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2432. La bestia en el jardín

Falangistas en la plaza de Santa Ana de Las Pamas de Gran Canaria (©FEDAC)


¿Conocéis las Islas Canarias? ¿Habéis visitado aquel rincón del Paraíso, jardín de las Hespérídes, gloría del Atlántico?

Siete blancas gaviotas parecen las Islas posadas sobre aquel mar eternamente azul... Siete cestas de flores que en continuada primavera, abren nuevos capullos sobre las mustias rosas, sin dejar que se seque la florecida rama.

Cuando el ansia descubridora del Imperio Español llevó hacía allí sus capitanes, los pacíficos moradores ignoraban lo que era la guerra. Vivían los guanches, —raza sobria, fuerte, pura— en una comunidad laboriosa y tranquila, dirigida patriarcalmente por sus "menceyes", los más viejos en menesteres de agricultura, de ganadería y de justicia. Cuando llegaron los españoles a las Islas, vieron que los "guanches" no tenían armas. Usaban unas largas pértigas para pasar a saltos las barranqueras y los peñascos de aquella accidentada tierra producto de estremecimientos volcánicos. Usaban, ágilmente, hondas para enderezar a las ovejas descarriadas. Y ¡nada más!

La serenidad de unos mares tranquilos mecía aquellas costas risueñas. Las brisas mansas suavizaban las caricias del Sol. Los campos siempre verdes eran prolíficos para la sementera. Las frutas maduraban para todos. No había pobres. No existían clases. Ni aduanas; ni diplomacia; ni academias; ni epidemias malignas; ni clero... Los "guanches" estaban libres de corrupción, de hipocresías, de mentiras. Las Islas eran trasunto de la Arcadia. ¡Un poema!... ¡Un sueño feliz!...

Los conquistadores se encargaron de llevarles todo ¡absolutamente todo! eso que les faltaba a los nativos. Llevaronles militares con uniformes de colorines; curas con sotanas negras; políticos con el alma manchada y recaudadores con la bolsa en una mano y el látigo en la otra. Y los nativos fueron dejándose morir (así lo cuenta la Historia) y se les encontraba tirados en los caminos, en los barrancos, en las musgosas hondonadas de sus valles feroces, dando en un último grito la trágica desesperación de su pecho: "¡Vacaguaré!", que en su idioma significaba "quiero morir". Y una enfermedad sin nombre les dejaba exánimes. Los galenos europeos la llamaron dubitativamente "enfermedad del sueño", pero la verdad es que allí nunca se había padecido. ¡Era producto de la Conquista y sobre todo de la impotencia para defender sus libertades!

Sin más armas para contener a espadas y lanzas que las pértigas florecidas de los caminantes o las flautas de barro de los pastores, sintieron el sueño, sí; pero era el que viene precediendo a la muerte de toda esperanza; de toda defensa; de toda salvación. Y los "guanches" canarios se dejaron morir.

Los Reyes de España no hicieron en las Islas labor de justicia y equidad, ni aún las ayudaron al engrandecimiento que hubiera traído ventajas económicas a la Metrópoli.

Pasaron los siglos sobre ellas y no hay un ferrocarril que transporte su producción ubérrima para llegar en buenas condiciones a los puntos de exportación. Se dan en Canarias, por igual, la naranja y el plátano; la piña y el mango; la manzana y la castaña. Frutos del Norte del Mundo. Frutos del Sur de la Tierra. ¿Dónde más dulces? ¿Dónde más sabrosos ? Pero Canarias no podía entrar en la Península Española sus frutos porque tenía que pagar crecidos derechos aduanales. Pero, ¿no eran las Islas Canarias Provincias españolas? Sí que lo eran; sí que lo son. Una sola provincia antes y dos desde hace diez años en que las dividió así Primo de Rivera con su varita mágica de Dictador, que aumenta provincias partiéndolas por el eje por hacer algo. Y... ¿Cómo siendo provincias españolas pagaban aduanas sus frutos? ¡Ah!... Porque las Monarquías españolas fueron siempre muy buenas colonizadoras.

