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2257. La caída de Málaga




—¿Qué nueva desventura en esa de Málaga? Es tonto ocultar la noticia que ya está circulando por todas partes. La desmoralización es terrible y no hay quien no piense en tener en regla su pasaporte. Parece que la caída de Almería es inminente.

Me propuse tranquilizarle, pero más que con la esperanza de conseguirlo con el deseo de que no adivinase que la noticia que me había dado era absolutamente inédita para mí. Estaba claro que me suponía perfectamente informado y hasta me pidió detalles de lo que había sucedido. No llegué a inventarlos, pero confieso que me hubiera costado muy poco trabajo hacerlo, seguro de no equivocarme demasiado. Era forzoso: tenía que haber ocurrido lo que en todas partes. La novedad del caso estaba en la descarada intervención de los italianos, que comenzaban a actuar en la guerra de España con unidades regulares, motorizadas en gran parte, y mandos propios. Los italianos, como después se supo, entraron en Málaga formados y cantando Giovinezza, lo que les ha permitido reivindicar esa victoria como exclusivamente suya.

Cuando el diálogo con «Juan de la Encina» se extinguió, intenté conocer más ampliamente la noticia y el alcance que se concedía a la desgracia. En el Ministerio de Hacienda la información era muy escasa. Tenían la preocupación de lo que hubiera podido sucederle al teniente coronel Federico Ángulo, a quien enviaron con un convoy de camiones a retirar de la plaza, cuya situación se reputaba grave, varias
toneladas de plata. Estaban sin sus noticias y temían que hubiese sido hecho prisionero. Aparte de esa noticia, que sentimentalmente también me afecta, no conseguí otra que la de la traición de Villalba, jefe militar de Málaga, al que ya se le hacía responsable de la pérdida. En el Ministerio de Marina y Aire, Prieto tenía más noticias. Me afirmó que la ciudad fue abandonada. Todos los militares se pusieron a correr, en cuanto sintieron las ametralladoras del adversario y, durante toda la noche. Málaga no perteneció a nadie. Uno de sus subordinados, marino, le tuvo durante la noche al corriente de lo que sucedía y él, ante la imposibilidad de notificárselo a Largo Caballero, que se había retirado a su domicilio de Alcira, se lo había comunicado a Álvarez del Vayo, con encargo expreso, por su mayor amistad con el jefe del Gobierno, de que se lo notificase inmediatamente. ¿Cumplió el encargo? ¿El jefe del Gobierno y ministro de la Guerra hizo, si lo conoció, algo más que afligirse? El ministro de Marina y Aire conservó hasta el último momento su comunicación telefónica con Málaga. Su subordinado le siguió informando de la situación hasta que, persuadido de que no se proyectaba defensa alguna, necesitó pensar en su propia seguridad. Las noticias de este hombre no podían ser más pesimistas. La mitad de la población se había puesto en camino hacia Almería, arrastrando en su impulso a los propios milicianos, sobre los que nadie se cuidaba de ejercer autoridad. El coronel Villalba estaba desbordado y no sabía qué hacer ni a qué zona del frente acudir en remedio. En el supuesto de que hubiese sido capaz de reflexión, no hubiera descubierto medio que le ayudase a salir del atasco. No tenía nada ni a nadie. Ni se tenía él mismo. Veamos: Un oficial de enlace llega a su despacho; le informa que quince tanques avanzan por la carretera de Colmenar. El oficial precisa:

—Estarán a ocho kilómetros de la capital. Los soldados, al verlos, tiran los fusiles y huyen a la Sierra.

El coronel Villalba sabe todo lo que necesita. Cambia unas palabras con los oficiales de su Estado Mayor, da órdenes a su ayudante, y se dispone a salir. Se interfiere un testigo, en el que nadie ha reparado durante la escena anterior, Arthur Koestler, corresponsal del diario londinense News Chronicle. Villalba le hace, de mala gana, una declaración sorprendente.

—Todo lo que le puedo decir es que la situación es seria: pero Málaga se defenderá.

El periodista quisiera saber dónde va el coronel, cuáles son sus planes. Se lo ha preguntado, sin obtener respuesta. Se asoma a la ventana y desde allí ve cómo Villalba, con sus oficiales, monta en automóvil y emprende la fuga, desatendiéndose de la suerte de la ciudad. ¿Cómo se defenderá Málaga? ¿Quién la defenderá? Sólo la providencia podía hacerlo. El mismo periodista inglés, corresponsal del News Cronicle, que visitó nuestros frentes, informa de ellos con profunda tristeza. El frente de Marbella se reduce a una barricada. A su derecha, los soldados han comenzado a cavar una trinchera. Como el periodista interrogue al comandante qué hará cuando se le presenten los carros de asalto del enemigo, la respuesta del comandante, que se encoge de hombros, es perfecta: «Irme con mis hombres a la Sierra». ¿Qué otra cosa podía hacer a presencia de las tanquetas italianas? Su previsión era normal. Lo anormal es que el coronel Villalba hablase del frente de Marbella como de una línea de defensa valorable militarmente, cuando no pasaba de ser un retén de milicianos apostados detrás de las piedras de una barricada. En el llamado frente de Antequera, la fantasía era mayor. «Es el frente más insensato y el más pintoresco que he podido ver», escribe Koestler. Nadie ha pensado en destruir la carretera. Se conserva intacta para en caso de una ofensiva propia. Como la ofensiva es del enemigo, el capitán del sector juzga que con las fortificaciones laterales habrá suficiente para defender el avance de la infantería. «¿Y si vienen los carros de asalto?». «En tal caso, como nada podemos hacer, nos iremos a la Sierra».

En la Sierra es donde está instalado el observatorio para seguir los movimientos del enemigo. En el pico del Diablo, un capitán vigila. Un teléfono le une al puesto de mando; pero en previsión de que el teléfono no funcione en el momento preciso en que se necesite su servicio, el capitán ha hecho tender una línea más segura: un cable, al que se ha unido, en el puesto de mando, una campanilla. Este sistema lo reputan más seguro: saben que cuando el capitán tire el cable, la campanilla, estremecida, sonará. Todo el defecto es que se producen alarmas infundadas. Eso no importa. El capitán observador, que es un soldado de leyenda, asegura al periodista que si llegan los tanques, los tanques serán destruidos. Tales eran los frentes que defendían Málaga y contra los que Queipo de Llano, después de madura reflexión, de adquirir el consejo y la colaboración personal de estrategas italianos, lanza varias columnas, una de ellas motorizada, y tres cruceros, desde uno de los cuales, el Canarias, sigue personalmente el curso de las operaciones. «Málaga es la primera victoria en la que han colaborado los italianos». Estos entran como vanguardia en la plaza; pero izadas las banderas monárquicas en los edificios, se les ordena esconderse. No es bueno que el pueblo advierta su presencia. Va a dar comienzo la operación de «limpieza» y esta corresponde a los españoles, ayudados, a lo sumo, por los regulares. Ese cuadro trágico es, con pequeños variantes, el mismo de Badajoz y Toledo.

