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2391. Gerald Brenan y el 18 de julio de 1936



La tarde del sábado 18 de julio cogí el autobús de Málaga para hacer algunas compras. Estaba tan acostumbrado a ver caras tensas y sonrisas heladas, llenas de aprensión, que en un principio no noté nada especial en el ambiente. Después me di cuenta de que los policías en la plaza de la Constitución parecían más nerviosos de lo normal. Estiraban el cuello para mirar calle arriba y calle abajo, se manoseaban los cinturones y uno de ellos estaba decididamente ojeroso. Lo achaqué a que llevaban muchos meses haciendo horas extraordinarias y no dormían lo suficiente.

Después de comprar las cosas que necesitaba fui a una librería de la calle Larios atendida por dos jóvenes muy serios e inmaculadamente vestidos. No tenían el libro que yo quería, una nueva publicación sobre la reforma agraria, así que cogí un ejemplar del diario local El Popular y empecé a leerlo. Los titulares decían, «Rebelión militar en Marruecos. Ceuta y Melilla capturadas por los facciosos» pero a continuación venían unas declaraciones tranquilizadoras del primer ministro Casares Quiroga: «El Gobierno es dueño absoluto de la situación. Nadie, absolutamente nadie en España, ha participado en esa absurda conspiración».

Decidí tomar un café rápidamente, recoger unos pantalones que estaban en el tinte y coger el trenecito para Churriana antes de que pasara algo. Pero cuando iba aún camino del café oí la música de una banda y vi al final de la calle un grupo de gente, hombres en su mayor parte, que avanzaban por la Alameda. Más allá venía una compañía de soldados. Un oficial marchaba delante de ellos mirando al frente, los hombres seguían con las armas al hombro y a continuación venía una banda de música. Detrás la calle estaba abarrotada de obreros, y otros avanzaban junto a los soldados hablando con ellos.

«¿Qué vais a hacer?», preguntaban.

«Vamos a la Aduana a proclamar la ley marcial por orden del Gobierno».

«No, el Gobierno no ha ordenado eso».

«Bueno, ésas son nuestras órdenes».

Todos gritaban o hablaban muy excitados, así que como no deseaba verme envuelto lo que fuera a suceder, decidí prescindir del café y volver a casa inmediatamente. Parece ser que otras personas tuvieron la misma idea que yo, porque las tiendas estaban echando los cierres, las mujeres y las personas mejor vestidas se apresuraban y las calles laterales se iban quedando desiertas. De repente, en lo alto de la calle Larios apareció un tropel de hombres corriendo para reunirse con los que seguían a los soldados. Pero, ¡y mis pantalones! Me hacían mucha falta, de manera que entré en el tinte que estaba muy cerca, y me enteré de que no estarían listos hasta el día siguiente por causa de una huelga.

Cuando salía oí unos disparos que venían de la Aduana y después el tableteo de los fusiles ametralladores.

«Ay, Dios mío», exclamó la mujer de la tienda. «¿Qué es eso?».

«El levantamiento militar», contesté.

«Por Dios*, no me diga eso», dijo ella. «¡Qué criminales!» .

Aunque no venían balas hacia la calle donde estábamos, todo el mundo había empezado a correr, unos pocos hacia donde sonaban los disparos pero la mayoría en dirección opuesta. Abandoné la idea de llegar a la estación, que hubiera significado cruzar la línea de fuego, y decidí coger el autobús. Tenía la parada muy cerca del mercado y saldría al cabo de unos minutos.

Aumentaba el tiroteo. Además del metódico tableteo de los fusiles ametralladores, se podía oír el seco ladrido de los rifles y de las pistolas. La intensidad del ruido era sorprendente: se diría que estaba en marcha una verdadera batalla. No parecía haber ninguna razón para dejarse ganar por el pánico y no corrí como todo el mundo, aunque apreté el paso. Al torcer la esquina antes de llegar al mercado vi desaparecer el autobús en lontananza. Un hombre de edad, uno de los dos fontaneros de nuestro pueblo, llegó al mismo tiempo que yo. Sacó un enorme reloj niquelado y lo miró.

«Ha salido siete minutos antes de la hora», exclamó. «Todo porque se están oyendo unos tiros. ¡Vaya, qué cobardes!»

Tendremos que andar», dije. Y nos pusimos en camino.

Al llegar al puente al final de la Alameda descubrimos que las balas pasaban zumbando entre las ramas de los árboles y rebotaban en el parapeto de piedra. El autobús se había aventurado a cruzarlo. No nos sentimos inclinados a correr ese riesgo de manera que dimos la vuelta para cruzar el río por otro puente. Tuvimos que atravesar un barrio popular. Las calles estaban llenas de hombres y mujeres que se afanaban como hormigas cuando se mete un palo en un hormiguero. Unos cuantos corrían pistola en mano para unirse a la lucha, mientras que los demás hablaban excitados. Llegamos a la carretera general y conseguimos que un camión nos dejara en casa.

Cuando me desperté a la mañana siguiente lo primero que hice fue escuchar. No se oía nada. Vi a Maria, nuestra criada, cogiendo unas rosas en el jardín y salí a preguntarle qué noticias había.

«Dicen que los fascistas han sido derrotados contestó, «y que ahora van a hacer la revolución».

Hablaba muy enfadada y casi sin mirarme, porque no le gustaba nada el comunismo libertario ni, a decir verdad, cualquier otra cosa nueva.

«Puede verlo desde el mirador»», dijo. «La mitad de Málaga está ardiendo».

Fui a mirar. Altas columnas de humo se alzaban desde varias partes de la ciudad. La noche anterior vimos dos fuegos antes de irnos a la cama; ahora parecía haber por lo menos veinte.

Desayunamos como de costumbre en el jardín debajo del níspero. Antonio escardaba las patatas como si nada hubiera sucedido. Las cañas de Indias, las dalias y las rosas brillaban con el sol de las primeras horas de la mañana y las mariposas rojas y de color azufre revoloteaban perezosamente a su alrededor. Parecía imposible creer que acababa de empezar una resolución anarquista.

María salió con aire serio a retirar los platos del desayuno.

«Se pueden ver unas cosas estupendas en la calle», dijo.

«¿Qué es ello?».

Se quedó allí con los brazos cruzados y una sonrisa irónica en los labios.

«Vaya a verlo usted mismo», dijo. «Quizá quiera unirse a ellos».

Entramos en la casa y miramos por una de las ventanas del piso alto. Camiones y automóviles cruzaban a toda velocidad llenos hasta los topes de obreros armados con fusiles, pistolas, cuchillos e incluso espadas. Iban sentados sobre el techo, de pie sobre los guardabarros, colgando del cuello de los conductores o asomando por las ventanillas; todos apuntando con sus armas hacia la calle, de manera que los camiones estaban literalmente erizados de ellas. Saludaban a los que pasaban con el brazo izquierdo doblado y el puño cerrado, exclamando Salud* y seguían apuntando con sus armas hasta que se les devolvía el saludo de la misma manera. En todos los camiones y coches ondeaban al viento banderas rojas con letras pintadas sobre ellas: C.N.T., F.A.I., U.G.T., U.H.P., pero nunca P.C. Algunos iban a toda velocidad entre vítores poco entusiastas, mientras otros casi se arrastraban.

«¿Qué están haciendo?», pregunté.

«Son patrullas armadas», dijo Rosario, «y buscan fascistas».

«Fusilan a todos los ricos», dijo María. «Tenga cuidado no le fusilen a usted».

«Calla, mujer», dijo su hermana. «Don Geraldo no es un fascista. Aquí la única fascista de verdad eres tú».

«Sí», dije yo. «Vamos a denunciarla».

Alonso el pintor, nos había seguido al piso de arriba.

«Estoy seguro», dijo, «si se trata de eso, que Don Geraldo es tan buen comunista como cualquiera de nosotros».

«Claro que lo soy», dije. «Quiero que todo el mundo sea tan rico como yo».

«Eso es verdadero comunismo», dijo Alonso. «Aquí, la mayoría de los comunistas sólo quieren que todos sean tan pobres como ellos».

«Bien», exclamé, «¡la gran Revolución ha llegado al fin!».

«¡Qué revolución!», dijo despectivamente. «¿Qué se cree usted que va a pasar? Nada».

Una pareja de jóvenes del comité* del pueblo, con unos mosquetes antiquísimos, vino a hacer un registro en busca de armas. Fueron muy corteses. Dije no poseer ninguna pero que no tenía inconveniente a que registrasen la casa. Aunque evidentemente no me creyeron, puesto que cualquier persona en España que podía comprar una pistola lo había hecho, fingieron lo contrario.

«Estas son las armas de don Geraldo», dijo Rosario, apareciendo con una porra de endrino irlandés que yo llevaba cuando salía de patrulla durante la primera guerra mundial. «Está a su servicio», dije.

La examinaron admirativamente.

«Caramba, con eso se puede matar fascistas», dijeron, «pero no se la vamos a quitar».

«Por supuesto que no», dijo Rosario, que tenía un carácter algo agitanado. «Lo necesitamos nosotros. Aunque no lo sepáis, don Geraldo es más comunista libertario que vosotros».

Una gran nube de humo flotaba sobre Málaga. Con los prismáticos pude distinguir treinta o cuarenta casas que estaban ardiendo. Me dijeron que prendían fuego a todas las casas de los fascistas. Al anochecer el espectáculo era impresionante y nos llegamos hasta la iglesia para verlo mejor. Un pequeño grupo se había reunido allí, pero nadie parecía saber más que nosotros sobre lo que estaba ocurriendo. Debido al fracaso de la sublevación militar en Málaga, se daba por hecho que había sucedido lo mismo en todas partes. Pocos miembros de la clase obrera veían más allá de su provincia.

El tiroteo continuaba con la misma intensidad en la dirección de la Aduana. Una ametralladora disparaba en la calle Larios de cuando en cuando, aunque estaba completamente vacía. Hacia el anochecer llegó un hombre con una camisa roja y un brazo en cabestrillo con manchas de sangre. En la otra mano llevaba una lata de gasolina. Arrojó algo del líquido sobre la puerta de una tienda que estaba justo enfrente y luego echó una cerilla encendida. El fuego prendió inmediatamente. Al ver que las llamas subían el hombre inició una especie de danza jubilosa. Después dando tumbos y haciendo cabriolas, cruzó la calle hacia ellas y echó el resto de la gasolina contra una librería —la misma que yo había visitado unas horas antes— situada en la casa siguiente a la que servía de asilo a Jan Woolley y a su hija, pero separada de ella por una callecita muy estrecha. Luego desapareció.

