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2363. Lo que decía la prensa franquista de la evasión de los presos del Fuerte de San Cristóbal




La prensa francesa a sueldo de los rojos, con motivo de la evasión del Fuerte de Pamplona de una cuarta parte del número de presos allí detenidos, que aprovecharon la benevolencia de los guardianes para dar muerte a uno de ellos y tumultuariamente se echaron al campo, se dedica a forjar fantásticas novelas de difamación contra la España nacional. De los presos fugados una gran parte se presentaron enseguida, reintegrándose al Fuerte; otra muy importante fue capturada por las fuerzas encargadas de su persecución, siendo muertos en el encuentro una parte de los que se enfrentaron con las fuerzas de Seguridad. Los jueces trabajan activamente para esclarecer la ayuda de armas pasadas por la frontera con destino a los presos fugados, así como para aclarar las actividades de súbditos franceses que en días anteriores parecían haber visitado los caseríos cercanos al Fuerte.


Diario de Navarra, 17 de junio de 1938








977. La fuga de Jovino Fernández, Valentín Lorenzo y José Marinero


Jovino Fernández González,  Valentín Lorenzo Bajo y José Marinero Sanz


"A las dos horas de iniciada la fuga ya funcionaban los reflectores por todas partes y por las carreteras volaban los camiones cargados de guardias civiles y de requetés. La columna se desparramó por los bosques y por los barrancos en la noche. Al día siguiente, desde nuestros escondrijos comprobábamos con qué saña se nos perseguía. Perros, curas, mujeres con fusiles y boinas rojas, requetés, guardia civil y soldados andaban y venían por los montes, detrás de nosotros. No se atrevían a penetrar en los bosques, porque a lo mejor temían que estuviéramos armados. Nosotros permanecíamos en las espesuras durante el día y por la noche avanzábamos. Yo iba con un grupo primero de unos veinte compañeros; a los dos días quedábamos tres y más tarde quedé yo solo. La persecución seguía dura y tenaz”. (Jovino Fernández. Solidaridad Obrera, 16 de junio de 1938)


María Torres - 9 Junio 2014

Jovino Fernández González nació en 1908 en Santa Marina del Sil, un pueblo del bierzo leonés. Era albañil y militaba en la CNT. Al inició del golpe militar de 1936 formó parte de las milicias que acabarían integrando el Ejército Popular de la República. Miembro de la 12ª Brigada Mixta que combatió en el Ejército del Norte, alcanzó el grado de sargento. Capturado por los franquistas al caer Santander y condenado a pena de muerte que más tarde sería conmutada por reclusión mayor, ingresó en el Penal de San Cristóbal el 23 de octubre de 1937 con el número de preso 2332.

Tras la fuga, consiguió llegar a Francia con el apoyo de un pastor navarro después de doce días de penurias, en los que se alimentó de hojas de roble y hierbas.

Cruzó por segunda vez la frontera francesa por Le Perthus el 28 de enero de 1939 junto a su familia. Recluido primero en Argeles, pasó también por los campos de Saint Cyprien y Barcarés, antes de ser enviado a las minas de carbón de Decazeville donde se integraría en una compañía de trabajadores forzosos. Cuando finalizó la II Guerra Mundial y lo jubilaron de las minas de carbón, retomó su trabajo de albañil.

No regresó a España hasta la muerte del dictador y falleció en el exilio a los 87 años.


Valentín Lorenzo Bajo, nació el 9 de marzo de 1900 en Villar del Ciervo (Salamanca). Era jornalero y el cargo de secretario de la UGT local le bastó a los rebeldes para someterle  a un Consejo de Guerra que le condenó a doce años y un día por auxilio a la rebelión. Ingresó en el Penal del Fuerte de San Cristóbal el 24 de junio de 1937, asignándole el número de preso 1358.

Junto a su compañero de fuga José Marinero Sanz, consiguió alcanzar la frontera francesa tres días antes que Jovino, el 31 de mayo de 1938. Retornó a Barcelona para seguir luchando el 3 de junio de 1939 y fue retenido durante una semana en un cuartel mientras se comprobaba la veracidad de los hechos que había relatado.

Asignado al Cuerpo de Carabineros, prestó servicio en la prisión habilitada del convento de  las Siervas de María, donde permaneció hasta el 22 de enero de 1939, fecha en la que partió hacia la frontera francesa conduciendo a dos mil prisioneros. Entró en Francia por la Junquera el día 7 de febrero de 1939 y pasó por el campo de Argeles sur Mer, por la compañía 405 de trabajadores españoles en Meyssac, y acabó en Gurs.

