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2411. Una historia de Ibiza XII

XII

Aunque Javier pensó que aquella noche no dormiría, estaba tan enervado y flojo, que se tendió en la misma roca desde donde presenciara por la tarde el bombardeo del castillo. «Así, cuando me despierte, veré que ya no están los destructores.» Señal de que Pau y Escandell habían logrado la barca y llegar hasta ellos. Confiaba en la destreza y audacia de los dos ibicencos. «Más ágiles y escurridizos que lagartos. No les pasará nada.» Y se durmió, seguro de que al amanecer vería desierta la bahía.

El despertar fue así: un mar plano, tranquilo, sin las huellas y ecos de la víspera; el castillo, la muralla, los molinos, la ciudad entera amaneciendo, como si la tarde anterior los cañones no la hubiesen estremecido en sus raíces. Oyó pasos. Alarmados, se llegaron a él los salineros. Le andaban buscando desde las primeras rendijas del alba.

—¿Qué va a pasar, compañero Javier? Los barcos se han ido. Alguien afirma que con rumbo a Mallorca.

—No os asustéis. Entraremos juntos en la ciudad, y dentro de muy poco.

—Entonces...

—Yo os aseguro —bromeó, riendo— que algunos de los facciosos del castillo, esos que de momento logren escaparse, dormirán esta noche aquí, donde nosotros lo venimos haciendo desde hace más de veinte días.

Se levantó de la roca, estirándose:

—¿Y si bajásemos ya a la playa?

Javier inició el paso. De su tiendecilla de pino cogió un racimo de uvas de la cena y, comiéndoselo, siguió andando entre los troncos. El bosque se había llenado de gente: refugiados de los montes y campos vecinos, hombres viejos con morrales al hombro, caras sin afeitar, gestos de inquietud, de alegría, de cansancio poblaron, al clarear, aquellos árboles y laderas antes tan solitarios y mudos. Aparecieron también algunas mujeres con sus niños. La isla revivía, resucitaba. Sus pescadores, campesinos y salineros brotaban nuevamente no se sabía de dónde: si de las entrañas de la tierra o lo hondo del mar.

—¿Entonces cree usted que a los presos no les ha sucedido nada? —preguntó, dulce y despacioso, un anciano de ojos grises y frente labrantía.

—No. Y vamos ahora mismo a comprobarlo. Los que quieran seguirme, que vengan.

El bosque entero le siguió: jóvenes, viejos, niños y mujeres. Al pisar la arena endurecida de la playa y sentir la humedad de la orilla, se les clareó a todos el corazón, como si el riego de la sangre lo hubiera inundado de súbito. Perseguidos que se guarecían en la torre Salrosa, se incorporaron también, y gente que brotaba de entre los juncos de las dunas, por los ramos de los viñedos. Marchaban lentos, aún desconfiados. Javier al frente del primer grupo, como guía. Las mujeres eran las más preocupadas e inquietas. Una preguntó, casi llorosa:

—¿Habrán desembarcado ya?

Javier, sin contestarle, se desvió hacia una veredilla del borde de las dunas por donde avanzaba una bicicleta con alguien en mangas de camisa. Se cruzó, para interrogarle, viendo, ya de cerca, que llevaba un fusil a la espalda y que eran pantalones de soldado los que por lo malo del sendero manejaban dificultosamente los pedales.

—¡Eh! ¿De dónde vienes?

—De ahí, del castillo—respondió, sin detenerse—. Nuestras fuerzas ya estarán a estas horas entrando en la ciudad. El comandante y sus oficiales huyeron a los montes. Unos cerdos. Los soldados nos vamos a nuestra casa. Ya era hora.

—¿Y los presos? —gritaron algunos.

Pero el ciclista ya no oía.

