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986. Las Memorias del Patronato de Redención de Penas por el Trabajo

El discurso de la redención de penas por el trabajo

En su calidad de proclamado “Caudillo por la Gracia de Dios”, como podría leerse en las monedas acuñadas a partir de 1948, la máxima voz de autoridad de todo discurso del régimen era la del general Franco. Si en  su momento la misma idea del semanario Redención le fue atribuida, lo mismo ocurrió con el pretendido discurso innovador de la redención de penas por el trabajo. El marco en que encajaba este discurso quedó para siempre ilustrado en una declaración al periodista Manuel Aznar, en 1939, que sería citada ad nauseam: la que dividía la sociedad de los vencidos en dos clases bien diferenciadas:

“Yo entiendo que hay, en el caso presente de España, dos tipos de delincuentes; los que llamaríamos criminales empedernidos, sin posible redención dentro del orden humano, y los capaces de sincero arrepentimiento, los redimibles, los adaptables a la vida social del patriotismo. En cuanto a los primeros, no deben retornar a la sociedad; que expíen sus culpas alejados de ella, como acontece en todo el mundo con esa clase de criminales.

Respecto de los segundos, es obligación nuestra disponer las cosas de suerte que hagamos posible su redención. ¿Cómo? Por medio del trabajo.”

A los primeros les era reservado el paredón o largas condenas de cárcel cuyo cumplimiento sobrepasó, en algunos casos los veinte años. Los segundos, los redimibles, pasaron a ser objetivo de una compleja política que buscaba su doblegamiento y sumisión a los valores del régimen, en un proceso paralelo de desnaturalización de aquellos otros valores que habían defendido durante la etapa republicana y que habían conformado su identidad.

El discurso franquista era, en este sentido, transparente, tal y como aparece reflejado en el primer principio de la doctrina de redención de pena por el trabajo, impuesta a partir de 1938, en plena guerra civil:

“El trabajo ejecutado con excelente conducta y rendimiento normal es aceptado como acto de sumisión y de reparación que redime un tiempo igual al que se emplea en él, contándose cada día del trabajo por un día de reclusión.”

El discurso de la redención de penas se pretendía tradicional e innovador a la vez.

Tradicional y cristiano, como correspondía a un régimen autárquico que se miraba más así mismo, a una muy particular imagen de su propia historia nacional, que a la Europa en la que lograría encajarse con mayor o menor suerte. En último término, el concepto remitía al “dogma de la redención universal y de la gracia por medio de la sangre de Cristo”, encontrando su legitimación en la doctrina de la Iglesia Católica, estrecha aliada del régimen. La presunta innovación estribaba en su énfasis en el trabajo como “reparación” social, esto es, compensación del preso o del prisionero de guerra a la sociedad por los crímenes y faltas cometidas, con unas adecuadas dosis de dolor ­el “fin aflictivo de la pena”­ que se contemplaban como justas y necesarias. 

El régimen huía, por supuesto, de toda comparación con el antiguo trabajo penitenciario de carácter forzado, al que se calificaba de “inhumano” y que a la sazón estaba prohibido por diversos convenios internacionales. A este respecto, el discurso de la redención de pena llegaba hasta el extremo de defender el “derecho al trabajo” del preso, ya que lo inhumano, en palabras de su principal teórico, el jesuita Pérez del Pulgar, habría sido precisamente... “condenarlo a la inactividad física y mental y no ayudarle en este último terreno a redimir su espíritu por medio de la instrucción y de la persuasión”.

El significado de esta frase se aclara si tenemos en cuenta que el régimen no solamente contemplaba la redención de pena del preso o del prisionero de guerra a través del trabajo realizado en el interior de las prisiones, ”destinos” y “talleres”, o fuera de ellas, en ”colonias penitenciarias militarizadas”.  

