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3099. Lo que piensa hacer la República con los palacios de la monarquía




El Patrimonio de la República representa un tesoro incalculable 

Desaparecida la Monarquía española, los que fueron bienes de la Corona, o mejor dicho, Patrimonio Real, han pasado a ser Patrimonio de la República. Primero se hizo cargo de ellos una Comisión incautadora, hasta que en abril último ha quedado constituido el "Consejo de Administración del Patrimonio de la República", que depende también de la Dirección General de Propiedades. 

Son de muy diversa condición los bienes de la República y constituyen un tesoro tan fabuloso, que nadie se ha atrevido a valorar. Hay encerrados en los palacios objetos de valor inapreciable, que, sin duda, no tienen igual en el mundo. 


¿Cuáles son los bienes de la República? 

En lo que fue Real Sitio de El Pardo posee la República, además del Palacio Real, que contiene una valiosísima colección de tapices y muebles de la época, otros cuatro palacetes, que fueron en otro tiempo recreo de príncipes. Los nombres de La Quinta, El Chalet, La Casita y La Zarzuela, están ya incorporados a la Historia de España.La iglesia de El Pardo es también propiedad de la República y una considerable cantidad de casas, alquiladas en su mayor parte a los empleados del citado ex Real Sitio. 

En Aranjuez posee, además del Palacio, la llamada Casita del Labrador y los jardines famosos, una considerable extensión de terreno convertida en huerta y varias casas. 

En El Escorial, el Palacio de Felipe II, a más del Monasterio, Panteones y también algunas casas repartidas por la población.

En La Granja posee el Palacio y jardines en los que culmina el máximo afrancesamiento que representó el reinado de Felipe V.

Los pinares de San Ildefonso constituyen también para la República una considerable riqueza forestal.

En Sevilla disponían los reyes del Alcazar, los jardines y varias casas alquiladas a particulares. Como al implantarse la República el Gobierno provisional cedió el Alcázar al Ayuntamiento de aquella población, sólo han quedado incorporados al Patrimonio los jardines y las casas.

En Baleares cuenta con un Palacio y el famoso castillo de Bellver.

La parte del patrimonio sita en Madrid, que ya había sido disminuida durante la monarquía en beneficio del Estado y del Municipio, lo ha sido aún más al proclamarse la República, puesto que la Casa de Campo fue cedida al Ayuntamiento para recreo y expansión del pueblo de Madrid.

El palacio y el coto de Riofrío también son propiedad de la República, y aún no sabe el Consejo de Administración qué destino ha de darse a estas fincas. El verano anterior, por disposición del Gobierno se alojaron en el citado palacio varias colonias escolares.

En cuanto al coto de Gredos, en el que no existe palacio, sino simplemente un refugio, que servía de alojamiento al rey y a su séquito, parece seguro que se encargará de él el Patronato Nacional de Turismo a fin de que sea conocida aquella sierra que es uno de los lugares más pintorescos del mundo. 

El palacio de Oriente completa el cuadro de joyas artísticas patrimonio de la República española. 

Los palacios de Pedralbes, Miramar y La Magdalena, situados en Barcelona. San Sebastián y Santander, no han pertenecido nunca al Patrimonio Real, sino que eran propiedad particular del ex rey

El Estado español se Incautó de ellos, y en el palacio de Pedralbes, cedido a Barcelona, hay ya instalada una magnifica residencia de señoritas estudiantes.


Miles de millones en joyas de arte 

—¿Cuánto valdrán los bienes que constituyen el Patrimonio de la República? 

Pregunta es esta a la que nadie nos ha sabido contestar. Quizá pudiera llegarse a una tasación de las fincas rústicas, las casas y aun de los palacios, dejando a un lado, naturalmente, el valor moral, y ateniéndose sólo al valor intrínseco. 

¿Pero quién se atrevería a aventurar una cifra sobre lo que hay encerrado en estos palacios? ¿Qué precio se puede poner a una colección de Gobelinos, a los cuatro Stradivarius, a las quince Tablas de Juan de Flandes, al "Felipe de Borgoña" de Van der Veyden? Es de todo punto imposible, como es imposible también valorar hasta las alhajas cotizables. Repasando los inventarios se observa que figuran los objetos con diferentes tasaciones. Por ejemplo, un relicario cuajado de diamantes, aparece justipreciado el año 1910 en 124.000 pesetas; seis años después, en 262.000 pesetas, y todavía hay al margen una nota a lápiz que dice que ambos tasadores se han quedado cortos. 


El presidente del Consejo de Administración del Patrimonio de la República habla del empleo que se ha de dar a dichos bienes 

Inmediatamente después de proclamarse la República —dice el señor Bugeda— los bienes del que fue Patrimonio de la Corona pasaron a depender de la Dirección general de Propiedades, la cual nombró una Comisión incautadora, que cumplió a maravilla su cometido; pero dada la cuantía y diversidad de los bienes era menester disponer de un organismo más amplio y, a este fin, responde el recientemente nombrado Consejo de Administración del Patrimonio de la República, organismo dependiente de la Dirección general de Propiedades, compuesto de catorce consejeros, un presidente y un secretario, perteneciente al Cuerpo de Abogados del Estado.

El Consejo tiene actualmente como asesor general a don Manuel B, Cossio.

 —¿Qué labor inmediata se propone realizar este organismo? 

—Hasta ahora apenas ha tenido tiempo de otra cosa que de constituirse. De aquí en adelante acometerá la ímproba tarea de organizar en debida forma el tesoro inestimable que representa el Patrimonio de la República. 

—¿Qué piensa hacer el Consejo de los palacios reales? 

—Aun no está decidido plenamente. El Palacio Nacional, abierto ya al público, es casi seguro que se convierta en Museo. Es menester que todo el mundo, conozca el tesoro artístico encerrado en el ex regio alcázar. 

—Y el palacio de la Granja ¿Se va a convertir en residencia veraniega del Presidente?

—Sí, esto ya está decidido. Allí se instalará el Presidente de la República durante el verano y la Casa de Oficio servirá de alojamiento al personal civil y militar del Jefe del Estado. 

Hay que realizar en el citado palacio de la Granja importantes reformas, pues debido al incendio del año 18 y al estado de abandono en que lo tenían los ex reyes lo hemos encontrado, en una situación verdaderamente lamentable. 

