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3122. Discurso de Félix Gordón Ordás en el segundo aniversario de la lucha del pueblo español por su libertad

¡Qué grandioso resultó el acto ofrecido por el pueblo de Cuba a la República española en el segundo aniversario del crimen que contra ella están llevando a cabo! Ha sido el acto más grandioso que se celebró en Cuba. El representará, en el recuerdo y en la emoción una huella imborrable. Los caínes y traidores que han vendido a su patria a la invasión asesina, si tuviesen un átomo de sentimiento, percibirían en esa gran demostración el desprecio que les espera a través de toda la odisea, iQué pueden importar los accidentes materiales de la lucha, cuando así responden los pueblos todos a la conjura de rescatar la dignidad para el mundo entero, gracias al heroísmo, la bravura y el coraje del pueblo español? Coincidió ese acto, con la llegada a Cuba de Félix Gordón Ordás, Embajador en México y en Cuba. Su discurso en ese acto, refleja bien cuanto en torno a él se pudiera decir. No pudo tener mejor aliciente. Por eso, no hemos de reseñarlo. Baste solo decir que en el Stadium Polar, aguantando primero el sol y el calor; después lluvia, cien mil personas de todas las clases sociales, representando a todos los sectores del pueblo de Cuba, escucharon ese discurso, igual que lo habrán escuchado en el extranjero y fuera de La Habana millones de personas. Este acto, junto al que en igual lugar se ofreció cuando la presencia de Marcelino Domingo, son las dos afirmaciones contundentes que los verdaderos españoles de Cuba podemos exponer contra los vergonzantes "ex-españoles" que quieren pasar a ser súbditos de los países invasores de España, de los que están asesinando, a niños y mujeres españolas, arrasando sus ciudades; aniquilando su suelo. Para ellos el Mundo entero guarda ya el desprecio más absoluto, por su condición de traidores.



*


Ciudadanos: Sean mis primeras palabras de honda y emocionada gratitud para el Comité organizador de este acto magnífico de homenaje a España y para las entidades y personas que con tanto entusiasmo y fervor se han adherido a él, de igual manera que en este día otras personas y colectividades se encontrarán fervorosamente reunidas, llenas de cariño para la causa legítima que encarna el Gobierno de la República Española. Y es que se ha despertado, con nuestro drama la emoción de todos los pueblos que aspiran a su libertad, que aspiran a la justicia en todos los continentes, en todas las islas, en todas las naciones y en todos los hombres de todas las razas y de todos los idiomas, que vibran en este momento como en España, porque se dan cuenta de que nuestro dolor es la representación genuina del dolor universal, porque comprenden que en España se está debatiendo en estos instantes el porvenir de la Humanidad; todos los hombres videntes vienen anunciando la transformación económica del mundo, y el primer acto culminante de ese gran drama universal, se está desarrollando en España, no es por eso extraño que en todos los pueblos se sienta con la misma emoción que en el nuestro esta hora trascendental y crítica de la Humanidad. ¿Cómo no ha de sentirlo el pueblo cubano, que vivió su historia casi completa al unísono de la nuestra; que sufrió las mismas tiranías que sufrimos los españoles; que tuvo los mismos hombres que lo expoliaron y lo destrozaron y lo hicieron sufrir todas las humillaciones? ¡Que cuando aquí se gemía bajo el yugo de la tiranía española, no éramos los españoles los que poníamos el yugo, sino los que sufríamos también el mismo yugo de vosotros los cubanos que sois por eso como todos nosotros!

Nació una nueva era de la vida internacional aquel día triste en que como expresión de su cobardía, la Sociedad de las Naciones levantó las sanciones económicas impuestas a Italia por la invasión bárbara de Abisinia. (Aplausos). Ese día en que más de cuarenta naciones reunidas acordaron, no obstante estar convencidas de la justicia de aquellas débiles sanciones, dejar a Italia continuar con manos libres la invasión de un pueblo que no podía defenderse más que con las uñas o con instrumentos primitivos de lucha, dejando al mismo tiempo en libertad a todos los pueblos del universo capaces de realizar sus aspiraciones por la violencia, ya que dentro del derecho y de la ley, no podían realizarlas. Por eso, tras de la supresión de las sanciones, vino la invasión de España; la impunidad de esta invasión forzó a otro pueblo imperialista a invadir China, más tarde se produjo la agresión de Austria y únicamente, cuando estaba en vísperas de realizarse un nuevo crimen con una democracia ejemplar, Checoslovaquia... (Aplausos). El despertar, siquiera fuera momentáneo, del sentido democrático de los grandes países liberales de Europa, hizo contener la marcha insolentemente progresiva del despojo de los pueblos libres. Los españoles llevamos dos años sufriendo una lucha que no hemos provocado. La Constitución de España determina en el Artículo Sexto que no se apelará a la guerra como instrumento de política internacional. Después de estos dos años de sufrimientos, no tenemos que rectificar nada. España quiere la paz. España no quiere la guerra, y España, cuando se dirigió a la Sociedad de Naciones, no lo hizo, ni lo hará nunca, sino en defensa de sus derechos, del Derecho Universal. (Aplausos).

Al estallar la rebelión en España —hoy hace dos años— el Gobierno de la República, apeló a preceptos hasta entonces invulnerados del Derecho Internacional, pidió que se le permitiera adquirir armas que tenía el derecho de reunir para luchar contra aquella rebelión, en la cual unos militares no sólo fueron traidores a su palabra de honor, sino que fueron ladrones también, apoderándose de las armas que eran del Estado Español. (Aplausos).

Y cuando el Gobierno de la República, desprovisto de sus fuerzas coactivas de Ejército y de policía, sin armas con que poder improvisar un ejército, se dirigió a los países con los cuales tenía firmados convenios y pactos de amistad cuando acudió a la Sociedad de las Naciones en la misma demanda, en todas partes se le contestó: "La razón está contigo y te seguimos reconociendo el derecho como Gobierno legítimo de España, pero no te damos elementos para sofocar esa rebelión". (Aplausos). Con Francia nuestro dolor fué doble. Yo puedo hablar de ello con excepcional competencia, porque siendo Ministro de Industria y Comercio se inició con Francia la negociación de un nuevo tratado de comercio y como hasta entonces la balanza nos era favorable, para ver el modo de equiparar su déficit en esa balanza comercial, Francia nos exigió una serie de compras de distintos elementos a los que nosotros, después de mucho discutir, accedimos en gran parte y una de las cláusulas que en el tratado comercial firmado por el señor Samper, mi sucesor, figuran, es la de la compra de un número de aviones de guerra. Estaba en el poder un socialista: León Blum, cuando la guerra estalló y el Gobierno español, con su tratado en la mano, acudió a Francia a pedirle que le vendiera los aviones y Francia no se los vendió y no solamente no se los vendió sino que por motivo de esa reclamación del Gobierno español, ideó el instrumento antijurídico más inmoral que ha existido jamás en la relación entre pueblos: el Comité de No-Intervención. Aún hace poco tiempo en el Congreso Socialista de Rayón quería explicar León Blum este hecho sin explicación posible y decía ante sus correligionarios que le pedían responsabilidad, que no había podido cumplir aquel tratado comercial no sólo por dificultades de orden exterior sino por evitar complicaciones de orden interior, y yo me pregunto: ¿Pero es tan poca la potencia y la fuerza del Gobierno de un pueblo, que por temores a problemáticas complicaciones, sin denuncia previa falta a un pacto firmado que debía ser sagrado para todos los que intervinieron en él? (Aplausos). 

