Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Machado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Machado. Mostrar todas las entradas

3488. Unas palabras de Machado




Antonio Machado, el gran poeta y amigo de la juventud, nos ha dicho:

"A los que éramos hace treinta años jóvenes se nos hablaba de una revolución desde arriba. En el fondo de una transformación de España a cargo de los viejos yo no he creído nunca en ella, y en esto estuve siempre en desacuerdo con los jóvenes apolíticos de mi generación. La revolución es siempre desde abajo y la hace el pueblo. Una gran parte de la juventud española ha abrazado valientemente la causa popular, y España tiene hoy lo que hace mucho tiempo necesitaba: una juventud sana y enérgica, capaz de mirar serenamente al mañana; una juventud realmente joven." 

Agradece Machado el honor de ofrecerle un puesto al lado de las Juventudes Unificadas, y añade: 

"Yo no soy un verdadero socialista y, además, no soy joven; pero, sin embargo, el socialismo es la gran esperanza humana ineludible en nuestros días y que toda superación del socialismo lleva implícita su previa realización. Soy de los pocos viejos que no creyeron nunca en las falsas Juventudes. Siempre pensé que la renovación de nuestra vieja España comenzaría por una estrecha cooperación del esfuerzo juvenil férreamente disciplinado. Confío en vosotros, que sois la juventud con que he soñado hace muchos años. Con vosotros estoy de todo corazón."


Ahora, 14 de enero de 1937






3480. A Antonio Machado





¡Amistad verdadera, claro espejo
en donde la ilusión se mira!
...Parecen esas nubes
más bellas, más tranquilas.
Siento esta tarde, Antonio,
tu corazón entre la brisa.

La tarde huele a gloria.
Apolo inflama fraternales liras,
en un ocaso musical de oro,
como de mariposas encendidas;
liras plenas y puras,
de cuerdas de ascuas liquidas,
que guirnaldas de rosas inmortales
decoraran, un día.

Antonio, ¿sientes esta tarde ardiente,
mi corazón entre la brisa?


Juan Ramón Jiménez






3458. Canción

Antonio Machado en la segunda fila. A su izquierda, León Felipe en la inauguración del II Congreso Internacional de Escritores
Valencia, Julio de 1937


Ya va subiendo la luna
sobre el naranjal.
Luce Venus como una
pajarita de cristal.

Ámbar y berilo,
tras de la sierra lejana,
el cielo, y de porcelana
morada en el mar tranquilo.

Ya es de noche en el jardín
-¡el agua en sus atanores!-
y sólo huele a jazmín,
ruiseñor de los olores.

¡Cómo parece dormida
la guerra, de mar a mar,
mientras Valencia florida
se bebe el Guadalaviar!

Valencia de finas torres
y suaves noches, Valencia,
¿estaré contigo,
cuando mirarte no pueda,
donde crece la arena del campo
y se aleja la mar de violeta?


Antonio Machado
Poesía de la guerra, 1936-1939






3407. Habla el gran poeta Antonìo Machado

Antonio Machado, segundo por la derecha, en la Conferencia Nacional de las J.S.U. - Valencia, enero de 1937


Hemos ido a buscarle a su retiro. Este paisaje valenciano —tan lejos, tan distinto del suyo: Castilla, Andalucía...— es la nueva perspectiva del poeta. He aquí cómo, por los azares de la guerra, Antonio Machado ha venido a ser algo nuestro. (¡Quién sabe si existe ya en potencia el poema definitivo de nuestra huerta!) 

He llegado hasta él con cierta emoción inquietante, aplacada al verle. Su bienvenida bondadosa, el cariño con que acoge mis deseos, me lo han puesto tan pronto y tan naturalmente a mi nivel, que la charla ha surgido espontánea y serena en una intimidad de estimulo. 

Le he prometido no fantasear a mi modo, no alterar en nada lo que él me ha dicho. Lo transcribo a continuación de una manera escueta, tal como ha surgido de sus labios. 

—Alguien ha dicho que "el gran poeta debe estar en medio de todos los hombres, sin cuidarse de sus banderas, regalando a unos y a otros su cosecha de altas verdades". ¿No cree usted que estas verdades (de serlo) no serían aceptadas en modo alguno por todas las clases de hombres? 

—Evidentemente. No a todos sentarían igual; pero, sin embargo, el poeta debe rendir culto a la verdad por encima de todo. Yo siempre lo he hecho así, y no me arrepiento. 

—Por el contrario, ¿no cree usted en el poeta de bandera al servicio de la alta y única verdad del pueblo? 

—De una manera dogmática, no. Pero en España el poeta debe estar siempre con el pueblo. Lo mejor en España es siempre del pueblo. El patriotismo, por ejemplo, es siempre popular, no es de ‘‘señorito". El ‘‘señorito" vende a la Patria y el pueblo la salva con su esfuerzo y con su sangre. Ocurrió así en la guerra de la Independencia, está ocurriendo ahora. 

—Efectivamente, parecen una cosa actual, y es que uno ve las cosas siempre a distancia, cuando vienen o cuando se van. La visión requiere distancia. Yo no podría escribir ahora sobre el hoy mismo. Así, estas poesías mías que compuse en 1911, tal vez sin justificación plena, pueden referirse —por milagro de intuición— a lo que hoy vivimos. 

—Recientemente se celebró en Valencia el Congreso de la Juventudes; a él asistió usted, aunque silenciosamente ¿Qué impresión le produjo?

—Magnificó Su idea central de agrupar a toda la juventud en estos momentos de lucha, pese a sus dificultades por la diversidad de ideología, es digna de llevarla a la práctica cuanto antes. Lo que me conmovió profundamente fué la intervención de "Pasionaria''. ¡Qué tono de slnceridad, de mujer española auténtica! (Y en su voz, que evoca la figura de la gran dirigente comunista, hay temblores de emoción contenida.) 

—El hecho de que personalidades como el profesor Carrasco, como usted, ocuparan un puesto de honor en dicha Conferencia, ¿no le parece altamente significativo? 

—Evidentemente. Fué una cosa muy simpática y muy representativa. Como significación, magnífica. A mí me honró inmerecidamente (apunta su modestia) y de manera extraordinaria la prueba de cariño que se me dispensó. 

—Para terminar, quisiéramos de usted unas palabras dedicadas expresamente a los estudiantes antifascistas españoles, como no ignora usted, agrupados en la F.U.E. 

—A los estudiantes os está reservado un gran papel en la revolución, ya que toda revolución no es sino una rebelión de menores. (¿Dice esto Antonio Machado o es Juan de Mairena quien habla?) Además, yo he tenido siempre un alto concepto de vosotros. He expresado ya en otras ocasiones que la enseñanza española no podría reformarse, encauzarse de manera eficaz, sin la colaboración de los estudiantes. Tampoco he creído justa la idea del estudiante apolítico. Los estudiantes debéis hacer política, si no la política se hará contra vosotros. 

