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1805. Lo que será la República española XI

Senyera cubriendo el féretro de Blasco Ibáñez en su despacho de Menton, el 28 de enero de 1928. Junto a él su esposa Elena Ortúzar,
sus hijos Sigfrido, 
Libertad y Mario, y su yerno Fernardo Llorca (Fotografía Casa Museo de Blasco Ibáñez)


XI. Y creyendo en este ideal quiero vivir y morir

Porque creo firmemente que la República es la única solución posible de los males que sufre España actualmente; porque considero que esta forma de gobierno puede torcer en una buena orientación el curso de nuestra historia, elevando a cierta parte del pueblo español sobre el escepticismo repugnante o la bestial indiferencia en que le han educado los reyes y sus auxiliares; porque siento en mí una chispa del nuevo ideal que debe reemplazar al ideal muerto, y bien muerto, que en otros tiempos guió a nuestra raza, poseo la energía de una segunda juventud y marcho adelante, ignorando el miedo al obstáculo y al peligro.

Todos los días recibo amenazas de muerte, cartas groseras o anónimas repletas de insultos y calumnias. Creo inútil repetir aquí las persecuciones de que soy objeto por parte del rey y de sus defensores, gentes que solo son capaces de emplear la injuria y no pueden alegar en defensa de dicho monarca una sola razón que resulte aceptable ante la opinión universal. Con las pesetas de los contribuyentes españoles pagan a mercenarios de la pluma y a pobres diablos ganosos de notoriedad, para que escriban contra mí, sea lo que sea.

Si esperan cansarme o infundirme miedo, pierden el tiempo. Jamás me he sentido tan fuerte, tan satisfecho de mí mismo, con la tranquilidad interior que proporciona el cumplimiento del deber.

Hace cuatro meses nada más, antes de que publicase mi primer folleto sobre Alfonso XIII y la tiranía del Directorio, era yo, para los diarios monárquicos de Madrid, un gran novelista, una gloria nacional, comentando con satisfacción patriótica mis triunfos en el extranjero y los honores de que era objeto. Después de haber escrito contra Alfonso XIII, soy para los mismos periódicos un cualquiera, un escritor despreciable, y como no pueden negar mis éxitos fuera de España dicen que dentro de ella mis novelas son poco leídas, cuando algunas han llegado, como es sabido, a la más alta cifra de tiraje conocida en la época presente, tanto en España como en la América de lengua española.

Esto demuestra el apasionamiento grotesco y la pequeñez de espíritu de los que pretenden dirigir la opinión desde Madrid, bajo el reinado de Alfonso XIII. Para ser escritor en este desgraciado país hay que creer en la gloria militar y la sabiduría política de ese métome—en—todo coronado que quiso hacer una prueba de monarquía absoluta con un general presidiable, y ahora no sabe cómo salir del atolladero.

Repito que me siento satisfecho de mi cambio de existencia.

Podía haber permanecido indiferente ante los males de mi patria. Para algunos españoles a lo Sancho Panza esto hubiera sido lo oportuno. Los grandes diarios de Madrid, al servicio del rey, me habrían declarado genio, al envejecer un poco; los honores oficiales habrían llovido sobre mí; tal vez hubiese gozado el altísimo honor de que Alfonso XIII me diese algún día la mano, dedicando elogios a mis novelas (sin haberlas leído, pues los deportes no te dejaron nunca tiempo para leer), «honor» que trastornó las cabezas de algunos españoles ilustres, ya desaparecidos o anulados actualmente por su servilismo para la vida ciudadana, los cuales hicieron palpable con dicho trastorno lo poco que valían como hombres.

Pero en tal caso las gentes habrían recordado mi ignominia, hasta después de mi muerte, diciendo así: «Hubo un escritor que en pleno despotismo pudo protestar. Tenía todo lo necesario para cumplir este deber patriótico: vida independiente, fortuna, un nombre conocido en el mundo. Sus escritos eran traducidos a los idiomas más importantes, podía contar con d apoyo de miles y miles de diarios extranjeros, y sin embargo permaneció callado, indiferente a los males de su país. Fue un mal español, un individuo de crueles egoísmos, tal vez obró así por miedo. Dejemos aparte al novelista y digamos que el hombre fue digno de eterno menosprecio.»

No; pase lo que pase, estoy tranquilo, y contemplo sin miedo el porvenir porque sé que este dirá de mi:

«Pudo mantenerse al margen del combate y, sin embargo, se lanzó a él, convencido de que no iba a ganar nada y en cambio iba a perder mucho. Se unió sin vacilar con Miguel de Unamuno, con Eduardo Ortega, que luchaban valerosamente por la dignidad española antes de su llegada, sin fijarse en si sus nuevos compañeros de combate eran pocos o muchos. Dedicó el resto de su vida a la resurrección de España, al triunfo de la República, y solo tuvo una ambición: ocupar el extremo más saliente de la primera línea de asalto, donde se reciben los golpes más terribles, donde pueden devolverse más directos y certeros.»