Las dos casas se incendiaron rápidamente. El calor procedente de la librería pronto se hizo muy intenso y el fuego se propagó al toldo del café de abajo. Los soldados, transportados hasta allí desde el edificio de la Aduana, tomaron posesión de la calle. Apostaron piquetes en las esquinas y los oficiales paseaban arriba y abajo entre los fuegos como si nada estuviera pasando. Las personas del apartamento en que se encontraba Mrs. Woolley conocían a algunos y se asomaron a las ventanas para hablar con ellos. Para entonces el fuego de las ametralladoras y los disparos de fusil habían cesado. Pronto empezaron a desperdigarse los soldados y los oficiales terminaron también por desaparecer.

Mientras tanto las llamas de la librería daban un calor casi insoportable, el café de abajo se incendió y ellas comprendieron que si no se marchaban arderían también. Con un martillo de partir carbón tiraron el tabique que les separaba de la casa de al lado y siguieron empleando la misma técnica para avanzar calle abajo. Casi ninguno de aquellos pisos lujosos estaba ocupado, ya que los propietarios habían sido avisados con tiempo, y probablemente estaban ya en Gibraltar. Pero en algunas de las casas la gente había disparado desde los tejados y Jan Woolley tenía la impresión de que por esa razón la familia del segundo piso se había negado a recibirlas.

El resto de aquella noche pasó tranquilamente, si se exceptúa el crepitar de las llamas, tan fuertes que resultaba necesario gritar para entenderse. El aire era tan sofocante que no cabía pensar en dormir. Al amanecer hubo un momento aterrador. De las estrechas calles, a su izquierda, que daban a la Plaza de la Constitución, fue saliendo una densa masa de trabajadores, todos armados, llevando banderas rojas y avanzando con decisión. Gritaban y cantaban al andar, pero el sonido que se alzaba de aquella masa enfurecida no era un ruido humano, sino más bien el rítmico vibrar de una dinamo.

Siguieron adelante en línea recta, llenando por completo la amplia calle y después se detuvieron frente a una casa. Rompieron la puerta, registraron las habitaciones rápidamente y después de echar gasolina sobre los muebles la prendieron fuego. Lo que más llamó la atención de Jan Woolley fue la forma tan metódica que tenían de trabajar. Las casas eran seleccionadas con cuidado y a las personas que estaban dentro se las avisaba antes de iniciar el fuego. Después llegó el coche de los bomberos y se quedó allí para evitar que las llamas se extendieran a las casas vecinas. Las razones para la selección no estaban del todo claras. Normalmente debía de tratarse de casas pertenecientes a los peces gordos de la derecha, pero a veces parecía que incendiaban algunas casas porque habían visto a gente disparando desde ellas. Jan distinguió con claridad hombres que corrían por los tejados y disparaban sobre el apretado gentío que llenaba la calle.

Para las ocho la multitud se había trasladado a otra zona de la ciudad dejando que la calle se quemara sola. Jan y su hija decidieron salir y escapar a toda prisa, mientras que sus anfitriones, que les habían tratado todo el tiempo con gran amabilidad, prefirieron quedarse donde estaban. Les ayudaron a descolgarse por una ventana a un callejón detrás de la casa. Su problema inmediato era encontrar un hotel donde les dieran café y se les permitiera descansar, pero Jan no conocía bien la ciudad y hablaba poco español. Se tropezaron con un inglés, aparentemente uno de los comerciantes de la ciudad, pero tenía mucha prisa y no se ofreció a escoltarlas hasta un sitio seguro. Un obrero español las tomó bajo su protección y las condujo a un hotel junto a la catedral. Allí se sintieron a salvo. Estaban haciendo café y les habían asignado ya una habitación cuando llegó un grupo de incendiarios y ordenó que evacuaran el hotel porque iban a prender fuego a una imprenta de los conservadores en la casa de al lado y había peligro de que se extendiera al hotel.

Decidieron entonces volver a Torremolinos si era posible. Otro obrero se ofreció a protegerlas y trató de encontrarles un taxi, y, cuando esto resultó imposible, de que las llevaran en el camión de una de las patrullas armadas, pero todos iban hasta los topes. De manera que no quedaba otra solución que andar. Como la carretera general parecía estar demasiado concurrida, decidieron hacerlo por la playa. Pero sus aventuras no habían terminado aún. Cuando pasaban junto a las chozas de los pescadores, se vieron acosadas por unas mujeres que les pedían dinero y no se libraron de ellas hasta haberles entregado todo lo que tenían. Después tuvieron que vadear el río, pero al llegar al banco de arena en la otra orilla, lo encontraron ocupado por una manada de toros negros. Esto significaba dar un rodeo tierra adentro hasta el puente del ferrocarril, y a partir de ahí siguieron la vía que llevaba a Torremolinos. En total, unas diez millas por terreno accidentado.

Avanzaba la tarde y si quería llegar a casa antes de que se hiciera de noche tenía que salir inmediatamente. Crucé colinas bajas de tierra roja plantadas de olivos. A mi izquierda las montañas estaban adornadas con sombras profundas, como pliegues en una tela gruesa, mientras a mi derecha veía el mar, liso y tranquilo como una losa de mármol y de un color cobalto tan intenso que hacía pensar más en un raro y precioso objet de luxe que en un elemento de la naturaleza. Me detuvo una patrulla de dos hombres armados con fusiles, pero me dejaron pasar. Después vi una columna de humo que se alzaba delante de mí. Al alcanzar la cumbre de la colina me di cuenta que procedía de un cortijo muy grande, cuyo propietario, don Eugenio Gross, un hombre afable pero de genio brusco, no gozaba de simpatías entre sus jornaleros.

Aquí radio Barcelona. Aquí radio Barcelona. Ha sido restablablecido. El orden ha sido completamente restablecido. Los aviones del pueblo de la España democrática acaban de salir para bombardear Zaragoza. Ha sido restablecido el orden. Todos los que disparen desde los tejados de las casas, todos los que tengan las persianas bajadas, todos los que no entreguen sus armas o escondan a algún fascista serán juzgados sumarísimamente...»

La voz estridente del locutor barcelonés y sus breves frases repetidas como conjuros daban una aterradora imagen de guerra y calamidades. En la estación de Madrid había más calma. El locutor hablaba en un tono correcto, sin apresuramientos, resultando casi tan tranquilizador y condescendiente como los de la BBC. Pero las frecuentes interrupciones del programa, las instrucciones para capturar a los que disparaban desde los tejados y la inmediata refutación de todo lo que se decía en Lisboa o Burgos eran menos alentadoras. Una vez a medianoche el presidente de la República, don Manuel Azaña, habló. Pronunció un emotivo discurso, pidiendo firmeza y decisión para enfrentarse con una rebelión injustificada de las fuerzas armadas y ofreciendo la esperanza de libertad y justicia para todo el mundo, fueran cuales fuesen sus simpatías u opiniones.

La única estación de los rebeldes que podíamos oír era Sevilla. Aquí la atracción estelar era una asombrosa personalidad de la radio, el general Queipo de Llano, que con su audacia y energía había ganado para los insurgentes una ciudad clave, Sevilla, con sólo un puñado de tropas. Sus programas, retransmitidos de noche, eran precedidos por una introducción encaminada, como el repiqueteo de castañuelas entre bastidores antes de que la bailarina aparezca en el escenario, a aumentar la expectación.

«Dentro de cinco minutos hablará el excelentísimo señor general Queipo de Llano, comandante de las fuerzas del ejército de salvación en el sur de España... Dentro de tres minutos hablará el excelentísimo señor general... Dentro de un minuto...»

Después se oía el ruido de alguien que llegaba deprisa, una pregunta a su estado mayor: «¿Están esperando, no es cierto?», y a continuación empezaba.

Era una estrella de la radio. Toda su personalidad, cruel, bufonesca y satirica, pero maravillosamente viva y auténtica, llegaba a través del micrófono. Y esto sucedía porque no trataba de conseguir ningún tipo de efecto retórico, sino que decía simplemente lo que se le pasaba por la cabeza. Su voz aguardentosa (sólo más adelante me dijeron que no bebía) también colaboraba. Se sentaba allí, con su uniforme de gala y el pecho cubierto de medallas y con su estado mayor, vestido de la misma manera, en posición de firmes, detrás de él. Queipo se mostraba siempre natural y tranquilo. A veces, por ejemplo, no entendía sus anotaciones. Entonces se volvía a sus acompañantes y decía, «No veo lo que dice aquí. ¿Hemos matado quinientos o cinco mil rojos?».

«Quinientos, mi general».

«Bueno, no importa. Da lo mismo si esta vez sólo han sido quinientos. Porque vamos a matar a cinco mil; no, quinientos mil. Quinientos mil nada más para empezar, y después ya veremos. Escuche usted esto, señor Prieto. Me parece que oigo cómo el señor Prieto escucha a pesar de ¿cómo lo diría? de su... diámetro, debido a los millones del gobierno que se comió el otro día y... a pesar del espantoso miedo que tiene a que lo cojamos. Sí, señor Prieto, escuche usted bien, quinientos mil para empezar y cuando lo cojamos, antes de terminar con usted vamos a pelarle como una patata».

Sus emisiones estaban repletas de anécdotas groseras, chistes, insultos, cosas absurdas, todo extraordinariamente vivo y colorista pero estremecedor cuando nos dábamos cuenta de las ejecuciones en masa que se sucedían a su alrededor, de las que nos informaban los fugitivos, en una ciudad donde todos los trabajadores eran anarquistas o comunistas. Algunas figuras aparecían todas las noches en sus programas: Prieto, el socialista más moderado, siempre corno cacique gordo o como estafador y La Pasionaria como prostituta escapada de un burdel. Toda la derecha creía estas cosas, aunque en realidad era la mujer de un minero y una persona de vida muy austera. El nombre con que se la conocía era debido a su elocuencia.

Pero Queipo de Llano no soportaba a la Falange, aunque a veces tenía que dejarles utilizar la radio. En una ocasión cometió una equivocación y dijo canalla fascista en lugar de canalla marxista*. Una voz dolorida le corrigió.

«No, no mi general, marxista» .