A la ciudad, medio derruida por los bombardeos, ennegrecida por el humo de los incendios, le falta el riego de lágrimas y sangre. Con esos líquidos se hace la limpieza. El drama de la ciudad es menos sombrío que el drama de la carretera. Sobre la masa empavorecida que desertó de Málaga, huyendo de las represalias, los aviones de Franco y los navíos nacionalistas se cubren de oprobio. En vuelos rasantes, las ametralladoras de los aviones agotaron sus municiones sobre la muchedumbre desesperada. Madres que se negaban a desprenderse de sus hijos muertos, perdieron la razón. Otras, creyendo salvarse, se arrojaron al mar, donde perecieron. La carretera quedó cubierta de cadáveres y moribundos. Los aparatos repostaban y volvían a su trabajo siniestro. Los buques… «Los rápidos progresos de todos estos ataques —han escrito dos apologistas de la victoria de Franco: Brasillach y Bardeche—, determinaron un gran pánico y los fugitivos se aglomeraron en coches y camiones, ensayando llegar a Almería. La mañana del día 8, la flota nacionalista ancló delante de la Torre del Mar para cerrarles el camino…». Sus salvas mortíferas hacen carne en una muchedumbre de mujeres, niños y ancianos, a la que se han mezclado algunos combatientes. El detalle de esta carnicería renueva el horror de lo ocurrido en la plaza de toros de Badajoz. La voz de los supervivientes que hacen el relato se rompe en una congoja sin consuelo. Lloran, no por el luto concreto del padre que perdieron, o por el hermano que les falta, o por la madre, de la que ignoran qué se hizo, sino por algo más grande y solemne: por el hundimiento de todos los conceptos sagrados, por el naufragio de su fe pueril. Los cañones de los navíos y las ametralladoras de los aviones no los manejaba ninguna deidad hostil y furiosa, sino hombres igualmente refractarios al dolor que, a su hora, clamarían, con el mismo acento doloroso, piedad y compasión para sus vidas. ¿En qué excitaba su cólera aquella doliente caravana? Su persecución implacable quedaba fuera del marco de la victoria y entraba en el repertorio de la patología sexual. ¿Qué otra explicación puede arbitrar la inteligencia?

El viajero que haga camino en esa carretera se seguirá estremeciendo al recuerdo de tanto sufrimiento y de tanta sangre como empapó. Los gritos de las víctimas, el balido angustioso de tanta criatura vuelta inocente por miedo a la muerte, deben estar prendidos a las zarzas de las cunetas y a los arbustos del paisaje. Todo en él, por mar y tierra, tendrá una terrible resonancia trágica. La carretera es un calvario de infinitas cruces. Las fantasías de los frentes de Málaga era fatal que tuviesen un epílogo patético y lo tuvieron. Como en las tragedias elementales, la voluntad defensiva del hombre no sirvió de nada. Los cruceros nacionalistas no tuvieron oposición. Cuando consideraron terminada su obra, a toda máquina, se plantaron en Málaga. Igual hizo la aviación. Al mediodía del lunes, día ocho de febrero, la ciudad y el puerto son, oficialmente, del gobierno de Franco.


Julián Zugazagoitia
Guerra y vicisitudes de los españoles,  1940









2174. Julián Zugazagoitia, in memoriam

Julián Zugazagoitia, periodista, escritor y político, redactor y director de El Socialista de Madrid. Diputado por Badajoz y por Bilbao.  Ministro de Gobernación y secretario de la Defensa en en primer y ñultimo gobierno de Juan Negrín. Exiliado en Francia desde 1939, fue capturado por la Gestapo y entregado a las autoridades franquistas, que lo sentenciaron a muerte en un juicio sumario. Fusilado en las tapias del cementerio del Este,  junto a Cruz Salido y trece republicanos más en la madrugada del 9 de noviembre de 1940. 


El Generalísimo firma el último parte de las operaciones militares, comunicando oficialmente la victoria, el 1 de abril de 1939. Es la señal esperada para hacer engordar, con ditirambos espesos y adjetivos mostrencos, la ya tan grasa biografía de Franco. Con recursos de místicas extranjeras, difícilmente asimilables para el genio español, se le construye una peana nacional. Aupada en ella, la figura del Caudillo se empequeñece; su voz, feble, se pierde. Castilla, extraordinaria en dimensiones eternas, le devora implacable. No es el Cid. Es, a lo sumo, un soldado de fortuna, con la fácil carrera de cuantos, simpáticos a Don Alfonso —más señorito que rey a sus horas—, disponían de su valimiento y sostén. La espada del general se forjó y templó, rutilante que no recia, en una saleta de Palacio. Franco no la esgrimió contra los electores del 14 de abril. A la cabeza del escalafón militar, su prudencia señaló límites infranqueables a la gratitud. ¿Podía exigirle el monarca un sacrificio estéril? Respuesta apaciguadora que se dio al general: «Lo ineluctable —la caída de la Monarquía lo es— responde siempre a una causalidad fatal, ergo, sólo el tiempo con fuerza bastante para modificar el daño y reparar la ofensa». La lealtad se refugió en el santuario del hogar, siguiendo el consejo de los poetas del Blanco y Negro, revista que lubrica esperanzas restauradoras y canta la gloria inmarcesible de la bandera depuesta, alta de orgullo y grávida de victorias, presente en Cuba, en Cavite, en Filipinas, en el Barranco del Lobo, en Monte Arruit, en Annual… ¿Depuesta? En los entrepaños de la guerrera del general camandulero, coincidiendo con la tetilla izquierda, su esposa le ha bordado, en seda pura, los colores proscritos y abrazándolos una divisa que ella encuentra caballeresca: «Jurada y no olvidada». Esas palabras, discurridas por el numen cristiano y monárquico de la esposa, dan fuerza al caballero para remontar, con estoica firmeza, las pruebas más rudas y enconadas. El paño tricolor de la República, ofrecido a España como renuncia cobarde a toda robusta ambición imperial, se presenta a los militares con una grosera vinculación a la nómina. ¡Qué indelicada y ofensiva coacción! No será la última. Preparado para mayores sacrificios, el Caudillo da ejemplo de abnegación. Astillado el corazón, seco de disciplina protocolaria, apartando de la ceremonia a Dios, para escapar al perjurio. Franco hace promesa de lealtad a la nueva enseña. A la hora de besarla —ocasión de escalofríos heroicos en los días de juramento—, la muerde con los dientes de la mala intención.