Vicente Blasco Ibañez
Lo que será la República española - Capítulo X








1362. Lo que será la República española X

Alfonso XIII sale del Palacio Real en dirección a Cartagena donde embarcará con destino a Marsella
Madrid, 15 de abril de 1931


X. La República tiene un ideal

La España monárquica vive sin ideal, y por ello su situación angustiosa resulta semejante a la del que intenta avanzar dentro de un callejón sin salida. Carece de horizontes, se mira a si misma, su historia es comparable a la de los «sablis​tas» que viven al día, confiando en el azar para que prolongue su existencia hasta el día siguiente.

Una vida sin ideal no vale la pena de ser vivida, para los hombres ni para los pueblos.

La vieja España tuvo su ideal, pero este ideal ha muerto hace siglos, dejándo​nos como triste herencia la antipatía de una gran parte de la tierra, precisamente la que guía ahora los destinos humanos. El ideal español fue servir al rey y al Papa, extender la unidad católica sobre toda Europa, impedir que los pueblos se constituyesen libremente, ahogar los primeros intentos democráticos. Las na​ciones que son ahora las más adelantadas del mundo vieron en la vieja España un peligro para su desarrollo. Fuimos, como reconocen eminentes escritores ca​tólicos, una «democracia frailuna y mili​tarista», al servicio de un ensueño de despotismo universal.


Estos tristes ideales se desvanecieron y, como premio de un heroísmo des​orientado e inútil, hemos heredado la an​tipatía preconcebida, la apasionada par​cialidad que muestran las grandes nacio​nes del presente cada vez que hablan de nosotros. Yo reconozco que esta pre​disposición contra la llamada «España negra» abunda en injusticias y exagera​ciones, y las he combatido con mayor éxito y tenacidad que la mayor parte de los patriotas optimistas e inútiles que abundan en Madrid; mas no por ello deja de ser cierto que el antiguo ideal de nuestro pueblo, impuesto por sus mo​narcas, nos da el triste privilegio de una situación aparte en el mundo.

Muchos escritores que comen a costas del patriotismo ciego o lo explotan como un medio de abrirse camino, intentan hacer creer al pobre pueblo español que es admirado en toda la tierra. No les creáis, españoles. Ocurre todo lo contrario, ya que por culpa de la monar​quía española somos el país más calum​niado y menospreciado, muchas veces injustamente.

Para mantener el engaño os repiten los elogios de unos cuantos viajeros lite​rarios o simples dilettanti que encuentran atractiva la vieja España por su atraso «pintoresco». Son espíritus que solo pue​den paladear la emoción artística en el pasado, por sentirse ahítos de la civiliza​ción de su patria; pero esos elogiadores de la España monárquica y fanática, después de entonar su romanza admirativa, se apresuran a marcharse, necesitados de la vida superior de sus países. Yo también he encontrado muy interesantes y dignas de curiosidad naciones de Asia y África con una gran historia muerta, pero sentiría desesperación si me obliga​sen a quedarme en ellas.

La monarquía española no tiene más ideal que mantenerse al día: «ir tirando».

Alfonso XIII, que ama la gloria escéni​ca con un anhelo de histrión y por su mentalidad de rey solo puede aceptar las aspiraciones del pasado, quiso tener un ideal español, y como este ideal era absurdo y extemporáneo, solo ha conoci​do fracasos. Durante la guerra europea deseó el triunfo de Alemania, creyendo que con su apoyo podría matar a la República de Portugal, constituyendo un imperio ibérico. Luego ha creído en un imperio africano, tomando por base una porción de Marruecos de escasa impor​tancia, por su extensión y sus riquezas, si se le compara con el resto del imperio marroquí, que ocupan los franceses.

Este es todo el ideal de la monarquía española: imperios a estilo de la Edad Media constituidos por la fuerza, sin nin​guna simpatía de los pueblos anexiona​dos; guerras invasoras a las que se da el nombre de cruzadas, y que irritan el sentimiento religioso del país, seguidas de derrotas inauditas y gastos ruinosos.

He aquí el resumen de la historia pasa​da; la historia de la monarquía.

Con la República empezará España una nueva historia. Solo la República puede dar a nuestra nación un ideal glo​rioso, nuevo y pacífico. Queremos el agrandamiento de nuestro horizonte na​cional, pero sin imposiciones de la fuer​za, sin guerras ni conquistas, por la influencia del espíritu, por los parentescos de la raza y el común amor a la libertad.

