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3206. La modistilla mutilada

La muchacha de la J.S.U.

Las muchachas de las fábricas y de los talleres tienen en Rosario Sánchez una gran compañera.

Rosario pertenecía al "Círculo Juvenil Aida Lafuente". Cuando entre las muchachas del Círculo se evocaba la figura de la heroína asturiana a Rosario se le apretaban los diente ansiosos de venganza. 

Los primeros disparos de la guerra la cogieron ya con el fusil tras una roca. 

Sus diecisiete años los tenía levantados contra el fascismo. Andando entre fusiles, una bomba le arrancó la mano derecha. 

Ahora, ante nuestra bandera, saluda con el puño izquierdo.

Desde entonces ocupó su puesto en la retaguardia; pero, más de una vez, la he visto atravesando el campo hasta llegar a las avanzadillas. 

—¡Aun me queda la mano izquierda!

Es verdad. Le queda la izquierda y, sobre todo, no le falta nunca en sus acciones la mano ardiente del corazón juvenil que la empuja hacia donde el juego de las balas es más intenso y mortífero.


Antonio Aparicio
Ahora, 10 de febrero de 1937






1936. Rosario

Llegada de Rosario Sánchez Mora, "La dinamitera" junto al campesino, al hospital tras estallar una granada casera en su mano


Villarejo de Salvanés, verano de 1936: Rosario Sánchez Mora marcha al frente.

Ella está en clase de Corte y Confección cuando unos milicianos vienen a buscar voluntarias. Arroja al suelo las costurerías y de un salto trepa al camión, con sus diecisiete años recién cumplidos, su falda de volados recién estrenada y un mosquetón de siete kilos que carga, como un bebé, entre los brazos.

En el frente, se hace dinamitera. Y en alguna batalla, cuando enciende la mecha de una bomba casera, un envase de leche condensada relleno de clavos, la bomba estalla antes de ser arrojada. Ella pierde la mano pero no la vida, gracias a que un compañero le ata un torniquete con las cintas de sus alpargatas.

Después, Rosario quiere seguir en las trincheras, pero no la dejan. Las milicias republicanas necesitan convertirse en ejército, y en el ejército las mujeres no tienen lugar. Tras mucho discutir consigue que al menos la dejen repartir cartas, con grado de sargenta, en las trincheras.

Al fin de la guerra, sus vecinos del pueblo le hacen el favor de denunciarla a las autoridades, que la condenan a muerte.

Antes de cada amanecer, espera el fusilamiento.

Pasa el tiempo.

No la fusilan.

Años después, cuando sale de la cárcel, vende cigarrillos de contrabando en Madrid, en los alrededores de la diosa Cibeles.


Eduardo Galeano
Espejos. Una historia casi universal










1423. Rosario, dinamitera

El 21 de abril de 1919 nacía en Villarejo de Salvanés, Rosario Sánchez Mora, la mujer que con tan solo 17 años se alistó a a las milicias populares que combatieron contra las tropas franquistas, la única mujer en la sección de Dinamiteros en Somosierra durante los primeros días de la defensa de Madrid. 

"No tenía miedo a morir sino a que el enemigo acabara con la cuadrilla por un despiste mío en las guardias".

Un día, manipulando la dinamita, el estallido de un cartucho acabó con su mano derecha.

La mujer que no tenía miedo a morir sobrevivió a la dinamita, a la cárcel, a la condena a muerte conmutada. Sobrevivió vendiendo cerillas en la Plaza de Cibeles. Sobrevivió y siguió luchando.

Hoy la recordamos con el poema que Miguel Hernández escribió para ella y con una imagen, regalo de los compañeros de Salvemos Carabanchel.



Rosario, dinamitera

Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.

Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación,
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.

Era tu mano derecha,
capaz de fundir leones,
la flor de las municiones
y el anhelo de la mecha.

Rosario, buena cosecha,
alta como un campanario
sembrabas al adversario
de dinamita furiosa
y era tu mano una rosa
enfurecida, Rosario.

Buitrago ha sido testigo
de la condición de rayo
de las hazañas que callo
y de la mano que digo.

¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!

Rosario, dinamitera,
puedes ser varón y eres
la nata de las mujeres,
la espuma de la trinchera.

Digna como una bandera
de triunfos y resplandores,
dinamiteros pastores,
vedla agitando su aliento
y dad las bombas al viento
del alma de los traidores.


