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2549. Un poco de miseria

Madrid, 1934 - Familia de indigentes en la calle Alcalá (Fotografía de Santos Yubero)


Hay seres cuya vida se asemeja
a la de esa polvorienta bombilla
del cuarto inhabitado de la casa:
de vez en vez un fogonazo, un breve
resurgir amarillo acordonado de fatiga
y de nuevo el silencio y el olvido y lo oscuro.

Ella consume el tiempo
entre arrumbados trastos y maletas deformes,
cacharros cuarteados, abandono, pobreza;
vierte de tarde en tarde su sonrisa pequeña
y luego, igual que un objeto en las aguas, se hunde.

Hay seres cenicientos, que viven poco, como
las bombillas de esos rincones, pacen
el pasto macilento de la mala fortuna,
se estremecen alguna vez , viven alguna vez,
se apagan en seguida, a manera de decapitación,
y se van desusando despacio
entre un fraude apacible, láconico, sombrío.

Miserables, consumen
su lento almuerzo, su infinita cena
y tras un fogonazo postrero se funden entre canas.


Felix Grande
Música amenazada, 1966








2535. Elogio a mi nación de carne y de fonemas

Félix Grande Lara
(Mérida, Badajoz, 4 de febrero de 1937 - Madrid, 30 de enero de 2014)



Los que sin fervor comen del gran pan del idioma
y lo usan como adorno o coraza o chantaje
sienten por mí un rechazo donde la rabia asoma:
yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje

Los que destinan himnos y medallas y honor
al cuervo de la guerra y nunca a la paloma
de la lujuria, miran mi cama con rencor:
yo no he llamado patria más que a ti y al idioma

De la fraternidad, de la honra civil
sé que nadie la siente ni nadie la derrama
si convierte al lenguaje en una jerga vil
y en su cuerpo sofoca la milagrosa llama

Celebrar como a un dios el fuego de la mano,
sentir por las palabras un respeto profundo:
sólo así el transeúnte puede ser nuestro hermano
y nuestros camaradas la materia y el mundo

La carne me ha enseñado el más hondo saber
y el lenguaje me enseña su lección venerable:
que el Tiempo es un abrazo del hombre y la mujer,
que el universo es una palabra formidable.


Félix Grande
Las rubáiyátas de Horacio Martín, Lumen, Barcelona, 1978







2251. La edad de los misiles




«Sueñan con devolvernos al siglo XIX, pero no lo van a conseguir»


1

Baja desde el futuro un tufo a crimen ecuménico
el mono horrible de la muerte espesa
remontando la selva calcinada que muestra el vaticinio 
amanece jugando sobre los hombros del presente infectado
el mono horrible con su mueca colorada epiléptica
tira de las orejas a américa a asia a europa
retuerce la nariz al rostro occidental
mete los dedos en los ojos de oriente
y atormenta a la hoja del calendario que esta noche
con la unción del terror arrancamos entre silencio
desciende avanza esa bufatarada de infortunio
es como un tren de pudre que recula hacia ahora
con el furgón de cola cubierto de gusanos
y la locomotora vociferando ardiendo
diluvia una nación de llamaradas gigantescas
sofoca el hondo amago de los hongos horrendos
nos refuta la visión entrevista de un dolor general desde donde
como avispas locas emanarán las quejas metálicas
imágenes de pueblos derritiéndose como azúcar morena
un fragor de infinito final de lumbre extraordinaria
un resuello vastísimo como un átono coro
que interpretara augusto a las incalculables agonías

entre la urdimbre de lianas de los congresos de la paz
entre la fronda pantanosa de la bolsa del armamento
ágil y alucinante peludo apocalíptico baja desde el futuro
avanza el mono horrible de la muerte avanza oliendo
a multitudes agrietadas a naciones recubiertas de astillas
el mono llega haciendo cabriolas se detiene y restriega
en la epidermis del presente su bárbara pelambre
y se masturba cínico colgado del horror que anticipa
péndulo sonriente y espantoso miradlo

el tiempo se ha caído en un embudo loco
y gira y se revuelve y se transforma en una gelatina
que hiede al tenso crimen que estalla en el futuro
el tiempo desconchado desordenado avanza y retrocede
se contrae y se expande perdidas sus bisagras
como un motín de puertas al abordaje del vacío
el tiempo retorcido sin brújulas ni mandos
clama eructa enloquece y a los pies del presente
descompuesto vomita sus venideras hecatombes.

