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2719. Noticiario de un poeta en la U.R.S.S. V - Fábricas y crematorios




FABRICAS Y CREMATORIOS 

XX. Una gran sala cuadrada. Largas mesas a los lados y otra en el fondo de colgaduras rojas. El retrato de Stalin en un muro, frente al de Lenin, en otro. Esperándonos, ya sentados, los obreros que forman el Comité de fábrica de la de Krasno-Presna. Es una vieja fábrica del tiempo de los zares, situada en un barrio extremo de Moscú, junto a calles en cuesta, por donde, como siempre, bajan los niños patinando. Se construyen en ella máquinas textiles. El vicedirector del Comité, un viejo bolchevique de bigote y perilla, le pide a nuestro intérprete que preguntemos. Nosotros, antes que la fábrica, quisiéramos conocer algo de la vida de los que la dirigen, de sus conquistadores. Un obrero muy joven rehúsa hablar primero. Otro, aún más, un muchacho también. Los restantes, todos, convienen en que cuente su historia el viejo bolchevique. Una sana alegría proletaria hace estirar las bocas y los ojos. Nos reímos. El vicedirector, al fin, sin dejar nunca de alargarse el bigote, cuenta. Su biografía es larga, despaciosa, rápida de pronto, perseguida de balas, penosa de detalles, con silencio de cárceles y cuartos oscuros llenos de llanto y de miseria.

—Nací en un pueblecito del Ural...

Se ve que los otros camaradas del Comité le admiran, siguiendo línea a línea, gesto a gesto su historia, como escuchando, mudos, la lectura de un hermoso capítulo de la Revolución. El compañero que nos sirve de intérprete, de cuando en cuando y en breves frases, pasa al francés, resumido, el relato.

—Su padre trabajaba en una fábrica. Era proletario. Solamente ganaba diez rublos semanales. Muchos hijos, mucha familia, ¡y diez rublos tan sólo! Por las noches, en los días de fiesta, en cualquier rato libre, hacía acordeones. También poca ganancia en este oficio. Hambre...

El viejo narrador se ríe. Recuerda que él también, después de un largo aprendizaje, llegó a construir uno, acordeón que al ser tocado no lanzó ni una nota.

—Cuando llegaron las huelgas revolucionarias de mil novecientos cinco —continúa el intérprete— era un obrero sin partido, un muchacho empleado en los ferrocarriles. Después, la reacción. Años de oscuridad, y nuevas miserias. La guerra. Al fin, la Revolución de Octubre, su adhesión y la de sus compañeros a los bolcheviques y la marcha del primer tren revolucionario desde Petrogrado a Moscú. Allí, barricadas. Tiros. Muertos. Defensa heroica de las vías en las afueras de la ciudad. Luego, la guerra civil. Luchas. Mítines. Viajes continuos de propaganda: a Siberia, al Sur, al Norte, por el Ural... Y ahora, vicedirector de la vieja fábrica de Krasno-Presna. Un héroe.

Nos levantamos con el Comité. Ha durado el relato más de media hora y aún no hemos visitado la fábrica. Los otros camaradas desisten de contar su biografía. Es tarde.

En la nave de máquinas, grandes carteles gritan a los obreros las tejedoras que deben terminar antes de fin de año para que sea cumplido el Plan Quinquenal. Sobre un enorme cilindro de acero nos hacen una fotografía. El viejo bolchevique, malicioso, se estira la perilla y se afila el bigote. Dice que quiere salir guapo junto a los extranjeros. Uno de los obreros que nos acompaña se ríe de verle y escucharle. Están contentos de enseñarnos su casa.

Las mujeres manejan los tornos y la lima. Hacen piezas de acero como cualquier forjador. Algunas atan su cabeza con un pañuelo rojo: altas, fuertes, de pómulos marcados, brazos duros, manos de hierro. Un nuevo tipo femenino se presiente, anda formándose. Aquellas odiosas mujeres de ojos de oruga que nos trajeron el ballet imperial y la emigración blanca, apenas si ya existen en la Unión Soviética. El trabajo destruye y crea a la vez el nuevo tipo humano que en nada se parece al producido por la miseria o el ocio.

Arriba, en otra nave del segundo piso, nos rodean los aprendices, manchadas de negro las manos y las caras, los ojos alegres y brillantes.

—¿Americanos? —gritan a nuestro intérprete.

—No, españoles.

—¿De Alcalá Zamora?

El que así interroga no habrá cumplido aún los dieciséis años. Rápido, como pedrada, nos lanza otro:

—¿Quién dirige las fábricas en tu país? ¿El Comité o los ingenieros?

Los que esperan, ansiosos, la respuesta son muchachos de Octubre. Han nacido después de la Revolución y ya no pueden comprender cómo marcha una fábrica en los otros países.

El viejo bolchevique que nos guía quiere también que veamos los cerdos, que no dejemos de visitar el rincón más oculto. Uno de los jóvenes obreros del Comité propone en seguida:

—También es necesario ver las patatas.

