espíritu contemplar el patio insigne despedazado por la metralla fascista. El soldado del Convento de las Carmelitas Descalzas era la voz del pueblo auténtico entendiendo su marcha hacia un mañana de justicia. Aquel patio que simbolizaba la cultura de España, era la prueba y la acusación de una España vencida que quiere en su huida despedazar a su enemigo verdadero: el espíritu de liberación que late y triunfa bajo toda cultura que merezca tal nombre.

La conservación y cuidado de los valores culturales nacionales toca a veces en la España leal a extremos que para el observador miope parecerían sentimentales o románticos. No hay tal. Ocurre simplemente que el Gobierno del Frente Popular entiende que cuanto en algún aspecto significa exaltación ejemplar de las calidades españolas debe conservarse primero y entregarse al pueblo después. Detrás de los soldados vencedores de Brihuega marcharon con Javier de Winthuysen los técnicos de jardinería con objeto de subsanar de inmediato los desperfectos que la terrible batalla hubiera podido causar en los famosos jardines ahora entregados al cuidado y a la delectación de todos los españoles.

Pero no todo ha sido conservar lo existente. Precisaba, lo hemos dicho, variar de curso las ricas aguas tradicionales, Todo lo salvado se ha puesto a disposición del pueblo. Acaba de ver la luz en Valencia un precioso folleto en el que, con la decisiva elocuencia de los hechos, se contestan a las mal intencionadas razones del sabio Don Miguel Artigas, ex-Director de la Biblioteca Nacional de Madrid y ahora servidor lamentable de Franco y sus aliados extranjeros. Por este folleto de la Junta Central del Tesoro Artístico, se prueba decisivamente como, por obra del gobierno popular, la guerra española en vez de traer la destrucción de la cultura que los facciosos quieren, ha venido a significar su verdadero acrecentamiento, poniendo frente a todos los ojos, materiales valiosísimos hasta hace poco en manos indoctas y codiciosas. Más de setenta bibliotecas particulares, que sumadas significan medio millón de volúmenes, no son ya pertenencia de aristócratas engreídos y rencorosos; once mil cuadros, incluyendo Murillos, Zurbaranes, Velázquez, Grecos, Goyas, Dureros y Holbeins; más de cien mil objetos de escultura y más de dos mil tapices de los palacios de Madrid y El Pardo y de la Catedral de Cuenca (sin duda la colección de tapices más rica del mundo) son ahora verdadera riqueza española, es decir, patrimonio cierto del pueblo de España. El señor Artigas convoca a los hispanistas del mundo para que lloren con él la pérdida imaginaria de las fuentes de la cultura hispánica. El gobierno del Frente Popular llama a la gran familia hispanista, a Huntington, a Croce, a Farinelli, a Fitz-Gerald, a Coster, a Espinosa, a Schevill, a Martinenche, a los Thomas, a Vossler, a Pfand, para que acudan a Madrid a penetrar en tesoros desconocidos o prohibidos en el fondo de bibliotecas particulares y ahora recogidos, clasificados y catalogados científicamente para el usufructo de todos.

Yo puedo en este punto decir algo de mi propia experiencia. Todo el tiempo que residí en Madrid lo viví en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, instalada en el que fue palacio de los excondes de Heredia Espinola. Cuando el pueblo entró en el palacio se abrieron las puertas de una biblioteca de incalculable riqueza que, al decir de los servidores de la casa, estaba tapiada para propios y extraños desde hacía cinco años. Esa misma familia había tenido secuestrada al interés de sabios y curiosos durante treinta años y en los sótanos del Banco de España, entre manuscritos inestimables de Quevedo, Lope, Moreto, los procesos de los judíos toledanos del siglo XVI, tesoro jamás tocado por nadie. Todo eso, y hablo solo de un caso entre mil, del que me tocó observar de cerca, es hoy tesoro público.

No puede hablarse de la democratización de la cultura sin realizar dos cosas: el aumento de instituciones de enseñanza y una organización pedagógica y económica que permita a todos el acceso a estas organizaciones. No hay que encarecer la dificultad y el mérito que significa atender a estos dos problemas en medio de la más cruel de las agresiones. El gobierno del Frente Popular ha creado, en el tiempo que anda la guerra, 5.500 escuelas, construido 275 nuevos edificios escolares, creado 1200 escuelas especiales para milicianos, analfabetos, y editado, entre cartillas y libros de lectura, más de seiscientos mil ejemplares. Dar cuenta de la modernización del servicio de bibliotecas requeriría un tiempo del que no disponemos. Baste decir que el viejo sistema de agrupar gran cantidad de ejemplares en dos o tres grandes bibliotecas se está transformando en el sistema de distribución científica a numerosas bibliotecas creadas, los depósitos que funcionan en las ciudades de mayor importancia. Al dejar yo España se habían invertido para dotar el depósito instalado en Valencia dos millones y medio de pesetas. Este depósito, como otros que se están creando en ciudades de primer rango, se ocupará de la provisión de las bibliotecas provinciales, comarcales, municipales y rurales que deben funcionar obligatoriamente en cada provincia, comarca, municipio o barrio rural, cuidándose de que la cultura general quede atendida sin perjuicio del tipo especial de conocimientos que cada lugar exija. Todo ello sin perjuicio de reorganizar con criterio modernisímo las bibliotecas de los centros de segunda enseñanza y de crear las bibliotecas escolares, de las que ya funcionan buen número. 

La enseñanza media y superior tropieza en una situación bélica con un obstáculo de mucha monta: los que han de recibirla son, por su edad, los llamados a tomar las armas. Dentro de lo posible el gobierno del Frente Popular ha removido el gran obstáculo. En las universidades e institutos españoles funcionan cursillos intensivos que permiten ultimar bachilleratos y carreras facultativas sin afectar el servicio militar. En muchas ocasiones profesores y examinadores acuden cerca de las trincheras para que padezca lo menos la defensa nacional. Y teniendo conciencia clara de que los estudios así realizados no pueden cumplir exactamente su función, se establece que terminada la contienda, vuelvan los estudiantes a las aulas a realizar estudios complementarios que los capaciten definitivamente.