Tras la liberación se reencontró con su mujer en Francia. Había perdido la pierna izquierda pero no las ganas de vivir.

Fué Tesorero del sindicato UGT de 1945 a 1949 y falleció en Burdeos en 1986.


José Marinero Sanz, nació en Dehesa Mayor (Cuellar, Segovia) el 27 de agosto de 1916. Era jornalero. Fue detenido en la Casa del Pueblo y condenado a treinta años de prisión por un delito de rebelión militar. Entró en la prisión del Fuerte de San Cristobal el 15 de agosto de 1937, convirtiéndose en el preso número 1595.

Junto a su compañero Valentín Lorenzo Bajo, consiguió alcanzar la frontera francesa el 31 de mayo de 1938, nueve días después de la fuga y con una herida de bala en la pierna izquierda.  También regresó con Valentín a Barcelona el 3 de junio de 1939. Adscrito al Cuerpo de Carabineros, cruzó por segunda vez la frontera con las tropas al mando del Capitán Juan Rojo el 10 de febrero de 1939.

Se sabe que estuvo en el campo de Saint Cyprien y que el 25 de mayo de 1939  desde Sète (Francia), se embarcó en el Sinaia y llegó a Veracruz (México) el 13 de junio de 1939.

México fué el país que lo acogió y donde falleció en 1963 cuando contaba 47 años.

Jovino, Valentín y José jamás volvieron a encontrarse. Los tres murieron en el exilio, compartiendo desdicha con una parte de la vencida España.

Su Memoria, ahora, está con nosotros.







656. Víctimas de San Cristobal, in memoriam



22 De Mayo (Barricada)


Que ha pasado para que el barro guarde tus pasos antes de salir
Quizás el hambre fue la culpable de querer escapar subiendo hasta el cielo
Sin más instrumento que tu propio cuerpo encadenado a los huesos
Y al montón de piojos
Que guarda este infierno donde se queman todos los sueños
Y sin esperanza se arde
Que ha pasado para que el barro guarde tus pasos antes de salir
Hacinamiento, trato inhumano, sólo el deseo de sobrevivir
Y salir corriendo para abrazar a la libertad que está esperando tras la puerta
Fecha para no olvidar (22 de mayo), fue la fuga del penal (22 de mayo)
Ezkaba todavía es (22 de mayo) la rabia allí enterrada (22 de mayo)

Buen momento es la hora de la cena cuando pasan el caldero los centinelas
Hacerse con las llaves de las cancelas y en media hora ¡ya están fuera!
Va oscureciendo, llegan las fuerzas con potentes reflectores y cortando carreteras
No hubo lucha, ni resistencia, de cadáveres descalzos sembraron las laderas
A doscientos siete les costó la vida, sólo tres pasaron la frontera
En el diario oficial una nota escueta fue su triste réquiem
Fecha para no olvidar (22 de mayo), fue la fuga del penal (22 de mayo)
Ezkaba todavía es (22 de mayo) la rabia allí enterrada (22 de mayo).










655. Trece días de odisea desde el infierno hasta la libertad

D. Martínez / La Crónica de León.

El 22 de mayo de 1938, un total de 798 reclusos participaban en una fuga masiva del penal de castigo de las fuerzas franquistas de San Cristóbal, en Pamplona. Muchos morirían en la huida. Otros eran cazados y reintegrados a este fuerte militar. Sólo tres de ellos consiguieron alcanzar la frontera francesa y encontrar lo que entenderían por libertad. Uno de los tres era berciano.

Con la ayuda de familiares e investigadores, La Crónica recupera la desconocida historia de Jovino Fernández González, un joven minero, albañil y posteriormente militar de Santa Marina del Sil, con afiliación sindical a la CNT, enrolado en el ejército republicano y encarcelado en el penal de San Cristóbal el 23 de octubre de 1937.

Casi ocho meses después de ese ingreso se convertiría en un Ulises en los Pirineos, cuya vida fue salpicada por duros episodios.

Tras perder los republicanos la guerra, rehizo su vida como refugiado en Francia añorando siempre poder regresar a su querido Bierzo. Algo que sólo consiguió décadas después, muerto el dictador Francisco Franco.


De Santa Marina...