Un racimo de plátanos que en Canarias cuesta dos pesetas, llevado a Madrid vale cinco duros; y los cigarros que los tabaqueros de la Isla de La Palma venden a pocos centavos el mazo, llevados a la Península suben a tan altos precios, que trae mejor cuenta fumar tabaco de cualquier otra parte. ¡Todo costaba mucho llevarlo a la Madre Patria! Pero en cambio, con qué facilidad mandaba ella lo que le placía. Y ¿qué mandaba? Pues lo peor que ha existido: militares sin honor, políticos fracasados, gobernantes ladrones... Toda la escoria, todo lo indeseable... ¡Cuánto estorbaba en Madrid se expedía contra Canarias! Se enviaba a Canarias.... a Canarias... a Canarias ... y además con doble sueldo, para que le tomaran el gusto a las Islas y para que hicieran dinero, los pobrecitos...

¿Se creaban, en reciprocidad, escuelas? Las menos posibles; para enseñar ya tenían al cura. ¿Carreteras, caminos, fuentes de riqueza, de algún orden? No... ¡Nada!.

Las Monarquías fueron avaras para las Islas y Fuerteventura, la Isla cercana del desierto africano, continuaba muriéndose de sed y sin obras de ingeniería para el sostenimiento del agua; como la Isla El Hierro, sin puerto apropiado y sin que los gobiernos supiesen siquiera de sus maravillosas fuentes medicinales, propiciadoras de grandes balnearios donde hallan la salud los enfermos españoles sin necesidad de salir de la Patria. Y la industriosa Isla de la Palma sin alicientes para su industria tabacalera y labrando desde hace siglos sus sedas magníficas en los mismos telares primitivos, sin una fábrica moderna. Y Tenerife sin progresar en sus espléndidos calados y encajes típicos, por falta de impulso industrial. Y la Gran Canaria, rica en cereales y en caña de azúcar, ayudada solamente por el capital inglés, defendiéndose como todas las Islas, con los envíos a Londres, donde se les abre mercado sin aduanas ni dificultades.

Y así los siete peñones florecidos permanecieron como al principio estáticos parados en la distancia, sirviendo de vertedero de la burocracia corrompida; recibiendo lo desprestigiado, lo indeseable, lo temido de la Madre Patria, para que allá en las lejanías isleñas se callase, se olvidase, se perdiese...

Pero en las Islas sobraba el Sol. Cuando el sol corona las altas montañas y el aire del mar orea las costas y los trigales doran las colinas y las flores bordan de color el paisaje, se puede olvidar al General y al Cura, al recaudador y al zángano, porque las mujeres canarias son como aquel Teide gigante —mucha nieve en el semblante y fuego en el corazón. Porque hay un vino fresco que mana de las parras casi sin trabajarlo. Porque en el campo las guitarras las "folias" y las "isas" nativas. Y el mar da peces de plata más sabrosos que en playa alguna puedan pescarse. Y sus higos son miel y la miel panal de oro...

¿Qué importa a los canarios la resaca que deja corrompidos cadáveres que la política española manda para estas playas?

Allá quedan en las ciudades, luciendo sus galones, manchando sus sotanas; pero no pueden quitarnos el sol, ni el campo, ni el arroyo brillador, ni las retamas amarillas que bordean las carreteras... Y las flores rebosan, perfuman la tierra. .. De tantas que hay marean. Flores en los riscos y en los peñascales. Flores en los trigos. Flores en las calles...

Los heliotropos surgen del camino y las azucenas obstruyen la huerta.

Y cuando dormidos soñamos con la gloria, entran por la ventana ramas floridas de madreselvas y nos dan con su perfume los buenos días.

Tenían las Islas sobradas bellezas para ocuparse de necesidades que llegan de lejos. Teníamos frutos, flores, guitarras, labor en los campos, barcos, en la mar. ¿Qué importa, entonces, el abandono, la preterición, el olvido?

Los canarios no usan armas ni para cazar, que hasta las liebres y los conejos se cazan con perros. ¿Para qué armas? ¿No son, acaso, las Islas un Jardín de las Hespérides donde no hay fieras de ninguna clase?

Pero, al caer la Monarquía las Islas comenzaron a conocer que eran en realidad Provincias españolas. Comenzaron a saber que había algo más que las bellezas de los campos para olvidar las torpezas de las ciudades. Y los que habían sufrido con el abandono, cobraron esperanzas. Se creaban escuelas; se trazaban caminos. El ambiente se tornaba luminoso ahora que las Islas serían escuchadas y el talento de sus hijos reconocido y sus obras consideradas. Ya no sonaría con demasiada insistencia, como antes, la palabra "autonomía" en los círculos intelectuales, ni se guardaría con amoroso misterio en los Ateneos la bandera Isleña, como signo de inquietudes y descontentos.