La reforma educacional de mayor importancia que ha realizado la República es sin duda la creación y organización de los llamados Institutos para Obreros. Puede afirmarse que es esta obra la más notable transformación educacional realizada hasta ahora en España. Interesantes son las disposiciones que  posibilitan la fácil llegada a los estudios universitarios de los trabajadores de quince a treinta y cinco años. El examen en un sólo acto, tan propicio al error y la injusticia queda sustituido por una convivencia de seis meses entre profesores y alumnos, lo que permite una selección afincada en el perfecto conocimiento de las capacidades del aspirante. La brevedad del bachillerato estará determinada, mediante cursos intensivos por la posibilidad de asimilación  y aprovechamiento de cada alumno. Pero lo que es en verdad excepcional es que el Estado llame a todos los trabajadores a los estudios superiores, encargándose no sólo de la manutención del obrero estudiante , sino de la de todas aquellas personas que, viviendo de su esfuerzo, quedan desvalidas por su ingreso en los Institutos. El día que dejaba yo la ciudad de Barcelona se fiaban profusamente en las fachadas de sus casas unos enormes carteles invitando a todas las organizaciones proletarias a que propusieran al gobierno los nombres de sus miembros interesado en seguir estudios superiores. Desde ahora, rezaban los carteles,  la cultura no es un problema de economía sino de capacidad ¡Eran los días en que Franco declaraba, clausurando gran cantidad de instituciones educacionales, que la enseñanza y la cultura eran lujos demasiados caros para tiempos de guerra...!

La investigación científica como todo trabajo de orden superior  continúa con intensidad y eficacia en la España leal. La Junta para Ampliación de Estudios ha mantenido su excelente rendimiento. El  asedio de Madrid ha hecho trasladar a Valencia todos los materiales de estudios necesarios a la Junta. Las publicaciones del prestigioso organismo no se han interrumpido.

Ahí están las obras de Cuatrecasas y de Sánchez Cantón. La Revista de Filología Española, el Archivo de Arte y Arqueología, la Revista Emérita y otras publicaciones han continuado apareciendo. Los trabajos de Botánica, Zoología, Mineralogía y Geología han seguido su curso; los laboratorios de investigaciones biológicas, fisiología, metalografía y matemáticas han continuado su obra; el Instituto de Física y Química mantiene su vitalidad y prestigio.

La continuidad en las labores de la alta cultura tiene un hondo significado simbólico. Habla muy alto no solo de la abnegación de los sabios españoles sino de la inusitada comprensión e inteligencia del proletariado español. Recordaré siempre la palabra emocionada con que el ilustre Navarro Tomás me narraba los sacrificios y peligros sin cuento afrontados por los obreros tipógrafos de Madrid a fin de no interrumpir, bajo la metralla facciosa, las publicaciones de la Junta para Ampliación de Estudios. Admiraba el sabio filólogo como los obreros de la Imprenta Rivadeneyra, situada en la zona más castigada por el plomo fascista, no dejaron ni un día de acudir al trabajo. Lo verdaderamente admirable, me decía Navarro Tomás, es que aquellos hombres, empeñados por su misma condición popular en una lucha de vida o muerte, acudiesen como a una obligación irrenunciable y urgente a componer libros tan lejanos al momento que vivían como el "De virginitate beatae Mariae" de San Ildefonso y artículos tan inactuales como los publicados en la revista Emérita.

A otro extremo por último, atiende el gobierno de la República: a rodear al productor intelectual de condiciones favorables para la investigación y la creación. La Casa de la Cultura de Valencia dice mucho en este sentido. Allí encuentra el intelectual de toda especialidad y filiación elementos de trabajo amplios y bastantes, pero, al propio tiempo, su admisión en dicha casa significa la atención por el Estado de sus necesidades vitales. Sólo se pide una  postura antifascista, connatural de la propia condición de intelectual honesto. No podrá olvidárseme la tarde en que visité a Don Antonio Machado, Presidente de la Casa de la Cultura en su bella casa de Rocafort. El gran poeta que por larguísimos años, bajo gobiernos reaccionarios y anti-españoles conoció la miseria y la angustia, disfruta hoy del bienestar que merece la lealtad popular de su talento.  La seguridad, el sosiego de su vida han permitido al poeta, ya en la ancianidad, un renacimiento inesperado de mensajes y capacidades.

Una charla descosida, alterada por la emoción que este acto significa para mí, no es el informe que yo quisiera y que vosotros merecéis. Bien lo sé. No habremos perdido sin embargo la ocasión ni el tiempo si de mis dichos nace robustecida la fe en un gran pueblo que ahora lucha por todos nosotros, ya que somos hombres amenazados de injusticia y además gente de libros, es decir, luchadores por una cultura exaltadora y transformadora del hombre.


Spanish Information Bureau, New York, 1937











2525. Policarpo Candón, soldado del Pueblo

Ya no vive Policarpo Candón. Gentes que le vieron muerto sobre el mismo campo de batalla lo atestiguan. Ha quedado rota prematuramente una existencia preciosa, una energía entera y osada, una fuerza llamada a grandes destinos. Con esta muerte queda quebrado el más singular ligamen entre la España y la Cuba populares. Porque Candón era al morir el cubano de mayor graduación y autoridad en el Ejército Popular y él significaba y exaltaba como nadie una profunda identificación entre masas lejanas en la geografía y cercanísimas en la avidez de la justicia.