Provisionalmente, ese es su desquite. Lo importante es que ha dado comienzo la lucha. Quienes le piden, antes de tiempo, que desenfunde su acero para restablecer la dinastía, ignoran que previamente deben ser cubiertas las etapas del dolor y de la expiación. El término de la penitencia se conocerá, según el dictamen de su propia esposa, digna de figurar entre las mujeres fuertes de la Escritura, de manera inequívoca y precisa. La mano del general, por movimiento ajeno a su voluntad, asirá convulsivamente la empuñadura del arma y ese impulso irrefrenable equivaldrá a una orden colectiva. Mozos y adultos, casados y solteros, impelidos por la misma fuerza misteriosa y sagrada, arbolarán, con sus armas, sus corazones transidos de fe y marcharán cantando hacia la victoria. Sueño místico de vitrina de catedral gótica. Franco accedía a contemplarse en él, protagonista indiscutido, por el placer de destruir con una estocada certera la vida del Monstruo. Este dejó de ser a sus ojos el adversario demoníaco de una leyenda cándida para adquirir ingrata corporeidad tangible, cédula de poder político y domicilio en el Palacio de Buenavista, sede conocida del Ministerio de la Guerra, Esta era su cueva. El perverso enemigo, dragón, serpiente o grito, el Monstruo, en suma, encamaba en la persona de don Manuel Azaña. Limpia de todo anacronismo, la vieja pugna dramática de la luz y la sombra, del bien y del mal se insertaba una vez más en la entraña de la vida española. Cuanto más aparente la victoria del mal, más cercano el triunfo decisivo del bien.

Azaña trabaja por dar una nueva fisonomía al Ejército. Lo quiere proporcionado y eficiente. Suda sus afanes, medita sus proyectos y los refiere a su orgullo de español. Eso basta para que en los cuartos de banderas la estupidez se encabrite bajo el duro espolique del odio y la impaciencia se revuelva contra la flema del elegido del Señor que continúa esperando el impulso misterioso y sagrado. Los caballeros del 10 de agosto fracasan. Sanjurjo es hecho prisionero, condenado a muerte e indultado. El corazón del Monstruo no es tierno, es cobarde. Esta es la conclusión de los vencidos a quienes la generosidad del vencedor, más que la derrota, aviva y exacerba el rencor. Sanjurjo tapa con silencio a su cómplice y hace penitencia de lector frente al Cantábrico, en la colina verde del Dueso. Franco tiene para su colega, rudo soldado de pelo en pecho, pasado por muchas aguas y lejías, una mirada compasiva y una palabra condescendiente. Le juzga extraviado, histórica y religiosamente. Se ha lanzado a una empresa de virtud sin pureza y ha querido meter una insurrección del siglo XX en un padrón del XIX. Lerroux, que tanto le debe, indulta a Sanjurjo. Gil Robles, que piensa en rehacer lo que le dicen que demolió Azaña, confiere a Franco la subsecretaría del Ministerio de la Guerra. El Monstruo, contra toda suposición, no está muerto. Su resuello enardece al país. Cuando más implacablemente le cercan sus adversarios con invectivas y denuestos, mejor desarrolla su fuerza. Cautivo en Barcelona, gana, por la injusticia del cautiverio, la voluntad y el afecto popular. Son años en que Franco no oye voz interior alguna y se mantiene a la espera del mandato indeclinable, sostenido por el temple cristiano de su esposa. Confía en llegar a ser, a la historia de España, lo que la Doncella de Orleans a la de Francia. Recusa, como nocivos, a los apresurados. Ve crecer, con secreto desasosiego, la popularidad del enemigo que ha entrado en la época de los discursos a campo abierto: Mestalla, Lasesarre, Comillas. Franco duda. Pierde pie. Embajadores del monarca le reconfortan. Le dan números, detalles, concreciones y le muestran halagüeñas promesas internacionales. La máquina está a punto. Falta elegir el momento para ponerla en marcha. Dios dirá…

Dios dice, en poco tiempo, muchas cosas. Hace la victoria electoral de las izquierdas. Destituye a don Niceto Alcalá Zamora. Exalta a don Manuel Azaña a la presidencia de la República. Violenta las pasiones, lanzando al hombre a la caza del hombre. Activa las querellas fraternales. Pone a fermentar las peores iracundias. En ese punto de terrible y colérica estridencia de la vida española. Franco registra que una fuerza omnipotente le conduce la mano al puño de la espada. Con el tiempo justo para exclamar: ¡Hágase tu voluntad!, se pone en campaña, (Dejo a los historiadores fríos el cuidado de explicarla). El Generalísimo publica la victoria. Sanjurjo, Goded y Mola —pares del Caudillo en jerarquía— hace tiempo que ascendieron, con méritos distintos, al seno del Señor. Sobre la espada victoriosa desciende —¡mucho!— la bendición calurosa del Santo Padre. Se ha cumplido, con ayuda de luteranos y cancerberos del Papa, el sueño místico de la esposa del Caudillo. El Monstruo —grifo, dragón o serpiente—, amputado de España, agota su vida en el destierro.

La gloriosa bandera, «jurada y no olvidada», gana líricos prestigios imperiales en el patio de honor del Castillo de la Mota, escenario desmesurado para una ambición alucinada. La espada del elegido es, después de la victoria, un trofeo religioso, una pieza de la leyenda. Un solo requisito falta para que la voluntad del Señor se cumpla íntegramente: reimplantar al monarca en su trono. Sólo el rey con majestad suficiente para dorar con fuegos vivos la escena de altar mayor que han soñado, bordando banderas para la causa, las damas monárquicas. Franco las escucha, cuando le hablan del monarca, con un mohín reticente y una sonrisa irónica.

La leyenda en este punto se hace drama. Las brujas burgalesas que acampan en los contrafuertes de la Catedral han soplado recio en la ambición del Caudillo. Franco quiere para su cabeza algo mejor que los baratos laureles militares distribuidos a brazadas. Está saciado de títulos menores y fatigado de adulaciones cortas. Desea el privilegio de acuñar moneda con su efigie y su nombre; aspira al Trono. Si no ensaya a sentarse en él, cambiando la espada por el cetro, es por una última indecisión morbosa.