A estas noticias del soldado, los grupos se unieron, convirtiéndose en una pequeña manifestación alegre, pero silenciosa. Era el momento de cantar. ¿Sabrían cantar aquellas gentes? Pensó Javier de pronto que, como Pau y Escandell, tampoco cantarían, y no se atrevió a proponerlo. ¡Qué lástima! Entonces, les aclaró mientras marchaban:

—Vienen a daros la libertad, ibicencos, a entregaros vuestra isla. Por el camino de San Antonio avanzan ya las tropas leales, hombres lo mismo que vosotros, pueblo bueno y grande de España. Ellos os traen vuestro propio mar, la misma tierra ajena donde hincáis el arado, los árboles que os niegan su fruto, los rebaños que acariciáis sin poseerlos, el aire que por primera vez sentiréis vuestro en los pulmones. Todavía marcháis sin daros cuenta que hasta la arena que va pegándose al cáñamo de vuestras sandalias os pertenece ya y que quienes os apretaban y saqueaban todo andan de huida hacia los mismos bosques que dejamos... Pero tened por cierto, os lo aseguro, que no se salvarán. Ibiza es una isla; la cerca el agua por todas partes. Se olvidaron de esto... Y hacia vuestra ciudad ya suben los que vienen a pedirles las cuentas... Como es demasiado lo que deben...

—¡Eh! ¿Es fiesta hoy o qué pasa?

El que así interrumpía era un pastor, desnudo y sonriendo, que en la orilla jalaba de las patas y el rabo una borrega que no quería bañarse. Javier miró a aquel hombre con asombro.

—¿Todavía no lo sabes? —respondió al pastor uno de los salineros.

—¿Qué?

—Que llegan nuestras tropas...

—Nuestras tropas... —repitió el pastor como el eco de una cueva vacía.

En la pregunta y en el gesto impasible de aquel hombre sufrió Javier todo el oscuro e inacabable crimen cometido contra el pueblo de España. Aquel pobre pastor de ovejas ignoraba lo que venía sucediendo en su isla desde hacía casi un mes. Sumiso y lejano, bañaba el rebaño de su señor, como el esclavo más primitivo.

—¿Vienes con nosotros? —le propuso Javier para ver qué hacía.

—Estoy bañando las borregas.

Sonriendo, y dominando al fin a la que se negaba, se metió con ella en el mar hasta las rodillas.

Siguieron avanzando por la playa. Ya bordeaban la ladera del monte donde, coronándolo, abría sus velas rotas el molino de Javier. De allí, y haciendo señas con el brazo, bajaba alguien a toda prisa.

—¡Torres!

Era Torres, el campesino, que ya venía con su fusil.

—Soy uno de los encargados de organizar las milicias ibicencas. ¡A ver! ¡Voluntarios!

Sin vacilar, todos los hombres que seguían a Javier se ofrecieron, reclamando al instante:

—¡Queremos fusiles!

—Cuando las tropas suban al castillo os los darán. Este —mostró Torres con orgullo— me lo entregaron por la carretera de San Antonio, al ir hacia San Carlos. No tuve tiempo de llegar al desembarco.

—¿Y los presos? —interrogaron, ansiosas, las mujeres.

—¡Todos libres! Esos canallas se escaparon anoche. Antes, intentaron matarlos. Pero con el miedo y la prisa no pudieron.

—Ya, ya se les cogerá.

—Mejor que ellos conocemos la isla.

—Uno de los trabajos de las milicias será ése: limpieza.
Apareció, jadeante, otro muchacho, también con su fusil:

—¡Llegan! Van a entrar en el paseo.

Todos aligeraron. Javier corrió más que ninguno. Al desembocar en el cruce de la carretera y la entrada de la ciudad, chocó, de golpe, con Pau y Escandell que lo buscaban. Se abrazaron. Javier se adelantó a la pregunta que temblaba en la cara de los dos pescadores:

—Sí, salvados. ¡Todos! Y andan con los fusiles de la guarnición sublevada. Que Torres os cuente.

—Uno de los cañonazos derrumbó las techumbres, sin que hubiera desgracia entre los nuestros. Sólo Antonio perdió el sentido. Antes de huir quisieron ametrallarlos. Pero un sargento lo impidió abriendo las puertas traseras de la cárcel.

—A vosotros, amigos, os deben la libertad y la vida. Nadie lo sabe aún. Ni siquiera Torres.

—¡Manías! —cerró Pau con modestia, esquivando, emocionado, la mano que le tendía Javier.