Candón era nuestro pueblo valeroso y alerta unido con la España universal de ahora. Pero era esa unidad en su mejor significado, en su más hondo sentido. Porque Policarpo Candón era raigalmente hombre-pueblo y su carrera de superaciones múltiples señalaba un caso ejemplar. Nacido en la invalidez y la miseria, acechado por todas las tentaciones, víctima de todas las injusticias, fué ascendiendo en sí mismo hasta ver claro su camino, hasta descubrir una verdad que sólo el pueblo puede imponer. La gran lucha española lo encontró ya soldado del pueblo. Eso ha sido hasta su muerte, de modo insuperable. Ese será su recuerdo trascendente. Así, soldado del pueblo gustaba mucho de llamarse el mismo. Soldado del pueblo en la más honda y lata significación: hombre venido de la masa, —en Cuba, en España, en China, en la India... fiel a su origen y a su destino; hombre lo bastante fuerte para desembarazase de un peso de siglos y lo bastante libre para llegar a sus hermanos y quitarles de los hombros el mismo peso. Pueblo vencedor por su dolor claro, por' su impulso insobornable al mal y a la violencia. Pueblo salvador de su fuerza y dueño de ella. 

Yo no puedo imaginar inerte, ni aún en la tierra ensangrentada de su gloria, a Policarpo Candón. Su recuerdo me llega siempre cargado de impetuosa y vigilante actividad. Cierto que lo vi en días duros y grandes del Madrid insuperable, al frente de sus muchachos prodigiosos. Abrazó al Comandante Candón, jefe de la Primera Brigada Móvil de Choque, en un cuartel modelo que llevaba, por razones de justicia y de amistad fiel, el nombre de Pablo de la Torriente Brau. Todo un día pasamos juntos, andando y hablando; andando por entre los pabellones relucientes del cuartel; hablando sobre los rumbos de la guerra española y el presente cubano. Confortaba y mejoraba oír a Policarpo Candón. Era la fe que no confía demasiado, el optimismo lastrado de preocupaciones, el impulso audaz, rico de recelos útiles. Parecía, por todo ello, hecho para mucho tiempo, nacido para dominar y mandar en firme, para apuntalar de cautelas defensivas lo que ganase su mano de héroe. Por ninguna parte sé le veía el fracaso ni el filial anticipado. Y ha muerto en la plenitud de sus potencias, —a la misma edad que Pablo de la Torriente Brau, su gran amigo entrañable - el primero entre sus soldados de choque. Muerte de sesgo irónico, vencedora de la fuerza y de la astucia, del arrojo y de la ciencia, del cuidado y del descuido. Sólo una muerte así pudo contra tal hombre. 

Llegará el día en que haya de escribirse largo y bien de Policarpo Candón. Entonces será un capítulo obligado el que diga su camaradería con Pablo de la Torriente. Tengo en mi poder un cuaderno íntimo de Pablo, sus notas de cada día, de cada hora, de cada minuto. El nombre de Candón salta por todas las páginas como el de un hermano admirado y querido. Se anotan sus frases, sus hazañas, sus gestos. Hay una devoción entrañada, unísona, por el Jefe amigo. Candón era para Pablo un pedazo de Cuba dando un ejemplo de valor y calidad guerrera, un aliento cubano anticipado a su rol isleño. En mis largas conversaciones con Candón sólo se le ensombrecía el rostro y se le alteraba la voz dura cuando recordaba a Pablo. De él supe mil cosas sobre la acción de nuestro gran camarada y los detalles precisos de su muerte en acción dirigida por Candón sobre las nieves ingratas de Romanillos. La memoria de Pablo era un culto enérgico y vivaz en el cuartel que llevaba su nombre. Como para que todos lo supieran, Candón había hecho pintar en la alta tapia que miraba hacia Alcalá el nombre del amigo en enormes letras rojas. A sus tres mil muchachos heroicos (Brigada de choque en la División de choque del "Campesino") se les hablaba de Pablo y de sus hechos diariamente. Pablo era para ellos la representación perfecta, ejemplar, de la ayuda, internacional a España, de la solidaridad popular con el gran pueblo en armas. Candón era aquella misma ayuda, aquella solidaridad cálida, por el costado guerrero. En aquella gran casa de la justicia, sus tres mil habitantes vivían con la mente en una isla lejana que había dado a su obra una gran pluma y una gran espada. Ser cubano allí, en medio de aquellos leones adolescentes, era una gloria y un orgullo. 

Ahora la gran espada duerme junto a la pluma poderosa. Para hablar de la vida y de la muerte del soldado sólo era buena aquella pluma ennoblecida en igual obra y quebrada por la misma injusticia. Ella está muerta también, como la mano pura que la empuñaba. Callemos la nuestra. Callémosla en el dolor de su pobreza y de su infidelidad. Y reposémolas en el orgullo de aquella sangre y de esta, de la de Pablo, de la de Policarpo, pioneros de una unidad superior, de una justicia cabal que ganó en ellos, por aquella pluma, por aquella espada, la más ilustre hazaña. 


Juan Marinello
Facetas de Actualidad Española núm. 12, año 1, abril de 1938, Habana, Cuba.










2425. La verdad del pueblo español




Venimos hoy, a instancia cordial del "Diario Español del Aire", a decir palabras breves en el segundo cumpleaños de la lucha española. Hace dos días decíamos que lucha como ésta no admite ni precisa aniversarios. Porque los aniversarios, o no son nada, o son recuento de lo realizado, de lo obtenido, de lo dejado de obtener. Y en la guerra española, como que anda por medio una cuestión intemporal por eterna, es decir, una razón central de Justicia, las fechas pierden su condición actual de escalones del juicio. Ahora, al cumplirse dos años, como si mañana venimos aquí a señalar el tercero, las cosas seguirán en su punto, en el punto de justicia de que no pueden salirse. Y si venimos dentro de un año, vendremos como ahora a festejar, sobre la sangre y las lágrimas el triunfo del pueblo.