2

(Tenemos miedo. Tenéis miedo.
Nosotros, para quienes ni existe
la calderilla del poder, subimos
por la espina dorsal del miedo.
Vosotros, a quienes el poder os ha servido
matinalmente junto al desayuno,
descendéis por la espina dorsal del miedo.
Tenemos miedo. Tenéis miedo.
Pero mientras que nuestro espanto
segrega miradas circulares, busca
grietas de humanidad a lo largo de la amenaza,
vuestro pánico graso solamente rezuma
venalidad y odio. Nuestro miedo
es igual que un antílope en el bosque incendiado;
el vuestro, un gato oscuro, arrebujado de arañazos.
Nuestras manos hinchadas de terror
buscan únicamente manos;
las vuestras buscan mapas,
y tórridos decretos y fusiles.

Tenemos miedo. Tenéis miedo. El nuestro
es apesadumbrado y deambulante;
el vuestro, acorazado y tumefacto. Todavía,
pulpos de hipocresía, salamandras bursátiles,
todavía hay clases entre los espantados. Todavía
hay diferencias de matiz que advierten
la víctima en un miedo y en el otro la hiena.)

3

se acabará oír mirar nacer
el venero del mundo se quedará obstruido
el manantial que baja entre las grietas de las peñas
luego sin ojos sin oídos sin labios ni hocicos que los usen
viudo y errante sonará por las faldas de la montaña
como un balido dilatado y solo
-nunca la soledad habrá tenido tantísimas campanas-
torcidos vegetales con la fibra reseca cerrarán sus testuces en la tarde vacía
y el cogollo de polvo de los caminos miserables
irá borrando lentamente las antiguas pisadas:
hablo de la desolación

el mar los cinco océanos lamiendo
con su lengua bovina los arrecifes calcinados
y en los puertos pesqueros las barcas con su nombre de hembra
amable y torpemente escrito debajo de las quilla
una vez podrida la maroma otearán por la costa
bamboleándose humildes en el ir y venir de las mareas
algún velero inerme errará como un cáncer
sobre la superficie del agua solitaria:
hablo de la desolación

donde una raza hubiera sobrevendrá una estepa
interceptada vagamente por montones irregulares
de materias innominadas y de escombros enfermos
en los campos concisos y como rastro de la locura
brillarán entre el abandono las camisas de las serpientes
cadáveres de cuerpos y de grajos pernoctarán de día y de noche
junto a cadáveres de reses en atroz camaradería:
hablo de desolación

4

miradlo ahí está todo mirad bien el diario
que alguno de vosotros depositó en la mesa
con la unción del terror

mirad el gorgoteo de todos esos titulares
que algún linotipista compuso lentamente
con la unción del terror

recorred esas crónicas meticulosas que alguien
mirando por encima del hombro tecleó sobre la máquina despacio
con la unción del terror

sumad todo el silencio del periodista en sus informes
sumad la lentitud del cajista en su sótano
sumadle al viejo vendedor del kiosco su temblor boreal
sumad la expectativa inerme del amigo que puso
ese periódico en la mesa ¡y abocicaos en ese impreso
como vacas sedientas y saciaos! y miraos después
los unos a los otros chorreando babillas de terror
desde las comisuras que han bebido y leído
y rumiad luego extenuados
en esta habitación donde el diario preside
¡y vociferad de una vez con las mandíbulas de bronce
ante esas grietas que se abren como unas fauces de prehistoria!

5

como un ecuador criminal cuelga el filo de un hacha
que de un cercén promete liquidar a la historia
la historia lo que ha sido algo más que un macizo concepto
la historia lo que ha sido la urdimbre emocionante
de una conducta universal y un fragor de futuro
arrebatado adobe a adobe y sílaba tras sílaba

humanismo coraje la emoción misteriosa de la vida
todo el largo cordón umbilical mediante el cual los siglos
se insuflaban el uno al otro alimento para nacer
la permanencia modificada que venía desde épocas remotas
las vaginas abriéndose como sangrientos túneles
al paso de las asunciones toda esa celular aritmética
toda esa turba de pasión y de esfuerzo fue la historia