La monarquía española jamás se en​tenderá con los pueblos de nuestra len​gua que existen en América y Oceanía. Todo cuanto se declame sobre uniones iberoamericanas es pura charla oficial y sus fiestas deseos nobles, pero vagos y mal encaminados, que no encarnarán en la realidad.

América es el continente de la Repú​blica. El alma de Washington, paladín heroico y sin mancha de la democracia, flota desde un extremo a otro del llama​do Nuevo Mundo. Pudo ser rey, pues sus mismos soldados le pidieron que aceptase la corona, y él repelió tal propo​sición como la mayor de las ofensas. La República democrática implantada por este héroe, bondadoso y justo, en las antiguas posesiones inglesas, fue imi​tada por Francia en su primera revolu​ción, y ha servido de modelo a todas las naciones del continente americano.

La América entera es republicana. Los monárquicos de Madrid, que todo lo saben mal, o no saben nada, creen de buena fe que casi todos los americanos de habla española están arrepentidos de que sus países sean Repúblicas y nos envidian la enorme felicidad de tener por rey a Alfonso XIII.

Contribuye al mantenimiento de este error la llegada, de vez en cuando, a Madrid de ciertos snobs de la antigua América española que tienen la manía de la nobleza y se han inventado una colección de abuelos marqueses y du​ques, como si únicamente se hubiesen embarcado para las Indias Occidentales, en otros siglos, emigrantes con pergami​nos nobiliarios.

Estos cursis del otro lado del mar soli​citan ver al rey, le sacan una fotografía firmada, y después regresan a su patria para dar envidia a los amigos con tal amistad. Llaman familiarmente «Alfonsito» al monarca español, y no saben que el tal «Alfonsito» apenas vuelven ellos la espalda les apoda «indios» con su desparpajo chulesco, y afirma que se les ven las plumas por debajo de los trajes recién comprados en París.

Estos pobres burgueses de la América de habla española que tienen la manía del pasado y de los títulos mobiliarios no representan nada en sus respectivos países y la gente ríe de ellos cuando osan mostrar en público sus disparatadas aficiones.

El intento de establecer un trono en América haría sonar una carcajada in​mensa desde los lagos fronterizos del Ca​nadá al vértice montañoso del Cabo de Hornos. En las Repúblicas más retarda​tarias y belicosas, donde todavía en de​terminados momentos una parte de la nación se bate contra la otra, con odios que parecen inextinguibles, bastaría ini​ciar la idea de un gobierno monárquico, como medio de robustecer el orden, para que inmediatamente se juntasen todos los hijos del país, hasta los enemigos más encarnizados, en defensa de la Repú​blica.

Una monarquía española no se enten​derá jamás con las Repúblicas que ha​blan nuestra lengua. Una República española penetraría directamente, sin esfuerzo alguno, en el corazón de sus hermanas de América, sin necesitar ceremonias de encargo, vanas pompas oficiales y demás mentiras que presenciamos actualmente para disfrazar una unión imposible entre el bisnieto de Femando VII y los bisnietos de los españoles de América que se emanciparon para siempre de los fatales reyes de Madrid.

Otros parientes cercanos tiene España que también abominaron del régimen monárquico, habiéndose constituido en República. Portugal y Brasil son de la misma familia que nosotros, aunque hace siglos vivan de espaldas a nuestra patria. El pueblo español no tiene culpa alguna de la tiranía que sus reyes austria​cos impusieron a Portugal, haciéndola perder ricos fragmentos de su territorio en los mares de Asia y Oceanía. Aun hoy la República portuguesa mira con in​quietud a España, presintiendo el peligro de una invasión por su línea fronteriza, y necesitada de fuertes amistades, bus​ca a toda costa el apoyo de Inglaterra.

Con una República española, la Repú​blica portuguesa volverá la cara hacia nosotros, creándose dentro de la Penín​sula Ibérica una fraternidad, una con​fianza, un amor, que nunca se vieron hasta el presente en nuestra historia co​mún.

El ciudadano español que se toma po​cas veces el trabajo de reflexionar sobre la situación política de su patria debe darse cuenta de la triste excepción que representamos, dentro del movimiento progresivo de las gentes que hablan nues​tro idioma o proceden de nuestra Penín​sula.

Existen sobre la Tierra más de cien millones de seres de habla española. A estos hay que añadir veinte millones de sangre y lengua portuguesa, o sea, los habitantes de Portugal y del Brasil. Estos ciento veinte millones de personas for​man veintitrés naciones, y de las veinti​trés naciones, veintidós son Repúblicas (veinte de lengua española y dos de len​gua portuguesa). Solo existe una monar​quía, la de Alfonso XIII y Primo de Rivera.