Es del todo explicable que para los fachistas los aniversarios, como la geografía, sean cosa de mucha monta y echen las campanas al vuelo porque al llegar el mes 25 de la guerra de España tengan bajo su fuerza, no en su poder, numerosas ciudades insignes. Para los fachistas, como para los ladrones, la hora, el tiempo, es cosa importante. Como que el tiempo marea el amanecer, el mediodía y el crepúsculo. Para el pueblo el tiempo es nada porque su justicia, es su misma voz y su propia existencia, no lo sería si admitiese medidas cronológicas. Ya decía el domingo, en el acto magno de "La Polar" el Embajador Gordon Ordáx, que allí donde, como en Galicia, señorean la tierra los ejércitos de Hitler y de Mussolini (ya sabemos que Franco no es nadie entre su gente) no han podido lograr los opresores un instante de sosiego. En cada ceja de monte gallego, como en cada cueva de la Asturias recóndita, velan ojos sin sueños, ejecutores magníficos del querer español. Eso podrá ocurrir sobre toda la tierra sagrada de España. Pero esta tierra es sagrada porque jamás sobre ella han dormido los hombres en la vergüenza de la esclavitud extraña. Y los hombres que pelean hoy, bajo el mando de Miaja o del guerrillero oscuro e insigne de la cueva asturiana o del monte de Galicia, decidieron hace tiempo destruir la esclavitud de adentro, la del latifundista y del señorito, la del espadón y la del canónigo.

Cuando el pueblo español se decidió, en el más ejemplar de los comicios, a vivir en libertad verdadera, el pasado español, la dura mano encomendera que conoció y rechazó nuestra América, se supo definitivamente vencida en el solar de su injusticia. Por eso entregó el mando a la más poderosa representación universal de su impulso antihumano. Andaba por el mundo, resentida y agresora, en su ademán final, aquella fuerza que maltrató a Las Casas, fusiló a Rizal y asesinó a José Martí. Los ejecutores de García Lorca se entendieron a maravilla con los perseguidores de Enstein, de Tomás Mann y Freud, con los torturadores de Thaelman y de Von Ossietezky, con los asesinos de Matteoti. Bien sabían los generales traidores que en aquel gesto impar del pueblo de España, en aquel modo bellísimo de cambiar la esclavitud por la dignidad, trabajaba aquella gana de libertad en que se halla la cultura y en que el hombre se transforma y crece. Había que impedir a toda costa la libertad, la cultura, la transformación y el crecimiento del español. Y como no tenían potencias bastante para impedirlo por sí, se entendieron con los que tenían en el mundo el triste papel de mutilar al hombre.

Y ésto quiere decir, mejor que todas las explicaciones teóricas, como España es, —destino apropiado a las gentes que vienen de Cervantes, de Goya, de Served, de Suárez y de Vitoria— la encargada de pelear por nosotros en la trinchera más difícil y sangrienta. Hace dos años ahora que esa trinchera es una de las líneas directrices de la Historia. Por eso, por ser nuestra y por ser de todos, por arrancar de Madrid, de Valencia y de Barcelona para marcar el camino del Mundo, no importa demasiado si su defensa es victoriosa o fracasada. Esa gran batalla se ofrece fuera del lindero geográfico y más allá, lo hemos dicho, de la medida del tiempo. Si el pueblo español, afincado en su dolor de siglos, juró la libertad como modo de vida, la libertad será larga, invencible, como la vida del pueblo español. El dominio de la fuerza no puede contra la vida. Bien lo saben los pueblos hispánicos de América que vencieron a los Queipos, Francos y Molas de sus tiempos. La lucha de ahora es de más honda humanidad, va más allá en su noble ambición; es la vida misma en el impulso por realizarse. Frente a esta lucha, ¿qué puede ser una ciudad perdida, un combate desdichado o un aniversario de su inicio?

En el peor momento de su vida militar, perseguido por la derrota y arruinado por la enfermedad, después de Pativilca, alguien preguntó a Bolívar, que ya no tenía ni ejército, ni fuerza física, ni amigos, qué había que hacer. En su lecho de enfermo, sin fuerzas para incorporarse, el Libertador dijo, sencilla y naturalmente: Pues una sola cosa: ¡Vencer! Y Bolívar venció, no tanto por sí, y era fuerza grande la de un hombre que hace en la derrota su fé, sino por el ímpetu popular que pedía caminos de ascensión. El pueblo de España ni está arruinado en su fuerza como Simón Bolívar, ni está solo en su tragedia. No decimos que va a vencer; aseguramos que ha vencido ya. Y en su triunfo, triunfo sobre aniversarios, lágrimas y sangre, está el nuestro, el de los pueblos que tuvieron un hombre que, como los españoles de hoy, no fiaron en la contingencia, sino en la verdad. Alquí nos reuniremos dentro de un año a festejar esa verdad triunfante: una verdad sobre pies firmes; la verdad del pueblo que habrá comenzado al fin, la carrera que no tiene final. 


Juan Marinello
La Habana, 19 de Julio de 1938

Publicado en Facetas de la actualidad Española, núm. 4, agosto de 1938









2418. La verdad del pueblo español




Venimos hoy, a instancia cordial del "Diario Español del Aire", a decir palabras breves en el segundo cumpleaños de la lucha española. Hace dos días decíamos que lucha como ésta no admite ni precisa aniversarios. Porque los aniversarios, o no son nada, o son recuento de lo realizado, de lo obtenido, de lo dejado de obtener. Y en la guerra española, como que anda por medio una cuestión intemporal por eterna, es decir, una razón central de Justicia, las fechas pierden su condición actual de escalones del juicio. Ahora, al cumplirse dos años, como si mañana venimos aquí a señalar el tercero, las cosas seguirán en su punto, en el punto de justicia de que no pueden salirse. Y si venimos dentro de un año, vendremos como ahora a festejar, sobre la sangre y las lágrimas el triunfo del pueblo.