Fuera de Moscú, la fábrica de Krasno-Presna tiene una granja. Allí hay gallinas, conejos, cerdos. Pero en el mismo edificio de la fábrica, en grandes corralones, están las cosas de consumo inmediato. Más de veinte cerdos bien cebados, enormes, son las reservas para la semana. Los cuidan unas viejas mujeres, pequeñas, rusas de Segovia o de Ávila, con pañuelos de lana y altas botas de fieltro. Después llega corriendo una muchacha y bajamos con ella a un profundo almacén, donde se amontonan las patatas para todo el invierno. Olía a raíces húmedas, o entrañas escondidas de la tierra. Al salir a la luz, en el patio, los obreros de la fábrica de Krasno-Presna nos miraban riéndose, invitándonos a comer. Aceptamos.

Junto a esta vieja fábrica está la Tregorka, textil, de limpio historial revolucionario. En uno de sus muros, grabados en oro, brillan los nombres de los obreros fusilados en los levantamientos de 1905. Dentro vuelan de prensa en prensa las telas de colores y los telares palmotean continuamente. Se ha multiplicado la producción antigua.

XXI. Una mañana, la penúltima de nuestra estancia en Moscú, los «Sin Dios», los organizadores y militantes de la Liga Antirreligiosa de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, nos recogieron para llevarnos al Crematorio.

Tan sólo hace tres años —nos explican— que se ha hecho popular en Moscú la incineración de los cadáveres. Antes nadie quería quemar sus muertos; preferían el horror de la tierra, la labor lenta de los gusanos. Hoy raras son las familias que no piden para los suyos el «entierro de fuego». Tres rublos cuesta solamente la urna, pequeña copa de mármol, capaz de levantar para siempre el kilo de cenizas a que quedan reducidos los cuerpos.

Bajamos a los hornos: unas cámaras blancas, de losas brillantes, vigiladas por hombres, también de trajes blancos: los verdaderos cocineros de la muerte. El ataúd rojo, al abrirse las puertas del ascensor que lo desciende, se desliza, solo, por unos rieles hasta entrar en el fuego. Lo mismo que el pariente más cercano del difunto, nosotros, a través de un pequeño orificio, aislado de la pared por una gruesa chapa de hierro, miramos al interior de los dos hornos. En uno se veían, lo mismo que a lo largo de una cama de fuego, las costillas de un joven, rizándose, lentas, como un muelle. En otro, nada: las llamas solamente. Hacía veinte minutos de la entrada de un niño. Los hombres, en ser reducidos a cenizas y ofrecidos a sus familiares en una copa, tardan cuarenta; treinta minutos, las mujeres.

Arriba, en una urna color de mármol de madera, bajo el pequeño arco de una sala, rodeado de crisantemos recientes, se levantaba Maiakovski. El había suplicado que sus cenizas fueran arrojadas al viento.

Fuera, en el viejo patio del cementerio, salían de la nieve muchas cruces. Aquel lugar aún tenía la tristeza de la muerte romántica. Pero muy pronto los muertos de Moscú, elevados en sus pequeñas copas, decorarán los jardines donde jueguen los niños y vivirán entre los troncos de los árboles, junto a los nidos de los pájaros, alegremente.


Rafael Alberti
Luz, Madrid, 8 de agosto, 1933










2715. Noticiario de un poeta en la U.R.S.S. IV - El poeta Svetlov, cosaco de Ucrania

EL POETA SVETLOV, COSACO DE UCRANIA 
 
XVIII. La casa de los escritores, de Moscú, de los «obreros de la inteligencia», es alta y grande, inmensa, de corredores largos con puertas numeradas, de ventanas a un patio y a la calle. Allí viven casi todos, en unos íntimos departamentos: tres o cuatro habitaciones, cocina, cuarto de baño. Si descorriéramos los tabiques como la tapa de una caja, veríamos trabajando, simultáneamente, en los distintos pisos, a Vera Imber, Bruno Jasienski, Nicolás Asseef, Leónidas Leonov, Svetlov... Pero esta noche estamos a 35 bajo cero y en los ojos nos salen imperdibles de hielo que no nos dejan ver desde afuera. Entramos. Subimos. En el 56, el poeta Asseef nos aguarda, con té y los mejores dulces de la Unión Soviética.

—¿Ha venido Svetlov?

—No.

—¿Y Aragón y su mujer?

—Tampoco.

Como no tenemos intérprete, hasta la llegada de Luis Aragón hablamos por señas, a voces, a gritos estridentes, como si fuéramos sordos, llegando casi a arrancarnos uno a otro los botones de la chaqueta para dar expresión a nuestra charla y entusiasmo por la poesía. Al fin llegan Aragón y su compañera. Son más de las doce y media. Pero ¿y Svetlov? Porque Asseef nos ha llamado a su casa para que conozcamos a Svetlov, poeta de Ucrania.

Da la una. Se habla de Georgia, de una brigada de escritores que para el mes de abril irá al Tadjikistán, invitada por el Soviet del país. Un viaje de aventuras. Cuatro días en aeroplano. Desiertos sin oasis. Fuego por las noches, bajo las tiendas, para espantar las arañas venenosas. Alturas. Frío. Paso por desfiladeros y saltos sobre abismos, colgados de una cuerda o por una tabla. Visita a Samarcanda, a Pamir, a los primeros «koljoses» de Oriente, del otro lado de la frontera india.

