Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Chile. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chile. Mostrar todas las entradas

3280. Carta de los intelectuales chilenos a la España popular

Miembros del Socorro Rojo Internacional en Madrid durante la Guerra de España


Otra vez España es el campo de batalla entre antagonismos irreconciliables. Dos Españas chocan y se debaten una vez más: una que es la expresión de su suelo, y otra que intenta de nuevo invadir sus tierras. La España del Cid libertador, la que supo enviar a Cristóbal Colón como emisario del progreso, la España popular con que Riego soñaba hace ya cien años, la que produjo a Ramón y Cajal para la ciencia de la Humanidad y la que con Cervantes, Góngora, el Greco, Goya, Valle-Inclán, Manuel de Falla, Pablo Picasso y centenares de genios dió con creces su cuota para el arte mundial; el Estado republicano de Manuel Azaña, las obreras de Largo Caballero y la Pasionaria; la España de los héroes de la Ciencia, del Arte y la Libertad ha sido agredida en mitad de su camino ascendente por la falsa España de los Austrias, de Torquemada y la Inquisición de Femando VII, el rey felón y verdugo de América; de los Borbones nauseabundos, de los jesuítas Calvo Sotelo y Gil Robles; la de los generales africanos sedientos de sangre, como Mola, Franco y Cabanellas y el beodo Queipo de Llano; del bandolerismo fascista, desencadenado por la Legión Extranjera, y de Juan March, el banquero contrabandista. 

De un lado vemos flamear la libertad, vemos el horizonte del porvenir, el orden popular, la organización consciente el derecho de la paz, la justicia y la cultura. Del otro, la tiranía obcecada, los oscuros abismos del pasado, el pillaje insaciable, el dogmatismo enceguecido, los gérmenes de una nueva guerra mundial, la devastación de las poblaciones, las ciudades ensangrentadas por millares de asesinatos, los hospitales ametrallados, las iglesias y los tesoros de arte convertidos en cuarteles, la vida sofocada y el porvenir destrozado. 

Hoy que España es de nuevo el campo de batalla entre el pasado y el porvenir, hoy que en ella luchan a muerte dos principios opuestos: el fascismo y la libertad, hoy que nuestra España es nuevamente el corazón de la humanidad, es más España que nunca. Como nunca también sentimos que su sangre es nuestra sangre y su lenguaje es el nuestro; su historia es la historia de nuestra existencia, y repudiamos a los que, en nuestro propio país, desde la tribuna, la Prensa o los cargos públicos, se suman a las hordas de la Legión Extranjera. Por eso estamos contra el fascismo internacional, que alimenta a la rebelión antiespañola, y nos colocamos junto a los que desde cualquier país u organización, extienden su brazo para apoyar al pueblo español. Por eso nosotros, intelectuales de Chile, reunimos nuestras distintas voces, nuestras varias opiniones y nuestra acción dispersa, para colocamos de parte de la España siempre joven, que una vez más renace, y que exaltada, herida y ensangrentada, escribe nuevas páginas para la historia del progreso. Por eso, impedidos materialmente de sumarnos a sus heroicas Milicias de la Libertad, ofrecemos nuestra voz, le ofrecemos nuestros corazones y recogemos para Chile su ejemplo fecundo.


Augusto D'Halmar
Vicente Huidobro
David Cruz Ocampo
Pablo de Rokha
Ricardo Latcham
Mariano Latorre
Luis Alberto Sánchez
Víctor Domingo Silva
Januario Espinosa
Carlos Préndez Saldías
Joan Emar
Marta Brunet
Anibal Bascuñán
Hernán Gazmuri
Lorenzo Domínguez
Hernán del Solar
Ángel Cruchaga
Manuel Eduardo Hübner
Boris Orjikhs
Marta Vergara
Jorge Caballero
Carlos Sepúlveda Leytón
Eugenio Orrego Vicuña
Rosamel del Valle
Winett de Rokha
Laura Rodig
Gerardo Seguel

y siguen numerosas firmas. 


Pubicada en Ahora, 18 de enero de 1937













2999. «No hay revolución sin la presencia de la mujer»




Todas las elecciones que perdemos es a causa del voto femenino, pero las mujeres no tienen la culpa, la tienen los hombres, la tienen los dirigentes de los Partidos de la Unidad Popular, la tienen los militantes de los partidos de la Unidad Popular, la tienen los compañeros de la Unidad Popular.

En su casa, en su hogar, en el taller, en la escuela donde trabajan, nunca le plantean a la mujer, los problemas políticos del país y sus propios problemas. No ayudan a elevar la conciencia política de la mujer. No le hacen entender a la mujer que sus problemas postergados, durante años y años, van a encontrar solución en el Gobierno Popular.

Todavía hay prejuicios en los hombres de la Unidad Popular y hay un «machismo» político que le niega a la mujer el derecho que tiene, el igual derecho del hombre, compañeros.

No hay revolución sin la presencia de la mujer. No hay batalla revolucionaria, sin que la mujer participe en ella. Lo dicen todos los tratadistas revolucionarios y lo dice la experiencia revolucionaria de todos los países que han alcanzado el Socialismo.

Por eso, la tarea fundamental, la tarea esencial de los hombres y los partidos de la Unidad Popular, primero, es fortalecer su unidad, terminar con rencillas partidarias, comprender que más allá del partido está la Unidad Popular y que más allá de la Unidad Popular está la Patria, está Chile, está el destino de nuestra nacionalidad, camaradas.

Aquí, al comenzar esta concentración, oí unos cuantos gritos agónicos, criticando a un partido de la Unidad Popular. Vayan a discutir en el diálogo de las ideas, vayan a discutir dentro de sus asambleas, vayan a discutir dentro de sus partidos; pero frente al pueblo: la unidad.

La agresión a un partido de la Unidad Popular, es la agresión a todos los partidos de la Unidad Popular.

El que no entienda esto, el que no comprenda la responsabilidad que tiene, no se llame revolucionario, ni anda haciendo gárgaras con la palabra Revolución.

La revolución es sacrificio. La Revolución es generosidad, la Revolución se entrega, y la juventud, yo entiendo que tiene derecho a equivocarse, pero, al mismo tiempo, tiene la obligación de sacar experiencias de sus propios errores.