Tiene miedo a quedar convertido en estatua de sal. Teme que al dictado de usurpador que le clavará Don Alfonso siga un castigo trágico que le discierna la divinidad. Su osadía se detiene, conturbada, ante lo misterioso y arcano. Con el rey hace cuentas de mesa de figón. Para desenojarle le devuelve los bienes de que le desposeyó la República, sustrayéndole el principal: la corona. Ante Dios, en espera de una muestra de su clemencia que le decida, se humilla. Transcurren los meses y ninguna prueba de especial predilección retribuye sus ahincadas oraciones. Izado en su peana de caudillo, Castilla, que le hizo, le deshace, mientras ruedan por la llanura ilimitada, con las descargas de los piquetes siniestros, los vítores de esperanza y resurrección de las víctimas.


Julián Zugazagoitia
Guerra y vicisitudes de los españoles, 1940








1831. Ante la derrota



Ante la derrota. Reuniones ministeriales en el Castillo. ¿Negociaciones folletinescas a base de un impostor? El fatalismo del Estado Mayor Central.  Una crisis sentimental de Negrín. La visita de los diputados. Carlos Rubiera. Las Cortes en el Castillo. En marcha hacia la frontera. Francia, tierra de promisión.

El espectáculo de la masa de fugitivos, y el del Gobierno, era la estampa de la derrota. Mal que bien, las dependencias habían acabado por instalarse. El Estado Mayor Central había buscado acomodo en La Agullana, dando motivo, por su proximidad a la frontera, a las críticas más aviesas. La Subsecretaría de Aviación, en Cabanelles; Armamento, en Besalú; Marina, en Roses; Tierra, en el Castillo; la Dirección General de Seguridad, en Figueres; la Subsecretaría de la Presidencia, en el Castillo. Los ministros llevaban una vida dispersa, en grupos de afinidades selectivas. Cuatro de ellos vivían en Figueres, en una casa, a juzgar por los detalles, sospechosa de haber albergado un templo en que Marte y Venus reñían combates voluptuosos.

El Presidente había fijado su residencia en la masía del Torero, último nombre de una casa de campo situada entre La Agullana y La Vajol. El presidente de la República había sido instalado, entre una magnífica colección de cuadros de Vicente López, en el Castillo de Perelada. Su estado de conciencia resultaba fácil de imaginar. Las apariciones de Negrín en el Castillo eran intermitentes. Sus reuniones con los ministros comenzó celebrándolas en la Secretaría General. A la primera acudieron Companys y Aguirre. Este se mostraba particularmente animoso. Fiaba en que la política de resistencia reportase sorpresas agradables.

Presumo que sus esperanzas estaban referidas a posibles cambios de la política internacional, como consecuencia de las pretensiones de Hitler. Companys, a quien oí discurrir, no ocultaba su desesperanza en cuanto a la suerte de Cataluña. Se inclinaba a darlo todo por perdido, en razón de nuestra debilidad militar y del crecimiento moral del adversario. La propia topografía había dejado de sernos favorable. Las dos opiniones respondían lógicamente a la posición de ambos hombres. Lo que me produjo cierta sorpresa fue encontrar a Giral, a quien creía influido por el pesimismo cósmico de Azaña, en la misma línea animosa de Aguirre. Confiaba, no en la victoria, sí en que la situación tuviese un remedio relativamente satisfactorio. El Presidente afectaba un optimismo que, en aquellas condiciones, resultaba desaforado y humorístico. Estaba un poco al margen de la realidad, deduciéndolo de sus encargos. Pedía, como si la cosa fuese fácilmente hacedera, la instalación de una central telefónica automática. En todo el Castillo disponíamos de dos o tres teléfonos. En tomo a uno de ellos, en la Subsecretaría de Tierra, permanecían los ministros horas y horas. Cuando querían desentumecerse se daban los grandes paseos por la plaza de armas. Todo lo tenían hablado y comentado. Coincidían en la misma irritación por la conducta, para ellos inexplicable, del Presidente. Este, juzgando por mis noticias, buscaba por los caminos internacionales una solución al conflicto que teníamos planteado. ¿Estaba en relación con alguna personalidad monárquica? ¿Llevaba bajo mano una negociación de tipo casi folletinesco? Me inclino a creer que la personalidad monárquica que había llegado a Figueres, y que le había sido confiada sigilosamente a José Prat, es la misma que, a efecto de sus gestiones, se presentó a nuestros embajadores de París y Londres con una carta, sobremanera expresiva, de puño y letra de Negrín. En nuestras embajadas no le dieron el mismo crédito que el Presidente, quizá porque los informes sobre la personalidad monárquica a que aludo justificasen toda clase de reservas. ¿Un impostor audaz? ¿Un nuevo Avinareta? El marqués de Cañada Hermosa no dio más señal pública de su ingenio que una carta, divulgada por dos o tres diarios de París, que no debieron de tardar en arrepentirse de su ingenuidad. Los capítulos de esta historia los llevó el Presidente con el más absoluto sigilo. La carta a que me refiero hizo de epílogo.

Alternando con las actividades diplomáticas, Negrín se iba a visitar los frentes, con el doble propósito de apreciar por sí mismo la situación y de animar a los soldados. Los dictámenes que le daba Rojo debían ser terriblemente pesimistas. Para creerlo así tenía, además de la marcha de las operaciones, un indicio inequívoco en los juicios que Cordón emitía Sobre Rojo. Dentro de una cierta corrección militar, la crítica era durísima, de tipo casi feroz. Sobre el plano le oí diseñar una operación que, sin excesivas exigencias, podía consentimos, a su juicio, éxitos parciales que situarían al adversario en una posición comprometida.

—Todo menos el encogimiento de hombros fatalista en que se ha refugiado el Estado Mayor. Si lo que desea es acabar, que lo proclame así. 

El prestigio de Rojo había resistido demasiado tiempo. Lenguas, como piquetas de duras, se aprestaban a demolerlo. Algunos de los juicios que entonces oí los he visto impresos después. «En su día la crítica razonada —copio del general Gamir Ulibarri—, con datos a la vista, de que carecemos, seguramente emitirá juicio acertado. Pero si podemos lanzar el aserto de que la pérdida de Cataluña se decidió en el Ebro, al consumirse en la operación las mejores y únicas reservas, sin contar el desgaste del material, muy escaso de por sí, por lo que, si puede aplaudirse como hecho táctico, fue realmente de catástrofe estratégica». El autor de ese juicio insinúa que la operación del Ebro fue el resultado de una imposición de orden político. Si Rojo era, entre sus colegas, un concitador de situaciones fatales, Negrín ganaba fama, en las tertulias de funcionarios del patio de armas del Castillo, de único responsable de la tragedia. Ese toletole levantaba espuma de indignación. Se lo advertí a Prat; lo avisé a los ministros.