—Y el palacio de Riofrío, ¿seguirá destinado al alojamiento de colonias escolares? 

—De eso aún no se ha tratado definitivamente. Con arreglo a la ley el Gobierno puede decidir sobre el destino que ha de darse a este palacio. Desde luego el Consejo de Administración vería con buena simpatía que se destinase como el año pasado, al alojamiento de estas colonias.

—¿Y en Aranjuez y El Pardo? 

—Lo más probable es que estos palacios se destinen al fomento del turismo. En el de El Pardo se podía crear un Museo del Tapiz; pero aún no está resuelto. Los palacetes es posible que se destinen a fines culturales. Desde luego el Consejo está decidido sostener la parte artística del Patrimonio con el rango que merece y a hacer que los tesoros de la República sean conocidos no sólo en toda España, sino en el mundo entero. 


La parte prosaica del Patrimonio 

—¿Qué harán ustedes con las pequeñas fincas, casas, huertas, etcétera, etcétera? 

—Desde luego explotarlas de manera racional, si es posible directamente Interesando a los obreros en la empresa y procurando sacar el mayor rendimiento posible, a fin de poder aumentar la retribución de los empleados del Patrimonio, que es en la actualidad muy escasa. 

A este fin hemos comenzado a revisar los arrendamientos de fincas rústicas y urbanas. El producto de las flores y frutos de Aranjuez también se destinará a mejorar la situación de los empleados. Nadie tiene idea de los sueldos miserables que venían cobrando los empleados de la antigua Casa Real. La República tiene intención de ser más generosa. 

—Claro — continúa el señor Bugeda— que tampoco producían antes las fincas lo que era justo. Los arrendatarios pagaban antes por huertas productivas y alquileres de casas relativamente buenas unas cantidades irrisorias. El Consejo de Administración tiende a poner en orden todo esto. 


La biblioteca 

—¿A qué piensa dedicar el Consejo la biblioteca del Palacio de Oriente? 

—Aun no está decidido; pero es posible que se dedique a altos estudios, pues evidentemente no es una biblioteca popular. Actualmente los bibliotecarios que nos ha enviado el Ministerio de Instrucción Pública se están dedicando a una intensa labor de catalogación, puesto que no estaba hecha. Es sin duda, después de la Nacional, la mejor biblioteca de España, Cuenta con más de trescientos mil volúmenes y las encuadenaciones constituyen verdaderas joyas. 

Allí se ve claramente toda la evolución de la encuadenación y hay libros que representan verdaderos tesoros. 


Un tesoro en frascos antiguos 

Otro tesoro representa la Farmacia de Palacio, además de una de las cosas más curiosas con que contará el futuro Museo de la República. 

Colocados en maravillosa anaquelería, se ven los más caprichosos tarros de transparente porcelana del Retiro, única colección que existe en España, junto a los de Talavera y otros de incalculable valor, procedentes de la antigua fábrica de cerámica de La Granja, Todos ostentan coronas, escudos de armas, leyendas y máximas.

Hay además plantas medicinales de  todas clases, y una habitación llamada "Cuarto de las quinas" ofrece al visitante curiosidades sin fin. 

De todo posee la República en este vastísimo patrimonio, que representa miles de millones. Desde palacios imperiales adornados de objetos preciosos, hasta huertas y casitas humildes repartidas por los que fueron sitios reales, y que rentan un insignificante puñado de pesetas al año. 


Desde el punto de vista turístico 

—En este respecto el Consejo aún no ha decidido nada. El señor Ramos, subsecretario de la Presidencia, que forma parte del Consejo como presidente del Patronato Nacional de Turismo, es el encargado de proponer al Consejo las Iniciativas que estime oportunas. 

El Consejo se reune con mucha frecuencia y todos sus miembros, con un desinterés y entusiasmo verdaderamente admirables, están dispuestos a laborar sin descanso por la buena administración de los bienes de la República. 


*


«La República podría preparar una ruta turística sin igual en el mundo»

Don Ramón del Valle-Inclán, nombrado conservador general del Patrimonio Artístico de España, sueña con hacer de los Reales Sitios una ruta turística sin igual en el mundo. Con su palabra cálida y maravillosa nos va descubriendo lo que él cree que debe hacer la República en el aspecto estético. 

—El Palacio de Oriente y los antiguos Sitios Reales —El Escorial, El Pardo, Aranjuez y La Granja— requieren una dirección atenta, no solo a conservarlos en su ser natural, sino a depurar y resaltar su significación histórica y artística. El Palacio de Oriente, repito, los Reales Sitios y los Alcázares de Toledo y Segovia pudieran constituir el núcleo turístico más significativo de España. ¡Y todo ello en un radio que no pasaría de 80 kilómetros!

—¿No seguirían adscritos los Alcázares de Toledo y Segovia a la función que hoy tienen? 

—¡Claro! —responde don Ramón—. Pero rescatados algunos salones, para decorarlos con tapicería, armas, muebles y cerámica de la época de los trastamaras. 

—¿Un poco en forma de museo? 

—Sí; pero bien entendido que en ningún caso habían de colocarse los objetos hacinados, dando la impresión de Exposición, sino procurando una impresión emocionada de lo que fueron nuestras artes suntuarias en aquella hora singular del genio español que cifró la trina influencia: cristiana, arábiga y caldea. A esta evocación que asigno a los Alcázares se une la máxima evocación de los ámbitos de Segovia y Toledo. El Escorial, calificada prenda de aquella jactancia imperial y austera con que se agigantó el alma nacional durante los Austrias, daría constancia de otro de los más significados momentos de la Historia de España, cuando la piedra berroqueña —la materia propia y germina de la arquitectura nacional— se define colmada de eternidad y de belleza hispánica. Paralelamente, la lengua de Castilla lograba su más alta expresión en el libro de «Los nombres de Dios». 

—Y , naturalmente, ¿El Pardo…?

—Con su severa arquitectura —ataja don Ramón—, en soledades de encinar y olivar, completa la evocación de aquel período austríaco que, con sagaz conocimiento, califica el cultísimo Azaña de «larga digresión». ¡Hora cesárea, enorme y colonial, más extranjera al sentimiento hispano que el imperial Gobierno de Roma! 