Por eso, finalmente, compañeros, ¡a mirar las perspectivas! ¡A ver cómo el enemigo exterior no descansa! ¡A ver que hay enemigos internos y adversarios!

Yo respeto al adversario. Al que discute y defiende sus ideas, al que actúa dentro de la Constitución y la Ley. Respeto al adversario que no quiere torcerle la voluntad a la Constitución y a la Ley.

Y, denuncio a aquel que no es adversario sino enemigo, el que fue enemigo siempre del pueblo, el que siempre trató de herir a los trabajadores, el que les negó su derecho a organizarse, el que les quitó el derecho a defenderse. Aquel que llegó a la conspiración y, al crimen, el que derramó la sangre del General Schneider. Es enemigo del pueblo y es enemigo de Chile y a ese debemos combatirlo, implacablemente.


Salvador Allende
Antofagasta, 28 de febrero de 1972








2912. Esa larga lucha que no envejece ni se rinde

Juan Radrigán (Antofagasta, 23 de enero de 1937 - Santiago de Chile, 16 de octubre de 2016)


“Cuando llevaba el ataúd, el ataúd que sólo contenía fragmentos de su cuerpo, aprendí que era posible odiar el dolor. Y aprendí también, que era posible odiar el olvido”

Esto de andar juntando palabras que cuentan historias del tiempo en que vivimos, que ha significado grandes amistades, grandes satisfacciones, pero también el ácido reproche de mucha gente que no está conforme con el modo que tengo de incitar la esperanza, no lo entienden. En vano he explicado que no se puede llamar pesimismo a la verdad.

“-¡Nosotros les daremos paz y bienestar; les daremos el respeto, el trabajo y el amor que merecen!- habían dicho. 

“El amor que nos dieron olía a sangre, olía a carreras en la noche, a balazos. Era un amor crispante, de besos desesperados. Eyaculábamos terror entre las sábanas, buscándonos como dementes; buscándonos, no para sentir la tibieza humana, sino para tratar de olvidar, aunque fuera por un momento, que en las calles llovía odio sin parar y que la muerte andaba borracha en el pecho de los asesinos…”

Por las puras y repuras he pregonado que el invento más nefasto de los últimos tiempos ha sido el de pintar de rosado el sufrimiento, puesto que si vivimos años en los que el gran problema humano es la industrialización de la injusticia, es de bellacos presentar una visión en que la gente parece holgar en el mejor de los mundos posibles.

Ha sido como hablarle a las piedras.
Tozudamente, opinan que es bueno el cilantro, pero no tanto. 
Que me voy al chancho con eso de la tristeza.
Que mi “pesimismo” es evidentemente destructivo.
Que las cosas no son así; 
Porque, claro, es cierto que pasan cosas feas, muy feas, pero…. 

Bueno, tanto la diatriba como el halago, parecen ser inherentes a este extraño oficio que tengo y, con toda seguridad, no voy a sufrir una profunda crisis autoral. Pero conversando serenamente conmigo mismo –ya que tengo en gran estima mis opiniones-, he resuelto aclarar algunos puntos. De ese modo, como escribo teatro, por lo menos les evito comprar entradas a los que lean esto: porque de eso de cambiar de actitud, ni hablar.

“Después que hubo hecho sacar a hombres, mujeres y niños de las casuchas, les hizo formar en medio de la cancha. Luego comenzó a buscar. Le sorprendió encontrar entre tanto rostro amargo y temeroso unos ojos que le observaban casi con curiosidad, casi con alegría. Entonces se volvió hacia la tropa y dijo: “A este”.

“De vuelta al cuartel, explicó: A menudo la muerte de un terrorista produce resultados adversos para nosotros, pues la gente lo convierte en héroe, y no es como una inyección de valor; la ejecución de un inocente en cambio, siempre produce horror y deja flotando en el aire durante mucho tiempo, la sensación de que nadie puede estar seguro”

Y no es que sea enfermo de empecinado; sucede solamente que comencé a escribir en pleno infierno y nada ha cambiado, el cuadro de horror se mantiene inalterable. Y no me vengan con la puta cantinela de los “significativos avances”: vamos tras la plena justicia, tras la plena liberación, no tras las mejores condiciones de esclavitud.

Por supuesto, no me refocilo en la desgracia, sería feliz abriendo caminos, mostrando luces; pero para volver a tomar leche hay que recuperar la vaca: antes de lanzarse a cantar esperanzas, hay que encontrar una base real de apoyo. ¿Sobre que cimientos se apoyaría en estos momentos una obra que anuncia futuras felicidades? ¿Sobre un triunfo tan mentiroso, tan absurdo, como el del plebiscito, en donde nadie sabe que diablos fue lo que se ganó? ¿Sobre el olvido de la derrota, la muerte y la tortura? ¿Sobre la más atroz cesantía de la historia?

No, no es con cuentas alegres como detendremos esta creciente agonía. Tengo un gran hijo, que dice: “No sé de donde vengo, y a lo mejor no sé donde voy; pero sí sé donde estoy. Y eso no me lo puede discutir nadie”.Tiene razón el machucao.

El lugar que habitamos es un lugar desolado, tenso y vigilado. La dictadura ha creado en torno a nuestro una atmósfera de animales en acecho. Somos un pueblo invadido, donde los patriotas se les asesina día y noche en la más absoluta impunidad; Tenemos una iglesia liderada por un cerdo apóstata, un infame que traicionó los hermosos principios y se fue, no sólo contra el pueblo, sino también contra sus propios hermanos de credo; tenemos un solo justo contra docenas y docenas de jueces cobardes e impuros; tenemos líderes del tiempo de la cocoa, para los que los intereses de su partido han estado siempre antes que los del pueblo; es tal su falta de sensibilidad, es tal su falta de amor y dignidad, que arrastraron sin ningún pudor a los escarnecidos a un acto tan aberrante como ese de obligarle a responder públicamente si estaban de acuerdo o no en que el verdugo siguiera desangrándoles; lo que equivalía exactamente, a preguntarles a los prisioneros de un campo de concentración nazi, si estaban conformes con su suerte o no. Consumada la ignominia, la moda es ahora usar al pueblo a la manera de perros: “Si la dictadura no acepta algunas modificaciones a la constitución movilizaremos a las masas” “Si la dictadura no autoriza el diálogo, movilizaremos a las masas”.