El ambiente se iba haciendo cada vez más irrespirable; Un incidente cualquiera podía ser causa de trastornos serios. El Gobierno tenía que tener una política y trazarse un plan para realizarla. No podía seguir la vacación ministerial. Era obligado plantarse ante los hechos y, de acuerdo con su gravedad, decidir la conducta. «Me parece necesario — opiné— que el Presidente, o por autorización de este el general jefe del Estado Mayor, les diga lo que se puede esperar y lo que no se puede esperar. Queda la zona Centro–Sur, único emplazamiento decoroso para proseguir las negociaciones que existan. Madrid sigue siendo la capital de España». Los ministros con quienes hablé asintieron a mis palabras, que interpretaban su propio pensamiento. Faltaba, para que lo pudiesen expresar, un solo detalle: la presencia de Negrín. Este trabajaba por su cuenta, obseso por dos ideas: evitar que la derrota de Cataluña degenerase en catástrofe humana y conservar la resistencia como único medio de lograr una paz que no supusiera el aniquilamiento implacable de los vencidos.

Sólo a este fin conservaba la máscara de la resistencia a todo evento. Sabía que tenía sobre sus hombros el peso trágico de la derrota y hacía esfuerzos para que no se le notase el cansancio ni la desesperación. Una tarde se presentó en el Castillo fatigado, casi jadeante. Preguntó si teníamos algo que darle de comer. Se sentó a la mesa y se dejó abatir por una crisis de melancolía. Se le empañaron los ojos.

Por sacarle de aquel estado, me puse a encomiarle la comida, propia de una mesa particularmente cuidada, como procedente de la inagotable generosidad de nuestro proveedor parisiense. No me escuchaba. Un poco repuesto, exclamó: 

—¡Y pensar que su amigo Mendieta podía estar camino de México, a cubierto de estas angustias! Nunca se lo agradeceré bastante, y le confieso que es uno de esos rasgos que no esperaba. ¡Es tan difícil el arte de renunciar! 

—Recuerde usted que le hizo promesa de permanecer en el puesto que le asignara hasta el último momento. El tema, después de todo, no tiene importancia. Creo que debe pensar usted en reunirse con los ministros lo más rápidamente posible y darles una información militar y diplomática. 

—Para eso, justamente, he venido; pero estoy tan cansado que no sé si podré hacerlo. 

—Inténtelo, que vale la pena. 

Se fue al despacho de la Subsecretaría de Tierra, donde le esperaban los ministros. Tardaron en reunirse. Advertidos de su cansancio, más que visible, aceptaron que reposara algún tiempo. Reunidos, el examen de la situación fue rápido. Militarmente se trataba de proseguir la retirada; ganando el mayor plazo posible con el menor sacrificio de soldados y de material. Internacionalmente, las gestiones estaban encaminadas a evitar una derrota que facultase a Franco para erizar España de cadalsos. A tal efecto, Negrín había llamado al embajador francés y al encargado de Negocios de Inglaterra, notificándoles que el Gobierno español agradecería los buenos oficios de sus gobiernos respectivos para evitar la prosecución de la guerra dejando a salvo la independencia de España. Este, y el deseo de evitar las represalias, eran los únicos móviles de la resistencia y con una garantía de Francia y de Inglaterra, que descartase toda influencia de alemanes e italianos, la guerra podía quedar terminada. Los resultados de estas negociaciones, de haber tenido en nuestro poder Barcelona, hubieran sido, probablemente, otros muy diferentes. Esa misma tarde, el Presidente celebró una extensa conferencia con el encargado de Negocios de los Estados Unidos.

Álvarez del Vayo iba y venía de Figueres a Perpíñán, donde se había instalado el Negociado de Claves del Ministerio de Estado. Siempre nos traía, fresca de tinta de imprenta, una esperanza como regalo. Su optimismo, elaborado o espontáneo, no sufría, a semejanza de su sonrisa, alteración. Otro de los amigos que tenía el viaje rápido era Víctor Salazar. Su dinamismo se hizo increíble. Quería saber qué hacía con el material que, ¡al fin!, estaba, con facilidades inusitadas, pero tardías, a nuestra disposición. A su juicio no valía la pena de meterlo en Cataluña. Cabía en todo caso, embarcarlo para la zona Centro–Sur. La decisión era grave y sólo al Presidente correspondía tomarla. En medio de este repertorio abrumador de preocupaciones, el calendario, en la persona de Cuevas, oficial mayor de las Cortes, nos traía otra: la reunión preceptiva del Parlamento, prevista por la Constitución para el 1° de febrero. San Mateo no hubiese osado sostener su doctrina, —«no el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre»— frente a nuestro fervor constitucional. Este aceptaba todas las disminuciones, menos la de que el Parlamento dejase de reunirse en una de las dos fechas de rigor.

El lugar de la ceremonia y el número de los oficiantes importaban menos. El castillo de Figueres iba a añadir a su historia un capítulo más, que no dejará de tener, en lo porvenir, explotación literaria. ¿Acudían a la llamada constitucional los diputados que habían llegado de la zona Centro–Sur? No. Su viaje estaba determinado por preocupaciones más hondas que las puramente formales. Traían la conmoción de la zona que representaban en Cortes, profundamente sacudida por el sorprendente progreso de los rebeldes en Cataluña, después de la caída, injustificable, de Barcelona. Sin noticias del Gobierno, desconociendo su paradero, la relajación de las esperanzas estaba a punto de determinar el derrumbamiento de todas las energías. Estimaban indispensable que el Gobierno hiciese conocer su pensamiento, dando señales de vida. Pintaban la situación como muy apurada. Había un detalle que dejaba ver, mejor que sus informes, cómo era, en realidad. Al anunciar su viaje a los correligionarios, éstos reaccionaron contra el propósito, acusando a los diputados de desertores: «¡Todo cuanto os importa es salvaros, como siempre, dejándonos a los demás en el aprieto!». Necesitaron emplear mucha saliva y bastante tiempo para persuadirles de lo contrario. Autorizados a salir, pocas personas debieron confiar en su regreso. Regresaron. Cumplido el encargo, les faltó tiempo para pedir una plaza en el avión que hacía el servicio de París, a fin de empalmar en Toulouse con el del «Air France» que hacía escala en Alicante. Carlos Rubiera, que era quien daba personalidad al grupo de parlamentarios, tenía una idea clara de lo que significaba, como riesgo personal, la reincorporación a la zona Centro–Sur. Su medida del peligro, según pude deducir de una breve conversación con él, era exacta. Sus palabras finales me impresionaron: «Todo eso es verdad, pero no queda más remedio que cumplir con el deber hasta el final. Quiero estar en Madrid sin perder una hora, para que los amigos que por desesperación desconfiaron reconozcan que no tenían razón». No sé si mi mano, al apretar la suya en una despedida que podía ser eterna, supo ser conductora de mi sincera emoción. En la implacable revisión de méritos que hacían los acontecimientos, los hombres que alcanzaban certificado de útiles eran muy contados. Rubiera se llevó el suyo. No quiso quedarse a la reunión de las Cortes; prefirió volver donde sus electores.