«¿Qué más da?» dijo el general. «Los dos son canaille». Y luego, sin detenerse, Si, «canaille roja de Málaga, ¡espera hasta que llegue ahí dentro de diez días! Me sentaré en un café de la calle Larios bebiendo cerveza y por cada sorbo mío caeréis diez. Fusilaré a diez», continuó a voz en grito, «por cada uno de los nuestros que fusiléis, aunque tenga que sacaros de la tumba para hacerlo».

La mayoría de sus programas acababan de manera parecida. «¡Canalla marxista! Canalla marxista, repito, cuando os cojamos sabremos cómo trataros. Os vamos a despellejar vivos. ¡Canalla, canalla!».

Estas emisiones eran todavía más repugnantes cuando uno recordaba la historia de Queipo de Llano. No tenía razón alguna para sentir rencor contra los republicanos, que le habían favorecido y ascendido. Hasta una o dos semanas antes mantuvo las mejores relaciones personales con Prieto, al que ahora interpelaba de manera tan brutal. Había sido republicano desde la caída de la monarquía, juró fidelidad al gobierno, que puso en él su confianza, para después faltar a su juramento y traicionarle. Este es el tipo de personas que se destacan en las guerras civiles y las revoluciones, cuando la ambición se antepone a cualquier otro sentimiento. Pero hay que explicar como justificación de sus retransmisiones —las cuales, además, debido al miedo y a la indignación que causaron contribuyeron tanto a provocar represalias en el otro bando—, que Queipo, con un puñado de tropas de dudosa lealtad (hasta que llegó un contingente de la legión extranjera) estaba conteniendo a una población en la que toda la clase obrera era hostil y se sentía obligado a gobernar por el terror. Pero no le disgustaba hacerlo porque era un sádico por naturaleza y las ejecuciones continuaron durante meses sin interrupciones cuando su posición estaba asegurada.

La guerra estaba empezando de verdad para nosotros. Una tarde, mientras tomábamos el té en el jardín, un avión pasó por encima y dejó caer varias bombas a unas cincuenta yardas. Pero eran sólo del tamaño de granadas de mano y, al dar sobre tierra blanda, no hicieron ningún daño. Al día siguiente las bombas fueron más grandes, dañando algunas casas del pueblo pero sin herir a nadie. De todas formas causaron gran terror entre la población femenina. A partir de entonces, cada vez que se oía el motor de un aeroplano, se producía una carrera de faldas negras hacia nuestra casa porque ofrecía mejor protección. Allí se acuclillaban, gruñendo y gimiendo, y despidiendo ese olor fuerte y desagradable que produce el miedo.

Los hombres se alistaron en un cuerpo de voluntarios al que el gobernador civil proporcionó fusiles, y unos pocos sargentos de infantería trataron de adiestrados. Pero había poco tiempo y al cabo de una o dos horas de instrucción los mandaba al frente en camiones. Muy pronto, según el periódico y la radio locales, avanzaban ya gloriosamente hacia Córdoba y Granada, sojuzgadas por los insurgentes. Sin embargo su progreso se veía obstaculizado por los puestos de la guardia civil. A juzgar por los relatos de la prensa, la lucha había tomado un carácter medieval. Se hablaba del sitio de castillos moros y torres de vigía y cuando, en un avance repentino, las tropas republicanas capturaron Puente Genil, de la provincia de Córdoba, se anunció orgullosamente que después de la contienda quedaría anexionado a Málaga. Estábamos envueltos en una guerra local, como en los días de los reinos de taifas*, y nuestros enemigos eran Córdoba y Granada. Lo que sucediera en el resto de España no tenía nada que ver con nosotros.

La milicia me daba la impresión de ser un cuerpo poco eficaz. En primer lugar no estaban en absoluto preparados y muchos de ellos no sabían cómo hacer fuego con sus fusiles. Además los andaluces nunca han tenido una gran reputación como soldados. Se veía poco entusiasmo entre los hombres: ellos querían hacer la guerra en sus calles y en su pueblo y no fuera de él. Por otra parte, el principio anarquista de la libertad de elección presentaba muchos inconvenientes. Un hombre se incorporaba voluntariamente y de la misma manera podía abandonar la milicia; yo hablé con un miliciano que al oír cómo le pasaba zumbando una bala, se fue a su casa sin que nadie hiciera la menor objeción. La moral en Málaga era muy baja porque la ciudad estaba rodeada de enemigos por todos lados con la excepción del Este, donde la carretera de la costa enlazaba con el resto de la España republicana. Las comunicaciones podían quedar cortadas en cualquier momento y esto hacía que se produjera el pánico con frecuencia. Una noche corrió el rumor de que tropas moras se aproximaban desde Algeciras y casi toda la población de Churriana se trasladó a las montañas y pasó allí la noche. Los moros tenían una justificada reputación de matanzas y violaciones. Por recomendación de Bertrand Russell, me habían nombrado corresponsal del Manchester Guardian. Conseguí una bicicleta e iba todos los días a Málaga para enterarme de las noticias. Los bombardeos se habían convertido en un rito diario y las bombas eran más grandes. Una tarde calurosa —el termómetro no bajaba de los 90Fº — decidí bañarme junto al muelle de madera que entonces se metía en el mar cerca del restaurante Antonio Martín. El acorazado Jaime I estaba anclado a unos cientos de yardas de la orilla cuando repentinamente una pareja de aviones se acercó en vuelo rasante y empezaron a bombardearlo. Es mucho más desagradable que lo bombardeen a uno dentro del agua que en tierra y me salí lo más deprisa que pude. Otra tarde un único avión voló sobre la ciudad. La amplia calle por la que yo iba andando se llenó inmediatamente de obreros que empezaron a dispararle con rifles, pistolas y revólveres. En estas ocasiones siempre se producían accidentes. Es probable que muriera más gente al herirse ellos o herir a sus amigos que por las bombas del enemigo. Un joven, novio* de María, la criada, se mató de un tiro en nuestro portal porque no había aprendido a manejar el seguro.

Estos ataques aéreos, aunque no producían daños militares, provocaban profunda indignación y deseo de revancha. En respuesta, la fuerza aérea malagueña, compuesta de cuatro pequeños aviones de pasajeros, hizo una salida para bombardear la Alhambra; se decía que al lado habían instalado una batería, y los pilotos aseguraron haberla acertado, aunque en realidad no dieron en el blanco. Pero la gente de la calle pedía sangre. Durante los primeros ocho días después del alzamiento, como pude comprobar más adelante, nadie fue ejecutado, aunque la prisión estaba llena de sospechosos. Pero ya empezaban a discutir si cada vez que hubiera un ataque aéreo que causara bajas, no habría que sacar unos cuantos prisioneros de la cárcel y fusilarlos. También hicieron su aparición grupos de terroristas reclutados entre los miembros de la F.A.I. que recorrían la ciudad y el campo en busca de fascistas. De repente, en unos días, esta palabra, fascista, apenas oída antes, llegó a significar un ser casi mítico, un enemigo de la raza humana, algo así como las brujas en el siglo XVII. Las emisiones de Queipo de Llano habían contribuido a ello creando una imagen de furia sádica y de salvajismo. Gente así tenía que ser exterminada.

Mi primer atisbo de este aspecto siniestro de la revolución data de fines de julio. Un camión armado de juventudes de la F.A.I. se presentó en nuestro pueblo, declarando que habían venido para llevarse a los fascistas locales a la prisión de Málaga. Un hombre muy impopular, un carabinero retirado, estaba confinado en el calabozo del pueblo y como me dijeron que también pretendían llevarse a un amigo mío llamado Juan Navaja, me apresuré a salir a la calle para ver si podía intervenir en favor suyo. Al llegar encontré un camión abarrotado de muchachos —sólo uno tenía más de veinte años—, vestidos con camisas rojas y armados de fusiles y metralletas. No habían encontrado a Juan, pero después de un gran revuelo y de muchas protestas de la gente que se había reunido, se llevaron al carabinero. Como garantía de que no lo liquidarían durante el viaje, permitieron que su mujer y su hija lo acompañaran. Apenas había salido el camión cuando llegaron los dos secretarios del comité del pueblo. Indignados ante esta autoritaria manera de proceder, montaron en un coche, alcanzaron el camión y obligaron a los muchachos a devolver al prisionero. Porque los principios del comunismo libertario exigían que cada pueblo juzgara a sus propios habitantes.

Aquella tarde los dos secretarios del comité vinieron a verme para solicitar un donativo. Uno de ellos era un hombre joven y agradable de menos de treinta años que hablaba un castellano muy correcto. El otro era unos doce años mayor: elegido por su elocuencia, podía haber sido en época distinta un fraile franciscano, de grandes ojos húmedos y hablar suave y suplicante. Se sentaron a beber un vaso de cerveza conmigo y les felicité por haber rescatado al carabinero.

«Yo soy partidario de matar a Ios realmente malos», dijo el primero. «La muerte no es nada. Se acaba enseguida, así que ¿por qué temerla? Pero este carabinero no era demasiado malo y ahora que ha recibido una lección quizá se arrepienta y se haga bueno».

Su compañero de más edad se mostró de acuerdo con él. «Hubiera sido terrible que lo fusilaran. Es un hijo del pueblo. Su familia vive entre nosotros. ¿Cómo podríamos mirarles a la cara si dejáramos que lo mataran?».

Y empezó a extenderse con tono lacrimoso en comentarios sobre el terror que el pobre hombre habría padecido. Quizá, como escribí en mi diario, no existe tanta diferencia como uno podría imaginar entre la piedad sentimental de esta clase y una satisfacción de tipo sádico. En épocas revolucionarias, reflexionaba yo, se hace bien desconfiando de todos los que encuentran un estímulo emocional en la muerte violenta o en el sufrimiento de otros. Esto no sucede en las guerras entre naciones.

Pero el carabinero no estaba a salvo. Pocos días después las juventudes de la F.A.I  volvieron con sus camisas color rojo sangre y su camión erizado de armas y se lo llevaron. Los dos secretarios del comité habían sido advertidos de que podía ser peligroso tratar de resistir la voluntad del pueblo y habían salido de Churriana para no estar presentes. Nadie se atrevió a oponerse a aquella partida de terroristas. Mientras pedaleaba en mi bicicleta camino de Málaga al día siguiente, vi el cuerpo del pobre hombre a un lado de la carretera: no era ya un ser humano sino un simple muñeco roto.

