Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Zaragoza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zaragoza. Mostrar todas las entradas

3324. Luis Jubert

Corrían los días brumosos de diciembre del 36. Las vertientes de la Sierra de La Serna,  próximas a Belchite, ardían de pólvora y de entusiasmo. La dinámica inteligencia  de un militar iba de una parte para otra, siguiendo el curso de la lucha, señalando nuevas posiciones, alentando con su ejemplo a sus soldados. El enemigo resistía en sus reductos, más el entusiasmo e intrepidez de nuestros hombres, que la importancia del material bélico que éstos empleaban. Una arenga a sus muchachos, una llamada encendida de fe a los corazones, y una tromba humana que se lanza a la conquista de los primeros parapetos enemigos. Una tras otra, son tres las líneas de trincheras que pasan a poder de nuestros soldados. Una nube de pólvora envuelve la arrogante figura de un hombre que avanza solo, como vanguardia audaz del Ejército libertador. Solo, con su pistola de oficial, por todo armamento. Luis Jubert, tal era el hombre, marchaba adelante, cabalgando ya en las alas del triunfo. A las voces de aliento de los camaradas que le seguían, todavía tuvo tiempo para repetirles, entusiasta: «¡La Serna, o yo! ..». Y fué La Serna la que cobró el tributo de sangre de aquel luchador. Herido ya en un brazo, al asaltar un nuevo parapeto, una siniestra ráfaga de plomo mordió en el pecho ardiente del héroe...

Luis Jubert era capitán en el antiguo Ejército. Sus ideas y sus convicciones liberales habían sido causa de que en octubre de 1934, fuera degradado y encarcelado. Allí conoció todavía más de cerca la injusticia de una sociedad cimentada en una desigualdad irritante; ni que decir tiene que sus convicciones antifascistas salieron fortalecidas de la prisión. 

Llegado el 19 de julio, Luis Jubert al trente del Regimiento de Chiclana, fué uno de los primeros militares que se pusieron entusiastamente al lado del pueblo. El supo sacrificar todos sus intereses, sus conveniencias y sus ideas por el triunfo de la libertad que el apetecía. Descendiente de una familia de reconocida historia liberal, Jubert afirmó su lealtad con el sacrificio de cuanto le era querido. «Prefiero que toda mi familia perezca en la indigencia antes que la República se pierda». Así se despidió Jubert de sus amigos, cuando el alto mando le señaló Aragón como teatro de sus heroísmos.

Llegado a Aragón, pronto se destacó por su valor y por el conocimiento magnífico que en el aspecto militar tenía, además de granjearse rápidamente la simpatía de todos sus soldados, que en él tenían el más aleccionador y elevado de los ejemplos. Cuando todo en el campo dormitaba, cuando sólo la vigilancia de los centinelas aseguraba al pueblo de una sorpresa enemiga. Jubert permanecía en su puesto de mando, hasta altas horas de la madrugada, siempre concibiendo algún plan estratégico con que sorprender al enemigo. No conocía el descanso. Todas las horas del día eran hábiles para él.

Repitió varias veces los ataques sobre las posiciones de Monte Lobo, Belchite y La Serna, consiguiendo señalados éxitos en todos ellos. Su preocupación constante era la ocupación de la sierra de La Serna, en cuya conquista cifraba la caída de Belchite. Y el 7 de diciembre concibió el asalto definitivo a aquellas posiciones enemigas, en cuya operación ofrendó su vida, dedicada por completo a la causa del pueblo. 

Los soldados de nuestra división, compañeros en su mayoría del héroe, en aquellos días de emoción y de gloria, perpetuaron su memoria, denominando a su columna «División Luis Jubert»

Nosotros, que no gustamos de prodigar los aniversarios por un simple afán literario, hemos creído un deber de compañerismo y justicia dedicar unas líneas a la memoria del capitán Luis Jubert, que fué, en su vida, uno de los más firmes y reconocidos valores de nuestra División, a la que dedicó sus mayores afanes, y en la que recogió el cariño de sus soldados, que en todo momento le admiraron.

Que el recuerdo del caído estimule a nuestros soldados, para prodigar el heroísmo, el valor y el entusiasmo magníficos que poseía el malogrado compañero Jubert.


25 División
Enero de 1938







3145. María Domínguez, alcaldesa de Gallur

La alcaldesa de Gallur, María Domínguez, despachando con los alguaciles del Ayuntameinto, Angel Herrero y Nicolás Blasco
(Foto: Martínez)


Si las mujeres mandasen 
en vez de mandar los hombres 
serían balsas de aceite... 

Las mujeres —memoria de Miguel Ecbegaray, recuerdo de Gigantes y Cabezudos— mandan ya. 

Mandan, por lo menos, en Aragón. Y no hay que esperar esa tradicional fiesta de Santa Águeda, en que, una vez al año, las mujeres son dueñas de elegir para bailar al mozo que más les guste. Ahora mandan de una manera permanente y sobre algo más que los sentimientos: sobre realidades políticas y sociales, y hasta cuidan de mantener de una manera paradójicamente enérgica el orden público. 

