Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Francisca Aguirre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisca Aguirre. Mostrar todas las entradas

2917. Los trescientos escalones

Francisca Aguirre y Guadalupe Grande. Fotografía: Demian Ortiz


Estaba todo quieto en la casa apagada.
Hasta el día siguiente, hasta sabe Dios cuándo
el silencio reinaba como un ídolo antiguo.
No funcionaban las leyes de tráfico,
esas imprescindibles ordenanzas
que hay que acatar para transitar el pasillo.
Es como si la noche propusiera una tregua,
como si al apagar la luz se apagara el peligro.
Escucho. Nada. Todos callen unánimes.
Mirar la oscuridad es profesar de muerto:
los ojos van de lo negro que nos habita
a lo negro que nos envuelve.
Somos los apagados, los ausentes,
los que gavillan tiempo en sus muñecas;
somos los auditores del silencio
y ese silencio es como un túnel por el que sólo avanza el tiempo.
No ver, no estando ciegos, es hundirse en el tiempo.

El armario, con su puerta entreabierta, da a las costas de Francia.
Oigo los barcos que salen o entran por el puerto del Havre.
Veo tres niñas muy contentas, en Barcelona,
porque se iban de viaje:
se acababan los bombardeos,
ya no tendrían que esconderse debajo de aquella escalerita
que conducía a las habitaciones superiores
mientras oían, espantadas, el agudo silbido de las bombas.
Nos íbamos, nos íbamos a Francia.
Y así, llegamos a Bañolas:
nosotras contentísimas de ver el lago,
papá, mamá y la abuela
arrastrando su corazón, empujándolo a la frontera.
París fue para mí, durante mucho tiempo, un gato.
Había un gato en aquella pobre pensión en que vivimos,
un gato que dormía al lado de una estufa.
Yo nunca vi París: tan sólo vi ese gato.

Y nos fuimos al Havre para tomar un barco.
Nosotras con dos muñecos y un monito,
papá con su caja de pinturas y un sueño acorralado,
un sueño convertido en pesadilla,
un sueño multitudinario
arrastrado como único equipaje
por una inmensa procesión de solos.
Pero aquel barco no llegó a su puerto:
esperamos, mientras mamá, para alumbrarnos,
cantaba algunos días El niño judío: "De España vengo, soy española"

No llegó el barco. Llegaron aviones alemanes.
Hubo que caminar a gatas por las habitaciones del hotel,
que estaba frente al puerto.
Aquel hotel tenía un nombre,
se llamaba "La Rotonde de la Gare".
Papá pintaba. Y como Modigliani,
iba a ofrecer sus cuadros a las gentes. Tampoco a él le compraban.
Nosotras aprendimos francés en dos semanas.

El reloj de La Gare ha dado un cuarto,
papá me dice que levante la cara un poco más,
dos o tres pinceladas y termina el retrato.
Mi padre, no sé bien por qué, me pintó de japonesa.
Para siempre quedé con mi abanico,
con los ojos ligeramente oblicuos y asombrados,
en una edad más bien indefinida
y con una diadema de pensamientos sobre el pelo.

Papá, vamos al puerto, vamos al puerto ahora que hay tiempo
y luego vámonos corriendo a ver el Bois des Hallates,
vamos, que se perdió tu cuadro y ya sólo podré verlo contigo y para siempre.

Papá, perdimos tantas cosas
además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste
nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.
Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,
que tal vez me dijiste entonces
que había que subirlos y bajarlos
y para eso los pintaste 
y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiera subir,
vivir, y una escalera para descender,
callar,
y sentarme a tu lado como entonces.

Me he levantado para cerrar la puerta del armario.
Está mi casa sosegada,
apenas en el aire zumba tenue la remota sirena de un barco.
Los que más amo duermen:
mi hija, arropada en sus nueve años
y Félix indefenso ante sus treinta y ocho.
Al fin se extingue el eco de los barcos.
vuelvo a la cama.
—Buenas noches, papá. Hasta mañana si Dios quiere. Que descanses.


Francisca Aguirre
Los trescientos escalones, 1976







2814. Paisajes de papel. En recuerdo de Francisca Aguirre

Aquella infancia fue más triste. 
Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible. 
Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento. 
Éramos serios y aburridos. 
Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces: 
sin resquicios y tristes. 
Veo a mis pocos años observar con ahínco, 
tras el cristal opaco, la calle larga y gris; 
el sol estaba lejos y era lo único barato, 
lo único que traía alegría sin exigirnos nada. 
Veo a mi niña, adulta y consecuente 
con un programa bien trazado: 
crecer, crecer muy pronto, darse prisa 
—ser niño era una carga demasiado pesada 
para nosotros y para los grandes—. 
Sólo en verano el mundo parecía asequible, 
durante tres o cuatro meses saltar, correr, era la vida. 
Lo gris volvía siempre muy pronto. 
Un día amanecimos lentas, crecidas, 
llenas de miedo, de presente. 