Dan las dos. Se habla de Mirsky. Al príncipe Dimitri S. Mirsky ya le había yo conocido, una tarde, en la isla de Port-Cross, al sur de Francia. Al castillo de Julio Supervielle arribó, de visita, como acompañante de André Gide. El, sin duda, por aquellos días, contribuía al esclarecimiento de la Unión Soviética en el espíritu de Gide, avivándole el trance, poniéndole en camino de las declaraciones de admiración y de entusiasmo que unos meses después hiciera en la N.R.F., recibidas con mordeduras y ladridos de la otra banda. Entonces supe algo de la historia de Mirsky, a quien volví a encontrar, de pronto, al lado de mi mesa, comiendo en el hotel Novo Moskovskaia de Moscú. Ahora me hablan de él, traduciéndome su biografía, completándomela. Dimitri S. Mirsky, hijo del general príncipe Mirsky, que era ministro del Interior en vísperas de la Revolución de 1905, combatió con su regimiento en el frente alemán y fue herido. En 1917 sirvió en Asia Menor. Dos años más tarde se alistó como voluntario en el ejército blanco de Denikin, y después fue internado en Polonia, de donde huyó para formar parte de la emigración contrarrevolucionaria que hoy se arrastra por los cabarés de Berlín, de París o de Londres. Desde 1922, Mirsky residió en esta capital, desempeñando la cátedra de Literatura rusa en el King's College. Un día, en agosto de 1929, recibe de un editor inglés el encargo de escribir una vida de Lenin, que acepta, según él mismo explica luego, sin saber gran cosa del asunto. Comenzó a leer sus obras. A medida que se fue adentrando en su lectura, más grande se le iba apareciendo la personalidad de Lenin. Este naturalmente, le llevó a Marx. Después de un estudio profundo del marxismo, de apoderarse de su método, y un análisis serio de la revolución rusa, Mirsky llega a escribir una Vida de Lenin, de las mejores publicadas hasta la fecha. A poco de aparecido el libro, aclamado con entusiasmo en la Unión Soviética, pidió volver a su país. Se le admitió. Y ahora Dimitri S. Mirsky, antes príncipe contrarrevolucionario, es uno de los mejores militantes del partido.

Dadas las dos y media, cuando ya nos levantábamos para irnos, apareció Svetlov. Venía de una fiesta y algo mareado. Un pelo negro de gitano, como batido, le chorreaba por los ojos. Su mujer, riéndose, le sostenía. Era una muchacha rubia, sana, de las Juventudes Comunistas, con calcetines rojos y jersey.

—He bebido bastante. Volveré dentro de una hora. Los camaradas españoles me entienden.

Nos dio la mano y se marchó a dormir.

Este era Svetlov, el que esperábamos desde las once para oírle decir su poema Granada, popular en toda la Unión Soviética desde la guerra civil y repetido siempre por Maiakovski, su amigo. Ya en casa de Aragón, una tarde, Brik, otro poeta, lo había recitado, haciéndome al francés una ligera traducción, dándome cuenta entonces de su ritmo y de su extraordinaria semejanza con los viejos romancillos españoles. Pero yo quería oírselo al propio Svetlov, ver cómo lo cantaba, antes de decidirme a traducirlo al castellano, ayudado por Kelyin, el catedrático de la Universidad. Mas Svetlov se había emborrachado aquella noche y dormido después profundamente. Nicolás Asseef, al despedirnos, se reía en la escalera, dadas las cuatro de la mañana.

XIX. La poesía, al abrirse las puertas de la Revolución de Octubre, tropieza de boca con la épica, con la nueva epopeya de los obreros de las fábricas y de los hombres del campo. Se ensancha, se hace exterior, se manifiesta para todos. La anécdota pequeña, los grandes hechos heroicos encuentran nuevamente sus intérpretes, héroes ellos mismos de sus cantos, como este Svetlov, cosaco de las estepas en la guerra civil. Cuando luchaba por libertar Ucrania de los blancos, al ir al asalto de una aldea se imaginó él, no sabe por qué impulso misterioso, que iba a la toma de Granada para darle la tierra a los campesinos andaluces. Su poema, traducido, queda así:

Granada

Lentos cabalgábamos
hacia los combates
y entre nuestros dientes
iba «Manzanita».
Y esta canción hoy
permanece y tiembla
en la hierba joven,
jade de la estepa.
Pero otra canción
sobre un país lejano
llevaba mi amigo
sola en su caballo.
Cantaba mirando
su suelo natal.
—¡Granada, Granada,
Granada mía
iba repitiéndola
siempre, de memoria.
¿Dónde halló este mozo
la pena española?
Dime tú, Alesándrosk,
y dime tú, Jarkov,
¿cuándo comenzasteis
a hablar castellano?
Respóndeme, Ucrania:
¿no guardan tus henos
la gorra de piel
de Taras Chefchenco?
Amigo, ¿de dónde
viene tu canción?
—¡Granada, Granada,
Granada mía!
Es un soñador.
Lenta es su palabra.
—Hermano, en un libro
me encontré a Granada.
Su nombre es muy bello
su gloria es muy alta.
Es una provincia
en el sur de España.
Me fui a guerrear,
dejando mi casa,
para dar la tierra
a los de Granada.
Adiós, mis parientes
adiós, mi familia...
¡Granada, Granada,
Granada mía!
Íbamos soñando
para aprender pronto
la lengua de fuego
de las baterías.
El sol se elevaba
cayendo de nuevo.
Se rinde el caballo
de andar por la estepa.
Pero en los violines
del tiempo, la tropa
tocaba con arcos
tristes «Manzanita».
¿Dónde está, mi amigo,
dónde tu canción;
Granada, Granada,
Granada mía?
Herido, su cuerpo
se deslizó a tierra;
dejó su montura
por la vez primera.
Vi: sobre el cadáver
se inclinó la luna
y los labios muertos
dijeron: Grana...
A un sitio lejano,
a un remanso célico
se marchó mi amigo
llevando su canto,
Nunca más oyeron
los pueblos natales:
—¡Granada, Granada,
Granada mía!
El destacamento
no advirtió su pérdida,
y vio «Manzanita»
el fin de la guerra.
Sólo por el cielo
resbaló, despacio,
de lluvia, una lágrima
al sol del ocaso.
Y nuevas canciones
inventó la vida...
No, no hay que afligirse
por ellas, muchachos.
No, no hay que, no hay que,
no hay que, compañeros...
¡Granada, Granada,
Granada mía!

