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2824. Los horrores del campo de concentración de Dachau

Los cadáveres se apilan en el cementerio del crematorio en el campo de Dachau, recién liberado



El campo nazi de Dachau fue liberado por las tropas del Ejército de los EE.UU el 29 de abril de 1945. Alrededor de doscientas mil personas fueron encarceladas en Dachau y sus campos satélites. 776 prisioneros eran españoles, de los que 70 fueron transferidos al subcampo de Allach.

Transcribimos el artículo del periodista Carlos Sentís, publicado en la Vanguardia dos semanas después de la liberación del campo. Ni una palabra sobre los españoles.


Londres, 14, 7 tarde. (Crónica radiotelegráfica de nuestro enviado especial)

En el vasto mundo anglosajón hay una cosa que impresiona casi más que el final de la guerra en sí; el de los campos de concentración alemanes.

Yo sólo ha visitado uno. El de Dachau, en las afueras de Munich. Casi el último caído en manos del Ejército norteamericano. Visitándolo pasé un rato horroroso. Ahora, sobre el limpio papel donde escribo, no lo paso mucho mejor. Dante no vio nada y por eso pudo escribir sus patéticas páginas del infierno. Yo sí he visto Dachau y quizá por eso no sepa escribirlo. Lamento no ser notario para escribir un formulario con el léxico impersonal de los protocolos. Pero creo que puedo de todas maneras escribir en primera persona porque ni un solo lector que me haya seguido sobre la Prensa de España ha podido dudar jamás de mi ecuanimidad. A la cuenta de mi historial cargo el «doy fe». Se me dirá que más a Oriente de la propia Europa puede haber otros campos aterradores. Desgraciadamente, se puede creer en ellos. Pero no los he visto. Si los viese, movería exactamente mi pluma con la serenidad con que lo hago ahora.

La entrada de Dachau —sector amplio rodeado de un alto muro y de edificios cuarteleros— es muy trabajosa y minuciosa. Con nosotros —once periodistas— entra también Mr. Jefferson Geoffrey, embajador de los Estados Unidos en Francia. Los soldados norteamericanos nos ponen a todos en hilera, y con un aparato parecido al de los insecticidas nos meten por las mangas, debajo de las ropas, grandes cantidades de polvos desinfectantes «D.D.T.» que, con la penicilina, son el moderno «curalotodo». Quedamos todos como buñuelos para la sartén. Luego, una inyección del mismo producto: un pinchazo que todavía me duele. Un oficial norteamericano nos reúne. Las últimas instrucciones: en el campo, donde casi todos son detenidos políticos, hay tifus, disentería y otras enfermedades, docenas de moribundos y centenares de cadáveres insepultos de los dos mil que encontraron los norteamericanos al llegar. No debemos separarnos de los oficiales norteamericanos ni dar la mano a nadie aquí por razones sanitarias. Ante semejante programa me entran ganas de volverme atrás, pero fumando cigarrillos, comiendo pastillas, las manos protegidas en el bolsillo, penetro en el mundo fantasmagórico.

Avanzamos por una amplia avenida hasta el recinto rodeado de espino da, alambre. Hay banderas aliadas en todos lados, porque celebran los días de la victoria, que para ellos todavía no ha significado la ansiada libertad.  Conforme avanzamos, parece que vamos a entrar en una exposición o feria de muestras. Las muestras que cerca de la entrada, según después veré, son las mejores porque, por lo menos, pueden andar sin arrastrarse y no son contagiosos como otros que están en pabellones cerrados, de los cuales, a pesar de morir  muchos día a día, y después de una semana de la entrada de los norteamericanos, no pueden salir todavía.

Los paseantes o los que tienen libertad de movimientos dentro del campo van casi todos con el traje rayado de los presidiarios, pelados, con idénticos ojos inmensos en el fondo de sus órbitas, pero su nacionalidad es fácil de distinguir porque llevan toda clase de banderas, y los yugoeslavos y rusos llevan su uniforme militar casi completo. En sus barracas también hay banderas y distintivos. En las de los polacos hay dibujos improvisados, imágenes religiosas, que contrastan con la vecindad de la bandera roja de los rusos. De los treinta y dos mil detenidos que hay en Dachau la mayoría son polacos. Son los más serios y reservados. También son polacos 780 curas católicos del total de 1.350 curas, de los cuales sólo 50 no eran católicos. Los curas de otras nacionalidades, hasta hace unos días en que todavía no había salido ninguno (sólo lo han hecho unos poquísimos), se distribuían así, además de los polacos: 121 franceses, 69 checos, 31 italianos, 39 belgas, 30 holandeses y el resto entre alemanes y otras nacionalidades. Seminaristas, 108. En total representaban 40 Ordenes religiosas distintas.

Para darme éstos y otros datos, conforme avanzamos por unas especies de lazaretos donde los huesos vivientes recubiertos de piel toman el suave sol primaveral, que evidencia todavía más sus llagas, se me acercan toda clase de tipos. Todos me quieren contar su caso. Con grandes ademanes de afectuosidad me quieren presentar «casos especiales», con los cuales yo tengo que desobedecer las órdenes multares dándoles la mano o salir huyendo cobardemente a mitad de la conversación. A pesar de que los norteamericanos han hecho limpiar ya bastante, todo huele espantosamente. Basuras, toda clase de porquerías quemándose, en rincones apartados del campo, con lo cual se acusa, todavía más, el ambiente. A nuestro paso, oficiales norteamericanos, judíos y rusos, principalmente, son los que se levantan más o menos trabajosamente y se quitan respetuosamente la gorra.