todo el bárbaro ceño del amor
la multitudinaria voluntad de camaradería
los musculosos sueños de aquellos que empleaban su existencia
en combatir las causas del miedo y del desastre
aquellos luminosos desprendidos segregando futuro
aquella obcecación purísima que era un imán aquello
aquello fue también la historia
la historia era también la nervatura de las esperanzas
ese relevo inmemorial de los hombres de ciencia
combatiendo obstinados a los males mortíferos
a la busca de un cósmico resuello de alivio y de fortuna
sí mientras giraban los planetas majestuosos
y crecían las galaxias y se dilataba la mañana del mundo
ellos con batas blancas manos limpias y pequeñas necesidades
miraban a los cancerosos retorcerse en sus vidas únicas
y corrían hacia sus rincones sus materias sus cálculos
con la idea del servicio humano como un clavo en su corazón
la suma de esos grandes calenturientos era también la historia

la historia fue esa marcha ese avance de fiebre
ese alpinismo llameante por la mañana de las edades
ese proyecto general de pasos ese búcaro gigantesco
donde el agua del tiempo alimentaba las flores de los actos
esa mirada taladrante a la persecución del porvenir

¿el porvenir? hoy cuelga un hacha incomprensible
sobre la yugular de la historia el hacha chirriando pendulando
convierte al porvenir en un minuto en un segundo en nada
convierte a la conciencia en una llama en un harapo en un escalofrío
¿el porvenir? ¿la historia? ¿la grandeza? ¿la multitud? ¿el hacha?
¡fuimos muchos amamos creímos quisimos lo mejor para todos!

6

(dan ganas de matarse y de llorar al otro borde del suicidio
ganas de ser un muerto que llora todavía
ganas de estar en una caja rodeado de aquellos que te aman
y continuar llorando amarillo hediondo
llorando por las quietas mejillas apagadas
dan ganas de llorar desde el subsuelo de la muerte
y contagiar de lágrimas y muerte a quienes contemplan tu cadáver
hasta que todos muertos en la alcoba callada
no haya más que un llorar de muertos congregados
un fluir de muchas lágrimas desde pestañas frías un fluir en el silencio y en la quietud y en la sombra
un fluir que repitiera dulcemente: asesinos).


Félix Grande
Blanco Spirituals, 1966









1950 kilos de pelo



Durante una visita al campo de exterminio de Auschwitz, Felix Grande descubrió 1.950 kilos de pelo de mujer que ocupaban un mueble de 14 metros. "Cuando lo vi tuve que poner las manos en el cristal porque con los ojos no me valía. Había cabello rubio, moreno, pelirrojo, todo mezclado, decolorado por el paso del tiempo. De repente, me pregunté ¿de qué color es este pelo? Era un color nuevo. No había existido antes". 


1950 kilos de pelo 
(Fragmento del poema La cabellera de la Shoá)

Mil novecientos cincuenta kilos de pelo de mujer
pesando para siempre sobre la pesadumbre craneana.
Mil novecientos cincuenta kilos de pelo de mujer
partiendo en dos mitades la historia de la Historia.
Cada cabello de esta pelambrera
equivale a un crujido de placenta.
Cada pelillo de este Bulto
canta un réquiem a los alvéolos del humo y la ceniza.
Cada uno de los pelos de esta hecatombe capilar
llora con todos su dos ojos al pie de la tijera
uno a uno lagrimando el Poder del desprecio.
Y cada cabellito de esta pelambre muda
en un discurso universal de pena
y un párrafo de luto colosal
y una conversación sensual con el futuro
y un mitin amoroso cebado de memoria.
En cada anonimato de ese pelo
vuela con una lágrima en el pico
la muchedumbre de la consolación.
¡Baja a esta cueva misericordiosa!
Esta es la cabellera de la Shoá.
Calla más que el silencio y está ciega.
Lo ve todo. Retumba.


Félix Grande










862. Ideología




Félix Grande / El País / 14 de enero de 1994

Nos contó que cuando los fascistas tomaron la ciudad (una capital de provincia; él no quiso decimos cuál porque había nacido en ella y aún tenía miedo) unos pistoleros de paisano detuvieron al hijo y al yerno de un arquitecto simpatizante del Gobierno republicano. En la casa vivían cuatro personas: el arquitecto, su hijo, al que detuvieron, y su hija con su marido, al que detuvieron. La detención se produjo al anochecer de un día jueves de agosto de 1936.