Amigo Svetlov, ¿de quién te vino a ti este canto, este romance, donde, como en los más viejos españoles, hablan las ciudades, y los guerreros sólo después de muertos dejan su caballo? Únicamente tu corazón, unido al de los pobres campesinos del mundo, pudo ponerte delante de los ojos la lejana Granada, batiéndote, ilusionado, por ella al libertar de los ejércitos blancos las aldeas de tu país. Sí; sólo tu corazón, cuando por las estepas cantabas, fatigado, «Manzanita».


Rafael Alberti
Luz, Madrid, 1 de agosto, 1933








2707. Noticiario de un poeta en la U.R.S.S. III - Los escritores




LOS ESCRITORES 
 
XIV. Tres días llevábamos en Moscú, cuando la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios (Morp) nos invitó a quedarnos con ellos. Teodoro Kelyin, poeta y profesor de castellano en la Universidad, una mañana, a las ocho, llamó a la puerta de nuestra habitación del hotel Novo Moskovskaia. Desde aquel día, todos, durante dos meses, con su gorro de astracán encasquetado en forma de cucurucho, sus ojos azules de eslavo purísimo, disminuidos por unas gafas, y su vocecita de colegial temeroso, nos acompañaría, hablándonos un español perfecto, por el frío —25 ó 30 bajo cero— de Moscú. Con él fuimos a las oficinas de la Morp. El nos dio a conocer, aquella tarde, a Bela Ilés, escritor húngaro refugiado en la U.R.S.S., que formó parte del Gobierno de la vencida República soviética de su país. Con la ayuda de Teodoro Kelyin, en el calor de nuestro cuarto sobre el río Moscova, tradujimos al castellano poesías de Blok, Maiakoski, Vera Imber, Svetlov, Asseef... Y él, al ruso, algunos poemas de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Federico García Lorca y, con un colectivo de poetas bajo su dirección, mi último libro de poesías, titulado Campesinos de España. Teodoro Kelyin nos llevó a dos de sus discípulos, también jóvenes escritores, para compartir con ellos su tarea. Estos muchachos pasaban a su idioma los artículos que diariamente; y con urgencia, nos pedían diversas revistas y periódicos. Y hubo un momento, un día, en que al verme así rodeado me acordé de una miniatura que hay en El Escorial, donde aparece Alfonso el Sabio presidiendo, con una larga pluma de ave, un coro de barbudos traductores. Teodoro Kelyin nos dio cuenta del entusiasmo que por España siente la Unión Soviética. Y nosotros pudimos comprobarlo. En las fábricas, en los cuarteles, en todas partes nos preguntaron, nos pidieron noticias. La ópera más conocida es Carmen, la que más tiempo llena los carteles, creyendo muchos ingenuamente que es algo así como nuestra ópera nacional. Don Manuel de Falla es de los músicos más admirados. Prueba: La Orquesta Bética de Sevilla, que él fundó, está invitada para dar este otoño una serie de conciertos por toda la U.R.S.S. En Moscú, en Leningrado, en Kiev hay agrupaciones que siguen de cerca la cultura española. En Leningrado se pueden dar conferencias en castellano, porque la Sociedad Iberoamericana cuenta con 300 miembros. Al interior de la Unión y organizadas por los escritores soviéticos, se radian conferencias sobre la literatura clásica y contemporánea española, leyéndose traducciones de trozos escogidos.

También se representa nuestro teatro: Fuenteovejuna, como aquí se sabe; La dama duende, de Calderón; La villana de Vallecas, de Tirso. Y en Georgia, con los trajes del país, se ha puesto en escena Los intereses creados, de don Jacinto Benavente.

La Editorial Academi empezará a publicar este año una serie de traducciones de la literatura española, comenzando por el Poema de Mió Cid y el Libro de buen amor, del Arcipreste. No hace mucho, como nadie ignora, se han publicado Tirano Banderas, de don Ramón del Valle-Inclán, agotándose la edición rápidamente, y libros de Ramón Pérez de Ayala, Ramón J. Sender, Joaquín Arderíus y otros.

Teodoro Kelyin fue nuestro mejor guía de Moscú y uno de los más grandes amigos que hemos dejado allí, en la Unión Soviética. «Su familia española» —como él nos llama cuando nos escribe— no le olvida y le saluda desde aquí, desde el otro extremo de Europa, tan lejos.