En Gallur, a cincuenta kilómetros de Zaragoza, pueblo de fina sensibilidad profundamente removida en los días, todavía recientes, del cambio de régimen en España, manda una mujer: la alcaldesa. Esta alcaldesa, María Domínguez, de un socialismo idealista, que no se somete a la rígida disciplina de un partido; mujer inteligente, instruida, si acaso un poquito bachillera, a quien, por el lugar de su nacimiento —un pequeño pueblo de Aragón—, conocían los elementos izquierdistas de la región por María la del Pozuelo. 

María Domínguez, mujer humilde, es esposa de un hombre modesto, que practica el oficio de esquilador. Ha cursado, sin poderlos terminar, los estudios del Magisterio, es una autodidacta que desbordaba sus anhelos de ternura, de comprensión, de amor al pueblo, en artículos aparecidos, sin intermitencias de desmayo en un semanario humilde también: El ideal de Aragón, editado allá en las montañas de Graus, el refugio áspero de aquel áspero genio español, guión de la nueva política española, que se llamó Joaquín Costa.

Posee María Domínguez ese buen sentido, la serenidad bondadosa, pero recia, que caracteriza a la dueña en Aragón, y que la capacita plenamente para el gobierno, no siempre sencillo, de su hacienda. La hallan en su casita de Gallur, durante el breve reposo que le consienten las funciones públicas que ejerce, y después de una comida excesivamente sobria, condimentada solícitamente por unas buenas mujeres con las que convive. Le preguntamos: 

—¿Considera usted apta a la mujer aragonesa para el mando de los pueblos?

Ella, con naturalidad de la que está ausente la pedantería, nos responde: 

—¿Por qué no? La mujer puede tener autoridad. No es la mujer; no es la persona quien manda. Es la ley. Y la ley la sabe hacer respetar, desde luego, una mujer aragonesa. 

No hace mucho tiempo —afirma con rotundidad— en este pueblo, roído por los rencores, que poco a poco he logrado apaciguar, hubo noticias de que algunos extremistas preparaban una subversión contra la autoridad legítimamente constituida. Me impuse ante el deber, y ordené pregonar un bando en el que decía: «No se autorizará manifestación pública de ningún género hasta tanto que las circunstancias aconsejen otra cosa, y todo intento de alteración del orden será reprimido con toda energía, advirtiendo que en la cuestión social tanto patronos como obreros se conducirán debidamente, en la inteligencia que los autores o promotores de cualquier alteración de la paz pública serán puestos a la disposición de las autoridades superiores, para que les sea aplicada la ley de Defensa de la República, si con su proceder diesen motivo a ello.» 

Fué eficaz. La paz no se alteró, y el asalto al Régimen no se intentó siquiera. 

¿Cómo fué —nos hemos preguntado antes de preguntárselo a ella— que María Domínguez, María la del Pozuelo, quedara designada alcaldesa de un pueblo importante, populoso, de vega espléndida, de un pueblo difícil, como el pueblo de Gallur? Pues fué... eso: el arbitrio afortunado para que en un lugar abierto a todos los vientos violentos de la nueva política social se moderasen las exaltaciones, negativas y peligrosas. 

Entre dos bandos de hostilidad irreductible, María Domínguez era la paz. María Domínguez, que daba lecciones particulares a diez y ocho niños, los cuales, a los siete años, ya conocían las cuatro reglas fundamentales de la Aritmética, y la de interés simple, y la de intereses compuesto, y la de descuento; que se ayudaba esforzadamente para mejorar su vida cosiendo colchas guateadas; que escribía artículos, y que había fundado en Gallur la Unión General de Trabajadores, con setecientos afiliados, aunque luego quedara separada de la organización por rivalidad pueblerina con algunos de sus cabecillas. 

El delegado que enviara el gobernador civil de Zaragoza para sustituir al anterior Ayuntamiento, de raigambre monárquica, por una Comisión gestora, no vaciló, y doña María Domínguez fué nombrada alcaldesa de Gallur. Con evidente acierto para la comunidad. Con positivo perjuicio para esta buena mujer aragonesa, obligada a abandonar las ocupaciones que eran fundamento de su vida, y que consagra a la mejor administración del pueblo sus más puros entusiasmos. 

María Domínguez —por si alguien piensa lo contrario— no pretende hacer «carrera política». Ella cree que debe haber mujeres concejales y mujeres diputados, y que misión principal de las mujeres que manden debe ser procurar para la escuela y para la paz universal. Pero otras; Ella, no. Ella aspira a una plaza de inspectora auxiliar del Ministerio del Trabajo, y redimirse, cuando las circunstancias se lo consientan, de la pesada carga de la alcaldía. 

Entusiasta en un tiempo de las doctrinas de Pi y Margall; enamorada más tarde de un socialismo idealista; libre de todas las impurezas de la realidad; defensora con ardimiento de que se mejore y se entone el trabajo de la mujer en la República; partidaria de que cada labrador tenga un pedazo de tierra suyo que cultivar; con una exacta visión de que la política en los pueblos es, ante todo, personalismo, y no del más noble personalismo; doña María Domínguez, la alcaldesa de Gallur, tiene como programa administrar justamente las 156.613 pesetas a que asciende el Presupuesto municipal. Atender al pago de la construcción del cuartel para la Guardia civil; destinar siete mil pesetas para añadir una nave a las escuelas; invertir 9.600 en el arreglo de unos caminos vecinales y mantener una reserva prudencial para poder acudir en casos urgentes a remediar determinadas crisis de trabajo. 