Cuando nos paramos en un sitio, docenas de seres archisucios y que comen todo el rato pan con mantequilla (de los norteamericanos) por rincones, se precipitan sobre nosotros. Entonces, en mi interior se establece esa tremenda lucha: entra la caridad y la repugnancia. Yo me apego a los oficiales norteamericanos como de niño hacía en el regazo de mi abuela. Pero los norteamericanos nos dicen: «Todo eso no es lo importante. Ahora entraremos en el pabellón de los incomunicados.» 

Uno de estos pabellones es exclusivamente de judíos. Aquí el olor a miseria humana es inaguantable. Hay muchos muchachos. Algunos tomando el sol por calles, son esqueléticos y tienen la barriga hinchada como una patata. Otros, amontonados sobre camastros de tres pisos, juegan a los naipes. Uno, en lo alto de la litera, con cara de pillete, me sonríe y muy divertido me señala algo en el suelo, debajo de él, entre dos literas. Voy allí para mirarlo. Es un cadáver reciente. El niño pillete se ríe a carcajadas al ver mi impresión. Casi al mismo momento, un moribundo que gime en la litera a ras de suelo, me tira de los pantalones. Quiere un cigarrillo. Voy fumando como una locomotora sin quitarme el cigarrillo de los labios. Salgo fuera tan pronto como puedo, pero en la calle tampoco puede respirarse. 

Después, ya todo lo demás no me. interesa. Datos, nombres, nombres... Que si estuvo Sehusfihmgg con su mujer aquí mismo, en Dachau, hasta que le trasladaron hace poco; que si estuvo el obispo Piget y príncipes Leopoldo de Prusia y Borbón de Parma. Todo eso a mí no me dice nada ya. Oigo la gente medio loca que me dice al oído palabras de odio o rencor que prefiero no recordar. En distintos barracones nos invitan a entrar. Todo es tantrágico, que roza siempre lo grotesco. Unos portugueses y yo somos tomados aparte por unos franceses, siempre tan académicos a pesar de todo. Uno de ellos se suelta el discurso: «Nous sommes tres hereux de vous avoir par nous; je suis aussi, mes chers amis, écrivain; je prepare na texte sur Daehau», etc...

¡La locura! 

Pero los norteamericanos, metódicos, siguen infatigables. Ahora nos llevan al crematorio, donde por falta de combustible en las trágicas últimas horas de Dachau, y por ignorar los guardianes que estaban tan cerca las tropas de Patch, no pudieron quemar dos mil cadáveres entre los sacados de la cámara de gas (ejecuciones), o sacados de trenes en el colapso de los últimos días, y que se dejaron en una vecina estación, encerrados en vagones, muriéndose como moscas, mientras cundía el caos por todas partes. Los de allí afirman que Himmler circuló la orden original de salida para América, donde se ordenaba quemar a todos los detenidos del campo antes de entrar las tropas aliadas. 

De una especie de garaje o hangar —crematorio— van sacando cadáveres totalmente desnudos para echarlos a treinta y dos carros bávaros conducidos y cargados por alemanes, a los que se les obliga después a pasarlos, plenamente descubiertos, por algunos barrios antes de enterrarlos. A mi vista hay unos trescientos cadáveres, que se colocan en carros, con parihuelas, desde una especie de ventana. Son los que sacan aquella mañana. Cuerpos medio descompuestos. Una especie da vendimia macabra. 

Ni ustedes ni yo creo debamos entrar en esta perspectiva qué todavía me dan las retinas.

*

La nota del día de hoy en Londres ha sido las declaraciones de Goering, al que los periódicos, salvo alguno muy de izquierdas, no atacan demasiado, incluso le tratan entre ironías y humor. Los efectos de estas declaraciones he podido comprobarlos de manera muy personal estando en varios sitios de Londres y almorzando en un Club con Frank Wallace, quien visitó hace poco España invitado por el Patronato Nacional de Turismo y para cazar la cabra hispánica en Gredos. Todas las personas que me presentó en su Club comentaban muy favorablemente para España las palabras de Goering al general Patch, que reproducen textualmente todos los periódicos en esta exacta forma: "Patch le preguntó por qué cuando invadieron Francia no invadieron seguidamente España, y después de tomar Gibraltar no embotellaron en el Mediterráneo la Flota británica. Patch ha contado que, al preguntar esto, Goering agitó y levantó los brazos como si quisiese agarrar el cielo, exclamando: «Esta siempre fue mi opinión... Siempre, siempre, siempre y nunca se me hizo caso.» 

Aquí se aprecia tanto su contenido como el enardecimiento y vehemencia que puso repitiendo hasta tres veces una misma palabra. 


