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3402. Los traidores del Santuario de la Cabeza


El capitán Cortés en el hospital de campaña en Viñas de Peñalana - Foto Altavoz del Frente - Crónica, 30 de mayo de 1937  


La traición

A mediados del agosto pasado, cuando en las provincias ocupadas por el fascismo se cumplía un mes de asesinatos y traiciones, cuando la guardia civil que había entre nosotros nos engañaba, mataba y escapaba, una autoridad con rasgos de traidora envió la más considerable parte de la benemérita de la provincia de Jaén a los edificios descritos. ¿Qué sucedió? Lo que el pueblo presentía. Mas de quinientos guardias había repartidos entre el Santuario y Lugar Nuevo con el comandante Nofuentes. Doscientos que salieron de allí para el frente de Córdoba, doscientos que se pasaron a las filas facciosas. Requerido Nofuentes para que acusara su adhesión a la República y la de los que, con él y las familias de todos ellos, se trasladaran a la Sierra, el comandante ofreció lealmente sus servicios y los de sus subordinados a las autoridades gubernativas. Pero, cuando regresó al, desde poco tiempo antes, cuartel de Sierra Morena, cuando expuso su lealtad de seguir adicto al régimen republicano, el capitán Cortés, que ya había concertado la traición con veinticinco guardias, encerró a Nofuentes, se impuso al resto de las fuerzas armadas de la Sierra y se declaró en rebelión. 

Ese resto de fuerzas al que se imponía Cortés, era un número de cerca de trescientos hombres. Viejos unos, excesivamente prudentes o cobardes otros, cazurros los más, no se atrevieron a condenar la traición de Cortés, y, si hubo alguno que se atrevió, pagó su atrevimiento con la vida. Los curas que convivían con los traidores, haciéndolos confesar y comulgar entre matanza y matanza, salvaban su responsabilidad de religiosos cumplidores del quinto mandamiento de la ley de Dios con "¡Él le haya perdonado!" 


La ira del pueblo

La guardia civil ha dejado un rastro negro y rojo por donde ha pasado, que ha sido por los campos y las aldeas de España. No hay hueso de trabajador que aun no esté condolido de los apaleos constantes a que le sometía el burgués por medio de los beneméritos verdugos. Hombres honrados ha habido entre ellos, es indudable. Por inconsciencia, ignorancia o necesidad ingresaron en el Cuerpo y mantuvieron su honradez a costa de sordas luchas con sus compañeros de profesión y de duros castigos y persecuciones de sus jefes. Pero estos hombres eran gotas de agua pequeña en medio de inmensos fangares, y el pueblo siempre ha tenido sus espaldas señaladas por las botas, las culatas y la ferocidad de casi todos ellos. 

Darse cuenta los hombres populares de la provincia de Córdoba y Jaén de la traición de la guardia civil de Sierra Morena, lanzar un grito de indignación, de nobleza engañada, y salir de sus hogares contra ellos todo fue uno. La guerra andaba prendida por toda España. Faltaban fusiles en nuestras manos, y en Andalucía particularmente. Las escopetas, los trabucos de un siglo, las hondas y la dinamita jugaban por los campos andaluces los papeles más importantes. Un grupo de escopeteros, que había manejado poco, o que no había manejado jamás las armas de fuego, mineros, gañanes y pastores en su mayoría, se internó en la Sierra, tratando de reducir al cabecilla Cortés y sus secuaces, certeros tiradores entrenados en la caza del jabalí y el jornalero. La serranía comenzó a cubrir sus hondos silencios de detonaciones, que rebotaban y aullaban contra las resonantes dentaduras de la piedra. Zarzales y Jaras recibían a diario el peso del cuerpo que cae para siempre, y eran nuestros hombres, no los guardias civiles, los que caían, con un balazo que por casualidad, no les atravesaba la cabeza. Los magníficos tiradores se escondían entre las malezas y cuando el torpe escopetero, ingenuo, se le acercaba a pecho descubierto, disparaban y aparecían riendo como solo pueden reír los verdugos.


¿Quiénes son los héroes?

