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2764. Instrucciones del Presidente Cárdenas

Condecoración del Gobierno Republicano Español en el exilio al Presidente de México, Lázaro Cárdenas


Instrucciones del Presidente Cárdenas a Isidro Fabela - Enero de 1937


I) México es y deberá seguir siendo un Estado fiel a la Sociedad de Naciones.

II) México cumplirá estricta y puntualmente el pacto de la Liga.

III) México ha reconocido y reconoce como inalienable el principio de no intervención.

IV) Como consecuencia de lo anterior, México se constituirá, en todo momento que sea necesario, en defender de cualquier país que sufra una agresión exterior de cualquier importancia.

V) Especialmente en el conflicto español, el Gobierno mexicano reconoce que España, Estado miembro de la Sociedad de Naciones, agredido por las potencias totalitarias, Alemania e Italia, tiene derecho a la protección moral, política y diplomática, y a la ayuda material de los demás Estados miembros, de acuerdo con las disposiciones expresas y terminantes del pacto.

VI) El Gobierno mexicano no reconoce ni puede reconocer otro representante legal del Estado español que el Gobierno republicano.

VII) En el caso de Abisinia, México reconoce que ese Estado ha sido víctima de una agresión a su autonomía interna y a su independencia de Estado soberano por parte de una potencia interventora. En consecuencia, la delegación de México defenderá los derechos etíopes en cualesquiera circunstancias en que se pretendan ser conculcados.

VIII) En términos generales, México ha sido y debe seguir siendo un país de principios cuya fuerza consiste en su derecho y en el respeto a los derechos ajenos. Consecuentemente, la representación de México en Ginebra deberá ser intransigente en el cumplimiento de los pactos suscritos, en el respeto a la moral y al derecho internacional y específicamente en el estricto cumplimiento del Pacto de la Sociedad de Naciones.









2266. Carta del presidente Cárdenas sobre la posición de México respecto a la guerra de España

Lázaro Cárdenas y la guerra de España. Grabado del Taller Gráfica Popular. Autor Alberto Beltrán


Carta del presidente Cárdenas a Isidro Fabela, delegado ante la Sociedad de Naciones, sobre la posición de México respecto a la guerra de España.

México, 17 de febrero de 1937.
Sr. Lic. Isidro Fabela
Delegado de México
Ginebra, Suiza


Muy estimado señor licenciado y fino amigo:

Como complemento de la conversación que tuve el gusto de celebrar con usted antes de su partida y como orientación para las pláticas que pueda usted tener en Francia, así como para sus gestiones en Ginebra en virtud de la comisión que le ha sido confiada, creo conveniente atraer su atención sobre el espíritu de absoluto desinterés y de irreprochable lealtad internacional con que el gobierno de México ha procedido y procede en lo que respecta al actual conflicto de España. Es posible que -dada nuestra ausencia del Consejo de la Sociedad de las Naciones- la forma en que dicho conflicto sea tratado en la Liga, no haga indispensable una exposición detallada de usted sobre la materia; pero, si el caso llegara a presentarse, sería necesario explicar con precisión el alcance real de nuestra conducta, la cual, a nuestro juicio, es la que deberían haber observado todos los países.

Conviene, ante todo, hacer ver hasta qué punto la actitud de México en relación con España no se encuentra en contradicción con el principio de "no intervención". Esta frase, muy utilizada en la actualidad por la diplomacia europea y por la política interamericana, ha venido a recibir, como consecuencia de las complicaciones internacionales suscitadas por la rebelión española, un contenido ideológico muy diferente del que orientó, por ejemplo, a la delegación mexicana que concurrió a la reciente Conferencia de Paz de Buenos Aires, al proponer a la aprobación unánime de las Repúblicas de nuestro continente el protocolo Adicional a la Convención sobre Deberes y Derechos de los Estados firmada en Montevideo en 1933.

Bajo los términos "no intervención" se escudan ahora determinadas naciones de Europa, para no ayudar al gobierno español legítimamente constituido. México no puede hacer suyo semejante criterio, ya que la falta de colaboración con las autoridades constitucionales de un país amigo, es en la práctica, una ayuda indirecta --pero no por eso menos efectiva- para los rebeldes que están poniendo en peligro el régimen que tales autoridades representan. Ello, por lo tanto, es en sí mismo uno de los modos más cautelosos de intervenir.

Otro de los conceptos que ha cobrado particular connotación con motivo de la situación española, es el de la neutralidad internacional. México, al adherirse en 1931 al Pacto constitutivo de la Sociedad de las Naciones tuvo muy en cuenta el carácter generoso de su estatuto, del que puede decirse que una de las conquistas jurídicas más importantes ha sido la de establecer una clara separación -en caso de posibles conflictos- entre los Estados agredidos, a los que se proporcionan todo el apoyo moral y material que las circunstancias hacen indispensable, y los Estados agresores, para los cuales se fija, al contrario, un régimen de sanciones económicas, financieras, etc. La justificación de esta deferencia, plausible en lo que concierne a los conflictos que puedan surgir entre dos Estados libres y soberanos, se pone aun más de manifiesto en lo relativo a la lucha entre el poder constitucional de un Estado y los rebeldes de una fracción apoyada visiblemente como en el caso de España por elementos extraños a la vida y a las tradiciones políticas del país.

La ayuda concedida por nuestro gobierno al legítimo de la República española es el resultado lógico de una correcta interpretación de la doctrina de "no intervención" y de una observancia escrupulosa de los principios de moral internacional que son la base más sólida de la Liga. A este respecto procede recordar que la ayuda material a que aludo, ha consistido en poner a disposición del gobierno que preside el señor Azaña, armas y parque de fabricación nacional y solo ha aceptado servir de conducto para la adquisición, con destino a España, de material de guerra de procedencia extranjera en aquellos casos en que las autoridades del país de origen -conociendo la finalidad de la compra- manifiesten en forma clara su aquiescencia y den, de acuerdo con los procedimientos normales, los permisos reglamentarios.