Banderas altas de la República, catalanas, rojas y rojinegras entraban ya por el paseo; con ellas, y rodeando a las milicias peninsulares, carrillos y caballos de los pueblos, que habían ido sumándose al paso de las tropas.

Pronto las aceras y las calles de Ibiza sólo fueron montones de tabardos, mochilas, fusiles y correajes. Los balcones y las ventanas se abrieron: unos tímidamente, con sigilos de miedo; otros de un solo golpe, jubiloso. Y con el resonar de la gente civil mezclada entre los nuevos soldados, los altavoces de las radios gubernamentales, después de más de veinte días de silencio, comenzaron a tronar la ciudad.

Los pescadores trajeron a Javier un fusil. Los tres camaradas, siempre unidos como en el bosque, se incorporaron a los grupos de milicianos que se dirigían al castillo. Los ibicencos, al fin, recuperaban su isla. Pero ahora de verdad.

Aquel clarísimo mediodía, sobre las torres almenadas, más altas que el mar y los montes, el pabellón de la República gritaba al viento su victoria contra el cielo de Ibiza. Junto a él, la bandera blanca de los facciosos, como un pañuelo desgarrado, ondeaba el recuerdo de su derrota.


Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulo XII
"Relatos y prosa", Bruguera 1980







2409. Una historia de Ibiza X y XI

Los destructores Almirante Antequera y Almirante Miranda frente a la isla de Ibiza


X

—Tú no, camarada. Tú quedarás aquí hasta que sea preciso.

—Iremos solos éste y yo.

—Pero... —protestó Javier.

—¡Manías!

—Tenemos costumbre.

—Y hay que buscarla a nado...

—¿Sabes tú nadar?

En aquellos momentos esta pregunta de Pau desesperó a Javier, hiriéndolo, humillándolo. No, no había sabido nadar nunca.

Escandell se levantó con un ruido de ramas.

—Vámonos en seguida. Está lejos.

Javier tendió la mano a los dos pescadores. Las tres se encontraron en lo oscuro, duras, fuertes y a un mismo tiempo temblorosas.


XI

—¡Alto! —gritó uno de los centinelas de popa del Miranda.

Y enfiló su fusil hacia donde la oscuridad del mar parecía moverse, avanzando.

—No tires, camarada.

—¿Camarada?

Al marinero le tembló el dedo en el gatillo. Se despertaron otros hombres del barco y acudieron al lugar del ruido. Uno encendió una linterna sorda.

—Somos pescadores. Queremos hablaros. Unirnos a vosotros —gritó Pau, haciendo fuerza con un remo contra el casco del buque para que con el balanceo la barca no chocara.

Una escala de cuerda cayó, de golpe, chasqueando. El centinela, que aún enfilaba su fusil, lo bajó, desconfiado:

—Camaradas...

Los pescadores entregaron al de la linterna sus carnets sindicales.

—C.N.T., U.G.T. —leyeron en voz alta y a un tiempo varios de los congregados a popa.

—Entonces, somos compañeros. Venid.

Anduvieron, tropezándose, a tientas, por entre cañones y cuerpos dormidos. Bajaron a una pequeña sala encendida.

El Comité del barco deliberaba.

—Estos trabajadores ibicencos desean comunicar algo importante.

Un hombre pequeño y regordete, vestido como los demás, les indicó que se sentaran. Pau y Escandell lo hicieron, emocionados. Al anarquista poco le faltaba para llorar.

—A la madrugada, en cuanto apunte el sol, acabaremos con el castillo —dijo el hombre pequeño, con aire de cansancio, dirigiéndose a los que le rodeaban—. A las siete tomaremos la isla.

—Los presos... —comenzó tímidamente Pau.

—¿Dónde están? ¿Y cuántos? Dentro de pocas horas marcharán a sus casas.

—Todos en el castillo... Más de doscientos camaradas... Las techumbres son viejas... Podía desembarcarse por San Carlos... Hay que evitar... Para eso hemos venido.

Y Pau, interrumpido a veces por Escandell, en su castellano difícil, lento, pero ahora exaltado, informó al Comité de todo cuanto sabía de la isla.