Es del todo explicable que para los fachistas los aniversarios, como la geografía, sean cosa de mucha monta y echen las campanas al vuelo porque al llegar el mes 25 de la guerra de España tengan bajo su fuerza, no en su poder, numerosas ciudades insignes. Para los fachistas, como para los ladrones, la hora, el tiempo, es cosa importante. Como que el tiempo marea el amanecer, el mediodía y el crepúsculo. Para el pueblo el tiempo es nada porque su justicia, es su misma voz y su propia existencia, no lo sería si admitiese medidas cronológicas. Ya decía el domingo, en el acto magno de "La Polar" el Embajador Gordon Ordáx, que allí donde, como en Galicia, señorean la tierra los ejércitos de Hitler y de Mussolini (ya sabemos que Franco no es nadie entre su gente) no han podido lograr los opresores un instante de sosiego. En cada ceja de monte gallego, como en cada cueva de la Asturias recóndita, velan ojos sin sueños, ejecutores magníficos del querer español. Eso podrá ocurrir sobre toda la tierra sagrada de España. Pero esta tierra es sagrada porque jamás sobre ella han dormido los hombres en la vergüenza de la esclavitud extraña. Y los hombres que pelean hoy, bajo el mando de Miaja o del guerrillero oscuro e insigne de la cueva asturiana o del monte de Galicia, decidieron hace tiempo destruir la esclavitud de adentro, la del latifundista y del señorito, la del espadón y la del canónigo.

Cuando el pueblo español se decidió, en el más ejemplar de los comicios, a vivir en libertad verdadera, el pasado español, la dura mano encomendera que conoció y rechazó nuestra América, se supo definitivamente vencida en el solar de su injusticia. Por eso entregó el mando a la más poderosa representación universal de su impulso antihumano. Andaba por el mundo, resentida y agresora, en su ademán final, aquella fuerza que maltrató a Las Casas, fusiló a Rizal y asesinó a José Martí. Los ejecutores de García Lorca se entendieron a maravilla con los perseguidores de Enstein, de Tomás Mann y Freud, con los torturadores de Thaelman y de Von Ossietezky, con los asesinos de Matteoti. Bien sabían los generales traidores que en aquel gesto impar del pueblo de España, en aquel modo bellísimo de cambiar la esclavitud por la dignidad, trabajaba aquella gana de libertad en que se halla la cultura y en que el hombre se transforma y crece. Había que impedir a toda costa la libertad, la cultura, la transformación y el crecimiento del español. Y como no tenían potencias bastante para impedirlo por sí, se entendieron con los que tenían en el mundo el triste papel de mutilar al hombre.

Y ésto quiere decir, mejor que todas las explicaciones teóricas, como España es, —destino apropiado a las gentes que vienen de Cervantes, de Goya, de Served, de Suárez y de Vitoria— la encargada de pelear por nosotros en la trinchera más difícil y sangrienta. Hace dos años ahora que esa trinchera es una de las líneas directrices de la Historia. Por eso, por ser nuestra y por ser de todos, por arrancar de Madrid, de Valencia y de Barcelona para marcar el camino del Mundo, no importa demasiado si su defensa es victoriosa o fracasada. Esa gran batalla se ofrece fuera del lindero geográfico y más allá, lo hemos dicho, de la medida del tiempo. Si el pueblo español, afincado en su dolor de siglos, juró la libertad como modo de vida, la libertad será larga, invencible, como la vida del pueblo español. El dominio de la fuerza no puede contra la vida. Bien lo saben los pueblos hispánicos de América que vencieron a los Queipos, Francos y Molas de sus tiempos. La lucha de ahora es de más honda humanidad, va más allá en su noble ambición; es la vida misma en el impulso por realizarse. Frente a esta lucha, ¿qué puede ser una ciudad perdida, un combate desdichado o un aniversario de su inicio?

En el peor momento de su vida militar, perseguido por la derrota y arruinado por la enfermedad, después de Pativilca, alguien preguntó a Bolívar, que ya no tenía ni ejército, ni fuerza física, ni amigos, qué había que hacer. En su lecho de enfermo, sin fuerzas para incorporarse, el Libertador dijo, sencilla y naturalmente: Pues una sola cosa: ¡Vencer! Y Bolívar venció, no tanto por sí, y era fuerza grande la de un hombre que hace en la derrota su fé, sino por el ímpetu popular que pedía caminos de ascensión. El pueblo de España ni está arruinado en su fuerza como Simón Bolívar, ni está solo en su tragedia. No decimos que va a vencer; aseguramos que ha vencido ya. Y en su triunfo, triunfo sobre aniversarios, lágrimas y sangre, está el nuestro, el de los pueblos que tuvieron un hombre que, como los españoles de hoy, no fiaron en la contingencia, sino en la verdad. Alquí nos reuniremos dentro de un año a festejar esa verdad triunfante: una verdad sobre pies firmes; la verdad del pueblo que habrá comenzado al fin, la carrera que no tiene final. 


Juan Marinello
La Habana, 19 de Julio de 1938

Publicado en Facetas de la actualidad Española, núm. 4, agosto de 1938








1955. Dos pláticas con Julio Alvarez del Vayo II



Uno de los espectáculos más interesantes de la España actual es el mitin. A él se acude a esclarecer los problemas que plantea la urgencia trágica de la guerra. Muy poco tienen que ver estas asambleas vigilantes y exigentes con el mitin de paz bueno para la propaganda consabida y la parrafada madre del aplauso fácil. Para eso no se juntan hoy en España ni los más desaprensivos ciudadanos. Los carteles que anuncian un mitin precisan las cuestiones que van a ser tratadas en él y nadie sería capaz de plantear cosa que no estuviese en la necesidad común. Los discursos son en realidad informes estrictos, maduros y contrastados. Lo que se consigna en una intervención puede ser, debe ser, puesto en obra al día siguiente.

Estamos en el teatro Capitol, el más amplio de Valencia. Hay en él un público entusiasta, impaciente, militante; el mismo espíritu, la misma gente que en las trincheras. Son miles de muchachos espigados y vivaces que han hecho de la guerra su razón de vida. Yo contemplo a mis anchas sus caras ansiosas, febriles, voraces. Les está llegando la hombría con la tragedia. El fuego activo y limpio le sale por los ojos: quisieran aplastar en un solo día a todos los enemigos, castigar en una sola noche a todos los traidores. Son miembros de las Juventudes Socialistas que han organizado este mitin para oír a Alvarez del Vayo que va a hablarles sobre la unidad política del proletariado frente a la guerra.

