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2686. La participación de la URSS en la Guerra Civil Española


Josep Puigsech Farràs / Heraldo de Madrid 

La documentación primaria procedente de los actuales archivos de la Federación Rusa, otrora integrados en la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), se ha erigido durante los últimos quince años en la columna vertebral que ha permitido llevar a cabo una reconstrucción seria del papel que jugaron los soviéticos en la Guerra Civil Española de 1936-1939. Así, pues, suposiciones y/o interpretaciones ideologizadas totalmente distorsionadas han acabado sucumbiendo ante la realidad que recoge la documentación que estuvo guardada con un celo absoluto hasta el final de la Guerra Fría. El camino que se ha recorrido en los últimos años tiene un valor inmenso, aunque, ciertamente, aún quedan fondos no accesibles a los investigadores –como también sucede, por cierto y sin ir más lejos, con parte de los materiales británicos o franceses sobre la guerra de España-.

Esta base empírica nos permite afirmar, con rotundidad, que la participación de los soviéticos en la guerra de España no correspondió a la de unos diablos rojos, pero tampoco a la de unos ángeles blancos. No fueron figuras maléficas que pretendieron, y consiguieron, dominar la España republicana e imponer su modelo de Estado, avanzando así lo que serían los Estados satélites de la URSS durante la Guerra Fría. Tampoco fueron unas almas caritativas que lucharon altruistamente frente a un bando sublevado al que identificaban como fascista.

La URSS de Yosif Stalin entró en la guerra de España debido, fundamentalmente, a dos factores. Uno, externo al país de los soviets. Y, el otro, derivado del primero, un elemento interno. Respecto al primero, se trató de la internacionalización de la Guerra Civil. El motivo fue la ayuda inmediata que recibieron las tropas sublevadas por parte de las potencias fascistas alemana, italiana y portuguesa, lo que, posteriormente y unido a la petición desesperada y rechazada del Gobierno de la República para recibir ayuda internacional por parte de las potencias liberales como Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, forzó al ejecutivo republicano a pedir ayuda a Moscú como opción alternativa. El otro elemento fue la Política de Seguridad Colectiva. Es decir, la lógica de la política exterior de la URSS en los años treinta. Stalin, consciente del peligro real que suponía la expansión territorial del fascismo en Europa, buscaba una alianza con Londres y París para frenarlo. Si no lo detenía podría implicar a medio/largo plazo un ataque sobre la URSS –y así se evidenció en la Segunda Guerra Mundial-, en tanto que enemigo ideológico de las potencias fascistas. En definitiva, una España fascista aumentaba el peligro potencial para la integridad territorial URSS. Moscú quería evitarlo y, si era posible, incluso tenerla como aliada –que no un satélite- en el Mediterráneo.

Entonces, ¿en qué consistió la presencia soviética en España? La prioridad fue conseguir la victoria militar de la República en el campo de batalla y, hacerlo, a través de una estructura militar profesionalizada y una actuación planificada en el campo de batalla. Los asesores militares soviéticos, junto con el material de guerra enviado desde Moscú –todo ello a partir de octubre de 1936, casi tres meses después del inicio del conflicto-, fueron claves para permitir la resistencia republicana en Madrid en el otoño de 1936, así como para prolongar la capacidad de resistencia de la República hasta 1939. Sin ella, esta última habría sucumbido mucho tiempo antes. Stalin quería ganar la Guerra Civil Española. Pero no pensaba volverse loco para conseguirlo. Si los británicos y franceses no apoyaban a la República, con la que compartían su mismo modelo de Estado, la URSS no iba a volcarse irracionalmente en su ayuda militar a la República. Por lo tanto, no serían ninguna casualidad los recortes en el envío de armamento a la República a partir de noviembre de 1937.

Por otro lado, la citada ayuda fue solicitada por el Gobierno de la República. Y pagada, religiosamente, como resultado de unas transacciones comerciales realizadas libremente entre las dos partes. Sí. Buena parte de las reservas de oro del Banco de España tuvieron como destino Moscú. Pero no olvidemos que otra, menor, fue utilizada para pagar una compra de armas a Francia al inicio de la guerra…y con unos precios también fuera de mercado. Es más, las relaciones comerciales entre la URSS y la República crecerían como la espuma durante los años de la guerra. Se firmaron diferentes acuerdos comerciales, siempre centralizados entre el Gobierno de la República y los asesores comerciales soviéticos enviados a España. Las autoridades republicanas compraban armas, alimentos, materias primas para la industria de guerra o productos textiles, entre otros. Y ello aumentó la identificación de muchos ciudadanos republicanos con la URSS. Al fin y al cabo, era el único país que se había dignado a ayudarlos.

Los soviéticos no utilizaron la ayuda militar a cambio de imponer su modelo político en España. Desde el primer momento apoyaron el modelo liberal democrático para la República. Y así se mantuvieron hasta el último día de su presencia en el país. Sólo así, Stalin podía albergar la esperanza de conseguir una alianza con Londres y París, al margen de no tener interés en expandir su modelo de Estado debido a la política estalinista del socialismo en un único país. Apoyaron la recuperación del poder de las instituciones del Estado republicano, manifestando abiertamente su apoyo al Gobierno de la República y, en el caso de la autonomía catalana, al Gobierno de la Generalitat. Ciertamente, tuvieron contactos con la cúpula política y militar de la República, pero jamás la coaccionaron ni controlaron. El Partido Comunista de España (PCE) y el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) crecieron en número de militantes y presencia política al calor de la ayuda soviética a la República.

La revolución obrera, defendida por los anarcosindicalistas y los comunistas heterodoxos del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) quedó descartada por Moscú y, con ello, también su apoyo al modelo de milicias y columnas que defendía este colectivo. A partir de aquí, hubo diferencias en el trato a estos protagonistas. Los anarquistas recibieron un trato relativamente cordial –que no de amistad-, especialmente en Cataluña ante la consciencia de su enorme peso social y político, con el objetivo de integrarlos en el proyecto de recomposición del poder institucional del Estado republicano. En cambio, con el POUM la cosa fue diferente. Muy diferente. Desde el primer momento fueron identificados como el enemigo trotskista en España y, por ello, como el enemigo al que se tenía que derrotar sin tapujos. La paranoia de Stalin sobre el trotskismo, identificándolo como una eficaz y activa oposición interna a su poder en la URSS, llegó a España. Primero, marginando al POUM de las esferas públicas, con la complicidad de las autoridades gubernamentales. Después, haciendo lo mismo de las instituciones del poder republicano. Y, finalmente, asesinando a su máximo dirigente, Andreu Nin. Este último fue una de las víctimas, que no superaron la veintena durante toda la Guerra Civil, de la actividad de los servicios secretos en España. La presencia de estos últimos fue mínima numéricamente y su influencia global en el conflicto inapreciable. Sus actividades consistieron desde potenciar los servicios de espionaje republicano hasta organizar el contraespionaje versus aquellos elementos a los que radiografiaban como enemigos del pueblo –habitualmente brigadistas internacionales-. También incluyeron la vigilancia sobre los supuestos trotskistas, los citados brigadistas y los anarquistas, así como los comunistas españoles. Y, por supuesto, actuaron como policía secreta.