Al participar a usted que de la presente carta he enviado una copia a la Secretaría de Relaciones, ya que, cuando sea necesario, habrá usted de solicitar de dicha dependencia las instrucciones relacionadas con la participación de nuestro país en los trabajos de la Sociedad de las Naciones, aprovecho la oportunidad para desear a usted el mejor éxito en el desempeño de su cargo y quedo suyo, afectísimo amigo y atento seguro servidor,


Lázaro Cárdenas
Cartas al Presidente Cárdenas
Offset Altamira, México 1947










1977. Carta de Isidro Fabela a Lázaro Cárdenas con motivo de la guerra española

Finalizada la Guerra española Hitler recibió en la Cancillería alemana a la comisión de generales y oficiales españoles que
acompañaron a la Legión Cóndor  (las tropas que el III Reich envió para apoyar a Franco) en su regreso a Alemania. En la
izquierda de la imagen Hitler, el general Queipo de Llano y enfrente Juan Yagüe. (Foto Campúa)


La Guerra civil e Internacional en España. Ginebra, 17 de mayo de 1937.


Ginebra, 17 de mayo de 1937

Sr. General de División don Lázaro Cárdenas, Presidente de la República.

Estimado Sr. Presidente y distinguido amigo. 

Al llegar a París, el mes de marzo, me entregaron su carta de febrero 17, que contesté inmediatamente por cable en estos términos:

"RECIBÍ SU CARTA. ACORDARÉ MIS ACTOS CON SUS JUSTAS RESOLUCIONES. ESCRIBIRÉ GINEBRA. RESPETUOSAMENTE."

Después de esta respuesta quise, intencionalmente esperar que pasara el tiempo necesario para enterarme de los múltiples asuntos de la Delegación Permanente a mi cargo, estudiar los problemas internacionales que más interesan al Gobierno que usted preside, y conocer el medio en que habré de desarrollar mis actividades, para después tener el honor de escribirle. Por esas causas hasta ahora me permito dar a usted mis primeras impresiones de Ginebra.

Ante todo, señor Presidente, le agradezco que me haya escrito para darme sus puntos de vista personales respecto a la cuestión de España. Siendo usted, como Primer Magistrado de la República, el directamente responsable de la política exterior de nuestro país, es indispensable para los agentes diplomáticos mexicanos, y singularmente para el Delegado en Ginebra donde se concentra la atención mundial internacional, conocer sus ideas para mejor interpretarlas y poder armonizar nuestras actividades con los propósitos del Ejecutivo.

Con la autorización que tengo de usted y por creer que así cumplo un deber oficial y de amistad hacia su persona, le escribiré, señor General, cada vez que yo considere útil o necesario que usted tenga mis informaciones directas. Al escribirle lo haré expresándole mi pensamiento con toda franqueza, pues considero que el diplomático, que con su Gobierno y con su Presidente no procede con libertad de criterio, ni es un eficaz funcionario ni dará prueba de leal adhesión a su Primer Mandatario.

La política de usted en el caso de España, me parece en todos sus puntos, apegada a la justicia y ética internacionales, al Derecho de Gentes y a la fe de los tratados.

Esos puntos se refieren a la llamada "no intervención", a la "neutralidad" y a la ayuda material al Gobierno legítimo que preside el señor Azaña.

NO INTERVENCIÓN.- Tiene usted razón cuando me dice en su carta: "Bajo los términos "no intervención" se escudan ahora determinadas naciones de Europa para no ayudar al Gobierno español legítimamente constituído"; y cuando agrega: "México no puede hacer suyo semejante criterio ya que la falta de colaboración con las autoridades constitucionales de un país amigo es, en la práctica, una ayuda indirecta -pero no por eso menos efectiva- para los rebeldes que están poniendo en peligro el régimen que tales autoridades representan. Ello, por tanto, es en sí mismo uno de los modos más cautelosos de intervenir".

En efecto, el Comité de Londres es lo contrario de lo que dice ser, pues en realidad es un Comité de Intervención, que al decretar el embargo de armas para los dos bandos en lucha, interviene en los asuntos interiores y exteriores de España, arrebatándole al Gobierno constitucional su derecho legítimo de armarse en el extranjero, con grave perjuicio de su situación interna.

Tal intervención es absolutamente arbitraria porque coloca en pie de igualdad al Gobierno y a los rebeldes, otorgando a éstos una beligerancia ilegal; beligerancia que de jure y de facto priva al Gobierno de un derecho que le correspondía; mientras que, a los facciosos, les suprime aquéllo a lo que tenían derecho; y ésto aparentemente porque sería ingenuo creer que Alemania e Italia cumplan a la letra y en su espíritu las obligaciones que han contraído con el Comité de Londres, mientras que sí podrá creerse en el cumplimiento de la vigilancia militar que ejercen en el Cantábrico y las fronteras lusitanas, Inglaterra y Francia.

Por desgracia, señor Presidente, este absurdo estado de cosas ha sido legitimado por las propias autoridades de Valencia. En la 17a. Sesión Ordinaria de la Asamblea de la Sociedad de las Naciones, el señor Alvarez del Vayo, después de manifestar con justeza que la fórmula de no intervención era una monstruosidad jurídica, hizo en seguida esta no apropiada declaración contradictoria: "Nosotros aceptaríamos una política rigurosa de no intervención"; advertencia que se realizó en la sesión extraordinaria del Consejo de la Liga (12 de diciembre de 1936) al aceptar el proyecto de resolución que vino a reconocer oficialmente, por parte de dicho Consejo, al Comité de Londres.

El error sube de punto si se examina cuidadosamente los considerandos del acuerdo, cuya traducción tengo el honor de acompañarle adjunta.