Aquel Comité de No-Intervención, por ser falso en todo lo es hasta en su nombre. El Gobierno de España no pidió nunca a nadie que interviniera en su favor. Somos los españoles excesivamente orgullosos para solicitar en ningún momento ayudas ajenas en nuestros pleitos y para resolver nuestros problemas. iNo! El Gobierno de España ni entonces, ni ahora, ni nunca, ha pedido la intervención de ningún país en nuestro pleito; (Aplausos) al contrario, conscientes de nuestra responsabilidad histórica, hemos procurado en todo momento circunscribir la tragedia a nuestra patria, porque siendo hombres que amamos a la Humanidad, no queremos que nadie sufra los dolores, las angustias, los tormentos qué nuestro pueblo está sufriendo; no queremos que haya guerra en ninguna parte.  Lo que España pidió, pide y pedirá es que le vendan las armas a que tiene derecho. (Aplausos)

León Blum dice: ''como nosotros no podíamos cumplir el tratado comercial hecho con España, hicimos el pacto de no intervención, al qué se apresuraron a adherirse los principales países de Europa; lo hicimos con el propósito de evitar que otros países intervinieran en la guerra española ayudando a los rebeldes". ¡Santo propósito!, pero ya dice nuestro refrán, "que el infierno está sembrado de buenas intenciones". (Risas) Porque la realidad sangrante de esa enorme farsa internacional, es ésta: Mientras en el Comité de No Intervención repetían constantemente que estaban de acuerdo que en España no se podía intervenir, en el Marruecos Francés, por disposición de la Divina Providencia, que se declaraba republicana caían aviones italianos y en aeródromos leales caían aviones alemanes, y hay que suponer que por muchos milagros que el fascismo haga, no estará entre ellos el fabricar aviones en la atmósfera para que vayan... (murmullos).

Inútiles todas las reclamaciones ante el Comité de No Intervención. Su seráfico presidente es el modelo de lo que en España llamamos los sordos que no quieren oír, y no se entera de nada. Pasaban sesiones y sesiones, meses y meses; se presentaban reclamaciones por nuestros amigos en el Comité y se contestaba invariablemente: "Eso no está probado" y cuando ocurrió aquel vergonzoso hecho de que Mussolini, viajando por el mapa con aparato imperial, mandó un mensaje a sus tropas de Guadalajara ordenándolas vencer, y sin duda por eso fueron derrotadas. (Aplausos), lo cual hizo caer en poder de las tropas de España miles de prisioneros italianos a los cuales se les encontró toda clase de documentación con la que el Gobierno de España publicó un voluminoso libro blanco en el que se demostraba, con los documentos de los propios jefes de las unidades italianas, la intervención de Italia, descarada y cínica, en el problema de España, mientras sus representantes en el Comité de No Intervención, seguían diciendo que no había que intervenir (Aplausos); cuando este libro blanco se llevó al seno de la Sociedad de las Naciones, primero se realizó entre bastidores una conspiración para que nuestro representante no presentara aquel libro, como si estuviéramos jugando a un juego de escondite, y después nadie contestó a los discursos contundentes, sobrios, llenos de documentación, impregnados de amargura, que los delegados de España pronunciaron. Cuando se repasen las actas de todas esas sesiones de la Sociedad de Naciones en que los delegados españoles han formulado sus conclusiones terminantes, el mundo se sentirá enrojecer de pudor, porque jamás hubo hechos tan claros de aislamiento de un pueblo, que es padre de pueblos, que se libertó hace muchos siglos del imperialismo, que lo único que quiere propagar es un sentido humano de fraternidad entre los hombres; que no tiene odios, que no tiene rencores... (Aplausos). Y a pesar de todo y de todos, no pierde nuestro Gobierno jamás su sentido y sigue manteniendo la misma política internacional. Cuando tiene el corazón sangrando por el abandono sistemático de la Sociedad de Naciones, continúa diciendo: "Hay que hacer la política de la Sociedad de las Naciones, porque eso responde a lo más agudo, a lo más profundo, a lo más intenso del pensamiento y del sentimiento español", expresado por aquellos maravillosos teólogos y tratadistas de Derecho del siglo dieciséis, que fueron los que hicieron la grandeza de España, y no los militarotes de entonces, que eran iguales a los que ahora se han levantado contra la República. (Aplausos).

Y ¿por qué esa insubordinación en España? ¿Qué agravio podían tener los militares y las gentes a quienes ellos representaban en el momento de alzarse contra el Poder Público de España? Ninguno. En España había, en efecto, un estado perfectamente comprensible de convulsión social. Había ocurrido la huelga revolucionaria de octubre de mil novecientos treinta y cuatro, en la cual un gobierno vesánico, el primero que trajo a España los moros para matar españoles, realizó la represión más bárbara que es posible imaginarse. Yo, que no soy ni socialista ni comunista, sino que soy republicano y demócrata simplemente, pero que tengo el corazón lleno de sentimiento contra la injusticia social, acudí a Asturias, recorrí todas aquellas zonas, quise ver por mí mismo el horror de la tragedia, y al descubrirla y proclamarla ante el mundo entero, dije esto: "Si no se hace rápidamente justicia contra los criminales autores de estos atropellos, en España surgirá la revolución social". Y era natural, porque lo único que podía calmar a los hombres en su desesperación, era el restablecimiento del equilibrio, para tener fe en la justicia de los hombres. Cuando esta se pierde, ¡qué lejos pueden ir las masas! Pero cuando se tiene un sentido de responsabilidad, es necesario acudir a realizar aquella justicia que está reclamando castigo para los delitos cometidos. No se hizo por los gobiernos de derechas y de centro, ni se hizo por el propio gobierno del frente popular, tan calumniado, que quiso realizar una investigación judicial minuciosa antes de proceder; pero las masas, que sentían en su carne y en su espíritu el dolor del atropello, no estaban para disquisiciones de esta clase, y es lógico que revelaran una efervescencia considerable. La misma efervescencia que se ha dado en todos los países en situaciones análogas. Por eso un hombre, que no puede ser sospechoso para las derechas, el doctor Gregorio Marañón (silbidos), publicó en el mes de mayo de mil novecientos treinta y seis, cuando Calvo Sotelo, Gil Robles y sus satélites realizaban su campaña de infamias contra la República, un artículo en el diario "El Sol de Madrid", en el cual se enfrentaba con los demagogos blancos, diciéndoles: "En España no ha pasado nada que no haya pasado en otro país en situación análoga". Si el doctor Gregorio Marañón, que no es revolucionario, que no lo fué nunca, que es republicano de salón a lo sumo, amigo de cortesanas y de reyes, dijo en el momento más agudo de la crisis, que en España no ocurría nada verdaderamente anómalo, y esta era la verdad, ¿no era lo procedente que las clases conservadoras de mi patria, en caso de que hubieran sido realmente conservadoras, se hubieran apresurado a ayudar al gobierno del Frente Popular para calmar las pasiones por la persuasión y no por el asesinato? (Aplausos). No había razón para el levantamiento, y como no la había, fué necesario crear mitos, sobre todo dos: el comunismo y la persecución religiosa. Para todo el que conozca a España, a la España anterior al 17 de julio de 1936, no es un secreto que el Partido Comunista de España era una expresión mínima de la voluntad popular. En las dos primeras Cortes de la República, solamente pudo tener un Diputado, en el Frente Popular, yendo unido con los demás partidos obreros y republicanos, obtuvo en un Parlamento de quinientos diputados, dieciséis representantes. ¿Puede haber nadie que se imagine que esta es una fuerza de comunismo, que pretende la implantación rápida de ese régimen al que todos los tontos le tienen miedo y le tienen miedo todos los ricos? (Ovación).