Carlos Sentís
La Vanguardia, 15 de mayo de 1945









2527. Vigueses en los campos nazis






María Torres / Faro de Vigo, 28 de enero de 2018

En el año 2005 la Asamblea General de las Naciones Unidas, acordó designar el 27 de enero Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. En esta fecha se conmemora la liberación en 1945 del campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau por las tropas soviéticas.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi deportó a cientos de miles de personas de diferentes nacionalidades a campos de concentración, destinadas al trabajo esclavo y al exterminio. Cerca de 10.000 españoles  —a los que el régimen franquista nunca reconoció como tales ni aceptó su repatriación, fueron confinados con el beneplácito de Franco y la colaboración del gobierno de Pétain, en los campos de la muerte. 180 eran gallegos (78 de A Coruña, 33 de Lugo, 34 de Ourense y 35 de Pontevedra) Trece habían nacido, residido y/o fallecido en la ciudad de Vigo.

Agustín Cameselle Fernández, Domingo Castro Molares, Manuel Fernández Gutiérrez, Antonio Hoya Alonso, Marcelino Mariño Lago, José Novoa Grova, Ricardo Rodríguez Fernández y Francisco Rodríguez Otero fueron prisioneros del campo de Mauthausen.

Marcelino Mariño fue el primer vigués que llegó al campo desde el stalag de Estrasburgo. Era natural de Cabral y marino del crucero Libertad, el buque insignia de la Armada Republicana. Su padre, herrero de profesión y militante comunista, fue asesinado en noviembre de 1936 en San Pedro de Ramallosa por un grupo de falangistas. Trasferido a Gusen, destinado al duro trabajo en la cantera de Kastenhof, un año después desempeña el oficio de peluquero en el Block 13 y en agosto de 1944 se convierte en kapo en Gusen II, posición que utiliza para intentar proteger y mejorar las condiciones de vida de sus compañeros.

El 25 de enero de 1941 desde el stalag de Trier y en un convoy de 775 republicanos, llega Antonio Hoya, teniente de las Milicias Gallegas. Asignado al subcampo Vöcklabruck, trabaja en la construcción de carreteras, puentes y canalizaciones de agua. Cerca de trescientos prisioneros españoles fueron utilizados para levantar estas infraestructuras, una parte de ellos bajo el mando del kapo valenciano César Orquín. En junio de 1944 es transferido al comando Linz III, en el que estaba ubicada la planta de armamento de la compañía Eisenwerken Oberdonau, destinada a la fabricación de piezas para tanques.

El 27 de enero de 1941 en una expedición de 1.472 republicanos que había partido de Fallingbostel dos días antes, y entre la que se encuentra Francesc Boix, ingresan Agustín Cameselle, antiguo ayudante de aparejador de Jenaro de la Fuente y teniente de la Guardia de Asalto; Domingo Castro, natural de Cabral, desertor del ejército franquista, sargento de las Milicias Gallegas; Ricardo Rodríguez, alías "Meana", futbolista, seleccionado para la Olimpiada Popular de Barcelona, teniente de Infantería de la 14º Compañía de Asalto y Francisco Rodríguez Otero, natural de Lavadores, combatiente de la 11 Brigada Mixta y sargento de Carabineros, que acabaría en Gusen destinado al proyecto Bergkristall, construyendo fábricas subterráneas invulnerables a los bombardeos aliados que producían el caza a reacción Messerschmitt Me 262.

El 26 de abril de 1941, en un convoy de 486 republicanos, es confinado en Mauthausen, procedente del stalag de Altengrabow, José Novoa, marino del guardacostas de la Armada Xauen, miembro de la Agrupación de Gallegos Libertarios. Asignado al comando Ternberg, situado en la localidad austriaca del mismo nombre, sirve de mano de obra esclava en la construcción de una planta hidroeléctrica hasta septiembre de 1944.

El último vigués en llegar al campo de los españoles en mayo de 1941 es el miembro de la Guardia Nacional Republicana Manuel Fernández desde el stalag de Wiebelsheim. Cinco meses después sería transferido a Gusen.

Antonio Ignacio Alves, Manuel Sánchez Jalda, Eudaldo Martínez Méndez, Mercedes Núñez Targa y Arturo González Bastos, fueron detenidos y deportados durante el año 1944 por acciones de resistencia, a los campos de Dachau, Neuengamme, Bergen-Belsen, Ravensbrück y Natzweiler-Struthof.

Antonio Ignacio formaba parte de un grupo de resistentes que actuaba en Le Pin y en el bosque cercano a Castelsarrasin. Buscaba escondite a los españoles perseguidos y se ocupaba de su paso al grupo de maquis dirigido por José Vitini.  Detenido en marzo de 1944 es deportado a Dachau tres meses después en un convoy compuesto por 2.139 hombres. Más de la mitad proceden de la prisión central de Eysses y son miembros de la Resistencia que han participado en la insurrección de la cárcel. En el campo es asignado al comando Allach, donde miles de trabajadores forzados son empleados en las fábricas de BMW en las que se gestan motores para aviones comerciales y militares.

Manuel Sánchez, marinero motorista en la Base Naval de la Graña al inicio de la Guerra de España, trabajaba en Mont Marsan en una empresa gestionada por las autoridades alemanas. Dinamitó una cisterna de combustible de un convoy nazi y fue detenido por la Gestapo en abril de 1944. Deportado un mes más tarde a Neuengamme en un convoy de 2.004 hombres, 194 de ellos españoles, entre los que se encuentra su paisano Eudaldo Martínez. Antes de que la SS comenzara la evacuación del campo a finales de abril de 1945, Manuel fue transferido a Bergen-Belsen.