Una buena parte de los soviéticos que participaron en la guerra de España acabaron fusilados tras su vuelta a la URSS. Unos antes, y otros más tarde. Su paso por la Guerra Civil se convirtió en una excusa ideal para Stalin para acusarlos de connivencia con el fascismo-trotskismo y/o ineficacia en sus misiones. Pero estas depuraciones formaban parte de una dinámica mucho más general. Stalin había iniciado en 1936 un proceso de depuraciones generalizadas en el conjunto de los brazos del Estado soviético que nada tenían que ver con la lógica de la Guerra Civil, sino con su obsesión, enfermiza, por los supuestos enemigos internos a su poder.

Estas son las realidades sobre la presencia soviética en la Guerra Civil Española. Ni más, ni menos. Unas evidencias fundamentadas en la documentación primaria de procedencia soviética. Es decir, en las fuentes originales.










2612. Primero de mayo de 1937

El Hospital Provincial de Madrid adornado con colgaduras el día 1º de mayo


Seis años atrás, la clase trabajadora española celebraba el Primero de Mayo en medio de un gran entusiasmo, el corazón henchido de esperanza. Quince días antes había caído el odiado régimen monárquico. La República del 14 de abril vivía su luna de miel. Y Alcalá Zamora, presidente del gobierno provisional, prometía a la multitud obrera la iniciación de una nueva era, la era de la justicia social.

Pero el verdadero carácter de la transformación política que acababa de sufrir España no tardó en manifestarse. La burguesía, con el auxilio directo de los socialistas, se aprovechó del entusiasmo popular para emprender rápida y eficazmente la consolidación de sus posiciones quebrantadas, para afianzar, bajo la máscara democrática, su dominación, puesta en peligro por el movimiento revolucionario de las masas. Inspirada por su certero espíritu de clase, frenó la propia revolución, conservando, esencialmente, las bases económicas de la monarquía y manteniendo incólume el mecanismo estatal del régimen derribado.

El idilio de abril, como era de esperar, fue breve. Contrariamente a lo que pretendía la burguesía, la revolución no sólo no había terminado, sino que entraba en una nueva fase llena de peligros ya la par de grandes posibilidades. ”El periodo que se abre – decíamos por aquel entonces – no es un periodo de paz, sino un periodo de lucha encendida. Y en esta lucha estarán en juego los intereses fundamentales de la clase trabajadora y todo su porvenir. La clase obrera será derrotada si en el momento crítico no dispone de los elementos de combate necesarios; triunfará, si cuenta con estos elementos, si se desprende de todo contacto con la democracia burguesa, practica una política netamente de clase y sabe aprovechar el momento oportuno para dar el asalto al poder”.

En efecto, la lucha de clases recobró todos sus derechos, con más intensidad todavía que durante la monarquía, pues, en régimen democrático los antagonismos de clase se manifiestan en toda su desnudez, y la experiencia de los últimos seis años vino a demostrar que la democracia burguesa, incapaz de resolver los problemas fundamentales del país, preparaba el terreno al fascismo, y que la única salida de la situación era la revolución proletaria.

En la sublevación militar del 19 de julio, y la guerra civil y la revolución subsiguientes, se ha condensado, por decirlo así, toda esta experiencia. Y es en este momento crucial de nuestra historia ”en que están en juego los intereses fundamentales de la clase trabajadora y todo su porvenir”, cuando partidos que pretenden ser obreros y marxistas intentan yugular la revolución, frustrar las inmensas posibilidades que se ofrecen al proletariado español, sacrificando sus intereses superiores – que coinciden con los de la humanidad civilizada – a la República democrática parlamentaria, es decir, a la burguesía y a su régimen de explotación.

El Primero de Mayo de este año coincide con la fase más crítica de este momento histórico. La burguesía, atemorizada en los primeros meses de la revolución, levanta la cabeza e intenta consolidar sus posiciones. Especulando con la guerra y sus dificultades, intenta arrebatar – con innegable éxito en algunos aspectos – las conquistas del proletariado. Y, como en todos los periodos revolucionarios, halla su auxiliar más eficaz en el reformismo. Pero la relación de fuerzas, aunque modificada en estos últimos tiempos, sigue siendo favorable al proletariado. Para que esta relación de fuerzas favorable sea decisiva, es preciso que la clase obrera recobre la plena confianza en sí misma, rompa las amarras que la atan a la democracia burguesa y emprenda resueltamente el camino de la conquista del poder. Hoy todavía es tiempo. Mañana será tarde.

Y que no se deje sugestionar por los que so pretexto de subordinarlo todo a las necesidades de la guerra, pretenden establecer una ”unión sagrada” a base de concesiones constantes del proletariado a sus enemigos de clase. La guerra tiene una importancia inmensa, pero está indisolublemente ligada a la revolución. La burguesía preferirá la derrota militar al triunfo de la clase trabajadora, para cuyo aplastamiento no vacilará, si las circunstancias lo exigen, en aliarse con sus enemigos de hoy. Sólo un gobierno obrero y campesino es capaz de organizar la victoria, de montar una potente industria bélica, de llevar la guerra hasta el fin, de crear una auténtica moral de guerra en la retaguardia, de sacrificar todos los intereses particulares al interés general.

Sólo un gobierno obrero y campesino, que rompa todo contacto con la burguesía nacional y con el imperialismo extranjero, e imprima un vigoroso impulso a la revolución internacional, puede aplastar definitivamente al fascismo, tanto en la retaguardia, como en el frente.

La consigna que arrastró a las masas populares al Primero de Mayo de 1913, fue: ¡Viva la República del 14 de abril! La consigna de las masas trabajadoras de España, en este Primero de Mayo trágico y glorioso, debe ser: ¡Viva la revolución social! ¡Viva el gobierno obrero y campesino! Sólo con el triunfo de esta consigna no habrá resultado estéril el generoso sacrificio del proletariado español ni su magnífico heroísmo, sin precedentes en la Historia.


Andreu Nin
La Batalla, 1 de mayo de 1937








2074. Carta de Víctor Serge a Andreu Nin

Víctor Lvóvich Kibálchich (Victor Serge) 
(Bruselas, 30 de diciembre de 1890 - Ciudad de México, 17 de noviembre de 1947)

Mi querido Andrés, mi viejo amigo:

Estoy muy preocupado por tu suerte, y más satisfecho todavía, al saber, en fin, que estás en la gran tormenta, empleando como es debido tus minutos.