—Sobre todo —nos dice— las escuelas. Es el problema de Gallur y de tantos otros pueblos de España. Aquí están instaladas en unos bodegones insanos, que hay que inutilizar con urgencia. Para todo pueden servir menos para escuelas. 

Y en la frase pone el acento de la antigua estudiante del Magisterio, que no pudo llegar a ser maestra; y el espíritu de ternura, de amor y de bondad con que enseñaba a chiquitines de siete años las cuatro reglas de la Aritmética. 

¿«Balsas de aceite —los pueblos y las naciones—, como dice la copla vibrante de Gigantes y Cabezudos. Al menos, esta María la del Pozuelo, la alcaldesa de Gallur, ya ha resuelto un problema entre obreros y patronos, que se presentaba encrespado. Lo ha resuelto por las buenas. En paz. Y ha llevado la tranquilidad a un pueblo roído por todos los rencores. 

Que manden, que manden las mujeres, en vez de mandar los hombres. 


Manuel Casanova
Crónica, 30 de octubre de 1932








2596. Proclamación de la Segunda República en Zaragoza

Paseo de la Independencia de Zaragoza, 14 de abril de 1931 


¡Al pueblo de Zaragoza!

El esfuerzo de la democracia española ha logrado en gloriosas jornadas la implantación de la República, terminando con el régimen monárquico que suplantaba la voluntad nacional.

El Ayuntamiento elegido por la decisión unánime de los zaragozanos, ha tenido la honra de celebrar su primera sesión en la fecha histórica del 14 de abril, proclamando la República en la ciudad de Zaragoza.

Nunca un anhelo nacional ha sido recogido tan inmediatamente; sin duda porque ninguno como él se ha exteriorizado en forma tan viril y rotunda, ni en momentos tan decisivos para la salvación de la Patria.

Conseguido este deseo de todos, así como la libertad de los presos políticos y sociales encarcelados por luchar en la reconquista de las libertades ciudadanas ignominiosamente arrebatadas al pueblo español por el régimen caído, me dirijo a vosotros en este primer bando de la Alcaldía de la República, invitándoos a que dentro del orden con que os habéis mostrado estos días y del que está orgullosa la Ciudad toda, volváis cada uno a la vida normal a fin de que Zaragoza se reintegre a su estado habitual.

Lo que espero haréis demostrando vuestro civismo y vuestro amor a la naciente República, por la que todos debemos estar dispuestos a luchar, con todas nuestras fuerzas. 

Ciudad, 15 de abril de 1931

¡Zaragozanos! ¡VIVA ESPAÑA REPUBLICANA!

Vuestro Alcalde,
Sebastián Banzo Urrea







2138. Ofer Livne: del Jordán al Guadalope tras los pasos de Joseph Lipsman, un judío brigadista muerto en marzo de 1938

Aviva Keren y Joseph Lipsman


Una tórrida mañana de julio, Ofer Livne, judío, israelita, de Haifa, deja atrás el autobús de la Hife que le ha alejado 100 kilómetros de Zaragoza y se adentra en la Ciudad del Compromiso. A unos pasos de la parada del bus su precario castellano no le impide identificar un lugar en el que pueden ayudarle. Casa de Cultura, lee. Allí cuenta por qué ha venido a Caspe. Las personas que le atienden se muestran muy receptivas con su historia aunque no saben cómo echarle una mano. Le dan un nombre y unas indicaciones donde encontrará a alguien que quizá sí pueda hacerlo.

Es casi la una del mediodía cuando un perfecto desconocido abre la puerta. Tras los reglamentarios buenos días lee el nombre que lleva en un papelote escrito. Es el mío. Chapurreando entre castellano, inglés e italiano, se presenta. A los pocos minutos ya sé que el tipo que tengo delante con cara de bonachón y mochila al hombro resulta ser profesor del departamento de literatura y lengua árabe en la Universidad de Haifa[1]. Lleva varios meses en España disfrutando de un periodo sabático que le ha permitido visitar varias ciudades de Andalucía, Castilla, Galicia, Asturias… y Aragón. Hoy está en Caspe no por casualidad, sino porque este lugar es para él y los suyos un sitio especial. Anda tras los pasos de alguien que murió hace siete décadas y con quien, en realidad, ni siquiera le unía parentesco directo[2]. Pero ha oído hablar de él infinidad de veces y se ha propuesto saber algo más sobre ese remoto lugar de España en el que Lipsman desapareció.

Joseph Lipsman era miembro del Partido Comunista Palestino en un tiempo complicado (fue detenido en varias ocasiones), se enroló en las Brigadas Internacionales y tras combatir en varios lugares de España, acabó muriendo en la Batalla de Caspe en marzo de 1938. Ni que decir tiene que a estas alturas ya estoy totalmente absorto con el relato que solo acaba de comenzar.