Las personas sentenciadas a muerte no eran sin embargo las más conspicuas. Los comités de los sindicatos* no habían preparado listas de sus enemigos antes del alzamiento. Su desconocimiento de quiénes deberían eliminar por razones ideológicas ponía de manifiesto una ingenuidad casi conmovedora. Mataban simplemente a la gente que no les gustaba; de ordinario, hombres de posición muy humilde que habían ejercido algún tipo de tiranía sobre ellos. Era como si en un motín militar se fusilara a todos los sargentos pero a muy pocos oficiales. Un caso aparte fue la ejecución de todos los sacerdotes y frailes así como los miembros de la familia Larios, propietarios de la gran fábrica de algodón. En todas las revoluciones del siglo pasado habían sido los primeros en sufrir las consecuencias. Pero a los terratenientes no les pasó nada. Vivían en sus cortijos, que no eran grandes, y eran bien conocidos de los hombres que trabajaban en sus tierras. Entre ellos, por ejemplo, mi vecino el coronel Ruiz, conocido por el «coronel del millón de pesetas». La historia que se contaba era que cuando trabajaba en Marruecos como habilitado, se había dejado tentar por un paquete que contenía un millón de pesetas en billetes, y subiéndose a su coche se marchó con él. Al descubrir que le perseguían, se detuvo junto a un kiosko de periódicos en Larache, envolvió los billetes en un papel impermeable, y los arrojó encima del kiosko. Le registraron nada más detenerlo pero al faltar la evidencia del robo tuvieron que dejarlo en libertad aunque le obligaron a retirarse del ejército. Dos años después volvió a Larache, encontró el hato de billetes todavía sobre el techo del kiosko y se lo llevó a casa. Gastó el dinero en comprar un buen cortijo en Churriana. Cuando unos años después el general Primo de Rivera subió al poder, a él le pareció prudente retirarse por una temporada a París. Pero tampoco esta vez se encontró evidencia alguna contra él, así que regresó a su casa. Como en el interregno había quedado viudo, se casó con su ama de llaves. Fue este matrimonio, más incluso que el escándalo financiero, lo que le distanció de los otros miembros de su clase, los cuales se negaron a aceptar a su mujer. Como represalia no quiso suscribirse al periódico conservador El Debate y lo hizo en cambio al liberal El Sol, aunque carecía de convicciones políticas. Esto le hizo bienquisto de la izquierda y cuando murió, su hijo, un simpático homo-sexual muy divertido, heredó su popularidad.

El panadero de Alhaurín, conocido con el nombre de el Guacho, había sido durante cierto tiempo buen amigo mío. Hacía un pan moreno excelente que traía todos los días a lomos de burro y, como era el primer anarquista que conocí, entablaba conversación con él frecuentemente. Estaba bastante al tanto de la literatura libertaria y se mostró muy cordial cuando le dije que había leído uno de los libros de Kropotkin y conocía incluso a uno de sus amigos. Era muy fanático en todo y especialmente sobre los alimentos. El vino, el café y el té eran en su opinión drogas perniciosas que había que prohibir, mientras que la carne y el pescado no sólo envenenaban el cuerpo sino que destruían las defensas morales. De hecho ni siquiera creía que fuera conveniente comer pan: si siguiéramos a la naturaleza como era nuestro deber, tendríamos que vivir únicamente de los frutos de la tierra sin cocinar.

Una de aquellas mañanas le alcancé por el camino mientras volvía en burro a su pueblo y fui andando a su lado algún trecho. No recuerdo cómo, las ejecuciones sumarias de los jóvenes de la FA.I. salieron a relucir.

«Es lo único que se puede hacer» dijo, «con los incurables. Por el bien de todos tenemos que empezar eliminando a unos cuantos; de no ser así nunca mejoraremos la situación del mundo. Y, ¿por qué ha de importarles tanto morir? En realidad no les importa, pero no se dan cuenta. La vida sólo tiene sentido para los que poseen una buena disposición. Los corrompidos y los malvados no conocen las verdaderas satisfacciones».

«Usted dice», repliqué, «que sólo unos pocos son malos. Pero cuando esos pocos hayan muerto, encontrarán ustedes otros. Y cuando esos hayan desaparecido, descubrirán más. Cuando se empieza a matar a los malos, ¿dónde pararse, si, como usted mismo admitió, todos los hombres tienen mucho de malo en ellos?».

«No, no», protestó. «Mataremos sólo a los incorregibles.

«Entonces» contesté, «acabarán ustedes por matarme también a mí. Aunque nunca me opondré a un régimen de libertad e igualdad, probablemente encontraré difícil aclimatarme a la vida de un bracero, por ejemplo, Es difícil cambiar de costumbres repentinamente. Los ricos quizá sean explotadores, pero arrojarlos a la calle sin más ni más sólo sirve para crear una nueva tiranía».

«Ah, pero usted lo entiende todo al revés» dijo. «Está usted pensando en el comunismo ruso, que para nosotros es lo mismo que esclavitud. Nadie le pedirá que cambie de costumbres, con la excepción quizá de unas pocas que obstaculicen la libertad de otros». «Bien» contesté, «déjeme decirle que soy un inglés liberal que odia el derramamiento de sangre y la revolución. Creo que debemos tratar de cambiar las condiciones sociales de manera gradual y usando la fuerza lo menos posible. Dentro de unos años el desarrollo científico nos permitirá abolir la pobreza y quizá también la riqueza. Pero una vez que ha llegado la revolución por culpa de los del otro lado, espero que tengan ustedes éxito en sus planes y consigan establecer el comunismo libertario. Aunque estoy seguro de que no lo conseguirán si matan a demasiada gente, porque la sangre llama a la sangre. Tienen que reeducar a sus enemigos, no destruirlos».

«Venceremos» dijo, arreando a su borrico. «Se respira ya la justicia. No se nos puede denegar por más tiempo».

Cuando seis meses más tarde los nacionalistas entraron en Málaga el Guacho se negó a huir: prendió fuego a su casa y murió entre las llamas.

Diez días después del alzamiento nos despertó una bomba de considerable tamaño que cayó a las cuatro de la madrugada; el ruido venia del aeródromo militar. Corrimos al mirador a tiempo para ver cómo, según todos los indicios, otra bomba iba a caer encima de la villa construida por don Carlos Crooke Larios, el anterior propietario de nuestra casa, junto a los hangares donde se hacían las reparaciones. Nos vestimos a toda prisa y salimos hacia allí con vendas y desinfectante por si había algún herido. Pero al llegar los encontramos a todos sanos y salvos: la bomba se había quedado un poco corta. Sin embargo, su casa estaba demasiado cerca del aeródromo para que resultase agradable, así que les invitamos a alojarse con nosotros.

La familia consistía en don Carlos y su mujer, con sus dos hijas y tres hijos, de los cuales el más joven era todavía un niño. Pronto descubrimos que habíamos tenido suerte al recibirlos como huéspedes. Don Carlos era un hombre alto, más bien corpulento, con una elegante nariz romana, completamente calvo y unos modales llenos de vida, casi de adolescente. Su mujer, doña María Luisa, era una de las mujeres más encantadoras que he conocido, esposa y madre devota, buena administradora y excelente cocinera, amable y con palabras cariñosas para con todo el mundo y todavía bien parecida a pesar de sus cuarenta y pico años. Estaban todos muy unidos pero no tenían dinero. Tratando de enriquecerse pasaron seis o siete años con una granja de ovejas en Tierra de Fuego, pero regresaron de aquellas heladas regiones tan pobres como se marcharon. Después se dedicaron a criar pollos. Aparentemente, habían venido a nuestra casa buscando un refugio contra las bombas, pero descubrí gradualmente que necesitaban aún más otro tipo de protección, porque don Carlos estaba muy implicado en el alzamiento.

Era una especie de Micawber, rebosante de optimismo y buen humor y siempre dispuesto a contar historias divertidas sobre sus experiencias. Una de ellas tenía que ver con la noche del alzamiento. Había ido a Málaga, nos dijo, a visitar a un amigo que regentaba un hotel y se vio inmovilizado allí al comenzar los disparos. Mientras tenía lugar el tiroteo frente a la Aduana, los francotiradores disparaban esporádicamente desde los tejados y las ventanas de la calle donde estaba el hotel. Un grupo de obreros armados se acercó para decir al propietario que como disparaban desde una de las ventanas del hotel iban a quemar el edificio. El dueño les rogó que registraran las habitaciones antes de hacerlo y ellos aceptaron pero no encontraron nada. Como seguían teniendo sospechas, ordenaron que todas las personas del hotel se sentaran delante del portal para que se les viera desde la calle. Esto era una prueba muy desagradable para personas de derechas, pero no tenían otra opción e hicieron lo que se les decía.

Don Carlos era un hombre muy observador y había notado con anterioridad que alguien disparaba a intervalos regulares desde una de las ventanas de los dormitorios. Se dedicó a tener los ojos muy abiertos para descubrir quién era. Entre las veinte personas, había una mujer de unos treinta años, soltera, con gafas y que había trabajado de oficinista en telégrafos. Comprobó que de cuando en cuando desaparecía durante unos minutos. La siguió escaleras arriba, vio cómo se acercaba a una ventana del segundo piso y disparaba hacia la calle con una browning.

Don Carlos habló con el propietario del hotel y la detuvieron cuando bajaba.

«No es un arma de verdad», dijo ella, entregando la pistola. «La uso para matar perros».

El dueño retiró la munición, limpió el cañón y se la entregó a la primera patrulla que pasó por allí.

«Tenía que estar un poco loca», dijo mi mujer.

«¿Loca?», exclamó don Carlos. «Oh, no; era una española típica».

Como ya he dicho, solía ir a Málaga todos los días en mi bicicleta y volvía con las noticias. Casi todos los actos de vandalismo agradaban a don Carlos. Cuando le dije que tanto la librería de derechas como el edificio de la prensa conservadora habían ardido hasta los cimientos se mostró encantado.

«Bien», exclamó. «Bien. Eso nos evitará el trabajo de tener que quemarlos nosotros».

Comprendí que era falangista y había ido a Málaga el día del alzamiento con una pistola en el bolsillo, dispuesto a usarla si las cosas iban bien. Ahora se pasaba las noches pegado a la radio escuchando Sevilla. Los programas sádicos del general Queipo de Llano le encantaban, mientras que su mujer no quería oírlos y decía: «Qué indecente! iVaya qué chulo!».