—Bien. Al amanecer os darán un fusil a cada uno, y desembarcaréis con nosotros. Mientras, compañeros, iros a descansar un rato.

El hombre pequeño y regordete, sin levantarse, apretó la mano de los dos pescadores, que se tendieron en cubierta, callados y con los ojos abiertos, esperando el levar de las anclas rumbo a la salvación de los presos y la liberación de Ibiza.


Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulos X y XI
"Relatos y prosa", Bruguera 1980










2404. Una historia de Ibiza IX

El Almirante Antequera ante la ciudad de Ibiza


IX

Volvieron al refugio del bosque.

Desde el intento frustrado de fuga, Pau y el anarquista, cuando estaban ante Javier, apenas si se expresaban por monosílabos. Parecían heridos en su amor propio de hombres de mar, acostumbrados a riesgos más difíciles que los que suponía aquel viaje sin motor, a la vela y en una buena barca.

—Cuarenta y ocho horas hubiéramos tardado en arribar a Denia —dijo Pau, por fin, rompiendo el silencio de todos aquellos días.

—Hay que robar una —fue la respuesta de Escandell.

—¿Sabes tú dónde está? Porque a remo no llegaríamos nunca.

El anarquista se calló.

Javier comenzaba a presentir el final de aquella involuntaria aventura. ¿Qué podía hacerse en una isla donde ya ni los motores de las barcas tenían llave? ¿Esperar? Una espera demasiado larga. «En el castillo se sabrá que los que todavía no están presos andan escondidos por los montes. Cualquier madrugada la Guardia Civil nos batirá, encarcelándonos o matándonos aquí mismo, entre estos árboles. ¿Y cómo defendernos de unos tricornios con fusiles? ¿A pedradas?» Ni había piedras en aquel lugar. Si los soldados del fuerte, al menos, intentasen algo... Pero aún era demasiado pronto. Los recordaba muy bien: todos con caras de pobres campesinos engañados, al mando del oficial que leía y pegaba en una de las fachadas del paseo la declaración del estado de guerra en la isla. Sabía, además, que, bajo pena de muerte, no los dejaban bajar solos a la ciudad ni comunicarse con los presos. «Esperar, apretando los puños. Resistir.» Pero ¿hasta cuándo? ¿Es que acaso en España iban a acordarse de aquel perdido trozo de tierra? «Hace muy bien el Gobierno en dejar para el fin la toma de Ibiza. Las nuevas milicias españolas tendrán ciudades y pueblos más importantes, más urgentes que reconquistar. Si es que escapo con vida de esta isla y si para entonces la insurrección no ha sido sofocada, me alistaré en las milicias del Sur y lucharé en los frentes andaluces.» Y Javier se acordó de Jerez de la Frontera, su pueblo natal, en donde había vivido hasta los diecisiete años, y en donde aún residían sus padres y sus hermanas. La familia. Se entristeció. Y cambió aquel pensamiento por este otro: «Si los facciosos resisten, habrá que destruir las bodegas.» Para él, además de una inmensa riqueza que pasaría a manos del pueblo, las bodegas eran toda la poesía de su infancia. «No, no será necesario. La victoria llegará mucho antes.»

—Cuando la isla sea reconquistada y después del triunfo definitivo, ¿qué vais a hacer vosotros? Porque la vida de Ibiza cambiará, y con esto también la vuestra —preguntó, sondeando a los dos pescadores.

—Lo primero, pedir a Madrid que nos mande gente buena para que aprendamos. Aquí nadie sabe nada.

Estos eran los deseos de Pau: aprender, pero de alguien que viniera de fuera. Tenía esa superstición.

—En Barcelona hay muchos Ateneos Libertarios... —comenzó Escandell.

—¡Manías! Hace falta otra cosa.