La reunión del Parlamento se dispuso en una caballeriza del Castillo. El adorno era bastante sumario. Los carabineros habían hecho una instalación de circunstancias. En la nave inmensa, recia de buena piedra, el grupo de los diputados y el Gobierno evocaba, por el lugar y la hora —medianoche—, la ceremonia religiosa y entrañable de una secta perseguida. La ortiga irónica, no descubriendo tierra de qué alimentar sus raíces, quedaba fuera. Por entre los arcos rebotaban los ecos de las palabras de Negrín, cargadas de agudo sentimiento de responsabilidad y calentadas por los últimos tizones de una fe que agonizaba, rusamente alanceada por la adversidad. Negrín estaba ¡al fin!, fuera de la política. Uno a uno le habían vuelto a las manos los pedazos de autoridad que tenía delegados. A los desertores físicos era necesario añadir los desertores morales. Toda la política estaba hecha y no quedaba por andar más que la calle pina y estrecha de la Amargura. Negrín hubiera dado su vida por no recorrerla; pero se cerró la puerta de escape del suicidio. Nunca he sentido tanto respeto por él como a partir del momento en que apuntaba con su cuerpo la derrota para que no nos aplaste inexorablemente. Es, en efecto, de todos, el que tiene más motivos de cansancio. El destino le ha hecho trampa. Ha jugado en su contra. La intuición le ha engañado. Quizá le ha faltado, en algunos momentos, la energía decisiva. No ha sabido hacerse desecar el corazón, pantano peligroso para un gobernante obligado a hacer la guerra. Era, con su ciencia y su experiencia, mucho menos de esparto a como representaba… En el último instante, cuando los demás se caen o se evaden de sí mismos, cuando le abandonan o le salpican de infamias, con el viento en contra, se impone la obligación de corregir a la adversidad. Les debe ese esfuerzo a los hombres anónimos que han creído en su palabra y que continúan haciendo cara al adversario. Su último discurso a los diputados, una reducción considerable de los Trece Puntos, vale, no por las palabras que contiene, que todas ellas están, no diciendo nada o expresando muy poco, en el Diccionario de la Lengua, sino por la angustia indecible con que se pronunciaron. Las he olvidado; pero conservo inalterable el tono de su voz, el acento profundo del orador que daba una vida nueva a pensamientos sin relieve en fuerza de haber hecho de ellos comercio habitual e indiferente. No era necesaria una especial receptividad para sintonizar con la emoción de Negrín, pero quizá resultase indispensable una guía de su intimidad verdadera para darse cuenta exacta de lo que aquella emoción representaba como sufrimiento y, a la vez, como potencia. Le oí como a un confesante público, obstinado en publicar su único pecado: el orgullo de ser español y de amar a su patria. A trompicones, sin método, con una frase directa y nada literaria, nos enseñó a pronunciar, en la comunión de angustias de aquella noche, las tres sílabas de la palabra que le tenía subyugado: España. Sonaba, ¿cómo sonaba?, a rumor de mieses en Castilla, a soleá de torero, a jarcias zurradas por las rachas del Cantábrico, a jota de segador, a andadura de merinos por Extremadura, a zorcico de piloto, a estremecimiento de chopos a orillas del Duero, a sardana de payés, a frotamiento de cepas riojanas, a folia de tabaquero… ¿A qué suenas tú, España, cuando no suenas a muerte? A eso que suenas, a eso sonaste, para mí, la noche del castillo de Figueres. El hombre que se debatía contra la derrota había tenido una grave conversación con los señores Henry, embajador de Francia, y Stevenson, encargado de Negocios de Inglaterra, a quienes había precisado su última aspiración para deponer las armas y terminar la guerra: seguridad de que no se producirían represalias. A cambio de esa concesión, que debía ser sólida, el Gobierno libraría a los vencedores todo el material recibido y en curso de recepción, la Escuadra —que se esperaba fuese hundida por los marinos —, los recursos nacionales bloqueados en el extranjero y, finalmente, añadió Negrín: —Mi persona, para que con la justicia que se me haga quede cancelado el proceso de la guerra. 

Al discurso de Negrín siguieron, breves, los de los representantes de las minorías. Lamoneda me pidió que yo hiciese el de la nuestra. Me negué porque me faltaba dominio sobre mis emociones. Lo hizo él. Acertó a matizar sus palabras: «Grave es nuestra responsabilidad. Graves son también los momentos y difícil el administrar el esfuerzo, la sangre, las energías, la capacidad de sacrificio del pueblo español. Los límites de esta capacidad de sacrificio y los límites de este deber, nadie los conoce mejor que los hombres que se sientan en ese banco. Nosotros estamos seguros de que sabrán conjurar la necesidad histórica de la República Española con la posibilidad de resistencia, de lucha y de acción».

Indicó que no nos estaba permitida la duda, y era verdad. Se votó la confianza. El texto aprobado decía: 

«Las Cortes de la Nación, elegidas y convocadas con sujeción estricta a la Constitución del país, ratifican a su pueblo, y ante la opinión universal, el derecho legítimo de España a conservar la integridad de su territorio y la libre soberanía de su destino político. Proclaman solemnemente que a esta obra de independencia y libertad nacional asiste unánime el concurso de los españoles, y que, sean cuales fueren las vicisitudes transitorias de la guerra, permanecerán firmemente unidos en la defensa de sus derechos imprescriptibles. Saludan al Ejército de Mar, Tierra y Aire, y ratifican su confianza invariable en el porvenir glorioso de la patria española. Castillo de Figueras, a primero de febrero de mil novecientos treinta y nueve». 

Pascual Leone defendió la proposición y la votaron con él todos los diputados presentes: Torres, Eduardo Gasset, Pía y Armengol, Suárez, Picallo, Viana, Longueira, Pradell, Ossorio Tafall, Aguilar Calvo, Muñoz G. Ocampo, Vicente Sol, Escribano, Vergara, Pesset, Marco Miranda, Viguri, Tejero, Lasso Conde, Ragassol. Templado, Zulueta, Pedro Martínez, Pasos, Pedro Vargas, Margarita Nelken, Mije, Navarro, Aznar, Ruiz Lecina, Zancajo, Jáuregui, Sarmiento, Belarmino Tomás, Aliseda, Marino Saiz, Junco Toral, Zugazagoitia, Castillo, Díaz Castro, Cubertoret, Sosa, Crescenciano Bilbao, Pasagali, Borderas, Llopis, Edmundo Lorenzo, Sala, Manso, Comas, Padró, Santaló, Fernández Clérigo, Lamoneda y Martínez Barrio.