XV. Fadeiev, Ivanov, Gladkov, Vera Imbert, Tretiakov, Ogniev, Kirchón, escritores soviéticos leídos en España. Los conocimos. Asseef, Pasternak, Kirsanof, Kamenski, Bezimenski, poetas. Por todos hemos sido invitados a sus casas. Sabemos cómo viven, sabemos lo que sus obras les producen, la alegría que les traen los miles y miles de ejemplares editados, el saberse traducidos a innumerables dialectos y leídos por millares de hombres que ahora empiezan, después de tantos siglos de oscuridad, a tener derecho a la cultura. De este gozo sólo pueden hablarnos hoy en el mundo los escritores soviéticos. Están orgullosos. Pueden. Y sonríen cuando les explicamos que un libro de poesías del mejor poeta de España no alcanza casi nunca la edición de 3.000 ejemplares.

XVI. Una noche, la de Navidad en los otros países, fuimos invitados por la mujer de Maiakovski a su casa. Allí se habían reunido varios poetas. Allí estaba también Luis Aragón, casado con Elsa Triolet, escritora soviética, cuñada de Maiakovski. Entre caviar, té y raros dulces orientales se recitaron poesías. Los poetas soviéticos conservan aún cierto sentido juglaresco de la poesía. Más que recitar, representan. Cada uno a su modo. Sienten una excesiva predilección por las onomatopeyas. Kirsanof, por ejemplo, en uno de sus poemas, más que poeta parecía una locomotora. Silbaba, se tiraba al suelo, sudaba, jadeando, como subiendo un alto puerto, faltándole tan sólo el echar humo. Kamenski relataba una cacería de osos, mezclada de ruidos, de lamentos y cantos persas, parecidos al «cante jondo». Asseef repetía, monótono, con un deje de musiquilla árabe, un largo poema escrito en Georgia. Yo tuve que improvisarles una corrida de toros, toreando una silla que había en el centro de la sala. Aragón, en francés, y a éste ya le entendimos, nos dijo «La toma del Poder», poema de su último libro Los comunistas tienen razón.

Allí, en aquella casa, la suya, es donde se conserva más latente, más íntimo, el recuerdo de Maiakovski. Uno de sus amigos más queridos, Brik, recitó el poema que escribió unos días antes de suicidarse. Releímos la carta que dejó sobre la mesa, minutos antes de sonar los disparos. Pedía, serio, entre otras cosas: «No se hagan historias sobre mi muerte», suplicando que no se comentase la causa amorosa de su suicidio. Y la Unión Soviética, el país que ha resuelto el problema sexual dando la más amplia libertad a la mujer y al hombre, no dijo nada en sus periódicos. Se calló, hablando sólo del autor de los «160 millones».

Al acabar la lectura del poema y la carta, uno de los jefes de la G.P.U., que se hallaba presente con su compañera; un comandante del Ejército Rojo, héroe de las campañas de Asia, casado hoy con la mujer del poeta, el escritor polaco Bruno Jasienski; Dimitri Mirski, antiguo príncipe contrarrevolucionario, catedrático en Oxford, hoy militante del partido; nosotros, todos los invitados quedamos en silencio, sintiendo la presencia de Wladimiro Maiakovski, poeta de la Revolución de Octubre.

XVII. Al volver al hotel, en esa misma noche helada, la de Navidad en los otros países, ya tarde, por la Plaza Roja desierta, oímos unos cantos. Poco después, avanzando lentamente, las largas bayonetas inclinadas en la mano caída, grandes bajo los capotones, con un ritmo de paso de Semana Santa, apretados, como llevando en andas a la Revolución sobre la nieve, aparecieron distanciadas dos patrullas de soldados. Una iniciaba la canción. Otra le respondía el estribillo. Preguntamos:

—¿Qué cantan?

Nos respondieron:

—Cantan la juventud y el esfuerzo soviéticos.

Al alejarse las patrullas y mirar la bandera roja iluminada, ondeando ardiente sobre el Kremlin, me acordé de una estrofa de Los 12, poema de Alejandro Blok, que traducíamos por aquellas mañanas:

¡Cómo iban nuestros muchachos
a servir a la Guardia Roja,
a servir a la Guardia Roja,
a dejar su cabeza inquieta!

De aquella primitiva Guardia Roja, formada en los días de la Revolución, compuesta de los que venían huyendo de las trincheras, de obreros, de mujiks y desharrapados de todas clases, surgió este Ejército Rojo, que ahora celebra su XV aniversario.


Rafael Alberti
Luz, Madrid, 28 de julio, 1933












2700. Noticiario de un poeta en la U.R.S.S. II - Moscú



MOSCÚ 
 
X. ¿Qué era Rusia para mí desde Cádiz, cuando, en el año 1915, jugábamos a la guerra bajo la montera de vidrio de un patio soleado? Sólo llanuras de nieve ensangrentada y nubes de cosacos a galope tendido. Luego, ya en Madrid, desde 1917, Rusia se me desdibuja, se me pierde, se me escapa del todo, hasta volver a aparecérseme, con el presentimiento de su grandeza de hoy, en el año 1930, a la caída de la dictadura de Primo de Rivera. Pero ahora ya con su nuevo y verdadero nombre: Unión de República Socialistas Soviéticas.

XI. Desde la ventana de nuestro cuarto, en el hotel Novo Moskovskaia, miro su capital, Moscú, partida por el río Moscova, casi helado, arrastrando grandes manchas de grasa de las fábricas y vigas de madera. Por dos empinadas pendientes, al borde del agua endurecida, en pequeños trineos y en patines, se desprenden, deslizados, los niños. A distancia, no se sabe qué son: parecen diminutos colchones que rodaran o negras bolas de trapo.