Al día siguiente regresaron los pistoleros y propusieron al arquitecto y a su hija que deliberasen sobre cuál de los detenidos debía ser fusilado; prometieron liberar al otro detenido y permitirle regresar inmediatamente con su familia, ya que en realidad no tenían cargos penales ni políticos contra ninguno de los dos, contra ninguno de los cuatro.Pero como todos eran votantes de la República y personas sobresalientes, tenían que conocer el escarmiento, por lo que uno de los dos jóvenes detenidos había de morir fusilado contra una tapia. El otro regresaría sano y salvo, según palabras textuales de los emisarios fascistas. ¿Dijeron sano y salvo?, preguntamos a nuestro informante. Nuestro informante, hombre de unos ochenta años, vagabundo y alcoholizado, bebió de una botella unos tragos de vino y afirmó: sano y salvo. Nuestro informante había pertenecido a las Juventudes Socialistas Unificadas, combatió en frentes castellanos y mediterráneos, cayó prisionero y pudo escapar tras degollar a un soldado nacionalista, cruzó en 1939 la frontera francesa, regresó muy pronto para integrarse a la guerrilla antifranquista, y finalmente con documentación falsificada, huyó por la frontera de Portugal y viajó a Venezuela, de donde regresó a España después de la muerte de Francisco Franco. Ahora volvió a beber a morro y miró al vacío, con la cara colorada y quieta, antes de proseguir. Los pistoleros fascistas, bien vestidos, dijo, les dieron al arquitecto y a su hija cuarenta y ocho horas para que se pusieran de acuerdo acerca de sobre a cuál de los dos detenidos querían finalmente salvar la vida y a cuál enviaban al paredón. Presumiendo de generosos se fueron. Era un viernes, de mañana, recordaba de nuevo nuestro informante, los dos jóvenes habían sido detenidos a punta de pistola unas horas antes, recordaba nuestro informante.

El condenado que eligieran el arquitecto y su hija sería fusilado, al amanecer del domingo, y durante ese mismo domingo el detenido al que sus familiares eligieran salvar sería puesto en libertad, según la promesa de los emisarios de los recientes amos policiales de la ciudad.

Nuestro informante nos contó que durante el día viernes, la noche del sábado, el sábado y parte de la noche del domingo los vecinos oyeron cómo el arquitecto republicano y su hija republicana lloraron y gritaron, se gritaban uno a otro con odio, enumerando cada uno sus razones. El padre pretendía que su hija cediese, le decía que ya encontraría otro marido cuando teminase la guerra, le decía que si no tenía piedad de su propio hermano. La hija gritaba como una loca diciendo que adoraba a su hermano, pero que necesitaba a su marido y que por qué su propio padre no tenía piedad de ella. Cada vez más frenéticos y llenos de cólera y de horror, llegó la noche del domingo, y entonces los vecinos, arrimados a sus ventanas, sintieron extrañeza ante el silencio súbito de la casa. Los asesinos, como habían prometido, llamaron de nuevo a la puerta de la casa esa noche para conocerla decisión. El arquitecto ya había conseguido, llorando y gritando, amarrar y amordazar a su hija en el interior de la casa; salió a abrir y en la misma puerta les comunicó a los fascistas que había tomado la decisión de que le devolvieran a su hijo y que fusilaran a su yerno. A la mañana siguiente, un funcionario de la tropas de ocupación vino a la casa y entregó al padre y a la hija las pertenencias de su hijo y hermano y las pertenencias de su yerno y marido, ya que los habían fusilado a los dos al amanecer.

Dos semanas después, la hija se ahorcó en una viga de la casa. El arquitecto, tras el entierro de su hija, al que casi no asistió nadie, comenzó a caminar por el paseo del cementerio, arriba y abajo, y por las calles de la ciudad, sin descanso y sin destino e incluso sin itinerario. Empezó a hablar solo. Poco después comenzó a gemir todo el tiempo, con un llanto seco. Más tarde correteaba por la ciudad, resollando, inexpresivo, y no reaccionaba cuando le tiraban piedras los niños. Para entonces ya se había vuelto loco y no sentía ni padecía, según expresión de nuestro informante, el cual continuaba negándose a confiarnos ni el nombre de la ciudad ni su propio nombre. Cuando le dijimos que su prudencia nos parecía excesiva nos miró con una mezcla de compasión y de desprecio y aclaró: ¿y si algún día vuelven los fascistas y me fusilan? Aquel anciano, medio siglo antes, había combatido como soldado y como guerrillero, había degollado a un enemigo. Ahora, medio siglo después, tenía miedo. Díganos por lo menos el nombre de la ciudad. Nuestro informante, receloso, salió de la taberna y ya no volvimos a verlo. Tampoco sabemos si el arquitecto murió loco y viejo, o recuperó la razón y se suicidó, o si lo mató accidentalmente algún niño con una pedrada en la sien.