La reunión se disolvió, llena de presagios desventurados, en la negrura nocturna del patio del Castillo. El triángulo luminoso de los faros de los coches, al maniobrar los vehículos, descubría semblantes abatidos, grupos de hombres sin esperanza. Cada cual pensaba en organizar la defensa de su vida, en ponerse del lado de allá de la frontera. No había nada que hacer en Cataluña. La derrota estaba moralmente consumada. De boca en oído circulaban las versiones más lamentables, las censuras más agrias, las descalificaciones más tajantes. «¿Cómo sorprenderse de un final amargo después de una política tan desatentada?».

Los comunistas acaparaban todas las maldiciones. Ellos eran los culpables de la catástrofe, los causantes directos del aislamiento internacional. Sobre su cabeza descargaban las iras parlamentarias del patio del Castillo. ¿A quién pedirle ecuanimidad de juicio en aquel instante? Delante de Figueres, los residuos del Ejército seguían, mal que bien, oponiendo alguna resistencia al avance enemigo. Sus capitanes más calificados, o para mayor exactitud, más descalificados, tenían una significación política bien conocida. Sólo simplificando mucho el problema de la guerra se les podía hacer responsables de la derrota. Esas reducciones al absurdo tienen la ventaja, para quienes las hacen, de eliminar la propia responsabilidad. Con unos responsables, con otros o con todos, la derrota, trágica y brutal, planeaba sobre nuestras vidas.

Los aviones de Franco habían llegado hasta el cielo de Figueres, sacando de su indiferencia resignada a la muchedumbre que acampaba en la villa. El retumbar de las explosiones, los reventonazos siniestros de las bombas, la sacudieron con un nuevo pánico y la pusieron en la carretera con una sola aspiración apremiante: ¡Francia! Fue un río humano, negro de dolor y de miseria. Hombres, mujeres, niños, con el corazón en la boca, mordiéndolo para que no se les cayese al suelo, adelantaban sus pasos, desentendiéndose del cansancio, para ganar la frontera. A cada kilómetro recorrido, el rebujón conteniendo los últimos vestigios del hogar perdido se iba haciendo más flaco. Ropas, papeles, recuerdos íntimos, sucios de sudor y de barro, señalaban, en el campo frío de invierno, la ruta de la caravana. Una costra de andrajos tapaba la belleza de los bancales. Carros campesinos, vehículos militares, coches ligeros y camiones pesados, a la velocidad de sus posibilidades, hacían, al disputarles la carretera, más penosa la marcha de niños y mujeres, forzados a caminar por los barbechos, donde no dejaban de meterse los conductores impacientes. Ni una queja. Ni un grito. Sólo el ruido sordo, agobiante, de la pisada colectiva de la muchedumbre. Todos los sufrimientos sofocados. Todas las miradas sin brillo. Todas las piernas tercas. Y el silencio ¡qué silencio! Dentro, de él, la amenaza, de un momento para otro, de la más terrible acusación contra nuestros errores, nuestros orgullos, nuestras vanidades que echaban fuera de su patria a tanta criatura para siempre infeliz.

Mezclados a las madres y los hijos, acosados por igual reacción del instinto, grupos de soldados, terciados los fusiles, el mirar perdido, cobardes de la voz de mando. Su recuperación se hacía sin esfuerzo. El dedo de un niño podía abatirles. No eran nada ni nadie. Se les congregaba en los descampados, formaban sumisos y bajaban, a contracorriente, más cansados, más rotos, aplastados por un destino que no comprendían y al que no hacían resistencia. Iban, sin ganas, donde les empujaba el sargento. ¿A la muerte, ya innecesaria? ¿Al combate perdido? ¿Dónde los llevaban? El ruido de la batalla los haría desertar una tercera vez. Guardias de Asalto cargados con el matalotaje familiar, artilleros encampanados en camiones y a mitad ocultos en la pieza antiaérea, carabineros sin jactancias. Arriba un cielo aterido y hostil, abajo un carro frío y viscoso. A tiro de fusil, la tierra de promisión: Francia. ¡Qué duro volverle la espalda! Las vidas que se, cruzaban, unas al fuego de la guerra, otras a la esperanza del exilio, se negaban a mirar. Tenían el pudor de su destino antagónico. ¡Qué sucio debía ser el paisaje para los ojos de estos hombres pastoreados por el miedo a la muerte! A los nuestros, su dulzura lejana, hecha de grises invernizos, era remordimiento. Todo intento de defensa personal se disolvía, con crujimientos íntimos, a la vista de la masa anhelante que invertía sus últimas energías en huir de su patria. ¿Con qué obligación más dura podría abrumarles la adversidad? Ciega de indiferencia, sobresaltada de horror, sin consuelo alguno, la masa marchaba, marchaba, enrojecida por el frío, ennegrecida por el barro, estimulada por su propio ruido —¡hala! ¡hala! ¡hala!— que ocultaba, en su sorda resonancia, la punta de acero de innumerables protestas… —¡hala! ¡hala! ¡hala!

Nosotros, después de una noche pasada en La Vajol, en un camión confortable del EMC, regresamos al castillo de Figueres. ¿A qué? No teníamos razón alguna para saberlo. A hacer acto de presencia ante los funcionarios que continuaban en él. Positivamente, a ordenar su evacuación, consumada en una proporción altísima. Nuestro coche avanzaba por la carretera como si fuesemos a entregarnos al enemigo. No sabíamos dónde estaba. La situación militar era sobremanera confusa. Por toda referencia segura, nos ateníamos a los controles, confiados a los últimos equipos de internacionales. El general Pozas, comandante militar de Figueres, se las ingenió admirablemente para complicar el tráfico y rodear de absurdas formalidades la situación. Sin un papel suyo, imposible transitar. Era el último lazo que la inepcia castrense nos tiraba a los pies en el momento mismo en que, en previsión de un avance brusco del adversario, nos hubiese convenido tener alas en ellos.

Pozas nos amarraba como a desertores a los pocos que, por orgullo personal, persistíamos en permanecer en nuestros puestos. Dos subsecretarios. Sacristán, de Hacienda, Méndez, de Gobernación, y un amigo de ellos, Fermín Mendieta, recogieron la última visión del Castillo que, pocos días después, a la vista de él los soldados de Franco, había de ser volado, retumbando la explosión en las estribaciones españolas del Pirineo.