Había llegado la hora de la República y las cosas empezaban por fin a cambiar en la España de los Trabajadores. El obrero tendría un jornal decoroso; la cultura sería para todos y la Escuela no sería aquella terrible Escuela Pública, baldón del barrio donde estaba enclavada, porque los chicos más desarrapados eran sus asistentes y el Maestro, sin el prestigio que da el verdadero saber, era impotente para evitar los desafueros y las pedreas de los escolares. Las Escuelas de la República, inspiradas en los mejores métodos modernos, poseían el prestigio de un profesorado competente y digno. ¡Ya no saldrían de las Islas, como hasta entonces, los emigrantes analfabetos, sin cultura ni despejo! ¡Ya América conocería otros emigrantes en "los isleños" y olvidaría la pobre turba que venía a la zafra con la bondad en el alma y la ignorancia en el cerebro!

Y mientras los muchachos se educan, los padres cultivan la tierra, ahora... ¡su tierra!, que la Ley Agraria de la República, se la ha concedido.

Pero de pronto se sintió un rumor que no era de tempestad, que en la Isla ninguna azota, ni de ciclón que no llegan hasta allí, ni de fieras que no las hay en sus bosques bordados de violetas... Se sintió un ruido de espuelas, un crujir de botas de cuero de potro, un chocar de armas del diablo... Y al rugido de "Arriba España" las siete canastillas de flores se hundieron lentamente....

¡Y no se pudieron defender!... No pudieron porque los canarios no llevaban nunca armas, ni las tenían en sus casas, ni sospechaban que les pudiesen servir nunca de nada.

Otra vez se habían defendido como leones de una amenaza de invasión inglesa, y en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, perdió un brazo, en aquel día, el invencible almirante Nelson. Y allí está, en la plaza de Trafalgar, de Londres, la estatua del gran marino; y al verlo manco, los canarios recuerdan: "¡Fue en Tenerife donde le derrotamos"! Porque los canarios no quieren ser extranjeros. Y salieron vencedores del servilismo de la grande y poderosa Inglaterra. Pero estaban de acuerdo todos, ejército y pueblo, contra el enemigo común y en aquella ocasión el pueblo fue armado.

Después no volvió a combatirse nunca. "Las armas son un peligro", enseñan los padres canarios a sus hijos. Y la vieja escopeta para cazar palomas se oxida lentamente en el rincón del campesino comedor.

Y así los tomaron de improviso. No hubo posibilidades de salvación. Los poetas, los maestros de escuela, han sido fusilados. Los socialistas, los masones, han sido fusilados. Los estudiantes del pensamiento en estrellas del ideal, esa juventud isleña que soñaba en la completa redención del mundo caminando sobre senderos de un cristiano amor, fueron fusilados. Doctores y literatos, educadores y catedráticos de "dudosa filiación", trabajan al sol en las canteras con las cabezas rapadas como los presidiarios en la Cayena.

Las cosechas robadas fueron, los ahorros esquilmados. Cristo Rey bordado en Inri sobre uniformes criminales. Y la satánica risa de Torquemada se deja oír tras las hogueras de la Inquisición.

¡Es la guerra! Pero no la guerra en la que hay probabilidad de defensa. No la guerra de España, de hombre contra hombre e idea contra idea estallando en los aires y en la metralla de las trincheras. ¡No! Es peor que todo eso. Porque en Canarias no hay lucha, ni la idea silba contra la idea, sino que es la guerra que llega como la bestia sobre el nidal, sin permitir defensa, ni movimiento ni voz; aplastando con su cuerpo toda vida, deshaciendo el cerebro, turbando la razón. Y está prohibido el quejarse... ¡prohibido el llorar! Y como el Nerón que ahoga en el Circo el lamento del Pueblo, en las plazas de las Islas suena la música todas las noches y hay que llevar a los familiares al paseo "para no hacerse notar". Al llegar la hora de terminar el concierto, la banda militar toca todas las noches los himnos de los aliados: himno portugués, italiano y alemán que tiene que oír el público con la mano extendida en saludo del fascio. Caballeros, señoras, la muchachada, los niños extienden la diestra en aparente acatamiento. Un tinerfeño que cruzó por el paseo sin levantar la mano, fue detenido, arrestado y conducido al calabozo, y allí durmió tres días con el espanto en el alma hasta que su anciano padre pudo libertarlo y enviarlo para Cuba en una de cuyas poblaciones he podido hablarle. "Todas las oficinas están controladas por alemanes —me dijo— mi pasaporte lo firmó un alemán".