—¿Y los palacios de La Granja, Oriente y Aranjuez? 

—Estos, con sus perfiles de afrancesamiento y cortesana ceremonia, tan reveladores del cambio que nos trajeron los últimos reyes extranjeros, completarían la alta lección de lo que han sido las tres dinastías: Trastamaras, Austrias y Borbones. En La Granja culmina el máximo afrancesamiento, que representa el reinado de Felipe V . En el Palacio de Oriente, la conjunción de las influencias italiana y francesa, trascendidas a unidad por las sugerencias que fatalmente impuso el medio nacional. En Aranjuez habría de procurarse colmar de sentido histórico su gracia romántica, creando un museo evocador de aquel período que corre desde la abdicación de Carlos IV hasta el destierro de la Reina Gobernadora. Pudieran llevarse a este museo los cuadros de Bayeu, de López, de Esquivel, de Villamil, de Lucas y de tantos otros, repartidos en la actualidad sin discernimiento por las oficinas de Intendencia y oscuridades de sótanos y corredores. 

—¿Le parece a usted bien que en Riofrío se disponga alojamiento para colonias escolares? 

—No, de ningún modo. Sería echar a perder el Patrimonio, sin provecho para nadie. Pues ni aun los niños se encontrarían bien, ya que esos palacios se construyeron para un fin completamente distinto. Convertir los que fueron Sitios Reales en asilos, cantinas escolares, reformatorios y hospicios constituiría una barbaridad, solo comparable con la que se cometió en tiempos de Mendizábal convirtiendolas iglesias en cuarteles. ¡Se cubriría de oprobio el régimen republicano! En Riofrío se puede y se debe hacer un museo de cacerías. Sobra material y quedaría maravilloso solo con reunir allí una colección de armas —que la hay variada y numerosa—, tapices alusivos, trajes, etc., etc. 

Don Ramón queda un momento pensativo, sin dejar de acariciarse la barba, y poco después añade: 

—Sería de un efecto magnífico que dentro de poco, con motivo del aniversario de la Constitución, por ejemplo, se invitase a venir a España a algunos representantes de los pueblos de habla española. Para entonces ya debería estar dispuesta esta gran ruta turística que yo imagino, y estos pueblos quedarían maravillados al conocer el tesoro del país que les dio su lengua, su espíritu y su civilización. Pero si los que fueron Reales Sitios están llamados a convertirse en instituciones de caridad, mi ánimo se consterna, porque esto me parece un utilitarismo más repugnante que la furia destructora de Atila. Atila, llorón y humanitario, dedicado a las obras de misericordia.


Josefina Carabias
Ahora, 5 de Junio de 1932











2533. ¿Fascismo o comunismo? Una entrevista a Valle-Inclán




Hay dos conceptos en el mundo que están en crisis: el capitalismo y la democracia burguesa.  Cuando se habla de crisis no se quiere significar que han agotado sus posibilidades, sino simplemente que en su forma actual no pueden existir y es necesario un cambio, no sólo de postura, sino de estructura. Conviene que el lector no confunda el valor y alcance de estos dos vocablos. Capitalismo es una forma especifica de producción, y singularmente de producción industrial. Como ha dicho Mussolini recientemente, la más perfecta expresión del capitalismo "es una forma de producción en masa para un consumo en masa, financiado en masa a través de la emisión del capital anónimo nacional o internacional". Burguesía es un modo de ser y de vivir, que puede ser grande o pequeño, heroico o filisteo. La burguesía puede ser capitalista, pero no lo es necesariamente. Hay un tipo de burguesía —la media—que lo mismo hace referencia a un patrono que a un obrero. Constituye una clase no por su condición, que algunas veces es tan servil —servil de servicio, pero sin menoscabo de la dignidad— como la del proletario, sino por su posición, posición más accidental que permanente.

El dictador italiano se ha planteado este problema: "¿La crisis del capitalismo es la crisis en el sistema o del sistema?" Y apurando la consecuencia con un rigor lógico digno de su posición critica, llega a esta conclusión: la crisis ha penetrado tan profundamente en el sistema, que se ha hecho una crisis del sistema. Traducido a otras palabras de expresión más fácil y sencilla, quiere decir que el capitalismo está herido. ¿De muerte? Para Stalin y todos los dirigentes y tratadistas rusos, sí. Para Mussolini, también. El mismo dictador italiano, después de bosquejar la historia del capitalismo en el último siglo desde que se inicia en el año 1830 con la introducción del telar mecánico, la aparición de la locomotora y la fábrica, que surge como la manifestación típica del capitalismo industrial, hasta que por último la empresa capitalista deja de ser un hecho económico porque sus dimensiones la llevan a ser un hecho social, y se lanza en brazos del Estado, reconoce su crisis, que puede ser mortal.

Ante esta perspectiva, mejor dicho, ante esta realidad, ¿qué postura debe adoptar ante estos dos problemas cardinales que escinden al mundo el hombre liberal, que todavía cree que la democracia burguesa, a pesar de la honda crisis por que atraviesa, no ha agotado sus posibilidades?

Valle-Inclán nos tiende la mano y se presta amablemente al diálogo. Reconoce la gravedad del momento y coincide con nosotros en la necesidad de que los hombres representativos —él se excluye con modestia— orienten a la opinión en estos momentos o simplemente expongan su pensamiento.

—Me parece acertada la opinión de Benavente —comienza diciéndonos el gran D. Ramón—. Creo que es la única postura lícita para un hombre que, aceptando el hecho, la realidad de su existencia y reconociendo las virtudes y defectos del fascismo y del comunismo, permanece equidistante de las dos tendencias.

—Bien, D. Ramón: pero España está amenazada por la derecha y por la izquierda con una dictadura, y la gente se pregunta, angustiada, ¿qué va a pasar?

—Sí, claro; esta es la realidad. Cualquiera sabe lo que va a pasar —agrega con un gesto de duda—. Ahora, lo que yo no creo es que aquí se dé una revolución del tipo italiano ni del ruso. Cada pueblo hace su revolución y crea sus sistemas de gobierno. El fascismo es netamente italiano, como el comunismo es ruso, y sería una torpeza trasplantarlos íntegros a un pueblo que ni su espíritu, ni su tradición, ni sus costumbres, ni el ambiente son propicios. Si en España llega a producirse la revolución, tendrá un carácter español, o será de tipo portugués o africano, que son los pueblos que ofrecen más semejanza con el nuestro.