Miguel Hernández
Viento del pueblo, 1937









624. Rosario Sánchez Mora, in memoriam

Rosario Sánchez Mora, "La dinamitera"
(21 de abril de 1919 - 17 de abril de 2008)


"Fui a defender la República porque había triunfado legalmente en las elecciones. Quería sostenerla y me metí yo sola en un autocar lleno de chicos para alistarme como voluntaria. Al final, a pesar de todo el sufrimiento, mereció la pena, porque lo hice por defender unos ideales que para mí eran justos.” 

"Me habían enseñado que debía guiarme por el calor de la mecha para saber que había que tirar la bomba, pero un día la mecha estaba mojada y no prendía por fuera, sino por dentro. Yo estaba en la punta izquierda, de modo que mi brazo derecho rozaba al compañero que estaba a mi lado. La mecha empezó a silbar. Alguien me dijo: ¡tírala! Otro gritó: ¡no la tires! Yo pensé que si la arrojaba hacia delante, podía salpicar la dinamita en los ojos de algún compañero o incluso en los míos. Pensé en darme la vuelta, pero cuando lo hice con toda rapidez no fue lo suficiente, y antes de que me diera tiempo a soltarla, me estalló en la mano derecha arrancándomela de cuajo. Recuerdo que no lloré ni grité. Mis compañeros huyeron y a socorrerme sólo vino un chico que me hizo dos torniquetes con las cintas de sus alpargatas".


Rosario Sánchez Mora

 









451. Yo me resisto

En el centro de la fila inferior, Rosario Sánchez Mora, "La dinamitera"

          Yo me resisto,
          en la calle de los ahorcados,
          a acatar la orden
          de ser tibia y cautelosa,
          de asirme a la seguridad,
          de acomodarme en la costumbre,
          de usar reloj y placidez,
          aventura a cuerda,
          palabra pálida y mortal
          y ojos con límites.
          Yo me resisto,
          entre las muelas del fracaso,
          a cumplir la ley de cansarme,
          de resignarme,
          de sentarme en lo fofo del mundo
          mortecina de una espada lánguida,
          esperando el marasmo.
          Yo me resisto,
          acosada por silbatos atroces,
          a la fatalidad
          de encerrarme y perder la llave
          o de arrojarme al pozo.
          Con toda la médula
          levanto, llevo, soy el miedo enorme,
          y avanzo,
          sin causa,
          cantando entre ausentes.


          Amelia Biagioni







162. Rosario y Felisa




Entre la docena de mujeres (hay alguna más) que lleva la Brigada en sus filas, sobresalen Rosario y Felisa. Las dos son muchachas de dieciocho años; aquélla morena de ojos negros y ésta morena de ojos transparentes. Rosario tiene un temperamento fogoso que ha desahogado en el Guadarrama haciendo bombas y arrojándolas al enemigo. Le avergüenza que muchas mujeres vayan a presumir y a mujerear a las trincheras. La dinamita le ha comido la mano derecha, y ella dice que aún tiene la izquierda para seguir haciendo bombas, tarea que aprendió de un minero asturiano, ya muerto por el pueblo en los barrancos de la sierra. No puede estar quieta, inactiva. Es más útil con la sola mano que le queda que muchos hombres con dos y con fusil. Se pelea con el Campesino porque no la deja acercarse a las trincheras, donde ella quisiera estar metida a todas horas.

-¡Me da una rabia no ser hombre! -me ha dicho con la sinceridad de campesina  pura. Y la he visto más mujer que nunca.

Felisa habla poco. Trabaja mucho y siempre parece andar envuelta en el resplandor del agua mediterránea de sus largos ojos. Va a todas partes con su  máquina de escribir en la mano y no interrumpe su escritura, ni las bombas que la rodean de continuo ni los obuses que entran de cuando en cuando hasta la habitación en que imprime las palabras del Campesino, que le dicta entredormido, después de duros y prolongados combates. Cuando Felisa acaba su trabajo, son las dos y las tres de la madrugada. Entonces se duerme sobre su silla y se la oye menos que despierta. Lo único ruidoso en ella es su máquina. Pero, a pesar de todo, parece andar descalza y hablar con una lengua de lana dulce.