XII. La catedral de San Basilio, con sus torres de cebolla, como grandes mitras de arzobispos colgados, sube sobre las casas, se empina con sus cruces, pretendiendo alcanzar, nivelarse a la altura de las torres del Kremlin. Allí clavada en una de las giraldas de la fortaleza, aprisionada entre banderas rojas, aletea todavía el águila de oro de los zares. Enfrente, tan derrotada y muerta como ella, se levanta la cruz de San Basilio, la iglesia, su aliada.

Una de las murallas rojas del Kremlin sube a lo largo del río, hasta no ver su fin desde mi ventana. Defendido por sus muros, se alza el palacio de los Soviets, de tipo neoclásico, rodeado por las viejas iglesias moscovitas de cúpulas doradas. ¿Quiénes dijeron en Europa que los bolcheviques habían arrancado las cruces y fundido el oro de las cúpulas? Contra el cielo de la fortaleza del Kremlin se destacan más cruces y más oro que banderas rojas. El poder de los Soviets es más fuerte que los antiguos símbolos de la vieja Rusia zarista. No los teme. Los deja. Desde mi ventana los veo: son muertos en el aire.

XIII. Bajamos a la calle. Moscú, como un torrente frío, empuja, rebosando de gente. De menos de un millón de habitantes que tenía, nos dicen, llega hoy a los tres. Y nosotros lo vemos, lo notamos, en nuestros hombros, en nuestro cuerpo, en nuestros pies, que intentan ir de prisa, sin lograrlo. Por sus aceras ascienden y descienden todas las razas distintas que viven en la inmensidad geográfica de Rusia. Se ven, de pronto, fieras: son esquimales que han olvidado cortar el rabo a sus abrigos de piel de reno; campesinos enfundados en cuero, pareciendo que llevan por gorro un borrego vivo, peludo; orientales: tadjikistanos, uzbekistanos, georgianos, de jaiques y turbantes; obreros, soldados rojos con sus niños en brazos, viejas pequeñas con cara de españolas, inquietas, habladoras, que nos detienen voceándonos: «¡Lenin, Lenin!» Comprendemos, al fin. Esta es la Plaza Roja. Allí estamos. Centrando las murallas del Kremlin, vemos una sencilla pirámide truncada, roja y negra. Pequeños, oscuros abetos, dos soldados inmóviles, caladas las bayonetas, la custodian. De pie, dura contra la nieve, una fila interminable de gente espera. Aguarda a que el carillonero mecánico del Kremlin dé las tres. Sobre la puerta de la pirámide cinco letras de oro dicen el nombre: Lenin. Lenin, por quien, según la poetisa Vera Imbert, «el pueblo ruso no durmió durante cinco días y cinco noches, porque él se había dormido para siempre». Lenin, a quien desde muy lejos, y ya después de muerto, vienen a conocer, a comprobar, todos estos pueblos libertados, que hoy lo incorporan ingenuamente en sus canciones, junto a los nuevos temas del tractor, la electrificación y la fábrica. Poemas y leyendas sobre él, nos cuentan, se cantan igualmente en el extremo Norte, entre los ostiak y los lamutes; en el Asia central, entre los uzbéks, los tadjikistanos, los turkomanos; en las montañas del Cáucaso, entre los osetines y los kumikes. Sus autores son rapsodas, ciegos y analfabetos casi siempre, muy estimados entre los campesinos y los nómadas, quienes les dan hospitalidad a cambio de escuchar sus canciones. Oíd vosotros ésta, de un rapsoda tadjikistano, traducida por mí con ayuda de Teodoro Kelyin, gran hispanista, catedrático de nuestra lengua en la Universidad de Moscú:

Pobres tadjiks, siempre cantamos
tan sólo aquello que miramos.
Si vemos un lindo potrillo,
lo cantamos en nuestras coplas.
Mas sólo aquel que lo compuso
sabe este canto improvisado
Teniendo muy buenos caballos
para cantarlos nuevamente,
ninguno canta más que aquel
que sólo tiene ante los ojos.
Pero también entre nosotros
hay «hafiz» dulces y sonoros,
que cantan cantos destinados
a vivir muchos, muchos años.
Los mismos siglos en sus crestas
llevan el son de estos poetas.

Así a Firkat y Nakhaní
se les conoce hace tres siglos.
Pero tan sólo ellos cantaron
los grandes ojos y las flores.
Los nuestros ya no cantan hoy
ni las mujeres ni las rosas,
hoy cantan ya la libertad,
el aeroplano que se eleva
y la futura vida próspera
de pueblos libres en la tierra.
Pero es a Lenin, sobre todo,
a quien celebran ellos siempre.
Pues sin él, sin Revolución,
no existirían más canciones
que sobre el viejo Nicolás,
sus generales y soldados.
Lenin nos dio el derecho ahora
de cantar todo a nuestro gusto,
y así un «hafiz», sencillamente,
compuso a Lenin este canto.

Lenin. Tal vez en esa larga fila que hoy espera a la puerta de tu mausoleo, se encuentre algún «hafiz» de esos que te celebran por los caminos y las primeras granjas colectivas de Oriente.