Primero invoca el Consejo el artículo once que se refiere a que "toda guerra o amenaza de guerra que afecte directamente o no a uno de los miembros de la Sociedad, interesa a la Sociedad toda entera; por supuesto refiriéndose a las guerras internacionales y con el obligatorio fin de ayudar al Estado respectivo; y después agrega, que "esta buena inteligencia debe mantenerse sin referirse al régimen interior de los Estados". Después, invocando asimismo el deber que incumbe a todo país de respetar la integridad territorial y la independencia política de otro, afirma "que todo Estado está en la obligación de abstenerse de intervenir en los negocios interiores de otro". Y concluye, que como el Comité de No Intervención se inspira en esos principios, recomienda a los miembros de la Liga, representados en dicho Comité, "tomar las medidas apropiadas para asegurar sin dilación un control eficaz en la ejecución de tales compromisos".

Lo que quiere decir, que España, al suscribir tal convenio, renunció voluntariamente a los derechos que le conceden los artículos 10, 11 y demás relativos del Pacto, aceptando como cierta la inexactitud palmaria de que las potencias asociadas no deben intervenir en el caso de España porque allí se desenvuelve una guerra civil, cuando todo el mundo sabe que en España existe una guerra internacional, y así lo declaró Alvarez del Vayo publicamente cuando dijo: "La guerra está allí: la guerra internacional sobre el suelo español" (95a. sesión extraordinaria del Consejo).

Es decir, señor Presidente, que en el mismo momento en que España era víctima de una agresión exterior por parte de Italia y Alemania, agresión que daba a España plenos derechos para pedir y obtener la ayuda de todos los miembros de la Liga en contra de sus agresores, acepta el absurdo de que la guerra es exclusivamente civil, y que de consiguiente la Sociedad de las Naciones no puede intervenir en el caso. Porque así es: el Pacto no hace referencia a las guerras civiles como una prueba de que la Sociedad reconoce el derecho a todos los Estados de regir libremente sus destinos interiores.

Todavía más, el señor Presidente Azaña, en su discurso de 21 de enero último, pronunciado en Valencia, ratificó la actitud del Gobierno sobre el asunto de tan largo alcance diciendo: "Para limitar la guerra, el Gobierno de la República ha aceptado sacrificios respecto a sus derechos... Se ha plegado a la inspección o control de la importación de armas en España. Nosotros hemos sostenido siempre el principio de la intangibilidad del derecho de un Gobierno legítimo, a comerciar con otros países. Nosotros mantenemos este principio. Pero se nos dice: "Conviene para la paz internacional, no mostrarse demasiado intransigentes" y nosotros hemos transigido.

Es seguro que la presión de Inglaterra y Francia sobre el Gobierno de Azaña ha de haber sido tremenda, para obligarlo a aceptar semejantes resultados; es posible aun que las maniobras ejercidas contra el Gobierno legítimo, hayan llegado hasta las amenazas para conseguir su objeto. De todas maneras, señor General, yo abrigo la convicción de que las supremas autoridades españolas cometieron un grave error sacrificando sus principios; porque esos principios constituían su principal fuerza ante la Sociedad de las Naciones; y porque esos principios no son de los gobernantes, sino del pueblo y cuando se trata de defender los derechos de la nación, antes se debe ir al sacrificio que transigir sobre ellos.

Es claro que los señores Azaña y Alvarez del Vayo obraron así obligados por las circunstancias y con el más acendrado y angustioso de los patriotísmos, lo cual quiere decir que procedieron con la mejor buena fe... pero equivocadamente.

Con tales antecedentes, la actitud de México, marcada por usted, resulta más noble y gallarda. México, contra el mundo entero, y aun contra la misma España, defiende la integridad y el cumplimiento del Pacto y enarbola los principios en él contenidos al no aceptar, urbi et orbi, al Comité de No Intervención.

Es interesante que usted conozca el muy inteligente juicio que sobre este tema emitió el considerable periódico de París "La Tribune des Nations". Dijo lo siguiente a propósito de mis declaraciones del 22 de abril:

"Se recordará que después de haber criticado con mucha vehemencia la política de no intervención, el Gobierno Republicano Español acabó por admitir la conveniencia de la iniciativa francesa... Se puede consiguientemente estimar que el Gobierno Mexicano defiende la causa del Gobierno Republicano con más obstinación e intransigencia como no lo han hecho los portavoces autorizados del Gobierno de Valencia. Los dirigentes españoles no pueden colocarse sobre el terreno del derecho puro. A ellos les importa mantener y consolidar sus relaciones diplomáticas con las grandes democracias europeas, Francia y la Gran Bretaña. Ellas deben mostrarse más conciliantes y más comprensivas; ellas deben tener en cuenta los intereses vitales de las grandes potencias".

México es mucho más libre. Por su situación geográfica está al margen de las amenazas que la crisis española hace pesar sobre Europa. Ya otras potencias habían señalado, desde que se inició la política de no intervención, los peligros que podía significar para la S.D.N. un precedente tan peligroso. La gran voz de Titulesco el día en que Rumanía aportó su adhesión a la iniciativa francesa, recordó que el caso de España debía constituir "un caso particular que no puede crear un precedente y que no implica la obligación de reconocer el principio de que un gobierno legal no puede obtener, cuando lo pida, la ayuda de otro gobierno contra una rebelión". La misma reserva fué también formulada por otros gobiernos de la Pequeña Entente y de la Entente balcánica.

Y concluía con este categórico juicio que enmarca en una síntesis la política de Europa y la nuestra:

"Los gobiernos europeos, cualquiera que sea su deseo de mantener intacta la autoridad del Pacto de la S.D.N., han debido adherirse a la política de no intervención. Era preciso detener un peligro inmediato. México puede mantener, a pesar de todo y contra todos, el principio absoluto de la legalidad internacional. Tarea ingrata, pero cuan noble la de recordar el espíritu y la letra del Pacto a aquéllos que deben plegarse a las necesidades cotidianas de una política de contemporización y de prudencia. Más de un hombre de Estado, obligado a sostener la no intervención simpatizará secretamente con la fiera intransigencia de México".

Este sereno juicio que trata de justificar la política europea y rinde homenaje a la recta actitud de México, es el mejor elogio para usted.