En España no hubo tampoco jamás persecución religiosa por el Gobierno de la República. Jamás. Cuantos son capaces de sostener lo contrario, o dicen lo que no saben, o si saben lo que dicen, mienten. (Aplausos). Yo lo digo desde esta tribuna, a sabiendas de que oídos de frailes me escuchan desde lejos, y yo les reto desde aquí, a que prueben un solo hecho de persecución religiosa oficial en la España anterior al diecisiete de julio de mil novecientos treinta y seis. Estoy tranquilo, ninguno recogerá el reto; es posible qué todos hayan colgado el auricular. España realizó con su revolución la política más tolerante que jamás ha hecho en el mundo ninguna revolución. Tan tolerante que si hubiéramos querido provocar una verdadera revolución clerical y no religiosa, en España no teníamos que haber hecho más que una cosa: cumplir al pie de la letra el Concordato establecido con Roma en el año cincuenta y uno, porque aquel Concordato determinaba la existencia legal en España de sólo tres Órdenes religiosas: dos cuyos nombres figuraban en él, y otra indenominada. Cuando advino la República había sesenta y cuatro Órdenes religiosas de hombres y más de trescientas de mujeres. La República no solamente no las persiguió, sino que las legalizó. El artículo veintiséis de la Constitución Española, sometiéndose a determinadas reglas de Derecho Civil común, permitió que todas las órdenes religiosas pudieran seguir viviendo en España normalmente con la República, mientras que con la Monarquía estaban viviendo de un modo clandestino. (Aplausos).

Sólo se disolvió una Orden, la de Jesús, que no tiene nada que ver con las doctrinas de Cristo. (Risas). La disolución de esta Orden Religiosa y la incautación de sus bienes no solamente era un hecho legal, sino que era una reivindicación histórica de derecho español, porque esta Orden había sido disuelta y confiscados sus bienes, primero por Carlos III y después por Isabel II y no existe una sola disposición española que la autorizase a volver a España otra vez. (Aplausos)

No se cerró por el Gobierno Español ni una sola de las Iglesias abiertas al culto; no se impidió ni una sola procesión, con la única diferencia de que los curas, para celebrar sus actos en la calle tenían que solicitar la autorización del poder público como cada hijo de vecino; más aún, en las famosas procesiones de Sevilla, (que de todo tienen menos de manifestaciones religiosas), que son la expresión más clara y terminante del paganismo, hubo incluso gestiones privadas para que se celebraran y el pueblo sevillano no perdiera su negocio, gestiones a las que no atendieron los cofrades por hacer política. Este es el secreto: hacer política. La iglesia en España constantemente no ha sido iglesia, ha sido política. Se olvidaron los sacerdotes en nuestro país de que eran representantes de Dios en la tierra y en vez de ganar almas para el culto religioso, para su Dios, lo que hacían era apoderarse impíamente de Dios, para convertirlo en agente electoral. (Aplausos).

Por eso, al estallar la guerra, con los pretextos completamente ficticios que acabo de enunciar y con la realidad de hacer imposible la reforma agraria que diera pan al campesino hambriento; por eso repito, al estallar la rebelión militar, una enorme cantidad de sacerdotes y de frailes españoles no ejercieron lo que su sagrado ministerio les ordenaba hacer; dirigirse a los contendientes de uno y otro bando y decirles: "Sois hermanos, predico entre vosotros la paz, debéis uniros". No, no hicieron eso, sino que se armaron de los fusiles que en los conventos y en las iglesias había escondidos y en vez de bendecir con el crucifijo en la mano, asesinaban hombres, casi todos católicos. (Aplausos).

Para vergüenza y deshonor de la iglesia española, el Cardenal Primado de las Españas, el Dr. Goma, la figura más representativa de la iglesia española, salió a la palestra pública como un beligerante más, pidiendo sangre, exterminio, destrucción de los "rojos", de los "rojos", que si es verdad que son, o somos tan malos como dicen es la mayor condenación para la iglesia católica española, porque todos nacimos, nos criamos y nos educamos en el seno de dicha iglesia. (Aplausos).

He leído con vergüenza de español, el discurso pronunciado por el Dr. Gomá en el Congreso Eucarístico de Budapest hace unos meses. En este discurso no se habló de la Eucaristía para nada, no se habló más que de ametralladoras y de cañones, y de la imposibilidad de la reconciliación, (son palabras textuales). El sacerdote de mayor jerarquía en España dice ante el mundo católico, desde la tribuna de un Congreso Eucarístico que no puede haber reconciliación, y por si alguien dudara de su expresión anticristiana, aun añade: "En España no puede haber más paz que la que traigan las armas". Y por si fuera poco remacha: "Los rojos, si no se entregan, deben ser vencidos con la punta de las espadas". ¡Bravo hombre! ¡Maravilloso representante de Cristo en la tierra! Cómo quieren que en España haya hoy respeto para los sacerdotes de una religión que son ellos, los sacerdotes, los primeros en mancillar, pisoteando sus preceptos. Contra aquellos verdaderos sacerdotes que en todo momento se negaron a tomar parte en la contienda, que rezan con el corazón lleno de fe a su Dios, que sufren con los hijos de su comunión que están en la guerra de uno o de otro lado que imploran la paz y desean la reconciliación, los "rojos", los terribles "rojos" no han hecho nada. Son miles, en contra de lo que la leyenda ha hecho circular, los sacerdotes que en nuestra zona se encuentran.

Jamás el Gobierno prohibió el culto. Por eso, cuando el Ministro Irujo pidió que se restableciera en uso de su sentimiento católico, hubieron de contestarle: "Pero, si son los católicos los que han dejado de celebrarlo. El Gobierno no lo ha impedido nunca".

Por esa serie de antinomias y contradicciones se está dando la realidad dramática en España de que los rebeldes dijeran: "Nos hemos levantado para defender la patria", y la patria la han deshecho ellos; "nos hemos levantado para defender la religión" y la religión se ha convertido en la más baja bandera de partido; "nos hemos levantado para defender el orden", y no existe más orden que el de las bayonetas y de los fusiles, cañones, tanques y aviones; "nos hemos levantado para defender la familia", y los padres luchan contra los hijos y los hermanos entre sí; "nos hemos levantado para defender la propiedad", y la única verdad es que la riqueza privada se ha acabado en España. (Aplausos).

Este es el triunfo el enorme triunfo de esta rebelión de insensatos que pusieron las armas y la autoridad que el Gobierno de la República les dio, en contra de los principios del orden y de la justicia que la República representaba. Después de aquellos primeros meses, la gesta heroica y magnífica en que el pueblo en pintoresca confusión, salía de los talleres, de las barberías, de los almacenes, de los despachos, de las bibliotecas, para ir juntos en una hermandad de espíritu no provocada por nadie, sino nacida con espontaneidad maravillosa, a defender como podían el territorio atacado por los rebeldes; cuando esta conjunción heterogénea, sin armas, puede vencer, como vencida estuvo la rebelión, estos hombres que se consideran representantes sistemáticos del honor no tuvieron inconveniente en acudir a ejércitos extranjeros, para ver si les ganaban la partida que no pudieron ganar ellos. No puede haber, desde el punto de vista profesional, mayor cinismo que la incompetencia de estos hombres, que en sus guerras coloniales, lo mismo por tierras de América que por tierras de África, fracasaron siempre, y en la guerra que tenían que hacer contra estas gentes no profesionales en España, fracasaron también, y en vez de humillar su cerviz y declararse vencidos y respetar la voluntad nacional que había establecido el Gobierno con sus votos y lo sostenían con sus armas rudimentarias; en vez de hacer eso, acudieron mendigando ayuda a los países cuyos tiranos están dispuestos siempre a reírse del derecho de los demás y a apelar a la fuerza como razón suprema de todos los derechos. (Aplausos).

Desde aquel día la guerra civil terminó en España y comenzó la guerra por nuestra independencia nacional. Franco y sus marionetas vestidas de generales, nada pintan ya en el país. A veces han querido rebelarse contra la ignominia de su situación, pero de nada les vale. Todos los hombres que habiendo estado al servicio de la rebelión pudieron salir de aquel infierno y ya pueden confesar libremente la verdad, dicen lo mismo. Allí mandan las fuerzas extranjeras. Desde lo más alto a lo más bajo de la vida oficial está dirigido en la España rebelde por técnicos de otros países; unos con ruido de espectáculo muy propio de su temperamento —los italianos— viven la vida puramente militar; los otros, con su sentido cauto y aprovechado de la vida —los alemanes— procuran incluso disimular su existencia no vistiendo casi de militares, pero unos y otros viven la misma realidad; unos y otros son los verdaderos dueños de España, y aún se atreven las gentes que siguen a Franco, y Franco mismo, a hablar de nacionalismo y de imperio y no sé cuántas cosas más. (Aplausos).