Y mientras tanto, los himnos de las naciones aliadas al sangriento fascismo español, continuarán sonando en las cálidas noches de las Islas como una burla sangrienta sobre las víctimas del Ideal. Y el "Jardín de las Hespérides", que un día fue crisol de libertades, cuna de inteligencias, regalo florecido de los dioses al Mar, se ve hollado por la Bestia que sale de las sombras, de las cavernas, para traer de nuevo el fanatismo y la incultura; para levantar cadalsos, fortificar presidios, imponiendo con hierro candente la cruz de la esclavitud en la espalda del pueblo sin amparo.

El Sol alumbra, indiferente, a la tierra donde los cantos se han extinguido; donde la impotencia ata los pies y las manos de los  hombres que anhelan la libertad. Y otra vez, en las sombras de la noche, resonarán gritos brutales de los conquistadores, mientras los "guanches" de hoy, tirados sobre el campo mustio del Ideal, se dejan embargar del sueño letárgico y murmuran con desesperación: ''¡Vacaguaré!" (i¡quiero morir!).

¡Las Islas se han dormido!


Mercedes Pinto
Santiago de Cuba, Agosto 1937


Publicado en Facetas de la actualidad española núm. 6
La Habana, septiembre de 1937






2310. Cuando las nebulosas eran todavía polvo cósmico

Como una especie de milagro, Manuel Monzón Rodríguez, se quedó colgando por el cuello de la chaqueta del abuelo Julio en la afilada piedra. Él sabía en el momento de ser arrojado al vacío que de la Sima de Jinámar no escapaba nadie. Se acurrucó como pudo en la minúscula repisa, tenía el brazo partido, mientras veía caer al abismo volcánico a sus compañeros y amigos, más de cien jornaleros del Frente Popular, sindicalistas de la CNT y la Federación Obrera.

Escuchaba las risas y chascarrillos de los falangistas y Guardias Civiles, que borrachos se divertían asesinando hombres y mujeres inocentes. El joven de Tamaraceite era consciente, intuía, que sería muy complicado escalar, subir sin cuerdas más de cincuenta metros de acantilado.

Tras varias horas de gritos, lamentos, llantos, risas y la caída al fondo del agujero de las botellas de ron de caña de los fascistas se hizo el silencio, estaba casi amaneciendo y del fondo llegaba un fuerte olor a sangre y vísceras, se escuchaban gemidos de dolor, gente agonizando, un sonido que se amplificaba por la forma de la chimenea de lava ancestral. Manuel no sabía qué hacer, si se movía podía caer, solo le quedaba la opción de estar inmóvil, el brazo le dolía demasiado, los dedos estaban hinchados, le latían como si fueran corazones con uñas rotas, astilladas, destrozadas por las brutales torturas en el centro de detención ilegal de la calle Luis Antúnez de Las Palmas.

Cuando ya había perdido la esperanza y no se escuchaba nada en el fondo, ya parecía que todos habían muerto desangrados, cuando ya le pasaba por la mente soltarse y dejarse llevar por la oscuridad hasta la inevitable muerte se oyeron voces arriba, no eran tan estridentes como las de los asesinos, eran palabras emitidas por bocas nobles, algunas niñas, voces femeninas, de varios jóvenes y un señor mayor que decía algo sobre la terrible crueldad de aquellos seres infernales.

Manuel gritó:

—¡Auxilio, estoy aquí, estoy vivo, ayuda por favor!

—Trae la soga de la alforja del burrito —dijo Soledad Cabrera Alcántara.

La mujer de San Gregorio, (Telde), tenía sus cabritas a varios kilómetros de Caserones, al otro extremo de la Sima. En un instante, en menos de una hora, llegó hasta Manuel con una cuerda gruesa.

—Amárrate la cintura mi niño, nosotros te sacamos pa arriba.

El joven se ató lentamente, no podía mover el brazo derecho, afortunadamente era zurdo, al momento se vio con las piernas sobre el risco oscuro, subiendo hasta que se quedó colgado, no había pared, solo oscuridad, creyó por un momento que no lo conseguiría, pero desde arriba había fuerza, voces, respiraciones aceleradas, hasta algunas risas, lo subían, lo elevaban hacia la vida, hacia aquel sol intenso de agosto del 36.

Salió lleno de polvo, la cara ensangrentada, la ropa destrozada, al momento lo acogieron, el grupito de gente buena, varias niñas, Soledad, el abuelo Ignacio Tejera.