NEUTRALIDAD.- En cuanto al concepto de "neutralidad" aplicado al caso español, me expresa usted un juicio que tuve muy en cuenta al hacer mis declaraciones citadas. "El Pacto, dice usted, establece una clara separación entre los Estados agredidos, a los que se proporciona todo el apoyo moral y material que las circunstancias hacen indispensable, y los Estados agresores, para los cuales se fija, al contrario, un régimen de sanciones económicas, financieras, etc.". Por eso decía yo al respecto, "... la llamada no intervención que se ha tratado de aplicar en el caso de España sería admisible, eventualmente, si la neutralidad pudiera ser previamente decretada y como una consecuencia de esta neutralidad; pero los miembros de la Sociedad de las Naciones no deben sea neutrales ante la agresión de que es víctima España, no sólo porque ellas tienen el deber de respetar y mantener la integridad territorial y la independencia de los demás miembros, sino también porque se trata "de una guerra que interesa a la Sociedad toda entera" (conforme al artículo 11).

En consecuencia -agregaba yo- las reglas de la neutralidad y sus derivados, como la no intervención, podrían, de acuerdo con el Derecho Internacional, ser invocados quizá por los Estados no pertenecientes a la Sociedad de las Naciones, pero no por los coasociados, pues España tiene todos los títulos jurídicos para recibir -en la persona de su Gobierno legal- todo el apoyo de los Estados miembros de la Liga".

En realidad los compromisos contraídos en el Pacto son de tal naturaleza que, técnicamente, han disminuído su importancia a la noción de la neutralidad. En efecto, conforme a ese tratado multilateral, al surgir un conflicto bélico entre algunos de sus miembros, los demás no pueden, no deben permanecer neutrales.

Los artículos 10, 11, 12, 13, 15 y 16, establecen las disposiciones aplicables para los casos en que un coasociado recurra a la guerra. Si tal hace, se considerará, ipso facto, como si hubiese cometido un acto bélico contra todos los demás. Y entonces, dice el artículo 16, los demás Estados "se comprometen a romper inmediatamente todo tratado comercial o financiero con él, a prohibir toda relación de sus respectivos nacionales con los del Estado que haya quebrantado el Pacto, y a hacer que cesen todas las comunicaciones financieras y comerciales o personales entre los nacionales de dicho Estado y los de cualquier otro Estado, sea o no miembro de la Sociedad".

En una palabra, cuando un país de la Liga recurre a la guerra, los demás que la integran no deberán ser neutrales, sino parciales en la contienda, ya que, por lo menos, deberán romper sus relaciones mercantiles con el beligerante.

Todas estas obligaciones y sanciones son precisamente las que Inglaterra y Francia han evitado que se cumplan, y con ellas veinte naciones más que se adhirieron al Convenio de no intervención, bajo la falsa base de partida de que en España sólo existe una guerra civil y no hay ninguna agresión exterior.

Claro está que en el fondo todos esos países al proceder así, sabían que no decían la verdad y que faltaban a sus deberes hacia España; pero lo que deseaban era evitar una nueva conflagración europea. Por eso sacrificaron al Gobierno español no dándole oportunamente la ayuda que pudo muy bien haberlo salvado, porque para eso hubiera sido necesario ser exactos y decir que Italia y Alemania tienen sobre el suelo español cien mil soldados que violan la independencia y la integridad territorial de España, con flagrante violación del Pacto, y entonces, decretar las sanciones correspondientes y aprestarse a la lucha; lo que habría acarreado la tan temida guerra europea, según los iniciadores de la política no intervencionista. Idea que no comparto, pues al contrario, yo estimo que si en el momento oportuno y preciso, cuando Italia comenzó a invadir la Península, España pide al Consejo o a la Asamblea su intervención y la aplicación drástica del Pacto, y la Liga acepta y en seguida obra con energía y rapidez, Mussolini muy probablemente hubiera abandonado la partida y Hitler habría permanecido en prudente expectación.

Pero Francia y la Gran Bretaña tuvieron temor, un temor grave y explicable, no sólo por el pavoroso recuerdo de su última tragedia apocalíptica, sino porque parece ser que ninguna de las dos estaban militarmente preparadas para aceptar el riesgo eventual de una nueva lucha de proporciones ignoradas. Y prefirieron tomar el camino más fácil de pasar sobre el Pacto y sacrificar al Gobierno español.

Este caso nos confirma cuán distantes se encuentran a veces el Derecho y la Política, y qué lejos está la Liga de las Naciones de cumplir todavía sus eminentes deberes constitucionales.

AYUDA AL GOBIERNO ESPAÑOL.- Respecto a la ayuda moral y material que el Gobierno de usted ha concedido al legítimo del señor Azaña, le informaré que nadie se ha atrevido a censurar públicamente la actitud de México, a mi juicio, porque desde el punto de vista jurídico es inatacable.
Estudiando este capítulo de nuestra política hacia España recordé la "Convención sobre derechos y deberes de los Estados en caso de luchas civiles" suscrita en La Habana en 1928, por las veintiún Repúblicas de América, y decidí aprovechar su vigencia y su aplicabilidad para reforzar ante el mundo nuestra posición estrictamente legalista.

Por eso pedí la venia de la Superioridad para hacer mis declaraciones, que usted de fijo aprobó, y que en lo conducente expresan:

"La ayuda material que México imparte a España tiene fundamento perfectamente legal que podrían invocar los Estados americanos."

"En la Sexta Conferencia Inter-americana celebrada en La Habana en febrero de 1928, veintiún Estados del continente suscribieron una Convención en la cual dejaron claramente fijado su criterio y obligaciones hacia los contendientes en guerras intestinas. El artículo primero establece que "los Estados contratantes se obligan a observar las reglas siguientes respecto a una lucha civil en otro de ellos: Prohibir el tráfico de armas y material de guerra, salvo cuando fueren destinados al Gobierno, mientras no esté reconocida la beligerancia de los rebeldes; caso en el cual se aplicarán las reglas de la neutralidad". Y como la beligerancia de los rebeldes no ha sido reconocida por México, no es el caso de aplicar las reglas de la neutralidad consistentes esencialmente en no prestar ayuda directa ni indirecta a las partes contendientes, sino al contrario, sostener y prestar ayuda, por todos los medios posibles, al gobierno legítimamente constituído y constitucional que no es otro que el del señor Azaña.