¿Cómo pueden entenderse de verdad estas Repúblicas con una monarquía que representa una excepción anacrónica y grotesca, un motivo de risa y de orgullo hasta para las naciones más pequeñas de América, cuando se comparan con nosotros?... Hace año y medio nos que​daba aún el recurso, para consolarnos de nuestra abyección monárquica, de ha​blar contra el militarismo de ciertas Re​públicas y sus generales gobernantes. Hoy nuestra situación afrentosa no nos permite ya este procedimiento consola​dor. En ninguna República de América, hasta en las más revueltas, existe una dictadura tan despreciable y envilecedora como la del Directorio español.

Primo de Rivera resulta un mamarra​cho si se le compara con muchos genera​les improvisados de las últimas Repúbli​cas americanas. A lo menos estos «ma​cheteros» se han hecho la carrera ellos solos; tienen mucho de heroico en sus aventuras y sus atrocidades; repiten, aunque sea sin comprenderlas, palabras de libertad que en otros países más ordenados resultan sagradas; no deben su fortuna a ningún tío protector y algunas veces triunfan en sus combates, lo que no le ha ocurrido jamás a nuestro Narváez de opereta, asaltador del Gobierno con escalo y nocturnidad, al que meteremos en presidio cuando triunfe la República.

¿Quién sabe hasta dónde podrá espar​cirse el ideal de la República española, entendiéndose fraternalmente con todas las Repúblicas del Viejo y el Nuevo Mundo, unidas a ella por la sangre y la historia?... La España republicana, pa​cífica, de ideas generosas, no inspirará miedo a nadie y difundirá en cambio una atracción simpática. Su vida interna federal será una garantía y un imán para las otras Repúblicas hermanas.

Tal vez, en el porvenir, se realice de verdad aquella España inmensa, pero in​segura y áspera, de los tiempos del descu​brimiento de América, en la que nunca se ponía el sol. Pero será una España sin reyes, sin coronas; una confederación sentimental gobernada por el espíritu, donde cada pueblo guardará su gobierno propio y su independencia, teniendo como únicos magistrados supremos, como presidentes perpetuos, de indiscuti​ble reelección, a Cervantes y Camoens.

Algunos dirán que todo esto no es más que una fantasía de novelista, com​pletamente irrealizable. Más irrealizable es que Alfonso XIII se apodere de Ma​rruecos y, sin embargo, llevamos derro​chados en ello miles de millones y perdi​das las vidas inútilmente de treinta mil españoles.

El ideal de la República española no costará nada, y nada perderemos inten​tando su realización. Además, el que tie​ne un ideal, aunque este no llegue a realizarse, resulta más digno de respeto que las gentes vulgarotas, de animalesca materialidad, capaces únicamente de vi​vir al día, sin otra ambición que la de apoderarse de lo del vecino.


Solos los que poseen un ideal pueden figurar en la aristocracia humana. 


Vicente Blasco Ibañez
Lo que será la República española - Capítulo X










1361. Lo que será la República española IX

IX. Lo que podemos hacer nosotros y lo que harán las generaciones venideras.

Adivino las objeciones de algunos lec​tores. Lo que llevo dicho sobre la futura República española lo considerarán un programa harto moderado y prudente, lo que se llama un programa mínimo, y harán memoria de que he defendido ideas más radicales en muchas de mis obras.

Es verdad; no lo niego. Además quiero aprovechar la ocasión para proclamarlo, y que no haya equívocos. Existen en mi dos órdenes de creencias. Unas, las que me han proporcionado la observa​ción y la lectura, aceptándolas por consi​derarlas justas, sin preocuparme de las condiciones impuestas por el espacio y el tiempo, reconociendo que muchas de ellas sólo podrán realizarse para bien de la humanidad en el curso de los siglos.

Otras, que por ser más limitadas y ele​mentales considero de inmediato implantamiento, sin perder de vista el estado de atraso de nuestro país, y seguro de que este no corre peligro alguno al adop​tarlas.

Sé muy bien cuál es la mentalidad de la mayoría de los españoles, especial​mente de la población de los campos. Y la llamada burguesía, o sea la gente miedosa, capaz de aplaudir el crimen con tal de que el orden no se turbe, no posee por regla general una intelec​tualidad superior a la del labriego.

La República, más difundida hoy en todo el mundo que la monarquía, resulta aún para muchos españoles algo audaz y peligrosísimo. Dejando a un lado los reyes negros de África con taparrabos y los reyes amarillos de Asia, en los países cultos del resto de la Tierra las Repúblicas son más numerosas que las monarquías. Cada año disminuye el gre​mio de los reyes. Y sin embargo en las ciudades y los campos de España todavía hay gente que se espeluzna de espanto al oír el nombre de República.

Debemos procurar ante todo que la República exista en España y el pobre español ignorante se acostumbre a ella, viendo cómo transcurren un año, dos, tres, cuatro, cinco, sin que tiemble el suelo ni caigan los astros, a pesar de que los reyes se fueron de Madrid y hay un jefe de Estado elegible, que repre​senta a la nación.