Como tantos otros muchachos de todos los pueblos del entorno, Jovino trabajó desde muy joven en las minas de Toreno hasta que se le destinó a San Sebastián a prestar el servicio militar. Tras esta etapa decidió quedarse en Santander y unirse a la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) en 1932. En 1934, una falsa denuncia lo vincula a los movimientos obreros revolucionarios y Jovino cumpliría unos meses de cárcel en León y Oviedo.

Sin embargo, la victoria del Frente Popular las elecciones de febrero de 1936 supuso la amnistía para todos los presos políticos y Jovino pudo beneficiarse de tal decreto.


... a San Cristóbal

El golpe militar del 18 de julio de 1936 le sorprendió en Asturias. Allí decidió unirse al Ejército Regular republicano, donde formó parte del Segundo Cuerpo, 12º Brigada Mixta, batallón 212 y llegó a ser sargento de Enlaces y Transmisiones.

El bando nacional lo cogió prisionero en la defensa de Reinosa (Cantabria). Fue condenado a pena de muerte, que posteriormente le conmutarían por reclusión mayor: 30 años de prisión que lo llevarían al penal navarro de San Cristóbal.

Allí ingresó el 23 de octubre de 1937. Tal y cómo él mismo relató tiempo después en el periódico de la CNT Solidaridad Obrera, “los civiles me entregaron al jefe del penal del Fuerte de San Cristóbal como si se tratase de un fardo. Sin ropa, sin colchoneta, sin nada, con mis pobres harapos de prisionero me metieron en la brigada del patio”.

Los testimonios de los presos sobre las condiciones de vida en San Cristóbal son desgarradores.

El propio Jovino contó que “la comida era horrible, un día en la ración de potaje para cuarenta hombres pudimos contar hasta setenta garbanzos”. “El que enfermaba o tal vez le hacían enfermar no tenía médico, ni medicinas ni enfermería, moría como podía”.

Otros testimonios (cita recogida en el libro "Fuerte de San Cristóbal, 1938")hablan de que “había grandes desconchones con nidos tremendos de chinches”, tal y como citaba el madrileño Ernesto Carratalá. “No nos daban más que un litro de agua para todo el día y con eso teníamos que lavarnos la cara, el plato, la cuchara”, recordaba Josu Urresti, de Ondarroa. “Allí sólo te permitían tener piojos”.

“Para lavar la ropa había un lavadero lleno de piojos y agua sucia”. “No teníamos ropa, las zapatillas las hacíamos nosotros con una goma y telas de las colchonetas”, testimonio que ofreció para el citado libro el leonés Luis Félix Álvarez, de Armunia.

La fuga.

Jovino llevaba ya 7 meses y 29 días en el pétreo infierno de San Cristóbal. Jornadas llenas de penuria, hacinamiento, insalubridad, frío extremo, humedad, hambre, maltratos y humillaciones.

Corría el domingo 22 de mayo de 1938. El plan de fuga había comenzado hace meses. Un grupo de presos, buena parte de ellos juzgados en Vitoria, con Leopoldo Pico Pérez a la cabeza, trabajaron recopilando información sobre los planos del fuerte. En buena parte gracias a los reclusos que desempeñaban servicios en el penal. Elaboraron una minuciosa estrategia para desarmar a los guardas y hacerse con el control de la fortificación.

Unos cuantos presos sabrían de antemano que se planeaba una huida. Pero muy pocos de ellos conocerían los detalles de la operación. Eligieron la hora de la cena. Era un buen momento para aprovechar que los vigilantes bajaban la guardia y beneficiarse de la constante apertura de puertas.

Los organizadores de la fuga irían a través de los pasillos desarmando, encerrando y anulando a guardias, funcionarios y centinelas uno a uno, apoderándose de alguno de sus uniformes para continuar su plan con discreción. Mataron a uno de ellos.

Las entrañas del plan merecerían un extenso capítulo aparte. Si bien trabajos como el anteriormente mencionado libro, obra de Iñaki Alforja y Félix Sierra, recogen con gran precisión una reconstrucción de lo ocurrido.

Jovino se encontraba al margen del plan. “Al atardecer paseábamos por el patio. Se me acercó un ordenanza del Economato y me dijo en tono misterioso, hay jaleo, hay que tener cuidado”, relató a Solidaridad Obrera.


¡A la calle camaradas, sois libres!

Sonaron tiros, eran momentos de confusión y miedo. Retumbaban puertas y chirriaban cerrojos. Entraron compañeros en el patio portando fusiles con la ropa de los oficiales de la prisión. Alguien gritó ¡A la calle camaradas, sois libres!