Nuestros frentes de Andalucía se han mantenido casi indefensos hasta hace dos meses. Ni un tanque, ni un aeroplano, pocos hombres y menos fusiles durante ocho meses de guerra cruda. La aviación fascista ha operado a placer contra los andaluces, se ha cebado en ellos por mandato del general de las bodegas. Andújar ha sido acometida por las bombas italianas y alemanas infinidad de veces. Los escasos hombres que teníamos frente a los rebeldes del Lugar Nuevo y el Santuario eran víctimas constantes de la metralla. Sin guaridas, a campo descubierto, han visto transcurrir el invierno en las trincheras y han recibido en su cuerpo las lluvias y los vientos inclementes de Sierra Morena. Sin ninguna preparación militar luchaban contra hombres curtidos en el tiro y en la disciplina férrea con desventajas de terreno y de armas, dominados por las ametralladoras y las miradas de la banda de Cortés, emplazadas en las alturas de Cerro Chico y el Santuario.

¿Quiénes son los héroes? Entiendo por heroísmo un movimiento del corazón que arrostra el mayor peligro por defender y salvar desinteresadamente algo que ocupa lugar en la pureza de sus sentimientos. A los guardias civiles de Sierra Morena se les puede considerar valientes, pero, para ser héroes, andaban demasiado manchados de sucios intereses. Se rebelaron recelosos y temerosos de la justicia popular que, más temprano o más tarde juzgaría y liquidaría su organización de villanos, y se han defendido por desesperación. Los héroes son los hombres que les han atacado por espacio de varios meses con escopetas y con el solo deseo de acabar la lucha para regresar al digno arado, a la vida sencilla. El héroe actúa por un impulso generoso, no por una mala pasión, aunque sea sin armas. Estos que han luchado contra los de Cortés representan al héroe


Se prepara la rendición de los rebeldes 

El cerco verdadero se lleva a cabo a mediados de abril. Soldados de la 16 Brigada Mixta, con su comandante Pedro Martínez Cartón, operan frente al Lugar Nuevo, que cae en nuestro poder con suma facilidad. Los guardias residentes en dicho monasterio huyen con sus familias al Santuario, abandonando fusiles y pistolas en abundancia. Se acaba el veraneo. Ahora sí que puede designarlos Queipo con el nombre de sitiados. Porque lo son efectivamente, insiste en sus bombardeos sobre la población civil de Andújar, y se apunta trescientas víctimas en la de Jaén. 

Pedro Martínez Cartón extiende son sus hombree las trincheras hacia Cerro Chico y el Santuario. No pasa noche que no venga la aviación fascista a bombardeamos en las trincheras, ni pasa día que no tengamos alguna baja, con herida en la frente, por lo general. Los soldados se doblan muda, serenamente bajo los disparos de los enemigos, que meten las balas por las troneras. 

Del lado de Cortés se produce una desbandada lenta. Desde los mediados de abril basta el primero da mayo en que se toma el Santuario abundan las deserciones de guardias civiles con hijos y mujer. Por medio de un altavoz se les incita a rendirse a todas horas. Una tarde aparece una mujer con los brazos extendidos junto al recinto del Santuario. 

¡No tiréis, compañeros ! ¡Voy con vosotros!

Un civil le hace un disparo, dejándola con la palabra en la boca y el cráneo destrozado. 

Por los evadidos sabemos que otra mujer que quedaba viuda allí mismo pidió harina para alimentar a un hijo de un mes, y se la negaron diciéndole que la harina se reservaba para enfermos y heridos. Escasean los víveres. Son más de mil estómagos los que piden pan. El cabecilla no quiere quedarse sin provisiones, y se las niega a las más débiles criaturas. Los curas tratan de levantar el ánimo del elemento femenino con relatos de milagros, con sermones, pero ellas desean en el fondo de su alma abandonar el Santuario, y se pasan los días y las noches apiñadas, con los hijos hambrientos, en el sótano del reducto. 

Por el altavoz se les ha leído el decreto del 8 de abril, que asegura la vida, la libertad de cuantos se incorporen a nuestras filas desde que apareciera. El Comité Internacional de la Cruz Roja manda dos delegados para proponer a Cortés la evacuación de mujeres y niños, negándose el mismo a ello bajo una serie de condiciones inaceptables. Varios representantes de la religión católica que se encuentran entre nosotros les hablan con el mismo fin, y obtienen idénticos resultados. Cortés quiere continuar parapetado en la debilidad de la masa de mujeres y niños que tiene consigo como en un bloque de piedra más, con la esperanza de que Queipo decida un día la prometida liberación. Pero quienes habían permanecido hasta entonces con él no se mostraban tan optimistas y el que conseguía escapar a su estrecha vigilancia pasaba a nuestro campo y el que no caía de bruces mal herido en el intento. 