—Mi cielo tienes que salir de aquí cuanto antes, vamos hasta la Higuera Canaria, allí te esconderemos, debemos tener mucho cuidado, hay varios vecinos chivatos, ponte estas ropas, te llamas Carlos Cabrera, eres mi hijo si alguien nos para y nos pregunta —dijo la pobre Soledad mientras le limpiaba las heridas con sus enaguas.

La comitiva solidaria partió montaña arriba, las cabras les seguían, un perro lanudo, grande, con los ojos dulces, parecía saberlo todo, cómplice directo de la evasión del muchacho de La Montañeta en el municipio de San Lorenzo.

Lo escondieron en la casa de Isabel Martel, la viuda de Antonio González, asesinado el 22 de julio del mismo año en los pozos de la finca de los Ascanio. Allí quedó Manuel casi cuatro años escondido, solo salía de noche al patio bajo la parra cargada de uvas blancas. El superviviente, el único que logró salir del agujero pasaba sus noches de amor con la triste Isa, su pareja entre aquel inmenso dolor, el miedo a los ladridos de los perros que  anunciaban la llegada de la “brigada”.

Un amor añejo sembró de flores aquel lecho perfumado, de un olor como de amapolas, incienso moruno y naranjas, mientras al otro lado de la montaña el abismo seguía cada noche siendo el lugar del crimen impune, cientos de hombres de mujeres arrojados a la oscuridad por aquellos asesinos sanguinarios, Manuel besaba a Isabel, metidos en el fondo del alpendre en la cama de paja y pinocha, supervivientes del íntimo pasaje del terror en los sueños invisibles.


Francisco González Tejera
Semilla de Memoria









2052. Manifiesto del Comité del Norte de Gran Canaria de Defensa de la República

OBREROS Y CAMPESINOS DE CANARIAS, PEQUEÑOS COMERCIANES, PEQUEÑOS PROPIETARIOS, PEQUEÑOS INDUSTRIALES.

Camaradas: el intento de golpe de estado fraguado por los militares reaccionarios y por los elementos fascistas, HA FRACASADO TOTALMENTE. Las noticias recibidas en la madrugada de hoy del Gobierno de la República, acusa el aplastamiento total y fulminante de este movimiento, con el que se intenta sumir en el hambre y en lamiseria al laborioso pueblo español.

Solamente en Gran Canaria se da el caso de que un exiguo número de señoritos chulos, quiere seguir esta aventura, aún sabiendo que de todas formas nada conseguirán. Para dar la justa réplica a estos ladrones de pueblo, todos los obreros y campesinos, todas las mujeres canarias, deben estar dispuestos a defender las conquistas logradas con el triunfo del 16 de febrero y a defender al Gobierno nacido de este triunfo del Frente Popular.

Obreros y Campesinos: ¡En pie, compañeros! ¡Valientes mujeres de Canarias, a defender el derecho a la vida de vuestros hijos! ¡Viva la alianza obreras y campesinas! ¡Vivan las Milicias obreras y campesinas! ¡Viva el Frente Popular! ¡Mueran los ladrones y asesinos!

Comité del Norte de Gran Canaria de Defensa de la República
19 de Julio de 1936









1633. Éxodo de flores y corazones

Un relato inédito de Francisco González Tejera sobre la represión en Canarias. Especial para Búscame en el ciclo de la vida.


El viejo barquito atunero surcó los mares de Mogán hacia el horizonte, no fue fácil despistar a la Guardia Civil y a los falangistas que acordonaban la costa desde San Bartolomé de Tirajana hasta la Playa de Veneguera. Tuvieron que pasar varios días escondidos en las cuevas prehispánicas del Barranco de Tiritaña, alimentándose de sardinas saladas, de plátanos con gofio, bajo un calor agobiante en pleno mes de agosto de 1936.

Todo fue tan rápido desde la noche del golpe de estado, cuando en la reunión de la Federación Obrera de Arguineguín llegaron noticias de que los fascistas estaban asesinando a gente de la izquierda, que los niños ricos como el industrial tabaquero Fuentes, Bonny, el Conde, los hijos de la Marquesa, Leacock y otros reaccionarios miembros de la criminal oligarquía isleña estaban sacando a los hombres de sus casas para desaparecerlos. Los barcos salían del Puerto de la Luz cargados de republicanos maniatados, metidos en sacos atados de pies y manos para ser arrojados en alta mar, cientos, miles de almas generosas, cuyo único delito era pensar diferente a los brutales genocidas.