—Sin embargo —comentamos—, en Alemania ha triunfado el fascismo.

—El fascismo alemán tiene pocos puntos de contacto con el Italiano. Casi me atrevería a sostener que no es tal fascismo. El neosocialismo alemán es en  su fondo y en su forma una ambición imperialista. Mussolini llega al fascismo por un convencimiento, por creer que el socialismo había agotado sus posibilidades. Hitler crea el neosocialismo por un sentimiento de odio, por estimar que la decadencia del pueblo alemán se debe al marxismo. No repara, no analiza, si el socialismo alemán ha cumplido ya su destino, si ha llegado al término de su trayectoria. Para él sólo hay una cosa: el Imperio —que no es un hombre, sino una organización—; y, naturalmente, como el socialismo es enemigo de toda idea imperialista, contra el socialismo va, movido por un sentimiento de dominación y de poder. Le repito que no son iguales, aunque las líneas generales de su arquitectura se asemejen.

—¿Y el comunismo?

—Otra equivocación, pero no de ideario, sino de táctica. Yo no niego que pueda darse en España. Como se van poniendo las cosas, pudiera llegar a ser un   hecho. Hay mucha hambre y más injusticia, y sobre todo el predominio cada vez más creciente de la clase trabajadora. Claro que para esto se tienen que dar otras circunstancias. Pero lo que yo censuro es que se quiera calcar la revolución rusa. Me parece una ambición pueril. En Rusia fueron posibles muchas cosas que tal vez en España no lo serían. Cada movimiento revolucionario adquiere el carácter del pueblo donde se produce. Observe usted el carácter que adquieren dos revoluciones del mismo tipo político como la francesa y la inglesa. No; no creo en las imitaciones. Y no creo por convencimiento filosófico y por experiencia histórica. Si es cierta la teoría hegeliana de que la historia es el campo de la experiencia metafísica, el lugar donde da sus revelaciones el espíritu universal, y que estas revelaciones constituyen el espíritu de los pueblos, cada pueblo se manifiesta según su espíritu, y la revolución tiene que responder a su naturaleza.

—Entonces, ¿usted cree que la revolución, blanca o roja, puede producirse?

—¡Hombre!, poder, ya lo creo. Pero no me refiero a ese punto, sino a la pretensión que algunos caudillos tienen de imitar los movimientos extranjeros. No. Si en España es inevitable la revolución, tiene que ser española, sobre todas las cosas. ¿Más honda que la rusa? ¿Más superficial que la italiana? Más española. Esta es mi posición y mi creencia. Cuanto más italiano sea el fascismo y más ruso el comunismo —ya sé que es una doctrina genérica a toda la sociedad— menos españoles serán el fascismo y el comunismo de nuestro pueblo. ¿Está claro?

—Evidente. Pero su posición es un poco pesimista, D. Ramón.

—¿Y cómo quiere usted que sea para el hombre que desapasionadamente contempla el panorama de la vida española? Mire usted: en España es donde mejor han estado las derechas y el clero y donde peor considerado ha estado el obrero. Y cuando se ha intentado restarles parte de sus bienes y privilegios para mejorar a la clase trabajadora ponen el grito en el cielo. Claro que hay algunos que transigen voluntariamente; pero la mayoría son do una incomprensión feroz. Yo me he preguntado muchas veces, contemplando la actitud de nuestras derechas, qué pasaría en España si el Estado, como sucede en Inglaterra, les quitara el sesenta por ciento de sus rentas. Creo sinceramente que algunos llegarían hasta pegarse un tiro. Palabra.

También el clero está mal acostumbrado. En otros pueblos vive recluido en su iglesia, pero aquí interviene en todo. Y esto es lo grave. Porque lo malo del clero no es que sea clero, sino que el clericalismo se ha convertido en arma política. Lo que le decía a usted Benavente era cierto. Aquí no se ha podido tocar a nada que rozara con la Iglesia. Y así han ido las cosas. La Iglesia, en España, que bien orientada ha podido ser la mejor aliada del trabajador, ha llegado a hacerse odiosa para la mayoría de esta gente por sus halagos y complacencias con  la alta burguesía y el capitalismo. Claro que so ha hecho rica, pero ha perdido la entraña popular, el calor de humanidad que da el contacto con las masas, y sobre todo, su ascendiente.

—Una pregunta final, D. Ramón: ¿Cómo ve usted el porvenir de la República?

—Bien. Claro que lo vería mejor si no estuviera bajo la amenaza de dos fuerzas que intentan asaltarla; pero creo que unas y otras, en la hora de la lucha —si llega—, pondrán por encima de sus ideales el que debe ser común a todos: la salvación de la República, y con ella, España, Y nada más. Ya está bien.

Don Ramón queda un Instante pensativo. Su mano va de arriba a abajo acariciando la barba de florida plata, esa barba de chivo cantada por el gran Rubén, y sus ojos nos miran un poco recelosos, esos ojos de mediterráneo que se han derramado por el haz esplendoroso del mundo aprisionando la naturaleza fugitiva de las cosas para después verterse en obras que son cristales y latidos de la belleza inmortal.


Federico M. Alcázar
La Voz, 3 de febrero de 1934





2137. Mi rebelión en Barcelona



Reinaba Isabel II. Acaba de proclamarse su mayoría de edad. Todavía no era llegado el desposorio con su primo el señor infante don Francisco. Ya se cursaba, sin embargo, la intriga ultramontana para consumar aquel adefesio. Reinaba Isabelona y era presidente del Consejo don Salustiano Olózaga. Entre los personajes del progresismo, ninguno tan señalado por el saludable liberalismo de sus convicciones, la prudente entereza de sus actos, la elocuente dignidad de su palabra. Don Salustiano traía en su sobreaviso a la camarilla ultramontana. Hubo conciliábulo de rábulas y sacristanes. Se convino una intriga de antecámara para perderle. Todo se hacía mirando al mayor servicio y gloria de Dios. Don Pedro José Pidal tomó las veces de maese Pedro. No se excusó ni el falso testimonio de la reina. Hizo honor a su sangre la hija de Narizotas. Alzóse la intriga sobre la falsa imputación de que la tierna soberana había sido forzada por el presidente del Consejo. No con el forzamiento que pudiera temerse de la canicular juventud de su católica majestad. Había gestado la invención en caletre de rábula y no en cotilleo de damas palaciegas. El forzamiento lo había sido para garrapatear la real firma al pie de un decreto. Llevóse la acusación a las Cámaras.