He vacilado en escribirte, dándome cuenta perfecta de la vanidad de las palabras y de todo lo que se puede sentir, pensar y decir de lejos en momentos en que sólo cuenta la acción. Dudo que tu mismo puedas escribir. Sin embargo, hazme llegar algo y envíame vuestras publicaciones. Que me traigan algo del aire tónico de una revolución en la cual yo creo desde hace cerca de 20 años. Yo creo en ella porque conozco bastante a los obreros de España y la situación general en que os encontráis, y porque, desde 1917, me parece que tenéis una misión excepcional que cumplir en el Occidente enfermo. La gran enfermedad de Occidente, esta descomposición del viejo régimen sobre el cual nacen fascismos, es, al fin y al cabo, la debilidad de la clase obrera. En ninguna parte, salvo durante algunos años en Rusia, nuestra clase ha estado a la altura de su misión. La clase obrera ha dejado escapar las mejores ocasiones para poner fin al caos, liberándose: se ha dejado llevar por charlatanes, ingenuos y cobardes, y su carencia revolucionaria ha hecho la fortuna histórica de los Mussolini y de los Hitler. Pero su debilidad se explicaba por la sangría que le había afligido la guerra. ¿Cuál sería hoy la fisonomía de Europa si Francia, Alemania, Italia, Austria tuvieran cinco o seis millones de proletarios más, que ahora serían hombres de unos cuarenta años, curtidos por la experiencia del trabajo y de la lucha? Pero el proletariado español no ha sufrido esa sangría espantosa, ha conservado todas sus fuerzas vivas. Su superioridad numérica y moral (resultado de la integridad de sus fuerzas, imagen del equilibrio interior parejo al del hombre sano) es tal como me parece indiscutiblemente la clase destinada a vencer. Todas las derechas juntas no forman contra la clase obrera más que una minoría instruida, cierto, con generales muy manejables, pero menos capaces de batirse bien incluso con igualdad de fuerzas: los generales saben sobre todo enviar a los otros a las carnicerías... Para que ellos pudiesen vencer, haría falta que existiesen por vuestra parte divisiones insensatas, errores, retrocesos, faltas de visión. O que un hombre de genio, una especie de Bonaparte, nacido providencialmente para apuñalar a su país, se encontrase entre los militares y lograse hacer prodigios. Yo creo que la Historia no produce tales hombres contra las masas: yo no sugiero esta hipótesis sino para presentar el problema en toda su amplitud.

Hay que contar con los acontecimientos para conseguir hombres nuevos, para formar en la hoguera misma el verdadero partido de la revolución llamado a asumir todas las responsabilidades. Hombres de todos los partidos, de todas las tendencias y de ninguna, lo formarán sin pensar demasiado en ello y prodigándose en la acción cotidiana. En todas partes, en cada momento, hay lugar para las iniciativas, el sacrificio, el valor, la inteligencia revolucionaria: al poner cada uno lo que puede, vosotros veréis formarse en todas partes los verdaderos cuadros del proletariado. A mi entender, la propaganda debe dirigirse especialmente a estos nuevos militantes, sin conceder demasiada importancia a la formación que tengan, con un espíritu fraternal, decidido a disminuir todo lo que divide y a fortificar todo lo que une.

Yo me pregunto cómo os planteáis el problema del poder. Muchos querrían ahogarlo en la defensa de la República (¿Qué República? ¿La que mantiene un ejército para asesinar al país? Porque, al fin y al cabo, la República ha alimentado hasta aquí a vuestros generales de Melilla). La causa que se halla realmente en juego es la de la clase obrera y del socialismo. Para algo debe servir la desgracia, para algo debe servir la sangre de tantos camaradas. Haría falta ser muy cándido o muy zorro para hacerse ilusiones todavía sobre las fórmulas democráticas "sensatas" que os han conducido a la situación en que os encontráis. Si los generales yerran el golpe, os prestarán un gran servicio, arrancando los antifaces, destruyendo las ilusiones, obligando finalmente al proletariado a dar los pasos decisivos hacia una república totalmente distinta, en donde la democracia sea la libertad y el poder los trabajadores, en lugar de ser un compromiso con la contrarrevolución emboscada detrás del parapeto de las leyes de las que no tiene inconveniente en burlarse cuando le conviene. Después de esta lección yo creo que ya no se trata de volver al punto de partida y que los elementos sinceramente republicanos de la pequeña burguesía y la burguesía misma, bastante inteligentes para tratar de economizarse una guerra civil todavía más atroz, deben comprenderlo. Sólo la clase obrera puede vencer al fascismo: sólo ella puede construir una república digna de ese nombre, una democracia que ya no será una trampa. La clase obrera tiene el derecho al poder. Ella puede y debe comenzar a curar sus heridas, a suprimir la miseria, a transformar la sociedad. Vacilar hoy en este punto sería tanto como comprometerlo todo, porque no se puede pedir a los obreros que se hagan matar si no tienen otra cosa más seria que defender que la república de los señores Alcalá Zamora y Azaña. He visto con alegría que las necesidades mismas de la lucha habían conducido al armamento del proletariado, y después a medidas de nacionalización y de control obrero en diversas esferas. Quizás recuerdes que hace algunos años yo te envié, desde Leningrado donde me hallaba entonces, casi como un prisionero, una especie de mensaje que había de servir de prólogo a un librito mío que tú tenían intención de editar: "Lenin en 1917". Yo te citaba las primeras cartas de Lenin, escritas en los primeros días de la revolución rusa, en Zurich. Yo las titulaba: "El arte de comenzar la revolución". Armamento de los obreros, escribía Lenin en marzo de 1917, formación de las milicias obreras, he aquí la única salvación. Ya está hecho. Ahora, a conservar las armas recordando las experiencias de 1848 y de siempre: el pueblo lucha en las barricadas y después los políticos escamotean el poder y hacen asesinar a las vanguardias revolucionarias. Así se fundan generalmente las repúblicas burguesas. Desconfiad, amigos míos: no hay que temer solamente a los generales. Hay abogados más hábiles, mejor disfrazados, que mañana os pedirán que devolváis los fusiles, que no vayáis demasiado deprisa y que dejéis intactas las cajas de caudales. Después de correr el riesgo de ser asesinados, vais a correr el riesgo de ser engañados.

Pero podemos tener en vosotros una inmensa confianza. Vuestra salvación está en vosotros mismos. De vuestra firmeza y de vuestra justa visión depende todo. No hay poder más legítimo que el de un pueblo en armas y en estado de legítima defensa. ¿Qué instituciones obreras pueden llenar en España las funciones que ejercieron los soviets en la Revolución Rusa? ¿Las alianzas obreras? ¿Los sindicatos? ¿Los Comités revolucionarios? No se puede discernir de tan lejos vuestras posibilidades. Pero una cosa es cierta: y es que so pena de ser vencida finalmente (incluso si comienza victoriosamente), la clase obrera debe controlarlo todo por medio de sus organizaciones y la iniciativa de todos: el poder, la producción, el ejército, el abastecimiento, las comunicaciones. La clase obrera no puede contar más que con ella misma. El Frente Popular no será útil sino en la medida en que esté controlado por la clase obrera. Control obrero del poder, control obrero de la producción, control obrero de las fuerzas armadas. Este último punto es indiscutiblemente uno de los más importantes.