Entre clienta y clienta Ofer sigue con su narración. Joseph provenía de Nahalal, aunque en realidad había nacido en Besarabia, Moldavia[3]. Había viajado en 1925 al nuevo lugar en el que vivía junto a sus padres y hermanas, Malka, Ita y Sima; Nahalal era entonces una villa nueva, un asentamiento de 1921 en el que un puñado de judíos del Este de Europa, siguiendo postulados sionistas, volvieron a la tierra de sus antepasados y se asentaron en el lugar dedicándose principalmente a la agricultura (mientras le escucho tomo notas de forma apresurada y en los siguientes días profundizaré sobre todo lo que me cuenta). Ofer asegura que muchos de aquellos colonos que llegaron a Nahalal eran de izquierdas, y no en vano el lugar sigue siendo un feudo izquierdista. Y poco religioso, añade, aunque está situado a tan solo 19 kilómetros de Nazareth.

Los judíos asentados en la Palestina británica fueron conocidos como Yishuv -la palabra significa originalmente asentamiento- y todavía hoy se les cita de ese modo para dejar claro que ellos llegaron antes de la formación del Estado de Israel en 1948. Hablaban yiddish, el idioma propio de los judíos centroeuropeos mezcla de hebreo, alemán y lenguas eslavas que viajó con ellos a la guerra de España y también emigró a los Estados Unidos. Los Lipsman llegaron exactamente en los años de apogeo de la Aliyá –la inmigración hacia la Tierra de Israel- de miles de sionistas procedentes, mayoritariamente, de Europa. Muchos de ellos se agruparon en comunas agrícolas conocidas en hebreo como Kibutzs.

Joseph Lipsman, que había llegado a Israel siendo un crío, encontró la madurez en Palestina y se dejó seducir doblemente: por un lado, se echó novia, Aviva Keren, y se fue a vivir con ella;  por otro, e influenciado por una de sus hermanas, inició una relación con los credos comunistas; tanto es así que en 1937 decidió hacer de nuevo las maletas para jugarse la vida luchando contra el fascismo. Porque si en su tierra los Yishuv se partían algo más que la cara contra árabes y británicos, él, como comunista, creyó que la verdadera guerra era la que se estaba librando en España. Lipsman fue uno de aquellos 200 hijos de la diáspora que no encontraron el apoyo de la mayoría sionista –a pesar de que muchos de ellos eran de izquierdas- cuando decidieron cambiar Israel por España, Nahalal por Caspe, Hanita por Madrid.

Hanita mejor que Madrid fue una frase que hizo famosa Ya’akov Hazan, un destacado líder del socialismo sionista. Hanita era un Kibbutz especial, un asentamiento en el norte que simbolizaba todo por lo que aquellos judíos estaban luchando en Palestina: la ocupación de los británicos, la rivalidad con los árabes, y lo más importante, su identidad como nación. Miles de hombres y mujeres llevaban siglos buscando un lugar en el que dar forma política a su pueblo, y desde finales del siglo XIX el movimiento sionista había decidido que no había mejor lugar que Israel. Cuando estalló la guerra en España, aquellos hebreos asentados en la tierra bíblica mostraron mayoritariamente su apoyo a la República a través de colectas en las que participaban con dinero, alimentos o medicinas. Pero cosa distinta era permitir que sus jóvenes se marcharan a la guerra de España. Hazan acuño la frase que recogía el pensamiento de muchos: Nos vayáis a España, nosotros tenemos nuestra propia guerra.

A pesar de todo, Lipsman hizo caso omiso y un día de 1937 se despidió de la tierra prometida para siempre. Su sobrino, un chaval llamado Barak Notkin, le acompañó hasta la parada del autobús. Han pasado siete décadas, pero Barak todavía tiene muy presente aquel día.

Su primera parada fue París. Allí quedó su pareja, Aviva Keren, quien, como él, militaba en el Partido Comunista. Un tiempo después ella comunicaría a la familia que Lipsman había muerto. Después se le perdió el rastro. Barak cree que Aviva acabó en un campo de exterminio nazi.

Lipsman llegó a España y se enroló en esa Torre roja de Babel que fueron las Brigadas Internacionales. Los voluntarios judíos fueron especialmente numerosos y llegaron desde diferentes países. Entre ellos hubo socialistas, comunistas, y también anarquistas. Según el judío hispanista Raanan Rein, entre 4.000 y 8.000 judíos combatieron en nuestra guerra.

Y nada más se supo de él, ni siquiera en qué lugares se batió. Solo supieron que había muerto. Así transcurrieron meses, años, décadas, hasta que mucho tiempo después, un libro desveló que Joseph había muerto en un sitio que, al principio, no lograban identificar en hebreo. Aquel lugar era Caspe[4].

Dejamos atrás la tienda. Tenemos ante nosotros tres horas por delante para seguir una pista imposible. Mientras caminamos hasta el Registro Civil de Caspe le cuento que vamos allí para confirmar que Lipsman no consta en el registro de defunciones porque, si murió en el campo de batalla, nadie se tomó la molestia de inscribirlo. Pudo caer prisionero y, en ese caso, debió ser fusilado allí mismo, tal y como sucedió con un grupo de finlandeses asesinados junto al polvorín de El Vado. No había piedad para los brigadistas. Silvia, la responsable del Registro, asombrada ante el periplo de Ofer, le atiende como la ocasión merece. A través de las páginas comprobamos que solo constan datos de españoles; en realidad, en muchas inscripciones de los últimos días de marzo de 1938 solo se lee “desconocido”, sin más.