En fin, somos, por último, un pueblo que no se dio el tiempo para llorar a sus muertos, que no incorporó a sus entrañas la brutal derrota sufrida.

Decididamente, es un material no apto para comedias. 

“No, no es indiferencia; la indiferencia es una muerte anticipada, y él no tiene el menos deseo de morir. Sí, es cierto, sus ojos no han estado nunca muy abiertos a la realidad; pero ese andar cansino que tiene ahora, ese aire volado con que mira las cosas, no significa que no tome a la vida en serio. Sucede que en Septiembre de 1973, perdió muchos, muchos hijos, y que los sigue perdiendo.

“Y ha preguntado por ellos a la vida, y la vida, y la vida le ha dicho que no están; ha preguntado a la muerte, y ella le ha dicho que no les ha visto llegar; le ha preguntado a los que dieron la orden de subirlos a los camiones. Y callan”

“De ahí ese andar cansino, de ahí ese aire volado con que mi país mira las cosas”.

Entonces, claro, no es un material de construcción ligero pero cuando con los insobornables trabajadores del arte, agrupados bajo el nombre de Compañía de Teatro Popular “El Telón”, presentamos un país desgarrado y desgarrador, estamos diciendo que ese es el estado actual de las cosas, que es desde allí donde debemos empezar a construir, no estamos diciendo que debamos quedarnos lamiéndonos las heridas por los siglos de los siglos.

“…los caminos han quedado tirados sobre la tierra como vientres inútiles, nada paren, no van hacia ninguna parte”

“Todo parece perdido. Todo”. 

“Es la hora precaria y terrible de la paz sin amor. Hablaron los fusiles, y por los fusiles, y por los asesinados duele entero el dolor atroz de la especie: esta noche somos la angustia final del hombre y la mujer sobre la tierra. Todo parece perdido. Todo”. 

“Después de lo vivido, visto, oído y leído, barrunto que nos esperan largas y duras jornadas de testimonio, denuncia y construcción. Estamos mal, y esto viene de muy atrás; en nosotros hay inconstancia, ingenuidad, fatalismo y mitos, una cantidad tremenda de mitos, contradicciones y patrioterismo; un patrioterismo tradicional y celosamente fomentado por la burguesía para alimentar el ego de los pobres, en otra de sus sucias maniobras en función de lucro. “Chileno sufrido”, “Chileno apechugador” “Chileno alegre”, son sólo términos inventados para explotarle –con su ingenua aquiescencia- en nombre de Dios y la Patria.

La verdad es que los motivos de alegría son más escasos que un juez honesto en nuestro país. Nos salva la poesía y una cierta grandeza del alma, que viene de tiempos antiguos por cuestiones como de mapuches, soledades y paisajes.

Otros pueblos latinoamericanos tienen novelistas pujantes, originales y profundos, que universalizan su problemática sin deslatinoamericanozarla; nosotros contamos con una literatura social chata, patética e ingenua, que nunca fue más allá de la denuncia a los malos patrones, sin atacar derechamente al sistema, contamos con eso, y con una impresionante cantidad de relatos melancólicos, tísicos y personalistas, que no logran trascender ni siquiera las fronteras de la cuidad donde vive el autor: es la falta de conocimientos humanos, la miopía histórica y, sobre todo, la herencia de “las tías terribles”, el provinciano temor a ofender parientes, conocidos o enemigos demasiado poderosos. (Posiblemente –aunque suene a feroz contrasentido- el golpe fascista del 73 sea, siempre que seamos capaces de mirar profundamente hacia atrás y hacia adelante, “ese acto terrible y nacional” del que brotará una nueva y sólida etapa en nuestra literatura. Si eso no nos despierta a la realidad, ya no nos despierta ni Cristo. Y sería lamentable, tremendamente lamentable.

Digo esto porque los escritores tenemos muchísimo que ver en el desentrañamiento de la “personalidad” de un país. Y en esto no hay, no han de existir, caminos vedados o pequeños; la reflexión profunda sobre el porqué de ese acendrado entusiasmo que siente nuestro pueblo por las telenovelas, las canciones cebollentas, o las rabiosas tomateras de fines de semana, es tan importante como indagar sobre las causas originarias del surgimiento de la dictadura.

Yo sospecho, por ejemplo, que esas continuas frustraciones a que nos tiene acostumbrados el deporte de nuestro país –un chambón que se especializó en llegar último en cuanta carrera interviene, boxeadores a los que les sacan la cresta en todas partes cuando una facilidad asombrosa, y una selección de fútbol, que no es la más mala, sino la más cobarde de latinoamérica, lo que resulta más desolador- tienen bastante que ver con el silencio y el malhumor que se abate en muchos hogares, precisamente en los días en que las familias suelen tener la posibilidad de compartir.

Entonces hay que embestir incansablemente contra todo lo que signifique construir sobre la arena, pasando naturalmente por el derribamiento total de mitos y tradiciones, que al permanecer incólumes redundan en ignorancia y estancamiento; es decir, en caldo de cultivo para comerciantes y dictadores. Es por lo que la burguesía, siempre retrógrada, se ha preocupado en eterno de acusar a los escritores de hacer política, lo que en su lenguaje particular significa etiquetar de terrorista intelectual y quedar bajo amenaza: saben perfectamente que cuando tratamos asuntos que conciernen a la vida y a la libertad, estamos haciendo cultura. abriendo caminos. 

“Veníamos casi como de la tristeza, casi como de la desgracia; pero no ocupábamos todo el día en llorar, en realidad era muy poco lo que nos quejábamos. Más allá de las etiquetas de revoltoso, falsos y expropiadores que nos colgaban, más allá que aquello de rojos, antipatriotas y resentidos, la verdad era que en nuestra sangre no había nada que tuviera forma de rencor o de venganza; la verdad era que lo único que nos impulsó a luchar, fue ese infinito anhelo común que aquí nos mata: queríamos vivir”.

No se es “pesimista” de la noche a la mañana; la inconformidad con lo que sucede, me sucede, nos sucede, viene de muy, muy lejos, acaso de siempre.