¿Nacionalismo? ¿De qué nación? Si ellos, los promotores de la rebelión tienen que confesar humildemente, por boca del Duque de Alba ante el Gobierno de Inglaterra: "Es verdad que hunden buques ingleses, pero como Franco no manda en la aviación, sino que mandan los italianos y los alemanes, nosotros no podemos intervenir ''.

¿Imperialismo? ¿De qué Imperio? No hay palabras más grotescas que las palabras imperialistas de estos hombres que del único país de Europa que vivía sin deuda exterior de ninguna clase, han hecho un país financieramente arruinado; de estos hombres que del tesoro artístico más fuerte y poderoso que en Europa existía, han hecho un conjunto de pavesas, de estos hombres que han destrozado para muchos años nuestro comercio exterior, conquistado a pulso durante decenios; de estos hombres que han deshecho la economía, entregado las minas, los puertos y los ferrocarriles a la explotación extranjera... Pues de estos hombres sale todavía la voz de que están haciendo el Imperio de España. ¿El Imperio de qué? El Imperio del hambre, de la muerte, de los piojos. (Aplausos y risas).

Contra esta locura de cerebros débiles emborrachados de literatura fuerte, nosotros no oponemos más que nuestra serenidad inalterable. Estuvimos seguros primero, de que teníamos la obligación de defender con las armas en la mano el régimen que el pueblo soberano quiso darse contra unos rebeldes militares estilo siglo XIX; y estamos ahora seguros de que pretendieron repetir un pronunciamiento más que al convertirse la guerra civil en guerra por invasión, seríamos indignos de ser hijos de España, sino siguiéramos la tradición gloriosa de nuestro pueblo, que jamás aguantó bota dominadora extranjera sobre su suelo. (Aplausos).

Los espíritus débiles se asustan ante la ocupación creciente de nuestro territorio por las hordas invasoras; nosotros, no. Sabemos que cada vez contamos con mayor número de almas en el interior de España y a nosotros nos interesa la patria como expresión geográfica cuando sobre ella se- puede asentar la expresión espiritual de la patria; pero sino no. Un suelo español poblado de españoles esclavos, no, jamás. (Aplausos).

Veinticuatro meses lleva de invasión y de martirio la tierra bellísima de Galicia; veinticuatro meses de crueldad inaudita, familias enteras se han hecho desaparecer por el asesinato; el terror invade desde la mayor de las ciudades, Coruña hasta la última de las aldeas; no hay un pueblo una villa, una ciudad de Galicia, donde el crimen y la expoliación no hayan Llegado a límites inconcebibles. Más de sesenta mil asesinatos se han cometido en la tierra sagrada de Galicia. No han dejado con dinero a nadie; no permiten salir al mar a los pobres pescadores sin llevar a bordo falangistas que los vigilen, porque las barcas, por pequeñas e insignificantes que sean, desafían las iras del oleaje y se van a las costas de Inglaterra. A este país humillado, destrozado, asesinado, deshecho, no lo han podido vencer. Por los montes de Galicia hay unas partidas de guerrilleros gloriosos que salen cuando menos se lo imaginan los rebeldes y destrozan a los asesinos en cuanto pueden y que tienen sembrada la intranquilidad por toda aquella tierra en la que los traidores dominan el terreno que pisan, pero en la cual no hay con ellos ni una sola alma, porque hasta aquellos que, por un sentido conservador de la vida, apoyaron en un principio la rebelión, están hoy contra ella y clama Galicia entera por la libertad de su tierra española. (Aplausos). 

Y como Galicia, Huelva. Los mineros de Río Tinto no han podido ser vencidos jamás. En lucha desigual, con escopetas de caza, pistolas y revólveres, se pusieron contra un ejército motorizado. Fueron expulsados de sus minas y perseguidos; pero se refugiaron en aquellas abruptas montañas y de ellas descienden y se defienden constantemente y si algún día, por el abandono criminal del mundo para nuestra causa sagrada, el exceso de mecanización hiciera que los pueblos que invaden a España se apoderaran de su tierra, aquel día empezaba la guerra sorda, constante, callada del español contra el invasor. (Aplausos). Porque como Huelva y Galicia está toda la España mártir.

No conocen a España los países que pretenden sojuzgarla por la fuerza. El español se entrega a efusiones de amor y de cordialidad, pero el español frente al hombre que lo quiere dominar por la fuerza, hasta cuando es una malva se vuelve una fiera. Son muchos siglos de lucha por la independencia.  Cuando la orgullosa Alemania de hoy no era más que un conjunto de pueblos selváticos, en España se escribían códigos en verso, nuestros poetas llenaban con su fama el mundo y nuestros filósofos y juristas dictaban las bases del derecho internacional. España es un pueblo muy viejo, muy viejo, que no quiere decir anciano; es un pueblo viejo con el alma joven, no siente ninguna decrepitud en su espíritu. En el transcurso de muchos siglos ha formado una civilización tan honda y substancial que gracias a ella existe esa maravilla que es el campesino castellano, a veces analfabeto, que parece un filósofo, porque la cultura se puede alcanzar en grado superlativo y seguir por debajo de la cultura; lo prodigioso es que hasta cuando se es inculto se tenga un pozo de civilización. (Aplausos).

España es el país de la libertad en todos los momentos hasta cuando la expansión imperialista de los Austrias, que eran austrias y por lo tanto no españoles, realizaban la obra de conquista de América. La conquista pueden haberla hecho ellos pero con ellos iban desde los soldados hasta los misioneros, toda una serie de gentes  de espíritu civilizador español, que es lo que ha quedado en América. Se cometieron por ejemplo en México muchos crímenes por los conquistadores, pero los civilizadores dejaron muchos monumentos arquitectónicos, filosóficos y lingüísticos de valor imperecedero. Así es España, la que pide la libertad para los demás antes que para ella misma.

Hay en la Historia de la Colonización de España en México un pasaje muy curioso que pone de manifiesto lo que acabo de decir. Un soldado con la audacia característica en los hombres de nuestra raza, se metió, saliendo de México, por aquellos bosques intrincados en busca de aventuras. Se perdió y llegó hasta un terreno de la que es hoy la Alta California. Anduvo por unas partes y por otras durante años de aventura, en cuyo tiempo tuvo de todo: esclavitud, malos tratos, reverencias y consideraciones como un dios, ser considerado médico, vivir de todas las maneras. Un día, en ese peregrinaje, llegó de nuevo a tierras que le eran conocidas, eran las tierras de México, y vio a dos soldados que caminaban con un indio. Al acercarse a ellos notó que el indio iba atado y les preguntó a los soldados: ¿Por qué habéis atado a este hombre? ¿Qué crimen ha cometido? Uno de los soldados le contestó: "Crimen ninguno, nos lo llevamos para venderlo como esclavo". Al oír aquello, el soldado, que había pasado nueve años de lucha y privaciones, de hambre, se soltó el cinturón que llevaba puesto y la emprendió a golpes con los soldados que llevaban al indio preso y dijo esto: "Nadie tiene derecho a hacerlo esclavo, porque Dios lo hizo libre". (Aplausos).