Durante la comida Ofer me explica que no solo él tiene especial interés en seguir las huellas de Lipsman; tanto su madre como Barak, el sobrino de Joseph, lo recuerdan perfectamente. Ofer les ha prometido que no volverá a Israel con las manos vacías y les contará algo más sobre aquel lejano lugar de España. Y ellos lo han creído porque saben que nada le detiene. Ofer ya hizo algo similar con su padre, brutalmente asesinado en la guerra árabe-israelí de 1948 cuando mi interlocutor tenía solo tres meses. Su madre se volvió a casar con un conocido escultor llamado Mordefrai Kafir[5].

Acabada la comida, damos un rápido paseo por el centro de Caspe. El Sol cae a plomo, aunque él confiesa que no le importa demasiado; el clima de Haifa todavía es más severo. Pasamos por la plaza, repasamos brevemente la historia de Caspe, hablamos de reyes y anarquistas a los pies de la Casa Barberán, pasamos también por el Barrio Verde, la antigua judería de Caspe; durante breves instantes, Ofer pisa la tierra de la que fueron expulsados sus antepasados, Sefarad.

Otro de los compañeros de El Agitador, David Bonastre, se incorpora a nuestra ruta que continúa ahora por las trincheras de la Plana del Pilón. Le contamos que la batalla del marzo del 38 se dividió en dos partes, la de la toma de Caspe y los combates previos de los días 16 y 17 de marzo, y la de final de mes en el río Guadalope. Recorriendo las trincheras le explicamos que el avance franquista se produjo por el flanco de las posiciones republicanas y que las luchas más enconadas se produjeron en la cota del repetidor, en el cabezo Mancebo y en el Hospital de Santo Domingo, al otro lado de la estación de ferrocarril, por la que también pasamos.

Vamos ahora al Cementerio Municipal. No sabemos cuántos cadáveres de la guerra se inhumaron en el lugar porque no existe un registro de aquellos días. Gracias a las fuentes orales sabemos que los muertos en la guerra fueron inhumados no solo en la fosa común, sino en varios nichos y zanjas improvisadas por buena parte de la parte baja del cementerio. Es poco probable que los restos de Lipsman fueran a parar aquí pero, quien sabe. Ofer coge varias piedrecitas de la fosa que llevará hasta Israel.

En el Vado nos situamos junto a la azúd. A un lado el río y a otro, elevadas, vemos los restos de varias posiciones republicanas. Aquí es mucho más probable que combatiera Joseph. ¿Quizá en la unidad llamada Naftali Botwin[6]? Sabemos que la Botwin agrupó a muchos de los judíos enrolados en las Brigadas Internacionales y que en marzo del 38 formaba parte de la 35 División. Pero no se tienen noticias de este contingente participara en los combates de Caspe.

En marzo de 1938 las Brigadas Internacionales estuvieron representadas en Caspe, al menos, por combatientes belgas, finlandeses, polacos, italianos (los llamados garibaldinos), norteamericanos, ingleses…y franceses. Y entre aquellos brigadistas que provenían de Francia, es probable que se encontrara Lipsman pues, si recordamos, había llegado a España a través de Francia, por lo que pudo fomar parte de la Marsellesa, la compañía que defendió la carretera de Maella por el sur, desde el cabezo del polvorín a la cabeza de puente que ocupaban en la orilla izquierda del Guadalope[7].

Nos dirigimos hacia el polvorín. Allí le contamos grosso modo cómo se produjo la Batalla del Guadalope, el único lugar en el que las fuerzas de la República fueron capaces de contener el avance arrollador de los “nacionales” iniciado el 9 de marzo, y donde se concentraron los brigadistas.


El Vado, Caspe

Sobre el terreno le explicamos que durante años fue habitual hallar restos de soldados en cualquier punto al otro lado del río, y que incluso ahora sabemos dónde siguen algunos cuerpos esperando que alguien dignifique su memoria. Quizá Lipsman sea uno de ellos. Tenemos pocas certezas, solo podemos barajar teorías. Lo que sí sabemos es que Joseph Lipsman fue uno de aquellos judíos palestinos que murieron en la guerra de España y que la Historia ocultó su gesta durante décadas. En su tierra no habían entendido su lucha y mucho menos su muerte. Sus propios compatriotras silenciaron su gesta y no les dieron el reconocimiento debido hasta hace muy pocos años. Ahora, un bosque se levanta en su memoria en los montes de Jerusalén.

Se nos acaba el tiempo. Ya en la ciudad, alargamos la jornada charlando un rato más y convenimos en intercambiar fotos de la jornada de hoy, algunas instantáneas de Lipsman y su familia, e informaciones complementarias sobre la biografía del protagonista de esta historia. Ofer me promete que así lo hará en cuanto llegue a Israel a principios de septiembre. Se despide infinitamente agradecido. Mejor que lo que dice es lo que su cara muestra.

Semanas después llega la “postproducción” del artículo. Por correo Ofer me cuenta que ha ido a visitar a su madre. Y también a Barak. Les ha contado todo lo que vio, lo que vivió y sintió en Caspe. Barak, que puso por nombre Yosef a su hijo en honor a su tío Joseph Lipsman, no ha podido contener la emoción. Setenta y cinco años después de despedirse de su tío Joseph, ha podido tocar la misma tierra que le vio morir. Pronto él se reunirá con su hija Iris y el resto de la familia en una celebración especial. Ella va a ser la encargada de leer allí, 5000 Kms. al sureste, las líneas que hoy publicamos.