Miguel Hernández
Frente Sur (Jaén), 13 de mayo 1937









3401. Sobre la toma de la la Cabeza: carta y aclaración

Guardia Civil superviviente del asedio al Santuario de la Cabeza con sus dos hijos



Recibimos la siguiente carta que publicamos íntegra seguida de la contestación de nuestro colaborador Miguel Hernández:


Camarada Director de Frente Sur.

Estimado camarada: En el número 13 del semanario de su digna dirección, aparece una crónica firmada por Miguel Hernández, haciendo el relato de lo que fue el ataque y conquista del Santuario de la Virgen de la Cabeza. 

En la mencionada crónica aparecen algunos conceptos equivocados que deseamos rectificar y esperamos que, haciendo honor a su proverbial ecuanimidad, dé publicidad a esta carta con las siguientes aclaraciones: 

Primera. En la mencionada crónica se dice que fue el comisario del cuarto Batallón de la Brigada (parece ser que se refiere a la 16 Brigada Mixta) quien empuñaba la bandera que se plantó en lo alto del cerro, concepto completamente equivocado, pues la bandera, la única bandera que allí ondeó señalando a nuestros soldados que la conquista del Cerro Chico estaba realizada, fue la de la cuarta Compañía del segundo Batallón de Jaén, que no debe confundirse con la del cuarto Batallón de la Brigada. 

En esta bandera, y en letras blancas sobre fondo rojo, podía leerse antes de ser hecha jirones por las bombas enemigas la siguiente inscripción: GRUPO DE TORREVIEJA (ALICANTE), por pertenecer a un grupo de milicianos de dicha localidad, que forman parte de la mencionada Compañía. 

Segunda. Durante el ataque no fue arrebatada esta bandera por ningún miliciano al comisario, pues completamente se han invertido los términos. 

La bandera fue victoriosa hasta mitad de Cerro Chico, conducida por su abanderado y allí, al caer éste herido, fue cuando se hizo cargo de ella el Delegado político accidental de la Compañía, camarada Ruiz Santos, el cual, con valor inimitable y dando pruebas de un encendido amor a la causa antifascista, logró colocar en el puesto de honor a la bandera de la Cuarta Compañía del segundo Batallón de Jaén; y 

Tercera. Que si bien es cierto que fue la 16 Brigada la animadora de este ataque, dados sus elementos bélicos, no es menos cierto que el segundo Batallón de Jaén fue en primer término el forjador de este triunfo, que tan alto pone el espíritu y la combatividad y entusiasmo de nuestro Ejército Popular.

Mil gracias, camarada Director, por la molestia en la publicidad de esta carta, y con este motivo reciba el testimonio de mi más atenta consideración. 

Afectuosamente, por la cuarta Compañía del Batallón de Jaén, 
Juan Celdrán. Miliciano. 
Andújar, 7-5-37


*


Compañero Juan Celdrán:

Siento los errores que haya podido haber en el relato de la toma del Santuario de la Cabeza. Desde luego, puedes creer que no han sido intencionados. He procurado siempre ser justo y verdadero, y, aunque no soy periodista, sino poeta, escribo en el periódico de mis compañeros de Altavoz del Sur la prosa de la poesía que veo y siento en lo mas hondo de esta guerra. Sabe que me irrita la falsedad, mala hierba abundante entre los periodistas, acostumbrados a contar sucesos no sucedidos o sucedidos de otra manera y mucho antes de que ellos pasaran por el campo de su desarrollo. Las cosas, para sentirlas, vivirlas y verlas, y la prensa no sería tantas veces irritante o aburrida si algunos de los que escriben sus diarios se acercaran más oportuna y menos prudentemente a los campos donde la verdad habla a balazos.

Todo esto lo digo a propósito de tu carta, que agradezco nos hayas enviado.