Y en la despedida afectuosa vuelve a poner Machado toda su enorme bondad que le rezuma de su cuerpo gigante ya cansado.


J. Orozco Muñoz
Ahora, 1 de mayo de 1937







3366. Respondiendo a Marañón

Gregorio Marañón en París


Los más nobles representantes de la cultura responden a las manifestaciones de Marañón

La Casa de la Cultura nos envía el siguiente escrito para su publicación: 

"Sin propósito de entrar en polémicas inoportunas, у sólo con el deseo de servir al gran pueblo español que lucha en las trincheras contra militares rebeldes y alemanes e italianos invasores, hemos de consignar la protesta que nos merecen las inverosímiles declaraciones de don Gregorio Marañón aparecidas en "Le Petit Parisién" de 21 de febrero y no rectificadas hasta ahora por dicho señor. Queremos eludir todos aquellos puntos que no despiertan en nosotros sino indignación o desdén. No queremos discutir si Franco es como el Cid o como los Reyes Católicos por apoyar en fuerzas moras sus conquistas y todas las demás afirmaciones peregrinas de que Marañen se sirve, suponiendo en su nuevo público un desconocimiento completo de la vida y de la historia españolas y jugando arteramente con las fechas, las circunstancias y los nombres. 

No nos interesa nada que el doctor Marañón se declare fascista; apenas les interesará a los mismos adeptos de Franco que por la emisora española de Lisboa le hicieron saber en la noche del 27 de enero la opinión que de él tenían y las condiciones con que lo aceptaban. Tenia que pedir perdón, tenía que desdecirse de su liberalismo. A él, que hubiera querido pasar por el apóstol de la convivencia, que parecía el inventor de un nuevo liberalismo, cuya fórmula era pertenecer simultáneamente a Falange Española y a la C.N.Т., se le invitaba a abjurar de todos los liberalismos y a acudir a Burgos a hacer confesión general. No responden en el fondo a esa invitación las declaraciones de "Le Petit Parisién". El doctor Marañón no ha ido a Burgos todavía; pero desde París ha entonado el "mea culpa"; ha repetido una por una, dirigidas a la atención de Franco, todas las palabras del "confiteor". 

No nos importaría nada su defección si para justificar de algún modo esta actitud suya no se hubiera lanzado a fulminar condenaciones contra la República, esta malhadada República que tolera, según Marañón, los mayores excesos, y olvidando sus orígenes se ha llenado de aborrecimiento por cuanto signifique cultura; todo París lleno de intelectuales españoles fugitivos de la tiranía roja así lo proclaman. Pues bien, esos intelectuales a los que el Gobierno legítimo de España ha permitido abandonar el territorio nacional por razones respetables, y a muchos de los cuales asiste con sus medios, sabrán dar cuenta señor Marañón de por qué están en París, y sobre todo de por qué no están en Burgos. En cuanto a nosotros, los que vivimos en España, podemos decir que no nos hallamos prisioneros, ni perseguidos. Tenemos las puertas abiertas, hemos recibido atenciones de las autoridades, sin que se nos haya pedido declaración ni compromiso alguno de carácter político. Hemos sentido en lo más hondo de nuestro ser el inmenso dolor en los días en que estalló la revolución; pero los desbordamientos lamentables que el Gobierno entonces no pudo evitar, análogos a los de todas las revoluciones y menores seguramente que los que se han producido en el campo opuesta, no nos han apartado del entusiasmo y devoción por nuestro pueblo, ni nos han impedido admirar la grandeza del sacrificio que está realizando en defensa de sus ideales de emancipación, independencia y libertad. 

Elegantemente, con un resbalar ligero, sin insistencia importuna, como perfecto nombre de mundo, el doctor Marañón alude a su fuga, a su novelesca fuga. El lector de "Le Petit Parisién" habrá sentido un escalofrío por la espalda al reparar en la discreta veladura puesta sobrе el más dramático episodio de la vida del doctor Marañón, escrito por él mismo. Pues bien: es conveniente hacer constar que el doctor Marañón salió de España provisto de un pasaporte de la Dirección General de Seguridad —así lo hizo constar aquel mismo dia el director del ramo— y de un salvoconducto del Ministerio de Instrucción Pública y que le acompañaron hasta Alicante Milicias del 5º Regimiento. Hay fotografías que muestran la acogida dispensada al doctor dramáticamente perseguido, en el cuartel de esas Milicias, el quince de diciembre dе mil novecientos treinta y seis. El capitán Ganivet que арагece en la fotografía, fué uno de los que le acompañaron a Alicante, en compañía de don Ramón Menéndez Pidal, después de haber sido testigo de la boda de un hijo del mismo, según consta en el acta matrimonial levantada ante el 5." Regimiento, ante su comandante jefe. Salió de Madrid diciendo que lo hacía contra su voluntad, como médico de Menéndez Pidal. No debe omitirse que con Marañón salía de España su hijo —oficial hoy, según se dice, en las filas fascistas—, conscrito entonces en el Ejército regular español y obligado, por tanto, a permanecer en filas. ¿Conoce alguien mayor tiranía que la de esta República, que no sólo otorga pasaporte a intelectuales ilustres, sino a sus hijos, obligados a servirla con las armas en momentos de movilización general? ¿Qué dirán los militares facciosos de esta generosidad nuestra?

El doctor Marañón, víctima, sin duda, del amor paterno, ha perdido una gran ocasión de mostrar la calidad aristocrática de su silencio y otras muchas calidades. La delicadeza más elemental le obligaba a callar; pero su afán de sinceridad rompía todos los diques de la discreción; no era justo ofrecer al público francés medias verdades que parecían mentiras. Y si su conuencia de español está en carne viva, si la tragedia de su Patria le lleva transido y angustiado hacia la España de Franco, en esas mismas tierras podrá encontrar un caso ejemplar a que atener su conducta: el de Unamuno, muerto de dolor, de vergüenza, de asco, en la atmósfera irrespirable, asfixiante de la Salamanca fascista." 

Firman: M. Marqués, Jacinto Benavente, Antonio Machado, Victorio Macho, profesor Carrasco, José F. Montesinos, León Felipe, T. Navarro Tomás.