Vivimos esclavos del tiempo y del es​pacio, y por más esfuerzos que hagamos, jamás nos libertaremos de su tiranía. ¿Qué es nuestra vida individual? Unos cuantos años nada más que representan dentro de la historia de nuestro país me​nos que una millonésima de segundo en nuestra propia existencia. Y, sin embar​go, tal es la vanidad de nuestro entusias​mo, que en el curso de esta rápida vida queremos llevar a la práctica, de un solo golpe, todas las hipótesis generosas leí​das en los libros; realizar en los estrechos límites de un cuarto de siglo lo que exigi​rá tal vez miles de años.

Si fuese posible, además, en el breve espacio de nuestra vida, realizar instantá​neamente todos los nobles ensueños de pensadores y poetas en pro de la felicidad humana, suprimiendo cuantas desigual​dades e injusticias existen, ¿qué les deja​ríamos por hacer a las generaciones que vendrán después de nosotros?... Se abu​rrirían al encontrarse en un mundo don​de todo estaba resuelto y realizado; per​derían el gusto de vivir ante una vida sin objeto; tal vez por entretenerse, reha​rían la historia en sentido inverso, pro​clamando el encanto y la novedad de la barbarie, el despotismo, etc.

No, la vida no termina mañana, no se extingue con nosotros: le quedan aún miles y millones de años. Nuevas genera​ciones nos sucederán para ampliar y per​feccionar lo que iniciemos nosotros, como nosotros nos hemos aprovechado de las iniciativas y los sacrificios de nues​tros precursores. Muchas de las ideas cuya contemplación embellece mis horas meditativas, únicamente serán realizadas por los hombres del porvenir.

Vivamos el presente, el corto momento de nuestra pobre existencia humana; ha​gamos lo que podemos hacer con éxito, en los pocos años que nos quedan... Y si conseguimos implantar en España una República estable, una República que acostumbre a toda nuestra generación a existir sin reyes; una República que dé a las organizaciones obreras una vida de libertad, serena, tranquila y progresiva, implantando las reformas sociales que existen en los países más adelantados; una República que establezca la libertad religiosa, con el respeto a todas las creencias y eduque a los españoles en una tolerancia mutua; una República que abra veinte mil escuelas de las cincuenta mil que necesita España para estar al nivel de otros países y convierta al maestro, personaje hoy despreciado, en uno de los primeros funcionarios del país, podremos morir tranquilos, con la certeza de haber hecho en unos cuantos años lo que la monarquía no supo hacer en muchos siglos.

Y los que vengan después, ya irán perfeccionando y agrandando nuestra obra. 


Vicente Blasco Ibañez
Lo que será la República española - Capítulo IX
París 1925












1359. Lo que será la República española VIII



VIII. Los hombres que gobernarán nuestra República

La República es la paz. Vosotras, mu​jeres españolas, que cada veinte años te​néis que derramar lágrimas por culpa de una guerra sin objeto en la que se abusa del nombre de la patria y que patriotas verdaderos podrían evitar fácil​mente, debéis ver en la República vuestra futura tranquilidad.

La República española no inventará guerras exteriores que nos arruinen y arrebaten las vidas de miles de españoles, vuestros hijos, vuestros esposos, vuestros hermanos. ¿Quién puede atacarla?... Al Norte está Francia, una República; al Oeste está Portugal, otra República. Y las tres Repúblicas fraternales se enten​derán siempre en todos los asuntos que les sean comunes, y si llegan momentos de peligro se prestarán ayuda con la ins​tintiva solidaridad de los que pertenecen a una misma familia.

Los hombres de la República española no verán un ejemplo de simiesca imita​ción en los grandes carniceros humanos cual Guillermo II, ni buscarán guerras como un deporte, para admirarse a si mismos. Serán ciudadanos, verdadera​mente amantes de su patria, convencidos de que los países únicamente son grandes en relación con su grado de libertad, de prosperidad y de instrucción, dedican​do todas sus energías a las obras de la paz.

«¿Y quiénes son esos hombres?», pre​guntarán muchos españoles al leer esto, pues la educación materialista y de limi​tados horizontes que nos han dado, du​rante tantos años, la monarquía y el fa​natismo religioso nos impulsa a buscar la persona con preferencia a la idea.

Esos hombres los creará la República, los hará surgir el movimiento profundo que trae consigo un cambio de régimen. No temáis que falten. En todos los países y todas las épocas aparecieron puntual​mente, en el momento preciso.

Recordad las floraciones brillantes y espontáneas que produjo la revolución española de 1868. La mayor parte de sus personalidades eran completamente desconocidas poco tiempo antes.