Es cierto que España no suscribió dicha Convención, y que no podría por lo mismo reclamar sus beneficios; pero en cuanto a México, una vez que ese tratado vigente establece con claridad cuál ha de ser su política exterior en los casos de guerras civiles, no podría, sin ser inconsecuente consigo mismo, variar su criterio y aplicar, al Gobierno legítimo de España, otra norma jurídica que la que se comprometió a seguir eventualmente, en unión de las demás naciones americanas; con tanta mayor razón, cuanto que, para conseguir el propósito universal de establecer una jurisprudencia internacional precisa que cada Estado uniforme su conducta exterior. El Gobierno del señor Presidente Cárdenas, interpretando así la Convención de 1928, estima que su conducta hacia España es correcta; siendo de desearse que los demás firmantes de aquel instrumento encuentren justo tal criterio".

El "Journal des Nations", el importante y siempre erguido diario internacionalista de Ginebra, comentando nuestra singular actitud dijo, entre otras cosas (20 de abril):

"... todo lo que era preciso decir como miembro fiel de la Sociedad en lo que se refiere al aspecto internacional y de los problemas de derecho que ha planteado la guerra de España, ha sido desde luego enunciado por México." "... El desorden, en medio del cual se desarrolla esta verdadera crisis del Derecho internacional que vivimos después de algunos años es tal, que nos consideraríamos tentados de establecer este axioma: México es el único Estado miembro fiel al Pacto y respetuoso de su firma."

Refiriéndose a la mal llevada y traída "neutralidad", expresa el mismo cotidiano:

"Los artículos 10 y 11 del Pacto son interpretados y subrayados (en mis declaraciones). Los deberes que estos dos artículos prescriben son claros y perentorios. Tanto uno como el otro de estos artículos excluyen, frente a la agresión, la neutralidad, que el Pacto por lo demás ignora en su espíritu mismo, en lo que concierne a los Estados miembros de la Sociedad de las Naciones."

Y en cuanto a nuestra referencia relativa a la Convención de La Habana, decía:

"El señor Isidro Fabela recuerda hoy una Convención caída tal vez en el olvido, en Europa, pero que más de la mitad de los Estados americanos, comprendiendo entre ellos a los Estados Unidos, han firmado y ratificado; la fracción III del artículo 1° de esa Convención es un modelo en su género, por lo que sería de desearse que -el día en que la ficción diplomática de un control de fronteras de España comience- los diplomáticos que actúan en Londres, fuera del cuadro de la Sociedad de las Naciones, se inspiraran en ella..."

Y después de transcribir y apoyar nuestros conceptos, termina:

"México, en consecuencia, defiende y aplica no solamente el Pacto, sino también en la letra y el espíritu, las convenciones suscritas en las Conferencias Panamericanas y ratificadas por la mayoría de los dignatarios. Recordando esto, México presta un servicio considerable a la claridad dentro de la cual debe desarrollarse la organización de la paz. La reafirmación de los valores morales internacionales proporciona armas preciosas a la Sociedad de las Naciones que no conoce, ni se apoya por el momento, más que en esos valores."

Termino, señor Presidente, manifestándole que puede usted estar seguro de que sigo con el más ahincado interés el desarrollo del problema español, y de que con toda la pasión de que soy capaz defenderé la noble causa del Derecho y la Moral internacional de que usted se ha constituído en gallardo paladín, contra todo y contra todos, hasta ver la victoria de nuestra causa. Y puede usted también creer, señor General Cárdenas, que si el destino fuere transitoriamente adverso a la causa del verdadero pueblo español, que con tanto denuedo y fe defendemos, todavía entonces, y siempre, estaría convencido de que defendimos con el más puro desinterés un ideal que forzosamente triunfará en España.


Isidro Fabela, "Cartas al Presidente Cárdenas"
Offset Altamira. México, 1947. pp.12-27








1855. Carta de Isidro Fabela a Lázaro Cárdenas: "Los campos de concentración"

Playa de Argelès sur mer, febrero 1939


Ginebra, febrero 24 de 1939

Autorizado por la Secretaría de Relaciones salí el día 10 del presente de Ginebra para Perpignan, adonde llegué el 12.

El objeto de mi viaje a la frontera franco-española era múltiple: recoger dos niños huérfanos de entre los refugiados españoles; repartir ropa, alimentos y algún dinero a las personas más necesitadas, de las primeras que encontrásemos y en la medida de nuestras modestas posibilidades; visitar los campos de concentración donde fueron internados los militares y civiles que irrumpieron en el sur de Francia al precipitarse la derrota del ejército republicano en Cataluña, y tomar impresiones directas, de diferentes personas, sobre las causas de ese desastre. Como en Perpignan se encuentra una buena cantidad de funcionarios y empleados del Gobierno del señor Azaña, así como jefes militares de los que abandonaron Barcelona recientemente, me puse en comunicación con algunos de ellos, habiéndome así formado el programa que llevé a cabo durante los ocho días que permanecí en los Pirineos orientales.

Como el grueso de los refugiados se encontraba en los campos de concentración improvisados rápidamente en las poblaciones cercanas a las fronteras con España, lo primero que hicimos fué visitar los más importantes.


Los campos de concentración

El arribo inesperado a Francia de una inmigración aproximada de 400.000 personas, entre militares y civiles, obligó al Gobierno francés a internar a toda esa gente en diferentes campamentos que se establecieron en Argelés, San Ciprián, Arlés (números uno, dos y tres), Boulou, Amélie-les-Bains y otros de menor cuantía.

En Argelés se concentraron aproximadamente unos 100.000 hombres. Esta enorme avalancha humana quedó instalada frente al mar, sin otro límite que la playa y una cerca de alambre con púas fijadas en una extensión de dos y medio kilómetros de largo por uno y medio de ancho.

Fuera del campo, existen unas cuantas "villas" que ocupan las autoridades francesas y algunos españoles que han prestado servicios de emergencia desde su llegada, y que lograron captarse la confianza de los jefes respectivos.