Ahora, 6 de marzo de 1937










3319. Antonio Machado

Antonio Machado camino del exilio en Raset cerca de Cerviá de Ter (Gerona) a finales de enero de 1939


Antonio Machado, persona íntegra, de enterezas y hombría de bien, supo llevar a su vida la entrañable serenidad que en su lírica se aprecia. Y cuando decimos vida al referirnos a nuestro poeta, no aludimos a biografía, que aventura y aconteceres apenas tuvo. Hijo del insigne folklorista del mismo nombre, nació en Sevilla, julio de 1875, en la casa de las Dueñas, antiguo palacio del Duque de Alba mencionado en alguna de sus poesías. Andaluz en el que se produce un clarísimo fenómeno de castellanización —toda su vida transcurre entre la árida meseta y el cálido mediodía— , en el espíritu de esas dos regiones, esencia de la península, nutrió el de su lírica, como en otro tiempo hicieran Francisco de Medrano y San Juan de la Cruz. Su niñez, hasta los ochos años, fué sevillana. Después vivió en Madrid, estudiando en el Instituto Libre de Enseñanza, y a fines del siglo realizó un viaje a París, seguido de otros que hizo por diversos lugares de España. En 1907 fué nombrado catedrático de Lengua francesa en Soria, en donde se casó y perdió a su esposa, cuyo recuerdo, según él mismo decía, le acompañó siempre. Bueno a carta cabal —«soy, en el buen sentido de la palabra, bueno»— , humanamente llano, afable, balbuciente, tímido, vive después en Baeza, en Segovia, ciudades pequeñas por las que pasea distraído, con su aspecto derrotado, descuidada la indumentaria, sencillo, noble, modesto. En 1932 se traslada al Instituto Calderón de Madrid, en cuya ciudad fué sorprendido por la rebelión de militares primero y el cerco de extranjeros después. Como Goya en otras y semejantes circunstancias, su vida y su obra marcharon acordes con el vivir y el hacer populares. En los últimos meses de 1936 llega a Valencia, reside en la Casa de la Cultura y más tarde habita en Rocafort, pueblo levantino, comenzando, en todo ese va y ven, su colaboración, que había de ser constante, en la revista Hora de España. Interviene en los debates del Congreso Internacional de Escritores celebrado en Valencia y Madrid —julio de 1937—, trasladándose después a Barcelona, de donde salió —enero de 1939—, en aquel triste río, humano y fugitivo, a dar a la mar del morir o del destierro, que para él todo fué uno. «Donde acaba el pobre río, la inmensa mar nos espera», escribió cierta vez. En Collioure (Pirineos orientales), pueblo francés próximo a la frontera española, «casi desnudo, como los hijos de la mar», según había vaticinado, recibió tierra el 23 de febrero de 1939.

Los pasos que dio en vida hallaron fiel reflejo en su lírica. Atraviesa la época decadente y ridícula de fin de siglo, intacto, sin ser influido por ella. Amigo y admirador de Darío, aunque a veces adopta las formas de éste, el alejandrino sobre todo, no existe, realmente, ninguna semejanza entre la poesía del nicaragüense y la suya. Muy al contrario, el verso de Machado, hondo y grave, es esencialmente opuesto al modernismo, de lujoso idioma exterior, sensual, todo apariencia, tan cargado de moda. Si en su obra no hay relación directa con las bogas del momento —y a ello debe esa nota de clásico envida, de poeta estable, con valor permanente y eterno—, en cambio pueden señalarse claras influencias de las tierras en que habitó. Su lirismo primero, el de Soledades, galerías y otros poemas, tiene muy evidentes huellas andaluzas, y también, en relación con ellas, rasgos del mejor romanticismo, del más digno. El andalucismo culto del Machado de comienzos de siglo, debe ser comprendido ligándolo íntimamente a la figura del otro gran se villano y romántico, Gustavo Adolfo Bécquer, a quien debe la sensación de mundo soñado, de galería interior, de poesía desnuda, y el palpitar de su palabra, que procede del alma, próximo a las Rimas. Nostalgia, transparencia y construcciones poéticas basadas en el recuerdo se unen en esa obra a la poesía española espiritual de Manrique y Quevedo, a quienes recuerda por su fondo moral y su pensamiento de empaque varonil, sencillo y a veces melancólico. 

Se traslada al yermo castellano, pasa años en Soria, «árida y fría», y entonces cultiva el paisaje y la descripción de la alta meseta, gris y adusta, en poemas en donde asoman un tanto la elocuencia y el énfasis, faltándoles, acaso, la extraordinaria justeza de su primera época. Campos de Castilla, su nuevo libro, le señala con toda evidencia como el único poeta en verso del 98. Ya en su obra anterior se apreciaban trazas de esa generación —pesimismo, ausencia de retórica, tristeza— , que ahora acentúa con su preocupación por el destino de España, con su amor a la tierra, su acercamiento al pueblo y por el sentido social que aparece en sus versos. El afán crítico mostrado en ellos, rasgo propio de la citada generación, deja traslucir la ideología de origen krausista, común a muchos de sus contemporáneos y maestros, que en Machado se manifiesta con personales influjos de Kant y Schopenhauer. Uno de los aspectos de Campos de Castilla, el de los proverbios rimados, se prolonga en Nuevas canciones, obra compuesta, en su mayor parte, de poesía sentenciosa lírico-popular, en la que se confunden pensamiento y canción como es norma entre sus paisanos. 

Los últimos escritos de este poeta, casi todos en prosa, contienen su «arte poética», metafísica y glosas de toda índole, con las que prueba el hondo conocimiento que tuvo de la filosofía, por la que estaban sus preferencias, y su certeza peculiar para el comentario, cualidad que hizo de él un «pobrecito hablador» de nuestra época. Antonio Machado ocupa, con Juan Ramón Jiménez, el más alto rango en la poesía española contemporánea. Gran poeta menor, de obra breve por concentrada e intensa, identificó hombría de bien y nombradía, hombre y nombre, uniendo a su profunda lírica, expresión viva de nuestro pueblo, su muy honrada y noble existencia, limpio azogue en donde puso sus ojos toda la España leal.


José Ricardo Morales
Poetas en el destierro
Editorial Cruz del Sur, 1943





3318. El XX aniversario de Machado

Parece increíble pero es verdad: En la España actual el nombre de Antonio Machado puede convertirse en una piedra de escándalo para sus gerifaltes. Así lo demuestran las diversas maniobras que los medios oficiales han realizado para obstaculizar los homenajes que los escritores y artistas españoles le han rendido con ocasión del XX aniversario de su muerte; y después, cuando comprendieron que esto era imposible, y hasta impolítico, los manejos ya más turbios, con que trataron de tergiversar el sentido de este homenaje. Veamos los hechos.


A principios de febrero, un grupo de intelectuales franceses de la más alta categoría y del más diverso signo (Picasso, Sartre, Mauriac, Aragón, Cassou, etc.), decidió celebrar un homenaje a don Antonio junto a su tumba en Colliure, y se dirigió a los escritores españoles pidiéndoles su asistencia. El diverso signo ideológico de los franceses que firmaban este llamamiento era como un espejo en el que los españoles veíamos nuestro espíritu de reconciliación nacional. El homenaje a Antonio Machado se convertía así en nuestras conciencias, a la vez que en un emocionante recuerdo del más grande de los poetas españoles del siglo, en una reivindicación de lo que este hombre entrañado en el pueblo, digno y a la vez pacífico, encarnaba de nuestras preocupaciones actuales, y de nuestra necesidad de manifestarnos contra el clima de guerra civil en que quiere mantenernos el franquismo.