Los hombres que gobernarán la Repú​blica española trabajan en este momento como médicos, ingenieros o abogados, escriben en una redacción de periódico o en un despacho comercial, explican sus lecciones en Universidades e Institu​tos, son obreros de carácter grave y me​ditativo que estudian en sus horas de reposo, vigilan el funcionamiento de una máquina o navegan frente a nuestras cos​tas. Actualmente lamentan los males de la patria y ven en la República su único remedio, pero la desorganización que la monarquía ha creado interesadamente en nuestro país los mantiene esparci​dos, como el polvo sideral. Han vivido hasta ahora lo mismo que los com​ponentes de una nebulosa, pero van a concretarse haciendo surgir un mundo nuevo.

La República no debe ser únicamente para los republicanos; la queremos para todos los españoles. Claro está que para los españoles de buena fe que no sean sus enemigos y finjan servirla para trai​cionarla con más seguridad, y favorecer de este modo la vuelta a los antiguos tiempos.

Los republicanos que ya vamos siendo viejos queremos el triunfo de la Repúbli​ca para que España se salve, importán​donos poco lo que podamos ser dentro de ella. Nos basta con la satisfacción de haber cambiado beneficiosamente el curso de la historia de España. Veremos con orgullo cómo un tropel de atletas jóvenes y desconocidos se lanza por el camino que nosotros trazamos.

Sé por experiencia que las más de las veces el que derriba una puerta no es el primero que entra por ella. Igual a todos los precursores que lucharon para echar abajo los duros restos del pasado, soy objeto de una campaña de injurias y calumnias pagada por la monarquía. Desprecio sus ataques, pero hay uno de ellos que necesito rebatir.

Como los sostenedores de lo existente no pueden explicarse en ningún hombre acciones generosas y desinteresadas, por hallarse estas muy por encima del plano de su mentalidad, han supuesto que hago la guerra a Alfonso XIII y deseo el esta​blecimiento de la República como un medio de satisfacer ambiciones persona​les, de ocupar los más altos cargos en el régimen republicano. Los que me co​nocen de cerca o los que tienen una noción aproximada de lo que es un es​critor, acostumbrado a vivir absoluta​mente libre con arreglo a sus gustos, no pueden hacer gran caso de tales supo​siciones.

Deseo una República española porque soy más español que Alfonso XIII y los que le rodean, porque he sido siempre republicano, y en los últimos años, mis viajes han servido para aumentar todavía más mi republicanismo. Estoy dispuesto a hacer cuanto pueda para que España viva sin reyes; pero una vez triunfe la República, mi conveniencia personal, mis aficiones, me harán desear que sur​jan nuevos hombres para que unidos a los antiguos gobiernen la joven Repúbli​ca y me dejen a un lado, saboreando silenciosamente el placer moral de haber hecho una gran cosa en bien de mi patria.

Representaría una mala acción que yo abandonase a la República desde el pri​mer momento de su triunfo, precisamen​te en el período constituyente, que es el más difícil y requiere la cooperación de todos los republicanos. La ayudaré mientras me lo pida y en el sitio donde quiera colocarme.

Y cuando la República ya no me con​sidere necesario, mi gusto será volverme a mi jardín de Mentón, a escribir no​velas, como uno de aquellos republica​nos de la antigua Roma que después de servir a la República volvían a trabajar su campo. 


Vicente Blasco Ibañez
Lo que será la República española - Capítulo VIII











1350. Lo que será la República española VII



VII. La Iglesia

La Asamblea Constituyente de la Re​pública española legislará sobre las futu​ras relaciones entre la Iglesia y el Estado, como sobre todos los asuntos que afecten a la vida interior y exterior de nuestro país. Ella será la soberana. Yo hablo aquí de los primeros meses de la República, de lo que debe hacerse en mi opinión durante el período intermedio entre la caída del régimen monárquico y la re​unión de las Constituyentes.

El primer Gobierno de la República respetará el Concordato con Roma, pero exigiendo su exacto cumplimiento. Ade​más, el hecho de que la mayoría de los españoles profesa la religión católica no significará que sigamos ofreciendo al mundo el espectáculo más inaudito de intolerancia que se conoce.

Dentro del catolicismo existe una sub​división a la que muchos dan el título de «catolicismo a la española». Yo conozco en naciones de Europa y América católicos eminentes que muestran cierta tristeza al hablar de este catolicismo español. En algunos escritores católicos de espíritu elevado se nota una tendencia a no hablar de nuestro país, como si la intolerancia española fuese un mal ejemplo, una especie de peso muerto que dificulta el avance del catolicismo en las otras naciones.