Eudaldo Martínez, natural de Teis, desertor del ejército franquista, trabajaba para la Organización TODT en Forges de Coly en Le Pizou, Dordogne. El 16 de marzo de 1944 sabotea el transformador y las torres eléctricas de la fábrica, siendo detenido por la sangrienta Brigada Poinsot, infiltrada en la mayoría de las redes de Resistencia. El 25 de mayo es internado en Neuengamme junto a su paisano Manuel Sánchez y se convierte en trabajador esclavo en el pueblo de Fallersleben (desde 1945 Wolfsburg),  el lugar escogido por Hitler en 1938 para ubicar la planta más grande de Europa destinada a fabricar el "automóvil para el pueblo" (Volkswagen). 

Mercedes Núñez era cocinera en el Estado Mayor de las fuerzas de ocupación nazi en Carcassone. Un error judicial había permitido su salida de la cárcel de Ventas en Madrid y en julio de 1942 cruza los Pirineos hacia Francia bajo la falsa identidad de Francisca Colomer. Forma parte de la 5ª Agrupación de Guerrilleros Españoles del Departamento de l’Aude como enlace. Realiza labores de logística y falsificación de documentos para los guerrilleros con el fotógrafo Agustí Centelles. El 25 de mayo de 1944, junto a once compañeros de su agrupación guerrillera es detenida por la Gestapo. Llega al campo de Ravensbrück el 23 de junio de 1944. Un mes después es transferida al subcampo de Leipzig, que por entonces pertenecía administrativamente al campo de Buchenwald. Es asignada al comando Hasag, fábrica propiedad de Hugo Schneider que produce armamento para abastecer al ejército alemán desde 1934.

Arturo González[1], natural de Beade, residía en Villatange en el verano de 1944. Trabajaba en una granja y colaboraba con los grupos de resistentes de la zona. El 30 de agosto de 1944 ingresa en el campo de concentración de Natzweiler-Struthof y dos meses después en Neuengamme, donde es transferido al subcampo de Meppen-Dalum, en el que los  prisioneros fueron utilizados para construir fortificaciones, paredes antitanque y trincheras con objeto de proteger la zona costera del norte de Alemania desde los Países Bajos a la frontera danesa contra un posible desembarco aliado.

Agustín Cameselle (casado y padre de tres hijas) y Manuel Fernández perecieron en Gusen en noviembre de 1941. Según las autoridades nazis a causa de una pleuritis exudativa el primero y de neumonía cruposa el segundo. Gran parte de los prisioneros españoles murieron en Gusen ese invierno de 1941-1942. La falta de alimento, el agotador trabajo en la cantera, el frio extremo con temperatura de 25 grados bajo cero no hacían fácil la vida y si esto fallaba, los nazis tenían múltiples remedios para deshacerse de los inservibles para el trabajo.

Domingo Castro y Ricardo Rodríguez fueron asesinados en el Castillo de Hartheim, uno de los seis centros de eutanasia del programa Aktion T4 del Tercer Reich, en enero y febrero de 1942 respectivamente. Un total de 449 españoles fueron exterminados en este siniestro castillo, la "escuela de asesinos" como la denominó Simón Wiessenthal, donde se acabó con la vida de miles de seres humanos entre 1941 y 1944.

Arturo González fallece de neumonía en febrero de 1945 en Meppen-Dalum. Los nazis disponían de una larga lista de enfermedades que añadir al certificado de defunción para ocultar las verdaderas causas de la muerte como el hambre, los malos tratos, el agotamiento por el trabajo forzado o el asesinato.

Los ocho vigueses que consiguieron sobrevivir al horror, jamás lograron olvidar la terrible experiencia padecida. No sólo eran supervivientes, eran testigos del asesinato de sus compañeros y de miles de seres humanos, cuyo sufrimiento fue inconmensurable.

Excepto Mercedes Núñez, (la primera persona que confeccionó un listado de los deportados gallegos) fallecida en Vigo en 1986 sin conseguir de las autoridades gallegas y estatales el reconocimiento a los deportados, a pesar de su esfuerzo tenaz en la lucha por la memoria, ninguno de los que sobrevivieron, a excepción de Marcelino Mariño que lo hizo a muerte del dictador, ninguno regresó a España. Se desconoce la fecha de la muerte de Eudaldo Martínez y Manuel Sánchez. José Novoa muere en 1981 en el Hospital Varsovia de Toulousse; Francisco Rodríguez en 1992 en Mulhouse; Antonio Hoya en 1993 en Mimet y Antonio Ignacio en 1996 en Hauts de Seine.

Trece deportados desconocidos para los ciudadanos de Vigo, Galicia y España. Una pequeña parte de un contingente humano a los que el franquismo enterró en la sombra y a los que debemos recuerdo, reconocimiento y homenaje, porque en esta España tan precaria en memoria, hay que seguir insistiendo en que el olvido es inadmisible.

Ya lo escribió Eli Wiesel, prisionero de Buchenwald y Auschwitz, Premio Nobel de la Paz en 1986: "La respuesta es la memoria, la única respuesta. Dile a los que quieran saberlo que nuestro dolor es auténtico, nuestra perplejidad infinita y el agravio profundo".



______________________

Los datos aportados en este artículo forman parte de una investigación sobre los vigueses que participaron en la Segunda Guerra Mundial que será plasmada en un libro.