Muchos escritores españoles, y en especial los residentes en Cataluña, por aquello de que les era más fácil y económico el desplazamiento, acudieron a Colliure. Allí, junto a muchos emigrados, pudo verse a Castellet, Blas de Otero, los Goytisolo, Caballero Bonald, Costafreda, Valente, Barral, Gil de Biedma, etc. Pero a la vez, el mismo día y a la misma hora, otros muchos escritores españoles -éstos con residencia en Madrid- se reunían en la casa de Segovia donde Antonio Machado vivió muchos años.

El hecho de este homenaje segoviano, si se tiene en cuenta que la prensa, la radio y todos los medios de difusión oficiales lo silenciaron, tiene algo de asombroso. ¿Cómo tantos y tantos cientos de personas llegaron a saber de un acto que sólo de boca a boca o de tú a tú fue anunciado, y esto en el brevísimo plazo de cinco días? Indudablemente, sólo porque existe un clima común entre todos los intelectuales españoles.

No se pueden poner puertas al mar. El franquismo lo sabe. Por lo tanto, decidió reducir el mal que no podía impedir. Y esto por dos medios: prohibiendo que en Segovia se celebraran actos públicos en homenaje a Machado y anunciando a bombo y platillo en toda la prensa, otro acto de homenaje, éste de inspiración oficial, que debía celebrarse, siempre el 22 de febrero y a las doce del día, pero en Soria. La diferencia era clara. En Segovia, concentración de la Policía armada y de la Brigada social. Y por si fuera poco, pistoleros de la Falange que dejaban caer la pistola del bolsillo como al desgaire, y la recogían luego del suelo con un gesto de desafío. En Soria, acto oficial, Muñoz Alonso, flores las autoridades y los poetas vendidos (recordemos sus nombres: Rafael Morales, Manuel Alcántara, Luis López Anglada, Salvador Jiménez y Pérez Valiente, todos poetas de segunda fila, dicho sea por otra parte). En Segovia, cientos y cientos de intelectuales, escritores, estudiantes, pintores y actores que no encontraban un lugar lo bastante amplio para reunirse. En Soria, el elemento oficial, los periodistas y las señoritas de la localidad, y los muchachos arrancados de los colegios para llenar en lo posible la sala en donde se celebraba el acto. En Segovia, la verdad de España y el corazón popular de Machado redivivo. En Soria, la mentira y el fracaso de una maniobra con la que se pretendió desfigurar lo que en verdad había que decir y realmente dijeron los intelectuales españoles. ¿Hace falta otro plebiscito? En lo que respecta a los intelectuales, escritores y artistas, evidentemente no.

Pocos días después, los estudiantes de Madrid, que acudieron en masa a Segovia por sus propios medios despreciando los autobuses y la excursión pagada que se les había ofrecido para que fueran a Soria, organizaron un acto de homenaje a don Antonio Machado en el Paraninfo de la Universidad. Firmaban la convocatoria cuatro «grandes» (Menéndez Pidal, Marañón, Montero Díaz, Teófilo Hernando) y cuatro de los que los universitarios llaman «jóvenes maestros» (Vivanco, Celaya, Hierro y Figuera Aymerich). Una vez más, encontrábamos así reunidos en torno a don Antonio, a hombres de las más diversas edades y de las más diversas tendencias. Nada más pacífico. Nada más esperanzador. Nada tan hermoso como ver a Antonio Machado ganando a los veinte años de su muerte este espíritu de reconciliación, regeneración y amor de España. Nada más limpio. Pero...

Cuando ya el acto había sido anunciado, hasta en la prensa, y los estudiantes pletóricos de entusiasmo se agolpaban en el paraninfo, llegó una increíble noticia: el acto había sido suspendido. Unos carteles fijados en las puertas lo anunciaban. Pero con esto nos hallábamos otra vez en las mismas: no se pueden poner puertas al mar. Los estudiantes que abarrotaban la sala decidieron no moverse de allí, y cuando Hierro, Celaya y Figuera Aymerich ocuparon sus lugares en la presidencia, estalló una ovación. Poco después, el rector don Valentín Andrés Álvarez, ante la presión de las circunstancias, revocaba la prohibición y hasta presidía el acto. No podía hacerse otra cosa, so pena de provocar una estrepitosa manifestación estudiantil. Por otra parte, el acto fue planteado en términos académicos. Habló uno. Y luego otro. Y luego otro. Hasta que se levantó Gabriel Celaya y dijo lo que todo el mundo estaba esperando que se dijera y nadie decía por cobardía. Y entonces, el paraninfo se vino abajo de ovaciones. Y se entendió por qué razones las autoridades habían querido suspender el acto.

Muchas revistas y periódicos españoles han recordado estas últimas semanas el nombre de Antonio Machado. Pero las coerciones que pesaron sobre el homenaje de Segovia y sobre al acto de la Universidad, han gravitado aún más fuertemente sobre ellas. Sólo pondré como ejemplo lo ocurrido con la revista «Acento».

«Acento» es una revista del «S. E. U.», pero es una revista que, pese a las subvenciones de que vive, viene mostrando, por el ánimo de sus directores y de su consejo de redacción, un gran espíritu de independencia, valentía y amor a la verdad. Cuando invitó a los escritores españoles a que colaboraran en un número de homenaje a Machado, pocos se negaron. Pero... Ya estamos en el pero. El Director general de Prensa, Adolfo Muñoz Alonso, se alarmó: ¿Por qué? El sabrá. Empezó por exigir que al frente del número de «Acento» figurara un texto suyo. Recomendó -es un decir- que no faltaran los poemas que los cinco traidores habían leído en Soria. Prohibió que se hiciera alusión a los homenajes de Colliure, Segovia, la Sorbona y la Universidad de Madrid. Y a última hora, cuando la revista ya estaba tirada, ordenó la supresión de algunas colaboraciones, a pesar de que ya habían pasado por la censura. Así, por la sencilla razón de que entre los colaboradores habían «demasiados rojos» («nos ganan 11 a 5», fue la frase), se tiró al cesto el maravilloso poema a Antonio Machado que Blas de Otero leyó en la Sorbona, una estupenda y completamente apolítica crónica de Carlos Barral, otro poema de Celaya en el que se evoca la habitación de la pensión de Segovia donde vivió don Antonio, etc.