La impaciencia se rompe de improviso en una ovación estruendosa, prolongada, frenética. Es que Pasionaria ha entrado en la sala. Con su nobilísima estampa maternal, su sencillo traje negro, su sonrisa buena y su ademán elegante pasa hacia el escenario. Le acompaña Checa, esmirriado, huesudo, transparente en su camisilla de mangas cortas según la usanza veraniega. Al tomar asiento los líderes bajo los gigantescos retratos, otra ovación. Ahora ha llegado Alvarez del Vayo, Comisario General de Guerra. Salta a la tribuna sin transición y comienza la lectura de un trabajo meduloso, estricto, circunstanciado, concluyente. Aunque está concebido a mil leguas de los recursos oratorios, la masa juvenil le escucha con atención vivísima y lo ratifica en cada extremo con aplausos cálidos. Al final se desborda la adhesión en vivas y cantos.

Damos la mano al Comisario. Cambiamos algunas frases sobre los puntos culminantes de su informe. Me recuerda que tenemos iniciada una conversación que no debe quedar trunca. La vez pasada, dice, hablamos sobre el Ejército Popular y sobre el momento internacional. Estaría bien charlar mañana sobre cuestiones políticas. Sobre el tema de mi discurso de hoy hay tanto que decir...

Al día siguiente, sin ceremonias ni esperas, nos recibe Alvarez del Vayo en su oficina privada. El ambiente, como días atrás, es optimista, confiado. Las armas republicanas continúan su avance poderoso, la sensibilidad mundial sigue inclinándose hacia la justicia del pueblo español. Sobre una y otra cosa hablamos brevemente. Después, recae la plática sobre el asunto más vívidamente político del momento, la unificación de los partidos obreros. No hay cartel de calle que no aluda en estos días a este entendimiento; no hay publicación política que no discuta su pertinencia, no hay conversación privada en que no ocupe buen espacio. Rogamos al Comisario que nos diga su criterio, nos precise y amplíe sus argumentos del mitin del Capitol. Toma la palabra, ahora con un gesto un poco profesoral.

—Usted sabe, comienza, que yo he sido uno de los más obstinados defensores de la unidad. Ello me ha costado ataques e ironías. No me han importado mucho porque mi convencimiento es arraigado, profundo. Ahora, claro está, es una necesidad perentoria que imponen la guerra y el futuro inmediato de España. Mi convicción no parte de esta urgencia. Ya en 1924 defendía yo en el seno de mi partido, el Socialista, la más estrecha inteligencia con el Partido Comunista. A medida que la reacción se abría paso en todas partes y que el rumbo de la política mundial nos advertía q. [sic] el fachismo no era un fenómeno aislado circunscrito a las condiciones peculiares de ciertos países, sino la expresión más agresiva y bárbara del capitalismo de la postguerra y tan universalmente como él, me parecía el reagrupamiento de las fuerzas marxistas tan indispensable como la coordinación de las dos Internacionales en la lucha contra la guerra, a la que el fachismo, asfixiado por las contradicciones internas, tenía fatalmente que conducir...

— [¿] Y ese criterio suyo, interrumpimos, ha contado de viejo con las simpatías de las masas socialistas?

—Sí. El movimiento de octubre y la represión que trajo consigo dieron un formidable impulso a la unidad. Usted sabe hasta donde el U.H.P. llegó a ser entonces la más popular de las consignas. Desde entonces cuando en el orden nacional o internacional abogaba yo por la unidad, sentía las masas socialistas detrás de mí. Así pude, en noviembre de 1934, en la reunión del Ejecutivo de la Internacional Obrera Socialista, poner mi firma al pie de la declaración de los ocho partidos que se pronunciaban por la unidad de acción con la Tercera Internacional en la lucha inmediata contra la amenaza de guerra, a pesar de que se tratase de coaccionarme aduciendo que no tenía mandato al efecto... Me sentía investido del mandato superior de la inmensa mayoría de los socialistas españoles y eso valía para mí más que un papel escrito, con sellos y todo…

—Y ahora, [¿] puede decirse que haya corrientes contrarias a la unidad?

—Existen, pero sin fuerzas para impedirla. El mejor registro de la voluntad mayoritaria de las masas socialistas es que hoy ningún dirigente osaría subir a la tribuna para impugnar de frente el Partido Único. Pero, además, ¿qué argumentos podría esgrimir? El proceso de nuestra lucha, mírese desde dentro o desde fuera, impone su integración como una necesidad inaplazable. Únicamente la existencia de un partido del proletariado, potente por sus efectivos y por el acierto y la claridad de su dirección, que sepa ir a donde debe ir y hasta donde debe ir puede asegurar el ritmo justo para adelantar la guerra sin retroceder en la revolución y para avanzar la revolución sin comprometer la victoria…

— [¿] Crée [sic] usted entonces que la formación del Partido Único revitalizaría la acción guerrera y centraría eficazmente el impulso revolucionario de España? En ese caso, no integrar la unidad sería un grave peligro…?

—No integrarla sería dejar de cortar a tiempo corrientes negativas... Integrarla, asegurar el triunfo del pueblo. Hace días hablamos extensamente de la eficacia actual de nuestras tropas. La obra realizada por nuestros soldados es en verdad gigantesca, pero es mayor la que les queda por cumplir. A nadie asusta ya en España esta dura verdad: la guerra será empeñada y larga... Su duración plantea un serio problema político: a medida que la lucha se alargue será necesario una fuerza aglutinante de las energías antifachistas; esta fuerza no puede ser otra que el Partido Único. Crearlo es dar a la política de guerra el instrumento más seguro para su realización afortunada, es poder ir derechamente a una labor de gran envergadura en la retaguardia que asegure al pueblo que se bate no sólo la asistencia y la cooperación efectiva de todos sino la entrada en un régimen social digno del sacrificio generoso de sus vidas.