He leído que Ascaso ha muerto. Esa muerte me ha conmovido enormemente, aunque sólo conocía de él su leyenda de militante. Los periódicos han hablado de incidentes graves, provocados por otros anarquistas. Yo he recordado la revolución rusa. Allí tuvimos también nuestros Ascaso, como Justin Jouk, que después de salir de la prisión de Schlusselburg, sovietizó la ciudad pagando con su vida; como Jelezn Ian, que expulsó a los charlatanes de la Constituyente (muerto en Ucrania por los blancos). Pero no supieron salvar del desastre al movimiento anarquista ruso, ni dar a la revolución proletaria todo cuanto su capacidad les hubiera permitido porque los desordenados, los instintivos, los sin escrúpulos, los incontrolables, acumulaban demasiados errores y algo peor. Es necesario que esta triste historia no se repita en España. Si los camaradas de la CNT y de la FAI saben imponerse una disciplina de hombres libres en un período revolucionario, su influencia constituirá un antídoto precioso frente a las tendencias estatales y burocráticas del movimiento obrero: su colaboración vivificará la libertad obrera. Yo pienso en todo esto con una tensión de todo mi ser. ¿Acaso el peligro común, la común voluntad de vencer y de transformar el mundo, la comunidad de sangre y de aspiraciones, ya que tanto para los unos como para los otros "La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos", no son suficientes para reconciliar en la acción y por la acción y la emulación al servicio de la revolución, a los anarquistas y a los marxistas?


Victor Serge
Bruselas, 7 de agosto de 1936









2017. La situación política, el peligro fascista y la necesidad del Frente Único del Proletariado

Andrés Nin Pérez
(Vendrell, 4 de febrero de 1892 - Alcalá de Henares, 22 de junio de 1937)


Cuando, después, de la dimisión de Maura y Alcalá Zamora, Azaña se encargó de la presidencia del Consejo de ministros, fueron muchos los que interpretaron la modificación ministerial como una evolución a izquierda.

Maurín llegó incluso a afirmar que el nuevo gobierno era “típicamente pequeño burgués”, y a equipararlo al “gobierno Kerenski”. Nosotros, por el contrario, sostuvimos desde el primer momento que la solución dada a la crisis significaba un paso adelante en el sentido de la consolidación de la gran burguesía y del bloque de ésta con los socialistas.

“En realidad [decíamos en el número 3 de El Soviet, que el gobernador de Barcelona, representante del pretendido “gobierno Kereski”, confiscó], el verdadero dueño de la situación es Lerroux, o sea la gran burguesía. Pero no ha llegado aún el momento de dar la cara, de tomar enteramente las riendas del poder en nombre de los que ven en Lerroux, como éste ha dicho en su discurso de Santander, “la boya en la cual ve el náufrago la esperanza de su salvación.”

Los hechos han demostrado, y siguen demostrando, que nuestra apreciación era justa. A la adopción de la “ley de defensa de la República” por la casi unanimidad de los diputados en las Constituyentes, ha seguido una política cada vez más acentuada, de represión contra la clase obrera y deestrangulamiento sistemático de la revolución democrática. Alentada por la debilidad de las organizaciones obreras, la incapacidad de los dirigentes anarcosindicalistas de la CNT, a los cuales la experiencia no ha enseñado nada, y la ausencia de un gran partido comunista, la burguesía va reforzando sus posiciones y acechando el momento oportuno para arrojar la careta democrática e implantar su dictadura descarada.

Hoy esto no es posible. Las ilusiones democráticas son aún muy vivas entre las masas pequeño burguesas y una gran parte de la clase obrera. La burguesía tiene necesidad de mantener temporalmente estas ilusiones sirviéndose de una fuerza política que no esté todavía completamente desacreditada entre las masas y que, por su significación nominal, represente una garantía de radicalismo. Esta fuerza política es el Partido

Socialista, cuyos dirigentes se muestran dispuestos a acudir en auxilio de la clase explotadora. Pero formar un gobierno exclusivamente socialista sería una aventura peligrosa. Este no haría más que continuar la política de la burguesía, y el Partido Socialista se desacreditaría a los ojos de las masas trabajadoras. Con ello, la burguesía se vería privada de una de sus más importantes armas de reserva. Los socialistas, que se dan perfectamente cuenta de ello, tienen un miedo atroz a tomar enteramente la responsabilidad del poder y se pronuncian por un gobierno de concentración, presidido por ellos. Largo Caballero se ha apresurado a manifestar que un gobierno tal, por su composición misma, se vería en la imposibilidad de realizar el programa del partido. Pero, éste, que según las declaraciones del ministro del Trabajo, “ha ofrecido más renunciamientos que nadie en bien de la República”, aceptaría este sacrificio por “interés nacional”.

En estas condiciones, los socialistas, libres de toda responsabilidad por la política del gobierno, contribuirían a mantener las ilusiones democráticas de las masas y darían la posibilidad a la burguesía de consolidar definitivamente sus posiciones y preparar, tras de la mampara socialista, una auténtica dictadura fascista. El gobierno Azaña ha sido la primera etapa de este proceso; el gobierno presidido por los socialistas sería la segunda.

Los acontecimientos de estos últimos días confirman plenamente esta apreciación. Mientras se prepara a la opinión para un gobierno Largo Caballero y se adormece la sensibilidad de las masas, Lerroux, en una interviú que le ha hecho un redactor del periódico reaccionario de Madrid, Ahora, expresa su convencimiento de que los socialistas en el poder, “lejos de ser una dificultad”, serían “una prudente colaboración”; y en unas palabras verdaderamente clásicas, pone al desnudo, sin ambages, el carácter de clase del régimen: “Yo puedo asegurar [dice] que estoy viendo realizada la profecía que hice durante tantos años cuando anunciaba [enopinión de algunos enfáticamente]: ‘Yo gobernaré’. Ahora puedo decir que yo estoy gobernando, porque una cosa es el gobierno y otra cosa es el poder. Se puede ser poder y no gobernar. Se puede ser gobierno y no ser poder. Yo gobierno y no soy poder”. Lerroux es el representante de la gran burguesía, el Miliukov español. Que no lo olviden los trabajadores.

Y que no olviden tampoco que el jefe del partido “radical” no es un hombre platónico. Mientras se entretiene a las masas con el sonajero del “gobierno socialista”, Lerroux se prepara seriamente, no sólo para gobernar entre bastidores, sino para ser poder, para convertirse en el instrumento directo de una sangrienta dictadura de tipo fascista.

La constitución, anunciada estos días, del partido nacionalista “Joven España”, es el primer paso importante en este sentido. Su organización, basada en una milicia de 500.000 hombres, que “llevarán un dispositivo con los atributos de la legión, camisa gris de tono verdoso y cuello del mismo color”, está calcada de la del fascismo italiano. La advertencia de que “se abstengan de inscribirse”, hecha a “los temerosos y los cobardes, y los que no sean capaces de arrostrar todos los peligros de una batalla cruenta”, demuestra bien a las claras cuáles son sus propósitos.

El proletariado cometería un error, que podría ser de funestas consecuencias, si no concediese a este hecho toda la atención que merece y no viera en el propósito enunciado más que una simple manifestación de jactancia.