El campo de concentración propiamente dicho, no tenía, al crearse, ni una tienda de campaña, ni una barraca, ni un cobertizo, ni un muro, ni una hondonada, ni una colina; ni tampoco árboles, arbustos ni piedras. Es en la playa abierta y arenosa frente al mar, y, tierra adentro en terrenos eriazos y viñedos escuetos, donde han vivido y viven los refugiados de España. Es decir, que los cien mil hombres alojados (?) en Argelés no tuvieron en un principio abrigo de ninguna especie, ni fuego para contrarrestar el frío invernal, ni un techo que les resguardara del cierzo, ni una pared que les defendiera de los aires marinos.

En esta costa mediterránea sopla el "mistral", viento huracanado que alcanza, a veces, velocidades considerables. Durante mi estancia en Amélie, en la noche del 13 de febrero, el "mistral" se desató con fuerza ruda al grado de no dejar dormir a los habitantes de esa estación termal que se encuentra a 50 kilómetros de la costa. ¿Cuál sería la situación de los internados en Argelés que se encontraban frente al Mediterráneo, azotados por ese viento helado y sin ninguna defensa para contrarrestarlo? En ese campamento todos los días habían habido muertos de frío y hambre, pero esa noche murieron muchos más.

La alimentación en los campos ha sido insuficiente. Los primeros días sólo pan se repartió a los recién llegados; después, y no siempre, se les ha dado carne y cereales. Pero son los sanos, los fuertes, los jóvenes, los que tienen facilidad para obtener su ración. Los débiles, los enfermos, los viejos, no siempre tuvieron manera de acercarse a tomar su alimento y por eso tantos perecieron de inanición.
Después de una semana, este estado de cosas apenas ha variado. Unas cuantas barracas fueron construídas por los mismos refugiados y otras por soldados franceses; pero como algunas noches fueron gélidas, se dió el caso de que soldados irresponsables destruyeron las barracas de madera para hacer fuego con ellas.

Las plantas de vid, de los campos labrantíos, también fueron arrancadas para hacer leña.

Desde su llegada, los refugiados quedaron aislados del resto del mundo. Los civiles que habían cruzado la frontera con sus esposas e hijos, al entrar a territorio francés fueron separados, habiéndose mandado los hombres a una región, las mujeres a otra y los niños a otra. Esta circunstancia ha hecho que la vida de esos malaventurados haya sido mucho más penosa, porque a la falta de alojamiento apropiado y a su precaria alimentación, se agregó el dolor de las separaciones, en muchos casos injustificadas.

Más de 40.000 niños han sido repartidos en toda Francia, especialmente en las provincias del Mediodía y del Centro; pero sin llevar estadísticas de ningún género, lo que hará que cuando las madres deseen recoger a sus hijos no podrán fácilmente saber dónde se encuentran, y no será remoto que en muchas ocasiones la falta de registro que habría sido requisito indispensable anterior a la separación, ocasione el que miles de madres pierdan definitivamente a sus pequeñuelos. Las esposas fueron también separadas de sus maridos, no sabiendo ellos ni ellas dónde se encuentran, respectivamente.

En el campo de Argelés, un grupo de soldados republicanos propuso a la autoridad francesa hacer los censos de aquella gente, dividiendo a los soldados por armas, y a los civiles por pueblos de origen. Esa labor habría sido fácil y rápida, pues cada interesado habría llenado su cédula respectiva con la simple ministración de una hoja de papel para cada uno. Las autoridades francesas negaron ese permiso.

El mismo grupo de militares sugirió la idea de establecer diferentes magnavoces en el inmenso campamento para anunciar noticias urgentes que pudieran interesar a los asilados. La autorización respectiva fué también rechazada.

Algunos empleados del servicio postal de la República, propusieron asimismo organizar el servicio de estafeta dentro del campo, para recoger la correspondencia y repartir las cartas que por miles se acumularon en el campo. El permiso para hacer esta labor que habría sido utilísima, también fué negado.

En estas condiciones, el aislamiento de los refugiados ha sido casi total: viven como presos sin serlo, con la circunstancia de que los reclusos, en cualquier parte del mundo, tienen casa en que vivir, lecho en que dormir y comida segura, y los refugiados españoles no.

Los servicios sanitarios han sido menos que deficientes en el campo de Argelés. Seguramente se escogió la citada playa para que ella sirviera de excusado a las cien mil gentes concentradas en el vasto campamento, evitando así epidemias de tifo y otras enfermedades contagiosas; pero se ha condenado a los inmigrantes forzados a un estado deplorable de higiene personal: no tienen agua bastante para lavarse y apenas tuvieron agua potable los primeros días. Por esa causa la inmensa mayoría de los refugiados presenta un aspecto lastimoso. No se han bañado desde hace semanas, la ropa que los cubre es la misma con la que venían combatiendo, quizá desde hace meses. Llevan las barbas crecidas, el pelo en desorden, las ropas rotas, las camisas en pedazos y negras de mugre, los zapatos o las alpargatas deshechos y el aspecto general miserable, pues buen número de ellos tienen sarna, tuberculosis, piojos, granos...

Naturalmente que llevando esa existencia de incuria y desamparo, los soldados de la República y los pobres labriegos que huyeron de los bombardeos y del hambre, salvaron la vida, es cierto, pero encontraron otras torturas, como las del destierro, la cárcel singular al aire libre que los enferma o mata o desespera, por el rigor de los elementos. Y luego los acosan otros sufrimientos más: el recuerdo de la derrota, la humillación de verse tratados como culpables, la tortura de la lejanía de sus seres queridos, de quienes no saben si viven ni dónde están, y, por último, la penetrante preocupación de este dilema que les presenta el porvenir: regresar con Franco, que podría matarlos, o marchar a algún país extranjero que tenga la caridad de recibirlos, cuando casi todo el mundo los teme o los repudia. Esa es la impresión que causa al visitante el refugiado de los campos de concentración.