A partir de noviembre de 1940, también contemplaba la llamada “redención por el trabajo intelectual”, a través de la realización de cursillos de instrucción religiosa y cultural realizados en el interior de la cárcel bajo la estricta supervisión del capellán y, en el caso de las prisiones de mujeres, de la correspondiente orden religiosa femenina.

En todo caso, las ventajas de este sistema eran múltiples, ya que el objetivo de castigo y sumisión del preso o de la presa se conjugaba con el aprovechamiento económico de su trabajo y la progresiva solución del llamado “problema penitenciario”: el elevado número de reclusos y la excesiva congestión de las cárceles franquistas, que generaría desde un principio graves problemas de infraestructura e incluso de vigilancia. 

Y en los casos en que el preso redimido cobraba un exiguo salario por su trabajo ­caso de los trabajos exteriores en colonias penitenciarias­ él mismo contribuía a su mantenimiento con la parte del mismo que  le era deducida, de manera que la plusvalía beneficiaba principalmente tanto al propio Estado como a las empresas privadas concertadas.


El Patronato de Redención de Penas por el Trabajo

El máximo órgano gestor del discurso o programa de la redención de penas fue el Patronato Central de Redención de Penas, creado en 1938, que a partir de 1942 sería reformado y pasaría a denominarse Patronato Central de Nuestra Señora de la Merced para la Redención de Penas por el  Trabajo. Se trataba de un organismo complejo, presidido por el Director General de Prisiones, pero en el que participaban religiosos y civiles de Acción Católica y diversas cofradías asistenciales, con la colaboración de otras entidades como el Patronato de Protección a la Mujer ­creado en 1941 y presidido por Carmen Polo de Franco­ el Servicio de Libertad Vigilada o el Patronato de San Pablo para hijos de presos y penados. 

Su alcance social era enorme, ya que si por un lado administraba la aplicación de la doctrina de redención de pena por trabajo en las prisiones ­concesiones del “beneficio de  redención”,  aprobación o denegación de solicitudes den libertad condicional a los reclusos­ desempeñaba por otro lado una importante función de control de los reclusos liberados y de sus familias. El historiador Ricard Vinyes ha resaltado la importancia de las delegaciones locales, verdaderos organismos celulares del Patronato, aquéllos que llegaban hasta el último rincón de la geografía española

En 1942 estaban constituidas por un delegado del alcalde del municipio correspondiente, afiliado a Falange, un párroco o sacerdote y “una mujer de reconocida caridad y celo”, vinculada generalmente a Acción Católica. Las delegaciones locales buscaban controlar el entorno familiar de cada preso, sirviéndose, entre otros  medios, de su facultad para entregar a las familias la parte correspondiente del exiguo salario que recibían los reclusos trabajadores. Todo ello ilustra elocuentemente la extensión de las estructuras del universo carcelario del régimen, que rebasaba con mucho el estricto ámbito de los muros de las prisiones. 


Las Memorias del Patronato

Las memorias de actividad que el Patronato publicaba anualmente constituyen una importante fuente para el estudio de este complejo mecanismo de control social durante la etapa franquista. Su función era netamente propagandística, como lo demuestra su énfasis en las cifras de reclusos liberados o trabajadores, que no tenían por qué coincidir forzosamente con la realidad. Rebuscando en las causas judiciales de los reclusos, demasiadas veces los historiadores se han tropezado con concesiones de libertades o indultos a presos que ya habían fallecido o habían sido ejecutados, como si la oficina encargada de tal tarea desempeñase un trabajo puramente burocrático alejado de la realidad carcelaria. 

Pero las Memorias  contienen asimismo informaciones ciertamente interesantes, como el número de hijos de reclusos acogidos  en instituciones dependientes del Patronato, o el listado de comunidades religiosas femeninas que trabajaban en cada momento en las cárceles de mujeres. Un énfasis especial merecía la capacitación profesional de las reclusas en corte, bordado y costura, dentro de lo que se consideraba la “enseñanza cultural de la mujer”, dirigida por el Patronato.