Es más que probable que la “Joven España” no conseguirá reclutar actualmente a esos 500.000 hombres que necesita para ahogar definitivamente la revolución democrática y aplastar al proletariado. Pero lo que hoy no tiene aún una fuerza orgánica real, puede convertirse mañana en una fuerza imponente. En 1920, y aun en 1921, los revolucionarios italianos consideraban con desdén a los fascistas, en los cuales no veían más que a “taifas de bandidos”, sin ninguna fuerza real. Esas “taifas de bandidos” tomaban el poder a fines de 1922 y arrastraban tras de sí a las grandes masas pequeño burguesas, esas mismas masas que habían seguido a los socialistas y que, decepcionadas ante el fracaso de la revolución proletaria, se arrojaban en brazos de Mussolini.

¿Existen en España factores susceptibles de favorecer el desarrollo de un gran movimiento fascista? Sin ningún género de duda. El primer factor, y el más importante, el de la pequeña burguesía. Como en Italia, la pequeña burguesía urbana y agraria constituye la inmensa mayoría de la población.

Por el papel mismo que desempeña en la vida económica del país (dependencia con respecto al gran capital) esa clase es incapaz de tener una política propia y vacila constantemente entre la gran burguesía y el proletariado. Conquistarla, o al menos neutralizarla, es de una importancia fundamental para la causa de la revolución. Después del fracaso de gran movimiento de la clase obrera de los años 1917-1920, apoyó de hecho la dictadura de Primo de Rivera. Pero como esta experiencia no le librara de las cargas onerosas que pesaban sobre ella, ni mejorara su situación, evolucionó hacia el republicanismo. Con la caída de la monarquía y la proclamación de la República, la pequeña burguesía dio rienda suelta a sus ilusiones democráticas y siguió, llena de esperanzas, a los demagogos de la izquierda. Pero las ilusiones van desvaneciéndose, y esas grandes masas fluctuantes e indecisas se verán irresistiblemente atraídas por la clase social que les ofrezca un programa claro y concreto y la decisión inquebrantable de llevarlo a la práctica. Esa clase no puede ser más que la gran burguesía o el proletariado.

La gran burguesía, ese programa lo tiene: aplastamiento de las organizaciones obreras consolidación, por el hierro y por el fuego, de la dominación del capital. El instrumento para su realización lo está forjando Lerroux en su “Joven España”. Nada más fácil que atraer a las masas pequeño burguesas, decepcionadas con ese programa, convenientemente aliñado con una buena dosis de demagogia.

Pero hay un segundo factor no menos importante: el proletariado. Al proletariado se le ofrece una ocasión única para dar la batalla definitiva a la burguesía y tomar el poder. Las circunstancias objetivas no pueden serle más favorables en este sentido. Pero, subjetivamente, está desarmado.

Sindicalmente está dividido: los dirigentes de la UGT colaboran abiertamente con la burguesía, y los de la CNT, o caen en un reformismo que no tiene nada que envidiar al de Largo Caballero y compañía (Grupo Peiró-Pestaña), o en un aventurerismo (la FAI) que no puede conducir más que a un putsch sangriento y estéril. Faltan organizaciones de masa, tales corno los soviets, que agrupen a toda la masa trabajadora y se conviertan en el instrumento de la insurrección y de la toma del poder. Falta, sobre todo, un gran partido comunista, sin el cual la victoria es imposible.

Si la clase obrera es vencida sin combate o después de un putsch heroico e ineficaz, su abatimiento o su pasividad favorecerán la evolución de la pequeña burguesía hacia la derecha, y permitirán a la burguesía apoyarse en ella para asestar el golpe de gracia al proletariado. En esas circunstancias el fascismo hallaría una base magnífica para su desarrollo.

Esta perspectiva es posible, pero no inevitable, ni mucho menos. La clase obrera ha de tenerla presente en su espíritu, con el fin de prever todos los peligros y atacar al enemigo de un modo más certero y decidido. La situación es netamente revolucionaria. La crisis capitalista se agrava de día en día. No tiene solución. La burguesía va consolidando sus posiciones en un esfuerzo desesperado, pero tropieza con dificultades inauditas para consolidarlas definitivamente. Con la constitución de un gobierno presidido por los socialistas, intenta ganar tiempo. La clase obrera ha de darse cuenta de ello y no permitir que la burguesía tenga un momento de respiro. En períodos revolucionarios como el que vivirnos, los acontecimientos se desarrollan con extraordinaria rapidez. Pero la conciencia revolucionaria de las masas progresa, asimismo, en proporción geométrica. Lo que falta es un partido que concrete en fórmulas precisas esa conciencia revolucionaria y organice a las masas para la acción. Este partido no existe aún, aunque hay potencialmente un intenso espíritu comunista en el país. Hay que dar a la clase obrera ese instrumento indispensable para su emancipación. Hay que forjar un gran partido revolucionario del proletariado unificando todas las fuerzas comunistas y dotándolas de un programa claro y preciso.

Las posibilidades de eficacia en la lucha contra el peligro fascista y por la constitución de un gran partido comunista dependerán, principalmente, de la medida en que se consiga poner término a la división sindical que desgarra a la clase obrera de nuestro país.

En este sentido, el Partido Comunista está llamado a desempeñar un papel de primordial importancia, combatiendo implacablemente a los escisionistas inveterados del campo anarquista y de la UGT, demostrando en la práctica al proletariado que desea sinceramente la unidad y luchando para conseguirla.

Por desgracia, el partido ha seguido en este terreno una política profundamente errónea, que culminó en la famosa Conferencia de Sevilla y en la constitución del Comité de reconstrucción, que ha creado una impopularidad merecida a los comunistas en el seno de la CNT y ha venido a ahondar todavía más la escisión: tres o cuatro meses atrás, la dirección del partido, ante el fracaso evidente de su política sindical, anunció un “viraje” en la misma. Se renunciaba a la táctica de escisión, que tan funestos resultados había dado, y se anunciaba la transformación del Comité de reconstrucción en Comité de unidad.

La Oposición Comunista española saludó con Satisfacción el “viraje”, que equivalía al reconocimiento implícito del acierto de sus críticas, pero incitaba al mismo tiempo a los comunistas a impedir que el viraje anunciado por el partido no quedase en el papel, como hacía temer la persistencia tenaz de este último en algunos de los errores fundamentales.

“Por lo que a la política sindical se refiere [decía el Comité central de la Oposición en la carta abierta dirigida a los miembros del partido], los síntomas son aún más inquietantes. Se han hecho proposiciones concretas de frente único a la CNT, pero el Comité de reconstrucción… sigue funcionando; y aún después de la circular de la Secretaría política proclamando el viraje en la política del partido, ha publicado distintos manifiestos con su firma. El Comité ejecutivo, si sus deseos son sinceros, ha de demostrarlo en la práctica. Los miembros del partido han de imponer, en este sentido, su voluntad a los dirigentes”.