Varias revistas han publicado o tienen en preparación homenajes a Machado. Y todas han pasado y están pasando por peripecias semejantes a las de «Acento». En el fondo, el juego está claro. El franquismo no puede renunciar a Antonio Machado. Pretende hacerlo suyo, como ha pretendido hacer suyos después de muertos, a todos los grandes españoles que le combatieron y negaron (Unamuno, Falla, Juan Ramón, etc.). Pero esto exige «interpretaciones». Machado tal como fue, tal como se pronunció, y habló, y cantó -y ese Machado en verdad, en verdad, es el que hoy arranca tantos fervores y admiraciones- constituye una piedra de escándalo. Por eso a los veinte años de su muerte siguen sin publicarse en España sus obras completas. Muñoz Alonso le admira, según dice, pero prohíbe, no sólo sus libros, sino hasta los comentarios en prosa, verso o gritos de quienes sabemos lo que significa la verdad y la entereza de nuestro poeta.

España clama por donde puede. Estas últimas semanas lo ha hecho a través de nuestro don Antonio, y a pesar de todos los pesares de la censura, de la policía y de las intervenciones arbitraria y extralegales, ha conseguido decir lo que quería: Antonio Machado fue pueblo. Y porque fue pueblo estuvo siempre contra lo que el franquismo significa. Antonio Machado fue sencillo y a la vez digno; fue pacífico y a la vez insobornable. Fue ese gran poeta y ese gran hombre que en estos momentos difíciles nos sirve de ejemplo y guía.


(España, junio de 1959)
Juan de Juanes

Diálogo de Las Españas. Mexico 3 de julio de 1959







3255. «Nadie es más que nadie»

Refugiados de Málaga en el estadio de Montjuïc de Barcelona. 1937 - Foto: Antoni Campañá 


Entre nosotros, españoles, nada señoritos por naturaleza, el señoritismo es una enfermedad epidérmica, cuyo origen puede encontrarse acaso en la educación jesuítica, profundamente anticristiana y —digámoslo con orgullo— perfectamente antiespañola. Porque el señoritismo lleva implícita una estimativa errónea y servil, que antepone los hechos sociales más de superficie —signos de clase, hábitos e indumentos— a los valores propiamente dichos, religiosos y humanos. El señoritismo ignora, se complace en ignorar —jesuíticamente— la insuperable dignidad del hombre. El pueblo, en cambio, la conoce y la afirma; en ella tiene su cimiento más firme la ética popular. «Nadie es más que nadie», reza un adagio de Castilla. ¡Expresión perfecta de modestia y de orgullo! Si; «nadie es más que nadie», porque a nadie le es dado aventajarse a todos, pues a todo hay quien gane, en circunstancias de lugar y de tiempo. «Nadie es más que nadie», porque —y éste es el más hondo sentido de la frase— , por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre. Así habla Castilla, un pueblo de señores, que siempre ha despreciado al señorito.


*


Cuando una gran ciudad vive una experiencia trágica, cambia totalmente de fisonomía, y en ella advertimos un extraño fenómeno, compensador de muchas amarguras; la súbita desaparición del señorito. Y no es que el señorito, como aigunos piensan, huya o se esconda, sino que desaparece — literalmente— , se borra, lo borra la tragedia humana, lo borra el hombre. La verdad es que como decía Juan de Mairena, no hay señoritos, sino más bien «señoritismo», una forma, entre varias, de hombría degradada, un estilo peculiar de no ser hombre, que puede observarse a veces en individuos de diversas clases sociales, y que nada tiene que ver con los cuellos planchados, las corbatas o el lustre de las botas.


Antonio Machado
Publicado en: La Armada, órgano oficial de los marinos de la República
Cartagena, 22 de enero de 1938











3184. La tierra de Alvargonzález




Una mañana de los primeros días de octubre decidí visitar la fuente del Duero y tomé en Soria el coche de Burgos que había de llevarme hasta Cidones. Me acomodé en la delantera del mayoral y entre dos viajeros: un indiano que tornaba de Méjico a su aldea natal, escondida en tierra de pinares, y un viajero campesino que venía de Barcelona donde embarcara a dos de sus hijos para el Plata. No cruzaréis la alta estepa de Castilla sin encontrar gentes que os hablen de Ultramar. Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando a nuestra izquierda el camino de Osma, bordeado de chopos que el otoño comenzaba a dorar. Soria quedaba a nuestra espalda entre grises colinas y cerros pelados. Soria mística y guerrera, guardaba antaño la puerta de Castilla, como una barbacana hacia los reinos moros que cruzó el Cid en su destierro. El Duero, en torno a Soria, forma una curva de ballesta. Nosotros llevábamos la dirección del venablo. El indiano me hablaba de Veracruz, mas yo escuchaba al campesino que discutía con el mayoral sobre un crimen reciente. En los pinares de Duruelo, una joven vaquera había aparecido cosida a puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba a un rico ganadero de Valdeavellano, preso por indicios en la cárcel de Soria, como autor indudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba de la justicia porque la víctima era pobre. En las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan del juego y de la política, como en las grandes, del arte y de la pornografía -ocios de mercaderes-, pero en los campos sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los crímenes de los hombres.

¿Va usted muy lejos?— pregunté al campesino.

A Covaleda, señor me respondió. ¿Y usted?

El mismo camino llevo, porque pienso subir a Urbión y tomaré el valle del Duero. A la vuelta bajaré a Vinuesa por el puerto de Santa Inés.

Mal tiempo para subir a Urbión. Dios le libre de una tormenta en aquella sierra. Llegados a Cidones, nos apeamos el campesino y yo, despidiéndonos del indiano, que continuaba su viaje en la diligencia hasta San Leonardo, y emprendimos en sendas caballerías el camino de Vinuesa.

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

El campesino cabalgaba delante de mí, silencioso. El hombre de aquellas tierras, serio y taciturno, habla cuando se le interroga, y es sobrio en la respuesta. Cuando la pregunta es tal que pudiera excusarse, apenas se digna contestar. Sólo se extiende en advertencias inútiles sobre las cosas que conoce bien, o cuando narra historias de la tierra.

Volví los ojos al pueblecillo que dejábamos a nuestra espalda. La iglesia, con su alto campanario coronado por un hermoso nido de cigüeñas, descuella sobre una cuantas casuchas de tierra. Hacia el camino real destacase la casa de un indiano, contrastando con el sórdido caserío. Es un hotelito moderno y mundano, rodeado de jardín y verja. Frente al pueblo se extiende una calva serrezuela de rocas grises, surcadas de grietas rojizas.

Después de cabalgar dos horas, llegamos a la Muedra, una aldea a medio camino entre Cidones y Vinuesa, y a pocos pasos cruzamos un puente de madera sobre el Duero.

Por aquel sendero me dijo el campesino, señalando a su diestra se va a las tierras de Alvargonzález; campos malditos hoy; los mejores, antaño, de esta comarca.

¿Alvargonzález es el nombre de su dueño?— le pregunté.