Ya iban a pelearse, como siempre, cuando un ruido nuevo y extraño, que crecía con rapidez, les paró en seco las primeras palabras. Venía como del mar y, sin embargo, no sonaba a motor de gasolinera. Los tres, a una, se levantaron, corriendo a asomarse en dirección de la playa. El ruido aumentaba, metálico y sonoro, haciendo vibrar toda la anchura de la isla. No había ya que dudar: bajaba abiertamente del cielo, cayendo como un canto de inmensos abejorros sobre las cabezas levantadas y en éxtasis de los tres compañeros. Dos hidroaviones, rutilantes de sol, recorrían, jugueteando, persiguiéndose, todo el cielo azul de Ibiza. Pasaban en aquel instante sobre los claros de cielo del pinar. Un escape de puntos luminosos salía de cuando en cuando de sus colas. Los puntos, poco a poco, desuniéndose y disgregándose, se iban agrandando hasta convertirse en una lenta lluvia de hojas de papel. Los pulsos de Javier y los dos pescadores parecían que fueran a romperse, los ojos intentaban salirse.

—¡Son nuestros! ¡Y tiran proclamas! Hay que hacerse con ellas.

Antes aún de que Javier hubiera gritado estas palabras llenas de ansia y júbilo, ya Pau y Escandell habían desaparecido monte arriba. El también corrió, bajando a una hondonada de piedras y matorrales. Poco después, las manos llenas de hojillas y periódicos, volvían a reunirse.

«¡Ibicencos! La escuadra y la aviación republicanas vienen a libertaros. No queremos inútiles derramamientos de sangre.»

Y dirigiéndose al comandante faccioso: «Si a las cuatro en punto de esta tarde no se iza en el castillo la bandera blanca, lo bombardearemos y desembarcaremos en la isla.»

Eran las doce de la mañana.

En grandes titulares prometía la primera página de los periódicos, también llovidos del cielo:

«Hoy, fecha en que don Jaime I, el Conquistador, ganó las Baleares para Aragón y Cataluña, catalanes y valencianos reconquistaremos la isla de Ibiza.»

Releyeron en alta voz una y otra vez, hasta perder la cuenta, aquellos maravillosos mensajes caídos a la tierra cuando ya la desesperación y el desánimo empezaban a nublarles la fe y la confianza.

—Ya habrán desembarcado en Formentera —dijo Pau, al oír alejarse el zumbido de los motores, cortándose de súbito.

El pinar de los refugiados comenzó a inquietarse. De las cuevas altas y los pinos cimeros, hombres con barbas de veinte días y ojos de animales monteses bajaban por pequeños grupos, no atreviéndose aún a llegar a la playa. Se iban quedando, recelosos todavía, por entre los lentiscos y escondites roqueros. Torres, el campesino, que algunas noches dormía en el pajar de su padre, subió, relampagueantes los ojos:

—A las cuatro podremos bajar a la ciudad. Los salineros se preparan. Nos uniremos a las tropas leales.

El día avanzaba. Javier, como un autómata, miraba a cada instante su reloj. Tímidamente se destacó un refugiado de los grupos dispersos, acercándose:

—Dicen que en el castillo han puesto ya la bandera blanca y que uno de los capitanes rebeldes se ha pegado un tiro.

—El comandante ha lanzado una proclama diciendo que antes que rendirse derramará con los suyos hasta la última gota de sangre. Me lo ha dicho el cartero de San Jorge.

—¡Manías! A las cuatro en punto llegarán nuestros barcos: pues a las cuatro y cinco ya no habrá más comandante. ¡Se acabó!

Todos rieron el comentario de Pau a las noticias del campesino. Fueron acercándose más hombres, apareciendo también algunas mujeres con anchos sombreros de paja. Eran las primeras que veía Javier desde que pudo escapar de su molino. En las caras de todos se sentía que la liberación estaba cerca, que aquella vida atemorizada del bosque iba a terminarse.

—Son las cuatro menos cinco —gritó, jubiloso, Escandell.

—Pues ya debían oírse los motores.

—No van a ser tan puntuales.

—¿Qué harán los señoritos del castillo cuando aparezcan los barcos?

—No es tan difícil saberlo.

Aquí alguien habló con claridad y sin rodeos del cambio de color que sufrirían los calzones facciosos ante las unidades de la escuadra republicana.

—Sería criminal la resistencia —dijo una mujer.