Desde la costa de Las Palmas de Gran Canaria se veía mucha actividad a pocos kilómetros del litoral, luces que no eran de humildes pescadores bajo las estrellas, sino embarcaciones de los asesinos, madrugadas de muerte, fascistas tirando al mar a quienes defendían las democracia y la libertad.

Atrás quedaba la islita, Manuel González, Ataulfo Mayor, Esteban Sosa, Carmela Menéndez, la joven Ramona enferma de tuberculosis, víctima de una violación múltiple del grupo de requetés, militares y miembros de Falange que tomaron la Casa del Pueblo de La Isleta, llevándose a la joven maestra a la Playa de El Confital para violarla, para abusar de aquel hermoso cuerpo, mientras tiraban a su marido horas antes a la Sima de Jinámar.

Los hombres y mujeres veían como quedaba atrás su amada tierra rumbo al continente africano, escapando del holocausto orquestado por la Iglesia Católica, la corrupta burguesía, militares y todo tipo de psicópatas criminales, que estaban en esos momentos asesinando de forma selectiva y programada a miles de canarios en cada una de las desafortunadas islas.

El barquito de dos proas avanzaba lento, presuroso, dejando atrás tantos seres queridos, hijos, hijas, madres y padres, para evitar que también los mataran, la pobre Ramona Corujo nacida en Fuerteventura no se levantaba del rincón, abrazaba a su bebé Martín Monasterio, el niño de apenas medio año que se acurrucaba en su pecho, abrazado, como presintiendo algo terrible, parecía intuir en su santa inocencia que su madre era la vida, que los días pasados eran la muerte, la masacre, el dolor, la tortura, los abusos, la destrucción de un hermoso espacio para la esperanza.

El silencio presidía el viaje entre la tormenta, los rayos y truenos se veían al otro lado del mar, el desierto de El Sahara se avecinaba tenebroso, con un olor ancestral, mágico, en el periplo hacia el misterio y el forzoso exilio.

Carmela se sentó junto a Ramona, también era maestra, daba clases en un colegio del barrio marinero de San Cristóbal, una escuelita humilde junto al mar, formadora de aquellos niños desarrapados que olían a pescado y brisa marina. Las dos mujeres se fundieron en un abrazo silencioso, nadie hablaba, solo alguna queja, un lamento confundido con el viento del verano y el inmenso salitre que rodeaba aquella escena hacia un éxodo desconocido, parecían pensar en cómo 400 años antes otro pueblo vino huyendo de África, quizá escapando de otro genocidio, buscando nuevos horizontes de paz y esperanza, que construyeron su particular universo de pintaderas, cuevas y casas de piedra seca, diseñadas en la inmensidad de aquellas islas perdidas en el infinito Atlántico.

Cuando amanecía se adivinó la costa, una playa de arena rubia, mientras un grupo de personas les esperaban con las manos abiertas, vecinos del desierto que ya sabían lo que pasaba en el hermano pueblo, que había que acoger a tanta gente buena, la que sembraba futuro y flores nuevas.











694. Llamamiento de Franco

Llegada de Francisco Franco a Ceuta procedente de Canarias el 18 de julio de 1936 / EFE


Trascribimos a continuación un fragmento del Manifiesto escrito por Francisco Franco, Comandante General de la Región Militar de Canarias que fue publicado en el diario “La Tarde” en Santa Cruz de Tenerife a día de 18 de julio de 1936.


¡Españoles!:

A cuantos sentís el santo amor a España, a los que en las filas del Ejército y Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la Patria, a los que jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la Nación os llama a su defensa.

La situación en España es cada día que pasa más crítica; la anarquía reina en la mayoría de sus campos y pueblos [...].

Huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la Nación [...].

La Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un eclipse total; ni igualdad ante la Ley, ni libertad, aherrojada por la tiranía, ni fraternidad cuando el odio y el crimen han sustituido al mutuo respeto, ni unidad de la Patria, amenazada por el desgarramiento territorial más que por regionalismos que los propios poderes fomentan [...].

Pero, frente a eso, una guerra sin cuartel a los explotadores de la política, a los engañadores del obrero honrado, a los extranjeros y a los extranjerizantes que directa o solapadamente intentan destruir a España.

En estos momentos es España entera la que se levanta pidiendo paz, fraternidad y justicia; en todas las regiones, el Ejército, la Marina y las fuerzas del orden público, se lanzan a defender la Patria. La energía en el sostenimiento del orden estará en proporción a la magnitud de las resistencias que se ofrezcan. [...]