Alvargonzález me respondió fue un rico labrador; mas nadie lleva ese nombre por estos contornos. La aldea donde vivió se llama como él se llamaba: Alvargonzález, y tierras de Alvargonzález a los páramos que la rodean. Tomando esa vereda llegaríamos allá antes que a Vinuesa por este camino. Los lobos, en invierno, cuando el hambre les echa de los bosques, cruzan esa aldea y se les oye aullar al pasar por las majadas que fueron de Alvargonzález, hoy vacías y arruinadas.

Siendo niño, oí contar a un pastor la historia de Alvargonzález, y sé que anda escrita en papeles y que los ciegos la cantan por tierras de Berlanga.

Roguéle que me narrase aquella historia, y el campesino comenzó así su relato: Siendo Alvargonzález mozo, heredó de sus padres rica hacienda. Tenía casa con huerta y colmenar, dos prados de fina hierba, campos de trigo y de centeno, un trozo de encinar no lejos de la aldea, algunas yuntas para el arado, cien ovejas, un mastín y muchos lebreles de caza.

Prendóse de una linda moza en tierras del Burgo, no lejos de Berlanga, y al año de conocerla la tomó por mujer. Era Polonia, de tres hermanas, la mayor y la más hermosa, hija de labradores que llaman los Peribáñez, ricos en otros tiempos, entonces dueños de menguada fortuna.

Famosas fueron las bodas que se hicieron en el pueblo de la novia y las tornabodas que celebró en su aldea Alvargonzález. Hubo vihuelas, rabeles, flautas y tamboriles, danza aragonesa y fuego al uso valenciano. De la comarca que riega el Duero, desde Urbión donde nace, hasta que se aleja por tierras de Burgos, se habla de las bodas de Alvargonzález, y se recuerdan las fiestas de aquellos días, porque el pueblo no olvida nunca lo que brilla y truena.

Vivió feliz Alvargonzález con el amor de su esposa y el medro de sus tierras y ganados. Tres hijos tuvo, y, ya crecidos, puso el mayor a cuidar huerta y abejar, otro al ganado, y mandó al menor a estudiar en Osma, porque lo destinaba a la Iglesia.

Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de Alvargonzález. Casáronse los mayores, y el buen padre tuvo nueras que antes de darle nietos, le trajeron cizaña. Malas hembras y tan codiciosas para sus casas, que sólo pensaban en la herencia que les cabría a la muerte de Alvargonzález, y por ansia de lo que esperaban no gozaban lo que tenían.

El menor, a quien los padres pusieron en el seminario, prefería las lindas mozas a rezos y latines, y colgó un día la sotana, dispuesto a no vestirse más por la cabeza. Declaró que estaba dispuesto a embarcarse para las Américas. Soñaba con correr tierras y pasar los mares, y ver el mundo entero.

Mucho lloró la madre. Alvargonzález vendió el encinar, y dio a su hijo cuanto había de heredar.

Toma lo tuyo, hijo mío, y que Dios te acompañe. Sigue tu idea y sabe que mientras tu padre viva, pan y techo tienes en esta casa; pero a mi muerte, todo será de tus hermanos.

Ya tenía Alvargonzález la frente arrugada, y por la barba le plateaba el bozo de la cara azul de la cara. Eran sus hombros todavía robustos y erguida la cabeza, que sólo blanqueaba en las sienes.

Una mañana de otoño salió solo de su casa; no iba como otras veces, entre sus finos galgos, terciada a la espalda la escopeta. No llevaba arreo de cazador ni pensaba en cazar. Largo camino anduvo bajo los álamos amarillos de la ribera, cruzó el encinar y, junto a una fuente que un olmo gigantesco sombreaba, detúvose fatigado. Enjugó el sudor de su frente, bebió algunos sorbos de agua y acostóse en la tierra.

Y a solas hablaba con Dios Alvargonzález diciendo: «Dios, mi señor, que colmaste las tierras que labran mis manos, a quien debo pan en mi mesa, mujer en mi lecho y por quien crecieron robustos los hijos que engendré, por quien mis majadas rebosan de blancas merinas y se cargan de fruto los árboles de mi huerto y tienen miel las colmenas de mi abejar; sabe, Dios mío, que sé cuanto me has dado, antes que me lo quites.»

Se fue quedando dormido mientras así rezaba; porque la sombra de las ramas y el agua que brotaba la piedra, parecían decirle: Duerme y descansa. Y durmió Alvargonzález, pero su ánimo no había de reposar porque los sueños aborrascan el dormir del hombre.

Y Alvargonzález soñó que una voz le hablaba, y veía como Jacob una escala de luz que iba del cielo a la tierra. Sería tal vez la franja del sol que filtraban las ramas del olmo.

Difícil es interpretar los sueños que desatan el haz de nuestros propósitos para mezclarlos con recuerdos y temores. Muchos creen adivinar lo que ha de venir estudiando los sueños. Casi siempre yerran, pero alguna vez aciertan. En los sueños malos, que apesadumbran el corazón del durmiente, no es difícil acertar. Son estos sueños memorias de lo pasado, que teje y confunde la mano torpe y temblorosa de un personaje invisible: el miedo.

Soñaba Alvargonzález en su niñez. La alegre fogata del hogar, bajo la ancha y negra campana de la cocina y en torno al fuego, sus padres y sus hermanos. Las nudosas manos del viejo acariciaban la rubia candela. La madre pasaba las cuentas de un negro rosario. En la pared ahumada, colgaba el hacha reluciente, con que el viejo hacía leña de las ramas de roble.

Seguía soñando Alvargonzález, y era en sus mejores días de mozo. Una tarde de verano y un prado verde tras de los muros de una huerta. A la sombra, y sobre la hierba, cuando el sol caía, tiñendo de luz anaranjada las copas de los castaños, Alvargonzález levantaba el odre de cuero y el vino rojo caía en su boca, refrescándole la seca garganta. En torno suyo estaba la familia de Peribáñez: los padres y las tres lindas hermanas. De las ramas de la huerta y de la hierba del prado se elevaba una armonía de oro y cristal, como si las estrellas cantasen en la tierra antes de aparecer dispersas en el cielo silencioso. Caía la tarde y sobre el pinar oscuro aparecía, dorada y jadeante, la luna llena, hermosa luna del amor, sobre el campo tranquilo.

Como si las hadas que hilan y tejen los sueños hubiesen puesto en sus ruecas un mechón de negra lana, ensombrecióse el soñar de Alvargonzález, y una puerta dorada abrióse lastimando el corazón del durmiente.

Y apareció un hueco sombrío y al fondo, por tenue claridad iluminada, el hogar desierto y sin leña. En la pared colgaba de una escarpia el hacha bruñida y reluciente. . El sueño abrióse al claro día. Tres niños juegan a la puerta de la casa. La mujer vigila, cose, y a ratos sonríe. Entre los mayores brinca un cuervo negro y lustroso de ojo acerado.