Dificulto mucho que un pobre pueda responder, de buenas a primeras, si uno le pregunta por los momentos que ha tenido un contacto directo, amable y bello con la vida; los momentos en que no ha estado trabajando como un buey, en que no se ha sentido presionado por deudas o preocupaciones familiares, en que no ha estado cesante ni amenazado por la cesantía; los momentos en que las leyes, hechas para todos, pero dedicadas a él, lo han dejado en paz por un tiempo. Lo más probable, al preguntarle eso, es que se produzca un largo y doloroso silencio. Y somos millones.

Mirando el pasado familiar, el pasado familiar de los familiares y el pasado de éstos, uno se da cuenta que los pobres somos las renovadas oleadas de una larga lucha que no envejece ni se rinde; pero que este no es un don de Dios, que no es un privilegio, sino un martirio.

“Explicaciones sobre su tragedia hay muchas, y de escribirse, llenarían una biblioteca. Pero gente que sabe de la vida, no de política, la resumiría así: existe un pequeño animal que el mundo que se llama hurón; cada cierto tiempo, cumplido un ciclo misterioso, son arrastrados al suicidio en masa. En Chile, el pueblo de los pobres tiene el mismo trágico destino: cada cierto tiempo, cumplido un ciclo de componendas e inscripciones, sus guías le llevan al suicidio en masa. Elecciones le llaman a ese holocausto”


Juan Radrigán









2875. El exilio de Chile. El Winnipeg

Niños del 'Winnipeg' - Biblioteca Nacional de Chile


Mis primeros recuerdos son verme agarrada a la mano de Estrella o en brazos de Reme. Todo está muy confuso, a veces pienso que son recuerdos impuestos, imágenes que creo recordar pero que no es así, son escenas, palabras, detalles que he escuchado y en mi mente se han quedado impresas como imágenes. De los bombardeos de Málaga, Valencia y Barcelona me ha quedado un temor grandísimo a los truenos o a los golpes fuertes. Me he emocionado al leer cómo me cuidaba de bebé Cayetano para que mi madre no me hiciera daño. Me he emocionado al saber que fueron sus brazos los que me cobijaron cuando una neumonía casi se me lleva por delante en el camino entre Almería y Valencia, esa enfermedad que nos llevó hasta la casa de mami Reme. Al contrario que mi hermano, yo he tenido mucha suerte. Me estremezco sólo al pensar cómo podría haber sido mi vida sin esos ángeles que me han cuidado en todo momento. Porque mi vida está llena de ángeles de la guardia. En medio de tanto amor, sigue quedando el vacío de una madre que me abandonó, de un padre que no me hubiera abandonado pero que murió. Por mucho amor que pongamos encima, me queda siempre el vacío que dejaron esos padres.

Me crié en medio de tanta gente buena que no puedo más que estar agradecida eternamente. De pequeña tenía un gran lío, no sabía distinguir entre una madre, una abuela, una tía. Llamaba a Reme mami y a Estrella mamá. A la hija de Reme, tía y a sus hijas primas. A mí no me faltó ni un parentesco. Tardé mucho en saber que ninguna era mi madre, y que la familia no era tal. No veía diferencia entre Estrella y Reme, las dos me cuidaban, me mimaban, me besaban, me dormían entre sus brazos, me daban de comer aunque en su plato no hubiera nada. ¿Por qué una era de mi familia y la otra no? Desde luego que yo siempre las consideré por igual, y en mi corazón las dos son mis madres, o abuelas llámalo como quieras. Mi cariño, amor y gratitud es el mismo para ambas. Reme grande, gorda. Estrella chiquita, delgada, muy delgada. Las dos me acunaron con el mismo amor y a las dos les debo la vida.

Dos mujeres tan justas se llevaron bien desde el momento en que se conocieron, los celos no tenían cabida en personas tan íntegras así que desde el primer momento se complementaron y siempre sintieron una por la otra veneración. Estrella fue acogida en aquella gran casa de Valencia como una hermana. Se amoldó a la vida familiar sin ningún conflicto. Cuando las cosas cambiaron y tuvimos que salir de Valencia fue ella quien tomó las riendas de esa peculiar familia. Con los francos que aún le quedaban y las joyas que escondía por su  fino cuerpo pagamos primero el pasaje en el barco ruso; después en Francia  pudimos sobrevivir en condiciones mucho mejores que la mayoría. También nos ayudó su dominio del idioma. Gracias al francés que cada día hablaba mejor, nuestros primeros meses de exilio fueron aceptables pues no nos trataban tan mal como a otros refugiados.

Como te he dicho antes, no sé si realmente lo recuerdo o la imagen está en mi mente por haberla leído, oído, escuchado mil veces en boca de algunos de esos 2.500 privilegiados que tuvimos la fortuna de montar en el Winnipeg. Me veo de la mano de Estrella subiendo a un barco gigante, yo tenía unos 4 años, abajo antes de caminar por la escalerilla un hombre con un sombrero blanco me dio un cariñoso cachete en la mejilla. Era Neruda, mi padre Pablo Neruda, pues todos los viajeros del Winnipeg, somos y nos sentimos sus hijos. Hacía calor en aquel muelle de Trompeloup. Era el 4 de agosto de 1939. La travesía fue dura por las altas temperaturas y el hacinamiento. El Winnipeg era un carguero que de un día para otro habilitaron para dar cabida a más de 2.000 harapientos refugiados. Eso éramos aunque nosotros, me refiero al grupo capitaneado por Ramonet, no nos viéramos así. Habíamos estado viviendo en una pensión, comíamos caliente todos los días.  El principio de nuestro exilio, gracias como te he dicho al dinero y al francés de Estrella, fue de lujo, así que el barco con sus literas, sus turnos para todo, para ir a comer, para ir a las letrinas, para dar una vuelta por la cubierta, nos resultó difícil. Las literas  con una colchoneta de paja y una delgada manta; los ventiladores eléctricos ronroneando día y noche; el calor pegajoso nos incomodaba. Pero muchos de los que allí viajaban habían pasado meses, como tío Damián, durmiendo en un hoyo en la arena, comiendo caldos podridos. Ellos veían las instalaciones del barco como un hotel y los demás por respeto nos unimos a su gratitud. Habríamos sido unos desagradecidos de haber actuado de otra forma.