Es famoso el denuedo y magnífica la expresión oratoria con que rechazó la calumnia don Salustiano Olózaga. No pudo excusarse que una representación de diputadores y senadores, con los presidentes y secretarios, se trasladase a la cámara regia para oír a la tierna soberana. Malogróse el propósito. Su majestad, con la excusa de hallarse enferma, salvó el apuro de verse en presencia de don Salustiano. Don Pedro José Pidal tomó a su cargo leer una ramplona y marrullera declaración, amañada por su experiencia de rábula, para sosegar a la hija de Narizotas. Y como afirmaba que el injusto forzador, para mejor asegurar su violencia, había echado el cerrojo a la puerta, hubo de cecearle al oído el espadón de Loja:

- Compadre, acelere usted la diligencia, que la maldita puerta no tiene cerrojo.

Esta intriga de la picaresca ultramontana, al cabo de un siglo, resucita la aviesa ramplonería de sus númenes para acusar a don Manuel Azaña. Reinaba la Isabelona...

La sombra taciturna de un agente policíaco apagaba sus pasos sobre los pasos del señor Azaña. Tenía la dual obligación de proteger y espiar al famoso político republicano. Para protegerle faltó ocasión, y el espionaje tampoco le tuvo por dónde sospechar ni atribuir culpas revolucionarias al señor Azaña. Pero no le valió la fe policíaca de aquel sabueso, puesto sobre sus pasos, y fue encarcelado. Tampoco le valió su fuero de diputado en Cortes. El Parlamento permaneció ajeno, adormilado en una siesta ofidia, hasta que se le deparó la feliz coyuntura de entender en el suplicatorio para procesar al ex presidente del Consejo de ministros, gran collar de la República. Entonces nombró una comisión de su seno que no tuvo sonrojo en abrir indagatoria y tomar declaración en cárcel a quien solamente podía hallarse preso por la muda complicidad del Parlamento. Se acusaba al gran político republicano de haber tenido parte en los sucesos revolucionarios de Barcelona (octubre 1934). Fue concedido el suplicatorio y procesado el diputado don Manuel Azaña. Por la calidad del reo correspondió entender a la Sala segunda del Tribunal Supremo. La sentencia puso en libertad, con todos los pronunciamientos favorables, al austero político del primer bienio republicano. Tal es el esquema del libro que estos días admira, suspende, esclarece y consterna a los honrados y benéficos ciudadanos de esta Barataria.

No es fácil empeño revertir y acuñar en palabras las resonancias enormes y difusas que, como una gran caracola de mar, prolongan estas páginas de tan calificado castellano. Mi rebelión en Barcelona alcanza su más alto valor estético en cuanto logra, por los rigores de una sobriedad expresiva, sin contaminaciones románticas, el fin dramático y barroco de ponernos en sobresaltada espera de infortunios, de estremecernos con aviso de daños e irreparables azares. Este libro tan sereno tiene una última sugestión aterrorizante. Se sale de su lectura como de la visita a esos museos donde se guardan antiguos y anacrónicos instrumentos de tortura. Esta prosa tan concisa pone en pie los fantasmas de un pasado que habíamos supuestos abolido; remueve las larvas del terror a los jueces, de las acusaciones absurdas y venales, de la letra procesal, del tintero de cuerno, del estilo de las relatorías, de la coroza, del pregonero, del verdugo, todo el viejo melodrama procesal que aún roen las ratas por los sótanos y desvanes de las antiguas Chancillerías. Pero con mayor fuerza que esta tradición espeluznante y picaresca nos sobrecogen los nuevos ejemplos de la estupidez humana, sacados a la luz en este libro. La ruin bazofia jurídica que guisan el barbero lugareño y el clérigo de misa y olla en venganza contra la austera fe republicana del hombre del bienio.

Don Manuel Azaña advierte con sereno juicio que el aura inquisitorial de su proceso no viene ni del rigor del encarcelamiento ni de su largo plazo, que no pasó de ochenta días a bordo de un barco de guerra. El austero político republicano muestra en la consideración del suceso una desdeñosa indiferencia y aun pone en el comentario las sales de donosas burlas. El aura inquisitorial de estos autos es una consecuencia del ruin sectarismo que anima la represalia ultramontana contra el político del primer bienio republicano. De estas páginas tan serenas, por una profunda y subterránea afinidad, se levanta, espeluznada, una evocación de cárceles llenas de presos anónimos: viejos obreros afiliados al socialismo, jóvenes menestrales, lectores nocturnos de las bibliotecas populares; proletarios hambrientos que sólo han recibido amparo del Socorro Rojo. Cárceles, cárceles, cárceles. Tristes y enrejados casones, repartidos por toda la redondez del ruedo nacional, con guardia de fusiles a la puerta y asustado coro de mujerucas con los críos colgados de la teta.

En la vida nada se pierde, y el haber sufrido hambre y sed de justicia es siempre de provechosa enseñanza para aquellos hombres singulares, propuestos por el Destino para la gobernación de los Estados.

No es dudoso que pronto, en el correr de futuros días, tengan ocasión de confirmarlo cuantos españoles cifren una esperanza en las prendas de gobernante que son raro patrimonio de don Manuel Azaña. Si ha sufrido cárcel y proceso, en el acíbar de tales agravios habrá gustado austeras y prudentes advertencias. La cárcel para el hombre cabal es madre de consejos. Y, aun sin celebrar que los enemigos del gran repúblico le hayan honrado con tan dura escuela, de ello pudiera decirse feliz rigor, mirando al fruto sazonado de este libro. Si para el remedio de los afanes nacionales es grande parte el conocimiento que promete el andar caminos bajo soles y lluvias con las botas de siete leguas, no es menor el que se saca de medir uno y otro día los cuatro pasos de un calabozo y de contemplar la luna sobre la altura del enrejado tragaluz. Noble laurel ofrece la cárcel cuando va acompañada de la persecución injusta.