Hasta entonces yo no había sentido necesidad de tomar partido en la guerra. Por una parte no me gustaban las revoluciones y no tenía fe en la practicabilidad del comunismo libertario, y por otra sentía una fuerte antipatía hacia los generales sublevados. Ellos habían empezado esta guerra fratricida, completamente sin necesidad, según me parecía entender. Sin embargo, ¿debería tomar posiciones, por esa simple razón, en los asuntos internos de un país extranjero? Las emisiones sevillanas me hicieron cambiar de idea, inclinándome considerablemente a la izquierda. Los republicanos no tenían ningún Queipo de Llano. Era evidente que las ejecuciones masivas en Sevilla superaban con mucho a todo lo que pasaba en Málaga y habían comenzado desde el primer día. Mientras Sevilla, Córdoba y Granada estaban bañadas en sangre, en Málaga se trataba sólo de salpicaduras. Decidí inclinarme por el lado que matara menos. El grado de ferocidad estaba en relación inversa con el nivel de honradez y de civilización. Además, aunque de momento no le di demasiada importancia, la propaganda de los rebeldes se mostraba radicalmente hostil con los países democráticos. El liberalismo, proclamaban, constituía un primer paso hacia el comunismo: Roosevelt e incluso Chamberlain eran rojos o estaban muy cerca de serlo. Los rebeldes habían empezado a fusilar ya a todas las personas de ideología liberal. Se proclamaba a Hitler y Mussolini dirigentes de la nueva Europa. Parecía claro que la España nacionalista se pondría del lado de Alemania e Italia en la guerra que se avecinaba y estaría en condiciones de cerrar el Mediterráneo a nuestra flota. Sin embargo no fueron éstas las consideraciones que me decidieron. Mis simpatías naturales van siempre hacia el más débil y no con los opresores. Mis sentimientos, aunque no siempre mi razón, se inclinaban sin duda hacia la izquierda. Esto significaba que yo debía tomar partido por la clase obrera, tan cruelmente pisoteada, aunque me faltara fe en sus planes futuros.

En todas las revoluciones hay un momento de delirio y borrachera cuando se rompen las cadenas del pasado y hace su aparición un futuro dorado. Todos, hasta los enemigos del orden nuevo, son camaradas; todo el mundo ama a los demás. Este instante había sido ejemplificado en Málaga por las carreras desatadas de las patrullas motorizadas al día siguiente del alzamiento, pero la ciudad misma no había hecho la menor manifestación de júbilo. Las calles vacías, las casas carbonizadas y humeantes y los rostros sombríos expresaban la exasperación de la gente ante el ataque del que habían sido objeto. Sólo las banderas rojas y las colgaduras en las casas y en los vehículos hablaban de una revolución en marcha. Una revolución bien triste en la que nadie parecía saber qué hacer o adónde ir. De repente se produjo un cambio; por lo menos en las apariencias. Casi en una noche desaparecieron las banderas rojas o fueron reemplazadas por otras de la República. Esto se hizo por orden del gobierno y estaba encaminado a impresionar favorablemente a las potencias democráticas, de cuya actitud, se pensaba, iba a depender el resultado del conflicto. También se hicieron algunos intentos para impedir los fusilamientos no autorizados que, a medida que la rebelión militar progresaba, iban en aumento. Se colocaron guardias a las puertas de los hoteles y se pudo circular por el centro de la ciudad incluso de noche. Pero las ejecuciones continuaban. Después de cada ataque aéreo se sacaba de la cárcel a cierto número de hombres y se les fusilaba como represalia. Esto lo exigía la opinión pública y había que aceptarlo. Pero los asesinatos cometidos por los pequeños grupos terroristas eran otra cosa. Estos «incontrolados», como empezaba a llamárseles, aunque se les mantenía alejados del centro de la ciudad, dominaban en los barrios extremos y en los pueblos de alrededor. El gobernador civil, que se había visto obligado a enviar al frente las reducidas fuerzas de la policía, no podía hacer otra cosa que un llamamiento a los comités de los sindicatos, que eran los dueños de la ciudad. Estos respondieron afirmativamente, porque también se oponían a estas ejecuciones no autorizadas, de manera que Málaga se vio cubierta de carteles pidiendo en nombre de la C.N.T. y de la F.A.I., así como de los socialistas y comunistas, poner fin a estos crímenes que «manchan el buen nombre de la revolución». La razón de que las ejecuciones continuaran era la naturaleza de la F.A.I. No se trataba de un grupo organizado, sino que consistía en cierto número de grupos sin cohesión y sin autoridad central. Probablemente la mayoría de sus miembros desaprobaban por completo estas ejecuciones, pero el único medio de controlar a los grupos que las instigaban hubiera sido el uso de la fuerza. Y esto les desagradaba extraordinariamente. La primera víctima en todas las revoluciones es la moral.


Gerald Brenan
Memoria personal
Tiempo de Historia, números 80-81, julio-agosto 1981










2241. Lo que fue la Guerra de España para Gerald Brenan

Gerald Brenan (Edward Fitgerald Brenan)
Sliema, Malta, 7 de abril de 1894 - Alharín en Grande, 19 de enero de 1987)


El 19 de enero de 1987 fallecía en Alhaurín el Grande, Málaga, el escritor e hispanista Gerald Brenan. Le recordamos con el Epílogo de El laberinto español, publicado por primera vez en 1943 y prohibido en la España franquista. La Editorial Ruedo Ibérico consiguió que esta obra viera la luz en Paris en 1961. 



«El vencido vencido y el vencedor perdido»

La junta militar y el grupo de políticos de derechas que se alzaron contra el gobierno en julio, esperaba ocupar toda España, excepto Barcelona y quizá Madrid, en pocos días. Tenían a su disposición la mayor y mejor parte de las fuerzas armadas del país: la guardia civil, la Legión Extranjera, una división de tropas moras del Marruecos español, cuatro quintas partes de los oficiales de tropas moras del Marruecos español, cuatro quintas partes de los oficiales de infantería y artillería y cierto número de regimientos reclutados en el norte y, por lo tanto, de confianza. También contaban con las levas carlistas o «requetés», quienes habían estado ejercitándose secretamente durante algún tiempo y tenían también la promesa de tanques y aviones alemanes e italianos si era necesario. Contra todo eso el gobierno tenía solamente a la guardia de asalto y una pequeña y mal armada fuerza aérea. Pero, el plan de los rebeldes fue deshecho por el tremendo coraje y entusiasmo con que el pueblo se alzó para defenderse a sí mismo y por la lealtad de la marinería, que en el momento crítico les privó de la soberanía de los mares. Como cada lado poseía el control de una mitad de España, la guerra civil resultó inevitable.

En la esfera política las cosas no siguieron la línea que era de esperar. Después de un período de violenta revolución social, los «rojos» o «leales», como eran llamados los partidos que sostenían a la República, empezaron a inclinarse cada vez más hacia las derechas tomando, como sus eslóganes, «respeto hacia la propiedad del campesino», «no intervenir en los negocios de los pequeños comerciantes» y «no socialización de la industria». Al mismo tiempo adoptaron una actitud nacional y patriótica en defensa de su país contra la invasión extranjera. Lo que pareció extraño es que el principal propagandista y defensor de esta política fuese el numéricamente débil, pero en realidad muy influyente, Partido Comunista. Por su parte, los «nacionales» se sentían cada vez más bajo la influencia alemana e italiana y, para proporcionar a su bando algún apoyo de las masas, se vieron obligados a dejar la mayor parte del poder político a los falangistas y a aparecer con un programa social que, de haber sido tomado en serio, hubiese sido más drástico que todo lo hasta entonces propuesto por la República.

El resultado de la guerra fue decidido por la ayuda extranjera. Mientras había poco para elegir entre la competencia o incompetencia política y militar de ambos lados, casi todo el sostén de masas, entusiasmo y espíritu de sacrificio estuvieron de parte de la República. Los falangistas demostraron ser una simple Guardia de Hierro indisciplinada e irresponsable. Para un espíritu de cruzada, Franco sólo pudo contar con los carlistas. Pero la ayuda alemana e italiana fue mucho más poderosa que la de Rusia y por esta razón las fuerzas de Franco obtuvieron la victoria. 

Considerando primeramente el lado republicano, el alzamiento de las masas, que condujo a la derrota de la insurrección en Madrid y Barcelona, arrastró todo ante sí. El gobierno, que con el fin de impresionar a la opinión extranjera, estaba compuesto de liberales republicanos, conducidos por Giral, un amigo de Azaña, había perdido toda autoridad. Los trabajadores, a través de sus partidos y organizaciones sindicales se convirtieron en los auténticos conductores del país y en los organizadores de la guerra. Esto, podemos decir, fue la fase soviética de la revolución española y sería un error, creo yo, el considerarlo como un fenómeno puramente revolucionario en el sentido corriente de esta palabra. En algunas ocasiones anteriores, en la historia de España, el pueblo ha echado a un lado a sus débiles e ineptos gobiernos y tomado la dirección de los asuntos entre sus propias manos. Esto sucedió especialmente en la guerra contra Napoleón, cuando las juntas locales, compuestas por hombres de todas las clases y opiniones, pero especialmente de curas y de artesanos, fueron los órganos realmente efectivos de resistencia. Aquella fue también, en cierto aspecto, una guerra civil, como la de 1936 puede igualmente ser considerada como una guerra de defensa contra el invasor extranjero. Así, fue natural que las juntas de 1808 fueran reencarnadas por los comités de trabajadores de julio-octubre de 1936. 

La función de aquellos comités era triple. Por medio de las milicias que armaban y organizaban, sostenían la guerra contra las fuerzas enemigas. Por el terrorismo destruían o intimidaban al enemigo que se hallaba en su zona. Tomaron las fábricas y las tierras que habían sido abandonadas por sus dueños y en un sentido u otro las hacían trabajar. Allí donde los comités eran anarquistas existía una política definida de colectivización que pretendía ser una preparación de la revolución social en marcha. 