Cuando el Comisario termina su animado parlamento tenemos lista una cuestión importante que plantearle. Pocos hombres en España tan diestros para resolverla. La formación de un solo Partido marxista, le decimos, no podría significar en lo exterior una calificación determinada de la lucha española, un nuevo pretexto para los recelos y expectaciones [sic] culpables…?

La pregunta no toma sin bagaje específico a mi interlocutor. Repentinamente dice: 

—Los pretextos no faltarán mientras se les quiera enarbolar... Nosotros debemos actuar sobre realidades aunque sin olvidar el buen efecto político. La verdad es que el empeoramiento de la situación internacional reclama que estrechemos aceleradamente nuestras filas. Cada resquebrajamiento que se produce del lado nuestro alienta los bajos designios de los que, encubiertos en una política de aparente neutralidad, jugando a la paz con la guerra y capitulando un día y otro ante las fuerzas de la reacción, no ven otro medio de acallarlas que engolosinándolas con la anulación de nuestra victoria. No creen en el triunfo militar de nuestros enemigos y especulan con el colapso de nuestro frente interno. Es su máxima esperanza y se comprende que nuestras diferencias los regocije [sic] y estimule. La creación del Partido Único del proletariado como eje vital de nuestro proceso asestaría a estas maniobras del fachismo internacional y de sus vergonzosos aliados y cómplices el golpe de gracia.

—¿Y ya están trazadas, interrogamos, las líneas de acción del Partido Único?

—La elaboración del programa, dando por segura su integración, es cosa esencial. Precisa asegurar la homogeneidad ideológica y táctica de dirección y métodos, atendiendo principalmente a convertir al Partido Único en el instrumento eficaz de la victoria. Este programa ha de empezar por establecer una concepción clara del sentido de la guerra. Sobre cual [sic] debe ser, ya conoce usted mi criterio. Debe asegurarse, en segundo término, el más enérgico y decidido apoyo al Gobierno del Frente Popular. El enemigo está en acecho para renovar sus embestidas al menor debilitamiento del Frente. No basta dejar de combatir al Gobierno. Hay que apoyarlo y poner a diario todo el peso de la autoridad y de la competencia para que salve las dificultades en que se encuentre. Debemos darlo todo a su mayor eficacia...

Hay una pausa impuesta por el ajetreo burocrático. Al final de ella, el Comisario reanuda la exposición sin vacilaciones:

—Durante años, yo he asistido a las discusiones de los círculos de emigrados antifachistas. Teóricamente había que reconocer a veces la justeza de ciertas posiciones defendidas en amargas e interminables controversias, pero al final siempre pensaba yo que un sentido más agudo de la realidad política y, sobre todo, una cohesión mayor de las fuerzas proletarias en sus respectivos países les hubiera seguramente librado de aquel exámen [sic] a posteriori alrededor de una mesa de París sobre quien [sic] debía cargar con el peso del error... Yo no quiero una cosa semejante ni para mí ni para mi pueblo… Ahora estamos a tiempo de asegurar el triunfo.

—[¿] Qué otras labores esenciales habría de tener en cuenta el Partido Único?

—En el órden [sic] interno dos muy importantes, a mi juicio. Limpieza inexorable de la retaguardia y acertada y clara política económica de guerra. En cuanto a la primera debo decirle que es innegable que todo el pueblo está con nuestra causa, pero también es cierto, cosa humana, que no todo el mundo siente la guerra con igual intensidad. Hay que coordinar del mejor modo las actividades útiles e impedir, sobre todo, que el peso de la guerra caiga sobre un gruyo de españoles mientras otros vegetan en la apatía o se aprovechan del heróico [sic] esfuerzo ajeno... En esto toda energía será poca... Le decía que hay que definir e imponer una buena política económica de guerra. Ello es también indispensable. Hay que terminar de una vez con el dislate de los experimentos parciales absurdos, en los q. [sic] no va sólo la riqueza del país sino el prestigio mismo de ciertas iniciativas que se cubren bajo el manto de revolucionarias. Para completar un buen programa yo incorporaría las reivindicaciones de las Juventudes que, además de estar contribuyendo a la defensa de la nación con la pérdida de sus mejores vidas, son el elemento más precioso en la obra de reconstrucción de la España grande de mañana.

—Y en el terreno de las relaciones internacionales [¿] qué pautas podrían trazarse al Partido Único?

El Comisario me mira un instante con sus ojos ingenuos de miope. Después dice: 

Por lo pronto, apoyo y solidaridad a la U.R.S.S. No hay que rebuscar a estas alturas los motivos de su identificación y de su asistencia. Es la Unión Soviética y se conduce como tal. Su política exterior, inspirada en los dos grandes principios de paz y de la autodeterminación libre de los pueblos marca, entre inexplicables claudicaciones, la única trayectoria consecuente y clara. Al segundo día de triunfar la revolución, el 8 de noviembre de 1917, la fijó con oferta de paz a todos los gobiernos beligerantes. Política de respeto a la libre autodeterminación de los pueblos, llevada a la práctica apenas anunciada. No es un mero ademán de propaganda o de hábil captación. Quince años después se confirma en el artículo 17 de la nueva Constitución Soviética. Política de paz que se inaugura en 1918 y que alcanza su manifestación más grandiosa en el caso de España y cuyas imprecaciones a veces irónicas y sangrientas, siempre firmes y leales, oye el pueblo español a través de la voz de Maisky, entre el derrumbamiento deleznable del Comité de No Intervención.