Ramón María del Valle Inclán
Ahora, 2 de octubre de 1935









775. Recordando a Ramón del Valle Inclán


Ramón María del Valle-Inclán
28 de octubre de 1866 – 5 de enero de 1936



En el café

La definitiva iconografía de D. Ramón del Valle Inclán ha de hacerla un pintor sobrehumanizado: Solana.

Caído en el diván... Caído, sí, con la elegancia sobria de una vitela miniada. En cruz, espiritualmente, sobre el «peluche» de los divanes. Santón de la burla, «dandy» del arroyo, gran «romancista» de lo muy rojo y de lo muy negro.

Una banda flameante escribirá en lo alto -cielo de humo de mal tabaco, turbio de toses y de murmuraciones- el glorioso timbre de empresas: «ilustre escritor y extravagantes ciudadano».

El mote lo es de mastín. Recogido gallardamente de boca de un cachicán con espuelas, castizo conductor de corderos.

Esta noche, como otras, como siempre, D. Ramón, en su café, se ordeñará a la vista del público su barba impertinente.

¡Buen adjetivo que rezuma pimienta del Arcipreste! ¡Parábola malabar de los caballeritos de la España buena!: ¡Los que sabían latín y francés cuando escribían español!

¡Zumbas del perpetuo antruejo de Larra!: España sigue disfrazada de destrozona. Y...

Don Ramón comparece. La barba, la capa, los quevedos... una visión de azufre. Trae el aire jocundo de los esqueletos que disfrutan permiso para salir de noche... La noche: aquí, en el café, en la calle de Alcalá, centro de las cosquillas españolas, la calle por donde, eternamente, «suben y bajan» los eternos andaluces de nuestro eterno cante jondo...

En este Carnaval de café -España a la luz del esperpento es casi toda café- se sienta por derecho propio D. Ramón del Valle Inclán: «Primer premio trágico de máscaras a pie»...

-Zeñores: voy a hacer de profeta... -dice-.

La Sibila de Cumas ya tiene marido. A mí sólo me toca apuntar.


Futuro político

Don Ramón se monda el pecho de una tos de noviembre, y dogmatiza sobre la piel de toro:

-Se dibuja en el horizonte nacional la crisis inherente al momento en que funcione la Constitución.

(Hasta aquí su palabra es suave. Y de pronto, D. Ramón, apocalíptico, retumba):

-Y es absurdo, ridículamente absurdo, que alguien haya pensado en una solución socialista. Pero «ezo», ¿qué «ez»? Y en ese círculo vicioso y absurdo, es más absurdo aún que se piense en un gobierno de Largo Caballero. ¡Sería el colmo! Aparte las virtudes que adornen a Largo Caballero, no es posible olvidar que Largo Caballero actúa y actuará -ello es indivisible en su persona- como secretario de la U.G.T. Se da a los Sindicatos Únicos una política de excepción, cuando lo oportuno, al bien de la República, fuera todo lo contrario.

Como decía en los tiempo de Carlos V, «interín» no se logre esto, en España no habrá sosiego.

¡Los socialistas!... Conviene advertir que el partido socialista se llama Partido Socialista Obrero. ¡No hay que olvidarlo! Y no hay que olvidarlo porque el tal partido representa una casta, una casta lo mismo de odiosa que la casta eclesiástica o la militar.

No me explico, no me explico, la verdad, cómo EL SOL ha publicado una información donde, si no defendía, se señalaba sin repulsa un Gabinete Largo Caballero.

¡Están ustedes locos! Si «ezo», «ezo es» lo que hay que evitar precisamente... ¡Sería una afrenta!

Don Ramón se recrea en la pausa y sigue:

-Lo que más me indigna es esa pobre gente que se vanagloria del título de obrero intelectual. No comprendo... ¿Qué eso? Ahora ruedan por ahí tres tópicos horribles: el feminismo, el obrerismo y el americanismo. A mí me subleva la sangre cuando oigo lo de «obrero intelectual». ¡Qué cosas! El intelectual no puede ser obrero. A no ser que sea un faquín a sueldo de un periódico o de una editora. El intelectual crea. El obrero sirve a la creación de otro. Son tan dispares los conceptos de creación y de ejecución, que no hay que unirlos. ¡Pero si la Santísima Trinidad explica esto claramente!

Dios, el Padre Eterno, no es un obrero. Hace el mundo en seis días sin atenerse a la jornada legal de ocho horas. Es decir, crea. Y crea una obra como el mundo, que aunque le parezca mal a Largo Caballero, no es el del todo una birria. Dios, es por tanto un patrono, no un obrero. Y si a lo sumo se puede decir que Dios es un obrero, hay que reconocer que es un obrero, que a los seis días se va del trabajo, se cansa, se convierte en un rentista. Del Hijo tampoco se puede decir que fuera obrero, ya que abandonó el trabajo manual a tiempo, la garlopa de José. Y en cuanto a que es Supremo en el concepto de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo... ¿qué le voy a decir? La paloma extática, para mantener su sello mítico, no ha volado nunca.

-Y ese momento, D. Ramón ¿lo ve turbio o claro?

-Hay indudablemente, una crisis del régimen parlamentario. Reconozco que quien va a las Cortes no siente ante el espectáculo un gran afecto; pero, ¿se puede decir que los anteriores superaban a los actuales? No. Difícilmente, ni ayer, ni hoy, ni mañana, se reunirá una Cámara con menos vicios y más dones del Espíritu Santo que la de ahora. ¡Ya sé yo que no es un delicado paisaje! De la crisis del régimen parlamentario yo puedo hablar mucho porque tal como veo el Parlamento, sí que entra en la afición de toda mi vida: en la literatura.

Hay varios géneros literarios en ruina: la epopeya y la elocuencia. La política española fue siempre elocuencia o no fue nada. ¡Claro que no fue nada! Y yo digo: Sin Homero no puede existir Demóstenes; sin Virgilio, tampoco Cicerón.