Mucho se ha escrito sobre el terror rojo de los dos primeros meses. En el fondo fue un movimiento espontáneo, que correspondía a las necesidades de una guerra revolucionaria, en la que el enemigo de dentro es tan peligroso como el enemigo de fuera y, a pesar de muchas protestas públicas y privadas, concordaba perfectamente con la política y con los sentimientos de los partidos del Frente Popular, excepto de los republicanos. Las víctimas eran seleccionadas por comités integrados por los tres partidos de la clase trabajadora y ejecutadas por grupos pequeños de hombres que los sacaban de sus casas en las tranquilas horas de la noche y se los llevaban en automóvil. A más de estos «paseos», existían las ejecuciones en masa de fascistas sospechosos sacados de las cárceles por las turbas y fusiliados en represalias por algún raid aéreo o como pago por las atrocidades fascistas. Pero los actos más típicos del terrorismo de masas fueron los cometidos por la columna de Durruti en Aragón o por las milicias de Madrid, camino del frente. En su irresponsabilidad y falta de piedad, como también por sus implicaciones sicológicas, fueron el duplicado de las matanzas de septiembre de 1792. Las tropas, en su marcha hacia el frente, limpiaban el camino para la revolución y se aseguraban de que no capitularía el gobierno ni habría un alzamiento quintacolumnista en su ausencia.

La reacción contra este terror revolucionario empezó después del 25 de agosto, cuando las noticias de la matanza de Badajoz llegaron a Madrid. La indignación causada fue tan grande que una matanza general de los prisioneros políticos sólo pudo ser evitada por la creación, por parte del gobierno, de un tribunal revolucionario. Aunque este tribunal sólo juzgaba las causas por alta traición y rebelión, era una válvula de seguridad para la opinión pública, que por aquel tiempo ya empezaba a condenar las ejecuciones irregulares. Durante septiembre y octubre éstas disminuyeron grandemente, continuando sólo aquellas que se podían atribuir a los «incontrolables» y cuyos ejecutores solían ser grupos de terrotistas venidos de las filas anarcosindicalistas. Estas fueron también disminuyendo gradualmente, con ayuda de la misma FAI, de manera que a fines del año las «eliminaciones» no autorizadas habían cesado prácticamente. Su lugar vino a ocuparlo un terror policíaco que, bajo la creciente influencia comunista, era ejercido casi por igual contra miembros disidentes de las izquierdas que contra fascistas sospechosos. Aunque causó en comparación pocas muertes, pues si bien las prisiones estaban llenas las ejecuciones eran raras, dañó a la moral del lado republicano porque aumentó la atmósfera de sospecha y de odio mutuo entre los diferentes partidos antifascistas que debían haber cooperado lealmente.

La otra función importante de los comités fue la de apoderarse de las tierras, fábricas y negocios cuyos dueños habían desaparecido o eran considerados como reaccionarios, es decir, de casi todas las propiedades de todos los tamaños. No había una regla general para llevarlo a la práctica. El procedimiento fue dejado a la discreción de los comités locales y aun el gobierno del Frente Popular el 4 de septiembre, con Largo Caballero a la cabeza, se abstuvo de dictar cualquier política general sobre el particular. En el territorio dominado por la UGT las haciendas eran, por regla general, ocupadas por el ayuntamiento o por oficiales del Instituto de Reforma Agraria y los trabajadores continuaban siendo pagados con los mismos salarios de antes. A menudo no eran confiscadas, sino simplemente administradas en nombre del dueño, quien continuaba habitando en su casa y percibía una pequeña paga mensual. Solamente en aquellas áreas en que la Federación de Trabajadores de la Tierra, de la UGT, había establecido anteriormente colectividades se llevaron a cabo verdaderas colectivizaciones. El ejemplo cundió, los pequeños campesinos y labradores tomaron la cosa entre sus manos y los dirigentes de la Reforma Agraria hacían lo necesario para legalizar la situación. Esto sucedió por toda Castilla la Nueva y en la Mancha. Lo que nunca se pudo ver fue (excepto ocasionalmente en Cataluña y en Aragón) el reparto de tierras entre los campesinos. Esto fue debido a que, tanto la UGT como la CNT no lo veían con buenos ojos.

Los anarquistas, por otro lado, tenían su política de colectivización de la tierra y de la industria e hicieron todo lo posible por ponerla en práctica. Para ellos era éste el primero y más importante paso a dar en una revolución social. Lejos de mirar la guerra como una simple lucha contra el fascismo, veían en ella la oportunidad que habían esperado tanto tiempo de crear un nuevo tipo de sociedad y sabían perfectamente que si fracasaban en la realización de un hecho consumado en los primeros días de la lucha, serían barridos por los acontecimientos y derrotados. Más aún, creían que se ganaría la guerra solamente si la revolución social llegaba hasta las líneas de fuego. El bando que mostrara más espíritu de sacrificio y devoción a la causa era el que debía vencer, y para que los trabajadores se elevaran a las alturas pedidas por ellos, habría que darles alguna prueba de que les esperaba un mundo nuevo y mejor. Si esto se llevaba a cabo, la disciplina y organización tan cacareadas por los comunistas se impondrían automáticamente. Por esta razón, colectivizaron en los primeros días de la guerra todas las grandes y algunas de las pequeñas industrias de Cataluña, instaron a los campesinos para que colectivizaran, no solamente las grandes propiedades que habían sido expropiadas sino igualmente, sus propias tierras, y en algunos casos, aunque ello era contrario a sus tácticas oficiales, usaron de la fuerza para obligarlos a ello. Hubo a menudo una conexión entre las «eliminaciones» de dueños de fábricas y hacendados y estas expropiaciones.

¿Tuvieron éxito aquellas colectividades? Hay gran cantidad de evidencias que demuestran que lo tuvieron en algunos casos en un grado sorprendente. Hasta un observador tan escéptico como el doctor Borkenau quedó atónito ante la efectividad de algunas de las grandes industrias de Barcelona y muchos están de acuerdo en que las colectividades organizadas en el campo catalán trabajaron admirablemente. Debemos recordar, no obstante, que allí los anarquistas tenían a su disposición el ingenio y buen sentido de los negocios, tan característicos del pueblo catalán. Hemos visto cuan admirablemente funcionaban en Cataluña antes de la guerra las colectividades organizadas por las sociedades cooperativas. Fuera de esta región las colectividades anarquistas tuvieron menos éxito. En Andalucía fueron emprendidas de mala gana por la CNT y dejadas languidecer o, por el contrario, fueron impuestas por un pequeño número de militantes con espíritu fanático. Pero, hay que reconocer que en Andalucía había carencia absoluta de las necesarias máquinas agrícolas.

El final de estas grandes colectividades industriales no fue tan feliz como el principio. El gobierno central, y especialmente los comunistas y socialistas que lo integraban, querían ponerlas bajo el control directo del Estado. Con este designio, dejaron de proveerlas de créditos para poder comprar materias primas y así, tan pronto como las reservas de algodón se agotaron, las fábricas de tejidos dejaron de trabajar. Otras industrias que habían sido adaptadas a la fabricación de municiones estaban algo mejor, pero empezaban a estar cansadas de los nuevos órganos burocráticos del Ministerio de Abastacimientos, y en perpetua lucha para mantener su existencia independiente. A pesar de la ayuda que les dio la Generalidad catalana, el fin de la guerra las vio en camino de ser absorbidas por el Estado. En otras palabras, el hecho de que los anarquistas no fuesen lo suficientemente fuertes en los primeros días de la guerra para abolir el Estado completamente, explica el fracaso parcial de sus experimentos sobre las colectivizaciones libres. Ningún gobierno, y menos aún los que han nacido en tiempos de agitación, puede permitir que las grandes industrias del país se gobiernen a sí mismas, aunque, en este caso, la posición de Cataluña frente a Madrid daba lugar para una excepción.

Entretanto, las fuerzas insurgentes, con la ayuda de cierto número de tanques y de escuadrillas de aviones de bombardeo italianos, habían llegado hasta los suburbios de Madrid siendo contenidas en aquel punto. Del lado de los insurgentes reinaba también el terror. Parece probable que los generales y políticos que habían iniciado la revuelta hubieran pensado en cierta dosis de terrorismo con el fin de intimidar a sus enemigos y para librarse de los más peligrosos de los dirigentes de los partidos de la clase trabajadora del lado opuesto. Pero, debido al fracaso del golpe de estado y a la erupción de milicias falangistas y carlistas con sus listas de víctimas previamente preparadas, la escala de las ejecuciones que tuvieron lugar excedió a todas las precedentes. Andalucía, en donde los partidarios de Franco eran una ínfima minoría, y donde el comandante militar, Queipo de Llano, era una figura patológica, que recordaba al conde de España de la primera guerra carlista, fue anegada en sangre. La famosa matanza de Badajoz fue simplemente el acto culminante de un ritual que había sido representado en cada ciudad y pueblo del sudoeste de España.

El norte no escapó tampoco a la matanza. Cualquiera de quien se supiese que había estado en conexión con el movimiento republicano, a menos que buscando seguridad hubiese ingresado en la Falange, era fusilado sin piedad. Francmasones de la clase media y liberales fueron víctimas igualmente que comunistas y socialistas. Se repetían hasta causar histeria leyendas de atrocidades cometidas en el otro lado. Desgraciadamente la Iglesia, que podía haber representado un elemento moderador, aplaudía estos horrores. Todo lo que sus enemigos habían dicho de ella parecía ser verdad cuando se veía que bien pocas voces se alzaban en nombre de la caridad cristiana para oponerse a este torrente de ejecuciones. Cuántos cayeron delante del piquete de ejecución es imposible saberlo, pero los relatos de testigos, que acentúan la prolongada y sistemática naturaleza de la «purga», junto con la evidencia de la historia, que demuestra que el terror blanco es peor que el rojo, nos conduce a suponer que, por cada persona ejecutada en el territorio del gobierno, dos o tres fueron ejecutadas en la zona rebelde durante los seis primeros meses de la guerra. En Andalucía la proporción fue probablemente mayor.

El método de ejecución fue similar al del lado republicano. Las víctimas eran sacadas de sus casas, llevadas en camionetas conducidas por jóvenes falangistas y carlistas, hacia las afueras de la ciudad y fusiladas allí mismo antes del amanecer. Nada es tan semejante, dijo Galdós, a un alzamiento de españoles revolucionarios, como un alzamiento de españoles reaccionarios. Pero también hubo ejecuciones sin previo juicio todos los días en las prisiones y ello durante largo tiempo, hasta el extremo que se llenaron y se vaciaron repetidas veces por ese sistema. Esto no sucedía con tanta extensión en el otro lado porque las autoridades republicanas eran fuertemente opuestas al terrorismo y pusieron fin al mismo tan pronto como les fue posible, mientras que del lado nacionalista eran los terroristas mismos, falangistas y carlistas, los que tuvieron a su cargo la organización de la retaguardia durante toda la guerra. Pasó el tiempo, regularizando un tanto la situación, y las ejecuciones disminuyeron. No obstante, volvían a las andadas cuando algún palmo de territorio había sido conquistado. La voluntad de exterminar a sus enemigos nunca faltó a los nacionalistas.

