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3460. Yo sé esperar

De izquierda a derecha, Juan Paredes, Ángel Serrano y Adolfo Sánchez Vázquez, en el frente de guerra, 1938.
Fuente: Archivo CEFILIBE



Si para hallar la paz en esta guerra
he de enterrarlo todo en el olvido,
y arrancarme de cuajo mi sentido
y extirpar la raíz a que se aferra;
si para ver la luz de aquella tierra
y recobrar de pronto lo perdido,
he de olvidar el odio y lo sufrido
y cambiar la verdad por lo que yerra,
prefiero que el recuerdo me alimente,
conservar el sentido con paciencia
y no dar lo que busco por hallado,
que el pasado no pasa enteramente
y el que olvida su paso, su presencia,
desterrado no está, sino enterrado.


Adolfo Sánchez Vázquez









3406. Al héroe caído

Un agricultor republicano defendiendo una granja contra las fuerzas franquistas. 
Un compañero yace muerto a su lado. Irún, 6 de septiembre de 1936 - (Foto de Keystone / Hulton Archive / Getty Images)


Tu corazón caliente, derribado,
levanta un estandarte en la mañana
por la pendiente del dolor cruzado.
Contra el rumbo del aire, se devana
gran madeja de muerte en tu cintura
enredada de sangre en tu ventana.
Entre nieblas de pólvora, va oscura
la mano que te lleva hacia estaciones
que clavarán la muerte en tu espesura.
¡Camaradas, de esbeltos corazones,
vedle, muerto, caído, prisionero,
del ataque de mudos tiburones!
¡Vedle, pronto, vosotros, marinero,
aviador, tanguista, combatiente,
navegando sin vida, sin remero!
¡Qué se aparten las manos de su frente,
que en pañuelos de sangre, no vencida,
van bordando un gemido transparente!
De pie, junto a su mano descendida,
firmes estamos, el fusil al brazo,
muro ardiente sobre la pena erguida


Adolfo Sánchez Vázquez







3363. Las palomas de Picasso




Tu destino, paloma, se mecía dulcemente,
cuajada de inocencia todavía,
cuando Picasso te dio otras alas
para emprender con ellas un nuevo vuelo.
Hasta entonces,
el luto se perdía en tu blancura
e ignorabas el color de la tragedia.
Con tu vuelo volaba transparente
una carga de luz y de pureza.
Fatigados de muertes y de guerras
asombrados e incrédulos,
los hombres contemplaban tu vuelo
entre nubes tan blancas
como tus blancas alas.
Allá arriba,
tú, paloma inocente;
aquí abajo,
los hombres culpables
de sembrar la carroña,
de destruir los sueños,
de abrir las compuertas
de las presas del odio.
Aquí, abajo,
las sábanas ya tejidas
para cubrir a los muertos
de la próxima guerra.
Aquí las desesperadas madres,
maduras para el llanto,
esperando aterradas
que el árbol de la muerte
arroje sus primeros frutos.
Pero,
¿otra vez nuestra sangre
abonará los campos?;
¿otra vez con una semilla implacable
fructificará, sin desmayo, el crimen?;
¿otra vez un río de huesos descarnados,
despeñaderos de rígidos cuerpos,
océanos de ojos apagados,
vendavales de gritos desgarrados?
¡La guerra! Sí, la guerra.
No, no, pronto, pronto, frente a ella,
un mar de aguas iracundas,
montañas de brazos levantados,
muros de piedras sublevadas,
uñas, garras y puños
que salen a su encuentro.
Y tú también, paloma,
la tierna paloma de otros días
que ha perdido, aquí abajo, la inocencia
y que ahora ya sabe
que el dolor y la muerte,
la miseria y el hambre
-si no en el cielo-
en este mundo existen.
Que sabe ya
que el dolor se cosecha
porque unos hombres lo siembran.
Sabe ya
que las heridas se agrandan
si las lenguas enmudecen,
si los ojos se cierran
y las manos se ablandan,
que el luto de las madres crece
si crece el silencio de los hombres.
Y la paloma vuela bajo
casi rozando el suelo con sus alas,
casi fundida con el dolor humano.
¿Qué paloma es ésta
que convoca a los hombres,
en Moscú y Estocolmo,
en Rabat y Calcuta,
en La Habana y en México,
cuando el cielo se nubla
entre rayos que anuncian
una tempestad de acero,
nuevas cumbres de espanto,
nuevo calvario de los hombres
ya fatigados de muertes y de guerras.
¿Qué paloma es ésta que llama
a la vida contra la muerte,
a la memoria contra el olvido,
a la blancura contra el luto,
al grito frente al silencio cómplice,
a la insurrección de la palabra
contra la inercia del cuerpo?
¿Qué paloma es ésta?
Es la Paloma de la Paz,
la paloma que vuela esperanzada
desde el pincel de Picasso.


Adolfo Sánchez Vázquez
México, abril de 1952









3303. Al dolor del destierro condenados

Niño español cruzando la frontera francesa


Al dolor del destierro condenados
-la raíz en la tierra que perdimos-
con el dolor humano nos medimos,
que no hay mejor medida, desterrados.
Los metales por años trabajados,
las espigas que puras recogimos,
el amor y hasta el odio que sentimos,
los medimos de nuevo, desbordados.
Medimos el dolor que precipita
al olvido la sangre innecesaria
y que afirma la vida en su cimiento.
Por él nuestra verdad se delimita
contra toda carroña originaria
y el destierro se torna fundamento.


Adolfo Sánchez Vázquez






3278. Romance de la defensa de Málaga

Refugiados en la catedral de Málaga, 1936



Málaga, tu corazón
tiene fronteras de hielo,
que apagarán tus latidos
si no despiertas a tiempo.
Cuchillos que se quebraron
en Madrid frente a un gran pueblo
quieren clavarte la muerte
cuando te cerca ya el sueño.
¡Málaga, la angustia rueda
alrededor de tu cuerpo!
¡Levanta pronto tu pulso
si no quieres verlo muerto!
¡Málaga, responde ahora,
que si no tu voz no la encuentro,
la España que sangra y muere
desde tu arena hasta Oviedo,
te acusará por ser mármol
cuando la lucha está ardiendo!
¡Despierta, pronto, que viene
una muralla de fuego,
desde Estepona a Marbella
para ennegrecer tu suelo,
quemándote las entrañas
con toda la muerte dentro!
¡Vamos todos a la lucha,
con palas, picos y acero,
que por las costas avanzan
para cortarte los pechos!
¡Vamos, Málaga la Roja,
a estrangularlos sin miedo!
Más firmes que las espigas,
aunque la nieve pisemos,
más despiertos que los ríos
que no conocen el sueño,
más duros que el duro mármol,
más calientes, más sedientos,
¡en pie, todos! ¡preparemos
una barrera de pechos!
Nadie duerma, que el fascismo
no duerme, que está despierto.
Que se levanten ardientes
todos los pulsos de hielo.
Que cada garganta fría
sea un surtidor de fuego.
Que cada brazo caído
sea un surtidor de fuego.
¡Málaga, despierta ahora!
¡Que vibre tu pulso a tiempo!
¡Nadie duerma, que la muerte
está rondando tu cuerpo!


Adolfo Sánchez Vázquez