Yo, compañero Celdrán, asistí al combate desde los primeros momentos, aunque sin lápiz ni papel, que no me gusta ni puedo explotar el momento que vivo, y prefiero volver a vivirlo recordándolo. De ahí nacen los errores que tu, y todos nuestros compañeros que colaboraron valientemente en la tome de Cerro Chico, sabréis disculpar. En los instantes de emoción, de lucha, de muerte, es difícil, casi imposible, retener la atención en un determinado detalle. Recordarás que antes de plantarse definitivamente una bandera en Cerro Chico conquistado, hacia las diez de la mañana se llevó otra hasta su cumbre y sigo en la creencia de que aquella bandera fue arrebatada al Comisario del cuarto Batallón de la 16 Brigada Mixta por uno de sus soldados. Ahora bien: creo que confundes este rasgo que cito con otro. Al relatar la toma de Cerro Chico digo: "La nube tempestuosa se retiraba reculando. Un soldado que tenía a mi derecha, se levantó con una bandera roja iluminado por una luz especial, saltó sobre la piedra más alta de Cerro Chico y allí permaneció varios minutos: los precisos para que el sol irrumpiera sobre él y le rodeara de resplandores y hermosuras nunca vistos entre un cerco de balas." Este soldado a que me refiero es, de seguro, el Comisario político de la cuarta compañía del Batallón de Jaén, y siento no haber mencionado como se merece a Ruíz Santos. Aquellos momentos eran de mucha emoción y yo no veía más que la hermosura de cuanto sucedía bajo ningún nombre, porque los nombres reducen, achican en mí los actos de las personas que los hacen, y no quería empequeñecer luego aquella victoria preguntando los nombres y apellidos de cada uno de sus forjadores. 

Punto y aparte ya, te pido saludes de mi parte a ese grupo de Torrevieja (Alicante), porque yo he nacido por aquella tierra: soy de Orihuela. Precisamente, el teniente que me confundió con uno de los prisioneros en el momento de rendírsenos me dijo que era de los de Torrevieja. Salúdalo también, y que los cincuenta anos que lleva encima le sean leves para seguir metido en estos penosos trotes. Y nada más. ¡Salud!. - M.H.


Frente Sur,  (Jaén), 13 de mayo de 1937 








3045. La rendición de la Cabeza

Soldados republicanos atienden a las mujeres e hijos de los guardias civiles del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza 
Andújar (Jaén), 1 de mayo de 1937


El día definitivo

Es el primer día de mayo. Hombres de la 16 Brigada Mixta y del Batallón Jaén despliegan una actividad silenciosa, precursora de un violento ataque al enemigo, en las trincheras que ocupan frente al Santuario y Cerro Chico.  El edificio de la Cabeza amanece ante el alba sangriento y oscuro. En él veía yo la representación de un monstruoso tricornio enarbolado, con desgarrones abiertos por nuestra munición. Dentro del pétreo tricornio sentía latir angustioso el corazón de las mujeres y los niños encarcelados por Cortés. Hasta el último momento se le gritó por el altavoz que diera libertad a aquellos seres, hasta el último momento se apoyó en ellos para hacer más larga, ensangrentada y cruel la resistencia.

Al cruzar con el comandante Carlos y Pless hacia el puesto de mando vi tres evadidos de aquellas misma noche. Fumaban con los soldados y señalaban la situación de ios parapetos enemigos. Llegamos al puesto de mando. Allí encontramos a Pedro Martínez Cartón, quedaba ordenes urgentes. El teléfono sonaba sin interrupción. La voz de Pedro Martínez se repartía por él con insistencia. Un viento frío nos reducía la piel a todos. La artillería inició su fuego hacia las seis, cuando la claridad de la mañana definía por completo el perfil victorioso de las sierras. 


Martínez Cartón

Parece un hombre hecho de manojos de fibras: ágil, enjuto. Observa al enemigo, ordena avance, se impacienta, atiende a los que le rodean finamente, va al teléfono, vuelve a la observación, y su voz metálica se desborda en insultos, amenazas y, a veces, interjecciones expresivas. Cuando no resulta el movimiento que ha ordenado como él desea, se le ve sufrir, arder por dentro, lleno de mucho amor propio y mucho hueso vibrante. Ha llevado a feliz término la operación de conquista del Santuario, pero no a la hora que anhelaba. 