El factor decisivo en la guerra fue, como ya se ha dicho anteriormente, la intervención extranjera. Alemania e Italia sostuvieron a los generales rebeldes desde el principio. Stalin solamente se decidió a intervenir en septiembre. Debe advertirse que hubo diferencia en el método de prestar ayuda. Los dictadores fascistas trataron directamente con Franco y sus generales enviándoles el material de guerra. Aunque animaban a los falangistas nunca hicieron de ellos sus representantes en España, sino, como ya habían hecho en Rumania, les tuvieron como una especie de levadura o fermento para presionar sobre el gobierno. Stalin, de otra parte, vio que las armas que enviaba y las brigadas internacionales que organizaba le asegurarían el dominio del Partido Comunista. Se podía confiar en que éste por sí solo miraría por los intereses soviéticos.

La política a seguir por ellos en España está contenida en una carta escrita por Stalin a Largo Caballero y fechada el 21 de septiembre de 1936. En ella le recomienda que se atraiga a los campesinos solucionando las cuestiones agrarias y reduciendo los impuestos; atraerse también a la pequeña burguesía, impidiendo las confiscaciones y respaldando sus intereses; introducir a los dirigentes republicanos en el gobierno, y tranquilizar al capital extranjero. Hay que reconocer que, desde el punto de vista de ganar la guerra, estos consejos eran extremadamente sensatos. El sostén de la clase media, que se había hecho profundamente antagónica por las expropiaciones de los anarquistas, era muy importante. Los campesinos necesitaban también ser tranquilizados y satisfechos. Era también urgente el ganarse las simpatías de las democracias, que habían quedado un tanto perplejas ante las confiscaciones y el terrorismo. Como muchos preveían por aquel tiempo, la guerra se perdería o se ganaría en Londres. Esta era la política que más se acomodaba con los mismos comunistas. Rusia es un país totalitario gobernado por una burocracia. La mentalidad de sus dirigentes, que se han elevado a través del más terrible alzamiento de la historia, es cínica y oportunista. Toda la construcción del Estado es dogmática y autoritaria. Esperar que semejantes hombres puedan dirigir una revolución social en un país como España, en donde el más ardiente idealismo está combinado con una gran independencia de carácter, está fuera de lugar. Los rusos pueden, es verdad, pedir mucho idealismo a sus admiradores extranjeros, pero con él solamente pueden llevar a la creación de un Estado burocrático de hierro en donde todos piensan igual y en donde cada uno obedece las órdenes de su superior.

Otro factor que los empujaba a tomar posición más bien en la derecha que en la izquierda del movimiento del Frente Popular fue el profundo disgusto que sentían por todos los revolucionarios españoles. Nadie es tan severo con los excesos de la juventud como los libertinos reformados o convertidos. Los comunistas sentían un odio inmenso y una gran reserva hacia lo que ellos llamaban trotskismo, palabra que servía para cubrir igualmente al pedante marxismo del POUM, al moral y revolucionario entusiasmo de los anarcosindicalistas y a las izquierdas socialistas. Como ya hemos dicho, probablemente estaban en lo justo en su apreciación de que el momento de aquellos partidos había pasado. En la misma España una revolución triunfante no puede ser llevada a buen término por obreros y campesinos sin tierra sin la ayuda de una amplia sección de lo más enérgico y capacitado de la clase media. Pero semejante admisión envolvía una contradicción de todo lo que habían dicho y hecho en el pasado. Cuando acusaban a los anarquistas de ser un «ala infantil de las izquierdas» olvidaban que solamente dos años antes habían sido los más extremistas e intratables de todos los partidos y organizaciones revolucionarias del país. 

Como hemos visto, la intervención rusa dio a los comunistas una posición que no habrían tenido nunca de otro modo en España. El poder de distribuir las armas que llegaban puso a los anarquistas en sus manos. La CNT aceptó la situación y rompió el más sagrado de sus tabúes entrando a formar parte del gobierno. El prestigio de la Brigada Internacional, que había salvado a Madrid, fue otro factor. Además, parece ser que Stalin había estado en lo cierto al pensar que una moderada línea de izquierda era la que más prometía en el futuro para su partido. Incapaces de atraerse a los trabajadores manuales, que permanecían firmemente en sus sindicatos, los comunistas fueron un refugio para todos aquellos que habían sufrido por los excesos de la revolución o que tenían miedo a ser arrastrados por la misma. Naranjeros católicos, «buenos para todo», de Valencia, campesinos de Cataluña, pequeños tenderos y hombres de negocios, oficiales del ejército y empleados del gobierno entraron en sus filas. En Cataluña, donde el miedo y el odio hacia los anarquistas era muy grande, fueron lo bastante hábiles para combinar los varios grupos socialistas (todos eran de la derecha y había pocos trabajadores manuales) en un solo partido, el PSUC que fue afiliado al Komintern. Algunos miembros de la Esquerra y de los Rabassaires ingresaron en este partido, como también ciertos ricos fabricantes ocuparon buenos puestos en el mismo. Así, nos hallamos ante una nueva y extraña situación: de un lado estaba la gigantesca masa proletaria de Barcelona con su larga tradición revolucionaria y del otro estaban los empleados y la pequeña burguesía de la ciudad, organizados y armados por los comunistas contra aquella.

Pero, seria un error suponer que los comunistas debían su éxito, simplemente a su control de las armas enviadas por Rusia y a su aversión por la revolución social. Poseían además un dinamismo que no tenía ningún otro partido del gobierno español. Poseían además un dinamismo que no tenía ningún otro partido del gobierno español. Por su dinamismo, su capacidad de organización, su orientación y, sobre todo, su conocimiento de la técnica moderna política y militar, representaban algo nuevo en la historia de España. Con fervor de misioneros (la mayor parte de la juventud estaba con ellos), se propusieron vencer la tradicional inercia y pasividad del temperamento burocrático español. Hay que admitir que con los relativamente escasos medios de que disponían tuvieron bastante éxito en su empeño. Crearon de la nada un magnífico ejército y un estado mayor que obtuvo victorias contra poderosos enemigos. Su propaganda fue hábil e ingeniosa. Durante dos años fueron el corazón y el alma de la resistencia antifascista. Comparados con los falangistas del otro lado, que nunca fueron más que una pálida imitación de sus maestros italoalemanes, muy aplicados a limpiar la retaguardia pero cuidadosos de no arriesgar sus vidas en la batalla, la superioridad es evidente. Pero no fue fácil a los otros partidos el entenderse con ellos. Tenían una creencia fija de su superior conocimiento y capacidad, siendo incapaces de una discusión racional. Les salía por los poros su espíritu rígido y totalitario. Su sed de poder y mando era insaciable, con una carencia absoluta de escrúpulos. Para ellos, ganar la guerra significaba ganarla para el Partido Comunista y estuvieron siempre dispuestos a sacrificar cualquier ventaja militar con el fin de impedir a otro partido rival, de su mismo bando, que fortaleciera su posición. Así, mantuvieron el frente de Aragón sin armas, para exasperar a los anarquistas, e impidieron una ofensiva verdaderamente prometedora en Extremadura porque el éxito de la misma hubiera recaído sobre Largo Caballero.

Quizá más grave que todo esto fue su falta absoluta de moral y de integridad política. Su oportunismo se extendía hacia todas las cosas. Parecían no tener programa que no pudiera ser invertido, si esta inversión les prometía una ventaja, y estaban igualmente dispuestos a servirse de la clase media contra el proletariado, como del proletariado contra la clase media. No hay duda de que los métodos históricos del marxismo encierran en sí mismos una gran cantidad de elasticidad. Su marcha atrás en tantos de sus dogmas pasados recuerda los hechos de aquellos misioneros jesuítas del siglo XVII que, para mejor convertir a los chinos, suprimían en sus predicaciones toda alusión a la crucifixión. Esta comparación no puede ser más exacta. Por su devoción hacia una institución más bien que hacia un ideal, hacia un papa extranjero más que a una comunidad nacional seguían el camino trazado por Ignacio de Loyola. Su actitud en España era muy parecida. Del mismo modo que los jesuítas del tiempo de Laínez volvieron la espalda al gran movimientu místico y ascético de su tiempo y trabajaron para reducir todas las cosas a un nivel muerto de obediencia y devoción, así los comunistas mostraron que la gran cantidad de sentimientos que acompaña a una revolución eran desconocidos por ellos. Ponían mal gesto en todos sus impulsos, tanto los creadores como los crueles y aplicaban un espíritu severamente práctico a todas sus manifestaciones. Así, no solamente desaprobaban las colectividades industriales y campesinas que se habían formado espontáneamente, e inundaban el campo de una policía que, como la OGPU rusa, actuaba más bien bajo las órdenes del partido que bajo las del Ministerio de Gobernación, sino que con sus perpetuas intrigas y maquinaciones roían la fibra de los varios partidos del Frente Popular y de las dos grandes centrales sindicales de cuya firmeza y solidaridad dependían las fuerzas republicanas.

El efecto sombrío de esta actitud no puede ser exagerado. Los movimientos revolucionarios surgen de abajo y son nutridos con nuevos deseos e impulsos. España es precisamente una tierra en la que semejantes impulsos burbujean constantemente en la superficie viniendo de lo más profundo. En ningún país de Europa hay tanta espontaneidad de palabra y de acción, tan diferentes de la restricción y de la reglamentación. Cuando en medio de la guerra de liberación los comunistas aparecieron como profesionales y expertos, no se dedicaron a armonizar esos impulsos y dirigirlos hacia una victoria militar, sino que hicieron todo lo posible por suprimirlos completamente. Su naturaleza y su historia les hizo destruir lo local y espontáneo y poner toda su fe en el orden, la disciplina y la uniformidad burocrática. Se puede replicar que estos deseos de orden corresponden a una fase inevitable de todas las revoluciones. Pero los comunistas no eran, como Robespierre y Bonaparte, el producto de un fenómeno nativo, sino que eran un producto de importación, ya preparado, venido de fuera y que actuaba bajo las órdenes e intereses de un dictador extranjero. He aquí por qué, con todo lo rápido que fue su progreso y con todo lo fecundo que es el suelo español para toda semilla burocrática, nunca consiguieron arraigar en él firmemente.