Miguel Hernández
Hombres de la Primera Brigada Móvil de Choque
Ayuda, portavoz de la solidaridad. Madrid, 23 de enero de 1937










15. Rosario Sánchez Mora, "La Dinamitera"


“Mi lucha mereció la pena"



María Torres / 2010

Rosario trascendió la levedad de la vida cuando Miguel Hernández la inmortalizó en su poemario Vientos del pueblo (1936-1937): “Rosario, dinamitera, sobre tu mano bonita, celaba la dinamita sus atributos de fiera [...] ¡Bien conoció el enemigo la mano de esta doncella, que hoy no es mano porque de ella, que ni un solo dedo agita, se prendó la dinamita y la convirtió en estrella!”. Ese poema detalla en unas líneas un día de 1936, al poco estallar la Guerra española. Aquel día Rosario perdió su mano derecha manipulando dinamita. Apenas tenía experiencia. Unas semanas antes, el 19 de julio de 1936, con 17 años, se había incorporado a las milicias populares para detener desde el frente de Somosierra, a las tropas rebeldes del general Emilio Mola.

Rosario Sánchez Mora, nació en Villarejo de Salvanés, Madrid, el 21 de abril de 1919. Su padre, Andrés Sánchez, se dedicaba a fabricar carros, galeras y aperos de labranza. Huérfana de madre desde muy joven, cuando tiene 16 años se traslada a Madrid para vivir con unos vecinos de Villajero, que se la habían traído con ellos para cuidar a sus hijos. Ellos habían cuidado de Rosario cuando murió su madre. Su padre no quería que se marchara del pueblo, pero al final accedió con la condición de que aprendiera corte y confección. Él hubiese preferido que estudiara para comadrona o maestra, pero sin dinero para pagar los estudios, un oficio era lo más que podía ofrecerle. Andrés se había vuelto a casar y tenía otros cinco hijos de su segundo matrimonio, de modo que no le pareció mal que su hija mayor se marchara a la capital para labrarse un futuro.

Nada más llegar a la ciudad Rosario se hace militante comunista y comienza a trabajar como aprendiz de corte y confección en un Círculo Cultural de las Juventudes Socialistas Unificadas en Madrid. Esa era su vida cuando estalla la Guerra Civil Española.

En la madrugada del 19 de julio de 1936, decenas de camionetas partieron rumbo a Buitrago repletas de jóvenes que se habían ofrecido voluntarios para combatir. Entre ellos viajaba una muchacha de diecisiete años, Rosario Sánchez Mora. Se había alistado la tarde anterior, sin decir nada a su familia, en el centro cultural Aída Lafuente de la Juventud Socialista Unificada. Fue una de las primeras.

Rosario y sus compañeros fueron encuadrados en una de las unidades de choque que se batían con el enemigo en primera línea de fuego, a las órdenes de un muchacho de veintiséis años, robusto, de mediana estatura y barba cerrada: Valentín González, al que todos apodaban El Campesino. Con un mosquetón de siete kilos de peso y sin otras nociones de armas que las que recibió en la trinchera, Rosario comenzó a pelear como un miliciano más en una línea del frente que se prolongaba a través de kilómetros.

Tras dos semanas de enfrentamientos, en los que lograron contener a los rebeldes, la guerra en la sierra dejó de ser una batalla abierta para convertirse en una batalla de posiciones. Rosario fue destinada entonces a la sección de dinamiteros. El grupo tenía su base en una casa abandonada a unos cinco kilómetros de la línea de fuego, donde disponían de un pequeño polvorín en el que almacenaban los explosivos y se confeccionaban unas rudimentarias bombas. Los artefactos eran botes de leche condensada reciclados hasta convertirse en granadas de mano. El proceso era simple: se llenaba la lata con clavos, tornillos y cristales, y sobre ellos se vertía la dinamita. Después se cerraba el bote con su propia tapa y se ataba con una cuerda y trapos para que no se derramase el contenido. La tarea más peligrosa era colocar el fulminante y la mecha para que aquello estallara.

La mañana del 15 de septiembre, Rosario y diez compañeros aprendían a efectuar una descarga con cartuchos de dinamita, mucho más fáciles de manejar que las bombas lata. Rosario estaba situada la última a la izquierda. Cuando prendió su mecha, la oyó silbar. La noche anterior había llovido y estaba húmeda. Se quemaba por dentro, pero no por fuera, y no sintió el calor de la llama en la uña de su dedo pulgar, que indicaba el momento de lanzarla. El cartucho estalló en su mano derecha, que quedó destrozada por encima de la muñeca. Herida de gravedad, la operaron en el hospital de la Cruz Roja en La Cabrera, donde consiguieron salvarle la vida.