Pless con su arma de combate: la máquina fotográfica

Bajo las granadas de la artillería los muros del Santuario se desplomaban entre humo blanco y negro, y los ecos de las montañas redoblaban los retumbos de las explosiones. El estampido se oía doble, aullante, con un interminable fragor de lobo.

A las once avanzamos seis tanques hacia Cerro Chico. Pless se desliza tras uno de ellos con un grueso de infantería, dispuesto a dar su vida por lograr una fotografía buena. Pless es un germano maduro que peleó en la guerra europea y que, por tanto, tiene sabrosas experiencias. Sus cincuenta años no le estorban para correr y reír como un chiquillo y en las trincheras parece un patriarca fotógrafo y guerrero.

Por los perfiles de Cerro Chico se arrastraban guardias civiles, y el cañón del fusil les brillaba con un brillo feroz en la luz. Detrás y junto a los tanques iban pecho arriba nuestros soldados. El comisario del 4º Batallón de la Brigada empuñaba una bandera con el propósito de plantarla en la cumbre del cerro en cuanto se tomase. Era el principal objetivo ambicionado. Dueños de Cerro Chico, el Santuario quedaba indefenso, expuesto a las balas desde todas partes. Los muchachos avanzaban animosos y uno se puso a cantar por lo hondo. 

Pless disparaba su arma fotográfica y avanzaba con ellos.


El combate

El enemigo, que dominaba a la perfección nuestras posiciones desde la altura de los dos cerros, se hallaba preparado contra el movimiento ofensivo de nuestras armas en sus puntos más estratégicos, y los dos fuegos se cruzaron carniceros. 

Una de las ametralladoras emplazadas en el Santuario extendía su plomo a lo largo del campo, y las balas se ahogaban en la tierra moviendo aire junto a las orejas de los soldados, salpicándolos de barro, haciéndoles escupir tierra. Pero el ejército del pueblo sabe decidirse desde el primer momento a vencer y a morir, y los hombres de este ejército que ocuparon el Santuario subían palmo a palmo hacia Cerro Chico desprendiéndose de las zarzas, tendiéndose, levantándose, cayendo de claro en claro alguno con la pechera como una bandera tinta y mojada. Los camilleros se llevaron al capitán Haro del combate con un balazo y un camillero mismo dobló el cuerpo sobre la camilla que conducía.

La artillería desvió el fuego hacia Cerro Chico y la silueta de los guardias civiles manchaba el cielo buscando protección contra las granadas. Un soldado arrebató la bandera al comisario del 4º Batallón y gritó: 

iAdelante el ejército del pueblo!

Entre una ráfaga de balas llegó hasta lo más alto del cerro deseado y allí se mantuvo en el espacio de varios minutos dando vivas a la independencia de España y arrojando contra los del tricornio bombas de mano. Hubo de retirarse porque el fuego enemigo le perseguía y acorralaba.

En medio del encarnizado combate se abrían ligeras treguas para tomar aliento, y el silencio despojado de disparos y explosiones, recobraba su intensidad serrana. Una lluvia helada golpeaba manos y rostros, pero existen fuegos que no logra apagarlos ni el agua, ni la nieve, ni el granizo, y el de la guerra y el del entusiasmo son dos.

Los tanques cumplían su misión destructora magníficamente, trepando por las piedras hasta donde permitían los fosos abiertos por el enemigo. Cuando uno enmudecía agotado de munición iba a reemplazarlo otro, y los tanquistas del que volvía por nueva carga se asomaban deseosos de respirar con libertad.

Andando por unas trincheras llenas de agua llegué hasta unos parapetos cercanos al Santuario. La metralla de una granada que explotaba en aquel momento me rozó el brazo derecho y se clavó en la tierra. Avanzando con el cuerpo inclinado fui a detenerme en un punto de la carretera que batía desde la Cabeza una pistola ametralladora. Siete hombres cayeron allí y unos cuantos compañeros que se habían cobijado en un repecho no se atrevían a seguir adelante. Seguimos amparados por uno de los tanques que regresaban a la pelea y nos colocamos con los demás al pie de Cerro Chico, con los fusiles encendidos. A mi lado desfilaban las camillas con heridos y muertos que parecían jaras pálidas en los jarales. Y le jara me parecía desde entonces el rostro de un cadáver oloroso. 