Para el caso de la cárcel de Les Corts, aparte de las fotografías publicadas que han sido reproducidas en el apartado de imágenes de esta página web, es posible cuantificar la población reclusa durante algunos años determinados, ya que las estadísticas de población penitenciaria de cada cárcel no se publicaban escrupulosamente en cada memoria anual. Así, las cifras oficiales hablan de 315 presas en Les Corts para finales de 1945, en un tabla reproducida en la Memoria correspondiente. La tabla parece fiable ya que, para ese mismo año, no tiene empacho en reconocer la existencia de 4.000 reclusas en Ventas, la prisión de mujeres más poblada de la historia de España,  con una capacidad originaria para quinientas.

Las estadísticas oficiales de las memorias dan para Les Corts una población de 125 presas para finales de 1951; 179 para 1953 y 265 para 1954. Las bajas contabilizadas para 1955, que equivalen a toda la población reclusa, escamotean en realidad el cierre de la prisión y el traslado de las reclusas a un departamento especial de la Prisión Modelo masculina, hasta la apertura de la  cárcel de la Trinitat. De hecho, la documentación penitenciaria de la Prisión Modelo registra la cifra de 263 reclusas y 19 niños trasladados desde Les Corts al nuevo pabellón con fecha 31 de octubre de 1955

En las cifras desgranadas por reclusas detenidas, procesadas y penadas, llama la atención la cantidad de altas de detenidas en 1951 ­1.112­  la mayor de la década, que podría explicarse por la limpieza general de prostitutas ilegales previa a la celebración del Congreso Eucarístico de Barcelona del año siguiente. Todavía en 1953 se produjeron 965 altas, en las que destacaba asimismo el peso de los “delitos contra la propiedad”, por actividades de estraperlo. 

Las memorias del Patronato, en fin, permiten rastrear la evolución del trabajo de redención de pena en Les Corts. En 1948 había un total de once reclusas redimiendo pena en la granja­ huerto, la principal actividad laboral desde los primeros años de la cárcel franquista. En 1950 eran trece, pero ese mismo año veintitrés trabajaban ya en el taller de confección recién creado. En 1951 la cifra de trabajadoras del huerto se había reducido a tres, mientras que la del taller se mantenía en veintitrés. Hasta el cierre de la cárcel, serían abrumadora mayoría las reclusas que redimirían pena en el taller: veinticinco en 1952 y veintidós en 1954. Las fotografías correspondientes del apartado de imágenes, extraídas de las Memorias del Patronato, permiten visualizar la sala del taller de confección en las épocas de mayor actividad.











962. El semanario Redención

El primer número del semanario Redención se editó por primera vez en Vitoria, sede del Servicio Nacional de Prisiones, en una fecha cargada de significado: primero de abril de 1939, final oficial de la guerra civil. El último número se publicaría en una fecha tantardía como 1978.

En abril de 1939 era Jefe del Servicio Nacional de Prisiones el general Máximo Cuervo, dependiente del Ministerio de Justicia, cuyo lema Disciplina de cuartel, seriedad de banco, caridad de convento sería difundido en grandes carteles por todas las prisiones españolas.

Se decía que el proyecto del semanario, al igual que la idea de la redención de penas por trabajo, había surgido del propio general Franco. En cualquier caso, sus gestores fueron militares y funcionarios no de la órbita falangista, sino de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), exponente del catolicismo seglar y principal inspiradora del nacional­catolicismo franquista, desde el propio Máximo Cuervo hasta José María Sánchez de Muniaín, primer director de  Redención  y antiguo secretario de Ángel Herrera Oria.