Como la pureza de nuestras intenciones nos impide el yugular aquellas conquistas que representan un avance en el mejoramiento político-social, y el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestros pechos, del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales en nuestra Patria, por primera vez, y por este orden, la trilogía FRATERNIDAD, LIBERTAD E IGUALDAD.

Españoles: ¡¡¡VIVA ESPAÑA!!! ¡¡¡VIVA EL HONRADO PUEBLO ESPAÑOL!!


Comandante General de Canarias
Santa Cruz de Tenerife, a las cinco y cuarto horas del día 18 de julio de 1936













8. Elisa Álvarez, la descubridora del trago mortal

María Elisa Álvarez Obaya
(Villaviciosa, Asturias, 12 de enero de 1934 - Las Palmas de Gran Canaria, 26 de febrero 2010)


María Torres / 2010

En 1.963 hubo miles de muertos en España sin una causa aparente. El régimen franquista solo reconoció 50 muertes en Galicia y Canarias. Los que no fallecieron, quedaron ciegos. De repente, veían caer nieve ante sus ojos en pleno agosto, y luego, el blanco total. Una joven farmacéutica asturiana, inspectora de Sanidad en Haría, Lanzarote, descubrió la raíz del problema, las familias enterraban a sus seres queridos sin saber qué había apagado sus vidas.

María Elisa Álvarez Obaya nació en Villaviciosa, Asturias, el 21 de enero de 1934. Era hija de una familia acomodada y siempre quiso dedicarse a la investigación. Tras superar una oposición, fue destinada a Lanzarote y llegó al municipio de Haría en el año 1961, en calidad de Inspectora Municipal de Farmacia. Dos años después de su llegada comenzaron a producirse en el pueblo una serie de muertes por causas desconocidas, concretamente la de Jesús Barreto Barreto, Santiago Betancor Méndez y María Zerpa Álvarez, enterradora del municipio. Todos ellos habían sido inhumados y en su certificado de defunción figuraba la misma frase: “Muerte natural”.

Este hecho llevo a Elisa Álvarez a investigar y observó una pauta común que le hizo levantar la liebre. «Se dio cuenta de que los afectados, tanto los muertos como los dos que se quedaron ciegos, tenían la costumbre de tomar una copita de ron por la mañana». Analizó muestras de la bebida y descubrió la presencia de metanol, un tipo de alcohol extraído de la madera que en determinadas dosis puede provocar la muerte con la ingesta de una sólo copa.

Una vez sobre la pista, se incautaron las partidas del brebaje, fabricado por una bodega gallega, se paralizó su venta y se exhumaron los cadáveres para hacerles la autopsia y se procedió a la apertura de un proceso judicial.

De forma paralela, el médico de Cea, José Seijo, se dio cuenta de que habían empezado a morir campesinos, también de modo repentino, en la provincia de Ourense. Y se limitó a llamar la atención sobre estos sucesos, sin poder imaginar que las muertes de Galicia podían estar relacionadas con las de Canarias. Pero por fortuna, la etiqueta de una garrafa de aguardiente desveló la procedencia del alcohol metílico: había sido enviado desde la casa Lago e Hijos de Vigo. Y poco después se descubrió que un cargamento de aguardiente había ido de Vigo a Lanzarote, transportado en un barco. Esa empresa le compraba la materia prima a un bodeguero de Ourense, que tenía su sede en el barrio de A Ponte, llamado Rogelio Aguiar, el principal agente que provocó el envenenamiento de miles de personas, con 75.000 litros de ron, ponche y licor café con alcohol metílico.

Gracias a una noticia publicada por “Faro de Vigo”, el primer periódico que ofreció la información de las muertes que provocó el alcohol metílico, las autoridades descubrieran la conexión que había entre la muerte de marineros en Canarias y la de labradores en Galicia.

El alcohol metílico que utilizó Rogelio Aguiar, para ahorrar costes, procedía de la destilación de la hulla, una especie de carbón, empleado habitualmente para fabricar barnices, pinturas y combustible de aviones. Era altísimamente venenoso. La persona que ingería una sola copa, sufría unos dolores intestinales muy intentos, a las pocas horas quedaba ciega y muchas de ellas fallecían poco después, debido a un fallo multiorgánico.