Jospeph Lipsman, de Besarabia, de Palestina, se dejó la vida en un lugar remoto llamado Caspe combatiendo al fascismo. Murió en 1938 pero, a partir de ahora, su memoria permanecerá viva entre todos nosotros.


Amadeo Barceló
Publicado en El Agitador el 13 de septiembre de 2013



Notas:

El pasado año 2012 tuvo lugar en Tel Aviv una exposición en memoria de los judíos palestinos que participaron en la Guerra Civil española. Una fotografía de la muestra puede verse en el interesante artículo que Félix Bornstein publicó recientemente en El Cuarto Poder, del que se tomaron algunos de los datos que aparecen en este reportaje: http://www.cuartopoder.es/luzdecruce/brigadistas-de-palestina-en-la-guerra-civil-espanola/6843. Para ampliar información respecto a los judíos en la Guerra Civil, pueden consultarse los trabajos del hispanista judío Raanan Rein.
[2] Relación de Ofer con Joseph Lispsman: Barak, hijo de una hermana de Joseph, casó con Yonka, prima de la madre de Ofer.
[3] Besarabia, en Europa Central, perteneció durante siglos al Imperio Austro-Húngaro y hasta la caída del Muro de Berlín estuvo integrada e la URSS. Actualmente forma parte de la República de Moldavia. De Besarabia era Olga Bancic, destacada integrante de la Resistencia francesa que fue detenida y decapitada en 1944 (protagonista de una película francesa del año 2009). También se cree que provenía de allí Heriberto Quiñones, líder del PCE fusilado en Madrid en 1942 sobre una silla, pues las palizas recibidas impidieron que muriera erguido.
[4]El libro a través del que conocieron la muerte de Joseph fue escrito por Moshe Bahar, Hanita mejor que Madrid. La comunidad judía en respuesta a la Guerra Civil española en Israel (p. 339). Manuel García ha podido corroborar que Joseph “Lipmann” falleció en Caspe según se anota también en el libro de Arno Lusiger Shalom libertad!, Judíos en la Guerra Civil Española, Flor del Viento, 2001
[5] En el siguiente enlace pueden verse sus obras http://www.mkafri.co.il/menupeselspics.asp
[6] Así llamada en memoria de un judío comunista polaco que fue condenado a muerte en los años 20. Más que a motivos estrictamente militares, su formación se debió a fines propagandísticos.
[7] Información facilitada por el especialista Manuel García Barceló. Para más detalles sobre la Batalla de Caspe pueden consultarse los siguientes enlaces:









1617. Belchite está tomada




(Por teléfono, del enviado especial de Pravda en España)

La mañana del 2 de septiembre se intensificó la resistencia en Belchite. El número de desertores del campo fascista ha cesado inmediatamente. Sólo se ha pasado un sargento de noche. Cuenta que después de que la aviación fascista proporcionase víveres y municiones, la guarnición decidió resistir hasta el fin. Los facciosos han minado las calles y los edificios y están dispuestos a una defensa casa por casa. Calculan que si logran mantenerse tres días, la ciudad estará salvada. En la historia de España, Belchite fue asediada tres veces y las tres resistió el asedio.

Uno de los sacos lanzados por los Junkers cayó sobre las posiciones republicanas. Contenía piezas de repuesto para el cañón de setenta y cinco milímetros.

No hay duda de que el mando fascista ha lanzado grandes fuerzas para socorrer Belchite. En la zona de Mediana ha aparecido una fuerte columna con artillería y tanques. Sus ataques obligaron a replegarse a varias unidades republicanas débiles, situadas ante Mediana. Esto supone una amenaza para la carretera Mediana-Belchite.

El 2 de septiembre, avanzando literalmente paso a paso, las compañías de primera línea tomaron las afueras de la ciudad y la fábrica de polvos de arroz, y salieron del cementerio en dirección al seminario. Los facciosos respondieron con un certero fuego de ametralladora y granadas de mano; una de sus baterías disparaba sobre los alrededores. El jefe de la división, general Walter, ordenó que los cañones abandonasen las contrapendientes y comenzasen a disparar desde campo abierto a medio kilómetro de distancia. Los encarnizadísimos combates han durado un día y una noche. Las bajas por ambas partes han sido muy grandes.

Ayer, a las cinco de la tarde, se rompió definitivamente la resistencia fascista. Entre los escombros de las casas suenan, cada vez menos, disparos aislados. En la ciudad han entrado la infantería, los vehículos blindados, las ambulancias. Esa misma noche empieza a funcionar la comandancia republicana; se inicia la entrega y recogida de armas.

Pasan los prisioneros: un oficial sacerdote con el revólver al cinto, un grupo de moros que, sobre la marcha, explican que ellos no son prisioneros, sino fugados.

Mientras tanto, prosigue el ataque sobre Mediana. Aquí, en Belchite, ya se oye el cañoneo. Atacan dos divisiones fascistas. Ayer llegó a Zaragoza la tercera división, la «Flechas negras» formada por italianos. Esta concentración tiene como objetivo lanzar un contragolpe que permita desbloquear la ciudad fascista. Ya es tarde. Belchite ha sido tomada. Esta victoria, pequeña, pero trabajosa, ha dado ánimos a las tropas republicanas.