De los principios programáticos pasamos a cosas menos altas, pero importantes en política. ¿No hay en los partidos marxistas recelo de posibles absorciones realizada la unidad? ¿No existen diferencias hondas de modo de ser, de visión y práctica, entre el militante comunista y el socialista? Nos extendemos en el análisis. Al terminar, el Comisario luce su firme optimismo: 

Yo creo, dice, que el ejemplo del Partido Socialista Unificado de Cataluña nos resuelve bien todas estas dudas naturales. En ese Partido figuran un buen número de socialistas de ayer. En verdad, vistas las cosas sin prejuicios, las diferencias reales entre un comunista y un socialista pueden y deben servir no como disociación sino como complemento. Tradición y experiencia del lado socialista, dinamismo y acometividad del lado comunista. Hay en mi Partido millares de militantes que constituyen legítimamente su timbre de honor. Camaradas a los cuales las fases más duras de la historia política española de los últimos veinticinco años los ha encontrado imperturbables en sus puestos de combate. Son de seguro las comunistas los primeros en valorar el caudal de experiencia que tales militantes pueden aportar al Partido Único. Ningún socialista puede seriamente enfocar el porvenir del Partido Único como una máquinaria [sic] absorbente cuyo engranaje no ha de tener otra virtud que la de desplazarle e inutilizarle. Las tareas que nos esperan requieren la utilización de los cuadros actuales aprovechables, en ambos partidos y de algunos más. 

Mientras el Comisario habla pensamos en que fuera de los Partidos marxistas hay en España una considerable masa obrera que sigue caminos propios. No ya una común orientación política, cosa de momento imposible, pero ni siquiera la verdadera unidad sindical se ha podido integrar en España en momentos tan difíciles como los que corren. Decimos nuestra curiosidad al Comisario. Contesta: 

En mí, y lo he declarado con mi firma en “Claridad” se encontrará siempre el más amplio espíritu para lograr la acción conjunta de las organizaciones proletarias, aún las más apartadas del camino marxista. Yo creo que la C.N.T. debe ser llamada a participar en toda obra de interés nacional incluso lo que signifique participación directa en el gobierno del país. El proceso de incorporación de la C.N.T. a las responsabilidades del Estado tiene demasiada trascendencia histórica para que nadie pueda desdeñarlo. Pero, eso sí; entra en el Gobierno para que la organización acate como un solo hombre los acuerdos que se tomen. No es mucho pedir. La participación ministerial exige adhesión leal y total, no sólo de los elementos que figuran en el Gobierno sino de todos los que militan bajo el mismo signo… En cuanto a ciertas especies propagadas con buena o mala intención que quieren presentar al Partido Único como interponiéndose en el camino de la unidad sindical, hay que salirle al paso enérgicamente. Si queremos Partido Único es porque deseamos verdadera unidad proletaria; y esta no puede existir sin la unidad sindical. Yo creo que el Partido Único es el mejor auxiliar, el mejor camino, para esa unidad sindical, tan imperiosamente necesaria. Los recelos a este respecto no tienen derecho a existir. Los compañeros de la C.N.T. deben saber de una vez por todas que esperamos su colaboración para integrar una vigorosa unidad sindical.

Nos levantarnos. Nos despedimos del Comisario; le decimos de nuestra inmediata vuelta a América. Esto no acaba sino que desvía el diálogo. La estancia en México como Embajador de la República Española ha vinculado fuertemente a Alvarez del Vayo a nuestras tierras. Sigue apasionadamente, con su pupila hecha a juzgar los más lejanos panoramas, nuestro camino social. Me va preguntando ansiosamente por cosas y gentes de México; después, por el presente cubano. Hablamos después sobre los españoles de América y su actitud hacia España. Volvemos a caer en México. El Comisario evoca emocionado los días pasados allí como Embajador español. 

No sabe usted, termina, qué alegría me ha sido en los días más duros de esta guerra que nos ha sido impuesta, el ver desde el primer momento al pueblo mexicano, con su presidente y su gobierno, a nuestro lado. Para mí era una alegría descontada. Directamente, a lo largo del recuerdo de conversaciones inolvidables, yo había podido penetrar, en mis días de México, la honda amistad del Presidente Cárdenas por la España republicana y progresiva. Fiel a su sentido de justicia y a su auténtica postura revolucionaria, el Presidente Cárdenas seguía desde la proclamación de la República los esfuerzos del pueblo español por arribar a un régimen de justicia social y de real decoro. En cuanto al pueblo mexicano, tengo grabadas para siempre en mi espíritu las muestras de adhesión no sólo sentimentales sino políticas de las grandes masas campesinas y obreras con las que mantuve por dos años un contacto ideológico que reflejaba la compenetración más absoluta entre los dos pueblos hermanos...

Hablo al Comisario de la actitud de pueblos pequeños y pobres como el cubano, de su fervosa [sic] adhesión a la causa del pueblo español. 

Conozco perfectamente, nos dice, esa actitud en verdad magnífica, y que tanto compromete nuestros frentes por la libertad de España... 

Surge el nombre de Pablo de la Torriente-Brau, para quien tiene Alvarez del Vayo, la más respetuosa devoción. 

Estoy perfectamente enterado, —termina— de que existen en Hispanoamérica millones de hombres y de mujeres que siguen como cosa propia nuestra guerra de independencia... El pueblo español se siente comprendido y alentado por los pueblos hispanoamericanos y sabe la tortura que para muchos de nuestros hermanos de allí constituye la distancia... Yo quiero realzar con gratitud el significado del reciente acuerdo de la Cámara colombiana, que tan leal y acertadamente recoge el sentimiento de las muchedumbres americanas hacia el caso español. Es este un hispanoamericanismo auténtico, de nuevo estilo, a flor de pueblo y que supera, por su grandeza y trascendencia, las declaraciones de las Cancillerías.

Otra despedida, sin ceremonia ni retórica… Un fuerte estrechón de manos y echamos a andar por los pasillos del Comisariado. A pocos pasos encontramos al hijo de Maroto luciendo su uniforme de soldado regular. 

— [¿] Y tu padre?

—Trabajando. Anda todavía por los frentes del Sur...


Juan Marinello
Dos pláticas con Julio Álvarez del Vayo
España 1937