La toma del cerro

Las tres y media de la tarde me pareció le hora que sería. El sol que andaba el día jugando con nubes desapareció bajo una masa grandiosa, voluminosa, que prometía una pasajera tempestad. Sobre nuestras espaldas empezó a descargar un granizo duro, deshecho a poco de caer por el calor de nuestros poros. Los truenos se unieron a las baterías y a los fusiles, y Sierra Morena retumbaba y se estremecía como próxima a desplomarse en no sé qué abismo de agua. La guerra era entonces terrestre y celeste, con infantería y artillería doble, con relámpagos que se ahogaban en los horizontes fieros.

Seguíamos avanzando cerro arriba. Veíamos aplastarse contra las piedras la guerrera verde de los guardias civiles que caían y la chaquetilla de pana de muchos compañeros. Hubo un momento en que la cumbre del cerro fue nuestra y del enemigo a un tiempo. En medio de truenos y explosiones gritábamos con todo el pecho, y una voz mas poderosa que la de los cielos y la tierra se clavaba en nuestras orejas. 

¡Adelante el ejército del pueblo! ¡Adelanteeeeeé !

La nube tempestuosa se retiraba reculando. Un soldado que tenía a mi derecha, se levantó con una bandera roja iluminado por una luz especial, saltó sobre la piedra más alta de Cerro Chico, y allí permaneció varios minutos: los precisos para que el sol irrumpiera sobre él y lo rodeara de resplandores y hermosuras nunca vistos entre un cerco de balas. Inmediatamente subimos en avalancha, con un grito indescriptible entre la dentadura. Los guardias civiles retrocedían hasta el Santuario. Cerro Chico quedaba en nuestro poder.


La rendición

La artillería intensificó su fuego contra el reducto de la Cabeza; los tanques también. Sobre uno de los muros rotos del Santuario aparecieron dos figuras con una bandera blanca y otra roja. Suspendimos el fuego. La rendición se consumaba. Los soldados no podían contenerse en las trincheras. Saltaron de ellas muchos y los guardias que quedaban rebeldes hicieron varias bajas. Del Santuario comenzaron a brotar mujeres y niños. Unos ciento cincuenta guardias civiles vinieron hacia nosotros con los brazos en alto. Un soldado se encontró con un hermano suyo, guardia civil, y se abrazaron llorando. Pude comprobar en aquellos momentos na grandeza del corazón popular: ni un insulto, ni una ofensa salía de la boca de los soldados, que ayudaban a curar a los heridos y sentaban los niños sobre sus hombros. Muchos se conocían y se estrechaban la mano con emoción.

¿Para qué habéis dado tiempo a esto, compañeros?decían, mientras  curaban las heridas, nuestros hombres.

A mí me creyó un teniente, paisano mío, de los prisioneros y me reí de su  equivocación un poco tristemente.


El cura suicida. Habla Martínez Cartón

Aquel que llevan en la camilla es Cortés, que ha sido herido en el vientre, al intentar impedir la salida del sótano a las mujeres, por el último morterazo— Esto me dijo un compañero, señalándome la carretera por donde cuatro camilleros se alejaban. Sentía yo más avidez de enfrentarme con las mujeres y los niños que de ver al siniestro cabecilla.

A la entrada del Santuario se removía una muchedumbre de cuerpos desfallecidos, de cabezas polvorientas y despeinadas. Llanto y desolación. Ésta era la obra de un ambicioso y vanidoso capitán, que había impuesto el sacrificio a un puñado de criaturas inocentes.

Entré en el Santuario: acababa de suicidarse un cura que yacía entre los escombros. Un olor a respiraciones concentradas, a basura humana, a cadáver, llenaba la atmósfera de aquel recinto que más bien parecía un antro que un lugar de oración. Dos hombres agonizaban sobre unas piedras. Salí oprimido a respirar el aire de fuera. 

Martínez Cartón dirigía en aquel instante la voz a las mujeres, ofreciéndoles, en nombre del ejército del pueblo,  un hogar y un pan compartido. Luego se volvió a los prisioneros y les prometió dejarlos en las manos de la honrada Justicia de la República. Casi todos alzaron el puño y dieron vivas emocionados.


El niño ingeniero y el soldado enamoradizo

Mientras habla Martínez Cartón se me acerca uno de los niños liberados. 

¿Me dejas los anteojos, para mirar aquel tanque que se va? 