La noche está dominada por el fulgor de los relámpagos. Jamás vi fulguraciones tan blancas, cegadoras como fogonazos de magnesio, ni tan prolongadas —parecen un nuevo modelo de bengalas luminosas, una nueva estratagema del enemigo—. También los truenos hacen un ruido increíble. Parecen estallidos de enormes bombas de quinientos kilogramos o de proyectiles de 203 milímetros de calibre.


Mijail Koltsov «Belchite está tomada»
Pravda, 5 de septiembre de 1937
 








1584. Una entrevista a Durruti en Bujaraloz

Marina Ginestá, Durruti y Mijaíl Kolstov en Bujaraloz, 14 de agosto de 1936 - Foto EFE



Bujaraloz está totalmente cubierto de banderas rojinegras, con decretos, firmados pro Durruti, pegados a las paredes o, simplemente, con carteles. "Durruti ha ordenado esto y lo otro". La plaza de la villa se llama "Plaza de Durruti". El propio Durruti, con su Estado Mayor, se ha instalado en la casita de un peón caminero, al pie de la carretera, a dos kilómetros del enemigo. Esto no es muy prudente, pero aquí todo se halla subordinado a hacer un alarde de valentía aparatosa. "moriremos o venceremos", "moriremos pero tomaremos Zaragoza", "moriremos cubriéndonos de gloria entre todo el mundo": Esto se lee en banderas, en carteles y en octavillas. 

El famoso anarquista nos ha recibido, al principio, sin prestarnos mucha atención, pero al leer en la carta de Oliver las palabras Moscú, Pravda, enseguida se ha animado. Ahí mismo, en la carretera, entre sus soldados, con el evidente propósito de atraer su atención, ha iniciado una fogosa polémica. Sus palabras están saturadas de pasión tenebrosa y fanática: 

- Es posible que tan solo un centenar de nosotros sobreviva, pero ese centenar entrará en Zaragoza, aplastara el fascismo, levantará la bandera de los anarcosindicalistas, proclamará el comunismo libertario... Yo seré el primero en entrar en Zaragoza, proclamaré allí la comuna libre. No nos subordinaremos ni a Madrid ni a Barcelona, ni a Azaña ni a Giralt, ni a Companys ni a Casanovas. Si quieren, que vivan en paz con nosotros; si no quieren, nos plantaremos en Madrid... Les mostraremos a ustedes, bolcheviques, rusos y españoles, cómo se hace la revolución, cómo se ha de llevar hasta el final. En su país, hay dictadura, en el Ejército Rojo tienen coroneles y generales, mientras que en mi columna no hay ni jefes ni subordinados, todos somos iguales en derechos, todos somos soldados, y aquí yo también soy un simple soldado.

Viste mono azul; lleva gorro confeccionado con satén rojo y negro; es alto, de complexión atlética, de hermosa cabeza, en la que apuntan tan solo las canas, autoritario; se impone a los que le rodean, pero hay en sus ojos algo excesivamente emocional, casi femenino, con una mirada, a veces, de animal herido. A mí me parece que le falta voluntad.

- Entre mis hombres, nadie presta servicio por deber, pro disciplina; todos han venido aquí movidos solo por el deseo de luchar, porque están dispuestos a morir por la libertad. Ayer, dos pidieron permiso para ir a ver a sus familias -les quité los fusiles y les dejé marchar definitivamente-; hombres así no me hacen falta. Uno dijo que había cambiado de opinión, que había decidido quedarse. No le admití. Así haré con todos, ¡Aunque nos quedemos una docena! Solo de este modo se puede formar un ejército revolucionario. La población está obligada a ayudarnos -no en vano luchamos contra toda dictadura, ¡por la libertad de todos!-. Al que no nos ayude, lo borraremos de la faz de la tierra. ¡Barreremos a todos cuantos obstaculizan el camino de la libertad! Ayer disolví el Consejo Municipal de Bujaraloz; no prestaba ayuda a la guerra, obstaculizaba el camino de la victoria.

- De todos modos esto huele a dictadura - he dicho-. Cuando los bolcheviques, durante la guerra civil, disolvían a veces las organizaciones infectadas de enemigos del pueblo, eran acusados de emplear métodos dictatoriales. Pero no nos encubríamos con palabras sobre la libertad universal. Nunca hemos negado la dictadura del proletariado y siempre la hemos fortalecido a banderas descubiertas. Además, ¿qué ejército pueden formar ustedes sin jefes, sin disciplina, sin obediencia? O no piensan combatir en serio o disimulan; Tienen ustedes cierta disciplina y cierta subordinación, solo que con otro nombre.

- Nosotros tenemos la indisciplina organizada. Cada uno responde ante sí y ante la colectividad. A los cobardes y a los merodeadores, los fusilamos, los que juzga el comité.

- Esto aún no significa nada. ¿De quién es este automóvil?

Todas las cabezas se han vuelto hacia el lugar que yo señalaba con la mano. En una pista, junto a la carretera, había unos quince automóviles, en su mayor parte Fords y Adlers desvencijados, deslucidos, y entre ellos un lujoso Hispano-Suiza abierto, con incrustaciones de plata, con almohadas recubiertas de lujoso cuero.

- Es el mío -ha dicho Durruti-. He decidido tomar el más veloz para llegar antes a todos los sectores del frente.