Naturalmente que fué en ese lugar, principalmente, así como en los campamentos y el hospital de Arlés, donde prestamos nuestros modestos auxilios, habiendo socorrido a personas de distintas categorías sociales que se encontraban, todas, en el mismo estado deplorable de abandono y miseria. Pero con todo, las mujeres, ancianos y niños se encontraban en menos mala situación que los hombres, militares y civiles, que no tuvieron desde su dramático arribo a tierras de Francia la acogida cordial o al menos humanitaria que merecían.

En Amélie-les-Bains se crearon tres lugares de refugio que visité con frecuencia por haberme instalado en esa estación termal, pues los hoteles de Perpignan estaban plenos.

Con gran sorpresa de nuestra parte encontramos el hospital atendido por un solo médico, un joven español, sin los aparatos, útiles y medicamentos indispensables para la atención de los heridos y enfermos; a tal punto que carecían de desinfectantes para curar a los heridos, de anestésicos para las intervenciones quirúrgicas y aun de analgésicos para calmar las dolencias de los pacientes. En vista de esta apremiante situación, suministramos al servicio médico lo estrictamente indispensable para sus cuidados más urgentes.


La emigración de los refugiados a México

Encontré en Argelés, en Arlés y en Amélie buen número de universitarios que desean ir a México: profesores de las Facultades de Filosofía y de Derecho de las Universidades de Madrid y Barcelona, médicos, ingenieros, abogados que no quieren de ninguna manera regresar a su patria. Asimismo, muchos mecánicos, militares salidos de las Academias, aviadores, que también quisieran radicarse en nuestra tierra a la mayor brevedad posible, no sólo porque nuestro país ha declarado que les abrirá sus puertas, sino porque es el que más simpatía les inspira desde el punto de vista político. Pero como no tienen seguridad en ese viaje, pues ni siquiera han expresado aún oficialmente sus deseos, se les ve hondamente preocupados, pues como he dicho antes, ellos se dan cuenta de que si no se resuelve en breve plazo su inmigración a México, corren el riesgo muy prohable de ser entregados al rebelde Franco, cuando Francia e Inglaterra lo reconozcan como jefe de un gobierno de jure.

El problema de migración a México de esos infelices es, por consiguiente, de una urgencia inmediata.

A todos los que me expresaron su deseo de establecerse en nuestra República, les manifesté que yo no tenía autoridad ni facultades para aceptar sus solicitudes ni menos, naturalmente, para resolverlas.

Sin embargo, dolido y mucho por la suerte de esos seres, muchos de ellos de verdadera responsabilidad intelectual o personas estimables por diferentes conceptos, les ofrecí investigar cuál sería la forma de que la manifestación de sus deseos llegara a conocimiento de nuestro Gobierno, para que él, teniendo en cuenta los antecedentes y especialidades de trabajo de cada solicitante, resolviera lo conducente.

Después de mi primera visita a Argelés, conferencié con el subsecretario de Estado, señor D. Quero Morales, y con el cónsul de España en Perpignan, quienes me expresaron que el presidente de las Cortes, señor Diego Martínez Barrio, presidía un Comité que se ocupaba de la emigración a América de sus compatriotas; y que a él deberían dirigirse los memoriales respectivos, de acuerdo con los formularios impresos que al efecto me entregaron y de los cuales acompaño a usted, señor Presidente, un ejemplar. Dicho Comité, obrando en armonía con las autoridades diplomáticas o consulares de los Estados que en cada caso particular fuesen objeto de la emigración, resolverían las demandas recibidas.

Posteriormente, y con conocimiento de nuestro embajador en España, el coronel Tejeda, munido de una buena cantidad de tales cédulas, regresé a los campos de concentración para repartir los formularios impresos a las personas que me parecieron de mayor representación, o de más grado entre los militares, a fin de que ellas las hicieran circular entre sus compatriotas, sirviéndoles de modelo en cuantos casos de solicitud se ofrecieren.

La segunda y tercera veces que me presenté a los campos de concentración a repartir nuevamente alimentos, ropa, dulces, cigarros y algún dinero, fuí recibido con muestras de positivo agradecimiento, estando convencido de que quienes desean incorporarse a nuestra vida nacional, ven a nuestra patria como la esperanza de su salvación. Pero todos saben que el acuerdo que recaiga a sus peticiones no puede ser rápido, y esto les tiene seriamente preocupados y aun desesperados, pues la perspectiva de regresar a una España hostil, que podría arrancarles la vida, es para ellos un martirio anticipado.

Por esta causa, señor Presidente, me permití dirigirle con fecha de ayer el cablegrama siguiente:

"16.- HABIENDO REGRESADO PERPIGNAÑ YA ENVÍOLE AMPLIO INFORME, PERMITIENDOME ANTICIPADAMENTE COMUNICARLE TUVE VARIAS CONVERSACIONES EMBAJADOR TEJEDA STOP SITUACIÓN ESPAÑOLA CAMPOS DE CONCENTRACIÓN PAVOROSA, POR LO QUE ESTIMO DEBEN ACTIVARSE PREPARATIVOS Y CONCEDER RÁPIDAMENTE AUTORIZACIÓN PARA QUE PUEDAN IR MÉXICO AQUELLOS SUPERIORIDAD DECIDA DE ACUERDO SELECCIÓN TEJERA STOP RESOLUCIÓN ES TANTO MAS URGENTE CUANTO RECONOCIMIENTO FRANCO POR FRANCIA, INGLATERRA, QUE ES INMINENTE, IMPOSIBILITARÁ GOBIERNO REPUBLICANO PAGAR POR SU CUENTA VIAJE EMIGRADOS COMO ACTUALMENTE ESTÁ DISPUESTO A HACERLO, SEGÚN DÍJOME EMBAJADOR TEJERA STOP RESPETUOSAMENTE, FABELA."

Ya con estas impresiones personales tomadas directamente en los campos de concentración, hablé en tres ocasiones con nuestro embajador Tejeda, quien se sirvió decirme cuáles eran sus actividades en el asunto de los eventuales expatriados.