Hijos, ¿qué hacéis?— les pregunta.

Los niños se miran y callan.

Subid al monte, hijos míos, y antes que caiga la noche, traedme un brazado de leña.

Los tres niños se alejan. El menor, que ha quedado atrás, vuelve la cara y su madre lo llama. El niño vuelve hacia la casa y los hermanos siguen su camino hacia el encinar.

Y es otra vez el hogar, el hogar apagado y desierto, y en el muro colgaba el hacha reluciente.

Los mayores de Alvargonzález vuelven del monte con la tarde, cargados de estepas. La madre enciende el candil y el mayor arroja astillas y jaras sobre el tronco de roble, y quiere hacer el fuego en el hogar, cruje la leña y los tueros, apenas encendidos, se apagan. No brota la llama en el lar de Alvargonzález. A la luz del candil brilla el hacha en el muro, y esta vez parece que gotea sangre.

Padre, la hoguera no prende; está la leña mojada. Acude el segundo y también se afana por hacer lumbre. Pero el fuego no quiere brotar. El más pequeño echa sobre el hogar un puñado de estepas, y una roja llama alumbra la cocina. La madre sonríe, y Alvargonzález coge en brazos al niño y lo sienta en sus rodillas, a la diestra del fuego.

Aunque último has nacido, tú eres el primero en mi corazón y el mejor de mi casta; porque tus manos hacen el fuego.

Los hermanos, pálidos como la muerte, se alejan por los rincones del sueño. En la diestra del mayor brilla el hacha de hierro.

Junto a la fuente dormía Alvargonzález, cuando el primer lucero brillaba en el azul, y una enorme luna teñida de púrpura se asomaba al campo ensombrecido. El agua que brotaba de la piedra parecía relatar una historia vieja y triste: la historia del crimen en el campo.

Los hijos de Alvargonzález caminaban silenciosos, y vieron al padre dormido junto a la fuente. Las sombras que alargaban la tarde llegaron al durmiente antes que los asesinos. La frente de Alvargonzález tenía un tachón sombrío entre las cejas, como la huella de una segur sobre el tronco de un roble. Soñaba Alvargonzález que sus hijos venían a matarle, y al abrir los ojos vio que era cierto lo que soñaba.

Mala muerte dieron al labrador, los malos hijos, a la vera de la fuente. Un hachazo en el cuello y cuatro puñaladas en el pecho pusieron fin al sueño de Alvagonzález. El hacha que tenían de sus abuelos y que tanta leña cortó para el hogar, tajó el robusto cuello que los años no habían doblado todavía, y el cuchillo con que el buen padre cortaba el pan moreno que repartía a los suyos en torno a la mesa, hendido había el más noble corazón de aquella tierra. Porque Alvargonzález era bueno para su casa, pero era también mucha su caridad en la casa del pobre. Como padre habían de llorarle cuantos alguna vez llamaron a su puerta, o alguna vez le vieron en los umbrales de las suyas.
Los hijos de Alvargonzález no saben lo que han hecho. Al padre muerto arrastran hacia un barranco, por donde corre un río que busca al Duero. Es un valle sombrío lleno de helechos, hayedos y pinares.

Y lo llevan a la Laguna Negra, que no tiene fondo, y allí lo arrojan con una piedra atada a los pies. La laguna está rodeada de una muralla gigantesca de rocas grises y verdosas, donde anidan las águilas y los buitres. Las gentes de la sierra en aquellos tiempos no osaban acercarse a la laguna ni aun en los días claros. Los viajeros que, como usted, visitan hoy estos lugares, han hecho que se les pierda el miedo.

Los hijos de Alvargonzález tornaban por el valle, entre los pinos gigantescos y las hayas decrépitas. No oían el agua que sonaba en el fondo del barranco. Dos lobos asomaron, al verles pasar. Los lobos huyeron espantados. Fueron a cruzar el río, y el río tomó por otro cauce, y en seco lo pasaron. Caminaban por el bosque para tornar a su aldea con la noche cerrada, y los pinos, las rocas y los helechos por todas partes les dejaban vereda como si huyeran de los asesinos. Pasaron otra vez junto a la fuente, y la fuente, que contaba su vieja historia, calló mientras pasaban, y aguardó a que se alejasen para seguir contándola.

Así heredaron los malos hijos la hacienda del buen labrador que una mañana de otoño salió de su casa, y no volvió ni podía volver. Al otro día se encontró su manta cerca de la fuente y un reguero de sangre camino del barranco. Nadie osó acusar del crimen a los hijos de Alvargonzález, porque el hombre del campo teme al poderoso, y nadie se atrevió a sondar la laguna, porque hubiera sido inútil. La laguna jamás devuelve lo que se traga. Un buhonero que erraba por aquellas tierras fue preso y ahorcado en Soria, a los dos meses, porque los hijos de Alvargonzález le entregaron a la justicia, y con testigos pagados lograron perderle.

La maldad de los hombres es como la Laguna Negra, que no tiene fondo.

La madre murió a los pocos meses. Los que la vieron muerta una mañana, dicen que tenía cubierto el rostro entre las manos frías y agarrotadas.


*


El sol de primavera iluminaba el campo verde, y las cigüeñas sacaban a volar a sus hijuelos en el azul de los primeros días de mayo. Crotoraban las codornices entre los trigos jóvenes; verdeaban los álamos del camino y de las riberas, y los ciruelos del huerto se llenaban de blancas flores. Sonreían las tierras de Alvargonzález a sus nuevos amos, y prometían cuanto habían rendido al viejo labrador.

Fue un año de abundancia en aquellos campos. Los hijos de Alvargonzález comenzaron a descargarse del peso de su crimen, porque a los malvados muerde la culpa cuando temen el castigo de Dios o de los hombres; pero si la fortuna ayuda y huye el temor, comen su pan alegremente, como si estuviera bendito.

Mas la codicia tiene garras para coger, pero no tiene manos para labrar. Cuando llegó el verano siguiente, la tierra, empobrecida, parecía fruncir el ceño a sus señores. Entre los trigos había más amapolas y hierbajos, que rubias espigas. Heladas tardías habían matado en flor los frutos de la huerta. Las ovejas morían por docenas porque una vieja, a quien se tenía por bruja, les hizo mala hechicería. Y si un año era malo, otro peor le seguía. Aquellos campos estaban malditos, y los Alvargonzález venían tan a menos, como iban a más querellas y enconos entre las mujeres. Cada uno de los hermanos tuvo dos hijos que no pudieron lograrse, porque el odio había envenenado la leche de las madres.

Una noche de invierno, ambos hermanos y sus mujeres rodeaban el hogar donde ardía un fuego mezquino que se iba extinguiendo poco a poco. No tenían leña, ni podían buscarla a aquellas horas. Un viento helado penetraba por las rendijas del postigo, y se le oía bramar en la chimenea. Fuera, caía la nieve en torbellinos. Todos miraban silenciosos las ascuas mortecinas, cuando llamaron a la puerta.