El católico español si va a Inglaterra o los Estados Unidos, países protestan​tes, encuentra natural y lógico que en la calle más céntrica de Londres o Nueva York exista una catedral católica, y nu​merosos templos de la misma religión en las vías secundarias. En cambio, si le dicen que va a establecerse un templo protestante en la calle de Alcalá, en Ma​drid, es posible que su indignación le haga rugir como una bestia feroz. Y no mencionemos siquiera la hipótesis de abrir una sinagoga en la capital de Espa​ña. Esto haría reír a muchos católicos como algo estrafalario, más allá de los limites de lo verosímil, y a muchas devo​tas les proporcionaría un síncope, si lo tomaban en serio.

En mi viaje alrededor del mundo he visitado islas de la Polinesia donde hace cincuenta años los naturales se comían asados a los misioneros. Hoy, en las capi​tales de dichas islas del Pacífico, se ven templos de todas las religiones que tienen una base moral, alineados en la misma calle, tratándose los fieles de tan diversas creencias con el respeto que merecen hombres que sienten en común el mismo amor a Dios y al bien de sus semejantes. El catolicismo «a la española», el que sostiene al rey y al Directorio, está muy por abajo moralmente de estos nietos de antropófagos.

Cuando en una nación de Europa o América se cuenta que existe un país europeo llamado España donde las seño​ras protestan indignadas si una capilla protestante se atreve a poner en Madrid una cruz sobre su puerta (como si esta cruz fuese un símbolo inmoral) y donde los que no son católicos, para ir los domingos a su casa de oración, tienen que buscarla en el fondo de un patio o disimulada por los árboles de un jardín como si entrasen en un lugar ver​gonzoso, las gentes quedan asombradas y dudan de que esto sea verdad. Y, sin embargo, así es, bajo el reinado de Al​fonso XIII.

La República española reconocerá el Concordato en lo que se refiere al mante​nimiento del culto católico, por ser este el de la mayor parte de los españoles, pero reconocerá igualmente la libertad religiosa, el respeto de todas las creencias basadas en la moral, aunque sus adeptos sean pocos; y con ello no hará más que lo que hacen todos los pueblos civiliza​dos. Será un acto de reciprocidad para las grandes naciones que no siendo cató​licas aceptan y protegen el catolicismo, sin fijarse en el número de los que lo profesan.

La conducta de los católicos españo​les, que se alegran de encontrar en los países protestantes templos católicos y en cambio no permiten que en su patria viva libremente otra creencia religiosa, recuerda la lógica inquisitorial del reac​cionario Luis Veuillot cuando decía a los liberales: «Si triunfáis me debéis la libertad, porque figura en vuestro pro​grama. Si yo triunfo, no os la daré, por​que no figura en el mío.»

Este absurdo, que nos coloca aparte entre los pueblos, como una excepción vergonzosa, lo hará desaparecer la Repú​blica. Amparará a la Iglesia católica y pagará a sus sacerdotes en cumplimiento del antiguo Concordato, pero permitirá que se establezcan en España las demás religiones de los pueblos civilizados, con entera libertad, disfrutando de las mis​mas garantías y respetos que encuentran todas las «casas de oración» en las prime​ras capitales del mundo.

También considerará la República es​pañola de indiscutible justicia hacer una reforma en la distribución de los millones que el Estado entrega a la Iglesia para su sostenimiento. Hora es ya de que lle​gue la revolución para el clérigo, como para el contribuyente, el obrero de la ciudad y del campo, y todos los españo​les que han vivido hasta hoy bajo un ré​gimen de injusticias y privilegios.

Nadie tan víctima de la desigualdad como el sacerdote del clero bajo. Solo entre los pobres trabajadores del campo, en ciertas regiones de España, se encuen​tran jornales comparables a la retribu​ción que perciben algunos clérigos. Los hay que cobran menos de dos pesetas diarias y son los que trabajan más en las funciones del sacerdocio, los que se levantan a horas avanzadas de la noche para asistir a los moribundos, los que cumplen las más penosas y monótonas funciones de su ministerio.

Es cosa corriente ver en España cléri​gos sucios, astrosos como mendigos, con un aspecto de miseria mal disimulada. También se les ha visto a veces en las calles de Madrid pidiendo limosna. En cambio, el alto clero tiene obispos y car​denales (no todos, justo es decirlo) que visten y viven como si fuesen cocotas eclesiásticas, arrastrando vanidosamente faldas de seda y encajes, luciendo en las tertulias de señoras las joyas de sus manos y de su pecho con afeminada riva​lidad, vanidosos príncipes de la Iglesia que no satisfechos con hacer eso dentro de España —en la que sostienen por afini​dades de histrionismo a Alfonso XIII y al Directorio—, se lanzan a viajar a través de las tierras de América, como un exponente grotesco de nuestra na​ción.