Todo el mundo corría, muchos de ellos sin saber muy bien que hacer. Se apoyaban y preguntaban a los amigos y conocidos. Había una posibilidad de escapar del infierno. Finalmente fueron 795 los que se aventuraron a la evasión, en busca de una libertad y una dignidad negada desde hacía demasiado tiempo.

Confusos, temerosos, débiles, cansados, enfermos, hambrientos, desarmados, mal vestidos y mal calzados, salieron en columna, cómo pudieron, buscaron senderos, se escondieron en los montes e intentaban avanzar en la dirección opuesta al infierno.

Para la mayoría de ellos la aventura no duró mucho. En cuanto le fue posible, el ejército cortó puentes y carreteras. Enseguida se conformó un gran despliegue para capturar los fugados, que en su huida escuchaban los aterradores estruendos de las ametralladoras a discreción. Se percibía la falta de compasión allí donde los guardias encontraban a un fugitivo.

Hay descuadres con los números, pero las cifras oficiales hablan de que 207 presos murieron en la huida. Otros 585 fueron capturados y reintegrados al fuerte con duros castigos. Tres llegaron a la frontera francesa. Valentín Lorenzo Bajo (Villar del Ciervo, Salamanca),José Marinero Sanz (Dehesa Mayor, Segovia) y el berciano Jovino Fernández González.

Valentín y José estaban en el mismo grupo en la escapada y pudieron hacer juntos su travesía.

Jovino se quedó solo muy pronto. “Iba con un grupo primero de 20 compañeros. A los dos días quedábamos tres y más tarde quedé yo solo”. Jovino nunca supo, según expresó, ni los detalles del plan de huida, ni cómo se consiguió desarmar a los guardianes del fuerte.

Pero estaba fuera, parecía haber esquivado a los perseguidores y quería aprovechar las pocas fuerzas que le quedaban para seguir adelante.

Según contó en su relato a Solidaridad Obrera y tal y cómo relataría a su familia sus recuerdos muchos años después, fueron 13 días de un auténtico periplo de angustia y miedo, pero también de tesón y esperanza.


Travesía en el monte.

“Comía hojas y hierbas, las que creía que pudieran serme buenas”. Iban pasando las jornadas. Jovino avanzaba de noche y se escondía por el día, pero los perseguidores seguían al acecho. Aún no habían recuperado a todos los fugados.

“Cada día me libraba, por verdadero milagro, de que me atrapasen”. Uno de los episodios más angustiosos que contaba Jovino fue cuando, ante el aliento cercano de sus perseguidores, se metió en un río. Nunca supo cual. Allí permaneció más de dos horas, mientras escuchaba a la patrulla gritar: “aquí se ha metido, y aquí lo hemos de encontrar”.

Los perros acudieron donde Jovino se encontraba, dentro del agua, ante los crujidos de una rama en la que se escondía y que se rompió. Contaba que llegó a extender su mano hacia el hocico de los canes en un intento desesperado de calmarlos para evitar que le delataran o le atacaran. Y lo consiguió. Los perros volvieron con la patrulla y le dejaron estar.

Fueron 13 días y 13 noches, cada cual peor, casi sin comida, sólo lo poco que podía encontrar, sin ropas, sin descansoy sin fuerzas.

En la última jornada de travesía se encontró con un pastor. Lo recordaba con barba y melena. Éste enseguida se dio cuenta de que Jovino era un fugitivo  Cristóbal. Aunque manipuladas, las noticias volaban.

Se ofreció a ayudarle, a traerle alimento al día siguiente. Pero en un primer momento, las fuerzas de Jovino sólo le llegaban para desconfiar. Finalmente se sinceró con el pastor y e escondió en otro lado a esperar. Y al día siguiente lo vio llegar con una cesta de comida. “Mira, allí es Francia, vas por esas cumbres y llegarás”.


Francia, ¿la libertad?

Faltaba muy poco. Echó a correr hacia las montañas, durante horas, hasta que llegó a un pequeño pueblo, ya francés. Era 4 de junio de 1938. Jovino vio a los vecinos hacer corro entorno a él. No recordaría el nombre del pueblo ni la ruta que usó para llegar a él, pero estaba en Francia.

Explicó quien era. Las autoridades locales lo condujeron a Hendaya en el País Vasco Francés. Fue interrogado y acompañado por el cónsul español a descansar a un hotel.