—¿Y si resisten?

—¿Con qué?

—Los matarán a todos.

—¿Qué culpa tienen los pobres soldados?

—A ésos no les pasará nada.

—Se rendirán, ya lo veréis.

Hubo un silencio lleno de ojos vigilantes. Javier, disimuladamente y con miedo, volvió a mirar su reloj. Eran más de las cuatro y media. No quiso decir nada. ¿Sería posible? La Voz de Ibiza, en una de sus informaciones redactadas por los facciosos, afirmaba que toda la flota se había sumado al movimiento de «liberación nacional». «Imposible. Una burda patraña», pensó Javier. Y no se equivocaba, porque en aquel instante, el mismo zumbido de por la mañana se perfiló hacia la raya de Formentera.

—¡Viva! —gritaron todos, como a una señal, ondeando unos los pañuelos, otros las camisas y chaquetas quitadas.

Seis hidroaviones, plateados y finos, avanzaban en línea de combate. Bajo ellos, ágiles, recortados, dos destructores, cuyos nombres se iban dibujando al ir partiendo el agua y enfilar el castillo. Al detenerse frente a él, Javier y todos los ibicencos del bosque ya habían repetido en voz alta:

—¡Almirante Miranda! ¡Almirante Antequera!

Los hidros, esperando ver levantarse la bandera blanca sobre las torres, volaban en ronda y a escasa altura sobre las murallas y los barrios altos de Ibiza.

—¿No oís? —dijo Javier—, Les tiran con fusiles.

—Con una sola bomba que arrojasen se acabaría todo.

—No, no. ¿Y nuestros presos?

Los refugiados se sobrecogieron, callándose. De uno de los barcos lanzaron al agua una gasolinera, tripulada por un oficial y varios marineros. Un banderín blanco le temblaba en la popa.

Pero al instante, la insignia de paz fue tiroteada con ametralladora.

—¡Canallas! ¡Quieren sangre!

Los barcos se movieron ligeramente de costado.

—Van a disparar.

—Hacen bien.

Allá por los viñedos y olivares, doce cañonazos desvelaron el eco perdido de la isla. Los hidroaviones, vueltos de oro con el atardecer, aparecían y desaparecían, sonando ya por el Oeste, ya por el Sur, por Santa Eulalia o San Antonio. El mar, los molinos, los barcos, los árboles, las calles y las murallas bajo el cielo poniente de la isla, todo era tan irreal, como si sucediese suspendido en el aire y solamente para recreo de los ojos. Los doce proyectiles se habían estrellado, secos, contra la base de las murallas. Aquellas viejas piedras eran aún de pecho bravo y resistente. Desde lejos se sentía su fuerza.

—Mientras tiren así, ¡nada!

—Los nuestros no quieren sangre.

—Tres cañonazos al castillo y todo terminaría.

Susurró un salinero:

—Allí tengo a mi hermano.

—También yo al mío. Y éste, a su padre.

—Todos los presos son camaradas.

—Pero veréis: van a tirar contra las torres.

—¡Qué remedio!

—Es la guerra.

—Si lo hacen, es porque ignoran que allí está nuestra gente.

—Para eso, para que no tiren, el comandante la encerró en el castillo.

—Pero van a disparar otra vez. Van a disparar.

—Es necesario.

Simultáneamente, Javier y todos los refugiados sintieron deseos de no ver, de apretarse la angustia con las manos. Iban a disparar, y ahora, sin más remedio, tendría que ser contra las torres. «Es necesario.» Javier había pronunciado estas dos palabras sabiendo todo el horror y la triste responsabilidad que encerraban. «Es necesario.» ¡Cuántas bocas autoritarias las estarían repitiendo en aquellos instantes por toda la Península! «Es necesario aniquilar a esos bestias, para que no nos aniquilen ellos a nosotros. Es necesario matarlos, para que no nos maten. Por nuestras mujeres, nuestras hermanas, por el porvenir de nuestros hijos.» Pensó de golpe en muchas otras frases y estribillos repetidos mil veces en los mítines y leídos diariamente en la prensa revolucionaria. Y aquellos marineros habían llegado a Ibiza con ese fin: con el de exterminar de una vez para siempre a los enemigos del pueblo, del suyo, por quien él vivía, se desvivía y estudiaba. «Van a disparar. Pero es necesario que lo hagan contra el castillo: doscientos, trescientos proyectiles, los que hagan falta, hasta que el adversario, rendido, ice bandera blanca en las almenas. ¡Pronto! ¿A qué tardar? Mas ¿y los presos, los camaradas allí hacinados desde hace más de veinte días? No lo saben los barcos, no pueden saberlo. Y ya es imposible advertírselo. Tres cañonazos, cuatro, y se les vendrán encima las viejas techumbres. ¡Eh, compañeros, desviad el tiro! ¡Más a la izquierda!»