Así es España, así será España, esta es nuestra gloria y este es el tradicionalismo español, del cual somos nosotros los verdaderos representantes; el otro tradicionalismo el que llevan en sus labios y no en sus corazones los hombres que en España han desencadenado nuestra tragedia, no es el tradicionalismo español es el tradicionalismo extranjero. Nosotros pedimos la restauración de las libertades perfectamente marcadas en nuestra gloriosa Edad Media, naturalmente, con el aire de hoy; ellos piden la fuerza bruta, el imperio establecido por los Austrias, y esto no es que lo diga yo, lo dicen ellos mismos. Han perdido el sentido de la dignidad patriótica hasta tal extremo que uno de los espíritus más finos que entre ellos tienen, Eugenio D'Ors, para comentar la derrota de los españoles en Santander por los italianos, publicó un artículo de los que deshonran un nombre para toda la vida. "¡No les pudieron vencer las legiones del Imperio Romano, habéis tenido que venir vosotros, ¡oh, legiones del fascio inmortal!, para lograr la gloria de vencer a estos hombres!" Y es un español, inteligente y culto, el que pronunció esta inmensa blasfemia contra la patria, y se llama nacionalista. (Aplausos).

Un poeta lleno de ripios y de ambición —me refiero al yerno de Domecq, el señor Pemán— dijo algo peor. Este hombre ha escrito en los periódicos fascistas de España una soflama en la cual habla de que por dos veces España tuvo el imperio, traído una vez por Roma y otra por los germanos, y que las dos veces se dejó escapar. No repitamos —añade— la insensatez de Viriato y de los comuneros, y ahora que tenemos la ocasión de tener el imperio, traído por esos dos países unidos, aprovechémonos de ello. ¡Miserable! ¡Hombre sin conciencia ni honor el que difama a los hombres más representativos en la Historia de la libertad española y se atreve a pedir a los ciudadanos españoles que con tal de llamar imperio a nuestra tierra, se sometan al dominio de los países ajenos! (Aplausos).

Si los intelectuales rebeldes han perdido el decoro nacional hasta ese extremo, calculad cómo estarán los que de inteligencia, no tienen más que la indispensable para poder manejar la espada y adquirir la cultura rudimentaria de las academias militares. Pues contra ese concepto mezquino de la patria luchamos nosotros, que somos los verdaderos nacionalistas. Pretendemos que España, que era una democracia libre al empezar la guerra, lo siga siendo al terminarla. El presidente Negrín lo manifestó diáfanamente al exponer los trece objetivos de nuestra guerra para la paz. Luchamos y lucharemos por nuestra independencia, por nuestra libertad y por nuestro derecho a disponer soberanamente de nuestros destinos. (Gran ovación).


Félix Gordón Ordás
Julio 1938



*


Eran las siete y media de la tarde. Las cien mil personas allí reunidas acogieron las últimas palabras del doctor Gordon Ordás, con una ovación estruendosa, delirante, demostrativa de la honda emoción que sus palabras produjeron y de solidaridad al heroico pueblo español que hoy lucha por mejores formas de vida y el derecho a la felicidad que proclamara Thomas Jefferson en momentos memorables y hoy es el lema de combate del Presidente de la Democracia americana Franklin D. Roosevelt.






2961. Desde el mirador de la guerra. La política de Chamberlain

Neville Chamberlain, septiembre de 1938, tras regresar de la conferencia de Munich


La política de Chamberlain se caracteriza por su incansable pertinacia para navegar en aguas turbias, por la ocultación constante de sus motivos y por la gran ceguera para el porvenir de Europa y, en primer término, para el porvenir de Inglaterra. Lo menos malo que puede pensarse de Chamberiain es que, convencido de la fatalidad de la guerra, considera el tiempo empleado en la fabricación de armamentos como una ventaja mayor para Inglaterra que la suma de sus claudicaciones puede serlo para sus adversarios.

En este caso sólo podría acusársele de un cálculo que parece implicar un error monstruoso. Por muy abundantes que sean los elementos bélicos que Inglaterra y Francia puedan acumular en el plazo que sus adversarios les consientan, es evidente que una España totalmente sometida a Italia y a Alemania, la ocupación de Mallorca, el emplazamiento de las fuerzas enemigas en el norte de África y en el contorno de Gibraltar, de una línea ofensiva a lo largo del Pirineo y la existencia  de todo un ejército en la Península perfectamente aguerrido y con hondas raíces en nuestro territorio, dueño de todas las posiciones estratégicas (todo esto supone el nuevo Munich a que parece encaminarse la política filofascista de Inglaterra y Francia), son desventajas enormes de compensación imposible. A esto hay que añadir que la política de claudicación ante el fascio, aunque sólo sea temporal, restará a Inglaterra y a Francia el apoyo de las dos grandes democracias del mundo.

Es evidente que el viaje de Chamberlain a Roma, si llega a realizarse, abrigará el propósito de entregar España a la codicia italiana, como fue en Munich entregada Checoeslovaquia a los manejos imperialista de Alemania. Y el hecho es doblemente monstruoso porque no hay la más leve razón, ni aún la más mínima apariencia de razón, para que sea mermada la independencia española. Pero el hecho es también infinitamente más grave para el porvenir de Inglaterra y de Francia. La sola concesión de la beligerancia a Franco, sin la retirada total de las fuerzas italianas invasoras de España, es a todas luces, la aquiescencia a los propósitos del fascio y a su total dominio en el Mediterráneo occidental, la entrega definitiva de la más importante llave- de un Imperio y de las rutas marítimas de otro. Cuesta trabajo pensar que nadie, de buena fe, pueda en Inglaterra y en Francia  amparar esta política.

Mas no exageremos nuestra extrañeza. Gran parte de la Prensa, a cuyo cargo está la labor de formar la opinión, sirve a intereses de clase sin patria, cuando no a intereses fascistas, literalmente vendida al adversario. En Francia no es un secreto para nadie ta cantidad que invierte Alemania en la compra de plumas mercenarias. Pero no es esto todo, ni sería suficiente. En las esferas del Gobierno y de la plutocracia anglo-francesa imperante reina el terror a un despertar verdadero de la conciencia de los pueblos. El error monstruoso, o la iniquidad sin ejemplo, que supone la llamada no intervención en España, enderezada toda ella a hacer creer que la lucha en nuestra península es una mera guerra civil promovida por Rusia, una lucha de opiniones encontradas, cuya repercusión más allá de nuestras fronteras, sólo podría contribuir a precipitar la revolución social; la ocultación del hecho verdadero que es, a todas luces, la invasión constante, sistemática y progresiva de nuestro territorio por quienes aspiran a un nuevo reparto del mundo en detrimento de los dos imperios democráticos del occidente europeo, es algo que no admite el total desenmascaramiento, sin una repulsa de fondo, ajena a todo juego polémico de partido, que llevaría a los pueblos de Inglaterra y de Francia, despiertos, a pedir cuentas demasiado estrechas, a imponer las más terribles sanciones a los culpables. Cierto que en Inglaterra y Francia han sonado ya voces acusadoras que suponen conciencias vigilantes; más todo ello no ha roto la espesa costra del engaño. Para muchos, los más, estas voces cantan de falsete, responden a intereses políticos y sociales no siempre legítimos, simulan peligros inexistentes. Se ignora que, aún en el caso de que las voces apocalípticas no fuesen enteramente sinceras, coinciden con la realidad de los hechos, que en política se miente muchas veces con la verdad y que no falta quien señale peligros verdaderos sin creer en ello.

La turbia política de Chamberlain aprovecha el equívoco y lo cultiva. Contra lo que se cree, la opinión de Inglaterra está menos adormilada que en Francia, sin duda  también contra lo que se cree porque el problema de Inglaterra es mucho más grave que el de Francia. Francia podría sobrevivir a su Imperio colonial; Inglaterra, no. Se dice, además, que el inglés es más tardo de comprensión que el francés, y esto es sólo cierto con una limitación, que suele omitirse: de cuanto pasa fuera de Francia, suele ser el francés el último en enterarse, porque su política y su diplomacia suelen estar en manos de hombres mediocres; Las de Inglaterra —en cambio— han venido siendo hasta hace poco el patrimonio de una élite. Con todo, aun en la misma Francia la opinión despierta en el momento preciso en que los Gobiernos filofascistas meditan la suprema iniquidad contra España y la suprema traición al porvenir de sus pueblos.