[1] El deportado vigués Arturo González, no figura en ninguno de los listados de deportados de la provincia de Pontevedra ni en el Libro Memorial. Españoles deportados a los campos nazis (1940-1945) de Benito Bermejo y Sandra Checa, editado por el Ministerio de Cultura en 2006. Ha sido posible su incorporación gracias a los datos que facilitados por la Amical de Mauthausen.












2327. Apelación a la conciencia de los hombres



Desde Dachau a los Derechos del Hombre - un doble aniversario


En momentos en que toda la humanidad celebra el quincuagésimo aniversario de la proclamación de la Carta de los Derechos del Hombre, es menester recordar el horrible precio que tuvieron que pagar los adversarios de la dictadura hitlerista por haber osado defender el derecho a la libre expresión, aun antes de que exitiera Carta alguna.

En la conciencia de toda la humanidad el nombre de Ausschwitz ha logrado un nombre simbólico terrorífico por la pretensión del Reich-Nazi de exterminar íntegramente a toda una raza por la sola razón de su propia existencia y de su carácter distinto.

No debiera cometerse el error de permitir que esta expresión de atrocidad tenga el efecto de obnubilar totalmente otra expresión tan trágica como criminal como la que representa el Campo de Concentración de Dachau.

El nombre de Dachau goza también de idéntico privilegio y conlleva también una carga de vergüenza.

Pues en Dachau fue erigido por orden de Hitler, ya en el año 1933, es decir, siete años antes de la construcción de Ausschwitz, el primer Campo de Concentración. Dachau sirvió de modelo a las demás construcciones erigidas con el mismo propósito: los Birkenau, los Breendonck, los Buchenwald, los Dora-Mittelbau, los Mauthausen, los Natzweiler-Struthof, Neungamme, Oranienburg-Sachsenhausen, Ravensbrück, Treblinka, sin agotar una interminable lista de nombres.

En marzo de 1933 después de haber sido convertido Hitler en Canciller Alemán con el 52 % de los votos emitidos, de los cuales 44 % provienen del partido Nazi y los restantes 8 % del partido nacionalista, pone éste inmediatamente en marcha su primer plan de acción: la eliminación de toda oposición, la destrucción de todo espíritu libre, de todo pensamiento no sometido al principio personalista y autoritario de mando ("Führerprinzip").

El Campo de Concentración de Dachau fue abierto hace 65 años para eliminar a todos los enemigos del Nacionalsocialismo: sacerdotes, comunistas, socialistas, liberales de todas las clases y colores, entre ellos también, agnósticos, católicos, protestantes y judios, unidos todos en la voluntad común de gozar de libertad..

La raza no se hallaba aquí aun presente, sino solamente el crimen imperdonable de negarse a prestar obediencia y la de haber optado por la libertad de pensamiento y de opinión.

La aplicación del segundo propósito nazi, la del asesinato de los grupos humanos de judíos y gitanos considerados "inferiores", completará posteriormente los designios monstruosos, sin ejemplos, sin límites, de los asesinos nazis.

Ninguna de las dos ignominias deberán ser borradas de la memoria de la humanidad, sin correr el riesgo de una repetición de estos hechos.

Los sobrevivientes del primer Campo de Concentración nazi de Dachau:

- Saludan con fervor la Declaración de los Derechos Humanos

- Invocan a todos los hombres, dignos de este nombre de imponerse el respeto más absoluto de los mismos.

- Apelan a la juventud de todos los países, de todos los origenes, de todas las filosofías y garantizar su perenne mantenimiento.


El Comité Internacional de Dachau (C.I.D), 1998










1952. Dachau



El 29 de abril de 1945 el campo principal de Dachau fue liberado por tropas del ejército estadounidense. En aquel momento se encontraban en las barracas del campo de concentración más de 32.000 prisioneros de diferentes países, los cuales acordaron en los últimos días previos a su liberación formar un comité para asegurar su supervivencia hasta la llegada de las tropas aliadas. Posteriormente el Comité Internacional de Prisioneros trabajó como órgano de autogestión de los prisioneros liberados, los cuales recibieron atención médica del ejército estadounidense y fueron abandonando el campo de concentración de Dachau en las semanas y meses posteriores. 


Dachau

Salimos de Alemania en un C-47 que transportaba prisioneros de guerra estadounidenses. Los aviones estaban alineados en la hierba de Regensburg y los pasajeros esperaban, sentados a la sombra bajo las alas. No querían abandonar los aviones: era un viaje que nadie estaba dispuesto a perderse. Cuando el comandante de la tripulación ordenó que todo el mundo embarcara, entramos como si huyéramos de un fuego. Nadie miró por las ventanillas cuando sobrevolábamos Alemania. Nadie quería ver otra vez Alemania, jamás. Se apartaban de ella, con odio y malestar. Al principio nadie abría la boca, pero al hacerse realidad que Alemania quedaba atrás para siempre algunos comenzaron a hablar de sus prisiones. No comentamos nada de los alemanes: están más allá de las palabras, no hay nada que decir. “Nadie nos va a creer”, dijo un soldado. Todos estuvieron de acuerdo, nadie les iba a creer.

-¿Cuándo la capturaron, señorita?– me preguntó un soldado.

-Yo sólo voy de paquete; he ido a ver Dachau.