Buscábamos palabras en el diccionario 
con el afán de comprenderlo todo: 
necesitábamos hacer lenguaje. 
Algunos nos miraron con asombro, 
decían que éramos inteligentes. 
Nosotras, durante los dolientes domingos 
dibujábamos inseguros paisajes. 
Durante mucho tiempo ésas fueron todas mis excursiones. 
Salir a un campo que no fuera pintado 
suponía gastar unos zapatos. 
Salir, salir, ése era el sueño, 
abolir a las trenzas, inaugurar la barra de labios: 
¡mi reino por un trabajo! 
¿Cómo rendir ahora un homenaje a aquellos días? 
¿Cómo añorarlos sin desconfianza? 
Se arrugaron, igual que los paisajes de papel, 
mientras crecíamos hacia este desconsuelo que hoy nos puebla


Francisca Aguirre
Ítaca, 1972






2685. Cementerio





Tiene también la sangre sus revoluciones,
sus líderes y demagogos
que arengan al pueblo de las ansias
congregado en el corazón.
Tiene también la sangre sus masacres
—en nombre de oscurísimas razones—,
en las que mueren tantos inocentes:
los de pequeña voz, los tímidos
que no saben exponer sus deseos;
menos aún, imponerlos.
Mueren entre las venas, y de manera irrevocable,
lo mismo que acontece entre la historia.
Muere toda una grey de tristes oprimidos, pero
en la espantosa servidumbre del reemplazo
sucumben a su vez los opresores
sin que exista un recodo, un breve hueco
en que dejar sobre una lápida
constancia de su paso.
En la anónima fosa de la sangre
yacen mezclados víctimas y verdugos;
y en las terribles horas de la comprensión
qué imposible resulta distinguir
del corrompido olor de la esperanza degollada
el agrio aroma de sus asesinos.


Francisca Aguirre
Ítaca, 1972










2161. El último mohicano



El 27 de octubre de 1930 nacía Francisca Aguirre. Fue una niña de la guerra y la posguerra españolas, hija del pintor Lorenzo Aguirre, ejecutado en 1942 por la dictadura franquista mediante garrote vil en la prisión de Porlier, cuando ella tenía doce años. Esté trágico hecho marcó su vida y su obra.


El último mohicano

No tuve nada, y sin embargo, de algún modo,
comprendo que lo tuve todo
no teníamos nada, nada, salvo el miedo, el dolor,
el estupor que produce la muerte.
Cuando mataron a mi padre, nos quedamos en esa zona
de vacío que va de la vida a la muerte
dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados,
como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de pronto,
ahí nos quedamos, como peces en una pecera sin agua,
como los atónitos visitantes de un planeta vacío.
Nada teníamos, aunque también es cierto que ya nada queríamos.
Recuerdo bien que a mi hermana Susi y a mí
nos dieron la noticia en el cuarto de aseo de aquel colegio
para hijas de presos políticos.
Había un espejo enorme y yo vi la palabra muerte
crecer dentro de aquel espejo hasta salir de él y alojarse
en los ojos de mi hermana
como un vapor letal y pestilente.
Nada ha logrado hacerme olvidar aquellos ojos
salvo algunas horas de amor en que Félix y yo éramos
dos huérfanos, y el rostro milagroso de mi hija.
Y nada más tuvimos durante mucho tiempo
pero mamá tuvo menos que nadie,
mamá quedó como un espejo sin azogue,
lo perdió todo, salvo un hilo delgado que la unía a nosotras.
Y por aquel inconcebible puente, como tres hormiguitas, íbamos y
veníamos a su estatua de vidrio restituyéndole el azogue.
Volvió a nosotras desde el país del hielo.
Y volvió tan absolutamente, que gracias a ella, nosotras,
que nada teníamos, lo tuvimos todo.
Mamá fue nuestro esparzo nuestro guerrero del antifaz, el país de las hadas, la abundancia dentro de la miseria,
nuestro mejor amigo, nuestro escudo contra los moros,
la enamorada de las bellas artes
la que hizo posible que papá no muriera,
la que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros.
Mamá fue quien nos dijo que mi padre admiraba a los griegos,
que adoraba los libros, que no podía vivir sin la música,
y que fue amigo de Unamuno.
Cierto que no tuvimos nada.
Que muchas veces nos faltaba todo
Pero aunque algunos días no comimos,
tuvimos una radio para oír a Beethoven.
Y un día de reyes de 1944 mamá y los tíos fueron al Rastro.
Nos compraron tres libros: La Cuesta encantada, Nómadas del Norte y el último mohicano.
Dios sabe cuántas veces habré leído esos libros.
Mamá nos trajo El último mohicano. Y de la mano de ese
indio solitario entramos en el mundo de lo maravilloso.
Y lo tuvimos todo para siempre.
Y ya nadie podrá quitárnoslo.