Con el régimen parlamentario ha ocurrido siempre en España una cosa divertida. Mientras unos lo superaban, otros no habían llegado. En España indiscutiblemente, este régimen es un postizo. Y de esto de los postizos sí podría hablarle. Recuerdo ahora, dice D. Ramón nostálgicamente, algo que ocurrió en los días postreros de los Reyes Católicos o en los iniciales de Carlos V. Se produjeron al español dos obras de excelente adoctrinamiento espiritual, cuyas lecturas en muchos países hicieron santos, y donde no santos, varones sumamente perfectos: La divina Caligo, de Taulero, y Los ejercicios espirituales del Maestro, de Ekar. Y bien... Estas obras en España sólo engendraron degeneraciones, pecados oscuros del sexo. De ellas surgió un nuevo contagio: el de los «alumbrados».

La Inquisición se alarmó mucho; pero como los tales libros llevaban el «imprimatur» de Roma y la licencia de arzobispos numerosos, no se podían prohibir. Y la Inquisición para suprimir su lectura, recogió uno a uno los ejemplares y los quemó, simplemente, por la consecuencia de la doctrina, como dicen los autos del Santo Oficio.

Algo de esto pasa hoy con los amasadores de la Constitución en sus afanes de copiar leyes extrañas.

-Entonces D. Ramón ¿cómo cree usted que se arreglará el país?

-Hombre, con una dictadura. Sí, Dictadura... En España hay que hacer la revolución con la dictadura. Se impone. Y no como la del pobre Primo, sino como la de Lenin. Cuando Carlos III quería adecentar Madrid que era una letrina, justificaba los alborotos de la plebe con una frase: «Los pueblos lloran como los niños cuando se les quiere lavar el rostro». La dignidad no se quiere: se impone. Los pueblos la aceptan a latigazos. Quienes se hallan acostumbrados a estar de rodillas se les hace muy difícil ponerse en pie. Recuerdo que Borodine cuando estuvo en Madrid, me confesaba: «Allí en Rusia, somos un millón de esclavos y de blancos para dos millones de asiáticos. Y sólo a fuerza de latigazos podemos imponerles la dignidad a esa gente». En España no hay otro recurso que imponer la dignidad a esa tropa confusa que unas veces se llama cavernícolas y otras agrarios. ¿Qué se puede decir de una pobre gente que aún siente amor al trono de D. Alfonso?

-¿Ve usted inmediata la Dictadura?- pregunto al profeta.

-Fatalmente ha de venir.

-¿Y existe el dictador o los dictadores en potencia?

-En las dictaduras, los hombres no son necesarios, lo que manda es el concepto no el hombre. Ahí está Roma. Primero fue el Senado. Más tarde el Imperio. Augusto fue un hombre cabal: pero Tiberio no lo fue tanto. Y después viene la teoría de los monstruos: Calígula, Nerón... En España, es inevitable. Las derechas impondrán la dictadura de las izquierdas para hacer la revolución. Lo que es ingenuo es que en un país se abra de cara y les dé Constitución y derechos iguales a todos.

-¿Y qué porvenir le asigna, don Ramón, a las mujeres en la nueva España?

Pero hombre! ¡Qué cosas! ¡Las mujeres! A las pobres se las puede hacer únicamente la justicia de la conocida frase de Schopenhauer. ¡Y ahora ya ni siquiera tienen los cabellos largos! En la presente civilización -sentencia, dogmático, Valle Inclán- no tienen que hacer más las mujeres.

-¿Y el pleito de los Estatutos?

-«Ezo» no tiene importancia. Hay que conceder todos los Estatutos que se pidan. ¡Si es un ensayo! ¡Qué más da...! Ocurre ahora que hay unos politiquitos que se creen legisladores de la eternidad y no saben los pobres que dentro de muy poco tiempo a su obra política se le aplicarán esos versos que ruedan por ahí sobre el Estatuto: «Aquí yace el Estatuto: nació y murió en un minuto».

-Entonces, ¿cómo ve el problema de los regionalismo?

-Con mi teoría de siempre: Hay que integrar el espíritu peninsular como fue concebida por los romanos. Es lo acertado. Dividir la Península en cuatro departamentos: Cantabria, Bética, Tarraconense y Lusitania. Esto, queramos o no, es así. En la Península sólo hay grandes cuatro ciudades: Bilbao, que es Cantabria; Barcelona, que es la Tarraconense; Sevilla, que es la Bética; y Lisboa, que es la Lusitania. Cada gran ciudad a un mar: el Cantábrico, el Atlántico, el Mediterráneo.

Don Ramón se queda un minuto silencioso, sin duda porque no halla el mar de Sevilla, y porque el Guadalquivir no le parece todo lo importante que pide el gran lienzo. Se recobra pronto, y con esa gran facilidad que tiene para urdir fantasías, repite la anterior enunciación.

-... El Cantábrico, el Atlántico, el Mediterráneo y... el mar Africano. ¡«Ezo»: el mar Africano! Dividida la Península en cuatro departamentos, podría hacerse una altísima confederación de mares, y por el Pacífico y Acapulco reanudar el gran comercio con el Extremo Oriente, a base de Filipinas. ¡Pero «zi» es lo eterno! Lo eterno es el pensamiento, la ética y la estética peninsulares. No entro en el debate de dialectos y lenguas aunque sí sé que lo único que mantiene entre los hombres la unidad es el verbo de comunicación.

-¿Y qué le ha parecido la solución del problema religioso?

-La natural, la que tenía que ser. ¿Si aquí todo era farsa! La religión, incluso. Ficción era lo de la Monarquía consustancial; ficción el Ejército al que también se le decía consustancial, y ficción el llamado problema religioso. Fue resuelto sin problemas ni protestas considerables. Y las que ahora surgen son del todo grotescas. A mí me «pazma» que tanto hablar de religión y después lo único que se defendía era el permiso para algunas procesiones: ¡pero sin gran pasión! Con la misma que se pone al defender las capeas. El divorcio tampoco tiene importancia. Es un hecho en todos los países, y natural que, separándose la Iglesia del Estado, sea éste quien regule las relaciones de vida entre hombre y mujer.

Anda ahora por ahí el bulo de una posible Iglesia nacional. No creo que cuaje. Ha pasado el tiempo de las herejías como ha pasado el de los santos.

-¿Cómo será la Dictadura que profetiza usted, D. Ramón?

-Ha de tener todo o casi todo el ejemplo de Lenin, y nada de Mussolini. En el mundo han existido únicamente tres grandes revoluciones. Nada más que tres. Fueron a la par que grandes revolucionarios, tres grandes semitas: San Pablo, Mahoma y Lenin. ¡Aquí no faltan judíos! Yo espero que surja el semita prometido.