Nuestros temores eran más que justificados. El partido, lejos de orientarse sinceramente hacia la unidad, acentúa su política divisionista. Esta es la realidad. Su decisión de convocar una conferencia de unidad sindical (valiéndose, ¡como en 1925!, de la Federación de Sociedades Obreras de San Sebastián), no puede conducir más que a una segunda edición, corregida y aumentada, del Comité de Sevilla, es decir, a la creación de una tercera central.

Es de una evidencia incontestable que participará en dicha conferencia una minoría insignificante de sindicatos; que las grandes organizaciones de la CNT y de la UGT no mandarán sus delegados. En estas condiciones, ¿es que la Conferencia puede dar otro resultado que una nueva escisión?

La experiencia de estos últimos años demuestra que ese camino no es el más eficaz para llegar a la unidad anhelada; que con conferencias de unidad y proposiciones de congresos de fusión no se conseguirá absolutamente nada. La unidad hay que hacerla desde abajo, pasando previamente por la fase del frente único. La lucha contra la ofensiva patronal, los problemas que la revolución plantea, hacen aparecer diariamente a los ojos de la clase obrera la necesidad de coordinar y de unir sus esfuerzos.

No hay ningún obrero, por poco consciente que sea, que no comprenda la necesidad de formar un solo frente con los compañeros que trabajan con él en la misma fábrica, en el mismo taller, en la misma mina. El comité de fábrica, elegido por todos los trabajadores de una misma casa sin excepción, estén o no organizados sindicalmente, pertenezcan a la CNT o a la UGT, sea cual sea su filiación política, le ofrece la posibilidad efectiva de establecer esta unidad de acción. La lucha en favor de la unidad hay que iniciarla, pues, por la base, emprendiendo una campaña enérgica en favor de la constitución de comités de fábrica en todo el país. De este modo, una vez conseguida la unidad en la base, la clase trabajadora, impulsada por la lógica misma de la lucha, llegaría a la conclusión de la necesidad, no ya del frente único, sino de la unidad desde el punto de vista de organización, en el terreno nacional. Este camino es aparentemente más lento que el del congreso de fusión, preconizado como primera y última etapa; pero, en realidad, es mucho más rápido, y sobre todo infinitamente más eficaz.

La lucha por los comités de fábrica tiene, además, otras ventajas inapreciables. En primer lugar, ofrece al proletariado una ocasión magnífica para oponer el control revolucionario de la producción, ejercido por los mencionados comités, al proyecto de sedicente “control obrero”, elaborado por Largo Caballero, y que no es más que una forma descarada de colaboración de clases.

En segundo lugar, en el proceso de desarrollo de los acontecimientos revolucionarios de nuestro país, los comités de fábrica pueden servir de poderoso estímulo a la aparición de soviets, esos órganos insustituibles de la insurrección proletaria.

Abandonemos, pues, la propaganda vacua de la unidad sindical y las tentativas que ahondan aún más la escisión, y laboremos activa y decididamente por la verdadera e inmediata unidad de acción de la clase obrera, impulsando con la máxima energía la creación de comités de fábrica.


Andreu Nin
Revista Comunismo núm. 7 (1931)
Marxists Internet Archive










1509. Después de las elecciones del 16 de febrero

Andreu Nin Pérez
(Vendrell, 4 de febrero de 1892 - Alcalá de Henares, 22 de junio de 1937)


Con la victoria de la coalición obrero-republicana en las elecciones del 16 del actual, se ha logrado el fin que fundamentalmente se perseguía: cortar el paso a la reacción vaticanista, a los siniestros héroes de la represión de Octubre, y la amnistía para los treinta mil combatientes encarcelados.

No seremos ciertamente nosotros los que regateemos la importancia de esa victoria. La magnitud de lo conseguido es considerable, pero faltaríamos a nuestro deber si no pusiéramos en guardia a los trabajadores contra un optimismo irreflexivo, hijo de cándidas ilusiones democráticas, que llevaría indefectiblemente la revolución a la catástrofe.


La primera lección de la victoria

Los republicanos de izquierda se apresuran a atribuirse primordialmente el triunfo. Que no se hagan ilusiones. La victoria ha sido obtenida gracias a la participación entusiasta y activa de las masas obreras del país. Estas masas, alma del movimiento de Octubre, han expresado con su voto su voluntad inquebrantable de que se abran las cárceles y de que la revolución no dé ni un solo paso atrás. Pero la contradicción fundamental entre las aspiraciones históricas del proletariado y los partidos republicanos no tardará en manifestarse. Los dos sectores que han participado en la lucha se proponían contener el avance de la reacción; pero llegará indefectiblemente el momento en que la burguesía republicana se estacionará en un punto determinado, mientras que la clase obrera empujará la revolución hacia adelante.

La representación obtenida por los partidos obreros es indudablemente inferior a su fuerza real. En cambio, nadie pondrá en duda que, por lo que se refiere a los republicanos, esta representación es superior al volumen de opinión y a los efectivos con que cuentan en el país. Si después de los acontecimientos de Octubre, el Partido Socialista, que es el que ejerce la hegemonía en el movimiento obrero, hubiera sido un partido revolucionario homogéneo, la lucha se habría planteado en términos completamente distintos, y la hegemonía de la lucha contra la reacción no la habrían ejercido los partidos republicanos,
sino el proletariado.

Pero el movimiento tiene su lógica. A pesar de la ausencia de un verdadero partido socialista revolucionario, la clase obrera ha sido el factor determinante de la victoria, y esta circunstancia ha de pesar de una manera decisiva en el desenvolvimiento ulterior de la revolución, sobre todo si se tiene en cuenta que nuestro proletariado ha vivido durante estos últimos tiempos una experiencia extraordinariamente rica en enseñanzas.

La primera lección, pues, que hay que sacar de la victoria del 16 de febrero es la siguiente: el factor decisivo de la revolución es la clase obrera; la fuerza de los partidos republicanos es simplemente una fuerza de reflejo.


Eficacia de la insurrección de Octubre

Los apologistas de la democracia burguesa no dejarán de señalar el resultado de las elecciones de febrero como una prueba de la eficacia y la superioridad de los procedimientos democráticos, respecto a la lucha directa de las masas. Nada sería más erróneo que dejarse llevar por esta ilusión sembrada ya profusamente en 1931, con motivo de la proclamación pacifica de la República, como consecuencia inmediata de la victoria electoral del 12 de abril.

De la misma manera que la caída de la monarquía fue en definitiva el resultado de las grandes luchas de la clase obrera durante largos años, de un tenaz y prolongado combate, que tuvo sus etapas más características en el levantamiento de Cataluña de 1909, la huelga revolucionaria de agosto de 1917, las intensas agitaciones obreras y campesinas de 1930 y la sublevación de Jaca, la victoria electoral reciente ha sido el resultado inmediato de la insurrección de Octubre.