Los niños, la verdad, nos lo pasamos muy bien. De eso sí tengo recuerdos. Grupos enormes de niños jugando al escondite por el barco, de arriba a abajo, nadie nos decía nada, todos estaban alegres de vernos contentos, de vernos reír a carcajadas después de tantos años de sufrimiento. Éramos 350. Lo que no se le ocurría a uno se le ocurría a otro. Todavía me río al acordarme de uno de los juegos favoritos del que no entendí por completo su significado hasta que fui mayor. En el barco, hombres y mujeres estábamos en zonas distintas. Dormíamos separados. Las mujeres con los niños en la popa. Las parejas, por tanto,  tenían que ingeniárselas para conseguir un poco de intimidad. Al final las parejitas encontraron el escondite perfecto: los botes salvavidas. A los niños nos gustaba ir a incomodarlos, tirar cosas a las lonas, gritar; en fin, inocentes bromas.

La vida cotidiana necesitó de una cuidadosa organización. Conseguir que tantas personas convivieran en un espacio tan reducido y tan poco acondicionado tuvo sus complicaciones, pero no hubo ningún problema digno de mención. Se funcionaba a golpe de voluntarios. Voluntarios para pelar patatas, voluntarios para cuidar niños, voluntarios para limpiar los retretes. Reme, Estrella y Milagros eran las primeras en apuntarse a lo que hiciera falta. Antonio, el yerno de Ramonet, estaba muy solicitado para arreglar todo lo que se rompía. No he conocido a nadie con tanta facilidad para poner tornillos, manguitos, apretar tuercas. Esas manos eran capaces de resucitar a un muerto. Ramonet en cambio pasó la travesía triste, muy triste. Él fue el más afectado por la derrota. Era un socialista convencido, desde su juventud había militado en el PSOE y la derrota lo sumió en una depresión.

En aquel mes que duró la travesía hubo tiempo para todo. Hubo nacimientos a bordo, hubo bodas.  Los que éramos niños recordamos el viaje con cariño y con mucha alegría. El viaje, sin embargo, fue tenso para los mayores, esperaban que en cualquier momento los hicieran regresar a Francia. La ansiada libertad les parecía una quimera sobre todo desde, que a mitad de la travesía, comenzaron a llegar rumores de que la II Guerra Mundial estaba a punto de estallar. De hecho comenzó nada más llegar a Chile y eso hizo que todos se reafirmaran en la suerte que habían tenido. Si alguno tenía la esperanza de volver a Europa vio su sueño hecho pedazos. Hubo numerosos momentos de tensión pero los más angustiosos fueron los días que permanecimos parados en el Canal de Panamá,  a nadie se le había ocurrido que había que pagar impuestos y tasas por cruzarlo. La desesperanza cundió en muchos pasajeros, ¿cómo iba a salir bien esa aventura? Hacía calor, mucho calor, las bodegas eran un horno, la cubierta quemaba, los mosquitos nos comían, pero también estábamos descubriendo desde la borda un mundo nuevo, ¡qué vegetación tan exuberante! ¡Cuánta gente y negros! A los niños nos llamaban mucho la atención los negros pues no habíamos visto uno en la vida. ¡Había gente de colores! Al final los días que esperamos a cruzar el Canal no fueron más que un ligero retraso y cuando nos dieron permiso para seguir, aliviados enfilamos por el Pacífico hacia el sur. La siguiente parada fue en el norte de Chile, nos esperaban algunas autoridades y allí bajaron unas cuantas familias que tenían trabajo en aquellas tierras, y es que no sólo nos llevaban hacia un país desconocido a empezar una nueva vida, es que ya nos habían buscado trabajo según las profesiones que dijimos tener, no siempre las verdaderas. El viaje estaba perfectamente planeado, nos habían encontrado acomodo en familias, colegios, etc. Resultó fácil y muy agradable, después de tantas penurias, acabar en un sitio donde se nos trató con tanto cariño.

Llegamos a Valparaíso de noche. Los cerros, iluminados como si fuera un belén, nos sorprendieron y maravillaron. ¿Cómo sería esa tierra prometida? Nadie durmió. Las autoridades, al ver que todos estábamos bien, decidieron esperar a la mañana para iniciar el desembarco. Aquella fue una noche de interrogantes, de impaciencia y de inseguridad. Ya no había vuelta atrás, estábamos a punto de descender en una tierra desconocida, tan desconocida que a la mayoría ni le sonaba el nombre, tan desconocida que durante la travesía nos dieron clases para que supiéramos cómo localizarla en el mapa, para que aprendiéramos algo sobre nuestro país anfitrión, sobre sus gentes y cultura. Un país alargado, con un  desierto al norte y hielos glaciares al sur. Un país poco poblado y lleno de oportunidades, así nos lo contaron y así fue.

Muy temprano, en cuanto el sol comenzó a salir, subió a bordo el Ministro de Salud, un joven médico que no era otro que Salvador Allende, el que sería con los años nuestro mejor presidente. Bajamos sin prisa, en orden, nos ponían una vacuna y nos distribuían. Había bandas de música, gente que nos estrechaban las manos, nos abrazaban. Nunca pudimos imaginar que íbamos a ser protagonistas de un recibimiento así, que tantos desconocidos pudieran tratarnos tan bien, con tanto cariño y delicadeza. ¿Qué habíamos hecho nosotros sino perder una guerra? ¿Cómo podían ensalzar a unos derrotados? Algunas familias se quedaron a vivir en Valparaíso, a nuestro grupo nos metieron en el tren camino de la capital, Santiago de Chile. Tardamos horas en hacer el recorrido pues en cada pueblo la gente venía a darnos la bienvenida. Ya en la capital, nos alojamos en una pensión y unos días después comunicaron a Ramonet y a su yerno que tenían dos puestos de trabajo en el sur, en Puerto Montt. Maravillados volvimos a montarnos en otro tren y hacia allí marchamos.

No podíamos creer en tanta suerte, un trabajo y una casa, pues hasta eso habían escogido para nosotros. Una casa grande en las afueras de la ciudad, estaba un poco destartalada pero entre todos en unos días la hicimos habitable y allí en medio de un fresquito considerable para lo que estábamos acostumbrados y en medio de una naturaleza inimaginable crecí. Crecí fuerte, crecí feliz, crecí mimada por todos. Con dos madres, dos primas las nietas de Reme. Yo el bebé, la más pequeña, la más querida. Estrella hizo gestiones para encontrar a Cayetano, pero jamás consiguió ni una pista. Todas las noches pedía a su hijo Pablo que cuidara de él, del niño perdido pues jamás aceptó que hubiera muerto. Siempre decía que su corazón lo sentía vivo, lo sentía vivo y triste. Lo sentía solo. Y no se equivocó. Nunca se equivocaba.