Julián Zugazagoitia 
Guerra y vicisitudes de los españoles - Capítulo 52


Guerra y vicisitudes de los españoles fue escrito en París entre 1939 y 1940. Se publicó en 1940 en el periódico La Vanguardia de Buenos Aires, por entregas.









988. El misterio de la tumba de Zugazagoitia

Tumba de Julián Zugazagoitia Mendieta y Francisco Cruz Salido en el Cementerio de La Almudena (Madrid)


La familia del director de ‘El Socialista’ fusilado en 1940 trata de averiguar quién le dio una sepultura digna en el cementerio de la Almudena.


Diego Barcala / 1 Julio 2013 / El País.

Subiendo una pequeña cuesta del cementerio de la Almudena, permanece desde hace 75 años la tumba de Julián Zugazagoitia (Bilbao, 1899 - Madrid, 1940). El enterramiento cuenta con un adorno inusual para los viejos sepulcros que la rodean. Un libro abierto y el nombre del muerto sobre las páginas. Ese detalle, el ejemplar de granito sobre los restos del que fuera director de El Socialista, llevó a su nieto José María Villarías Zugazagoitia a investigar quién se tomó la molestia de dar sepultura digna a un condenado a muerte como su abuelo. La inquietante respuesta documental del cementerio dice que fue Sabina Marroquina, un curioso nombre o quizá seudónimo, que de nada suena a la familia que vive en el exilio desde hace décadas en México.

“En 1997, cuando intenté cambiar la titularidad de la tumba, pagar los derechos que fuesen necesarios y colocar dentro de ella las cenizas de mi madre, en la oficina del cementerio me señalaron que para cambiar la propiedad, la misma Sabina o sus herederos tendrían que autorizármelo. Nunca pude dar con nadie que tuviera un nombre parecido”, recuerda el nieto del periodista desde México, donde ejerce como profesor de Literatura en la UNAM. Ante las dificultades burocráticas, José María optó por esparcir las cenizas de su madre, hija de Zugazagoitia, alrededor del sepulcro. “Lo más parecido a su deseo”, recuerda.

Apenas a diez metros de la tumba pervive la tapia de ladrillo donde el visitante imagina con facilidad el sonido de los disparos donde fue fusilado junto a 14 presos más. Delante de ese muro rojizo, en la mañana del sábado 9 de noviembre de 1940, fue ejecutado. Uno de sus últimos interlocutores fue el cura Félix García, que también asistió en sus últimas horas a otros literatos como González-Ruano o Pérez de Ayala, al que Zugazagoitia dijo que “no necesitaba intermediarios con Dios”, explica Villarías. El cuñado de Azaña, Cipriano Rivas Cherif, también se despidió de él en las celdas de la calle del General Díaz Porlier, y le pidió que recordara “a todos sus amigos y correligionarios aquel su firme deseo de que su sangre no sirviera nunca de mínimo pretexto para verter más sangre de españoles”.

Zugazagoitia fue detenido por la Gestapo en el verano de 1940 en París. Apenas había pasado un año desde su exilio tratando de recuperar su labor periodística después de haber ocupado el Ministerio de Gobernación del Ejecutivo de Juan Negrín. En ese año escribió uno de los primeros testimonios de los derrotados, Guerra y vicisitudes de los españoles, donde narra con objetividad periodística su visión del conflicto. Este libro define a la perfección su crítica a la violencia y su carácter ecuánime que sería incluso reconocido décadas después por uno de sus verdugos, el entonces ministro de Exteriores Ramón Serrano Suñer: “Una de las personalidades más respetables del socialismo, un buen escritor y hombre de gran inteligencia, una vida noble, uno de los espíritus más finos del partido socialista”, según recoge el historiador Santos Juliá en el prólogo de la cuarta edición del libro de Zugazagoitia.

Detenido en julio, juzgado y condenado en septiembre y fusilado en noviembre por “adhesión a la rebelión”. Apenas unos meses en prisión en los que escribió a su mujer y sus tres hijos que vivían junto a él en la Rue du Commerce, 6, de París. Le acompañó en el mismo camino a la muerte su amigo y compañero periodista Francisco Cruz Salido. Ambos fueron fusilados y enterrados bajo la tumba en forma de libro que recoge el nombre de los dos. Los recuerdos de Rivas Cherif respecto a las últimas horas de Cruz Salido aportan un dato que complica aún más la identidad de la misteriosa Sabina Marroquina. “No quería que su mujer viviera con la obsesión de un pedazo de tierra en España ni que sus hijos volvieran nunca con idea alguna de venganza ni de revancha inútil: quería ser enterrado en la fosa común”, redacta Juliá.

Villarías contactó con los herederos de Cruz Salido en México y tampoco pudieron aportar algo nuevo sobre Sabina. “Lo habitual es que la familia no fuera avisada. El silencio era un daño añadido”, explica Mirta Núñez, profesora de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense. Núñez es la primera historiadora que verificó el consejo de guerra que condenó a muerte a Zugazagoitia. “En el parte de enterramiento, en una cuartilla mínima, se lee en las observaciones un A, que significa que se trata de una auditoria de guerra y que tiene que ser enterrada”, explica. Es decir, que en este caso no se iba a enterrar al fusilado en una “sepultura de caridad”, como se conoce a las tumbas improvisadas previas a la fosa común del cementerio.

“La tumba no nos pertenece. Es de una señora que ni la familia de Cruz Salido ni nosotros conocemos. ¿Faltará algo en lo que nos puedan dañar?”, escribió en 2005, Olga Zugazagoitia en una carta dirigida a la Asociación de Familiares y Amigos de la II República en protesta por la imposibilidad de acogerse a una pensión aprobada para los niños que salieron al exilio. “En la madrugada del 27 de julio de 1940, al abrir la puerta fui empujada por la Gestapo y la policía franquista para llevarse a nuestro padre. Días después leíamos en el periódico que estaba en España condenado a muerte”, escribe Olga en la misiva.

“Mi madre cumplió con su deseo de ver la tumba de su padre, depositar unos claveles rojos, y, tras un par de viajes, no volvió más. Quienes hemos saltado este tabú y dolor familiar —que jamás juzgaré, pues no conozco el sentimiento que produce la ejecución de un padre— hemos sido los nietos, nacidos todos en México, y que sí hemos idos a depositar flores a la tumba”, concluye José María Villarías que reconoce sentirse extraño hablando de su “abuelo” que en el momento de morir tenía más de 10 años menos que los que él tiene ahora.