El presupuesto del clero debe repartir​se equitativamente. Algunos sacerdotes llevan una vida igual a la de los villanos de la Edad Media, oprimidos por sus señores feudales, sin poder protestar cuando les arrebatan el producto de su trabajo.

La República reconocerá el derecho de estos oprimidos a intervenir por pri​mera vez en el manejo y reparto de lo que les pertenece.

Los clérigos podrán constituirse en sindicatos, para la defensa de sus intere​ses; podrán crear Juntas de defensa parecidas a las que tuvieron los militares, o una asamblea que, a semejanza del antiguo Estado llano, pida a los magna​tes de su clase un reparto más equitativo del dinero, una abdicación de sus privile​gios abusivos, una igualdad evangélica, inspirada en las primeras enseñanzas del cristianismo.


Vicente Blasco Ibañez
Lo que será la República española - Capítulo VII









1341. Lo que será la República española VI



VI. La República y el separatismo

Solamente la República puede evitar la disgregación nacional que ha empeza​do a iniciarse en España, especialmente en Cataluña y algunas provincias del Norte.

Este separatismo no es más, en el fon​do, que una tendencia instintiva de los órganos que aún gozan una existencia propia a separarse de la monarquía espa​ñola, que consideran muerta. Abominan de España porque esta carece de libertad, y a causa de la política de sus reyes forma aparte de las demás naciones de Europa, como si perteneciese a otro con​tinente, menos civilizado. Además de​sean una amplia autonomía, en relación con su enérgica individualidad, y esta autonomía resulta incompatible con la constitución monárquica.

Dentro de una República española desaparecerá el separatismo. Nadie quiere irse de allí donde se ve respetado y atendido, gozando el pleno uso de sus derechos.

La República española será federal, siguiendo así las verdaderas tradiciones de España. Grandes geógrafos como Reclus, célebres viajeros que estudiaron atentamente la constitución física y étnica de nuestro país, están acordes en afirmar que España, por la conformación de su suelo, por su historia y por la diversidad de sus razas, debe ser una nación federal. En ella, el unitarismo es obra de los reyes, ansiosos de autoridad absoluta; nunca lo fue de la voluntad de los pueblos.

Pero el federalismo dentro de ia Repú​blica española no será general, instantá​neo y obligatorio. El federalismo no debe imponerse. Son imprescindibles una edu​cación preparatoria y un deseo unánime, para obtener su instauración.

Yo he vivido en varias Repúblicas fe​derales, especialmente en la más impor​tante de ellas, los Estados Unidos de América. No todos los componentes de una República federal son Estados autó​nomos, en el pleno uso de su soberanía. Hay porciones de terreno, menos prepa​radas para la vida particular e indepen​diente, que mientras realizan su evolu​ción educativa para llegar en lo futuro a ser Estados se llaman simplemente «Te​rritorios» y dependen del Gobierno central.

En los Estados Unidos quedan ya po​cos «Territorios». Algún tiempo antes de la guerra europea, el presidente Wilson elevó casi todos ellos a la categoría de Estados, considerando que estaban ya en condiciones para una vida autonó​mica; pero hace veinte años, nada más, el número de los Territorios era todavía considerable en la gran República de la Unión.

La España republicana, una vez re​sueltos los primeros problemas de su vida, cuando sea oportuno arrostrar nuevas reformas, podrá constituirse siguien​do las mismas reglas de los Estados Uni​dos y otras Repúblicas federativas. Exis​tirán en ella, a un mismo tiempo. Estados regionales con Gobierno autónomo, y provincias que dependerán del Gobierno central de la República.

Cataluña y otras regiones, si las hay, que deseen unánimemente un Gobierno autonómico, podrán constituirse en Es​tados regionales, dentro de la gran República española. Y las más de las antiguas provincias, en las cuales el absolutismo de Austrias y Borbones borraron a san​gre y fuego el espíritu autonómico repre​sentado por los Fueros, podrán ir hacien​do poco a poco dentro de la República su educación federalista, su aprendizaje de vida autónoma, hasta que suprimido el antiguo caciquismo y habiendo adqui​rido cada grupo provincial una nueva vida orgánica, reclame su autonomía, constituyéndose en Estado.

¡Ojalá en lo futuro toda la Península, desde los Pirineos al Estrecho, del Medi​terráneo al Atlántico, sea una confedera​ción de Estados autónomos con vida propia, un conjunto de organismos ro​bustos, en admirable equilibrio, sin so​breponerse unos a otros, que unan, para la gloria de una patria común, las diver​sas lenguas, los múltiples caracteres, las variadas crónicas de su riqueza histórica, y ostenten con noble orgullo el título de «Estados Unidos Hispano— Lusitanos», gran República Federal de Iberia! 


Vicente Blasco Ibañez
Lo que será la República española - Capítulo VI