Cuando ya creía acabada su vida, cuando su único plan era criarme y encontrar a Cayetano para poder morir en paz, el destino volvió a sorprenderla. Estrella comenzó una etapa de realización personal con la que no había contado, disfrutó cada momento de esta nueva e imprevista vida chilena. Alguna vez le oí comentar a Reme que, aunque había sido muy feliz criando a sus hijos, siempre soñó con estudiar y poder tener una profesión. Su madre, Manuela, quiso ser y fue pastelera; tenía su tienda, un negocio que montó con trabajo e ilusión. A ella también le hubiera gustado trabajar, pero la vida se le fue pasando sin sentirla. Quino ganaba bien, y a los hombres, decía, no les gusta que sus mujeres trabajen; si tienen que hacerlo, es porque ellos no son suficientemente hombres, no pueden mantenerlas y darles a ellas y a sus hijos lo necesario. Ella nunca le llevó la contraria, pues aunque en el fondo de corazón no pensaba lo mismo, la verdad es que su madre montó la pastelería porque era madre soltera. Por eso calló y vivió contenta viendo crecer a sus hijos. Pero cuando creyó estar en el final del camino, fulminada por las circunstancias, por la maldita guerra, por el odio, por la maldad de una hija, cuando todo estaba perdido, el milagro sucedió y comenzó su propia y verdadera vida. Sí, una vida independiente, una vida sorprendentemente completa.

De su paso por Francia le quedó la espina de recuperar el francés olvidado. Quería volver a expresarse en la lengua que aprendió de niña, en el precioso idioma que Michelle le enseñó. Compró libros y estudió. Sólo era un deseo personal de superación, una afición a la que dedicar las tardes cuando las labores caseras estaban concluidas; pero la directora del colegio, adonde iban primero Luisa y Elena y después yo, la señora Fabiola creía en la importancia de los idiomas en la educación y, en cuanto se enteró de que Estrella era medio francesa, le ofreció dar clases. Estrella dudó pues no se creía capacitada. La señora Fabiola no quiso agobiarla y le pidió por favor que lo intentara, sólo lo intentara, sin ningún compromiso. Para ir cogiendo confianza, comenzó con los más pequeños y poco a poco fue progresando. Estrella era muy responsable,  encontró a un viejo pescador canadiense con quien conversaba todos los días y aprendió y aprendió y enseñó. ¡Qué felicidad más grande cuando salíamos las dos por la mañana de la mano camino del colegio! ¡Qué orgullo decir a todos con la boca bien grande que Madame Estrella era mi madre! Siempre la llamé mamá, por eso tu confusión. Para mí fue mi madre y yo para ella la hija soñada, no la real. Conmigo consiguió su anhelado sueño, reproducir la relación amorosa, cercana, cariñosa, que ella tuvo con Manuela. Raquel fue una espina dolorosa en su corazón, Pablo su ángel de la guarda, Damián su hijo rebelde. Y Quino, su Quino, del que tenía una amarilla foto en la mesilla de noche, su único amor, su padre, su hermano, su marido, su amante. Todo.


Pilar Lahuerta
Cartas para Estrella, 2013







2691. Los últimos días de Víctor Jara

Víctor Jara
(Lonquén, 28 de septiembre de 1932 - Santiago de Chile, 16 de septiembre de 1973)



Cecilia Coll

“Victor alcanzó a llegar a la Universidad cuando los militares golpistas ocupaban las posiciones claves en la capital. Pero la situación todavía era confusa. Víctor pasó por mi oficina y preguntó: 

-¿Qué hacemos? 

-Vamos a esperar 

-¿Qué debo hacer? 

-Quedarte aquí. Animar con tus canciones a los estudiantes, académicos y trabajadores.

En espera del posible ataque fue decidido: trasladar a los estudiantes y otros trabajadores de la Universidad a la Escuela de Artes y Oficios. Era un edificio con paredes mas resistentes.

Como si fuera ahora veo el rostro de Víctor: llama por teléfono de mi oficina a su esposa Joan. 

-Debo quedarme aquí un tiempo. No te preocupes. Espera. Volveré sin falta.

Víctor siempre fue un hombre del deber. Y los siguió siendo en esta peligrosa situación.

Después sufrí mucho por su muerte. Me senté de algún modo culpable ante él. No podía perdonarme el no haberlo mandado entonces a su casa. Debí hacerlo. Aunque más tarde los soldados ya emplazaban ametralladoras pesadas en los techos de los edificios cerca de la Universidad, pero hasta el toque de queda todavía era posible salir. Sin embargo, yo pensaba: en la calle lo pueden identificar y matar...” 


Los soldados irrumpieron en el edificio

Por la noche la Universidad fue rodeada por soldados en carros blindados. Toda la noche estuvieron preparándose para el ataque como si tuvieran delante una fortaleza militar. Después del intenso cañoneo, los soldados irrumpieron en el edificio y emprendieron a culatazos con los estudiantes. El camarógrafo Hugo Araya, que había venido a filmar la inauguración de la exposición, se situó con su cámara frente a los “vencedores” triunfantes. Y casi al instante un balazo lo mató.

A Víctor junto con otros estudiantes lo obligaron a tenderse en el suelo boca abajo.

-Al que se mueva le vuelo la cabeza - gritaban los oficiales. 

Durante varias horas los soldados pisoteaban con sus botas a la gente tendida, sin dejar que se levantasen hasta que llego la orden de trasladar a los “prisioneros” de la Universidad Técnica al Estadio Chile que, al igual que el Nacional, recibía a los prisioneros cautivos. 

  
Salvador Allende murió en su puesto, con las armas en la mano

...Poco después del golpe contrarrevolucionario fascista en Chile la prensa del mundo entero publicó la última foto de Salvador Allende. En esta secuencia histórica el “compañero presidente” en el palacio cercado por los putchistas parece un soldado ante el combate, la cabeza tocada con un casco y empuñando la metralleta en la diestra. El rostro del presidente, igual que el de los valientes defensores de La Moneda que lo acompañan, tiene una grave expresión. Salvador Allende murió en su puesto, con las armas en la mano.