Francisca Aguirre









1932. Quince de abril de mil novecientos treinta y ocho

Quince de abril de mil novecientos treinta y ocho

Yo tenía ocho años. Estábamos en guerra, pero la primavera estallaba en las Ramblas catalanas. Aferrada a mis trenzas, contemplaba el horror a través de las flores. Miraba y no entendía. En aquel tiempo el mundo era sólo un relato sin final. El Perú no existía, nada sabía de él y menos aún de ti que te acababas dándomelo todo. Y más tarde dijeron que habías muerto.

Cómo es posible que te hayas muerto para siempre, tú que estabas tan hecho para vivir entre los hombres, tú a quien tanto necesitábamos. Cómo es posible que no podamos verte, que no podamos abrazarte, darte calor, consolarte de tantos malos tratos, invitarte a café y charlar un rato. Cómo nos ha podido acaecer este desastre, este absurdo suceso de perderte, esta desolación de abrir un libro y que no estés a nuestro lado. Semejante calamidad no hemos merecido. Porque, César, maestro interminable, si te hubieses quedado, si no te hubieras ido, seguro, segurísimo que te habríamos seguido como un perro, que nada nos hubiera separado de ti, que tu dolor habría sido el nuestro, tu pérdida y tu soledad también. Ay César y Vallejo y peruano universal, ay Cholo, qué infortunio, cómo es posible que el tiempo criminal nos haya golpeado de este modo, qué le hicimos nosotros que éramos niños cuando te nos fuiste y nada le podíamos haber robado a nadie, qué le hicimos para semejante injusticia.

Estábamos creciendo en la terrible España y te necesitábamos y te hubiéramos dado todo cuanto quisieras, y ya teníamos dispuesta para ti una cena infinita, una cena con sol, con pan crujiente y un inmenso mantel, un mantel en donde cupieran todos tus nos, tus todavías y ese llanto terrible y generoso que nos ha hecho germinar hacia la vida. Padre y maestro mágico, púa audaz de una eterna vihuela subterránea, no puedo consolarme de tu ausencia y escarbo entre las ruinas de mi infancia, entre los estertores de una guerra que descansa por fin encuadernada, y desentierro mis muertos más queridos, ésos que convulsionan mi pobre corazón y todo esto lo hago, remontando mis ruinas venideras, tan sólo por hallarte, tan sólo por escuchar tu voz que nunca oí y que amo tanto.

Quiero creer que en algún sitio, amado ser, amado estar, oirás mi quebranto, escucharás la llamada de la niña aquella y sabrás de qué manera, milagrosa y orgánica, has sido el desayuno inacabable de mi vida, el principio hecho luz y llanto y dolorosa compasión de aquella triste infancia desgarrada que aún arrastro. Lates sobre mi corazón más que la sangre y no quiero dejarte en tu morada oscura. No vuelvas a morirte, no nos dejes. Valor, vuelve a la vida. Y mientras tú regresas, muerto inmortal, seguiremos llorando tu abandono y nunca acabaremos de creer que te nos hayas muerto para siempre, ¿lo oyes, César?


Francisca Aguirre
Los poetas, con César Vallejo
Cuadernos Hispanoamericanos. Núm. 456-457, junio-julio 1988








1664. Hace tiempo

Francisca Aguirre - (Alicante, 27 de octubre de 1930)


Francisca Aguirre fue una niña de la guerra y la posguerra españolas, hija del pintor Lorenzo Aguirre, ejecutado en 1942 por la dictadura franquista mediante garrote vil en la prisión de Porlier, cuando ella tenía seis años. Esté trágico hecho marcó su vida y su obra.


Hace tiempo 

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado. 

Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren. 


Francisca Aguirre