- Muy bien hecho -he contestado-. El comandante ha de tener un buen coche, si es posible. Sería ridículo que los combatientes de filas fueran en este Hispano y que usted, entre tanto, fuera andando o en un Ford desvencijado. He visto sus órdenes, están pegadas en los muros de Bujaraloz. Empiezan con las palabras: "Durruti ha ordenado..."

- Alguien tiene que ordenar -ha replicado Durruti sonriendo-. Esto es una manifestación de la iniciativa. Esto es utilizar la autoridad que tengo entre las masas. Desde luego, a los comunistas no puede gustarles... -ha lanzado una mirada a Trueba, quien se ha mantenido aparte durante todo este tiempo.

- Los comunistas nunca hemos negado el valor de la personalidad y de la autoridad personal. La autoridad personal no es un obstáculo para el movimiento de las masas, a menudo las cohesiona y fortalece. Usted es un comandante, no finja ser un combatiente de filas, esto no da nada ni aumenta la capacidad combativa de la columna.

- Con nuestra muerte -ha dicho Durruti-, con nuestra muerte, mostraremos a Rusia y a todo el mundo lo que significa el anarquismo en acción, lo que significan los anarquistas de Iberia.

- Con la muerte no se demuestra nada -he replicado-, hay que demostrar con la victoria. El pueblo soviético desea con toda el alma la victoria del pueblo español, desea la victoria a los obreros anarquistas y a sus dirigentes con el mismo fervor que la desea a los obreros comunistas, socialistas y a todos los demás luchadores contra el fascismo.

Se ha vuelto hacia la muchedumbre que nos rodeaba y pasando del francés al español, ha exclamado:

- Este camarada ha venido para transmitirnos a nosotros, combatientes de la CNT-FAI, un caluroso saludo del proletariado ruso y sus votos para que alcancemos la victoria sobre los capitalistas. ¡Viva la CNT-FAI! ¡Viva el comunismo libertario!

- ¡Viva!- ha exclamado la muchedumbre. Las caras se han vuelto  más alegre y mucho más amistosas.

- ¿Cómo está la situación? -he preguntado.

Durruti ha sacado un mapa y ha mostrado la disposición de los destacamentos.

- Nos retiene la estación ferroviaria de Pina. El pueblo está en nuestras manos, pero la estación la tienen ellos. Mañana o pasado mañana, cruzaremos el Ebro, nos dirigiremos hacia la estación y la limpiaremos de enemigos (entonces nuestro flanco derecho quedará libre, ocuparemos Quinto, Fuentes del Ebro, y nos plantaremos ante los muros de Zaragoza. Belchite se entregará por sí mismo), quedará cercado en nuestra retaguardia. Y ellos -señaló con la cabeza a Trueba- ¿Siguen entretenidos con Huesca?

- Estamos dispuestos a esperar en Huesca para apoyar vuestro golpe desde el flanco derecho -ha dicho modestamente Trueba-. Desde luego, si el ataque es serio.

Durruti ha permanecido un rato en silencio. Luego ha respondido de mala gana:

- Si lo deseáis, ayudad; si no lo deseáis, no ayudéis. La operación de Zaragoza es mía, en el aspecto militar, en el político y en el político militar. Yo respondo de ella. ¿Creéis que por darnos un millar de hombres, vamos a repartir Zaragoza con vosotros? En Zaragoza o habrá comunismo libertario o fascismo. ¡Tomad para vosotros toda España, pero dejadme a mí tranquilo con Zaragoza!

Luego ha suavizado el tomo y ha seguido conversando sin causticidad. Ha visto que hemos ido a visitarle sin malas intenciones, pero que a las palabras duras se les respondería con no menor dureza. (Aquí, pese a la igualdad universal, nadie se atreve a discutir con él). Ha hecho muchas ávidas preguntas sobre la situación internacional, sobre las posibilidades de ayuda a España, sobre cuestiones militares y tácticas, ha preguntado cómo se llevaba el trabajo político durante la guerra civil en Rusia. Ha dicho que la columna está bien armada y que dispone de muchas municiones, pero hay serias dificultades de dirección. El "técnico" solo tienes funciones consultivas. Todo lo resuelve él mismo, Durruti. Según propias palabras, Durruti pronuncia unos veinte discursos al día, y esto le agota. Ejercicios de instrucción militar, casi no se hacen; a los combatientes no les gustan, y el caso es que no tienen experiencia, solo han peleado en las calles de Barcelona. Es bastante elevada la deserción. Ahora quedan en la columna mil doscientos hombres.

De pronto ha preguntado si habíamos comido, nos ha propuesto esperar hasta que traigan la marmita. No hemos aceptado por no quitar raciones a los combatientes. Entonces Durruti ha dado una nota a Marina.

Al despedirme, le he dicho con toda sinceridad: 

- Hasta la vista, Durruti. Iré a verle a Zaragoza. Si no le matan aquí, si no le matan en las calles de Barcelona peleando con los comunistas, dentro de unos seis años quizás se haga usted bolchevique.

Ha sonreído y enseguida, volviendo sus anchas espaldas, se ha puesto ha hablar con alguien que casualmente se encontraba allí. 


Mijaíl Kolstov
Diario de la Guerra de España
Ed. Ruedo ibérico, 1963