¿Quién será a estas horas? dijo el mayor. Abre tú.

Todos permanecieron inmóviles sin atreverse a abrir. Sonó otro golpe en la puerta y una voz que decía: 

Abrid, hermanos.

¡Es Miguel! Abrámosle.

Cuando abrieron la puerta, cubierto de nieve y embozado en un largo capote, entró Miguel, el menor de Alvargonzález, que volvía de las Indias.

Abrazó a sus hermanos, y se sentó con ellos cerca del hogar. Todos quedaron silenciosos. Miguel tenía los ojos llenos de lágrimas, y nadie le miraba frente a frente. Miguel, que abandonó su casa siendo niño, tornaba hombre y rico. Sabía las desgracias de su hogar, mas no sospechaba de sus hermanos. Era su porte, caballero. La tez morena, algo quemada, y el rostro enjuto, porque las tierras de Ultramar dejan siempre huella, pero en la mirada de sus grandes ojos brillaba la juventud. Sobre la frente, ancha y tersa, su cabello castaño caía en finos bucles. Era el más bello de los tres hermanos, porque al mayor le afeaba el rostro lo espeso de las cejas velludas, y al segundo, los ojos pequeños, inquietos y cobardes, de hombre astuto y cruel.

Mientras Miguel permanecía mudo y abstraído, sus hermanos le miraban al pecho, donde brillaba una gruesa cadena de oro.

El mayor rompió el silencio, y dijo: 

¿Vivirás con nosotros?

Si queréis contestó Miguel. Mi equipaje llegará mañana.

Unos suben y otros bajan añadió el segundo. Tú traes oro y nosotros, ya ves, ni leña tenemos para calentarnos.

El viento batía la puerta y el postigo, y aullaba en la chimenea. El frío era tan grande, que estremecía los huesos.

Miguel iba a hablar cuando llamaron otra vez a la puerta. Miró a sus hermanos como preguntándoles quién podría ser a aquellas horas. Sus hermanos temblaron de espanto. Llamaron otra vez, y Miguel abrió.

Apareció el hueco sombrío de la noche, y una racha de viento le salpicó de nieve el rostro. No vio a nadie en la puerta, mas divisó una figura que se alejaba bajo los copos blancos. Cuando volvió a cerrar, notó que en el umbral había un montón de leña. Aquella noche ardió una hermosa llama en el hogar de Alvargonzález.

Fortuna traía Miguel de las Américas, aunque no tanta como soñara la codicia de sus hermanos. Decidió afincar en aquella aldea donde había nacido, mas como sabía que toda la hacienda era de sus hermanos, les compró una parte, dándoles por ella mucho más oro del que nunca había valido. Cerróse el trato, y Miguel comenzó a labrar en las tierras malditas.

El oro devolvió la alegría al corazón de los malvados. Gastaron sin tino en el regalo y el vicio y tanto mermaron su ganancia, que al año volvieron a cultivar la tierra abandonada. Miguel trabajaba de sol a sol. Removió la tierra con el arado, limpióla de malas hierbas, sembró trigo y centeno, y mientras los campos de sus hermanos parecían desmedrados y secos, los suyos se colmaron de rubias y macizas espigas. Sus hermanos le miraban con odio y con envidia. Miguel les ofreció el oro que le quedaba a cambio de las tierras malditas.

Las tierras de Alvargonzález eran ya de Miguel, y a ellas tornaba la abundancia de los tiempos del viejo labrador. Los mayores gastaban su dinero en locas francachelas. El juego y el vino llevábanles otra vez a la ruina. Una noche volvían borrachos a su aldea, porque habían pasado el día bebiendo y festejando en una feria cercana. Llevaba el mayor el ceño fruncido y un pensamiento feroz bajo la frente.

¿Cómo te explicas tú la suerte de Miguel? dijo a su hermano.

«La tierra le colma de riquezas, y a nosotros nos niega un pedazo de pan.» Brujería y artes de Satanás contestó el segundo.

Pasaba cerca de la huerta, y se les ocurrió asomarse a la tapia. La huerta estaba cuajada de frutos. Bajo los árboles, y entre los rosales, divisaron un hombre encorvado hacia la tierra.

Mírale dijo el mayor. Hasta de noche trabaja.

¡Eh!, Miguel le gritaron.

Pero el hombre aquel no volvía la cara. Seguía trabajando en la tierra, cortando ramas o arrancando hierbas. Los dos atónitos borrachos achacaron al vino que les aborrascaba la cabeza el cerco de luz que parecía rodear la figura del hortelano. Después, el hombre se levantó y avanzó hacia ellos sin mirarles, como si buscase otro rincón del huerto para seguir trabajando. Aquel hombre tenía el rostro del viejo labrador. ¡De la laguna sin fondo había salido Alvargonzález para labrar el huerto de Miguel!

Al día siguiente, ambos hermanos recordaban haber bebido mucho vino y visto cosas raras en su borrachera. Y siguieron gastando su dinero hasta perder la última moneda. Miguel labraba sus tierras, y Dios le colmaba de riqueza.

Los mayores volvieron a sentir en sus venas la sangre de Caín, y el recuerdo del crimen les azuzaba al crimen.

Decidieron matar a su hermano, y así lo hicieron.

Ahogáronle en la presa del molino, y una mañana apareció flotando sobre el agua. Los malvados lloraron aquella muerte con lágrimas fingidas, para alejar sospechas en la aldea donde nadie les quería. No faltaba quien les acusase del crimen en voz baja, aunque ninguno osó llevar pruebas a la justicia.

Y otra vez volvió a los malvados la tierra de Alvargonzález.

Y el primer año tuvieron abundancia, porque cosecharon la labor de Miguel, pero al segundo la tierra se empobreció.

Un día, seguía el mayor encorvado sobre la reja del arado que abría penosamente un surco en la tierra. Cuando volvió los ojos, reparó que la tierra se cerraba y el surco desaparecía.

Su hermano cavaba en la huerta, donde sólo medraban las malas hierbas, y vio que de la tierra brotaba sangre.

Apoyado en la azada contemplaba la huerta, y un frío sudor corría por su frente.

Otro día, los hijos de Alvargonzález tomaron silenciosos el camino de la Laguna Negra.

Cuando caía la tarde, cruzaban por entre las hayas y los pinos.

Dos lobos que se asomaron a verles, huyeron espantados.

¡Padre!, gritaron, y cuando en los huecos de las rocas el eco repetía: ¡padre!, ¡padre!, ¡padre!, ya se los había tragado el agua de la laguna sin fondo.


Antonio Machado
Mundial Magazine, núm. 9, París, enero de 1912