Pasaban de doscientos los encarcelados: el dueño del Bar La Estrella, Antonio el carpintero, aquel obrero que les subió noticias al monte... Sólo Javier conocía a estos tres. Pero veía a todos los demás, los imaginaba, temerosos y alegres a un mismo tiempo, sintiendo con el retemblar de los muros la presencia de los buques de guerra leales. «Van a disparar, van a disparar.»

El eco de la isla volvió a estremecerse, prolongándose esta vez con una voz rodada de derrumbo. Los cañones del Miranda y el Antequera humeaban aún, corriendo sobre sí un viso azul y oro que los difuminó unos instantes.

—Han sido cuatro —dijo Escandell.

—Dos han pegado en las torres; los otros, en las murallas —añadió Pau.

Hubo un silencio ávido y angustioso. Los ojos no querían ver, los oídos no querían oír. ¿Dispararían de nuevo? Una nube, que más parecía de polvo que de humo, remontaba del castillo. El mar se había puesto de cobre y el color plomizo de los barcos iba ennegreciéndose. Más lejos, como un gruñido intermitente, sonaban aún los hidros. Después, nada. Un reposo absoluto. Una terrible oscuridad, llena de ojos desvelados, en espera del alba.


Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulos IX
"Relatos y prosa", Bruguera 1980











2401. Una historia de Ibiza VII y VIII




VII

Las noticias que Pau traía de la ciudad eran cada vez más confusas. El amigo del carpintero no volvió más por el monte. Alguien de San Jorge le denunció, entregándolo a las fuerzas del castillo. Los presos crecían diariamente, trayendo Pau el rumor de que ya, sin espacio en la fortaleza, yacían tirados por los patios y corralones del cuartel alto. La Voz de Ibiza, un ejemplar del día anterior que Escandell subió de la playa, sólo publicaba, entre noticias alarmantes, una lista de nombres ibicencos y extranjeros que favorecían a los sublevados con toda clase de donativos.

En la primera página podía leerse:

Su Ilustrísima el Obispo de esta diócesis, 200 ptas.
Don Sigfredo Mayer, 2 botellas de whisky.

Este don Sigfredo era uno de los muchos veraneantes alemanes que denunciaban a la gente de izquierda de la isla y que al caer la tarde subían al castillo a emborracharse con el comandante faccioso.

Javier, desde por la mañana, miraba al mar, desesperándose de verlo siempre tan desierto, sin la más mínima sombra de una barca de pesca. Los pescadores, pocos días después del levantamiento, retiraron sus redes, negándose a salir. Por eso estaban presos casi todos. Los demás, huidos por el interior. En la ciudad ya no había pescado, principal base de su alimento, y los envíos del campo escaseaban significativamente. «Si apareciera de pronto un barco nuestro...», pensaba Javier ilusionándose, subido en una piedra que dominaba todo el costado de la isla.

—De nosotros no se acuerda nadie —confesó en voz alta a Pau y Escandell que le acompañaban—. Habrá que huir de aquí como sea. A nado, si fuera posible.

—El comandante ha dejado sin llaves todos los barcos de motor, y los carabineros, custodiados por la Guardia Civil, vigilan en las gasolineras.

Se comentaba misteriosamente que los carabineros eran leales al Gobierno: pero tan pocos en número, que soportaban la sublevación en espera de que los republicanos reconquistasen la isla.