El argumento de los demócratas burgueses se vuelve Contra ellos mismos. Es indiscutible que si en Octubre de 1934 Cataluña y Asturias no se hubieran insurreccionado contra los poderes constituidos, es decir, si se hubiera actuado de acuerdo con la legalidad en virtud de la cual las derechas habían conseguido las mayorías en las elecciones del año anterior, la situación sería hoy completamente distinta: la reacción filofascista de Gil Robles se habría adueñado del poder, habrían desaparecido todas las esperanzas de reconquista de las libertades constitucionales, y Cataluña se habría visto obligada a renunciar a su autonomía. Es aquí donde aparece, con particular evidencia, la falsedad de la posición de aquellos, que en nombre de la defensa de las libertades constitucionales, pretenden relegar a segundo término la lucha emancipadora de la clase obrera, para diluir su acción en un bloque permanente con los partidos de la democracia burguesa. La conquista de las libertades democráticas es siempre un producto accesorio de la lucha del proletariado por la conquista del poder. Con la política de la colaboración permanente con la burguesía, no se defienden las libertades democráticas, sino que éstas son libradas al enemigo. Gracias a la colaboración, la clase obrera olvida sus fines fundamentales, desarma su fuerza combativa y se pone objetivamente al servicio de los intereses de la burguesía.


La nueva etapa democrática

La reacción ha sido aplastada en las urnas, pero la lucha continúa. Las fuerzas derrotadas el 16 de febrero no han desaparecido de la escena. Por el contrario, gracias a la política del primer bienio, que dejó intactos sus privilegios, disfrutan todavía de un enorme poderío en el país. Nuevos y encarnizados combates será preciso sostener con esas fuerzas, y la única garantía de la victoria sobre las mismas radica, no en la acción que puedan realizar los gobiernos burgueses más o menos de izquierda, sino en la lucha directa de la clase trabajadora.

No puede existir ninguna duda sobre el verdadero carácter del gobierno constituido por el señor Azaña. Por si pudiera existir alguna duda sobre el particular, la alocución radiada por el presidente del Consejo el día siguiente de tomar posesión de su cargo, bastaría para desvanecerla. El gobierno Azaña no es, por su espíritu, el gobierno a que instintivamente aspiraban las masas populares que votaron la candidatura de izquierdas, sino un gobierno de tendencia profundamente burguesa y moderada.

Las predicciones hechas por nosotros durante la campaña electoral no tardarán en verse plenamente confirmadas; la gestión de las izquierdas republicanas en el poder defraudará todavía más a las clases trabajadoras que la del primer bienio. Azaña - sus propios discursos preelectorales y especialmente el del campo de Lassarre lo demuestran - aspira a polarizar a su alrededor a todos los sectores de la burguesía, contener la revolución en los límites de una moderada política liberal. Los que esperaban una ofensiva decidida contra los restos de la España monárquica y feudal se verán cruelmente defraudados. Azaña perseguirá como fin gobernar "para todos los españoles", que es lo peor que se puede hacer en un periodo como el actual caracterizado por profundas y agudas contradicciones de clase.

En estas circunstancias, exigir de la clase obrera que renuncie a sus aspiraciones máximas -destrucción del régimen burgués y conquista del poder- en nombre de la necesidad de "consolidar" la República, es un crimen y una traición. Traducida al lenguaje real, la frase "consolidar la República" significa dar la posibilidad a la burguesía de consolidar su dominación de clase bajo la forma republicana. Este y no otro es el sentido de la política de "Frente Popular", con carácter orgánico y permanente, preconizada por el comunismo oficial.

¿Significa esto que la clase trabajadora debe lanzarse a acciones esporádicas, de carácter "putchista", a perturbar por perturbar, sin otro objeto que provocar la inconsistencia de los gobiernos republicanos? De ninguna manera. De lo que se trata es de delimitar claramente la actuación del movimiento obrero con respecto a los partidos burgueses, dándole la indispensable independencia para que pueda continuar, con las mayores garantías de eficacia, la lucha por la realización de los fines que históricamente le están confiados.


El deber del momento

Es evidente que el proceso revolucionario continúa, que la revolución no ha terminado, pero no lo es menos que el problema de la conquista del poder por el proletariado no se plantea de una manera inmediata. Al decir que no se plantea de una manera inmediata no queremos significar que se trata de un objetivo remoto, y que, por lo tanto, la clase obrera debe limitarse a una lucha de carácter meramente reformista. No. La conquista del poder es el fin al que debe subordinar toda su acción el proletariado español. La solución del problema pertenece a un provenir inmediato. Del acierto o desacierto con que este problema sea resuelto, depende que el proceso revolucionario desemboque en la revolución socialista o en el fascismo.

Las condiciones no están maduras para que la clase obrera pueda tomar el poder hoy, pero si para que se prepare debidamente para tomarlo en breve. El deber del momento consiste, pues, en forjar las armas necesarias para la victoria: organismos capaces de agrupar a grandes masas, de realizar la unidad de acción efectiva de la clase obrera y de convertirse en órganos de poder, como lo fueron los soviets en Rusia, y un gran partido revolucionario. Esos organismos son las Alianzas obreras; a las cuales hay que incorporar las fuerzas que permanecen todavía fuera de ellas y coordinarlas en el terreno general, creando un centro directivo para todo el país. El gran partido revolucionario surgirá indefectiblemente como consecuencia del proceso de diferenciación ideológica, que se está operando en el seno del movimiento obrero español.

Pero forjar estas armas indispensables será absolutamente imposible sin una clara política de clase, sin la más completa independencia del movimiento obrero revolucionario con respecto a los partidos burgueses. Queda dicho con ello que la política del Frente Popular no responde a los intereses vitales del proletariado y de la revolución en el momento presente.

Se objetará a esto la necesidad de atraer a la pequeña burguesía. La objeción carece en absoluto de valor. Si como es fatal, los gobiernos de izquierda republicana, en esta segunda etapa, defraudan las esperanzas de las masas populares, dejan sin resolver los grandes problemas que tiene planteados el país y, como consecuencia, la pequeña burguesía sigue debatiéndose con insuperables dificultades económicas, se muestran incapaces de asegurar a ésta unas condiciones de existencia más llevaderas, las masas campesinas y pequeño burguesas, decepcionadas, se echarán en brazos de la reacción. Y en este caso, el fascismo contará con la base social de que hasta ahora había carecido.

Sólo una política clara y decidida es capaz de arrastrar a las grandes masas populares. Esta política no puede realizarla Azaña ni ningún partido político burgués o pequeño burgués, sino la clase trabajadora, que sabe lo que quiere y adónde va, y que no vacilará en atacar a fondo los intereses de las clases privilegiadas, que no gobernará "para todo el país" sino en favor de la mayoría del país y contra la minoría de explotadores.

Independencia, pues, del movimiento obrero frente a los partidos republicanos, organización, unidad sindical, Alianza Obrera, formación rápida del partido revolucionario: he aquí el deber del momento.


Andreu Nin
Febrero 1936
La Nueva Era, n° 2. febrero 1936










266. Andreu Nin. Un marxista en la CNT. Su desaparición en Alcalá de Henares




A pesar de lo escaso del tiempo, la militancia de Andréu Nin en la CNT no fue ni mucho menos desapercibida para nadie. Dejando a un lado mixtificaciones y mitos alrededor de esta militancia en la organización española del sindicalismo revolucionario, la razón fundamental para que Andréu Nin pasase a engrosar las filas del cenetismo catalán fue, fundamentalmente, la concepción de cualquier militante revolucionario que veía en la CNT la mejor opción para el avance de la revolución social en el país.