En su calidad de órgano del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo,  Redención presentaba como único periódico de  circulación carcelaria ­la entrada de los demás estaba prohibida­ destinado a los propios reclusos, en palabras del general Franco, “elementos dañados, pervertidos, envenenados política y moralmente” de la sociedad, con el fin de su redención espiritual. Pero también, según escribió el padre Pérez del Pulgar, principal teórico de la redención de penas por el trabajo, Redención estaba dirigida a todos aquéllos y aquéllas que en mayor o menos medida estaban relacionados con los presos políticos:

“Alrededor de cada cárcel, como alrededor de un tumor maligno, existe una parte de la sociedad, quizá mayor de lo que se cree, compuesta por familiares, amigos y conocidos más o menos afectados por la suerte de los reclusos y, si no disgustada, por lo menos preocupada   y   apenada.   Ello crea un estado de tensión y de malestar inevitable, enteramente semejante al que crea un tumor maligno en derredor del órgano en que se localiza. Y cuando, en vez de un tumor, existen muchos repartidos por todo el cuerpo de un paciente, ello sólo, sin otra enfermedad, constituye una no leve, que es preciso atender” (La solución que España da al problema de sus presos políticos, Valladolid. Librería Santarén, 1939, p. 50). 

Redención era en suma un instrumento propagandístico de primer orden sobre la “labor patriótica” realizada en las prisiones franquistas a modo de escaparate distorsionante de la realidad carcelaria, además de herramienta de adoctrinamiento dirigida a presos y familiares. En el semanario se  publicaban tanto informaciones internacionales durante los primeros años, crónicas filonazis y filofascistas sobre el desarrollo de las operaciones de la Segunda Guerra Mundial­ como colaboraciones periodísticas de los propios reclusos sobre las bondades del régimen para con los presos. De esa manera, los propios presos  redimidos  se convertían en apologetas del Nuevo Estado, ejemplos a seguir por sus compañeros.

Trasladada tempranamente la redacción a la cárcel madrileña de Porlier, la mayor de la capital, el semanario reclutaría como redactores y corresponsales a antiguos periodistas comprometidos con la República y a la sazón encarcelados, como Juan Antonio Cabezas, redactor jefe del periódico asturiano Avance en 1936 y 1937, en plena guerra civil. O el dibujante Bluff, muy popular durante la guerra por su personaje “Canuto, un soldado que es muy bruto”, en el que se apoyaría para dibujar en Redención las viñetas cómicas de “Las cosas de Don Canuto, ciudadano preso bruto”. De la desesperada situación de algunos de estos reclusos da idea lo ocurrido con el propio Bluff, Carlos Gómez Carreras, militante de Izquierda Republicana, cuya colaboración con el semanario fue forzosamente breve: en junio de 1940 sería finalmente fusilado en el cementerio de Paterna, en Valencia. 

Pese a ello, la resistencia organizada en el interior de las prisiones criticaría duramente a estos colaboracionistas, como señala en su testimonio José Rodríguez Vega, que había sido secretario general de la UGT hacia el final del conflicto: 

“El periódico, que tenía como director a un antiguo redactor de El Debate [famoso periódico de la ACNP, dirigido por Ángel Herrera Oria], estaba redactado por los presos y formaban parte del mismo un equipo de periodistas que, con más miedo que dignidad, se avenían a denostar desde las columnas del periódico lo que habían defendido durante la guerra. 

Virtualmente el director era Cabezas, un buen escritor español, redactor jefe de Avance, de Oviedo, diario socialista. Estaba condenado a muerte, pena a la que con muy raras excepciones eran condenados los periodistas en aquel período. El ansia de conservar la vida le hacía humillarse todas las semanas en el periódico en elogio de Franco y del nuevo régimen para hacer méritos y escapar a la temida ejecución. Con él formaban parte de la redacción otros periodistas menos conocidos, a excepción de Valentín de Pedro, periodista argentino, residente en España muchos años, en cuyos medios literarios era conocido por su labor periodística y teatral.