Más que nunca, Javier comprendió serenamente que el peligro aumentaba a cada instante y que a partir de aquel momento era necesario prepararse a todo.

—Será preciso, por lo menos, cambiar de monte.

—No —respondió Pau con sequedad—. Yo conozco a un patrón, que si no hace manías...

—Pienso que no se atreva.

El pescador afirmó en su castellano difícil:

—Mañana a la noche podríamos salir para el continente.

Y tirando con fuerza de Escandell, se lo llevó pinar abajo, camino de la playa.



VIII

—Hará frío en el mar. Coge la manta y vamos.

Javier tomó la que le había cubierto durante tantas noches el sueño y la desesperanza de no poder escapar nunca de aquel monte. Era una manta sucia y agujereada que Torres le subió el primer día de casa de su padre. Se la cruzó en bandolera, desde un hombro a un costado, y con la luna echó a andar detrás de Pau por entre piedras, troncos y ramajos rebeldes. Por fin, alcanzaron un camino. Había que marchar hasta no sabía dónde. Siempre que se acercaba una revuelta, Pau se adelantaba rápido y sigiloso, con ese aire de gato que Javier viera en él cuando andaba espiando por el bosque.

—Empieza la zona salinera. Aquí vigilan los carabineros —descubrió Pau en una de estas fugas—. Dicen que son leales... Menos el teniente.

—Mejor será salirse del camino y seguirlo, de lejos, por el campo.

La luna lo descubría todo, delatando su luz hasta las sombras más oscuras. Apareció el bisel de los esteros, cegadores y fijos, como colgados en el aire. La sal, amontonada en perfectas pirámides, aumentaba aún su resplandor con el negro parado de las vagonetas. Javier sintió como si todo aquel relumbre de paisaje se llenara de ojos que de un momento a otro fueran a convertirse en manos. «De aquí, preso al castillo», pensó, seguro de no equivocarse.

—Aquel es el Vedrá —le señaló Pau al doblar una curva.

Alto, como un inmenso monolito, el monte emergía del mar, perfilado y transparente.

—Los que han subido allá arriba, que sólo han sido dos, un alemán y un ibicenco, dicen que cerca de la cumbre hay una fuente donde beben las cabras salvajes. También cuentan que las rocas están pegadas de colmenas, y como nadie sube a recoger la miel, resbala derretida por las piedras abajo.

Javier, oyendo a Pau, pensaba en los héroes homéricos, en los poemas de Teócrito, en las leyendas primitivas de pastores y marineros.

—Ya llegamos.

Una diminuta bahía, al escalar unos montículos de arena, había surgido de repente.

Escandell esperaba. De entre unas rocas, salió como un genio del mar. En el centro de aquel olvidado remanso cabeceaba una barca, desplegada la vela y tendidas las redes.

—Viento favorable —dijo Pau a Escandell como saludo.

El anarquista no respondió. Estaba serio, reservado.

Se acercaron los tres a la orilla. Pau gritó, dando un corto silbido:

—¡Eh!

De la barca, una sombra les comunicó con el aire:

—Imposible.

—¿Cómo?

—Que no —trajo la brisa.

Javier no comprendía.

—¿Qué dice?

Pau y Escandell se callaron. Aquel breve silencio se le hizo luz, de pronto:

—¿Qué? ¿No quiere ese patrón? Decidle que al llegar a Valencia le daré mil pesetas, dos mil... Lo que me pida.

—Hijo de la gran puta.

Escandell explicó a Pau:

—Dos horas discutiendo con él, ¡y nada! Tiene miedo. Oyó el motor de las gasolineras...

—Mil pesetas, dos mil... Lo que le dé la gana.

—Que no.

Era inútil seguir aquel diálogo. Los tres camaradas se apartaron, silenciosos, de la orilla. Había por allí, dispersas por la playa, varias chozas de cañizo y lona para guardar las barcas. Entraron, cada uno en una, con el fin de dormir un poco. Javier no pudo. Gallos que al parecer cantaban del otro lado del mar le espantaron el sueño.
            

Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulos VII y VIII
"Relatos y prosa", Bruguera 1980