Su paso a la CNT viene precedido por dos hechos fundamentales:

1.- La decepción que Nin arrastra tras su paso por el PSOE y la dirección que había tomado en una línea más al estilo de la socialdemocracia tradicional (al estilo alemán) 

2.- La importancia que supuso la Revolución Rusa en todas las organizaciones revolucionarias del mundo. La CNT no fue menos en este aspecto.

No está clara la fecha de paso de Nin a la CNT. Probablemente se produzca entre finales de 1918 e inicios de 1919. Momento importantísimo para la organización anarcosindicalista por tres razones básicas:

A. La Regional catalana ha celebrado en 1918 un congreso en Sans y han aprobado la organización de los Sindicatos Únicos. La CNT daba un salto cualitativo en la organización obrera y se convertía, con diferencia, en la central sindical más dinámica y moderna de toda Europa. Posición que adoptará a nivel nacional tras el Congreso celebrado en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1919. Ya no será una organización a través de sociedades obreras de oficio sino una estructura de sindicatos y federaciones por ramos de producción.

B. Es un momento de desarrollo de la conflictividad y del proceso revolucionario en España. No solo por los aires que vienen de Rusia o Alemania, sino que se ha visto plasmado en el propio país con la Huelga General revolucionaria de agosto de 1917, con pacto tácito entre UGT y CNT, o la Huelga de la Canadiense desarrollada en Barcelona durante 1918 y que ha logrado la conquista de la 8 horas de trabajo gracias a la CNT y su método de acción directa.

C. La reacción que la patronal tiene ante todo esto y que provoca la creación de los Sindicatos Libres y el desarrollo del pistolerismo patronal con la idea de mermar las filas del pujante anarcosindicalismo.

En este entorno Andréu Nin pasa a pertenecer a la CNT.

Y a pesar del poco tiempo que llevaba de militancia en la organización sindical, tiene un papel medianamente importante en el Congreso de la Comedia de Madrid. Allí descubrimos a Nin netamente sindicalista a tenor de las ponencias que defiende. Las más importante, siguiendo la Memoria del Congreso, son las siguientes:

a. Petición de la jornada de 8 horas de trabajo para los marineros.

b. Petición de 7 horas de trabajo para los que realicen trabajos subterráneos.

c. Fijación de un salario mínimo.

d. Creación de una Comisión de Control que vigile, estudie y compare la producción en las fábricas españolas respecto a las del extranjero.

e. Establecimiento de derechos sociales para los inválidos.

f. Establecimiento de alquileres populares y nuevos inmuebles de calidad, utilizando la huelga de alquileres como herramienta (que se desarrolló con importancia en España y Argentina impulsada por los anarquistas)

Es pues un Nin sindicalista. Es un momento de entusiasmo revolucionario ante lo que está sucediendo en Rusia.

Nin vivirá en sus carnes el propio pistolerismo patronal. El 29 de noviembre de 1920 sufre un atentado por parte de los pistoleros patronales. Sale ileso, pero su compañero Josep Canela es asesinado.

Nin, junto con Maurín, Arlandis y otros, es el sector dentro de la CNT que defiende con más entusiasmo la entrada de la Confederación en la Internacional Comunista. Algo que lleva a enfrentarse con otros sectores de la CNT que paulatinamente se van separando por la represión que el régimen bolchevique somete a los libertarios rusos. La delegación que la CNT manda a la URSS en 1921 tiene disparidad de opiniones, entre los defensores del bolchevismo y los detractores, entre los que se encuentran Ángel Pestaña o el informe del anarquista francés Gastón Leval. El núcleo marxista de la CNT acaba saliendo de la organización y comenzará a organizarse en el amplio espectro de organizaciones comunistas que surgen por la división del movimiento obrero. Los Comités Sindicalistas Revolucionarios que los marxistas estructuran dentro de la CNT fueron un auténtico fracaso.

Nin no regresará a España hasta 1930. Se queda en la URSS y allí comienza a formarse el que será una de las figuras más relevantes del marxismo español durante la Segunda República española. A pesar de ello, el marxismo revolucionario siempre fue una minoría en la clase obrera española. La referencia marxista fue el PSOE hasta, prácticamente, 1936.

Pero la historiografía marxista ha errado a la hora de analizar el papel de este grupo dentro de la CNT. No existía una CNT aséptica controlada por una minoría anarquista sectaria que la arrastra a posturas distintas a las de la Internacional Comunista, como se ha querido plantear. La CNT es, desde su origen, una organización de carácter libertario, por su estructura, por sus medios y por sus finalidades. Aunque en su seno existían personalidades de distintas ideologías (no solo la anarquista) la organización confederal chocó con las estructuras verticales que el bolchevismo imponía. Aquellos que intentaron virar hacia esa estructura en al CNT fracasaron. Nin entre ellos.


La desaparición en Alcalá de Henares.

Nin desaparece de la escena política el 22 de junio de 1937 asesinado por agentes estalinistas. La ciudad elegida: Alcalá de Henares.

Se ha establecido como lugar común que Nin es torturado en el sótano del chalet de Ignacio Hidalgo de Cisneros, jefe de la aviación republicana, y Constanza de la Mora, su esposa. Ambos militantes del Partido Comunista de España. Según las versiones de allí salió y fue ejecutado en un punto indeterminado de la carretera de Perales de Tajuña por los agentes soviéticos (Orlov entre ellos)

Pero sin embargo la versión no encaja. La zona de la ciudad donde tenía ubicada Hidalgo de Cisneros su casa no sale a ninguna carretera de Perales. De hecho no existe en la ciudad ninguna carretera que se llame de Perales. Igualmente la casa de Hidalgo de Cisneros no tenía sótano.

La única carretera que conduce a Perales de Tajuña desde la ciudad es la carretera que sube el cerro Gurugú y lleva hasta Arganda. Y en esa ubicación solo existía un chalet como dependencias policiales. El chalet del diputado derechista por Alcalá de Henares Rafael Esparza (asesinado en la cárcel Modelo de Madrid en agosto de 1936). Es allí donde muy probablemente Nin fue torturado y luego conducido al lugar de su ejecución.

Dejando a un lado todas las críticas que le podamos hacer, todos los debates que mantuvo con los libertarios a través de artículos de prensa, hoy figuras como la de Nin son necesarias de recordar. Muchos de sus análisis son válidos hoy en día, pues son derechos aún por conquistar. Y a su defensa en los puntos que hizo en el Congreso de la Comedia de la CNT, allá por el año 1919, me remito. Casi un siglo después, más vigentes que nunca.


Mauricio Basterra.

Intervención en el homenaje que se le tributó a Andreu Nin en el Ateneo de Madrid el 16 de junio de 2012. Su paso por la CNT y la desaparición en Alcalá de Henares fueron los ejes de la misma.