Uno de los hombres espetó de repente:

-Tenemos que contarlo. Tenemos que contarlo, nos crean o no.

Detrás de la alambrada de espino y de la valla eléctrica, los esqueletos estaban sentados al sol y se registraban en busca de ladillas. No tienen ni edad ni rostro; todos son parecidos y no se parecen a nada que puedas ver en la vida si tienes suerte. Cruzamos la zona amplia, atestada y polvorienta que había entre los barracones de las prisiones y fuimos al hospital. En el vestíbulo había sentados más esqueletos, que despedían olor de enfermedad y muerte. Nos observaron pero no se movieron; ninguna expresión aflora en un rostro que no es más que piel amarillenta y gruesa, tensada sobre hueso. Lo que en otro tiempo había sido un hombre me arrastró hacia el interior de la oficina del médico; era un polaco de unos dos metros y pesaba menos de 45 kilos, llevaba una camisa carcelaria a rayas, unas botas sin cordones y una manta que trataba de sostener alrededor de las piernas. Tenía unos ojos grandes y extraños que le sobresalían de la cara, y parecía que la mandíbula le fuera a atravesar la piel. Había llegado a Dachau procedente de Buchenwald en el último transporte de la muerte. Aún había cincuenta furgones repletos de difuntos compañeros de viaje en la vía muerta situada en el exterior del campamento, y durante los tres últimos días las Fuerzas Armadas estadounidenses habían obligado a los habitantes de Dachau a enterrar a estos muertos. A la llegada de este transporte, los guardias alemanes habían encerrado a hombres, mujeres y niños en los furgones, donde habían muerto lentamente de hambre, sed y asfixia. Gritaban y trataban de abrirse paso hacia el exterior; de vez en cuando, los guardias disparaban adentro para apagar el ruido.

Aquel hombre había sobrevivido; lo habían hallado bajo una pila de cadáveres. Lo veía sosteniéndose sobre los huesos que eran sus piernas y hablando, y de repente se echó a llorar.

-Todos están muertos– dijo, y el rostro que no era un rostro se arrugó de dolor y pena y horror -. No queda nadie. Todos están muertos. No puedo hacer nada. Aquí estoy, acabado y no puedo hacer nada. Todos están muertos.

El médico polaco que había estado prisionero en este campamento durante cinco años le respondió:

-En cuatro semanas volverá a ser un hombre joven. Se encontrará bien.

Tal vez su cuerpo vivirá y cobrará fuerza, pero resulta difícil creer que sus ojos serán alguna vez como los demás.

El médico hablaba con mucho distanciamiento acerca de lo que había visto en aquel hospital. Lo había visto y ya no podía reprimirlo. Los prisioneros hablaban del mismo modo: en voz baja, con una sonrisa leve y extraña, como disculpándose por relatar algo tan horroroso a alguien que vivía en el mundo real y difícilmente se podía esperar que entendiera Dachau.

-Los alemanes hacían aquí experimentos especiales- me contó el médico-. Querían ver cuánto podía aguantar un aviador sin oxígeno, hasta qué altitud podía subir. Así que tenían un coche cerrado del que iban extrayendo el oxígeno. Es una muerte rápida –dijo-. No tarda más de quince minutos, pero es dura. Tampoco mataron a tanta gente, sólo ochocientos con este experimentos. Determinaron que nadie puede vivir por encima de una altitud de 12.000 metros sin oxígeno.

-¿A quién elegían para este experimento?– pregunté.

-A cualquier prisionero -replicó-, siempre y cuando estuviera sano. Seleccionaban a los más fuertes. La mortalidad era del cien por cien, claro.

-Muy interesante, ¿no le parece?– dijo otro médico polaco.

No nos mirábamos. No sé explicarlo, pero aparte de una rabia terrible, sientes vergüenza. Sientes vergüenza de la humanidad.

-También estaba el experimento del agua- explicó el primer médico-. Era para ver cuánto podían sobrevivir los pilotos al ser derribados en el agua, como en el Canal, pongamos. Los médicos alemanes colocaban a los prisioneros en grandes cubas, de pie y con el agua hasta el cuello. Se determinó que el cuerpo humano puede resistir dos horas y media en agua a dieciocho grados bajo cero. Con este experimento asesinaron a seiscientas personas. A veces un hombre tenía que sufrirlo tres veces, porque se desmayaba al principio del experimento, lo reanimaban y los pocos días reemprendían la prueba.

-¿No gritaban, no se lamentaban?

El médico sonrió ante la pregunta.

-En este sitio no servía de nada gritar o lamentarse. A nadie le servía de nada.

Entró un compañero del médico polaco: era quien estaba al corriente de los experimentos sobre la malaria. El médico alemán responsable de la investigación en medicina tropical del ejército usaba Dachau como centro de experimentación. Andaba en busca de una manera de inmunizar a los soldados alemanes contra la malaria. Para ello inoculó a once mil prisioneros la malaria terciaria. El índice de muertes causado por la malaria no era exagerado: la enfermedad sólo hacía que aquellos prisioneros, debilitados por la fiebre, murieran después más rápidamente de hambre. Sin embargo, en un día murieron tres hombres de sobredosis de Pyramidon, con el que por entonces experimentaban los alemanes por motivos desconocidos. No se halló nunca una inmunización para la malaria.