Me interesé por el hombre que aparecía en la foto al lado de Allende. Conversando con los chilenos me enteré que se trataba del médico particular de Salvador Allende, un tal Danilo Bartulín (nieto de emigrados yugoslavos). El 11 de septiembre de 1973 Bartulín fue testigo de las últimas horas de vida del presidente en el edificio de La Moneda, presa de las llamas.

Por inverosímil que parezca, Danilo se salvó por milagro y emigró de Chile. Me entrevisté con el en México, donde estuve en 1976 por artes del periodismo. Danilo Bartulín me habló del último combate del “compañero presidente”. La conversación ya concluía cuando supe una noticia inesperada. Danilo Bartulín pasó junto con Víctor Jara los últimos días de vida del cantante en el Estadio de Chile. 

La entrevista terminó ya entrada la noche. Danilo hablaba pausadamente, con esfuerzo. Lo escuchaba sintiendo que un dolor inextinguible me oprimía el corazón.

Reproduzco el relato de Danilo Bartulín. 


Relato de Danilo Bartulín


“Cuando me detuvieron, me llevaron al Estadio de Chile. Fue por la tarde del 12 de septiembre. Allí ya había muchos prisioneros. Junto con otros presos nos ordenaron ponernos en fila con las manos en la nuca. De repente un oficial me reconoció: 

-Es el médico de Salvador Allende.

El comandante Manrique, un fascista empedernido, se acercó a mi, desabrochó la funda, sacó la pistola y apuntándome a la cabeza dijo: 

-Ha llegado tu hora.

Y dirigiéndose a los soldados ordeno:

-Sepárenlo de los demás y dejénmelo a mi. 

Me apartaron del grupo y me dieron un empujón que me tiró por la tierra. Vi a un grupo de jóvenes que los soldados iban arreando, apuntándolos con metralletas. 

Al comandante le dijeron: 

-Son los de la Universidad Técnica. 

Los pusieron en fila también. Manrique recorrió la fila y señaló con el dedo a un preso:

-A ese me lo dejan a mi también. 

No quería dar crédito a mis ojos. Se trataba de Víctor Jara. Varios soldados se animaron: “Aquí esta el cantante Jara...”. Pero el oficial les cortó:

-Este señor quiere pasar por otro. Es un líder extremista. 

Esa calificación era suficiente para justificar el asesinato. 

Poco después a Víctor y a mi nos separaron de otros prisioneros y nos metieron en un pasillo frío. Estuvieron pegándonos desde las siete de la tarde hasta las tres de la madrugada. Nos encontrábamos tumbados en el suelo sin poder movernos. Estábamos aislados de otros presos políticos. A eso de las tres de la madrugada vino un teniente que me invitó a sentarme. Empezó a preguntarme sobre Allende y me tendió un cigarrillo. Fumé. Mientras tanto, Víctor seguía tendido en el suelo. Le entregué la mitad del cigarrillo, puesto que el teniente no quiso dar otro a Víctor.

Casi tres días estuvimos juntos Víctor y yo en el Estadio de Chile. A nosotros casi no nos daban de comer. Engañábamos el hambre con agua. Víctor tenia la cara llena de moretones y un ojo cerrado por la hinchazón.

Conversamos mucho en ese tiempo, Víctor me habló de su familia, de su mujer y sus hijas a quienes quería mucho, de sus espectáculos en el teatro y de las nuevas canciones que soñaba hacer... En el mismo estadio donde nos tenían presos, a Víctor le habían aplaudido cuando ganó el concurso de la Nueva Canción Chilena en el festival.
    
Víctor se mostraba pesimista respecto a su destino. Pensaba que no saldría de allí. Traté de animarlo. Aunque presentía su próxima muerte, seguía siendo el de siempre. Se portaba con valor, con dignidad, no pedía gracia a sus torturadores...” 
    
Aquí interrumpo la grabación de mi conversación con Danilo Bartulín para completarla con los testimonios de otros ex-prisioneros del Estadio de Chile, a quienes también entrevisté. 

Rolando Carrasco, ex-director de la radio sindical Luis Emilio Recabarren: 


Relato de Rolando Carrasco

“Dos veces vi a Víctor en el Estadio de Chile. Fueron unos encuentros breves. El 13 o 14 de septiembre, por lo visto, por la mañana, pasé cerca del pasillo donde tenían a los prisioneros aislados. Allí estaba Víctor Jara, sentado en una silla de madera, extenuado, con rastros de azotes en la frente y las mejillas. Se sonrió al verme. Nos saludamos. Al día siguiente pasé de nuevo por allí y otra vez nuestras miradas se cruzaron. Nos saludamos. Al igual que el día anterior, su rostro se iluminó con una sonrisa que me reconfortó el alma. ¡Llevaba ya tanto tiempo en este maldito pasillo! De vez en cuando los guardias venían por él y se lo llevaban a no se donde.

Ahora era difícil imaginar que todavía el 10 de septiembre estuviéramos bromeando alegremente en la emisora. En los estudios Víctor y yo escuchábamos la grabación de su nueva canción: Marcha de los constructores. El disco tenía que salir pronto. Jara quería que la emisora de la Central Única de Trabajadores fuera la primera en transmitir esta marcha, compuesta a petición de los obreros de la construcción. El 11 de septiembre nuestra emisora fue saqueada por los golpistas al negarse a obedecer a la junta fascista. Al ver a Jara en el estadio, pensé con amargura que seguramente aquella última grabación de Víctor habría sido destruida y el disco no saldría... Víctor estaba reservado y callado, mientras que en mi memoria sonaba la voz del cantante...”

A veces los verdugos dejaban en paz a Víctor Jara y Danilo Bartulín, porque tenían demasiado “trabajo” en el estadio. Después de torturarlo, parecía que se habían olvidado del artista. Fue el propio Víctor que pasó o casualmente lo enviaron con otros prisioneros. 