Si, contra lo que nosotros creemos, ambas realizan el naufragio moral de las llamadas democracias del occidente europeo sería un hecho irremediable; Inglaterra y Francia habrían perdido no sólo sus posiciones estratégicas para la inevitable contienda futura, sino su razón de ser en la Historia. Ni dignidad ni precio; ni honra ni provecho. Les quedaría una fuerza disminuida y degradada y una retórica manida, sin valor ideal, que no podría convencer a nadie. Porque entre el deshonor y la guerra recordemos las palabras de Churchill— habrían elegido el deshonor y tendrían la guerra, una guerra sin honor —añadimos nosotros— y que de ningún modo merecería la victoria.

España, por fortuna, la España leal a nuestra gloriosa República, cuantos combaten la invasión extranjera, sin miedo a lo abrumador de la fuerza bruta, habrán salvado, con el honor de la Europa occidental, la razón de nuestra continuidad en la Historia.


Antonio Machado
La Vanguardia, 6 de enero de 1938










2942. Desde el mirador de la Guerra. Recapitulemos


Aunque los acontecimientos no marchen al ritmo de nuestra impaciencia, hemos de reconocer que tienden a seguir sus cauces naturales. En Inglaterra y en Francia la opinión está cada día más despierta y menos desorientada. No es fácil ya que los Gobiernos de Londres y París hagan demasiadas concesiones a los matones de Berlín, y Roma, sin que un abucheo universal los asorde.

La ocurrencia genial de nuestro presidente, el doctor Negrín, de retirada total de nuestros voluntarios, y las justas palabras de Álvarez del Vayo, han eliminado del problema español la turbia zona de los equívocos, donde tanto provecho encontraron nuestros adversarios. Ya nadie puede engañarse, ni aún el número incalculable de los papanatas. España está invadida por potencias extranjeras. Del lado de la República no hay más que españoles. Frente a nosotros, un pueblo mediatizado por la invasión, el que más directamente la padece, un pueblo al que se arrastra a una lucha contra nosotros (es decir contra España misma, la España libre aun de invasores), y las fuerzas militares de Italia y de Alemania, que pretenden sojuzgar nuestro territorio y establecer en él las bases defensivas y los focos de agresión contra Inglaterra y Francia, las dos imperiales democracias de Occidente.

Parece indudable que la retirada de fuerzas invasoras de nuestra península no ha de pasar de un mero y groserísimo simulacro, por razones tan obvias que, como decía un ateneísta, hasta las señoras pueden comprenderlas. El régimen dictatorial, descaradamente dictatorial, basado en el éxito inmediato y progresivo, no puede sobrevivir a arrepentimientos de ese calibre, mucho menos cuando los tales arrepentimientos implicarían renuncias a ventajas positivas, verdaderas victorias estratégicas, obtenidas en la gran contienda ya entablada, y en la cual los totalitarios llevan, hasta la fecha, la mejor parte. En verdad, nadie piensa en la retirada de invasores de España sin que éstos intenten por todos los medios, cotizar sus ventajas en pro de sus designios de expansión imperial. Alemania ha obtenido éxitos enormes para su expansión centro-oriental en Europa —Austria primero, después Checoeslovaquia— sin haber abandonado un momento su presión en España, donde el Aquiles británico tiene su talón vulnerable. Italia reclama ya con impaciencia las ventajas equivalentes en el Mediterráneo y, en parte, compensatorias, porque la anexión de Austria por Alemania supone un grave atentado al porvenir de su pueblo. Hablar en estos momentos de No intervención en España es un abuso descomedido de las palabras; porque todas las pretensiones de Alemania y de Italia —los máximos intervencionistas— están complicadas y lo estarán más de día en día con la presión en España.

A medida que el tiempo avanza, el problema se agudiza, no para nosotros sino para todos. En verdad, nosotros lo hemos sacado de puntos para dejarlo reducido a sus propios términos. Tal ha sido la gigantesca obra militar de nuestro Ejército, y de la política del doctor Negrín. Para un nuevo reparto del mundo, Italia y Alemania ocupan en España posiciones que no piensan abandonar, antes por el contrario pretenderán arraigar en ellas, posiciones que tampoco pueden impunemente conservar, en primer término porque España no soporta la invasión ni abdica de su independencia (sobre ésto, como decía un filósofo, conviene que no quepa la menor duda); en segundo lugar, porque la permanencia del invasor en España obligaría a Inglaterra y a Francia a la defensa de sus intereses vitales amenazados de muerte. 

El nuevo Munich a que se encaminan les llevará a concesiones en el Mediterráneo, infinitamente más graves que las que han realizado hasta la fecha, en perjuicio no sólo nuestro, sino en daño de sus pueblos respectivos. 

Por de pronto, han pinchado en hueso en su entrevista de París. El patriotismo francés empieza a estar en guardia y ese patriotismo no puede ser fascista y es algo más serio de lo que muchos creen. La beligerancia a Franco, tras la cual veía Mussolini el aplastamiento de la República española y su posición en España para una cínica política de beati possidentes (la que tuvo en Abisinia), no ha podido ser concedida. La loba romana aulla desvergonzadamente y no parece que Mussolini renuncie a la empresa; tampoco es fácil que deje de contar con el apoyo del fascio anglo-francés. Pero el fascio anglo-francés comenzará a ser muy poca cosa ante el patriotismo integral de dos grandes pueblos. 


Antonio Machado
La Vanguardia, 7 de diciembre de 1938






2928. Desde el mirador de la Guerra. Cuando sir Neville Chamberlain y su jovial compadre monsieur Daladier

Chamberlain, Daladier, Hitler, Mussolini y Ciano, 1938


Un tanto amenguada la cortina de humo, o la utilización como tal de la cuestión checoeslovaca, adquiere gran resalto, y tiende a ocupar el puesto que le corresponde, la cuestión del Mediterráneo. Ella, como las otras, guarda relación con todas las demás; porque ya no hay compartimentos estancos en la política universal, pero es ella la que más preocupa, sin duda, en el Occidente europeo y, acaso, la que, por de pronto, más debe preocupar en todas partes. Claro que toda máxima preocupación debe llevar consigo un tabú que prohibe mentarla. Será difícil, sin embargo, mantenerlo por mucho tiempo. En España es y ha sido siempre cuestión de insuperable importancia. Pero tampoco han fallado en España voces desorientadoras, descaminantes, como si a nosotros también nos conviniera silenciarla, eludirla o aparentar que pensamos en otra cosa. Yo, por mi parte, nunca escuché esas voces, porque siempre me parecieron hijas no de mala intención, mas sí de error patentísimo.