Trece días después acababa una odisea para Jovino. Finalizaba un terrible episodio que pudo, cada día, costarle la vida. De hecho, así le ocurrió a centenares de sus compañeros. Sin embargo, ahora estaba libre. Estaba en Francia.

Pero Jovino no se iba a quedar allí. No por el momento. Creyó recuperar todas las fuerzas perdidas con el sueño de una sola noche.

Su mente ya maquinaba cómo hacer para regresar a casa. Pidió ser trasladado a Barcelona, en zona republicana. Sus convicciones eran claras. Ya había servido a la causa republicana durante algunos meses en Asturias y Cantabria.

Los suyos seguían peleando y él quería regresar para ayudarles. La prisión de San Cristóbal se lo había impedido en los últimos meses. Pero ahora ya estaba fuera de allí.

Fue ubicado en el cuartel de lucha antifascista Karl Marx de Barcelona, donde operó como teniente de Ingenieros, encargado de Transmisiones del 34 Batallón Divisionario de Ametralladoras, en el Segre y en Gerona . “Y ahora, otra vez soldado hasta el fin. Para eso quería salir de aquel infierno”.








228. La fuga del Fuerte de San Cristóbal



"El desconcierto era total. Había rumores, pero nunca pensamos que la fuga fuera a llevarse a cabo. Cada uno tiró por su lado; algunos, que incluso pensaron que se había terminado la guerra, fueron directos a la estación de tren de Pamplona y trataron inocentemente de comprar un billete con los vales de la prisión. Naturalmente, los detuvieron enseguida. Yo calculo que estuve unos 15 minutos corriendo desorientado por el monte hasta que oí claramente el toque de trompeta de las fuerzas que venían de refuerzo desde Pamplona. Estábamos muy débiles por el hambre. Muchos iban sin zapatos. Comprendí que no podría correr muy lejos, y además no sabía adónde, así que decidí regresar a la prisión. Para cuando llegaron los refuerzos militares de Pamplona, yo estaba en mi sitio de siempre"(Ernesto Carratalá)

"Las tropas nos perseguían a tiros por el monte, nos iban matando como a conejos, al que veían lo mataban, así que nos fuimos dividiendo y dividiendo, y al final íbamos dos gallegos y yo, que soy de León, juntos. No sabíamos dónde estaba Francia. Por la noche avanzábamos y por el día permanecíamos agazapados, hasta que ya no aguantamos más el hambre y nos arriesgamos de día. Llegamos a un pueblo, Gascue-Odieta, y una mujer avisó a los militares. Vinieron a por nosotros, pero, antes de devolvernos al fuerte, la señora nos dio el mejor manjar que he probado en mi vida, un plato de sopa, ¡con fideos!" (Félix Álvarez) 



María Torres /21 Mayo 2012

El Fuerte San Cristóbal y su extensión de 615.000 metros cuadrados es una gran tumba en la que yacen los cuerpos de 207 fugados y un número indeterminado de presos. Declarado “Bien de Interés Cultural”, está situado en el Monte Ezcaba a diez kilómetros de Pamplona y fue construido durante el reinado de Alfonso XII como fortaleza para defender a la ciudad de la artillería carlista.

Se utilizó como prisión y hospital penitenciario desde 1.934 a 1.945, aunque nunca fue habilitado para ello. Era un espacio insalubre en el que morían los presos como moscas. Es difícil saber con exactitud las personas que allí fueron recluidas, ya que solo se registraba a las que llegaban con condena firme. Según consta en el Libro oficial de Registro, un total de 4.697 personas ingresaron desde 1934 hasta 1940. Muchos de ellos eran fusilados a los pocos días de llegar. A otros los brindaban el simulacro de la libertad y eran ejecutados cuando iniciaban el descenso por el monte.

En 1936, con la victoria del Frente Popular, el Fuerte fue clausurado como cárcel, siendo abierto de nuevo tras el golpe de estado de Francisco Franco al legítimo gobierno republicano.

A los poco meses de inicio de la Guerra, el penal se fue llenando de personas cuyo único delito era pertenecer a algún movimiento obrero. También fueron a aparar allí republicanos, anarquistas y un pequeño grupo de intelectuales.

En 1938 los detenidos en el Fuerte ascendían a 2.487. Las condiciones de vida eran lamentables. Además de las torturas, la falta de alimento, la escasez de agua (tan solo un vaso al día por preso), la ausencia de camas o mantas que facilitaran el descanso, tenían prohibido leer o asomarse a las ventanas carentes de cristales, bajo riesgo de ser disparados.