-¿Y cómo será el dictador?

Don Ramón se estremece la barba con un dedo y escoge el concepto.

-Ha de tener todas las virtudes inherentes a un político universal, sobre todo austeridad, energía, sentido histórico y la virtud del silencio. ¡Tiene que ser un taciturno!

-¡Hombre!, Lerroux -le digo-.

-El mundo no es el taciturno -contesta D. Ramón-. Lerroux fue taciturno en el Congreso, y habló mucho en las provincias. La Dictadura la traerá o la creará un solo partido: el de la Dictadura. La Dictadura sólo puede tener un partido que es como no tener ninguno.

-¿Y qué le parece la actuación de los intelectuales en la política?

-Excelente. Toda la política ha de ser intelectual y realizada por intelectuales. El mal de nuestro país ha consistido en que su política no fue nunca intelectual. Ahí tienen el caso de Cánovas. Cánovas es un gran tipo de político inteligente. Si frente a Cánovas los liberales hubieran tenido un intelectual, otros serían los destinos de España. Pero los capitaneaba ese hombre nefasto que se llamó Sagasta, todo sonrisas simpáticas, promesas, ambigüedades y horro de lecturas. La inteligencia es necesaria e imprescindible en todas las formas políticas. Lo mismo que el carácter, aunque no tanto el carácter. A un político le va muy bien dotes de cultura histórica y política, y, digámoslo con amargura: necesita también su poco de cultura literaria.

Ahora a D. Ramón le tiembla la barba de ira, y es como un modelo irritado de Miguel Ángel:

-Se avergüenza el ánimo -dice- al toparse con ese bodrio que han escrito los hombres que redactan la Constitución. ¡Y en un país que desde el rey Sabio parece el más noble lenguaje para las leyes que se ha conocido en el mundo! ¡sonroja esa manera de escribir las leyes!

-¿Le interesa la política, D. Ramón? Ya sé que después de todo lo que va dicho la pregunta no es muy lógica, pero sí conveniente.

-No me ha interesado nunca, -responde Valle Inclán, desdeñoso-. Cuando asisto a la Cámara siento no ser diputado para decir las cosas oportunas en cada hora.

-¿Y cómo cree usted que anda de hombres la República, Don Ramón?

-La revolución no tuvo nunca hombres. Es un absurdo decir que en España, no hay hombres para la revolución. La revolución es vida, y, por tanto, crea lo que hace falta. Aquí tenemos bien palmario el ejemplo de Azaña. Hace seis meses sólo le conocían los amigos. En un gobierno Heterogéneo, colmado de conflictos interiores, supo afirmarse y erguirse con la máxima autoridad. Azaña tenía una preparación y muchas condiciones de genialidad. Yo no digo que en seis meses se creen los hombres que se necesiten; pero en un año o dos no hay duda de que España los contará por legiones Lo que no se puede hacer es seguir pensando a lo Lerroux; en reincorporar a esos muertos putrefactos de Alba y de D. Melquiades. Pero, ¿se ha creído Lerroux que en España se han agotado las matrices que suelen producir tal clase de esperpentos?

Ya ve usted. En estos días ha salido una pareja que me parece perfecta: Ortega y Maura. No hay duda que la pareja es maravillosa, porque a la densidad de pensamiento de Ortega se le unen las indudables energías y resolución de Maura. Si se consigue fundirlos tan íntimamente como a los siameses que hace años recorrían las ferias y que se hicieron tan indisolubles que al querer separarlos por el bisturí murieron los dos, sería de un efecto prodigioso. ¡Ahí es nada: un Jano con dos cabezas!

Yo sé que D. Ramón tiene soluciones para todo. En esta lonja de los cafés le he oído los más encontrados proyectos sobre las cuestiones más diversas, y como estoy seguro de que tiene solución para todo, le pregunto:

-¿Le preocupa la cuestión económica?

-¡Ya lo creo! Aunque eso de la peseta no tiene ninguna importancia. El mejor ministro de Hacienda será, a mi juicio, el que la hunda definitivamente. ¡Pero si aquí toda la economía es también una farsa! Los que hilan algodón, seda o lino. Antes el lino venía de Riga, ahora no sé de dónde lo traen, lo importan. ¿El hierro, de Bilbao!... Para producir hierro, naturalmente, es imprescindible el carbón en unas proporciones de dos toneladas de hierro, por una de carbón. ¡Y también lo traen del Extranjero! Los que laboran papel se surten de pasta del Norte. Aquí si se produce algo es el azúcar, un azúcar que sabe a trapos. Y esto es lo único que nos importa, porque resultaría más barata traerla de Cuba. Como toda la economía nacional es una farsa, hay que hundirla. ¡Yo ya se lo dije a Prieto!... pero él se empeña en salvarla, y así le va... Cuando la Hacienda española se haya hundido, entonces haremos una economía nacional racional.

-Claro -sigue Valle Inclán- que en España la revolución más urgente es convertir a los ricos en pobres. Los ricos en España no tuvieron nunca dignidad de ricos. Merecen ser mendigos. A casi todos los accionistas del Banco, el único derecho que yo les reconozco es el de una plaza de asilo. Y soy en este punto tan radical, que daría todos los derechos pueriles que nos reconoce la Constitución por una ley que dijera simplemente: Artículo único: queda anulada la ley de herencia.

-Y en la Presidencia de la República, ¿ha pensado usted?

-Todo cuanto se ha hecho no me parece mal. Lo digo sin ironías. Noto la falta de un vicepresidente primero, otro segundo y otro tercero. ¡Igual que en las Juntas de los casinos! Esta teoría de sustitutos es necesaria por tres razones: la muerte, conviene pensar siempre en la muerte; después, por la renuncia de las vanidades. ¡Pensemos también en Wamba, que se marchó a un convento!

-¿Y eso de los jesuita, D. Ramón?

-¡Otro asunto sin importancia! Los jesuitas cumplieron su destino. Es como la Orden del Temple, que acabó con la Edad Media. ¡Anda el mundo tan pobre de dinero!

Yo le respondo, muy conmovido: -Sí, Don Ramón, creo que sí...


Francisco Lucientes
El Sol, 20 de noviembre de 1931