He aquí lo que me contó Carlos Orellana, ex-colaborador del Departamento de cultura e información de la Universidad Técnica (Dirección de Extensión y Comunicaciones), que fue detenido junto con Jara: 

  
Relato de Carlos Orellana

“Por dentro el Estadio cubierto de Chile estaba iluminado constantemente por los reflectores y no tardamos en perder la noción del día y la noche. Víctor estuvo algún tiempo con nosotros, pero no recuerdo cuándo lo sacaron de nuestro grupo. No se si fue al día siguiente o al tercero de nuestra estancia allí.

“Normalmente en el estadio anunciaban por los altavoces el apellido del prisionero ordenándole presentarse en tal o cual lugar. Pero a Jara lo vino a buscar un soldado. En este momento Víctor estaba sentado entre Boris Navia, jurista de la Universidad, y yo. El soldado se acercó silenciosamente y sin pronunciar una palabra tocó el hombro de Víctor haciéndole señas para que lo siguiera. Tanto yo, como otros prisioneros teníamos la impresión de que los militares no querían decir en voz alta que a Jara se lo llevaban a alguna parte... Cuando el cantante se levantó -seguramente, no pensaba volver sano y salvo- tuvo tiempo de sacar del bolsillo una hoja arrugada de papel y se la dio furtivamente a Boris Navia. Era el poema Estadio de Chile, compuesto por Víctor. 

“Mas tarde, ya en el Estadio Nacional durante los primeros interrogatorios, entre las cosas de Boris Navia, encontraron el papel con el poema, lo escondía en un calcetín. El poema denunciaba el fascismo y la dictadura. Los militares creyeron que su autor era Boris y lo apalearon sin piedad. Le quitaron el poema. Pero con la ayuda de los compañeros Boris pudo hacer varias copias a mano del poema. Una de las copias fue a parar a manos de Ernesto Araneda, destacado comunista y ex-senador, que también estaba preso. No sé como logró salvar el poema y enviarlo fuera. Después de la muerte del cantante el partido editó en la clandestinidad este poema, que fue rápidamente divulgado y se hizo famoso...

  
En aquellas terribles condiciones Víctor pensaba en sus compañeros

“Por última vez vi a Víctor en el Estadio de Chile, unas horas después de que se lo llevara el soldado. Hubo un momento cuando se podía moverse mas o menos libre por las graderías. Se me acercó un estudiante de la Universidad. Había visto a Víctor en un pasillo y en algún momento Víctor le insinuó que quería hablar conmigo. Cuando me acerqué al pasillo, Jara pidió al guardia que lo acompañara al baño. Me dirigí allá también. Allí pudimos intercambiar varias frases. Por el rostro ensangrentado de Víctor comprendí que lo torturaban cruelmente. Pero no me llamó para quejarse o pedir algo para él personalmente. A Víctor le parecía sospechoso un “prisionero”, también de la Universidad Técnica que deambulaba por el estadio sin temor, charlaba y hasta bromeaba con los militares. Todo eso parecía muy extraño. Víctor pensó -y tenía razón- que se trataba de un soplón, infiltrado expresamente. Jara creía su deber advertirnos a nosotros, profesores, colaboradores y estudiantes de la Universidad Técnica. En aquellas terribles condiciones Víctor pensaba en sus compañeros. Después de este encuentro no lo volví a ver...”


Más volvamos a la grabación de la entrevista con Danilo Bartulín 

“El estadio, que daba cabida a cinco mil personas, estaba repleto. Para dominar a los prisioneros, por la noche cegaban con potentes reflectores. Ametralladoras pesadas sobre trípodes apuntaban a las graderías llenas de gente para amedrentar a los prisioneros.

“Pronto empezaron a trasladar urgentemente a los prisioneros al Estadio Nacional donde a los militares les era más fácil controlar la situación. En el último grupo formado para ir al Nacional estábamos Víctor y yo. En total eramos unas cincuenta personas. De pronto apareció el comandante Manrique, recorrió la fila y ordenó salir a Víctor Jara, Litre Quiroga, conocido jurista y comunista, y a mi.

-Llévenlos abajo -dijo. 


Abajo nos esperaba la muerte

“Yo sabía que ‘abajo’ nos esperaba la muerte. Allí tenían habilitada una cámara, en lo que había sido guardarropía y varios baños. Muchos de nuestros compañeros fueron llevados allí, pero nadie volvió. Una vez que me condujeron al interrogatorio y, al pasar, vi un montón de cadáveres, de cuerpos masacrados y desmembrados. Luego sacaban los cadáveres en camiones y los dejaban tirados en la calle.

“Abajo’ nos metieron a Víctor y a mi en un mismo baño. En el baño vecino estaba Litre Quiroga. Víctor y yo comprendimos que no teníamos salvación: éramos los últimos prisioneros del Estadio de Chile. Pero inesperadamente se dio la orden de que yo saliera. Víctor y yo nos despedimos en silencio, con una sola mirada. Me llevaron a un camión blindado con el motor en marcha, me metieron dentro y cerraron la puerta. El camión estaba lleno de prisioneros. Así fui a parar al Estadio Nacional. Solo estando allí comprendí porque no me habían dejado con Víctor en la cámara de condenados a muerte. Al verme entre los recién llegados, un coronel de carabineros dijo: 

“-Es él. Tiene que decirnos todo lo que sepa de Allende. 
   
“Empezaron constantes interrogatorios y torturas. Querían que hiciera ciertas “confesiones” para desacreditar la vida y la personalidad del presidente popular. Tres veces me hicieron pasar por simulacros de fusilamiento...

“Luego supe que el cuerpo de Víctor había sido descubierto cerca del cementerio Metropolitano y el cadáver de Litre Quiroga, en una calle de Santiago. Naturalmente, los militares mataron aquella misma noche a los dos prisioneros que quedaban en el Estadio de Chile y luego arrojaron sus cuerpos en la ciudad para que pareciera que habían muerto en un tiroteo callejero...”

Danilo Bartulín concluyó su relato y recordó que estando todavía yo en Santiago los secuaces de la junta divulgaron la versión de que el cantante había atacado con metralleta a una patrulla militar y ésta, defendiéndose, lo mató. 

Pero la única arma de Víctor era la guitarra. A Danilo Bartulin lo torturaron para sonsacarle los datos secretos que podía saber el médico particular del presidente. Pero ¿que “secretos” podía saber el cantante?... A Víctor lo torturaron y asesinaron porque odiaban sus canciones. 


Leonardo Kosichev
La guitarra y el poncho de Víctor Jara