Llevaba varios días convaleciente en el hospital cuando el filósofo y catedrático de la Universidad Central de Madrid José Ortega y Gasset acudió a visitarla al conocer la historia de una muchacha muy joven que había perdido una mano en el frente. Iba camino de Valencia y aprovechó el viaje para informar de lo ocurrido al padre de Rosario, que esa misma noche se desplazaron al hospital. Andrés, ferviente republicano y presidente de Izquierda Republicana en Villarejo de Salvanés, el valor de su hija le llenaba de orgullo.

La unidad de choque de El Campesino se había convertido en la 10ª Brigada Mixta, con más de tres mil hombres, y su comandancia estaba en el convento de las clarisas de Alcalá de Henares. Rosario fue recibida como una heroína y destinada al Comité de Agitación y Propaganda. La estancia en Alcalá fue corta, apenas unas semanas, porque El Campesino trasladó su Estado Mayor a Ciudad Lineal, primero, y a un chalé en el número 11 de la calle de O’Donnell de Madrid, después, y Rosario se fue con él como encargada de la centralita del edificio. Antonio Aparicio, el joven poeta sevillano al que había conocido en Alcalá, se convirtió en uno de los habituales del lugar y pronto entablaron amistad. Un día vino acompañado de otro poeta y amigo al que, por sus palabras, rendía veneración. Éste no era otro que Miguel Hernández, que había escrito un poema a aquella joven de cuyas hazañas en el frente tanto le hablaba su compañero. Se lo presentó y le dio a leer los versos. La amistad con Antonio se amplió también a Miguel, y con el tiempo a Vicente Aleixandre.

Una mañana irrumpió en las oficinas un joven al que Rosario no había visto nunca. Era alto y apuesto, el pelo ondulado y los ojos claros. Un latigazo le recorrió el corazón. Desde entonces esperaba con impaciencia sus visitas, que comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes. Del cruce de miradas pasaron a los saludos y a animadas charlas. Se llamaba Francisco Burcet Lucini, tenía veinte años y era sargento de la Sección de Muleros de la Brigada. Comenzó a cortejarla y semanas después, azorado y nervioso, le pidió relaciones. Rosario aceptó. Su recién estrenado noviazgo se limitaba a encuentros fugaces y a algún breve paseo por el Retiro. Nunca fueron juntos al cine, ni ella le dejó que la cogiera de la mano, y mucho menos que le diera un beso.

Había transcurrido un año de guerra cuando se le presentó la ocasión de volver al frente. La 10ª Brigada Mixta de El Campesino en el verano de 1937 intervino en una ofensiva hacia Brunete para intentar atrapar a las fuerzas nacionales que sitiaban Madrid desde el suroeste. Rosario fue elegida para convertirse en cartera del frente, encargada de ser el nexo de unión con el Estado Mayor en la capital y de llevar la correspondencia de los soldados. Las cartas para el frente se recibían en una dependencia situada en el número 18 del paseo del Prado.

Un grupo de muchachas las ordenaban por brigadas, batallones y compañías, y las introducían en sacas debidamente identificadas. A las ocho de la mañana, Rosario y sus compañeros acudían puntuales a recoger la correspondencia, y sin demora se dirigían dando un rodeo para evitar las zonas más próximas a las posiciones enemigas, aunque en más de una ocasión fueron tiroteados al introducirse por error en territorio controlado por los nacionales. Hasta que el 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, los nacionales recuperaron de nuevo Brunete.

Rosario regresó a Alcalá y se caso con Paco, que llevaba meses insistiendo en ello. El enlace por lo civil se celebró el 12 de septiembre, acompañados de familiares y amigos. Alquilaron una modesta vivienda en la localidad, donde vivieron su pasión durante unas semanas intensas. Rosario se quedó embarazada, pero su felicidad duró poco. El 21 de enero de 1938, Paco partió rumbo a Teruel. Durante meses su único contacto fueron las cartas que se escribían. Angustiada por semanas de espera sin nada que hacer, limitándose a ver pasar los días desde su estado de gravidez, Rosario comenzó a trabajar en la oficina que Dolores Ibárruri, La Pasionaria, había organizado en el número 5 de la calle de Zurbano para reclutar mujeres que cubrieran los puestos de trabajo que los hombres dejaban libres cuando marchaban al frente. Estuvo hasta el 22 de julio, cuando dio a luz a una niña en el hospital de Santa Cristina, a la que puso de nombre Elena.