Que Mr. Chamberlain y lord Halifax, y cuantos hacen en Inglaterra una política de clase, que pretenden vender por política de Estado, no tengan mucho prisa por que los ingleses vean con demasiada claridad y sepan a punto fijo cómo se encuentra la cuestión del Mediterráneo, es algo perfectamente comprensible. Mucho más si, como algunos sospechan y otros creen saber, la llave más importante del Imperio británico, el Estrecho de Glbraltar, no está ya muy segura en la insondable faltriquera de la vieja Albión. La cosa es perfectamente comprensible, porque nadie que no pueda rendir estrechas cuentas de algo puede tener prisa por que se le exijan. El que a nosotros, españoles, nos interese tanto el pellejo y la tranquilidad de esos ilustres pescadores de caña, el que contribuyamos en la modesta medida de nuestras fuerzas a guardarles el secreto, en perjuicio de nuestros buenos amigos de Inglaterra, no es ya tan comprensible. Al menos yo confieso no haberlo comprendido todavía. Bien entiendo, sin embargo, que se me puede preguntar: ¿Y cuáles son nuestros buenos amigos de Inglaterra? Yo respondo sin titubear: en primer lugar, Inglaterra entera como democracia, de la cual hemos aprendido algo y pudimos aprender mucho más, en segundo lugar, Inglaterra como imperio, porque mientras haya imperios en el mundo, es el inglés no solamente el más tolerable sino el más firme puntal de nuestra independencia. No ignoro que se me puede seguir preguntando: ¿Y cuáles son, entonces, nuestros enemigos? Nuestros enemigos, respondo, son aquellos que están en la propia Inglaterra, no sólo contribuyendo a nuestra asfixia, sino comprometiendo su propia democracia y su imperio —su imperio democrático o su democracia imperial— por salvar los intereses sin patria de la alta banca y, todo ello, en beneficio de nuestros enemigos y de los suyos, mucho más suyos que nuestros. Y el que nosotros contribuyamos a que los ingleses vean esto con la acuidad con que nosotros lo vemos, no es pagarles nuestra amistad en mala moneda, ni mucho menos trabajar contra nuestros propios intereses.


...


También es incomprensible que cuantos siguen en Francia, más o menos a remolque, una política semejante a la inglesa, cualquiera que sea su filiación política, no tengan demasiada prisa por rendir a Francia cuenta de su conducta. Ellos han trabajado con todas sus fuerzas y pretenden seguir trabajando no sólo contra la Francia democrática, la de la gran Revolución y del «affaire» Dreyfus, sino también, y sobre todo, contra la Francia imperial, que culminó en el Tratado de Versalles. Es muy comprensible que ellos tampoco quieran mentar la cuestión del Mediterráneo, y hasta que soporten con santa paciencia y, en el fondo, con mal disimulado regocijo, que se les acuse de claudicadores en Munich, porque ellos saben muy bien, están hartos de saber que sus claudicaciones son mucho más graves. No es sólo que hayan perdido su crédito y su influencia política en la Europa centrooriental, es que han abandonado las comunicaciones con el África del Norte, la ruta marítima por donde la metrópoli se comunica con sus colonias, por donde sus colonias mandarían las fuerzas que habían de defender la metrópoli contra un enemigo implacable. Han hecho más... Pero, ¿a qué seguir? ¿A qué mentar la soga del Pirineo y del golfo de Vizcaya en casa de ahorcado en Mallorca? Ellos saben muy bien que su gran pecado no ha sido en Praga, ni en Munich, sino en París y en Londres; se llama el Comité de no intervención en España. Porque, evidentemente, es en España donde debieron intervenir hace ya más de dos años para impedir que España fuera invadida por los más implacables enemigos de Francia. 

Cuando sir Neville Chamberlain y su jovial compadre monsieur Daladier, dicen que se ha conseguido que la guerra de España deje de ser una amenaza para la paz de Europa, no se sabe a quién pretenden engañar, porque no hay nadie tan palurdo sobre el planeta que comulgue con esa rueda de molino. Es ahora cuando los intereses vitales de Francia y de Inglaterra han de aparecer más directamente amenazados. 

Y es ahora cuando para tranquilidad de todos ha dicho Chamberlain que ni Hitler ni Mussolini tienen la menor ambición en España, ni siquiera de perturbar el equilibrio mediterráneo. 

Lo afirma Chamberlain y, digámoslo con ironía shakespeariana,

Chamberlain is an honourable man 

Los sinceros amigos de Francia y de Inglaterra —más amigos aún, claro está, de nuestra España—, vemos con más repugnancia que terror que la suprema iniquidad contra nosotros se proyecta en todas las cancillerías donde el fascio se alberga y, por ende, también en las de Londres y París. De los cuatro fingidos no intervencionistas, los dos invasores de nuestra patria se quitarán pronto la careta, que ya les sofoca, y aparecerán sus rostros aborrecibles, sin sorpresa de nadie. Las máscaras eran inútiles por demasiado transparentes. Los otros dos procurarán conservarlas, no por miedo a nosotros, sino a sus propias conciencias, quiero decir a sus propios pueblos, a quienes vienen engañando. Son estos pueblos mismos los que han de arrancárselas. 

Entretanto, el doctor Negrín y Alvarez del Vayo han elevado la voz de España, sin vanagloria y sin miedo, con el orgullo modesto, perdonadme la aparente contradictio in adjecto, con que habla siempre España en los momentos decisivos. España no es una invención de las cancillerías europeas, la resultante de un tratado de paz más o menos inepto. Lleva siglos de vida propia perfectamente definida por su raza, por su lengua, por su geografía, por su historia, por su aportación a la cultura universal. No es fácil disponer de su presente ni, mucho menos, de su porvenir. Aun suponiendo—y es mucho suponer— que pueda caer arrollada por la fuerza bestial de sus enemigos, su deber es caer con dignidad, resistir hasta el fin porque sólo así sería indefectible su resurgimiento futuro. Y, por de pronto, España piensa en la victoria, porque está segura de merecerlo.


Antonio Machado 
La Vanguardia, 10 de noviembre de 1938







2915. Desde el mirador de la guerra. Sobre la política anglo-francesa de no-intervención

París, mayo de 1937. Manifestación contra la no-intervención en la Guerra de España


Conviene no escuchar demasiado los cantos de las sirenas, o mejor dicho conviene no confundirlas con las voces leales. Porque los días se acercan de mayor peligro para este vasto promontorio de Occidente, ancha cola o rabo, ya no del todo por desollar, de la vieja Europa.

Por las puertas de la traición han entrado nuestros enemigos, salvo aquellos que ya estaban dentro, dedicados a franquearlas. En verdad, no faltaron Laocoontes que denunciasen a tiempo lo que llevaba en el vientre el caballo de nuestra Troya republicana. Acaso no gritaron bastante; la verdad es que no fueron oídos. A costa de mucha sangre, saben hoy casi todos en qué consistía la faena de aquel infatigable ensanchador de la base de nuestra República. Pero aquello es ya lo irremediable, y aunque no conviene olvidarlo, fuerza es pensar en otras traiciones más graves, que todavía puede reservarnos una mañana más o menos, nunca demasiado, remoto. Por fortuna, los vigías están hoy en sus puestos; y los oídos son hoy más finos que lo fueron entonces. Conviene no olvidar, sin embargo, que toda vigilancia es poca, y que los gritos de alerta no son todavía superfluos.

Conviene desconfiar, con máxima desconfianza, de todos aquellos que, más allá del Pirineo, nos hablan todavía de la no intervención en España, sobre todo cuando simulan ignorar que la no intervención fue, desde un principio, una groserísima cobertura del convenio entre cuatro gobiernos intervencionistas, dos de los cuales eran auténticos invasores de España; los otros dos, sus indirectos coadyuvantes, pues negaban a España sus más legítimos medios de defensa.

Entre esos simuladores, hay algunos un tanto arrepentidos de su conducta, no por el daño que hicieron a España, sino por miedo a ser señalados entre los suyos como desleales a su patria, porque vendían como política nacional una política de clase. Entre ellos hay alguno que, no contento de contribuir al asesinato de España, vendía a su nación, y además, a su clase. De ése, menos que de nadie, hemos de contribuir nosotros a cohonestar la conducta. Toda nuestra gratitud, en cambio, será poca para nuestros verdaderos amigos de Francia y de Inglaterra, y para quienes, como el representante de la URSS, lucharon sin tregua por entorpecer los manejos hipócritas, y revelar al mundo el cinismo y mala fe de los cuatro gobiernos aludidos, a saber Inglaterra, Francia, Alemania e Italia.