Rafael Alberti
Luz, Madrid, 26 de julio, 1933











2696. Noticiario de un poeta en la U.R.S.S. I - A Moscú

A fines del año 1932, me encontraba en Berlín, con María Teresa, pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios para estudiar los movimientos teatrales europeos. En Alemania ya no se podía vivir. Un clima de violencia la sacudía en todas direcciones. El hambre y la desocupación andaban por las calles, cruzadas de las escuadras nazis, que pateaban las aceras, salpicando de agua de los charcos a los aterrados transeúntes. Hitler se disponía, como en un gran guiñol, a instalar sus absurdos bigotes y brazos gesticulantes tras el humo y las llamas del incendio del Reichstag. En ese momento viajo por primera vez a la Unión Soviética, que fue para mí entonces como un viaje del fondo de la noche al centro de la luz. Cuando ahora, después de treinta y cinco años, leo estas crónicas, ingenuas si se quiere, pienso con asombro en el inmenso camino recorrido por ese país, pero con una gran nostalgia en aquellos años de esfuerzos heroicos y de tantos amigos desaparecidos. (1968)




A MOSCÚ 

(Diciembre, 1932)


I. El Gobierno de la República española aún no ha reconocido al Gobierno de los Soviets. Como nuestras relaciones diplomáticas con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no existen, sólo el visado del pasaporte cuesta, desde Berlín, noventa y cuatro marcos. En moneda de España, una fortuna. Y doble, si tenemos en cuenta que el viajero es un poeta, un desdichado que escribe aún sus poesías bajo la luna de plata del capitalismo. Pero el Inturist organiza todos los meses, para estudiantes y obreros, expediciones a distintos lugares del país. Por 160 marcos, ocho días en Moscú, o repartidos entre Moscú y Leningrado, más el billete de ida y vuelta con duración para dos meses. Enrolados a una de estas excursiones, María Teresa y yo nos libramos del visa, y en la Friedrichsbahnhof, a las seis de la tarde, cogemos el expreso de Varsovia.

II. Un español va con nosotros. Somos tres españoles. Y un japonés, inmóvil todo el viaje, cruzado de brazos, con los ojos semidormidos o atentos, pero sin doblar nunca la cabeza. (Así fue hasta Moscú. ¿Llegaría así también a su país, después de atravesar la Unión Soviética?) Además va una francopolaca que decía ser —luego se comprobó el engaño— la secretaria de Henri Barbusse. Y varios obreros alemanes. Entre ellos, un joven arquitecto de Nuremberg.

—En la Unión Soviética hay trabajo para todos.
—Nosotros vamos a una fábrica.

—Del Este.

—Del Sur.

—Necesitan arquitectos. Me enviarán a Odesa o Kharkov.

—...Para todos... Trabajo para todos... Hasta para los poetas...

Nos despertamos en Polonia. Policiaca, fea, nevada.

III. Pasa el tren bajo el arco que da entrada a la U.R.S.S. «La Unión Soviética saluda a los trabajadores del mundo», gritan desde lo alto del pórtico de hierro las grandes letras que se mojan de nieve. A la izquierda, otro grito, una advertencia que hace hoy temblar los cimientos del globo: «Nosotros borraremos las fronteras.» De un golpe, todos los viajeros hemos doblado la cintura sobre las ventanillas. ¿Qué es este impulso, este nuevo latido de la sangre, este rápido vuelco que nos hace saltar de los asientos y descorrer los cristales helados? Obreros y estudiantes alemanes cantan La Internacional, saludando, con el puño a la altura de la frente, a los primeros soldados del Ejército Rojo.

—¡Rot Front!

Contestan sonriendo, seguros, grandes bajo sus capotones, rígidos como columnas de cemento en la nieve, caladas las bayonetas larguísimas.

—¡Camaradas! —gritan aún los alemanes, alejándonos.

Sabemos que sonríen todavía, pero ya no los vemos. Son la guarda de la Unión Soviética, que este año celebra el decimoquinto aniversario de la creación de su Ejército.

IV. Ha terminado el corredor, la zona que separa los dos países fronterizos. Junto al expreso de Varsovia, a lo largo de todo el tren, dos soldados gatean recorriéndolo, explorando con sus bayonetas a la altura de las ruedas el posible paso de enemigos. Nieva. Allá, del otro lado del arco, con su Policía de viseras como tejados negros, está Polonia. Aquí, al otro extremo, con su bandera roja y su antena de radio, Niegoreloje, primera estación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

V. Una aduana ¿no es casi siempre como una invitación a la ira o al insulto entre dientes? Aburridos, con el equipaje deshecho, con las maletas que ya no encajan, con el cambio de idioma y de moneda, pensamos, es el lugar más feo, creado expresamente para la desesperación y el suicidio. Pensábamos esto al descender nuestras maletas del vagón, lo íbamos pensando tristemente, pero...

«¡Proletarios de todos los países, unios!», gritaron las paredes en distintos idiomas, al abrirse las puertas aduaneras de Niegoreloje. De las grandes pinturas de los muros, con los bieldos alzados, salieron en avance campesinos y aldeanas de rojo, como preguntándonos a una: «¿sois camaradas o enemigos? ¿Venís aquí para luego contar mentiras en Europa o para vernos y hablar sencillamente?»