Las cartas de Paco dejaron de llegar y Rosario no supo si había muerto, había logrado escapar a Francia o era uno de los miles de prisioneros que hicieron los nacionales en su avance. El 26 de enero de 1939, las tropas de Franco entraban en Cataluña, y tres meses más tarde lo hacían en Madrid. La guerra había terminado. Rosario dejó a su hija en buenas manos e intentó escapar por Alicante con su padre, donde fueron capturados con otros quince mil republicanos que esperaban exiliarse a bordo de barcos de la Sociedad de Naciones que nunca llegaron a puerto. Fueron conducidos al campo de los Almendros, donde fusilaron a Andrés. Rosario fue liberada y trasladada semanas después a Madrid, donde fue detenida de nuevo por vecinos falangistas de su pueblo, que la encarcelaron en la prisión de Villarejo y después en la de Getafe mientras se incoaba el procedimiento sumarísimo de urgencia. La petición fiscal de muerte fue conmutada por 30 años de reclusión por un delito de adhesión a la rebelión. Ella, que había defendido la legalidad republicana, era acusada de haberse levantado contra quienes la violentaron.

Su primer destino fue la prisión de Ventas, convertida en un enorme almacén humano en el que se hacinaban más de cuatro mil mujeres, pese a que su capacidad era de cuatrocientas. En ella permaneció por espacio de dos meses y medio, hasta su traslado a la prisión de Durango, un antiguo convento de monjas. Comenzaba un periplo carcelario que habría de llevarla a las cárceles de Orúe y finalmente a la de Saturrarán, donde el 28 de marzo de 1942, tras sufrir tres años de encierro y todo tipo de calamidades, fue puesta en libertad gracias a los beneficios penitenciarios que el nuevo régimen se veía obligado a decretar periódicamente para aliviar sus prisiones. El mismo día en que ella pisaba de nuevo la calle moría en la prisión de Alicante Miguel Hernández.

Desterrada a doscientos kilómetros de Villarejo, Rosario marchó a Samprón, una pequeña aldea del Bierzo leonés, en el que vivía una compañera de prisión que había recuperado la libertad antes que ella. Durante dos meses, la guerra se convirtió en un recuerdo lejano, hasta que el instinto por recuperar a su hija le hizo regresar a Madrid pese a la prohibición de hacerlo. En la capital buscó la ayuda de otra compañera, Rufina Núñez, que la acogió en su domicilio. Las semanas siguientes descubrió que su hija Elena estaba al cargo de su suegra.

Acababa de cumplir cuatro años y era una niña espigada y flaca que rompió a llorar cuando aquella desconocida que decía que era su madre la abrazó con toda la fuerza de que fue capaz. La vida pareció recuperar el sentido, Tan sólo faltaba Paco, de quien su suegra le aseguró que no sabía nada desde el final de la guerra. Tuvo que ser su cuñado José Luis quien le desvelara que su marido vivía en Oviedo, se había vuelto a casar y tenía dos hijos. El régimen de Franco había anulado los matrimonios civiles de la República y ella era, a efectos legales, una madre soltera.

Viajó a Asturias en su busca, pero tampoco lo encontró. Le dijeron que hacía nueve días que se había mudado con su familia a Barcelona en busca de trabajo. Pensó que todo había terminado. Rehízo su vida con un hermano del marido de Rufina, con quien tuvo otra hija, se separaron al cabo de dos años y ella comenzó a vender tabaco americano de contrabando en la plaza de Cibeles. Hasta allí fue a su encuentro Paco. Cuando se encontraron habían transcurrido quince años desde su despedida en marzo de 1938. Demasiado tiempo para que todo volviera a ser igual.

Falleció el 17 de abril de 2008. Fue enterrada en el cementerio civil de Madrid, donde yacen los restos de Pablo Iglesias y Dolores Ibárruri. Rosario Dinamitera, el poema, pronunciado en los primeros minutos del sepelio, fue el mejor responso y el mejor homenaje.

Rosario se fue diciendo que la lucha por la III República no había muerto en su corazón.

“La mía ha sido una vida dura y valiente, porque si no le hubiera echado agallas no sé qué habría sido de mí"





Miguel Hernández/Vicente Monera "Rosario, dinamitera"