En estas penosas condiciones lo que si creció fueron los lazos de amistad y solidaridad entre los presos. Tanto que un grupo de veinte, bajo la dirección de Leopoldo Pico, planearon durante un mes una fuga, la gran fuga del Fuerte San Cristóbal,  una de las más masivas y sangrientas en la historia de las fugas carcelarias.

El domingo 22 de mayo de 1938, en apenas media hora, un grupo de reclusos se hizo con el control de la cárcel. Habían reducido a los guardias que les llevaban la cena, les arrebataron  las llaves y se colocaron sus uniformes para atravesar el patio.  795 presos llegaron a la salida de la prisión y mientras se iban abriendo las puertas algunos gritaban: "¡Sois libres!, ¡A Francia!"

795 hombres sin calzado ni ropa, sin comida, corrieron por el monte perdidos intentando llegar a la frontera francesa. Sólo tres lo consiguieron. Fueron capturados  585 presos y 207 muertos a tiros cuando trataban de escapar por el monte. ("Las tropas nos perseguían a tiros por el monte, nos iban matando como a conejos"). Catorce de los organizadores de la fuga fueron condenados a muerte y fusilados en público el 8 de septiembre de 1938, tras un consejo de guerra.

Las fosas del franquismo están siempre ocupadas por esqueletos anónimos excepto en una, San Cristóbal, donde ha aparecido, entre las tibias de un esqueleto, una botella de jarabe con el nombre y los apellidos del muerto. El tapón de rosca de la botella y un fragmento de periódico enrollado que llevaba dentro ha permitido conservar en su interior un documento del penal en el que algún funcionario resume el 26 de diciembre de 1943, la vida del preso 42: "Andrés Gangoiti Cuesta falleció en este establecimiento el día de la fecha a consecuencia de tuberculosis pulmonar. Tenía 23 años de edad, soltero, marino de profesión. Natural de Gorliz (Vizcaya) y vecino de Bilbao. Hijo de Lorenzo y de Lucía. Este penado fue condenado a la pena de 30 años por un consejo de guerra celebrado en San Sebastián por el delito de adhesión a la Rebelión"



NOTA OFICIAL DE LA PRENSA FRANQUISTA SOBRE LA EVASIÓN DE LOS PRESOS DE PAMPLONA

“La prensa francesa a sueldo de los rojos, con motivo de la evasión del Fuerte de Pamplona de una cuarta parte del número de presos allí detenidos, que aprovecharon la benevolencia de los guardianes para dar muerte a uno de ellos y tumultuariamente se echaron al campo, se dedica a forjar fantásticas novelas de difamación contra la España nacional. De los presos fugados una gran parte se presentaron enseguida, reintegrándose al Fuerte; otra muy importante fue capturada por las fuerzas encargadas de su persecución, siendo muertos en el encuentro una parte de los que se enfrentaron con las fuerzas de Seguridad. Los jueces trabajan activamente para esclarecer la ayuda de armas pasadas por la frontera con destino a los presos fugados, así como para aclarar las actividades de súbditos franceses que en días anteriores parecían haber visitado los caseríos cercanos al Fuerte”  (Diario de Navarra, 17 de junio de 1938)



HIMNO DE LA FUGA

Camaradas ya se abrieron las puertas, ya se termino la esclavitud,
ya se rompieron las fuertes cadenas que oprimían a la juventud.
Sé rebelde y jamás te acobardes ante el enemigo opresor,
triunfarás en la vida cuando aplastes al fascismo cruel, siempre traidor.
Imita a los hombres del triste penal que en el mes de mayo lograron marchar, 
en montes navarros fue su rebelión, allí cayeron muchos hermanos compañeros de prisión.
Y a la frontera con rumbo marcharon a luchar por la causa con amor,
no lograron su intento pues la fiera con su zarpa de fuego lo impidió.

Y aquellos que la vida salvaron hacia el fuerte volvieron a subir,
bajo tierra a todos enterraron ,donde era imposible vivir.
En los tristes recintos subterráneos, sin salir al patio a respirar,
sepultaron a los bravos hermanos con castigo y hambre sin cesar.
Valientes cayeron en lucha fatal y su sangre dieron por la libertad.
En montes navarros la vida quedó de aquellos queridos hermanos
que lucharon con valor.