Por él supe que, de acuerdo con las autoridades correspondientes del Gobierno español que se encuentran en Perpignan se hará una selección que, naturalmente, será en primer lugar de agricultores y después de técnicos y mecánicos en diferentes industrias, y que una vez hecha la selección y fijada la cantidad de inmigrantes, éstos serán enviados a México por cuenta del Gobierno español.

Pero la dificultad va a ser esta, señor Presidente:

Posteriormente a mis entrevistas con el señor Tejeda, las actividades diplomáticas entre el delegado del Gobierno francés, señor Bérard, y el general Jordana, ministro de Estado de Franco, han sido intensas y podrán decidir, en gran manera, de la suerte de España rápidamente. ¿En qué han consistido las negociaciones de Burgos y cuáles pueden ser las decisiones que tomen los Gobiernos de Franco y Daladier?

Es muy difícil predecirlo; pero lo más probable es que en esas entrevistas diplomáticas, Bérard haya intentado ofrecer el reconocimiento de jure a cambio de ciertas condiciones que, aunque no se den a conocer al público porque los reconocimientos de los gobiernos no deben hacerse sub-conditione, sean de hecho planteados al gobierno rebelde. Esas condiciones han podido ser tal vez las siguientes:

1.- Amnistía general para las altas autoridades del Gobierno legítimo que preside el señor Azaña;

2.- Salida de las tropas extranjeras, italianas y alemanas, principalmente, de la Península; y

3.- Garantías múltiples y complejas respecto a los muchos y complicados problemas internacionales que la guerra de España ha planteado a Francia y a Inglaterra en el Mediterráneo, a consecuencia del dominio fascista en España y en alguna de sus islas y posesiones coloniales.

¿Será posible tal acuerdo? Posible sí, pero arduo en grado sumo, porque Franco no podrá obrar solo: Mussolini y Hitler estarán detrás de él para no dejarle aceptar condiciones que a ellos no les convengan. Por otra parte, Franco mismo se ha de manifestar reacio para aceptar las condiciones que Francia le imponga para el reconocimiento legal de su Gobierno; y como, repito, Alemania e Italia no lo dejarán obrar libremente, es muy probable que Franco -que por lo demás se siente fuerte y está ensoberbecido con su triunfo en Cataluña- rechace toda pretendida imposición y siga adelante su ofensiva contra Madrid y Valencia, hasta aniquilar al ejército republicano y dominar el territorio español íntegro.

Si Inglaterra se pusiera enérgica contra los franquistas y también contra Italia, tal vez Francia pudiera conseguir algunas ventajas previas al reconocimiento, pero como lejos de manifestarse rigurosa, la política británica no ha hecho otra cosa que ceder a todos y cada uno de los caprichos y de los chantajes de los totalitarios, es poco probable que, cuando la victoria definitiva de los fachistas es indudable, Inglaterra contraríe a Franco, a Mussolini y a Hitler, por miedo de provocar una conflagración que Chamberlain ha evitado a costa del honor de Francia y a costa también de los intereses de ambas potencias democráticas en el Mediterráneo y en Oriente.

Así pues, señor Presidente, lo más probable es que, antes de que usted reciba esta carta, los Gobiernos británico y francés hayan reconocido sin condiciones al general Franco. Claro que este señor ofrecerá públicamente no ejercer represalias contra sus enemigos, declarando que unicamente castigará a quienes la ley deba sancionar. Y en esto estribará precisamente el peligro del reconocimiento sin condiciones, porque entonces la venganza del jefe rebelde alcanzará a miles y miles de gentes, de las cuales la inmensa mayoría no habrá hecho otra cosa que cumplir con su deber militar y con sus ideales democráticos.

En este caso la guerra seguirá hasta completar el desastre, si algún acontecimiento inesperado no lo evita. Los ejércitos del general Miaja y demás republicanos resistirán heroicamente, pero serán arrollados por el formidable material de guerra de los aliados de la España conservadora. Y entonces, lo que podría ser una paz humanitaria se transformará en una tragedia cruenta, de la que serán víctimas principalmente las figuras de tercero y cuarto orden. Nosotros creemos que todos los directores de la política y del ejército, salvo casos de heroísmo sublime o de martirio muy castellano, saldrían de los puertos de Valencia, Cartagena y Alicante en barcos ingleses, franceses y otros, para salvarse del sacrificio, pues es de esperarse que Inglaterra y Francia, penetradas de sus responsabilidades en la debacle española, estarán dispuestas a salvar en los barcos de sus escuadras del Mediterráneo la mayor cantidad de políticos y militares que les pidieran su ayuda en los momentos de apremio, y, en tal caso, serían los segundones los que sufrirían el castigo del vencedor.

Pero quizás extrememos nuestro pesimismo, señor Presidente (aunque creemos no exagerarlo). Quizás los pourparlers entre el senador Bérard y el general Jordana se resuelvan en la amnistía de los republicanos. En todo caso, el drama español habría terminado su primer acto. El segundo acto tendrá por tema los conflictos de Franco con Italia y Alemania y con sus partidarios de ahora, que se transformarán, muchos de ellos, en sus enemigos de mañana. El tercer acto del drama se reservará a la resolución del conflicto europeo a través del problema español, que tal vez acabe en forma trágica. Porque, en realidad, si Mussolini y Hitler no abandonan las posiciones estratégicas que tienen conquistadas en España y el Mediterráneo, y si Inglaterra y Francia, abriendo al fin los ojos y preparadas ya para la guerra ponen un "hasta aquí" a las ambiciones fascistas, la guerra será inevitable.

Como no quisiera, señor Presidente, que esta carta se retarde en llegar a sus manos, aquí la termino, prometiéndome enviarle, muy en breve, la segunda parte de mi informe, que se refiere a la actitud del Gobierno republicano desde la evacuación de Cataluña hasta ahora, así como las causas determinantes de la derrota del ejército leal, según el parecer de los mismos españoles a quienes me fué dado entrevistar.


Isidro Fabela
Cartas al Presidente Cárdenas
Offset Altamira. México, 1947. pp.118-132