La inmensa mayoría de los periodistas detenidos a los cuales se había requerido para colaborar en Redención se negaron a hacerlo, a pesar de encontrarse en situación parecida o más grave que la conocida por los redactores del periódico. La hoja aquélla era mal vista por los presos, que sentían un profundo desprecio por los redactores. Uno de ellos, el dibujante “Echea” [Enrique Echeverría], puso un pie de mal gusto en una caricatura suya burlándose de los milicianos republicanos, y se encontró con la hostilidad general de la prisión y el desprecio de toda la gente que hasta poco antes le dirigía la palabra. Sin embargo, el periódico tenía cierta venta; acaso una tercera parte de los reclusos lo adquiría. De un lado, la prohibición de pasar periódicos en la prisión, determinaba a algunos presos a comprarlo, en busca de algunas  de las noticias que daba, pero lo importante es que a cambio de la suscripción se podía comunicar una vez más a la semana o a la quincena” (“Notas autobiográficas”, en Estudios de Historia Social, nº 30. Julio/­septiembre de 1984, p. 324).

Para vencer las reticencias de los presos, tanto a la hora de colaborar con el semanario como de comprarlo, el régimen conservaba poderosas bazas de persuasión: desde la posibilidad de salvar la vida, como fue el caso de Cabezas, hasta las comunicaciones postales extraordinarias con los familiares a cambio de la suscripción a Redención o de la compra de un ejemplar de la editorial homónima, con tiradas de miles de títulos. 

Por lo que se refiere al semanario Redención, y según las diversas memorias del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo, las  estadísticas oficiales hablaban de 20.000 ejemplares a finales de 1940 y 37.800 a finales de 1943. Allí se publicitaron recurrentemente las enormes cifras de reclusos trabajadores del Patronato, o las de presos liberados en las sucesivas oleadas de indultos precipitadas por la insostenible situación de congestión de las cárceles durante los primeros años del franquismo, alabando la presunta política de perdón del régimen. En cuanto a las cárceles de mujeres, se elogiaban las bondades de determinados establecimientos como la prisión de madres lactantes de San Isidro, en Madrid; la labor de las religiosas en los establecimientos femeninos o la realizada en la “prisión especial de mujeres caídas”, o de prostitutas ilegales, en Gerona. 

La cárcel barcelonesa de mujeres de Les Corts, sin embargo, apenas apareció en sus páginas ­salvo algunas fotografías y las inevitables referencias telegráficas referidas a los actos de celebración del día de la Merced­ en detrimento de las crónicas publicadas sobre la Cárcel Modelo de Barcelona, como la que mereció figurar en uno de los primeros números de Redención, cuando la bandera española fue izada “entre himnos y vítores” en el patio del establecimiento. La crónica, con el subtítulo ¡Ya tenemos bandera! describía de esta manera el acto:

“Ha sido en el momento solemne que precedió al Santo Sacrificio de la Misa, cuando ha aparecido en la gran rotonda del centro la gloriosa bandera nacional, que desde este día memorable ha de presidir todas las solemnidades de la cárcel. Oro viejo que nos habla de todas las virtudes de la raza; sangre que en estas horas de triunfo tanto nos dice de los mares derramados  por nuestros héroes y nuestros mártires, y águila del Imperio que abraza con sus alas nuestro escudo. Esta vieja enseña de la Patria llega, con los vivos colores rojo y gualda de sus sedas purísimas, a lo más hondo de nuestro corazón.

Cuando se presencian espectáculos como éste, del que hemos tenido la dicha de ser emocionados testigos, se convence uno de cuán imposible es matar lo que un pueblo lleva en su alma. En vano flameó durante ocho años una enseña que quiso ser nacional  y no pudo pasar de serlo de bandería. No. La bandera de España será siempre ésta: la vieja bandera. “Nuestra bandera”. Ésta que, al aparecer de mañana ante una población reclusa de las más dispares ideologías, a todos ha unido en un mismo centelleo de pupilas y un mismo latido de corazones” (Redención, 13 de mayo de 1939).