Podemos ahora, a la luz de estas observaciones, examinar brevemente la historia de la guerra del lado de la República. A fines de 1936, el período de los comités y de la revolución social había pasado y el bien armado PSUC se enfrentaba con la CNT en Cataluña. Un estado de tensión se creó al instante. La primera crisis vino en enero. La presión comunista sobre el gobierno era grande y por un momento se pensó en la inminencia de un golpe de Estado y de que las brigades internacionales marcharían sobre Valencia. Pero, hubo una combinación de todos los partidos contra ellos obligándolos a apartarse un poco del camino. No obstante, la cuestión de un aumento de su poder no era la sola cosa que ambicionaban. Querían un ejército regular, en lugar de las milicias; el fin de todas las medidas revolucionarias; una centralización más grande y una conducción más eficiente de la guerra. En esto último Prieto y Negrín con casi la mitad de los socialistas y todos los republicanos, los sostenían. En otro lado estaba el jefe del gobierno Largo Caballero, con su grupo socialistas de izquierdas y toda la CNT. Los acontecimientos se precipitaron cuando en mayo, de resultas de un incidente mal conocido, hubo tres días de lucha en las calles de Barcelona. La masa de la CNT y de la FAI no se movió y sus dirigentes hicieron todo lo posible por poner fin al conflicto, pero esto no impidió a los ministros comunistas el pedir la completa supresión de los sindicatos de Cataluña y que la prensa catalana y la policía se subordinaran en la práctica al control comunista. Largo Caballero rechazó estas exigencias, pero la insistencia comunista consiguió la supresión del POUM, quien, como hereje trotskista, era especialmente odiado por Stalin, y la acusación a sus dirigentes de los absurdos cargos de traición y colaboración con el enemigo. Aunque los otros miembros del gobierno evitaban cualquier ejecución, Andrés Nin, la principal figura del POUM (Maurín estaba en poder de Franco) fue secretamente asesinado en la cárcel. Pocos fueron los que lloraron la suerte de estos marxistas de izquierda y los anarquistas no podían por menos que considerarse los próximos en la lista.

Los sucesos de Barcelona ocasionaron la caída del gobierno de Largo Caballero. Prieto como ministro de Defensa y Negrín como ministro de Hacienda lo sucedieron con un gabinete en el que se encontraban comunistas y republicanos, pero no anarcosindicalistas. Prieto, llevado al poder de los comunistas, se vio pronto en serios conflictos con ellos. El terreno principal de su desacuerdo fue la cuestión del control del ejército. Los comunistas estaban intentando aumentar su apoyo e influencia sobre todas las fuerzas armadas y Prieto estaba determinado a oponerse a ello. Todos recordaban que después de la última guerra civil el ejército había gobernado el país durante toda una generación. Si los comunistas podían poner las tropas a su lado serían capaces, como lo habían sido los liberales en 1840, de imponer una dictadura militar. Los medios por los cuales esperaban realizarlo eran el nombramiento de oficiales comunistas y la propaganda llevada a cabo por los comisarios políticos. Gracias a los buenos oficios de Álvarez del Vayo, quien estaba en el Comisariado de Guerra desde octubre de 1936, casi todos los comisarios eran comunistas, pero la asignación era de uno por batallón y ellos insistían ahora para que fuese uno por compañía. Se dijo que la Pasionaria había advertido a Prieto que si no se hacía así no habría más ayuda de parte de Rusia. Gracias a la política anglo-francesa de no intervención, los comunistas tuvieron en las armas de Rusia una palanca que no les falló nunca, pues cualquiera que fuese la inclinación política íntima de los ministros socialistas y republicanos, sabían que un rompimiento con Stalin era la pérdida inmediata de la guerra. Prieto se inclinó ante lo inevitable y abandonó el gobierno (abril de 1938).

Después de esta dimisión, que condujo a una reorganización del gabinete, la influencia comunista alcanzó su punto culminante. El ministro de Justicia vasco, Irujo, y el ministro de la Esquerra dimitieron como protesta y la dirección de la guerra quedó en las manos de Negrín, Álvarez del Vayo y el comunista Uribe. Los comunistas, de hecho, eran indispensables y Negrín, cuyas opiniones políticas estaban mal definidas y que ponía por encima de todo la necesidad de ganar la guerra, tuvo cuidado de mantener una estrecha relación con ellos.

Los últimos meses de la lucha vieron, no obstante, una disminución de su fuerza. Gradualmente durante los dos últimos años se habían infiltrado y penetrado a la manera nazi, en los distintos órganos de la administración y del ejército hasta tener ahora en sus manos muchos de sus puntos estratégicos. Como ya hemos visto, casi todos los comisarios políticos del ejército eran comunistas y el subsecretariado de Propaganda, que era el departamento del gobierno que dirigía la misma, se convirtió también en una organización del partido. Controlaban el departamento de cifrados y, excepto en Madrid, la nueva policía política, además de la cual ya tenían ellos, naturalmente, su propia policía y sus cárceles dirigidas por la OGPU. En el ejército, las mejores divisiones eran las suyas. Aunque la masa de la UGT (excepto las Juventudes, que se habían sumado a ellos en los primeros días de la guerra) había resistido a la incorporación, muchos de los dirigentes sindicales se inclinaban hacia ellos. A pesar de todo eso, tan pronto como se vio claro que Stalin se retiraba de su aventura española y que no habría más envíos de armas, su influencia empezó a disminuir. En el gobierno, los socialistas y los republicanos pudieron adoptar una actitud más fuerte contra ellos. La insustancial naturaleza de su poder, dependiente del prestigio y del éxito, resultó evidente.

Hay muy poco que decir sobre la evolución política del lado de Franco. Los primeros seis meses pasaron sin la menor traza del entusiasmo y alborozo que habían sido vistos entre los republicanos. La atmósfera en Burgos y en Salamanca, como han admitido ardientes simpatizantes fascistas, estaba cargada de odio y de recelos. La primareva de 1937 vio una crisis similar a las que habían ocurrido del lado republicano. Los «camisas viejas» de Falange, conducidos por el secretario del partido, Manuel Hedilla, tomaron en serio el programa de José Antonio y pidieron que se pusieran rápidamente en ejecución los veintiséis puntos que contenía y que habían sido adoptados por Franco. Solamente esto, decían, daría a los nacionalistas el movimiento de masas que necesitaban para ganar la guerra. Esto fue un pálido reflejo de la querella entre socialistas de izquierda y comunistas. Los que seguían a Hedilla eran pocos y la administración de Franco se sintió lo suficientemente fuerte para tratar con él vigorosamente, ya que ni los italianos ni los alemanes lo apoyaban. Hedilla, junto con los principales de sus seguidores, fue detenido y encarcelado.

Al mismo tiempo carlistas y tradicionalistas, que se habían unido recientemente, junto con los monárquicos y con el remanente de la CEDA, opusieron resistencia. Franco trató con ellos por medio de un decreto obligándoles a unirse a la Falange y asumiendo él mismo la dirección del nuevo partido que fue conocido como Falange Española Tradicionalista. Al mismo tiempo exiló al dirigente carlista Fal Conde. Dos meses después, la muerte del general Mola, el más inteligente de todos los militares de la Junta y fuertemente antifalangista, fue un nuevo golpe para ellos, ya que habían abrigado siempre la esperanza de que suplantaría a Franco. Después de esto su influencia, como en el lado opuesto la de los anarcosindicalistas, declinó. Las derechas y las izquierdas nacionalistas habían sido puestas en su lugar.

En adelante el poder estuvo dividido entre el ejército y los «camisas nuevas» como se llamaba a los que habían ingresado en el movimiento a partir de febrero de 1936. Estos eran una amalgama de gente de todas clases: empleados del gobierno, nuevos ricos, intelectuales de segunda fila, abogados y doctores, con toda esa tribu de gentes necesitadas y ambiciosas que en todos los países (y especialmente en uno tan pobre como España) se suman a los partidos que tienen puestos de trabajo para ofrecer. La burguesía andaluza estaba bien representada y había un fuerte movimiento juvenil, ya que debemos recordar que toda la organización de Juventudes de la CEDA se había adherido a la Falange poco antes de estallar la guerra civil. La masa fue proporcionada por ex anarquistas y socialistas que ingresaron para poder salvar la piel. Estos elementos eran casi los mismos que habían creado el partido comunista del otro lado. Allí, no obstante, terminaba la analogía: la disciplina era floja, pues no había realmente un lazo de unión. No tenían hechos militares en su crédito, pues el ejército y los carlistas habían hecho toda la guerra y los «camisas viejas» que podían haber dado alguna cohesión habían sido barridos por los recién llegados. No tenían ni un caudillo auténtico, ya que Franco era simplemente un general como otros muchos, que había llegado al poder por un accidente, y al que faltaban singularmente las cualidades que deben adornar a un verdadero caudillo. Su propio dirigente José Antonio, había hallado la muerte ante un piquete de ejecución republicano. Así, la Falange nunca consiguió ser un partido fascista coherente sino que fue siempre una manada de cazadores de gangas unidos a una vociferadora y poco respetable guardia de hierro. Pero no tuvo rival, pues, el ejército, dividido como estaba entre profalangistas y monárquicos, proalemanes y quienes no podían ver a los extranjeros, y dominado a su vez por los vaivenes de la guerra, tendía a rehuir la política.

Una vez más, en el verano de 1938, se produjeron trastornos entre los nacionalistas. Esta vez era entre los oficiales del ejército. El general Yagüe pronunció un discurso en el que trató a los alemanes e italianos de aves de presa y ensalzó el valor de los soldados republicanos. Hubo motines en varios lugares. En ese tiempo Negrín publicó sus trece puntos con vistas a crear un ambiente favorable para una reconciliación. Era éste el momento para el gobierno inglés de repudiar la estúpida y cínica farsa de la no intervención y anunciar a los alemanes que no se consentirían nuevos envíos de armamentos. Esta acción pudo muy bien haber conducido a un armisticio. Pero la política de apaciguamiento estaba en su cenit y Chamberlain no vio nada de extraordinario ni perturbador en la perspectiva de una victoria de alemanes e italianos. Incluso hizo una presión fuerte sobre el gobierno francés para que cerrase sus fronteras con España. En estas circunstancias (Rusia había retirado ya su ayuda) fue realmente un milagro que el gobierno español pudiese continuar resistiendo hasta marzo de 1939.


Gerald Brenan 
El laberinto español. Antecedentes sociales y politicos de la guerra civil, 1943