Debido al consumo de licor café, ponche o ron que contenía alcohol metílico, hubo 25 muertos en Ourense, 7 en A Coruña, 18 en Gran Canaria y Tenerife y 1 en el Sáhara español, además de 5 ciegos y lesionados en Ourense, 2 en A Coruña y 2 en las Palmas de Gran Canaria.

El metanol es un alcohol de uso industrial más económico que el empleado en las bebidas alcohólicas. En 1963 el precio del litro de metanol era de catorce pesetas y el de etanol alcanzaba las treinta. La intoxicación por el metanol es causada por los productos de su transformación en el organismo por acción de la enzima aldehído deshidrogenasa, formaldehido y ácido fórmico. Estos compuestos originan daños neurológicos, atrofia del nervio óptico, causante de la ceguera, e incluso la muerte si se ingieren dosis de 60 a 200 ml.

Elisa tenía una curiosidad natural y un tesón fuera de lo común. Adoraba la investigación y no paraba hasta que daba con la solución. El mérito de Elisa Álvarez es mayor si se tienen en cuenta que los únicos medios con los que contaba eran un par de alambiques y otras tantas probetas, y con esto fue capaz, además, de descubrir el antídoto, que no es otra cosa que el etanol, que posee una mayor afinidad por la aldehído deshidrogenasa, desplazando al metanol de su unión, e impidiendo la formación de sus metabolitos tóxicos.

Elisa era una mujer joven que se enfrentó a muchos intereses económicos, ya que este descubrimiento hizo atar cabos a las autoridades en la Península, y abrieron una investigación y durante meses, se confiscaron muchas botellas que contenían el mortal alcohol.

La alegría del descubrimiento quedó minorizada por las amenazas de muerte que recibió Elisa, y que la obligaban a acudir al Juzgado con escolta. El expediente del proceso judicial contenía 60.000 folios. Tras cuatro años de juicio, los once imputados fueron condenados a penas que sumaban 140 años de cárcel por delitos contra la salud pública e imprudencia temeraria, y al pago de cuantiosas indemnizaciones. Sin embargo, las penas no se cumplieron íntegramente, y las indemnizaciones nunca llegaron a ser cobradas ya que los condenados se declararon insolventes.

Fueron condenados, como responsables del envenenamiento, Rogelio Aguiar Fernández, con una pena de 20 años de reclusión menor y 25.000 pesetas de multa; Román Rafael Saturno Lago Cabral, a 18 años de reclusión menor y 20.000 pesetas de multa; Miguel Ángel Basail Infante, a 15 años de reclusión menor y 10.000 pesetas de multa; María Ferreiro Sánchez, a 12 años de reclusión menor y 5.000 pesetas de multa; Román Xerardo Lago Álvarez, a 12 años de reclusión menor y 5.000 pesetas de multa; Alberte Lombán González, a 12 años de reclusión menor y 5.000 pesetas de multa; Luis Iglesias Barral, a 12 años de reclusión menor y 5.000 pesetas de multa; Ricardo Debén Gallego, a 12 años de reclusión y 5.000 pesetas de multa; Francisco Emilio López Otero, a 4 años de prisión menor y 5.000 pesetas de multa; José Ramiro Nóvoa Rodríguez, a 1 año de prisión menor y 10.000 pesetas de multa; y Manuel López Valeiras Souto, a 1 año de prisión menor y 10.000 pesetas de multa.

El total de las indemnizaciones fijadas para los procesados ascendió a 19.563.500 pesetas, declarando en su caso responsables civiles subsidiarios a las entidades Industrias Rosol, S.A. e Lago e Hijos, S.L.

Elisa fue distinguida por la Real Academia de Farmacia de España en 1963, a solicitud de varios Colegios Farmacéuticos, adhiriéndose el Ayuntamiento de Haría, con la novena Medalla “Carraido” individual, por su “Científica y Humanitaria Labor”.

En 1998 se publicó el libro “Mil muertos por un trago” de Fernando A. Rodríguez Méndez, donde se cuenta la historia. El director de cine Emilio Ruiz Barrachina llevará al cine la historia de uno de los mayores envenenamientos que hubo en España. El actor Juanjo Puigcorbé representará el papel del fiscal Fernando Seoane, que quiso buscar responsabilidades más allá de las bodegas que comercializaron el producto, declaradas al poco tiempo en quiebra, pero chocó de frente con el sistema.

El 26 de febrero de 2010, Elisa fallecía en Las Palmas de Gran Canaria, a los 76 años de edad.

De lo que no cabe duda, es que muchas personas le deben la vida.