En un pequeño restorán de la estación pedimos té. Un tanque es una librería. Sobre la ancha cadena que une las dos ruedas pasan lentamente los libros y folletos de colores: Lenin, Stalin, Krilenco, Gorki, Molotov, Marx y Engels, Leonov, Gorki, Gorki, Gorki...

A la vez que Alemania celebra este año el primer centenario de la muerte de Goethe, la Unión Soviética festeja el cuarenta aniversario de la aparición del primer libro de Gorki. Allá Goethe se encuentra en todas partes, como aquí Gorki. En Berlín, en Mainz, en Coblenza, en Bonn, en Nuremberg, en los lugares más pequeños, por las esquinas de las calles, por los escaparates de las librerías y las casas de moda, por las estaciones del Metro y de los trenes, vemos a Goethe de perfil, bajo un ancho sombrero, olímpico, presumiendo de belleza romana. Si por casualidad sorprendemos alguna conferencia telefónica, salta al instante el venerado nombre: Goethe. Si a la hora de comer o de cenar perseguimos la onda de París o de Roma y tenemos la desgracia de cruzarnos con la de cualquier radio germana, el altavoz nos escupe a la cara como una piedra inevitable: Goethe. ¡Goethe, Goethe en Alemania! ¡Gorki, Gorki en la U.R.S.S.! Gorki, con la frente y la cara roturadas como un trozo de campo, viejo, con sus bigotes lacios, como mojados por la nieve de sus estepas. Gorki, festejado y leído por los obreros de las fábricas, por los campesinos y soldados del Ejército Rojo. Goethe, ensalzado por el Gobierno y el turismo de una burguesía que hoy ya no le comprende. (Menos mal que en los carteles anunciadores siempre está de perfil y ni siquiera se digna mirar de reojo a sus festejantes.)

Además del de Gorki, cuelgan por las paredes del restorán retratos de Lenin, Stalin y el viejo Kalinin. Una pequeña exposición hay instalada en uno de los ángulos. La presentan los ferroviarios de la U.R.S.S. Pequeños modelos de locomotoras, en distintos tamaños, se exhiben sobre las líneas férreas, contra un fondo de láminas de vidrio iluminadas. Escritos están allí los nombres de las fábricas, el número de locomotoras y kilómetros de rieles construidos durante el primer plan quinquenal en cuatro años.

Tres mil trescientas sesenta y cinco locomotoras en 1932.

Noventa mil kilómetros de red ferroviaria al terminar el plan.

Fotografiados en fila, presidiendo la exposición, miran los héroes de estas estadísticas, los nuevos héroes del mundo. Los hay viejos, fuertes, antiguos obreros de las huelgas revolucionarias del 1905; hombres maduros de la revolución y la guerra civil; muchachos ya de Octubre, aprendices nacidos en medio de las balas que dieron el poder a los bolcheviques. Todos son carne y hueso de las cifras que presiden, héroes que nos descubren el nuevo material que traen a la poesía las estadísticas. «Tres españoles os saludan», escribimos en el álbum que nos presentan.

VI. En la otra banda de la estación, grande y de vía más ancha, esperaba formado el tren soviético. Lo componen: unos cómodos coches de segunda y tercera y un largo sleeping color verde, destinado para los millonarios turistas que ruedan por la U.R.S.S. sin comprender nada. Cuando arrancamos, camino de Moscú, ya es de noche. El tren va enfundado como en una caja de hielo. No se ve. Y sabemos que fuera, en el frío, está pasando ya la Unión Soviética. Con las uñas hay que abrir agujeros en la lámina helada de las ventanillas. Rápidos y negros, nos vienen de la oscuridad iluminada por la nieve de las estepas que desfilan, bosquecillos de abetos y casas de madera. Dentro suenan las radios. Y pensamos, ante los fugaces vidrios encendidos, en esos viejos rusos que al final de su vida, por las aldeas más apartadas, aprenden ahora a leer y a escribir, despertándose, ya al filo de la muerte, a todo el nuevo mundo que un régimen zarista había convenido en ocultarles, dejándolos a ciegas, matándolos como a bestias de carga.

VII. Nuestro departamento de tercera, limpio y de una anchura no vista en otros trenes, está compuesto de cuatro camas. Llega el revisor. Es un muchacho, un campesino aún con olor a aldea. Nos pide los billetes. Saca una carterita y un lápiz. Escribe. Hace números torpemente. Nos mira serio. Se le cae la cartera. Cuando la coge, ha perdido el lápiz. Lo encuentra en su mismo bolsillo. Vuelve a escribir de nuevo, despacio. Le cuesta tanto, quiere hacerlo tan bien, que, al fin, sencillamente, con una naturalidad de animal abstraído, se sienta entre nosotros y, apoyándose el cuadernillo sobre las rodillas, termina de cumplir su obligación, llegando casi a dibujar las letras y los números, que con seguridad ha aprendido hace poco. Después, ya se sonríe, alegre.

Es una de las innumerables víctimas rescatadas por el plan quinquenal, que en cuatro años ha intentado liquidar en la U.R.S.S. el analfabetismo.

VIII.

Y ahora vamos por ti, por ti,
que das naranjas hacia el Sur y corrientes eléctricas,
petróleo y oro por el Este
caviar al Norte y osos blancos.
Por ti,
atravesándote hoy a oscuras
patria de Lenin y de Octubre.

IX. A las diez de la mañana llegamos a Moscú.


Rafael Alberti
Luz, Madrid, 22 de julio, 1933