Al extremo del pasillo, en la sala de operaciones, el cirujano polaco sacó el registro para consultar unos datos sobre operaciones hechas por los médicos de las SS. Eran operaciones de castración y esterilización. Los prisioneros tenían que firmar por la fuerza y antes que nada un documento según el cual entendían y aceptaban aquella autodestrucción. Los judíos y los gitanos eran castrados; cualquier trabajador esclavizado extranjero que hubiera tenido relaciones con una alemana era esterilizado. Las alemanas eran enviadas a otros campamentos de concentración.

Al cirujano polaco sólo le quedaban los cuatros dientes de delante, los de ambos lados se los había arrancado un guardia sólo porque le apetecía romper dientes. No daba la impresión de que aquello sorprendiera al médico ni a nadie. Ya no les sorprendía ningún tipo de brutalidad. Estaban acostumbrados a la crueldad sistemática que se había aplicado, en aquel campo de concentración, durante doce años.

El cirujano mencionó otro experimento, grave de veras, dijo, y evidentemente del todo inútil. Los conejillos de indias eran sacerdotes polacos. (Dos mil sacerdotes pasaron por Dachau; mil están vivos.) Los médicos alemanes inyectaron gérmenes de estreptococos en la parte superior de la pierna de los presos, entre el músculo y el hueso. Se formaba un absceso extenso, acompañado de fiebre y dolor extremo. El médico polaco conocía más de cien casos en que se aplicaba este tratamiento; podían haber sido más. Tenía constancia de treinta y una muertes, pero los prisioneros tardaban entre dos y tres meses de incesante dolor en morir, y todos ellos morían tras varias operaciones efectuadas en sus últimos días de vida. Las operaciones eran un experimento más, para ver si se podía salvar a un moribundo; la respuesta era que no. Algunos prisioneros se recuperaban por completo porque se les administraba el antídoto ya conocido y probado, pero había otros que se movían por el campo, en la medida que podían, tullidos para toda la vida.

Después, como yo era incapaz de oír nada más, mi guía, un socialista alemán que había estado preso en Dachau durante diez años y medio, me llevó por la zona de barracones hacia la cárcel. En Dachau, para apartar la vista de un horror hay que ponerla en otro. La cárcel era un edificio largo y limpio con celdas pequeñas y blancas. Estaban ocupadas por gente a quien los prisioneros llamaban NN. NN son la siglas de Nacht und Nebel, que significa noche y niebla. Traducido a términos menos románticos, significa que los presos de estas celdas no veían jamás al sol y al aire. Vivían en un confinamiento solitario a base de sopa de agua y una rebanada de pan, la dieta del campamento. Se corría el peligro de volverse loco, por supuesto. Pero no se ha sabido nunca qué les ocurrió en aquellos años de silencio. Y el viernes anterior al domingo en que los estadounidenses entraron en Dachau, las SS se llevaron a ocho mil hombres en lo que fue el último transporte mortal. Entre ellos estaban los prisioneros de las celdas solitarias. Nada se ha sabido de ninguno de ellos desde entonces. Ante mí, en el edificio limpio y vacío una mujer, sola en una celda, gritaba largo rato una sola nota terrible, estaba un momento en silencio y volvía a gritar. Había perdido el juicio en los últimos días, habíamos llegado demasiado tarde para salvarla.

En Dachau, si a un prisionero se le encontraba una colilla en el bolsillo se le aplicaban 35 o 50 azotes con un látigo. Si no guardaba una postura respetuosa con el sombrero en la mano, a dos metros de cualquier soldado de las SS que pasara, la ataban las manos tras la espalda y le dejaban una hora colgado con las manos atadas a un gancho situado en la pared. Si hacía cualquier otra minucia que degradara a los carceleros, le metían en una caja. La caja tiene la medida de una cabina telefónica. Está construida de tal modo que un hombre que la ocupe no puede sentarse, ni arrodillarse, ni por supuesto tumbarse. Era habitual que metieran en ella a cuatro hombres juntos. Estaban en pie durante tres días y tres noches sin comida ni agua ni forma alguna de servicio sanitario. Después retornaban a las jornadas de dieciséis horas de trabajo y a la dieta de sopa de agua y una rebanada de pan que era como cemento blando y gris.

A la mayoría le había matado el hambre: la muerte por inanición era lo más corriente. La gente trabajaba durante esa increíble cantidad de horas con aquella dieta y vivía en un hacinamiento tal que resulta inimaginable, los cuerpos apretados en barracas sin aire, y se despertaba cada mañana más débil mientras esperaba la muerte. No se sabe cuántas personas murieron en este campamento en los doce años de su existencia, pero sí que un mínimo de 45.000 murieron en los últimos tres años. En febrero y marzo del último año, dos mil murieron en la cámara de gas, porque, si bien estaban demasiado débiles para trabajar, no tenían la delicadeza de morirse; así que les ahorraron la molestia de tener que hacerlo.

La cámara de gas forma parte del crematorio. El crematorio es un edificio de ladrillo anexo al campamento, levantado en un pequeño pinar. Un sacerdote polaco se nos había unido cuando nos acercábamos a él, y nos dijo:

-Estuve a punto de morir dos veces de hambre, pero tuve mucha suerte. Me dieron trabajo de albañil cuando construíamos este crematorio, así que tenía un poco más de comida, y no morí. – Después añadió-: ¿Ha visto nuestra capilla, madame?