El tiempo continúa su marcha inexorable -fugit irreparabile tempus-, y del porvenir, la inagotable caja de sorpresas, hemos de confesar que sabemos muy poco. No tan poco, sin embargo, que todo no sea absolutamente imprevisible: también lo esperado puede saltar como la liebre, cuando menos se espera; la caja de sorpresas nos reserva esa sorpresa más. España ha sido, en verdad, consecuente consigo misma cuando, bajo un diluvio de iniquidades, ha adelantado el pecho, para pasar el Ebro, y escribir a su margen la más gloriosa gesta de su historia. Entre las viejas cuentas del astuto abogado de la City, ha surgido esa cifra inesperada y desconcertante. Nosotros la esperábamos, aunque, al producirse, nos asombre.

España ha sido consecuente consigo misma, cuando el doctor Negrín la ha proclamado como sustentadora de los valores éticos universales, cuando el doctor Negrín y Álvarez del Vayo han exaltado en Ginebra --la hoy lamentable Ginebra, tantas veces antaño patria y asilo de la libertad-- el gesto españolísimo, y han sabido oponer la suprema hombría de bien al despotismo del fascio inverecundo y a la suprema avilantez del fascio encubierto. España ha sido consecuente consigo misma cuando, abrumados nosotros por la adversidad y en los momentos de mayor angustia, nos ha hecho sentir el supremo orgullo de ser españoles. De suerte que ya sabemos que no todo fue sorpresa en lo pasado, y sospechamos que no todo ha de serlo en el futuro.

No hemos tampoco de apartar nuestros ojos de las iniquidades previstas, porque la mayor parte de todas tal vez se guisa ya en las cocinas de nuestros adversarios. Fuera de España, en la brumosa Albión, hay alguien que no duerme, porque, como Macbeth, ha asesinado un sueño, y no precisamente en su castillo de Escocia, sino en el corazón de la City. Es de esperar que en la pendiente del crimen y del miedo, también como Macbeth, no pueda detenerse. Por lo demás, sus brujas lo engañarán con la verdad, hasta el fin. Tampoco él ha de creer en el milagro del bosque semoviente, ni en el invulnerable ardimiento del hijo de la loba... romana. No agotemos el símil. Él irá hasta el fin, el suyo, que no lleva trazas de ser demasiado gallardo. Procuremos nosotros apartarnos de su camino, mas sin quitarle ojo. Y, cuando gritemos, que se nos oiga más allá del Atlántico.


Antonio Machado
La Vanguardia, 23 de octubre de 1938







2906. Desde el mirador de la Guerra. ¡Si la guerra nos dejara pensar!

Hitler y Neville Chamberlain, 30 de septiembre de 1938


En esta egregia Barcelona —hubiera dicho Mairena en nuestros días—, perla del mar latino, y en los campos que la rodean, y que yo me atrevo a llamar virgilianos, porque, en ellos se da un perfecto equilibrio entre la obra de la Naturaleza y la del hombre, gusto de releer a Juan Maragall, a Mosén Cinto, a Ausias March, grandes poetas de ayer, y otros, grandes también, de nuestros días. Como a través de un cristal coloreado y no del todo transparente para mí, la lengua catalana, donde yo creo sentir la montaña, la campiña y el mar, me deja ver algo de estas mentes iluminadas, de estos corazones, ardientes de nuestra Iberia. Y recuerdo al gigantesco Lulio, el gran mallorquín. ¡Si la guerra nos dejara pensar! ¡Si la guerra nos dejara sentir! ¡Bah! Lamentaciones son estas de pobre diablo. Porque la guerra es un tema de meditación como otro cualquiera, y un tema cordial esencialísimo. Y hay cosas que sólo la guerra nos hace ver claras. Por ejemplo: ¡Qué bien nos entendemos en lenguas maternas diferentes, cuantos decimos, de este lado del Ebro, bajo un diluvio de iniquidades: «Nosotros no hemos vendido nuestra España!» Y el que esto se diga en catalán o en castellano en nada amengua ni acrecienta su verdad.

...

Si se fuera (dentro de unos días, o de unas semanas, o de unos meses) a la guerra grande, podría decirse que nunca los hombres se decidieron a ella más convencidos de su inutilidad... Y con más horror a sus consecuencias. ¿Cómo —se preguntarían— si todos la aborrecemos, todos la hemos aceptado? Porque parece ser que ni el propio Hitler la quiere de verdad, y que su posición es, en efecto, la del chantajista, el cual sabe muy bien todo el provecho que puede rendirle la amenaza mientras no se cumple, y el poco que habría de rendirle su cumplimiento. 

Yo no creo, sin embargo, que esto sea tan verdad como parece. Porque hay muchos belicistas en el mundo, demasiados creyentes en la profunda fatalidad de la guerra; muchas almas armígeras y batallonas; sobradas gentes convencidas de que la verdad es guerrera y la paz una vana aspiración de los débiles; toda una ciencia pura cuyas hipótesis últimas no repugnan la guerra, y otra, aplicaba al dominio de la Naturaleza, propicia a desviarse hacia el dominio de los hombres. Y demasiados intereses comprometidos en la fabricación de máquinas homicidas, gases deletéreos, etcétera. Porque el clima moral del Occidente es guerrero por excelencia, y el homo sapiens, de Linneo, y el faler de los pragmatistas, se han trocado en un homo bellicosus, dispuesto a tomarse con Satanás en persona, como Don Quijote, y sin ninguno de los motivos que tenia el buen hidalgo para pelear. Porque hay toda una filosofía y hasta una religión bajo el signo de Marte, y sobrados motivos sociales, biológicos, metafísicos, que llevan al hombre a guerrear. Todo esto hay, como si dijéramos en un platillo de la gran balanza, y en el otro, el miedo, que es la ferocidad misma, el alma de la jungla... De modo que la guerra, en ninguno de sus aspectos, sin excluir el de la paz armada hasta los dientes, puede asombrarnos.

...

La Sociedad de las Naciones, ese organismo de trágica opereta, o, si lo preferís, ese esperpento, en el sentido que dio nuestro Valle Inclán a la palabra, es una institución tan al servicio de la guerra, quiero decir tan al servicio del fascio, como los cañones de Hitler y los manejos pacifistas de Chamberlain. Al gesto de España, a las palabras del doctor Negrín, de insuperable valor moral, responde con su aquiescencia a controlar la retirada de nuestros voluntarios, cuidándose  muy mucho —como decíamos los académicos— de no entorpecer en lo más mínimo la actuación salvadora del Comité de No Intervención, donde figuran, los invasores de España.

...

Grande fue el éxito de Chamberlain en el Parlamento inglés, antes de su último viaje a Alemania. (Hasta la reina María —look to the lady— se desmayó al oírle.) Su ingenio inagotable había tenido una ideica más: ¡Hay que salvar al fascio por encima de todol ¡Que se hunda Inglaterra, pero que se salve la City! 

...

Los profetas a la manera de Juan de Mairena (que nunca tuvo la usuraria pretensión de acertar en sus vaticinios) somos los primeros sorprendidos cuando los hechos vienen a darnos la razón. ¿Con que era cierto que Francia no iría a la guerra por mor de Checoeslovaquia? ¿Que mister Chamberlain no pensó jamás que había de achicharrarse todo por tan poca cosa, cuando no consentía en quemarse los dedos por la cuestión de España? ¿Cómo es posible que cosas tan lógicas hayan podido coincidir con los hechos? 

...

Y ahora nos preguntamos unos cuantos románticos rezagados, almas perdidas en un melonar: ¿seguirá, interviniendo el Comité de No Intervención? La cuestión de España —¡tan secundaria!— y el problema baladí del Mediterráneo habrá que tratarlos —no obstante su levedad— en alguna parte. Que no sea, pedimos a Dios, en ese Huerto del Francés del honor internacional. 

Cuando llamamos Huerto del Francés al Comité de No Intervención, no pretendemos ensombrecer demasiado la memoria de Aldije; porque no es en él, precisamente, en quien pensamos.


Antonio Machado
La Vanguardia, 6 de octubre de 1938