Le doy los anteojos, y su mirada recorre tras ellos el campo. 

¿Cómo te llamas?— me pregunta luego. 

Miguel. ¿Y tú? 

Pedro. Quiero ser ingeniero. Aquí había uno italiano. ¿De qué calibre es el cañón del tanque? ¿Cuántas ametralladoras tenéis vosotros? Nosotros teníamos cinco. Si te hubiera conocido antes, te hubiese regalado una pistola que he dado a un compañero tuyo. 

¿Y tu madre? 

Mírala allí con mis hermanos. Todas las noches, antes de que pusierais el cañón allí enfrente, jugábamos a la guerra y yo hacía bombas de mano con barro. Después del cañón nos metieron en las madrigueras. Mira: los de Porcuna nos hacen señas con el espejo, creyendo que todavía es nuestro el Santuario. ¡Ja, ja, ja 1 ¡Cuando sepan que lo habéis tomado vosotros se van a poner más rabiosos! ¿Tú de dónde eres ? 

De muy lejos. ¿Te vienes conmigo? 

No quiere madre, Pero yo tengo ganas de pelear con un fusil como tú. Todas las noches me acuesto queriendo tener al otro día veinte años y nunca paso de los siete. 

Me tira de la ropa, me acaricia la mano y me indica un soldado que hay junto a una muchacha hablándole con mucha pasión: 

Esa es prima mía. ¿Se casará con tu compañero? 

(Pless me dice luego que ha fotografiado a la pareja y que el soldado ha pedido la dirección de ella para escribirle cuando se separen.) Ni la niñez ni el amor conocen enemigos, y yo me siento pequeño junto a este niño salvado, como mi compañero ha debido sentirse herido con una herida que no podrán dibujar nunca las municiones.


La muerte de Cortés

A las doce del día dos de mayo ha muerto, a consecuencia de la metralla que 
le perforó el vientre, el cabecilla Cortés. Queipo ha perdido uno de los numerosos admiradores fascistas de su lenguaje cabaretero y uno de los más fieles cumplidores de sus dictados de sangre. Se le atendió hasta que perdió el aliento con solicitud. Refrescos de naranja y limón pedía y se le sirvieron hasta el último instante.

En mis manos he tenido una fotografía que le han hecho momentos antes de 
su muerte. Su cráneo aglobado y sus rasgos, curvos hacia dentro, lo delatan como un hombre feroz, rapaz, mezquino. 

Él ha sido culpable de que una preciosa cantidad de nuestra juventud haya 
caído inútilmente. Por él gimen en el hospital de Andújar muchos hombres de los que mandaba, y,  en varias poblaciones, muchas mujeres viudas y enfermas.


Miguel Hernández
Jaén, 5 de mayo de 1937

Frente Sur (Jaén), 6 de mayo de 1937










28 de octubre de 1942. Un día negro en la historia de Torredonjimeno (Jaén)

José Rico, nieto de Pedro Rico Blanca, ejecutado en Torredonjimeno (Jaén) el 28 de octubre de 1942, ha querido compartir con nosotros la historia que transcribimos a continuación.


En el mes de julio de 1942 fueron detenidas en Torredonjimeno 14 personas por dedicarse al estraperlo. Su único crimen fue intentar buscarse la vida para dar de comer a sus hijos en tiempos donde el hambre campaba por toda la geografía española y donde solo trabajaban los afectos al régimen existente.

Por desgracia en el mes de mayo de 1942 fue asesinado de forma vil y en presencia de su familia el propietario y hacendado José Calabrús de la Fuente en el cortijo del Fraile. La investigación de este crimen no daba resultados y las autoridades toxirianas estaban encolerizadas presionando a las autoridades militares que no encontraban a los culpables del crimen.

El 28 de octubre de 1942 el Juez Militar, teniente Jesús Cortés Cortés ordenó de forma sorprendente y aleatoria que seis de los catorce detenidos por estraperlo fueran conducidos desde la prisión provincial hasta la plaza del pueblo donde fueron fusilados en un acto público ejemplarizante que provocara el terror en la población izquierdista de Torredonjimeno, que fue obligada a circular ante los cadáveres después de escuchar los aplausos y vivas a España de las autoridades y derechistas del pueblo cuando estos desdichados cayeron acribillados siendo totalmente inocentes del crimen del que se les acusaba y después de sufrir durísimas torturas en la prisión provincial.