Respondí que no, y mi guía dijo que no era posible: se hallaba dentro de la zona donde estaban más o menos aislados dos mil casos de tifus.

-Lástima -dijo el sacerdote-. Por fin conseguimos una capilla y celebrábamos la santa misa casi cada domingo. Hay murales muy bonitos. El hombre que los pintó murió de hambre hace dos meses.

Ya estábamos en el crematorio. “Tápese la nariz con un pañuelo”, me dijo el guía. Allí, de repente, increíblemente, estaban los cuerpos de los muertos. Estaban por todas partes. Estaban amontonados dentro del horno, las SS no habían tenido tiempo de quemarlos. Estaban apilados en el exterior, ante la puerta, y a lo largo del edificio. Todos estaban desnudos, y tras el crematorio reposaban en columnas ordenadas las andrajosas ropas de los muertos, camisas, chaquetas, pantalones, zapatos, a la espera de la esterilización y el uso posterior. La ropa se trataba con cuidado, pero los cadáveres estaban tirados como basura, pudriéndose al sol, amarillos y nada más que huesos, huesos que se habían vuelto enormes porque no había carne que los cubriera, huesos espantosos, terribles y atroces, y el hedor insoportable de la muerte.

A estas alturas todos hemos visto mucho: hemos visto demasiadas guerras y demasiadas muertes violentas; hemos visto hospitales, ensangrentados y sucios como carnicerías; hemos visto a los muertos echados como fardos en las carreteras de medio mundo. Pero en ninguna parte había nada parecido a esto. Nada relacionado con la guerra ha sido jamás tan desquiciadamente perverso como estos muertos hambrientos, humillados, desnudos, anónimos. Tras una pila de muertos estaban los cuerpos sanos y vestidos de los soldados alemanes hallados en este campo. Los soldados estadounidenses les habían disparado tal como entraban. Y por primera vez en este mundo se podía mirar a un muerto con alegría.

Justo detrás del crematorio se alzaban los invernaderos, bien construidos, grandes y modernos. En ellos los prisioneros cultivaban las flores que encantaban a los oficiales de las SS. Al lado de los invernaderos estaban los huertos, con su fruto abundante, donde los prisioneros hambrientos cultivaban los alimentos ricos en vitaminas que mantenían robustas a las SS. Pero si un hombre muerto de hambre arrancaba y devoraba furtivamente una lechuga, recibía palos hasta quedar inconsciente. Delante del crematorio, separado de él por una franja de jardín, había una larga hilera de casas bien construidas y espaciosas. Vivían en ellas las familias de los oficiales de las SS; sus esposas e hijos vivían felices allí, mientras las chimeneas de los crematorios escupían humaredas incesantes cargadas de cenizas humanas.

-Tenemos que contarlo -dijo el soldado estadounidense en el avión.

Resulta difícil contarlo porque una especie de trauma se instala dentro de ti y hace casi insoportable recordar lo que has visto. No he hablado de las mujeres transportadas a Dachau hace tres semanas desde otros campos de concentración. Su crimen consistía en ser judías. Había una niña preciosa de Budapest, que de alguna manera seguía siendo preciosa, y la mujer de ojos enloquecidos que había visto como su hermana entraba en la cámara de gas en Auschwitz mientras ella la sujetaban y le negaban el derecho a morir con su hermana, y la austriaca que comentaba tranquilamente que ninguna mujer tenía más que el vestido raído que llevaba a la espalda, no habían tenido nada más en ningún momento, y que habían trabajado dieciséis horas diarias en el exterior durante los largos inviernos, y que también a ellas las “corregían”, tal como decían los alemanes, por cualquier desacato, real o imaginario.

No he hablado del día en que llegaron los soldados estadounidenses, aunque los prisioneros me lo describieron. En su alegría por la liberación, y ansiosos por ver a sus amigos que finalmente llegaban, muchos prisioneros se precipitaron hacia la valla y murieron electrocutados. Algunos habían muerto lanzando hurras, porque tal esfuerzo de felicidad era más de lo que aquellos cuerpos podían soportar. Algunos habían muerto porque, al tener de repente comida, se habían atracado antes de que los pudieran detener, hasta morir. No conozco palabras adecuadas para describir a los hombres que han sobrevivido a este horror durante años, tres, cinco, diez años, y tienen las mentes tan claras y resueltas como el día que entraron.

Cuando los ejércitos alemanes se rindieron incondicionalmente a los aliados, me encontraba en Dachau. El mismo esqueleto medio desnudo que había sido desenterrado del tren de la muerte volvió a arrancarse hasta la oficina del médico. Dijo algo en polaco; su voz no era más que un murmullo. El médico polaco aplaudió suavemente y dijo:

Le pregunté de qué hablaban.

-La guerra ha terminado -respondió el médico-. Alemania ha sido derrotada.

Nos quedamos sentados en aquella sala, en aquella maldita prisión cementerio, y nadie tenía nada más que decir. Sin embargo, Dachau me parecía el lugar más adecuado de Europa para oír el anuncio de la victoria. Porque sin duda esta guerra se ha librado para eliminar Dachau y todos los lugares como Dachau, y todo lo que Dachau representaba, y para eliminarlo para siempre.


Martha Gellhorn
Collier’s Magazine, 23 de junio de 1945