Todos los fusilamientos de la posguerra en la ciudad de Jaén se hacían en las tapias del cementerio de San Eufrasio y la decisión de fusilarlos en su pueblo natal, acto totalmente inusual, nos lleva a entender la verdadera intencionalidad de este crimen por parte de las autoridades fascistas; y no es otra que la propagar el terror.

¿Quién mató a José Calabrús de la Fuente? En mayo de 1943 la Guardia Civil detuvo en Encinas Reales (Córdoba) a Francisco Milla Santiago “Simón”, miembro de la laureada partida de maquis de Los Jubiles que confesó el crimen. Como vemos no fue todo heroico en la lucha antifranquista de esta partida de “guerrilleros” procedentes de Bujalance. Francisco Milla Santiago fue ejecutado el 9 de agosto de 1944, demasiado tarde ya para los seis jóvenes fusilados en Torredonjimeno. Los asesinados fueron:

Pedro Rico Blanca de 32 años (mi abuelo).
Francisco Cañada de la Cruz de 22 años.
Pedro Jaén Arquillos de 30 años.
Manuel Lozano Martos de 30 años.
Juan Pérez Aguilera de 28 años.
Juan José Gómez Hornos de 32 años.

Todos ellos yacen aún en el patio primero del cementerio de Torrredonjimeno, en la fosa común con el Código 2308701 del Mapa de Fosas de las Víctimas de la Guerra Civil y la Posguerra en Andalucía, elaborado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.


Autoridades franquistas, brazo en alto, en el balcón del Palacio Municipal de Torredonjimeno., tomada de El  Blog  de Cassia


Las seis rúas de la plaza

Nuestras vidas son seis calles
que van a dar a la Plaza,
allí nos desembocan,...
desde nuestras casas,
cada uno con sus andares
buscando a quien nos cuente
lo que pasó... o lo que pasa.

Nuestras vidas son seis calles
que van a dar a la Plaza,
que es la vivienda diaria:
La Muela, Rabadán,
Mesones, San Pedro,
la placeta Pablo Casals
y la calle El Agua.

La torre del reloj, cívica
cual cura que colgó la sotana,
no levantó más palmos que la sacra
torre del campanario parroquiano:
su reloj se declara fraudulento
por simular exactitud con el tiempo,
tan lejos de la verdad de la campana.

Nuestras vidas son seis calles
viejas, angostas y anchas, cuyos cauces
nos llevan y nos traen vecinos
que pasan, como nosotros, raudos
o parsimoniosos, que con la vida
contratan una incierta paga.

En el centro invisible el agua mana
de una fuente: los alcaldes mandaron
erigir en medio de la plaza un surtidor,
de agua risueña, a la que nadie mira,
ascendiendo en columna fluida y espumosa,
como monumento a la efímera constancia.

Vez hubo en la plaza un cadalso
donde ahorcaron a seis rebeldes,
y todavía queda una infame pared
en la que, siglos después, fusilaron
a otros seis cuyo delito fue el hambre:
víctimas de un estatal culto sanguinario.

La vida es como la plaza que paseamos,
por las calles andorreamos, vamos
a veces con meta y otras sin propósito;
por San Pedro, procesión; procesiones
de Semana Santa, procesiones por dentro
de cada vecino que atraviesa la Plaza.

Los balcones del Cabildo y su Concejo
se asoman a la Plaza sin otro remedio:
ven que sigue el Casino en su esquina
y el Regina quieto, tan duraderos,
a veces extrañan que no pase tal vecino:
"Se ha muerto" -sentencia alguno sabihondo.

Seis son los afluentes de un exiguo caudal
de vidas caducas y familias perennes,
por las seis rúas vienen y van paisanos
y hasta forasteros; a los que se mira
por no reconocérselos. Si se trata de ser
cabales: aquí estamos cumpliendo milenios.

Seis fueron los ahorcados en mil
seiscientos cincuenta y tantos,
en la Plaza. A seis, en mil novecientos
cuarenta y algo, allí los fusilaron.
Nos llaman Torredonjimeno en los papeles
pero en el secreto tenemos otro nombre:
"nosotros" nos llamamos, a veces no siéndolo.

Manuel Fernández